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domingo, 14 de diciembre de 2014

14 de Diciembre: San Juan de la Cruz

Escritor
Año 1591

San Juan de la Cruz: pídele al Señor que también a nosotros nos conceda un gran valor para ofrecer por amor de Dios todos los sufrimientos que Él permita que nos sucedan.

Quien regale aunque sea un vaso de agua,
a un discípulo de Cristo,
no quedará sin recibir su recompensa.

Es este el más famoso místico español. Nació de familia muy humilde en Fontiveros, España, en 1542. Su nombre era Juan Yepes.

A la muerte de su padre, la familia quedó en la miseria, y el niño era muy pequeño todavía. La mamá trabajaba en oficios domésticos en un convento. La familia se trasladó a Medina del Campo, y allí Juan empezó a aprender el oficio de tejedor, pero como no tenía aptitudes para los trabajos manuales, entró a trabajar como mandadero y enfermero del hospital, y así duró siete años.

Mientras hacía sus estudios en el colegio de los jesuitas, practicaba fuertes mortificaciones corporales.

A los 21 años fue recibido como religioso en la comunidad de Padres Carmelitas, y obtuvo el permiso de observar los reglamentos con toda la exactitud posible sin buscar excepciones en nada.

Al ser ordenado sacerdote en 1567, pidió a Dios como especial regalo que lo conservara siempre en gracia y sin pecado y que pudiera sufrir con todo valor y con mucha paciencia toda clase de dolores, penas y enfermedades.

Santa Teresa había fundado la comunidad de las Hermanas Carmelitas Descalzas y deseaba fundar también una comunidad de Padres Carmelitas que se dedicara a observar los reglamentos con la mayor exactitud posible. Mientras tanto nuestro santo le pedía a Dios que le iluminara un modo de vivir tan fervoroso que lo llevara pronto a la santidad. Y he aquí que al encontrarse los dos santos, descubrió Santa Teresa que este frailecito pequeñito, flaco y debilucho era el hombre indicado para empezar su nueva comunidad (ella lo llamaba con humor: "mi medio fraile"). En adelante la amistad entre santa Teresa y nuestro santo los hará crecer mucho en santidad y en ciencias religiosas a los dos.

Con Fray Juan (que en adelante añadirá a su nombre el apellido "De la Cruz") y con otros dos frailes fundó santa Teresa su nueva comunidad de Carmelitas descalzos y los envió a vivir a un convento muy pobre, llamado Duruelo. Allá nace y empieza a extenderse la nueva comunidad, que tantos favores iba a traer a la humanidad. Pronto hubo varios conventos más, y al fundar su nuevo convento en Salamanca, fue nombrado como rector Fray Juan de la Cruz, el cual se dedicó con todas sus fuerzas al apostolado.

La S. Biblia dice que Dios a quien más ama, más le hace sufrir, para que gane mayores premios en el cielo. Y así lo hizo con San Juan de la Cruz. Él mismo cuenta lo que sucedió entonces: "De pronto se alejó la devoción sensible. No sentía ningún gusto al rezar y meditar, sino más bien antipatía y rechazo por todo lo que fuera devoción y oración. Llegaron los escrúpulos que hacían ver como pecado lo que no lo era. Y mientras el demonio atacaba con violentas tentaciones, la gente perseguía con calumnias". Todo esto lo describió él en su libro titulado Noche Oscura del Alma (nombre que desde entonces se ha hecho famoso para indicar el estado especial del alma en crisis). A esto sucedió un período todavía más penoso de sequedad espiritual, y tentaciones, de manera que el alma se veía como abandonada por Dios...". Pero luego vino una inundación de luces espirituales y de santas alegrías y consolaciones, que sirvieron de premio a la paciencia con la cual había soportado todo lo anterior.

En 1571, santa Teresa lo eligió como director espiritual de ella y de las monjitas en su convento en Ávila, y escribió acerca de él: "Está obrando maravillas. El pueblo lo tiene por santo. Y es mi opinión que lo es y que lo ha sido siempre". Sus dirigidas espirituales hacían grandes progresos en santidad, al recibir sus consejos.

Pero los que no aceptaban esa nueva fundación de Padres Carmelitas descalzos, dispusieron alejarlo para que la comunidad fracasara. Y una noche llegaron por sorpresa a su habitación y se lo llevaron preso a Toledo. Allá lo tuvieron encerrado durante nueve meses en la más inhumana de las prisiones. Una piezucha oscura, cuya única ventana era altísima; sin ropa para cambiarse, sin permitirle celebrar misa, con espantosos calores en verano y tremendos fríos en invierno. Con piojos y demás insectos. Allí sufrió San Juan de la Cruz lo que santa Teresa dice que les sucede a los santos cuando llegan a la "Sexta Morada" en santidad: insultos, calumnias, dolores físicos, hambre, sed, angustias espirituales, tentaciones de renunciar a todo su plan de santidad, etc. Más tarde cuando otros le pregunten de dónde ha sacado tanto valor para sufrir toda clase de males, responderá: "Cuando estuve preso en Toledo aprendí a sufrir".

El santo aprovechó aquellos meses de espantosa soledad e inactividad para componer alguna de sus más famosas poesías que lo han hecho célebre en todo el mundo. (En una de ella dice a Dios: "A dónde te escondiste amado – y me dejaste con gemido – Como el siervo huiste – habiéndome herido – Salí tras de Ti clamando y ya eras ido").

En la noche de la fiesta de la Asunción, la Sma. Virgen se le apareció en sueños y le dijo: "Ten paciencia, que pronto terminará este tormento". Y señalándole una alta ventana del convento que daba al río Tajo le añadió: "Por ahí saldrás y yo te ayudaré". Y sucedió que al cumplir nueve meses de estar preso, le concedieron al santo el poder salir cada mediodía unos pocos minutos a la azotea a asolearse y a hacer un poco de ejercicio físico. Y por allí vio la ventana que le había indicado la Virgen. Con un pequeño hierro fue aflojando por dentro las cerraduras de su prisión y luego rasgando sábanas y ropas, logró fabricarse un largo lazo para descolgarse hacia el precipicio por donde pasaba el tormentoso río.

Por la noche quitó las cerraduras, y salió hacia la ventana. Amarró su cuerda, y sin que los guardianes se dieran cuenta, se descolgó por el muro. Pero había calculado mal la distancia y quedó colgando a varios metros más arriba de la muralla que rodea al río. Si se dejaba descolgar sin mucha precisión, podía caer entre las aguas y se ahogaría. Se soltó y logró caer en la muralla, pero en un sitio que no tenía salida hacia la calle y donde podía ser descubierto. Entonces se encomendó a la Sma. Virgen y de un momento a otro se sintió colocado en la parte exterior que llevaba hacia la calle. Todo parecía como un milagro. Al amanecer corrió donde las hermanas carmelitas. Ellas lo escondieron muy bien y por más que lo buscaron luego los enviados a apresarlo no lo encontraron. Más tarde lo enviaron a un hospital lejano y así se salvó de la prisión. Estos terribles meses le dañaron su salud ya para toda la vida: pero lo hicieron crecer mucho en santidad.

Dios le había concedido una cualidad especial: la de saber enseñar el método para llegar a la santidad. Y eso que enseñaba de palabra a personas que dirigía, lo fue escribiendo y resultaron unos libros tan importantes que le han conseguido que el Sumo Pontífice lo haya declarado Doctor de la Iglesia. Algunos de sus libros más famosos son: "La subida del Monte Carmelo", y "La noche oscura del alma". Como poeta ha sido admirado por siglos a causa de la musicalidad de sus poesías y de la belleza de sus versos. Es muy popular su "Cántico Espiritual".

A San Juan de la Cruz le costaba mucho dedicarse a las labores materiales, porque su pensamiento vivía ocupado en Dios y en lo espiritual. Después de celebrar la santa misa, el rostro le brillaba de una manera especial. Su corazón ardía de tal manera en amor a Dios que hasta en su piel se sentía su inmenso calor. Las horas que pasaba en oración le parecían minutos. La gente decía que cuando daba consejos espirituales parecía estar recibiendo mensajes directamente del Espíritu Santo.

Nuestro Señor le dijo un día: ¿Juan qué regalo me pides, por lo que has escrito de mí?". Y él le respondió: "Que me concedas valor para padecer por tu amor todos los sufrimientos que quieras permitir que me sucedan". Y en verdad que le fueron llegando, en gran cantidad. Hubo hombres que se dedicaron a inventarle toda clase de calumnias y hasta querían hacerlo echar de su comunidad religiosa, su salud, después de la prisión era muy deficiente, y llegaron a destituirlo de todos sus cargos y decretaron que debía irse a un convento lejano.

La flebitis y la erisipela le atormentaban una pierna, y el único modo que le permitía descansar un poco era amarrar la pierna a un lazo, y echar este sobre una alta viga y colgar así la pierna. Los superiores le propusieron dos conventos para ir a pasar sus últimos días, el de Beaza, donde estaba de superior uno que lo amaba mucho, y el de Ubeda donde el superior le tenía una tremenda antipatía. Y él escogió el de Ubeda para poder sufrir más. Y allá fue enviado. El superior le echaba en cara hasta la comida y los remedios que le daban. Le quitó un enfermero que era muy atento y puso a que lo cuidara otro que lo trataba mal. No dejaba que le llegaran visitas, y lo humillaba sin cesar. Esto lo hacía crecer cada día más y más en santidad. Todo lo soportaba en silencio con la más admirable paciencia.

Después de tres meses de sufrimientos muy agudos, el santo murió el 14 de diciembre del año 1591. Apenas tenía 49 años. Antes de morir quiso que le leyeran unos salmos de la S. Biblia. Murió diciendo: "En tus manos Señor, encomiendo mi espíritu".

