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domingo, 28 de abril de 2013

28 de abril: San Luis María Grignon de Montfort

"A quien Dios quiere hacer muy santo, lo hace muy devoto de la Virgen María". - San Luis de Montfort

El libro de San Luis, Tratado de la verdadera devoción a la Virgen María, se ha propagado por todo el mundo con enorme provecho para sus lectores. El Papa Juan Pablo II tomó como lema una frase que repetía mucho este gran santo: "Soy todo tuyo Oh María, y todo cuanto tengo, tuyo es".


SU VIDA

Es el fundador de los padres Montfortianos y de las Hermanas de la Sabiduría. Nació en Montfort, Francia, en 1673. Era el mayor de una familia de ocho hijosDesde muy joven fue un gran devoto de la Santísima Virgen. A los 12 años ya la gente lo veía pasar largos ratos arrodillado ante la estatua de la Madre de Dios. Antes de ir al colegio por la mañana y al salir de clase por la tarde, iba a arrodillarse ante la imagen de Nuestra Señora y allí se quedaba como extasiado. Cuando salía del templo después de haber estado rezando a la Reina Celestial, sus ojos le brillaban con un fulgor especial.

Luis no se contentaba con rezar. Su caridad era muy práctica. Un día al ver que uno de sus compañeros asistía a clase con unos harapos muy humillantes, hizo una colecta entre sus compañeros para conseguirle un vestido y se fue donde el sastre y le dijo: "Mire, señor: los alumnos hemos reunido un dinero para comprarle un vestido de paño a nuestro compañero, pero no nos alcanza para el costo total. ¿Quiere usted completar lo que falta?". El sastre aceptó y le hizo un hermoso traje al joven pobre.

El papá de Luis María era sumamente colérico, un hombre muy violento. Los psicólogos dicen que si Montfort no hubiera sido tan extraordinariamente devoto de la Virgen María, habría sido un hombre colérico, déspota y arrogante porque era el temperamento que había heredado de su propio padre. Pero nada suaviza tanto la aspereza masculina como la bondad y la amabilidad de una mujer santa. Y esto fue lo que salvó el temperamento de Luis. Cuando su padre estallaba en arrebatos de mal humor, el joven se refugiaba en sitios solitarios y allí rezaba a la Virgen amable, a la Madre del Señor. Y esto lo hará durante toda su vida. En sus 43 años de vida, cuando sea incomprendido, perseguido, insultado con el mayor desprecio, encontrará siempre la paz orando a la Reina Celestial, confiando en su auxilio poderoso y desahogando en su corazón de Madre, las penas que invaden su corazón de hijo.

Con grandes sacrificios logró conseguir con qué ir a estudiar al más famoso seminario de Francia, el seminario de San Suplicio en París. Allí sobresalió como un seminarista totalmente mariano. Sentía enorme gozo en mantener siempre adornado de flores el altar de la Santísima Virgen.

Luis Grignon de Montfort será un gran peregrino durante su vida de sacerdote. Pero cuando él era seminarista concedían un viaje especial a un Santuario de la Virgen a los que sobresalieran en piedad y estudio. Y Luis se ganó ese premio. Se fue en peregrinación al Santuario de la Virgen en Chartres. Y al llegar allí permaneció ocho horas seguidas rezando de rodillas, sin moverse. ¿Cómo podía pasar tanto tiempo rezando así de inmóvil? Es que él no iba como algunos de nosotros a rezar como un mendigo que pide que se le atienda rapidito para poder alejarse. El iba a charlas con sus dos grandes amigos, Jesús y María. Y con ellos las horas parecen minutos.

Su primera Misa quiso celebrarla en un altar de la Virgen, y durante muchos años la Catedral de Nuestra Señora de París fue su templo preferido y su refugio.

San Luis Maria de MonfortMontfort dedicó todas sus grandes cualidades de predicador y de conductor de multitudes a predicar misiones para convertir pecadores. Grandes multitudes lo seguían de un pueblo a otro, después de cada misión, rezando y cantando. Se daba cuenta de que el canto echa fuera muchos malos humores y enciende el fervor. Decía que una misión sin canto era como un cuerpo sin alma. El mismo componía la letra de muchas canciones a Nuestro Señor y a la Virgen María y hacía cantar a las multitudes. Llegaba a los sitios más impensados y preguntaba a las gentes: "¿Aman a Nuestro Señor? ¿Y por qué no lo aman más? ¿Ofenden al buen Dios? ¿Y porqué ofenderlo si es tan santo?".

Era todo fuego para predicar. Donde Montfort llegaba, el pecado tenía que salir corriendo. Pero no era él quien conseguía las conversiones. Era la Virgen María a quien invocaba constantemente. Ella rogaba a Jesús y Jesús cambiaba los corazones. Después de unos Retiros dejó escrito: "Ha nacido en mí una confianza sin límites en Nuestro Señor y en su Madre Santísima". No tenía miedo ni a las cantinas, ni a los sitios de juego, ni a los lugares de perdición. Allí se iba resuelto a tratar de quitarse almas al diablo. Y viajaba confiado porque no iba nunca solo. Consigo llevaba el crucifijo y la imagen de la Virgen, y Jesús y María se comportaban con él como formidables defensores.

A pie y de limosna se fue hasta Roma, pidiendo a Dios la eficacia de la palabra, y la obtuvo de tal manera que al oír sus sermones se convertían hasta los más endurecidos pecadores. El Papa Clemente XI lo recibió muy amablemente y le concedió el título de "Misionero Apostólico", con permiso de predicar por todas partes.

En cada pueblo o vereda donde predicaba procuraba dejar una cruz, construida en sitio que fuera visible para los caminantes y dejaba en todos un gran amor por los sacramentos y por el rezo del Santo Rosario. Esto no se lo perdonaban los herejes jansenistas que decían que no había que recibir casi nunca los sacramentos porque no somos dignos de recibirlos. Y con esta teoría tan dañosa enfriaban mucho la fe y la devoción. Y como Luis Montfort decía todo lo contrario y se esforzaba por propagar la frecuente confesión y comunión y una gran devoción a Nuestra Señora, lo perseguían por todas partes. Pero él recordaba muy bien aquellas frases de Jesús: "El discípulo no es más que su maestro. Si a Mí me han perseguido y me han inventado tantas cosas, así os tratarán a vosotros". Y nuestro santo se alegraba porque con las persecuciones se hacía más semejante al Divino Maestro.

Antes de ir a regiones peligrosas o a sitios donde mucho se pecaba, rezaba con fervor a la Sma. Virgen, y adelante que "donde la Madre de Dios llega, no hay diablo que se resista". Las personas que habían sido víctimas de la perdición se quedaban admiradas de la manera tan franca como les hablaba este hombre de Dios. Y la Virgen María se encargaba de conseguir la eficacia para sus predicaciones.

