«Sacerdote, fundador de los Siervos de la Caridad y de las Hijas de Santa María de la Providencia, conocido como el padre los pobres por haberse desvivido por ellos. Pío XI lo denominó el Garibaldi de la caridad»
Madrid, 24 de octubre de 2014 (Zenit.org)
Nació en Fraciscio di Campodolcino Italia, el 19 de diciembre de 1842, en un momento en el que se producía el tránsito de san José Benito Cottolengo. Don Bosco, tomando el testigo, daba inicio a su Oratorio. La vida de Luigi fue signada por la misericordia y un afán incontenible de asistir a los que nada poseen: «No podemos detenernos mientras haya pobres que socorrer». Se preguntaba: «¿Cómo es posible creer que en la frente del pobre está esculpida la imagen de Dios y no correr a ayudarlo, a servirlo?». Nada lo iba a detener: «¿Qué importa siquiera ir a prisión por los pobres, por la causa de los pobres? ¡Se llegaría a ser mártir!».
Fue el noveno de trece hijos y experimentó tempranamente una inmensa piedad por los necesitados. Tenía 7 años cuando se dio de bruces con un anciano mendigo, famélico y solitario, que se acercó a él pidiendo ayuda. Rápidamente escondió los caramelos que su padre le acaba de comprar, antes de oír misa, para no tener que dárselos. El viejecito desapareció. Según develó años más tarde, lo consideró una aparición. A esa edad la Virgen le hizo ver que debía dedicarse a los necesitados. Y a los 12, con madura determinación, comunicó a sus padres: «¡Quiero ser sacerdote!». Partía con un caudal de bendiciones, llevando en su equipaje una fe bien cimentada y otras muchas cualidades y habilidades que aprendió en su hogar en las que se encerraban grandes valores como el sacrificio, el esfuerzo y el desprendimiento.
Se formó en el colegio Gallio de Como, y luego prosiguió estudios en el seminario diocesano. Fue ordenado por el obispo de Foggia en 1866. Su primera misión pastoral fue auxiliar a un anciano presbítero. Afligido por la lejanía de la Iglesia que algunos mostraban, inició un camino de ayunos y mortificaciones que unía a su oración suplicando la conversión de todos, hasta que el rigor que se impuso comenzó a dañar su salud, y el virtuoso y lúcido sacerdote se las vetó. El anticlericalismo acérrimo de ciertos ciudadanos vinculados a la política, y los declarados masones, le obligó a oficiar misa teniendo detrás a la policía que lo vigilaba.
En 1875 se trasladó a Turín con el fin de unirse a la labor apostólica de Don Bosco; consideraba que le serviría de gran ayuda para la misión que debía iniciar. Él le ofreció ir a América, pero aunque le hubiera gustado aceptar la oferta, se dejó guiar por la impresión espiritual que le instaba a responder a los mensajes sobrenaturales que había recibido. Siendo vicario parroquial en Traona, en 1880 creó un colegio para niños pobres. Incomprendido por personas de la diócesis, tuvo que cerrarlo con todo el dolor de su corazón. Después pasó por Olmo dejando atrás soledad y sufrimientos, expectante por dilucidar la voluntad divina; esperaba ver los signos pertinentes para poder actuar en consecuencia.
Supo aguardar a que llegase lo que denominó: «la hora de la misericordia», vislumbrada a sus 40 años. Tiempo atrás le había confiado a Don Bosco: «Tengo en el alma la caridad y la conciencia de que Dios nos ha enviado al mundo para construir una sociedad justa y convertirnos para estas personas en sus padres, madres o hermanos, y servir en esta alegría de vivir». Llegó a Pianello del Lario en 1881, por indicación del obispo, para ocuparse de una casa que había dejado al morir el P. Carlo Coppini. Desde 1878 cinco mujeres con inclinación a la vida religiosa ayudaban al desparecido sacerdote a auxiliar a los huérfanos y ancianos que había recogido. Ellas fueron el germen de una de las fundaciones de Guanella: las Hijas de Santa María de la Providencia surgidas en 1886, y de la que nació la Congregación de Siervos de la Caridad.
En 1890 Luigi ya albergaba a 200 enfermos y pobres de todas las edades y condiciones. Esta obra de caridad vio la luz en medio, y a pesar, de los muchos recelos surgidos en su entorno. A los que padecían alguna discapacidad nunca los calificó como retrasados, ni consintió que otros lo hicieran. Eran sus «buenos niños», sus «tesoros». Cuando en 1896 los extremistas prendieron fuego a esta Casa de la Providencia, condujo a todos al templo. Mientras les consolaba, oraba así: «Señor, en tus designios has permitido que nuestra casa se quemase. Nos volveremos a alojar aquí en la tuya». Sin perder tiempo, comenzaron a ponerla en pie. Un día, cuando levantaban la capilla, aunque nada permitía pensar en un accidente, dio la indicación de que se apartaran de la zona sin dilación. A renglón seguido el andamio caía en medio de gran estrépito, sin haber dañado a nadie.
Confiar en la providencia de Dios, esperar en Él, era su lema. Ante el asombro por los logros que obtenía, decía: «Dios es el que hace el trabajo». Se ocupó de que hubiera una imagen de María dedicada a sus obreros, que denominó Nuestra Señora del Trabajo. Las obras de beneficencia se multiplicaron dentro y fuera de Italia. No hay más que ver la expansión que se produjo en Roma con la ayuda de su amigo san Pío X. En 1903 se estableció en la colina romana de Monte Mario. En el terremoto de 1905 realizó una admirable labor asistiendo a los damnificados. En la colina del Gianicolo abrió un centro para ancianos en 1907. Dos años más tarde erigió una iglesia dedicada a san José, además de otras obras de carácter educativo.
Realizó un viaje apostólico al continente americano para visitar a los emigrantes, y al regreso siguió extendiendo su obra. Además, promovió la devoción a la Virgen de Lourdes e instituyó la Pía Unión del Tránsito de San José. En 1915 auxilió a los damnificados en el terremoto de Abruzzo. Ésto mermó su ya delicada salud por sus muchos afanes y sufrimientos. En septiembre de ese año quedó paralítico. No se recuperó y el 24 de octubre falleció en Como. Pablo VI lo beatificó el 24 de octubre de 1964. Benedicto XVI lo canonizó el 23 de octubre de 2011. Denominado «padre de los pobres», Pío XI lo consideró el «Garibaldi de la caridad».
escrito por Isabel Orellana Vilches (24 de octubre de 2014) © Innovative Media Inc.
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viernes, 24 de octubre de 2014
jueves, 23 de octubre de 2014
23 de octubre: San Juan de Capistrano
«Religioso franciscano. Predicador, reformador, incansable apóstol, consultor de pontífices, gran jurista y diplomático. Aclamado en Europa y considerado padre devoto y varón santo. En California continúa honrándose su memoria»
Madrid, 23 de octubre de 2014 (Zenit.org) Juan es otro de esos grandes hombres que pusieron sus talentos al servicio de Cristo y su Iglesia, logrando con la oración y heroica entrega que germinase el Evangelio por doquier. Obtuvo la gloria del cielo y la inmortalidad en el mundo, ésta sin perseguirla. Llevó la bandera de la fe por toda Europa mientras la recorría incansablemente de punta a punta; fue el escenario de su vida y quehacer apostólico. Nunca salió de estos confines y sin embargo, desde hace siglos California honra su memoria gracias a la humilde misión que su excelso hermano fray Junípero Serra estableció allí en 1776, la más conocida de las que implantó; por algo se le ha denominado «joya de las misiones». Justamente en esa fundación tiene su origen la ciudad que lleva el nombre de este santo. Después de una catástrofe natural y de diversos vaivenes que la dejaron malparada, comenzó a recobrar su esplendor a finales del s. XIX.
Nació Juan el 24 de octubre de 1386 en Capistrano, L’Áquila, Italia. Cursó derecho en Perugia y allí alcanzó tal prestigio como jurista que Ladislao di Durazzo, rey de Nápoles, lo nombró gobernador de la ciudad. En 1416 intervino como pacificador entre las facciones de Perugia y Malatesta, que se hallaban enfrentadas, y fue hecho prisionero. En la cárcel sufrió una radical transformación. Reflexionó sobre la vida que había llevado, y en un sueño san Francisco lo invitó a unirse con sus discípulos. Eso hizo Juan al ser liberado, después de salir victorioso de interna lucha. Aplacadas las voces contradictorias que brotaban dentro de sí, el único impedimento que podría haber tenido era un matrimonio anterior que, por graves razones de peso, cuando ingresó en la cárcel ya se había anulado.
Se hizo franciscano en Perugia en octubre de 1416, a la edad de 30 años. Primeramente fue destinado a misiones humildes. En ese momento la necesidad de regresar a la observancia primitiva gravitaba sobre la comunidad, instada por san Bernardino de Siena. Ambos entablaron entrañable amistad. Bernardino le enseñó teología y Juan le correspondió estando a su lado; le defendió frente a las acusaciones de herejía. Además compartieron similares bríos que les llevaron a preservar la fe frente a los infieles. Aún no había sido ordenado, y Juan comenzó a destacar en la predicación. A los 33 años recibió ese sacramento. Entonces el papa le nombró inquisidor de los fraticelos, y emprendió una misión itinerante por distintos estados europeos. Combatió las herejías de los husitas, participó en la dieta de Frankfurt y fue artífice de la unidad entre los armenios y Roma. De forma reiterada le designaron vicario general de la observancia, fue nuncio apostólico en Austria, etc.
Hacía poco que era sacerdote cuando dijo: «Aunque no tengo la última responsabilidad, estoy decidido a invertir todas mis fuerzas, hasta el último momento de mi vida, en defensa del rebaño de Cristo». Lo demostró. Era un hombre de oración, gran penitente. Su rostro era, en sí mismo, un tratado de vida ascética. Dormía dos horas y, a veces, una sola; austero en sus alimentos, templado y prudente en sus juicios, todo caridad y dulzura, entregado por completo a su prójimo. Las huellas del rigor que se impuso iluminaban sus ojos; eran una candela viva de amor a Cristo. La gente le seguía y le escuchaba enfervorizada, viendo en su llamada a la conversión una invitación del cielo. En Brescia predicó ante 126.000 personas. Su fama a la hora de sanar a los enfermos le precedía, y muchos intentaban tomar como reliquia trozos de su túnica. Sabiendo el valor de la formación, instó a sus hermanos al estudio: «Ninguno es mensajero de Dios si no anuncia la verdad; y no puede anunciar la verdad quién no la conoce; y no puede conocerla si no la aprendió […]. Deben encontrar el tiempo para dedicarse a las letras y a las ciencias... para no tentar a Dios con vanas presunciones...».
