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domingo, 24 de noviembre de 2013

24 de noviembre: Mártires de Vietnam

Mártires de Vietnam (+1745-1862)

 - Andrés Dung-Lac, presbítero
- Tomás Thien y Emanuel Phung, laicos
- Jerónimo Hermosilla, Valentín Berrio Ochoa, O.P. y otros 6 obispos
- Teofano Venard, presbítero M.E.P. y 105 compañeros, mártires


 LA IGLESIA DEL VIETNAM FECUNDADA CON LA SANGRE DE LOS MÁRTIRES

 El trabajo de evangelización, llevado a cabo desde el inicio del siglo XVI y consolidado con los primeros Vicariatos apostólicos del Norte (Dáng-Ngoái) y del Sur (Dáng-Trong) en el 1659, ha tenido en el trascurso de los siglos un admirable desarrollo.

Actualmente, las Diócesis son 25 (10 en el Norte, 6 en el Centro y 9 en el Sur) y los católicos son, apróximadamente, 6 millones (casi el 10% de la población); la Jerarquía Católica Vietnamita ha sido constituida por el Papa Juan XXIII el 24 de noviembre de 1960.

Este resultado se debe al hecho que, desde los primeros años, la semilla de la Fe se ha mezclado, en el territorio vietnamita, con la abundante sangre de los Mártires, tanto del clero misionero como del clero local y del pueblo cristiano de Vietnam. Juntos han soportado las fatigas del trabajo apostólico, como si se hubiesen puesto de acuerdo, han afrontado incluso la muerte para dar testimonio de la verdad evangélica. La historia religiosa de la Iglesia vietnamita señala que han existido un total de 53 Edictos, firmados por los Señores TRINH y NGUYEN o por los Reyes que, durante más de dos siglos, en total 261 años (1625-1886), han decretado contra los cristianos persecuciones una más cruel que la otra. Son alrededor de unas 130.000 las víctimas caídas por todo el territorio nacional.

A lo largo de los siglos, estos mártires de la Fe ha sido enterrados en forma anónima, pero su recuerdo permanece vivo en el espíritu de la comunidad católica. Desde el inicio del siglo XX, 117 de este gran grupo de héroes, martirizados cruelmente, han sido elegidos y elevados al honor de los altares por la Santa Sede en 4 Beatificaciones:

en el 1900, por el Papa León XIII, 64 personas
en el 1906, por el Papa S. Pío X, 8 personas
en el 1909, por el Papa S. Pío X, 20 personas
en el 1951, por el Papa Pío XII, 25 personas

clasificadas así:
11 españoles: todos Dominicos: 6 Obispos, 5 Sacerdotes;
10 franceses: todos de las Misiones Extranjeras de París: 2 Obispos, 8 Sacerdotes;
96 vietnamitas: 37 Sacerdotes (11 de ellos dominicos) y 59 Cristianos (entre ellos: 1 seminarista, 16 catequistas, 10 terciarios dominicos y 1 mujer).

"Estos son los que vienen de la gran tribulación: han lavado y blanqueado sus vestiduras en la sangre del Cordero" (Apoc 7, 13-14), según el siguiente orden cronológico:

2 caídos bajo el reinado de TRINH-DOANH (1740-1767)
2 caídos bajo el reinado de TRINH-SAM (1767-1782)
2 caídos bajo el reinado de CANH-TRINH (1782-1802)
58 caídos bajo el reinado del Rey MINH-MANO (1820-1840)
3 caídos bajo el reinado del Rey THIEU-TRI (1840-1847)
50 caídos bajo el reinado del Rey TU-DUC (1847-1883)

Y en el lugar del suplicio el Edicto real, colocado junto a cada uno de los ajusticiados, precisa el tipo de sentencia:

75 condenados a la decapitación,
22 condenados a ser estrangulados,
6 condenados al fuego, quemados vivos,
5 condenados al desgarro de los miembros del cuerpo,
9 muertos en la cárcel debido a las torturas.


