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martes, 9 de abril de 2013

09 de abril: Santa Casilda de Toledo

(† ca.1107)

 Hija de un rey moro de Toledo que debió reinar a mediados del siglo XI, en tiempos de Fernando I de Castilla, la figura de la gentilísima princesa Casilda parece escapar al rígido marco de la historia y acomodarse mejor en el de la poesía y la leyenda. Su nombre en árabe —casida— significa "cantar". Un verso que vuela en alas de la música: algo delicado, fugaz e inaprensible. Así fue Casilda en vida y sigue siéndolo en la memoria del pueblo cristiano. Cuanto a ella se refiere carece de contornos definidos y hállase envuelto en esa bruma de misterio que suele rodear a los seres que más vivamente han impresionado la imaginación popular. No hay acuerdo sobre el verdadero nombre del rey moro, su padre —¿Cano? ¿Almacrin? ¿Almamún?—, ni sobre el carácter y condición de dicho monarca, que unos imaginan feroz perseguidor de los cristianos y otros magnánimo, benigno y tolerante; mientras unos afirman que Casilda fue hija única, otros le atribuyen numerosos hermanos. Todo es incierto y contradictorio. Pero hay algo que no ofrece duda, y es la profunda huella dejada en la memoria de nuestro pueblo por el paso leve y alado de una doncellita que, por amor a Cristo, trocó la fastuosidad y regalo de una corte morisca por las asperezas de una vida solitaria y penitente.

El relato más fidedigno de la vida de nuestra Santa, en opinión de los Bolandos, es el que conserva la iglesia de Burgos en su Breviario. Dice así:

"En los tiempos antiguos hubo un rey en Toledo llamado Cano. Poderoso y valiente en las armas, acostumbraba a dirigir sus ejércitos contra los cristianos, causando grave daño a la fe verdadera. Retenía en su reino a muchos cristianos cautivos. Por disposición divina, este enemigo terrible de la fe cristiana tuvo una hija única llamada Casilda, para que de un tallo tan malo brotara una flor de blancura admirable sobre la que descansara el Espíritu del Señor... El Espíritu deífico, por el incendio de la devoción, la levantaba hacia Dios; por la suavidad de la compasión la transformaba en Cristo, y por la piedad de la condescendencia la inclinaba al prójimo. De tal manera que a los afligidos, y principalmente si eran cristianos, aunque nacida de familia sarracena, se bajase hacia ellos con una ternura de intensísima compasión. Tenía como ingénita la virtud de la clemencia, sobre la cual se posó la gracia de Dios duplicándola. Así que su piedad, de tal manera se derramaba tratando con los cautivos pobres, que a los que no podía alargar la mano alargaba su afecto. Tenía la costumbre todos los días sin falta —por las entrañas del amor a Cristo, por su reverencia a la suavidad de Jesús— de consolar a los cautivos cristianos con su grata presencia, y a ellos alargaba sus manos ayudadoras, llenas de dádivas..."

Mujer de gran corazón, la gracia halla en él terreno propicio para sus maravillosas transformaciones. Casilda debió ser instruida en la fe cristiana por los mismos cautivos a los que socorría, los cuales pagaban así, con el más alto bien espiritual, los dones materiales que de ella recibían. La semilla de la fe cayó en buena tierra y pronto dio el ciento por uno. Admírase de ello el piadoso cronista del Breviario de Burgos:

"¡Cosa admirable y nunca vista! Nacida de un acebuche, contra la naturaleza de su nacimiento se transformó en buen olivo para así dar óptimo fruto. ¿De dónde un árbol infructuoso pudo producir un ramo tan feraz de excelentes frutos? Porque así estaba predestinado por la bondad inmensa de Dios desde toda la eternidad."

No se recataba Casilda de su manifiesta solicitud para con los cristianos que gemían en las mazmorras de su padre, cosa que mereció las censuras de los nobles palaciegos. Enterado el rey de la extraña conducta de su hija, comenzó a espiarla y la sorprendió un día en que se dirigía a visitarles. "¿Qué es lo que llevas recogido en tu enfaldo?", preguntóle severamente. "Rosas", contestó Casilda. Y, desplegando su manto, vio el rey que, efectivamente, eran rosas. Desconcertado, dejó el paso libre a su hija, que, llegándose con presteza a los prisioneros, pudo entregarles lo que en realidad eran sabrosas viandas y que sólo por un prodigio del Señor pudo parecer rosas a los ojos del enfurecido monarca.

La gracia de Dios iba trabajando el corazón de Casilda, inclinándola irresistiblemente hacia la religión cristiana. Ya su corazón pertenecía plenamente a Cristo. Pero ¿cómo podría ella, princesa mora, sujeta por tantos lazos a la religión del Islam, recibir el bautismo y hacer pública profesión de la verdadera fe? Un foso infranqueable parecía separarla de su generoso propósito, Sin embargo, la divina Providencia velaba.

Aconteció, pues, que la princesa contrajo una grave dolencia que fue marchitando poco a poco todos los encantos de su fragante juventud. Padecía flujo de sangre, y los rudimentarios recursos de físicos y curanderos se mostraron pronto impotentes para atajar el mal. Dios le hizo saber entonces, valiéndose de los cautivos cristianos que tanto la querían, que únicamente podría recobrar la salud bañándose en las milagrosas aguas de San Vicente, en la Castilla cristiana cerca de Briviesca. Así la Providencia disponía suavemente los caminos que debían conducir a Casilda hacia otras aguas regeneradoras, las del bautismo.

Obtenido, no sin dificultad, el permiso paterno para realizar el viaje, despidióse Casilda de su anciano padre, que no debía volver a verla en la vida. Un brillante séquito dio escolta a la princesa mora hasta Burgos, donde a los pocos días de su llegada recibió solemnemente el santo bautismo. Poco tiempo se detuvo Casilda en la capital de Castilla. Reanudando su penosa marcha, dirigióse hacia los montes Obarenes, llegando, por fin, a los ansiados lagos de San Vicente, junto al lugar del Buezo, en los que, orando con fervor y confianza, alcanzó la salud perdida. Resuelta a consagrar a Cristo la virginidad de su cuerpo milagrosamente sanado, determinó Casilda pasar el resto de su vida en la soledad de aquellos parajes entregada a la oración y la penitencia. Y así lo cumplió con admirable fortaleza y constancia hasta el fin de sus días. Murió de muy avanzada edad, siendo sepultada en su misma ermita, que pronto se convirtió en lugar de peregrinación de innumerables devotos.

Sobre el cañamazo de esta primitiva narración, de transparente sencillez, han ido acumulando los años y el celo no siempre discreto de sus entusiastas biógrafos maravilla sobre maravilla. Sin embargo, no necesita nuestra Santa el espaldarazo de tales prodigios superfluos. El gran milagro de Santa Casilda es ella misma: su gran corazón capaz de amar a Dios y al prójimo hasta el total olvido de sí.

