(Zenit.org) Nació en Chieri, Turín, el 15 de noviembre de 1847. Francisco, su padre, procedía de una notable familia que desconocía las penalidades económicas por hallarse bien situada gracias a sus prósperos negocios. Al casarse con Catalina, que no era de la misma posición social, fue desheredado. Se ganó la vida con el comercio y la chatarra. Era el precio de un amor que se mantuvo intacto entre el matrimonio, en cuyo seno nacerían ocho hijos –Magdalena fue la sexta–, de los cuales perecieron cinco. Buscando el bienestar para su familia participó como voluntario en la guerra de la independencia y siete años más tarde falleció a causa de una pulmonía. La situación en la que quedaron su esposa e hijos era lamentable. Y más cuando murió la primogénita. Magdalena tenía 8 años. Conmovida por el pesar de su madre, se ofreció a ayudarla y abandonó su educación escolar. Reemplazó a su hermana en el telar contribuyendo al sostenimiento de la familia, hasta que gracias a la generosidad de un primo de su madre que les pasó una asignación pudo regresar al colegio.
Después de recibir la primera comunión comenzó a dar signos de una peculiar cualidad para la docencia. Lo advirtió su profesora Rosa Girola, que fomentaba su responsabilidad en el aula. Barajada la opción de ser profesora, antes de cumplir los 15 años le llegó su oportunidad en la escuela de Buttigliera impulsada por el párroco. Superó los exámenes y se integró en la plantilla laboral. Continuó preparándose y escalando nuevos peldaños. A los 19 años se trasladó a Montaldo Turinés para hacerse cargo del centro escolar. Su vida docente estuvo marcada por el reconocimiento que suscitaba su acertado enfoque pedagógico. Era significativa la gran empatía que supo crear entre alumnos y familiares. Pero alguna vez experimentó el desarraigo y crítica de las gentes, como le sucedió inicialmente en Montaldo. Empleaba siempre una táctica que no le falló: su desinteresada entrega a los niños; así se los ganaba a todos. Íntimamente estaba dando gigantescos pasos cotidianos en su unión con Cristo. Ya estaba larvada en ella la convicción que expresaría años más tarde: «Ante el tribunal de Dios se rendirá cuenta del bien que, pudiéndolo, no hayamos hecho».
Su director espiritual, el párroco de la localidad, podía constatar su generosidad así como el desvelo con el que atendía a la parroquia. Comprometida con diversas asociaciones, solía ayudar económicamente a los menos pudientes. Siempre tuvo tiempo para visitar a los enfermos. La recepción de la Eucaristía iba transformándola. La proximidad evangélica de la caridad tuvo una de sus expresiones cabales en ella cuando se volcó en proporcionar a su madre la casa que jamás pudo soñar. Una vez ejercido ese acto filial, lleno de ternura, que tanta satisfacción debió producirle, se encaminó a la vida religiosa. Había rebasado la edad para ingresar en el noviciado, hecho que tuvieron en cuenta tanto las Hijas de la Caridad como las dominicas, y ambas la rechazaron. Hallándose en Turín se entrevistó con Don Bosco, que vio en su presencia un signo del cielo que le enviaba directamente una nueva vocación. Costó mucho a los ciudadanos de Montaldo separarse de su querida maestra con la que se habían encariñado a lo largo de doce años. Pero ella partía como salesiana a Mornés felicísima de centrarse en el seguimiento de Cristo de forma exclusiva. Sus emociones irían quedando plasmadas en entrañables y enriquecedoras notas: «No busques la paz verdadera en la tierra, sino en el cielo, no en las criaturas, sino solo en Dios». «Todo pasa. Nos espera el paraíso». «¿Te molesta ir a aquel trabajo, aquella obediencia, aquella deferencia? Piensa quién es el que te manda, piensa en quién te espera».
A los 31 años, edad que tenía en ese momento, se hallaba en el ecuador de su vida; aún daría muchos frutos. Una de las sorpresas que recibió en Mornés fue constatar que, sin saberlo, llevaba dieciséis años compartiendo con Don Bosco el mismo sistema educativo dirigido a los jóvenes. No abandonó el aula. Como salesiana impartió clases en Nizza. Y pocos años después de haber profesado, en 1881 fue enviada a Trecastagni, Sicilia, para iniciar una fundación que fue fecundísima. Acogieron a niñas huérfanas y pobres. Pero luego su labor educativa se extendió a las que eran pudientes contando con alumnas internas y externas. Realizaron una labor catequética que reportó numerosas bendiciones. Internado, escuelas, colegios, oratorios... Las religiosas siempre secundaron la acción edificante de Magdalena que se ocupó de todo: estuvo al frente de los centros como directora y profesora. Fue catequista, maestra de novicias, portera, lavandera, trabajó en la cocina, etc. Nada se le resistió. En la comunidad que presidía se vivía el fraternal espíritu evangélico de servicio y asistencia mutua. Supo ser servidora antes que nada. Tuvo presentes las palabras de la madre Mazzarello: «Amémosle a Jesús! Trabajemos solo por Él, sin miramiento alguno para con nosotras mismas. Tengamos ánimo: ¡Aquí lloramos, en el paraíso reiremos!». Después de dejar una nutrida comunidad de jóvenes vocaciones, partió a Turín con la alta responsabilidad de dirigir la casa. No duró mucho allí porque la sobrecarga de otras hermanas que físicamente estaban mermadas requerían su presencia de nuevo en Sicilia. Permaneció al frente de las fundaciones de la isla dieciocho años, multiplicándolas. Enfermó a finales de 1900. Un destructivo cáncer de intestino le provocaba tales dolores que los médicos pensaban que debería haber enloquecido. Pero ella hacía gala de una delicadeza ejemplar rubricada en una serena sonrisa, aunque el mal iba mordiendo su vida, arrebatándosela con grandes dentelladas. «Jesús sufrió más que yo», decía. Y el 26 de marzo de 1908, en medio de terribles sufrimientos y casi sin calmantes –apenas podían hallarse en la época–, murió en Catania diciendo: «¡Jesús, no me abandones! ¡Todo como lo quieras tú!». Juan Pablo II la beatificó el 5 de noviembre de 1994.
(26 de marzo de 2013) © Innovative Media Inc.
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martes, 26 de marzo de 2013
lunes, 25 de marzo de 2013
25 de marzo: Santa Lucía Filippini, impulsora de las Maestras Pías
Madrid, 25 de marzo de 2013 (Zenit.org) Nació en Corneto, Tarquinia, Italia, el 13 de enero de 1672. Fue la última de cinco hijos que nacieron en el seno de una acomodada familia compuesta por Felipe y Magdalena Picchi-Falzacappa, ambos emparentados con los obispos de Montefiascone y Corneto, y el cardenal Falzacappa, respectivamente. Pero Lucía apenas pudo disfrutar de sus padres. En los primeros años de vida perdió a los dos. Y las benedictinas de santa Lucía de Corneto se ocuparon de ella por expreso deseo de su familia materna a cuyo cuidado había quedado. Esta etapa de formación discurrió sin contratiempos. Su conducta era apreciada por las religiosas que constataban su inteligencia y virtud, todo lo cual hizo que en su entorno depositaran en ella grandes esperanzas. Era muy joven cuando se percataron de las cualidades que poseía para dedicarse a la docencia. Además, los niños acogían sus enseñanzas catequéticas con verdadero entusiasmo. Fue de gran ayuda para el vicario parroquial.