San Luis de Montfort fundó unas Comunidades religiosas que han hecho inmenso bien en las almas. Los Padres Montfortianos (a cuya comunidad le puso por nombre "Compañía de María") y las Hermanas de la Sabiduría.

Murió San Luis el 28 de abril de 1716, a la edad de 43 años, agotado de tanto trabajar y predicar.


ORACIÓN 

San Luis Grignon de Montfort, ruega a la Virgen Santísima que nos envíe muchos apóstoles que, como tú, se dediquen a hacer y a amar más y más a Jesús.


Sobre la tumba de San Luis de Montfort dice:

¿Qué miras, caminante? Una antorcha apagada, un hombre a quien el fuego del amor consumió, y que se hizo todo para todos, Luis María Grignon Montfort.

¿Preguntas por su vida? No hay ninguna más íntegra, ¿Su penitencia indagas? Ninguna más austera. ¿Investigas su celo? Ninguno más ardiente. ¿Y su piedad Mariana? Ninguno a San Bernardo más cercano.

Sacerdote de Cristo, a Cristo reprodujo en su conducta, y enseñó en sus palabras. Infatigable, tan sólo en el sepulcro descansó, fue padre de los pobres, defensor de los huérfanos, y reconciliador de los pecadores.

Su gloriosa muerte fue semejante a su vida. Como vivió, murió. Maduro para Dios, voló al cielo a los 43 años de edad.

(fuente: www.ewtn.com)

sábado, 27 de abril de 2013

27 de abril: Beato Jaime de Bitetto

Religioso de la Primera Orden (1400•1490) Clemente XI aprobó su culto.

Nació en Dalmacia (de ahí el sobrenombre de Ilírico), más probablemente en Zara (según otros en Estridonio) hacia 1400, hijo de Leonardo y Beatriz Varinguer. De unos veinte años de edad entró a la Orden de los Hermanos Menores en Zara, en calidad de hermano religioso.

En 1438 acompañó a Italia a su provincial; al llegar a Bari, pidió y obtuvo el poder permanecer en dicha provincia. Vivió doce años en diversos conventos y luego fue destinado a Bitetto, donde, salvo breves temporadas, permaneció hasta su muerte, por lo cual se le apoda también de Bitetto. Ejercitó principalmente el oficio de limosnero, y de esta forma ejerció un fructuoso apostolado; se distinguió por su caridad heroica durante la peste de 1482. Obró prodigios, algunos de ellos un tanto extraños y dignos del mundo de las «Florecillas». Los habitantes de la Apulia del siglo XV, durante 40 años vieron y admiraron al humilde penitente fray Jaime recorrer sus caminos, tocar de puerta en puerta, para pedir la limosna en el nombre del Señor y dar a cambio una palabra de aliento que brotaba de su gran corazón rebosante de caridad divina.

Sólo Dios sabe cuánto bien hizo él con el buen ejemplo y con la palabra sencilla y persuasiva. El nombre de nuestro Beato ha permanecido ligado a la gruta de nuestra Señora llamada «La Bendita», no muy lejos del convento.

Enamoradísimo de la celestial Madre, pasaba largas horas en oración ante la imagen de María; muchas veces fue visto arrobado en dulcísimos éxtasis.

Dotado de espíritu profético, predijo muchas cosas que luego se cumplieron, entre ellas la curación o la muerte de personas enfermas que recurrían a él. Estos y muchos otros hechos prodigiosos glorificaron la santidad del humilde hermano limosnero y cocinero, quien en su vida nada buscó, nada pidió, nada amó sino a Dios.

Era ya muy anciano y su cuerpo estaba desgastado por las prolongadas penitencias. En los últimos años tenía que ayudarse con el bastón para sostenerse en pie.

Finalmente vino la hermana muerte a invitarlo al reposo eterno. Siempre había vivido en el silencio y en la humildad y así su muerte fue rodeada de oración y de silencio. Una antigua pintura lo representa recostado en la dura estera, rodeado de sus cohermanos y de los fieles llorando. El rostro del moribundo está rodeado de una misteriosa luz, el gozo de los santos en el acto solemne de recibir el premio eterno. El Beato Jaime de Bitetto murió el 27 de abril de 1490. Tenía 90 años.

(fuente: www.vidasejemplares.org)

viernes, 26 de abril de 2013

26 de abril: Beato Estanislao Kubista

«Espíritu josefino de un mártir verbita»

Madrid, 26 de abril de 2013 (Zenit.org) Nació en Kotuchna, en la Silesia polaca, el 27 de septiembre de 1898. Fue el quinto de nueve hermanos que recibieron de sus padres, Stanislaw, un honrado trabajador forestal, y de Franciszka, la madre, una sólida formación en la fe. En familia se rezaba el rosario y se compartía la devoción a María ante un pequeño altar que presidía el hogar. El matrimonio fue bendecido por Dios con varias vocaciones a la vida religiosa entre sus vástagos, uno de ellos Estanislao. Éste, sensibilizado por lo que acontecía en su entorno, era enormemente receptivo hacia todo aquello que reportase un bien. Sería la base sobre la que Dios iba a trabajar. La semilla ya había germinado y crecería frondosa en una excelente tierra. Puso en su camino a un hermano perteneciente a la Sociedad del Verbo Divino (SVD) de Nysa que distribuía las revistas misioneras y la literatura polaca. Y lo que podía haber quedado en una acción ordinaria, a la que apenas se presta atención aunque solo fuese por la costumbre, en su caso adquirió tintes nuevos. La presencia de esta persona y la actividad que llevaba a cabo fue tan sumamente importante para él que, influenciado por ello, se sintió atraído casi a la par por la vida misionera y por la literatura.

Bien es verdad que tuvo la fortuna de tener cerca a un gran sacerdote. Era el coadjutor de Mikolow, P. Michatz. Llevado por su afán apostólico, al darse cuenta de que el joven tenía vocación, le prestó su ayuda para que pudiera ingresar en el seminario menor de la SVD de Nysa. Sin embargo, la guerra impidió que pudiese culminar los estudios. No le quedó más remedio que servir en el frente. Fue telefonista y telegrafista en el cuartel de Szczecin hasta la primavera de 1919. Como tantas familias, la suya también quedó herida por la barbarie. Su hermano mayor fue una de sus víctimas. Al volver Estanislao retomó el camino que había quedado cercenado por la contienda. Prosiguió sus estudios, hizo el noviciado en Mödling y profesó como religioso de la SVD. Era una persona algo introvertida. Pero sus formadores apreciaron su sentido del deber, el rigor que se imponía, así como la humildad y la fidelidad que le hacían acreedor de confianza. Fue ordenado sacerdote en 1927. Gozaba de buena salud, y explícitamente lo hizo notar en el escrito que presentó sometiéndolo al juicio de sus superiores junto a una lista de países lejanos a los que podría partir si lo consideraban oportuno. Ellos tuvieron muy en cuenta lo que dijo. Pero en el otoño de 1928 lo trasladaron a Górna Grupa. Hay consejos que jamás se olvidan. La emocionante despedida de su madre fue: «hijo, permanece fiel al camino que elegiste». Así lo hizo.

