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domingo, 14 de abril de 2013

14 de abril: San Bernardo de Tiron

Martirologio Romano: En el monasterio de Tiron, junto a Chartres, en Francia, san Bernardo, abad, que llevó vida eremítica en los bosques y en la isla de Chausey, y fue maestro insigne de los discípulos que acudían a él en gran número, a los cuales encaminaba hacia la perfección evangélica. († 1117)

Nacido en el territorio de Abbeville en 1046, a los veinte años, después de haber hecho buenos estudios y sobre todo conociendo las Sagradas Escrituras, entró en el monasterio de San Cipriano en Poitiers. Después de diez años fue enviado, junto con el monje Gervasio, a reformar la abadía de San Savino, de donde, por temor a ser elegido abad, huye en secreto hacia la eremita en el bosque de Craon, en la frontera entre Bretaña y Maine, en un lugar llamado Tiron.

Descubierto luego de tres años por monjes de San Savino, que aún lo querían como abad, Benedicto se fue a vivir en contemplación perpetua a la isla de Chausey. Sólo después de tres años, al saber que los monjes de San Savino había elegido a otro como abad, volvió a Tiron. Pero no se quedó por mucho, ya que, a petición de su antiguo abad en San Cipriano, Rinaldo, aceptó el cargo de prior de dicho monasterio, y después, a la muerte de Rinaldo, el de abad. Tomó parte en el Concilio de Poitiers del año 1100 y consiguió de Roma que su monasterio fuera declarado independiente del de Cluny.

Después de eso, regresó a la isla de Chausey, pero tuvo que dejarla temporalmente por invasiones de piratas; aceptó un terreno en Brunelles, que le donó un benefactor, en el bosque de Tiron, y fundó un monasterio (1109). Pero habiendo surgido una disputa con los monjes de Nogent, de la Congregación cluniacense, que pretendieron la décima, él en vez de ceder abandonó el monasterio y fue a fundar otro a la desembocadura del Tiron (1113), en el que bien pronto los religiosos alcanzaron el número de quinientos. Este monasterio dio lugar a una Congregación benedictina que se extendió a Alemania, Inglaterra, Escocia y otros lugares, y que dejaron de existir en el siglo XVII.

Benedicto murió el 14 o 25 de abril de 1117. Su culto, primero limitado a Tiron, se extendió en toda su congregación. Pío IX autorizó a las diócesis de Chartres y Amiens a celebrar su fiesta el 14 de abril, fiesta que se celebra también en Poitiers, Séez, Laval y Bourges.

Reproducido con autorización de Santiebeati.it responsable de la traducción: Xavier Villalta

sábado, 13 de abril de 2013

13 de abril: Beata Margherita da Città di Castello

«Cuando el infortunio de nacer malherida se troca en gracia y misericordia divinas»

Madrid, 13 de abril de 2013 (Zenit.org) Tan mal considerada fue esta beata en su más cercano entorno que, exceptuando las humildes personas de bondadoso corazón que la ayudaron, incluidos los dominicos, durante un tiempo pocos pudieron entrever la finísima obra de orfebrería que Dios realizaba en ella cincelando su espíritu con la deslumbrante e inigualable luz de su belleza. Con el ejemplo de su vida, y las gracias de las que fue adornada, se asesta un mazazo a los prejuicios, a la fría conceptualización de una persona por su aspecto externo que, en este caso concreto, fue acompañada de una falta de piedad inaudita. Porque Margherita nació en 1287 en el castillo de Metola (perteneciente entonces a la Massa Trabaria), provincia de Pesaro y Urbino, Italia con dolorosas deformidades. Afectada de ceguera, lisiada –con ostensible cojera y una prominente joroba– simplemente por su debilidad, y no es poco, debería haber polarizado en ella toda la ternura de sus padres Parisio y Emilia. Además, siendo nobles y pudientes podrían haberla colmado de atenciones. No fue así. Su llegada parecía obedecer a una desgracia más que a una bendición. Una joven hermosa y saludable habría encajado perfectamente en tan selecto entorno. Pero no era su caso. Siendo la primogénita la pobre criatura defraudó las esperanzas de su padre que hubiera deseado un varón, y se hizo acreedora de su desdén. La confiaron a una persona del servicio y fue bautizada por el capellán de la fortaleza con absoluta discreción, por no decir casi de forma clandestina. No había lugar para ella en el castillo.

Para mantenerla a resguardo de miradas ajenas fue recluida en una celda. Cuando fortuitamente fue descubierta por unos invitados la trasladaron a un habitáculo construido en las inmediaciones de la fortaleza, en una zona boscosa, con un ventanuco para introducir la comida. Tenía 6 años y sus padres no habían vuelto a verla desde que nació. Así que la condenaron a vivir en una fría cárcel. ¡Cuánta desgracia junta! Tan solo el capellán, que le enseñó a orar, pudo apreciar la inteligencia que le adornaba y cómo iba creciendo pertrechada en la sabiduría que proviene de la gracia divina. Nueve años permaneció en tan inhóspito lugar, sola, contando únicamente con la visita puntual del sacerdote y alguna esporádica de Emilia. En ese tiempo ya había aprendido a reconocer el amor de Dios que acoge a sus hijos con infinita misericordia al margen de defectos y debilidades. En Cristo crucificado halló el modelo a seguir para abrazarse a la cruz, gozosa de poner a sus pies sus particulares sufrimientos regados con muchas lágrimas. El estallido de la guerra obligó a sus padres a aceptarla en la fortaleza, aunque la trataron como a una prisionera manteniéndola en el sótano en pésimas condiciones. Confortada por el capellán, soportaba tanta ignominia con fortaleza y confianza.

Hacia los 15 años un día fue conducida por sus padres a Città di Castello para solicitar la mediación de un franciscano, (puede que fuese el lego fray Giacomo, fallecido poco tiempo antes con fama de santidad, y ante cuya tumba se produjeron algunos milagros) y lograr su curación. Para ello hicieron un fatigoso viaje atravesando los Apeninos. Da la impresión de que buscaban, sobre todo, librarse de tan embarazosa presencia. Como no obtuvieron lo que deseaban dejaron a la muchacha en una iglesia abandonada, a su libre albedrío. La ceguera del corazón, infinitamente más tenebrosa que la física, era atuendo de los padres de Margherita. Obviamente, Dios en su infinita misericordia no iba a desentenderse de esta hija predilecta, tan cruelmente tratada. Y como hace con todos, de forma especial con los que están inmersos en el drama del sufrimiento, la bendeciría de forma singular. Así pues, aunque la joven deambuló llena de angustia como una vagabunda, mendigos, y luego campesinos de gran corazón, se apiadaron de ella. Se cumplía su honda impresión de que aunque sus padres la desampararon, Dios nunca la abandonaría. Hacia sus 20 años ingresó en un convento, parece que regido por oblatas, que prescindió de ella al no soportar la presencia de tanta virtud en un claustro de costumbres algo laxas como era aquél en esos momentos. Para vivir con un santo hace falta disponerse a la exigente entrega consignada en el Evangelio, de lo contrario se corre el riesgo de sucumbir ante las propias flaquezas. Es lo que entonces ocurrió.