(fuente: www.ewtn.com)

otros santos 14 de diciembre:

- San Nimatullah Kassab Al-Hardini

sábado, 13 de diciembre de 2014

13 de diciembre: Santa Lucía

(c. 300)

Lucía significa "la luminosa . Su fiesta cae oportunamente en los días más cortos del año. Y la vemos surgir con su lámpara encendida, dispuesta a recibir al Esposo. Porque estamos en Adviento, tiempo de expectación, cuando las tinieblas nos anuncian el gozo de una gran luz. Entonces Lucía, como un presagio, nos alumbra.

Quizá por eso los artistas la pintaron llevando en una bandeja sus propios ojos. Este hecho, que no tiene confirmación histórica, parece más bien una sugerencia de la luminosidad que emana de su propio nombre. Y por eso la invocan los invidentes, tanto si son materiales las tinieblas que rodean sus ojos como si se trata de esa obscuridad en que las pasiones anegan el alma en la selva obscura sin salida. Dante colocó en La Divina Comedia a Lucía a la izquierda del Precursor, en uno de los puestos avanzados del paraíso.

El nombre de Santa Lucía figura en el canon de la misa junto al de Santa Agueda, otra virgen siciliana. Los mártires de esta isla gozaron en Roma de mucha popularidad, tal vez porque la colonia siciliana era tan influyente en la ciudad de las siete colinas, que llegó a dar, con San Agatón, un Papa siciliano a la Iglesia. Santa Lucía tuvo dedicados en la Urbe hasta una veintena de santuarios y es, con Inés, Cecilia y Agueda, una de las cuatro santas que gozan de oficio litúrgico propio.

Un oficio calcado en las actas apócrifas de su martirio, pero lleno de encanto y delicadeza. Es el destino de los santos populares, que la leyenda les envolvió con su ropaje postizo. Pero no seamos hipercriticos: bajo los retoques puede encontrarse una buena pintura. Aquí las actas han adornado dos o tres hechos incontrovertibles: la existencia de Santa Lucía, el lugar de su martirio y la antigüedad de su culto.

Por cierto que acerca de este tenemos un documento auténtico precioso. El 22 de junio de 1894 se descubrió en la catacumba de San Giovanni, la más importante de Siracusa, cercana a la que conservó el cuerpo de Santa Lucía, una inscripción de fines del siglo IV que nos prueba que era celebrado ya el día de su martirio. Fue una cristiana la que compuso esta inscripción tan tierna: "Euskia, la irreprochable, vivió santa y pura alrededor de quince años: murió en la fiesta de mi Santa Lucía, la cual no puede ser alabada como merece".

Ahora podemos utilizar los datos de la leyenda a falta de documentación más segura. Según ésta, Santa Lucía nació en Siracusa, de padres ricos y nobles, que tenían la superior riqueza de la fe, y en ella educaron a su hija. No sabemos el nombre del padre, que debió de morir siendo ella niña. La madre se llamaba Eutiquia, y, demasiado deseosa del porvenir de su hija, la prometió en matrimonio a un joven pagano.

No podían agradar a nuestra Santa tales nupcias, pero a la imposición exterior apenas podía oponer más que una firme y silenciosa fidelidad a sus convicciones íntimas y a la gracia que le había impulsado a consagrarse plenamente a Jesucristo.

Y Dios, que no abandona a quienes desean permanecerle fieles, intervino pronto con su misteriosa providencia. Eutiquia enfermó gravemente. Con este sufrimiento ínterceptaba Dios sus planes terrenos para hacerle comprender cuán distintos eran los designios de su voluntad.

Momentáneamente, el interés de la propia curación se antepuso en Eutiquia a todo otro afán. Lucía que, por su gran pureza de corazón, era capaz de ver más claros los designios de Dios, aceptó con sumisión este sufrimiento. Y con firme esperanza y abnegación se entregó al cuidado de su madre enferma.

Pero sus desvelos y los remedios que intentaron no dieron resultado alguno, porque Dios reservaba la curación para otra circunstancia que sería decisiva en sus vidas.

En Catania, distante tres leguas de Siracusa, se veneraba a Santa Agueda, martirizada en tiempos del emperador Decio. Junto a su sepulcro se sucedían las curaciones de los cuerpos y las conversiones de las almas.

Lucía y su madre decidieron trasladarse allí, con la esperanza de que la intercesión de la Santa les alcanzaría la deseada salud.

Ya en Catania, y estando en la iglesia, oyeron leer el pasaje evangélico de la mujer que, después de doce años de padecer tenaz enfermedad, había sido curada con sólo tocar la orla del vestido de Jesús. Lucía, sumamente conmovida por la coincidencia de la lectura evangélica, quiso continuar un rato la oración. Postradas ante el sepulcro de Santa Agueda, prolongaron con fe y confianza sus súplicas. Presa de fatiga, cayó Lucía en un profundo sueño, y en este momento ocurrió la aparición a que alude el oficio de la Santa: la virgen Agueda se presentó a Lucía y, con rostro sereno y alegre, le dijo:

"Lucía, queridísima hermana, ¿por qué pides por intercesión de otra lo que tú misma, por la fe que tienes en Jesucristo, puedes obtener para tu madre? Has de saber que tu fe le ha alcanzado la salud y que, así como Jesucristo ha hecho célebre a la ciudad de Catania por consideración a mí, de la misma manera hará célebre y gloriosa a la ciudad de Siracusa por causa tuya, porque le has preparado una agradable morada en tu corazón virginal".

Al oír estas pallabras Lucía se despertó. Su corazón, lleno de júbilo y fortalecido con las palabras de la virgen Agueda, no fue capaz de callar por más tiempo sus deseos. Y allí lo reveló todo a su madre.

Eutiquia, conmovida también por el milagro recién obrado en su cuerpo enfermo, contagióse por la intensa caridad de su hija y comprendió mejor dónde se hallaban realmente la riqueza y la dicha verdadera, y decidió seguirla en su camino de desprendimiento, Y, de regreso a Siracusa, pusieron por obra su determinación, empezando a distribuir sus bienes a los pobres.

Esta actitud las delató como cristianas. El joven pagano elegido anteriormente por Eutiquia para su hija, desconcertado e irritado por una conducta que no era capaz de comprender, la denunció como cristiana al prefecto de la ciudad.

Esto bastó para que Lucía fuera detenida. Había llegado la hora tremenda y solemne de confesar ante los hombres su fe en Jesucristo; de demostrar, aun entre los tormentos y la muerte, el amor que le profesaba en su corazón.

Casi todos los juicios sufridos por los primeros mártires tenían parecido preliminar: un diálogo en el que se procuraba convencerlos con razones. Este diálogo era la ocasión de que el mártir, con la asistencia dei Espíritu Santo, hiciera una verdadera apología de su fe, demostrando la verdad y santidad de la doctrina cristiana. El que se celebraran públicamente les daba un singular valor de testimonio y era motivo de nuevas conversiones y de nuevos martirios.

Se entabló, pues, el primer diálogo entre el prefecto Pascasio y Lucía. La dialéctica del prefecto se estrellaba contra la segura firmeza con que la virgen cristiana defendía su fe. Hasta que, agotados los argumentos pacíficos y exasperado el juez, amenazó:

— Tus palabras se acabarán cuando pasemos a los tormentos.
— A los siervos de Dios —respondió Lucía — no les pueden faltar las palabras, ya que les tiene dicho Nuestro Señor Jesucristo: "Cuando seáis llevados ante los gobernadores y reyes, no os preocupe cómo hablaréis, porque se os dará en aquella hora lo que habéis de decir. No seréis vosotros los que habléis, sino el Espíritu Santo el que hable en vosotros".
— ¿Crees, pues, que el Espíritu Santo está en ti y que es él quien tu inspira lo que dices?

Ante aquel auditorio pagano la Santa proclama sin miedo el grande e íntimo misterio de la fe.

— Lo que yo creo es que los que viven piadosa y castamente son templos del Espíritu Santo.

Pascasio, sin comprender todo el alcance de estas palabras, le dice:

— Pues yo te haré conducir a un lugar infame para que te abandone el Espíritu Santo.

Con sublime serenidad la virgen responde:

— Si por fuerza mandas que mi cuerpo sea profanado, mi castidad será honrada con doble corona.

Pero Dios no permitió esta profanación. Y cuando los verdugos quisieron arrastrarla, una fuerza superior la retuvo inmóvil. Todo fue inútil. La fragilidad de la Santa, sostenida por la gracia de Dios, resulta más potente que los esfuerzos reunidos de aquellos hombres habituados al uso de la fuerza. El Espiritu Santo defendía con este maravilloso prodigio la pureza absoluta de aquel cuerpo virginal, animado por un alma santísima, que era realmente su morada y su templo.

Ante tal fracaso decidió el juez ensayar un tormento distinto y mandó que allí mismo se la cubriera de pez y resina y fuera rodeada de una gran hoguera.

No temía la Santa la muerte entre las llamas; pero, conociendo que aún no había llegado el momento de dar su vida por Jesucristo, anunció un nuevo prodigio con estas palabras:

— He rogado a mi Señor Jesucristo a fin de que no me dominase este fuego, y he conseguido un aplazamiento a mi martirio.

Desapareció envuelta en las llamas, y, al apagarse éstas, se pudo comprobar que Dios había realizado lo que Lucia predijera: el fuego no le había causado el menor daño.

La conmoción de la muchedumbre fue enorme. En muchos de aquellos paganos se exacerbó el odio, pero en otros empezó en aquel instante el misterioso germinar de la fe. Para Pascasio la gracia fue inútil. Endurecido en su malicia, permaneció cerrado tenazmente al testimonio de fortaleza y santidad de la joven cristiana.