Puede colegirse cuál debió ser la fuerza de este amor en el alma de nuestra Santa ponderando la vida de completo y durísimo desprendimiento a que la llevó. La que pudo ser gala y ornato de una corte, criada entre blanduras y exquisiteces, vive ahora en una cueva que no logra protegerla contra las ventiscas del invierno ni los rigores del estío; sus delicadas plantas, que sólo pisaron suaves alfombras, huellan ahora, descalzas, los ásperos cantos de los pedregales; su alimentación y su vestido se reducen a lo estrictamente indispensable para subsistir. Y por encima de estas austeridades corporales está la que, para Casilda, debió ser la mayor de las privaciones: la soledad. Su corazón, exquisitamente femenino, hecho para la ternura y la compasión. debió sufrir enormemente al verse privado de cauce humano donde derramarse. Ya no la rodeaban los pobres, los cautivos, los afligidos, los pobrecitos de Cristo, tendiéndole sus manos suplicantes, ni ella podía ya alargarles las suyas portadoras de tantos beneficios. Estaba sola. Casilda había hecho en sí y en torno a sí un vacío profundo. Pero la plenitud rebosante del amor de Dios iba a llenar pronto este abismo insondable hasta los bordes y, derramándose, alcanzaría su benéfico influjo a distancias insospechadas, donde jamás habría podido llegar su presencia física. Hay un prodigio, de los muchos que se atribuyen a la Santa, que parece ilustrar esto como un ejemplo: dícese que hombres y ganados podían andar seguros por las peligrosas laderas de los montes Obarenes mientras la Santa los habitó. Nunca ocurrió accidente alguno a pastores, peregrinos o viajeros que se arriesgaban por aquellas inhóspitas soledades: la presencia, aun lejana e invisible, de la Santa les protegía. Casilda continuaba así fiel a sí misma, solícita y maternal. Pero este prodigio, que tan bien le cuadra, no es más que una concreción material de la misión espiritual que toda alma santa tiene en el cuerpo místico de la Iglesia. Lo esencial es que haya santos; no que realicen prodigios. Su sola presencia nos protege, su existencia por si sola nos enriquece, puesto que todos no hacemos más que uno en Cristo Nuestro Señor.

El cuerpo de Santa Casilda reposó en su primitiva sepultura, cavada en la entraña de la roca, hasta 1529, en que fueron trasladados sus restos al santuario que sobre su misma tumba se edificó. En 1601 se llevaron parte de los venerandos despojos a la catedral de Burgos, parece ser que también en la catedral de Toledo se veneran algunas cenizas de la infanta mora. En 1750 el abad de San Quirce inauguró el nuevo altar dedicado a la Santa en la nave mayor del santuario y se trasladaron a él las reliquias, que desde entonces descansan en una urna rematada por su propia imagen yacente, obra de Diego de Siloé, La portada de la iglesia actual se atribuye a Felipe de Vigami, el Borgoñón. Desde muy antiguo el santuario es patronato del Cabildo de la catedral de Burgos, que mantiene en él un capellán encargado del culto permanente. Hay una hospedería al servicio de los peregrinos y carretera de fácil acceso al santuario desde Briviesca.

Santa Casilda es invocada en los casos de flujo de sangre, caídas y accidentes de todas clases. Es patrona de la comarca de Burgos y, en los últimos días de junio, acuden a su santuario, de todos los pueblos de la provincia, muchedumbres devotas que pregonan la eficaz intercesión de la santa princesa mora, que dejó en la bravía aridez de aquellas cumbres el buen olor de su vida contemplativa y penitente.

(fuente: www.mercaba.org)

lunes, 8 de abril de 2013

08 de abril: San Dionisio de Alejandría

Obispo desde 247-8 a 264-5.

Llamado “el Grande” por Eusebio, San Basilio y otros, fue indudablemente, después de San Cipriano de Cartago, el obispo más eminente del siglo III. Como San Cipriano fue menos un gran teólogo que un gran administrador. Como San Cipriano sus escritos toman habitualmente la forma de cartas. Ambos santos fueron conversos del paganismo; ambos se vieron implicados en las controversias respecto a los que habían apostatado (lapsi) en la persecución de Decio, sobre Novaciano, y con respecto a la repetición del bautismo herético; ambos mantuvieron correspondencia con los Papas de su tiempo. Aun así es curioso que ninguno mencione el nombre del otro. Sólo se ha conservado una carta de Dionisio en el derecho canónico griego. Para el resto dependemos de las muchas citas de Eusebio, y, para una etapa, de las obras de su gran sucesor San Atanasio.

Dionisio era un anciano cuando murió, así que su nacimiento tendría lugar hacia 190 o antes. Se dice que era de familia distinguida. Se hizo cristiano cuando aún era joven. En un periodo posterior, cuando fue advertido por un sacerdote del peligro que corría al estudiar los libros de herejes, una visión---así nos lo informa él---le aseguró que era capaz de probar todas las cosas, y que esta capacidad había sido de hecho la causa de su conversión. Estudió con Orígenes. Éste fue desterrado por Demetrio hacia 231, y San Heraclas ocupó su puesto a la cabeza de la escuela catequética. A la muerte de San Demetrio muy poco después, Heraclas se convirtió en obispo y Dionisio tomó la dirección de la famosa escuela. Se cree que retuvo este cargo incluso cuando sucedió a Heraclas como obispo.

En el último año de Filipo, 249, aunque se informaba que el propio emperador era cristiano, un motín en Alejandría, suscitado por un popular poeta y profeta, tuvo todo el efecto de una severa persecución. Dionisio lo describió en una carta a Fabio de Antioquía. La multitud atrapó en primer lugar a un anciano llamado Metras, le golpearon con palos cuando no quiso negar su fe, perforaron sus ojos y rostro con flechas, le arrastraron fuera de la ciudad y lo lapidaron. Luego una mujer llamada Quinta, que no quiso sacrificar, fue arrastrada por los pies por el áspero pavimento, estrellada contra piedras de molino, azotada y finalmente lapidada en el mismo suburbio. Las casas de los fieles fueron saqueadas. Ninguno, por lo que supo el obispo, apostató. La anciana virgen, Apolonia, después de que le rompieran los dientes, saltó por propia voluntad al fuego preparado para ella antes que pronunciar blasfemias. A Serapión le rompieron todas sus extremidades, y fue precipitado a la calle desde el piso alto de su propia casa. Era imposible para ningún cristiano salir a las calles, ni siquiera de noche, pues la multitud gritaba que todo el que no blasfemara sería quemado.

La guerra civil interrumpió el motín,, pero el nuevo emperador Decio instituyó una persecución legal en enero de 250. San Cipriano describe cómo en Cartago los cristianos se apresuraron a sacrificar, o al menos a conseguir falsos certificados (libellus) de haberlo hecho. De manera similar Dionisio nos cuenta que en Alejandría muchos obedecieron por miedo, otros debido a su cargo oficial, o persuadidos por amigos; algunos pálidos y temblando en su actuación, otros afirmando con audacia que nunca habían sido cristianos. Algunos sufrieron prisión por un tiempo, otros abjuraron sólo a la vista de las torturas; otros resistieron hasta que las torturas vencieron su resolución. Pero hubo nobles ejemplos de constancia. Julián y Kronion fueron azotados por toda la ciudad sobre camellos, y luego quemados en la hoguera. Un soldado, Besas, que les protegió de los insultos del pueblo, fue decapitado. Macario, un libio, fue quemado vivo. Epímaco y Alejandro, tras larga prisión y muchas torturas, fueron también quemados, con cuatro mujeres. La virgen Ammomarion también fue muy torturada. Las ancianas Mercuria y Dionisia, madres de muchos niños, murieron por la espada. Herón, Ater e Isidoro, egipcios, tras muchas torturas fueron entregados a las llamas. Un muchacho de quince años, Dióscoro, que se mantuvo firme ante la tortura, fue absuelto por el juez por pura vergüenza. Nemesio fue torturado y azotado, y luego quemado entre dos ladrones. Un cierto número de soldados y con ellos un anciano llamado Ingenuo, hicieron gestos de indignación a uno que estaba siendo juzgado y a punto de apostatar. Cuando se les llamó al orden gritaron que eran cristianos con tanta audacia que el gobernador y sus asesores se desconcertaron; ellos sufrieron un glorioso martirio. Muchos fueron martirizados en las ciudades y aldeas. A un mayordomo llamado Isquirión su amo le atravesó el estómago con una gran estaca porque rehusó sacrificar. Muchos huyeron, vagaron por los desiertos y montañas, y fueron exterminados por el hambre, la sed, el frío, la enfermedad, los ladrones o los animales salvajes. Un obispo llamado Queremón huyó con su súmbios (¿esposa?) a las montañas de Arabia y nunca más se supo de él. Muchos fueron hechos esclavos por los sarracenos y algunos de estos fueron más tarde rescatados por grandes sumas.