De nuevo en la calle, Margherita fue acogida por un bondadoso matrimonio compuesto por Venturino y Grigia. La orden de predicadores la aceptó como laica y durante treinta años vistió el hábito de la Tercera Orden de santo Domingo feliz al poder encarnar la riqueza de este carisma. Gran penitente, acostumbrada a la austeridad, a las mortificaciones y a la oración, fue escalando las altas vías de la contemplación. Con su ejemplo conmovía a la gente que acudía a ella en busca de consejo. Era especialmente devota de la Sagrada Familia y tuvo debilidad por los pobres y los enfermos, a los que socorrió junto a los reclusos y a los moribundos. Aprendió de memoria el Salterio y solía meditar en el misterio de la Encarnación. Fue agraciada con éxtasis junto a los dones de profecía y milagros. Murió el 13 de abril de 1320. Según parece, en su corazón encontraron tres perlas que tenían esculpidas respectivamente las imágenes de Jesús, María y José. Quienes la conocían le habían escuchado decir en numerosas ocasiones: «¡Oh, si supierais el tesoro que guardo en mi corazón, os maravillaríais!». Su cuerpo, que se conserva incorrupto –como se constató al abrir el ataúd para darle nueva sepultura el 9 de junio de 1558–, se venera bajo el altar mayor de la basílica de San Domenico en Città di Castello. Pablo V la beatificó el 19 de octubre de 1609. El prelado que se hallaba en Urbino en 1988 la proclamó patrona de los ciegos para esa diócesis.

(13 de abril de 2013) © Innovative Media Inc.

viernes, 12 de abril de 2013

12 de abril: Santa Teresa de Jesús de los Andes, Cristo fue la única ambición

(Zenit.org) Belleza y virtud junto a un carácter extremadamente sensible y apasionado que orientó hacia Cristo fueron rasgos de Juanita Fernández Solar, primera chilena canonizada. Ebria de amor por Él, decía: «Cristo, ese loco de amor, me ha vuelto loca». Pertenecía a una respetable familia de Santiago de Chile, donde nació el 13 de Julio de 1900. De un estatus acomodado habían descendido a una clase social menos elevada. Pero cariño no le faltó: «Jesús no quiso que naciese como Él, pobre. Y nací en medio de las riquezas, regalona de todos».

Apegada a la familia, bien cuando tenía que separarse de ella por cualquier motivo o por razones de vida, como la pérdida de su abuelo, no podía evitar que le embargase hondo pesar. Se formó con las teresianas y en el colegio del Sagrado Corazón. Después de una intervención de apendicitis en 1914, parece que por efecto de la anestesia tuvo un arranque de mal genio que fue cercenado de raíz por Lucía, su madre. En 1915 la matriculó interna en el colegio y tuvo el efecto deseado con esta decisión. La adolescente modificó su comportamiento, si bien la salida de tono reseñada y alguna otra eran puntuales. En general, fue una niña bondadosa, devota de la Eucaristía y de María, piedad acrecentada después de recibir la primera comunión. A los 14 años sintió que Dios le invitaba a una entrega total.

Aunque la economía familiar no fuera boyante, cultivó aficiones reservadas entonces a personas de alta posición. Equitación, tenis y natación fueron deportes que practicó y en los que destacó pese a que su salud era endeble. Especialmente sufría de pertinaces y molestas jaquecas que soportaba con entereza. Tocaba el piano, el órgano y la guitarra. Era catequista y estaba involucrada en acciones solidarias. Dispuesta a seguir a Cristo, la vocación carmelita se afianzó en su corazón alentada por la lectura de las biografías de Teresa de Jesús, Juan de la Cruz, Isabel de la Trinidad y Teresa de Lisieux. «Estoy leyendo la VIDA de Santa Teresa. ¡Cuánto me enseña! ¡Cuántos horizontes me descubre!». Si iba a compartir con ellos las mieles del Carmelo tenía que comenzar a imitarles en gestos sencillos, cotidianos, que de ellos está amasada la santidad: «Hoy me he vencido mucho para no rabiar. Dios mío, tú me has ayudado. Gracias te doy. En los arreglos y recreos he sido perfecta por ellos. Pero no tanto en las clases». Los compromisos sociales, como su ingreso en sociedad en 1918, le incomodaban por lo inoportunos que eran para el camino emprendido: «Muchas veces no puedo ni hacer oración. En esto consiste mi mayor pena, pues paso constantemente con todos, porque no me dejan un momento. Pero mi vida, puedo decir, es una oración continuada, pues todo lo que hago, lo hago por amor a mi Jesús». En mayo de 1919 ingresó en el convento carmelita de los Andes. Allí tomó el nombre de Teresa de Jesús.

Su único afán: Cristo. «Amarte y servirte con fidelidad; parecerme y asemejarme en todo a Ti. En eso consistirá toda mi ambición». Se despidió de los suyos con cierta aflicción, pero le acompañaba la certeza de que este sacrificio gozosamente ofrecido a Cristo repercutiría en bendiciones para ellos. Cada uno de los miembros de la familia tenía sus problemas, unos más serios que otros, incluidas crisis de fe. Y desde el claustro les alentaba en bellísimas y profundas cartas que rezumaban un gozo impropio de este mundo. Por encima de dificultades comunitarias, como la que tuvo con la responsable de su formación, nada pudo ensombrecer su felicidad al saberse esposa de Cristo. Seguro que la experiencia de Teresa de Lisieux, doctora en las lides convivenciales con algunas hermanas de difícil carácter, ayudó a la santa chilena a sobrellevar con dignidad la situación, amando el silencio que María nos enseñó al guardar las cosas en su corazón. Vivía los matices de la caridad paulina, soportando deslices ajenos con paciencia, disculpándolo todo. Además, contaba con el afecto y ternura de la priora. En el exterior sus allegados podían respirar tranquilos. En su correspondencia iba desgranando cuánta era su alegría:«Amanecí muy cantora. Hice la celda cantando (pero porque era día de recreo). Formábamos dúo con otra hermanita novicia… Después, en el recreo, todas nos embromaban. Así pasamos la vida, hermanita querida, orando, trabajando y riéndonos… Dios es amor y alegría y Él nos la comunica. Cómo quisiera, desde que tuve uso de razón, haberme aplicado a conocer a este Dios tan bueno. Ámale…». «Todo es sencillez y alegría en el Carmen. Cada una se esmera en poner de su parte cuanto pueda para alegrar a sus hermanas. Verdaderamente es un encanto vivir en medio de santas hermanas, pues todas no forman sino un corazón». Iba labrando su santidad.En su diario había escrito: «La historia de mi alma se resume en dos palabras: ‘sufrir y amar’»… «El sufrimiento no me es desconocido. En él encuentro mi alegría, pues en la cruz se encuentra Jesús y Él es amor. Y, ¿qué importa sufrir cuando se ama?».

En 1920 confió a su confesor la íntima persuasión de su inminente deceso. Unos meses atrás en una misiva que envió a su familia había aludido a lo que supone el fin de la vida para una persona de fe: «Para una carmelita la muerte no tiene nada de espantable. Va a vivir la vida verdadera. Va a caer en brazos del que amó aquí en la tierra sobre todas las cosas. Se va a sumergir eternamente en el amor». Pero sin motivos aparentes, puesto que no había ningún indicio de enfermedad, y siendo tan joven –le faltaban tres meses para cumplir 20 años–, se comprende que el sacerdote no diese mayor importancia al comentario que hizo. Con su sencillez y humildad se había revelado como una gran promesa para el Carmelo. No llevaba ni un año en el convento. ¿Quién iba a pensar en tan pronta desaparición? Pero contrajo el tifus el 2 de abril de ese año. Cuatro días más tarde profesó «in articulo mortis» y el 12 falleció. Juan Pablo II la beatificó el 3 de abril de 1987. Él mismo la canonizó el 21 de marzo de 1993.