Se acercaba para Lucia el final de su combate. Con gran paciencia se dispuso a soportar los últimos tormentos a que el prefecto mandó que se la sometiera. Y Dios ya no intervino para impedirlos, porque era su voluntad concederle la gracia del martirio. Al fin, atravesada su garganta por la espada, entregó su espíritu al Señor: Era el 13 de diciembre del año 300 de la era cristiana.

Su vida pura y humilde, su caridad y fervor, su entrega plena al servicio de Jesucristo, habían sido premiados con la palma suprema de la virginidad y del martirio. Como discípula verdadera de Jesucristo, llegaba a la gloria del Padre por el mismo camino que su Maestro: camino de sacrificio y obediencia hasta la muerte, que lleva a la resurrección y a la vida eterna.

escrito por Matilde Gavarrón 
(fuente: www.mercaba.org)

otros santos 13 de diciembre:

- Beata María Magdalena de la Pasión

viernes, 12 de diciembre de 2014

12 de diciembre: Santa Juana Francisca de Chantal

(† 1641)

Los dones naturales y los sobrenaturales son independientes. Pero cuando ambas cosas se unen, el resultado es verdaderamente deslumbrador. Naturaleza y gracia, íntimamente unidas, actuando aquélla de base y ésta de perfección, producen un resultado ante el cual se siente impresionado quien lo contempla.

Uno de estos casos es el de Santa Juana Francisca. Naturalmente era una superdotada. Sin establecer una comparación que en todo resultaría odiosa, pero mucho más en el caso presente, nos atrevemos a decir que no iba en zaga a San Francisco de Sales en cualidades naturales, y téngase en cuenta que San Francisco pasa por una de las personalidades más excepcionales que ha conocido la historia. La Santa parece tenerlo todo: inteligencia clarísima, extraordinario don de gentes, presencia agradable, hermosura corporal, corazón amplio... y sobre esta base descendieron en abundancia las gracias sobrenaturales que, correspondidas con una generosidad sin límites, produjeron una santidad extraordinaria. Añádase a esto que la Santa trabajó en su propia santificación bajo la égida del prototipo del humanismo cristiano, San Francisco de Sales, y no nos podrá extrañar que el resultado sea, según hemos dicho, verdaderamente deslumbrador.

Como todas las grandes personalidades, Juana Francisca se formó en la adversidad, entre dificultades. No es imposible, pero sí muy difícil, que una personalidad recia nazca en un ambiente de mimos y de vida fácil. Juana Francisca pierde en los primeros meses de su vida a su madre, y queda bajo la influencia de un padre rectísimo, hombre hecho de una pieza, que ha de atravesar durante la niñez de la Santa circunstancias bien difíciles.

Nos encontramos en Dijón, en plena época de guerras civiles. El señor Frémiot, padre de la Santa, era presidente del Parlamento, lo que llamaríamos en España la Audiencia Territorial. Permanece fiel a la dinastía, y no menos fiel, a su fe católica. Esto le crea una situación dificilísima. Tiene que abandonar su propia casa, que es saqueada; recibe un mensaje amenazándole con la muerte de su hijo, que ha quedado prisionero, si no cede, y en efecto no cede, aunque la amenaza no llega a realizarse; atraviesa dificultades económicas y de tipo político, rodeado por la incomprensión de unos y de otros. Así, contemplando aquellos ejemplos de integridad y de hombría de bien, se desarrolla la muchacha hasta llegar a los veinte años.

A esta edad contrae matrimonio con el barón de Chantal, que tenía siete años más que ella. Todos los biógrafos se hacen lenguas de la magnífica pareja que formaban los dos jóvenes. Tenía Juana Francisca un tipo majestuoso, una innegable gracia natural y parece que su esposo no se dejaba superar ni en esto, ni en las cualidades de alma, por su mujer. Lo cierto es que durante ocho años el matrimonio vivió una felicidad que parecía no tener límites. Es cierto que a veces el joven esposo tenía que dejar el hogar para ir a la guerra, o a cumplir sus deberes en la corte. Pero esto hacía cada vez más gratas las horas que se pasaban cada vez que regresaba. El mismo rey distinguía al barón de Chantal con su afecto, y nada parecía faltar a la felicidad de aquel hogar que Dios había bendecido con la sonrisa de cuatro niños.

De pronto, todo aquello se viene abajo. Un estúpido accidente de caza, producido de manera casual, vino a arrebatar la vida del joven barón. Sus últimas horas, de ejemplar cristiano, fueron para perdonar a quien había sido el involuntario causante de su muerte.

Como ocurre siempre, cuanto mayor había sido la unión del matrimonio y más íntimos los lazos establecidos entre los dos esposos, más trágica resultaba la muerte de uno de ellos. Juana Francisca sintió un dolor sin límites y se consagró por completo a la educación de sus hijos. Con un impulso en parte religioso y en parte proveniente del amor a su difunto marido, hizo voto de castidad. Desde entonces su vida se repartiría entre las prácticas de religión y caridad y la educación de los niños.

Hay una fase de la vida de Santa Juana que cuesta llegar a comprender el heroísmo que en sí encerraba. Viuda, se le ofrecían atrayentes posibilidades. Podía continuar viviendo en la misma casa en que tan feliz había sido con su marido. Podía ir a vivir con su padre, que la idolatraba. Pero he aquí que escoge refugiarse en el sombrío castillo de su suegro.

Todo era allí repelente. El carácter de este hombre, duro, áspero, más hecho a tratar con soldados que con mujeres. El edificio mismo, sombrío y triste, y falto de muchas comodidades a las que Juana Francisca estaba acostumbrada. Y la presencia de una persona, a la que eufemísticamente llaman "criada" los biógrafos de la Santa, que se había apoderado por completo de la voluntad del dueño de la casa y que se aprovechaba de esta situación para proceder despóticamente frente a Juana Francisca y a sus niños.

La joven viuda acepta, sin embargo, todo aquello. Muy probablemente le guiaba el deseo de trabajar por la eterna salvación de su suegro. Pero no excluimos también, antes parece casi seguro, que le atrajeran tantos y tan íntimos sufrimientos como allí le esperaban.

Lo cierto es que allí, y siempre a lo largo de su vida, Juana Francisca se portó de manera ejemplarísima en sus relaciones familiares. La casa, pésimamente gobernada, tenía que dolerle a una mujer de las extraordinarias cualidades de Juana Francisca. Jamás hizo una observación. Su tiempo estaba distribuido entre sus hijos y los pobres.

Conservamos rasgos maravillosos de lo que fue su caridad por aquel tiempo. Sencillamente heroica. El pobre leproso, al que ella acoge, el enfermo repugnante, el trigo que se agota y Dios multiplica... todas esas cosas que encontramos en los grandes héroes de la santidad, las hallamos también en esta época de la vida de Juana Francisca.

Por si era poco, vino a caer en manos de un áspero director, extraordinariamente exigente. Son célebres en la historia de la espiritualidad los votos que hubo de hacer: el de obedecerle, el de no abrirse a nadie más, el de no admitir pensamiento que fuera en contra de esto. Atada con estos votos, y metida en un oscuro rincón de Francia, parecía imposible que pudiera llegar a tener contacto alguno con un obispo extranjero, el de Ginebra, que vivía por entonces, expulsado de la capital de su diócesis, en la relativamente lejana ciudad de Annecy. Pero los planes de Dios eran otros.

Iba un día ella a caballo cuando, cerca de un bosquecillo, vio a un sacerdote de aspecto venerable, alto, rubio, que rezaba apaciblemente su breviario. Un impulso interior le dijo que aquél sería el instrumento de que Dios se serviría para orientar definitivamente su vida.

En la capilla de su castillo de Sales, aquel sacerdote tuvo también una visión: se le apareció una mujer viuda, joven, vestida modestamente, Y un impulso interior le dijo que ella habría de ser el instrumento para una obra, muy de Dios, que entonces empezaba a dibujarse en su espíritu.

Habían de pasar años antes de que se encontraran. Un buen día Juana Francisca recibe una carta de su padre. Va a venir a Dijón, a predicar la Cuaresma, un predicador extraordinario: el obispo de Ginebra; ¿por qué no salir de su retiro y venir a pasar la Cuaresma a Dijón? A Juana Francisca le agrada el plan y se pone en camino con sus hijos. Para no perder palabra del sermón, Juana Francisca ha elegido para sí el mejor sitio de la iglesia: enfrente, enfrente del púlpito. Al subir el predicador, le da una vuelta el corazón: era el que había visto hacía años. Tampoco al predicador escapó su presencia. Poco después preguntaba quién era ella. Y cosa curiosa, hacía la pregunta al arzobispo de Bourges, hermano de la Santa. Poco costó concertar un encuentro.

Sin embargo, San Francisco de Sales, con maravillosa prudencia, no quiso precipitar las cosas. Procedió con lentitud, y sólo ya el último día de su estancia en Dijón, dio alguna esperanza a Juana Francisca de encargarse de la dirección de su alma. Pero era todavía algo muy vago.

Habrían de continuar las relaciones. No las conocemos detalladamente. Cuando murió el Santo, Juana Francisca se hizo cargo de todos sus papeles y al ordenarlos descubrió sus propias cartas, anotadas por el Santo con admiraciones y encarecimientos. Muerta de vergüenza las tiró al fuego. Pérdida irreparable para la historia de la espiritualidad y aun de la misma Iglesia.

Por fin, la vigilia de Pentecostés de 1607; San Francisco de Sales abrió su pensamiento a Juana Francisca. Después de probarla un poco, proponiéndole diversos planes, le descubrió el proyecto que desde hacía mucho tiempo estaba madurando. La Santa se sintió internamente movida a cooperar con todas sus fuerzas a aquellos hermosos designios. Pero parecía imposible que se pudieran realizar: era madre de cuatro hijos a los que tenía que atender antes de poder pensar en abrazar la vida religiosa.

