Beata Kateri Tekakwitha
Virgen
(1656-1680)
"Lirio de los Mohawks"
Patrona del medio ambiente y de la ecología. La beata Kateri Tekakwitha aún no ha sido canonizada.
Kateri nació en un pueblo cerca de Auriesville, Nueva York en el año 1656 y era hija de un luchador de la tribu Mohawk. Ella tenía cuatro años cuando su madre murió de rubéola. Esta enfermedad también atacó a Kateri y desfiguró su rostro. Luego de este evento que marcó toda su vida Kateri fue adoptada por sus dos tías y su tío.
Kateri se convirtió al catolicismo durante su adolescencia. Ella fue bautizada a los veinte años y esto ocasionó una gran hostilidad hacia ella por parte de su tribu. Aunque tuvo que sufrir grandemente por su fe, ella se mantuvo firme en sus creencias.
Después de un tiempo Kateri se fue a una nueva colonia indígena en Canadá. Allí, ella vivió una vida dedicada a la oración, a la penitencia y al cuidado de los enfermos y ancianos. Cada mañana, aun durante los inviernos más fuertes, ella se instalaba frente a la puerta de la capilla hasta que la abriesen, a las cuatro de la mañana, y se mantenía ahí hasta la ultima misa del día.
Kateri era muy devota a la Eucaristía y a Jesús Crucificado. Murió el 7 de Abril de 1680 a la edad de 24 años y es conocida como la Flor de Pascua de los Mohawks. A la devoción de Kateri se le atribuye el establecimiento de ministerios para las tribus indígenas en las Iglesias católicas de los Estados Unidos. Kateri fue declarada venerable por la Iglesia Católica en 1943 y fue beatificada en 1980.
Actualmente se está trabajando en el proceso para su canonización. Miles de personas han visitado sus santuarios, erguidos en San Francisco Javier y en Caughnawage, lugar natal en Auriesville, Nueva York. Hoy en día siguen habiendo grandes peregrinaciones a estos lugares históricos y de gran importancia espiritual.
La beata Kateri Tekakwitha es la primera Indígena Americana declarada beata. Su festividad se celebra el 14 de julio. Ella es considerada patrona de la naturaleza y de la ecología así como San Francisco de Asís.
(fuente: www.ewtn.com)
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domingo, 14 de julio de 2013
sábado, 13 de julio de 2013
13 de julio: San Eugenio de Cártago
Atila en los bosques del Danubio y Genserico en los arenales africanos, parecen las dos fieras salvajes que espían el momento propicio para arrojarse sobre el cuerpo de Roma moribunda. Son los dos enemigos más terribles del Imperio agonizante; pero la figura de aquel vándalo, cojo, feo, pequeño y ridículo, es más repugnante y más odiosa. No le falta grandeza de espíritu. Si no era señor de sus cóleras, sabía dominar sus placeres; si sus violencias multiplicaban en torno suyo los peligros, tenía energía y diplomacia para disiparlos. Era superior a aquellos romanos degenerados a quienes combatía y despreciaba. Cuando entra en Cartago, se indigna al ver las catervas de afeminados vestidos de mujeres, y los deporta al interior para que los moros les den algunas lecciones de energía y virilidad. No comprende las casas de prostitución; las cierra todas, y casa por la fuerza a las que habitaban en ellas.
No obstante, todo el talento de este hombre se concentró en una obra de muerte: destruir el Imperio y aniquilar el catolicismo. Las dos cosas se confundían a sus ojos. Unos meses antes de morir, en otoño de 476, tuvo su última alegría, la más grande, tal vez, de todas las alegrías de su vida: el gigantesco Atila se había desvanecido misteriosamente, pero los ojos atigrados del vándalo se iluminaron por última vez al contemplar la caída del Imperio de Occidente. Entre tanto, el catolicismo seguía viviendo, y, sin embargo, él había jurado su exterminio, y a principios del año 477 moría fatigado y triste, porque no había podido cumplir su juramento.
Su desaparición fue el principio de una tregua para los católicos de África, desde la Cirenaica hasta el estrecho de Gibraltar. Hunerico empezó su reinado devolviendo a los católicos el derecho de reunión. Se mostraba dulce y moderado; pero, como buen vándalo, necesitaba matar, atormentar, perseguir. Para aquellos hombres no había música más agradable que el llanto de los oprimidos. Además, era preciso llenar el erario. Toda aquella mansedumbre estaba finamente calculada. Como los católicos estaban empobrecidos por las persecuciones anteriores, había que dejarles tiempo para reponerse. Por de pronto, se arremetería contra los maniqueos. Unos fueron quemados, otros desterrados, otros arrojados al mar. Sin embargo, fue preciso recoger velas, porque se descubrió que muchos individuos del clero arriano pertenecían a la secta. Entre tanto, los católicos seguían en paz. Hasta recabaron, valiéndose de la influencia del emperador de Constantinopla, libertad para elegir un obispo. Hunerico hizo publicar un decreto que decía: «El emperador Zenón nos ha escrito diciendo que desea ver un obispo en la Iglesia de Cartago. Escoged, pues, al que os plazca, pero con la condición de que el emperador deje completa libertad a los obispos arríanos de su Imperio para predicar en la lengua de su agrado y celebrar los misterios cristianos como les parezca. De lo contrario, habéis de saber que el obispo elegido y todo el clero de África serán llevados al país de los moros.»
No faltaron hombres sensatos que vieron en este decreto un nuevo lazo tendido a la Iglesia católica; pero no había más remedio que aceptar aquel favor que podría traer terribles consecuencias. El elegido fue un venerable asceta que se llamaba Eugenio. «Cuando vio que tenía un obispo—dice Víctor de Vite—, y un obispo sentado en su trono, la juventud católica, que nunca había visto una cosa semejante, fue asaltada por una especie de delirio, una alegría frenética, que llenó de cólera a los clérigos arrianos.» El nuevo obispo era un hombre en quien ardía el celo apostólico. Predicaba intrépidamente, defendía la religión con agudeza y audacia, y con el dinero que la caridad de los católicos ponía en sus manos, hacía abundantes limosnas. Además de un santo, era un espíritu sumamente culto, y, sobre todo, un carácter. Al poco San Pedro Celestino Vtiempo, el pueblo empezó a hacer comparaciones entre el obispo de los católicos y el patriarca de los arríanos, un hombre intrigante y cortesano, más apto para llevar el casco que la mitra. Y no tardó en seguir la persecución. Prohibióse a Eugenio predicar, subir a la cátedra episcopal y recibir en la iglesia personas vestidas a la manera de los vándalos. «La casa de Dios—contestó el obispo—está abierta para todo el mundo, y yo no puedo echar a nadie de ella.» Inmediatamente empezaron los atropellos, las violencias, asesinatos y deportaciones.
Al morir un obispo católico, las tierras y posesiones de su iglesia eran agre gadas al fisco, y no se podía ordenar a nadie para sucederle sin entregar quinientos sueldos al Tesoro. Para desacreditar a los ministros, se acudió a un procedimiento diabólico. Obligóse a las vírgenes consagradas a Dios a una inspección denigrante; después, las colgaron con grandes pesos en los pies, les aplicaron láminas incandescentes a los cuerpos desnudos, y les sometieron a otros géneros de torturas para obligarlas a confesar crímenes imaginarios en que se suponía comprendidos a los clérigos. Muchas de ellas murieron en el suplicio; otras quedaron enfermas y estropeadas para siempre. Al mismo tiempo, un ejército de 4.970 desterrados caminaba en dirección al desierto. Víctor de Vite, el historiador de la Iglesia africana en aquellos días sombríos, nos ha contado los incidentes de la ruta sangrienta. Había obispos y sacerdotes, dóricos y laicos, niños que apenas podían andar y ancianos venerables. Iban con las manos atadas, las caras famélicas, los ojos febriles, extenuados por los horrores de una larga prisión. Los guardias bárbaros les rodeaban con las espadas desenvainadas y los arcos tendidos. Los pueblos se agolpaban a su paso, llorando, llevando cirios en las manos y pidiendo a los mártires que bendijesen a sus hijos. Ellos caminaban alegres, cantando versos de salmos o proclamando audazmente su fe. «Somos cristianos—decían—, somos católicos; confesamos un solo Dios en tres Personas.» El cronista recordaba, muchos años más tarde, la figura heroica de una anciana que seguía a los confesores llevando una alforja a la espalda y de la mano un pequeñuelo, a quien repetía de cuando en cuando: «Corre, pequeño señor mío, ¿no ves la alegría de los siervos de Dios, y cómo se apresuran a recibir la corona?» «¿Adonde vas de esa manera?», decíanla los desterrados. «Voy al destierro, con vosotros—respondía ella—, y llevo conmigo a este nietecito, temiendo que, si se queda solo, el diablo le haga caer de la vida a la muerte.» «Al oír estas palabras, dice el cronista, nos echamos a llorar, y nuestro único deseo era que se cumpliese la voluntad de Dios.» De entre aquella muchedumbre generosa, muchos quedaron tendidos en la arena; otros fueron rematados por los verdugos; los supervivientes, entregados a las cabilas moras, pasaron el resto de su vida en el hambre, la sed y en las miserias de la esclavitud.
Pero Hunerico, que se picaba de legalidad, quiso dar a su barbarie alguna apariencia de razón, y con ese fin organizó una asamblea de obispos católicos y arríanos; en la cual debían examinarse los argumentos de una y otra parte. «Podréis disputar de vuestra fe con nuestros obispos—decía el rey a San Eugenio—, podréis defender por la Escritura vuestra creencia homousiana, y así sabremos quién está en la verdad.» A principios del año 484 había ya en Cartago varios centenares de obispos católicos. Pronto se vio que no había libertad de discusión. Los más sabios de entre los católicos desaparecieron secuestrados por sus adversarios; otros fueron apaleados; otros, azotados. Los restantes acudieron a la conferencia. Su sorpresa fue grande cuando vieron que se les obligaba a estar en pie, mientras el patriarca les miraba despectivamente, sentado en un trono deslumbrante. No obstante, aceptaron la disputa; pero el patriarca protestó que no sabía latín. «¡Cómo!—le dijo Eugenio—. Sabemos muy bien que hablas la lengua latina; pero no ignoramos lo que buscas: has provocado el incendio y aún no estás harto de nuestra sangre.» Era el principio de las arbitrariedades; el fin fue la deportación. No se trataba de creencias, sino de venganzas. Pocos días después salía un decreto por el cual el nomousion quedaba proscrito, las iglesias católicas confiscadas y sus ministros desterrados. San Eugenio y los demás obispos, sus companeros, fueron asaltados y desvalijados en sus posadas, quedando sólo con los vestidos más indispensables. Nadie podía hospedarles en su casa, bajo pena de ser quemado vivo; nadie podía socorrerles, ni proveerles de alimento. Sin embargo, ellos permanecieron en la ciudad, durmiendo a la intemperie, a lo largo de las murallas. Un día, viendo al rey que salía de paseo por aquellos lugares, se acercaron a él para exponerle sus quejas; pero la guardia real cargó contra ellos, y muchos quedaron heridos para toda la vida. Vinieron luego los destierros, las mutilaciones y las matanzas en masa. Entre los perseguidos, figura el mejor teólogo y uno de los más santos obispos de aquel tiempo, Fulgencio de Ruspe, pensador sutil, escritor fácil y eco fiel de las ideas agustinianas en aquellos días de inmensa penuria intelectual. Mientras Fulgencio era deportado a Cerdeña, Eugenio, al frente de una multitud de clérigos de su iglesia, caminaba en dirección a la Mauritania cesariana, donde debía sufrir su condena. Otros, amontonados en los calabozos, podían repetir las palabras de un preso ilustre de aquellos días: «Las cadenas me oprimen, los tormentos me abruman, la indigencia me consume. Vivo entre las cucarachas y los ratones, vestido de harapos, cubierto de amargura. Conocidos y desconocidos, todos se han apartado de mi; mis esclavos han huído, mis clientes me han despreciado, y he sido olvidado de aquellos a quienes antes consagré mi vida.» El que así se lamentaba era el poeta Dracosnio, reo de haber celebrado en sus versos al basileus bizantino, lo cual era para los reyes vándalos un crimen tan grande como profesar la fe de Nicea.
La persecución duró sólo unos meses. La muerte de Hunerico abrió las cárceles y permitió a los confinados el retorno a sus casas. Eugenio volvió a sentarse de nuevo en su trono episcopal, a predicar y a discutir. Su celo era impetuoso, su palabra ardiente, su dialéctica incontrastable. El mismo rey trasamundo, que tenía humos de teólogo y gozaba discutiendo en latín con los obispos católicos, fue vencido por aquella elocuencia erudita y audaz. Esto era peor que alabar al emperador de Constantinopla, y, naturalmente, Eugenio fue desterrado de nuevo. Esta vez se le entregó a merced de las olas, y las olas le llevaron a las costas del sur de Francia. Allí, en la ciudad de Albi, acabó tranquilamente su vida, vislumbrando en el horizonte días mejores para su patria. Era fácil augurar la ruina de aquella grandeza bárbara, neciamente gastada en una obra de destrucción y de muerte. Eugenio debia leer con fruición estas palabras que un obispo ponía en boca de la metrópoli africana: «No importa que la furia del bandido me haya hecho inaccecible: la vida voluptuosa de su pueblo ha matado su vigor. Quisiera tener su antigua ferocidad escítica, pero el lujo le ha quitado el señorío sobre la victoria.» El pueblo de Genserico se había hecho el más sensual de la tierra: un paseo militar bastará para hacerle desaparecer.
No obstante, todo el talento de este hombre se concentró en una obra de muerte: destruir el Imperio y aniquilar el catolicismo. Las dos cosas se confundían a sus ojos. Unos meses antes de morir, en otoño de 476, tuvo su última alegría, la más grande, tal vez, de todas las alegrías de su vida: el gigantesco Atila se había desvanecido misteriosamente, pero los ojos atigrados del vándalo se iluminaron por última vez al contemplar la caída del Imperio de Occidente. Entre tanto, el catolicismo seguía viviendo, y, sin embargo, él había jurado su exterminio, y a principios del año 477 moría fatigado y triste, porque no había podido cumplir su juramento.
Su desaparición fue el principio de una tregua para los católicos de África, desde la Cirenaica hasta el estrecho de Gibraltar. Hunerico empezó su reinado devolviendo a los católicos el derecho de reunión. Se mostraba dulce y moderado; pero, como buen vándalo, necesitaba matar, atormentar, perseguir. Para aquellos hombres no había música más agradable que el llanto de los oprimidos. Además, era preciso llenar el erario. Toda aquella mansedumbre estaba finamente calculada. Como los católicos estaban empobrecidos por las persecuciones anteriores, había que dejarles tiempo para reponerse. Por de pronto, se arremetería contra los maniqueos. Unos fueron quemados, otros desterrados, otros arrojados al mar. Sin embargo, fue preciso recoger velas, porque se descubrió que muchos individuos del clero arriano pertenecían a la secta. Entre tanto, los católicos seguían en paz. Hasta recabaron, valiéndose de la influencia del emperador de Constantinopla, libertad para elegir un obispo. Hunerico hizo publicar un decreto que decía: «El emperador Zenón nos ha escrito diciendo que desea ver un obispo en la Iglesia de Cartago. Escoged, pues, al que os plazca, pero con la condición de que el emperador deje completa libertad a los obispos arríanos de su Imperio para predicar en la lengua de su agrado y celebrar los misterios cristianos como les parezca. De lo contrario, habéis de saber que el obispo elegido y todo el clero de África serán llevados al país de los moros.»