(12 de abril de 2013) © Innovative Media Inc.

jueves, 11 de abril de 2013

11 de abril: Santa Gemma Galgani, pasión por Cristo crucificado

(Zenit.org) Sus 25 años de vida estuvieron marcados en su mayoría por fenómenos místicos ante los cuales hubo disparidades, incomprensiones y numerosos desprecios. Nació en Borgonuovo de Capannori, Italia el 12 marzo de 1878. Era la cuarta de ocho hermanos y la primera niña que alegraba el hogar. Su madre no quería bautizarla con el nombre de Gemma, que fue sugerido por un tío de la pequeña, porque en el martirologio no existían ascendentes de ninguna mujer canonizada que se hubiera llamado así. El párroco Olivio Dinelli con inspirado juicio alegó: «Muchas gemas hay en el cielo; esperemos que también ella sea un día otra Gemma del paraíso».

Cuando tenía un mes de vida la familia se trasladó a Lucca, donde la santa pasó el resto de su existencia. A los 4 años oraba tiernamente a María, amor que le inculcó Aurelia, su madre, junto a la devoción por Jesús crucificado: «De lo primero que me acuerdo es que mi mamá, cuando yo era pequeñita, acostumbraba a tomarme a menudo en brazos y, llorando... me enseñaba un crucifijo y me decía que había muerto en la Cruz por los hombres». La catequesis materna dio sus frutos sembrando en el corazón de Gemma una pasión desbordante por Cristo: «Jesús; yo quiero llegar con mi voz hasta los últimos confines del universo para alcanzar a todos los pecadores y gritarles que entren todos dentro de tu Corazón». Intuyendo Aurelia su inminente muerte, quiso que preparasen a la niña para la confirmación. Y mientras la recibía entendió que Jesús le pedía el sacrificio de verse privada de su madre.

Aurelia murió el 17 de septiembre de 1885 a los 39 años. Gemma tenía 7 y se refugió en la Virgen: «Al perder a mi madre terrena me entregué a la Madre del cielo. Postrada ante su imagen, le dije: ‘¡María!, ya no tengo madre en la tierra; se tú desde el cielo mi Madre’». Por fortuna, tuvo la certeza de que Ella le amparaba porque su personal calvario no había hecho más que empezar. A los 9 años inició sus estudios en el colegio de Santa Zita fundado por la beata Elena Guerra. Por esa época, al conocer la Pasión de Cristo sintió un dolor que le desgarraba por dentro acompañado de fiebre alta. El 17 de junio de 1887, festividad del Sagrado Corazón, determinó ser religiosa, sentimiento unido a «un ardiente anhelo de padecer y de ayudar a Jesús a sobrellevar la cruz». Se cumpliría con creces este deseo. En 1894 pereció Gino, el primogénito de la familia, al que ella amaba de forma singular. En 1896 fue intervenida de una lesión en el pie, que se efectuó sin anestesia, debiendo soportar inmenso dolor, y el 25 de diciembre de ese año privadamente consagró a Dios su castidad. En 1897 falleció su padre Enrico, que había sido farmacéutico, y con su deceso llegó un periodo de sinsabores al hogar de los Galgani. Perdieron todo y los hermanos se separaron. Gemma fue acogida por unos tíos y pasó por un breve y convulso periodo. Relegó las prácticas religiosas y las reemplazó por diversiones. Pero el sufrimiento la perseguía. Y sin darle apenas tregua a los 20 años se le presentó una osteítis en las vértebras lumbares que la dejó imposibilitada para caminar. Los dolores en la cabeza eran insoportables, la enfermedad avanzaba y los médicos la desahuciaron. Aunque se había propuesto llevar la cruz, no ocultó su contrariedad: «le dije a Jesús que no rezaría más si no me curaba. Y le pregunté qué pretendía teniéndome así. El ángel de la guarda me respondió: ‘Si Jesús te aflige en el cuerpo es para purificarte cada vez más en el espíritu’». Sanó con la mediación de santa Margarita María Alacoque. La cortejaron dos caballeros que se prendaron de su belleza, pero no tuvieron nada que hacer. Dios era su único dueño. En los círculos del vecindario la conocían como «la jovencita de la gracia».

El año 1899 fue crucial. El 8 de junio se le manifestaron por vez primera los estigmas de la Pasión. Serían ostensibles en numerosas ocasiones cuando oraba, momento en que sudaba sangre. Meses más tarde, en el transcurso de una misión, conoció a los padres pasionistas. Entonces sintió que Cristo le decía: «Tu serás una hija predilecta de mi Corazón». Estos religiosos la condujeron a la familia Gianni, cuya ayuda fue decisiva para afrontar lo que iba a sobrevenirle. Había caído en sus manos la vida de san Gabriel de la Dolorosa, escrita por el P. Germán de San Estanislao, C.P., que sería su director espiritual, y a partir de entonces su vida dio un giro radical. Las visiones, éxtasis y vaticinios comenzaron a sucederse mientras su salud empeoraba. Su virtud traspasaba la morada y los hechos inexplicables formaban parte de su día a día. Los estigmas invariablemente se le reproducían del jueves al viernes. Para que no viesen sus llagas usaba guantes negros y se ataviaba con un discreto vestido del mismo color. Aún así, no pudo evitar que estos favores saltaran a la calle. Y la misma gente que antes la admiró, se burlaba de ella y la tildaban de histérica y farsante. También el obispo Mons. Volpi, que fue su confesor, tuvo sus dudas. Paralelamente, los científicos no hallaban explicación a los hechos que le acontecían. El P. Germán la sostuvo espiritualmente ante la exigencia de pruebas y el arrecio de las dificultades.

Gemma sobrellevaba su dolor en silencio. Por su mediación, se obraban grandes conversiones. Con todo, en su trayectoria espiritual hubo muchas incursiones violentas del diablo. En 1901 su director le indicó que redactase su biografía: «El cuaderno de mis pecados». En ella se percibe su profundo sentido victimal: se había ofrendado en holocausto por los pecadores. Instada por Cristo a fundar un monasterio para los pasionistas en Lucca, en 1901 enfermó gravemente. En el último periodo de su vida la oscuridad y la angustia por sus pecados le pesaron como una losa. Murió el Sábado Santo, 11 de abril de 1903, en medio de espantosos dolores que ofreció con carácter expiatorio. Ese año Pío X autorizó la erección del monasterio. Pío XI la beatificó el 14 de mayo de 1933. Pío XII la canonizó el 2 de mayo de 1940.

(11 de abril de 2013) © Innovative Media Inc.

miércoles, 10 de abril de 2013

10 de abril: Santa Magdalena de Canossa

(Zenit.org) «Hacer que Jesús sea conocido y amado». ¿Qué otra aspiración ha guiado a los santos que no sea ésta? Magdalena lo expresó así. Pero, al igual que ella, otros muchos demostraron sobradamente que ese era su único objetivo. La santa forma parte del selecto grupo de elegidos que tuvieron el mundo a sus pies y estando en posesión de cuantiosos bienes se desprendieron de ellos. Eligieron las austeridades para imitar a Cristo y ponerse a la altura de los desfavorecidos. Una decisión que no es usual, y menos aún a cierta edad, ya que con los años es fácil amoldarse a una forma de vida aunque sea rutinaria, y resulta más costoso emprender nuevos caminos. Magdalena Gabriela tenía fortuna y un codiciado título nobiliario: marquesa de Verona, lo cual le hacía acreedora de innumerables prebendas. Se despojó de todas. Ni siquiera tenían el estatus de fruslerías ante la gloria que Cristo le ofreció.

