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domingo, 8 de diciembre de 2013

08 de diciembre: Inmaculada Concepción de María

La Doctrina

En la Constitución Ineffabilis Deus del 8 de diciembre de 1854, el Papa Pío IX pronunció y definió que la Santísima Virgen María «en el primer instante de su concepción, por singular privilegio y gracia concedidos por Dios, en vista de los méritos de Jesucristo, el Salvador del linaje humano, fue preservada de toda mancha de pecado original».

"La Santísima Virgen María...” El sujeto de esta inmunidad del pecado original es la persona de María en el momento de la creación de su alma y su infusión en el cuerpo.

“... en el primer instante de su concepción...”: El término concepción no significa la concepción activa o generativa por parte de sus padres. Su cuerpo fue formado en el seno de la madre, y el padre tuvo la participación habitual en su formación. La cuestión no concierne a lo inmaculado de la actividad generativa de sus padres. Ni concierne tampoco absoluta y simplemente a la concepción pasiva (conceptio seminis carnis, inchoata), la cual, según el orden de la naturaleza, precede a la infusión del alma racional.

La persona es verdaderamente concebida cuando el alma es creada e infundida en el cuerpo. María fue preservada de toda mancha de pecado original en el primer momento de su animación, y la gracia santificante le fue dada antes que el pecado pudiese hacer efecto en su alma.

“...fue preservada de toda mancha de pecado original...” La esencia activa formal del pecado original no fue removida de su alma como es removida de otros por el bautismo; fue excluida, nunca estuvo en su alma; simultáneamente con la exclusión del pecado. A ella se le confirió el estado de santidad original, inocencia y justicia, como opuesto al pecado original, por cuyo don se excluyeron cada mancha y falta, todas las emociones, pasiones y debilidades depravadas, esencialmente pertenecientes al pecado original; mas no fue eximida de las penas temporales de Adán---el dolor, las enfermedades corporales y la muerte.

“... por un singular privilegio y gracia concedidos por Dios, en vista de los méritos de Jesucristo, el Salvador del linaje humano”: A María se le dio la inmunidad del pecado original por una singular exención de una ley universal por los mismos méritos de Cristo, por los cuales los demás hombres son limpiados del pecado por el bautismo. María necesitó al Redentor para obtener esta exención y ser liberada de la necesidad y de la deuda (debitum) universal de estar sujeta al pecado original. La persona de María, por su origen de Adán, habría estado sujeta al pecado, pero, siendo la nueva Eva, quien sería la madre del nuevo Adán, fue apartada de la ley general del pecado original, por el eterno designio de Dios y por los méritos de Cristo. Su redención fue la verdadera obra maestra de la sabiduría redentora de Cristo. Es un redentor mayor quien paga la deuda en que no incurrió que quien paga después que ha caído en la deuda.


Este es el significado del término «Inmaculada Concepción».

Prueba de la Escritura

Génesis 3,15: No es posible extraer de la Escritura pruebas directas, categóricas ni concluyentes sobre el dogma; pero el primer pasaje bíblico que contiene la promesa de la redención menciona también a la Madre del Redentor. La sentencia contra los primeros padres fue acompañada del Primer Evangelio (Proto-evangelium), que pone enemistad entre la serpiente y la mujer: “Enemistad pondré entre ti y la mujer, y entre tu linaje y su linaje; ella (él) te pisará la cabeza mientras acechas tú su calcañar.” (Gén. 3,15). La traducción «ella» de la Vulgata es interpretativa; tiene su origen después del siglo IV, y no se puede defender críticamente.

El vencedor salido de la estirpe de la mujer, que aplastará la cabeza de la serpiente, es Cristo; la mujer en enemistad con la serpiente es María. Dios puso enemistad entre ella y Satán en el mismo modo y medida que hay enemistad entre Cristo y la estirpe de la serpiente. María estaría siempre en ese estado exaltado del alma que la serpiente había destruido en el hombre, es decir, en la gracia santificante. Sólo la continua unión de María con la gracia explica suficientemente la enemistad entre ella y Satán. El proto-evangelio, por lo tanto, contiene en el texto original una promesa directa del Redentor, y en conjunción con ello la manifestación de la obra maestra de Su Redención, la perfecta preservación de su Madre virginal del pecado original.

Lucas 1,28: El saludo del Arcángel Gabriel---chaire kecharitomene, Salve, llena de gracia (Lc. 1,28)---indica una única abundancia de gracia, un estado del alma divino y sobrenatural, que encuentra explicación sólo en la Inmaculada Concepción de María. Pero el término kecharitomene (llena de gracia) sirve sólo como una ilustración, no como una prueba del dogma.

Otros textos: No se puede extraer ninguna conclusión teológica a partir de los textos de Proverbios 8 y Eclesiástico 24 (que exaltan la Sabiduría de Dios y que en la liturgia se aplican a María, la más bella obra de la Sabiduría de Dios), o desde el Cantar de los Cantares (4,7, “Toda hermosa eres, amada mía, y no hay tacha en ti”). Estos pasajes, aplicados a la Madre de Dios, pueden ser entendidos por quienes conocen el privilegio de María, pero no sirven para probar la doctrina dogmáticamente y, por lo tanto, se omiten en la Constitución «Ineffabilis Deus». Para el teólogo es materia de conciencia no adoptar una posición extrema para aplicar a una criatura textos que pueden denotar prerrogativas de Dios.

Pruebas de la Tradición

Respecto de la impecabilidad de María, los antiguos Padres son muy cautelosos: algunos de ellos parecen haber cometido algún error en esta materia.

Aunque Orígenes atribuyó a María altas prerrogativas espirituales, dice sin embargo que en el momento de la Pasión de Cristo, la espada de la incredulidad atravesó el alma de María; que fue golpeada por el puñal de la duda; y que Cristo también murió por sus pecados (Orígenes, «In Luc. Hom. XVII).

Del mismo modo San Basilio escribe en el siglo IV; él vio en la espada de que habló Simeón la duda que atravesó el alma de María (Epístola 259).

San Juan Crisóstomo la acusó de ambición y de ponerse indebidamente a sí misma delante cuando trató de hablar con Jesús en Cafarnaúm (Mt. 12,46; Crisóstomo, Hom. 44 sobre Mateo).

Pero estas opiniones privadas dispersas sirven meramente para mostrar que la teología es una ciencia progresiva. Si intentásemos establecer la doctrina completa de los Padres sobre la santidad de la Santísima Virgen, la cual incluye particularmente la creencia implícita de su Inmaculada Concepción, nos veríamos obligados a transcribir una multitud de pasajes. En el testimonio de los Padres se insiste sobre dos puntos: su absoluta pureza y su posición como segunda Eva (cf. 1 Cor. 15,22).

María como segunda Eva: Los siguientes autores desarrollan esta famosa comparación entre Eva, mientras era todavía inmaculada e incorrupta---es decir, no sujeta al pecado original---y la Santísima Virgen:

San Justino (Dialogo con Trifón 100),
San Ireneo (Contra Haereses, III.22.4),
Tertuliano (De carne Christi, 17),
Fírmico Materno (De errore profan. relig., XXVI),
San Cirilo de Jerusalén (Catecheses, 12.29),
San Epifanio (Haeres., LXXVIII, 18),
Teodoto de Ancira (Or. in S. Deip., n. 11), y
Sedulio (Carmen paschale, II, 28).

La pureza absoluta de María: Abundan los escritos patrísticos sobre la pureza de María:

Los Padres llaman a María el tabernáculo exento de profanación y de corrupción (San Hipólito, «Ontt. in illud, Dominus pascit me»); Orígenes la llama digna de Dios, inmaculada del inmaculado, la más completa santidad, perfecta justicia, ni engañada por la persuasión de la serpiente, ni infectada con su venenoso aliento («Hom. I in diversa»);

San Ambrosio dice que es incorrupta, una virgen inmune de toda mancha de pecado a través de la gracia («Sermo» XXII en Ps. CXVIII);

San Máximo de Turín la llama morada preparada para Cristo, no a causa del hábito del cuerpo, sino de la gracia original («Nom. VIII de Natali Domini»);

Teodoto de Ancira la llamó virgen inocente, sin mancha, libre de culpabilidad, santa en el cuerpo y en el alma, un lirio primaveral entre espinas, incontaminada del mal de Eva, ni se dio en ella comunión de luz con tinieblas, y, desde antes de nacer, fue consagrada por Dios («Orat. in S. Dei Genitr.»).

Refutando a Pelagio, San Agustín declara que todos los justos han conocido verdaderamente el pecado «excepto la Santa Virgen María, de quien, por el honor del Señor, yo no pondría en cuestión nada en lo que concierne al pecado» (De natura et gratia 36).

María fue prenda de Cristo (San Pedro Crisólogo, «Sermo CXL de Annunt. B. M. V.»);

Es evidente y notorio que fue pura desde la eternidad, exenta de todo defecto (Typicon S. Sabae);

Fue formada sin ninguna mancha (San Proclo, «Laudatio in S. Dei Gen. Ort.», I, 3);

Fue creada en una condición más sublime y gloriosa que cualquier otra criatura (Teodoro de Jerusalén en Mansi, XII, 1140);

Cuando la Virgen Madre de Dios nació de Ana, la naturaleza no se atrevió a anticipar el germen de la gracia, pero quedó sin fruto (San Juan Damasceno, «Hom. I in B. V. Nativ.», II).

Los Padres sirios nunca se cansaron de ensalzar la impecabilidad de María. San Efrén no consideró excesivos algunos términos de elogio para describir la excelencia de la gracia y santidad de María: «La Santísima Señora, Madre de Dios, la única pura en alma y cuerpo, la única que excede toda perfección de pureza, única morada de todas las gracias del más Santo Espíritu, y, por tanto, excediendo toda comparación incluso con las virtudes angélicas en pureza y santidad de alma y cuerpo... mi Señora santísima, purísima, no profanada, incorrupta, inviolada, prenda inmaculada de Aquel que se revistió con luz por ropaje... flor inmarcesible, púrpura tejida por Dios, la solamente inmaculada» («Precationes ad Deiparam», in Opp. Graec. Lat., III, 524-37).

Para San Efrén ella era tan inocente como Eva antes de la caída, una virgen alejada de toda mancha de pecado, más santa que los serafines, fuente sellada del Espíritu Santo, semilla pura de Dios, por siempre intacta y sin mancha en cuerpo y en espíritu («Carmina Nisibena»).

Santiago de Sarug dijo que “el mismo hecho de que Dios la eligió prueba que nadie fue nunca tan santa como María; si alguna mancha hubiese desfigurado su alma, si alguna otra virgen hubiese sido más pura y más santa, Dios la habría elegido y rechazado a María”. Parece, por lo tanto, que si Santiago de Sarug hubiese tenido idea clara de la doctrina del pecado, habría sostenido que fue perfectamente pura de pecado original (“la sentencia contra Adán y Eva”) en la Anunciación.

San Juan Damasceno (Or. i Nativ. Deip., n. 2) considera que la influencia sobrenatural de Dios en la generación de María fue tan comprehensiva que ha de extenderse también a sus padres. Dice de ellos que, durante la generación, fueron colmados y purificados por el Espíritu Santo y librados de la concupiscencia sexual. En consecuencia, según Damasceno, incluso el elemento humano de su origen, el material del cual fue formada, fue puro y santo. Algunos autores occidentales consideraron esta opinión de una generación activa inmaculada y de santidad de la «conceptio carnis»; fue presentada por Pedro Comestor en su tratado contra San Bernardo y otros. Algunos escritores incluso enseñaron que María nació de una virgen y que fue concebida de un modo milagroso cuando Joaquín y Ana se encontraron en la puerta dorada del Templo (Trombelli, «Mari SS. Vita», Sec. V, II; Summa aurea, II, 948. Cf. también las «Revelaciones» de Ana Catalina Emmerich que contienen la leyenda apócrifa de la milagrosa concepción de María).

De este resumen se desprende que la creencia en la inmunidad de María frente al pecado en su concepción prevaleció entre los Padres, especialmente en los de la Iglesia Griega. El carácter retórico, por lo tanto, de muchos de estos y similares pasajes nos previene de tendencias demasiado forzadas y de interpretaciones en un sentido estrictamente literal. Los Padres griegos nunca discutieron formal o explícitamente la cuestión de la Inmaculada Concepción.

La Concepción de San Juan el Bautista: Una comparación con la concepción de Cristo y la de San Juan puede servir para arrojar luz sobre el dogma y sobre las razones por las que los griegos celebran desde antiguo la fiestas eclesiásticas de la Concepción de María.

La concepción de la Madre de Dios fue mucho más allá de toda comparación más noble que la de San Juan el Bautista, mientras que estuvo inconmensurablemente por debajo de la de su Divino Hijo.

El alma del precursor no fue preservada inmaculada en su unión con el cuerpo, sino que fue santificada ya sea poco después de la concepción de un estado previo de pecado o por la presencia de Jesús en la Visitación.

Nuestro Señor, al ser concebido por el Espíritu Santo y en virtud de su milagrosa concepción, estuvo “ipso facto” libre de la mancha del pecado original.

La Iglesia celebra fiestas de estas tres concepciones. Los Orientales tienen una Fiesta de la Concepción de San Juan el Bautista (23 de septiembre), que se remonta al siglo V, más antigua que la Fiesta de la Concepción de María, y, durante la Edad Media, fue se celebró también el 24 de septiembre en varias diócesis de Occidente el 24 de septiembre. La Iglesia Latina celebra la Concepción de María el 8 de diciembre; los orientales, el 9 de diciembre; la Concepción de Cristo tiene su fiesta en el calendario universal el 25 de marzo. Al celebrar la fiesta de la Concepción de María desde antiguo, los griegos no consideran la distinción teológica de las concepciones activa y pasiva, que era desconocida por ellos. No consideraban absurdo celebrar una concepción que no fuese inmaculada, como vemos en la Fiesta de la Concepción de San Juan. Ellos solemnizaron la Concepción de María acaso porque, de acuerdo con el «Proto-evangelio» de Santiago, fue precedida por un acontecimiento milagroso (la aparición de un ángel a Joaquín, etc.), similar a las que precedieron la concepción de San Juan y la del Señor mismo. Su objetivo era menos la pureza de la concepción cuanto la santidad y celestial misión de la persona concebida. Sin embargo, en el oficio del 9 de diciembre María, desde el momento de su concepción, es llamada hermosa, pura, santa, fiel, etc., términos nunca usados en el Oficio del 23 de septiembre (sc. de San Juan el Bautista). La analogía de la santificación de San Juan el Bautista puede haber dado auge a la fiesta de la Concepción de María. Si era necesario que el precursor del Señor fuese puro y «lleno del Espíritu Santo» desde el seno de su madre, tal pureza era no menos conveniente para Su Madre. Escritores posteriores consideran que el momento de la santificación de San Juan fue en la Visitación («el niño saltó en su seno»), pero las palabras del ángel (Lucas 1,15) parecen indicar una santificación en la concepción. Esto haría el origen de María más similar al de Juan. Y si la Concepción de Juan tuvo su fiesta, ¿por qué no la de María?

Prueba de la Razón

Hay una incongruencia en la suposición de que la carne a partir de la cual se formaría la carne del Hijo de Dios pudo haber pertenecido a una que fuera esclava del antiguo enemigo, cuyo poder Él vino a destruir en la tierra. De ahí el axioma del Pseudo-Anselmo (Eadmer) desarrollado por Juan Duns Scoto, Decuit, potuit, ergo fecit, convenía que la Madre del Redentor estuviese libre del poder del pecado desde el primer momento de su existencia; Dios podía darle este privilegio, por lo tanto, se lo dio. De nuevo se señala que a San Juan el Bautista y al profeta Jeremías se les concedió un privilegio especial. Ellos fueron santificados en el seno de sus madres, porque por su predicación tenían una especial participación en el trabajo de preparar el camino de Cristo. Por consiguiente, a María se le debe una prerrogativa mucho más alta (En 1833 se colocó en el Índice un tratado del P. Pedro Marchant, en el que reclamaba también para San José el privilegio de San Juan). Escoto dijo que «el perfecto Mediador debía, en todo caso, hacer el trabajo de mediación más perfecto, excepto en el caso de que fuese una persona menor, en cuya mirada la ira de Dios fuese prevenida y no meramente apaciguada».

La Fiesta de la Inmaculada Concepción

La antigua fiesta de la Concepción de María (Concepción de Santa Ana), que tuvo su origen en los monasterios de Palestina por lo menos tan temprano como en el siglo VII, y la fiesta moderna de la Inmaculada Concepción no son idénticas en sus objetivos.

Originalmente la Iglesia celebraba sólo la Fiesta de la Concepción de María, como guardaba la Fiesta de la concepción de San Juan, sin discusión sobre la impecabilidad. Con el correr de los siglos esta fiesta se convirtió en la Fiesta de la Inmaculada Concepción, según la argumentación dogmática trajo ideas precisas y correctas, y según ganaron fuerza las tesis de las escuelas teológicas sobre la preservación de María de toda mancha de pecado original. El antiguno término permaneció incluso después que el dogma fue aceptado universalmente en la Iglesia Latina y que ganó apoyo autoritativo a través de los decretos diocesanos y decisiones papales, y antes de 1854 el término «Inmaculada Conceptio» no se encuentra en ninguno de los libros litúrgicos, excepto en el Invitatorio del Oficio Votivo de la Concepción. Los griegos, sirios, etc. la llaman la Concepción de Santa Ana (Eullepsis tes hagias kai theoprometoros Annas, «la Concepción de Santa Ana, la antepasada de Dios»).