A los 16 años tuvo un encuentro providencial con el cardenal Marcantonio Barbarigo que pasó por Tarquinia. Seguramente conversó también con el sacerdote que la conocía bien. Y entre la buena impresión que le causaría ver los dones con los que había sido agraciada la joven y el juicio del párroco, no dudó en proponerle el ingreso con las clarisas de Montefiascone quienes iban a completar su formación. En la mente del cardenal bullían interesantes proyectos que estaban ya en marcha y en los que pensaba implicarla. A su debido tiempo le hizo partícipe de sus sueños que consistían en su vinculación con un entramado académico orientado a proporcionar educación católica a niñas pobres en diversos puntos de Italia. La fascinante noticia –envuelta como todo ideal en grandes sueños que se forjan sin pensar inicialmente en las dificultades porque surgen con el espíritu de su factibilidad, y más cuando los guía un afán apostólico que descansa en la confianza en Dios– impresionó a Lucía. Porque es verdad que ella tenía muy buenos contactos entre las personas relevantes de su ciudad natal y de otras circundantes, simplemente por razones de cuna, y podía utilizar su influencia para promover el proyecto. Pero se le hacía un mundo acoger una labor que creía excedía a sus fuerzas. Sin embargo, el cardenal no se dejó convencer. Persistió en su empeño y ella le secundó generosamente, ya que, encontrándose perfectamente incardinada en la comunidad religiosa de clarisas en la que había ingresado en 1668, se ofreció a abandonarla dispuesta a emprender el camino de incertidumbre que Mons. Barbarigo le proponía.
Además, se daba la circunstancia de que en Montefiascone se encontró con Rosa Venerini. Y como ésta era adalid del cardenal, que la tenía en alta estima, Lucía no se sintió sola. Por indicación de Barbarigo, Rosa ya trabajaba en la fundación de la red educativa gratuita dirigida a niñas y conformada por profesoras laicas. Las muchachas que no tenían medios económicos, o adolecían de una familia que pudiera hacerse cargo de ellas, encontraron en las escuelas todo lo que precisaban para su desarrollo integral. Ya preparadas serían puntales para la familia y su acción repercutiría en la sociedad. Esas escuelas fueron un referente importante en las zonas rurales. Precisamente en ese momento en el que Rosa y Lucía se conocieron, aquélla estaba promoviendo los centros por distintos lugares y formando a las maestras que debían hacerse cargo de la labor. En 1694 Rosa partió a Viterbo. Y Lucía quedó al frente de la fundación de Montefiascone. Tras la muerte del cardenal en 1706, ésta siguió extendiendo la obra por otras diócesis. Contaba con el apoyo de los Píos Operarios, que cumplían la voluntad de Barbarigo quien les rogó que le prestaran ayuda. En 1707, por indicación de Clemente XI, Lucía fundó en Roma y se ocupó de dirigir el orfanato femenino.
Pero la situación se fue tornando cada vez más difícil para ella que se vio obligada a afrontar muchos contratiempos. La influencia de los Píos Operarios interviniendo en las líneas iniciales trazadas por Rosa Venerini, y a las que dieron una orientación diametralmente opuesta, suscitaron grandes recelos y salpicaron a Lucía. Las prácticas de los Píos Operarios se hallaban bajo sospecha de cierto quietismo. Y la santa, a su pesar, se vio enredada en una maraña en la que no tuvo ni arte ni parte, pero que culminó con la dolorosa separación de Rosa ese año de 1707. Ésta la reemplazó en la dirección de los centros de Roma, de los que Lucía fue apartada, y regresó a Montefiascone. Sin embargo, las divergencias persistieron tanto en el fondo como en la forma de aplicar la pedagogía en estas escuelas. Además, ya estaba en marcha la congregación de Maestras Pías Filippini a las que dio definitivo espaldarazo el cardenal Barbarigo. Ello le había permitido a Lucía gestionar los centros de Roma. Y es que tal como se habían planteado las cosas, de otro modo no hubiera podido actuar libremente fuera de Montefiascone porque el cardenal no quería que saliesen de la diócesis de Viterbo. Es decir, que al final era como si hubiese dos fundaciones, al frente de las cuales se hallaban cada una de ellas. Y si bien compartían similares objetivos desde su inicio, dependían de los ordinarios de cada lugar. Con lo cual, en medio de tanto embrollo, Lucía acudió al pontífice para que mediase y cesasen los problemas surgidos. Quería sacar adelante la obra que había impulsado con tanto esfuerzo, y lo consiguió. Cuatro décadas estuvo al frente de la misma, junto a las Maestras Pías que llevaban su nombre, dejando 28 escuelas fundadas que después de morir ella siguieron multiplicándose. Sufrió mucho en el alma y en el cuerpo. Falleció por causa de un cáncer a los 60 años el 25 de marzo de 1732. Pío XI la canonizó el 22 de junio de 1930. Sus restos se veneran en la catedral de Montefiascone. Rosa había muerto el 7 de mayo de 1728, y fue canonizada el 15 de octubre de 2006 por Juan Pablo II.
(25 de marzo de 2013) © Innovative Media Inc.
A los 16 años tuvo un encuentro providencial con el cardenal Marcantonio Barbarigo que pasó por Tarquinia. Seguramente conversó también con el sacerdote que la conocía bien. Y entre la buena impresión que le causaría ver los dones con los que había sido agraciada la joven y el juicio del párroco, no dudó en proponerle el ingreso con las clarisas de Montefiascone quienes iban a completar su formación. En la mente del cardenal bullían interesantes proyectos que estaban ya en marcha y en los que pensaba implicarla. A su debido tiempo le hizo partícipe de sus sueños que consistían en su vinculación con un entramado académico orientado a proporcionar educación católica a niñas pobres en diversos puntos de Italia. La fascinante noticia –envuelta como todo ideal en grandes sueños que se forjan sin pensar inicialmente en las dificultades porque surgen con el espíritu de su factibilidad, y más cuando los guía un afán apostólico que descansa en la confianza en Dios– impresionó a Lucía. Porque es verdad que ella tenía muy buenos contactos entre las personas relevantes de su ciudad natal y de otras circundantes, simplemente por razones de cuna, y podía utilizar su influencia para promover el proyecto. Pero se le hacía un mundo acoger una labor que creía excedía a sus fuerzas. Sin embargo, el cardenal no se dejó convencer. Persistió en su empeño y ella le secundó generosamente, ya que, encontrándose perfectamente incardinada en la comunidad religiosa de clarisas en la que había ingresado en 1668, se ofreció a abandonarla dispuesta a emprender el camino de incertidumbre que Mons. Barbarigo le proponía.
Además, se daba la circunstancia de que en Montefiascone se encontró con Rosa Venerini. Y como ésta era adalid del cardenal, que la tenía en alta estima, Lucía no se sintió sola. Por indicación de Barbarigo, Rosa ya trabajaba en la fundación de la red educativa gratuita dirigida a niñas y conformada por profesoras laicas. Las muchachas que no tenían medios económicos, o adolecían de una familia que pudiera hacerse cargo de ellas, encontraron en las escuelas todo lo que precisaban para su desarrollo integral. Ya preparadas serían puntales para la familia y su acción repercutiría en la sociedad. Esas escuelas fueron un referente importante en las zonas rurales. Precisamente en ese momento en el que Rosa y Lucía se conocieron, aquélla estaba promoviendo los centros por distintos lugares y formando a las maestras que debían hacerse cargo de la labor. En 1694 Rosa partió a Viterbo. Y Lucía quedó al frente de la fundación de Montefiascone. Tras la muerte del cardenal en 1706, ésta siguió extendiendo la obra por otras diócesis. Contaba con el apoyo de los Píos Operarios, que cumplían la voluntad de Barbarigo quien les rogó que le prestaran ayuda. En 1707, por indicación de Clemente XI, Lucía fundó en Roma y se ocupó de dirigir el orfanato femenino.