Algunos de los lapsi habían sido readmitidos a la comunión cristiana por medio de los mártires. Dionisio le insistió a Fabio, obispo de Antioquía, que se inclinaba a unirse a Novaciano, que era justo respetar este juicio emitido por los bienaventurados mártires “sentados ahora con Cristo, y copartícipes en su Reino y asesores en su juicio”. Añade la historia de un anciano, Serapión, que después de una vida larga y sin tacha había sacrificado y no podía conseguir la absolución de nadie. En su lecho de muerte envió a su nieto a buscar a un sacerdote. El sacerdote estaba enfermo, pero dio al niño una partícula de la Eucaristía, diciéndole que la humedeciera y la colocara en la boca del anciano. Serapión la recibió con alegría, e inmediatamente expiró. Sabino, el prefecto, envió un frumentarius (detective) a buscar a Dionisio en seguida que se publicó el decreto; buscó por todas partes salvo en la propia casa de Dionisio, donde el santo se quedó tranquilamente. Al cuarto día tuvo la inspiración de partir, y la abandonó por la noche, con sus domésticos y algunos hermanos. Pero parece que fue hecho pronto prisionero, pues los soldados escoltaron a toda la expedición a Taposiris en el Mareotis. Un tal Timoteo, que no había sido capturado con los demás, informó a un campesino que pasaba, el cual llevó la noticia a una fiesta de bodas a la que iba a asistir. Inmediatamente todos se levantaron y corrieron a liberar al obispo. Los soldados emprendieron la huida, dejando a sus prisioneros en sus literas sin cojines. Dionisio, creyendo que sus rescatadores eran ladrones, les entregó sus ropas, quedándose sólo su túnica. Ellos le urgieron a levantarse y huir. Les rogó que lo dejaran, declarando que también perderían su cabeza en seguida, como harían los soldados en breve. Se tendió en el suelo de espaldas; pero ellos le tomaron por las manos y los pies y lo arrastraron llevándoselo de la pequeña ciudad, montándolo en un asno sin albarda. Con dos compañeros, Gayo y Pedro, permaneció en un lugar desierto de Libia hasta que cesó la persecución en 251.

Todo la cristiandad cayó entonces en confusión por la noticia de que Novaciano reclamaba el obispado de Roma en oposición al Papa San Cornelio. Dionisio enseguida tomó partido con el Papa, y fue en gran medida por su influencia que todo Oriente, después de muchos disturbios, se recondujo a la unidad y armonía dentro de pocos meses. Novaciano le escribió para que le apoyara. Su seca respuesta se ha conservado íntegra: “Novaciano puede fácilmente probar la verdad de su protesta de que fue consagrado contra su voluntad retirándose voluntariamente; debía haber sufrido el martirio antes que dividir a la Iglesia de Dios; ciertamente habría sido un singularmente glorioso martirio en beneficio de toda la Iglesia (tanta importancia otorgaba Dionisio a un cisma en Roma); incluso si podía ahora persuadir a su partido a hacer la paz, el pasado sería olvidado; si no, que salvara su propia alma”. San Dionisio también escribió muchas cartas sobre este asunto a Roma y al Oriente; algunas de estas eran tratados sobre la penitencia. Mantenía una opinión en cierto modo más suave que Cipriano, pues daba gran peso a las “indulgencias” concedidas por los mártires, y no rechazaba el perdón para nadie a la hora de la muerte.

Después de la persecución, la peste. Dionisio la describe más gráficamente de lo que lo hace San Cipriano, y nos recuerda a Tucídides y Defoe. Los paganos rechazaron a sus enfermos, huyeron de sus propios parientes, lanzaron cuerpos medio muertos a las calles; aun así sufrieron más que los cristianos, cuyos heroicos actos de misericordia se relatan por su obispo. Muchos sacerdotes, diáconos y personas de mérito murieron por socorrer a otros, y esta muerte, escribe Dionisio, de ningún modo fue inferior al martirio. La controversia bautismal se extendió desde África por todo el Oriente. Dionisio estaba lejos de enseñar, como Cipriano, que el bautismo por un hereje ensucia más que limpia; pero estaba impresionado por la opinión de muchos obispos y algunos concilios de que la repetición de tal bautismo era necesaria, y parece que suplicó al Papa Esteban que no rompiera la comunión con las Iglesias de Asia por esta causa. También escribió sobre el asunto a Dionisio de Roma, que aún no era Papa, y a un romano llamado Filemón, los cuales le habían escrito a él. Conocemos siete cartas suyas sobre el asunto, dos dirigidas al Papa Sixto. En una de éstas pide consejo sobre el caso de un hombre que hacía mucho tiempo había sido bautizado por herejes, y ahora declaraba que se había realizado incorrectamente. Dionisio había rechazado renovar el sacramento después que el hombre hubiera recibido durante tantos años la Sagrada Eucaristía; pide la opinión del Papa. En este caso está claro que la dificultad residía en la naturaleza de las ceremonias utilizadas, no en el mero hecho de haber sido llevado a cabo por herejes. Deducimos que el propio Dionisio siguió la costumbre romana, bien por tradición de su Iglesia, o bien por obediencia al decreto de Esteban. En 253 murió Orígenes; él no había estado en Alejandría por muchos años. Pero Dionisio no había olvidado a su viejo maestro, y escribió una carta en alabanza suya a Teocteno de Cesarea.

Un obispo egipcio, Nepos, enseñaba el error milenarista de que habría un reino de Cristo en la tierra durante mil años, un período de deleites corporales; él fundamentaba esta doctrina sobre el Apocalipsis en un libro titulado “Refutación de los alegóricos”. Fue sólo tras la muerte de Nepos cuando Dionisio se vio obligado a escribir dos libros “Sobre las promesas” para contrarrestar este error. Trata a Nepos con gran respeto, pero rechaza su doctrina, como en realidad la Iglesia ha hecho desde entonces, aunque fue enseñada por San Papías, San Justino, San Ireneo, San Victorino y otros. La diócesis de Alejandría era aún muy extensa (aunque se dice que Heraclas había fundado nuevos obispados), y formaba parte de ella el distrito de Arsinoe. Aquí el error era muy predominante, y San Dionisio fue en persona a las aldeas, reunió a sacerdotes y maestros, y durante tres días les instruyó, refutando los argumentos que sacaban del libro de Nepos. Estaba muy edificado por el espíritu dócil y el amor a la verdad que encontraba. Al final Korakion, que había introducido el libro y la doctrina, se declaró convencido. El principal interés del incidente no está en el retrato que nos da de la vida de la Iglesia antigua y de la sabiduría y gentileza del obispo, sino en la notable disquisición, que añade Dionisio, sobre la autenticidad del Apocalipsis. Es una pieza muy impresionante de “alta crítica”, y por su claridad y moderación, agudeza y penetración, es difícil que sea superada. “Algunos de los hermanos”, nos dice, “en su celo contra el error milenarista, repudiaban el Apocalipsis en conjunto, y lo tomaban capítulo por capítulo para ridiculizarlo, atribuyendo su autoría a Cerinto (como sabemos que hizo el romano Gayo unos años antes)”. Dionisio lo trata con reverencia, y declara que está lleno de ocultos misterios, y sin duda realmente escrito por un hombre llamado Juan. (En un pasaje ahora perdido, demostró que el libro debe entenderse alegóricamente). Pero encontraba difícil creer que el autor fuera el hijo del Zebedeo, el autor del Evangelio y de la Epístola católica, por el gran contraste de carácter, estilo y “lo que se llama elaboración”. Muestra que el autor se llama a sí mismo Juan, mientras que el otro sólo se refiere a sí mismo mediante algunas perífrasis. Añade la famosa observación, que “se dice que hay dos tumbas en Éfeso, que son llamadas ambas de Juan”. Demuestra la estrecha semejanza entre el Evangelio y la Epístola, y señala lo completamente diferente del vocabulario del Apocalipsis; este último está lleno de solecismos y barbarismos, mientras que los primeros están en buen griego. Este agudo criticismo fue desafortunado, en cuanto que fue en gran medida la causa del frecuente rechazo del Apocalipsis en las Iglesias de habla griega, incluso tan tardíamente como en la Edad Media. Los argumentos de Dionisio parecieron incontestables a los críticos liberales del siglo XIX. Posteriormente, el movimiento del péndulo ha traído a muchos, guiados por Bousset, Harnack y otros, a dejarse impresionar más por los innegables puntos de contacto entre el Evangelio y el Apocalipsis, que por las diferencias de estilo (que pueden explicarse por un diferente escriba o traductor, puesto que el autor de ambos libros era ciertamente judío), así que incluso Loisy admite que la opinión de los numerosos e ilustrados eruditos conservadores “ya no parece imposible”. Pero debe señalarse que los críticos modernos no han añadido nada a las juiciosas observaciones del patriarca del siglo III.