Nació en Verona, Italia el 1 de marzo de 1774. Era la tercera de seis hermanos. Se ha dicho en incontables ocasiones que el dinero no da la felicidad. Así es. En este hogar se cumplía el aserto de que no es oro todo lo que reluce. Magdalena conoció en él los vericuetos del sufrimiento. Perdió a su padre, sufrió el abandono de la madre que contrajo nuevas nupcias, y se abatieron sobre ella enfermedad e incomprensiones. Son los misteriosos caminos de Dios que horada el corazón de sus dilectos hijos. Adecuarse a la voluntad divina es, sobre todo, un acto de fe, ya que, por lo general, no se comprenden los senderos y hechos que conducen a la unión con Él. A la santa le costó, pero no eludió el compromiso al que fue llamada. Y a los 17 años hasta en dos ocasiones intentó ser carmelita de clausura. Forzada a regresar a su hogar para administrar la fortuna de la familia, cuando su tía se hallaba en trance de muerte se ofreció a adoptar a su pequeño. Las circunstancias histórico-políticas habían acrecentado el drama de los pobres. La Revolución francesa y la hegemonía de distintos gobernantes opresores generó un importante cúmulo de carencias que sepultaban a los débiles. Magdalena, mujer de oración, vocación y empuje experimentó una indecible piedad por ellos. Y como la aflicción es un activo que Dios pone en el corazón humano, se puso manos a la obra. En los barrios marginales de Verona penetró la luz llevada de su ardiente caridad. Palió hambre, falta de afecto, de formación… Su vida, vertebrada por la Eucaristía, el amor a Cristo crucificado y a la Virgen Dolorosa, rezumaba virtud. A su respetable familia le incomodaban sus públicos gestos en favor de los oprimidos. Pero cuando el amor tiene tal intensidad como el que a ella le animaba los muros caen derrocados. Y venció toda resistencia iniciando su obra en 1808.

Se hallaba a la mitad de la treintena cuando dejó la comodidad de palacio para instalarse en un barrio, el de S. Zeno, habitado por la miseria. Y con un grupo de mujeres afines puso los pilares de las Hijas de la Caridad Siervas de los Pobres, inaugurando con ellas el Instituto canossiano. Las chicas más pobres fueron acogidas en el monasterio de san José. Abrió varios frentes: escuelas, residencias para la formación de las docentes, catequesis, asistencia a pobres y enfermos hospitalizados, ejercicios espirituales dirigidos a mujeres de la nobleza, con la idea de impregnarlas de la fe involucrándolas en acciones caritativo sociales. Pero era realista. Escribió a una amiga suya en 1813 y le dijo: «Venecia es la ciudad de los proyectos (...) son las necesidades que dan la oportunidad de proyectar, sin luego poder conocer el éxito de los proyectos mismos...».

Guiada por el afán de cumplir la voluntad de Dios estaba abierta a sus designios. «Me pareció voluntad de Dios que solo buscara vivir completamente abandonada a su divina voluntad». Esta mujer que llevó la ternura y la esperanza a los pobres fue, además, una excepcional formadora. Recta, clara, misericordiosa, con tenacidad y rigor sostenía la vida espiritual de sus hijas. Las cartas que les dirigió, al igual que sus Memorias y el diario espiritual, revelan su grado de santidad. Preocupada y atenta a las necesidades de todas nunca impuso nada. Haciendo acreedoras de su confianza a las religiosas, con palpable humildad y espíritu de servicio, quería conocer su juicio ante las necesidades apostólicas que surgían, seguía con minuciosa atención su devenir, aconsejando el descanso y la visita médica pertinente, si era el caso, el cuidado responsable de la salud, etc., dejando claro que nada de ello formaba parte de la periferia de la vida. Pero el meollo de la misma, y eso jamás lo olvidó, está en la santidad personal. Si todas eran santas, se convertirían en grandes apóstoles y el carisma no sería estéril. «Hija mía querida–decía en una de sus numerosas cartas–, el Señor te quiere santa y yo también lo deseo, y mi deuda de madre y de madre que te ama es la de formar en vos la santidad, y ésta jamás se podrá lograr sin sumisión, obediencia y humildad […]. Para las obras del Señor, se necesitan humildad, abandono en Dios, olvido del mundo y despojo universal […]. No te preocupes de las habladurías del mundo, ni de las felicitaciones, ni de los reproches y atiendas sólo a santificarte en el ejercicio de la obediencia, de la humildad y de la búsqueda de Dios…». El auténtico amor a Dios y al género humano solo podían brotar de la contemplación del Crucificado y de su Madre.

Tenía alma misionera y logró que el Instituto, cuyos miembros se comprometían con plena disponibilidad a partir donde fuera preciso, se extendiera por otras ciudades italianas. Tras su muerte sus hijas lo expandieron por Oriente y América Latina. Cercano su fin, y después de infructuosas gestiones efectuadas ante Rosmini y Provolo, en 1831 fundó el Instituto de Hijos de la Caridad que había soñado en 1799. Murió el 10 de abril de 1835. Su obra había sido aprobada en 1828. Pío XII la beatificó el 7 de diciembre de 1941. Juan Pablo II la canonizó el 2 de octubre de 1988.

(10 de abril de 2013) © Innovative Media Inc.

martes, 9 de abril de 2013

09 de abril: Santa Casilda de Toledo

(† ca.1107)

 Hija de un rey moro de Toledo que debió reinar a mediados del siglo XI, en tiempos de Fernando I de Castilla, la figura de la gentilísima princesa Casilda parece escapar al rígido marco de la historia y acomodarse mejor en el de la poesía y la leyenda. Su nombre en árabe —casida— significa "cantar". Un verso que vuela en alas de la música: algo delicado, fugaz e inaprensible. Así fue Casilda en vida y sigue siéndolo en la memoria del pueblo cristiano. Cuanto a ella se refiere carece de contornos definidos y hállase envuelto en esa bruma de misterio que suele rodear a los seres que más vivamente han impresionado la imaginación popular. No hay acuerdo sobre el verdadero nombre del rey moro, su padre —¿Cano? ¿Almacrin? ¿Almamún?—, ni sobre el carácter y condición de dicho monarca, que unos imaginan feroz perseguidor de los cristianos y otros magnánimo, benigno y tolerante; mientras unos afirman que Casilda fue hija única, otros le atribuyen numerosos hermanos. Todo es incierto y contradictorio. Pero hay algo que no ofrece duda, y es la profunda huella dejada en la memoria de nuestro pueblo por el paso leve y alado de una doncellita que, por amor a Cristo, trocó la fastuosidad y regalo de una corte morisca por las asperezas de una vida solitaria y penitente.