Passaglia en su «De Inmaculato Deiparae Conceptu», al basar su opinión en el «Typicon» de San Sabas, el cual fue compuesto sustancialmente en el siglo V, cree que la referencia a la fiesta forma parte del original auténtico, y que consecuentemente se celebraba en el Patriarcado de Jerusalén en el siglo V (III, n. 1604). Pero el Typicon fue interpolado por San Juan Damasceno, Sofronio y otros, y desde el siglo IX hasta el XII se le añadieron muchas fiestas y oficios nuevos.

Para determinar el origen de esta fiesta debemos tener en cuenta los documentos genuinos que poseemos, el más antiguo de los cuales es el canon de la fiesta, compuesto por San Andrés de Creta, quien escribió su himno litúrgico en la segunda mitad del siglo VII, cuando era monje del monasterio de San Sabas cerca de Jerusalén (murió siendo arzobispo de Creta hacia el 720). Pero la solemnidad no pudo estar generalmente aceptada en todo Oriente en ese entonces, pues Juan, primer monje y luego obispo de la Isla de Euboea, hacia el año 750, hablando en un sermón a favor de la propagación de esta fiesta, dijo que no era todavía conocida por todos los fieles (ei kai me para tois pasi gnorizetai; P.G., XCVI, 1499). Pero un siglo más tarde Jorge de Nicomedia, a quien Focio nombró metropolitano en el año 860, podía decir que la solemnidad no era de origen reciente (P.G., C, 1335). Por lo tanto, se puede afirmar con seguridad que la fiesta de la Concepción de Santa Ana aparece en el Oriente no antes de finales del siglo VII o principios del VIII.

Como en otros casos análogos, la fiesta se originó en las comunidades monásticas. Los monjes, que concertaron la salmodia y compusieron varias piezas poéticas para el oficio, eligieron también la fecha del 9 de diciembre, que siempre se mantuvo en el calendario Oriental. Gradualmente la solemnidad emergió del claustro, entró en las catedrales, fue glorificada por los predicadores y poetas, y eventualmente se convirtió en fiesta fija en el calendario, aprobada por Iglesia y Estado.

Esta fiesta está registrada en el calendario de Basilio II (976-1025) y en la Constitución el Emperador Manuel I Comneno en los días del año parcial o totalmente festivos, promulgada en 1166, contada entre los días de Sabbath de descanso total. Hasta el tiempo de Basilio II, la Baja Italia, Sicilia y Cerdeña todavía pertenecían al Imperio Bizantino; la ciudad de Nápoles estuvo en poder de los griegos hasta que Roger II la conquistó en 1127. Por consiguiente, la influencia de Constantinopla fue fuerte en la Iglesia Napolitana, y, tan temprano como el siglo IX, la Fiesta de la Concepción sin duda se ccelebraba allí el 9 de diciembre, como en cualquier otro lugar de la Baja Italia, tal como aparece en el calendario de mármol hallado en 1742 en la Iglesia de San Jorge el Mayor en Nápoles.

En la Iglesia Griega la Concepción de Santa Ana es una de las fiestas menores del año. La lectura de maitines contiene alusiones al apócrifo «Proto-evangelium» de Santiago, que data de la segunda mitad del siglo II (ver Santa Ana). Sin embargo, para la Ortodoxa Griega la fiesta significa muy poco: continúan llamándola «Concepción de Santa Ana», indicando involuntariamente, quizá, la concepción activa que, ciertamente, no fue inmaculada. En el Menaion del 9 de diciembre esta fiesta ocupa sólo un segundo plano, pues el primer canon se canta en conmemoración de la dedicación de la Iglesia de la Resurrección en Constantinopla. El hagiógrafo ruso Muraview y varios autores ortodoxos levantaron su voz contra el dogma después de su promulgación, aunque sus propios predicadores anteriormente habían enseñado la Inmaculada Concepción en sus escritos mucho antes de la definición de 1854.

En la Iglesia Occidental la fiesta apareció (8 de diciembre) cuando en el Oriente su desarrollo se había detenido. El tímido comienzo de la nueva fiesta en algunos monasterios anglosajones en el siglo XI, en parte ahogada por la conquista de los normandos, vino seguido de su recepción en algunos cabildos y diócesis del clero anglo-normando. Pero el intento de introducirla oficialmente provocó contradicción y discusión teórica en relación con su legitimidad y su significado, que continuó por siglos y no se fijó definitivamente antes de 1854. El «Martirologio de Tallaght» compilado hacia el año 790 y el «Feilire» de San Aengo (800) registran la Concepción de María el 3 de mayo. Es dudoso, sin embargo, que una fiesta real correspondiese a esta rúbrica del sabio monje San Aengo. Ciertamente, esta fiesta irlandesa se encuentra sola y fuera de la línea del desarrollo litúrgico; aparece aislada, no como un germen vivo. El escoliasta añade, en el margen inferior del «Feilire», que la concepción (Inceptio) se realizó en febrero, puesto que María nació después del séptimo mes---una noción singular que se encuentra también en algunos autores griegos. El primer conocimiento definido y confiable de la fiesta en Occidente vino desde Inglaterra; se encuentra en el calendario de Old Minster, Winchester (Conceptio Sancta Dei Genitricis Maria), que data desde cerca del 1030, y en otro calendario de New Minster, Winchester, escrito entre 1035 y 1056; un pontifical de Exeter del siglo XI (datada entre 1046 y 1072) contiene una «benedictio in Conceptione S. Mariae»; una bendición similar se encuentra en un pontifical de Canterbury escrito probablemente en la primera mitad del siglo XI, ciertamente antes de la Conquista. Estas bendiciones episcopales muestran que la fiesta no se encomendaba sólo a la devoción de los individuos, sino que era reconocida por la autoridad y observada por los monjes sajones con considerable solemnidad. La evidencia muestra que el establecimiento de la fiesta en Inglaterra se debió a los monjes de Winchester antes de la Conquista (1066).

Desde su llegada a Inglaterra los normandos trataron de un modo despectivo las observancias litúrgicas inglesas; para ellos esta fiesta aparecía específicamente inglesa, un producto de la simplicidad e ignorancia insular. Sin duda alguna, la celebración pública fue abolida en Winchester y Canterbury, pero no murió en el corazón de los individuos, y en la primera oportunidad favorable restauraron la fiesta en los monasterios. Sin embargo, en Canterbury no se restableció antes de 1328. Numerosos documentos expresan que en tiempo de los normandos comenzó en Ramsey, conforme a una visión concedida a Helsin o Aethelsige, abad de Ramsey, al regreso de su viaje a Dinamarca, adonde fue enviado por Guillermo I hacia el año 1070. Un ángel se le apareció durante un fuerte temporal y salvó el barco depués de que el abad prometiese establecer la Fiesta de la Concepción en su monasterio. No obstante considerar el carácter sobrenatural de la leyenda, debemos admitir que el envío de Helsin a Dinamarca es un hecho histórico. El relato de la visión se encuentra en varios breviarios, incluso en el Breviario Romano de 1473. El Concilio de Canterbury (1325) atribuye a San Anselmo, Arzobispo de Canterbury (murió 1109) el restablecimiento de la fiesta en Inglaterra. Pero aunque este gran doctor escribió un tratado especial «De Conceptu virginali et originali peccato», en el que estableció los principios de la Inmaculada Concepción, es cierto que no pudo introducir la fiesta en ningún lugar. La carta que se le atribuye, y que contiene la narración de Helsin, es espuria. El principal propagador de la fiesta después de la Conquista fue Anselmo, el sobrino de San Anselmo. Fue educado en Canterbury, donde pudo haber conocido a algunos monjes sajones que recordaban la solemnidad en tiempos anteriores; después de 1109 y durante algún tiempo fue abad de San Sabas en Roma, donde los Oficios Divinos se celebraban según el calendario griego. Cuando en 1121 fue nombrado Abad en la Abadía de Bury San Edmundo estableció allí la fiesta; en cierto modo, al menos por sus esfuerzos, otros monasterios también la adoptaron, como Reading, San Albans, Worcester, Cloucester y Winchcombe.

Pero otros desvalorizaron su observancia por considerarla absurda y extraña, y que la antigua fiesta oriental era desconocida para ellos. Dos obispos, Roger de Salisbury y Bernard St. David, declararon que la festividad había sido prohibida por un concilio y que se debía detener su observancia. Durante la vacante de la Sede de Londres, cuando Osbert de Clare, Prior de Westminster, intentó introducir la fiesta en Westminster (8 de Diciembre de 1127), un grupo de monjes se levantó contra él en el coro y dijo que la fiesta no debía ser guardada porque no había autorización de Roma (cf. Carta de Osbert a Anselmo en Obispo, p. 24). Entonces el asunto fue llevado ante el Concilio de Londres en 1129. El sínodo decidió a favor de la fiesta, y el Obispo Gilbert de Londres la adoptó en su diócesis. Después de esto la fiesta se extendió en Inglaterra, pero por un tiempo retuvo su carácter privado, por lo cual el sínodo de Oxford (1222) rechazó elevarla al rango de fiesta de precepto.

En Normandía, en tiempos del obispo Rotric (1165-83), la Concepción de María fue fiesta de precepto con igual dignidad que la Anunciación en la Arquidiócesis de Rouen y en sus seis diócesis sufragáneas. Al mismo tiempo, los estudiantes normandos de la Universidad de París la eligieron como fiesta patronal. Debido a la cercana conexión de Normandía con Inglaterra, pudo haber sido importada desde este último país a Normandía, o los varones normandos y el clero pudieron haberla traído a casa de sus guerras en la Baja Italia, donde era universalmente solemnizada por los habitantes griegos. Durante la Edad Media la Fiesta de la Concepción de María fue comúnmente llamada la «Fiesta de la nación normanda», lo cual muestra que en Normandía la celebraban con gran esplendor y que desde allí se extendió a toda la Europa Occidental. Passaglia sostiene (III, 1755) que la fiesta se celebraba en España en el siglo VII. El obispo Ullathorne también consideró aceptable esta opinión (p. 161). Si esto es verdad, es difícil entender por qué desapareció completamente en España más tarde, ya que no aparece ni en en la liturgia mozárabe genuina ni el calendario de Toledo del siglo X editado por Jean Morin. Las dos pruebas que da Passaglia son fútiles: la vida de San Isidoro, falsamente atribuida a San Ildefonso, la cual menciona la fiesta, es interpolada, mientras que la expresión «Conceptio S. Mariae» del Código visigodo se refiere a la Anunciación.

La Controversia

No encontramos controversia sobre la Inmaculada Concepción en el continente europeo antes del siglo XII. El clero normando abolió la fiesta en algunos monasterios de Inglaterra donde había sido establecida por los monjes anglosajones. Pero hacia fines del siglo XI se reanudó en numerosos establecimientos anglo-normandos a través de los esfuerzos de Anselmo el Joven. Es altamente improbable que San Anselmo el Viejo restableciese la fiesta en Inglaterra, aunque no era nueva para él; se había familiarizado con ella bien por los monjes sajones de Canterbury, bien por los griegos con quienes entró en contacto durante el exilio en Campania y Apulin (1098-9). El tratado «De Conceptu virginali» que usualmente se le atribuye, fue compuesto por su amigo y discípulo el monje sajón Eadmer de Canterbury. Cuando los canónigos de la catedral de Lyons, que sin duda conocían a San Anselmo el Joven, abad de San Edmundo de Bury, introdujeron personalmente la fiesta en su coro después de la muerte de su obispo en 1240, San Bernardo consideró su deber publicar una protesta contra esta nueva forma de honrar a María. Le dirigió a los cánones una vehemente carta (Epist. 174), en la que les reprobaba haberse arrogado tal autoridad sin haber consultado antes a la Santa Sede. Desconociendo que la fiesta había sido celebrada en la rica tradición de las Iglesias Griega y Siria respecto de la impecabilidad de María, afirmó que la fiesta era extraña a la antigua tradición de la Iglesia. Aun así, es evidente por el tenor de su lenguaje que sólo tenía en mente la concepción activa o formación de la carne, y que la distinción entre la concepción activa, la formación del cuerpo y la animación por el alma todavía no se había trazado. Indudablemente, cuando la fiesta fue introducida en Inglaterra y Normandía, tenían la ventaja el axioma «decuit, potuit, ergo fecit», la piedad pueril y el entusiasmo de los “simplices”, construidos sobre revelaciones y leyendas apócrifas. El objeto de la fiesta no se determinó claramente, ni se habían puesto en evidencia razones teológicas positivas.

San Bernardo tenía toda la razón cuando una minuciosa investigación de las razones para observar la fiesta. No advirtiendo la posibilidad de santificación en el momento de la infusión del alma, escribió que sólo se puede hablar de santificación después de la concepción, la cual haría santo el nacimiento, no la concepción misma (Scheeben, «Dogmatik», III, p. 550). De ahí que San Alberto Magno]] observe: «Decimos que la Santísima Virgen no fue santificada antes de la animación, y la afirmación contraria a esto es la herejía condenada por San Bernardo en su epístola a los cánones de Lyons» (III Sent., dist. III, p. I, ad. 1, Q. I).

San Bernardo recibió respuesta enseguida en un tratado escrito por Ricardo de San Víctor o por Pedro Comestor. En este tratado se apela al hecho de que existe una fiesta que ha sido establecida para conmemorar una tradición insostenible. Afirmaba que la carne de María no necesitaba purificación; que fue santificada antes de la concepción. Algunos escritores de aquel tiempo sostenían la idea fantástica de que antes de la caída de Adán, Dios reservó una porción de su carne y la transmitió de generación en generación, y que de esta carne fue formado el cuerpo de María (Scheeben, op. cit., III, 551), y que conmemoraban esta formación con una fiesta. La carta de San Bernardo no impidió la extensión de esta fiesta, pues en 1154 se observaba en toda Francia, hasta 1275, que fue abolida en París y en otras diócesis debido a los esfuerzos de la Universidad de París.

Después de la muerte del santo la controversia surgió de nuevo entre Nicolás de San Albans, un monje inglés que alegaba que la fiesta se había establecido en Inglaterra, y Pedro Cellensis, el famoso obispo de Chartres. Nicolás señalaba que el alma de María fue atravesada dos veces por la espada, es decir, al pie de la Cruz y cuando San Bernardo escribió la carta contra su fiesta (Scheeben, III, 551). El debate continuó durante los siglos XIII y XIV, e ilustres nombres se alinearon en uno y otro bando. Se cita como oponentes a San Pedro Damián, Pedro Lombardo, Alejandro de Hales, San Buenaventura y San Alberto Magno.

Al principio Santo Tomás de Aquino se pronunció a favor de la doctrina en su tratado sobre las «Sentencias» (en I Sent. c. 44, q. 1 ad 3); sin embargo, en su “Summa Theologica” llegó a la conclusión opuesta. Han surgido muchas discusiones sobre si Santo Tomás negó que la Santísima Virgen fuese inmaculada desde el instante de su animación, y se han escrito libros eruditos para vindicarlo de haber realmente llegado a una conclusión negativa. No obstante, es difícil decir que Santo Tomás no requirió al menos un instante, después de la animación de María, antes de su santificación. Su gran dificultad parece haber surgido de la duda de cómo pudo haber sido redimida si no pecó. Dicha dificultad la manifiesta al menos en diez pasajes de sus escritos (ver Summa III:27:2, ad 2). Pero mientras Santo Tomás se alejó del punto esencial de la doctrina, él mismo suministró los principios que, después de ser juntados y resueltos, capacitaron a otras mentes para proveer la verdadera solución a esta dificultad desde sus propias premisas.

En el siglo XIII la oposición se debió en gran medida a la ausencia de una clara visión del tema en disputa. La palabra «concepción» se usaba en sentidos diferentes, los cuales no habían sido separados por una definición cuidadosa. Si Santo Tomás, San Buenaventura y otros teólogos hubieran conocido la doctrina en el sentido de la definición de 1854, habrían sido sus más férreos defensores en lugar de sus opositores.

Podemos formular el asunto discutido por ellos en dos proposiciones, ambas en contra del sentido del dogma de 1854:

la santificación de María se realizó antes de la infusión del alma en la carne, de modo que la inmunidad del alma fue consecuencia de la santificación de la carne y no había riesgo por parte del alma de contraer el pecado original. Esto se aproximaría a la opinión de San Juan Damasceno respecto de la santidad de la concepción activa.

La santificación tuvo lugar después de la infusión del alma para redención de la servidumbre del pecado, al cual el alma había sido arrastrada por su unión con la carne no santificada. Esta formulación de la tesis excluye una concepción inmaculada.

Los teólogos olvidaron que entre santificación antes de la infusión y la santificación después de la infusión había un término medio: santificación del alma en el momento de su infusión. Parecían ajenos a la idea según la cual lo que era subsiguiente en el orden de la naturaleza podía ser simultáneo en un punto del tiempo. Considerado especulativamente, el alma debe ser creada antes que pudiese ser infundida y santificada, pero en realidad el alma es creada y santificada en el mismo momento de la infusión en el cuerpo. Su principal dificultad era la declaración de San Pablo (Rom. 5,12) de que todos los hombres han pecado en Adán. Sin embargo, el propósito de esta declaración paulina es insistir en que todos los hombres necesitan la redención de Cristo. Nuestra Señora no fue una excepción a esta regla. Una segunda dificultad era el silencio de los primeros Padres. Pero los teólogos de aquel tiempo no se distinguieron tanto por su conocimiento de los Padres o de la historia, sino por su ejercicio del poder del razonamiento. Leyeron a los Padres Occidentales más que a los de la Iglesia Oriental, quienes expusieron con mayor integridad la tradición de la Inmaculada Concepción. Y algunos trabajos de los Padres que habían sido perdidos de vista fueron traídos a la luz.