El emperador Valeriano, cuyo acceso al trono tuvo lugar en 253, no realizó persecuciones hasta 257. Ese año San Cipriano fue desterrado a Curubis y San Dionisio a Kefro en el Mareotis, después de ser juzgado junto con un sacerdote y dos diáconos por Emiliano, prefecto de Egipto. Él mismo nos cuenta las firmes respuestas que dio al prefecto, escribiendo para defenderse de un tal Germano, que le había acusado de huida vergonzosa. Cipriano padeció martirio en 258, pero Dionisio fue perdonado, y volvió a Alejandría enseguida cuando Galieno decretó la tolerancia en 260. Pero no para la paz, pues en 261-62 la ciudad estaba en un estado de tumulto poco menos peligroso que una persecución. La gran vía pública que atravesaba la ciudad estaba intransitable. El obispo tenía que comunicarse con su grey por carta, como si estuvieran en países diferentes. Era más fácil, escribe, pasar de Oriente a Occidente que de Alejandría a Alejandría. Se desencadenaron de nuevo el hambre y la peste. Los habitantes de la que aún era la segunda ciudad del mundo habían disminuido tanto que los varones entre catorce y ochenta años eran ahora apenas tan numerosos como habían sido los de entre cuarenta y setenta no muchos años antes.

En los últimos años de Dionisio se suscitó una controversia que el semiarriano Eusebio ha tenido cuidado de no mencionar. Todo cuanto sabemos procede de San Atanasio. Algunos obispos de la Pentápolis de la Libia Superior cayeron en el sabelianismo y negaban la diferencia entre las Tres Personas de la Santísima Trinidad. Dionisio escribió unas cuatro cartas para condenar su error, y envió copias al Papa San Sixto II (257-58). Pero él mismo cayó, hasta donde llegan las palabras, en el error opuesto, pues dijo que el Hijo es un poiema (algo hecho) y distinto en sustancia, xénos kat’oúsian, del Padre, incluso como lo es el labrador de la vid, o un constructor de barcos del barco. Los arrianos del siglo IV tomaron estas palabras como puro arrianismo. Pero Atanasio defendió a Dionisio contando la continuación de la historia. Ciertos hermanos de Alejandría, ofendidos por las palabras de su obispo, se dirigieron a Roma al Papa San Dionisio (259-68), que escribió una carta, en la que declaraba que enseñar que el Hijo fue hecho o era una criatura era una impiedad igual, aunque contraria, a la de Sabelio. También escribió a su homónimo de Alejandría informándole de la acusación presentada contra él. Este último inmediatamente redactó libros titulados “Refutación” y “Apología”; en estos explícitamente declaraba que nunca hubo un tiempo en que Dios no fuera Padre, que Cristo siempre fue, al ser Palabra y Sabiduría y Poder, y coeterno, incluso como el brillo no es posterior a la luz de la que procede. Enseña la “Trinidad en Unidad y la Unidad en Trinidad”; da claramente a entender la igualdad y procesión eterna del Espíritu Santo. En estos últimos puntos es más explícito que el propio San Atanasio lo es en otros lugares, mientras que en el uso de la palabra consustancial, ‘homoousion, se anticipa a Nicea, pues se queja amargamente de la calumnia de que él había rechazado la expresión. Pero no obstante que él mismo y su abogado Atanasio intenten explicar sus primeras expresiones, está claro que había sido incorrecto en pensamiento tanto como en palabras, y que al principio no comprendió la verdadera doctrina con la claridad necesaria. La carta del Papa era evidentemente explícita y debe haber sido la causa de la visión más clara del alejandrino. El Papa, como señala Atanasio, dictó una condena formal del arrianismo mucho antes de que surgiera la herejía. Cuando consideremos la vaguedad e incorrección en el siglo IV de incluso los defensores de la ortodoxia en Oriente, la decisión de la Sede Apostólica nos parecerá un maravilloso testimonio de la doctrina de los Padres y de la fe infalible de Roma.

Hallamos a Dionisio publicando anualmente, como los posteriores obispos de Alejandría, cartas festivas que anuncian la fecha de la Pascua y ocupado en diversos asuntos. Cuando la herejía de Pablo de Samosata, obispo de Antioquía, comenzó a turbar el Oriente, Dionisio escribió a la Iglesia de Antioquía sobre el asunto, pues se vio obligado a declinar la invitación a asistir a un sínodo allí, por causa de su edad y enfermedades. Murió poco después. En el Martirologio Romano San Dionisio aparece bajo el 17 de noviembre, pero también se le incluye, con sus compañeros de huida durante la persecución de Decio, por la nota errónea, el 3 de octubre: Dionisio, Fausto, Gayo, Pedro y Pablo, mártires (!). El mismo error se encuentra en los menologios griegos.

Bibliografía: Lo principal que se conserva de Dionisio son las citas en EUSEBIO, H. E., VI-VII, algunos fragmentos de los libros Sobre la Naturaleza en IDEM, Præp. Evang., xiv, y las citas en ATANASIO, De Sententiâ Dionysii, etc. Una colección de estos y otros fragmentos está en GALLANDI, Bibl. Vett. Patrum, III XIV, reimpresa en P.G., X. La mejor edición es la de SIMON DE MAGISTRIS, S. Dion. Al. Opp. omnia (Roma, 1796); también ROUTH, Reliquiæ Sacræ III-IV. Fragmentos siríacos y armenios en PITRA, Analecta Sacra, IV. Una lista completa de todos los fragmentos está en HARNACK, Gesch. der altchr. Litt., I, 409-27, pero su relación de los pasajes de la Cadena de Lucas (probablemente de una carta a Orígenes, Sobre el Martirio) precisa ser completado por SICKENBERGER, Die Lucaskatene des Niketas von Heracleia (Leipzig, 1902). Para la vida de Dionisio ver TILLEMONT, IV; Acta SS., 3 Oct.; DITTRICH, Dionysius der Grosse, eine Monographie (Friburgo de Br., 1867); MORIZE, Denys d'Alexandrie (París, 1881). DOM MORIN intentó infructuosamente identificar los Cánones de Hipólito con DIONYSIUS" ’Epistóle diokonikè dià ‘Ippolútou (EUSEB., H. E., VI, 45-6) en Revue Bénédictine (1900), XVII, 241. También MERCATI, Note di letteratura bibl. et crist. ant.: Due supposte lettere di Dionigi Aless. (Roma, 1901). Para la cronología ver HANACK, Chronol., I, 202, II, 57. Una relación muy buena, con bibliografía completa, está en BARDENHEWER, Gesch. der altkirchl. Litt., II. Sobre la cuestión milenarista ver GRY, Le Millénarisme (Paris, 1904), 101.

Fuente: Chapman, John. "Dionysius of Alexandria." The Catholic Encyclopedia. Vol. 5. New York: Robert Appleton Company, 1909. .