El relato más fidedigno de la vida de nuestra Santa, en opinión de los Bolandos, es el que conserva la iglesia de Burgos en su Breviario. Dice así:

"En los tiempos antiguos hubo un rey en Toledo llamado Cano. Poderoso y valiente en las armas, acostumbraba a dirigir sus ejércitos contra los cristianos, causando grave daño a la fe verdadera. Retenía en su reino a muchos cristianos cautivos. Por disposición divina, este enemigo terrible de la fe cristiana tuvo una hija única llamada Casilda, para que de un tallo tan malo brotara una flor de blancura admirable sobre la que descansara el Espíritu del Señor... El Espíritu deífico, por el incendio de la devoción, la levantaba hacia Dios; por la suavidad de la compasión la transformaba en Cristo, y por la piedad de la condescendencia la inclinaba al prójimo. De tal manera que a los afligidos, y principalmente si eran cristianos, aunque nacida de familia sarracena, se bajase hacia ellos con una ternura de intensísima compasión. Tenía como ingénita la virtud de la clemencia, sobre la cual se posó la gracia de Dios duplicándola. Así que su piedad, de tal manera se derramaba tratando con los cautivos pobres, que a los que no podía alargar la mano alargaba su afecto. Tenía la costumbre todos los días sin falta —por las entrañas del amor a Cristo, por su reverencia a la suavidad de Jesús— de consolar a los cautivos cristianos con su grata presencia, y a ellos alargaba sus manos ayudadoras, llenas de dádivas..."

Mujer de gran corazón, la gracia halla en él terreno propicio para sus maravillosas transformaciones. Casilda debió ser instruida en la fe cristiana por los mismos cautivos a los que socorría, los cuales pagaban así, con el más alto bien espiritual, los dones materiales que de ella recibían. La semilla de la fe cayó en buena tierra y pronto dio el ciento por uno. Admírase de ello el piadoso cronista del Breviario de Burgos:

"¡Cosa admirable y nunca vista! Nacida de un acebuche, contra la naturaleza de su nacimiento se transformó en buen olivo para así dar óptimo fruto. ¿De dónde un árbol infructuoso pudo producir un ramo tan feraz de excelentes frutos? Porque así estaba predestinado por la bondad inmensa de Dios desde toda la eternidad."

No se recataba Casilda de su manifiesta solicitud para con los cristianos que gemían en las mazmorras de su padre, cosa que mereció las censuras de los nobles palaciegos. Enterado el rey de la extraña conducta de su hija, comenzó a espiarla y la sorprendió un día en que se dirigía a visitarles. "¿Qué es lo que llevas recogido en tu enfaldo?", preguntóle severamente. "Rosas", contestó Casilda. Y, desplegando su manto, vio el rey que, efectivamente, eran rosas. Desconcertado, dejó el paso libre a su hija, que, llegándose con presteza a los prisioneros, pudo entregarles lo que en realidad eran sabrosas viandas y que sólo por un prodigio del Señor pudo parecer rosas a los ojos del enfurecido monarca.

La gracia de Dios iba trabajando el corazón de Casilda, inclinándola irresistiblemente hacia la religión cristiana. Ya su corazón pertenecía plenamente a Cristo. Pero ¿cómo podría ella, princesa mora, sujeta por tantos lazos a la religión del Islam, recibir el bautismo y hacer pública profesión de la verdadera fe? Un foso infranqueable parecía separarla de su generoso propósito, Sin embargo, la divina Providencia velaba.

Aconteció, pues, que la princesa contrajo una grave dolencia que fue marchitando poco a poco todos los encantos de su fragante juventud. Padecía flujo de sangre, y los rudimentarios recursos de físicos y curanderos se mostraron pronto impotentes para atajar el mal. Dios le hizo saber entonces, valiéndose de los cautivos cristianos que tanto la querían, que únicamente podría recobrar la salud bañándose en las milagrosas aguas de San Vicente, en la Castilla cristiana cerca de Briviesca. Así la Providencia disponía suavemente los caminos que debían conducir a Casilda hacia otras aguas regeneradoras, las del bautismo.

Obtenido, no sin dificultad, el permiso paterno para realizar el viaje, despidióse Casilda de su anciano padre, que no debía volver a verla en la vida. Un brillante séquito dio escolta a la princesa mora hasta Burgos, donde a los pocos días de su llegada recibió solemnemente el santo bautismo. Poco tiempo se detuvo Casilda en la capital de Castilla. Reanudando su penosa marcha, dirigióse hacia los montes Obarenes, llegando, por fin, a los ansiados lagos de San Vicente, junto al lugar del Buezo, en los que, orando con fervor y confianza, alcanzó la salud perdida. Resuelta a consagrar a Cristo la virginidad de su cuerpo milagrosamente sanado, determinó Casilda pasar el resto de su vida en la soledad de aquellos parajes entregada a la oración y la penitencia. Y así lo cumplió con admirable fortaleza y constancia hasta el fin de sus días. Murió de muy avanzada edad, siendo sepultada en su misma ermita, que pronto se convirtió en lugar de peregrinación de innumerables devotos.

Sobre el cañamazo de esta primitiva narración, de transparente sencillez, han ido acumulando los años y el celo no siempre discreto de sus entusiastas biógrafos maravilla sobre maravilla. Sin embargo, no necesita nuestra Santa el espaldarazo de tales prodigios superfluos. El gran milagro de Santa Casilda es ella misma: su gran corazón capaz de amar a Dios y al prójimo hasta el total olvido de sí.

Puede colegirse cuál debió ser la fuerza de este amor en el alma de nuestra Santa ponderando la vida de completo y durísimo desprendimiento a que la llevó. La que pudo ser gala y ornato de una corte, criada entre blanduras y exquisiteces, vive ahora en una cueva que no logra protegerla contra las ventiscas del invierno ni los rigores del estío; sus delicadas plantas, que sólo pisaron suaves alfombras, huellan ahora, descalzas, los ásperos cantos de los pedregales; su alimentación y su vestido se reducen a lo estrictamente indispensable para subsistir. Y por encima de estas austeridades corporales está la que, para Casilda, debió ser la mayor de las privaciones: la soledad. Su corazón, exquisitamente femenino, hecho para la ternura y la compasión. debió sufrir enormemente al verse privado de cauce humano donde derramarse. Ya no la rodeaban los pobres, los cautivos, los afligidos, los pobrecitos de Cristo, tendiéndole sus manos suplicantes, ni ella podía ya alargarles las suyas portadoras de tantos beneficios. Estaba sola. Casilda había hecho en sí y en torno a sí un vacío profundo. Pero la plenitud rebosante del amor de Dios iba a llenar pronto este abismo insondable hasta los bordes y, derramándose, alcanzaría su benéfico influjo a distancias insospechadas, donde jamás habría podido llegar su presencia física. Hay un prodigio, de los muchos que se atribuyen a la Santa, que parece ilustrar esto como un ejemplo: dícese que hombres y ganados podían andar seguros por las peligrosas laderas de los montes Obarenes mientras la Santa los habitó. Nunca ocurrió accidente alguno a pastores, peregrinos o viajeros que se arriesgaban por aquellas inhóspitas soledades: la presencia, aun lejana e invisible, de la Santa les protegía. Casilda continuaba así fiel a sí misma, solícita y maternal. Pero este prodigio, que tan bien le cuadra, no es más que una concreción material de la misión espiritual que toda alma santa tiene en el cuerpo místico de la Iglesia. Lo esencial es que haya santos; no que realicen prodigios. Su sola presencia nos protege, su existencia por si sola nos enriquece, puesto que todos no hacemos más que uno en Cristo Nuestro Señor.