Sus cualidades literarias y soltura en el dominio de la lengua le hacían apto para la docencia. Pero él se inclinó a la creación literaria más que a la enseñanza, todo ello sin descuidar la labor misionera y pastoral. En la responsabilidad que le encomendaron: llevar como ecónomo una residencia de 300 personas, fue sumamente eficaz, al punto de que al año siguiente pusieron bajo su tutela la economía regional de la Orden. Sucesivamente fue el redactor de las revistas «El Pequeño Misionero» y «El Tesoro Familiar». En 1937 dio un salto cualitativo y él mismo fundó la revista «El Mensajero del Corazón de Jesús», que puso bajo el amparo de san José, por el que experimentaba gran devoción y al que no dudaba en encomendar cualquier necesidad que surgía. Así, al Santo Patriarca atribuía haber podido erigir el edificio que albergaba la imprenta equipándola convenientemente. Su actividad imparable dio también como fruto la publicación de artículos de temática teológica y pedagógica con trasfondo espiritual. Se convirtió en fértil autor de relatos, novelas y obras teatrales, todas ellas sumamente instructivas. Tenían único objetivo: «colaborar con Jesús en la salvación de las almas».

La tarea que llevaba a cabo guardaba estrecho paralelismo con el ejercicio de su misión pastoral que desplegaba con todos, especialmente con los seminaristas que hallaron en él un confesor ideal. Su fidelidad, junto a un carácter disciplinado y servicial, ponían de relieve su madurez espiritual. Cuando estalló la guerra en 1939, valerosamente se enfrentó a la Gestapo en defensa de los débiles. En un primer momento se salvó de una más que segura represalia, lo cual atribuyó a san José. Pero no pudo impedir que destruyeran lo que con tanta ilusión había puesto en pie: la imprenta. Sufrió viendo cómo arrasaron lo que hallaron al paso. Perdieron entonces todo lo que tenían para sustento de la gran comunidad. La tragedia, que no hizo más que comenzar, continuó in crescendo, con el arresto de los sacerdotes y la confiscación de los bienes. De nuevo san José le ayudó a encontrar una salida, que fue momentánea, para poder alimentar a todos, hasta que fueron detenidos en febrero de 1940 y conducidos de Stutthof a Sachesenhausen. Estanislao, que había disfrutado de excelente salud, confinado en el bloque 29 destinado a los tuberculosos, enfermó a fuerza de tantas carencias, inclemencias meteorológicas y el trato vejatorio e inhumano que no cesaron de infligirles a todos ellos. Tan solo el Jueves Santo de ese año pudieron celebrar la Eucaristía y recibir la comunión de forma clandestina. El organismo del beato, cada vez más debilitado, entró en una aguda fase de deterioro ante la pasividad de los vigilantes que, por si fuera poco, se encarnizaron con él. Le obligaban a realizar trabajos forzados en claro intento de llevarlo a la muerte. Lo recluyeron en un retrete donde estuvo tres días, y vio que su fin se acercaba: «Esto ya no durará mucho. Estoy muy debilitado. ¡Dios mío, cómo quisiera regresar a Górna Grupa. Pero Dios por lo visto tiene otros planes. Que se cumpla su voluntad». El 26 de abril de ese año, el jefe de la barraca se dirigió a él. Con manifiesta brutalidad, espetó: «Ya no tienes por qué vivir» al tiempo que le aplastaba el pecho y la garganta con el pie.

Juan Pablo II lo beatificó el 13 de junio de 1999.

(26 de abril de 2013) © Innovative Media Inc.

jueves, 25 de abril de 2013

25 de abril: San Pedro de San José Betancur

«Sabio en misericordia»

Madrid, 25 de abril de 2013 (Zenit.org) El humilde «Hermano Pedro», gran apóstol de América central, nació en Vilaflor, Tenerife, Islas Canarias, España el 21 de marzo de 1626, en el seno de una familia dedicada al pastoreo y a la agricultura. Tuvo cinco hermanos que, como él, recibieron de sus padres la preciada herencia de la fe. De niño hincaba el cayado en el suelo con la idea de que le sirviera como reloj de sol. De ese modo podía controlar los momentos en los que debía abstenerse de comer y beber a fin de guardar el ayuno eucarístico. Ya entonces hacía penitencia y oraba de rodillas con los brazos en cruz, alabando a Dios, sin medir el tiempo. Al perder a su padre se ocupó de gestionar el modesto patrimonio que poseían. Un pariente suyo, fray Luis, trajo noticias de las misiones y de la labor evangelizadora que se llevaba a cabo allende los mares. Pedro sintió grandes ansias de partir allí. No eran los planes de su madre, que soñaba en su matrimonio, pero su inclinación era servir a la Iglesia. Con todo, sometió a Dios su voluntad. Tenía una tía a la que calificaba como «mujer de Iglesia», y habiendo tomado un tiempo para orar quiso conocer su parecer. Ella le señaló las Indias: «Debes salir al encuentro de Dios, como Pedro sobre las aguas».Poco tiempo después, otro anciano venerable ratificó este juicio. Pedro partió a La Habana donde llegó con 23 años. Trabajó como tejedor, pero no identificaba el lugar de misión y se trasladó a Honduras. Al oír hablar de Guatemala tuvo la certeza de que era su destino.

Entró en Santiago de los Caballeros de Guatemala, la antigua capital, el 18 febrero de 1651 rezando la Salve Regina. Ese día tembló la tierra y fueron incontables los damnificados. Él mismo, agotado, cayó enfermo y fue ingresado en hospital real de Santiago. Solo, sin referencias, ni medios, tuvo ocasión de convivir con los pobres y abandonados, muchos de ellos indios y negros. Cuando sanó, entró en contacto con los terciarios franciscanos. Las buenas amistades que iba amasando le prestaban libros piadosos. Aprendió a leer y a escribir. Y a finales de 1653 ingresó en la Congregación mariana de los jesuitas y se hizo hermano de la cuerda de San Francisco. Al año siguiente se unió a la hermandad de la Virgen del Carmen. Ya tenía 27 años y acariciaba el sueño de ser sacerdote, pero el latín se le resistía. Tras diversas peripecias desistió de este anhelo y se fue a Petapa. En la ermita de los dominicos rezó ante la imagen de la Virgen del Rosario. Salió con dos ideas claras. Una, olvidarse del tema del sacerdocio. Otra, que debía regresar a Guatemala. Su confesor, el P. Espino, le sugirió que viviese en el Calvario. Y el 8 de julio de 1656 fue recibido en la Orden Tercera franciscana. Le vetaron ciertas penitencias que quiso realizar con afán de mortificación, y se sometió humildemente al juicio de sus superiores: «Más vale el gordo alegre, humilde y obediente, que el flaco triste, soberbio y penitente»,decía. Alguien le preguntó qué es orar, y respondió: «estar en la presencia de Dios» […}.«Estarse todo el día y la noche alabando a Dios, amando a Dios, obrando por Dios, comunicando con Dios». Una vez, viéndole a pleno sol, quisieron saber por qué no se cubría. En su réplica estaba la clave: su familiaridad con las Personas Divinas: «Bien está sin sombrero quien está en la presencia de Dios».