Pero la situación se fue tornando cada vez más difícil para ella que se vio obligada a afrontar muchos contratiempos. La influencia de los Píos Operarios interviniendo en las líneas iniciales trazadas por Rosa Venerini, y a las que dieron una orientación diametralmente opuesta, suscitaron grandes recelos y salpicaron a Lucía. Las prácticas de los Píos Operarios se hallaban bajo sospecha de cierto quietismo. Y la santa, a su pesar, se vio enredada en una maraña en la que no tuvo ni arte ni parte, pero que culminó con la dolorosa separación de Rosa ese año de 1707. Ésta la reemplazó en la dirección de los centros de Roma, de los que Lucía fue apartada, y regresó a Montefiascone. Sin embargo, las divergencias persistieron tanto en el fondo como en la forma de aplicar la pedagogía en estas escuelas. Además, ya estaba en marcha la congregación de Maestras Pías Filippini a las que dio definitivo espaldarazo el cardenal Barbarigo. Ello le había permitido a Lucía gestionar los centros de Roma. Y es que tal como se habían planteado las cosas, de otro modo no hubiera podido actuar libremente fuera de Montefiascone porque el cardenal no quería que saliesen de la diócesis de Viterbo. Es decir, que al final era como si hubiese dos fundaciones, al frente de las cuales se hallaban cada una de ellas. Y si bien compartían similares objetivos desde su inicio, dependían de los ordinarios de cada lugar. Con lo cual, en medio de tanto embrollo, Lucía acudió al pontífice para que mediase y cesasen los problemas surgidos. Quería sacar adelante la obra que había impulsado con tanto esfuerzo, y lo consiguió. Cuatro décadas estuvo al frente de la misma, junto a las Maestras Pías que llevaban su nombre, dejando 28 escuelas fundadas que después de morir ella siguieron multiplicándose. Sufrió mucho en el alma y en el cuerpo. Falleció por causa de un cáncer a los 60 años el 25 de marzo de 1732. Pío XI la canonizó el 22 de junio de 1930. Sus restos se veneran en la catedral de Montefiascone. Rosa había muerto el 7 de mayo de 1728, y fue canonizada el 15 de octubre de 2006 por Juan Pablo II.
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domingo, 24 de marzo de 2013
24 de marzo: Beato Diego José de Cádiz, apóstol de la Misericordia
José Francisco López-Caamaño y García Pérez nació en Cádiz el 30 de marzo de 1743. Pertenecía a una ilustre familia. Su madre murió cuando él tenía 9 años y se estableció en la localidad gaditana de Grazalema con su padre. Cursó estudios con los dominicos de Ronda, Málaga. Pero a los 15 años eligió a los capuchinos de Sevilla, venciendo su rechazo a la vida religiosa, y a esta Orden en particular, para tomar el hábito y nombre con el que iba a ser encumbrado a los altares. Dejando atrás la cierta aversión inicial al compromiso que estableció, años más tarde, al referirse retrospectivamente a su vocación se aprecia cuánto había cambiado. Puede que ni recordase el peso de sus emociones de adolescente cuando escribió: «Todo mi afán era ser capuchino, para ser misionero y santo».
En 1766 fue ordenado sacerdote. Le acompañaba único anhelo: alcanzar la santidad. Quería ser un gran apóstol sin excluir el martirio. Y dejó constancia de ello: «¡Qué ansias de ser santo, para con la oración aplacar a Dios y sostener a la Iglesia santa! ¡Qué deseo de salir al público, para, a cara descubierta, hacer frente a los libertinos!... ¡Qué ardor para derramar mi sangre en defensa de lo que hasta ahora hemos creído!». Pero el camino de la santidad generalmente Dios no se lo pone fácil a sus hijos. Durante unos años las oscilaciones en su vida espiritual fueron habituales, hasta que sufrió una radical transformación con la gracia de Cristo. Ello no le libró de experiencias que suelen presentarse en el itinerario que conduce a la unión con la Santísima Trinidad. Pasó por contradicciones y oscuridades. Fueron frecuentes sus luchas contra las tentaciones de la carne y tuvo que combatir brotes de apatía en el cumplimiento de su misión, entre otras muchas debilidades que afrontó y superó. Nadie, solo Dios, sabía de las pugnas interiores de este gran apóstol, cuya entrañabilidad y peculiar sentido del humor era especialmente apreciado en las distancias cortas.
Desde 1771 y durante treínta años su actividad en misiones populares se extendió por casi toda la geografía española. Sus grandes dotes de oratoria y elocuencia pasadas por la oración obraban prodigios en las gentes a través una predicación de la que se ha subrayado, además de su rigor, la sencillez y dignidad. Su contribución fue inestimable en un período marcado por el regalismo y el jansenismo que estaban en su apogeo. Como tantas veces sucede al juzgar a mentes preclaras, y más con la hondura de vida del beato, las valoraciones no son siempre benevolentes. Cuando únicamente se examinan sus pasos desde un punto de vista racional, apelando a un análisis histórico frecuentemente cargado de prejuicios, como algunos críticos han hecho, queda en la penumbra lo esencial: su grandeza espiritual y excepcionales cualidades puestas al servicio de la fe y de la Iglesia en momentos de indudable dificultad. Tratando de la oratoria religiosa, el gran Menéndez y Pelayo lo situó detrás de san Vicente Ferrer y de san Juan de Ávila. Y es que Diego José promovía una profunda renovación espiritual en su auditorio. Llegó a predicar en la corte. Sus palabras tuvieron gran influjo en la vida pública y también en la religiosa. Junto con la instrucción doctrinal que proporcionaba, impartía conferencias a hombres, mujeres y niños de toda condición social. Les alentaba con la celebración de la penitencia y el rezo público del Santo Rosario. Suscitaba emociones por igual en plebeyos, clérigos e intelectuales. Su fama le precedía y la muchedumbre que se citaba para oírle no cabía en las grandes catedrales. Tenía que hablar al aire libre durante varias horas, a veces, a cuarenta y hasta a sesenta mil personas, que le consideraban un «enviado de Dios».
Ese imponente despliegue de multitudes que acudían a él enfervorecidas pone de manifiesto que los integrantes de la vida santa han sido los verdaderos artífices de las redes sociales. Un entramado de seguidores con alta sensibilidad –que muchos hoy día querrían para sí–, supieron identificar la grandeza de Dios que rezuma una belleza inigualable en las palabras de este insigne apóstol. Fueron tres décadas de intensa dedicación llevando con singular celo la fe más allá de los confines de Andalucía en los que era bien conocido. Aranjuez, Madrid, poblaciones de Toledo y de Ciudad Real, Aragón, Levante, Extremadura, Galicia, Asturias, León, Salamanca, incluso Portugal y otras, fueron recorridas a pie por este incansable peregrino que impregnó con la fuerza de su voz, avalada por una virtuosísima vida, el corazón de las gentes. Una gran mayoría en su época lo consideró un «nuevo san Pablo». Penitencia y oración continua fueron sus armas apostólicas, mientras su cuerpo se estremecía bajo un rústico cilicio. Si hubiera contado con los medios y técnicas que existen en la actualidad sus conquistas para Cristo superarían lo imaginable.