Los pontífices contaron con él valorando sus excelentes dotes para la diplomacia, su prudencia y fidelidad a la Sede de Pedro. Tanto Martín V, como Eugenio IV, Nicolás V y Calixto III le encomendaron diversas causas delicadas que solventó admirablemente. Declinó ser obispo en tres ocasiones; prefería mantener la misión de predicador. En 1430 se implicó en un asunto que incumbía directamente a su Orden: la unidad. Para lograrla propuso las constituciones martinianas (en honor de Martín V), pensando que con ellas podría mediar entre las dos tendencias polarizadas que surgieron entre los franciscanos: el laxismo y el rigorismo. No tuvo éxito en su empeño. Sufrió críticas e incomprensiones internas, que se unieron a otras externas.
Fue un ardoroso defensor de la fe en lugares de batalla. Animaba a las tropas a luchar bravamente por Cristo: «Sea avanzando que retrocediendo, golpeando o siendo golpeados, invoquen el nombre de Jesús. Solo en Él está la salvación y la victoria». La última en la que participó fue en 1456, en Belgrado, obteniendo la victoria con su fe; tenía entonces 70 años. Tres meses más tarde, el 23 de octubre de ese año, murió en Vilak a causa de la peste. En aras de su proverbial obediencia al pontífice hubiese ido donde fuera. Así se lo había confesado a san Bernardino: «Soy un viejo, débil, enfermizo... No puedo más... Pero si el papa lo dispusiera de otra forma, lo acepto, aunque deba arrastrarme medio muerto, o bien debiera atravesar barreras de espinas, fuego y agua». Pero Dios había previsto que entregase su sangre después de haber participado heroicamente en esta guerra contra el turco.
El legado que dejaba a sus hermanos, a la Iglesia y a la posteridad era, como el de todos los santos, un compendio de virtudes heroicas desplegadas sin descanso por amor a Cristo. Tan aclamado en Europa que se le ha considerado «stella Bohemorum», «lux Germanie», «clara fax Hungarie», «decus Polonorum», también «padre devoto» y «varón santo». Inocencio X lo beatificó el 19 de diciembre de 1650. Alejandro VIII lo canonizó el 16 de octubre de 1690.
escrito por Isabel Orellana Vilches (23 de octubre de 2014) © Innovative Media Inc.
otros santos 23 de octubre:
- San Ignacio de Constantinopla
Madrid, 23 de octubre de 2014 (Zenit.org) Juan es otro de esos grandes hombres que pusieron sus talentos al servicio de Cristo y su Iglesia, logrando con la oración y heroica entrega que germinase el Evangelio por doquier. Obtuvo la gloria del cielo y la inmortalidad en el mundo, ésta sin perseguirla. Llevó la bandera de la fe por toda Europa mientras la recorría incansablemente de punta a punta; fue el escenario de su vida y quehacer apostólico. Nunca salió de estos confines y sin embargo, desde hace siglos California honra su memoria gracias a la humilde misión que su excelso hermano fray Junípero Serra estableció allí en 1776, la más conocida de las que implantó; por algo se le ha denominado «joya de las misiones». Justamente en esa fundación tiene su origen la ciudad que lleva el nombre de este santo. Después de una catástrofe natural y de diversos vaivenes que la dejaron malparada, comenzó a recobrar su esplendor a finales del s. XIX.
Nació Juan el 24 de octubre de 1386 en Capistrano, L’Áquila, Italia. Cursó derecho en Perugia y allí alcanzó tal prestigio como jurista que Ladislao di Durazzo, rey de Nápoles, lo nombró gobernador de la ciudad. En 1416 intervino como pacificador entre las facciones de Perugia y Malatesta, que se hallaban enfrentadas, y fue hecho prisionero. En la cárcel sufrió una radical transformación. Reflexionó sobre la vida que había llevado, y en un sueño san Francisco lo invitó a unirse con sus discípulos. Eso hizo Juan al ser liberado, después de salir victorioso de interna lucha. Aplacadas las voces contradictorias que brotaban dentro de sí, el único impedimento que podría haber tenido era un matrimonio anterior que, por graves razones de peso, cuando ingresó en la cárcel ya se había anulado.
Se hizo franciscano en Perugia en octubre de 1416, a la edad de 30 años. Primeramente fue destinado a misiones humildes. En ese momento la necesidad de regresar a la observancia primitiva gravitaba sobre la comunidad, instada por san Bernardino de Siena. Ambos entablaron entrañable amistad. Bernardino le enseñó teología y Juan le correspondió estando a su lado; le defendió frente a las acusaciones de herejía. Además compartieron similares bríos que les llevaron a preservar la fe frente a los infieles. Aún no había sido ordenado, y Juan comenzó a destacar en la predicación. A los 33 años recibió ese sacramento. Entonces el papa le nombró inquisidor de los fraticelos, y emprendió una misión itinerante por distintos estados europeos. Combatió las herejías de los husitas, participó en la dieta de Frankfurt y fue artífice de la unidad entre los armenios y Roma. De forma reiterada le designaron vicario general de la observancia, fue nuncio apostólico en Austria, etc.
Hacía poco que era sacerdote cuando dijo: «Aunque no tengo la última responsabilidad, estoy decidido a invertir todas mis fuerzas, hasta el último momento de mi vida, en defensa del rebaño de Cristo». Lo demostró. Era un hombre de oración, gran penitente. Su rostro era, en sí mismo, un tratado de vida ascética. Dormía dos horas y, a veces, una sola; austero en sus alimentos, templado y prudente en sus juicios, todo caridad y dulzura, entregado por completo a su prójimo. Las huellas del rigor que se impuso iluminaban sus ojos; eran una candela viva de amor a Cristo. La gente le seguía y le escuchaba enfervorizada, viendo en su llamada a la conversión una invitación del cielo. En Brescia predicó ante 126.000 personas. Su fama a la hora de sanar a los enfermos le precedía, y muchos intentaban tomar como reliquia trozos de su túnica. Sabiendo el valor de la formación, instó a sus hermanos al estudio: «Ninguno es mensajero de Dios si no anuncia la verdad; y no puede anunciar la verdad quién no la conoce; y no puede conocerla si no la aprendió […]. Deben encontrar el tiempo para dedicarse a las letras y a las ciencias... para no tentar a Dios con vanas presunciones...».
Los pontífices contaron con él valorando sus excelentes dotes para la diplomacia, su prudencia y fidelidad a la Sede de Pedro. Tanto Martín V, como Eugenio IV, Nicolás V y Calixto III le encomendaron diversas causas delicadas que solventó admirablemente. Declinó ser obispo en tres ocasiones; prefería mantener la misión de predicador. En 1430 se implicó en un asunto que incumbía directamente a su Orden: la unidad. Para lograrla propuso las constituciones martinianas (en honor de Martín V), pensando que con ellas podría mediar entre las dos tendencias polarizadas que surgieron entre los franciscanos: el laxismo y el rigorismo. No tuvo éxito en su empeño. Sufrió críticas e incomprensiones internas, que se unieron a otras externas.
Fue un ardoroso defensor de la fe en lugares de batalla. Animaba a las tropas a luchar bravamente por Cristo: «Sea avanzando que retrocediendo, golpeando o siendo golpeados, invoquen el nombre de Jesús. Solo en Él está la salvación y la victoria». La última en la que participó fue en 1456, en Belgrado, obteniendo la victoria con su fe; tenía entonces 70 años. Tres meses más tarde, el 23 de octubre de ese año, murió en Vilak a causa de la peste. En aras de su proverbial obediencia al pontífice hubiese ido donde fuera. Así se lo había confesado a san Bernardino: «Soy un viejo, débil, enfermizo... No puedo más... Pero si el papa lo dispusiera de otra forma, lo acepto, aunque deba arrastrarme medio muerto, o bien debiera atravesar barreras de espinas, fuego y agua». Pero Dios había previsto que entregase su sangre después de haber participado heroicamente en esta guerra contra el turco.
El legado que dejaba a sus hermanos, a la Iglesia y a la posteridad era, como el de todos los santos, un compendio de virtudes heroicas desplegadas sin descanso por amor a Cristo. Tan aclamado en Europa que se le ha considerado «stella Bohemorum», «lux Germanie», «clara fax Hungarie», «decus Polonorum», también «padre devoto» y «varón santo». Inocencio X lo beatificó el 19 de diciembre de 1650. Alejandro VIII lo canonizó el 16 de octubre de 1690.
escrito por Isabel Orellana Vilches (23 de octubre de 2014) © Innovative Media Inc.
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- San Ignacio de Constantinopla
miércoles, 22 de octubre de 2014
22 de octubre: Santas Nunila y Alodia
Vírgenes y mártires
(† 851)
Uno de los momentos más emocionantes de la historia de España es aquel en que el espíritu cristiano se agita en convulsiones heroicas, a punto de ser sofocado por la absorción creciente del islamismo. Los doctores de Córdoba, Eulogio y Álvaro sobre todo, han despertado entre sus correligionarios el entusiasmo por lo antiguo y lo tradicional. Es una generosa tendencia tradicionalista, un noble ardimiento orientado hacia la resurrección de las antiguas glorias, lo mismo literarias que religiosas; una magnífica exaltación en defensa del pasado contra la invasión y el dominio de un mundo de ideas exóticas importado por los invasores. En esta actitud no había intenciones violentas ni revolucionarias, pero su misma valentía debía traer necesariamente, primero, la suspicacia de los emires, y luego, la persecución declarada. La persecución estalló en 851, bajo el gobierno de Abderramán II. Fue Córdoba la que dio entonces el mayor número de mártires; pero no faltaron tampoco ilustres confesores de la fe en las regiones más apartadas de la capital.
Tales fueron las dos vírgenes Nunila y Alodia, «bellas rosas—dice Eulogio—que florecieron entre las espinas», cuyo aroma perdura hasta nuestros días en las montañas de Huesca. Habían nacido en el seno de una familia poderosa, en un pueblo cercano al Pirineo. Su madre era cristiana y su padre musulmán. Hijas de un matrimonio mixto, estaban condenadas por la ley a seguir la secta de Mahoma. Debían ser musulmanas, si no querían perder la vida; pero su madre las educó tan cristianamente, que no sólo se decidieron a ser cristianas, sino también vírgenes de Cristo. Su padre, que era un hombre tolerante, les dejaba hacer su voluntad; pero murió cuando estaban en la flor de su edad; y su madre les dio un padrastro, un padrastro que era celoso musulmán y espiaba los pasos de las niñas. Ya no podían ir al templo de los cristianos; y en casa, en vez de practicar las piadosas costumbres de su religión, tenían que acomodarse a los usos del Islam, rezar la oración prescrita cuando el almuédano gritaba desde la torre, hacer todos los viernes la purificación legal, ayunar cuando llegaba el mes santo del Ramadán, y empezar todos los días con la ablución litúrgica que la tradición alcoránica impone a los musulmanes.