Le encomendaron la tutela de la ermita del Calvario, cercana al convento, y fue su sacristán. En 1658, de la nada, confiando en la providencia, abrió la «casita de la Virgen» que puso bajo el amparo de Santa María de Belén. Rememoraba con ella el modesto lugar donde Cristo nació. Allí inició una labor asistencial impregnada de misericordia. Las humildes moradas de los pobres, las cárceles y los hospitales comenzaron a sentir el influjo de la presencia de este gran apóstol. Se ocupó de los emigrantes que se hallaban sin trabajo, así como de los numerosos adolescentes que vagaban sin rumbo fijo y sin instrucción, cebo predilecto para desaprensivos, abocados a toda clase de males. Eran blancos, mestizos y negros. Los peligros no distinguen el color; acechan a cualquiera. De modo que pensando en tantos desheredados, puso en marcha una primera fundación para acogerlos. La formación humana y espiritual que les proporcionó seguía una línea pedagógica novedosa que continúa llamando la atención. Pedro no se conformó con esta acción apostólica. Construyó una escuela, una enfermería, un hospital para convalecientes, un oratorio y una posada para estudiantes universitarios y clérigos que iban de paso. Dos colectivos a los que les venía bien hallar alojamiento económico y seguro. La Eucaristía, la Pasión y el Nacimiento de Belén eran, junto a la oración, pilares de su vida. Buscaba, sobre todo, yacer oculto en Dios y desde esta centralidad suplicaba la conversión de los pecadores. Solía buscarlos por las calles de noche y de día con un mensaje transparente y directo: «Acordaos, hermanos, que un alma tenemos y, si la perdemos, no la recobramos».

En 1665 el obispo le permitió llamarse Pedro de San José. Era tanta su virtud que poco a poco se fueron uniendo al proyecto otros terciarios. Le ayudaban y compartían con él la penitencia y la oración. Viendo que este vínculo establecido en su derredor había dado lugar a una vida comunitaria, escribió unas reglas que no solo les comprometían a ellos sino también a las mujeres encargadas de la educación de los niños. Así floreció las órdenes de los bethlemitas y de las bethlemitas, reconocidas por la Santa Sede en 1673. Los ciudadanos guatemaltecos denominaron a Pedro: «Madre de Guatemala». Eso da idea de la impresión de tutela en todos los ámbitos que había ejercido con ellos con su admirable caridad. Murió el 25 de abril de 1667 debido a una bronconeumonía que atacó a su organismo debilitado por las mortificaciones y los ayunos. Apenas contaba con 41 años. Uno de sus biógrafos lo ha calificado «sabio en misericordia». Juan Pablo II lo beatificó el 22 de junio de 1980, y lo canonizó el 30 de julio de 2002.

(25 de abril de 2013) © Innovative Media Inc.

miércoles, 24 de abril de 2013

24 de abril: Santa María de Santa Eufrasia Pelletier

«El triunfo de la voluntad»

Madrid, 24 de abril de 2013 (Zenit.org) Rosa Virginia nació el 31 de julio de 1796 en la isla de Noirmoutier, Francia en medio de la Revolución francesa. Fue el lugar elegido por sus padres para refugiarse al producirse el levantamiento de La Vendée. Estos valientes defensores de sacerdotes y religiosos, por cuyas acciones en su favor debieron abandonar su lugar de origen, la bautizaron por su cuenta de forma clandestina. Cuando la niña tenía un año, el primer presbítero que desembarcó en la costa confirmó el sacramento. El estrecho vínculo que la familia continúo manteniendo con estos confesores de la fe hizo que Rosa creciera bajo el sólido fundamento de la misma. Al recibir la primera comunión sintió la llamada a la consagración.

En 1805 murió una de sus hermanas y al año siguiente su padre. Entonces su madre decidió enviarla a Tours. Quedó bajo el amparo de la madre Pulchérie fundadora de la Asociación católica. Era una persona estricta con las alumnas. Pero este trato riguroso fue conveniente para la santa, quien a los 17 años, siendo una joven bien parecida, eligió seguir a Cristo. Desde el principio supo que debía salvar el escollo de su fuerte temperamento. Impulsiva y poco dada a la contención verbal, su tendencia a responder con salidas de tono y un apego al propio criterio ponían su voluntad y vocación en peligroso disparadero. El arrepentimiento y la aflicción que llegaban después unido a las penitencias que se imponía revelaban su nobleza. Pero eran caballos de batalla que le dominaban y si deseaba unirse a Cristo tenía que purificar sus tendencias. Su determinación a luchar era incontestable, y así se lo dijo a su hermana: «Será necesario doblegarme, lo sé, pero seré religiosa». Lo que vivió en el centro junto a madre Pulchérie fue un entrenamiento para lo que tendría que asumir.

En esta época tuvo noticias de la existencia del instituto de Nuestra Señora de la Caridad y del Refugio. San Juan Eudes lo había fundado en 1641 con objeto de proporcionar una vida digna a las mujeres descarriadas (llamadas Magdalenas), y a las que podían caer en redes mafiosas movidas por desaprensivos. Rosa ingresó en el convento de Tours en 1814 y se le encomendó ser catequista de las jóvenes. En el momento de profesar decidió tomar el nombre de Teresa. Es lógico pensar que la imponente y arrebatadora personalidad de esta mujer castellana que volcó su pasión en Cristo le sedujese. Que le hiciese creer que con este referente, junto a la gracia, también ella podría escalar las altas cimas de la santidad. Por eso quiso unirla a su persona. Pero a la superiora le pareció excesivo. Teresa de Jesús había sido una santa de tal calibre que juzgó presunción que Rosa Virginia pensase en él para llevarlo en su honor. «¿Teresa? ¿Tú, Teresa? ¿Una mujer tan grande?¡ ¿Por quién te tienes?! ¿Pretendes igualarla, pobrecita aspirante a la perfección religiosa? Ve a buscar en la ‘Vida de los Santos’el nombre más humilde y escondido que haya».Sin mostrar resistencia alguna, humilde y generosa, abrió las páginas del santoral y eligió el nombre de una sencilla mujer que había conquistado la santidad: Eufrasia.