Era un gran devoto de María bajo la advocación de la Divina Aurora, de la que fue encendido defensor. Fue agraciado con carismas extraordinarios como el don de profecía y numerosos milagros que efectuaba con su proverbial sentido del humor y el gracejo andaluz que poseía. Su correspondencia epistolar, sermones, obras ascéticas y devocionales son incontables. Se le ha conocido como el «apóstol de la misericordia». Murió en Ronda el 24 de marzo de 1801 cuando se hallaba en un proceso ante la Inquisición donde fue llevado por quienes no supieron identificar en él al santo que fue. Le cubrieron con penosos signos de ingratitud que desembocaron en una injusta y humillante persecución. Por encima de los ciegos juicios humanos Dios ya le había reservado la gloria eterna. Fue beatificado por León XIII el 22 de abril de 1894.
(24 de marzo de 2013) © Innovative Media Inc.
En 1766 fue ordenado sacerdote. Le acompañaba único anhelo: alcanzar la santidad. Quería ser un gran apóstol sin excluir el martirio. Y dejó constancia de ello: «¡Qué ansias de ser santo, para con la oración aplacar a Dios y sostener a la Iglesia santa! ¡Qué deseo de salir al público, para, a cara descubierta, hacer frente a los libertinos!... ¡Qué ardor para derramar mi sangre en defensa de lo que hasta ahora hemos creído!». Pero el camino de la santidad generalmente Dios no se lo pone fácil a sus hijos. Durante unos años las oscilaciones en su vida espiritual fueron habituales, hasta que sufrió una radical transformación con la gracia de Cristo. Ello no le libró de experiencias que suelen presentarse en el itinerario que conduce a la unión con la Santísima Trinidad. Pasó por contradicciones y oscuridades. Fueron frecuentes sus luchas contra las tentaciones de la carne y tuvo que combatir brotes de apatía en el cumplimiento de su misión, entre otras muchas debilidades que afrontó y superó. Nadie, solo Dios, sabía de las pugnas interiores de este gran apóstol, cuya entrañabilidad y peculiar sentido del humor era especialmente apreciado en las distancias cortas.
Desde 1771 y durante treínta años su actividad en misiones populares se extendió por casi toda la geografía española. Sus grandes dotes de oratoria y elocuencia pasadas por la oración obraban prodigios en las gentes a través una predicación de la que se ha subrayado, además de su rigor, la sencillez y dignidad. Su contribución fue inestimable en un período marcado por el regalismo y el jansenismo que estaban en su apogeo. Como tantas veces sucede al juzgar a mentes preclaras, y más con la hondura de vida del beato, las valoraciones no son siempre benevolentes. Cuando únicamente se examinan sus pasos desde un punto de vista racional, apelando a un análisis histórico frecuentemente cargado de prejuicios, como algunos críticos han hecho, queda en la penumbra lo esencial: su grandeza espiritual y excepcionales cualidades puestas al servicio de la fe y de la Iglesia en momentos de indudable dificultad. Tratando de la oratoria religiosa, el gran Menéndez y Pelayo lo situó detrás de san Vicente Ferrer y de san Juan de Ávila. Y es que Diego José promovía una profunda renovación espiritual en su auditorio. Llegó a predicar en la corte. Sus palabras tuvieron gran influjo en la vida pública y también en la religiosa. Junto con la instrucción doctrinal que proporcionaba, impartía conferencias a hombres, mujeres y niños de toda condición social. Les alentaba con la celebración de la penitencia y el rezo público del Santo Rosario. Suscitaba emociones por igual en plebeyos, clérigos e intelectuales. Su fama le precedía y la muchedumbre que se citaba para oírle no cabía en las grandes catedrales. Tenía que hablar al aire libre durante varias horas, a veces, a cuarenta y hasta a sesenta mil personas, que le consideraban un «enviado de Dios».
Ese imponente despliegue de multitudes que acudían a él enfervorecidas pone de manifiesto que los integrantes de la vida santa han sido los verdaderos artífices de las redes sociales. Un entramado de seguidores con alta sensibilidad –que muchos hoy día querrían para sí–, supieron identificar la grandeza de Dios que rezuma una belleza inigualable en las palabras de este insigne apóstol. Fueron tres décadas de intensa dedicación llevando con singular celo la fe más allá de los confines de Andalucía en los que era bien conocido. Aranjuez, Madrid, poblaciones de Toledo y de Ciudad Real, Aragón, Levante, Extremadura, Galicia, Asturias, León, Salamanca, incluso Portugal y otras, fueron recorridas a pie por este incansable peregrino que impregnó con la fuerza de su voz, avalada por una virtuosísima vida, el corazón de las gentes. Una gran mayoría en su época lo consideró un «nuevo san Pablo». Penitencia y oración continua fueron sus armas apostólicas, mientras su cuerpo se estremecía bajo un rústico cilicio. Si hubiera contado con los medios y técnicas que existen en la actualidad sus conquistas para Cristo superarían lo imaginable.
Era un gran devoto de María bajo la advocación de la Divina Aurora, de la que fue encendido defensor. Fue agraciado con carismas extraordinarios como el don de profecía y numerosos milagros que efectuaba con su proverbial sentido del humor y el gracejo andaluz que poseía. Su correspondencia epistolar, sermones, obras ascéticas y devocionales son incontables. Se le ha conocido como el «apóstol de la misericordia». Murió en Ronda el 24 de marzo de 1801 cuando se hallaba en un proceso ante la Inquisición donde fue llevado por quienes no supieron identificar en él al santo que fue. Le cubrieron con penosos signos de ingratitud que desembocaron en una injusta y humillante persecución. Por encima de los ciegos juicios humanos Dios ya le había reservado la gloria eterna. Fue beatificado por León XIII el 22 de abril de 1894.
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sábado, 23 de marzo de 2013
23 de marzo: San Toribio de Mogrovejo
Etimológicamente significa “ tumultuoso”. Viene de la lengua griega.
Vino al mundo en la bella ciudad de Astorga en el año 1538. Al terminar sus estudios secundarios, marchó a la universidad de Salamanca para emprender su carrera de Derecho canónico.
Tras cumplir fielmente con su deber de estudiante, le quedaba aún tiempo para entregarse en llevar una vida de cristiano acorde con su fe.
Se cuenta en su biografía que una prostituta entró en su habitación para ponerlo a prueba. El, en lugar de enfadarse y armar la bronca, le habló con cortesía y buenas formas.
Pero ella seguía empecinada en conseguir su objetivo. El joven, cansado y malhumorado, cogió un tizón encendido y la puso de pies en la calle.
Cuando terminó su carrera universitaria, hizo un viaje como peregrino a Santiago de Compostela. Llevaba ya en su mente y corazón la idea de hacerse sacerdote.