Traducido por Francisco Vázquez. L H M
(fuente: www.aciprensa.com)

domingo, 7 de abril de 2013

07 de abril: San Juan Bautista de La Salle

Es el fundador de los Hermanos Cristianos y nació en Francia en 1651.

Nació en Reims y murió en Rouen, las dos ciudades que hizo famosas Santa Juana de Arco.

Su vida coincide casi exactamente con los años del famoso rey Luis XIV.

Probablemente su existencia habría pasado desapercibida si se hubiera contentado con vivir de acuerdo a su clase social adinerada, sin preocuparse por hacer ninguna obra excepcional en favor del pueblo necesitado. Pero la fuerza misteriosa de la gracia de Dios encontró en él un instrumento dócil para renovar la pedagogía y fundar las primeras escuelas profesionales y las más antiguas escuelas normales y fundar una Comunidad religiosa que se ha mantenido en principalísimos puestos en la educación en todo el mundo. Este santo fue un genio de la pedagogía, o arte de educar.

Si San Juan Bautista de la Salle viviera hoy aquí en la tierra abriría los ojos aterrado al ver que la educación se ha secularizado, o sea se ha organizado como si Dios no existiera y sólo se preocupa por hacer de los seres humanos unos animalitos muy buen amaestrados, pero sin fe, sin mirar a la eternidad ni importarle nada la salvación del alma. Porque para él, lo imprescindible, lo que constituía su obsesión, era obtener la salvación del alma de los educandos y hacerlos crecer en la fe. Si no hubiera sido por estos dos fines, él no habría emprendido ninguna obra especial, porque esto era lo que en verdad le interesaba y le llamaba la atención: hacer que los educandos amaran y obedecieran a Dios y consiguieran llegar al reino eterno del cielo.

Juan Bautista había estudiado en el famoso seminario de San Suplicio en París y allí recibió una formidable formación que le sirvió para toda su vida. Fue ordenado sacerdote y por su posición social y sus hermosas cualidades parecía destinado para altos cargos eclesiásticos, cuando de pronto al morir su director espiritual lo dejó como encargado de una obra para niños pobres que el santo sacerdote había fundado: una escuela para niños y un orfelinato para niñas pobres, dirigido por unas hermanitas llamadas de El Niño Jesús. Allí en esa obra lo esperaba la Divina Providencia para encaminarlo hacia la gran obra que le tenía destinada: ser el reformador de la educación.

La Salle le dio un viraje de 180 grados a los antiguos métodos de educación. Antes se enseñaba a cada niño por aparte. Ahora La Salle los reúne por grupos para darles clases (en la actualidad eso parece tan natural, pero en aquel tiempo era una novedad). Antiguamente se educaba con base en gritos y golpes. El padre Juan Bautista reemplazaba el sistema del terror por el método del amor y de la convicción. Y los resultados fueron maravillosos. La gente se quedaba admirada al ver cómo mejoraba totalmente la juventud al ser educada con los métodos de nuestro santo.

No les enseñaba solamente cosas teóricas y abstractas, sino sobre todo aquellos conocimientos prácticos que más les iban a ser de utilidad en la vida diaria. Y todo con base en la religión y la amabilidad.

San Juan Bautista de la Salle enseñandoLa Salle empezó a reunir a sus profesores para instruirlos en el arte de educar y para formarlos fervorosamente en la vida religiosa. Y con los más entusiastas fundó la Comunidad de Hermanos de las Escuelas Cristianas que hoy son unos 15,000 en más de mil colegios en todo el mundo. Y siguen siendo una autoridad mundial en pedagogía, en el arte de educar a la juventud. El éxito de los Hermanos Cristianos fue inmenso desde el principio de su congregación, y ya en vida del santo abrieron colegios en muchas ciudades y en varias naciones. Un 15 de agosto los consagró San Juan Bautista a la Santísima Virgen y han permanecido fervorosos propagadores de la devoción a la Madre de Dios.

Al principio algunos le fallaron porque el santo era tan bondadoso que no podía imaginar mala voluntad en ninguno de sus discípulos. Para él todo el mundo era bueno, y por mucho que lo hubieran ofendido estaba siempre dispuesto a perdonar y a volver a recibir al que había faltado. Y tuvo la prueba dolorosísima de ver que algunos lo engañaron y se dejaron contagiar por el espíritu del mundo. Pero luego sus asesores lo convencieron para que no aceptara a ciertos sujetos no confiables y que expulsara a algunos que se habían vuelto indignos. Y el santo aceptando con toda humildad y mansedumbre los buenos consejos recibidos procedió a purificar muy a tiempo su congregación.

Siendo de familia muy rica, repartió todos sus bienes entre los pobres y se dedicó a vivir como un verdadero pobre. Los últimos años cuando renunció a ser Superior General de su Congregación, pedía permiso al superior hasta para hacer los más pequeños gastos. Los viajes aunque a veces muy largos, los hacía casi siempre a pie, y pidiendo limosna para alimentarse por el camino, durmiendo en casitas pobrísimas, llenas de plagas y de incomodidades.

Una vez pasó todos los tres meses del crudísimo invierno, en una habitación sin calefacción y con ventanas llenas de rendijas y con varios grados bajo cero. Esto le trajo un terrible reumatismo que durante todo el resto de su vida le produjo tremendos dolores y las anticuadas curaciones que le hicieron para ese mal lo torturaron todavía mucho más.

En su juventud, por ser de familia muy adinerada, había gozado de una alimentación refinada y muy sabrosa. Cuando se dedicó a vivir la pobreza de una comunidad fervorosa y en la cual, los alimentos eran rudos y desagradables, tenía que aguantar muchas horas sin comer, para que su estómago fuera capaz de recibirle esos alimentos tan burdos.

Su sotana y su manto eran tan pobres y descoloridos, que un pobre no se los hubiera aceptado como limosna.

Su humildad era tan grande que se creía indigno de ser el superior de la comunidad. Estaba siempre dispuesto a dejar su alto puesto y alguna vez que por calumnias dispuso la autoridad superior quitarlo de ese cargo, él aceptó inmediatamente. Pero todos los Hermanos firmaron un memorial anunciando que no aceptaban por el momento a ningún otro como superior sino al Santo Fundador y tuvo que aceptar el seguir con el superiorato.

No se cansaba de recomendar con sus palabras y sus buenos ejemplos, a sus religiosos y amigos que la preocupación número uno del educador debe ser siempre el tratar de que los educandos crezcan en el amor a Dios y en la caridad hacia el prójimo, y que cada maestro debe esforzarse con toda su alma por tratar de que los jovencitos conserven su inocencia si no la han perdido o que recuperen su amistad con Dios por medio de la conversión y de San Juan Bautista de la Salle en su lecho de muerteun inmenso horror al pecado y a todo lo que pueda hacer daño a la santidad y a todo lo que se oponga a la eterna salvación.

Pasaba muchas horas en oración y les insistía a sus religiosos que lo que más éxito consigue en la labor de un educador es orar, dar buen ejemplo y tratar a todos como Cristo lo recomendó en el evangelio: "haciendo a los demás todo el bien que deseamos que los demás no hagan a nosotros".

San Juan Bautista de la Salle murió el 7 de abril de 1619 a los 68 años. Fue declarado santo por el Sumo Pontífice León XIII en el año 1900. El Papa Pío XII lo nombró Patrono de los Educadores del mundo entero.

Santo educador: tú que recomendabas que se le concediera la máxima importancia a la clase de religión, considerándola la más provechosa de todas en todo colegio y escuela, pídele al buen Dios que la clase de religión vuelva a estar en primerísimo lugar en nuestros centros de educación y no vaya a ser reemplazada jamás por otras asignaturas menos importantes. Y ruégale a Dios que nos envíe muchos y santos y muy fervorosos profesores de religión.