A los 29 años fue designada superiora de la Orden. Pero, poco a poco, iba viendo que la Institución no era para ella. Intuía que debía moverse con horizontes más amplios. «Yo no quiero que se diga que soy francesa. Yo soy italiana, inglesa, alemana, española, americana, africana o hindú. Yo soy de todos los países donde hay personas que salvar». En Angers habían solicitado una nueva fundación y allí se trasladó para vivir en una casa refugio existente en la ciudad denominada «El Buen Pastor». Su ímpetu apostólico hizo de este centro un lugar fecundo desde el principio. Movida por él, solía decir: «Nuestra vida debe ser siempre el celo; y este celo debe abrazar al mundo entero». A los cuatro meses tenían más de ochenta nuevas vocaciones, una comunidad de contemplativas y una segunda rama que ha perdurado hasta nuestros días. Debía volver a Tours, pero la gente que la quería se opuso a su partida. Entretanto, se percató de la conveniencia de fundar un generalato. Salía al paso de eventuales dificultades que podrían surgir si cada casa dependía de un prelado distinto. Además, juzgó que si existía una superiora general podría cubrir las necesidades que surgieran trasladando a las religiosas donde fuese conveniente. No tardaron en saltar a la palestra murmuraciones, incomprensiones y signos de desaprobación de quienes no compartían la obra. Fueron especialmente ácidas al ser elegida unánimemente por todas las religiosas como superiora general. «Me habéis nombrado superiora: soy indigna de ello, estoy confusa; pero en fin, ya que soy la superiora, fundaremos las ‘Magdalenas’». La acusaron entre otras cosas, de ambición personal, afán de poder, espíritu de innovación…

Fueron momentos de gran dolor, una prueba que afrontaba confiada en Dios. Una noche escribió al papa: «Si el Santo Padre encuentra dificultad en que yo sea la superiora general, me someto humildemente». Las peticiones para que abriera fundaciones en otros lugares, incluida Roma, no cesaban y el pontífice Gregorio XVI le dio su bendición en 1835: «Ahora voy a ser yo quien va a sostener vuestro Instituto». Con su aquiescencia puso en marcha la Congregación de Nuestra Señora de la Caridad del Buen Pastor. Erigió en vida más de cien casas en casi todos los continentes sin viajar, y sin los medios de comunicación que existirían después. Como aquello que se ama es por lo que se lucha y se da la vida, sus hermanas eran sostén y aliento en su dulce caminar junto a Cristo: «Como he dado a luz a mis hijas en la cruz, las quiero más que a mí misma. Mi amor tiene sus raíces en Dios y en el conocimiento de mi propia miseria, pues comprendo que a la edad en que hacen la profesión, yo no hubiese sido capaz de soportar tantas privaciones y un trabajo tan duro».

Murió en Angers el 24 abril de 1868. Pío X la beatificó el 30 de abril de 1933. Y Pío XII la canonizó el 2 de mayo de 1940.

(24 de abril de 2013) © Innovative Media Inc.

24 de abril: San Wilfrido de York

San Wilfrido se distinguió entre los primeros personajes de la Iglesia en Inglaterra por su ardiente defensa de las costumbres y de la disciplina de la Iglesia de Roma y por sus estrechas relaciones con la Santa Sede. Nació el año 634 en Nortumbría; se dice que su ciudad natal era Ripon, pero hasta ahora no está probado. La madre de Wilfrido murió pronto, y su madrastra le trataba con tal rudeza que el niño partió a los trece años a la corte del rey Oswino de Nortumbría. La reina Eanfleda le tomó cariño y le envió a proseguir sus estudios en el monasterio de Lindisfarne. Al cabo de algún tiempo, viendo Wilfrido que en el monasterio no podría alcanzar la perfección que deseaba, pues las costumbres célticas que ahí se observaban no le satisfacían, determinó hacer un viaje por Francia e Italia. En Canterbury se detuvo algún tiempo para estudiar allí la disciplina romana bajo la dirección de san Honorio, y aprendió el salterio en la versión romana, que hasta entonces no conocía. El año 654, san Benito Biscop, paisano de san Wilfrido, pasó por Kent rumbo a Roma, y san Wilfrido partió con él en ese primer viaje.

San Wilfrido pasó un año en Lyon con el obispo de dicha ciudad, san Anemundo, el cual le tomó tanto cariño, que le ofreció la mano de su sobrina y un porvenir muy brillante; pero el joven permaneció inconmovible en su decisión de consagrarse enteramente a Dios. En Roma se puso bajo la dirección del archidiácono Bonifacio, hombre muy piadoso y sabio, que ejercía el cargo de secretario del papa San Martín y tenía positivo placer en instruir a su joven discípulo. Más tarde, san Wilfrido volvió a Lyon, donde pasó tres años; allí recibió la tonsura según la costumbre romana, lo cual era como un testimonio visible de su desacuerdo con los usos célticos. San Anemundo tenía la intención de hacer de él su sucesor en la sede de Lyon, pero fue asesinado repentinamente, y san Wilfrido sólo escapó con vida porque era extranjero. Inmediatamente volvió a Inglaterra. El rey Alfredo de Deira había oído decir que Wilfrido conocía perfectamente las costumbres romanas y le pidió que instruyese en ellas a su pueblo. Dicho monarca había fundado poco antes un monasterio en Ripon, cuyos monjes, entre los que se contaba san Cutberto, habían venido de Melrose. El rey les ordenó que adoptasen las costumbres romanas, pero el abad Eatta, Cutberto y algunos más, prefirieron retornar a Melrose. San Wilfrido fue nombrado entonces abad del monasterio, en el que introdujo la regla de San Benito. Poco después, recibió la ordenación sacerdotal de manos de San Agilberto, quien era entonces obispo de los sajones occidentales.