Y una vez ordenado, su espíritu de altos vuelos lo encaminó a Lima como misionero. Todo el torrente tumultuoso que albergaba en su interior, fue encontrando salida sana mediante la entrega a la predicación de la Palabra de Dios. En 1581, fue nombrado obispo de la sede de la capital del Perú tras la muerte de su arzobispo. Tal era su celo pastoral que convocó un concilio diocesano y otros sínodos siguiendo las directrices que había marcado el Concilio de Trento. Sus decretos fueron tan aleccionadores y tan adelantados de cara al futuro, que todavía hoy rigen a las Iglesias latinoamericanas. Analizando su trabajo, aparecen notas pastorales sumamente claras: el anhelo de reformar las costumbres, la construcción de colegios y el mantenimiento de los monasterios, lugares de paz y oración Simultaneaba su servicio a la diócesis desde el despacho y haciendo frecuentes visitas a cada parroquia. Hay algo muy interesante: introdujo la imprenta en Perú con fines educativos, culturales y pastorales. El primer libro que imprimió- como le ocurriera a su inventor Guttenberg -, fue la Doctrina Católica, que fue el primer libro en América Latina.
El Papa Bonifacio XIII lo declaró santo. Murió en 1606.
Vino al mundo en la bella ciudad de Astorga en el año 1538. Al terminar sus estudios secundarios, marchó a la universidad de Salamanca para emprender su carrera de Derecho canónico.
Tras cumplir fielmente con su deber de estudiante, le quedaba aún tiempo para entregarse en llevar una vida de cristiano acorde con su fe.
Se cuenta en su biografía que una prostituta entró en su habitación para ponerlo a prueba. El, en lugar de enfadarse y armar la bronca, le habló con cortesía y buenas formas.
Pero ella seguía empecinada en conseguir su objetivo. El joven, cansado y malhumorado, cogió un tizón encendido y la puso de pies en la calle.
Cuando terminó su carrera universitaria, hizo un viaje como peregrino a Santiago de Compostela. Llevaba ya en su mente y corazón la idea de hacerse sacerdote.
Y una vez ordenado, su espíritu de altos vuelos lo encaminó a Lima como misionero. Todo el torrente tumultuoso que albergaba en su interior, fue encontrando salida sana mediante la entrega a la predicación de la Palabra de Dios. En 1581, fue nombrado obispo de la sede de la capital del Perú tras la muerte de su arzobispo. Tal era su celo pastoral que convocó un concilio diocesano y otros sínodos siguiendo las directrices que había marcado el Concilio de Trento. Sus decretos fueron tan aleccionadores y tan adelantados de cara al futuro, que todavía hoy rigen a las Iglesias latinoamericanas. Analizando su trabajo, aparecen notas pastorales sumamente claras: el anhelo de reformar las costumbres, la construcción de colegios y el mantenimiento de los monasterios, lugares de paz y oración Simultaneaba su servicio a la diócesis desde el despacho y haciendo frecuentes visitas a cada parroquia. Hay algo muy interesante: introdujo la imprenta en Perú con fines educativos, culturales y pastorales. El primer libro que imprimió- como le ocurriera a su inventor Guttenberg -, fue la Doctrina Católica, que fue el primer libro en América Latina.
El Papa Bonifacio XIII lo declaró santo. Murió en 1606.
viernes, 22 de marzo de 2013
22 de marzo: Santa Catalina de Suecia
Etimológicamente significa “pura, casta”. Viene de la lengua griega.
Nació en 1338 y murió en 1381. Cuando en casa hay una buena familia, se le da una educación excelente a sus hijos. Santa Brígida, su madre, tenía las ideas muy claras acerca de la educación de su hija en la virtud cristiana. Y su padre, el príncipe Ufón, no solamente no se opuso a lo que hacía su mujer, sino que él mismo participaba activamente en esta educación en valores.
Cuando ya fue mayorcita, la llevaron a la abadesa del monasterio para que completara su educación humana, cultural y religiosa. Todo el mundo admiraba su extraordinaria belleza física.
El padre le insinuó con todo respeto que contrajera matrimonio con un joven de la alta alcurnia. Ella, sin embargo, en contra de la corriente normal que el mundo le ofrecía, decidió vivir en perpetua virginidad.
Pero tantas fueron las insistencias del padre que, al final, accedió a contraer matrimonio con el caballero Etghardo. Este, conociéndola bien, le permitió vivir su castidad. Los santos son así.
En una ocasión, fueron como peregrinos a Asís. Los días y los caminos, en aquel tiempo, eran difíciles y muy largos. Era una noche oscura. Tuvieron que cobijarse en una casita de la mala muerte. Y, estando en ella, fueron asaltados pro unos maleantes.
En medio de la oscuridad anhelaban ver sus rostros. Al no lograrlo, comenzaron a insultarles. Entonces, en lugar de volver insulto por insulto, se pusieron a rezar. Y he aquí que, de pronto, avanzan unos soldados desconocidos y los libran de los peligros.
Tanto en casa como en los viajes, Brígida acompañó a su hija.
¿Qué hacían de especial y llamativo para la gente? Algo que caracteriza a los santos y a las personas de buena voluntad. Visitaban a menudo los hospitales, hacían obras de caridad y curaban enfermos sin la menor repugnancia. Un hecho particular. En una visita a Roma las aguas del río Tíber se desbordaron estrepitosamente. Era una inundación que entrañaba mucho peligro. Catalina entró en oración, y al poco tiempo bajaron las aguas de su alto cauce.
La muerte de su madre le afectó mucho. A su vuelta a Suecia, buscó un lugar de paz en el monasterio de Wadstein, en el que llegó a ser abadesa. A su muerte fueron obispos, abadesas y personalidades de Suecia, Noruega y Dinamarca.
(fuente: www.donbosco.es)
Nació en 1338 y murió en 1381. Cuando en casa hay una buena familia, se le da una educación excelente a sus hijos. Santa Brígida, su madre, tenía las ideas muy claras acerca de la educación de su hija en la virtud cristiana. Y su padre, el príncipe Ufón, no solamente no se opuso a lo que hacía su mujer, sino que él mismo participaba activamente en esta educación en valores.
Cuando ya fue mayorcita, la llevaron a la abadesa del monasterio para que completara su educación humana, cultural y religiosa. Todo el mundo admiraba su extraordinaria belleza física.
El padre le insinuó con todo respeto que contrajera matrimonio con un joven de la alta alcurnia. Ella, sin embargo, en contra de la corriente normal que el mundo le ofrecía, decidió vivir en perpetua virginidad.
Pero tantas fueron las insistencias del padre que, al final, accedió a contraer matrimonio con el caballero Etghardo. Este, conociéndola bien, le permitió vivir su castidad. Los santos son así.
En una ocasión, fueron como peregrinos a Asís. Los días y los caminos, en aquel tiempo, eran difíciles y muy largos. Era una noche oscura. Tuvieron que cobijarse en una casita de la mala muerte. Y, estando en ella, fueron asaltados pro unos maleantes.
En medio de la oscuridad anhelaban ver sus rostros. Al no lograrlo, comenzaron a insultarles. Entonces, en lugar de volver insulto por insulto, se pusieron a rezar. Y he aquí que, de pronto, avanzan unos soldados desconocidos y los libran de los peligros.
Tanto en casa como en los viajes, Brígida acompañó a su hija.
¿Qué hacían de especial y llamativo para la gente? Algo que caracteriza a los santos y a las personas de buena voluntad. Visitaban a menudo los hospitales, hacían obras de caridad y curaban enfermos sin la menor repugnancia. Un hecho particular. En una visita a Roma las aguas del río Tíber se desbordaron estrepitosamente. Era una inundación que entrañaba mucho peligro. Catalina entró en oración, y al poco tiempo bajaron las aguas de su alto cauce.
La muerte de su madre le afectó mucho. A su vuelta a Suecia, buscó un lugar de paz en el monasterio de Wadstein, en el que llegó a ser abadesa. A su muerte fueron obispos, abadesas y personalidades de Suecia, Noruega y Dinamarca.