Disimularon algún tiempo cuanto pudieron, hasta que en casa se habló de casamiento. Su padrastro había buscado para ellas dos jóvenes moros de los más distinguidos de la tierra. Era el momento de plantarse valientemente, y ellas no dudaron en cumplir con su deber.
—Somos cristianas—dijeron—, y, además de cristianas, esposas de Jesucristo.
Fueron inútiles las razones y las amenazas. Los golpes llenaban de cicatrices su cuerpo, pero no hacían mella en su alma. Entonces el mahometano cogió a las dos muchachas y las llevó al tribunal del cadí de Huesca:
—Juez—le dijo—, aquí tienes a estas dos hijas de mi mujer, que, educadas en el Islam, han sido pervertidas por los cristianos.
Este juez se llamaba Abensomail. No era hombre sanguinario, y quiso hacer todo lo posible para no aplicar la ley del Alcorán.
—¿Es verdad lo que dice vuestro padre?—preguntó a las jóvenes.
—No llaméis nuestro padre a ese impío—respondió Nunila, que era la mayor—. Todo cuanto ha dicho es mentira, pues desde nuestra infancia no hemos adorado a otro Dios que a Cristo.
Esta defensa no era suficiente ante la ley: la hija de un musulmán debía ser musulmana, o, de lo contrario, morir. Pero Abensomail, compadecido de la juventud y la belleza de las dos muchachas, hizo cuanto pudo por salvarlas. Para convencerlas, les habló de la dulzura de la vida, de la envidiable posición que se les preparaba, de la dicha que podrían gozar mostrándose algo más sensatas y condescendientes. A estas razones contestó Nunila con un bello discurso, que nos ha conservado su biógrafo, San Eulogio de Córdoba.
—¡Oh cadí!—fueron sus palabras—; no te empeñes en apartar del culto de Dios a dos vírgenes que por su gracia han llegado a conocer que no hay riqueza alguna fuera de Cristo, ni hay felicidad sino en la religión cristiana, por la cual viven los justos y los santos triunfaron de los reinos. Con Cristo está la vida, y sin Él la muerte; permanecer a su lado y vivir en Él es la verdadera alegría; separarse de Él, la perdición eterna. En cuanto a nosotras, tenemos el propósito de no abandonarle; le hemos consagrado la santidad de nuestro cuerpo, y esperamos ser admitidas en su tálamo nupcial. Las ventajas de esas cosas perecederas que nos propones, las despreciamos, porque sabemos que todo es vanidad bajo el sol. No nos acobardan los suplicios, que terminan pronto; y por lo que se refiere a la muerte con que nos amenazas, la recibiremos muy contentas, sabiendo que ella nos abre las puertas del Cielo y nos lleva a los brazos de Cristo.
Abensomail, encantado por la gracia de la doncella, la dejó decir cuanto quiso. Repugnábale tener que segar aquellas hermosas cabezas, y haciendo un último esfuerzo, puso a las dos muchachas en casa de unas devotas mujeres musulmanas; creyendo que llegarían a hacerlas cambiar de parecer.
Algunos días después las llamaba de nuevo a su presencia y les decía:
—¿Cuál es vuestra última resolución?
—La misma de siempre—respondió Nunila—; somos cristianas y debemos cumplir con nuestro deber; cumplid vos con el vuestro.
El cadí ordenó al verdugo:
—Toma la espada y acabemos de una vez.
Entonces se vio un espectáculo admirable.
—Extiende el cuello—dijo a Nunila el ejecutor. Así lo hizo la virgen, mientras decía a la más pequeña:
—Haz hermana, lo que yo hiciere.
—No temas que obre de otra manera—respondió Alodia.
Después Nunila saltó al medio con alegría, echó mano a su cabellera, la pasó alrededor de su rostro, y dijo al verdugo:
—Hiere con rapidez. El verdugo levantó la espada y la dejó caer, pero con tan mala suerte, que vino a dar en la mandíbula y dejó la cabeza colgando. El cuerpo de la mártir se desplomó, estremeciéndose con los últimos espasmos de la muerte. Alodia se acercó a él para extender con decoro el vestido, y aún pudo recoger la postrer mirada de aquellos ojos queridos. Después, impaciente de sufrir, extendió también ella su cabeza; pero se oyó la voz del juez que decía:
—Un instante, joven; puedes salvarte. Aún estás a tiempo; no seas tan loca como tu hermana.
—No, no—respondió la virgen con decisión—; yo también quiero morir. La espada... pronto. No quiero vivir sola. Al decir estas palabras, vio cruzar el aire una paloma blanca. Pensó que era el alma de Nunila, y anadió:
—Aguárdame, hermana; sólo un momento.
Después, sujetando el vestido con el velo en torno de las piernas y cubriendo la faz con los cabellos, se arrodilló junto al cuerpo de su hermana y ofreció al verdugo la cabeza. Así, con esta gracia campestre, con esta sencillez hogareña, dieron su vida las dos nobles heroínas de las montañas de Huesca. Algo más tarde, sus cuerpos, lirios convertidos en rosas, fueron trasladados al monasterio más famoso de Navarra, San Salvador de Leyre, y allí, en una arqueta de marfil, obra maestra del arte hispanoárabe, adornada de ciervos, leones y follajes, descansarán durante siglos. En las ruinas de la abadía desierta, a uno y otro lado de la puerta románica, admira todavía el turista las imágenes de las vírgenes intrépidas, que, envueltas en sus amplias cicladas, pisotean la cabeza de la bestia que un día vencieron con su muerte.
otros santos 22 de octubre:
- Beato Juan Pablo II
(† 851)
Uno de los momentos más emocionantes de la historia de España es aquel en que el espíritu cristiano se agita en convulsiones heroicas, a punto de ser sofocado por la absorción creciente del islamismo. Los doctores de Córdoba, Eulogio y Álvaro sobre todo, han despertado entre sus correligionarios el entusiasmo por lo antiguo y lo tradicional. Es una generosa tendencia tradicionalista, un noble ardimiento orientado hacia la resurrección de las antiguas glorias, lo mismo literarias que religiosas; una magnífica exaltación en defensa del pasado contra la invasión y el dominio de un mundo de ideas exóticas importado por los invasores. En esta actitud no había intenciones violentas ni revolucionarias, pero su misma valentía debía traer necesariamente, primero, la suspicacia de los emires, y luego, la persecución declarada. La persecución estalló en 851, bajo el gobierno de Abderramán II. Fue Córdoba la que dio entonces el mayor número de mártires; pero no faltaron tampoco ilustres confesores de la fe en las regiones más apartadas de la capital.
Tales fueron las dos vírgenes Nunila y Alodia, «bellas rosas—dice Eulogio—que florecieron entre las espinas», cuyo aroma perdura hasta nuestros días en las montañas de Huesca. Habían nacido en el seno de una familia poderosa, en un pueblo cercano al Pirineo. Su madre era cristiana y su padre musulmán. Hijas de un matrimonio mixto, estaban condenadas por la ley a seguir la secta de Mahoma. Debían ser musulmanas, si no querían perder la vida; pero su madre las educó tan cristianamente, que no sólo se decidieron a ser cristianas, sino también vírgenes de Cristo. Su padre, que era un hombre tolerante, les dejaba hacer su voluntad; pero murió cuando estaban en la flor de su edad; y su madre les dio un padrastro, un padrastro que era celoso musulmán y espiaba los pasos de las niñas. Ya no podían ir al templo de los cristianos; y en casa, en vez de practicar las piadosas costumbres de su religión, tenían que acomodarse a los usos del Islam, rezar la oración prescrita cuando el almuédano gritaba desde la torre, hacer todos los viernes la purificación legal, ayunar cuando llegaba el mes santo del Ramadán, y empezar todos los días con la ablución litúrgica que la tradición alcoránica impone a los musulmanes.
Disimularon algún tiempo cuanto pudieron, hasta que en casa se habló de casamiento. Su padrastro había buscado para ellas dos jóvenes moros de los más distinguidos de la tierra. Era el momento de plantarse valientemente, y ellas no dudaron en cumplir con su deber.
—Somos cristianas—dijeron—, y, además de cristianas, esposas de Jesucristo.
Fueron inútiles las razones y las amenazas. Los golpes llenaban de cicatrices su cuerpo, pero no hacían mella en su alma. Entonces el mahometano cogió a las dos muchachas y las llevó al tribunal del cadí de Huesca:
—Juez—le dijo—, aquí tienes a estas dos hijas de mi mujer, que, educadas en el Islam, han sido pervertidas por los cristianos.
Este juez se llamaba Abensomail. No era hombre sanguinario, y quiso hacer todo lo posible para no aplicar la ley del Alcorán.
—¿Es verdad lo que dice vuestro padre?—preguntó a las jóvenes.
—No llaméis nuestro padre a ese impío—respondió Nunila, que era la mayor—. Todo cuanto ha dicho es mentira, pues desde nuestra infancia no hemos adorado a otro Dios que a Cristo.
Esta defensa no era suficiente ante la ley: la hija de un musulmán debía ser musulmana, o, de lo contrario, morir. Pero Abensomail, compadecido de la juventud y la belleza de las dos muchachas, hizo cuanto pudo por salvarlas. Para convencerlas, les habló de la dulzura de la vida, de la envidiable posición que se les preparaba, de la dicha que podrían gozar mostrándose algo más sensatas y condescendientes. A estas razones contestó Nunila con un bello discurso, que nos ha conservado su biógrafo, San Eulogio de Córdoba.
—¡Oh cadí!—fueron sus palabras—; no te empeñes en apartar del culto de Dios a dos vírgenes que por su gracia han llegado a conocer que no hay riqueza alguna fuera de Cristo, ni hay felicidad sino en la religión cristiana, por la cual viven los justos y los santos triunfaron de los reinos. Con Cristo está la vida, y sin Él la muerte; permanecer a su lado y vivir en Él es la verdadera alegría; separarse de Él, la perdición eterna. En cuanto a nosotras, tenemos el propósito de no abandonarle; le hemos consagrado la santidad de nuestro cuerpo, y esperamos ser admitidas en su tálamo nupcial. Las ventajas de esas cosas perecederas que nos propones, las despreciamos, porque sabemos que todo es vanidad bajo el sol. No nos acobardan los suplicios, que terminan pronto; y por lo que se refiere a la muerte con que nos amenazas, la recibiremos muy contentas, sabiendo que ella nos abre las puertas del Cielo y nos lleva a los brazos de Cristo.