Dios solucionó las cosas mucho antes de lo que pudieran pensar los dos santos. La hija mayor de Santa Juana se casó con el hermano menor de San Francisco de Sales. Otra de las hijas de Santa Juana murió inesperadamente. Quedaba la pequeñita, que podía acompañar a su madre al convento. Del hijo se haría cargo su abuelo. Faltaba el consentimiento de éste, que San Francisco obtuvo en una memorable entrevista. Y por fin, en 1610, se pudo pensar en iniciar la nueva fundación.

Los orígenes de la Orden de la Visitación constituyen una de las páginas más encantadoras de toda la historia de la Iglesia. Tienen la frescura, el aire sobrenatural y maravilloso de las florecillas de San Francisco o de la narración de los primeros votos de los jesuitas en Montmartre.

Habían encontrado, a las afueras de Annecy, una casita que, por tener un paso cubierto al jardín vecino, se llamaba ",de la Galería". A esta casita de la galería, fueron el 6 de junio, fiesta de la Santísima Trinidad y de San Claudio, las tres primeras madres de la Visitación. Allí les esperaba, como tornera, una joven que había estado ligada a uno de los episodios más novelescos de la vida de San Francisco de Sales: estaba sirviendo en "El Escudo de Francia", una hostería de Ginebra, cuando Francisco, joven sacerdote aún, hizo algunos viajes a aquella ciudad para tratar de convertir a Teodoro de Beza. Paró en la hostería y ella quedó prendada de aquel santo sacerdote: Ahora, al poner en marcha la fundación, se ofreció inmediatamente a entrar en ella.

Pero hay otra figura más encantadora aún si cabe: la de sor Simplicia, una ingenua campesina, entrada allí por su astuto tío, que dio lugar al anecdotario más gracioso, y al mismo tiempo más ejemplar, que se haya podido registrar en la vida religiosa del mundo entero. La buenísima hermana tomaba al pie de la letra cuanto oía y daba origen así a conmovedores episodios.

Aquel grupito de mujeres suponía, sin embargo, una verdadera revolución. Hoy nos cuesta darnos cuenta de lo que la Visitación supuso, porque admitimos como la cosa más natural lo que entonces suponía romper con mil prejuicios. Se trataba de una vida religiosa apoyada por completo en la sencillez y en la caridad; que buscaba más la muerte de la voluntad y del amor propio, que el quebrantamiento del cuerpo por las penitencias; que se había concebido sobre la base nueva de que las religiosas entraran voluntariamente, sin admitir en modo alguno que pudieran ir a parar al convento por compromisos familiares...

El estampido fue tremendo. Hubo burlas, chacotas, calumnias graves, persecuciones abiertas, resistencias solapadas. Pero hay que decir también que hubo un colosal movimiento de entusiasmo. Y ambas cosas, el entusiasmo y las persecuciones acompañarían a la Visitación en su marcha triunfal por todas partes.

La vida de los primeros tiempos de la Visitación la conocemos, no sólo por fuentes fidedignas, sino, además, de una hermosura literaria sin par. No sólo las obras de San Francisco de Sales, su admirable correspondencia, las cartas y los escritos de Santa Juana de Chantal, escrito todo en el espléndido y robusto francés del siglo XVII. Tenemos además las obras escritas por la madre Francisca Magdalena de Chaugy. Son auténticos primores literarios, en los que la lengua francesa, la unción de estilo, el buen sentido y el conocimiento directo de lo que se trata, brillan de tal manera que el lector se siente conmovido. Así podemos hoy ponernos en contacto con aquellos maravillosos tiempos del comienzo de la Visitación.

Pronto inició la nueva Orden su expansión. La fama de San Francisco de Sales, que ya era grande, se acrecentó de manera extraordinaria con la publicación de "La Introducción a la vida devota". Edición tras edición, el público devoraba aquel libro, y al enterarse de que su autor había fundado unas religiosas, se apresuraba a llamarlas. En 1615 se fundaba la casa de Lyón. Poco después, las de Moulins, Grenoble y Bourges.

Pero mayor importancia iba a tener la fundación de Paris. San Francisco de Sales hubo de trasladarse allí en 1619, y llamó junto a sí a Santa Juana. Tras algunas dificultades se fundó el primer monasterio de París, llamado a tener enorme influencia. No se olvide que en el París del siglo XVII se estaba forjando una reforma pastoral y una orientación de la espiritualidad que en gran parte perseveran aun hoy, y que desde luego tuvieron ya entonces extraordinaria repercusión en la historia de la Iglesia.

La Santa pasa entonces unos años de intensa actividad, atendiendo a los monasterios que se van fundando, sin poder entrevistarse con San Francisco de Sales. Por fin, en diciembre de 1622 se encuentran en Lyón. Es conocida la maravillosa escena. La Santa llevaba preparadas unas notas sobre sus cosas íntimas. San Francisco de Sales, con sobrenatural firmeza, impuso otro tema de conversación: los asuntos de la Orden. La cuenta de conciencia se la daría más tarde, en Annecy. La Santa obedeció heroicamente a aquella indicación, que tan tremendo sacrificio suponía para ella.

Poco tiempo después, el día de Inocentes de aquel año, moría el Santo. Llevaron su cadáver a Annecy. Por la noche, cuando la comunidad se quedó sola, la Santa avanzó hacia el cadáver. Tomó reverente su mano derecha y la puso sobre su cabeza, permaneciendo ella de rodillas largo rato. Cumplía así el encargo: estaba dando cuenta de conciencia a su director. Entonces vieron las hermanas maravilladas el milagro que se produjo: la mano del Santo se animó, cobró vida, y empezó a acariciar la cabeza de Santa Juana. Así un buen rato, hasta que terminó por volver a caer yerta. Las Salesas conservan aún el velo que Santa Juana llevaba en aquella circunstancia inolvidable.

Muerto San Francisco, Santa Juana iba a tener ocasión de dar la auténtica medida de su grandeza de ánimo. Ahora era ella la que tenía la plenitud de las responsabilidades. Las aceptó, y llevó a cabo, con sobrenatural entereza de ánimo, la dificilísima misión que eso suponía.

Había que hacer frente a la expansión de la Orden. A su muerte dejaría ochenta y tres monasterios. En cierta ocasión que Santa Juana había pensado, aún seglar, en entrar carmelita, una de las religiosas le dijo: "Santa Teresa no os quiere para hija, sino para compañera". Ahora se veía lo cierto de esa profecía. Porque la vida de Santa Juana se asemeja por completo en esta fase a la de Santa Teresa: continuos viajes, interminable correspondencia, disgustos y dificultades, ejercicio continuo de la prudencia y de la discreción.

Pero la expansión de la Orden era lo de menos. Importaba salvar por encima de todo su verdadera fisonomía. De un lado y otro brotaban chispazos: se quería conseguir que la Santa hiciera algunas excepciones. Ahora querían dispensa, en favor de esta superiora excepcional, de la ley de que no pudiera serlo más de seis años. Después querían que la Orden tuviera una superiora general. Aquí se edificaba un monasterio suntuoso, contrario al espíritu de sencillez. Más allá se trataba de permitir que los obispos pudieran dispensar de algunas reglas. Con entereza, pero con humildad, con firmeza empapada de dulzura, Santa Juana defendió, como una leona a sus cachorros, la idea que había recibido de San Francisco de Sales. Y consiguió sacarla por completo adelante.

Su misión sobre la tierra parecía haber terminado. El deseo de atender y dar el velo personalmente a la duquesa de Montmorency, que había ingresado en la Orden, le movieron a emprender un último viaje. En él llegó hasta París, resolviendo importantes asuntos, y despidiéndose al mismo tiempo de todos los monasterios que iba encontrando a su paso. Cuando no fue posible que ella llegara a todos, se reunieron las superioras de los alrededores para cambiar las últimas impresiones y fijar todos los detalles.

Por fin, el 13 de diciembre de 1641 le llegó la muerte. Lejos de su amadísimo Annecy, en Moulins. Dios Nuestro Señor, que le había probado extraordinariamente en largas épocas de su vida con aridez en la oración, la colmó de consuelos en sus últimos días. Y dulcemente, rodeada de sus hijas, voló al cielo. Sabido es que San Vicente de Paúl, con quien tanto había tratado en París, y a quien habían sido confiadas las religiosas de la Visitación de aquella ciudad, vio subir su alma en forma de globo luminoso al cielo. Y vio también otro globo, en el que se representaba a San Francisco de Sales salir al encuentro y fundirse entrambos con un tercero, más luminoso y más bello, que representaba la esencia divina.

Dejaba, según hemos dicho, a su marcha de este mundo, ochenta y tres monasterios fundados. De esta manera, como Santa Teresa, continuará viviendo en sus hijas y en sus libros. Porque todos aquellos monasterios se constituyeron en focos de irradiación de la más preciosa espiritualidad. "Sólo, en el cielo sabremos —ha escrito Henry Bremond— el bien que los monasterios de la Visitación hicieron en Francia."

Y lo continuaron haciendo. Reunidas después de la tormenta de la Revolución Francesa las religiosas de la Visitación, más conocidas con el nombre de Salesas, volvieron de nuevo a continuar sin la más mínima modificación el género de vida que de sus santos fundadores habían recibido.

Cuando en 1950 la Iglesia, por medio de la constitución apostólica Sponsa Christi mostró el deseo de dar una nueva estructura a las Ordenes religiosas de mujeres, fue la Visitación la primera en secundar tal deseo, y desde entonces la superiora de Annecy, sucesora de Santa Juana de Chantal, ha pasado a tener, en lugar de un simple primado de honor, el gobierno como general del Instituto entero.