El famoso Juan Duns Scoto (m. 1308) por fin fijó tan sólidamente los fundamentos (en III Sent., dist. III, en ambos comentarios) de la verdadera doctrina y disipó las objeciones en forma tan satisfactoria que de ahí en adelante la doctrina prevaleció. Él mostró que la santificación después de la animación---sanctificatio post animationem---requería que siguiera en el orden de la naturaleza (naturae) no del tiempo (temporis); él removió la gran dificultad de Santo Tomás mostrando que lejos de ser excluida de la redención, la Santísima Virgen obtuvo de su Divino Hijo la más grande de las redenciones a través del misterio de su preservación de todo pecado. Él introdujo también, por la vía de la ilustración, el peligroso y dudoso argumento de Eadmer (San Anselmo) «decuit, potuit, ergo fecit».

Desde el tiempo de Escoto la doctrina no sólo llegó a ser opinión común en las universidades, sino que la fiesta se expandió ampliamente a aquellos países donde no había sido previamente adoptada. Con excepción de los dominicos, todas o casi todas las órdenes religiosas la asumieron. Los franciscanos adoptaron la Fiesta de la Concepción de María para toda la Orden en el capítulo general en Pisa en 1263; esto, sin embargo, no significa que profesasen en ese tiempo la doctrina de la Inmaculada Concepción. Siguiendo las huellas de Duns Escoto, sus discípulos Pedro Aureoli y Francis Mayron se convirtieron en los más fervientes defensores de la doctrina, aunque sus antiguos maestros (San Buenaventura incluido) se habían opuesto a ella. La controversia continuó, pero los oponentes fueron en su mayoría los miembros de la Orden de Predicadores.

En 1439 se llevó la disputa ante el Concilio de Basilea, donde la Universidad de París, antes opuesta a la doctrina, demostró ser su más ardiente defensora y pidió una definición dogmática. Los dos ponentes en el concilio fueron Juan de Segovia y Juan Torquemada. Después de haber sido discutida por espacio de dos años antes de la asamblea, los obispos declararon que la Inmaculada Concepción es una doctrina piadosa, cónsona con el culto católico, con la fe católica, con la recta razón y con la Sagrada Escritura; de ahora en adelante, dijeron, no estaba permitido predicar o declarar algo en contra (Mansi, XXXIX, 182). Los Padres del Concilio dijeron que la Iglesia de Roma estaba celebrando la fiesta, lo cual es verdad sólo en cierto sentido. Se guardaba en algunas iglesias de Roma, especialmente en las de las órdenes religiosas, pero no se adoptó en el calendario oficial. Como el concilio en aquel tiempo no era ecuménico, no pudo pronunciarse con autoridad. El memorandum del dominico Tomás de Torquemada sirvió de armadura para todos los ataques a la doctrina hechos por San Antonino de Florencia (m. 1459) y por los dominicos Bandelli y Bartolomeo Spina.

Por un decreto del 28 de febrero de 1476, el Papa Sixto IV adoptó por fin la fiesta para toda la Iglesia Latina y otorgó una indulgencia a todos cuantos asistieran a los Oficios Divinos de la solemnidad (Heinrich Joseph Dominicus Denzinger|Denzinger]], 734). Leonardo de Nogarolis compuso el Oficio adoptado por Sixto IV, mientras que los franciscanos emplearon desde 1480 un bellísimo Oficio salido de la pluma de Bernardino de Busti (Sicut Lilium), que fue concedido también a otros (por ejemplo, a España en 1761), y fue cantado por los franciscanos hasta la segunda mitad del siglo XIX. Como el reconocimiento público de la fiesta por Sixto IV no fue suficiente para apaciguar el conflicto, publicó en 1483 una constitución en la que castigaba con la excomunión a todo aquel cuya opinión acusara de herejía la opinión opuesta (Grave nimis, 4 de septiembre de 1483; Denzinger, 735). Cuando el Concilio de Trento trató sobre el asunto en 1546 declaró que «no fue la intención de este Santo Sínodo incluir en el decreto lo concerniente al pecado original de la Santísima Inmaculada Virgen María Madre de Dios» (Sess. V, De peccato originali, V, en Denzinger, 792). Sin embargo, puesto que este decreto no definió la doctrina, los teólogos opositores al misterio, aunque reducidos en número, no se rindieron. El Papa San Pío V no sólo condenó la proposición 73 de Michel Baius según la cual «nadie sino Cristo fue sin pecado original y que, por lo tanto, la Santísima Virgen murió a causa del pecado contraído en Adán, y sufrió aflicciones en esta vida, como el resto de los justos, como castigo del pecado actual y original» (Denzinger, 1073), sino que emitió una constitución en la que prohibía toda discusión pública sobre el asunto. Finalmente insertó un nuevo y simplificado Oficio de la Concepción en los libros litúrgicos («Super speculum», Dic. De 1570; «Superni omnipotentis», Marzo de 1571; «Bullarium Marianum», pp. 72, 75).

Mientras duraron estas disputas, las grandes universidades y la mayor parte de las grandes órdenes se convirtieron en baluartes de la defensa del dogma. En 1497 la Universidad de París decretó que en adelante no se admitiría como miembro de la universidad quien no jurase que haría cuanto pudiese para defender y afirmar la Inmaculada Concepción de María. Tolosa siguió el ejemplo; en Italia, Bolonia y Nápoles; en el Imperio Alemán, Colonia, Maine y Viena; en Bélgica, Lovaina]]; en Inglaterra, antes de la Reforma Protestante, Oxford y Cambridge; en España, Salamanca, Toledo, Sevilla y Valencia; en Portugal, Coimbra y Evora; en América, México y Lima. Los Frailes Menores confirmaron en 1621 la elección de la Madre Inmaculada como patrona de la Orden, y se comprometieron bajo juramento a enseñar el misterio en público y en privado. Los dominicos, sin embargo, se vieron en la especial obligación de seguir las doctrinas de Santo Tomás, y la conclusión común era que Santo Tomás se oponía a la Inmaculada Concepción. Los dominicos, por tanto, afirmaron que la doctrina era un error contra la fe (Juan de Montesono, 1373); aunque adoptaron la fiesta, la llamaban persistentemente de «Sanctificatio B. M. V.», no de «Conceptio», hasta que en 1622 el Papa Gregorio XV abolió el término «sanctificatio». El Papa Pablo V (1617) decretó que nadie se atreviera a enseñar públicamente que María fue concebida en pecado original, y Gregorio XV (1622) impuso absoluto silencio (in scriptis et sermonibus etiam privatis) sobre los adversarios de la doctrina hasta que la Santa Sede definiese el asunto. Para poner fin a toda ulterior cavilación, el Papa Alejandro VII promulgó el 8 de diciembre de 1661 la famosa constitución «Sollicitudo omnium Ecclesiarum», definiendo el verdadero sentido de la palabra conceptio, y prohibiendo toda ulterior discusión contra el común y piadoso sentimiento de la Iglesia. Declaró que la inmunidad de María del pecado original en el primer momento de la creación de su alma y su infusión en el cuerpo era el objeto de la fiesta (Denzinger, 1100).

Aceptación Universal Explícita

Desde el tiempo del Papa Alejandro VII, mucho antes de la definición final, los teólogos no tuvieron dudas de que el privilegio estaba entre las verdades reveladas por Dios. Finalmente el Papa Pío IX, rodeado por una espléndida multitud de cardenales y obispos, promulgó el dogma el 8 de diciembre de 1854; y el 25 de diciembre de 1863 prescribió un nuevo Oficio para todo la Iglesia Latina, por el cual decretó que se abolieran todos los demás Oficios en uso, incluido el antiguo Oficio Sicut lilium de los franciscanos y el oficio compuesto por Carlo Passaglia (aprobado el 2 de febrero de 1849).

En 1904 se celebró con gran esplendor el jubileo dorado de la definición del dogma (Papa San Pío X, Enc., 2 de febrero de 1904). El Papa Clemente IX añadió a la fiesta una octava para las diócesis que se encontraban dentro de las posesiones temporales del Papa (1667). El Papa Inocencio XII (1693) la elevó al rango de segunda clase con una octava para la Iglesia Universal, cuya categoría fue concedida en 1664 para España, en 1665 para Toscana y Saboya, en 1667 para la Compañía de Jesús, los Ermitaños de San Agustín, etc. El 6 de diciembre de 1708 Clemente IX decretó que la fiesta debía ser de obligación para toda la Iglesia. Por último, el 30 de noviembre de 1879 León XIII la elevó a fiesta de primera clase con vigilia, dignidad que había sido concedida antes a Sicilia (1739), España (1760) y a Estados Unidos (1847). Un oficio votivo de la Concepción de María, que hoy día se recita los sábados en la mayor parte de la Iglesia Latina, fue concedido primeramente a las monjas benedictinas de Santa Ana en Roma en 1603, a los franciscanos en 1609, a los Conventuales en 1612, etc. Las Iglesias Siria y Caldea celebran esta fiesta con los griegos el 9 de diciembre; en Armenia es una de las pocas fiestas inamovibles del año (9 de diciembre); los cismáticos abisinios y coptos la guardan el 7 de agosto, mientras celebran la Natividad de María el 1 de mayo; sin embargo los coptos católicos han transferido la fiesta al 10 de diciembre (Natividad, 10 de septiembre). Las Iglesias Orientales le cambiaron el nombre a la fiesta desde 1854 en concordancia con el dogma de la «Inmaculada Concepción de la Virgen María».

La Arquidiócesis de Palermo solemniza una Conmemoración de la Inmaculada Concepción el 1 de septiembre para dar gracias por la preservación de la ciudad con ocasión del terremoto del 1 de septiembre de 1726. Una conmemoración similar se celebra el 14 de enero en Catania (terremoto del 11 de enero de 1693); y los Padres Oblatos el 17 de febrero, porque su regla fue aprobada el 17 de febrero de 1826. Entre el 20 de septiembre de 1839 y el 7 de mayo de 1847 el privilegio de añadir a la Letanía de Loreto la invocación «Reina concebida sin pecado original» fue concedido a 300 diócesis y comunidades religiosas. El 8 de noviembre de 1760 se declaró a la Inmaculada Concepción como principal patrona de todas las posesiones de la corona de España, incluidas las de América. El 7 de febrero de 1847 se confirmó el decreto del Primer Concilio de Baltimore (1846), que eligió a María en su adovación de la Inmaculada Concepción como la patrona principal de los Estados Unidos.

Fuente: Holweck, Frederick. "Immaculate Conception." The Catholic Encyclopedia. Vol. 7. New York: Robert Appleton Company, 1910.

Traducido por el Padre José Demetrio Jiménez, OSA. L H M

(fuente: ec.aciprensa.com)

sábado, 7 de diciembre de 2013

07 de diciembre: San Ambrosio de Milán

SAN AMBROSIO
Obispo y doctor de la iglesia
(340-397)

Si habéis estado en Roma, tal vez os hayan mostrado al pie del Capitolino, muy cerca de las aguas del Tíber, un pequeño convento de monjas, donde no quedan maravillas artísticas, pero sí bellos recuerdos históricos. A mediados del siglo IV alzábase allí una casa patricia, y en la casa vivían, entre brillo de mármoles y rumor de esclavos, una dama de ilustre alcurnia, entregada por completo a la educación de sus hijos: una joven, llamada Marcelina, que llevaba el velo de las vírgenes y se ejercitaba en obras de penitencia y de caridad; un mancebo, por nombre Sátiro, que ayudaba ya a su madre en las tareas de la administración, y un niño, en quien parecía concentrarse el cariño de toda la familia. El padre, «hombre grande delante de Jesucristo y a los ojos del cesar», había muerto ya. El niño se llamaba Ambrosio, y había nacido en Tréveris, siendo su padre prefecto del pretorio de las Galias. De él se contaba, como de Platón, que un día, cuando aún no sabía hablar, estando en el jardín del palacio, vino un enjambre de abejas a revolotear por su rostro y que varias de ellas se deslizaron sin picarle en el interior de su boca. El prefecto, que presenciaba el prodigio, exclamó: «Ese niño será algo grande.» Ya mayorcito, el niño seguía presagiando, sin querer, su carrera futura. Cuando el Pontífice visitaba su casa, veía el pequeño que todos en ella le besaban la mano; y deseando recibir aquella muestra de respeto, presentaba también su diestra, primero a la servidumbre y después a su hermana. Marcelina le rechazaba dulcemente, y entonces el niño decía: «¿No sabes que también yo voy a ser obispo?»

Sin embargo, más que un hombre ilustre en las letras, pensábase hacer de él un político. Estudiaba las bellas letras aprendía el griego, se ejercitaba en la poesía y empezaba a hacer sus primeras armas en el arte de la elocuencia. La lectura de Virgilio y Tito Livio dejará huella profunda en su estilo, y la de Séneca y Cicerón en su pensamiento. Ya adolescente, se entrega con afán al estudio del derecho romano, que dejará en su espíritu un molde indestructible. Sátiro tiene los mismos gustos que él, y con los gustos, el andar, los rasgos de la cara, el timbre de la voz. Los dos hermanos se parecen tanto, que con frecuencia se les confunde hasta en el seno mismo de la familia. «Además—cuenta Ambrosio—, nuestras almas estaban tan unidas, que parecíamos existir el uno en el otro. Cuando no le tenía junto a mí, me encontraba triste y desazonado. ¡Cuántas veces, estudiando solo en mi habitación, me ponía a hablar con él como si estuviese presente!» Los dos hermanos solían ir de cuando en cuanto al palacio del prefecto urbano. Avieno Símaco, jefe de la aristocracia pagana de Roma, cuyo hijo, Aurelio Símaco, se hizo amigo de Ambrosio, para ser más tarde su rival. Pero se hallaban más a su gusto en casa del prefecto del pretorio, Petronio Probo, donde debieron de cruzarse muchas veces con aquellas santas mujeres Melania, Paula, Eustoquia. Blesila, que eran la admiración de Roma, y con un grupo de jóvenes de talento y estirpe, entre los cuales descollaban el aquitano Poncio Meropio Paulino y el dálmata Jerónimo.

Uno tras otro, aquellos clarísimos empezaban a dispersarse lanzados a través del mundo romano en viajes de estudios, en comisiones políticas o en gobiernos de provincias, Ambrosio seguía en Roma como secretario del prefecto. Probo había distinguido en él un espíritu claro, un carácter firme y una elocuencia brillante, y no quería privarse de su consejo; pero teniendo necesidad de un hombre para el gobierno de las provincias de Insubria, Emilia y Liguria, propuso al emperador el nombramiento de su secretario. Era en 372. Ambrosio promediaba entonces la curva espléndida del equinoccio de su juventud. «Ve, hijo mío—le dijo el prefecto al tiempo de partir—, y pórtate, no como juez, sino como obispo.»

Ambrosio se dirigió a Milán, cabeza de la vasta región que debía gobernar con el título de consular, y capital, desde unos lustros antes, del Imperio de Occidente. El emperador era entonces Valentiniano, gran guerrero, católico convencido, pero hombre impetuoso y extremado en su rigor. «La severidad—decía—es el alma de la justicia, y la justicia es el alma del poder.» Milán respiró al conocer al hombre casto, sobrio, piadoso, afable, caritativo, que podía poner algo de suavidad en los consejos imperiales. Su justicia tenía más profundas raíces en el Evangelio. «La justicia—enseñaba—se debe primero a Dios, después a la patria, en tercer lugar a la familia, y finalmente a la humanidad. Defender a la patria contra los bárbaros en la guerra, defender a los débiles en la paz, proteger contra la violencia a los hermanos oprimidos, he aquí la obra de la justicia.» Tal era el programa que Ambrosio desarrollaba en su gobierno, con la admiración y la simpatía de todos, como se pudo ver a los dos años de su llegada. Acababa de morir el obispo de la ciudad, y las gentes andaban inquietas por la elección del sucesor. Eran frecuentes las disputas acaloradas y aun las riñas y los golpes. Un día, el clero deliberaba en la parte superior de la basílica, mientras los fieles abajo discutían aguardando la decisión con una animosidad que podía degenerar en un motín. Al saber la actitud del pueblo, el consular creyó deber suyo presentarse en medio de la multitud, y pronto su palabra elocuente y reposada logró tranquilizar los ánimos. Apenas había terminado de hablar, cuando se oyó una voz infantil que decía: «¡Ambrosio, obispo!» «¡Ambrosio, obispo! », gritó entusiasmada la muchedumbre, considerando la voz de la inocencia como una orden del Cielo, y el clero se unió a la aclamación general. El único que protestaba era Ambrosio, y podía alegar una buena razón en su defensa. El Concilio de Nicea había prohibido que ningún neófito fuese promovido al episcopado, y él, aunque católico de corazón, no estaba bautizado todavía. Como nadie quiso hacer caso de este argumento. Ambrosio se deslizó entre la multitud, encaminándose al pretorio, donde le aguardaba una causa criminal. Contra su costumbre, aquel día, afectando una odiosa dureza, mandó aplicar la tortura. Pero el pueblo comprendió: «Que su pecado caiga sobre nosotros—clamaba—; no es más que catecúmeno, el agua santa lo borrará todo. ¡Ambrosio, obispo!»

Entre tanto, la elección iba tomando un carácter legal. Consultóse al Papa y al emperador; y los dos aprobaron lo hecho; pero cuando los obispos fueron en busca del elegido para consagrarle, vieron que no estaba en la ciudad. Había buscado un refugio en el campo, y sólo gracias a la traición de un amigo pudieron dar con su paradero. Fue preciso rendirse a la vocación divina. Ambrosio recibió el bautismo, y pocos días después tomaba posesión de la sede de Milán. Desde el fondo del Asia le llegaba una voz de aliento, bien necesaria en medio de la angustia que le produjo la primera sorpresa: «No conozco tu rostro—le decía San Basilio—, pero la belleza de tu alma está delante de mis ojos. Del seno de una ciudad real, Dios ha escogido un hombre eminente por su sabiduría, por su nacimiento, por la hermosura de su vida y por la elocuencia de su palabra; le ha escogido y le ha puesto al frente del pueblo cristiano.»