Abensomail, encantado por la gracia de la doncella, la dejó decir cuanto quiso. Repugnábale tener que segar aquellas hermosas cabezas, y haciendo un último esfuerzo, puso a las dos muchachas en casa de unas devotas mujeres musulmanas; creyendo que llegarían a hacerlas cambiar de parecer.
Algunos días después las llamaba de nuevo a su presencia y les decía:
—¿Cuál es vuestra última resolución?
—La misma de siempre—respondió Nunila—; somos cristianas y debemos cumplir con nuestro deber; cumplid vos con el vuestro.
El cadí ordenó al verdugo:
—Toma la espada y acabemos de una vez.
Entonces se vio un espectáculo admirable.
—Extiende el cuello—dijo a Nunila el ejecutor. Así lo hizo la virgen, mientras decía a la más pequeña:
—Haz hermana, lo que yo hiciere.
—No temas que obre de otra manera—respondió Alodia.
Después Nunila saltó al medio con alegría, echó mano a su cabellera, la pasó alrededor de su rostro, y dijo al verdugo:
—Hiere con rapidez. El verdugo levantó la espada y la dejó caer, pero con tan mala suerte, que vino a dar en la mandíbula y dejó la cabeza colgando. El cuerpo de la mártir se desplomó, estremeciéndose con los últimos espasmos de la muerte. Alodia se acercó a él para extender con decoro el vestido, y aún pudo recoger la postrer mirada de aquellos ojos queridos. Después, impaciente de sufrir, extendió también ella su cabeza; pero se oyó la voz del juez que decía:
—Un instante, joven; puedes salvarte. Aún estás a tiempo; no seas tan loca como tu hermana.
—No, no—respondió la virgen con decisión—; yo también quiero morir. La espada... pronto. No quiero vivir sola. Al decir estas palabras, vio cruzar el aire una paloma blanca. Pensó que era el alma de Nunila, y anadió:
—Aguárdame, hermana; sólo un momento.
Después, sujetando el vestido con el velo en torno de las piernas y cubriendo la faz con los cabellos, se arrodilló junto al cuerpo de su hermana y ofreció al verdugo la cabeza. Así, con esta gracia campestre, con esta sencillez hogareña, dieron su vida las dos nobles heroínas de las montañas de Huesca. Algo más tarde, sus cuerpos, lirios convertidos en rosas, fueron trasladados al monasterio más famoso de Navarra, San Salvador de Leyre, y allí, en una arqueta de marfil, obra maestra del arte hispanoárabe, adornada de ciervos, leones y follajes, descansarán durante siglos. En las ruinas de la abadía desierta, a uno y otro lado de la puerta románica, admira todavía el turista las imágenes de las vírgenes intrépidas, que, envueltas en sus amplias cicladas, pisotean la cabeza de la bestia que un día vencieron con su muerte.
(fuente: divvol.org)
otros santos 22 de octubre:
- Beato Juan Pablo II
martes, 21 de octubre de 2014
21 de octubre: San Pedro Yu Tae-ch'l
Mártir Laico
Martirologio Romano: En Seúl, en Corea, san Pedro Yu Tae-chl, mártir, que a los trece años exhortaba a los compañeros de cárcel a aceptar los tormentos, consumando su martirio al recibir cien azotes y ser estrangulado (1839).
Fecha de canonización: 6 de mayo de 1984, por S.S. Juan Pablo II.
Desde los primeros siglos, siempre ha sido muy difícil encontrar información segura sobre los mártires, ya que, aunque constituyen el grupo más grande de los santos, los cristianos probablemente nunca han considerado correcto recopilar los detalles de su existencia terrena, sino más bien poner debida atención en su último testimonio de fe cristiana, el cual lo realizó con el derramamiento de su sangre. Este problema subsiste incluso con mártires de los tiempos modernos, especialmente si vivía en algún rincón remoto del planeta, o si murió a una edad temprana. Y éste es indisputablemente el caso del mártir que recordamos hoy: San Pedro Yu Tae-chl, de nacionalidad coreana y muerto con apenas trece años.
Pedro nació en 1826 en Ipjeong, cerca de Seúl. A la edad de trece años (aproximadamente, porque no sabemos la fecha exacta de su nacimiento), fue encarcelado en Seúl por los enemigos de la fe cristiana. Durante su permanencia en la cárcel no paró de exhortar a los demás presos a resistir las torturas a las que eran sometidos. El padeció muchos sufrimientos, y consumó su martirio por estrangulación.
Fue beatificado en 1925 y canonizado por S.S. Juan Pablo II el 6 de mayo de 1984, con 102 mártires que regaron con su sangre el suelo de Corea. El grupo, conocido como "Santos Andrés Kim Taegön, Pablo Chöng Hasang y compañeros" es recordado el 20 de septiembre.
Martirologio Romano: En Seúl, en Corea, san Pedro Yu Tae-chl, mártir, que a los trece años exhortaba a los compañeros de cárcel a aceptar los tormentos, consumando su martirio al recibir cien azotes y ser estrangulado (1839).
Fecha de canonización: 6 de mayo de 1984, por S.S. Juan Pablo II.
Desde los primeros siglos, siempre ha sido muy difícil encontrar información segura sobre los mártires, ya que, aunque constituyen el grupo más grande de los santos, los cristianos probablemente nunca han considerado correcto recopilar los detalles de su existencia terrena, sino más bien poner debida atención en su último testimonio de fe cristiana, el cual lo realizó con el derramamiento de su sangre. Este problema subsiste incluso con mártires de los tiempos modernos, especialmente si vivía en algún rincón remoto del planeta, o si murió a una edad temprana. Y éste es indisputablemente el caso del mártir que recordamos hoy: San Pedro Yu Tae-chl, de nacionalidad coreana y muerto con apenas trece años.
Pedro nació en 1826 en Ipjeong, cerca de Seúl. A la edad de trece años (aproximadamente, porque no sabemos la fecha exacta de su nacimiento), fue encarcelado en Seúl por los enemigos de la fe cristiana. Durante su permanencia en la cárcel no paró de exhortar a los demás presos a resistir las torturas a las que eran sometidos. El padeció muchos sufrimientos, y consumó su martirio por estrangulación.
Fue beatificado en 1925 y canonizado por S.S. Juan Pablo II el 6 de mayo de 1984, con 102 mártires que regaron con su sangre el suelo de Corea. El grupo, conocido como "Santos Andrés Kim Taegön, Pablo Chöng Hasang y compañeros" es recordado el 20 de septiembre.
(fuentes: santiebeati.it; catholic.net)
lunes, 20 de octubre de 2014
20 de octubre: San Artemio de Antiioquía
Megalomártir
Santo Tradicional, no incluido en el Martirologio Romano actual Martirologio Romano (1956): En Antioquía, san Artemio, Procónsul, que habiendo desempeñado, en tiempo de Constantino el Grande, muy honrosos cargos en la milicia, por orden de Juliano Apóstata a quien echó en cara su crueldad contra los Cristianos, fue apaleado, diversamente atormentado, y por último degollado. ( 363)
San Artemio de Antioquía, conocido como "el gran mártir" o "megalomártir", fue militar y prefecto del imperio romano en Egipto, durante el siglo IV de nuestra era. Anteriormente había servido como oficial en el imperio de Constantino I. Uso su elevada posición para difundir el cristianismo.
Durante el reinado de Juliano el Apóstata fue un hereje arriano, cazando y persiguiendo monjes, religiosas y obispos, incluido San Atanasio de Alejandría. Sin embargo a través de la oración y debido al horror de las persecuciones Artemio se convirtió a la ortodoxia cristiana, apoyando la fe y volviéndose contra los paganos, incluido el emperador Juliano.
Artemio fue decapitado en la ciudad de Antioquía en el año 363, a donde había sido llamado por el emperador Juliano por mala administración de su provincia. Los cargos provenían de su persecución de los paganos en Alejandría, y su uso de tropas en la captura y despojo del Templo de Serapis promovida por el obispo arriano Jorge de Laodicea. En base a su martirio es considerado santo.
Santo Tradicional, no incluido en el Martirologio Romano actual Martirologio Romano (1956): En Antioquía, san Artemio, Procónsul, que habiendo desempeñado, en tiempo de Constantino el Grande, muy honrosos cargos en la milicia, por orden de Juliano Apóstata a quien echó en cara su crueldad contra los Cristianos, fue apaleado, diversamente atormentado, y por último degollado. ( 363)
San Artemio de Antioquía, conocido como "el gran mártir" o "megalomártir", fue militar y prefecto del imperio romano en Egipto, durante el siglo IV de nuestra era. Anteriormente había servido como oficial en el imperio de Constantino I. Uso su elevada posición para difundir el cristianismo.
Durante el reinado de Juliano el Apóstata fue un hereje arriano, cazando y persiguiendo monjes, religiosas y obispos, incluido San Atanasio de Alejandría. Sin embargo a través de la oración y debido al horror de las persecuciones Artemio se convirtió a la ortodoxia cristiana, apoyando la fe y volviéndose contra los paganos, incluido el emperador Juliano.
Artemio fue decapitado en la ciudad de Antioquía en el año 363, a donde había sido llamado por el emperador Juliano por mala administración de su provincia. Los cargos provenían de su persecución de los paganos en Alejandría, y su uso de tropas en la captura y despojo del Templo de Serapis promovida por el obispo arriano Jorge de Laodicea. En base a su martirio es considerado santo.
escrito por Samuel N Lieu
(fuentes: Constantine to Julian: A Source History; catholic.net)
domingo, 19 de octubre de 2014
19 de octubre: Santa Frideswide
Patrona de Oxford
Martirologio Romano: En Oxford, en Inglaterra, santa Frideswide, virgen, que, siendo de estirpe regia, fue elegida abadesa de un monasterio doble de monjes y de monjas (735).