Un error muy extendido entre los canonistas impidió que el proceso de beatificación de Santa Juana fuera con la rapidez que cabía esperar de su gran fama de santidad. Sólo en 21 de noviembre de 1751 fue beatificada, y en 1767 canonizada.

escrito por LAMBERTO DE ECHEVERRÍA 
(fuente: mercaba.org)

otros santos 12 de diciembre:

- Santa Amalia

jueves, 11 de diciembre de 2014

11 de diciembre: San Damaso I, Papa

Los Papas españoles son tres: San Dámaso I (366-384), Calixto III (1455-1458) y Alejandro VI (1492-1503).

El primero de ellos es San Dámaso I. Nacido hacia el año 304, hijo de los españoles Antonio y Laurencia, no se conoce su lugar de nacimiento, que según algunos podría hallarse en Galicia. Como quiera que sea, pronto lo encontramos en Roma, sirviendo en la iglesia de San Lorenzo mártir.

Su acceso a la silla de Pedro, acaecido el 1 de octubre del año 366 cuando tenía sesenta y dos años, no fue poco conflictivo, pues aunque fue elegido por gran mayoría, algunos seguidores del difunto Papa Liberio escogen al diácono Ursino, que ni siquiera era sacerdote. Los detalles del conflicto se relatan en el “Libello Precum”. El Emperador Valentiniano reconocerá a Dámaso y desterrará a Ursino a Colonia, lo que no impedirá a los partidarios del antipapa instalado en Milán y aliado a los arrianos continuar acosando a Dámaso, incluso presentando contra él una acusación de adulterio de la que fue absuelto.

El papado de Dámaso se caracteriza en primer lugar, por ser el que presencia los estertores de la religión clásico-pagana en el Imperio. Dámaso apoyará la petición de los senadores cristianos al Emperador Graciano de retirar el altar de Victoria del Senado, y es en tiempos de San Dámaso, concretamente el 27 febrero de 380, que el también español Emperador Teodosio I promulga el famoso decreto “De fide Católica”, que declara como religión del estado “la doctrina que San Pedro había predicado a los romanos y de la cual Dámaso era su cabeza suprema” (Codigo de Teodosio, 16, 1, 2).

En el plano interior, Dámaso se enfrenta a dos problemas fundamentales. El primero, reivindicar y consolidar la primacía de la iglesia romana sobre las demás iglesias; el segundo, la lucha contra las numerosas herejías que atacan el dogma.

Por lo que hace a lo primero, Dámaso dará algunos de los más importantes pasos hacia la primacía de la Sede Apostólica Romana, como por ejemplo, la afirmación de que dicha supremacía se basa en las propias palabras de Jesucristo “Y yo a mi vez te digo que tú eres Pedro, y sobre esta piedra edificaré mi Iglesia, y las puertas del Hades no prevalecerán contra ella” (Mt. 16, 18) y no en decretos conciliares. Si al Papa Siricio (384-399) cabe el honor de haber emitido las primeras decretales, a Dámaso cabe el de haberlas elevado a su máxima expresión. Cuando, en el año 379, la Iliria se ve separada del Imperio de Occidente, Dámaso trabaja para salvaguardar, sin embargo, la autoridad de Roma sobre ella y crea una vicaría apostólica a cuyo frente nombra a Ascolio, obispo de Tesalónica, originando así la importante institución del vicariato papal para la presencia de Roma en las demás iglesias. Dámaso convoca también el segundo concilio ecuménico de la historia, el Concilio de Constantinopla, en el año 381.

Por lo que hace a la lucha contra la herejía, en el sínodo romano del año 369 excomulga a Auxentio, obispo arriano de Milán, facilitando la sucesión por el que luego será San Ambrosio, uno de los más grandes hombres de la Iglesia en toda su historia. Condena el apolinarismo y el macedonialismo en el Concilio de Constantinopla. Proscribe también la doctrina de su también compatriota Prisciliano, en el Concilio de Zaragoza, celebrado en el año 380. Y resuelve el cisma meletiano producido en Antioquía, propugnando la candidatura episcopal de Paulino a la muerte del cismático Meletio.

Otro problema acaecido durante su pontificado y frontalmente combatido será el relajamiento de costumbres del clero eclesiástico, el cual provoca la crítica severa de San Jerónimo y también el decreto del 29 de julio del 370 del Emperador Valentiniano, que prohibía a curas y monjes, entre otras cosas, dirigirse a viudas y huérfanos con la intención de obtener de ellos regalos y herencias, y para cuyo cumplimiento Dámaso trabajó denodadamente.

El papado de Dámaso es sumamente fecundo en obras de la mayor importancia para la vida de la Iglesia y del cristianismo. Quizás la más importante sea la redacción de la que se conocerá como Biblia Vulgata, que él mismo encarga realizar a Jerónimo de Estridón (San Jerónimo), que durante una época fuera su secretario. Hacia el año 374, proclama también un canon del Nuevo Testamento.

Dámaso fue también un importante constructor de iglesias. Amén de restaurar la de San Lorenzo Extramuros en la que se educara, que aún hoy existe, en la que están enterrados el propio San Lorenzo y también el Papa Pío IX, y de dotarla con importantes archivos, construye la basílica de San Sebastián en la Vía Apia, conocido como la “Platonia”, que también ha llegado a nuestros días, y un baptisterio en el Vaticano en honor de San Pedro, en el que grabó unas inscripciones que aún se conservan. Mandó también restaurar las catacumbas.

En el plano literario, redactó también varias hagiografías de diversos mártires y compuso varios himnos o carmina, aunque ninguno haya llegado por desgracia a nosotros.

En el plano litúrgico autoriza el canto de los salmos a dos coros (rito ambrosiano), instituido por San Ambrosio. Introdujo el uso de la voz hebraica “aleluya”.

El papado de Dámaso I no es, como hemos visto, en modo alguno menor. Antes al contrario, es uno de los más grandes papados de la historia, y Dámaso pasa por ser un papa riguroso y docto. No en balde figura en la nómina de papas santos y no sin justicia. Murió el 11 de diciembre del año 384, siendo enterrado junto con su madre y su hermana en la basilícula de la Vía Argentina, entre los cementerios de Calixto y Domitilla, que él mismo ordenara construir y cuyas ruinas fueron descubiertas en 1902, de donde fueron trasladados a la iglesia de San Lorenzo in Damaso, tan unida a toda su trayectoria. Se celebra su festividad por ello mismo el 11 de diciembre. Y en España, el seminario de Madrid lleva su nombre.

(fuente: www.religionenlibertad.com)

otros santos 11 de diciembre:

- Santa María de las Maravillas de Jesús

miércoles, 10 de diciembre de 2014

10 de diciembre: Santa Eulalia de Mérida

(+ c 304)

Eulalia, de esclarecido linaje por su nacimiento, "pero más todavía por la condición de su muerte", nació en Mérida, la famosa ciudad antigua de los vetones, a fines del siglo III.

En aquellos días la colonia Augusta Emérita, que debía sus nombres a los eméritos, o soldados jubilados de la guerra contra los cántabros, y a Augusto, que para ellos la fundó el año 25 antes de Jesucristo con la categoría de capital de la Lusitania, era una de las ciudades más importantes de la Península Ibérica.

Plácidamente asentada en una vega regada por el río Anas—nuestro Guadiana—, por el que subían y bajaban constantemente las naves de los mercaderes y traficantes orientales, que internaban en la Península sus mercancías a cambio de las riquezas naturales del suelo hispano, Mérida se convirtió poco a poco en una ciudad cosmopolita donde convivían y alternaban romanos y griegos, indígenas y orientales; la prosperidad y floreciente vida comercial, la grandeza y magnificencia de sus templos y edificios públicos y privados, bien le merecieron el apelativo de la Roma de España.

Pues bien: esta esclarecida ciudad romano-hispana, que debió de ser de las primeras de nuestra Península que vió brillar la luz del Evangelio, iba a inmortalizar su nombre a principios del siglo IV, al ser la patria terrena de una de las mártires más famosas del cristianismo: Eulalia.

Doce años había cumplido cuando sufrió, intrépida, su martirio. Mas ya antes había manifestado cuál era su vocación: aspirar al cielo y guardar intacta su virginidad. En efecto, contra lo que suele acontecer, desdeñó muy pronto las muñecas y otros juguetes con que suelen divertirse las niñas de poca edad: despreciaba las joyas y aderezos femeninos; era seriecita de cara, modesta en el andar, y en sus costurnbres infantiles reflejaba la gravedad de los ancianos.

Pero cuando la cruel persecución conmovió a los siervos del Señor, obligando a los cristianos a ofrecer incienso y sacrificar víctimas a los dioses, se enardeció el espíritu de Eulalia, y así, con su intrépido carácter y suspirando en su corazón por la gloria de Dios, se dispuso a desafiar las armas de los hombres.

Mas he aquí que sus padres, que conocían muy bien la animosidad de Eulalia, procuraron alejarla solícitamente de la ciudad, llevándola a una casa de campo apartada, no fuera caso que la valerosa muchacha quisiera comprar a precio de sangre su amor a la muerte.

Pero una noche, cuando por nerviosa no podía conciliar el sueño, agobiada por la triste situación de aquel retiro obligado, sin que nadie la viera, protegida por la obscuridad, abrió sigilosamente las puertas de su casa, franqueó los portones de la cerca y, fugitiva, emprendió su camino a campo traviesa. Con paso diligente recorrió en aquella obscura noche las varias millas que la separaban de la ciudad, acompañada en aquellos caminos llenos de abrojos y zarzales por una luminosa comitiva angélica, no de otro modo que el pueblo de Dios guiado por una columna de luz en el desierto.