San Wilfrido empleó toda su influencia para atraer al clero del norte de Inglaterra a las costumbres romanas. La principal dificultad era la fecha de la Pascua, que los celtas observaban erróneamente. Por ejemplo, se cuenta que el rey Oswino y la reina Eanfleda, originarios ambos de Kent, solían observar la Cuaresma y la Pascua en fechas diferentes en la misma corte. Para poner fin a ese estado de cosas, el año 663 o 664, se reunió un sínodo en el monasterio de San Gildas en Streaneshalch (hoy Whitby), al que asistieron los reyes Oswy y Alfrido. En aquel momento era obispo de Lindisfarne san Colmano, defensor de las costumbres celtas; el sínodo terminó con el triunfo de los partidarios de la disciplina romana, y san Colmano se retiró a lona. Tuda fue consagrado entonces obispo para suceder a Colmano; pero Tuda murió poco después, y el rey Alfrido elevó a san Wilfrido a la sede episcopal. Nuestro santo, que equivocadamente consideraba como cismáticos a los obispos del norte que no habían adoptado la disciplina romana, fue a Compiégne a recibir la consagración episcopal de manos de su antiguo amigo san Agilberto, quien había vuelto a su país natal. san Wilfrido, que tenía entonces unos treinta años, permaneció algún tiempo en Francia y, por causas de un naufragio, se dilató aún más su retorno a Inglaterra. Entre tanto, el rey Oswy había enviado a san Chad, abad de Lastingham, a recibir la consagración episcopal de manos de Wino, obispo de los sajones occidentales, y le había nombrado obispo de York. A su vuelta a Inglaterra, San Wilfrido encontró su sede ya ocupada y se retiró calladamente a un monasterio en Ripon. El rey Wulfhero solía convocarle frecuentemente a Mercia para que confiriese la ordenación sacerdotal a los candidatos. En una ocasión, el rey Egberto le invitó a Kent por la misma razón; San Wilfrido volvió de Kent con un monje llamado Eddio Stephanus, quien llegó a ser su amigo íntimo y su biógrafo.

El año 669, san Teodoro, que acababa de ser elegido arzobispo de Canterbury, descubrió durante la visita de su arquidiócesis que la elección de san Chad había sido irregular y le destituyó de la sede de York; en su lugar nombró a san Wilfrido. Con la ayuda de Eddio, quien había ocupado un cargo de importancia en Canterbury, san Wilfrido estableció el canto romano en las iglesias del norte, restauró la catedral de York y desempeñó sus funciones episcopales en forma ejemplar. Hizo a pie la visita de su extensa diócesis y consiguió ganarse el cariño y el respeto de su pueblo, pero no el del príncipe Egfrido, sucesor de Oswy. El año 659, Egfrido había contraído matrimonio con santa Etelreda, hija del rey Anna de Anglia del este. La reina se negó a consumar el matrimonio durante diez años; san Wilfrido, a quien apeló la reina cuando su marido quiso hacer valer sus derechos, apoyó su causa y la ayudó a abandonar el palacio y a ingresar en el monasterio de Coldingham. Ante esa actitud del santo, Egfrido se sintió ofendido y dio rienda suelta a su resentimiento. Cuando corrió la noticia de que San Teodoro tenía el proyecto de dividir la extensa diócesis sufragánea de Nortumbría, el rey apoyó el proyecto; por otra parte, se dedicó a crear obstáculos a San Wilfrido y pidió que fuese depuesto. Según parece, Teodoro prestó oídos a las quejas de Egfrido, dividió la diócesis de York y consagró a tres obispos en la propia catedral de san Wilfrido. Este apeló al juicio de la Santa Sede el año 677 o 678. Fue el primer caso de apelación de la Iglesia de Inglaterra a Roma. San Wilfrido emprendió el viaje a la Ciudad Eterna; pero los vientos contrarios arrojaron la nave a la costa de Frieslandia, y el santo pasó allí el invierno y la primavera del año siguiente, predicando y bautizando a los habitantes de la región. Tal fue el comienzo de la misión que san Wilibrordo y otros apóstoles llevarían a feliz término más tarde.

Después de pasar algún tiempo en Francia, san Wilfrido llegó a Roma a fines del año 679. El papa san Agatón estaba ya al corriente de los sucesos en Inglaterra, gracias a los informes de un monje a quien Teodoro había enviado a Roma con unas cartas. Para discutir el asunto, el papa reunió un sínodo en Letrán. El sínodo dispuso que san Wilfrido debía ser restituido a su diócesis y que a él tocaba elegir a sus coadjutores o sufragáneos. En cuanto llegó a Inglaterra, san Wilfrido, que había asistido en Roma al Concilio de Letrán que condenó la herejía monotelita, se presentó ante el rey Egfrido y le dio a leer los documentos pontificios. El monarca gritó que san Wilfrido había obtenido esos decretos del Pontífice con soborno y mandó que le encarcelaran durante nueve meses. Cuando salió de la prisión, el santo se dirigió a Sussex pasando por Wessex. Aunque aún había muchos paganos entre los sajones del sur, el rey Etelwaldo, que había sido bautizado recientemente en Mercia, le acogió con los brazos abiertos. El santo convirtió con su predicación a la mayoría de los habitantes y evangelizó también la isla de Wight. En Sussex devolvió la libertad a 250 esclavos. Cuando llegó a Sussex, el hambre y la sequía asolaban la región; pero el día en que bautizó a los primeros neófitos cayó una lluvia muy abundante. San Wilfrido enseñó también al pueblo a pescar, lo cual resultó muy benéfico, pues en la región sólo se conocía la pesca de anguilas. Los acompañantes del obispo adaptaron las redes utilizadas para atrapar anguilas de manera que sirviesen para los peces y, en la primera salida pescaron trescientas piezas. San Wilfrido regaló cien peces a los pobres, dio otros cien a quienes le habían prestado las redes y guardó los cien restantes para su comitiva. El rey le regaló entonces una parcela de tierra, donde el santo estableció un monasterio, que se convirtió más tarde en cabecera de una diócesis, que después se cambió a Chichester.

San Wilfrido tenía su residencia en la península de Selsey. Durante los cinco años siguientes, hasta la muerte del rey Egfrido, san Teodoro, que era ya muy anciano y estaba enfermo, le rogó frecuentemente que fuese a verle en casa del obispo de Londres, san Erconwaldo. Cuando por fin tuvo lugar la reunión, san Teodoro confesó toda su vida a sus dos hermanos en el episcopado y dijo a san Wilfrido: «Lo que más me duele es haber consentido en vuestra deposición sin que vos me hubieseis dado causa alguna para ello. Confieso mi crimen a Dios y a san Pedro y los pongo por testigos de que haré cuanto esté en mi mano por reparar mi falta y reconciliaros con los reyes y señores que son amigos míos. Sé que no viviré hasta el fin de este año y, antes de morir, quiero dejaros establecido como sucesor mío en mi diócesis». San Wilfrido replicó: «Que Dios y san Pedro perdonen todas nuestras disputas. En cuanto a mí, os prometo que pediré siempre por vos. Escribid a vuestros amigos que me restituyan a mi diócesis, según lo disponen los decretos de la Santa Sede. Más tarde, una asamblea estudiará el asunto de vuestro sucesor». Así pues, san Teodoro escribió a Alfrido, sucesor de Egfrido, a Etelredo, rey de Mercia, a santa Elfleda, quien había sucedido a santa Hilda en el gobierno de la abadía de Whitby y a algunos otros. Alfrido restituyó a san Wilfrido en su diócesis el año 686 y le devolvió el monasterio de Ripon.