Santa Frideswide es la patrona de Oxford. Guillermo de Malmesbury nos dejó la reseña más sencilla de la leyenda de la santa en un escrito anterior al año 1125. Frideswide, una vez que se vio libre de las solicitudes de un reyezuelo, fundó en Oxford un monasterio y pasó ahí el resto de su vida. Según la forma más compleja de la leyenda, Frideswide era hija del cortesano Didán y de su esposa Safrida. La educación de la niña fue confiada a una dama llamada Algiva. Cuando Frideswide leyó que "todo lo que no es Dios es nada" se sintió llamada a la vida religiosa. Pero el príncipe Algar, prendado de su belleza, trató de raptarla. Entonces, la joven huyó con dos compañeras por el río Isis y se ocultó durante tres años en la cueva que servía de guarida a un jabalí. Como continuase la persecución de Algar, Frideswide invocó la ayuda de Santa Catalina y Santa Cecilia, con el resultado de que el pretendiente quedó ciego hasta que prometió dejar en paz a la doncella. Según la leyenda, esa era la razón por la que los reyes de Inglaterra, hasta Enrique II, no iban jamás a Oxford. Para poder consagrarse más plenamente a Dios en la soledad, Santa Frideswide construyó con sus manos una celda en el bosque de Thornbury (actualmente Binsey), donde se acercó al Reino de los Cielos mediante el fervor y la penitencia. Se cuenta que la santa hizo brotar la fuente de Binsey con sus oraciones y que los peregrinos solían acudir allá en la Edad Media. La muerte de Frideswide suele situarse en el año 735. Dios honró su sepulcro con numerosos milagros, de suerte que se convirtió en uno de los principales santuarios de Inglaterra.
Por lo que parece, la leyenda de Santa Frideswide, tal como se canserva carece de fundamento histórico y no merece crédito alguno. Sin embargo, es probable que la santa haya fundado un monasterio en Oxford, en el siglo VII El monasterio fue restablecido en el siglo XII por los canónigos regulares de San Agustín. En 1180, las reliquias de Santa Frideswide fueron trasladas solemnemente a la iglesia construida en su honor. El canciller y los miembros de la Universidad solían ir al santuario dos veces al año, a la mitad de la Cuaresma y el día de la Ascensión. En 1525, el cardenal Wolsey, con autorización del Papa Clemente VII, disolvió el convento de Santa Frideswide y fundó ahí el Cardinal College; la iglesia conventual se convirtió en capilla del colegio. En 1546, Enrique VIII cambió el nombre de colegio por el de "Aedes Christi" (Christ Church) y la capilla se convirtió en catedral de la nueva diócesis de Oxord. Durante el reinado de María, la Santa Sede reconoció la diócesis y catedral. Por entonces, las reliquias de Santa Frideswide fueron recogidas, aunque probablemente no dispersadas, ya que el año de 1561, cierto canónigo de Christ Church, que probablemente estaba loco, profanó las reliquias con un fanatismo increíble. Durante el reinado de Eduardo VI, había sido sepultada en la iglesia la monja apóstata Catalina Cathie, quien había contraído matrimonio con el fraile Pedro Mártir Vermigli. Los restos de Catalina habían sido removidos en la época de la reina María; pero el canónigo Calfhill los reunió con los de Santa Frideswide y los sepultó en la iglesia. Al año siguiente, vio la luz un escrito latino (y otro alemán) en el que se relataban los sucesos, con ciertos comentarios seudopiadosos sobre el texto "Hic jacet religio cum superstitione" (aquí yace la religión junto con la superstición). No es seguro que dicho texto haya sido grabado sobre el sepulcro, aunque varios autores, entre los que se cuenta Alban Butler, lo afirman así. Este comenta: "el sentido obvio de la inscripción nos lleva a pensar que aquellos hombres querían matar y sepultar toda religión."
El nombre de Santa Frideswide figura en el Martirologio Romano. Su fiesta celebra en la arquidiócesis de Birmingham.
Martirologio Romano: En Oxford, en Inglaterra, santa Frideswide, virgen, que, siendo de estirpe regia, fue elegida abadesa de un monasterio doble de monjes y de monjas (735).
Santa Frideswide es la patrona de Oxford. Guillermo de Malmesbury nos dejó la reseña más sencilla de la leyenda de la santa en un escrito anterior al año 1125. Frideswide, una vez que se vio libre de las solicitudes de un reyezuelo, fundó en Oxford un monasterio y pasó ahí el resto de su vida. Según la forma más compleja de la leyenda, Frideswide era hija del cortesano Didán y de su esposa Safrida. La educación de la niña fue confiada a una dama llamada Algiva. Cuando Frideswide leyó que "todo lo que no es Dios es nada" se sintió llamada a la vida religiosa. Pero el príncipe Algar, prendado de su belleza, trató de raptarla. Entonces, la joven huyó con dos compañeras por el río Isis y se ocultó durante tres años en la cueva que servía de guarida a un jabalí. Como continuase la persecución de Algar, Frideswide invocó la ayuda de Santa Catalina y Santa Cecilia, con el resultado de que el pretendiente quedó ciego hasta que prometió dejar en paz a la doncella. Según la leyenda, esa era la razón por la que los reyes de Inglaterra, hasta Enrique II, no iban jamás a Oxford. Para poder consagrarse más plenamente a Dios en la soledad, Santa Frideswide construyó con sus manos una celda en el bosque de Thornbury (actualmente Binsey), donde se acercó al Reino de los Cielos mediante el fervor y la penitencia. Se cuenta que la santa hizo brotar la fuente de Binsey con sus oraciones y que los peregrinos solían acudir allá en la Edad Media. La muerte de Frideswide suele situarse en el año 735. Dios honró su sepulcro con numerosos milagros, de suerte que se convirtió en uno de los principales santuarios de Inglaterra.
Por lo que parece, la leyenda de Santa Frideswide, tal como se canserva carece de fundamento histórico y no merece crédito alguno. Sin embargo, es probable que la santa haya fundado un monasterio en Oxford, en el siglo VII El monasterio fue restablecido en el siglo XII por los canónigos regulares de San Agustín. En 1180, las reliquias de Santa Frideswide fueron trasladas solemnemente a la iglesia construida en su honor. El canciller y los miembros de la Universidad solían ir al santuario dos veces al año, a la mitad de la Cuaresma y el día de la Ascensión. En 1525, el cardenal Wolsey, con autorización del Papa Clemente VII, disolvió el convento de Santa Frideswide y fundó ahí el Cardinal College; la iglesia conventual se convirtió en capilla del colegio. En 1546, Enrique VIII cambió el nombre de colegio por el de "Aedes Christi" (Christ Church) y la capilla se convirtió en catedral de la nueva diócesis de Oxord. Durante el reinado de María, la Santa Sede reconoció la diócesis y catedral. Por entonces, las reliquias de Santa Frideswide fueron recogidas, aunque probablemente no dispersadas, ya que el año de 1561, cierto canónigo de Christ Church, que probablemente estaba loco, profanó las reliquias con un fanatismo increíble. Durante el reinado de Eduardo VI, había sido sepultada en la iglesia la monja apóstata Catalina Cathie, quien había contraído matrimonio con el fraile Pedro Mártir Vermigli. Los restos de Catalina habían sido removidos en la época de la reina María; pero el canónigo Calfhill los reunió con los de Santa Frideswide y los sepultó en la iglesia. Al año siguiente, vio la luz un escrito latino (y otro alemán) en el que se relataban los sucesos, con ciertos comentarios seudopiadosos sobre el texto "Hic jacet religio cum superstitione" (aquí yace la religión junto con la superstición). No es seguro que dicho texto haya sido grabado sobre el sepulcro, aunque varios autores, entre los que se cuenta Alban Butler, lo afirman así. Este comenta: "el sentido obvio de la inscripción nos lleva a pensar que aquellos hombres querían matar y sepultar toda religión."
El nombre de Santa Frideswide figura en el Martirologio Romano. Su fiesta celebra en la arquidiócesis de Birmingham.
(fuentes: ar.geocities.com/misa_tridentina01; catholic.net)
sábado, 18 de octubre de 2014
18 de octubre: San Lucas Evangelista
(Siglo I)
Patrono de los Artistas.
San Pablo nos habla varias veces en sus cartas de un compañero suyo en la predicación evangélica llamado Lucas, «cuya alabanza corre por todas las iglesias». Una vez le llama médico querido, su médico, el que vigilaba sobre su salud en aquellas frecuentes enfermedades que entorpecían su apostolado. En otra ocasión nos dice de una manera implícita que venía, no de la circuncisión, sino de la gentilidad.
Por testimonios del siglo II—San Ireneo y el canon de Muratori, y con ellos toda la tradición cristiana—, sabemos que este discípulo del Apóstol fue el que escribió el tercer Evangelio y los Hechos de los Apóstoles; y ya más tarde, el historiador de la Iglesia, Eusebio de Cesárea, nos hace saber que Lucas era de Antioquía. Aquí debió de conocer Lucas a San Pablo desde el principio de sus tareas apostólicas. Acompañóle en el viaje de Troas a Filipos, en Macedonia, donde parece residió algún tiempo mientras el Apóstol evangelizaba las ciudades de Grecia. Otra vez le vemos al lado de San Pablo durante su larga cautividad de cuatro años (59-63), primero en Cesárea y luego en Roma, donde se encuentra con San Pedro y asiste, acaso, a su martirio, si es que no va camino de España con su maestro el Apóstol de las Gentes. Cuatro anos más tarde, cautivo de nuevo en la capital del Imperio, Pablo escribe a Timoteo, su discípulo, diciéndole «que Lucas es el único que está con él».
Desde este momento, el médico antioqueno se nos pierde de vista; pero un texto anterior, según todas las probabilidades, a la paz de Constantino, asegura que volvió a Oriente, que predicó en el Peloponeso permaneciendo virgen hasta su muerte, y que murió en Tebas a los ochenta y cuatro años, lleno del Espíritu Santo.
Teodoro el Lector, escritor bizantino del siglo VI, añade una nueva noticia: dice que, además de médico, Lucas era pintor, y que hacia el año 420 la emperatriz Eudoxia envió a Pulquería un icono de la Madre de Dios pintado por él. San Agustín no sabía nada acerca de esto, pues en su tratado acerca de la Santísima Trinidad escribía: «No nos es dado saber cómo era el rostro de la Virgen María.» Por lo demás, San Lucas puede considerarse como el patrón de la pintura cristiana, pues de su Evangelio tomaron las pinturas de la Edad Media y del Renacimiento aquellos temas, tantas veces reproducidos, de la Anunciación, la Visitación, la Adoración de los Pastores, la Presentación en el templo, los Discípulos de Emaús y otros muchos.