De madrugada, antes de la salida del sol, llegó a la ciudad, y, valerosa, se presentó ante el tribunal, en medio de cuyos lictores vociferó a los magistrados: "Decidme, ¿qué furia es esa que os mueve a hacer perder las almas, a adorar a los ídolos y negar al Dios criador de todas las cosas? Si buscáis cristianos, aquí me tenéis a mí: soy enemiga de vuestros dioses y estoy dispuesta a pisotearlos; con la boca y el corazón confieso al Dios verdadero. Isis, Apolo, Venus y aun el mismo Maximiliano son nada: aquéllos porque son obra de la mano de los hombres, éste porque adora a cosas hechas con las manos. No te detengas, pues, sayón; quema, corta, divide estos mis miembros; es cosa fácil romper un vaso frágil, pero mi alma no morirá, por más acerbo que sea el dolor".

Airado sobremanera el pretor al oír tales requerimientos, ordenó furioso: "Lictor, apresa esta temeraria y cúbrela de suplicios para que así sepa que hay dioses patrios y que no es cosa baladí la autoridad del que manda", Pero inmediatamente, como volviendo sobre sí, dijo el pretor a Eulalia: "Mas, antes de que mueras, atrevida rapazuela, quiero convencerte de tu locura en lo que me es posible. Mira cuántos goces puedes disfrutar, qué honor puedes recibir de un matrimonio digno. Tu casa, deshecha en lágrimas, te reclama: gimiendo estará la angustiada nobleza de tus padres, puesto que vas a caer, tan tiernecita, en vísperas de esponsales y de bodas. ¿O es que no te importan las pompas doradas de un lecho ni el venerable amor de tus ancianos padres, a quienes con tu obstinada temeridad vas a quitar la vida? Mira, ahí están preparados los instrumentos del suplicio: o te cortarán la cabeza con la espada, o te despedazarán las fieras, o se te echará al fuego, y los tuyos te llorarán con grandes lamentos, mientras tú te revolverás entre tus propias cenizas. ¿Qué te cuesta, di, evitar todo esto? Con que toques tan sólo con la punta de tus dedos un poco de sal y un poquito de incienso, quedarás perdonada".

Pero Eulalia nada respondió, sino que, arrebatada de indignación, escupió al rostro del pretor, arrojó al suelo los ídolos que tenía delante de sí, y de un puntapié echó a rodar la torta sacrifical puesta sobre los incensarios.

Inmediatamente dos verdugos se aprestaron a desgarrar sus tiernos pechos y los garfios abrieron sus virginales costados hasta llegar a los huesos, mientras Eulalia tranquilamente contaba sus heridas.

Al contemplar aquella carnicería, Eulalia decía al Señor sin lágrimas ni sollozos: "He aquí que escriben tu nombre en mi cuerpo. ¡Cuán agradable es leer estas letras, que señalan, oh Cristo, tus victorias! La misma púrpura de mi sangre exprimida habla de tu santo nombre".

Y tan abstraída estaba la mártir en su oración, que el dolor atroz que debían causarle aquellos tormentos pasaba totalmente desapercibido, a pesar de que sus miembros, regados con tierna sangre, bañaban de continuo la piel con nuevos borboteos calientes.

Ante aquella intrepidez, los esbirros se dispusieron a aplicarla el último tormento; mas no se contentaron con propinarla azotes que la desgarraran fieramente la piel, que sería poco, sino que la aplicaron por todas partes, al estómago, a los flancos, hachones encendidos. Pero, así que la perfumada cabellera que se deslizaba ondulante por el cuello y se desparramaba suelta por los hombros para cubrir la pudibunda castidad y la gracia virginal de la mártir tocó el chisporroteo de las teas, la llama crepitante voló sobre su rostro, nutriéndose con la abundosa cabellera, y la envolvió por completo. Y la virgen, deseosa de morir, se inclinó hacia la llamarada y la sorbió con su boca.

Y, ¡oh maravilla!, he aquí que de su boca salió, rauda, una paloma más blanca que la nieve, que, hendiendo el espacio, tomó el camino de las estrellas: era el alma de Eulalia, blanca y dulce como la leche, ágil e incontaminada. Así lo vieron estupefactos y dieron de ello testimonio el verdugo y el mismo lictor al huir aterrorizados y arrepentidos. La Virgen torció delicadamente el cuello a la salida del alma; apagóse el fuego de la hoguera, y, por fin. quedaron en paz los restos exánimes de la mártir. Todo esto acaeció un día 10 de diciembre.

El cielo cuidó en seguida de velar por el tierno cuerpo de aquella virgen y rendirle las debidas honras fúnebres, porque al punto cayó una nevada que cubrió el foro, y en él el cuerpecito de Eulalia, que yacía abandonado en la helada intemperie como para protegerlo con una grácil mantilla blanca.

Tal es la primorosa descripción que nos dejó Prudencio del martirio de Eulalia de Mérida, en admirable coincidencia con las actas que sobre estas mismas hazañas escribiera un testimonio ocular. ¡Cuán distinto es el sabor y cuán lejos de la realidad histórica están otras "vidas" de la Santa emeritense!

Sigilosamente se aprestarían los cristianos de Mérida a rescatar las preciosas reliquias de aquella intrépida niña que con su muerte acababa de dar tan espléndido testimonio de la fe. Embalsamarían delicadamente su cuerpo y le darían sepultura precisamente en aquel mismo lugar donde pasada la tremenda borrasca de la persecución, se levantó una espléndida basílica, cuyo mármol bruñido -según testimonio de Prudencio, que la vió- iluminaba con cegadores resplandores sus atrios, donde los resplandecientes techos brillaba,n con áureos artesonados y los pavimentos de mármol jaspeados daban al peregrino la sensación de pasear en un prado en que se entremezclaban y combinaban las rosas con las demás flores. Y con un lirismo exultante termina el poeta su descripción: "Fuera las lágrimas dulzonas y melindrosas... Cortad, vírgenes y donceles, purpúreas amapolas, segad los encendidos azafranes: no carece de ellos el invierno fecundo, pues el aura tépida despierta los campos para llenar de flores los canastillos. Ofreced, ¡oh jóvenes!, estos presentes, que yo, en medio del corro también quiero llevar una corona en estrofas de poesía, vil y ajada, pero alegre y festiva. Así conviene venerar los huesos que yacen bajo el altar; ella mientras tanto, a los pies de Dios, ve todo esto e intercede, benévola, por nosotros".

escrito por ANGEL FÁBREGA GRAU (fuente: www.mercaba.org)

otros santos 10 d diciembre:

- Beato Marcantonio Durando

martes, 9 de diciembre de 2014

09 de diciembre: Santa Leocadia de Toledo

El emperador Diocleciano comenzó su reinado con los mejores auspicios. Dotado de singulares dotes de gobierno, había de ser uno de los grandes soberanos del Bajo Imperio romano.

Un cuarto de siglo llevaban los cristianos gozando de relativa paz, y el recuerdo de las pasadas persecuciones se hacía cada vez más lejano. Dividido el territorio imperial en dos mitades administrativas, Diocleciano, que se asoció como césar a Galerio, se reservó el Oriente, mientras en la parte occidental ejercía d supremo mando Maximiano, con la colaboración de Constancio Cloro.

Sin que hoy se puedan precisar con exactitud las causas, Diocleciano, benévolo con los cristianos durante un decenio, cambió radicalmente de conducta influido por el césar Galerio, verdadero responsable de la enorme matanza que se siguió. En Oriente la sangre se derramó sin medida, y los tormentos de los mártires revistieron inaudita crueldad y satánicos refinamientos.

También en Occidente abundaron los martirios durante los primeros años del siglo IV. El poeta Prudencio, con estro pindárico, pudo escribir años después su libro De las coronas, el Peristephanon, con los relatos martiriales de quienes en aquella persecución pagaron con la vida su inquebrantable adhesión a Cristo.

Víctima de ella fue también la doncella toledana Leocadia. La blancura, representada por su nombre, de origen griego, coincidía con su corta edad de adolescente, casi de niña. Un templo parroquial de Toledo a ella dedicado, y en cuya demarcación se escriben estas páginas, se eleva sobre el lugar que se cree fue su casa paterna, mostrándose un subterráneo considerado como lugar de oración de la santa niña.

Los calendarios mozárabes atestiguan desde muy antiguo el culto de esta mártir, cuya prisión y muerte fue narrada en un relato compuesto en el siglo VII.

Según en él se nos dice, procedente de las Galias, penetró en España el gobernador imperial Daciano, llegado para cortar a sangre y fuego todo brote cristiano que pudiera haber nacido en un territorio saturado de paganismo.

Como lobo hambriento de sangre y cadáveres, inició un recorrido que había de extenderse desde Gerona hasta Mérida. Letanía de mártires para el cielo y de simiente cristiana en la tierra fue su itinerario por Gerona, Barcelona, Zaragoza, Alcalá, Toledo, Avila y Mérida. El autor del relato escribe: "La tierra, empapada en sangre, gritaría, si la lengua callase, la magnitud de los escarnios, azotes, tormentos y derramamiento de sangre por él perpetrados. Testimonio cruento de su paso feroz los mártires Félix, Cucufate, Eulalia, los Innumerables de Zaragoza, los santos hermanos Justo y Pastor, los también hermanos Vicente, Sabina y Cristeta y la emeritense virgen Eulalia."

Desde Alcalá, Daciano se trasladó a Toledo. La noticia de su llegada hubo de poner estremecimientos de pánico en la reducida comunidad cristiana existente en la ciudad. Muy poco tardó en citar a su tribunal a la cándida joven Leocadia, sometiéndola a un interrogatorio, sostenido de la siguiente forma:

-Pero ¿ cómo ha sido posible que tú, nacida de tan noble familia, te hayas dejado obsesionar por un engaño tan burdo y sin sentido, y que, abandonando las prácticas de culto de nuestros dioses, te hayas adherido a ese Cristo desconocido?