El cuerpo de Santa Casilda reposó en su primitiva sepultura, cavada en la entraña de la roca, hasta 1529, en que fueron trasladados sus restos al santuario que sobre su misma tumba se edificó. En 1601 se llevaron parte de los venerandos despojos a la catedral de Burgos, parece ser que también en la catedral de Toledo se veneran algunas cenizas de la infanta mora. En 1750 el abad de San Quirce inauguró el nuevo altar dedicado a la Santa en la nave mayor del santuario y se trasladaron a él las reliquias, que desde entonces descansan en una urna rematada por su propia imagen yacente, obra de Diego de Siloé, La portada de la iglesia actual se atribuye a Felipe de Vigami, el Borgoñón. Desde muy antiguo el santuario es patronato del Cabildo de la catedral de Burgos, que mantiene en él un capellán encargado del culto permanente. Hay una hospedería al servicio de los peregrinos y carretera de fácil acceso al santuario desde Briviesca.

Santa Casilda es invocada en los casos de flujo de sangre, caídas y accidentes de todas clases. Es patrona de la comarca de Burgos y, en los últimos días de junio, acuden a su santuario, de todos los pueblos de la provincia, muchedumbres devotas que pregonan la eficaz intercesión de la santa princesa mora, que dejó en la bravía aridez de aquellas cumbres el buen olor de su vida contemplativa y penitente.

(fuente: www.mercaba.org)

lunes, 8 de abril de 2013

08 de abril: San Dionisio de Alejandría

Obispo desde 247-8 a 264-5.

Llamado “el Grande” por Eusebio, San Basilio y otros, fue indudablemente, después de San Cipriano de Cartago, el obispo más eminente del siglo III. Como San Cipriano fue menos un gran teólogo que un gran administrador. Como San Cipriano sus escritos toman habitualmente la forma de cartas. Ambos santos fueron conversos del paganismo; ambos se vieron implicados en las controversias respecto a los que habían apostatado (lapsi) en la persecución de Decio, sobre Novaciano, y con respecto a la repetición del bautismo herético; ambos mantuvieron correspondencia con los Papas de su tiempo. Aun así es curioso que ninguno mencione el nombre del otro. Sólo se ha conservado una carta de Dionisio en el derecho canónico griego. Para el resto dependemos de las muchas citas de Eusebio, y, para una etapa, de las obras de su gran sucesor San Atanasio.

Dionisio era un anciano cuando murió, así que su nacimiento tendría lugar hacia 190 o antes. Se dice que era de familia distinguida. Se hizo cristiano cuando aún era joven. En un periodo posterior, cuando fue advertido por un sacerdote del peligro que corría al estudiar los libros de herejes, una visión---así nos lo informa él---le aseguró que era capaz de probar todas las cosas, y que esta capacidad había sido de hecho la causa de su conversión. Estudió con Orígenes. Éste fue desterrado por Demetrio hacia 231, y San Heraclas ocupó su puesto a la cabeza de la escuela catequética. A la muerte de San Demetrio muy poco después, Heraclas se convirtió en obispo y Dionisio tomó la dirección de la famosa escuela. Se cree que retuvo este cargo incluso cuando sucedió a Heraclas como obispo.

En el último año de Filipo, 249, aunque se informaba que el propio emperador era cristiano, un motín en Alejandría, suscitado por un popular poeta y profeta, tuvo todo el efecto de una severa persecución. Dionisio lo describió en una carta a Fabio de Antioquía. La multitud atrapó en primer lugar a un anciano llamado Metras, le golpearon con palos cuando no quiso negar su fe, perforaron sus ojos y rostro con flechas, le arrastraron fuera de la ciudad y lo lapidaron. Luego una mujer llamada Quinta, que no quiso sacrificar, fue arrastrada por los pies por el áspero pavimento, estrellada contra piedras de molino, azotada y finalmente lapidada en el mismo suburbio. Las casas de los fieles fueron saqueadas. Ninguno, por lo que supo el obispo, apostató. La anciana virgen, Apolonia, después de que le rompieran los dientes, saltó por propia voluntad al fuego preparado para ella antes que pronunciar blasfemias. A Serapión le rompieron todas sus extremidades, y fue precipitado a la calle desde el piso alto de su propia casa. Era imposible para ningún cristiano salir a las calles, ni siquiera de noche, pues la multitud gritaba que todo el que no blasfemara sería quemado.

La guerra civil interrumpió el motín,, pero el nuevo emperador Decio instituyó una persecución legal en enero de 250. San Cipriano describe cómo en Cartago los cristianos se apresuraron a sacrificar, o al menos a conseguir falsos certificados (libellus) de haberlo hecho. De manera similar Dionisio nos cuenta que en Alejandría muchos obedecieron por miedo, otros debido a su cargo oficial, o persuadidos por amigos; algunos pálidos y temblando en su actuación, otros afirmando con audacia que nunca habían sido cristianos. Algunos sufrieron prisión por un tiempo, otros abjuraron sólo a la vista de las torturas; otros resistieron hasta que las torturas vencieron su resolución. Pero hubo nobles ejemplos de constancia. Julián y Kronion fueron azotados por toda la ciudad sobre camellos, y luego quemados en la hoguera. Un soldado, Besas, que les protegió de los insultos del pueblo, fue decapitado. Macario, un libio, fue quemado vivo. Epímaco y Alejandro, tras larga prisión y muchas torturas, fueron también quemados, con cuatro mujeres. La virgen Ammomarion también fue muy torturada. Las ancianas Mercuria y Dionisia, madres de muchos niños, murieron por la espada. Herón, Ater e Isidoro, egipcios, tras muchas torturas fueron entregados a las llamas. Un muchacho de quince años, Dióscoro, que se mantuvo firme ante la tortura, fue absuelto por el juez por pura vergüenza. Nemesio fue torturado y azotado, y luego quemado entre dos ladrones. Un cierto número de soldados y con ellos un anciano llamado Ingenuo, hicieron gestos de indignación a uno que estaba siendo juzgado y a punto de apostatar. Cuando se les llamó al orden gritaron que eran cristianos con tanta audacia que el gobernador y sus asesores se desconcertaron; ellos sufrieron un glorioso martirio. Muchos fueron martirizados en las ciudades y aldeas. A un mayordomo llamado Isquirión su amo le atravesó el estómago con una gran estaca porque rehusó sacrificar. Muchos huyeron, vagaron por los desiertos y montañas, y fueron exterminados por el hambre, la sed, el frío, la enfermedad, los ladrones o los animales salvajes. Un obispo llamado Queremón huyó con su súmbios (¿esposa?) a las montañas de Arabia y nunca más se supo de él. Muchos fueron hechos esclavos por los sarracenos y algunos de estos fueron más tarde rescatados por grandes sumas.