La más bella figura episcopal del Oriente saludaba al tipo perfecto del obispo en la Iglesia occidental. Ambrosio comprendió la grandeza de su nueva dignidad. Su vida, ya sencilla y grave, se hizo ahora austera y penitente. Distribuyó a los pobres todo el dinero que tenía y les aseguró la propiedad de sus inmuebles. Marcelina y Sátiro acudieron a su lado para atender a los negocios domésticos. En cuanto a él, se traza un programa vasto y difícil, pero al cual permanecerá fiel toda su vida: bautizar, confesar, predicar, imponer penitencias públicas y privadas, lanzar anatemas y levantar excomuniones, visitar enfermos, asistir a los moribundos, rescatar cautivos, alimentar pobres, viudas, huérfanos; fundar hospitales y alberguerías, administrar los bienes del clero, pronunciarse, como juez de paz, en las causas particulares y en las diferencias de los pueblos, escribir contra los herejes y los paganos, publicar tratados de moral, de disciplina y de teología, dictar cartas para satisfacer las mil consultas que se les ofrecen de una y otra religión, mantener correspondencia con los obispos y las iglesias, los monjes y los príncipes; congregar y dirigir Concilios, intervenir en el consejo de los emperadores, asumir la responsabilidad de negociaciones y embajadas, condenar la alevosía de los traidores y contener la audacia de los tiranos. Al orador forense sucede el predicador del Evangelio; pero, bajo el palio episcopal y el cilicio del penitente, seguía viviendo el mismo espíritu fino y aristocrático. «Es preciso—decía—que en el sacerdote no se encuentre nada vulgar, nada común, nada plebeyo, nada que respire la manera de ser de la multitud sin educación.» No obstante, estaba siempre dispuesto a descender al pueblo para consolarle en sus miserias. Los pobres eran sus hijos. Les amaba, les adoraba como a los pies de Cristo, según su propia expresión. Con los niños era tierno como una madre; con los pecadores, infinitamente misericordioso. «Siempre que alguno venía a confesarle sus faltas para recibir la penitencia—cuenta su secretario—, Ambrosio derramaba tantas lágrimas, que el penitente se veía obligado a llorar con él, de suerte que cualquiera hubiera pensado que el culpable era el obispo.» Al principio de su episcopado solía prolongar las horas de estudio para imponerse en las cuestiones del dogma, y con ese fin buscaba la soledad del campo. «Hermano mío—escribía a uno de sus amigos—yo no estoy nunca solo, aunque parezca estarlo. Nunca estoy menos ocioso que cuando se imaginan que no hago nada.» Las Sagradas Escrituras eran el primer objeto de sus investigaciones. En ellas buscaba, sobre todo, el sentido alegórico y espiritual, caminando tras las huellas de los maestros alejandrinos. Se inspira en los escritos del judío Filón, filósofo místico de la sinagoga de Alejandría; Orígenes, Dídimo e Hipólito le dieron el tema de varios de sus tratados dogmáticos, pero su guía más seguro era Basilio de Cesárea. «Cuando leía—dice San Agustín—, sus ojos recorrían lentamente las páginas; su espíritu y su corazón estaban alerta para comprender; pero sus labios no se abrían, sino que guardaban silencio. Parecíame que en el poco tiempo que podía robar a sus negocios para alimentar su inteligencia, quería que nadie le apartase de su empeño.»

El fruto de este trabajo empezó a verse en aquellos bellos tratados cuya aparición saludaba con entusiasmo la cristiandad: el de los «Sacramentos y los Misterios», el de «los Patriarcas», el del «Espíritu Santo», el de «las vírgenes y las viudas», los comentarios escriturísticos, los elogios de las grandes figuras bíblicas, el libro «de la penitencia», «el Hexamerón»... Ambrosio es siempre grave, ingenioso y tierno. Busca el sentido más alto de la Biblia con tanta exactitud como elocuencia y nobleza. Su estilo es natural, su lenguaje algo oscuro, a fuerza de ser sencillo; sus alegorías graciosas y originales, sus pensamientos vivos y elevados. Pero si Jerónimo es el polemista vigoroso, y en Agustín se juntan el teólogo sublime y el profundo metafísico, Ambrosio descuella, sobre todo, como moralista. Pocos han conocido mejor que él la conciencia humana, ni analizado más sutilmente sus misterios y necesidades, ni descrito con tanta energía los males del alma y sus remedios. A veces, la censura se viste de una ironía graciosa y realista, como cuando ridiculiza el lujo femenino de la Roma decadente, o el afeminamiento de los clarísimos descendientes de los Gracos, que desearían vivir entre los cimerios porque les da en la cara un rayo de sol que se cuela por la sombrilla. Pinta a la mujer, que, con artificio recargado, se empeñaba en parecer distinta de lo que era en realidad. Semejante a una estatua bajo un dosel, se la mira como un objeto curioso. Lleva las orejas horadadas, su cuello se dobla bajo el peso del metal; el oro y los brillantes relumbran en su pecho y las ajorcas retintinean en sus tobillos. «Dichosas vosotras —exclama San Ambrosio, dirigiéndose a las vírgenes—, pues ignoráis tales suplicios; el pudor es vuestra hermosura, una hermosura que no teme los estragos del tiempo, y que agrada a quien más importa: a Dios.»

Este tema de la virginidad era uno de los que Ambrosio trataba con más entusiasmo; hasta el punto de que las madres llegaban hasta encerrar a sus hijas para que no fuesen a escucharle, y en Milán empezaban a levantarse voces contra él. «Se me acusa—decía—de predicar la castidad; si éste es un crimen me honro con él, y confesarle en voz alta no es perjudicar a mi causa, sino servirla. Me llamáis el maestro de la virginidad, me echáis en cara los prosélitos que hago para ella. ¡Ojalá que tuvieseis muchas acusaciones como ésta que presentar contra mí!» Se ve aquí un reflejo del ascendiente que aquella palabra sacerdotal ejercía sobre los milaneses. Tenue era su voz; pero su discurso, vigoroso y claro, nutrido en los grandes escritores de la antigüedad, armonioso y figurado como el de un discípulo de Virgilio, preciso como el de un jurista consumado, cautivaba a la vez a los ilustrados y al pueblo. Una llama de entusiasmo, un dulce calor le anima; una santa poesía le colora con divinos reflejos; y en medio de aquella ternura, que ya en aquel tiempo se llamaba la suavidad de Ambrosio, hay arranques de grandeza y vehementes atrevimientos. Según la expresión de un joven oyente, retenido aún en los lazos de la herejía, pero que a su vez debía llegar a ser maestro de la elocuencia cristiana, aquella palabra, aceite derramado sobre las llagas del pecador, dominaba y suspendía.

El mismo testigo, Agustín de Hipona, nos describe también la caritativa abnegación de Ambrosio: «No veía medio de conversar con él, como lo hubiera deseado, porque un ejército de necesitados me impedía llegar a su presencia. Era el enfermero de sus dolencias.» La puerta de la casa episcopal quedaba siempre abierta, y el acceso estaba permitido a todo el mundo. Los pobres, los que dudaban en la fe, los pecadores, todos los que necesitaban un consuelo, desfilaban sin cesar delante de él. Entre los demás iba también el ilustre rétor de Hipona, Agustín. Alguna vez le encontró solo, pero no se atrevía a interrumpir su meditación: «Me sentaba, y después de haber pasado largo rato contemplándole en silencio—¿quién se hubiera atrevido a turbar una atención tan profunda?—, retirábame pensando que era cruel molestarle en el poco tiempo que se reservaba para reconcentrar su espíritu en medio del tumulto de los negocios.» Entre los que solicitaban su audiencia estaban también los litigantes. Ambrosio, hábil jurista, administrador experimentado, era requerido como juez y arbitro, no sólo en los asuntos de orden espiritual, sino también en los de orden temporal, tanto más cuanto que, siempre que el conflicto era entre el interés pecuniario de la Iglesia y el de un desheredado de la fortuna, no dudaba en sacrificar los derechos episcopales. «La Iglesia—decía—no pierde nunca cuando gana la caridad.» Después de la desastrosa batalla de Andrinópolis, no dudó en emplear los vasos de la Iglesia milanesa para rescatar a un gran número de romanos, prisioneros de los jefes godos. «¿Quién será tan duro de corazón—decía con este motivo—que no dé cuanto tiene por rescatar a un hombre condenado a morir o a una mujer expuesta a la deshonra? ¡Ah, más vale salvar las almas que conservar el oro! Si la Iglesia tiene oro, no es para conservarlo; es para derramarlo entre los desgraciados.»

Sin embargo, había quienes criticaban la conducta del prelado: eran los arríanos. Ambrosio los había combatido en sus escritos, en sus homilías y en su vida, y los combatía también con su bondad. «Cuando veáis—escribía el obispo de Imola—a uno de estos pobres que se levanta, excusadle, tendedle la mano. Rehusarle el perdón sería perder su alma.» Esta conducta disminuía el partido de los herejes, los cuales, protegidos por la viuda del emperador Valentiniano, exigieron que Ambrosio les entregase una de las basílicas. La lucha entre la emperatriz y el obispo es uno de los pasos más dramáticos de la vida de Ambrosio; y su grandeza aparece más grande si pensamos que el prelado acababa de salvar la vida y el trono al hijo de su perseguidora, con una diplomacia habilísima, en la corte del usurpador Máximo. «Mis bienes son de la patria—contesta Ambrosio a los emisarios de la emperatriz—, pero lo que es de Dios no tengo derecho a entregarlo.» Se le arman asechanzas, se le persigue, se le amenaza con el destierro, corre la voz de que se pagan sicarios para asesinarle; pero él no cede. El pueblo está con él, se apiña en torno suyo, le defiende. «No entregues nada, Ambrosio», le gritan en medio de las reuniones litúrgicas. Un día los soldados rodean la basílica. El obispo está dentro con su pueblo enardecido. El asedio se prolonga y los sitiados entretienen los días oyendo a su prelado, rezando salmos y cantando himnos tan hermosos, que los mismos legionarios entran en el templo y se juntan a la multitud. Aquellos himnos habían sido compuestos por Ambrosio. No había en ellos armonías clásicas, pero si juventud y entusiasmo. Eran ritmos de un carácter popular, gritos espontáneos del corazón cristiano, arranques bellísimos llenos de inspiración, que revelaban al verdadero poeta; joyas auténticas de una poesía nueva que la Iglesia recogió con entusiasmo y agregó para siempre a su liturgia.

La omnipotencia imperial tuvo que doblegarse ante la energía del obispo, y Ambrosio, admitido al consejo de los emperadores, va a realizar sus sueños de una política cristiana. El emperador Graciano le considera como un padre; Valentiniano II no hace nada sin su consejo. Ambrosio aparece como un hombre de Estado, y la huella de su influencia se descubre en la legislación que sale de la cancillería imperial entre los años 378 y 388. En este último año, Teodosio viene a Occidente y derrota al usurpador Máximo. El gran emperador y el gran obispo se encuentran en Milán. Habían nacido para entenderse, y un mismo programa político, basado en la unión estrecha entre la Iglesia y el Estado, acababa de unir sus almas; y esta inteligencia vino a robustecerse hasta con los mismos conflictos. Uno de ellos fue provocado por la matanza de Tesalónica. El gobernador de esta ciudad había metido en la cárcel a un auriga del circo, muy querido de la multitud; el pueblo, al saberlo, se había amotinado, cometiendo mil desmanes y asesinando al gobernador y a otros magistrados. Teodosio se dejó arrebatar por la ira. «Ya que toda la población es cómplice del crimen—dijo—, que toda ella sufra el castigo.» Después revocó su palabra, pero era ya demasiado tarde: siete mil cadáveres yacían en el circo de Tesalónica. Ambrosio comprendió que debía obrar enérgicamente con el emperador. Lo que se ha hecho—le escribía—no tiene cosa que se le parezca en la memoria de los hombres. El único remedio al mal es el testimonio del arrepentimiento.» Como si nada hubiera sucedido, el emperador se presentó a las puertas de la basílica; pero el obispo le cortó el paso, diciéndole con severidad: «Deteneos, emperador. ¿Cómo osaríais pisar este santuario? ¿Cómo podríais tocar con vuestras manos el cuerpo de Cristo? ¿Cómo podríais acercar a vuestros labios su sangre, cuando por una palabra proferida en un momento de ira habéis hecho perder la vida a tantos inocentes?» Al oír estas palabras, el emperador bajó la cabeza, y, llorando, se volvió a su palacio. Sólo ocho meses más tarde, el día de Navidad de 390, decidióse a presentarse en la iglesia, diciendo al obispo: «Vengo a solicitar el remedio que puede curar mi alma.» El obispo le pidió únicamente que allí mismo firmase un decreto por el que se disponía que ninguna pena de muerte pudiese ejecutarse hasta treinta días después de promulgada. «No hay duda—decía más tarde el emperador, acordándose de este suceso—. Ambrosio me hizo comprender por vez primera lo que es un obispo.» Con razón se ha dicho que esta victoria de la Iglesia es una de aquellas que se pueden llamar victorias de la humanidad. La última palabra no la habló la fuerza, sino el derecho; el obispo representaba no sólo al Evangelio, sino a la conciencia humana.

La armonía entre los dos grandes hombres no volvió a interrumpirse. Por desgracia, cinco años más tarde el emperador bajaba al sepulcro (395). Ambrosio le lloró en una oración fúnebre que es una obra maestra de la elocuencia antigua. Desde entonces la vida se le hace a él sumamente pesada. La muerte de su amigo había tronchado sus sueños políticos. Su vida es más retirada. Sigue enseñando a su pueblo, pero ya no aparece en el palacio. Ora, termina su libro «De los deberes» y escribe su bello tratado «Del beneficio de la muerte». Un día sus oyentes rompen en llanto al oírle decir en la tribuna: «¡Oh Padre mío! Abrid vuestros brazos para recibir a este pobre servidor que os ruega; concededme que vaya a juntarme a los que han hallado el descanso en el reino de Dios, con todos los invitados a las bodas eternas.» Todos presienten su fin. Una legación de la corte y del pueblo llega hasta él para rogarle que pida a Dios que no le saque de este mundo, y él contesta con estas humildes y nobles palabras, que San Agustín no se cansaba de admirar: «No he vivido de tal modo que tenga vergüenza de seguir viviendo; pero no tengo miedo a morir porque tenemos un Señor bueno.»

Esta es la última enseñanza de aquel hombre, que fue un compuesto maravilloso de suavidad y de energía, el más humilde y el más altivo de los cristianos. Fue inflexible con la tiranía omnipotente, con las legiones de la emperatriz, con el paganismo, con la herejía y con la hipocresía; pero fue condescendiente con los pobres, con los pecadores, con Agustín convertido, con Teodosio arrepentido. Gran ciudadano y obispo incomparable, amó a la patria como un antiguo romano, y a la Iglesia como un confesor de la fe; aquella Iglesia que le considera como uno de sus más grandes héroes, y de la cual él dijo aquellas palabras famosas: «Donde está Pedro, allí está la Iglesia; y donde está la Iglesia, allí no reina la muerte, sino la vida eterna.»

Si los grandes hombres son aquellos que extienden las fronteras de la verdad y del amor, pocos como San Ambrosio tienen derecho a entrar en esa gloriosa aristocracia. Su vida y sus obras son un esfuerzo gigantesco para hacer triunfar el amor y la verdad entre los hombres, y en ese esfuerzo está el germen de la nueva sociedad, el código que regirá en el mundo cristiano que se avecina, la legislación, el programa de la generación futura. Ambrosio fue uno de los grandes Padres de la Iglesia: todo un mundo procede de él.

(fuente: www.divvol.org)

viernes, 6 de diciembre de 2013

06 de diciembre: San Nicolás de Bari

La devoción a San Nicolás es un hecho asombroso en extensión e intensidad. miles de iglesias bajo su advocación en todo el mundo. los niños de muchos países esperan de él los juguetes.

San Nicolás fue obispo de la ciudad de Mira, en Licia, Asia Menor (corresponde a la localidad turca llamada actualmente Dembre), en el s. IV, y sus reliquias se veneran en Bari (Italia). Muy pocos son los datos que se conocen de la vida de este santo, puesto que no existen testimonios auténticos contemporáneos. Sus biografías más antiguas son de algunos siglos posteriores a la época en que se cree que vivió. Se considera que nació en Patara (Asia Menor) alrededor del año 270, y que murió un día 6 de diciembre de un año entre 345 y 352.

Lo poco que se conoce de la figura de San Nicolás contrasta fuertemente con la universalidad de su fama y de su culto, con la popularidad de que goza en oriente y en occidente, aun en los tiempos modernos, y con la abundancia de leyendas creadas en torno a él. Fue tan popular en la antigüedad, que se le han consagrado en el mundo más de dos mil templos. Era y es invocado en los peligros, en los naufragios, en los incendios y cuando la situación económica se ponía difícil, y la gente conseguía por su intercesión favores admirables.

Existen muchas obras que hablan de la vida del santo. Entre ellas destaca una compilación de San Metodio, Arzobispo de Constantinopla, que ofrece un resumen de todas las piadosas y maravillosas historias que se contaban de él.