(fuente: www.ewtn.com)

sábado, 6 de abril de 2013

06 de abril: San Pedro de Verona, mártir dominico

Martirologio Romano: En Milán, de Lombardía, pasión de san Pedro de Verona, presbítero de la Orden de Predicadores y mártir, el cual, nacido de padres maniqueos, todavía niño abrazó la fe católica y, siendo aún adolescente, recibió del mismo santo Domingo el hábito. Dedicado a combatir la herejía, de camino hacia Como cayó víctima de los enemigos, recitando en los últimos momentos el símbolo de la fe († 1252).

Fecha de canonización: 25 de marzo de 1253 por el Papa Inocencio IV.

San Pedro, mártir dominico, nace hacia 1205, en Verona, la ciudad de la Lombardía italiana presa de la herejía de los Cátaros, propagadores del maniqueísmo en el centro y norte de Italia. Estos herejes puritanos, de espíritu belicoso y sectario. Pedro es un niño muy inteligente, sincero, agradable y firme en sus decisiones; parece predestinado a ser un apóstol del mundo herético; su familia no tiene inconvenientes que la educación del niño esté a cargo de un maestro católico.

Pedro ha crecido. La Universidad de Bolonia tiene fama merecida; pero todavía goza de mayor influencia Santo Domingo de Guzmán, el Fundador de los dominicos y sus seguidores que cautivan tanto a estudiantes como a profesores. Son muchos los que se incorporan a la recientemente fundada Orden de Predicadores.

Pedro con 16 años, queda fascinado por la palabra ardiente de fray Domingo de Guzmán y recibe el hábito dominicano de sus manos.

Con ímpetu juvenil se dedica al estudio, la oración y vive la austeridad y la penitencia con radicalidad; en todo es fiel imitador de Domingo de Guzmán. Terminada la formación eclesiástica, es ordenado sacerdote y nombrado Predicador del Evangelio de Jesús.

Pronto la Región Toscana, el Milanesado y la Romaña conocen a este fogoso predicador y formidable polemista; se dedicó a la predicación especialmente entre los cátaros. Una Característica importante es que siempre fue hombre de diálogo.

Pedro es piadoso, austero y corre la voz de su santidad por todas partes. Se preocupó de la defensa de la fe, para ello instituyo las "Asociaciones de la fe" y la "Cofradía para la alabanza de la Virgen María". Fue solícito de bien espiritual de las hermanas a quienes brindó su consejo y ayuda espiritual. Como buen religioso es un convencido de la vida de comunidad.

Ama a Jesucristo y como Él, experimenta la prueba, el menosprecio de algunos sectores y el ataque de quienes pensaban distinto. Su presencia evangelizadora a través de la Predicación continúa con intensidad, su capacidad organizadora le lleva a coordinar y fundar muchos mas pequeños grupos organizados. Pero todo esto no hubiera sido posible sin la intensa oración. Se comenta que un día en su contemplación, en su celda dominicana, recibe la visita de las Santas Mártires: Inés, Cecilia y Catalina que dialogan en su habitación. Otros frailes llevan la noticia al Padre Prior. En el Capítulo Conventual es reprendido y corregido porque ha violado la clausura y ha recibido a mujeres en su celda religiosa. Su respuesta es un prudente silencio y es enviado al Convento de la Marca Ancona donde intensifica su estudio y oración... Un día se desahoga ante un crucifijo: "¿Qué mal he hecho, Señor, para verme como estoy?". Cristo Crucificado le dice: "Y, yo, Pedro, ¿qué mal hice?". Estas atribuciones que la tradición le dan, son fiel reflejo de la intensa comunicación que con Dios tenía a través de la Oración. Algo que había trascendido a los demás. La gente de Oración profunda transpira esa experiencia y no hace falta que publique sus experiencias místicas. Por lo general, éstas se convierten en reflexiones profundas y acciones apostólicas.

El Papa Gregorio IX le conoce y le nombra en 1232 Inquisidor General: Roma, Florencia y Milán conocerán a este apóstol de Cristo. Los milagros refrendan su vida abnegada por Cristo y por los hombres.

Sucesivamente es superior de los Conventos de Piaccenza, Como y Génova. En 1243 Inocencio IV confirma a Pedro como Inquisidor General; pero una conjura pesa sobre él para asesinarle.

Su martirio es como un eco de la muerte de Cristo, pues es fruto de 40 libras (moneda de Milán) . Era el 6 de abril de 1252. Regresaba de Milán a su Convento de Como, donde era Prior. Cerca de la aldea de Barsalina recibe dos golpes de hacha en la cabeza, comienza a recitar en voz alta el credo, las fuerzas le faltan y mojando un dedo en su sangre escribe en el suelo "CREO".

El Credo es la síntesis de su vida, de su abnegada entrega, de una fidelidad emocionante a Cristo Crucificado a quien ama. Tenía 46 años. Su cuerpo es trasladado al convento de Milán.

El 25 de marzo del año siguiente Inocencio IV le canoniza. Es el protomártir de la Orden Dominicana.

Su fiesta se celebra, de acuerdo al actual Martirologio Romano el 6 de abril.

(fuente: es.catholic.net)

viernes, 5 de abril de 2013

05 de abril: San Vicente Ferrer, ángel del Apocalipsis

Madrid, 05 de abril de 2013 (Zenit.org) Nació en Valencia, España, el 23 de enero de 1350. Hijo de un prestigioso notario, tuvo cinco hermanos. Junto a sus devotos padres experimentó el amor a Cristo y a María desde su más tierna infancia. Ellos le incitaron a realizar alguna penitencia todos los viernes en memoria de la Pasión, y otro tanto hacía los sábados en honor a la Virgen. Estas prácticas las mantuvo vivas hasta el fin de sus días.

Su inclinación a socorrer a los pobres se manifestó en esta temprana edad. En conjunto, su biografía aparece engarzada con las virtudes que le adornaron y numerosos prodigios celestiales con los que fue favorecido.

Su trayectoria espiritual discurrió por senderos penitenciales. Y, de hecho, no se libró de tentaciones que intentaron perturbar sus altos anhelos. Como el diablo siempre se halla al acecho de la «presa» que puede perder si, como era su caso, se trata de alguien seducido por el amor de Dios, se alió con su aspecto para tratar de inducirle al mal. Porque el muchacho era bien parecido y suscitaba pasiones en algunas mujeres. Dos de dudosa vida se propusieron conquistarlo sin éxito y atentaron contra su fama sembrando calumnias. Las cotas que Vicente se había impuesto no tenían fronteras. Aunaba inteligencia y virtud, todo lo cual no pasó desapercibido para los dominicos que se ocuparon de su formación. Éstos, diezmados por la temible peste negra, pero sobre todo, conmovidos por el ejemplo del aplicado joven, no dejaron escapar esta gran vocación que acogieron gozosos en la comunidad. El santo profesó en 1370. Después, satisfactoriamente cursó estudios de filosofía y teología, que culminaron con un doctorado en esta última disciplina obtenido con la máxima calificación. A partir de entonces se dedicó a ejercer la docencia en las universidades de Valencia, Barcelona y Lérida.

Cinco años más tarde fue ordenado sacerdote. El germen del Cisma de Occidente, que ya estaba larvado, no tardaría en saltar a la palestra. Cuando lo hizo, en el año 1378, Vicente sufrió por la gravísima divergencia y confusión creada entre los partidarios de Avignon y los de Roma. Él se había decantado por Benedicto XIII a quien consideró legítimo pontífice y estaba bajo su amparo en Avignon. Pero este conflicto eclesial le afectó tan seriamente que peligró su vida. Entonces, una locución divina que se produjo el 3 de octubre de 1398 le rescató de una eventual muerte, diciéndole: «¡Vicente! Levántate y vete a predicar». Esta manifestación sobrenatural fue un poderoso resorte que modificó el rumbo de su existencia. Una de sus grandes inquietudes fue restituir la unidad de la Iglesia. Y si primeramente reconoció al sucesor de Pedro en Benedicto XIII, quien se propuso concederle la dignidad episcopal y la cardenalicia, honores que Vicente rechazó, después mostró inequívoco apoyo al pontífice de Roma. Su intervención en el conflicto propició que altos mandatarios europeos, comenzando por los que estaban al frente de la Corona de Aragón, prestasen fidelidad al legítimo papa. En 1417, un año después de que Vicente culminara su particular campaña, era elegido Martín V.