(fuente: www.donbosco.es)
jueves, 21 de marzo de 2013
21 de marzo: Santa María Francisca de las Llagas
En Nápoles, de la Campania, santa María Francisca de las Llagas de Nuestro Señor Jesucristo (Ana María) Gallo, virgen de la Tercera Orden Regular de San Francisco, que soportó muchas y continuas pruebas, mostrando gran paciencia, penitencia y amor a Dios y a las almas.
Bárbara Basinsin, la madre de nuestra santa, sufrió mucho antes de darla a luz, debido a los malos tratos de su iracundo marido y a una serie de sueños espantosos que tuvo. Para consolarse, abrió su corazón al franciscano san Juan José de la Cruz y al jesuita Francisco de Jerónimo. Ambos santos la reconfortaron y profetizaron la santidad de la niña que estaba por nacer. Vio ésta la luz en Nápoles, en 1715 y fue bautizada con los nombres de Ana María Rosa Nicolasa. Cuando Ana tenía dieciséis años, su padre, Francisco Gallo, intentó casarla con un pretendiente de buena familia que estaba enamorado de la belleza y virtud de la joven. Pero Ana, que había determinado ya consagrarse a Cristo, desafió la cólera de su padre y se negó a contraer matrimonio. Dejándose llevar de su carácter brutal, Francisco Gallo golpeó a su hija y la encerró en su habitación a pan y agua. La joven aprovechó con gran gozo esa ocasión de sufrir por Dios. Entre tanto, su madre hacía cuanto podía por persuadir a su marido a que permitiese a la joven seguir su vocación e ingresar en la tercera orden de San Francisco. Para ello mandó llamar a un fraile de la observancia, llamado Teófilo, quien logró hacer ver a Francisco que su conducta era injusta y poco razonable, de suerte que éste desistió de obligar a su hija a contraer matrimonio.
El 8 de septiembre de 1731, Ana tomó el hábito de la tercera orden en la iglesia de los franciscanos de la reforma alcantarina, en Nápoles. En prueba de su devoción a la Pasión de Cristo, tomó el nombre de María Francisca de las Cinco Llagas. Según se acostumbraba entonces, la joven vivió en su casa, entregada a la piedad y el trabajo. Durante los últimos treinta y ocho años de su existencia, fue ama de casa de un sacerdote secular llamado Juan Pessiri. La hermana Francisca María se vio sujeta a una serie de fenómenos místicos extraordinarios.
Cuando rezaba el Viacrucis, especialmente los viernes de cuaresma, sufría los diferentes dolores de la Pasión del Señor: la agonía del huerto, la flagelación, la coronación de espinas, etc. Cada semana se veía sometida a una tortura diferente, en el mismo orden en que las sufrió Cristo y, el último viernes de cuaresma, entraba en un trance semejante a la muerte. También se cuenta que tenía grabados en su carne los estigmas de la Pasión. Pero los fenómenos más extraordinarios estaban relacionados con la comunión, que recibía diariamente con permiso de su confesor. Se cuenta que en tres ocasiones la hostia voló a posarse en los labios de la santa; una vez se escapó de las manos del sacerdote en el momento en que éste recitaba el «Agnus Dei», otra vez voló desde el copón y, en la tercera ocasión, voló la partícula que el sacerdote se disponía a depositar en el cáliz durante la misa. Por otra parte, el barnabita Francisco Javier Bianchi dio testimonio de otros milagros aún más sorprendentes, relacionados con la Preciosa Sangre. En la Navidad de 1741, María Francisca llegó a las alturas del matrimonio místico. Hallábase orando ante el nacimiento y le pareció que el Niño Jesús extendía la mano y le decía: «Esta noche serás mi esposa». Tal experiencia le produjo una ceguera que duró hasta el día siguiente. Las visiones y éxtasis de la santa eran tan frecuentes que sería imposible enumerarlos.
A los sufrimientos que mencionamos arriba, se añadían la mala salud y la pena que le causaban su padre y otros miembros de su familia con su actitud agresiva. Como si ello no fuese suficiente, la hermana María Francisca se imponía severas penitencias y pedía a Dios que le permitiese compartir las penas de las almas del purgatorio (también pedía por su padre cuando murió) y las de sus vecinos enfermos. Un día, el confesor de la santa le dijo que él se preguntaba algunas veces si «había realmente almas en el purgatorio, dada la cantidad de penitencias que María Francisca hacía por ellas». Se cuenta que los muertos se aparecieron a la santa en varias ocasiones para pedirle que orase por ellos. María Francisca confesó al P. Cayetano Laviosa, provincial de los teatinos, que había sufrido en su vida cuanto podía sufrir. Los sacerdotes, los religiosos y los laicos acudían a ella en busca de ayuda y consejo. En cierta ocasión, dijo la santa a fray Pedro Bautista, franciscano de la reforma alcantarina: «Tened cuidado de no fomentar los celos entre vuestras penitentes. Nosotras, las mujeres, somos muy inclinadas a ello, como lo sé por propia experiencia. Yo me vi atacada de celos, pero doy gracias a Dios de que mi confesor se haya portado como se portó, ya que me ordenó que me confesase después de todos los otros penitentes y, cuando me acercaba yo al confesonario, me decía bruscamente: 'Id a comulgar'. Entonces el diablo me metió en la cabeza la idea de que mi confesor no me apreciaba y de que no se daba cuenta de lo que me hacían sufrir mi padre y mis hermanas cuando volvía yo a casa de la iglesia. Pero lo que más me angustiaba eran los comentarios de las vecinas, porque me confesaba yo con demasiada frecuencia. Os cuento esto para que seáis amable y bondadoso y también para que sepáis tratar con cierta severidad a quienes lo necesitan».
Santa María Francisca vivió hasta el principio de la Revolución Francesa y predijo claramente el desarrollo general de los acontecimientos. Más de una vez dijo: «Lo único que veo son desastres en el presente y desastres todavía mayores en el porvenir. Pido a Dios que no permita que yo los presencie». Dios la llamó a sí el 6 de octubre de 1791. Fue sepultada en la iglesia de Santa Lucía del Monte, en Nápoles. La santa había prometido a san Francisco Javier Bianchi que se le aparecería tres días antes de la muerte de éste y así lo hizo, el 28 de enero de 1815. Fue canonizada en 1867.
Poco después de la muerte de la santa, el P. Laviosa, que la había conocido personalmente, publicó una breve biografía que, corregida y aumentada, fue publicada de nuevo en 1866, con motivo de la canonización, que tuvo lugar al año siguiente; llevaba por título Vita di Santa Maria Francesca delle Cinque Piaghe di Gesú Cristo. L. Montella publicó otra biografía en 1866. Acerca de los fenómenos místicos, cf. H. Thurston, The Physical Phenomena of Mysticism (1952).