Según estas historias, ya desde el nacimiento de Nicolás los prodigios se suceden uno tras otro: Desde niño se caracterizó porque todo lo que conseguía lo repartía entre los pobres. Decía a sus padres: "sería un pecado no repartir mucho, siendo que Dios nos ha dado tanto". La generosidad es una virtud que siempre se ha asociado a este santo.

Fue ordenado sacerdote por un obispo tío suyo. Al morir sus padres atendiendo a los enfermos en una epidemia, él quedó heredero de una inmensa fortuna. Entonces repartió sus riquezas entre los pobres y se fue a un monasterio. Después de visitar Tierra Santa llegó a la ciudad de Mira (Turquía) donde fue elegido obispo. Su elección se consideró un designio divino.

San Nicolás es especialmente famoso por los numerosos milagros que lograba conseguir de Dios. Se le representaba con unos niños, porque se contaba que un criminal había herido a cuchillo a varios niños, y el santo al rezar por ellos obtuvo su curación instantánea.

También pintan junto a él a una joven, ya que se dice que en su ciudad había un anciano muy pobre con tres hijas a las que no lograba casar por su extrema pobreza; el santo, por tres días seguidos, cada noche le echó por la ventana una bolsa con monedas de oro, y así el anciano logró casarlas.

Otra historia cuenta como estando unos marineros en medio de una terribilísima tempestad en alta mar, empezaron a decir: "Oh Dios, por las oraciones de nuestro buen obispo Nicolás, sálvanos". Y en ese momento vieron aparecer sobre el barco a San Nicolás, el cual bendijo al mar, que se calmó, y en seguida desapareció. Por esto es considerado también patrono de los marineros.

En otra ocasión iban a condenar injustamente a tres amigos suyos que estaban muy lejos. Ellos rezaron pidiendo a Dios que por la intercesión de Nicolás, su obispo, los protegiera, y esa noche en sueños el santo se apareció al juez y le dijo que no podía condenar a esos tres inocentes; así, al siguiente día fueron absueltos.

Cuando el emperador Licinio decretó una persecución contra los cristianos Nicolás fue encarcelado y azotado, pero siguió aprovechando toda ocasión que se le presentaba para hablar del cristianismo a cuantos trataban con él. Luchó contra la idolatría, y convirtió a judíos y árabes. Una vez muerto, el poder milagroso del santo seguía asistiendo a todos aquellos que le invocaban.

En Roma ya en el año 550 le habían construido un templo en su honor. En 1087, las reliquias de San Nicolás fueron trasladadas a Bari: según la tradición —avalada por un documento del s. XII— cuando los mahometanos invadieron Turquía, un grupo de católicos sacó de allí en secreto las reliquias del santo y se las llevó a la ciudad de Bari, en Italia. Allí se obtuvieron tan admirables milagros por intercesión del santo, que su culto llegó a ser sumamente popular en toda Europa.

En 1089 el mismo papa Urbano II consagró la cripta en donde son venerados los restos del santo. Es Patrono de Rusia, de Grecia y de Turquía, e innumerables iglesias le han sido dedicadas. En oriente lo llaman San Nicolás de Mira, por la ciudad de la que fue obispo, pero en occidente se le llama San Nicolás de Bari. Aún en la actualidad es considerado en muchas partes como patrono de los niños y de los marineros.


Origen de la figura de Santa Claus

Su fiesta se celebra el 6 de diciembre. Por haber sido tan amigo de la niñez y tan generoso, en algunos países europeos se repartían en este día dulces y regalos a los niños, y prácticamente con esta fecha se empezaban las festividades de diciembre, relacionando así al santo con las fiestas navideñas.

Durante los siglos XVII y XVIII coinciden en Estados Unidos inmigrantes de distintas culturas como la británica, la holandesa y la alemana: la tradición católica de holandeses y alemanes, que tenía devoción a San Nicolás se mezcló con la de “Father Christmas” (el padre de la Navidad) que era la figura típica de las fiestas navideñas en Inglaterra.

Como derivación del nombre del santo en alemán (San Nikolaus) lo empezaron a llamar Santa Claus, y fue popularizado en la década de 1820 —a través de un poema famosísimo en los Estados Unidos del poeta Clement Clark Moore— como un amable y regordete anciano de barba blanca, al que llama “St. Nick”, que la noche de Navidad pasaba de casa en casa repartiendo regalos y dulces a los niños en un trineo volador tirado por renos.

La marca de refrescos Coca-Cola, al utilizar al personaje como parte de su campaña comercial en Navidad, cambiaría su capa de pieles por un traje rojo y blanco, dando así lugar al personaje de Santa Claus tal como se conoce ahora, también llamado Papá Noel y por supuesto —rememorando su origen— San Nicolás.

(fuente: www.primeroscristianos.com)

jueves, 5 de diciembre de 2013

05 de diciembre: Beato Bartolomé Fanti

Nació por el año 1410 en Mantua (Italia), entrando desde muy joven a formar parte de la Orden del Carmen. En su ciudad habían establecido, los carmelitas, recientemente, una célebre Reforma que produciría una pléyade de hombres y mujeres famosos por la ejemplaridad de sus vidas y por sus elocuentes escritos.

Esta Congregación Mantuana, aprobada aquelíos años -1442- por el papa, estaba en todo su apogeo de fervor y fecundidad, llegando a ser el Beato una de sus glorias junto con otros santos varones y ejemplares religiosas que la ilustraron en sus primeros tiempos.

Su actividad pastoral se centró durante casi toda su vida en el gobierno de la Cofradia mariana del Carmen, de la que fue padre espiritual.

Dejando en estas actividades el correspondiente sello de una auténtica santidad bien reconocida y fecunda.

Sabemos que desde 1452 -que ya era sacerdote- hasta su preciosa muerte -1495-, se dedicó de lleno a dar vida a esta Cofradía de la Virgen, que radicaba en la misma iglesia del Carmen. En 1460 fue nombrado director y padre espiritual.

Para el mejor gobierno de esta Cofradía, escribió una sencilla Regla, unos Estatutos y un Registro o Crónica de los hechos más notables.

El Señor dispuso que pasara por el crisol de la prueba enviándole una gravísima enfermedad, que aceptó con santa resignación.

La ciudad entera se conmovió como si temieran todos perder un miembro de su familia. Con actos fervorosísimos de amor se dispuso a recibir los últimos sacramentos y el santo viático. Luego todo fueron anhelos porentraren la gloria hasta que con la mayor serenidad entregó su espíritu al Señor.

Era el 5 de diciembre de 1445.

Desde su fallecimiento comenzó Dios a demostrar la santidad de su siervo con muchos prodigios y milagros.

Su cuerpo incorrupto se conserva en la catedral de Mantua en la capilla de la Virgen Coronada.

Pío X confirmó su culto el 18.3.1909.

Su fiesta se celebra el 5 de diciembre.


Su espiritualidad

Se le suele representar con un grupo de novicios a los que habla fervorosamente de la Santísima Eucaristía. Esta fue sin duda una de las notas más características de su espiritualidad.

Celebraba la Santa Misa con tanto recogimiento y devoc¡ón de lágrimas que edificaba grandemente. Toda ocasión le era oportuna para infundir en las almas sus amores eucarísticos, y sus mejores ratos, según decía, los pasaba haciendo compañía a su Señor sacramentado.

Otra devoción muy marcada del Beato fue la que profesó con la mayor ternura a la Santísima Virgen. En su honor ayunaba frecuentemente. La visitaba en sus altares y hablaba con entusiasmo de ella.

La vida de este Beato fue también según sus biógrafos vida de mortificación, de penitencia, de humildad y amor de Dios y del prójimo.

Era incansable en oír confesiones, en recordar a todos sus deberes y en exhortar a la práctica de una vida auténticamente cristiana. Su ascendiente moral y su influencia en la ciudad de Mantua llegó a ser considerable por su abnegación, sus consejos y sus ejemplos.

Tuvo especial don para reconciliar enemistados y conseguir el mutuo perdón.


Su mensaje

- que la Eucaristía sea siempre el centro de nuestras vidas.
- que el Sacramento del Amor sea amado y reverenciado por todos.
- que propaguemos e imitemos a Nuestra Sma. Madre.
- que sea nuestro lema: Jesús en el corazón y María en la mente".


Su oración

Oh Dios que hiciste del Beato Bartolomé un apóstol admirable del culto a la santísima Eucaristía y de la devoción a la Virgen María; concédenos que también nosotros sepamos hallar en ellos la misma abundancia de alimento espiritual que él encontró. Amén.

(fuente: www.carmelnet.org)

miércoles, 4 de diciembre de 2013

04 de diciembre: San Juan Damasceno

(675 – 749)

Hijo de un cristiano de Damasco, Sergio, que desempeñaba el cargo de logoteta general o recaudador de impuestos, bajo el califato de Abdul-Meleq, Juan, que había heredado de su abuelo el sobrenombre árabe de Mansur, secedió primeramente a su padre en su función de tesorero pagador.por poco tiempo: a ejemplo de Mateo el publicano, hacia la edad de 30 años, “prefirió los oprobios de Cristo a los tesoros de la Arabia”.

En compañia de un monje siciliano, Cosme, que según ciertos testimonios fue su primer maestro, Juan estró en la “laura” de San Sabás, el monasterio-fortaleza que todavía domina la quebrada del Cedrón, cerca de Jerusalén. Fue ordenado sacerdote por Juan lV, patriarca de Jerusalén, de quien el Damasceno mismo se dice discípulo y amigo (Carta sobre el Trisagion). Su profesión de fe, escrita en esta ocasión, es una acción de gracias por la educación que recibió y la vocación con que fue favorecido. “Me habéis alimentado, oh Cristo, Dios mío, en un lugar fértil, y me habéis abrevado con las aguas de la sana doctrina, por la mano de vuestros pastores. . . Ahora me habéis llamado, Señor, mediante la voz de vuesto Pontífice, al servicio de vuestros discípulos” (Expossición y declaración de la fe).

Predicador tanto como escritor, se le dio a San Juan Damasceno el título de Crisorroas, estero en que se apalea el oro, a causa de la triple riqueza esparcida en sus obras: la de la santidad, la del pensamiento y la del estilo.

Penetrado de un profundo amor a Jesucristo, el Santo Doctor mostró igualmente una tierna devoción por la Virgen María; y luego se hizo célebre en la defensa del culto de las imágenes sagradas.

Inhumado en la laura de San Sabás, su cuerpo fue llevado a Constantinopla. Aunque su muerte figura en el martirologio Romano el 6 de mayo, su fiesta fue fijada para el 27 de marzo por el Pontífice León Xlll, quien el l9 de agosto de l890 proclamó a Juan Damasceno Doctor de la Iglesia, y extendió su culto a la cristiandad entera.


OBRAS

Exclusivamente teólogo, Juan Damasceno abordó todas las ramas de esta ciencia: y, el primero en la Historia, elaboró una síntesis del dogma católico, refutando a la vez las herejías que lo habían atacado en diversos puntos.

“Fuente del Conocimiento”, una de las últimas en cuanto a fecha, es la obra más importante del Santo Doctor. En el prefacio el autor declara no ser sino un eco: de hecho es el eco de los grandes teólogos que lo han precedido, y su originalidad consiste en armonizar todas sus voces.

Después de una Introducción a la vez filosófica e histórica, la obra se divide en tres partes:

1. “Dialécta”.—Serie de definiciones filosóficas tomadas de los antiguos, ora filósofos como Aristóteles y Porfirio, ora padres de la Iglesia.

2. “Libro de las herejías”.—Lista de l08 herejías que hasta entonces había surgido: 80 según el Panarion de San Epifanio, y las demás según Teodoreto, Leoncio de Bizancio, San Sofronio; y luego un examen más personal del Islam, del Iconoclasmo y de los Aposquitas.

3. “Exposición de la fe ortodoxa”.—Partre fundamental de la obra, dividida por el autor mismo en cien capítulos, originalmente repartida enla Edad Media en cuatro libros, sin duda para la comunidad del estudio. El plan general sigue los artículos del Símbolo de Nicea. En los Padres Griegos en donde el Damasceno abreva su información: en Dionisio Areopagita en cuanto a los atributos de Dios; en Gregorio de Nazianzo en cuanto a la cuestión trinitaria; en Leoncio de Bizancio y Máximo el Confesor en materia cristológica; y luego, en muchos pasajes, en los grandes Doctores Orientales: Atanasio, Basilio, Gregorio de Nisa, Juan Crisóstomo, Cirilo de Alejandría, Cirilo de Jerusalén.

“Introducción elemental a los dogmas” es un tratadito filosófico, cronológicamente anterior a la “Fuente del Conocimiento” y que preludia ya la “Dialéctica”.

“Tratado de la segura doctrina”, profesión de la Fe Católica, compuesta por Juan Damasceno a petición de un cierto Elías, obispo maronita, convertido de la herejía monotelita.

“De la Santísima Trinidad”, resumen, en forma de diálogo, de la teología sobre Dios, la Trinidad y la Encarnación.

“Exposición y declaración de la Fe”, conjunto de verdades fundamentales del catolicismo y oración ardiente pronunciada por Juan Damasceno el día de su Ordenación sacerdotal.

Polemista tan esclarecido como vehemente, San Juan Damasceno ataca todos los errores de su tiempo:

“Contra los Nestorianos”, dos tratados que demuestran por la Escritura y el Símbolo de Nicea la divinidad de Cristo y la unidad de su Persona.

“Contra los Jacobitas”, dos tratados igualmente para subrayar la contradicción de los “acéfalos” y “monofisitas”, que aunque reconociendo en Cristo la unión sin confusión de la Divinidad y la Humanidad, se negaban sin embargo a afirmar en El dos naturalezas distintas. También a ellos les reprocha el conceder a la filosofía pagana una demasiado grande autoridad, hasta querer hacer de Aristóteles un decimo-tercer apóstol (Cont. Jacob, X).

“De las dos voluntades y de las dos operaciones en Cristo, y de otras propiedades en que aparecen las dos naturalezas en una sola hipótasis”, dirigida contra la herejía monotelita e inspirada en San Máximo.

“Discusión de Juan el Ortodoxo con los maniqueos”: dos diálogos de importancia desigual en los que los argumentos de una alta metafísica sobre la presciencia divina y la predestinación refutan el viejo maniqueísmo y su forma más reciente, el paulicianismo.

“Diálogo entre un cristiano y un sarraceno”: controversia con los musulmanes que prepara lo que San Juan Damasceno desenvuelve con mayor amplitud en el “Libro de las herejías”.

“Los dragones y las hadas”: refutación de supersticiones populares y explicación de ciertos fenómenos naturales, especialmente del rayo.

“Discursos apologéticos contra los que rechazan las sagradas imágenes”. Tres discursos sobre el mismo tema, pero proporcionando el segundo nuevos esclarecimientos al primero, y el tercero nuevos desarrollos al segundo. Prueba de que el Santo Doctor había tomado a pecho esta cuestión. De hecho su nombre ha quedado ligado a la historia de la lucha contra el iconoclasmo.

“Los paralelos sagrados” (originalmente “los textos sagrados). Es una especie de antología escrituraria y patrística de sentencias morales aplicables en la vida cristiana, base de lasmás sólidas de un tratado de ascética y de mística. Un primer libro habla de Dios, de sus Atributos, de la Santísima Trinidad; el segundo trata del hombre y de la vida humana; el tercero pone en paralelo las virtudes y los vicios. Un cuadro, compuesto por autor mismo, permite reunir rápidamente los pensamientos que se refieren al mismo tema.

“Los ocho espíritus del mal”: opúsculo destinado a los monjes para indicarles los principales vicios que deben combatir: la gula, la lujuria, la avaricia, la tristeza, la cólera, la pereza, la vanagloria y el orgullo.

“las virtudes y los vicios del alma y del cuerpo”: breve análisis psicológico de los estados y de las variaciones de la vida humana.

“los ayunos sagrados”: Carta dirigida a un monje para tratar de dirimir un conflicto suscitado en el monasterio a propósito de la duración y del rigor de la cuaresma.

En exégesis, el Damasceno no dejó sino un comentario a las Epístolas de San Pablo: comentario que está tomado en gran parte de autores anteriores: San Juan Crisóstomo, San Cirilo de Alejandría, Teodoreto.

Trece discursos son modelos de la elocuencia de Juan Damasceno: algunas Homilías sobre episodios evangélicos, un sermón para la Natividad y tres para la dormición de la Santísima Virgen; un panegírico de San Juan Crisóstomo y otro de Santa Barba. Siempre llenas de doctrina, sus predicaciones son notables por la originalidad de la forma y la perfección de los términos.

En fin, San Juan Damasceno es el autor de diversas poesías litúrgicas compuestas para las grandes fiestas: Navidad, Epifanía, Pascua, Ascensión, Pentecostés, Anunciación, Dormición de la Santísima Virgen, oración eucaristía, oficio de funerales. Estos himnos se cantan todavía en la Iglesia giega.

Con razón se considera a San Juan Damasceno como autor de la primera “Suma Teológica”. No porque esta Suma sea completa; pero la abundancia de las citas tomadas de Padres y el ordenamiento personal que de ellas hace constituye una síntesis impresionante de los problemas estudiados por la teología.

Las fuentes de la Revelación son los libros divinamente inspirados y la tradición no escrita.

Toda la Escritura, Antiguo y Nuevo Testamentos, es inspirada por Dios: “Moisés, los profetas, los Evangelistas y los Apóstoles por el Espíritu Santo han hablado” (De la Fe Ortodoxa lV, l7). En cuanto al Antiguo Testamento, Juan Damasceno cita pura y simplemente la lista establecida por San Epifanio, lista incompleta por consiguiente. A propósito de los libros deuterocanónicos, hace esta reflexión: “libros excelentes, pero que no se toman en cuenta porque no estaban dentro del Arca”.

