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domingo, 29 de diciembre de 2013

29 de diciembre: Santo Tomás Becket

SANTO TOMAS BECKET DE CANTORBERY
Obispo y mártir
(1118-1170)

Todo parecía presagiar una era de venturas para el reino de Inglaterra. Un rey joven, valiente, emprendedor, acababa de subir al trono (1155). Diplomático y guerrero, astuto a veces en sus negociaciones, y a veces brutal. Enrique Plantagenet unía a una gran ambición una rara inteligencia práctica y una constitución robusta en extremo: estatura mediana, brazos musculosos, miembros atléticos, abundante cabellera rubia, que enmarcaba en tres líneas netas un rostro de rasgos enérgicos y acentuados. Uno de los primeros actos de su gobierno fue nombrar canciller al arcediano de Cantorbery, Thomas Becket.

Becket, hijo de un caballero normando establecido en Londres, estaba entonces en la plenitud de la vida. Su carrera había sido prodigiosa. Las escuelas de París y de Bolonia habían admirado durante algunos años al joven estudiante de vivo ingenio, de talla elevada, de color pálido, realzado por los negros cabellos, de nariz fuerte y ligeramente encorvada, que parecía indicar un carácter vigoroso, y de ojos claros y tenaces, que desde el primer instante se daban cuenta de todo. En París, sobre todo, quedaba el recuerdo del adolescente aplicado, ingenioso, de humor agradable y de vida inmaculada. Hasta se había formado a costa suya una graciosa leyenda. Al llegar la Cuaresma, los estudiantes tenían costumbre de reunirse para hacer el elogio de su dama, presentando algún regalo recibido como prenda de su amor. Como Tomás no tenía amiga ninguna, sus compañeros empezaron a hacerle el blanco de sus burlas. Entonces, el piadoso joven deja la asamblea, encomendándose íntegramente a María, y vuelve al poco tiempo con una cajita de marfil artísticamente labrada, que contenía, en miniatura, un juego completo de vestidos pontificales.

Al volver a su patria encontró el hogar deshecho y la hacienda destruida por las revueltas políticas. Vacila algún tiempo sobre el camino que ha de seguir, y logra finalmente ser admitido en el séquito del arzobispo de Cantorbery. Algunas misiones delicadas llevadas a cabo en Roma por encargo de su señor empiezan a formarle en el manejo de los asuntos y de los hombres y a descubrir su talento de diplomático y administrador, a la vez que la integridad de su carácter. Arcediano de Cantorbery en 1154, ocupaba ya un puesto eminente en la Iglesia de Inglaterra cuando le llega el nombramiento de canciller del reino, con todos los honores, baronías, rentas y tenencias de castillos anejos a esta dignidad. Las gentes le llamaban el segundo rey de los cuatro reinos. Su vida en este tiempo era fastuosa y espléndida: lebreles, halcones, gerifaltes, partidas de caza, prodigalidades principescas, reuniones mundanas y gustos del más brillante cortesano. Corría detrás de los ciervos y los jabalíes, jugaba a los dados y al ajedrez, hacía regalos espléndidos y usaba los vestidos más preciosos y elegantes. Una escuadrilla de seis navíos estaba a su disposición para cuando tuviese que navegar en servicio del rey; todos los marinos se apresuraban a servirle, porque sabían que su remuneración había de ser regia. A su mesa se sentaban siempre numerosos convidados, y el mismo rey se presentaba con frecuencia sin avisar para disfrutar de la charla de su canciller. Enrique gozaba teniéndole a su lado. Un día cabalgaban los dos por las calles de Londres. Era en medio del invierno, cuando la nieve llenaba las calles. Viendo un mendigo cubierto de harapos, dijo a Becket:

—Mira ese pobre medio desnudo. ¿No te parece que sería una obra de caridad darle un buen capote?
—Efectivamente, señor—respondió el canciller—; y he aquí que llega a implorar vuestro socorro.
El pordiosero va a cruzar entre aquellos dos caballeros, desconocidos para él, cuando Enrique le detiene, diciendo:
—Dime, amigo, ¿te gustaría tener una buena pelliza?
«Es una burla», pensó el pobre; pero el rey, volviéndose hacia Tomás, le dijo:
—Puesto que esta obra de caridad vale tanto, quiero dejarte todo el mérito.

Y se esforzaba por quitar al canciller su pelliza de escarlata forrada de armiño. Becket se defendía, pero era demasiado buen jugador para no perder la partida.

Este favor del rey, prolongado durante cerca de ocho años, no era del todo desinteresado. Enrique, que en el fondo era un verdadero político, comprendía que había encontrado un gran estadista en quien el talento corría parejas con la fidelidad. De hecho, el canciller se entregaba por completo a la defensa de los intereses del rey, dejando a los obispos el cuidado de velar por los de la Iglesia. Jurisconsulto consumado y hábil financiero, tan capaz de una decisión enérgica que requiriera la fuerza armada, como de un expediente jurídico, viósele reprimir el bandidaje, aterrorizar a los usureros, favorecer la agricultura, mantener a raya a la nobleza, reorganizar la justicia, aumentar el prestigio exterior y asegurar la prosperidad y la paz en el reino. Sin embargo, cosa extraña, este hombre, que en el ejercicio de su cargo se hacía temer de los más poderosos y en su tren de vida rivalizaba con los príncipes, era casi un asceta en su vida privada: irreprochable en sus relaciones sociales, caritativo hasta lo inverosímil con los necesitados, de una nobleza de corazón que no le abandonaba jamás. Sus tesoros estaban ocultos, y el mismo rey apenas pudo entreverlos. Muchas veces tendió a su amigo lazos de muy delicada naturaleza; pero Tomás evitaba sin ruido el peligro, disimulando el esfuerzo que le costaba vencerlo. El lujo dominaba en su mesa; pero él personalmente observaba una sobriedad monacal. Varios testigos confesaron, algo después de su muerte, que jamás se pudo averiguar nada contra la integridad de su vida durante su estancia en la corte.