No faltaron hombres sensatos que vieron en este decreto un nuevo lazo tendido a la Iglesia católica; pero no había más remedio que aceptar aquel favor que podría traer terribles consecuencias. El elegido fue un venerable asceta que se llamaba Eugenio. «Cuando vio que tenía un obispo—dice Víctor de Vite—, y un obispo sentado en su trono, la juventud católica, que nunca había visto una cosa semejante, fue asaltada por una especie de delirio, una alegría frenética, que llenó de cólera a los clérigos arrianos.» El nuevo obispo era un hombre en quien ardía el celo apostólico. Predicaba intrépidamente, defendía la religión con agudeza y audacia, y con el dinero que la caridad de los católicos ponía en sus manos, hacía abundantes limosnas. Además de un santo, era un espíritu sumamente culto, y, sobre todo, un carácter. Al poco San Pedro Celestino Vtiempo, el pueblo empezó a hacer comparaciones entre el obispo de los católicos y el patriarca de los arríanos, un hombre intrigante y cortesano, más apto para llevar el casco que la mitra. Y no tardó en seguir la persecución. Prohibióse a Eugenio predicar, subir a la cátedra episcopal y recibir en la iglesia personas vestidas a la manera de los vándalos. «La casa de Dios—contestó el obispo—está abierta para todo el mundo, y yo no puedo echar a nadie de ella.» Inmediatamente empezaron los atropellos, las violencias, asesinatos y deportaciones.
Al morir un obispo católico, las tierras y posesiones de su iglesia eran agre gadas al fisco, y no se podía ordenar a nadie para sucederle sin entregar quinientos sueldos al Tesoro. Para desacreditar a los ministros, se acudió a un procedimiento diabólico. Obligóse a las vírgenes consagradas a Dios a una inspección denigrante; después, las colgaron con grandes pesos en los pies, les aplicaron láminas incandescentes a los cuerpos desnudos, y les sometieron a otros géneros de torturas para obligarlas a confesar crímenes imaginarios en que se suponía comprendidos a los clérigos. Muchas de ellas murieron en el suplicio; otras quedaron enfermas y estropeadas para siempre. Al mismo tiempo, un ejército de 4.970 desterrados caminaba en dirección al desierto. Víctor de Vite, el historiador de la Iglesia africana en aquellos días sombríos, nos ha contado los incidentes de la ruta sangrienta. Había obispos y sacerdotes, dóricos y laicos, niños que apenas podían andar y ancianos venerables. Iban con las manos atadas, las caras famélicas, los ojos febriles, extenuados por los horrores de una larga prisión. Los guardias bárbaros les rodeaban con las espadas desenvainadas y los arcos tendidos. Los pueblos se agolpaban a su paso, llorando, llevando cirios en las manos y pidiendo a los mártires que bendijesen a sus hijos. Ellos caminaban alegres, cantando versos de salmos o proclamando audazmente su fe. «Somos cristianos—decían—, somos católicos; confesamos un solo Dios en tres Personas.» El cronista recordaba, muchos años más tarde, la figura heroica de una anciana que seguía a los confesores llevando una alforja a la espalda y de la mano un pequeñuelo, a quien repetía de cuando en cuando: «Corre, pequeño señor mío, ¿no ves la alegría de los siervos de Dios, y cómo se apresuran a recibir la corona?» «¿Adonde vas de esa manera?», decíanla los desterrados. «Voy al destierro, con vosotros—respondía ella—, y llevo conmigo a este nietecito, temiendo que, si se queda solo, el diablo le haga caer de la vida a la muerte.» «Al oír estas palabras, dice el cronista, nos echamos a llorar, y nuestro único deseo era que se cumpliese la voluntad de Dios.» De entre aquella muchedumbre generosa, muchos quedaron tendidos en la arena; otros fueron rematados por los verdugos; los supervivientes, entregados a las cabilas moras, pasaron el resto de su vida en el hambre, la sed y en las miserias de la esclavitud.
Pero Hunerico, que se picaba de legalidad, quiso dar a su barbarie alguna apariencia de razón, y con ese fin organizó una asamblea de obispos católicos y arríanos; en la cual debían examinarse los argumentos de una y otra parte. «Podréis disputar de vuestra fe con nuestros obispos—decía el rey a San Eugenio—, podréis defender por la Escritura vuestra creencia homousiana, y así sabremos quién está en la verdad.» A principios del año 484 había ya en Cartago varios centenares de obispos católicos. Pronto se vio que no había libertad de discusión. Los más sabios de entre los católicos desaparecieron secuestrados por sus adversarios; otros fueron apaleados; otros, azotados. Los restantes acudieron a la conferencia. Su sorpresa fue grande cuando vieron que se les obligaba a estar en pie, mientras el patriarca les miraba despectivamente, sentado en un trono deslumbrante. No obstante, aceptaron la disputa; pero el patriarca protestó que no sabía latín. «¡Cómo!—le dijo Eugenio—. Sabemos muy bien que hablas la lengua latina; pero no ignoramos lo que buscas: has provocado el incendio y aún no estás harto de nuestra sangre.» Era el principio de las arbitrariedades; el fin fue la deportación. No se trataba de creencias, sino de venganzas. Pocos días después salía un decreto por el cual el nomousion quedaba proscrito, las iglesias católicas confiscadas y sus ministros desterrados. San Eugenio y los demás obispos, sus companeros, fueron asaltados y desvalijados en sus posadas, quedando sólo con los vestidos más indispensables. Nadie podía hospedarles en su casa, bajo pena de ser quemado vivo; nadie podía socorrerles, ni proveerles de alimento. Sin embargo, ellos permanecieron en la ciudad, durmiendo a la intemperie, a lo largo de las murallas. Un día, viendo al rey que salía de paseo por aquellos lugares, se acercaron a él para exponerle sus quejas; pero la guardia real cargó contra ellos, y muchos quedaron heridos para toda la vida. Vinieron luego los destierros, las mutilaciones y las matanzas en masa. Entre los perseguidos, figura el mejor teólogo y uno de los más santos obispos de aquel tiempo, Fulgencio de Ruspe, pensador sutil, escritor fácil y eco fiel de las ideas agustinianas en aquellos días de inmensa penuria intelectual. Mientras Fulgencio era deportado a Cerdeña, Eugenio, al frente de una multitud de clérigos de su iglesia, caminaba en dirección a la Mauritania cesariana, donde debía sufrir su condena. Otros, amontonados en los calabozos, podían repetir las palabras de un preso ilustre de aquellos días: «Las cadenas me oprimen, los tormentos me abruman, la indigencia me consume. Vivo entre las cucarachas y los ratones, vestido de harapos, cubierto de amargura. Conocidos y desconocidos, todos se han apartado de mi; mis esclavos han huído, mis clientes me han despreciado, y he sido olvidado de aquellos a quienes antes consagré mi vida.» El que así se lamentaba era el poeta Dracosnio, reo de haber celebrado en sus versos al basileus bizantino, lo cual era para los reyes vándalos un crimen tan grande como profesar la fe de Nicea.
La persecución duró sólo unos meses. La muerte de Hunerico abrió las cárceles y permitió a los confinados el retorno a sus casas. Eugenio volvió a sentarse de nuevo en su trono episcopal, a predicar y a discutir. Su celo era impetuoso, su palabra ardiente, su dialéctica incontrastable. El mismo rey trasamundo, que tenía humos de teólogo y gozaba discutiendo en latín con los obispos católicos, fue vencido por aquella elocuencia erudita y audaz. Esto era peor que alabar al emperador de Constantinopla, y, naturalmente, Eugenio fue desterrado de nuevo. Esta vez se le entregó a merced de las olas, y las olas le llevaron a las costas del sur de Francia. Allí, en la ciudad de Albi, acabó tranquilamente su vida, vislumbrando en el horizonte días mejores para su patria. Era fácil augurar la ruina de aquella grandeza bárbara, neciamente gastada en una obra de destrucción y de muerte. Eugenio debia leer con fruición estas palabras que un obispo ponía en boca de la metrópoli africana: «No importa que la furia del bandido me haya hecho inaccecible: la vida voluptuosa de su pueblo ha matado su vigor. Quisiera tener su antigua ferocidad escítica, pero el lujo le ha quitado el señorío sobre la victoria.» El pueblo de Genserico se había hecho el más sensual de la tierra: un paseo militar bastará para hacerle desaparecer.
(fuente: www.divinavolonta.org)
viernes, 12 de julio de 2013
12 de julio: San León de Lucca
Martirologio Romano: En el monasterio de Cava, en la Campania, Italia, san León I, abad, que proveyó a los pobres con el trabajo de sus manos y les protegió ante los príncipes (1079). († 1079)
Fecha de canonización: Su culto fue sido confirmado por Gregorio XIII en 1579 y luego, el 21 de diciembre de 1893, el Papa León XIII confirmó el culto de los cuatro primeros abades de Cava.
León oriundo de Lucca (Italia), fue uno de los primeros discípulos del San Alferio, el noble eremita salernitano, de cuando aquel aún vivía en su cueva “arsicia”. La bondad, humildad y piedad, que lo caracterizaban hicieron que el anciano Alferio lo eligiera como su sucesor al frente de la nueva abadía de la Santísima Trinidad de Cava de’ Tirreni, que él había fundado.
León gobernó el monasterio durante unos treinta años, desde 1050 hasta 1079, llevando siempre un estilo de vida muy simple. Al inicio de su gobierno como abad tuvo que afrontar la arrogancia de un noble de la localidad, cuyo nombre se desconoce, quien incluso llegó a atacar el monasterio y a tomar como prisionero al abad por un corto tiempo.
San León se las arregló para ganarse el favor de los barones locales, quienes hacían llegar muchas donaciones a la Abadía de la Trinidad.
Se dice que a menudo San León se alejaba a recoger leña en el bosque que luego vendía en Salerno, con el dinero así obtenido ayudaba a los pobres.
Siendo ya anciano confió la tarea de Abad a San Pedro “Pappacarbone”, cuando este renunció al obispado de Policastro; se retiró a una zona cercana a la iglesia de San León en Vietri, pero tuvo que retomar la administración de la abadía para suavizar el rigor cluniacense establecido por Pedro, rigor que había despertado el descontento entre los monjes.
Durante su gobierno el papa Gregorio VII confirmó solemnemente el «Ordo Cavensis» (Orden de Cava, propia para el monasterio). Murió el 12 de julio de 1079 y fue sepultado en la ruta Arsicia, hoy incluida en la Capilla de los Santos Padres, donde reposan las reliquias de san Alferio y de los demás santos y beatos de la famosa abadía.
Fecha de canonización: Su culto fue sido confirmado por Gregorio XIII en 1579 y luego, el 21 de diciembre de 1893, el Papa León XIII confirmó el culto de los cuatro primeros abades de Cava.
León oriundo de Lucca (Italia), fue uno de los primeros discípulos del San Alferio, el noble eremita salernitano, de cuando aquel aún vivía en su cueva “arsicia”. La bondad, humildad y piedad, que lo caracterizaban hicieron que el anciano Alferio lo eligiera como su sucesor al frente de la nueva abadía de la Santísima Trinidad de Cava de’ Tirreni, que él había fundado.
León gobernó el monasterio durante unos treinta años, desde 1050 hasta 1079, llevando siempre un estilo de vida muy simple. Al inicio de su gobierno como abad tuvo que afrontar la arrogancia de un noble de la localidad, cuyo nombre se desconoce, quien incluso llegó a atacar el monasterio y a tomar como prisionero al abad por un corto tiempo.
San León se las arregló para ganarse el favor de los barones locales, quienes hacían llegar muchas donaciones a la Abadía de la Trinidad.
Se dice que a menudo San León se alejaba a recoger leña en el bosque que luego vendía en Salerno, con el dinero así obtenido ayudaba a los pobres.
Siendo ya anciano confió la tarea de Abad a San Pedro “Pappacarbone”, cuando este renunció al obispado de Policastro; se retiró a una zona cercana a la iglesia de San León en Vietri, pero tuvo que retomar la administración de la abadía para suavizar el rigor cluniacense establecido por Pedro, rigor que había despertado el descontento entre los monjes.
Durante su gobierno el papa Gregorio VII confirmó solemnemente el «Ordo Cavensis» (Orden de Cava, propia para el monasterio). Murió el 12 de julio de 1079 y fue sepultado en la ruta Arsicia, hoy incluida en la Capilla de los Santos Padres, donde reposan las reliquias de san Alferio y de los demás santos y beatos de la famosa abadía.
responsable de la traducción: Xavier Villalta
(fuente: es.catholic.net)
jueves, 11 de julio de 2013
11 de julio: San Benito de Nursia
480-547
- Abad, Patrón de Europa y Patriarca del monasticismo occidental.
- Lema: "Ora y Labora", representado emblemáticamente por el arado y la cruz.
- Fiesta: 11 de julio
- Etimología: Benito: "bendecido"
San Benito nació de familia rica en Nursia, región de Umbría, Italia, en el año 480. Su hermana gemela, Escolástica, también alcanzó la santidad.
Después de haber recibido en Roma una adecuada formación, estudiando la retórica y la filosofía.
Se retiró de la ciudad a Enfide (la actual Affile), para dedicarse al estudio y practicar una vida de rigurosa disciplina ascética. No satisfecho de esa relativa soledad, a los 20 años se fue al monte Subiaco bajo la guía de un ermitaño y viviendo en una cueva.
Tres años después se fue con los monjes de Vicovaro. No duró allí mucho ya que lo eligieron prior pero después trataron de envenenarlo por la disciplina que les exigía.
Con un grupo de jóvenes, entre ellos Plácido y Mauro, fundo su primer monasterio en en la montaña de Cassino en 529 y escribió la Regla, cuya difusión le valió el título de patriarca del monaquismo occidental. Fundó numerosos monasterios, centros de formación y cultura capaces de propagar la fe en tiempos de crisis.
Vida de oración disciplina y trabajo
Se levantaba a las dos de la madrugada a rezar los salmos. Pasaba horas rezando y meditando. Hacia también horas de trabajo manual, imitando a Jesucristo. Veía el trabajo como algo honroso. Su dieta era vegetariana y ayunaba diariamente, sin comer nada hasta la tarde. Recibía a muchos para dirección espiritual. Algunas veces acudía a los pueblos con sus monjes a predicar. Era famoso por su trato amable con todos.
Su gran amor y su fuerza fueron la Santa Cruz con la que hizo muchos milagros. Fue un poderoso exorcista. Este don para someter a los espíritus malignos lo ejerció utilizando como sacramental la famosa Cruz de San Benito.
San Benito predijo el día de su propia muerte, que ocurrió el 21 de marzo del 547, pocos días después de la muerte de su hermana, santa Escolástica. Desde finales del siglo VIII muchos lugares comenzaron a celebrar su fiesta el 11 de julio.
Si atendemos a la enorme influencia ejercida en Europa por los seguidores de San Benito, es desalentador comprobar que no tenemos biografías contemporáneas del padre del monasticismo occidental. Lo poco que conocemos acerca de sus primeros años, proviene de los "Diálogos" de San Gregorio, quien no proporciona una historia completa, sino solamente una serie de escenas para ilustrar los milagrosos incidentes de su carrera.
Benito nació y creció en la noble familia Anicia, en el antiguo pueblo de Sabino en Nurcia, en la Umbría en el año 480. Esta región de Italia es quizás la que mas santos ha dado a la Iglesia. Cuatro años antes de su nacimiento, el bárbaro rey de los Hérculos mató al último emperador romano poniendo fin a siglos de dominio de Roma sobre todo el mundo civilizado. Ante aquella crisis, Dios tenía planes para que la fe cristiana y la cultura no se apagasen ante aquella crisis. San Benito sería el que comienza el monasticismo en occidente. Los monasterios se convertirán en centros de fe y cultura.