Después viene la enumeración de los libros del Nuevo Testamento: “Los Apóstoles han transmitido muchas cosas que no han sido escritas” (id, lV, l2). El Damasceno le concede a la tradición una autoridad igual a la de la Escritura: aun parece poner a los Padres y a los Doctores en el mismo rango que a los Profetas y los Apóstoles. Sin embargo, establece una distinción: al “coro de los Padres”, y por lo tanto al magisterio de la Iglesia tomado en su conjunto es al que debe atribuirse la inspiración, no cada Padre en particular, porque “una golondrina no hace verano” (Sobre las imágenes, l, 25). En la divina revelación hay una progresión: en particular las fórmas doctrinales se precisan poco a poco, y “anatematizamos a los que no quieren aceptar los términos nuevos” (De las imágenes, lll, 2). La Fe no es sino la adhesión a la enseñanza divina, “un asentimiento sin búsqueda indiscreta y curiosa” (De la Fe Ortodoxa, lV, l0, ll).

La Iglesia es Una, Santa, Católica y Apóstolica. Es una Madre, bellísima y sin defecto. Reunida en concilio ecuménico “es infalible, y sus decisiones vienen de Dios” (Declaración de la Fe, l2; De las herejías, 6).

“No aceptaremos que se enseñe una fe nueva. Porque de Sión es de donde saldrá la Ley, y de Jerusalén la palabra del Señor, según el oráculo del Espíritu Santo. . . Si vemos que se obstinan en opiniones perversas ---no lo permita el Señor--- entonces procederemos a la excomunión” (Sobre las imágenes, l).

La Iglesia es distinta e independiente del Estado. “A los concilios y no a los emperadores les pertenece el decidir sobre las cosas eclesiásticas. No es a los emperadores a quienes se concedió el poder de ligar y desligar, sino a los apóstoles y a sus sucesores, pastores y doctores. A los emperadores les pertenece la acertada gestión de los negocios públicos, pero a los pastores y a los doctores les pertenece el gobernar la Igleisa. Yo no permito que los decretos imperiales gobiernen a la Iglesia: ella tiene su ley en las tradiciones de los Padres, escritas y no escritas” (De las imágenes, l-lll).

La Iglesia es una sociedad jerárquica. Si los fieles están sometidos a los pastores, herederos de los apóstoles, es porque éstos no son sino los intermediarios por los cuales Cristo, Pontífice Supremo, ejerce su sacerdocio y su autoridad (Carta a Cosmas).

La Iglesia es una sociedad monárquica, condición del mantenimiento de su unidad en el orden y la paz. La poliarquía es fuente de divisiones, de rivalidades y muy pronto lo es de anarquía. Pedro es el Jefe de la Nueva Alianza, como Moisés lo era de la Antigua. Es él quien tiene las llaves del reino de los cielos (Homilia sobre la Transfiguración, 2-6).

El Papa es “el buen pastor del rebaño de Cristo que representa su Supremo sacerdocio”, el Patriarca de Jerusalén mismo no es sino una de las ovejas confiadas al sucesor de Pedro (Sobre la Transfiguración, l6).

La existencia de Dios se prueba con argumentos racionales: I) La contingencia de las creaturas: lo que no existe por sí mismo supone una causa; 2) la conservación y el gobierno del mundo; 3) el orden que reina en el universo (De la Fe Ortodoxa l, 3).

El Dios creador y dueño de todas las cosas es único. Puesto que es perfecto no tiene igual; puesto que es inmenso, no deja lugar a ninguno otro: tal unidad la proclama la armonía del universo; y la pluralidad de las creaturas mismas exige la unidad del Creador (Diálogo contra los Maniqueos).

Investigando la etimología del término griego Theos”, que designa a Dios, San Juan Damasceno encuentra cuatro diferentes que según él corresponden a diversos atributos: l) Dios es el que es, y por lo tanto el autor y el ordenador de todas las cosas; 2) Dios es el que circula sin cesar, presente en todas partes a la vez; 3) Dios es el que ve, testigo de todos los acontecimientos; 4) Dios es el que quema, fuego que consume el mal, o ardiente flama de amor (De la Fe Ortodoxa l, 9).

Invisible e inconocible para quien no sea El mismo, Dios, esencialmente y comunicativo, no quiere sin embargo dejarse ignorar totalmente de los hombres. Se les manifiesta de doble manera: por la creación y el gobierno del universo, y luego por la revelación positiva (De la Fe Ortodoxa l, I).

El hombre que mejor le conviene a Dios es El que Es, que expresó El mismo ante Moisés: el Ser, el Ser en toda su plenitud. Dionisio lo llama “el Bueno”; pero esto es equivalente, por no ser nunca la bondad sino la expansión y la manifestación del ser perfecto (De la Fe Ortodoxa I, 9).

Se anuncian secesivamente los atributos divinos: la incorporeidad, la simplicidad, la inmensidad. Y luego la operación de Dios, Causa universal no sólo de la existencia sino de toda actividad de las creaturas, a la manera del rayo de sol que comunica su luz y su calor sin perder nada de ellas y permanece independiente de las cosas que vivifica (De la Fe Ortodoxa, l, l0-l2).

La ciencia de Dios es universal. Puesto que es causa de todo, le están presentes los acontecimientos,aun los frutos, como al arquitecto el plan del edificio antes de construirlo (De la Fe Ortodoxa, l, 9). ¿Cómo se concilia esta presciencia divina con la libre elección de actos posibles para algunas creaturas? Recordando primeramente que la razón humana no podría tener la pretensión de explicar lo que la excede, San Juan Damasceno “posee los dos cabos de la cadena”, como diría Bossuet: “Dios es causa de todo el ser, y por lo tanto de todo el bien que existe en las creaturas, pero en el caso del acto libre la iniciativa de la falta no es imputable sino a la creatura. El es el autor de los vasos de honor y de los vasos de ignominia; pero que uno sea digno de honra y el otro de desprecio, depende de cada quien” (Contra los Maniqueos, 77-79; De la Fe Ortodoxa, ll, 93).

Dios es todopoderoso: puede todo lo que quiere, pero no quiere todo lo que puede. Así, podría aniquilar al mundo y crear otro; pero no quiere tal cosa (De la Fe Ortodoxa, l, l4).

La Trinidad es un misterio. Las comparaciones y analogías que se emplean para explicarlo no podrían dar una idea exacta de ella (De la Fe Ortodoxa, lll, 26). Sin embargo, la revelación de este misterio refuta a la vez las teorías judía y pagana: no hay sino un solo Dios, y no muchos; y sin embargo, ese Dios no es un solitario, puesto que comprende Tres Personas (De la Fe Ortodoxa lll, 26). Como Dios es espíritu ¿no conviene que exprese El un Verbo, y que este Verbo tenga su soplo? (De la Fe Ortodoxa, l, 6-7).

“La persona, en Dios, es el modelo sin comienzo de cada substancia eterna” (Dialect. 66). Las Tres personas son realmente distintas aunque inseparables. Se compenetran mutuamente, pero sin mezcla ni confusión (De la Fe Ortodoxa l, 8-l4). Cada una de las Tres Personas se identifica con la esencia divina que no podría ser dividida: por lo tanto cada una es un Dios perfecto y cuanto pertenece a la naturaleza divina como tal ----atributos, ciencia voluntad, operación----, es común a las tres Personas (De la Fe Ortodoxa, l, 8).

Los nombres de las tres divinas Personas son: Padre, Hijo y Espíritu santo. Sus propiedades respectivas son: en cuanto al Padre, la innacibilidad y la paternidad; en cuanto al Hijo, la filiación; en cuanto al Espíritu Santo, la procesión. “Sabemos que hay una adiferencia entre la generación y la procesión pero ignoraamos totalmente en qué consiste esa diferencia (De la Fe Ortodoxa, l, l3). Partiendo del Padre, el moviemiento de la vida divina se prosiguen hacia la diada, hasta la triada” (Himnos, Trisagio). El Espíritu está unido al Padre por el Hijo; es la imagen del Hijo, como el Hijo es la imagen del Padre (De la Fe Ortodoxa, 6). “El Espíritu Santo es el soplo de la boca del Hijo” (Homilía sobre la Transfiguración). “El Padre es la fuente, el Hijo es el río, el Espíritu Santo es el mar; y esas tres cosas ---la fuente, el río y el mar--- son una sola naturaleza. El Padre es la raíz, el Hijo es la rama, el Espíritu Santo es el fruto: y en los tres la misma vida. El Padre es el sol, el Hijo es el rayo, el Espíritu Santo es el brillo” (Epístola sobre las herejías).

Dios es el Creador, Dios crea pensando; su pensamiento pone la obra, que el Verbo completa y que el Espíritu Santo acaba. . . Por su voluntad lo ha traído todo a la existencia. Así es que la cración no es eterna: lo que sale de la nada tiene un comienzo. Y el motivo que ha llevado a Dios a crear es su bondad: ha querido hacer participar a otros seres en su Ser y en su Bien (De la Fe Católica, l, 8; ll, 2).

Dios creó primeramente a los ángeles, espíritus puros; luego la naturaleza material; y en fin al hombre, compuesto de espíritu y materia. Acabada la creación desde entonces, las creaturas avolucionan y se desenvuelven conforme a las leyes que les han sido impuestas desde su origen (Discusión de un cristiano con un sarraceno).

Los ángeles son espíritus, y por lo tanto incorpóreos, inteligentes y libres, inmortales. No son inmutables, pudiendo modoficar su estado al ejercer su libertad: sin embargo, la elección que hacen es irrevocable, por razón de su naturaleza totalmente espiritual. Por lo cual, ángeles buenos y ángeles malos están para siempre fijos en la condición que deliberadamente escogieron. Perpetuamente en movimiento, no están en todas partes a la vez, cosa que es el exsclusivo privilegio de Dios, sino donde obran momentáneamente. Difieren entre sí según el grado de iluminación que reciben de Dios, y los más elevados iluminan a los de un rango inferios. En pos del Areopagita, Juan Damasceno clasifica a los ángeles en tres órdenes, cada uno de los cuales comprende tres categorías, o sea en total nueve coros (De la Fe Ortodoxa, l, l3; ll, 3).

Los ángeles buenos, elevados al estado sobrenatural, están en el Cielo, donde contemplan y adoran a Dios, pero son también sus subalternos en el gobierno del mundo (De la Fe Ortodoxa, ll, 3).

Los ángeles malos, cuyo número es incalculable, se volvieron tales, e irremediablemente, por su revuelta contra Dios. “Lo que es la muerte para los hombres, la caída lo es para los ángeles”. “Su castigo no es sino el fuego del deseo del mal, y la quemadura de un deseo jamás saciado”. Por su naturaleza pueden conjeturar y predecir el porvenir; pero son trapaceros y tratan de engañar. También pueden sugerir a los hombres el mal y el error; son ellos los primeros responsables de las herejías. Sin embargo, no pueden violentar nuestra voluntad (De la Fe Ortodoxa, ll, 4-36).

Gracias a su compleja naturaleza, el hombre, compuesto de espíritu t materia, es un “microcosmos”, un resumen del mundo (De la Fe Ortodoxa, ll, l2). Mientras que el cuerpo está hecho de los cuatro elementos, el alma es incorpórea, racional, inteligente y libre; anima un cuerpo orgánico y perecedero, pero ella es inmortal. Por ella es por los que el hombre está hecho a la imagen de Dios (De las dos voluntades, l5-l8).

En el estado del primer hombre al salir de las manos de Dio, el Damasceno cuida de distinguir la naturaleza humana en su integridad; luego los dones propiamente sobrenaturales, o la participación en la vida divina por la gracia; en fin, los privilegios preternaturales, como la impasibilidad y la inmortalidad. Los gón en la vida divina por la gracia; en fin, los privilegios preternaturales, como la impasibilidad y la inmortalidad. Los gérmenes de la virtud los deposita el Creador en el alma humana, pero para hacerlos crecer y fructificar necesita el hombre sin cesar del socorro divino. La Gracia era constante en Adán, no sólo para mantenerlo en práctica del bien, sino para procurarle por añadidura el bienestar completo, la exención de todo sufrimiento y de toda concupiscencia: en pos de muchos padres griegos, el Damasceno llega hasta decir que si Adán no hubiese pecado, habría ssido dispensado del conturbador acto de la generación carnal, pues Dios habría encontrado otro medio de multiplicar a los hombres (De la Fe Ortodoxa, ll, 30).

Opinión evidentemente insostenible, dictada por un exceso de pudibundez y que tiene el error de estar en contradicción formal con el texto bíblico: fue antes del pecado cuando, habiendo creado Dios al hombre y a la mujer, les prescribió el “Creced y multiplicaos”, cosa que en el estado de justicia original debía hacerse sin ningún movimiento pasional desordenado.

Interpretando en un sentido alegórico los elementos y los episodios del Paraíso Terrenal, San Juan Damasceno afirma claramente sin embargo el pecado de naturaleza que afecta desde entonces a todas las generaciones humanas en seguida de la trangresión de Adán: “Así como en virtud de nuestro nacimiento de Adán nosotros le hemos sido asimilados, heredando de él la corrupción y la maldición, así también naciendo de Jesucristo le estamos asimilados, y de El heredamos la incorruptibilidad, la bendición y la gloria” (De la Fe Ortodoxa, lV, l3).

Aparte de la pérdida de los privilegios sobrenaturales, la naturaleza humana está profundamente herida en su espíritu y en su voluntad por la “aversión de Dios y la conversión a las creaturas” que caracteriza al pecado original: tanto que conservando su libre albedrío, no podría ella levantarse por sí misma (Homilía sobre la Higuera secada).

“La Providencia es la voluntad de Dios dirigiendo a todos los seres hacia un fin conveniente”. Por lo mismo todo designio de la Providencia es excelente y no se propone sino el bien (De la Fe Ortodoxa, ll, 2, 9).

Cuando se trata de actos libres, según San Juan Damasceno, indudablemente que Dios los prevé, pero no los predestina. Su iniciativa se las deja a las creaturas, y El mismo adapta su plan providencial a esas contingencias: “La Providencia de Dios respecto del hombre tiene por guía su presciencia” (Contra los Maniqueos 78). Todo hombre tiene el poder de hacer el bien; y con tal objeto Dios le ofrece su gracia. Pero la gracia no es ni contractiva ni eficaz por sí misma: el hombre puede aceptarla o rechazarla. Después de haber sugerido a la voluntad el hacer el bien, Dios todavía ayuda a realizarlo, de tal suerte que toda obra buena es de Dios al mismo tiempo que del hombre. Dios no abandona ni siquiera a los que rechazan su gracia: “Durante la vida presente, una Providencia incansable solicita continuamente a los pecadores a la conversión y a la penitencia” (Contra los Maniqueos, 75). Los designios de la Providencia son a veces desconcertantes; pero ¿cómo podría tener la chata razón humana la pretensión de juzgar a Dios? Y el Señor no nos ha revelado todo su plan, sino solamente lo que juzga que es útil hacernos conocer (De la Fe Ortodoxa, ll, 29; Contra los Maniqueos, 74-77).

El mal no es un ser particular, ni la obra de un principio malo. No es sino una privación del bien, privación que proviene de la imperfección de las creaturas; y elmal moral mismo no es sino una defección de la voluntad libre (Contra los Maniqueos, 96; De la Fe Ortodoxa, lV, l9-2l). De ninguna manera es Dios responsible del mal, sino de manera negativa, el el sentido de que no lo impide, anque no lo prohibe.

En la humanidad, el mal físico se desprende del mal moral: es el pecadoel que ha merecido el castigo. Castigo que por otra parte no es sino parcial y momentáneo, debiendo servir para la salvación del pecador las pruebas y los sufrimientos de esta vida (De la Fe Ortodoxa, ll, 29; lV, l9; Contra los Maniqueos, 79-82).

Si Dios, por otra parte, permite el mal y crea seres capaces de pecar, se debe a que El mismo es capaz de sacar el bien del mal; y el pecador, en definitiva, sirve para hacer brillar la bondad divina en la misericordia.

¿El temor del mal posible tendría que impedir al Creador el producir el bien manifiesto que es la existencia de una creatura racional y libre? (Contra los Maniqueos, 32-34, 69).

En previsión de los méritos o de la culpabilidad de cada quien ----dice todavía el Damasceno---- Dios pronuncia su decreto de predestinación que designa respectivamente a los elegidos y a los réprobos. La bondad de Dios no falla; porque a la vez procura a los justos los medios de hacer el bien y no abandona a los malos sino después de haber hecho lo necesario para tocarlos, y cuando ellos mismos se muestran obstinadamenteirreductibles (Contra los Maniqueos, 74). “Así es que esforcémonos por hacer el bien y llegar ser buenos, a fin de que seamos del número de los que han sido conocidos de antemano como buenos y predestinados a la vida eterna” (De la Fe Ortodoxa, lV, l9, 79).

“Debemos saber que la virtud es dada por Dios a la naturaleza humana y que El mismo es el principio y la causa de todo bien. Sin su ayuda nos es imposible querer o hacer el bien. Pero de nosotros depende tanto el permanecer en la virtud y seguir a Dios que a esto nos solicita, el alejarnos de la virtud y seguir al diablo que nos provoca, sin hacernos sin embargo violencia” (De la Fe Ortodoxa, ll, 30; De las dos voluntades, l9).

“Dios da a la ley de nuestro espíritu la fuerza para luchar contra la ley de nuestros miembros. Esa fuerza la obtenemos por la oración pero es todavía el Espíritu Santo el que nos enseña a orar. Sin la paciencia de la oración, que en nosotros son obras de la Gracia, nos es imposible cumplir los Mandamientos del Señor” (De la Fe Ortodoxa, lV, 22). Tanto es así que en nuestra parte en la obra buena no impide que haya que referirla toda entera a Dios (De los ocho espíritus de perversión).