LISTA DE LOS 117 MÁRTIRES DE VIETNAM

1 Andrés DUNG-LAC, Sacerdote 21-12-1839
2 Domingo HENARES, Obispo O.P. 25-06-1838
3 Clemente Ignacio DELGADO CEBRIAN, Obispo O.P. 12-07-1838
4 Pedro Rosa Ursula BORIE, Obispo M.E.P. 24-11-1838
5 José María DIAZ SANJURJO, Obispo O.P. 20-07-1857
6 Melchor GARCIA SAMPEDRO SUAREZ, Obispo O.P. 28-07-1858
7 Jerónimo HERMOSILLA, Obispo O.P. O1-11-1861
8 Valentín BERRIO OCHOA, Obispo O.P. 01-11-1861
9 Esteban Teodoro CUENOT, Obispo M.E.P. 14-11-1861
10 Francisco GIL DE FEDERICH, Sacerdote O.P. 22-O1-1745
11 Mateo ALONSO LECINIANA, Sacerdote O.P. 22-O1-1745
12 Jacinto CASTANEDA, Sacerdote O.P. 07-11-1773
13 Vicente LE OUANG LIEM, Sacerdote O.P. 07-11-1773
14 Emanuel NGUYEN VAN TRIEU, Sacerdote 17-09-1798
15 Juan DAT, Sacerdote 28-10-1798
16 Pedro LE TuY, Sacerdote 11-10-1833
17 Francisco Isidoro GAGELIN, Sacerdote M.E.P. 17-10-1833
18 José MARCHAND, Sacerdote M.E.P. 30-11-1835
19 Juan Carlos CORNAY, Sacerdote M.E.P. 20-09-1837
20 Vicente DO YEN, Sacerdote O.P. 30-06-1838
21 Pedro NGUYEN BA TUAN, Sacerdote 15-07-1838
22 José FERNANDEZ, Sacerdote O.P. 24-07-1838
23 Bernardo VU VAN DUE, Sacerdote 01-08-1838
24 Domingo NGUYEN VAN HANH (DIEU), Sacerdote O.P. 01-08-1838
25 Santiago Do MAI NAM, Sacerdote 12-08-1838
26 José DANG DINH (NIEN) VIEN, Sacerdote 21-08-1838
27 Pedro NGUYEN VAN TU, Sacerdote O.P. 05-09-1838
28 Francisco JACCARD, Sacerdote M.E.P. 21-09-1838
29 Vicente NGUYEN THE DIEM, Sacerdote 24-11-1838
30 Pedro VO BANG KHOA, Sacerdote 24-11-1838
31 Domingo TUOC, Sacerdote O.P. 02-04-1839
32 Tomás DINH VIET Du, Sacerdote O.P. 26-11-1839
33 Domingo NGUYEN VAN (DOAN) XUYEN, Sacerdote O.P. 26-11-1839
34 Pedro PHAM VAN TIZI, Sacerdote 21-12-1839
35 Pablo PHAN KHAc KHOAN, Sacerdote 28-04-1840
36 Josée DO QUANG HIEN, Sacerdote O.P. 09-05-1840
37 Lucas Vu BA LOAN, Sacerdote 05-06-1840
38 Domingo TRACH (DOAI), Sacerdote O.P. 18-09-1840
39 Pablo NGUYEN NGAN, Sacerdote 08-11-1840
40 José NGUYEN DINH NGHI, Sacerdote 08-11-1840
41 Martín TA Duc THINH, Sacerdote 08-11-1840
42 Pedro KHANH, Sacerdote 12-07-1842
43 Agustín SCHOEFFLER, Sacerdote M.E.P. 01-05-1851
44 Juan Luis BONNARD, Sacerdote M.E.P. 01-05-1852
45 Felipe PHAN VAN MINH, Sacerdote 03-07-1853
46 Lorenzo NGUYEN VAN HUONG, Sacerdote 27-04-1856
47 Pablo LE BAo TINH, Sacerdote 06-04-1857
48 Domingo MAU, Sacerdote O.P. 05-11-1858
49 Pablo LE VAN Loc, Sacerdote 13-02-1859
50 Domingo CAM, Sacerdote T.O.P. 11-03-1859
51 Pedro DOAN LONG QUY, Sacerdote 31-07-1859
52 Pedro Francisco NERON, Sacerdote M.E.P. 03-11-1860
53 Tomás KHUONG, Sacerdote T.O.P. 30-01-1861
54 Juan Teofano VENARD, Sacerdote M.E.P. 02-02-1861
55 Pedro NGUYEN VAN Luu, Sacerdote 07-04-1861
56 José TUAN, Sacerdote O.P. 30-04-1861
57 Juan DOAN TRINH HOAN, Sacerdote 26-05-1861
58 Pedro ALMATO RIBERA, Sacerdote O.P. 01-11-1861
59 Pablo TONG VIET BUONG, Laico 23-10-1833
60 Andrés TRAN VAN THONG, Laico 28-11-1835
61 Francisco Javier CAN, Catequista 20-11-1837
62 Francisco DO VAN (HIEN) CHIEU, Catequista 25-06-1838
63 José NGUYEN DINH UPEN, Catequista T.O.P. 03-07-1838
64 Pedro NGUYEN DicH, Laico 12-08-1838
65 Miguel NGUYEN HUY MY, Laico 12-08-1838
66 José HOANG LUONG CANH, Laico T.O.P. 05-09-1838
67 Tomás TRAN VAN THIEN, Seminarista 21-09-1838
68 Pedro TRUONG VAN DUONG, Catequista 18-12-1838
69 Pablo NGUYEN VAN MY, Catequista 18-12-1838
70 Pedro VU VAN TRUAT, Catequista 18-12-1838
71 Agustín PHAN VIET Huy, Laico 13-06-1839
72 Nicolás BUI DUC THE, Laico 13-06-1839
73 Domingo (Nicolás) DINH DAT, Laico 18-07-1839
74 Tomás NGUYEN VAN DE, Laico T.O.P. 19-12-1839
75 Francisco Javier HA THONG MAU, Catequista T.O.P. 19-12-1839
76 Agustín NGUYEN VAN MOI, Laico T.O.P. 19-12-1839
77 Domingo Bui VAN UY, Catequista T.O.P. 19-12-1839
78 Esteban NGUYEN VAN VINTI, Laico T.O.P. 19-12-1839
79 Pedro NGUYEN VAN HIEU, Catequista 28-04-1840
80 Juan Bautista DINH VAN THANH, Catequista 28-04-1840
81 Antonio NGUYEN HUU (NAM) QUYNH, Laico 10-07-1840
82 Pietro NGUYEN KHAC Tu, Catequista 10-07-1840
83 Tomás TOAN, Catequista T.O.P. 21-07-1840
84 Juan Bautista CON, Laico 08-11-1840
85 Martín THO, Laico 08-11-1840
86 Simón PHAN DAc HOA, Laico 12-12-1840
87 Inés LE THi THANH (DE), Laica 12-07-1841
88 Mateo LE VAN GAM, Laico 11-05-1847
89 José NGUYEN VAN Luu, Catequista 02-05-1854
90 Andrés NGUYEN Kim THONG (NAM THUONG), Catequista 15-07-1855
91 Miguel Ho DINH HY, Laico 22-05-1857
92 Pedro DOAN VAN VAN, Catequista 25-05-1857
93 Francisco PHAN VAN TRUNG, Laico 06-10-1858
94 Domingo PHAM THONG (AN) KHAM, Laico T.O.P. 13-01-1859
95 Lucas PHAM THONG (CAI) THIN, Laico 13-01-1859
96 José PHAM THONG (CAI) TA, Laico 13-01-1859
97 Pablo HANH, Laico 28-05-1859
98 Emanuel LE VAN PHUNG, Laico 31-07-1859
99 José LE DANG THI, Laico 24-10-1860
100 Mateo NGUYEN VAN (NGUYEN) PHUONG, Laico 26-05-1861
101 José NGUYEN DUY KHANG, Catequista T.O.P. 06-11-1861
102 José TUAN, Laico 07-01-1862
103 José TUC, Laico 01-06-1862
104 Domingo NINH, Laico 02-06-1862
105 Domingo TORI, Laico 05-06-1862
106 Lorenzo NGON, Laico 22-05-1862
107 Pallo (DONG) DUONG, Laico 03-06-1862
108 Domingo HUYEN, Laico 05-06-1862
109 Pedro DUNG, Laico 06-06-1862
110 Vicente DUONG, Laico 06-06-1862
111 Pedro THUAN, Laico 06-06-1862
112 Domingo MAO, Laico 16-06-1862
113 Domingo NGUYEN, Laico 16-06-1862
114 Domingo NHI, Laico 16-06-1862
115 Andrés TUONG, Laico 16-06-1862
116 Vicente TUONG, Laico 16-06-1862
117 Pedro DA, Laico 17-06-1862
_______________________
O.P. : Orden de los Predicadores (Dominicos)
T.O.P.: Terciario de la Orden de los Predicadores
M.E.P.: Sociedad de las Misiones Extranjeras de París

(fuente: www.vatican.va)

sábado, 23 de noviembre de 2013

23 de noviembre: San Clemente I

SAN CLEMENTE I
Papa y mártir
(† 100?)