La historia del desarrollo de los sucesos en el norte es muy oscura y complicada; el hecho es que, cinco años después, surgieron ciertas dificultades entre Alfrido y san Wilfrido, y éste fue nuevamente desterrado, el año 691. Entonces se refugió en los dominios de Etelredo de Mercia, quien le confió la administración de la sede vacante de Lichfield, y el santo desempeñó ese oficio durante cinco años. El nuevo arzobispo de Canterbury, san Bertwaldo, a quien no simpatizaba san Wilfrido, convocó el año 703 un sínodo en el cual se decretó, a instancias de Alfrido, que san Wilfrido renunciase a su diócesis y se retirase a la abadía de Ripon. San Wilfrido, en un discurso conmovedor, recordó todo la que había hecho por la Iglesia en el norte y apeló nuevamente a la Santa Sede. El sínodo se disolvió, y el santo, que tenía ya setenta años, emprendió su tercer viaje a Roma. También sus enemigos enviaron representantes a la Ciudad Eterna, donde se examinó el asunto en varias sesiones consecutivas. Naturalmente, la comisión encargada de estudiar el caso estaba influenciada por la decisión anterior de san Agatón. Por otra parte, los enemigos de san Wilfrido admitían que su vida había sido siempre irreprochable y que es imposible deponer a un obispo contra el que no se puede probar ninguna acusación canónica. La comisión resolvió que, si era necesario dividir la sede de san Wilfrido, había sido injusto proceder a ello sin consultar al santo y sin reservarle una de las diócesis nuevas, y que sólo un sínodo provincial podía haber decretado la división de la diócesis. Además, como san Wilfrido era el mejor conocedor de los cánones de la Iglesia de Inglaterra, según lo había reconocido san Teodoro, consiguió meter en aprietos a muchos personajes de la corte. En efecto, es interesante observar que el santo jamás había exigido la jurisdicción de un metropolitano sobre la sede de York, ya que el palio había sido concedido a san Paulino y no a él. San Wilfrido encontró en Roma la protección y la aprobación que merecía su heroica virtud. El papa Juan VI escribió a los reyes de Mercia y Nortumbría y encargó al arzobispo Bertwaldo que convocase un sínodo para hacer justicia al santo; al mismo tiempo, amenazó con emplazar a los enemigos de san Wilfrido, si no cumplían sus órdenes.

A pesar de todo, el rey Alfrido mantuvo su oposición a san Wilfrido cuando éste retornó a Inglaterra, pero el monarca falleció el año 705 y, durante su última enfermedad, se arrepintió de todas las injusticias que había cometido contra él, según testificó su hermana santa Elfleda. Habiendo reivindicado así los cánones y la autoridad de la Santa Sede, san Wilfrido no tuvo dificultad en aceptar un compromiso; en efecto, cedió la sede de York a san Juan de Beverley y se contentó con la diócesis de Hexham, que administró prácticamente desde su monasterio de Ripon. Eddio escribe a propósito de la toma de posesión de san Wilfrido: «Ese día se abrazaron y besaron todos los obispos, unos a otros, partieron el pan y comulgaron juntos. Una vez que dieron gracias a Dios por el feliz suceso, retornaron a sus respectivas diócesis llenos de la paz de Cristo». El año 709, san Wilfrido visitó los monasterios de Mercia que él mismo había fundado y falleció en uno de ellos, el de Oundle, en Northamptonshire., después de haber repartido sus bienes entre sus monasterios, sus iglesias y sus antiguos compañeros de destierro. Su cuerpo fue sepultado en su iglesia de San Pedro de Ripon. T. Hodkin, en su «Historia de Inglaterra durante la conquista de los normandos», confiesa que «la vida de san Wilfrido, con su extraña sucesión de triunfos y desventuras, es uno de los problemas más complejos de la historia del primer período anglo-sajón». Pero el mismo autor añade: «San Wilfrido preguntó justamente una y otra vez: '¿De qué crímenes me acusáis?' Y, a lo que parece, sus enemigos no podían acusarle de ninguno». Por otra parte, el historiador Hodgkin no vacila en describir al santo como «un valeroso anciano» y «el más grande de los personajes eclesiásticos» de Nortumbría. Aunque las tempestades se acumularon sobre san Wilfrido, nunca perdió el ánimo ni insultó a sus perseguidores. Su amigo y biógrafo, Eddio, le describe como un hombre «cortés con todo el mundo, muy activo, caminante infatigable, siempre dispuesto a hacer el bien, sin desalentarse jamás». Su fiesta se celebra en la mayoría de las diócesis inglesas y la oración que le corresponde en el breviario está tomada del antiguo oficio de la diócesis de York.

Además del detallado relato de Beda, los principales materiales son: una biografía muy completa escrita por su compañero y discípulo, Eddio (traducida al inglés por B. Colgrave en 1927), un poema un tanto ampuloso de Frithegod (c. 945) y algunos documentos posteriores, como la biografía o las biografías de Eadmer. Dichas fuentes se hallan reunidas en el primer volumen de la obra de Raine, Historians of the Church of York (Rolls Series). Sería imposible discutir aquí los múltiples conflictos de la vida de san Wilfrido. Nuestro artículo está basado sustancialmente en los relatos de Beda y de Eddio. Aunque hay razones para sospechar que Eddio suprimió ciertos incidentes que podían ensombrecer un tanto la figura de su biografiado, no existe ninguna prueba de que haya realmente falsificado la historia. Véase R. L. Pool, Studies in Chronology and History (1934), pp. 56-81; F. M. Stenton, Anglo-Saxon England (1943); W. Levison, England and the Continent in the Eighth Century (1946); E. S. Duckett, Anglo-Saxon Saints and Scholars (1947). Alistair Campbell editó en 1950 el poema de Frithegod.

fuentes: «Vidas de los santos de A. Butler», Herbert Thurston, SI; eltestigofiel.org

martes, 23 de abril de 2013

23 de abril: San Adalberto de Praga, obispo y mártir

Martirologio Romano: San Adalberto (Vojtech), obispo de Praga y mártir, que aguantó dificultades en bien de aquella iglesia y por Cristo llevó a cabo muchos viajes, trabajando para extirpar costumbres paganas, pero al ver el poco resultado obtenido, se dirigió a Roma donde se hizo monje, pero finalmente, vuelto a Polonia e intentando atraer a la fe a los prusianos, en la aldea de Tenkitten, junto al golfo de Gdansk, fue asesinado por unos paganos (997).

Etimológicamente: Adalberto=Aquel que brilla por la nobleza de su espíritu, es de origen germánico.