Pero el alma de San Lucas debemos burearla, más que en estos datos dispersos, en los dos libros que escribió: el Evangelio y los Hechos, compuestos alrededor del año 63, antes de que estallara la persecución de Nerón y los cristianos fuesen declarados fuera de la ley. El Evangelio de San Lucas es ciertamente posterior a los otros dos sinópticos, incluso a San Marcos, que escribe antes del año 61; y es anterior a los Actos de los Apóstoles, que, según la erudición moderna, fueron compuestos antes que San Pablo saliese de su primera prisión en Roma, es decir, antes de la gran persecución del año 64. En aquellos días en que San Pablo escribía a los Colosenses: «Sólo Lucas está conmigo.» Los Hechos de los Apóstoles nos revelan el corazón enamorado de la buena nueva, predicada junto al lago de Genesareth. Relatan con apasionamiento el martirio de San Esteban y la noble actitud de los Apóstoles frente a las autoridades judías; descubren una admiración sin límites por la empresa gigantesca del Apóstol de las Gentes, y encierran un fondo de alegría incontenida en presencia de los triunfos maravillosos de la fe.
Tales son los sentimientos que movieron al autor y que pusieron en su lenguaje acentos épicos y un aire de sencillez y de grandeza al mismo tiempo. Expresión de la conciencia del cristianismo naciente, este libro es un libro de gozo, de entusiasmo, de ardor sereno y de juventud de corazón. Hay que retroceder a los cantos homéricos para encontrar algo parecido. Si la primera poesía cristiana es la del lago de Genesareth, la segunda es la de estas odiseas apostólicas; poesía que nos trae un aliento de brisa mañanera, que nos da una sensación deliciosa de frescura y optimismo, que viene cargada de esencias de mar, sanas y vigorosas. Todo en ese relato es vida y colorido, sobre todo cuando se nos habla de las navegaciones de Pablo. Lucas tiene el sentido helénico del mar; un sentido que se desarrolla en aquellas costas del mar Egeo, donde las aguas son tan tentadoras, los vientos tan regulares, los ocasos tan espléndidos; donde la superficie, semejante a una balsa de aceite dormido, con su pesadez y sus reflejos metálicos es tan densa y oscura, que parece invitarnos a pasear sobre ella. Hablando de sus viajes por tierra, Lucas es sumamente sobrio; pero desde que se ve en una nave, los detalles se acumulan en su memoria y las palabras en su pluma. Es la voz de la sangre y la fuerza del temperamento.
También el Evangelio, a pesar de su objetividad escrupulosa, nos revela la personalidad del Evangelista. Vemos al médico, al letrado, al narrador concienzudo, al hijo de gentiles, al discípulo de San Pablo.
La tradición primitiva sobre la profesión de San Lucas tiene su confirmación evidente en el examen de su obra. Una investigación paciente ha logrado señalar muchos términos técnicos que se encuentran también en las obras de Dios-córides, de Hipócrates, de Galeno y de otros médicos antiguos; a veces, la descripción de las enfermedades revelan el ojo clínico del profesional; la terminología nos sorprende por su escrupulosidad, sobre todo cuando se trata de la curación de la suegra de Pedro, de la hemorroisa, del joven endemoniado, del poseso de Gerasa y del sudor de sangre en el huerto de Getsemaní, que sólo el tercer Evangelista nos recuerda. Es interesante observar cómo San Lucas descubre el espíritu de cuerpo al contar la curación de la mujer que sufría el flujo de sangre. Vemos claramente que se inspira en el relato de San Marcos, el cual nos dice «que la enferma había sufrido mucho, durante doce años, de parte de muchos médicos, con quienes había consumido toda su hacienda sin conseguir la menor mejoría». Lleno de consideración para con sus colegas, Lucas reproduce el relato, pero limitándose a decir que aquella pobre mujer había estado enferma doce años, sin que nadie hubiera podido curarla.
Un rasgo que conviene recordar es la semejanza del prólogo de San Lucas al Evangelio, tan admirado por su sobriedad, con el que puso Pedanio Dioscórides a su libro Sobre la materia médica. Lucas dedica su Evangelio a una determinada persona, a Teófilo, el mismo que encontramos luego en el comienzo de los Actos de los Apóstoles, y le dice en unas breves frases, que tienen un gran valor histórico como documento relativo a la época en que se compusieron los Evangelios: «Puesto que muchos se esforzaron en ordenar un relato de las cosas que se realizaron en nosotros, como nos lo transmitieron los que las vieron desde el principio y fueron los servidores de la palabra, me pareció también a mí, después de investigarlo todo diligentemente desde el principio, escribirte a ti ordenadamente, oh excelente Teófilo, para que conozcas la solidez de los discursos acerca de los cuales fuiste catequizado.» Recordamos, sin querer, el comienzo del prólogo que puso el médico griego a su obra: «Puesto que muchos, no sólo de los antiguos, sino también de los modernos, ordenaron sus conocimientos sobre la preparación, la virtud v la prueba de las medicinas, intentaré yo también, excelente Areo, mostrarte lo que he llegado a conocer sobre este argumento.» Y no olvidemos que Dioscórides era contemporáneo de Lucas y que, como su maestro el Apóstol de las Gentes, había nacido en la región de Tarso.
Muchas veces, después de las predicaciones paulinas en Asia Menor, en Grecia, en Corinto, en Roma, había oído preguntar a los oyentes: «¿Quién es ese Jesús de quien nos habla el predicador hebreo? ¿Dónde ha nacido? ¿Cuál es su vida, su doctrina, su muerte? ¿Por qué le llaman Salvador?» A estas cuestiones se propuso responder Lucas en su Evangelio, y muy particularmente a la última. La idea de un hombre salvador, extendida entonces en todo el Imperio romano, se encuentra en cada página del tercer Evangelio. Él anuncia la salud universal, «la paz para todos los hombres». Al tejer la genealogía de Cristo, no se detiene en Abraham, como San Mateo, sino que llega hasta el padre del género humano, para dar a entender que todos tienen derecho a los beneficios de la salvación. Esto es lo que se llama el universalismo de San Lucas, idéntico al universalismo de San Pablo. Un claro parentesco espiritual une los escritos de San Lucas con las epístolas paulinas, un parentesco que se revela en los vocablos y frases típicas, muy numerosas, que son exclusivas de ambos en el Nuevo Testamento, pero más todavía en el pensamiento que se inspira en los grandes principios de la catequesis de Pablo, la universalidad de la redención, la bondad y humanidad, o filantropía, como se dice en la Epístola a Tito, el esplendor de la humildad y la pobreza, el poder de la oración, el gozo del espíritu, que habita en los corazones abiertos a la fe. Un rasgo propio de San Lucas es el presentar a Jesús como el médico supremo de los cuerpos y las almas. Sólo él recuerda aquella expresión conocida, que sale de boca de sus paisanos, los nazarenos: «Médico, cúrate a ti mismo»; y como para eliminar el dejo de desconfianza que aleteaba en ella, añade algo más abajo: «De él emanaba un poder que sanaba a todos.» Tanto como el Maestro divino. Jesús es el remediador misericordioso de las dolencias humanas, el consolador de los afligidos, el dulce perdonador de los corazones extraviados. El Dante resumía este carácter del tercer Evangelista con una frase feliz al llamarle «el secretario de la mansedumbre de Cristo». Él nos trae la buena nueva de la bondad y de la misericordia. Jesús es, ciertamente, el Salvador de todos los hombres; pero es, de una manera especial, el amigo de los necesitados, de los humildes, de los desheredados de la tierra. Él no dice, como San Mateo: «Bienaventurados los pobres de espíritu»; sino simplemente: «Bienaventurados los pobres». Por esta íntima compasión que le penetra, decía Renán que este libro es el más bello que existe en el mundo, y es preciso reconocer que en esta hipérbole hay menos exageración que en otros juicios suyos. Si ha de haber algún privilegio, se diría que es para los pecadores. Mateo y Marcos habían hablado de la bondad de Jesús para con los publícanos. Lucas es el que nos habla del perdón concedido a la pecadora, de la parábola del dracma perdido, del pastor que pone sobre sus hombros la oveja perdida, del hijo pródigo, de la conversión de Zaqueo, del buen ladrón, y, ¡cosa aún más conmovedora!, él nos muestra la alegría profunda y exuberante del que perdona, el movimiento de las entrañas paternales, revelación maravillosa del corazón de Dios, que ha movido tantas almas al arrepentimiento. Sólo San Lucas reproduce aquella palabra de Jesús moribundo: «Padre: perdónalos, porque no saben lo que hacen.»
Pero este evangelio de la misericordia es también el de la penitencia, el de la oración, el de la pureza. Él es el que nos ha conservado una de las más bellas plegarias del cristianismo, el Avemaria; el que nos muestra en toda su belleza la virginidad de la Madre de Dios; el que ha dado a la liturgia los hermosos cánticos del Magnificat, el Benedictus, el Nunc dimitis y el Gloria in excelsis Deo; el que ha pintado con rasgos sobrios y fuertes la figura de mujeres que rodean a Jesús: María, Isabel, Ana la profetisa, la viuda de Naín, la pecadora que amó tanto; Juana, la que cuidaba del Salvador y sus discípulos; Marta la hospitalaria; María, la que se sentaba a los pies del Maestro escuchándole; las hijas de Jerusalén, que siguen al Crucificado cuando los hombres le abandonan. Esta serie brillante de figuras femeninas, encabezada por la que es bendita entre todas las mujeres, nos ofrece otro aspecto emocionante del tercer evangelio. Recuérdese lo que era en el siglo I aquella sociedad romana, en medio de la cual aparecía; recuérdese el libro famoso de Petronio el Arbitro, el más cínicamente obsceno de la romanicidad clásica, pero también el que nos pinta con mayor fidelidad el lujo asiático, reservado a unos pocos en aquella sociedad compuesta de multitudes hambrientas, de esclavos y proletarios. El mismo Séneca, con el cual se encontró acaso San Lucas en las calles de Roma, decía, hablando de la mujer, que es «impudens animal et ferum, cupiditatum incontinens», y el que llegó a pensar, con un sentido casi cristiano, «que el dinero no puede asemejarnos a Dios, porque Dios dispone de otras riquezas, y de éstas, «nihil habet, nudus est», hubo de confesar, delante de Nerón, que poseía inmensos tesoros, amontonados en gran parte por la usura. Frente a este concepto pagano presentaba San Lucas en su Evangelio el ideal de la exaltación de la mujer, el encomio de la pobreza; la alabanza de la alegría en la vida sencilla y humilde; oponiendo a los excesos de la ambición y la lujuria, el binomio de la pureza y la pobreza, que trae como fruto el espíritu de la perfecta alegría. Sólo él acentúa la humildad de la Madre de Jesús; la pobreza de su ofrenda en el templo, el nacimiento tan oscuro del Salvador en Belén, la baja extracción de sus primeros adoradores; sólo él describe aquel episodio de la sinagoga de Nazaret, en que Jesús se aplica a Sí mismo el texto profetice: «El espíritu del Señor sobre Mí; por eso me ungió para evangelizar a los pobres»; sólo él nos recuerda la necesidad en que estaba el Señor de que algunas mujeres ricas proveyesen a su sustento. No era, sin embargo, un ebionita, como algunos han sospechado. La índole universalista de su Evangelio y su mismo origen excluyen toda verosimilitud de contacto con esta secta, animada de un espíritu auténticamente judaico.