Contó con un excelente recurso: su gran oratoria. Un poderoso imán para las muchedumbres. Además de su lengua nativa, dominaba el latín y tenía nociones de hebreo. Hubiera sido insuficiente para haberse hecho entender en las distintas naciones en las que su predicación floreció. Pero el hecho prodigioso es que los fieles comprendían perfectamente lo que decía porque le oían en su propia lengua. El objetivo de Vicente era la conversión de los pecadores. Durante treinta años evangelizó incansablemente por el norte de España, Italia y Suiza, así como en el sur de Francia, siempre en lugares abiertos para acoger a millares de personas, con grandes frutos espirituales. Se cuentan por decenas de miles los musulmanes que se convirtieron. Eran sermones que se prolongaban durante varias horas seguidas, pero nadie daba muestras de cansancio. Tenía la capacidad de mantener la atención en el auditorio con el tono y modulaciones de su voz. Pero, sobre todo, con la pasión que ponía en lo que decía. Huyendo de lenguajes artificiosos y recargados, supo traslucir a Dios. ¿Cómo? Orando. Es la clave de todos los santos. Antes de predicar se retiraba durante varias horas. Y la gracia se derramaba a raudales. Cada persona se sentía particularmente interpelada e invitada a vivir el amor a Dios. Las conversiones eran públicas, y los penitentes no se avergonzaban de reconocer sus pecados ante la concurrencia. Muchos sacerdotes le acompañaban para poder confesarlos a todos. Alabanzas, lágrimas de arrepentimientos, rezos…, eran el broche de oro de cada una de sus intervenciones.

Tenía autoridad moral porque su vida era sencilla y austera. Era íntegro, auténtico. Ayunaba, dormía en el suelo, y se trasladaba a pie para ir a las ciudades. Solo al final de sus días, como enfermó de una pierna, recorría los lugares en un humilde jumento. Tanta bondad resumida en su persona conmovía de tal modo a la gente que, enardecida por sus palabras, intentaban robarle trozos de su hábito a modo de reliquia. Para evitar males mayores, unos hombres se ocupaban de darle escolta. Algunos lo denominaron «ángel del Apocalipsis» ya que solía recordar los pasajes del texto evangélico donde se advierte de lo que espera a los impenitentes. Por donde pasaba erradicaba vicios sociales y personales. Él se sabía pecador, y repetía: «Mi cuerpo y mi alma no son sino una pura llaga de pecados. Todo en mí tiene la fetidez de mis culpas». Ya envejecido, débil y lleno de enfermedades, le ayudaban a subir al lugar donde debía impartir el sermón. Entonces se transformaba. Y la gente volvía a ver en él al hombre vital y entusiasta que conocieron, y se contagiaban de su ardor apostólico. Murió en Vannes, Francia, como había vivido, predicando, el 5 de abril de 1419, Miércoles de Ceniza. Tras de sí dejaba también muchos milagros. Fue canonizado por Calixto III el 29 de junio de 1455.

(05 de abril de 2013) © Innovative Media Inc.

jueves, 4 de abril de 2013

04 de abril: San Isidoro de Sevilla, gloria de la Iglesia católica

(Zenit.org)En su casa se respiraban aires de santidad. Tres de sus hermanos fueron obispos canonizados: Leandro, Fulgencio e Isidoro. Y también su hermana Florentina fue religiosa y santa. Isidoro probablemente nació en Cartagena, España el año 560. Como perdió a sus padres siendo niño, su hermano Leandro asumió las funciones de educador y tutor suyo. Y a fe que consiguió que el pequeño recibiese tan esmerada educación que el acervo espiritual y cultural que se ocupó de proporcionarle le convertiría en uno de los grandes y santos doctores de la Iglesia. Y eso, que según la tradición, a Leandro costó entrarle en vereda, porque Isidoro no era un alumno ejemplar; faltaba o se escapaba de la escuela alguna vez. Lo que da idea de que cuando se cree en una persona, aunque sea díscola, y se mantiene un pulso inalterable en su educación, los frutos no se hacen esperar.

Además, sobre Isidoro ya pendía claramente la voluntad divina que iba a encaminar sus pasos en la buena dirección para que se cumplieran en él sus designios. Y aunque se escabullía huyendo de su responsabilidad, un día cambiaron radicalmente las tornas. Sucedió todo de forma sencilla ante una circunstancia que nada tiene de particular, pero que fue de sumo provecho para él. Mientras vagabundeaba se acercó a un pozo para sacar agua y observó que el roce de las cuerdas había provocado hendiduras en la rígida piedra. Así comprendió el valor de la constancia y de la voluntad del hombre que quiebran cualquier contratiempo que se presente en la vida por complejo que parezca. Esta simple constatación de carácter pedagógico le llevó por nuevos derroteros. Con espíritu renovado se afanó en el estudio desde ese instante hasta el fin de sus días.

Es el último de los padres latinos. Se formó con las lecturas de textos de Marcial, san Agustín, Cicerón y san Gregorio Magno, con el que mantuvo gran amistad. Su obra cumbre, las Etimologías, es una summa que se convirtió por derecho propio en texto ineludible para los estudiosos hasta mediados del siglo XVI; en ella se aprendía todo lo concerniente a la ciencia antigua. No era fácil que un proyecto tan ambicioso le permitiera compartir la riqueza de su formación, como deseó, y quizá podría haber logrado acotando los temas. Es una carencia que se aprecia en este trabajo que, pese a todo, trasluce el rigor y fidelidad a la genuina tradición católica. En todo caso, su enciclopédica formación (es autor de innumerables tratados en los que se compendian temas que abarcan todo el saber humano) no ensombrecía su humildad y sencillez. Fue reconocido por su caridad con los pobres, a los que nunca faltaron sus limosnas. A nivel espiritual experimentó una gran lucha interior que le llevaba a negarse a sí mismo. Fue la tónica existencial que marcó prácticamente todo su acontecer. Seguramente ayudó a su hermano Leandro en la diócesis de Sevilla, de la que era prelado. Cuando murió, le sucedió en el cargo. Sin descuidar la labor intelectual –continuó escribiendo obras filosóficas, lingüísticas e históricas– desempeñó su misión pastoral de manera intensa y fecunda. Era perfectamente consciente del alcance que tienen tanto la vida contemplativa como la activa. Al respecto hizo notar: «El siervo de Dios, imitando a Cristo, debe dedicarse a la contemplación, sin negarse a la vida activa. Comportarse de otra manera no sería justo. De hecho, así como hay que amar a Dios con la contemplación, también hay que amar al prójimo con la acción. Es imposible, por tanto, vivir sin una ni otra forma de vida, ni es posible amar si no se hace la experiencia tanto de una como de otra». Mostró especial preocupación por la formación espiritual e intelectual de los sacerdotes. Por eso fundó un colegio eclesiástico instruyéndoles personalmente. Presidió dos concilios, el segundo de Sevilla en 619, y el cuarto de Toledo en 633. Muchos de los decretos se debieron a él, en particular el que indicaba que se estableciese un seminario en todas las diócesis. Sus treinta y siete años de episcopado fueron dedicados en gran medida a seguir los pasos de su hermano, intentando convertir a los visigodos del arrianismo al catolicismo. También emuló a Leandro en lo concerniente a la disciplina eclesiástica en los sínodos. Su organización recayó sobre ambos.