De su hermana gemela, Escolástica, leemos que desde su infancia se había consagrado a Dios, pero no volvemos a saber nada de ella hasta el final de la vida de su hermano. El fue enviado a Roma para su "educación liberal", acompañado de una "nodriza", que había de ser, probablemente, su ama de casa. Tenía entonces entre 13 y 15 años, o quizá un poco más. Invadido por los paganos de las tribus arias, el mundo civilizado parecía declinar rápidamente hacia la barbarie, durante los últimos años del siglo V: la Iglesia estaba agrietada por los cismas, ciudades y países desolados por la guerra y el pillaje, vergonzosos pecados campeaban tanto entre cristianos como entre gentiles y se ha hecho notar que no existía un solo soberano o legislador que no fuera ateo, pagano o hereje. En las escuelas y en los colegios, los jóvenes imitaban los vicios de sus mayores y Benito, asqueado por la vida licenciosa de sus compañeros y temiendo llegar a contaminarse con su ejemplo, decidió abandonar Roma. Se fugó, sin que nadie lo supiera, excepto su nodriza, que lo acompañó. Existe una considerable diferencia de opinión en lo que respecta a la edad en que abandonó la ciudad, pero puede haber sido aproximadamente a los veinte años. Se dirigieron al poblado de Enfide, en las montañas, a treinta millas de Roma. No sabemos cuanto duró su estancia, pero fue suficiente para capacitarlo a determinar su siguiente paso. Pronto se dio cuenta de que no era suficiente haberse retirado de las tentaciones de Roma; Dios lo llamaba para ser un ermitaño y para abandonar el mundo y, en el pueblo lo mismo que en la ciudad, el joven no podía llevar una vida escondida, especialmente después de haber restaurado milagrosamente un objeto de barro que su nodriza había pedido prestado y accidentalmente roto.
En busca de completa soledad, Benito partió una vez más, solo, para remontar las colinas hasta que llegó a un lugar conocido como Subiaco (llamado así por el lago artificial formado en tiempos de Claudio, gracias a la represión de las aguas del Anio). En esta región rocosa y agreste se encontró con un monje llamado Romano, al que abrió su corazón, explicándole su intención de llevar la vida de un ermitaño. Romano mismo vivía en un monasterio a corta distancia de ahí; con gran celo sirvió al joven, vistiéndolo con un hábito de piel y conduciéndolo a una cueva en una montaña rematada por una roca alta de la que no podía descenderse y cuyo ascenso era peligroso, tanto por los precipicios como por los tupidos bosques y malezas que la circundaban. En la desolada caverna, Benito pasó los siguientes tres años de su vida, ignorado por todos, menos por Romano, quien guardó su secreto y diariamente llevaba pan al joven recluso, quien lo subía en un canastillo que izaba mediante una cuerda. San Gregorio dice que el primer forastero que encontró el camino hacia la cueva fue un sacerdote quien, mientras preparaba su comida un domingo de Resurrección, oyó una voz que le decía: "Estás preparándote un delicioso platillo, mientras mi siervo Benito padece hambre". El sacerdote, inmediatamente, se puso a buscar al ermitaño, al que encontró al fin con gran dificultad. Después de haber conversado durante un tiempo sobre Dios y las cosas celestiales, el sacerdote lo invitó a comer, diciéndole que era el día de Pascua, en el que no hay razón para ayunar. Benito, quien sin duda había perdido el sentido del tiempo y ciertamente no tenía medios de calcular los ciclos lunares, repuso que no sabía que era el día de tan grande solemnidad. Comieron juntos y el sacerdote volvió a casa. Poco tiempo después, el santo fue descubierto por algunos pastores, quienes al principio lo tomaron por un animal salvaje, porque estaba cubierto con una piel 9de bestia y porque no se imaginaban que un ser humano viviera entre las rocas. Cuando descubrieron que se trataba de un siervo de Dios, quedaron gratamente impresionados y sacaron algún fruto de sus enseñanzas. A partir de ese momento, empezó a ser conocido y mucha gente lo visitaba, proveyéndolo de alimentos y recibiendo de él instrucciones y consejos.
Aunque vivía apartado del mundo, San Benito, como los padres del desierto, tuvo que padecer las tentaciones de la carne y del demonio, algunas de las cuales han sido descritas por San Gregorio. "Cierto día, cuando estaba solo, se presentó el tentador. Un pequeño pájaro negro, vulgarmente llamado mirlo, empezó a volar alrededor de su cabeza y se le acercó tanto que, si hubiese querido, habría podido cogerlo con la mano, pero al hacer la señal de la cruz el pájaro se alejó. Una violenta tentación carnal, como nunca antes había experimentado, siguió después. El espíritu maligno le puso ante su imaginación el recuerdo de cierta mujer que él había visto hacía tiempo, e inflamó su corazón con un deseo tan vehemente, que tuvo una gran dificultad para reprimirlo. Casi vencido, pensó en abandonar la soledad; de repente, sin embargo, ayudado por la gracia divina, encontró la fuerza que necesitaba y, viendo cerca de ahí un tupido matorral de espinas y zarzas, se quitó sus vestiduras y se arrojó entre ellos. Ahí se revolcó hasta que todo su cuerpo quedó lastimado. Así, mediante aquellas heridas corporales, curó las heridas de su alma", y nunca volvió a verse turbado en aquella forma.
En Vicovaro, en Tívoli y en Subiaco, sobre la cumbre de un farallón que domina Anio, residía por aquel tiempo una comunidad de monjes, cuyo abad había muerto y por lo tanto decidieron pedir a San Benito que tomara su lugar. Al principio rehusó, asegurando a la delegación que había venido a visitarle que sus modos de vida no coincidían --quizá él había oído hablar de ellos--. Sin embargo, los monjes le importunaron tanto, que acabó por ceder y regresó con ellos para hacerse cargo del gobierno. Pronto se puso en evidencia que sus estrictas nociones de disciplina monástica no se ajustaban a ellos, porque quería que todos vivieran en celdas horadadas en las rocas y, a fin de deshacerse de él, llegaron hasta poner veneno en su vino. Cuando hizo el signo de la cruz sobre el vaso, como era su costumbre, éste se rompió en pedazos como si una piedra hubiera caído sobre él. "Dios os perdone, hermanos", dijo el abad con tristeza. "¿Por qué habéis maquinado esta perversa acción contra mí? ¿No os dije que mis costumbres no estaban de acuerdo con las vuestras? Id y encontrad un abad a vuestro gusto, porque después de esto yo no puedo quedarme por más tiempo entre vosotros". El mismo día retornó a Subiaco, no para llevar por más tiempo una vida de retiro, sino con el propósito de empezar la gran obra para la que Dios lo había preparado durante estos años de vida oculta.
Empezaron a reunirse a su alrededor los discípulos atraídos por su santidad y por sus poderes milagrosos, tanto seglares que huían del mundo, como solitarios que vivían en las montañas. San Benito se encontró en posición de empezar aquel gran plan, quizás revelado a él en la retirada cueva, de "reunir en aquel lugar, como en un aprisco del Señor, a muchas y diferentes familias de santos monjes dispersos en varios monasterios y regiones, a fin de hacer de ellos un sólo rebaño según su propio corazón, para unirlos más y ligarlos con los fraternales lazos, en una casa de Dios bajo una observancia regular y en permanente alabanza al nombre de Dios". Por lo tanto, colocó a todos los que querían obedecerle en los doce monasterios hechos de madera, cada uno con su prior. El tenía la suprema dirección sobre todos, desde donde vivía con algunos monjes escogidos, a los que deseaba formar con especial cuidado. Hasta ahí, no tenía escrita una regla propia, pero según un antiguo documento, los monjes de los doce monasterios aprendieron la vida religiosa, "siguiendo no una regla escrita, sino solamente el ejemplo de los actos de San Benito". Romanos y bárbaros, ricos y pobres, se ponían a disposición del santo, quien no hacía distinción de categoría social o nacionalidad. Después de un tiempo, los padres venían para confiarles a sus hijos a fin de que fueran educados y preparados para la vida monástica. San Gregorio nos habla de dos nobles romanos, Tértulo, el patricio y Equitius, quienes trajeron a sus hijos, Plácido, de siete años y Mauro de doce, y dedica varias páginas a estos jóvenes novicios. (Véase San Mauro, 15 de enero y San Plácido, 5 de octubre).
En contraste con estos aristocráticos jóvenes romanos, San Gregorio habla de un rudo e inculto godo que acudió a San Benito, fue recibido con alegría y vistió el hábito monástico. Enviado con una hoz para que quitara las tupidas malezas del terreno desde donde se dominaba el lago, trabajó tan vigorosamente, que la cuchilla de la hoz se salió del mango y desapareció en el lago. El pobre hombre estaba abrumado de tristeza, pero tan pronto como San Benito tuvo conocimiento del accidente, condujo al culpable a la orilla de las aguas, le arrebató el mango y lo arrojó al lago. Inmediatamente, desde el fondo, surgió la cuchilla de hierro y se ajustó automáticamente al mango. El abad devolvió la herramienta, diciendo: "¡Toma! Prosigue tu trabajo y no te preocupes". No fue el menor de los milagros que San Benito hizo para acabar con el arraigado prejuicio contra el trabajo manual, considerado como degradante y servil. Creía que el trabajo no solamente dignificaba, sino que conducía a la santidad y, por lo tanto, lo hizo obligatorio para todos los que ingresaban a su comunidad, nobles y plebeyos por igual. No sabemos cuanto tiempo permaneció el santo en Subiaco, pero fue lo suficiente para establecer su monasterio sobre una base firme y fuerte. Su partida fue repentina y parece haber sido impremeditada. Vivía en las cercanías un indigno sacerdote llamado Florencio quien, viendo el éxito que alcanzaba San Benito y la gran cantidad de gente que se reunía en torno suyo, sintió envidia y trató de arruinarlo. Pero como fracasó en todas sus tentativas para desprestigiarlo mediante la calumnia y para matarlo con un pastel envenenado que le envió (que según San Gregorio fue arrebatado milagrosamente por un cuervo), trató de seducir a sus monjes, introduciendo una mujer de mala vida en el convento. El abad, dándose perfecta cuenta de que los malvados planes de Florencio estaban dirigidos contra él personalmente, resolvió abandonar Subiaco por miedo de que las almas de sus hijos espirituales continuaran siendo asaltadas y puestas en peligro. Dejando todas sus cosas en orden, se encaminó desde Subiaco al territorio de Monte Cassino. Es esta una colina solitaria en los límites de Campania, que domina por tres lados estrechos valles que corren hacia las montañas y, por el cuarto, hasta el Mediterráneo, una planicie ondulante que fue alguna vez rica y fértil, pero que, carente de cultivos por las repetidas irrupciones de los bárbaros, se había convertido en pantanosa y malsana. La población de Monte Cassino, en otro tiempo lugar importante, había sido aniquilada por los godos y los pocos habitantes que quedaban, habían vuelto al paganismo o mejor dicho, nunca lo habían dejado. Estaban acostumbrados a ofrecer sacrificios en un templo dedicado a Apolo, sobre la cuesta del monte. Después de cuarenta días de ayuno, el santo se dedicó, en primer lugar, a predicar a la gente y a llevarla a Cristo. Sus curaciones y milagros obtuvieron muchos conversos, con cuya ayuda procedió a destruir el templo, su ídolo y su bosque sagrado. Sobre las ruinas del templo, construyó dos capillas y alrededor de estos santuarios se levantó, poco a poco, el gran edificio que estaba destinado a convertirse en la más famosa abadía que el mundo haya conocido. Los cimientos de este edificio parecen haber sido echados por San Benito, alrededor del año 530. De ahí partió la influencia que iba a jugar un papel tan importante en la cristianización y civilización de la Europa post-romana. No fue solamente un museo eclesiástico lo que se destruyó durante la segunda Guerra Mundial, cuando se bombardeó Monte Cassino.
Es probable que Benito, de edad madura, en aquel entonces, pasara nuevamente algún tiempo como ermitaño; pero sus discípulos pronto acudieron también a Monte Cassino. Aleccionado sin duda por su experiencia en Sabiaco, no los mandó a casas separadas, sino que los colocó juntos en un edificio gobernado por un prior y decanos, bajo su supervisión general. Casi inmediatamente después, se hizo necesario añadir cuartos para huéspedes, porque Monte Cassino, a diferencia de Subiaco, era fácilmente accesible desde Roma y Cápua. No solamente los laicos, sino también los dignatarios de la Iglesia iban para cambiar impresiones con el fundador, cuya reputación de santidad, sabiduría y milagros habíase extendido por todas partes. Tal vez fue durante ese período cuando comenzó su "Regla", de la que San Gregorio dice que da a entender "todo su método de vida y disciplina, porque no es posible que el santo hombre pudiera enseñar algo distinto de lo que practicaba". Aunque primordialmente la regla está dirigida a los monjes de Monte Cassino, como señala el abad Chapman, parece que hay alguna razón para creer que fue escrita para todos los monjes del occidente, según deseos del Papa San Hormisdas. Está dirigida a todos aquellos que, renunciando a su propia voluntad, tomen sobre sí "la fuerte y brillante armadura de la obediencia para luchar bajo las banderas de Cristo, nuestro verdadero Rey", y prescribe una vida de oración litúrgica, estudio, ("lectura sacra") y trabajo llevado socialmente, en una comunidad y bajo un padre común. Entonces y durante mucho tiempo después, sólo en raras ocasiones un monje recibía las órdenes sagradas y no existe evidencia de que el mismo San Benito haya sido alguna vez sacerdote. Pensó en proporcionar "una escuela para el servicio del Señor", proyectada para principiantes, por lo que el ascetismo de la regla es notablemente moderado. No se alentaban austeridades anormales ni escogidas por uno mismo y, cuando un ermitaño que ocupaba una cueva cerca de Monte Cassino encadenó sus pies a la roca, San Benito le envió un mensaje que decía: "Si eres verdaderamente un siervo de Dios, no te encadenes con hierro, sino con la cadena de Cristo". La gran visión en la que Benito contempló, como en un rayo de sol, a todo el mundo alumbrado por la luz de Dios, resume la inspiración de su vida y de su regla. El santo abad, lejos de limitar sus servicios a los que querían seguir su regla, extendió sus cuidados a la población de las regiones vecinas: curaba a los enfermos, consolaba a los tristes, distribuía limosnas y alimentó a los pobres y se dice que en más de una ocasión resucitó a los muertos. Cuando la Campania sufría un hambre terrible, donó todas las provisiones de la abadía, con excepción de cinco panes. "No tenéis bastante ahora", dijo a sus monjes, notando su consternación, "pero mañana tendréis de sobra". A la mañana siguiente, doscientos sacos de harina fueron depositados por manos desconocidas en la puerta del monasterio. Otros ejemplos se han proporcionado para ilustrar el poder profético de San Benito, al que se añadía el don de leer los pensamientos de los hombres. Un noble al que convirtió, lo encontró cierta vez llorando e inquirió la causa de su pena. El abad repuso: "este monasterio que yo he construido y todo lo que he preparado para mis hermanos, ha sido entregado a los gentiles por un designio del Todopoderoso. Con dificultad he logrado obtener misericordia para sus vidas". La profecía se cumplió cuarenta años después, cuando la abadía de Monte Cassino fue destruida por los lombardos.
Cuando el godo Totila avanzaba trinfante a través del centro de Italia, concibió el deseo de visitar a San Benito, porque había oído hablar mucho de él. Por lo tanto, envió aviso de su llegada al abad, quien accedió a verlo. Para descubrir si en realidad el santo poseía los poderes que se le atribuían, Totila ordenó que se le dieran a Riggo, capitán de su guardia, sus propias ropas de púrpura y lo envió a Monte Cassino con tres condes que acostumbraban asistirlo. La suplantación no engañó a San Benito, quien saludó a Riggo con estas palabras: "hijo mío, quítate las ropas que vistes; no son tuyas". Su visitante se apresuró a partir para informar a su amo que había sido descubierto. Entonces, Totila, fue en persona hacia el hombre de Dios y, se dice que se atemorizó tanto, que cayó postrado. Pero Benito lo levantó del suelo, le recriminó por sus malas acciones y le predijo, en pocas palabras, todas las cosas que le sucederían. Al punto, el rey imploró sus oraciones y partió, pero desde aquella ocasión fue menos cruel. Esta entrevista tuvo lugar en 542 y San Benito difícilmente pudo vivir lo suficiente para ver el cumplimiento total de su propia profecía.