Al leer este evangelio de misericordia y renunciamiento, de bondad y de anhelo de santificación, el excelente Teófilo, y en él todos los gentiles, a quienes estaba dirigido, debieron comprender las razones de la transformación moral que se obraba en torno suyo y en el fondo de sus corazones: el mundo tenía un Salvador.
Formado en escuelas paganas, el médico antioqueno traía a la primitiva comunidad cristiana la cultura del helenismo alejandrino. Es el más literario de los evangelistas; usa un griego escogido, tiene una dicción fácil, generalmente pura y con frecuencia elegante. Sus prólogos son de una sobriedad y de un gusto clásicos.
Posee, además, el sentido de la historia, de la historia considerada como auxiliar de la fe. Quiere hacer un relato «seguido y ordenado»; para eso, como él no ha estado presente a los acontecimientos de la vida del Señor, «ha examinado cuidadosamente las cosas desde su origen» y ha consultado «a los que desde el principio fueron testigos oculares y ministros de la palabra»; todo a fin de que Teófilo «reconozca la solidez de las enseñanzas de los que le catequizaron». Esto es lo que le mueve a escribir «ordenadamente», es decir, teniendo en cuenta la conexión cronológica de los hechos entre sí y con los acontecimientos de la historia profana, y, al mismo tiempo, la conexión lógica de las causas y los efectos, y la afinidad de los argumentos entre sí. Tal ha sido el programa de Lucas. Historiador de visión certera, empieza encuadrando su relato dentro de la historia profana contemporánea, insinuando así que el cristianismo abría una nueva era para la humanidad, como había hecho Polibio al comenzar su Historia, consciente de la nueva civilización que traía al mundo el dominio de Roma. Verdadero historiador es también San Lucas, al seleccionar sus fuentes, relatos orales de los primeros discípulos de Jesús, y textos escritos, que han dejado frecuentes semitismos en la primera parte de su Evangelio.
Se alaba a Polibio por haber comprendido que la conquista romana creaba una nueva Historia, la Historia universal de los pueblos civilizados. Una intuición todavía más admirable es la de Lucas al escribir la historia de la salvación del género humano cuando no hacía más que alborear. Los dos se proponen un mismo fin: la solidez. El historiador del avance de las legiones romanas y el de las conquistas evangélicas, usan la misma palabra.
Con este fin, examinan, consultan, ordenan. Lucas ha buscado las fuentes escritas. Entre las demás, conoce el evangelio de San Marcos y lo aprovecha; pero no ha querido hacer, como «el intérprete de Pedro», un confuso mosaico de los discursos del Señor, sino una relación ordenada lógica y cronológicamente. La cronología, uno de los ojos de la Historia, le preocupa desde el principio hasta el fin. Si hace menos caso de la geografía, es porque para el ambiente en que había de leerse su obra importaba poco el conocimiento de las pequeñas villas de Palestina por donde había pasado Jesús. Además, helenista consciente, educado por aquella Grecia más orgullosa de sus pensadores que de sus capitanes, gustábale más señalar el triunfo de las ideas en las almas. La geografía, el escenario verdadero de su Historia, estaba en el corazón del hombre; y al corazón del hombre es a donde se dirige la mirada del evangelista antioqueno, para dejar en él la semilla de la fe, para convencerle de que el Cristo, predicado por el antiguo fariseo de Tarso, es ,el Salvador misterioso que esperaba el mundo antiguo.
Patrono de los Artistas.
San Pablo nos habla varias veces en sus cartas de un compañero suyo en la predicación evangélica llamado Lucas, «cuya alabanza corre por todas las iglesias». Una vez le llama médico querido, su médico, el que vigilaba sobre su salud en aquellas frecuentes enfermedades que entorpecían su apostolado. En otra ocasión nos dice de una manera implícita que venía, no de la circuncisión, sino de la gentilidad.
Por testimonios del siglo II—San Ireneo y el canon de Muratori, y con ellos toda la tradición cristiana—, sabemos que este discípulo del Apóstol fue el que escribió el tercer Evangelio y los Hechos de los Apóstoles; y ya más tarde, el historiador de la Iglesia, Eusebio de Cesárea, nos hace saber que Lucas era de Antioquía. Aquí debió de conocer Lucas a San Pablo desde el principio de sus tareas apostólicas. Acompañóle en el viaje de Troas a Filipos, en Macedonia, donde parece residió algún tiempo mientras el Apóstol evangelizaba las ciudades de Grecia. Otra vez le vemos al lado de San Pablo durante su larga cautividad de cuatro años (59-63), primero en Cesárea y luego en Roma, donde se encuentra con San Pedro y asiste, acaso, a su martirio, si es que no va camino de España con su maestro el Apóstol de las Gentes. Cuatro anos más tarde, cautivo de nuevo en la capital del Imperio, Pablo escribe a Timoteo, su discípulo, diciéndole «que Lucas es el único que está con él».
Desde este momento, el médico antioqueno se nos pierde de vista; pero un texto anterior, según todas las probabilidades, a la paz de Constantino, asegura que volvió a Oriente, que predicó en el Peloponeso permaneciendo virgen hasta su muerte, y que murió en Tebas a los ochenta y cuatro años, lleno del Espíritu Santo.
Teodoro el Lector, escritor bizantino del siglo VI, añade una nueva noticia: dice que, además de médico, Lucas era pintor, y que hacia el año 420 la emperatriz Eudoxia envió a Pulquería un icono de la Madre de Dios pintado por él. San Agustín no sabía nada acerca de esto, pues en su tratado acerca de la Santísima Trinidad escribía: «No nos es dado saber cómo era el rostro de la Virgen María.» Por lo demás, San Lucas puede considerarse como el patrón de la pintura cristiana, pues de su Evangelio tomaron las pinturas de la Edad Media y del Renacimiento aquellos temas, tantas veces reproducidos, de la Anunciación, la Visitación, la Adoración de los Pastores, la Presentación en el templo, los Discípulos de Emaús y otros muchos.
Pero el alma de San Lucas debemos burearla, más que en estos datos dispersos, en los dos libros que escribió: el Evangelio y los Hechos, compuestos alrededor del año 63, antes de que estallara la persecución de Nerón y los cristianos fuesen declarados fuera de la ley. El Evangelio de San Lucas es ciertamente posterior a los otros dos sinópticos, incluso a San Marcos, que escribe antes del año 61; y es anterior a los Actos de los Apóstoles, que, según la erudición moderna, fueron compuestos antes que San Pablo saliese de su primera prisión en Roma, es decir, antes de la gran persecución del año 64. En aquellos días en que San Pablo escribía a los Colosenses: «Sólo Lucas está conmigo.» Los Hechos de los Apóstoles nos revelan el corazón enamorado de la buena nueva, predicada junto al lago de Genesareth. Relatan con apasionamiento el martirio de San Esteban y la noble actitud de los Apóstoles frente a las autoridades judías; descubren una admiración sin límites por la empresa gigantesca del Apóstol de las Gentes, y encierran un fondo de alegría incontenida en presencia de los triunfos maravillosos de la fe.
Tales son los sentimientos que movieron al autor y que pusieron en su lenguaje acentos épicos y un aire de sencillez y de grandeza al mismo tiempo. Expresión de la conciencia del cristianismo naciente, este libro es un libro de gozo, de entusiasmo, de ardor sereno y de juventud de corazón. Hay que retroceder a los cantos homéricos para encontrar algo parecido. Si la primera poesía cristiana es la del lago de Genesareth, la segunda es la de estas odiseas apostólicas; poesía que nos trae un aliento de brisa mañanera, que nos da una sensación deliciosa de frescura y optimismo, que viene cargada de esencias de mar, sanas y vigorosas. Todo en ese relato es vida y colorido, sobre todo cuando se nos habla de las navegaciones de Pablo. Lucas tiene el sentido helénico del mar; un sentido que se desarrolla en aquellas costas del mar Egeo, donde las aguas son tan tentadoras, los vientos tan regulares, los ocasos tan espléndidos; donde la superficie, semejante a una balsa de aceite dormido, con su pesadez y sus reflejos metálicos es tan densa y oscura, que parece invitarnos a pasear sobre ella. Hablando de sus viajes por tierra, Lucas es sumamente sobrio; pero desde que se ve en una nave, los detalles se acumulan en su memoria y las palabras en su pluma. Es la voz de la sangre y la fuerza del temperamento.
También el Evangelio, a pesar de su objetividad escrupulosa, nos revela la personalidad del Evangelista. Vemos al médico, al letrado, al narrador concienzudo, al hijo de gentiles, al discípulo de San Pablo.
La tradición primitiva sobre la profesión de San Lucas tiene su confirmación evidente en el examen de su obra. Una investigación paciente ha logrado señalar muchos términos técnicos que se encuentran también en las obras de Dios-córides, de Hipócrates, de Galeno y de otros médicos antiguos; a veces, la descripción de las enfermedades revelan el ojo clínico del profesional; la terminología nos sorprende por su escrupulosidad, sobre todo cuando se trata de la curación de la suegra de Pedro, de la hemorroisa, del joven endemoniado, del poseso de Gerasa y del sudor de sangre en el huerto de Getsemaní, que sólo el tercer Evangelista nos recuerda. Es interesante observar cómo San Lucas descubre el espíritu de cuerpo al contar la curación de la mujer que sufría el flujo de sangre. Vemos claramente que se inspira en el relato de San Marcos, el cual nos dice «que la enferma había sufrido mucho, durante doce años, de parte de muchos médicos, con quienes había consumido toda su hacienda sin conseguir la menor mejoría». Lleno de consideración para con sus colegas, Lucas reproduce el relato, pero limitándose a decir que aquella pobre mujer había estado enferma doce años, sin que nadie hubiera podido curarla.