La unión es el principio fundamental que inspira el Evangelio de la buena nueva: unión de las inteligencias por una sola fe y unión de los corazones por la caridad. Resumiendo la doctrina de los tres años de su vida pública, decía Jesús en el discurso de la última Cena: «Padre, haz que sean uno, como Tú lo eres en Mí y Yo lo soy en Ti; que sean uno en Nosotros, que sean consumados en la unidad.» Para destruir esta unidad habían de nacer en la sociedad fundada por Cristo dos fuerzas disgregadoras: la herejía y el cisma; pero, con el fin de ampararla. Cristo dejaba en su Iglesia, además de una inspiración común, una organización jerárquica, cuya representación suprema quedaba vinculada en el Pontífice romano. Roma será siempre el foco y la fuente de la unidad.

Treinta años después del martirio de San Pedro ocupaba su puesto en la ciudad de los cesares un hombre cuya gloria consiste en haber sido el apóstol de esa unidad cristiana. Cuando la persecución y la herejía multiplicaban sus estragos, la escisión empezaba a desgarrar las comunidades cristianas. El fermento obraba ya vigoroso desde los primeros días de la Iglesia, y los Apóstoles se vieron obligados a intervenir, pero sin lograr arrancar la cizaña. Ahora en Corinto se acababa de levantar un conflicto ruidoso: hubo alborotos y disputas; varios miembros del colegio presbiteral fueron depuestos, y el desorden podía propagarse a otras partes de Grecia. El espíritu helénico, particularista, ondulante y muy pagado de sí mismo, se sometía con dificultad a la ley fundamental que establece la jerarquía como principio de doctrina y de gobierno, y esto era lo que en Corinto tenía que combatir la nueva religión. Ya en tiempo de San Pablo, los corintios manifestaban este apego a sus tendencias nacionales, al decir: «Yo soy de Pablo, de Pedro o de Apolo»; lo mismo que pudieran haber dicho: «Yo pertenezco al Pórtico, al Liceo o a la Academia.» Para aplastar al cisma en sus comienzos, se necesitaba algo más que las exhortaciones de un doctor o de un profeta; se necesitaba la decisión de un jefe supremo o de un juez soberano. He aquí por qué hubo de intervenir el sucesor de Pedro, San Clemente. Lo hizo en una carta en que se revela al mismo tiempo un espíritu admirable de sabiduría y la conciencia de una autoridad indiscutible.

Esta carta, este grande y admirable escrito según expresión de Eusebio de Cesarea; este documento precioso, que Orígenes citaba con veneración y que los primeros cristianos llegaron casi a poner en la categoría de las Sagradas Escrituras, es una fervorosa alabanza de aquel espíritu de unidad que Cristo había pedido para los suyos. «Es preciso—dice Clemente—someterse con humildad al orden establecido. Hermanos, seamos humildes de espíritu, depongamos la soberbia, enemiga de la armonía.» El mundo físico, el «cosmos», como decían los griegos, es decir, la belleza en la creación, no tendría encanto para nosotros sin esa sujeción al orden establecido en todas las cosas. «El mar tiene sus leyes, las estaciones se suceden unas a otras sin violencias... El gran artífice, el dueño del mundo, ha querido que todo sea ordenado en una conformidad perfecta.» El mismo designio en el funcionamiento del organismo humano: la cabeza no es nada sin los pies, pero, a su vez, los pies serían inútiles sin la cabeza.» Y Roma, ¿porqué ha conquistado al mundo? Por la disciplina de sus ejércitos: «¡Con qué sumisión ejecutan los soldados las órdenes del príncipe! No todos son tribunos, ni centuriones, ni pentacontarcas; cada uno permanece en su puesto cumpliendo las funciones que le han sido asignadas por el general. Ni los grandes pueden existir sin los pequeños, ni los pequeños sin los grandes.»

Es verdad que la sociedad cristiana no es solamente un ejército, se apresura a decir Clemente, sino también un rebaño, guiado por Cristo; más aún, es el mismo cuerpo de Cristo, cuyos miembros no deben ser apartados de su cabeza; pero la consecuencia es la misma: «Todos deben estar sometidos a los ancianos; nadie puede levantarse contra la disciplina... Las ofrendas y los ritos litúrgicos han de celebrarse, no a voluntad de cada uno y sin orden, sino en horas determinadas v conforme a lo ordenado por el Maestro... Abandonemos las investigaciones hueras y vanas, sigamos el canon venerable y glorioso de nuestra tradición, conservemos el muro fraterno de la caridad.» Hablando de la caridad. Clemente tiene bellísimas expresiones, que nos recuerdan las de San Pablo: «El amor—dice—supone la concordia: la concordia no puede existir sin la unión. ¿Quién podrá describir la suavidad de esa unión divina? ¿Dónde encontrar palabras para celebrar su hermosura y su magnificencia? Jamás podremos medir la altura a que nos levanta la caridad. Nos lleva hasta Dios, nos une a Él, cubre la muchedumbre de nuestros pecados, y nos da fuerzas para sufrir todos los trabajos. Por ella subieron los santos a la perfección; sin ella nada es agradable a los ojos divinos. El amor es el que hizo que Nuestro Señor Jesucristo, obediente a la voluntad de su Padre, ofreciese su sangre por nosotros, su carne por nuestra carne y su alma por las nuestras.»