Engañado por la actividad infatigable de su canciller y por aquel boato exterior, el Plantagenet no vio más que un aspecto de su carácter. En el fondo, Tomás era, ante todo, y debía serlo hasta el fin de sus días, un hombre del deber, que llevaba tal vez hasta el exceso la conciencia de la fidelidad profesional. Su misma fastuosidad era para él un medio de servir mejor al rey y al reino, y lo mismo pensaban todos en la corte y fuera de ella. Sin embargo, en los centros monásticos todo aquello extrañaba y aun escandalizaba. Jugaba un día Tomás al ajedrez en Rouan, donde estaba convaleciendo de una grave enfermedad, cuando acertó a entrar el prior de Leicester, que, al verle vestido de una espléndida hopalanda de mangas amplísimas, como entonces se llevaban en Inglaterra, le dijo:

——Pero ¿en qué pensáis? ¡Un clérigo con este vestido, y, según se susurra en la corte, un primado!
—Eso me parece imposible—replicó Tomas, sin emoción—, y a la vez espantoso, pues; me sería preciso escoger entre el favor del rey o el de Dios.

No obstante, el rumor tenía fundamento. En la primavera de 1162 Becket fue a despedirse del rey antes de volver a Inglaterra.

—Me ha parecido que vuelvas cuanto antes a la isla—-dijo Enrique—, porque quiero que seas arzobispo de Cantorbery.

El canciller, echando una mirada sobre su traje mundano, respondió sonriendo:

—¡Buen religioso habéis escogido para gobernar una sede tan ilustre!

Y viendo que el rey hablaba en serio, añadió con gravedad:

—Señor, si así fuese, quiero que sepáis que el favor con que me honráis ahora se habría de trocar pronto en un odio implacable; porque, tratándose de cosas eclesiásticas, tenéis exigencias que yo no podría tolerar.

No comprendiendo el alcance de estas palabras, el rey mantuvo su decisión, y Tomás acabó por ceder a sus instancias, apoyadas por el legado pontificio.

Desde este momento, el clérigo triunfó del canciller, y las inclinaciones del asceta, escondidas hasta ahora en el santuario de la vida íntima, aparecieron al exterior con toda su rigidez. Fue una transformación como la que se obró siglos adelante en la existencia de Carlos Borromeo. La fisonomía del arzobispo de Milán tiene muchos puntos de contacto con la del arzobispo de Cantorbery. Aquellas maneras guerreras y fastuosas desaparecieron completamente; el hombre de Estado quedó convertido en hombre de Iglesia, con largas lecturas espirituales, ásperos cilicios, disciplinas, coro, pobreza y demás rigores monacales observados entonces en el cabildo de la iglesia cantuariense. A esto juntaba la administración de la justicia y el cuidado de los bienes territoriales de la diócesis, que hacían de él el primer lord del reino. Su nueva vida le permitió reflexionar mejor sobre los peligros del absolutismo que intentaba imponer el rey, que hería de un mismo golpe los derechos de la Iglesia y las libertades tradicionales de la nación.

El choque previsto por el canciller desde el momento de su elección se produjo irremediablemente. Un día anunció el rey a los príncipes del país que en adelante el fisco real se reservaba una contribución que antes pertenecía a los señoríos civiles y eclesiásticos. La asamblea, estupefacta, guardaba silencio, cuando el primado tomó la palabra en nombre de todos, diciendo:

—Señor rey: vuestra alteza no puede apropiarse ese dinero.
—¡Por los ojos de Dios!—repuso el rey, encolerizado—, mi fisco exigirá este censo.
—Por el mismo juramento—replicó Becket con serena majestad—, juro que ninguno de los terratenientes de mis iglesias entregará una sola moneda a vuestro fisco.

El rey no respondió, pero todos comprendieron que estaban rotas las hostilidades. Poco después hubo un nuevo encuentro con motivo de la jurisdicción de los tribunales eclesiásticos. Tratábase de exigir que todo clérigo culpable fuese remitido al tribunal del rey para sufrir su pena. El episcopado en masa se opone, alegando que aquello era contrario a todos los usos de Inglaterra. Enrique cambia de táctica y se contenta con pedir a los obispos que acepten las viejas costumbres. Descubriendo el lazo, Tomás se conforma con las viejas costumbres, pero «salvo el derecho de la Iglesia». Enrique comprende que ha sido burlado; pero, hábil en recursos, trabaja para dividir al episcopado, negocia en Roma, y logra una carta en que se invita al arzobispo a ceder en bien de la paz. Tomás acepta la fórmula real, pero «dejando a salvo la buena fe». El rey se declara satisfecho, y el 30 de enero de 1164, en la asamblea de Clarendon, redacta en dieciséis artículos las viejas costumbres, y exige su aceptación. Tomás promete verbalmente su observancia, pero no tarda en darse cuenta del sentido regalista que inspiraba aquella legislación. Entonces, pesaroso de haber claudicado momentáneamente, pronuncia contra sí mismo una suspensión a divinis, se abstiene de todo ministerio eclesiástico, hace las más duras penitencias y escribe al Papa implorando su perdón. Alejandro, en una respuesta paternal, le consuela, recordándole que en toda obra lo que importa es la intención. La suya ha sido buena y no tiene por qué atormentarse de aquella manera.

Entre tanto, el rey estaba furioso. Tomás es arrastrado delante de un tribunal de caballeros y condenado a prisión perpetua; pero logra evadirse entre las aclamaciones de la muchedumbre y los vituperios de los cortesanos. A un magnate que le llama traidor, responde con estas palabras:

—Si no tuviese este orden sagrado, os diría en el campo quién soy.

En Francia, Luis VII le recibe con veneración. El Plantagenet le reprocha su generosa hospitalidad «con un ex arzobispo».

—¿Un ex arzobispo?—responde el rey francés—. ¿Quién, pues, le ha depuesto? También yo soy rey, pero no puedo deponer al menor clérigo de mi reino. La política brutal de Enrique va más lejos. Amenaza a Alejandro III con ponerse bajo la obediencia de un antipapa que acababa de crear el emperador alemán Federico Barbarroja. La situación es difícil en Roma. Nombrado legado pontificio y habiendo vuelto, con ese motivo, a Inglaterra, Tomas Becket se dispone a excomulgar a Enrique, pero en la corte pontificia le detienen. Con grosera insolencia, Enrique se jacta de haber triunfado, de tener al Papa en el puño, y de haber comprado a los cardenales, y exige a Tomás que se someta a las «viejas costumbres» sin reserva alguna. «Nuestros padres—responde el arzobispo—murieron por no querer callar el nombre de Cristo, y yo tampoco suprimiré el honor de Dios.»