Un rasgo que conviene recordar es la semejanza del prólogo de San Lucas al Evangelio, tan admirado por su sobriedad, con el que puso Pedanio Dioscórides a su libro Sobre la materia médica. Lucas dedica su Evangelio a una determinada persona, a Teófilo, el mismo que encontramos luego en el comienzo de los Actos de los Apóstoles, y le dice en unas breves frases, que tienen un gran valor histórico como documento relativo a la época en que se compusieron los Evangelios: «Puesto que muchos se esforzaron en ordenar un relato de las cosas que se realizaron en nosotros, como nos lo transmitieron los que las vieron desde el principio y fueron los servidores de la palabra, me pareció también a mí, después de investigarlo todo diligentemente desde el principio, escribirte a ti ordenadamente, oh excelente Teófilo, para que conozcas la solidez de los discursos acerca de los cuales fuiste catequizado.» Recordamos, sin querer, el comienzo del prólogo que puso el médico griego a su obra: «Puesto que muchos, no sólo de los antiguos, sino también de los modernos, ordenaron sus conocimientos sobre la preparación, la virtud v la prueba de las medicinas, intentaré yo también, excelente Areo, mostrarte lo que he llegado a conocer sobre este argumento.» Y no olvidemos que Dioscórides era contemporáneo de Lucas y que, como su maestro el Apóstol de las Gentes, había nacido en la región de Tarso.
Muchas veces, después de las predicaciones paulinas en Asia Menor, en Grecia, en Corinto, en Roma, había oído preguntar a los oyentes: «¿Quién es ese Jesús de quien nos habla el predicador hebreo? ¿Dónde ha nacido? ¿Cuál es su vida, su doctrina, su muerte? ¿Por qué le llaman Salvador?» A estas cuestiones se propuso responder Lucas en su Evangelio, y muy particularmente a la última. La idea de un hombre salvador, extendida entonces en todo el Imperio romano, se encuentra en cada página del tercer Evangelio. Él anuncia la salud universal, «la paz para todos los hombres». Al tejer la genealogía de Cristo, no se detiene en Abraham, como San Mateo, sino que llega hasta el padre del género humano, para dar a entender que todos tienen derecho a los beneficios de la salvación. Esto es lo que se llama el universalismo de San Lucas, idéntico al universalismo de San Pablo. Un claro parentesco espiritual une los escritos de San Lucas con las epístolas paulinas, un parentesco que se revela en los vocablos y frases típicas, muy numerosas, que son exclusivas de ambos en el Nuevo Testamento, pero más todavía en el pensamiento que se inspira en los grandes principios de la catequesis de Pablo, la universalidad de la redención, la bondad y humanidad, o filantropía, como se dice en la Epístola a Tito, el esplendor de la humildad y la pobreza, el poder de la oración, el gozo del espíritu, que habita en los corazones abiertos a la fe. Un rasgo propio de San Lucas es el presentar a Jesús como el médico supremo de los cuerpos y las almas. Sólo él recuerda aquella expresión conocida, que sale de boca de sus paisanos, los nazarenos: «Médico, cúrate a ti mismo»; y como para eliminar el dejo de desconfianza que aleteaba en ella, añade algo más abajo: «De él emanaba un poder que sanaba a todos.» Tanto como el Maestro divino. Jesús es el remediador misericordioso de las dolencias humanas, el consolador de los afligidos, el dulce perdonador de los corazones extraviados. El Dante resumía este carácter del tercer Evangelista con una frase feliz al llamarle «el secretario de la mansedumbre de Cristo». Él nos trae la buena nueva de la bondad y de la misericordia. Jesús es, ciertamente, el Salvador de todos los hombres; pero es, de una manera especial, el amigo de los necesitados, de los humildes, de los desheredados de la tierra. Él no dice, como San Mateo: «Bienaventurados los pobres de espíritu»; sino simplemente: «Bienaventurados los pobres». Por esta íntima compasión que le penetra, decía Renán que este libro es el más bello que existe en el mundo, y es preciso reconocer que en esta hipérbole hay menos exageración que en otros juicios suyos. Si ha de haber algún privilegio, se diría que es para los pecadores. Mateo y Marcos habían hablado de la bondad de Jesús para con los publícanos. Lucas es el que nos habla del perdón concedido a la pecadora, de la parábola del dracma perdido, del pastor que pone sobre sus hombros la oveja perdida, del hijo pródigo, de la conversión de Zaqueo, del buen ladrón, y, ¡cosa aún más conmovedora!, él nos muestra la alegría profunda y exuberante del que perdona, el movimiento de las entrañas paternales, revelación maravillosa del corazón de Dios, que ha movido tantas almas al arrepentimiento. Sólo San Lucas reproduce aquella palabra de Jesús moribundo: «Padre: perdónalos, porque no saben lo que hacen.»
Pero este evangelio de la misericordia es también el de la penitencia, el de la oración, el de la pureza. Él es el que nos ha conservado una de las más bellas plegarias del cristianismo, el Avemaria; el que nos muestra en toda su belleza la virginidad de la Madre de Dios; el que ha dado a la liturgia los hermosos cánticos del Magnificat, el Benedictus, el Nunc dimitis y el Gloria in excelsis Deo; el que ha pintado con rasgos sobrios y fuertes la figura de mujeres que rodean a Jesús: María, Isabel, Ana la profetisa, la viuda de Naín, la pecadora que amó tanto; Juana, la que cuidaba del Salvador y sus discípulos; Marta la hospitalaria; María, la que se sentaba a los pies del Maestro escuchándole; las hijas de Jerusalén, que siguen al Crucificado cuando los hombres le abandonan. Esta serie brillante de figuras femeninas, encabezada por la que es bendita entre todas las mujeres, nos ofrece otro aspecto emocionante del tercer evangelio. Recuérdese lo que era en el siglo I aquella sociedad romana, en medio de la cual aparecía; recuérdese el libro famoso de Petronio el Arbitro, el más cínicamente obsceno de la romanicidad clásica, pero también el que nos pinta con mayor fidelidad el lujo asiático, reservado a unos pocos en aquella sociedad compuesta de multitudes hambrientas, de esclavos y proletarios. El mismo Séneca, con el cual se encontró acaso San Lucas en las calles de Roma, decía, hablando de la mujer, que es «impudens animal et ferum, cupiditatum incontinens», y el que llegó a pensar, con un sentido casi cristiano, «que el dinero no puede asemejarnos a Dios, porque Dios dispone de otras riquezas, y de éstas, «nihil habet, nudus est», hubo de confesar, delante de Nerón, que poseía inmensos tesoros, amontonados en gran parte por la usura. Frente a este concepto pagano presentaba San Lucas en su Evangelio el ideal de la exaltación de la mujer, el encomio de la pobreza; la alabanza de la alegría en la vida sencilla y humilde; oponiendo a los excesos de la ambición y la lujuria, el binomio de la pureza y la pobreza, que trae como fruto el espíritu de la perfecta alegría. Sólo él acentúa la humildad de la Madre de Jesús; la pobreza de su ofrenda en el templo, el nacimiento tan oscuro del Salvador en Belén, la baja extracción de sus primeros adoradores; sólo él describe aquel episodio de la sinagoga de Nazaret, en que Jesús se aplica a Sí mismo el texto profetice: «El espíritu del Señor sobre Mí; por eso me ungió para evangelizar a los pobres»; sólo él nos recuerda la necesidad en que estaba el Señor de que algunas mujeres ricas proveyesen a su sustento. No era, sin embargo, un ebionita, como algunos han sospechado. La índole universalista de su Evangelio y su mismo origen excluyen toda verosimilitud de contacto con esta secta, animada de un espíritu auténticamente judaico.
Al leer este evangelio de misericordia y renunciamiento, de bondad y de anhelo de santificación, el excelente Teófilo, y en él todos los gentiles, a quienes estaba dirigido, debieron comprender las razones de la transformación moral que se obraba en torno suyo y en el fondo de sus corazones: el mundo tenía un Salvador.
Formado en escuelas paganas, el médico antioqueno traía a la primitiva comunidad cristiana la cultura del helenismo alejandrino. Es el más literario de los evangelistas; usa un griego escogido, tiene una dicción fácil, generalmente pura y con frecuencia elegante. Sus prólogos son de una sobriedad y de un gusto clásicos.
Posee, además, el sentido de la historia, de la historia considerada como auxiliar de la fe. Quiere hacer un relato «seguido y ordenado»; para eso, como él no ha estado presente a los acontecimientos de la vida del Señor, «ha examinado cuidadosamente las cosas desde su origen» y ha consultado «a los que desde el principio fueron testigos oculares y ministros de la palabra»; todo a fin de que Teófilo «reconozca la solidez de las enseñanzas de los que le catequizaron». Esto es lo que le mueve a escribir «ordenadamente», es decir, teniendo en cuenta la conexión cronológica de los hechos entre sí y con los acontecimientos de la historia profana, y, al mismo tiempo, la conexión lógica de las causas y los efectos, y la afinidad de los argumentos entre sí. Tal ha sido el programa de Lucas. Historiador de visión certera, empieza encuadrando su relato dentro de la historia profana contemporánea, insinuando así que el cristianismo abría una nueva era para la humanidad, como había hecho Polibio al comenzar su Historia, consciente de la nueva civilización que traía al mundo el dominio de Roma. Verdadero historiador es también San Lucas, al seleccionar sus fuentes, relatos orales de los primeros discípulos de Jesús, y textos escritos, que han dejado frecuentes semitismos en la primera parte de su Evangelio.
Se alaba a Polibio por haber comprendido que la conquista romana creaba una nueva Historia, la Historia universal de los pueblos civilizados. Una intuición todavía más admirable es la de Lucas al escribir la historia de la salvación del género humano cuando no hacía más que alborear. Los dos se proponen un mismo fin: la solidez. El historiador del avance de las legiones romanas y el de las conquistas evangélicas, usan la misma palabra.
Con este fin, examinan, consultan, ordenan. Lucas ha buscado las fuentes escritas. Entre las demás, conoce el evangelio de San Marcos y lo aprovecha; pero no ha querido hacer, como «el intérprete de Pedro», un confuso mosaico de los discursos del Señor, sino una relación ordenada lógica y cronológicamente. La cronología, uno de los ojos de la Historia, le preocupa desde el principio hasta el fin. Si hace menos caso de la geografía, es porque para el ambiente en que había de leerse su obra importaba poco el conocimiento de las pequeñas villas de Palestina por donde había pasado Jesús. Además, helenista consciente, educado por aquella Grecia más orgullosa de sus pensadores que de sus capitanes, gustábale más señalar el triunfo de las ideas en las almas. La geografía, el escenario verdadero de su Historia, estaba en el corazón del hombre; y al corazón del hombre es a donde se dirige la mirada del evangelista antioqueno, para dejar en él la semilla de la fe, para convencerle de que el Cristo, predicado por el antiguo fariseo de Tarso, es ,el Salvador misterioso que esperaba el mundo antiguo.
(fuente: www.divvol.org)
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