Anuncia su muerte
El santo que había vaticinado tantas cosas a otros, fue advertido con anterioridad acerca de su próxima muerte. Lo notificó a sus discípulos y, seis días antes del fin, les pidió que cavaran su tumba. Tan pronto como estuvo hecha fue atacado por la fiebre. El 21 de marzo del año 543, durante las ceremonias del Jueves Santo, recibió la Eucaristía. Después, junto a sus monjes, murmuró unas pocas palabras de oración y murió de pie en la capilla, con las manos levantadas al cielo. Sus últimas palabras fueron: "Hay que tener un deseo inmenso de ir al cielo". Fue enterrado junto a Santa Escolástica, su hermana, en el sitio donde antes se levantaba el altar de Apolo, que él había destruido.
Dos de sus monjes estaban lejos de allí rezando, y de pronto vieron una luz esplendorosa que subía hacia los cielos y exclamaron: "Seguramente es nuestro Padre Benito, que ha volado a la eternidad". Era el momento preciso en el que moría el santo.
Que Dios nos envíe muchos maestros como San Benito, y que nosotros también amemos con todo el corazón a Jesús.
En 1964 Pablo VI declara a san Benito patrono principal de Europa.
QUE DE TAL MANERA BRILLE ANTE LOS DEMAS LA LUZ DE VUESTRO BUEN EJEMPLO, QUE ELLOS AL VER VUESTRAS BUENAS OBRAS, GLORIFIQUEN AL PADRE CELESTIAL. (S. Mateo 5)
Inspirado por Dios, San Benito escribió un Reglamento para sus monjes que llamó "La Santa Regla" y que ha sido inspiración para los reglamentos de muchas comunidades religiosas monásticas. Muchos laicos también se comprometen a vivir los aspectos esenciales de esta regla, adaptada a las condiciones de la vocación laica.
La síntesis de la Regla es la frase "Ora et labora" (reza y trabaja), es decir, la vida del monje ha de ser de contemplación y de acción, como nos enseña el Evangelio.
Algunas recomendaciones de San Benito:
La primera virtud que necesita un religioso (después de la caridad) es la humildad.
La casa de Dios es para rezar y no para charlar.
Todo superior debe esforzarse por ser amable como un padre bondadoso.
El ecónomo o el que administra el dinero no debe humillar a nadie.
Cada uno debe esforzarse por ser exquisito y agradable en su trato
Cada comunidad debe ser como una buena familia donde todos se aman
Evite cada individuo todo lo que sea vulgar. Recuerde lo que decía San Ambrosio: "Portarse con nobleza es una gran virtud".
El verdadero monje debía ser "no soberbio, no violento, no comilón, no dormilón, no perezoso, no murmurador, no denigrador… sino casto, manso, celoso, humilde, obediente".
Milagros de San Benito.
He aquí algunos de los muchos milagros relatados por San Gregorio, en su biografía de San Benito
El muchacho que no sabía nadar. El joven Plácido cayó en un profundo lago y se estaba ahogando. San Benito mandó a su discípulo preferido Mauro: "Láncese al agua y sálvelo". Mauro se lanzó enseguida y logró sacarlo sano y salvo hasta la orilla. Y al salir del profundo lago se acordó de que había logrado atravesar esas aguas sin saber nadar. La obediencia al santo le había permitido hacer aquel salvamento milagroso.
El edificio que se cae. Estando construyendo el monasterio, se vino abajo una enorme pared y sepultó a uno de los discípulos de San Benito. Este se puso a rezar y mandó a los otros monjes que removieran los escombros, y debajo de todo apareció el monje sepultado, sano y sin heridas, como si hubiera simplemente despertado de un sueño.
La piedra que no se movía. Estaban sus religiosos constructores tratando de quitar una inmensa piedra, pero esta no se dejaba ni siquiera mover un centímetro. Entonces el santo le envió una bendición, y enseguida la pudieron remover de allí como si no pesara nada. Por eso desde hace siglos cuando la gente tiene algún grave problema en su casa que no logra alejar, consigue una medalla de San Benito y le reza con fe, y obtiene prodigios. Es que este varó de Dios tiene mucho influjo ante Nuestro Señor.
Panes que se multiplican.
Muertes anunciadas. Un día exclamó: "Se murió mi amigo el obispo de Cápua, porque vi que subía al cielo un bello globo luminoso". Al día siguiente vinieron a traer la noticia de la muerte del obispo. Otro día vió que salía volando hacia el cielo una blanquísima paloma y exclamó: :Seguramente se murió mi hermana Escolástica". Los monjes fueron a averiguar, y sí, en efecto acababa de morir tan santa mujer. El, que había anunciado la muerte de otros, supo también que se aproximaba su propia muerte y mandó a unos religiosos a excavar……..
BIBLIOGRAFIA
Butler; Vida de los Santos
Sálesman, P. Eliécer, "Vidas de los Santos"
Sgarbossa, Mario; Giovannini, Luigi, "Un santo para cada día"
La medalla de San Benito es un sacramental reconocido por la Iglesia con gran poder de exorcismo. Como todo sacramental, su poder está no en si misma sino en Cristo quien lo otorga a la Iglesia y por la fervorosa disposición de quién usa la medalla.
Descripción de la medalla:
En el frente de la medalla aparece San Benito con la Cruz en una mano y el libro de las Reglas en la otra mano, con la oración: "A la hora de nuestra muerte seamos protegidos por su presencia". (Oración de la Buena Muerte).
El reverso muestra la cruz de San Benito con las letras:
C.S.P.B.: "Santa Cruz del Padre Benito"
C.S.S.M.L. : "La santa Cruz sea mi luz" (crucero vertical de la cruz)
N.D.S.M.D.: "y que el Dragón no sea mi guía." (crucero horizontal)
En círculo, comenzando por arriba hacia la derecha:
V.R.S. "Abajo contigo Satanás"
N.S.M.V. "para de atraerme con tus mentiras"
S.M.Q.L. "Venenosa es tu carnada"
I.V.B. "Trágatela tu mismo".
PAX "Paz"
Bendición de la medalla de San Benito (deber ser por hecha por un sacerdote)
Exorcismo de la medalla
-Nuestra ayuda nos viene del Señor
-Que hizo el cielo y la tierra.
Te ordeno, espíritu del mal, que abandones esta medalla, en el nombre de Dios Padre Omnipotente, que hizo el cielo y la tierra, el mar y todo lo que en ellos se contiene.
Que desaparezcan y se alejen de esta medalla toda la fuerza del adversario, todo el poder del diablo, todos los ataques e ilusiones de satanás, a fin de que todos los que la usaren gocen de la salud de alma y cuerpo.
En el nombre del Padre Omnipotente y de su Hijo, nuestro Señor, y del Espíritu Santo Paráclito, y por la caridad de Jesucristo, que ha de venir a juzgar a los vivos y a los muertos y al mundo por el fuego.
Bendición
-Señor, escucha mi oración -Y llegue a tí mi clamor
Oremos:
Dios omnipotente, dador de todos los bienes, te suplicamos humildemente que por la intercesión de nuestro Padre San Benito, infundas tu bendición sobre esta sagrada medalla, a fin de que quien la lleve, dedicándose a las buenas obras, merezca conseguir la salud del alma y del cuerpo, la gracia de la santificación, y todas la indulgencias que se nos otorgan, y que por la ayuda de tu misericordia se esfuerce en evitar la acechanzas y engaños del diablo, y merezca aparecer santo y limpio en tu presencia. Te lo pedimos por Cristo, nuestro Señor. Amén
Indulgencias
El 12 de marzo de 1742 el Papa Benedicto XIV otorgó indulgencia plenaria a la medalla de San Benito si la persona se confiesa, recibe la Eucaristía, ora por el Santo Padre en las grandes fiestas y durante esa semana reza el santo rosario, visita a los enfermos, ayuda a los pobres, enseña la Fe o participa en la Santa Misa. Las grandes fiestas son Navidad, Epifanía, Pascua de Resurrección, Ascensión, Pentecostés, la Santísima Trinidad, Corpus Christi, La Asunción, La Inmaculada Concepción, el nacimiento de María, todos los Santos y fiesta de San Benito.
Número de indulgencias parciales: por ejemplo: 1) 200 días de indulgencia, si uno visita una semana a los enfermos o visita la Iglesia o enseña a los niños la Fe. 2) 7 años de indulgencia , si uno celebra la Santa Misa o esta presente, y ora por el bienestar de los cristianos, o reza por sus gobernantes. 3) 7 años si uno acompaña a los enfermos en el día de todos los Santos. 4) 100 días si uno hace una oración antes de la Santa Misa o antes de recibir la sagrada Comunión. 5) Cualquiera que por cuenta propia por su consejo o ejemplo convierta a un pecador, obtiene la remisión de la tercera parte de sus pecados. 6) Cualquiera que el Jueves Santo o el día de Resurrección, después de una buena confesión y de recibir la Eucaristía, rece por la exaltación de la Iglesia, por las necesidades del Santo Padre, ganará las indulgencias que necesita. 7) Cualquiera que rece por la exaltación de la Orden Benedictina, recibirá una porción de todas la buenas obras que realiza esta Orden.
Quienes lleven la medalla de San Benito a la hora de la muerte serán protegidos siempre que se encomienden al Padre, se confiesen y reciban la comunión o al menos invoquen el nombre de Jesús con profundo arrepentimiento.
El Crucifijo con medalla de San Benito
El Crucifijo de la Buena Muerte y la Medalla de San Benito han sido reconocidos por la Iglesia como una ayuda para el cristiano en la hora de tentación, peligro, mal, principalmente en la hora de la muerte. Le ha dado al Crucifijo con la medalla Indulgencia Plenaria.
La indulgencia plenaria de la Cruz de la Buena Muerte, quien realmente crea en la santa Cruz, no será apartado de El, ganará indulgencia plenaria en la hora de la muerte. Si este se confiesa, recibe la Comunión o por lo menos con el arrepentimiento previo de sus pecados, llamando el Santo nombre de Jesús con devoción y aceptando resignadamente la muerte como venida de las manos de Dios. Para la indulgencia no basta la Cruz, debe representarse a Cristo crucificado. Esta cruz también ayuda a los enfermos para unir nuestros sufrimientos a los de Nuestro Salvador.
- Abad, Patrón de Europa y Patriarca del monasticismo occidental.
- Lema: "Ora y Labora", representado emblemáticamente por el arado y la cruz.
- Fiesta: 11 de julio
- Etimología: Benito: "bendecido"
San Benito nació de familia rica en Nursia, región de Umbría, Italia, en el año 480. Su hermana gemela, Escolástica, también alcanzó la santidad.
Después de haber recibido en Roma una adecuada formación, estudiando la retórica y la filosofía.
Se retiró de la ciudad a Enfide (la actual Affile), para dedicarse al estudio y practicar una vida de rigurosa disciplina ascética. No satisfecho de esa relativa soledad, a los 20 años se fue al monte Subiaco bajo la guía de un ermitaño y viviendo en una cueva.
Tres años después se fue con los monjes de Vicovaro. No duró allí mucho ya que lo eligieron prior pero después trataron de envenenarlo por la disciplina que les exigía.
Con un grupo de jóvenes, entre ellos Plácido y Mauro, fundo su primer monasterio en en la montaña de Cassino en 529 y escribió la Regla, cuya difusión le valió el título de patriarca del monaquismo occidental. Fundó numerosos monasterios, centros de formación y cultura capaces de propagar la fe en tiempos de crisis.
Vida de oración disciplina y trabajo
Se levantaba a las dos de la madrugada a rezar los salmos. Pasaba horas rezando y meditando. Hacia también horas de trabajo manual, imitando a Jesucristo. Veía el trabajo como algo honroso. Su dieta era vegetariana y ayunaba diariamente, sin comer nada hasta la tarde. Recibía a muchos para dirección espiritual. Algunas veces acudía a los pueblos con sus monjes a predicar. Era famoso por su trato amable con todos.
Su gran amor y su fuerza fueron la Santa Cruz con la que hizo muchos milagros. Fue un poderoso exorcista. Este don para someter a los espíritus malignos lo ejerció utilizando como sacramental la famosa Cruz de San Benito.
San Benito predijo el día de su propia muerte, que ocurrió el 21 de marzo del 547, pocos días después de la muerte de su hermana, santa Escolástica. Desde finales del siglo VIII muchos lugares comenzaron a celebrar su fiesta el 11 de julio.
Biografía de San Benito
Adaptada de "Vidas de los Santos" de Butler.
Si atendemos a la enorme influencia ejercida en Europa por los seguidores de San Benito, es desalentador comprobar que no tenemos biografías contemporáneas del padre del monasticismo occidental. Lo poco que conocemos acerca de sus primeros años, proviene de los "Diálogos" de San Gregorio, quien no proporciona una historia completa, sino solamente una serie de escenas para ilustrar los milagrosos incidentes de su carrera.
Benito nació y creció en la noble familia Anicia, en el antiguo pueblo de Sabino en Nurcia, en la Umbría en el año 480. Esta región de Italia es quizás la que mas santos ha dado a la Iglesia. Cuatro años antes de su nacimiento, el bárbaro rey de los Hérculos mató al último emperador romano poniendo fin a siglos de dominio de Roma sobre todo el mundo civilizado. Ante aquella crisis, Dios tenía planes para que la fe cristiana y la cultura no se apagasen ante aquella crisis. San Benito sería el que comienza el monasticismo en occidente. Los monasterios se convertirán en centros de fe y cultura.
De su hermana gemela, Escolástica, leemos que desde su infancia se había consagrado a Dios, pero no volvemos a saber nada de ella hasta el final de la vida de su hermano. El fue enviado a Roma para su "educación liberal", acompañado de una "nodriza", que había de ser, probablemente, su ama de casa. Tenía entonces entre 13 y 15 años, o quizá un poco más. Invadido por los paganos de las tribus arias, el mundo civilizado parecía declinar rápidamente hacia la barbarie, durante los últimos años del siglo V: la Iglesia estaba agrietada por los cismas, ciudades y países desolados por la guerra y el pillaje, vergonzosos pecados campeaban tanto entre cristianos como entre gentiles y se ha hecho notar que no existía un solo soberano o legislador que no fuera ateo, pagano o hereje. En las escuelas y en los colegios, los jóvenes imitaban los vicios de sus mayores y Benito, asqueado por la vida licenciosa de sus compañeros y temiendo llegar a contaminarse con su ejemplo, decidió abandonar Roma. Se fugó, sin que nadie lo supiera, excepto su nodriza, que lo acompañó. Existe una considerable diferencia de opinión en lo que respecta a la edad en que abandonó la ciudad, pero puede haber sido aproximadamente a los veinte años. Se dirigieron al poblado de Enfide, en las montañas, a treinta millas de Roma. No sabemos cuanto duró su estancia, pero fue suficiente para capacitarlo a determinar su siguiente paso. Pronto se dio cuenta de que no era suficiente haberse retirado de las tentaciones de Roma; Dios lo llamaba para ser un ermitaño y para abandonar el mundo y, en el pueblo lo mismo que en la ciudad, el joven no podía llevar una vida escondida, especialmente después de haber restaurado milagrosamente un objeto de barro que su nodriza había pedido prestado y accidentalmente roto.