Esta carta no lleva fecha, pero fue escrita en el año 96. Las primeras palabras son una alusión evidente a la persecución de Domiciano. «Hemos estado afligidos—dice el santo Pontífice—por una serie de calamidades que han caído sobre nosotros de una manera imprevista. » Clemente había podido salvar la vida en aquella tormenta; pero un sucesor de Pedro debía estar preparado a morir de un momento a otro. El panegirista de la unidad del amor tenía frente a sí al adorador de la unidad de la fuerza. Domiciano había visto en el cristianismo un medio para llenar las arcas exhaustas por sus locuras; Trajano le considera como el mayor enemigo de la civilización de Roma, entendida a la manera pagana. El cristiano «es un objeto de odio para todo el género humano». Hay una aparente anomalía en la historia de las persecuciones, y es que los mayores perseguidores no son siempre los monstruos que mandaban a Roma sino los más amantes del Estado, los que consideraban la unidad de Roma como una especie de divinidad a la cual hay que sacrificarlo todo. Tal fue el caso del español Trajano. El amor a Roma le hizo perseguidor de la Iglesia, y una de sus víctimas fue Clemente. A causa de una sedición popular, desterróle al Quersoneso, en la extremidad oriental del Imperio. Dos mil cristianos se hallaban allí condenados a trabajar en las canteras de mármol. El número aumentó con la presencia del Pontífice; construyéronse iglesias, y el paganismo estaba a punto de desaparecer de la región. Llegaron al emperador estas nuevas, y como Clemente se negase a sacrificar a Júpiter, fue arrojado al mar con un áncora atada a su cuerpo.

Ya que no pudo enriquecerse con sus reliquias, Roma veneró su memoria en la casa donde él reunía a los cristianos. Está entre el monte Celio y el Esquilmo. En la parte superior se ve el templo románico del siglo XII; por él se baja a la basílica cristiana de los días de Constantino. Es el tipo de la basílica primitiva: un patio con la fuente para purificarse, reemplazada en nuestras iglesias por la pila de agua bendita; un pórtico, desde donde los catecúmenos asistían a la primera parte de la misa; una nave central con el pulpito en medio; dos naves laterales para hombres y mujeres, y en el fondo, el ábside, el lugar de los presbíteros, el presbiterio, con la cátedra pontificia junto al muro, y el ara bajo el arco triunfal. Pero bajo este edificio hubo en días de persecución un templo de Mitra, y el templo del dios persa se levantó sobre una casa del siglo primero, la casa-oratorio de San Clemente.

(fuente: www.divvol.org)

viernes, 22 de noviembre de 2013

22 de noviembre: Santa Cecilia de Roma

SANTA CECILIA
Virgen y Mártir
(† 179?)
Patrona de los músicos

Tenemos delante una casa patricia de la Roma imperial. Yergue su arrogancia en un ángulo del campo de Marte, no lejos del mausoleo de Augusto y tan cerca del Estadio, que en los grandes días se distinguen con claridad los gritos de la multitud aclamando a sus favoritos. Por una ventana—así aparece en un cuadro de Pinturichio—se ve el Tíber, que arrastra sus aguas cenagosas entre praderas verdes y colinas onduladas. Detrás, sobre un altozano, se alza la fachada del Panteón, y a mano derecha, contenido por una verja de hierro, avanza un ángulo del jardín. Hay un pórtico sostenido por capiteles corintios, y en el interior un patio alegre, rodeado de elegante peristilo y poblado de estatuas, figuras de dioses y de héroes, de ilustres mujeres y de generales famosos, pertenecientes a la «gens» nobilísima de los Cecilios: Quinto Cecilio, el vencedor de Yugurta; Cecilio Metelo, famoso en las guerras de España; Cecilia Tanaquil, reina de Roma en tiempo de los Tarquines; Cecilia Cornelia, mujer del gran Pompeyo, famosa por su afición a las letras y sus condiciones musicales.

Pero los mármoles rodaron y las viejas glorias yacen en el olvido. Aquel palacio aristocrático de la Roma de los Antoninos, en la Roma moderna es la iglesia de Nuestra Señora del Divino Amor. Un amor grande y limpio como un sol de primavera ardió allí en los últimos años del siglo II, y hoy no queda más que un nombre: el nombre de Cecilia. Ella es el espejo de la mujer de la nueva Roma restaurada por Cristo, la flor de la juventud femenina, como decían los jóvenes romanos; la abeja industriosa de los panales del Señor, como la llama el Pontífice Urbano. Una abeja golosa de flores de virtudes, que atesora sus mieles en amable silencio. No se envanece de su esclarecida alcurnia; no hace caso de la pompa que la rodea; no hace ostentación de su juventud y hermosura; no mira con ceno a la servidumbre; no manda azotar a los esclavos; no hiere a las esclavas con el punzón de escribir; al contrario, trajina entre ellas, sonriente en todas las tareas de la casa, y luego se encierra en su habitación, una habitación sencilla y alegre, donde no hay Dianas ni Cupidos, ni estuches de cremas y pinceles; pero sí flores y un cofre de plata, donde se guarda el santo Evangelio, aquel Evangelio que la joven lee todos los días y que esconde amorosamente junto a su corazón.

Pero cierto día el palacio de los Cecilios se viste de fiesta. Esclavos y esclavas entran y salen llevando joyas brillantes, telas preciosas y castillos de flores. Es una fiesta nupcial lo que se prepara. Pero va a ser una extraña fiesta: las danzas de rúbrica, un convite íntimo y un ceremonial incompleto. La desposada es la misma Cecilia. Una noche, en la reunión de las catacumbas, el Pontífice ha puesto sobre su cabeza el velo de las vírgenes; es la esposa de Cristo, pero no ha podido vencer la voluntad de su padre; y ahora se pone confiada en las manos del Señor. En la ceremonia se prescinde de los sacerdotes paganos y del sacrificio de la oveja negra que se hacía a Pilumno, la deidad protectora del matrimonio.

Más he aquí que avanza el cortejo. Van delante un niño adornado de verbenas y una niña coronada de rosas. Siguen otras doce niñas vestidas de blanco, con rosas en el pecho y en la frente, y, a guisa de diadema, una cinta amarilla. Entran de dos en dos, describiendo ligeros ritmos de danza, y tras ellas vienen cuatro adolescentes que acaban de vestir la toga pretexta. Cecilia lleva el vestido que manda el ritual: una túnica blanca de lana, con su ceñidor también blanco, y encima un manto de color de fuego, símbolos graciosos de la pureza y del amor. Sobre el manto caen los cabellos, repartidos en seis trenzas, como la cabellera de las vestales. Su esposo, Valeriano, uno de los jóvenes más ilustres de Roma, la lleva de la mano, y los dos se detienen junto al busto de Pilumno. Los jóvenes cantan, las niñas ejecutan sus danzas inocentes; se verifica la ofrenda de la leche y el vino, que a la desposada la hace volver la cabeza con repugnancia; se rompe la torta, símbolo de la unión, y la mano de Cecilia es colocada sobre la diestra de Valeriano.