Con inesperada entereza contestóle Leocadia:

-Tus recriminaciones no me apartarán de mi fe en Cristo, como tampoco la melosidad de tus palabras ni el apego a las comodidades de mi familia, con que intentas persuadirme, me van a arrancar de la servidumbre y promesa hecha a mi Señor Jesucristo, que, al redimimos con su preciosa sangre, nos concedió la máxima libertad.

Enrojecido por la ira, mandó Daciano a sus sayones que con fuertes amarras atasen a la intrépida doncella y la encerrasen en una oscura cárcel, mientras él se tomaba tiempo para excogitar las penas y tormentos a que había de someterla para quebrantar su férrea voluntad.

En la parte baja del lado oriental del famoso Alcázar toledano, que, asomado al Tajo, hubo de ser desde los tiempos celtibéricos hasta nuestros días fortaleza casi inexpugnable, existe hoy un. recinto ruinoso, desmantelado y cerrado con una verja de hierro. Desde el siglo XIII, renovado por Alfonso X se sitúa en este lugar el emplazamiento de la mazmorra de Santa Leocadia. Un autor del siglo pasado atestigua: "Todavía existía, y nosotros hemos tocado, una señal de cruz cavada en la piedra por la costumbre continua que la mártir tenía de imprimir con sus dedos este signo de nuestra redención". Sobre la cruz incisa en el muro, una inscripción recordaba que allí, cargada de cadenas, había sido encarcelada la Santa y que con sus manos había excavado la santa cruz.

Aherrojada en lóbrega mazmorra quedaba la cristiana doncella, mientras Daciano reemprende su viaje persecutorio. fijando sus sangrientas estancias en Evora, Avila y Mérida. Las vidas de los mártires Vicente, Sabina, Cristeta y Eulalia enjoyan como rubíes la corona del Rey de la gloria.

Los tormentos y la crueldad desplegada con ellos, sobre todo con la virgen emeritense Eulalia, pronto fueron conocidos con espanto, y la noticia de ellos llegó hasta Toledo y penetró a través de los barrotes de la cárcel donde Leocadia se encontraba.

Fuera de santa envidia o fruto de sus oraciones, o a causa del acabamiento por el inhumano trato a que estaba sometida, en la misma cárcel, arrodillada, entregó su alma a Dios esta incruenta mártir toledana, a quien los textos litúrgicos hispanos califican de confesora y mártir. Su fallecimiento tuvo lugar el 9 de diciembre del 303 o del 304.

Enterrada en el cementerio local, en el pomerio occidental de la ciudad, junto al Tajo, en la vega, muy pronto surgió en torno a su tumba un culto martirial. incrementado años después al ser reconocida por Constantino la religión cristiana. Posiblemente en el mismo siglo IV se erigió sobre el sepulcro una basílica romana, que fue notablemente mejorada en el 618 por el rey Sisebuto, siendo consagrada el 29 de octubre. Durante el siglo VII el culto a la Santa vive su época de esplendor. Los grandes arzobispos de Toledo buscan la cercanía intercesora de los restos de Leocadia para fijar en la basílica su sepultura. Eladio, Eugenio, Ildefonso y Julián fueron en ella enterrados y allí también se celebraron tres de los renombrados concilios toledanos.

El recuerdo de Santa Leocadia está íntimamente relacionado con San Ildefonso, pues ambos bienaventurados fueron los protagonistas de un singular portento ocurrido en el interior del famoso templo.

Con inusitado esplendor se preparaba aquel año la festividad de la Santa, día 9 de diciembre. Clero, nobleza y pueblo se agolpan en el recinto de la basílica.

El poeta Valdivielso reconstruye la escena con abundancia de anacronismos:

...El Cabildo con capas de oro y plata,
perlas sembradas por la plata y oro,
de cuya majestad decir no puedo
más de que es Cabildo de Toledo.
Los sufragáneos del Arzobispado
con pontificio ornato acompañaban
al varón justo, al singular prelado,
a quien con todo corazón amaban...

Sale ostentando toda su potencia
el rey de la española monarquía,
mayor haciendo con su real presencia
el alborozo del solemne día...

Hace Toledo ostentación gallarda,
de consulares ropas adornados,
los padres de la Patria, en que se vían
que la sangre y las letras competían...

Ha tomado el rey asiento en su trono. Ildefonso se arrodilla a los pies del sepulcro de la Santa, totalmente recubierto por una losa enteriza. Entonaban los cantores estrofas e himnos de composición ildefonsiana. Súbitamente, por obra de manos invisibles, remuévese la piedra y aparece Leocadia, recortándose su casta silueta sobre el fondo prestado por su manto extendido. Obispos, clero, nobles y pueblo claman glorificando a Dios. A las voces de todos une la suya la virgen mártir para alabar a Ildefonso por los servicios prestados a la Madre de Dios.

Entretanto, el arzobispo, ajeno al panegírico que tan portentosamente se tejía en su honor, asióse del manto de Leocadia y, echando mano al estilete que colgaba de la cintura de Recesvinto, cortó un trozo de aquella vestidura, que pasa en seguida a enriquecer, como una reliquia más, el sagrado tesoro de Toledo.

Hasta mediados del siglo VIII descansaron los huesos de la Santa en la basílica toledana. Mas por estas fechas, al producirse la persecución de Abderramán I contra los cristianos y sus reliquias, los atemorizados mozárabes huyeron de la ciudad, llevando consigo como sagrado depósito las reliquias de Santa Leocadia y de los otros santos toledanos.

Trasladados a Oviedo los de la Santa, Alfonso el Casto erigió una basílica en su honor para que allí recibiera el culto de que se había visto privada en Toledo. En Oviedo permanecieron los restos de Santa Leocadia probablemente hasta finales del siglo XI, en que, según tradición, un conde de Hainaut, llegado a España como romero de Santiago, colaboró con Alfonso VI en la obra de la Reconquista, y de él obtuvo como inapreciable regalo los cuerpos de Santa Leocadia y San Sulpicio, que guardaba la iglesia ovetense.

Ciertamente se sabe que en el siglo XII se encontraba el cuerpo de la Santa toledana en la abadía benedictina de Saint-Ghislain, sita al oeste de la actual Bélgica.

Con culto creciente cada día en toda la comarca, allí fue visitada por los archiduques Felipe el Hermoso y Juana la loca, . quienes obtuvieron para la catedral de Toledo una tibia de la Santa, venerada hoy en el mástil de un precioso relicario gótico que simula una nave y que posee la citada catedral.

Las guerras de religión e independencia de los Países Bajos tuvieron también sus tristes consecuencias en la abadía de Saint-Ghislain, invadida en alguna ocasión por los herejes, quienes, deslumbrados por el fulgor de las chapas de bronce que cubrían la arqueta de las reliquias de la Santa, y pensando que serían de oro, las arrancaron de ella, dejando al descubierto la caja de madera en que se guardaban.

Conocida es la preocupación de Felipe II por reunir en España el mayor número posible de reliquias santas. Las de Santa Leocadia eran muy notables y su recuerdo perduraba en la iglesia de Toledo con la esperanza de que a ella pudieran regresar aquellos restos, que eran la mejor gloria cristiana de la ciudad. El duque de Alba, toledano y gobernador de los Paises Bajos, hizo algunos intentos para conseguirlo, mas sus poderosas instancias resultaron fallidas ante la negativa de la comunidad, que de forma alguna quería desprenderse de tan rico tesoro.

Más hábil y afortunado fue el jesuíta padre Miguel Hernández; también nacido en la provincia toledana, quien, ejerciendo sus ministerios apostólicos en los Países Bajos, comenzó en 1583 a madurar la audaz empresa de conseguir, para su restitución a Toledo, el cuerpo de Santa Leocadia.

La tarea no fue fácil. Hubo que convencer a los monjes de la justicia de la petición y demostrarles que el amor y reverencia que sentían por aquellos restos se patentizaría más permitiendo que se trasladaran a lugar seguro que no dejándolos en aquel monasterio, rodeado de herejes en lucha, quienes, como ya había ocurrido, podrían adueñarse de él y reducir a cenizas los huesos que por permisión divina se habían v1sto protegidos contra tantos perseguidores.

Inesperadamente los monjes accedieron a la solicitud, no sin antes exigir documentos de Felipe II y del Romano Pontífice Gregorio XIII. En presencia de los prelados de Cambray y Tournai, el abad hizo entrega de los preciosos restos al padre Hernández, y dio comienzo una larga peregrinación, que había de prolongarse cuatro años. Dos dificultades se oponían al feliz éxito de la empresa. Era la primera la temida oposición de los flamencos, que no veían con agrado el verse privados de aquel santo cuerpo, que durante tantos años había sido objeto de su piadosa veneración. La otra, sin duda más grave, se debía al estado belicoso en que los Países Bajos se encontraban contra el dominio español y el catolicismo.

El itinerario más corto para llegar los restos a Toledo era el que atravesaba Francia, pero era el menos seguro y a la sazón debía de desecharse por ser sumamente expuesto a toda clase de riesgos. Eligióse, por tanto, el que a través de Alemania e Italia conduciría hasta un puerto seguro del Mediterráneo, donde con plenas garantías las reliquias pudieran ser embarcadas para su traslado a España.

Extremando cautelas, orillando los peligros, desorientando a los posibles raptores, el padre Hernández llegaba a Roma con su inestimable depósito el 13 de febrero de 1586. El 1 de agosto partía de Génova por mar, llegando a Barcelona el 12. Sin embargo, el desembarco del cuerpo de Santa Leocadia tuvo lugar en Valencia.