En busca de completa soledad, Benito partió una vez más, solo, para remontar las colinas hasta que llegó a un lugar conocido como Subiaco (llamado así por el lago artificial formado en tiempos de Claudio, gracias a la represión de las aguas del Anio). En esta región rocosa y agreste se encontró con un monje llamado Romano, al que abrió su corazón, explicándole su intención de llevar la vida de un ermitaño. Romano mismo vivía en un monasterio a corta distancia de ahí; con gran celo sirvió al joven, vistiéndolo con un hábito de piel y conduciéndolo a una cueva en una montaña rematada por una roca alta de la que no podía descenderse y cuyo ascenso era peligroso, tanto por los precipicios como por los tupidos bosques y malezas que la circundaban. En la desolada caverna, Benito pasó los siguientes tres años de su vida, ignorado por todos, menos por Romano, quien guardó su secreto y diariamente llevaba pan al joven recluso, quien lo subía en un canastillo que izaba mediante una cuerda. San Gregorio dice que el primer forastero que encontró el camino hacia la cueva fue un sacerdote quien, mientras preparaba su comida un domingo de Resurrección, oyó una voz que le decía: "Estás preparándote un delicioso platillo, mientras mi siervo Benito padece hambre". El sacerdote, inmediatamente, se puso a buscar al ermitaño, al que encontró al fin con gran dificultad. Después de haber conversado durante un tiempo sobre Dios y las cosas celestiales, el sacerdote lo invitó a comer, diciéndole que era el día de Pascua, en el que no hay razón para ayunar. Benito, quien sin duda había perdido el sentido del tiempo y ciertamente no tenía medios de calcular los ciclos lunares, repuso que no sabía que era el día de tan grande solemnidad. Comieron juntos y el sacerdote volvió a casa. Poco tiempo después, el santo fue descubierto por algunos pastores, quienes al principio lo tomaron por un animal salvaje, porque estaba cubierto con una piel 9de bestia y porque no se imaginaban que un ser humano viviera entre las rocas. Cuando descubrieron que se trataba de un siervo de Dios, quedaron gratamente impresionados y sacaron algún fruto de sus enseñanzas. A partir de ese momento, empezó a ser conocido y mucha gente lo visitaba, proveyéndolo de alimentos y recibiendo de él instrucciones y consejos.
Aunque vivía apartado del mundo, San Benito, como los padres del desierto, tuvo que padecer las tentaciones de la carne y del demonio, algunas de las cuales han sido descritas por San Gregorio. "Cierto día, cuando estaba solo, se presentó el tentador. Un pequeño pájaro negro, vulgarmente llamado mirlo, empezó a volar alrededor de su cabeza y se le acercó tanto que, si hubiese querido, habría podido cogerlo con la mano, pero al hacer la señal de la cruz el pájaro se alejó. Una violenta tentación carnal, como nunca antes había experimentado, siguió después. El espíritu maligno le puso ante su imaginación el recuerdo de cierta mujer que él había visto hacía tiempo, e inflamó su corazón con un deseo tan vehemente, que tuvo una gran dificultad para reprimirlo. Casi vencido, pensó en abandonar la soledad; de repente, sin embargo, ayudado por la gracia divina, encontró la fuerza que necesitaba y, viendo cerca de ahí un tupido matorral de espinas y zarzas, se quitó sus vestiduras y se arrojó entre ellos. Ahí se revolcó hasta que todo su cuerpo quedó lastimado. Así, mediante aquellas heridas corporales, curó las heridas de su alma", y nunca volvió a verse turbado en aquella forma.
En Vicovaro, en Tívoli y en Subiaco, sobre la cumbre de un farallón que domina Anio, residía por aquel tiempo una comunidad de monjes, cuyo abad había muerto y por lo tanto decidieron pedir a San Benito que tomara su lugar. Al principio rehusó, asegurando a la delegación que había venido a visitarle que sus modos de vida no coincidían --quizá él había oído hablar de ellos--. Sin embargo, los monjes le importunaron tanto, que acabó por ceder y regresó con ellos para hacerse cargo del gobierno. Pronto se puso en evidencia que sus estrictas nociones de disciplina monástica no se ajustaban a ellos, porque quería que todos vivieran en celdas horadadas en las rocas y, a fin de deshacerse de él, llegaron hasta poner veneno en su vino. Cuando hizo el signo de la cruz sobre el vaso, como era su costumbre, éste se rompió en pedazos como si una piedra hubiera caído sobre él. "Dios os perdone, hermanos", dijo el abad con tristeza. "¿Por qué habéis maquinado esta perversa acción contra mí? ¿No os dije que mis costumbres no estaban de acuerdo con las vuestras? Id y encontrad un abad a vuestro gusto, porque después de esto yo no puedo quedarme por más tiempo entre vosotros". El mismo día retornó a Subiaco, no para llevar por más tiempo una vida de retiro, sino con el propósito de empezar la gran obra para la que Dios lo había preparado durante estos años de vida oculta.
Empezaron a reunirse a su alrededor los discípulos atraídos por su santidad y por sus poderes milagrosos, tanto seglares que huían del mundo, como solitarios que vivían en las montañas. San Benito se encontró en posición de empezar aquel gran plan, quizás revelado a él en la retirada cueva, de "reunir en aquel lugar, como en un aprisco del Señor, a muchas y diferentes familias de santos monjes dispersos en varios monasterios y regiones, a fin de hacer de ellos un sólo rebaño según su propio corazón, para unirlos más y ligarlos con los fraternales lazos, en una casa de Dios bajo una observancia regular y en permanente alabanza al nombre de Dios". Por lo tanto, colocó a todos los que querían obedecerle en los doce monasterios hechos de madera, cada uno con su prior. El tenía la suprema dirección sobre todos, desde donde vivía con algunos monjes escogidos, a los que deseaba formar con especial cuidado. Hasta ahí, no tenía escrita una regla propia, pero según un antiguo documento, los monjes de los doce monasterios aprendieron la vida religiosa, "siguiendo no una regla escrita, sino solamente el ejemplo de los actos de San Benito". Romanos y bárbaros, ricos y pobres, se ponían a disposición del santo, quien no hacía distinción de categoría social o nacionalidad. Después de un tiempo, los padres venían para confiarles a sus hijos a fin de que fueran educados y preparados para la vida monástica. San Gregorio nos habla de dos nobles romanos, Tértulo, el patricio y Equitius, quienes trajeron a sus hijos, Plácido, de siete años y Mauro de doce, y dedica varias páginas a estos jóvenes novicios. (Véase San Mauro, 15 de enero y San Plácido, 5 de octubre).
En contraste con estos aristocráticos jóvenes romanos, San Gregorio habla de un rudo e inculto godo que acudió a San Benito, fue recibido con alegría y vistió el hábito monástico. Enviado con una hoz para que quitara las tupidas malezas del terreno desde donde se dominaba el lago, trabajó tan vigorosamente, que la cuchilla de la hoz se salió del mango y desapareció en el lago. El pobre hombre estaba abrumado de tristeza, pero tan pronto como San Benito tuvo conocimiento del accidente, condujo al culpable a la orilla de las aguas, le arrebató el mango y lo arrojó al lago. Inmediatamente, desde el fondo, surgió la cuchilla de hierro y se ajustó automáticamente al mango. El abad devolvió la herramienta, diciendo: "¡Toma! Prosigue tu trabajo y no te preocupes". No fue el menor de los milagros que San Benito hizo para acabar con el arraigado prejuicio contra el trabajo manual, considerado como degradante y servil. Creía que el trabajo no solamente dignificaba, sino que conducía a la santidad y, por lo tanto, lo hizo obligatorio para todos los que ingresaban a su comunidad, nobles y plebeyos por igual. No sabemos cuanto tiempo permaneció el santo en Subiaco, pero fue lo suficiente para establecer su monasterio sobre una base firme y fuerte. Su partida fue repentina y parece haber sido impremeditada. Vivía en las cercanías un indigno sacerdote llamado Florencio quien, viendo el éxito que alcanzaba San Benito y la gran cantidad de gente que se reunía en torno suyo, sintió envidia y trató de arruinarlo. Pero como fracasó en todas sus tentativas para desprestigiarlo mediante la calumnia y para matarlo con un pastel envenenado que le envió (que según San Gregorio fue arrebatado milagrosamente por un cuervo), trató de seducir a sus monjes, introduciendo una mujer de mala vida en el convento. El abad, dándose perfecta cuenta de que los malvados planes de Florencio estaban dirigidos contra él personalmente, resolvió abandonar Subiaco por miedo de que las almas de sus hijos espirituales continuaran siendo asaltadas y puestas en peligro. Dejando todas sus cosas en orden, se encaminó desde Subiaco al territorio de Monte Cassino. Es esta una colina solitaria en los límites de Campania, que domina por tres lados estrechos valles que corren hacia las montañas y, por el cuarto, hasta el Mediterráneo, una planicie ondulante que fue alguna vez rica y fértil, pero que, carente de cultivos por las repetidas irrupciones de los bárbaros, se había convertido en pantanosa y malsana. La población de Monte Cassino, en otro tiempo lugar importante, había sido aniquilada por los godos y los pocos habitantes que quedaban, habían vuelto al paganismo o mejor dicho, nunca lo habían dejado. Estaban acostumbrados a ofrecer sacrificios en un templo dedicado a Apolo, sobre la cuesta del monte. Después de cuarenta días de ayuno, el santo se dedicó, en primer lugar, a predicar a la gente y a llevarla a Cristo. Sus curaciones y milagros obtuvieron muchos conversos, con cuya ayuda procedió a destruir el templo, su ídolo y su bosque sagrado. Sobre las ruinas del templo, construyó dos capillas y alrededor de estos santuarios se levantó, poco a poco, el gran edificio que estaba destinado a convertirse en la más famosa abadía que el mundo haya conocido. Los cimientos de este edificio parecen haber sido echados por San Benito, alrededor del año 530. De ahí partió la influencia que iba a jugar un papel tan importante en la cristianización y civilización de la Europa post-romana. No fue solamente un museo eclesiástico lo que se destruyó durante la segunda Guerra Mundial, cuando se bombardeó Monte Cassino.
Es probable que Benito, de edad madura, en aquel entonces, pasara nuevamente algún tiempo como ermitaño; pero sus discípulos pronto acudieron también a Monte Cassino. Aleccionado sin duda por su experiencia en Sabiaco, no los mandó a casas separadas, sino que los colocó juntos en un edificio gobernado por un prior y decanos, bajo su supervisión general. Casi inmediatamente después, se hizo necesario añadir cuartos para huéspedes, porque Monte Cassino, a diferencia de Subiaco, era fácilmente accesible desde Roma y Cápua. No solamente los laicos, sino también los dignatarios de la Iglesia iban para cambiar impresiones con el fundador, cuya reputación de santidad, sabiduría y milagros habíase extendido por todas partes. Tal vez fue durante ese período cuando comenzó su "Regla", de la que San Gregorio dice que da a entender "todo su método de vida y disciplina, porque no es posible que el santo hombre pudiera enseñar algo distinto de lo que practicaba". Aunque primordialmente la regla está dirigida a los monjes de Monte Cassino, como señala el abad Chapman, parece que hay alguna razón para creer que fue escrita para todos los monjes del occidente, según deseos del Papa San Hormisdas. Está dirigida a todos aquellos que, renunciando a su propia voluntad, tomen sobre sí "la fuerte y brillante armadura de la obediencia para luchar bajo las banderas de Cristo, nuestro verdadero Rey", y prescribe una vida de oración litúrgica, estudio, ("lectura sacra") y trabajo llevado socialmente, en una comunidad y bajo un padre común. Entonces y durante mucho tiempo después, sólo en raras ocasiones un monje recibía las órdenes sagradas y no existe evidencia de que el mismo San Benito haya sido alguna vez sacerdote. Pensó en proporcionar "una escuela para el servicio del Señor", proyectada para principiantes, por lo que el ascetismo de la regla es notablemente moderado. No se alentaban austeridades anormales ni escogidas por uno mismo y, cuando un ermitaño que ocupaba una cueva cerca de Monte Cassino encadenó sus pies a la roca, San Benito le envió un mensaje que decía: "Si eres verdaderamente un siervo de Dios, no te encadenes con hierro, sino con la cadena de Cristo". La gran visión en la que Benito contempló, como en un rayo de sol, a todo el mundo alumbrado por la luz de Dios, resume la inspiración de su vida y de su regla. El santo abad, lejos de limitar sus servicios a los que querían seguir su regla, extendió sus cuidados a la población de las regiones vecinas: curaba a los enfermos, consolaba a los tristes, distribuía limosnas y alimentó a los pobres y se dice que en más de una ocasión resucitó a los muertos. Cuando la Campania sufría un hambre terrible, donó todas las provisiones de la abadía, con excepción de cinco panes. "No tenéis bastante ahora", dijo a sus monjes, notando su consternación, "pero mañana tendréis de sobra". A la mañana siguiente, doscientos sacos de harina fueron depositados por manos desconocidas en la puerta del monasterio. Otros ejemplos se han proporcionado para ilustrar el poder profético de San Benito, al que se añadía el don de leer los pensamientos de los hombres. Un noble al que convirtió, lo encontró cierta vez llorando e inquirió la causa de su pena. El abad repuso: "este monasterio que yo he construido y todo lo que he preparado para mis hermanos, ha sido entregado a los gentiles por un designio del Todopoderoso. Con dificultad he logrado obtener misericordia para sus vidas". La profecía se cumplió cuarenta años después, cuando la abadía de Monte Cassino fue destruida por los lombardos.
Cuando el godo Totila avanzaba trinfante a través del centro de Italia, concibió el deseo de visitar a San Benito, porque había oído hablar mucho de él. Por lo tanto, envió aviso de su llegada al abad, quien accedió a verlo. Para descubrir si en realidad el santo poseía los poderes que se le atribuían, Totila ordenó que se le dieran a Riggo, capitán de su guardia, sus propias ropas de púrpura y lo envió a Monte Cassino con tres condes que acostumbraban asistirlo. La suplantación no engañó a San Benito, quien saludó a Riggo con estas palabras: "hijo mío, quítate las ropas que vistes; no son tuyas". Su visitante se apresuró a partir para informar a su amo que había sido descubierto. Entonces, Totila, fue en persona hacia el hombre de Dios y, se dice que se atemorizó tanto, que cayó postrado. Pero Benito lo levantó del suelo, le recriminó por sus malas acciones y le predijo, en pocas palabras, todas las cosas que le sucederían. Al punto, el rey imploró sus oraciones y partió, pero desde aquella ocasión fue menos cruel. Esta entrevista tuvo lugar en 542 y San Benito difícilmente pudo vivir lo suficiente para ver el cumplimiento total de su propia profecía.
Anuncia su muerte
El santo que había vaticinado tantas cosas a otros, fue advertido con anterioridad acerca de su próxima muerte. Lo notificó a sus discípulos y, seis días antes del fin, les pidió que cavaran su tumba. Tan pronto como estuvo hecha fue atacado por la fiebre. El 21 de marzo del año 543, durante las ceremonias del Jueves Santo, recibió la Eucaristía. Después, junto a sus monjes, murmuró unas pocas palabras de oración y murió de pie en la capilla, con las manos levantadas al cielo. Sus últimas palabras fueron: "Hay que tener un deseo inmenso de ir al cielo". Fue enterrado junto a Santa Escolástica, su hermana, en el sitio donde antes se levantaba el altar de Apolo, que él había destruido.
Dos de sus monjes estaban lejos de allí rezando, y de pronto vieron una luz esplendorosa que subía hacia los cielos y exclamaron: "Seguramente es nuestro Padre Benito, que ha volado a la eternidad". Era el momento preciso en el que moría el santo.
Que Dios nos envíe muchos maestros como San Benito, y que nosotros también amemos con todo el corazón a Jesús.