El día de Navidad de 1170, estando en su castillo de Bur, Enrique II, arrebatado por una de aquellas cóleras que tan bien conocían sus cortesanos, exclamó súbitamente:

—¡Cobardes, follones!
—¿Qué pasa señor? Decidnos en qué puede serviros nuestra espada.
—¡Cómo!—replicó el rey—. ¿No veis a ese clérigo? Vino a mi corte sin un perro chico, comió mi pan y se rebeló contra mí. ¿Y no habrá nadie que me libre de él? Estas palabras eran una evidente provocación al asesinato, y así lo comprendieron unos caballeros que había entonces en el castillo. Dispuestos a ejecutar aquella orden disfrazada, empezaron a tomar toda suerte de precauciones. Dos días después, Cantorbery amanecía rodeado de hombres de armas. Gentes sospechosas vagaban en torno al monasterio de San Agustín, junto al cual el arzobispo tenía sus habitaciones. Tomás comprendió que sus días estaban contados. En la noche del 28 al 29, después de rezar maitines, abrió la ventana y permaneció largo tiempo silencioso. Luego, dirigiéndose bruscamente a los que le asistían, interrogó:

—¿Podríamos llegar al puerto de Sandwich antes de amanecer?
—Ciertamente—respondieron.

Pero el arzobispo murmuró, mirando otra vez al Cielo:

—Que se haga la voluntad de Dios y en la Iglesia que Él me ha dado.

Al día siguiente, Tomás bajó al refectorio, como de ordinario. Terminada la comida, se retiró a su habitación con algunos monjes, entre los cuales estaba Juan de Salisbury, y allí conferenció algún tiempo con ellos, sentado sobre la cama, que, más que para descansar, le servía para decorar la sala. A eso de las tres de la tarde la puerta se abrió y entraron cuatro caballeros, que se sentaron frente al primado sin decir palabra. Al fin, uno rompió el silencio saludando con el saludo que se dirigía a las gentes de humilde condición:

—Dios te ayude.
— Un vivo rubor coloreó el rostro de Tomás, pero se contuvo. Después, uno de los cuatro le intimó las voluntades del rey.
—No puedo—contestó Tomás, y añadió—: Todo el que ofenda a la Iglesia de Dios, me encontrará en su camino.

Los caballeros abandonaron la habitación, pero una hora más tarde sus hombres llenaban el claustro. Era el momento en que tocaban a vísperas. Serenamente, el arzobispo se dirigió a la iglesia con algunos familiares.

—¿Dónde está el traidor?—gritó una voz en el sagrado recinto.

Nadie contestó.

—¿Dónde está el arzobispo?—dijeron a una los asesinos.
—El arzobispo está aquí—respondió Tomás—; el traidor, no.

Uno de los cuatro, asiendo su capa, intentó sacarle del templo; pero el arzobispo se agarró fuertemente a una columna, diciendo:

—¡Truhán, termina aquí mismo tu crimen!

Fulguró una espada en la penumbra invernal, viniendo a dar en la cabeza del mártir. Después un hacha cae en el mismo sitio. Tomás sigue en pie, rezando. Un tercer golpe le arroja en tierra. La corona episcopal, la parte superior de la cabeza está casi desprendida del resto del cráneo; pero la santa víctima recoge el último aliento para decir de rodillas ante el altar de San Benito:

—Muero por el nombre de Jesús y la defensa de su Iglesia.

Tomás, muerto, consiguió el triunfo de la causa por la cual había luchado toda su vida. El rey, sobrecogido de espanto, en encerró en su palacio sin hablar con nadie durante varios días. La Constitución de Claredon fue anulada, se restablecieron los viejos privilegios, se reconoció la justicia de las reclamaciones del muerto, y mientras en Roma se canonizaba al defensor de las libertades eclesiásticas, vióse en Cantorbery a Enrique Plantagenet arrodillarse, como peregrino y penitente, ante la tumba de su antiguo canciller, y, despojado de las insignias de la nobleza, someterse a la vergüenza de la flagelación en presencia de los obispos, los abades y los monjes.

(fuente: www.divvol.org)

sábado, 28 de diciembre de 2013

28 de diciembre: Santos Inocentes

Murieron por Cristo los niños inocentes, su gloria será eterna. Las madres padecieron por un tiempo, ahora comparten el triunfo.

Los Santos Inocentes: De acuerdo a un relato del Evangelio de san Mateo (2, 13-13), el Rey Herodes mandó matar a los niños de Belén menores de dos años al verse burlado por los magos de Oriente que habían venido para saludar a un recién nacido de estirpe regia.

A partir del siglo IV, se estableció una fiesta para venerar a estos niños, muertos como "mártires" en sustitución de Jesús. La devoción hizo el resto. En la iconografía se les presenta como niños pequeños y de pecho, con coronas y palmas (alusión a su martirio). La tradición oriental los recuerda el 29 de diciembre; la latina, el 28 de diciembre. La tradición concibe su muerte como "bautismo de sangre" (Rm 6, 3) y preámbulo al "éxodo cristiano", semejante a la masacre de otros niños hebreos que hubo en Egipto antes de su salida de la esclavitud a la libertad de los hijos de Dios (Ex 3,10; Mt 2,13-14).

En nuestro tiempo continúa la masacre de inocentes. Millones son masacrados por el aborto, millones más mueren abandonados al hambre... ¿Qué haces?.

Una voz se escucha en Ramá: gemidos y llanto amrgo: Raquel está llorando a sus hijos, y no se consuela, porque ya no existen" -Jr 31,15.

Te rogamos, Señor…

· Te pedimos padre por todas las personas aquí presentes que de una u otra forma colaboran en esta lucha por la defensa de la vida desde el momento de la concepción hasta su muerte natural. Dales la gracia, el valor y la fortaleza necesaria para vivir y trabajar diariamente según tu Santa Voluntad.