(959-997) Aún era niño, cuando una enfermedad, que lo puso a las puertas de la muerte, le hizo ver la seriedad de la vida. El problema de su salvación se le presentaba con una insistencia alarmante, y ante él parecíanle verdaderas naderías la belleza angélica de su cuerpo, de todo el mundo alabada; la nobleza de su familia, una de las más poderosas de Bohemia, y la gloria de su saber, que acumulara al lado del obispo de Magdeburgo, Adalberto. Este obispo le dio su nombre; antes se llamaba Woytiez. Tendría algo más de veinte años cuando asistió a la muerte de Diethmaro arzobispo de Praga. Diethmaro había sido uno de aquellos pastores mundanos que tanto abundaron en aquella época. Al llegar su última hora, el aguijón de la conciencia le atormentaba sin piedad. "¡Mísero de mí-exclamaba- cómo he perdido mis días, cómo me ha engañado el mundo prometiéndome larga vida, riquezas y placeres!" Así hablaba en medio de los estertores de la agonía, con la voz ronca y entrecortada, con los ojos extraviados y convulsos los rasgos de su rostro. Cuando murió, parecía sumido en el abismo de la desesperación.

El joven Adalberto salió de la estancia transformado. La sacudida que aquel espectáculo causó en su sensibilidad eslava fue tal, que desde entonces las palabras del moribundo parecían resonar constantemente en sus oídos. La vida se le presentó con los más negros colores, y en sus ojos claros empezó a dibujarse una trágica inquietud. Inmediatamente dejó su túnica de seda, se vistió de un saco grosero, se echó ceniza en la cabeza y empezó a caminar de iglesia en iglesia, postrándose ante las reliquias de los santos, y de hospital en hospital, visitando a los enfermos. En esta forma lo encontraron cuando lo sentaron en la silla episcopal de Praga. Sólo esto le faltaba para hacer de su vida un tormento insoportable. La idea del juicio de Dios le atenazaba el alma. "Es fácil-decía-llevar una mitra de seda y un báculo de oro; lo grave es tener que dar cuenta de un obispado al terrible Juez de vivos y muertos."

Vivía triste y como dominado por una impresión de terror. Diríase que pendía sobre su cabeza el filo de una espada. Y efectivamente, algo más aterrador que una espada de fuego le abrumaba sin cesar: era la duda pavorosa de si llegaría a salvarse. El enigma sombrío le estremecía, le atormentaba y consumía sus carnes. Cuentan que jamás se le vio reír. A los que le preguntaban por qué teniendo un obispado tan rico, que le hacía uno de los más poderosos príncipes del Imperio, no reservaba algunas rentas para los lícitos placeres, contestaba él con una lógica inquietante: "¿No os parece una locura hacer piruetas al borde de un abismo?" No deja de causarnos extrañeza, después de haber sido predicada la suavidad del Evangelio, esta atmósfera de terror en que vive uno de sus más puntuales seguidores; pero Dios tiene muchas vías para llevar al Cielo a sus escogidos, y en el siglo X, tan disoluto y gangrenado por el crimen, convenía la aparición de esta figura ejemplar. Entonces alcanzó toda su realidad aquella palabra de Cristo: "El mundo se alegrará y vosotros os contristaréis."

Pero el mundo, que perdona fácilmente su virtud a algunos santos, porque la juzga más suave, más humana, más condescendiente, guarda un odio irreconciliable para aquellos que directamente, con sus palabras o con su conducta, se oponen a sus alegrías insensatas. Y Adalberto era, en su vida y en sus palabras, lo que era en su rostro. Sus súbditos yacían en la barbarie, sin más que el nombre de cristianos, y él tenía un temple incapaz de ceder. Predicaba, reprendía, excomulgaba, y la gente no veía más que la dureza de su palabra; no veía que todas las rentas de sus tierras se las llevaban los mendigos y los enfermos. Su rigidez de acero se estrelló contra el salvajismo del pueblo. Tres veces dejó su episcopado por juzgar inútil su labor, y otras tantas lo volvió a tomar por consejo de los Sumos Pontífices. En uno de estos intervalos vistió la cogulla benedictina en el monasterio de San Bonifacio, de Roma. Disfrazado con la máscara de la humildad y de la sencillez, nadie adivinó en el nuevo monje la luz de Bohemia. Vivió desconocido durante cinco años, como el último de los monjes, sirviendo, cuando le tocaba, a la mesa conventual, y sufriendo las sanciones regulares y las advertencias de los hermanos, porque, como no estaba acostumbrado a aquellos menesteres, rompía con frecuencia las copas y los platos.

Cuando, por última vez, se dirigía a su diócesis, los de Praga le enviaron una embajada diciéndole irónicamente: "Nosotros somos pecadores, gente de iniquidad, pueblo de dura cerviz; tú, un santo, un amigo de Dios, un verdadero israelita que no podrá sufrir la compañía de los malvados." Adalberto comprendió, se dio cuenta de que serían inútiles todos sus esfuerzos, y se encaminó a predicar el Evangelio en Prusia. A la severidad de su palabra añadió Dios el atractivo de la gracia. Ya antes, su predicación había convertido a muchos paganos en Polonia, y el rey de Hungría, San Esteban, había recibido de su boca la enseñanza de la fe. En Prusia, su apostolado tuvo una fecundidad asombrosa. Todos los habitantes de Dantzig recibieron el bautismo de sus manos. Para atraerlos más fácilmente se vistió como las gentes de aquella tierra, adoptó su manera de vivir y aprendió su lengua. "Haciéndonos semejantes a ellos-decía-, cohabitando en sus mismas casas, asistiendo a sus banquetes, ganando el sustento con nuestras manos y dejando crecer, como ellos, nuestra barba y nuestra cabellera, los ganaremos mejor para Cristo."

Los infieles se alarmaron y le persiguieron de pueblo en pueblo. Sitiado en una casa por una tribu de salvajes, les decía desde la puerta: "Yo soy el monje Adalberto, vuestro apóstol. Por vosotros he venido aquí, para que dejéis esos ídolos mudos y conozcáis a vuestro Creador, y creyendo en Él tengáis la verdadera vida." Nadie se atrevió a tocarle entonces; pero algo más tarde un sacerdote de los ídolos le atravesó con una lanza mientras rezaba el breviario. Adalberto pudo sostenerse un instante de rodillas para orar por sus asesinos. Al caer exánime, una sonrisa de felicidad se posaba por primera vez en sus labios. Su alma, inundada de gloria, volaba hacia Dios, descifrado ya el capital enigma que tantas veces le ensombreciera. Habíase cumplido la promesa del Salvador: "Vuestra tristeza se convertirá en gozo, y vuestro gozo nadie os lo podrá arrebatar."

(fuente: es.catholic.net)
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