En 1964 Pablo VI declara a san Benito patrono principal de Europa.
QUE DE TAL MANERA BRILLE ANTE LOS DEMAS LA LUZ DE VUESTRO BUEN EJEMPLO, QUE ELLOS AL VER VUESTRAS BUENAS OBRAS, GLORIFIQUEN AL PADRE CELESTIAL. (S. Mateo 5)
LA SANTA REGLA
Inspirado por Dios, San Benito escribió un Reglamento para sus monjes que llamó "La Santa Regla" y que ha sido inspiración para los reglamentos de muchas comunidades religiosas monásticas. Muchos laicos también se comprometen a vivir los aspectos esenciales de esta regla, adaptada a las condiciones de la vocación laica.
La síntesis de la Regla es la frase "Ora et labora" (reza y trabaja), es decir, la vida del monje ha de ser de contemplación y de acción, como nos enseña el Evangelio.
Algunas recomendaciones de San Benito:
La primera virtud que necesita un religioso (después de la caridad) es la humildad.
La casa de Dios es para rezar y no para charlar.
Todo superior debe esforzarse por ser amable como un padre bondadoso.
El ecónomo o el que administra el dinero no debe humillar a nadie.
Cada uno debe esforzarse por ser exquisito y agradable en su trato
Cada comunidad debe ser como una buena familia donde todos se aman
Evite cada individuo todo lo que sea vulgar. Recuerde lo que decía San Ambrosio: "Portarse con nobleza es una gran virtud".
El verdadero monje debía ser "no soberbio, no violento, no comilón, no dormilón, no perezoso, no murmurador, no denigrador… sino casto, manso, celoso, humilde, obediente".
Milagros de San Benito.
He aquí algunos de los muchos milagros relatados por San Gregorio, en su biografía de San Benito
El muchacho que no sabía nadar. El joven Plácido cayó en un profundo lago y se estaba ahogando. San Benito mandó a su discípulo preferido Mauro: "Láncese al agua y sálvelo". Mauro se lanzó enseguida y logró sacarlo sano y salvo hasta la orilla. Y al salir del profundo lago se acordó de que había logrado atravesar esas aguas sin saber nadar. La obediencia al santo le había permitido hacer aquel salvamento milagroso.
El edificio que se cae. Estando construyendo el monasterio, se vino abajo una enorme pared y sepultó a uno de los discípulos de San Benito. Este se puso a rezar y mandó a los otros monjes que removieran los escombros, y debajo de todo apareció el monje sepultado, sano y sin heridas, como si hubiera simplemente despertado de un sueño.
La piedra que no se movía. Estaban sus religiosos constructores tratando de quitar una inmensa piedra, pero esta no se dejaba ni siquiera mover un centímetro. Entonces el santo le envió una bendición, y enseguida la pudieron remover de allí como si no pesara nada. Por eso desde hace siglos cuando la gente tiene algún grave problema en su casa que no logra alejar, consigue una medalla de San Benito y le reza con fe, y obtiene prodigios. Es que este varó de Dios tiene mucho influjo ante Nuestro Señor.
Panes que se multiplican.
Muertes anunciadas. Un día exclamó: "Se murió mi amigo el obispo de Cápua, porque vi que subía al cielo un bello globo luminoso". Al día siguiente vinieron a traer la noticia de la muerte del obispo. Otro día vió que salía volando hacia el cielo una blanquísima paloma y exclamó: :Seguramente se murió mi hermana Escolástica". Los monjes fueron a averiguar, y sí, en efecto acababa de morir tan santa mujer. El, que había anunciado la muerte de otros, supo también que se aproximaba su propia muerte y mandó a unos religiosos a excavar……..
BIBLIOGRAFIA
Butler; Vida de los Santos
Sálesman, P. Eliécer, "Vidas de los Santos"
Sgarbossa, Mario; Giovannini, Luigi, "Un santo para cada día"
La medalla de San Benito es un sacramental reconocido por la Iglesia con gran poder de exorcismo. Como todo sacramental, su poder está no en si misma sino en Cristo quien lo otorga a la Iglesia y por la fervorosa disposición de quién usa la medalla.
Descripción de la medalla:
En el frente de la medalla aparece San Benito con la Cruz en una mano y el libro de las Reglas en la otra mano, con la oración: "A la hora de nuestra muerte seamos protegidos por su presencia". (Oración de la Buena Muerte).
El reverso muestra la cruz de San Benito con las letras:
C.S.P.B.: "Santa Cruz del Padre Benito"
C.S.S.M.L. : "La santa Cruz sea mi luz" (crucero vertical de la cruz)
N.D.S.M.D.: "y que el Dragón no sea mi guía." (crucero horizontal)
En círculo, comenzando por arriba hacia la derecha:
V.R.S. "Abajo contigo Satanás"
N.S.M.V. "para de atraerme con tus mentiras"
S.M.Q.L. "Venenosa es tu carnada"
I.V.B. "Trágatela tu mismo".
PAX "Paz"
Bendición de la medalla de San Benito (deber ser por hecha por un sacerdote)
Exorcismo de la medalla
-Nuestra ayuda nos viene del Señor
-Que hizo el cielo y la tierra.
Te ordeno, espíritu del mal, que abandones esta medalla, en el nombre de Dios Padre Omnipotente, que hizo el cielo y la tierra, el mar y todo lo que en ellos se contiene.
Que desaparezcan y se alejen de esta medalla toda la fuerza del adversario, todo el poder del diablo, todos los ataques e ilusiones de satanás, a fin de que todos los que la usaren gocen de la salud de alma y cuerpo.
En el nombre del Padre Omnipotente y de su Hijo, nuestro Señor, y del Espíritu Santo Paráclito, y por la caridad de Jesucristo, que ha de venir a juzgar a los vivos y a los muertos y al mundo por el fuego.
Bendición
-Señor, escucha mi oración -Y llegue a tí mi clamor
Oremos:
Dios omnipotente, dador de todos los bienes, te suplicamos humildemente que por la intercesión de nuestro Padre San Benito, infundas tu bendición sobre esta sagrada medalla, a fin de que quien la lleve, dedicándose a las buenas obras, merezca conseguir la salud del alma y del cuerpo, la gracia de la santificación, y todas la indulgencias que se nos otorgan, y que por la ayuda de tu misericordia se esfuerce en evitar la acechanzas y engaños del diablo, y merezca aparecer santo y limpio en tu presencia. Te lo pedimos por Cristo, nuestro Señor. Amén
Indulgencias
El 12 de marzo de 1742 el Papa Benedicto XIV otorgó indulgencia plenaria a la medalla de San Benito si la persona se confiesa, recibe la Eucaristía, ora por el Santo Padre en las grandes fiestas y durante esa semana reza el santo rosario, visita a los enfermos, ayuda a los pobres, enseña la Fe o participa en la Santa Misa. Las grandes fiestas son Navidad, Epifanía, Pascua de Resurrección, Ascensión, Pentecostés, la Santísima Trinidad, Corpus Christi, La Asunción, La Inmaculada Concepción, el nacimiento de María, todos los Santos y fiesta de San Benito.
Número de indulgencias parciales: por ejemplo: 1) 200 días de indulgencia, si uno visita una semana a los enfermos o visita la Iglesia o enseña a los niños la Fe. 2) 7 años de indulgencia , si uno celebra la Santa Misa o esta presente, y ora por el bienestar de los cristianos, o reza por sus gobernantes. 3) 7 años si uno acompaña a los enfermos en el día de todos los Santos. 4) 100 días si uno hace una oración antes de la Santa Misa o antes de recibir la sagrada Comunión. 5) Cualquiera que por cuenta propia por su consejo o ejemplo convierta a un pecador, obtiene la remisión de la tercera parte de sus pecados. 6) Cualquiera que el Jueves Santo o el día de Resurrección, después de una buena confesión y de recibir la Eucaristía, rece por la exaltación de la Iglesia, por las necesidades del Santo Padre, ganará las indulgencias que necesita. 7) Cualquiera que rece por la exaltación de la Orden Benedictina, recibirá una porción de todas la buenas obras que realiza esta Orden.
Quienes lleven la medalla de San Benito a la hora de la muerte serán protegidos siempre que se encomienden al Padre, se confiesen y reciban la comunión o al menos invoquen el nombre de Jesús con profundo arrepentimiento.
El Crucifijo con medalla de San Benito
El Crucifijo de la Buena Muerte y la Medalla de San Benito han sido reconocidos por la Iglesia como una ayuda para el cristiano en la hora de tentación, peligro, mal, principalmente en la hora de la muerte. Le ha dado al Crucifijo con la medalla Indulgencia Plenaria.
La indulgencia plenaria de la Cruz de la Buena Muerte, quien realmente crea en la santa Cruz, no será apartado de El, ganará indulgencia plenaria en la hora de la muerte. Si este se confiesa, recibe la Comunión o por lo menos con el arrepentimiento previo de sus pecados, llamando el Santo nombre de Jesús con devoción y aceptando resignadamente la muerte como venida de las manos de Dios. Para la indulgencia no basta la Cruz, debe representarse a Cristo crucificado. Esta cruz también ayuda a los enfermos para unir nuestros sufrimientos a los de Nuestro Salvador.
(fuente: www.corazones.org)
miércoles, 10 de julio de 2013
10 de julio: San Pedro Vincioli
Monje y Arquitecto
Martirologio Romano: En Perugia, de la Umbría, san Pedro Vincioli, presbítero y abad, que reedificó una antigua iglesia dedicada a san Pedro que amenazaba ruina, y a ella unió un monasterio en el que, venciendo gran oposición y con gran paciencia, introdujo los usos y costumbres cluniacenses (1007).
Etimológicamente: Pedro = Aquel que es firme como la piedra, es de origen latino.
Uno de los monumentos más importantes de Peregia es la iglesia de san Pedro. Se ve a distancia en virtud o gracias a su campanario octogonal. Representa realmente algo bello con las líneas renacentistas del 1400 y 1500.
Pero lo más antiguo es la iglesia de san Pedro Vincioli, que vivió en el siglo X. Ya había otra iglesia más pequeña en honor de san Pedro, que fue fundada por san Escolano, Obispo y patrono de Peregia. Era la ciudad un maremagno de paganos y algunos cristianos que rezaban en su pequeña iglesia.
A Pedro le encantaba el arte que armonizaba con su entrega pastoral a todo el mundo. El Papa lo nombró abad de la iglesia y del monasterio al mismo tiempo.
Si hay que definir o entresacar la característica más importante de Pedro, sería, sin duda, su caridad para con los pobres y abandonados de la ciudad.
Estuvo a punto de morir a manos de unos ladrones , pero esta vez se salvó de la muerte que, realmente, le sobrevino de forma natural en el año 17007.
¡Felicidades a quien lleve este nombre!
Martirologio Romano: En Perugia, de la Umbría, san Pedro Vincioli, presbítero y abad, que reedificó una antigua iglesia dedicada a san Pedro que amenazaba ruina, y a ella unió un monasterio en el que, venciendo gran oposición y con gran paciencia, introdujo los usos y costumbres cluniacenses (1007).
Etimológicamente: Pedro = Aquel que es firme como la piedra, es de origen latino.
Uno de los monumentos más importantes de Peregia es la iglesia de san Pedro. Se ve a distancia en virtud o gracias a su campanario octogonal. Representa realmente algo bello con las líneas renacentistas del 1400 y 1500.
Pero lo más antiguo es la iglesia de san Pedro Vincioli, que vivió en el siglo X. Ya había otra iglesia más pequeña en honor de san Pedro, que fue fundada por san Escolano, Obispo y patrono de Peregia. Era la ciudad un maremagno de paganos y algunos cristianos que rezaban en su pequeña iglesia.
A Pedro le encantaba el arte que armonizaba con su entrega pastoral a todo el mundo. El Papa lo nombró abad de la iglesia y del monasterio al mismo tiempo.
Si hay que definir o entresacar la característica más importante de Pedro, sería, sin duda, su caridad para con los pobres y abandonados de la ciudad.
Estuvo a punto de morir a manos de unos ladrones , pero esta vez se salvó de la muerte que, realmente, le sobrevino de forma natural en el año 17007.
¡Felicidades a quien lleve este nombre!
Comentarios al P. Felipe Santos: fsantossdb@hotmail.com
(fuente: es.catholic.net)
martes, 9 de julio de 2013
09 de julio: Beata María de Jesús Crucificado Petkovic
Nació el 10 de diciembre de 1892 en Blato, en la isla de Korcula (Croacia). Era la sexta de ocho hijos de Antonio y María Petkovic. Sus padres llevaban una vida ejemplar y educaron cristianamente a todos sus hijos. Muy pronto María mostró su inclinación a la piedad y a la misericordia. Al ver los sufrimientos, el hambre y las penurias de la gente, decidió esforzarse por proteger a los pobres, "hermanos elegidos y amados por el Señor", como solía llamarlos.
El 8 de septiembre de 1906, día de la Natividad de la Santísima Virgen, con ocasión de la visita pastoral del obispo, María entró a formar parte de la asociación de Hijas de María, de la que fue secretaria y luego presidenta. Leyendo las palabras de Jesús al joven rico, el 21 de noviembre sucesivo, sintió la vocación a entregarse totalmente a Cristo. Desde ese momento renovó cada día su promesa de amor al Señor. Luego entró a formar parte de la Tercera Orden Secular de San Francisco y cuando Dios le inspiró dar vida a un instituto religioso femenino quiso darle la Regla y la espiritualidad franciscana.
Impulsada por su vivo deseo de ayudar a los necesitados, y siguiendo las orientaciones del obispo de Dubrovnik, monseñor Josip Marcelic, en el día de la Anunciación del año 1919 fundó la congregación de Hijas de la Misericordia, para "la educación e instrucción de la juventud femenina". El mismo obispo, en 1928, la erigió canónicamente como instituto de derecho diocesano. Al inicio la madre Petkovic dudaba entre la clausura y la actividad apostólica, pero optó por esta última, inspirada por las palabras de san Francisco: "No vivir sólo para sí mismo, sino también para el bien del prójimo".
El 6 de diciembre de 1956 la congregación llegó a ser de derecho pontificio y fueron aprobadas sus Constituciones.
La madre María de Jesús Crucificado Petkovic trató de transmitir a sus religiosas la profunda devoción que sentía desde niña hacia Jesucristo crucificado. En una carta, escrita el 31 de agosto de 1953, a todas las Hijas de la Misericordia, las invitaba a "seguir a Cristo, escuchar a Cristo, humillarse en Cristo, sufrir silenciosamente en Cristo, arder en Cristo, perdonar en Cristo, amar en Cristo, sacrificarse en Cristo (...). Para quien ama al dulcísimo Jesucristo, nuestro Señor, será dulce incluso la palabra "sufrir" por amor a él. Sufrir, porque no hay verdadero amor sin sacrificios y sufrimientos por la persona amada. Cristo con la cruz y el sufrimiento ha salvado al mundo entero".
Era una mujer fuerte en las adversidades, tierna en sus afectos, pero sobre todo profundamente enamorada de Jesús crucificado, al que dedicó toda su vida y su obra. Sintió durante toda su existencia esta constante presencia del Crucificado. Lo tenía siempre ante sus ojos, y en su corazón, por eso afloraba continuamente a sus labios. Las principales virtudes que practicó y recomendó eran las que brillaban en Cristo crucificado: la pobreza, la humildad, la abnegación, hasta el sacrificio total de sí por el prójimo, sintetizado en una palabra: amor.
La madre Petkovic experimentaba una grandísima alegría en su servicio a los pobres, marginados y despreciados, porque reconocía en ellos el rostro de Jesús doliente. Por eso, nunca se cansaba de exhortar a las hermanas a que mostraran con su conducta y sus sacrificios que en ellas se había encarnado el amor, la bondad y la misericordia de Dios.