Algunas horas después, cuando empezaba a brillar el lucero de la tarde, la nueva esposa fue llevada a la morada del esposo. La casa de Valeriano estaba al otro lado del Tíber, donde hoy se alza la iglesia de Santa Cecilia. Las antorchas nupciales preceden al cortejo, aumentando aquí y allá con grupos de chiquillos y curiosos, que gritan celebrando las gracias de la desposada. Cecilia sonríe suavemente a las gratulaciones, pero una angustia infinita le acongoja el corazón. Pasan el puente Sublicio, y a los pocos pasos apareció la casa de Valeriano. En el pórtico, adornado de blancas colgaduras y guirnaldas de hiedra, aguardaba el esposo en el colmo de su felicidad. Cambiaron el saludo tradicional:

—¿Quién eres tú?—preguntó él. Y ella respondió: —Donde tú Cayo, yo Caya.

La alusión tenía ahora un sentido más íntimo, pues esa Caya del rito matrimonial no era otra que Caya Cecilia Tanaquil, la ascendiente real de los Cecilios.

Cecilia atraviesa el umbral. Una esclava se adelanta, presentándole en un cáliz de plata el agua, que figura la limpieza; otra le entrega una llave, símbolo de la administración interior que se le confía; y otra, finalmente, le ofrece un puñado de lana, para recordarle las tareas propias del hogar.

Y pasan al triclinio, donde se va a servir el banquete nupcial. Brillan deslumbradores los candelabros, los lirios de Aecio y Tívoli derraman sus perfumes, caen el chipre y el falerno en las copas de oro, escanciados por jóvenes efebos; resuena la melodía de las arpas y los címbalos, y los comensales aplauden al poeta cuando se levanta para cantar en un epitalamio decadente las venturas de aquella unión. Entre tanto, Cecilia parece como enajenada; sus ojos miran una cosa lejana, que a Valeriano le llena de inquietud; su corazón está suspenso de una música ultraterrena. Entre los acordes de las orquestas, dicen las viejas actas, entre el ritmo de las cítaras y los órganos, Cecilia cantaba también, repitiendo sin cesar la estrofa del salmista: «Que mi corazón y mi carne permanezcan puros, oh Señor, y que no me vea confundida en tu presencia.» La cristiandad ha recogido emocionada estas palabras de la virgen, y para honrar aquel sublime concierto interior la ha proclamado reina y patrona de la armonía.

Cecilia iba a dar el último paso hacia el peligro. Dos matronas guiaron sus pasos temblorosos hacia la cámara nupcial. Arden los candelabros, brillan los tapices y las joyas. Valeriano llega unos instantes después. Se acerca a su esposa con el rostro radiante de dicha; pero ella le detiene con estas palabras:

—Joven y dulce amigo, tengo un secreto que confiarle; júrame que lo sabrás respetar.

Valeriano lo jura sin dificultad, y la virgen añade:

—Mira: Cecilia es tu hermana, es la esposa de Cristo. Hay un ángel que me defiende, y que cortaría en un instante la flor lozana de tu juventud si intentases cualquier violencia contra mí.

El joven palidece, se irrita, grita en el paroxismo de la desesperación; pero poco a poco la gracia le domina, y con la gracia, la dulzura infinita de Cecilia.

—Cecilia—dice al fin—, hazme ver ese ángel si quieres que crea en tus palabras.
—Para ver ese ángel de Dios se necesita antes creer, hacerse discípulo de Cristo, bautizarse. Así se lo dice Cecilia a su esposo.
—Pues bien—responde él—; ahora mismo, esta misma noche; mañana será tarde.

Y con el ímpetu de la juventud y la sierpe de la duda en el alma, deja en la habitación a su esposa y camina envuelto en el silencio de la noche en busca del Pontífice Urbano. Poco a poco, una fuerza desconocida va dominando su alma. Su corazón se aquieta y su inteligencia empieza a comprender.

Unas horas más tarde volvía vestido de la túnica blanca de los neófitos. Prosternada en tierra, Cecilia parecía absorta en la oración; una luz deslumbrante la rodeaba y un ángel de inefable belleza flotaba sobre ella, sosteniendo dos coronas de rosas y de lirios, con que adornó las sienes de los dos esposos. A la conversión de Valeriano siguió la de su hermano Tiburcio, y poco después los dos esposos daban su sangre por la fe que acababan de abrazar.

Reinaba entonces en Roma el emperador filósofo Marco Aurelio, hombre honrado, corazón bueno, hasta la debilidad, alma compasiva, que se rebelaba contra los juegos sangrientos del anfiteatro; sólo fue cruel tratándose de los cristianos. Los diecinueve años de su reinado fueron los más difíciles que atravesó la Iglesia. En su persecución sufrieron Tiburcio y Valeriano, y algo después de ellos la virgen Cecilia. Llevada a presencia del juez, Cecilia manifestó toda la grandeza de una descendiente de los Metelos y toda la dulzura de una discípula de Cristo.

—¿Cuál es tu nombre?—la preguntó el prefecto Almaquio.
— Cecilia—respondió ella.
—¿Cuál es tu condición?
—Libre, noble, clarísima.
—Te pregunto por tu religión.
—Pues tu pregunta no era un modelo de claridad.
—Hablas con demasiada libertad.
—Es la serenidad de una conciencia pura y una fe sin mancha.
—¿Ignoras el poder que tengo?
—El que lo ignora eres tú. ¿Quieres escucharme? Habla.
—El poder del hombre es semejante al de un pellejo lleno de viento; basta pincharle con una aguja para reducirle a la nada.
—Has empezado injuriando, y continúas en el mismo tono.

El interrogatorio se desarrolla con este aire digno, altivo y hasta agresivo. Al fin, Almaquio pone a la acusada en la alternativa de sacrificar a los dioses o negar que es cristiana.

—¡Qué humillante situación para un magistrado!—responde ella—. Quiere que reniegue de un hombre que es el testimonio de mi inocencia y me haga culpable de una mentira. Si quieres condenarme, ¿por qué me exhortas a negar el delito? Si tu intención es absolver, ¿por qué no te molestas un poco para enterarte del supuesto crimen?