Bárbara Basinsin, la madre de nuestra santa, sufrió mucho antes de darla a luz, debido a los malos tratos de su iracundo marido y a una serie de sueños espantosos que tuvo. Para consolarse, abrió su corazón al franciscano san Juan José de la Cruz y al jesuita Francisco de Jerónimo. Ambos santos la reconfortaron y profetizaron la santidad de la niña que estaba por nacer. Vio ésta la luz en Nápoles, en 1715 y fue bautizada con los nombres de Ana María Rosa Nicolasa. Cuando Ana tenía dieciséis años, su padre, Francisco Gallo, intentó casarla con un pretendiente de buena familia que estaba enamorado de la belleza y virtud de la joven. Pero Ana, que había determinado ya consagrarse a Cristo, desafió la cólera de su padre y se negó a contraer matrimonio. Dejándose llevar de su carácter brutal, Francisco Gallo golpeó a su hija y la encerró en su habitación a pan y agua. La joven aprovechó con gran gozo esa ocasión de sufrir por Dios. Entre tanto, su madre hacía cuanto podía por persuadir a su marido a que permitiese a la joven seguir su vocación e ingresar en la tercera orden de San Francisco. Para ello mandó llamar a un fraile de la observancia, llamado Teófilo, quien logró hacer ver a Francisco que su conducta era injusta y poco razonable, de suerte que éste desistió de obligar a su hija a contraer matrimonio.
El 8 de septiembre de 1731, Ana tomó el hábito de la tercera orden en la iglesia de los franciscanos de la reforma alcantarina, en Nápoles. En prueba de su devoción a la Pasión de Cristo, tomó el nombre de María Francisca de las Cinco Llagas. Según se acostumbraba entonces, la joven vivió en su casa, entregada a la piedad y el trabajo. Durante los últimos treinta y ocho años de su existencia, fue ama de casa de un sacerdote secular llamado Juan Pessiri. La hermana Francisca María se vio sujeta a una serie de fenómenos místicos extraordinarios.
Cuando rezaba el Viacrucis, especialmente los viernes de cuaresma, sufría los diferentes dolores de la Pasión del Señor: la agonía del huerto, la flagelación, la coronación de espinas, etc. Cada semana se veía sometida a una tortura diferente, en el mismo orden en que las sufrió Cristo y, el último viernes de cuaresma, entraba en un trance semejante a la muerte. También se cuenta que tenía grabados en su carne los estigmas de la Pasión. Pero los fenómenos más extraordinarios estaban relacionados con la comunión, que recibía diariamente con permiso de su confesor. Se cuenta que en tres ocasiones la hostia voló a posarse en los labios de la santa; una vez se escapó de las manos del sacerdote en el momento en que éste recitaba el «Agnus Dei», otra vez voló desde el copón y, en la tercera ocasión, voló la partícula que el sacerdote se disponía a depositar en el cáliz durante la misa. Por otra parte, el barnabita Francisco Javier Bianchi dio testimonio de otros milagros aún más sorprendentes, relacionados con la Preciosa Sangre. En la Navidad de 1741, María Francisca llegó a las alturas del matrimonio místico. Hallábase orando ante el nacimiento y le pareció que el Niño Jesús extendía la mano y le decía: «Esta noche serás mi esposa». Tal experiencia le produjo una ceguera que duró hasta el día siguiente. Las visiones y éxtasis de la santa eran tan frecuentes que sería imposible enumerarlos.
A los sufrimientos que mencionamos arriba, se añadían la mala salud y la pena que le causaban su padre y otros miembros de su familia con su actitud agresiva. Como si ello no fuese suficiente, la hermana María Francisca se imponía severas penitencias y pedía a Dios que le permitiese compartir las penas de las almas del purgatorio (también pedía por su padre cuando murió) y las de sus vecinos enfermos. Un día, el confesor de la santa le dijo que él se preguntaba algunas veces si «había realmente almas en el purgatorio, dada la cantidad de penitencias que María Francisca hacía por ellas». Se cuenta que los muertos se aparecieron a la santa en varias ocasiones para pedirle que orase por ellos. María Francisca confesó al P. Cayetano Laviosa, provincial de los teatinos, que había sufrido en su vida cuanto podía sufrir. Los sacerdotes, los religiosos y los laicos acudían a ella en busca de ayuda y consejo. En cierta ocasión, dijo la santa a fray Pedro Bautista, franciscano de la reforma alcantarina: «Tened cuidado de no fomentar los celos entre vuestras penitentes. Nosotras, las mujeres, somos muy inclinadas a ello, como lo sé por propia experiencia. Yo me vi atacada de celos, pero doy gracias a Dios de que mi confesor se haya portado como se portó, ya que me ordenó que me confesase después de todos los otros penitentes y, cuando me acercaba yo al confesonario, me decía bruscamente: 'Id a comulgar'. Entonces el diablo me metió en la cabeza la idea de que mi confesor no me apreciaba y de que no se daba cuenta de lo que me hacían sufrir mi padre y mis hermanas cuando volvía yo a casa de la iglesia. Pero lo que más me angustiaba eran los comentarios de las vecinas, porque me confesaba yo con demasiada frecuencia. Os cuento esto para que seáis amable y bondadoso y también para que sepáis tratar con cierta severidad a quienes lo necesitan».
Santa María Francisca vivió hasta el principio de la Revolución Francesa y predijo claramente el desarrollo general de los acontecimientos. Más de una vez dijo: «Lo único que veo son desastres en el presente y desastres todavía mayores en el porvenir. Pido a Dios que no permita que yo los presencie». Dios la llamó a sí el 6 de octubre de 1791. Fue sepultada en la iglesia de Santa Lucía del Monte, en Nápoles. La santa había prometido a san Francisco Javier Bianchi que se le aparecería tres días antes de la muerte de éste y así lo hizo, el 28 de enero de 1815. Fue canonizada en 1867.
Poco después de la muerte de la santa, el P. Laviosa, que la había conocido personalmente, publicó una breve biografía que, corregida y aumentada, fue publicada de nuevo en 1866, con motivo de la canonización, que tuvo lugar al año siguiente; llevaba por título Vita di Santa Maria Francesca delle Cinque Piaghe di Gesú Cristo. L. Montella publicó otra biografía en 1866. Acerca de los fenómenos místicos, cf. H. Thurston, The Physical Phenomena of Mysticism (1952).
extraido de «Vidas de los santos de A. Butler», Herbert Thurston, SI
(fuente: www.eltestigofiel.org)
miércoles, 20 de marzo de 2013
20 de marzo: San Daniel, Profeta
Daniel significa: "Dios es mi juez".
Los datos acerca de este santo los sabemos por el libro de Daniel, en la S. Biblia.
Pertenecía a una familia importante de Jerusalem. Era muy inteligente y estudioso y de agradable presencia. Cuando el rey Nabucodonosor invadió a Jerusalem se lo llevó prisionero a Babilonia junto con otros jóvenes. Al darse cuenta de las cualidades de este adolescente, Nabucodonosor lo hace instruir en todas las ciencias políticas y sociales de su país.
Siendo este profeta todavía muy joven, unos jueces quisieron hacer pecar a una mujer casada y como ella no aceptó las infames pretensiones de ellos, la calumniaron inventando que la habían visto pecar con un joven. La gente creyó la calumnia y la llevaban para matarla a pedradas, cuando apareció Daniel. Llamó a los dos jueces y los interrogó uno por uno, por separado, y les preguntó: "¿Dónde estaba Susana cuando ella cometió la falta?" Uno respondió: "Debajo de una acacia". Y el otro dijo: "Debajo de una encina." Entonces Daniel les dijo: "Ustedes estaban acostumbrados a hacer pecar a mujeres sin fe y sin valor, pero ahora se encontraron a una mujer que cree y es valiente. Su hermosura los sedujo y creyeron poder hacer que ella ofendiera a Dios, pero no lo lograron. Ahora tendrán el pago de su delito". Y el pueblo condenó a muerte a estos dos impuros calumniadores y alabó a Dios por la sabiduría que le había concedido a Daniel.