Sacaba su fuerza espiritual de la oración. Su vida se puede resumir en dos palabras: "Oración y apostolado". Desde el inicio, la oración constituyó el alma y el gran dinamismo de su amplia actividad. El "estar" con el Señor plasmaba el "ir" a los hermanos. La unión íntima con Dios se prolongaba en la comunión con el prójimo.
Sentía un profundo aprecio por las directrices y los consejos de los pastores de la Iglesia, ante los cuales siempre se manifestó muy dócil y obediente. En especial seguía con fidelidad las indicaciones del obispo y del Romano Pontífice. En una carta circular explica a sus religiosas el significado de la Regla y de las Constituciones: "Son la palabra y la ley de nuestro Señor... La Regla santa, el libro de la vida, el camino de la cruz, la llave y el vínculo de la amistad eterna".
La fama de santidad, de la que gozó durante su vida, se confirmó también después de su muerte, acontecida en Roma el 9 de julio de 1966.
Las Hijas de la Misericordia cuentan hoy con 429 religiosas, que trabajan en doce países de Europa y América. Se dedican a la educación de los niños y la juventud, a la asistencia a las personas ancianas y enfermas, y al apostolado parroquial.
1. "Maestro bueno, ¿qué he de hacer para tener en herencia la vida eterna?" (Mc 10, 17), preguntó el joven que aquel día se presentó ante Jesús, poniéndose de rodillas.
Amadísimos hermanos y hermanas, también nosotros, en la asamblea litúrgica en que nos reunimos como discípulos del "Maestro bueno", le dirigimos hoy la misma pregunta para saber cuál es el camino que nos conduce a la vida eterna.
La respuesta es sencilla e inmediata: "Cumple los mandamientos". Y viene de Aquel que es el verdadero manantial de la verdad y de la vida. El pueblo de Dubrovnik, reunido para esta celebración festiva, juntamente con los peregrinos que han venido del resto de Croacia, de Bosnia y Herzegovina, de Montenegro y de los demás países, acoge con emoción la invitación del "Maestro bueno", e implora su ayuda y su gracia para poder corresponder con generosidad y empeño.
2. Os saludo con afecto, amadísimos hermanos y hermanas, juntamente con vuestros obispos, los sacerdotes, los religiosos y las religiosas que os acompañan en vuestro camino de testimonio cristiano. Dirijo mi saludo cordial al obispo de esta diócesis, monseñor Zelimir Puljic, a quien agradezco las amables palabras que me ha dirigido; a los cardenales Joachim Meisner y Vinko Puljic; y de modo especial a las religiosas Hijas de la Misericordia, fundadas por la nueva beata. Saludo con deferencia también a las autoridades civiles y militares, a las que doy las gracias, así como a todos los que han trabajado para hacer posible mi visita.
Recordando a mi predecesor Pío IV, que fue arzobispo aquí, he venido con alegría a esta antigua y gloriosa ciudad de Dubrovnik, orgullosa de su historia y de sus tradiciones de libertad, justicia y promoción del bien común, testimoniadas por las lapidarias palabras grabadas en la fortaleza de San Lorenzo: Non bene pro toto libertas venditur auro ("La libertad no se vende ni por todo el oro del mundo") y sobre la puerta de la sala del Consejo, en el palacio del gobernador: Obliti privatorum, publica curate ("Olvidando el interés privado, preocupaos por el público").
Deseo que el patrimonio de valores humanos y cristianos, acumulado a lo largo de los siglos, con la ayuda de Dios y de vuestro protector san Blas, siga constituyendo el tesoro más valioso de la gente de este país.
3. "Maestro bueno, ¿qué he de hacer para tener en herencia la vida eterna?" (Mc 10, 17). Es la pregunta que también sor María de Jesús Crucificado hizo a su Señor desde que, siendo joven, colaboraba en la parroquia de Blato, en la isla de Korcula, y se prodigaba al servicio del prójimo en las asociaciones del Buen Pastor y de las Madres católicas, así como en la cocina popular.
La respuesta resonó nítidamente en su corazón: "¡Ven y sígueme!". Así, conquistada por el amor de Dios, eligió consagrarse para siempre a él, realizando la aspiración de entregarse totalmente al bien espiritual y material de las personas más necesitadas. Luego fundó la congregación de las Hijas de la Misericordia de la Tercera Orden Regular de San Francisco, con la misión específica de "difundir y propagar, mediante las obras de misericordia espirituales y corporales, el conocimiento del Amor divino". No faltaron dificultades, pero sor María siguió adelante con indómita valentía, ofreciendo sus sufrimientos como actos de culto y sosteniendo a sus hermanas con la palabra y con el ejemplo. Durante cuarenta años gobernó con sabiduría materna su instituto, abriéndolo al compromiso misionero en diversos países de América Latina.
4. La figura de la beata María de Jesús Crucificado me lleva a pensar en todas las mujeres de Croacia, tanto en las que están casadas y son madres felices, como en las que están marcadas para siempre por el dolor de la pérdida de un familiar en la cruel guerra de la década de 1990, o por otras amargas desilusiones sufridas.
Pienso en ti, mujer, porque con tu sensibilidad, generosidad y fortaleza "enriqueces la comprensión del mundo y contribuyes a la plena verdad de las relaciones humanas" (Carta a las mujeres, 2). Dios te ha confiado de modo especial las criaturas, y por ello estás llamada a convertirte en un apoyo importante para la existencia de toda persona, en particular en el ámbito de la familia.
El ritmo frenético de la vida moderna puede llevar al ofuscamiento e, incluso, a la pérdida de lo que es humano. Nuestro tiempo, tal vez más que cualquier otra época de la historia, necesita "el "genio" de la mujer, que asegure en toda circunstancia la sensibilidad por el hombre" (Mulieris dignitatem, 30).
Mujeres croatas, conscientes de vuestra altísima vocación de "esposas" y "madres", seguid mirando a toda persona con los ojos del corazón, salid a su encuentro y acompañadla con la sensibilidad propia del instinto materno. Vuestra presencia es indispensable en la familia, en la sociedad y en la comunidad eclesial.
5. De modo particular, pienso en vosotras, mujeres consagradas como María Petkovic, que habéis acogido la invitación a seguir con corazón indiviso a Cristo, casto, pobre y obediente.
No os canséis de responder fielmente al único Amor de vuestra existencia. En efecto, la vida consagrada no es sólo compromiso generoso de un ser humano; es, ante todo, respuesta a un don que viene de lo alto y que se debe acoger con plena disponibilidad. Que la experiencia diaria del amor gratuito de Dios a vosotras os impulse a entregar sin reservas vuestra vida al servicio de la Iglesia y de los hermanos, poniéndolo todo, presente y futuro, en sus manos.
6. "Jesús, fijando en él su mirada, lo amó" (Mc 10, 21). Dios dirige una mirada llena de ternura a quien desea cumplir su voluntad y caminar por sus sendas (cf. Sal 1, 1-3). En efecto, cada uno, según su vocación propia, está llamado a realizar, en sí y en torno a sí, el proyecto de Dios. Con este fin, el Espíritu del Señor reviste al hombre fiel a Dios "de entrañas de misericordia, bondad, humildad, mansedumbre y paciencia" (Col 3, 12). Sólo así se puede edificar la ciudad terrena a imagen de la ciudad celestial.
Que vuestra comunidad cristiana crezca y se fortalezca en el perdón recíproco, en la caridad y en la paz: esta es la oración que hoy el Papa eleva al Señor por todos vosotros.
"Y todo cuanto hagáis, de palabra y de obra, hacedlo todo en el nombre del Señor Jesús, dando gracias por medio de él a Dios Padre" (Col 3, 17).
A él la gloria por los siglos de los siglos.
Al final de la misa el Santo Padre dirigió las siguientes palabras:
Siempre deseé visitar Dubrovnik. Esto se ha cumplido hoy. Doy gracias a Dios. Y os doy las gracias a todos vosotros por la cordial acogida, por esta liturgia, por estas bellezas naturales. Os bendigo a todos vosotros. Bendigo a vuestras familias. Bendigo a los jóvenes, y les digo: ¡Ánimo! Bendigo a los niños y a los enfermos. Que Dios bendiga el país natal de la nueva beata, la ciudad de Dubrovnik y toda Croacia.
El 8 de septiembre de 1906, día de la Natividad de la Santísima Virgen, con ocasión de la visita pastoral del obispo, María entró a formar parte de la asociación de Hijas de María, de la que fue secretaria y luego presidenta. Leyendo las palabras de Jesús al joven rico, el 21 de noviembre sucesivo, sintió la vocación a entregarse totalmente a Cristo. Desde ese momento renovó cada día su promesa de amor al Señor. Luego entró a formar parte de la Tercera Orden Secular de San Francisco y cuando Dios le inspiró dar vida a un instituto religioso femenino quiso darle la Regla y la espiritualidad franciscana.
Impulsada por su vivo deseo de ayudar a los necesitados, y siguiendo las orientaciones del obispo de Dubrovnik, monseñor Josip Marcelic, en el día de la Anunciación del año 1919 fundó la congregación de Hijas de la Misericordia, para "la educación e instrucción de la juventud femenina". El mismo obispo, en 1928, la erigió canónicamente como instituto de derecho diocesano. Al inicio la madre Petkovic dudaba entre la clausura y la actividad apostólica, pero optó por esta última, inspirada por las palabras de san Francisco: "No vivir sólo para sí mismo, sino también para el bien del prójimo".
El 6 de diciembre de 1956 la congregación llegó a ser de derecho pontificio y fueron aprobadas sus Constituciones.
La madre María de Jesús Crucificado Petkovic trató de transmitir a sus religiosas la profunda devoción que sentía desde niña hacia Jesucristo crucificado. En una carta, escrita el 31 de agosto de 1953, a todas las Hijas de la Misericordia, las invitaba a "seguir a Cristo, escuchar a Cristo, humillarse en Cristo, sufrir silenciosamente en Cristo, arder en Cristo, perdonar en Cristo, amar en Cristo, sacrificarse en Cristo (...). Para quien ama al dulcísimo Jesucristo, nuestro Señor, será dulce incluso la palabra "sufrir" por amor a él. Sufrir, porque no hay verdadero amor sin sacrificios y sufrimientos por la persona amada. Cristo con la cruz y el sufrimiento ha salvado al mundo entero".
Era una mujer fuerte en las adversidades, tierna en sus afectos, pero sobre todo profundamente enamorada de Jesús crucificado, al que dedicó toda su vida y su obra. Sintió durante toda su existencia esta constante presencia del Crucificado. Lo tenía siempre ante sus ojos, y en su corazón, por eso afloraba continuamente a sus labios. Las principales virtudes que practicó y recomendó eran las que brillaban en Cristo crucificado: la pobreza, la humildad, la abnegación, hasta el sacrificio total de sí por el prójimo, sintetizado en una palabra: amor.
La madre Petkovic experimentaba una grandísima alegría en su servicio a los pobres, marginados y despreciados, porque reconocía en ellos el rostro de Jesús doliente. Por eso, nunca se cansaba de exhortar a las hermanas a que mostraran con su conducta y sus sacrificios que en ellas se había encarnado el amor, la bondad y la misericordia de Dios.
Sacaba su fuerza espiritual de la oración. Su vida se puede resumir en dos palabras: "Oración y apostolado". Desde el inicio, la oración constituyó el alma y el gran dinamismo de su amplia actividad. El "estar" con el Señor plasmaba el "ir" a los hermanos. La unión íntima con Dios se prolongaba en la comunión con el prójimo.
Sentía un profundo aprecio por las directrices y los consejos de los pastores de la Iglesia, ante los cuales siempre se manifestó muy dócil y obediente. En especial seguía con fidelidad las indicaciones del obispo y del Romano Pontífice. En una carta circular explica a sus religiosas el significado de la Regla y de las Constituciones: "Son la palabra y la ley de nuestro Señor... La Regla santa, el libro de la vida, el camino de la cruz, la llave y el vínculo de la amistad eterna".
La fama de santidad, de la que gozó durante su vida, se confirmó también después de su muerte, acontecida en Roma el 9 de julio de 1966.
Las Hijas de la Misericordia cuentan hoy con 429 religiosas, que trabajan en doce países de Europa y América. Se dedican a la educación de los niños y la juventud, a la asistencia a las personas ancianas y enfermas, y al apostolado parroquial.
HOMILÍA DE JUAN PABLO II
Puerto de Dubrovnik
Viernes 6 de junio de 2003
1. "Maestro bueno, ¿qué he de hacer para tener en herencia la vida eterna?" (Mc 10, 17), preguntó el joven que aquel día se presentó ante Jesús, poniéndose de rodillas.
Amadísimos hermanos y hermanas, también nosotros, en la asamblea litúrgica en que nos reunimos como discípulos del "Maestro bueno", le dirigimos hoy la misma pregunta para saber cuál es el camino que nos conduce a la vida eterna.
La respuesta es sencilla e inmediata: "Cumple los mandamientos". Y viene de Aquel que es el verdadero manantial de la verdad y de la vida. El pueblo de Dubrovnik, reunido para esta celebración festiva, juntamente con los peregrinos que han venido del resto de Croacia, de Bosnia y Herzegovina, de Montenegro y de los demás países, acoge con emoción la invitación del "Maestro bueno", e implora su ayuda y su gracia para poder corresponder con generosidad y empeño.
2. Os saludo con afecto, amadísimos hermanos y hermanas, juntamente con vuestros obispos, los sacerdotes, los religiosos y las religiosas que os acompañan en vuestro camino de testimonio cristiano. Dirijo mi saludo cordial al obispo de esta diócesis, monseñor Zelimir Puljic, a quien agradezco las amables palabras que me ha dirigido; a los cardenales Joachim Meisner y Vinko Puljic; y de modo especial a las religiosas Hijas de la Misericordia, fundadas por la nueva beata. Saludo con deferencia también a las autoridades civiles y militares, a las que doy las gracias, así como a todos los que han trabajado para hacer posible mi visita.
Recordando a mi predecesor Pío IV, que fue arzobispo aquí, he venido con alegría a esta antigua y gloriosa ciudad de Dubrovnik, orgullosa de su historia y de sus tradiciones de libertad, justicia y promoción del bien común, testimoniadas por las lapidarias palabras grabadas en la fortaleza de San Lorenzo: Non bene pro toto libertas venditur auro ("La libertad no se vende ni por todo el oro del mundo") y sobre la puerta de la sala del Consejo, en el palacio del gobernador: Obliti privatorum, publica curate ("Olvidando el interés privado, preocupaos por el público").
Deseo que el patrimonio de valores humanos y cristianos, acumulado a lo largo de los siglos, con la ayuda de Dios y de vuestro protector san Blas, siga constituyendo el tesoro más valioso de la gente de este país.
3. "Maestro bueno, ¿qué he de hacer para tener en herencia la vida eterna?" (Mc 10, 17). Es la pregunta que también sor María de Jesús Crucificado hizo a su Señor desde que, siendo joven, colaboraba en la parroquia de Blato, en la isla de Korcula, y se prodigaba al servicio del prójimo en las asociaciones del Buen Pastor y de las Madres católicas, así como en la cocina popular.
La respuesta resonó nítidamente en su corazón: "¡Ven y sígueme!". Así, conquistada por el amor de Dios, eligió consagrarse para siempre a él, realizando la aspiración de entregarse totalmente al bien espiritual y material de las personas más necesitadas. Luego fundó la congregación de las Hijas de la Misericordia de la Tercera Orden Regular de San Francisco, con la misión específica de "difundir y propagar, mediante las obras de misericordia espirituales y corporales, el conocimiento del Amor divino". No faltaron dificultades, pero sor María siguió adelante con indómita valentía, ofreciendo sus sufrimientos como actos de culto y sosteniendo a sus hermanas con la palabra y con el ejemplo. Durante cuarenta años gobernó con sabiduría materna su instituto, abriéndolo al compromiso misionero en diversos países de América Latina.