Cecilia fue condenada a morir; pero por consideración a su rango, por respeto a su juventud, y acaso por evitar una emoción demasiado viva entre la aristocracia romana, el juez mandó que la encerrasen en la sala de baño de su palacio, a fin de que aspirase la muerte, asfixiada por el ardor violento y continuo del hipocausto. Pero como después de un día y una noche Cecilia respiraba todavía, fue imposible prescindir de la intervención del verdugo. Viole entrar con alegría y presentó su cabeza virginal. El líctor blandió la espada y la dejó caer tres veces, pero con tan mala suerte, que quedó envuelta en su propia sangre luchando con la muerte. Tres días después iba a recibir el galardón de su heroísmo.

Los cristianos recogieron el cuerpo de la mártir y respetuosamente le encerraron en un arca de ciprés, sin cambiar la actitud que tenía en el momento de escapársele la vida. Así se encontró catorce siglos más tarde, en 1599. «Yo vi el arca, que se encerró en el sarcófago de mármol —dice el cardenal Baronio—, y dentro el cuerpo venerable de Cecilia. A sus pies estaban los paños empapados en sangre, y aún podía distinguirse el color verde del vestido, tejido en seda y oro, a pesar de los destrozos que el tiempo había hecho en él. Podía verse, con admiración, que este cuerpo no estaba extendido como los de los muertos en sus tumbas. Estaba la castísima virgen recostada sobre el lado derecho, unidas sus rodillas con modestia, ofreciendo el aspecto de alguien que duerme, e inspirando tal respeto, que nadie se atrevió a levantar la túnica que cubría el cuerpo virginal. Sus brazos estaban extendidos en la dirección del cuerpo, y el rostro un poco inclinado hacia la tierra, como si quisiese guardar el secreto del último suspiro. Sentíamonos todos poseídos de una veneración inefable, y nos parecía romo si el Esposo vigilase el sueño de su esposa, repitiendo las palabras del cántico: «No despertéis a la amada hasta que ella quiera.»

(fuente: www.divvol.org)

jueves, 21 de noviembre de 2013

21 de noviembre: Beata María de Jesús, el Buen Pastor (Franciszka Siedliska)

«Polaca, fundadora de las Hermanas de la Sagrada Familia de Nazaret. Un ejemplo de tenacidad y fe en defensa del ideal religioso. Abrió casas en Europa y Estados Unidos. Es patrona de la misión católica polaca en Inglaterra y Gales»

Madrid, 21 de noviembre de 2013 (Zenit.org) Hoy, festividad de la Presentación de la Virgen María, la Iglesia también celebra la de vida de Franciszka Anna Józef. Nació el 12 de noviembre de 1842 en el castillo polaco de Roszkowa Wola, lugar cercano a Varsovia. Era la primogénita del matrimonio de terratenientes compuesto por Adolf Siedliska y Cecilia Mariana Morawska. Los Siedliska tenían lazos de parentesco con aristócratas polacos que se hallaban en la zona rusa. El abuelo materno de la beata era ministro de finanzas.

El ambiente que rodeó su infancia, tal como le ocurrió a la mayoría de sus contemporáneos, cedía al influjo de las ideologías políticas del momento. El aire que se respiraba en su hogar estaba teñido por un cierto liberalismo en el que la fe ocupaba un papel muy secundario. Ella y su hermano Adam simplemente recibieron la educación que correspondía a su alcurnia. Sin embargo, Franciszka no era ajena al hecho religioso. Su institutriz le había familiarizado con la oración y de alguna forma fue su guía hasta que se produjo su muerte. Con esta sensibilidad espiritual en carne viva, cuando tenía 9 años al ver a su madre gravemente enferma no dudó en solicitar insistentemente la gracia de su curación a la Virgen de Czestochowa. Y poco tiempo después, en 1854, tuvo la fortuna de tomar contacto con el P. Leander Lendzian, un capuchino lituano que residía en Varsovia ciudad en la que Cecilia se encontraba en periodo de restablecimiento, residiendo en casa de sus padres.

Este religioso, que tuvo gran influencia en la vida de Franciszka (fue su director espiritual hasta 1879), la preparó para recibir los sacramentos de la comunión y la confirmación, momento en que decidió consagrarse. La noticia cayó como un jarro de agua fría en el hogar de los Siedliska; sus padres tenían planes diametralmente opuestos a los suyos. En particular, su progenitor no le daba otra alternativa que la de contraer matrimonio con una persona de similar posición. Aparentemente la joven se plegaba a su voluntad; les acompañó en un largo viaje por Europa en el transcurso del cual se perfilaban claramente los puntos de vista de uno y de otra. Adolf, su padre, insistió hasta la saciedad en la tesis del ventajoso matrimonio, y ella, que había heredado su fuerte carácter, replicó mostrando su férrea decisión a seguir a Cristo.

Tanta carga de tensión emocional terminó por afectarle a su madre y a ella. En su caso se temió que hubiera podido contraer la tuberculosis. Mientras visitaban médicos afamados y recibía tratamientos en balnearios de Alemania, Austria, Francia y Suiza, hubo una insurrección que obligó a su padre a dejar Polonia. Fue el momento de la conversión de la beata. Su hermano Adam falleció en 1860, parece que a consecuencia de un accidente. Cuatro años más tarde, hallándose en Cannes a la espera de que su padre la autorizara a dar el paso hacia la vida religiosa, Franciszka privadamente consagró a Cristo su castidad. Cuando pudieron regresar a su domicilio se comprometió como terciaria franciscana. Adolf murió en 1870 y ella tenía vía libre para materializar su consagración, alentada por Lendzian. Nuevo veto, en este caso debido a su mala salud, le impidió dar el paso que anhelaba. En abril de 1873 por sugerencia de este capuchino, que veía clara la voluntad de Dios sobre ella, inició la fundación de la Congregación de las Hermanas de la Sagrada Familia.