Los enemigos de la religión acusaron a Daniel porque tres veces cada día se arrodillaba en la azotea de su casa a adorar y rezar a Dios. En castigo fue echado al foso donde había leones sin comer. Pero Dios hizo el milagro de que los leones no lo atacaran, y esto hizo que el rey creyera en el verdadero Dios.
El joven se abstenía de tomar bebidas alcohólicas y de consumir alimentos prohibidos por la Ley de Moisés, y Dios en cambio le concedió una inmensa sabiduría, con la cual logró escalar los más altos puestos de gobierno hasta llegar a ser primer ministro bajo los gobiernos de Nabucodonosor, Baltasar, Darío y Ciro. A su gran sabiduría, a su habilidad para gobernar y a su santidad debe él que a pesar de los cambios de gobierno lograra conservar su cargo durante el reinado de cuatro reyes.
Daniel recibió de Dios la gracia de revelar sueños y visiones. Soñó Nabucodonosor que estaba viendo una estatua inmensa con cabeza de oro, pecho de plata, piernas de hierro y pies de barro y que una piedrecita se desprendía del monte e iba creciendo hasta llegar y chocar con la estatua y volverla polvo. Y Daniel le explicó que este sueño significaba que vendrían varios reinos en el mundo, uno muy rico, como de oro, otro menos rico, como de plata, y un tercero muy fuerte como de hierro y otro más débil como de barro, y que la verdadera religión, que al principio sería muy pequeña, iría creciendo hasta lograr dominar todos los reinos. Esto se ha cumplido con la religión de Cristo que empezó siendo tan pequeñita y ahora está extendida por todo el mundo y es más poderosa que cualquier reino de la tierra.
Dios anunció que al rey Nabucodonosor por haber cometido maldades y ser orgulloso, lo iba a volver loco. Nabucodonosor le pidió a Daniel que le rogara a Dios que le cambiara el castigo por alguna obra buena, y el Señor le dijo que para librarse de los castigos tenía que dar limosnas a los pobres.
El rey Baltasar cometió el pecado de emplear los cálices sagrados del altar de Dios para tomar licor en una fiesta, y estando en esto apareció una mano misteriosa que escribía tres palabras en la pared: Mene, Tequel, Uparsin. El rey se asustó mucho y el profeta Daniel le explicó: "Mene significa pesado. Es que Dios ha pesado sus obras y han resultado faltas de peso para recibir premios. Tequel significa medido. Dios midió sus obras y no dan la medida para recibir gloria. Uparsin significa dividido. Es que su reino será dividido y pasado a otros".
Y esa misma noche llegaron los enemigos del reino y mataron a Baltasar y dividieron su reino y lo pasaron a los persas.
Daniel fue un profeta tan estimado que pudo corregir a los mismos jefes de gobierno de su tiempo y sus correcciones fueron recibidas con buena voluntad. Ante el pueblo apareció siempre como un hombre iluminado por Dios y de una conducta ejemplar y como un creyente de una profunda piedad y devoción.
(fuente: www.ewtn.com)
Los datos acerca de este santo los sabemos por el libro de Daniel, en la S. Biblia.
Pertenecía a una familia importante de Jerusalem. Era muy inteligente y estudioso y de agradable presencia. Cuando el rey Nabucodonosor invadió a Jerusalem se lo llevó prisionero a Babilonia junto con otros jóvenes. Al darse cuenta de las cualidades de este adolescente, Nabucodonosor lo hace instruir en todas las ciencias políticas y sociales de su país.
Siendo este profeta todavía muy joven, unos jueces quisieron hacer pecar a una mujer casada y como ella no aceptó las infames pretensiones de ellos, la calumniaron inventando que la habían visto pecar con un joven. La gente creyó la calumnia y la llevaban para matarla a pedradas, cuando apareció Daniel. Llamó a los dos jueces y los interrogó uno por uno, por separado, y les preguntó: "¿Dónde estaba Susana cuando ella cometió la falta?" Uno respondió: "Debajo de una acacia". Y el otro dijo: "Debajo de una encina." Entonces Daniel les dijo: "Ustedes estaban acostumbrados a hacer pecar a mujeres sin fe y sin valor, pero ahora se encontraron a una mujer que cree y es valiente. Su hermosura los sedujo y creyeron poder hacer que ella ofendiera a Dios, pero no lo lograron. Ahora tendrán el pago de su delito". Y el pueblo condenó a muerte a estos dos impuros calumniadores y alabó a Dios por la sabiduría que le había concedido a Daniel.
Los enemigos de la religión acusaron a Daniel porque tres veces cada día se arrodillaba en la azotea de su casa a adorar y rezar a Dios. En castigo fue echado al foso donde había leones sin comer. Pero Dios hizo el milagro de que los leones no lo atacaran, y esto hizo que el rey creyera en el verdadero Dios.
El joven se abstenía de tomar bebidas alcohólicas y de consumir alimentos prohibidos por la Ley de Moisés, y Dios en cambio le concedió una inmensa sabiduría, con la cual logró escalar los más altos puestos de gobierno hasta llegar a ser primer ministro bajo los gobiernos de Nabucodonosor, Baltasar, Darío y Ciro. A su gran sabiduría, a su habilidad para gobernar y a su santidad debe él que a pesar de los cambios de gobierno lograra conservar su cargo durante el reinado de cuatro reyes.
Daniel recibió de Dios la gracia de revelar sueños y visiones. Soñó Nabucodonosor que estaba viendo una estatua inmensa con cabeza de oro, pecho de plata, piernas de hierro y pies de barro y que una piedrecita se desprendía del monte e iba creciendo hasta llegar y chocar con la estatua y volverla polvo. Y Daniel le explicó que este sueño significaba que vendrían varios reinos en el mundo, uno muy rico, como de oro, otro menos rico, como de plata, y un tercero muy fuerte como de hierro y otro más débil como de barro, y que la verdadera religión, que al principio sería muy pequeña, iría creciendo hasta lograr dominar todos los reinos. Esto se ha cumplido con la religión de Cristo que empezó siendo tan pequeñita y ahora está extendida por todo el mundo y es más poderosa que cualquier reino de la tierra.
Dios anunció que al rey Nabucodonosor por haber cometido maldades y ser orgulloso, lo iba a volver loco. Nabucodonosor le pidió a Daniel que le rogara a Dios que le cambiara el castigo por alguna obra buena, y el Señor le dijo que para librarse de los castigos tenía que dar limosnas a los pobres.
El rey Baltasar cometió el pecado de emplear los cálices sagrados del altar de Dios para tomar licor en una fiesta, y estando en esto apareció una mano misteriosa que escribía tres palabras en la pared: Mene, Tequel, Uparsin. El rey se asustó mucho y el profeta Daniel le explicó: "Mene significa pesado. Es que Dios ha pesado sus obras y han resultado faltas de peso para recibir premios. Tequel significa medido. Dios midió sus obras y no dan la medida para recibir gloria. Uparsin significa dividido. Es que su reino será dividido y pasado a otros".
Y esa misma noche llegaron los enemigos del reino y mataron a Baltasar y dividieron su reino y lo pasaron a los persas.
Daniel fue un profeta tan estimado que pudo corregir a los mismos jefes de gobierno de su tiempo y sus correcciones fueron recibidas con buena voluntad. Ante el pueblo apareció siempre como un hombre iluminado por Dios y de una conducta ejemplar y como un creyente de una profunda piedad y devoción.
(fuente: www.ewtn.com)
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