4. La figura de la beata María de Jesús Crucificado me lleva a pensar en todas las mujeres de Croacia, tanto en las que están casadas y son madres felices, como en las que están marcadas para siempre por el dolor de la pérdida de un familiar en la cruel guerra de la década de 1990, o por otras amargas desilusiones sufridas.
Pienso en ti, mujer, porque con tu sensibilidad, generosidad y fortaleza "enriqueces la comprensión del mundo y contribuyes a la plena verdad de las relaciones humanas" (Carta a las mujeres, 2). Dios te ha confiado de modo especial las criaturas, y por ello estás llamada a convertirte en un apoyo importante para la existencia de toda persona, en particular en el ámbito de la familia.
El ritmo frenético de la vida moderna puede llevar al ofuscamiento e, incluso, a la pérdida de lo que es humano. Nuestro tiempo, tal vez más que cualquier otra época de la historia, necesita "el "genio" de la mujer, que asegure en toda circunstancia la sensibilidad por el hombre" (Mulieris dignitatem, 30).
Mujeres croatas, conscientes de vuestra altísima vocación de "esposas" y "madres", seguid mirando a toda persona con los ojos del corazón, salid a su encuentro y acompañadla con la sensibilidad propia del instinto materno. Vuestra presencia es indispensable en la familia, en la sociedad y en la comunidad eclesial.
5. De modo particular, pienso en vosotras, mujeres consagradas como María Petkovic, que habéis acogido la invitación a seguir con corazón indiviso a Cristo, casto, pobre y obediente.
No os canséis de responder fielmente al único Amor de vuestra existencia. En efecto, la vida consagrada no es sólo compromiso generoso de un ser humano; es, ante todo, respuesta a un don que viene de lo alto y que se debe acoger con plena disponibilidad. Que la experiencia diaria del amor gratuito de Dios a vosotras os impulse a entregar sin reservas vuestra vida al servicio de la Iglesia y de los hermanos, poniéndolo todo, presente y futuro, en sus manos.
6. "Jesús, fijando en él su mirada, lo amó" (Mc 10, 21). Dios dirige una mirada llena de ternura a quien desea cumplir su voluntad y caminar por sus sendas (cf. Sal 1, 1-3). En efecto, cada uno, según su vocación propia, está llamado a realizar, en sí y en torno a sí, el proyecto de Dios. Con este fin, el Espíritu del Señor reviste al hombre fiel a Dios "de entrañas de misericordia, bondad, humildad, mansedumbre y paciencia" (Col 3, 12). Sólo así se puede edificar la ciudad terrena a imagen de la ciudad celestial.
Que vuestra comunidad cristiana crezca y se fortalezca en el perdón recíproco, en la caridad y en la paz: esta es la oración que hoy el Papa eleva al Señor por todos vosotros.
"Y todo cuanto hagáis, de palabra y de obra, hacedlo todo en el nombre del Señor Jesús, dando gracias por medio de él a Dios Padre" (Col 3, 17).
A él la gloria por los siglos de los siglos.
Al final de la misa el Santo Padre dirigió las siguientes palabras:
Siempre deseé visitar Dubrovnik. Esto se ha cumplido hoy. Doy gracias a Dios. Y os doy las gracias a todos vosotros por la cordial acogida, por esta liturgia, por estas bellezas naturales. Os bendigo a todos vosotros. Bendigo a vuestras familias. Bendigo a los jóvenes, y les digo: ¡Ánimo! Bendigo a los niños y a los enfermos. Que Dios bendiga el país natal de la nueva beata, la ciudad de Dubrovnik y toda Croacia.
(fuente: www.vatican.va)
lunes, 8 de julio de 2013
08 de julio: Beato Pedro Vigne
Presbítero y Fundador
de la Congregación de las Hermanas del Santísimo Sacramento
(1670-1740)
Pedro Vigne nació el 20 de Agosto de 1670 en Privas (Francia), pequeña ciudad muy marcada aún por las consecuencias de las guerras de religión del siglo anterior, entre católicos y protestantes. Su padre Pedro Vigne, honrado comerciante en textil, y su madre, Francisca Gautier, casados en la Iglesia Católica, han hecho bautizar a sus cinco hijos en la parroquia católica de Santo Tomás de Privas. Dos hijas murieron muy temprano. Pedro y sus dos hermanos mayores, Juan Francisco y Eleonora, viven con sus padres en una relativa comodidad.
A los 11 años, Pedro es llamado por el Cura de la parroquia para firmar como testigo las actas parroquiales de Bautismo, matrimonio y sepultura.
Después de haber recibido una educación e instrucción de buen nivel, al final de su adolescencia, de repente su vida está transformada por la toma de conciencia de la presencia de Jesucristo en la Eucaristía. Esta experiencia le orienta definitivamente hacia Jesús que entrega su vida en la Cruz por nuestro amor y que, por la Eucaristía, no cesa de darse a todos. En 1690 entra en el seminario sulpiciano de Viviers. Ordenado sacerdote, el 18 de Septiembre de 1694, en Bourg Saint Andéol, por el obispo de Viviers, está destinado como coadjutor a Saint Agrève. Durante seis años ejerce allí su ministerio sacerdotal en amistad con su párroco y en cercanía con los fieles.
Siempre atento para discernir a través de los acontecimientos la voluntad del Señor sobre su vida, se siente llamado a vivir otra cosa. Al principio su itinerario espiritual parece ser un poco vacilante, pero se hará cada vez más firme y seguro. Su deseo de ser misionero entre la gente sencilla le decide a entrar en la Congregación de los Lazaristas, en Lyon, en 1700. Allí recibe una sólida formación a la pobreza y a las «misiones populares» y empieza a recorrer pueblos y ciudades con sus compañeros para evangelizar al pueblo cristiano. En 1706 deja voluntariamente a los Lazaristas. Más que nunca le mueve la pasión de las almas, sobre todo la gente de los pueblos y caseríos. Después de un breve tiempo de búsqueda, su vocación se delinea con firmeza y adquiere un rumbo firme. Pedro será «misionero itinerante», aplicando su propio método pastoral a la vez que somete siempre su ministerio a la autorización de sus superiores jerárquicos.
Incansablemente, y durante más de treinta años, recorre, andando o a caballo, los caminos del Vivarais, del Dauphiné y más aún. Para hacer conocer, amar y servir a Jesucristo se enfrenta con el cansancio de los viajes y el rigor del clima. Predica, visita a los enfermos, catequiza a los niños, administra los sacramentos y va hasta llevar a hombros «su» confesionario para estar siempre dispuesto a ofrecer la misericordia de Dios. Celebra la Misa, expone al Santísimo, enseña a los fieles a adorar. María, «Hermoso sagrario de Dios entre los hombres» tiene también un lugar de predilección en su oración y enseñanza.
En el transcurso de una de sus misiones, en 1712, llega a Boucieu le Roi cuya topografía le permite levantar un Vía Crucis. Con la ayuda de los feligreses de la zona construye 39 estaciones que, a través del pueblo, el campo y la montaña, enseñan a los cristianos a seguir a Jesús desde la Cena hasta Pascua y Pentecostés.
Boucieu va a ser su residencia, fuera de las misiones. Allí reúne a algunas mujeres que encarga de «acompañar a los peregrinos» del Vía Crucis para ayudarles a meditar y a orar.
Es allí que funda la Congregación de las Hermanas del Santísimo Sacramento. El 30 de Noviembre de 1715, en la iglesia, les entrega la cruz y el hábito religioso. Les invita a hacer turnos para adorar a Jesús presente en la Eucaristía, y a vivir juntas fraternalmente. Les confía la tarea de enseñar a la juventud. Atento a la necesidad de instruir a los niños para darles la oportunidad de acceder a la fe y adoptar comportamientos cristianos, Pedro Vigne abre escuelas y crea un seminario de «Regentas», modo de llamar entonces a las maestras de escuela.
Una vida tan intensa necesita apoyos. Cuando el Padre Pedro va a Lyon para comprar, nunca deja de ir a casa de sus antiguos maestros de San Sulpicio para encontrar a su confesor y a su director espiritual. Atraído pronto por la espiritualidad eucarística de los Sacerdotes del Santísimo Sacramento, fundados por Monseñor d'Authier de Sisgaud, el 25 de Enero de 1724, en Valence, le admiten como cofrade en esta sociedad sacerdotal y beneficia de su ayuda espiritual y temporal.
A la vez que asume el acompañamiento de su joven Congregación, Pedro Vigne continúa sus viajes apostólicos y, para prolongar los frutos de sus misiones también escribe libros: reglamentos de vida, obras de espiritualidad y sobre todo las «meditaciones sobre el libro más hermoso que es Jesucristo sufriendo y muriendo en la Cruz».
El vigor de este caminante de Dios, la intensidad de su actividad apostólica, sus largas horas de adoración, su vida de pobreza, testimonian no solo de una robusta constitución física sino de un amor apasionado por Jesucristo que amó a los suyos hasta el extremo (cf. Jn 13, 1).
Sin embargo, a los 70 años acusa los efectos del cansancio. En el transcurso de una misión en Rencurel, en las montañas del Vercors, un fuerte malestar le obliga a interrumpir su predicación. A pesar de todos sus esfuerzos para celebrar aún la Eucaristía y exhortar a los fieles a vivir el amor a Jesús, se da cuenta que su fin se acerca, expresa todavía su inmenso ardor misionero y entra en profunda oración. Un sacerdote, y dos Hermanas llegadas rápidamente, acompañan sus últimos momentos. El 8 de Julio de 1740 se reúne con Aquel que tanto amó, adoró y sirvió. Su cuerpo fue transportado a Boucieu donde descansa aún en la pequeña iglesia.
(fuente: www.vatican.va)
(1670-1740)
Pedro Vigne nació el 20 de Agosto de 1670 en Privas (Francia), pequeña ciudad muy marcada aún por las consecuencias de las guerras de religión del siglo anterior, entre católicos y protestantes. Su padre Pedro Vigne, honrado comerciante en textil, y su madre, Francisca Gautier, casados en la Iglesia Católica, han hecho bautizar a sus cinco hijos en la parroquia católica de Santo Tomás de Privas. Dos hijas murieron muy temprano. Pedro y sus dos hermanos mayores, Juan Francisco y Eleonora, viven con sus padres en una relativa comodidad.
A los 11 años, Pedro es llamado por el Cura de la parroquia para firmar como testigo las actas parroquiales de Bautismo, matrimonio y sepultura.
Después de haber recibido una educación e instrucción de buen nivel, al final de su adolescencia, de repente su vida está transformada por la toma de conciencia de la presencia de Jesucristo en la Eucaristía. Esta experiencia le orienta definitivamente hacia Jesús que entrega su vida en la Cruz por nuestro amor y que, por la Eucaristía, no cesa de darse a todos. En 1690 entra en el seminario sulpiciano de Viviers. Ordenado sacerdote, el 18 de Septiembre de 1694, en Bourg Saint Andéol, por el obispo de Viviers, está destinado como coadjutor a Saint Agrève. Durante seis años ejerce allí su ministerio sacerdotal en amistad con su párroco y en cercanía con los fieles.
Siempre atento para discernir a través de los acontecimientos la voluntad del Señor sobre su vida, se siente llamado a vivir otra cosa. Al principio su itinerario espiritual parece ser un poco vacilante, pero se hará cada vez más firme y seguro. Su deseo de ser misionero entre la gente sencilla le decide a entrar en la Congregación de los Lazaristas, en Lyon, en 1700. Allí recibe una sólida formación a la pobreza y a las «misiones populares» y empieza a recorrer pueblos y ciudades con sus compañeros para evangelizar al pueblo cristiano. En 1706 deja voluntariamente a los Lazaristas. Más que nunca le mueve la pasión de las almas, sobre todo la gente de los pueblos y caseríos. Después de un breve tiempo de búsqueda, su vocación se delinea con firmeza y adquiere un rumbo firme. Pedro será «misionero itinerante», aplicando su propio método pastoral a la vez que somete siempre su ministerio a la autorización de sus superiores jerárquicos.
Incansablemente, y durante más de treinta años, recorre, andando o a caballo, los caminos del Vivarais, del Dauphiné y más aún. Para hacer conocer, amar y servir a Jesucristo se enfrenta con el cansancio de los viajes y el rigor del clima. Predica, visita a los enfermos, catequiza a los niños, administra los sacramentos y va hasta llevar a hombros «su» confesionario para estar siempre dispuesto a ofrecer la misericordia de Dios. Celebra la Misa, expone al Santísimo, enseña a los fieles a adorar. María, «Hermoso sagrario de Dios entre los hombres» tiene también un lugar de predilección en su oración y enseñanza.
En el transcurso de una de sus misiones, en 1712, llega a Boucieu le Roi cuya topografía le permite levantar un Vía Crucis. Con la ayuda de los feligreses de la zona construye 39 estaciones que, a través del pueblo, el campo y la montaña, enseñan a los cristianos a seguir a Jesús desde la Cena hasta Pascua y Pentecostés.
Boucieu va a ser su residencia, fuera de las misiones. Allí reúne a algunas mujeres que encarga de «acompañar a los peregrinos» del Vía Crucis para ayudarles a meditar y a orar.
Es allí que funda la Congregación de las Hermanas del Santísimo Sacramento. El 30 de Noviembre de 1715, en la iglesia, les entrega la cruz y el hábito religioso. Les invita a hacer turnos para adorar a Jesús presente en la Eucaristía, y a vivir juntas fraternalmente. Les confía la tarea de enseñar a la juventud. Atento a la necesidad de instruir a los niños para darles la oportunidad de acceder a la fe y adoptar comportamientos cristianos, Pedro Vigne abre escuelas y crea un seminario de «Regentas», modo de llamar entonces a las maestras de escuela.
Una vida tan intensa necesita apoyos. Cuando el Padre Pedro va a Lyon para comprar, nunca deja de ir a casa de sus antiguos maestros de San Sulpicio para encontrar a su confesor y a su director espiritual. Atraído pronto por la espiritualidad eucarística de los Sacerdotes del Santísimo Sacramento, fundados por Monseñor d'Authier de Sisgaud, el 25 de Enero de 1724, en Valence, le admiten como cofrade en esta sociedad sacerdotal y beneficia de su ayuda espiritual y temporal.
A la vez que asume el acompañamiento de su joven Congregación, Pedro Vigne continúa sus viajes apostólicos y, para prolongar los frutos de sus misiones también escribe libros: reglamentos de vida, obras de espiritualidad y sobre todo las «meditaciones sobre el libro más hermoso que es Jesucristo sufriendo y muriendo en la Cruz».
El vigor de este caminante de Dios, la intensidad de su actividad apostólica, sus largas horas de adoración, su vida de pobreza, testimonian no solo de una robusta constitución física sino de un amor apasionado por Jesucristo que amó a los suyos hasta el extremo (cf. Jn 13, 1).
Sin embargo, a los 70 años acusa los efectos del cansancio. En el transcurso de una misión en Rencurel, en las montañas del Vercors, un fuerte malestar le obliga a interrumpir su predicación. A pesar de todos sus esfuerzos para celebrar aún la Eucaristía y exhortar a los fieles a vivir el amor a Jesús, se da cuenta que su fin se acerca, expresa todavía su inmenso ardor misionero y entra en profunda oración. Un sacerdote, y dos Hermanas llegadas rápidamente, acompañan sus últimos momentos. El 8 de Julio de 1740 se reúne con Aquel que tanto amó, adoró y sirvió. Su cuerpo fue transportado a Boucieu donde descansa aún en la pequeña iglesia.
(fuente: www.vatican.va)
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