· Oremos por el Papa, defensor incansable de la vida y la dignidad de la persona humana. Oremos por los obispos, los sacerdotes y diáconos y por todos aquellos que tienen una responsabilidad en la comunidad cristiana.

· Te rogamos Señor que ayudes y protejas a todas aquellas familias que sufren conflictos graves que ponen en peligro su estabilidad y el bienestar de sus miembros, en especial de los más pequeñitos. Que Tu sabiduría los ilumine para que puedan encontrar en el AMOR la solución a sus problemas y logren obtener la paz y la tranquilidad necesarias para vivir según tu voluntad.

· Te pedimos Señor porque el actual desarrollo científico-biológico no atente contra la dignidad de la persona humana, sino que por el contrario lleve a la humanidad a tu encuentro, para que asombrados por la maravilla de la creación, sepamos amarla y respetarla.

· Te pedimos Padre, por todos los bebés que ahora corren peligro de ser abortados. Para que sus madres, iluminadas por la luz de tu Santo Espíritu, reconozcan en ellos la maravilla de Tu creación y cobijadas bajo el manto amoroso y maternal de María, encuentren el mejor camino para salir adelante de sus dificultades.

· Muy especialmente, te pedimos hoy Señor por todas aquellas personas que se dedican a practicar y promover el aborto. Que a través de Ti, logren conocer la verdad y comprendan que en cada pequeño ser que eliminan, está presente la maravilla de Tu creación y de Tu presencia. Ilumínalos para que comprendan el valor infinito de cada vida humana y, conscientes de su grandeza, aprendan a amarla y respetarla.

· Inspíranos Padre, para que recordemos que sin Ti nada podemos y que todo nuestro esfuerzo, vaya siempre encaminado a ser testimonio vivo del gran Amor de Dios hacia los hombres. Danos la fuerza y el valor que necesitaremos para continuar siempre fieles a tu palabra.

(fuente: www.corazones.org)

viernes, 27 de diciembre de 2013

27 de diciembre: Beata Sara Salkaházi

Sara Salkaházi (1899-1944)

 Nació el 11 de mayo de 1899 en Kassa-Košice. Provenía de una familia acomodada. Era una mujer inteligente, profesora y periodista. En contacto con sus alumnos, conoció los problemas sociales de los pobres, que después denunció en sus artículos periodísticos. Para ampliar sus horizontes y experimentar directamente lo que implicaba ser discriminado, aprendió el oficio de encuadernadora y también trabajó para una modista. Se afilió al partido socialista cristiano y fue redactora de su periódico, ocupándose sobre todo de problemas sociales femeninos.

En 1929, cuando tenía 30 años, solicitó ingresar en el instituto de las Religiosas de la Asistencia, congregación húngara fundada por Margit Schlachta para promover obras caritativas y sociales en favor de la mujer, actualmente presente en Estados Unidos, Canadá, México, Taiwan y Filipinas. Emitió los votos temporales en el año 1930. Eligió como lema de su vida religiosa las palabras de Isaías: «Heme aquí: envíame» (Is 6, 8).

Desempeñó su primera labor apostólica en su ciudad natal, donde organizó la obra caritativa católica. A continuación, fue enviada a Komárom con la misma finalidad. Creó una publicación católica femenina, gestionó una librería religiosa, dirigió un hospicio para pobres y también se dedicó a la enseñanza. Los obispos de Eslovaquia le encomendaron la organización del movimiento nacional de jóvenes. En aquella época impartía cursos de dirección y publicaba manuales.

En su corazón Sara albergaba el deseo de ir a misionar a China o a Brasil, pero el estallido de la segunda guerra mundial no se lo permitió. Después de algunas incomprensiones con sus superioras, en 1940 emitió los votos perpetuos.

Como directora nacional del movimiento católico de jóvenes trabajadoras creó el primer colegio húngaro para trabajadoras, cerca del lago Balaton. En Budapest abrió casas para trabajadoras y organizó cursos de formación.

Cuando el partido nacionalsocialista húngaro alcanzó el poder y comenzó a perseguir a los judíos, las Religiosas de la Asistencia dieron refugio a muchos. Por su parte, sor Sara, con grandes sacrificios y poniendo en peligro su vida, les brindó alojamiento en las casas que había fundado para las trabajadoras.

Durante una redada en Budapest, los soldados la detuvieron y la condujeron hasta un muelle a orillas del Danubio. Allí, mientras se hacía la señal de la cruz, la fusilaron, juntamente con la catequista Vilma Bernoviczs y las personas que había escondido en su casa. Era el 27 de diciembre de 1944; después arrojaron su cuerpo al río.

En 1996 la archidiócesis de Esztergom-Budapest inició su proceso de beatificación y canonización.

(fuente: www.vatican.va)

jueves, 26 de diciembre de 2013

26 de diciembre: San Esteban

SAN ESTEBAN
Protomártir
(† 37)

Un lustro hacía que Cristo había muerto en la cumbre del Calvario. Día tras día, sus discípulos se iban aumentando en la Ciudad Santa, venidos unos de las sinagogas de Palestina, otros de entre los judíos de la Diáspora. Los primeros, celosos conservadores de la lengua y costumbres hebreas en toda su integridad, despreciaban a los segundos, que en su continuo ir y venir a través del Imperio habían perdido la rigidez farisaica en su concepto de la vida. Sin embargo, un mutuo amor unía a los convertidos de uno y otro bando, y, como dicen los Actos de los Apóstoles, en aquella santa multitud sólo había un alma y un corazón, como no había más que una bolsa común.

Pero el poder de la gracia no llegó a destruir todas las prevenciones. Parecíales a los helenizantes que en la distribución diaria salían ellos perjudicados, y esto dio motivo a quejas y murmuraciones. Los Doce se dieron cuenta de ello, y resolvieron apaciguar los ánimos con un acto de desinterés. «No conviene — dijeron a los creyentes — que, abandonando la predicación, sirvamos nosotros a las mesas. Escoged, pues, entre vosotros siete hombres de probidad reconocida, llenos del Espíritu Santo y eximios por su sabiduría, para que les encomendemos este ministerio.» Inmediatamente la asamblea escogió esos siete hombres y se los presentó a los Apóstoles para que les impusiesen las manos. Eran los primeros diáconos, los ministros temporales de aquel régimen comunista que adoptaron los primeros discípulos de Jesús. Todos ellos llevaban nombres griegos, lo cual parece ser un indicio de que procedían de entre el grupo de la Dispersión. Al frente de ellos se hallaba Esteban, «hombre lleno de fe».