Dio los primeros pasos secundada por su madre y dos terciarias franciscanas de avanzada edad. Iniciaron una labor catequética, teniendo como centro de su consagración la adoración de Jesús Sacramentado. En otoño, una vez que vio frustrados los intentos de poner en marcha la obra en Polonia y Lourdes, contando con la ayuda del P. Piotr Semenenko, superior general de los resurreccionistas, viajó a Roma y recibió la bendición de Pío IX quien les dio vía libre para que pudieran establecerse allí. La fundación vio la luz en 1875. El P. Semenenko contribuyó también con su experiencia a la redacción de los estatutos. Ambos asistían a los emigrantes. El lema de Franciszka fue el fiat: «hágase tu voluntad». La primera comunidad tenía como modelo a la Sagrada Familia, con un claro compromiso eclesial, de unión con el Santo Padre y la determinación a vivir la caridad que debía plasmarse en la acción apostólica. El P. Semenenko las asistía espiritualmente.

En 1881 Franciszka fundó en Cracovia, y tres años más tarde profesó, tomando el nombre de María de Jesús, el Buen Pastor. Las religiosas se dedicaban a enseñar el catecismo preparando a los niños para recibir los sacramentos. Progresivamente fueron abriendo otros campos con la dirección de residencias e internados, el trabajo en escuelas, en el ámbito sanitario, ayuda a los emigrantes e incluso la acogida y crianza de niños de diversas nacionalidades, entre otras acciones. En 1885 se fundó Chicago respondiendo a la petición de prelados y sacerdotes para que asistieran a compatriotas polacos. Cuando Franciszka murió el 21 de noviembre de 1902 a causa de una peritonitis, dejaba 28 casas extendidas por distintos países, entre ellos, además de los Estados Unidos, las ciudades de París y Londres. Fue beatificada por Juan Pablo II el 23 de abril de 1989. En 1996 fue proclamada patrona de la misión católica polaca en Inglaterra y Gales.

(21 de noviembre de 2013) © Innovative Media Inc.

miércoles, 20 de noviembre de 2013

20 de noviembre: Beata María Fortunata Viti

«Benedictina. Una vida heroica, llena de religiosa belleza. Durante setenta años supo ofrecer a Dios cotidianamente el néctar de rutinarias labores, esas que nunca brillan al exterior pero están presentes en la vida ordinaria»

Madrid, 20 de noviembre de 2013 (Zenit.org) Que la santidad no precisa ostentación alguna, ni tiene por qué venir acompañada de gestas relevantes lo prueba la vida de muchos insignes seguidores de Cristo. Para el que aspira a alcanzar la mejor morada en el cielo, pasar por este valle de lágrimas envuelto en el anonimato, oculto en Dios, es contar con uno de los grandes regalos del que ya puede disfrutar en la tierra. A fin de cuentas, vivirá eternamente prendido del amor de Dios con absoluta exclusividad entre la pléyade de bienaventurados que le aguardan. Llegamos al mundo sin atavíos de ningún tipo y esa misma desnudez que nos acompañará en la muerte, solo la habrá podido cubrir, en el máximo sentido de la expresión, la misericordia divina.

El mérito incuestionable de esta beata italiana radica en haber sabido cumplir día a día su misión con plena fidelidad a las humildes tareas que le encomendaron, en el silencio del claustro, sin otra aspiración que la de ser santa, único tesoro por el que se entregó en su vida consagrada. Harta proeza, sin duda alguna. Hay un halo de innegable grandeza en haber logrado realizar las dignas labores de hilar, lavar, coser y remendar, que son tan rutinarias, con el gozo y sencillez con que ella lo hizo durante setenta años. Es decir, que sobrenaturalizó lo ordinario, como han hecho otros santos y santas que han desfilado en este santoral de ZENIT.

Nació en la localidad italiana de Veroli, región del Lazio, el 10 de febrero de 1827. Su hogar estaba regido por un padre que no era precisamente un dechado de virtudes. La ludopatía y el alcohol hundieron el negocio de Luigi Viti, un próspero comerciante, y arruinó la vida de su esposa Anna Bono y de sus nueve hijos. Anna Felicia fue la tercera de los hermanos. A los 14 años perdió a su madre –su corazón no había resistido tanta desdicha y claudicó cuando tenía 36 años de edad– y ella debió sustituirla en el cuidado de la numerosa prole. La situación era de grave carencia en todos los ámbitos, una difícil situación a las que los vicios de su padre les había conducido. Para contrarrestar tanta miseria y el hambre que padecían, ya que su progenitor continuaba atrapado en sus adicciones, Anna Felicia trabajó como empleada doméstica al servicio de una familia de Monte San Giovanni Campano. En ese momento su trabajo era prácticamente la única vía de ingresos que entraba en el hogar. Y este fue el escenario de su vida hasta los 24 años.

Se le presentó la ocasión de desposarse con un ciudadano de Alatri que la cortejó y que le ofrecía un futuro esperanzador, ya que poseía cuantiosos bienes, pero la generosa joven soñaba con la vida religiosa y lo rechazó. Tantos sufrimientos habían acrisolado su amor a Cristo y con Él había sido capaz de rogar diariamente la bendición de su padre, a quien besaba respetuosamente las manos sin censurar en su corazón ese despojo humano en el que se había convertido, apresado por las flaquezas, y dominado por su mal carácter.

El 21 de marzo de 1851, a la edad de 24 años, cuando vio que sus hermanos estaban bien encaminados, Anna Felicia ingresó con las benedictinas en el monasterio de Santa María, de Veroli. Al profesar tomó el nombre de María Fortunata. Las penosas circunstancias en las que había transcurrido su vida le impidieron formarse adecuadamente. De modo que al ingresar en el convento era una completa iletrada. No pudiendo ocuparse de tareas litúrgicas en el coro, fue destinada a realizar labores domésticas que llevaba a cabo con el firme anhelo de conquistar la santidad. Fue la resolución que le condujo al convento y así lo expresó al llegar: «quiero hacerme santa». Era una mujer de palabra, porque es fácil comprometerse verbalmente, pero hay que demostrar la autenticidad de lo expresado cada segundo del día. Lo dice el refrán: «del dicho al hecho, hay un gran trecho». Ella no olvidó nunca el objetivo que se había trazado.

Viviendo heroicamente el «ora et labora» benedictino, en su entorno ignoraban la aridez que padecía esta humilde religiosa cuya jornada se iniciaba en las primeras horas de la madrugada para realizar cada día y con el mismo marco, sin abandonar jamás la clausura, las repetitivas tareas que tenía encomendadas. Obediente, amable y servicial, humilde, sencilla y caritativa, con una intensa vida de oración y silencio, María Fortunata se postraba ante el Santísimo Sacramento, al que tenía gran devoción, dando ejemplo de fidelidad y entrega. Fue agraciada con los dones de milagros y de profecía. Ella dejaba traslucir la ternura de Dios que se derrama sobre sus dilectos hijos, alumbrando ese camino que recorren los que han encarnado en su vida las bienaventuranzas: sencillez, limpieza de corazón, humildad, mansedumbre, etc.