Si la Fe sin la obras es una fe muerta, las obras sin la Fe son también obras muertas (Elogio de San Juan Crisóstomo, 5; Comentario sobre la epístola a los Filipenses, lV, 8; Homilía sobre la Higuera que fue secada, 6).

San Juan Damasceno es sobre todo el teólogo de la Encarnación.

El motivo profundo de la venida del Verbo de Dios al mundo no es sino la restauración de la naturaleza humana degradada por el pecado. Motivo y medio sublimes que han hecho brillar a la vez el poder, la sabiduría, la justicia y la bondad del creador (De la Fe Ortodoxa, lll, l-2; lV, 4).

¿Por qué, las Tres Personas de la Santísima Trinidad, es el Hijo el que se encarnó y no el Padre o el Espíritu Santo? Porque es a El a quien corresponde la propiedad hipostática de filiación. Convenía que quien era Hijo del Padre Celestial fuese igualmente hijo de la Virgen (De la Santísima Trinidad, l).

A fin de establecer los dogmas de la Trinidad y de la Encarnación, el Santo Doctor comienza por precisar los conceptos de naturaleza y de persona que permiten justificar las destinciones misteriosas enseñadas por la Revelación en la noción del verdadero Dios y en la del Verbo encarnado. Gozándose en las sutilezas metafísicas, no teme llamar “unión hipostática” a la unión en el hombre de dos elementos diferentes, el alma espiritual y el cuerpo material, de los que ninguno por sí solo puede pretender constituir la naturaleza humana, pero que subsisten en una única persona o hipóstasis. Luego traspone esta noción a la Unión hipostática propiamente dicha en la que la Unica Persona del Verbo divino hace subsistir a Cristo. Y subraya entonces los caracteres esenciales de la unión hipostática: l) unidad de la hipóstasis; 2) persistencia de las dos naturalezas unidas, conservando cada una sus propiedades sin cambio ni confusión; 3) indestructibilidad de tal unión, gracias a la unidad de la Persona (Dialéctica, l6; De la Fe Ortodoxa, lll, 3).

“Al consentirlo la Virgen, el Espíritu Santo descendió sobre Ella para purificarla, hacerla capaz de recibir al Verbo y de ser su Madre. La Virtud y la Sabiduría subsistente del Altísimo, esto es, el Hijo de Dios consubstancial al Padre, la cubrió con la sombra, y de su substancia purísima se formó una carne animada por una alma racional, y esto por vía de creación inmediata, y por la operación del Espíritu Santo. La forma del cuerpo así creada no se constituyó por crecimientos progresivos: sino que ese cuerpo adquirió de golpe su configuración perfecta. El Verbo de Dios mismo sirvió de hipóstasis a la carne; porque esta no es una carne previamente subsistente que al Verbo se haya unido; sino que en el momento en que la carne fue creada y animada por un alma racional, fue la carne del Verbo de Dios. Por lo cual tenemos, no un hombre deificado, sino un Dios encarnado. El que ya era por naturaleza Dios perfecto vino a ser igualmente por naturaleza hombre perfecto. No sufrió El cambio en su naturaleza; tampoco se presentó como un fantasma humano; sino que a la carne que tomó de la Virgen se le unió según la hipóstasis, sin confusión ni separación. Tampoco se hizo una nueva naturaleza compuesta de las dos anteriores, la divina y la humana” (De la Fe Ortodoxa, lll, 2; l2; Contra los Jacobitas, 79-85; Contra los Nestorianos, 43).

La unión hipostática es por sí misma indestructible; no ha sido interrumpida ni durante la muerte de Cristo (Homilía para el sábado santo, 20).

A los herejes que le preguntaban si en definitiva es creada o increada la Persona de Cristo el Damasceno les resume la cuestión de esta manera: “La única hipóstasis del Verbo es increada, en razón de su divinidad, y creada en razón de su humanidad; porque debemos evitar dos escollos: o dividir la única Persona de Cristo o negar la distinción de sus dos naturalezas” (De la Fe Ortodoxa, lV, 5).

Puesto que Cristo es verdaderamente Dios, la virgen María, su Madre, es verdaderamente Madre de Dios, porque la generación se refiere a la persona y no a la naturaleza; la hipóstasis es lo engendrado (De la Fe Ortodoxa, lll, l2; lV, 7).

Puesto que la unión hipostática respeta la integridad de las dos naturalezas unidas, cada una de ellas conserva por lo tanto intactas sus propiedades, facultades y operaciones.apoyándose en la misma distinción entre Persona y naturaleza, combate el Demasceno a los “monotelitas”, partidarios de una sola voluntad en Cristo. La energía, dice él, se desprende de la naturaleza; por razón de su naturaleza es por lo que cada ser está dotado de energía que conviene a la naturaleza humana. Puesto que Cristo posee una naturaleza humana completa, obra en virtud de la voluntad humana, aunque ésta concuerde con la energía propia de la naturaleza divina, voluntad libre igualmente, en la única Persona del Verbo (De las dos Voluntades 26-27).----“Cristo no realizaba las acciones humanas de una manera solamente humana, porque no era un puro hombre. Igualmente no se entregaba a operaciones divinas como Dios tan solo, porque no era solamente Dios. . . La divinidad hacía milagros, pero la humanidad era su instrumento. La humanidad sufría, pero laa divinidad hacía redentores esos sufrimientos. Esta era la operación “teándrica” de que había hablado San Dionisio (De las voluntades, 42, 43).

También en razón de la unión hipostática la ciencia humana de Cristo fue entera desde el primer instante de su conceoción, esclareciendo la luz del Verbo la inteligencia humana acerca de todo lo que ésta debía conocer. Lo que se llama progreso, dado el caso, no concierne sino a la manifestación de un saber adquirido desde siempre (De la Fe Ortodoxa, ll, 28; lll, l4, 2l-22). Aún más, el almachumana de Cristo gozaba permanentemente de la visión beatífica (Homilía sobre la transfiguración, l2; De la Fe Ortodoxa, lV, l8).

Aunque tomó la naturaleza humana “excepto el pecado”, Cristo conoció sin embargo las debilidades y sufrimientos que son la consecuencia del pecado: fatiga, hambre y sed, mordeduras de los elementos, etc. . .; y luego las pasiones del alma: angustia, temor, tristeza (De la Fe Ortodoxa, lll, 20-28). Como no tenía pecado, exento de la deuda común, Cristo pudo hacerse nuestro Redentor: “Hemos sido liberados el día en que el Hijo de Dios, verdadero Dios, sufrió en la carne que había tomado y pagó por nosotros un rescate adecuado y admirable, su propia sangre, que aplacó al Padre”. Al atacar al inocente, el demonio y la muerte perdieron sus derechos sobre los culpables (De la Fe Ortodoxa, lll, l8, 27; Himilía para el Sábado santo, 25, 36).

La Virgen María es presentada por San Juan Damasceno como el “adversario de la rebelión original”, “el ornamento de la especie humana” y “la gloria de toda la creación” (Homilía sobre la Natividad, 7, 8; Sobre la Dormición, 2). Ella fue inmaculada en su concepción, y conservó intacta su virginidad al convertirse en Madre de Cristo y Madre de Dios (De la Fe Ortodoxa, lV, l4). Asociada a la obra redentora de su Divino Hijo, lo siguió hasta el Calvario, donde su corazón fue tranpasado por la espada. Luego, después de haberle sobrevivido pocos años, pasó ella por la muerte y por la tumba a fin de parecérsele también en esto; pero, como El, no conoció Ella la corrupción. Resucitada al tercer día después de su dormición, fue elevada al cielo, donde está sentada al lado de Cristo, por encima de los ángeles, y prosigue supapel de corredentora por su meditación universal de toda gracia (Homilía ll, sobre la Dormición, 4-8-l2).

Ardiente defensor del culto de los Santos, de sus reliquias y de sus imágenes, San Juan Damasceno funda esta veneración y la limita a la vez, explicando que lo que honramos en los Santos son en suma los dones de Dios que han hecho de ellos los hijos del Padre celestial, los amigos y los hermanos de Cristo, los templos del Espíritu Santo. Muy lejos consiguientemente, de usurparle algo a Dios, este culto le rinde un nuevo homenaje a su poder y a su bondad (De las Imágenes, lll, l0, 33; De la Fe Ortodoxa, lV, l5). Evidentemente, el querer representar a Dios, puro Espíritu, invisible e incircunscrito, sería “el colmo de la demencia y de la impiedad”. Pero aunque la Ley proscribe los ídolos, o falsos dioses, autoriza otras representaciones, las de los ángeles por ejemplo. Por lo demás, en la Ley Nueva, el Verbo de Dios, tomando una naturaleza humana, ¿no nos autoriza implícitamente a hacer de ella representaciones visibles? Si los iconoclastas tenían razón, ¿quería decir por lo tanto que la Iglesia se había equivocado hasta entonces?. . . ¿Cómo no comprenden que el culto no se dirige a la imagen misma como objeto material, sino a la persona representada, y que la imagen permite solamente evocar de manera más sensible?

El culto de adoración se le reserva a Dios, Creador y Dueño supremo de todas las cosas; pero las creaturas merecen respeto y veneración en la proporción misma en que están próximas a El (Del Culto de los Santos), o bien en la medida en que contribuyen ellas a acercarnos a El (de aquí el culto de las imágenes y de los símbolos) (De las Imágenes, l, 2l; lll, 27-40).

La doctrina sacramental de San Juan Damasceno se limita casi exclusivamente al Bautismo y a la Eucaristía.

Figurando por las purificaciones de la Antigua Ley, en particular por la Circuncisión, el bautismo de la Nueva Ley nos hace efectivamente hijos de Dios. Por estar el hombre compuesto de cuerpo y alma necesita una doble purificación, operada por el agua y por el Espíritu Santo. La invocación de las Tres Divinas Personas, “la epiclesis”, es indispensable, porque es la Trinidad quien da y conserva al hombre su ser sobrenatural. La triple inmersión representa los tres días de la muerte de Cristo. Requiere muy sincero arrepentimiento de los pecados; y la Gracia que confiere es proporcionada a las disposiciones del sujeto. Pero su eficacia es independiente de la dignidad del ministro (De la Fe Ortodoxa, lV, 9-l0). El “carácter” impreso por el Bautismo al mismo tiempo que por la Confirmación que parece serle inseparable, está muy claramente indicado: “Estamos unidos a Cristo por la Fe, por la obediencia y por la marca que se agrega a la Fe y que es una asimilación a Cristocon una participación en el Espíritu Santo” (Id. Vl, 30).

La Eucaristía es el don supremo del amor divino, y el alimento apropiado de los hijos de Dios. No hay la menor duda de que contiene el Cuerpo de Cristo, el mismo que nació de la Virgen. La transubstanciación, cambio total del pan y del vino en el cuerpo y en la sangre de Cristo, es lo que asegura esa presencia desde el momento en que el sacerdote pronuncia las palabras de la consagración: “la carne de Dios viene del trigo; su sangre viene del vino en virtud del cambio operado por las epiclesis” (Homilía sobre el Sábado santo, 35).

La Eucaristía es también un sacrificio, “la hostia pura e incruenta ofrecida en todo lugar el Señor”, anunciada por el Profeta Malaquías. Se llama “participación” porque gracias a ella participamos en la divinidad; o “comunión”, porque nos pone efectivamente en comunión con Jesucristo y con nuestros hermanos que constituyen el Cuerpo Místico de Cristo (De la Fe Ortodoxa, lV, l8).

Tratando de las postrimerías, San Juan Damasceno llama a la muerte induvidual “consumación universal y final”. Porque, en efecto, la muerte es seguida de inmediato por un juicio particular irrevocable que fija al alma para siempre en el estado en que está se encuentra en el momento en que sale el cuerpo. “El alma del Justo es inundada con la luz de la Santísima Trinidad en compañia de los santos ángeles, mientras que el alma del pecador desciende a las oscuras prisiones del infierno, para sufrir allí el castigo merecido, y esto por la eternidad” (De la Fe Ortodoxa, ll, 2-4; Homilía, l, sobre la Dormición, ll-l2; Contra los Maniqueos; 37; Panegírico de Sta. Barba, l8).

El fuego del infierno y el gusano roedor que se deben entender en un sentido metafórico, cuando se trata de los tormentos de los demonios y de las almas separadas, designan sin embargo torturas corporales después de la resurrección y del juicio final (Contra los Maniqueos, 36-75; De la Fe Ortodoxa, lV, 27).

La recomendación de orar por los muertos y la composición de himnos que imploren por ellos el reposo eterno son reconocimientos harto explícitos de la existencia del purgatorio (De las Herejías 75; de los Ayunos sagrados, 4).

La Resurrección, “segunda erección de lo que estaba caído”, o reconstitución de los hombres tocados por la muerte, no es imposible para la omnipotencia de Dios; conviene para el triunfo de su Providencia y de su Justicia; está expresamente anunciada por la Escritura, en particular por l, Cor. 15.

(fuente: www.mercaba.org)

martes, 3 de diciembre de 2013

03 de diciembre: San Francisco Javier

SAN FRANCISCO JAVIER
Presbítero
(1506-1552)
Sacerdote Jesuita (S.J)

Una infancia turbada por inquietudes guerreras entre los austeros muros del castillo navarro de Javier, «aquel palacio que—como dirá su pariente Martín de Azpilcueta—estaba ya en pie antes de Carlomagno». Aunque hombre de letras, su padre Juan de Jassu, partidario de Labrit, toma parte en la guerra que ensangrienta su país en los primeros años del siglo XVI. Pero la causa de Labrit está perdida: el duque de Alba entra en Navarra; los franceses son vencidos en Noaín; en Pamplona se aclama rey a Fernando el Católico, y las piedras gloriosas del castillo de Javier caen demolidas, para que la conspiración no pueda esconderse detrás de ellas. Los Jassu se someten al destino, y destruidos sus sueños bélicos, al mismo tiempo que sus viejas almenas, se entregan al cultivo de sus tierras señoriales.

Entre estos sobresaltos crece el sexto de los hermanos Francisco de Jassu y Azpilcueta. «Era—dice otra vez el doctor navarro—un adolescente dulce, amable, gracioso, alegre y hasta juguetón, de una singular penetración de espíritu, curioso de saber, ávido de sobresalir en todo lo que hace al perfecto gentil hombre, lo cual le ganaba el cariño de los suyos y cautivaba a cuantos le veían: peligro terrible, cuyas consecuencias pudo evitar gracias a su natural reserva y a un pudor virginal.» El ansia de saber fija su vocación. Más que las armas, causa de sus desastres familiares, ama los libros. Quiere ser letrado, como su padre, y a los diecinueve años deja la vieja morada feudal, que no volverá a ver y soñando laureles literarios, se presenta en la Universidad de París, y en el colegio de Santa Bárbara trueca las calzas y el jubón de gentilhombre por la larga veste y el ceñidor de cuero de los escolares.

Después, la vida dura del colegio: levantarse a las cuatro de la mañana, misa diaria, férula, estudio y lecciones sobre hatos de paja, los dos recreos de cada semana, y, de cuando en cuando, banquetes de maestros, flautas, guitarras, rondas, minervales y saturnales, en que los ímpetus contenidos curren sin freno, y cuando se puede burlar el ojo de Polifemo, el vigilante, salidas nocturnas, juergas y aventuras. Francisco—lo confesará él más tarde—acompaña a sus amigos algunas veces, pero el horror de vergonzosas enfermedades le protege. Un instinto superior le libra también del contagio de las novedades doctrinales. Las disputas de Alemania acaloran también a los profesores de la Sorbona; y más de una vez el joven navarro se cruzó en los corredores del colegio con la figura adusta de Calvino. Todo su afán es saber, brillar, dominar. Es fastuoso y espléndido, pero con frecuencia su bolsa está vacía, y más de una vez viene a sacarle de apuros un estudiante de su tierra, entrado en años, de aspecto miserable, a quien los colegiales llaman «el peregrino». Es San Ignacio.

Javier acepta el dinero de Loyola, pero no su dirección. El colegial que tiene más influencia sobre su espíritu es su compañero de cuarto. Es hijo de un labriego saboyano y se llama Pedro de Fèvre: joven discreto, modesto, estudioso, incapaz de ejercer otra influencia que la del ejemplo. Sin la compañía de este estudiante, aquellos años, que Francisco llamaba de su libertinaje, hubieran sido peores. A los veinticinco años, ya maestro en teología, empieza a enseñar a su vez, y en su celda de Santa Bárbara viene a introducirse un nuevo huésped. Es aquel estudiante casi cuadragenario, de mediana estatura y de espaciosa frente, que cojea un poco de la pierna derecha: es Ignacio. El de Javier le mira con desconfianza y también con un poco de desdén, pero no puede menos de sentir su autoridad. Aquel hombre con apariencias de pordiosero es un propagandista formidable. Le Fèvre se rinde rápidamente; será el P. Fabro. Francisco deja su tono burlón del principio, empieza a conmoverse, a comprender, pero sigue resistiendo. «Es una de las masas más duras que el fundador ha tenido en sus manos.» Ignacio no se desalienta: camina paso a paso, seguro del triunfo. Sabe que la gloria mundana posee por completo el corazón de su amigo, y se esfuerza por satisfacer aquellas ambiciones juveniles. Recluta oyentes, favorece la carrera del joven profesor, contribuye a sus triunfos; pero en el momento en que Francisco parece más satisfecho, le dice al oído: «¿De qué le sirve al hombre ganar el mundo entero, si pierde su alma?» Y Javier se dio cuenta de que aquel desharrapado era un sabio más grande que él y un señor más noble. Después de cuatro años de resistencia, se había convertido en un iñiguista fervoroso.