Ellos debían administrar los bienes de la Iglesia, distribuir leí limosna entre los pobres y dispensar la Eucaristía a los fieles, y aun ayudar a los Apóstoles en la predicación. Por aquellos días, el grupo de los discípulos del Crucificado gozaba de paz y de respeto. Uno de los más grandes doctores, Gamaliel, le miraba con simpatía; varios de entre los sacerdotes y los levitas se habían agregado a él, y en cuanto a los jefes de la sinagoga, la familia de Anas, ocupábanse más de política que de religión. Nada al exterior distinguía a la fervorosa comunidad gobernada por Pedro del resto del judaísmo. Observaba la ley mosaica, acudía al templo tres veces al día y parecía acatar las viejas tradiciones. Sus miembros eran, a los ojos del pueblo, fariseos más perfectos que los demás, verdaderos celadores del mosaísmo. Pronto, sin embargo, nació la sospecha de que los discípulos de Cristo querían separarse de la sinagoga. Se les espió, se les odió, y el odio se convirtió en una persecución sangrienta.

Era natural que la primera manifestación de aquella tendencia separatista viniese de los helenizantes, ajenos ya a muchas prescripciones del espíritu farisaico y preparados a sacar las consecuencias de la enseñanza del Maestro cuando hablaba del culto en espíritu y en verdad, de la destrucción del templo, del remiendo que se echa a un vestido usado, del vino nuevo en odres viejos. Esteban fue el primero en predicar este aspecto de la buena nueva, y su intervención levantó las más furiosas contradicciones. Pedro y los demás Apóstoles callaban todavía, y esta actitud hace más notable la audacia del santo diácono. Nada nos dice el texto sagrado sobre su origen. Probablemente pertenecía al grupo de los helenizados, y es casi seguro que había visto a Jesús, puesto que le reconoció, próximo a morir viéndole a la diestra del Padre. Su historia comienza con la elección de los diáconos. Inmediatamente empieza a distinguirse por su intrepidez. «Estaba lleno de fe y del Espíritu Santo.» Como los Apóstoles, «empezó a obrar grandes prodigios y maravillas en el pueblo.» Hombre impetuoso, buscaba la controversia; instruido en las letras helénicas, buscaba a los doctores más ilustres de la Dispersión, y discutía en todas las sinagogas que los judíos de fuera de Palestina tenían en Jerusalén: la de los libertos de Roma, la de los alejandrinos, la de los cirenenses, la de los asiáticos y la de los de Cilicia, en la cual disputó acaso con el joven fariseo Saulo de Tarso.

El magnánimo diácono no se contentaba con exponer su doctrina, como los Apóstoles; la defendía acaloradamente, la presentaba con toda su claridad, deshacía argumentos de los adversarios, y siempre llegaba a la misma conclusión: poniendo a Cristo por encima de Moisés, declaraba su doctrina independiente de las prescripciones levíticas, llegando a decir que el templo dejaría de ser el único lugar donde Yahvé debía ser adorado. «Los jefes de las sinagogas de extranjeros se levantaban contra él, pero nadie podía resistir a la sabiduría y al Espíritu que en él hablaban.» A falta de argumentos, tenían un buen medio de ahogar la verdad: el que habían usado unos años antes contra el Maestro. Los sucesos políticos les ofrecieron un momento propicio para ello.

Desde su isla de Caprea, un viejo «alto y encorvado, de miembros frágiles, de frente calva, de faz roída por las úlceras y cubierta de emplastos», enviaba a Roma edictos de proscripción y de muerte. A pesar de todo, tenían que agradecer la política moderada de Tiberio. Poncio Pilato acababa de ser removido de Palestina por sus crueldades con los samaritanos, y Jerusalén estaba sin procurador. En este momento llega la noticia de la muerte de Tiberio, y los sanedritas se aprovechan de todas estas circunstancias para recuperar los derechos de vida y muerte que Roma les había retirado. El fanatismo se aumenta, y los doctores, humillados por la elocuencia del diácono, creen llegado el momento de ejecutar su venganza. Como en el proceso de Jesús, empezóse por alborotar a la muchedumbre. En medio de la agitación, los helenistas se arrojaron sobre Esteban y le arrastraron a la amplia sala del Gazith, contigua al Sancta Santorum, donde el Sanedrín tenía sus sesiones. Los testigos entraron uno a uno, hicieron su juramento y formularon su acusación. Era la misma que se había presentado contra Jesús, pero ahora los testimonios estaban más conformes. «Este hombre—decían todos ellos—no cesa de hablar contra el lugar santo y la ley, porque le hemos oído decir que Jesús de Nazareth destruirá este lugar y cambiará las tradiciones que Moisés nos ha dejado.»

Esteban escuchaba sereno las acusaciones, y hasta miraba con cierto aire de agresividad. Cuando el gran sacerdote le preguntó: «¿Es verdad todo esto?», no quiso responder explícitamente, porque se proponía predicar por última vez su doctrina, como lo había hecho en las sinagogas. Aún conservamos, palabra por palabra, este discurso, recogido por los notarios del Sanedrín, y transmitido a San Lucas, probablemente por Saulo de Tarso, que fue uno de los jueces. Su concepción nos desconcierta a primera vista. Vemos al diácono internándose en una selva de recuerdos históricos y de digresiones que parecen no tener relación ninguna con su causa. Pero es el Oriente quien habla, y esa manera refleja un gusto plenamente oriental. «Hermanos y padres míos, escuchad.» Así empezó el acusado. Después continuó: «El Dios de gloria apareció a nuestro Padre Abraham cuando estaba en Mesopotamia, y le dijo: Sal de tu país y de tu parentela y ve a la tierra que Yo te mostraré. Entonces, saliendo de la tierra de los caldeos, habitó en Carán. Y después que murió su padre. Dios le hizo pasar a esta tierra que ahora habitáis... E hizo con él la alianza de la circuncisión, y más tarde, Abraham, habiendo engendrado a Isaac, le circuncidó al octavo día. Isaac circuncidó a Jacob; Jacob, a los doce patriarcas.»