Dios no quiso que quien había pasado más de setenta años en el anonimato, yaciera oculta en la sepultura común de la clausura en la que fue enterrada sin ningún honor y con cierta precipitación al advertir su muerte acaecida el 20 de noviembre de 1922 cuando contaba con 95 años, a los que llegó aquejada por el reumatismo, y apresada en su lecho con ceguera, sordera y parálisis. Como los milagros comenzaron a producirse ante la tumba, trece años más tarde sus restos tuvieron que ser extraídos y enterrados en la iglesia, a demanda del clamor popular. El 8 de octubre de 1967 fue beatificada por Pablo VI quien ensalzó su edificante vida de perfección.

(20 de noviembre de 2013) © Innovative Media Inc.

martes, 19 de noviembre de 2013

19 de noviembre: San Rafael de San José

Rafael de San José (en el siglo: Rafael Kalinowski), nació en Vilna de familia polaca el 1º de septiembre de 1835 y murió en Wadovice el 15 de noviembre de 1907. Laureado en ingeniería por la Academia del Cuerpo Militar en san Petrsburgo, fue designado a la fortaleza de Brest Litowski y promovido a capitán del ejército ruso. No obstante su voluntad de abandonar la vida militar, se adhirió a la insurrección por salvar del poder zarista de ocupación a Polonia, aceptando el nombramiento de ministro de la guerra en Vilna. La noche del 24 de marzo de 1864 fue arrestado y conducido a la cárcel, donde fue condenado a muerte, sentencia que le fue conmutada por diez años de trabajos forzados en la Siberia. En 1874 obtuvo la libertad y fue repatriado.

Habiéndosele prohibido la residencia en varias ciudades polacas, aceptó el oficio de preceptor del joven príncipe Ven. Augusto Czartoryski, con residencia habitual en París. En 1877 entró en el Carmelo. Ordenado sacerdote en 1882, se dedicó sobre todo al ministerio de la confesión, en la dirección espiritual y lleno de celo ecuménico trabajó ardientemente por la unidad de la Iglesia. Devotísimo de la Virgen hizo florecer en Polonia la Orden del Carmelo Teresiano. Fue canonizado por Juan Pablo II el 17 de noviembre de 1991.

(fuente: ocarm.org)

lunes, 18 de noviembre de 2013

18 de noviembre: Santa Rosa Filipina Duchesne

Rosa FILIPINA DUCHESNE nació el 29 de agosto de 1769 en Grenoble, Francia. Fué bautizada en la iglesia de San Luis, y le dieron el nombre de San Felipe apóstol, y el de Santa Rosa de Lima, primera santa del nuevo continente. Educada en el Convento de la Visitación de Ste. Marie-d'en-Haut, y atraída por la vita contemplativa, entró en ese monasterio a los 18 años.

La comunidad se dispersó durante la Revolución Francesa. Filipina regresó a su familia y se dedicó a cuidar a los presos y a todos los que sufrían. Intentó reconstruir el monasterio de Ste. Marie después del Concordato de 1801 con algunas compañeras, pero no lo logró. En 1804 Filipina oyó hablar de una nueva congregación, la Sociedad del Sagrado Corazón, y pidió a la fundadora Magdalena Sofía Barat ser admitida, ofreciendo su monasterio. La Madre Barat visitó Ste. Marie en 1804 y recibió a Filipina y sus compañeras como novicias en la Sociedad.

La vida contemplativa alimentó en Filipina el deseo de ir a las misiones. Atraída por la Eucaristía desde su juventud, pasó la noche de un Jueves Santo en oración. Escribió a la Madre Barat: «Pasé la noche entera en el Nuevo Continente llevando el Santísimo Sacramento por todas partes... Tenía que hacer tantos sacrificios: una madre, hermanas, parientes, mí montaña ... Cuando me diga: "Te envío", responderé en seguida: "Voy"». Sin embargo, tuvo que esperar otros 12 años.

En 1818 el sueño de Filipina se vió realizado. El Obispo del territorio de Louisiana buscaba una congregación de religiosas para ayudarle a evangelizar los niños franceses e indios de su diócesis, y Fílipina fue enviada a responder a esta llamada. En St. Charles, cerca de St. Louis, Missouri, fundó la primera casa de la Sociedad fuera de Francia, en una cabaña de troncos. Allí vivió todas las austeridades de la vida de frontera: frío extremo, trabajo duro, falta de dinero. Nunca llegó a aprender bien el inglés. Las comunicaciones eran muy lentas: a veces no le llegaban noticias de su querida Francia. Luchó por mantenerse estrechamente unida con la Sociedad del Sagrado Corazón en Francia.

Filipina y otras cuatro Religiosas del Sagrado Corazón trazaron un camino. En 1818 abrió la primera escuela gratuita al oeste del Mississippi. En 1828 había fundado ya seis casas. Estas escuelas eran para las jóvenes de Missouri y Louisiana. Las amó y trabajó para ellas, manteniendo siempre en el fondo de su corazón el anhelo de ir a los Indios americanos. Cuando Filipina tenía 72 años, se abrió una escuela para los Potowatomies en Sugar Creek, Kansas. Aunque muchos pensaban que Filipina estaba demasiado enferma para ir, el jesuita que dirigía la misión insistió: "Tiene que venir: quizás no podrá hacer mucho trabajo, pero con su oración alcanzará el éxito de la misión, y su presencia atraerá muchos favores del cielo para la obra".

Estuvo sólo un año entre los Potowatomies, pero su valor pionero no flaqueó, y sus largas horas de contemplación inspiraron a los indios el llamarla " La mujer que siempre reza ".

Su salud no pudo resistir el régimen de vida en el poblado. Volvió a St. Charles en julio de 1842, aunque su corazón valiente nunca perdió el deseo de las misiones. "Siento el mismo anhelo por las Montañas Rocosas que sentía en Francia cuando pedí venir a América ... ".

Filipina murió en St. Charles, Missouri, el 18 de noviembre de 1852, a la edad de 83 años.

(fuente: www.vatican.va)
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