Viene después la emocionante escena de Montmartre (1534), que es el acta de nacimiento de la Compañía, y tras ella, aquel caminar por las rutas de Francia, de Suiza y de Italia curando por los hospitales, adoctrinando a los niños en las calles, enseñando, predicando, mendigando y matando los humos del hidalgo con las burlas y las humillaciones. Días de heroísmo y de profunda alegría interior como aquel en que el antiguo profesor, horrorizado al ver las úlceras de un apestado, vence su asco sorbiendo un chorro de pus. Y sueña ya con aventuras heroicas en tierras de paganos: en los esclavos etíopes que ha visto en Venecia, entrevé el áfrica y las Indias; una noche cree que camina con un indio a la espalda, y se despierta gritando: «Más, más.»

Sus anhelos van a realizarse. A petición del rey de Portugal, dos jesuitas van a salir para el Oriente lejano. Francisco está triste porque el fundador de la Compañía no se ha fijado en él; pero he aquí que uno de los designados cae enfermo; es preciso reemplazarle, y ahora el nombramiento recae en el antiguo profesor de París. En veinticuatro horas, Francisco hace sus preparativos: lleva una sotana, un crucifijo, un breviario y un catecismo. Acompañando al embajador de Portugal en Roma, se dirige a la corte portuguesa por su tierra española. Desde Roncesvalles envía el último adiós al castillo de su infancia, pero no puede ir a abrazar a los suyos. En Lisboa predica y confiesa, mientras se prepara la Armada. A su paso, empiezan a brotar los prodigios. Junto a la iglesia de Belén acaba de celebrarse un duelo; uno de los contendientes yace envuelto en su propia sangre y Francisco le ayuda a bien morir. Le pregunta si perdona a su adversario, y él hace con la cabeza un movimiento negativo.

—¿Y no perdonarías—pregunta el misionero—si Dios te conservase la vida?
—En ese caso sí—murmura el moribundo.
—Bueno, pues vivirás.

El 7 de abril de 1541, con el nombramiento de vicario apostólico de la India, salió Francisco de Lisboa con rumbo a lo desconocido. Aquel mismo día, treinta y seis años antes, se había abierto para él la interrogación de la vida. Trece meses de navegación. Cabo de Buena Esperanza, Mozambique. Etiopía, Socotora, Goa... Fiebres, fatigas, disgustos. «¡Oh Aquel Santiago!», decía más tarde, aludiendo a la carraca en que había hecho la travesía. Pero ya está en la capital de la India portuguesa, una pequeña Lisboa, con más especias, más oro, más mezcla de razas, más corrupción, más libertinaje y más miseria. Pernocta en el hospital, administra los sacramentos, catequiza a los niños, cuida y dice la misa a los leprosos, confiesa a los prisioneros, instruye al pueblo, busca a los pecadores; interroga a los transeúntes; habla con los marinos, los soldados, los domésticos y los esclavos. En aquella tierra de castas no hay paria cuya presencia le repugne; no hay hombre menos brahma que él; no hay camino que le detenga en su persecución de las almas. Se sienta en la mesa de los jugadores, y juega contra el diablo. Mendiga de puerta en puerta para los enfermos, se hace invitar a comer por gentes de conducta escandalosa, y con una ingenuidad despiadada prolonga la conversación, pregunta por el ama de la casa, por las demás mujeres, que seguramente, dice con suavidad, serán hermanas del huésped; por los niños, por los servidores; todo, para dejar caer unas palabras saludables sobre una conciencia dormida. Una noche la cena se prolonga, se hace tarde; Francisco ya no puede salir y le preparan una habitación. Entra en ella y pide que le traigan una de las mujeres que sirven al amo de la casa. La puerta se cierra, pero detrás de ella hay veinte orejas que escuchan: Francisco ha sacado una disciplina, y, entregando otra a la pobre mujer, empieza a flagelarse.

A los cinco meses se aleja de Goa sin más bagaje que un quitasol y un poco de cuero para remendar sus sandalias. Bordea la costa occidental de la India, divisa las lagunas del Malabar, donde se asienta Calicut, cerrada a los europeos; pasa delante de Cochín y Travancore y desembarca en el lago de Comorín. Allí, en la costa de la Pesquería, entre los indios paraveres, va a establecer sus primeras misiones. Dos años de vida dura, en un suelo implacable, entre gentes astutas, cobardes, vanidosas y que difícilmente dicen la verdad, bajo los rayos de un sol abrasador, y sin otro consuelo que la compañía de Dios. Camina a pie por mares de arena, come arroz, que él mismo condimenta con pimienta, y los días de gala, un pez y un poco de leche agridulce; pernocta en miserables chozas con los ratones, los murciélagos y las serpientes; duerme dos horas, comido por los mosquitos y sobresaltado por los aullidos de las panteras. Pero su mayor sufrimiento es no poder hablar con los indios. Aquel amor de las almas que abrasaba su pecho no encontraba palabras para dirigirse a las gentes a quienes tiende sus brazos. «La lengua de este país—escribe—es el malabar; la mía—añade con melancólica ironía— es el vasco.» Va en busca de algunos indígenas que saben algo de portugués, y con muchas dificultades e inexactitudes traduce al malabar los artículos de la fe y algunas oraciones. Con este bagaje lingüístico empieza sus conquistas. Recorre las aldeas de pescadores, llama a sus catecúmenos agitando una esquila, y se esfuerza por enseñarles la doctrina cristiana con discursos aprendidos de memoria o sirviéndose de un intérprete. A veces los sonidos se enredan en sus labios, el sudor corre por su frente, su corazón es una prisión dolorosa en que se agitan pensamientos mudos. Sin embargo, sus oyentes escuchan con curiosidad, aprenden con amor, le proponen toda suerte de cuestiones, piden el bautismo y le traen sus enfermos para que los cure. Una mirada suya libra de una fiebre; una caricia de su mano cura aquellas gentes de la mordedura de una cobra. Sin embargo, nunca en sus cartas alude a estos dones de taumaturgo; al contrario, los niega con tal viveza, que nos da claramente a entender su realidad, porque el verdadero taumaturgo es el primero en extrañarse de los prodigios que Dios obra por él.

El número de las conversiones aumentaba sin cesar. Hubo semanas en que bautizó más de diez mil personas. Pero todos eran sudras o parias. La casta superior se cerraba herméticamente a sus predicaciones. Los brahmas le escuchaban benévolamente, pero con un dejo de ironía en los labios; después le daban buenas palabras, le decían, acaso, que tenía razón, pero jamás daban el paso definitivo. Además, algo impaciente, Francisco sueña con reinos convertidos en un abrir y cerrar de ojos. Oye que un rey de Ceilán parece dispuesto a bautizarse y hacerse amigo de los portugueses, y esta noticia, le hace volver a Goa. Trabaja algún tiempo ardorosamente en aquella empresa, hasta que se da cuenta de que indios y europeos no buscan más que sus propios egoísmos. Ha sido juguete de unos y otros, pero lo que más le duele es la actitud de los cristianos ante sus proyectos gigantescos de conquistas religiosas. No comprenderíamos lo trágico de la vida interior del apóstol si olvidásemos que las mayores pruebas le vinieron de los hombres de su raza y de su fe. «Estoy tan cansado de vivir—escribe por este tiempo—, que morir por nuestra religión sería mi mayor alegría.»

En su segunda expedición empieza evangelizando el reino de Travancore, bajo la protección del mismo rajá. Va de ciudad en ciudad; a través de las calles, el tambor del príncipe le precede. AI mes contaba los neófitos por miliares; pesca milagrosa, pero de peces chicos, de trabajadores y soldados, aunque no por eso deja de ser esta evangelización una de las páginas más sorprendentes de la historia de las misiones. Es el fruto de su amor, de su abnegación, de su penitencia: «En este país de infieles—escribe, pidiendo misioneros—, la ciencia no es necesaria.» Ciertamente, no era tan necesaria como aquel celo apostólico que le consumía. Nuevos misioneros vienen de Lisboa, traen para Francisco el nombramiento de provincial de la nueva provincia que San Ignacio acaba de establecer en la India; pero su ardor infatigable le empuja sin cesar en busca de regiones nuevas. Le atrae la tierra de Meliapur, entre el cabo de Comorín y el de Bengala, porque allí, según se dice, descansan los restos del Apóstol Santo Tomás; y allí trabaja durante tres meses en una factoría portuguesa. Un buen clérigo. Gaspar Coello, le hospeda en su casa, y durante la cena Francisco le entretiene recordando sus días de estudiante en la Sorbona. Después, el misionero se retira a un jardín cercano para entregarse a sus oraciones y maceraciones. «Maestro Francisco—le dice el clérigo- al darse cuenta de estas nocturnas salidas—, no vayáis solo a ese sitio; es un nido de demonios y pudierais salir malparado.» Francisco sonríe, y para tranquilizar a su huésped se hace acompañar de un indígena, a quien deja a poca distancia del reducto. Una noche el malabar se despierta al oír una voz que dice: «¡Oh María, socórreme!»; y a la voz seguía una lluvia de golpes. Como los golpes no caían sobre él, el indio se volvió a dormir, pero al día siguiente contó el caso al clérigo. No había duda, todos los diablos de la India habían caído sobre el apóstol, pensaba el buen Coello; pero los diablos huían aterrados por los golpes de la disciplina.

En 1545 viaja hasta Malaca. Nuevos trabajos entre europeos, narcotizados por las delicias del Oriente; vida de hospital, enseñanza a los niños, predicación a los grandes, andanzas entre soldados, comerciantes y marinos, sonriendo, dejando caer la palabra buena, legitimando uniones pecaminosas, dando luz al que se va hacia las tinieblas de la muerte, imponiendo las manos al enfermo, enjugando la saliva de los labios del poseso, actuando de taumaturgo y de profeta. Luego, tres años de vida errante por el archipiélago malasio: Tidor. Térnate, aguas de Java y Sumatra, tierras de Amboino, de Macassar y de la isla del Moro. Tempestades furiosas, sombras de naufragios, terrores de cocodrilos y de bestias salvajes. Entonces se ve con cuánto amor ama aquel hombre la vida. Sus ojos, húmedos de una eterna compasión, brillantes de una eterna esperanza, se fijan implorantes en el Cielo y en el mar. Cada minuta de su vida es para él como una moneda de oro para el jugador. No duerme, espía el alba en el seno mismo de la noche; y, ya en tierra, busca al isleño en el fondo de su choza infecta. También ahora la gracia fecundaba sus esfuerzos. En Ternate, la alabanza de Dios estaba constantemente en los labios de todos: los jóvenes en las calles, las mujeres en las casas, los trabajadores en los campos, los pescadores en las barcas, todos cantaban cánticos piadosos. Pero en el Moluco había también moros y salvajes. Los moros eran imposibles de convertir; los salvajes huían del misionero o salían a su encuentro armados de lanzas; las tierras parecían hechas para arredrar al extranjero; islas volcánicas, calcinadas del sur, sin pan, ni vino, ni rebaños, ni agua potable, «pero fecundas en consolaciones espirituales—dice Francisco—, hasta perder los ojos a fuerza de derramar lágrimas de alegría.»

Al terminar esta expedición, sucede el encuentro con un japonés que venía buscándole desde su isla lejana. Francisco le instruye y le bautiza, admirado de su penetración y de la bondad de su alma. El horizonte de sus anhelos se amplía. Aquella tierra que aún no conoce, ocupa ya la mejor parte en su corazón. Amó a la India por voluntad, al Japón por instinto. Va a ir al Japón con toda la ilusión de su alma, después de poner en la preparación del viaje una nerviosidad y una solicitud desacostumbradas. Antes de salir de Goa, escribe para sus colaboradores unas normas de conducta que aun hoy forman el manual del misionero. Insiste sobre la alegría que debe reflejar el rostro del sacerdote, sobre su dulzura, su modestia y ausencia de toda afectación; pero a continuación deja escapar esta sentencia: «Conversa como si tus amigos de hoy pudiesen ser tus enemigos de mañana.» Hay clarividencia y calor en estas instrucciones; pero las falta un orden riguroso. Francisco era admirado y venerado; pero tal vez algunos querían ver en él un director más que un eterno excitador de energía.

Pero si Ignacio era el organizador, él era el apóstol. Lo iba a probar una vez más en aquella nueva expedición. El 25 de abril de 1549 salió de Goa; el último día de mayo estaba en Malaca. Parecía triste, con esa tristeza que invade a veces a los hombres más enérgicos cuando van a hacer el último esfuerzo que les exige su ideal. Allá en Occidente se interpreta mal su humor aventurero; le acusan de tentar a Dios, y el mismo Ignacio se inquieta de sus largas ausencias. No obstante, lo que le empuja es su amor a las almas. Se embarca en un junco chino, que lleva en la proa un ídolo panzudo, y que después de largas incertidumbres le deja en la gran isla de Kyushu. Le acompañan tres jesuitas y Yaguiro, su primer neófito japonés. Su figura se agiganta desde el momento en que pisa tierra japonesa. Su odisea a través del gran Imperio es de lo más emocionante que recuerda el heroísmo cristiano. Funda las iglesias de Kagoshima, de Hirado, de Yamaguchi. Los daimios, los duques, como éI dice, le reciben amablemente, adivinando el gran señor bajo las apariencias del mendigo; pero él arde en deseos de ver al mismo, emperador, de convencerle, y se pone en marcha hacia la capital. Camina a pie, sobre la nieve, «sin levantar los ojos, sin mirar a la derecha ni a la izquierda, con los brazos inmóviles, mostrando con esta modestia que iba en la presencia de Dios». Sin embargo, al entrar en Kioto le dominaba una alegría tal, que saltaba alborozado, tirando al aire una manzana y volviéndola a coger, como si fuese una pelota vasca. No tardaron en deshojarse todas sus ilusiones. Después de errar once días en torno del palacio, se dio cuenta de dos cosas: que, sin llevar ricos presentes, era imposible ver al emperador, y que el Hijo del Sol era el más pobre de los grandes señores del Imperio. Inmediatamente dejó la gran ciudad y se volvió a Yamaguchi, cuyo daimio era uno de los más poderosos personajes de aquel Imperio feudal. Había empezado a conocer el alma japonesa. Sus austeridades, su vestido grosero, habían hecho brotar muchas veces a su paso esta reflexión: «Muy baja debe ser la condición de este pobre diablo en su tierra, para venir aquí a ser el hazmerreír de la gente.» El que antes había despreciado todos los medios humanos, recordó ahora que en el bolso tenía el nombramiento de embajador del rey de Portugal y en el equipaje los regalos correspondientes: un reloj de ruedas, un clave, un arcabuz, espejos, lentes y brocados. El gran bonzo cristiano apareció convertido en un gran dignatario, y este paso fue más provechoso que un año de predicaciones. El daimio, encantado de los regalos, correspondió con una gran cantidad de oro, que Francisco no quiso aceptar; muchos miembros de la nobleza pidieron el bautismo, y el pueblo, que antes se reía del misionero, ahora le escuchaba con respeto, y las conversiones eran numerosas. Francisco y sus compañeros se colocaban en las encrucijadas de las calles, pronunciaban en japonés los discursos que habían aprendido de memoria, y cuando alguno quería nociones más precisas, le invitaba a ir a su casa. Los días y las noches se le pasaban catequizando, bautizando y discutiendo: discutiendo sobre todo, con los bonzos, que no han tardado en descubrir su gran enemigo en aquel extranjero que denuncia ásperamente los vicios nefandos de sus boncerías y hace disminuir las ofrendas de los devotos de Buda.

Con frecuencia, el apóstol se encontraba con una extraña objeción: si el cristianismo es verdadero, los chinos hubieran debido conocerlo. Para un japonés, China era la maestra de la verdad. ¿Por qué no evangelizar antes el gran Imperio occidental?, se pregunta Francisco, sintiendo renacer las esperanzas en su corazón. Antes, en su sentir, era el Japón el mejor de los pueblos descubiertos; pero lleva dos años misionando en sus provincias y apenas ha convertido dos mil personas. Su cabeza blanquea, la fiebre le consume; pero debe hacer la experiencia de China.

Una vez más vieron en Goa aquella bella figura de ancha frente, de negros ojos hundidos, cada vez más espiritualizada. Espiábanle para sorprender sus éxtasis, para recoger sus palabras, para observarle en el jardín, abierta la sotana, oreando con el soplo de la brisa y la luz de las estrellas su pecho abrasado de amor. Desde el mes de abril de 1552 ya no se le volvió a ver; mejor dicho, volviese a ver un año más tarde aquel cuerpo incorrupto, pero el alma había volado. Había llegado a la rada de San Choan; en la puerta misma de China; pero el Celeste Imperio estaba cerrado a los europeos bajo pena de muerte. No obstante, Francisco espera que algún navío le dejará en las cercanías de Cantón. Esperanza vana: las embarcaciones pasan sin hacer caso de sus ruegos, y el buscador infatigable de almas agoniza triste sobre la arena inhospitalaria, acompañado de un solo portugués. Ignacio se había decidido a llevarle a Europa, pero Dios se anticipaba a recogerle en el Cielo. Aquella ambición de verlo todo y de hacerlo todo se armonizaba poco con el genio del fundador; pero el provincial debía eclipsarse ante el más grande apóstol de los tiempos modernos. Tal vez se diga que no fue un organizador, pero las obras por él fundadas duraron siglos, y el combate espiritual que inauguró, sigue todavía.

(fuente: www.divvol.org)
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