Gran sorpresa en la concurrencia: un hombre sobre el cual pesa la pena capital, que no se defiende, ni se digna siquiera mirar a sus acusadores. Sin embargo, se le escucha, y se le escucha con complacencia. Todos miran su cara «como la cara de un ángel». Es joven y hermoso; el Espíritu obra en él, inflamando su corazón, su rostro y su mirada. Tal vez no han llegado a comprender la intención de esta primera parte del discurso: antes del pacto de la circuncisión, Dios puso sus ojos en Abraham sin mirar otra cosa que su fe. Es el pensamiento que más tarde desarrollará uno de aquellos oyentes, que ahora asaetea al diácono con miradas de odio. Habló luego de José, insinuando a los jueces que habían rechazado un Salvador más grande que el hijo de Jacob. Tampoco le comprendieron. Exalta la figura de Moisés, cuya ley se le acusaba de destruir; pero aduce textos mosaicos relativos a la cesación de la ley y del templo. Había tocado el fondo de la cuestión, y los sanedritas seguían escuchándole entre aburridos y desdeñosos; hasta que el reo, después de recordar los últimos tiempos de la historia de Israel, inflamado por una visión de infidelidades, matanzas y apostasías, exclamó sin poderse contener: «¡Cabezas duras, incircuncisos de corazón y de oídos! Vosotros resistís eternamente al Espíritu Santo, lo mismo que vuestros padres. ¿Qué profeta no persiguieron? Mataron a los que anunciaban la venida del Justo, a quien vosotros habéis entregado y crucificado, vosotros que habéis recibido la ley por ministerio de los ángeles y no la guardáis.»

No pudo decir más. Un salvaje clamoreo se levantó del grupo venerable de los sanedritas. Parecían una manada de lobos que aullaban en uno de esos accesos de furia que sólo el Oriente conoce. Seguro de que iba a morir, levantó los ojos al Cielo, y, en un arrobamiento inefable, exclamó: «He aquí que veo los Cielos abiertos y al Hijo del Hombre en pie a la diestra de Dios.» Estas palabras, las mismas que Cristo había pronunciado para anunciar su próximo triunfo, parecieron una nueva blasfemia. Gritando frenéticamente y tapándose los oídos, se arrojaron sobre Esteban y le sacaron de la ciudad para apedrearle. Atravesaron la Puerta Dorada, y al llegar al valle del Cedrón, enfrente de Gethsemaní, los testigos, «colocando sus mantos a los pies de un adolescente que se llamaba Saulo», arrojaron las primeras piedras. El protomártir, acordándose del ejemplo del Maestro, poniéndose de rodillas, clamó en voz alta: «Señor, no les imputes esto a pecado.» Luego volvió a caer y se durmió en el Señor.

(fuente: www.divvol.org)

miércoles, 25 de diciembre de 2013

25 de diciembre: La Natividad de Nuestro Señor Jesucristo

Manifestación del Verbo de Dios a los hombres, 25 de diciembre.

Con la solemnidad de la Navidad, la Iglesia celebra la manifestación del Verbo de Dios a los hombres”. En efecto, éste es el sentido espiritual más importante y sugerido por la misma liturgia, que en las tres misas celebradas por todo sacerdote ofrece a nuestra meditación “el nacimiento eterno del Verbo en el seno de los esplendores del Padre (primera misa); la aparición temporal en la humildad de la carne (segunda misa); el regreso final en el último juicio (tercera misa)” (Liber Sacramentorum).

Un antiguo documento del año 354 llamado el Cronógrafo confirma la existencia en Roma de esta fiesta el 25 de diciembre, que corresponde a la celebración pagana del solsticio de invierno “Natalis solis invicti”, esto es, el nacimiento del nuevo sol que, después de la noche más large del año, readquiría nuevo vigor.

Al celebrar en este día el nacimiento de quien es el verdadero Sol, la luz del mundo, que surge de la noche del paganismo, se quiso dar un significado totalmente nuevo a una tradición pagana muy sentída por el pueblo, porque coincidía con las ferias de Saturno, durante las cuales los esclavos recibían dones de sus patrones y se los invitaba a sentarse a su mesa, como libres ciudadanos. Sin embargo, con la tradición cristiana, los regalos de Navidad hacen referencia a los dones de los pastores y de los reyes magos al Niño Jesús.

En oriente se celebraba la fiesta del nacimiento de Cristo el 6 de enero, con el nombre de Epifanía, que quiere decir “manifestación”; después la Iglesia oriental acogió la fecha del 25 de diciembre, práctica ya en uso en Antioquía hacia el 376, en tiempo de San Juan Crisóstomo, y en el 380 en Constantinopla. En occidente se introdujo la fiesta de la Epifanía, última del ciclo navideño, para conmemorar la revelación de la divinidad de Cristo al mundo pagano.

Los textos de la liturgia navideña, formulados en una época de reacción contra la herejía trinitaria de Arrio, subrayan con profundidad espiritual y al mismo tiempo con rigor teológico la divinidad y realeza del Niño nacido en el pesebre de Belén, para invitarnos a la adoración del insondable misterio de Dios revestido de carne humana, hijo de la purísima Virgen María.

(fuente: catholic.net)

martes, 24 de diciembre de 2013

24 de diciembre: Santa Paula Isabel Cerioli

Nació en Soncino, provincia de Cremona (Italia), el 28 de enero de 1816, en el seno de la noble y rica familia Cerioli. La bautizaron con el nombre de Costanza. Desde su más tierna infancia aprendió la severa lección del sufrimiento, pues su cuerpo era frágil y enfermizo. Estaba dotada de grandes virtudes espirituales, que su madre, con su sensibilidad, supo desarrollar. En especial le infundió la solicitud por la miseria, tan extendida entre la gente de los campos de Soncino.

 De los diez a los dieciséis años fue enviada a estudiar al colegio de las Religiosas de la Visitación, de Alzano, en el que ya estaba su hermana Cecilia y donde destacó por su bondad y por la diligencia en el estudio. En el sufrimiento y en la soledad aprendió pronto a poner su confianza en Dios.