Algunos de los lapsi habían sido readmitidos a la comunión cristiana por medio de los mártires. Dionisio le insistió a Fabio, obispo de Antioquía, que se inclinaba a unirse a Novaciano, que era justo respetar este juicio emitido por los bienaventurados mártires “sentados ahora con Cristo, y copartícipes en su Reino y asesores en su juicio”. Añade la historia de un anciano, Serapión, que después de una vida larga y sin tacha había sacrificado y no podía conseguir la absolución de nadie. En su lecho de muerte envió a su nieto a buscar a un sacerdote. El sacerdote estaba enfermo, pero dio al niño una partícula de la Eucaristía, diciéndole que la humedeciera y la colocara en la boca del anciano. Serapión la recibió con alegría, e inmediatamente expiró. Sabino, el prefecto, envió un frumentarius (detective) a buscar a Dionisio en seguida que se publicó el decreto; buscó por todas partes salvo en la propia casa de Dionisio, donde el santo se quedó tranquilamente. Al cuarto día tuvo la inspiración de partir, y la abandonó por la noche, con sus domésticos y algunos hermanos. Pero parece que fue hecho pronto prisionero, pues los soldados escoltaron a toda la expedición a Taposiris en el Mareotis. Un tal Timoteo, que no había sido capturado con los demás, informó a un campesino que pasaba, el cual llevó la noticia a una fiesta de bodas a la que iba a asistir. Inmediatamente todos se levantaron y corrieron a liberar al obispo. Los soldados emprendieron la huida, dejando a sus prisioneros en sus literas sin cojines. Dionisio, creyendo que sus rescatadores eran ladrones, les entregó sus ropas, quedándose sólo su túnica. Ellos le urgieron a levantarse y huir. Les rogó que lo dejaran, declarando que también perderían su cabeza en seguida, como harían los soldados en breve. Se tendió en el suelo de espaldas; pero ellos le tomaron por las manos y los pies y lo arrastraron llevándoselo de la pequeña ciudad, montándolo en un asno sin albarda. Con dos compañeros, Gayo y Pedro, permaneció en un lugar desierto de Libia hasta que cesó la persecución en 251.

Todo la cristiandad cayó entonces en confusión por la noticia de que Novaciano reclamaba el obispado de Roma en oposición al Papa San Cornelio. Dionisio enseguida tomó partido con el Papa, y fue en gran medida por su influencia que todo Oriente, después de muchos disturbios, se recondujo a la unidad y armonía dentro de pocos meses. Novaciano le escribió para que le apoyara. Su seca respuesta se ha conservado íntegra: “Novaciano puede fácilmente probar la verdad de su protesta de que fue consagrado contra su voluntad retirándose voluntariamente; debía haber sufrido el martirio antes que dividir a la Iglesia de Dios; ciertamente habría sido un singularmente glorioso martirio en beneficio de toda la Iglesia (tanta importancia otorgaba Dionisio a un cisma en Roma); incluso si podía ahora persuadir a su partido a hacer la paz, el pasado sería olvidado; si no, que salvara su propia alma”. San Dionisio también escribió muchas cartas sobre este asunto a Roma y al Oriente; algunas de estas eran tratados sobre la penitencia. Mantenía una opinión en cierto modo más suave que Cipriano, pues daba gran peso a las “indulgencias” concedidas por los mártires, y no rechazaba el perdón para nadie a la hora de la muerte.

Después de la persecución, la peste. Dionisio la describe más gráficamente de lo que lo hace San Cipriano, y nos recuerda a Tucídides y Defoe. Los paganos rechazaron a sus enfermos, huyeron de sus propios parientes, lanzaron cuerpos medio muertos a las calles; aun así sufrieron más que los cristianos, cuyos heroicos actos de misericordia se relatan por su obispo. Muchos sacerdotes, diáconos y personas de mérito murieron por socorrer a otros, y esta muerte, escribe Dionisio, de ningún modo fue inferior al martirio. La controversia bautismal se extendió desde África por todo el Oriente. Dionisio estaba lejos de enseñar, como Cipriano, que el bautismo por un hereje ensucia más que limpia; pero estaba impresionado por la opinión de muchos obispos y algunos concilios de que la repetición de tal bautismo era necesaria, y parece que suplicó al Papa Esteban que no rompiera la comunión con las Iglesias de Asia por esta causa. También escribió sobre el asunto a Dionisio de Roma, que aún no era Papa, y a un romano llamado Filemón, los cuales le habían escrito a él. Conocemos siete cartas suyas sobre el asunto, dos dirigidas al Papa Sixto. En una de éstas pide consejo sobre el caso de un hombre que hacía mucho tiempo había sido bautizado por herejes, y ahora declaraba que se había realizado incorrectamente. Dionisio había rechazado renovar el sacramento después que el hombre hubiera recibido durante tantos años la Sagrada Eucaristía; pide la opinión del Papa. En este caso está claro que la dificultad residía en la naturaleza de las ceremonias utilizadas, no en el mero hecho de haber sido llevado a cabo por herejes. Deducimos que el propio Dionisio siguió la costumbre romana, bien por tradición de su Iglesia, o bien por obediencia al decreto de Esteban. En 253 murió Orígenes; él no había estado en Alejandría por muchos años. Pero Dionisio no había olvidado a su viejo maestro, y escribió una carta en alabanza suya a Teocteno de Cesarea.

Un obispo egipcio, Nepos, enseñaba el error milenarista de que habría un reino de Cristo en la tierra durante mil años, un período de deleites corporales; él fundamentaba esta doctrina sobre el Apocalipsis en un libro titulado “Refutación de los alegóricos”. Fue sólo tras la muerte de Nepos cuando Dionisio se vio obligado a escribir dos libros “Sobre las promesas” para contrarrestar este error. Trata a Nepos con gran respeto, pero rechaza su doctrina, como en realidad la Iglesia ha hecho desde entonces, aunque fue enseñada por San Papías, San Justino, San Ireneo, San Victorino y otros. La diócesis de Alejandría era aún muy extensa (aunque se dice que Heraclas había fundado nuevos obispados), y formaba parte de ella el distrito de Arsinoe. Aquí el error era muy predominante, y San Dionisio fue en persona a las aldeas, reunió a sacerdotes y maestros, y durante tres días les instruyó, refutando los argumentos que sacaban del libro de Nepos. Estaba muy edificado por el espíritu dócil y el amor a la verdad que encontraba. Al final Korakion, que había introducido el libro y la doctrina, se declaró convencido. El principal interés del incidente no está en el retrato que nos da de la vida de la Iglesia antigua y de la sabiduría y gentileza del obispo, sino en la notable disquisición, que añade Dionisio, sobre la autenticidad del Apocalipsis. Es una pieza muy impresionante de “alta crítica”, y por su claridad y moderación, agudeza y penetración, es difícil que sea superada. “Algunos de los hermanos”, nos dice, “en su celo contra el error milenarista, repudiaban el Apocalipsis en conjunto, y lo tomaban capítulo por capítulo para ridiculizarlo, atribuyendo su autoría a Cerinto (como sabemos que hizo el romano Gayo unos años antes)”. Dionisio lo trata con reverencia, y declara que está lleno de ocultos misterios, y sin duda realmente escrito por un hombre llamado Juan. (En un pasaje ahora perdido, demostró que el libro debe entenderse alegóricamente). Pero encontraba difícil creer que el autor fuera el hijo del Zebedeo, el autor del Evangelio y de la Epístola católica, por el gran contraste de carácter, estilo y “lo que se llama elaboración”. Muestra que el autor se llama a sí mismo Juan, mientras que el otro sólo se refiere a sí mismo mediante algunas perífrasis. Añade la famosa observación, que “se dice que hay dos tumbas en Éfeso, que son llamadas ambas de Juan”. Demuestra la estrecha semejanza entre el Evangelio y la Epístola, y señala lo completamente diferente del vocabulario del Apocalipsis; este último está lleno de solecismos y barbarismos, mientras que los primeros están en buen griego. Este agudo criticismo fue desafortunado, en cuanto que fue en gran medida la causa del frecuente rechazo del Apocalipsis en las Iglesias de habla griega, incluso tan tardíamente como en la Edad Media. Los argumentos de Dionisio parecieron incontestables a los críticos liberales del siglo XIX. Posteriormente, el movimiento del péndulo ha traído a muchos, guiados por Bousset, Harnack y otros, a dejarse impresionar más por los innegables puntos de contacto entre el Evangelio y el Apocalipsis, que por las diferencias de estilo (que pueden explicarse por un diferente escriba o traductor, puesto que el autor de ambos libros era ciertamente judío), así que incluso Loisy admite que la opinión de los numerosos e ilustrados eruditos conservadores “ya no parece imposible”. Pero debe señalarse que los críticos modernos no han añadido nada a las juiciosas observaciones del patriarca del siglo III.