Se conoce el alcance de su oratoria gracias a san Ildefonso, que fue discípulo suyo: «la facilidad de palabra era tan admirable en san Isidoro, que las multitudes acudían de todas partes a escucharle y todos quedaban maravillados de su sabiduría y del gran bien que se obtenía al oír sus enseñanzas». Éstas superaron con creces a la mayoría de estudiosos y prolíficos autores de la historia. Escribió un diccionario de sinónimos, un tratado de astronomía y geografía, un resumen de la historia desde la creación, biografías de hombres ilustres, un libro sobre los valores del Antiguo y del Nuevo Testamento, un código de reglas monacales, varios tratados teológicos y eclesiásticos y la historia de los visigodos, de excepcional valor por ser la única fuente de información sobre los godos. También pertenece a su autoría una historia de los vándalos y de los suevos. Incluso completó el misal y breviario mozárabes que su hermano Leandro comenzó a adaptar de la antigua liturgia española. Tuvo la magnífica visión de no dejar a España sepultada en la barbarie. Mientras el resto de Europa se desintegraba, la convirtió en un envidiado centro de cultura. Viéndose a punto de morir, pidió perdón por sus faltas sentimiento que había hecho extensible a todos sus enemigos, y rogó que oraran por él. Dio todo lo que tenía a los pobres y el 4 de abril del año 636 entregó su alma a Dios. El concilio de Toledo lo denominó «gloria de la Iglesia católica». En 1063 sus restos fueron trasladados a León y allí reciben culto. Fue canonizado por Clemente VIII en 1598. El 25 de abril de 1722 Inocencio XIII lo proclamó doctor de la Iglesia. Añadir como anécdota que en 2001 fue elegido patrón de internet.

(04 de abril de 2013) © Innovative Media Inc.

miércoles, 3 de abril de 2013

03 de abril: San Luis Scrosoppi, respuesta evangélica a las deficiencias sociales

(Zenit.org) Juan Pablo II puso a este santo como antorcha para los integrantes de la Iglesia: laicos, sacerdotes y religiosos. Dijo de él que era un «ejemplo luminoso y eficaz». Su mérito: haber ensamblado con armonía vida contemplativa y activa. Tuvo estos grandes amores: Cristo, la Iglesia, el papa, y los débiles.

Nació en Udine, Italia el 4 de agosto de 1804 en una familia que gozaba de buena posición económica. Sus padres Domenico Scrosoppi, que regentaba una joyería, y Antonia Lazzarini, inculcaron a sus tres hijos tal amor a Cristo y a su Iglesia que todos, Carlo, Giovanni Battista y Luigi, fueron sacerdotes. Al ser éste el benjamín, cuando ofició su primera misa en 1827 concelebraron con él sus hermanos mayores. Su lema fue «hacer todo para todos». Lejos de un activismo estéril, como el eje vertebral de su existencia era Cristo al que ardientemente deseaba asemejarse, y lo que hacía estaba revestido de fe y confianza en Él, cosechó abundantes frutos. «Quiero ser fiel a Cristo, estar dedicado plenamente a él en mi caminar hacia el cielo, y conseguir hacer de mi vida copia de la suya». Oraba sin descanso y se postraba ante el Santísimo; era su alimento junto a la Eucaristía. Fue un hombre devoto. El rezo del rosario, la celebración del via crucis y otras prácticas de piedad formaban parte de su quehacer.

Creció siendo testigo de diversas penalidades que recayeron sobre su país. El tifus, la viruela y una pertinaz sequía regaron las calles de huérfanos. Por tanto, el hambre y la miseria eran bien conocidas por él. A la vista de tantas calamidades su preferencia por los pobres, enfermos y abandonados se acrecentó. Y antes de ser ordenado sacerdote se implicó en acciones encaminadas a socorrerlos. Además, había colaborado con el Oratorio de san Felipe Neri, al que admiraba profundamente. Como otros santos veía a Cristo en los desfavorecidos y afectados por el drama humano: «Los pobres y los enfermos son nuestros patronos y hacen presente la persona misma de Jesús».Con visible espíritu evangélico luchó por ellos en esos tiempos de crisis, al frente del orfanato para niñas impulsado por su hermano Carlo del que era director auxiliar desde 1829. Su respuesta ante la penuria económica fue lanzarse a la calle; él mismo se había despojado antes de sus bienes para asistir a los que sufrían carencias. Lleno de fe reclamó asistencia y obtuvo los medios precisos para adquirir un edificio. Pero la repercusión de esta admirable labor entre los necesitados fue tan exitosa que enseguida requirieron mayor espacio para albergar a los que no tenían cobijo. Eso suponía que debían hacer acopio de nuevos recursos para costear la obra, de modo que, mientras coordinaba y trabajaba en la construcción de la casa, continuó pidiendo ayuda. En 1836 quedó culminado el edificio denominado Casa para los Desposeídos. Coincidió que ese mismo año la región sufrió la epidemia de cólera y el centro fue el único que pudo acoger a los damnificados.

Un grupo de maestras compartían con él la misma vocación de favorecer a los pobres y abandonados. Su caritativo testimonio movió los corazones de estas nueve profesionales de la enseñanza y fueron el pilar de la congregación de Hermanas de la Divina Providencia que fundó en 1837. Tenía como objetivo la atención espiritual y humana de niñas, a las que proporcionaron, junto a la formación cristiana, recursos prácticos para su devenir enseñándoles el oficio de costurera. Sobre todo, quería que las trataran con amor, ese que la vida les había hurtado. Puesta bajo el amparo de san Cayetano, la obra bebía de la espiritualidad del oratorio fundado por san Felipe Neri. Precisamente en 1846 Luigi pasó a formar parte del mismo, movido por una serie de circunstancias y de la historia misma, ya que su ideal de pobreza había sido el de san Francisco de Asís. En 1854 fundó la Casa de Rescate para jóvenes abandonadas y en 1856 fue nombrado preboste de la comunidad. Las autoridades cerraron el oratorio, pero él siguió siendo fiel a san Felipe. En 1857 impulsó la escuela y centro de alojamiento para sordomudas que se mantuvo activa quince años. También abrió una Casa de Providencia destinada a las jóvenes que habiendo terminado sus estudios estaban desempleadas. Esta intensa actividad la compaginaba trabajando en los hospitales donde atendía a los enfermos y a los pobres. No se olvidó de los seminaristas y sacerdotes que vivían en la pobreza, a quienes proporcionó ayuda espiritual y material. Todo lo hizo con ejemplar sencillez, humildad y caridad, sintiéndose en manos de la providencia, bajo cuyo amparo puso la fundación. Conocía el valor del esfuerzo, de la perseverancia en la lucha, especialmente en medio de los contratiempos. Nada ni nadie podía inducirles al desaliento si tenían presente, como él, que lo hacían por Jesús. Denostó la vanidad, la prepotencia, la hipocresía y lo superficial.

El anticlericalismo recalcitrante llevó consigo el cierre de casas y el cese de actividades de muchos grupos. Clausuraron su oratorio y con él desaparecieron los recursos parroquiales. Sin embargo, este hombre humilde, generoso, diligente, dócil y caritativo que vivía a expensas de la voluntad divina, siempre presto a cumplirla, consiguió mantener a resguardo el resto de sus fundaciones. En todas las penalidades que se le presentaron actuó con heroica paciencia. Profetizó: «Voy a abrir doce casas antes de morir» y así fue. A punto de entregar su alma a Dios, vaticinó: «Después de mi muerte, vuestra congregación sufrirá muchas tribulaciones, pero después renacerá a una vida nueva. ¡Caridad! ¡caridad! Este es el espíritu de vuestra familia religiosa: salvar las almas y salvarlas con la caridad». Falleció después de pronunciar esas palabras en Udine el 3 de abril de 1884. Conoció en vida el auge de sus fundaciones y la aprobación de su congregación efectuada por Pío IX en 1871. Juan Pablo II lo beatificó el 4 de octubre de 1981, y lo canonizó el 10 de junio de 2001.

(03 de abril de 2013) © Innovative Media Inc.
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