A los diecinueve años, el 30 de abril de 1835, en un matrimonio arreglado por sus padres, que ella aceptó como voluntad de Dios, se casó con un hombre de cincuenta y ocho años, Gaetano Buzzecchi, heredero de los condes Tassis. En las difíciles relaciones con su marido, enfermo y espiritualmente alejado, Costanza fue siempre generosa, paciente y dócil. Tuvieron cuatro hijos, tres de los cuales murieron casi al nacer, y el cuarto, Carlo, a los dieciséis años.

Su deseo de maternidad había guiado y sostenido su ardua experiencia matrimonial. Al perder a sus tres hijos pequeños, dedicó todo su cariño al único que había sobrevivido. En esta relación puso en juego toda la original riqueza de su método educativo, que le serviría más adelante como instrumento valioso para su apostolado.

Dios le pidió también el sacrificio de su hijo Carlo, el cual se vio afectado por una grave enfermedad. A pesar de intentar curarlo con todos los medios posibles, poco después falleció. Sin embargo, antes de morir, le dijo estas palabras proféticas: "Mamá, no llores por mi próxima muerte, porque Dios te dará otros muchos hijos". Ella, meditando en la maternidad universal de la Virgen de los Dolores, comprendió que las palabras de su hijo Carlo se realizarían en una maternidad espiritual con respecto a los necesitados y los enfermos, especialmente los niños solos y abandonados.

Pocos meses después de la dolorosa muerte del último de sus hijos, quedó viuda, a la edad de treinta y ocho años -su marido murió el 25 de diciembre de 1854-, única heredera de un ingente patrimonio. Entonces, entró en una crisis existencial, en la que sólo la sostuvo la fuerza de la fe y la ayuda espiritual de dos obispos de Bérgamo.

Con esta luz se dedicó a buscar el sentido de lo que le había acontecido y lo que Dios quería de ella. Y encontró su camino en el servicio desinteresado y generoso a los niños pobres.

Comenzó abriendo su rico palacio de Comonte a dos niñas huérfanas. Poco a poco fue aumentando el número de los niños abandonados que acogía y atendía, así como el de personas a las que encargaba de su formación y asistencia.

La congregación de las Religiosas de la Sagrada Familia comenzó formalmente el 8 de diciembre de 1857, en Soncino, con la profesión religiosa de la fundadora, que cambió el nombre de Costanza por el de Paula Isabel. Pocos años después, el 4 de noviembre de 1863, puso las bases de la rama masculina, los Hermanos de la Sagrada Familia, que se dedican al trabajo y al apostolado en el campo.

Escribió personalmente las Constituciones de ambos institutos, que fueron aprobadas por el obispo de Bérgamo.

Ella misma explica la vocación y el carisma de su congregación: "La humildad, la sencillez, el amor al trabajo, a imitación de la Sagrada Familia de Nazaret, formarán el espíritu propio de este instituto". En el centro de su espiritualidad está la caridad, subrayando una profunda relación personal con Dios.

Consumó su débil salud en la asistencia caritativa y en la actividad religiosa. Murió en Comonte, el 24 de diciembre de 1865, a los 49 años.

Fue beatificada el 19 de marzo de 1950 por el Papa Pío XII.

(fuente: www.vatican.va)

sábado, 21 de diciembre de 2013

21 de diciembre: San Pedro Canisio

SAN PEDRO CANISIO
Presbítero y Doctor de la Iglesia
(1521-1597)
Sacerdote Jesuita (S.J)

El mismo año en que Lutero rompía definitivamente con Roma nacía en Nimega Pedro de Canis, el mayor de sus adversarios. Su tierra es entonces un campo de lucha teológica, que envenena los ánimos, revuelve los colegios y las Universidades, siembra la discordia en los hogares, y en los mismos conventos enciende rencores y batallas. Afortunadamente, él crece en un hogar donde hay amor por las viejas tradiciones religiosas. Su padre, burgomaestre de la ciudad, es un católico convencido; su madre, en el momento de morir, reúne a sus hijos junto a su lecho y les hace jurar que nunca se dejarán seducir por las nuevas doctrinas. Esta escena dejó una impresión imborrable en el alma del joven. Por esta época, Pedro seguía sus estudios universitarios en Colonia. Era un estudiante asiduo, brillante y piadoso. A los diecinueve años se doctora en artes y hace voto de castidad perpetua. Sus mejores amigos son, por este tiempo, el hagiógrafo Surio y el ascético cartujo Juan Landspergio. En Maguncia conoce a Pedro Fabro, el primer compañero de San Ignacio; hace bajo su dirección los ejercicios ignacianos y entra en la Compañía (1543). Es el primer jesuita alemán.

Desde este momento se anima su existencia con una idea que jamás perderá de vista: la lucha contra el protestantismo. Los ojos del fundador se fijan en él; quiere completar personalmente su formación, y le llama a Roma. En 1548 enseña retórica en Mesina, un pequeño rodeo que parece alejarle de su obra apostólica, pero que sirve para probar la sinceridad de su vocación y su espíritu de sacrificio. Así moldeaba Ignacio a los hombres. El año siguiente reaparece en Alemania, inaugurando sus empresas misionales con un espíritu siempre en tensión, con un entusiasmo que no desmayará un solo momento. Brilla como educador de la juventud, como predicador y misionero, como organizador de la Compañía en su país y provincial de ella durante muchos años, como consejero y director de príncipes, como campeón del catolicismo en las dietas del Imperio, como nuncio de los Papas y como publicista formidable y apóstol de la unidad. Pero la idea que inspira, armoniza e ilumina esta vida agitada y multiforme es siempre la misma: detener la pretendida reforma de los innovadores y oponer a ella un movimiento de verdadera y saludable reforma religiosa. Su corazón se estremece al pensar en los progresos que la predicación del nuevo Evangelio hace en los países del Rin y del Danubio. Era preciso obrar con rapidez si Austria y Baviera habían de librarse de aquel diluvio que avanzaba desde Sajonia y Prusia.