El emperador Valeriano, cuyo acceso al trono tuvo lugar en 253, no realizó persecuciones hasta 257. Ese año San Cipriano fue desterrado a Curubis y San Dionisio a Kefro en el Mareotis, después de ser juzgado junto con un sacerdote y dos diáconos por Emiliano, prefecto de Egipto. Él mismo nos cuenta las firmes respuestas que dio al prefecto, escribiendo para defenderse de un tal Germano, que le había acusado de huida vergonzosa. Cipriano padeció martirio en 258, pero Dionisio fue perdonado, y volvió a Alejandría enseguida cuando Galieno decretó la tolerancia en 260. Pero no para la paz, pues en 261-62 la ciudad estaba en un estado de tumulto poco menos peligroso que una persecución. La gran vía pública que atravesaba la ciudad estaba intransitable. El obispo tenía que comunicarse con su grey por carta, como si estuvieran en países diferentes. Era más fácil, escribe, pasar de Oriente a Occidente que de Alejandría a Alejandría. Se desencadenaron de nuevo el hambre y la peste. Los habitantes de la que aún era la segunda ciudad del mundo habían disminuido tanto que los varones entre catorce y ochenta años eran ahora apenas tan numerosos como habían sido los de entre cuarenta y setenta no muchos años antes.

En los últimos años de Dionisio se suscitó una controversia que el semiarriano Eusebio ha tenido cuidado de no mencionar. Todo cuanto sabemos procede de San Atanasio. Algunos obispos de la Pentápolis de la Libia Superior cayeron en el sabelianismo y negaban la diferencia entre las Tres Personas de la Santísima Trinidad. Dionisio escribió unas cuatro cartas para condenar su error, y envió copias al Papa San Sixto II (257-58). Pero él mismo cayó, hasta donde llegan las palabras, en el error opuesto, pues dijo que el Hijo es un poiema (algo hecho) y distinto en sustancia, xénos kat’oúsian, del Padre, incluso como lo es el labrador de la vid, o un constructor de barcos del barco. Los arrianos del siglo IV tomaron estas palabras como puro arrianismo. Pero Atanasio defendió a Dionisio contando la continuación de la historia. Ciertos hermanos de Alejandría, ofendidos por las palabras de su obispo, se dirigieron a Roma al Papa San Dionisio (259-68), que escribió una carta, en la que declaraba que enseñar que el Hijo fue hecho o era una criatura era una impiedad igual, aunque contraria, a la de Sabelio. También escribió a su homónimo de Alejandría informándole de la acusación presentada contra él. Este último inmediatamente redactó libros titulados “Refutación” y “Apología”; en estos explícitamente declaraba que nunca hubo un tiempo en que Dios no fuera Padre, que Cristo siempre fue, al ser Palabra y Sabiduría y Poder, y coeterno, incluso como el brillo no es posterior a la luz de la que procede. Enseña la “Trinidad en Unidad y la Unidad en Trinidad”; da claramente a entender la igualdad y procesión eterna del Espíritu Santo. En estos últimos puntos es más explícito que el propio San Atanasio lo es en otros lugares, mientras que en el uso de la palabra consustancial, ‘homoousion, se anticipa a Nicea, pues se queja amargamente de la calumnia de que él había rechazado la expresión. Pero no obstante que él mismo y su abogado Atanasio intenten explicar sus primeras expresiones, está claro que había sido incorrecto en pensamiento tanto como en palabras, y que al principio no comprendió la verdadera doctrina con la claridad necesaria. La carta del Papa era evidentemente explícita y debe haber sido la causa de la visión más clara del alejandrino. El Papa, como señala Atanasio, dictó una condena formal del arrianismo mucho antes de que surgiera la herejía. Cuando consideremos la vaguedad e incorrección en el siglo IV de incluso los defensores de la ortodoxia en Oriente, la decisión de la Sede Apostólica nos parecerá un maravilloso testimonio de la doctrina de los Padres y de la fe infalible de Roma.

Hallamos a Dionisio publicando anualmente, como los posteriores obispos de Alejandría, cartas festivas que anuncian la fecha de la Pascua y ocupado en diversos asuntos. Cuando la herejía de Pablo de Samosata, obispo de Antioquía, comenzó a turbar el Oriente, Dionisio escribió a la Iglesia de Antioquía sobre el asunto, pues se vio obligado a declinar la invitación a asistir a un sínodo allí, por causa de su edad y enfermedades. Murió poco después. En el Martirologio Romano San Dionisio aparece bajo el 17 de noviembre, pero también se le incluye, con sus compañeros de huida durante la persecución de Decio, por la nota errónea, el 3 de octubre: Dionisio, Fausto, Gayo, Pedro y Pablo, mártires (!). El mismo error se encuentra en los menologios griegos.

Bibliografía: Lo principal que se conserva de Dionisio son las citas en EUSEBIO, H. E., VI-VII, algunos fragmentos de los libros Sobre la Naturaleza en IDEM, Præp. Evang., xiv, y las citas en ATANASIO, De Sententiâ Dionysii, etc. Una colección de estos y otros fragmentos está en GALLANDI, Bibl. Vett. Patrum, III XIV, reimpresa en P.G., X. La mejor edición es la de SIMON DE MAGISTRIS, S. Dion. Al. Opp. omnia (Roma, 1796); también ROUTH, Reliquiæ Sacræ III-IV. Fragmentos siríacos y armenios en PITRA, Analecta Sacra, IV. Una lista completa de todos los fragmentos está en HARNACK, Gesch. der altchr. Litt., I, 409-27, pero su relación de los pasajes de la Cadena de Lucas (probablemente de una carta a Orígenes, Sobre el Martirio) precisa ser completado por SICKENBERGER, Die Lucaskatene des Niketas von Heracleia (Leipzig, 1902). Para la vida de Dionisio ver TILLEMONT, IV; Acta SS., 3 Oct.; DITTRICH, Dionysius der Grosse, eine Monographie (Friburgo de Br., 1867); MORIZE, Denys d'Alexandrie (París, 1881). DOM MORIN intentó infructuosamente identificar los Cánones de Hipólito con DIONYSIUS" ’Epistóle diokonikè dià ‘Ippolútou (EUSEB., H. E., VI, 45-6) en Revue Bénédictine (1900), XVII, 241. También MERCATI, Note di letteratura bibl. et crist. ant.: Due supposte lettere di Dionigi Aless. (Roma, 1901). Para la cronología ver HANACK, Chronol., I, 202, II, 57. Una relación muy buena, con bibliografía completa, está en BARDENHEWER, Gesch. der altkirchl. Litt., II. Sobre la cuestión milenarista ver GRY, Le Millénarisme (Paris, 1904), 101.

Fuente: Chapman, John. "Dionysius of Alexandria." The Catholic Encyclopedia. Vol. 5. New York: Robert Appleton Company, 1909. .

Traducido por Francisco Vázquez. L H M
(fuente: www.aciprensa.com)
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