Desde Cuenca el traslado hasta Toledo fue apoteósico. El monarca, el cardenal don Gaspar de Quiroga y el Cabildo toledano no regatearon ni previsiones ni gastos. Como Felipe II quería asistir con su real familia a la entrega oficial del glorioso cuerpo, tan difícilmente logrado, a la catedral de Toledo, hubo de demorarse la fecha de tan solemne acto hasta finales de abril de 1587. En la relación de actos que en la ciudad se tuvieron en tan memorable día, los cronistas se hacen lenguas. El Cabildo y el Ayuntamiento competían en la erección de arcos y tribunas. El recibimiento tributado a la santa mártir por sus paisanos y por la muchedumbre de personas, llegadas de todas partes, rebasaba todo cuanto pudiera decirse.

Luego de haberse depositado la arqueta con las santas reliquias en un templete erigido en la basílica de Santa Leocadia, en la Vega, el domingo 26 de abril se verificó la solemne traslación. . Al llegar ante la fachada principal del templo primado, Felipe II puso sobre sus hombros uno de los brazos de la litera en que el santo cuerpo era transportado, mientras el heredero, don Felipe, sostenía un cordón a ella cogido. Detrás iba, ennobleciendo el lucido cortejo, la hermana del monarca, doña María de Austria, y la hija, Isabel Clara Eugenia, que con sus veinte años demostraba cómo había sido eficaz para su nacimiento otro traslado glorioso, el de San Eugenio, verificado con la misma suntuosidad el año 1565.

En la catedral el monarca hizo la entrega oficial del cuerpo al arzobispo, y ton él se incrementó notablemente el relicario de la Iglesia toledana.

Desde 1593 las veneradas reliquias reposan en una riquísima arca de plata, blanca y dorada, diseñada por Nicolás Vergara y confeccionada por el platero Merino. Custodiada durante el año en la grandiosa lipsacoteca denominada El Ochavo, juntamente con las demás reliquias que la catedral atesora, el 9 de diciembre es puesta sobre una carroza, revestida de terciopelo carmesí y adornada con ramos de laurel, y es procesionalmente paseada por todo el ámbito de la catedral, mientras la schola catedralicia, acompañada por los capitulares y prebendados, canta el himno procesional de la Santa.

En los ocho días siguientes el arca de las reliquias permanece expuesta en el altar de la capilla del Sagrario para que ante ella desfilen los toledanos y soliciten su valiosa intercesión, pues no sin motivo Santa Leocadia es la Patrona principal de la ciudad.

escrito por D. JUAN FRANCISCO RIVERA RECIO

BIBLIOGRAFÍA

- FÁBREGA GRAU, A., Pasionario Hispánico (Madrid-Barcelona 1953) t.1 p.67-78; t.2 p.65-67.
-HERNÁNDEZ, M., S. I., Vida, martyrio y translación de la gloriosa virgen y mártyr Santa Leocadia (Toledo 1591).
- Biblioch. Hag. Lat. t.2 n.4848.
- FLÓREZ, España Sagrada t.6 p.315-417.
- Analecta Bollandiana t.14 p.30; t.17 p.119; t.20 p.392 y 410; t.59 p.317; t.71 p.l00-132; t.72 p.382-396.

(fuente: www.architoledo.org)

otros santos 09 de diciembre:

- San Juan Diego Cuauhtlatoatzin

lunes, 8 de diciembre de 2014

08 de diciembre: Santa Narcisa de Jesús Martillo Morán

«Gran penitente ecuatoriana que valoró la importancia de la dirección espiritual para su vida de perfección. Imitó a la beata Mariana de Jesús y fue compañera de la también beata Mercedes de Jesús Molina y Ayala»

Madrid, 08 de diciembre de 2014 (Zenit.org) Hoy, festividad de la Inmaculada Concepción de María, la Iglesia celebra también la vida de esta santa ecuatoriana. Es conocida como la «Violeta de Nobol», porque nació en la hacienda San José perteneciente al cantón de Nobol, cercano a Guayaquil, Ecuador, el 29 de octubre de 1832, festividad de san Narciso. Era la séptima de nueve hermanos y perdió a su madre cuando tenía 6 años, quedando bajo el cuidado de una de sus hermanas; luego ella sería como una madre para los hermanos más pequeños, aunque entre todos sembró paz y alegría. No podía ser menos, ya que sobre los juegos infantiles priorizaba la oración que realizaba bien en su aposento o bajo la sombra de un guayabo de la hacienda. Además, tenía dotes para el canto y gracia para tocar la guitarra.

Aunque sus padres eran campesinos que tuvieron posibilidad de haberle dado estudios porque su economía era buena, simplemente aprendió a leer y a escribir, y es que ellos eran iletrados y seguramente no apreciaban el valor de la formación. Eso sí eran trabajadores ejemplares, y el padre, Pedro Martillo Mosquera, hombre sagaz para los negocios, fue durante un tiempo teniente corregidor de Nobol y teniente de San José. En septiembre de 1839 Narcisa recibió la confirmación y hasta que cumplió 15 años no tuvo otro trabajo que el doméstico. A esa edad aprendió a coser y fue costurera de las gentes del entorno.

Cayó en sus manos la vida de la beata Mariana de Jesús y la tomó como modelo. Para asemejarse a ella en su abrazo a la cruz, inició un itinerario de mortificaciones y renuncias, infligiéndose cilicios y otras severas penitencias corporales que irían minando su salud, a pesar de su fuerte naturaleza. Siempre se destacó en ella su amor a la Eucaristía y su devoción por la Virgen. Fue una de las fundadoras de las Hijas de María y se caracterizó también por dedicar muchas horas diarias a la oración. Destinó al efecto un recinto dentro de su hogar convirtiéndolo en una especie de oratorio. Y ante una imagen de la Divina Infancia se pasaba horas y horas. Cuando le preguntaban con quién conversaba, ella respondía: «con Él, con Él», guardando en su corazón los sobrenaturales coloquios que mantenía. Era devotísima del Santísimo Sacramento, del Corazón de Jesús y de la Virgen, Madre de Misericordia. Sus libros de cabecera fueron las Sagradas Escrituras y «El ejercicio de la perfección y virtudes cristianas» de san Alonso Rodríguez.

Se ve que no tenía más ambición que la de ser santa porque al perder a su padre a la edad de 18 años, no reclamó la parte de su herencia, legado que dejó en manos de sus hermanos. Fue una mujer humilde, sencilla y con un visible espíritu de pobreza. El sustento lo obtenía enseñando religión a los niños de haciendas vecinas. Se estableció en Guayaquil en 1851 y además de ejercer su único oficio, el de costurera, se ocupaba de atender a su sobrina Chepita Hernández. El lugar donde moraban era un modesto y diminuto altillo. Espiritualmente comenzó otra vía que juzgaba esencial para la santificación como es la dirección espiritual. El padre Luís de Tola y Avilés, que sería designado más tarde obispo de Portoviejo, fue su primer director.

En la estancia que ocupaban Chepita y ella comenzó a experimentar éxtasis y otros favores místicos, que se producían en presencia de su sobrina; también fueron testigos otras personas cuando estos arrobamientos le sobrevenían en misa, tras haber recibido la Sagrada Comunión. Por ese motivo su vida y conducta comenzó a estar en boca de la gente. En 1858 dejó el altillo para ocupar nueva minúscula habitación que había debajo de la escalera de la vivienda de otra conocida, situada frente a la iglesia de San Francisco; allí permaneció hasta 1860. Entre tanto, ejercía el apostolado con niños a los que impartía catequesis, visitas a enfermos y moribundos, y se ocupó de atender a jóvenes sin hogar que moraban en la «Casa de las Recogidas», vistiendo un hábito negro. Después del padre Tola tuvo varios confesores. Para asistir a uno de ellos, monseñor Amadeo Millán, aquejado de tuberculosis, se trasladó a Cuenca, y cuando falleció regresó a Guayaquil.

La que sería beata Mercedes de Jesús Molina y Ayala era también hija espiritual del presbítero. Ambas, Narcisa y ella sintonizaron tanto espiritualmente que siguieron caminos muy parejos en sus penitencias. Las compartieron mientras convivían en una casa que fue denominada «Casa de las beatas». En esa época Narcisa siguió enseñando a coser a niñas huérfanas. En 1868 se estableció en Lima para ser dirigida por el franciscano, padre Pedro Gual. Se alojó en el beaterío de Nuestra Señora del Patrocinio, de las dominicanas, sito en la Alameda de los Descalzos, costeándose sus necesidades con su propio trabajo y la ayuda económica que el padre Gual obtuvo de una persona pudiente. La dirigió hasta que abandonó Lima. Entonces la dejó en manos de otro confesor. Narcisa intensificó sus penitencias. Eran de tal calibre que los cercanos vivían con zozobra las consecuencias que podían tener para su salud. Con tan crudas mortificaciones daba lance al demonio que andaba tras ella. No tenía más objetivo que conquistar la santidad, y si alguien le exponía sus temores respecto a los estragos que su conducta podía reportarle, respondía: «para sufrir he venido al mundo».

Y así vivió, consumida en el amor divino, y abrazada a la cruz para obtener la misericordia divina por los pecadores hasta que murió en Lima el 8 de diciembre de 1869 a los 37 años, aunque con la apariencia de una anciana. Dios quiso que falleciese en esa festividad de la Inmaculada Concepción, tan amada por ella. A Él le había hecho ofrenda de sus sufrimientos por los frutos del Concilio Vaticano I que justamente inauguraba en la misma fecha el papa Pío IX. Fue beatificada por Juan Pablo II el 25 de octubre de 1992. Y canonizada por Benedicto XVI el 12 de octubre de 2008.

escrito por Isabel Orellana Vilches (08 de diciembre de 2014) © Innovative Media Inc.

otros santos 08 de diciembre:

- Inmaculada Concepción de María
- San Sofronio de Chipre
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