Pedro Canisio se lanza a su empresa con una confianza sin límites, y la prosigue durante medio siglo con una energía de hierro y una táctica admirable. Es un combate prolongado, en que el entusiasmo más ardiente se junta con la más prudente cautela. Empieza con la Universidad. Canisio quiere en ella más estudio, más piedad, más escolástica. Enseña teología en Ingolstadt, y en Viena arroja de los claustros universitarios el fermento de la herejía, y despierta el fervor católico entre los profesores y los estudiantes. «A mi ver—escribía a San Ignacio—, la reforma de la educación es el mejor auxiliar de la fe.» Si trabaja por extender el instituto de la Compañía, es a fin de abrir un colegio bien orientado en las principales ciudades del Imperio.

Pero su palabra no puede quedar encerrada en el ámbito estrecho de las aulas; necesita los grandes espacios de las catedrales, la libertad de las plazas, el aire puro de los campos. Más aún que profesor es predicador. Quiere ponerse en contacto con la masa del pueblo, y predica lo mismo en la corte que en la aldea, sin buscar otra cosa que la instrucción de las gentes y el acrecentamiento del nivel cultural y religioso. Serena, clara, lógica en la exposición de la doctrina, animada por una convicción intima y penetrante, servida por un conocimiento profundo de la Escritura y de la tradición, realzada por todos los atractivos de un carácter noble y una virtud acrisolada, aquella elocuencia tenía un poder maravilloso de persuasión y nunca se prodigaba sin dejar gérmenes de salvación en las almas. No era arrebatada y deslumbrante, como había sido la de Juan Capistrano, como será la de Fidel de Sigmaringen, pero hacía pensar, desmenuzaba el error, conmovía el espíritu para inquietar luego el corazón. Era una palabra densa y firme, que no se desdeñaba de tomar los aires humildes de la catequesis, de dirigirse a los niños, de resonar en el palacio imperial y en la iglesia destartalada del pueblo escondido entre bosques y montañas. Pedro Canisio se había dado cuenta de que no eran brillantes discursos lo que se necesitaba, sino sencillas explicaciones de la doctrina cristiana; y él, consejero regio, maestro universitario, teólogo de los Concilios, gozaba viéndose rodeado de muchachos y explicando los artículos fundamentales de la fe. Este celo para desterrar la ignorancia de los católicos le inspiró la Suma de la doctrina cristiana, la más famosa y la más popular de sus obras. Se trata de un sencillo catecismo, pero un catecismo donde todo es orden, precisión, claridad, exactitud; un catecismo donde están expuestas la sabiduría y la justicia cristianas, es decir, el dogma y la moral, de una manera tan perfecta, que entonces era imposible encontrar nada semejante. Las ediciones se agotaron con tal rapidez; que en un siglo aparecieron cerca de quinientas en todas las lenguas de Europa.

Pero no bastaba sostener el espíritu vacilante de los católicos; era necesario hacer frente a la audacia de los luteranos; y éste es otro de los aspectos de aquella prodigiosa actividad. Pedro Canisio es un temible controversista.

La más exquisita caridad se junta en él a la dialéctica más severa. Pocas palabras y muchas razones; ésta parece ser su consigna. No traicionar nunca la verdad, pero tampoco hacerla odiosa con la petulancia. «Lo que todo el mundo busca—escribía a un amigo—es la moderación unida a la gravedad del lenguaje y a la fuerza de los argumentos. Abramos los ojos a los extraviados, pero sin irritarles.» Esta mansedumbre no era debilidad, sino virtud; era un método de polémica religiosa profundamente meditado y tenazmente seguido, cuyos frutos fueron tales, que los vencidos, jugando con el nombre del polemista, le llamaron Canis austriacus, el perro de Austria. Canisio se encuentra con Melanchthon en el coloquio de Worms y le hace enmudecer, o, mejor dicho, responder con injurias; discute con los corifeos de la herejía, los persigue en la corte de Fernando I y de Maximiliano; va a Augsburgo a Viena y de Viena a Praga; negocia en Roma los asuntos de su patria; asiste a las sesiones del Concilio de Trento y se le ve al lado de los príncipes, de los obispos y de los legados apostólicos, apoyando siempre la marcha triunfante de la verdadera reforma. De día habla, predica, negocia, discute; de noche ora y escribe obras de edificación, de exégesis de teología y de controversia. La pluma es para él un nuevo instrumento de apostolado. Emprende una refutación completa, ordenada y documentada de los errores protestantes contenidos en los libros de los centuriadores de Magdeburgo, que no sólo habían atacado a la Iglesia romana en el terreno del dogma y la disciplina, sino también en el de la Historia. Empieza su obra lleno de confianza y de entusiasmo; tiene una fe ciega en su virtud como máquina de guerra contra la herejía; lleva ya publicados dos volúmenes, en los cuales hasta sus mismos enemigos reconocen verdaderos monumentos de erudición y de sabiduría, cuando recibe la orden de interrumpir su trabajo y de retirarse a Suiza, donde pasa los últimos lustros de su existencia entregado al ministerio de la enseñanza y de la predicación, es decir, a la restauración del sentimiento religioso.

Todo en la vida de San Pedro Canisio tiene esa finalidad. En sus relaciones con los príncipes católicos, seglares o eclesiásticos, en su conducta como nuncio del Papa o provincial de su Orden, en la influencia que tuvo dentro de los Concilios o de las dietas imperiales, en sus andanzas misioneras de pueblo en pueblo y de provincia en provincia, en su actividad universitaria y en sus intervenciones como diplomático, la idea fija que le mueve es siempre el despertar entre los católicos un movimiento de fe activa y militante para oponer una barrera al protestantismo. El mismo fin tiene su apostolado literario, dogmático o popular. Jamás se detiene en la especulación pura. Consagrado últimamente con el título de Doctor, pudiéramos llamarle el Doctor Práctico. Más que un hombre de letras, fue un hombre de acción; un reformador con respecto a los suyos, y "con respecto a los adversarios, un contrarreformador. Es un hecho que el catolicismo se mantuvo y refloreció en las regiones por él evangelizadas, y que el descenso de la expansión protestante coincide con el principio de su apostolado. No fue, ciertamente, el único obrero del renacimiento católico, pero fue el más celoso promotor, y no sin justicia se le ha podido llamar el segundo apóstol de Alemania.

(fuente: www.divvol.org)
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