Buscar este blog

domingo, 5 de enero de 2014

05 de enero: Santa Genoveva Torres Morales

Fundadora de la Congregación de las Hermanas del Sagrado Corazón de Jesús y de los Santos Ángeles

Martirologio Romano: En Zaragoza, en España, santa Genoveva Torres Morales, virgen, que desde joven experimentó las contrariedades de la vida y soportó la enfermedad que le aquejaba. Fundó el Instituto de las Hermanas del Sagrado Corazón de Jesús y de los Ángeles, para ayudar a la mujeres (1956).

Fecha de canonización: 4 de mayo de 2003 por el Papa Juan Pablo II en la Plaza de Colón, Madrid, España.

Nacida en Almenara (Castellón) a finales del siglo XIX, en el seno de una familia humilde, con ocho años ha perdido a sus padres y a cuatro de sus cinco hermanos. A los 13 años sufre la amputación de la pierna izquierda a la altura del muslo, en una operación sin anestesia. A punto de morir, Genoveva sobrevivirá para convertirse en una mujer fuerte, valiente, animosa, capaz de sufrir sin queja, amorosa, humilde, sencilla…

Con quince años ingresa en la “casa de Misericordia” de Valencia, donde las Carmelitas de la Caridad cuidarán de ella. Diez años de su vida pasará con estas religiosas, tiempo durante el que profundizará su formación espiritual y su relación con Dios, hasta el punto de solicitar su ingreso en la Congregación. Ante la negativa, motivada por su imposibilidad física, Genoveva irá descubriendo el camino que Dios le tiene reservado: la fundación de una congregación que atienda, con amor, a mujeres solitarias, afligidas, dando sentido a su vida y estimulando su práctica religiosa.

En 1911 se inaugura en Valencia la primera residencia de la Asociación que recibirá el nombre de Sociedad Angélica del Sagrado Corazón, siendo el definitivo Hermanas del Sagrado Corazón de Jesús y de los Santos Ángeles. Será Zaragoza donde instalen la Casa General y el Noviciado, en una hospedería ubicada a los pies de la Virgen del Pilar e inaugurada en 1941. A pesar de su cojera, la Madre Genoveva viajará por las principales ciudades españolas fundando residencias, en Madrid, Barcelona, Bilbao, Santander, Pamplona… resolviendo problemas, atendiendo a sus hijas… Mujer enferma durante toda si vida, falleció en Zaragoza en 1956.


¿Cuáles fueron las virtudes de la Madre Genoveva?

Niña simpática, alegre, trabajadora. Generosa y desprendida, reparte su poca comida con los pobres. Acepta cumplir la voluntad de Dios, para agradarle. Tiene gran capacidad de sufrimiento, es agradecida, de buen carácter, humor y piedad. Los jesuitas, a lo largo de su vida, la ayudarán a profundizar en su vida espiritual y a abrirse a la voluntad de Dios. Anima a sus hijas a amar mucho a Dios para acertar en el trato con las señoras que viven en las residencias de la Congregación.

El objetivo es que se sientan como en su propia casa. Madre Genoveva se caracterizará por ese amor, atendiendo a las residentes más necesitadas. Su incapacidad física nunca será impedimento para nuevas fundaciones o para visitar a sus hijas. Y, como compañía en sus viajes, una caja de zapatos en la que guarda una imagen de la Virgen María. Su enfermedad, compañera continua, nunca arranca una queja en ella.

“¿Quién soy yo? Más nada que nadie”: esta frase de la Madre fue una realidad en su propia vida, llegando a dormir en el suelo, o rechazando los homenajes personales. Su gran preocupación son sus hijas, a quienes animará y acompañará sobre todo durante las épocas difíciles e inestables de la República y la Guerra Civil. Los últimos años de su vida mantiene comunicación con todas sus hijas desde la Casa General, en Zaragoza, donde muere.

Su gran amor a la Eucaristía le llevó a solicitar la Vela nocturna al Santísimo, para las mujeres. Y su amor a la Virgen la hizo consagrar la Congregación religiosa por ella fundada a María, en la festividad de Nuestra Señora de la Esperanza.

Fue canonizada por Juan Pablo II el 4 de Mayo de 2003 en Madrid, España.

(fuente: es.catholic.net)

sábado, 4 de enero de 2014

04 de enero: Santa Dafrosa de Roma

Viuda y Mártir

Mujer fuerte, cristiana de cuerpo entero. Esposa y madre de familia que tiene bien grabado en su alma el principio y fin de su estado y su función: ganar el cielo para ella y para los suyos. Sí, es como si la vida consistiera en un desbaratarse en el ámbito del Amor.

Primero a su marido y a sus hijos, luego al prójimo restante y al mundo, todo en el amplio ámbito de Dios que da sentido a los amores, sanos y nobles, pero con minúscula.

Y como el amor lleva a darse en búsqueda del bien de quien se ama, ahí la vemos dejando su casa en Sevilla y emigrando a la cabeza del Imperio con toda su familia a la búsqueda de un bienestar mejor. Porque era española y sevillana, de los de siempre, aún antes de que se llamaran andaluces o existiera la Giralda y antes de que fueran sus señales el toro, el albero, los palillos, el faralai y el ´`ozú ¡que caló!.

Su marido Flaviano, muere mártir en Roma. Por estar casada con un cristiano irreductible ella es condenada al destierro. A su vuelta el prefecto Aproniano la encarcela porque sigue aferrada a su principio de no sacrificar y casi enferma de hambre. El prefecto prepara las cosas para recasarla con un tal Fausto con la esperanza de que la obligue a cambiar; pero resulta el cazador casado, porque Dafrosa lo instruye en la fe cristiana, lo bautiza el presbítero Juan y acaba muriendo mártir. Como su cuerpo fue expuesto a los perros, por la noche lo recoge Dafrosa y le da sepultura cristiana. Esto la llevó definitivamente al martirio, el 4 de Enero del 362, cuando era ya único emperador Juliano.

Encantador relato que realza la entereza y la actuación, desde la feminidad, de esta mujer cristiana cabal ¿verdad? Se conocen los hechos -posiblemente agrandados en los siglos y en la distancia- por el historiador hagiógrafo hispalense Antonio Quintana quien a su vez los retoma de Pedro Julián. Cuando se narra la vida y muerte de Dafrosa se habla de toda una familia mártir - también se afirma que sus hijas Demetria y Bibiana murieron mártires en Roma, en el 362- cuya fuente impulsora es la madre, firme, fuerte y muy capaz.

Es curioso ver en la historia el papel de los aduladores del que manda. No fue precisamente el tiempo de Juliano uno de los que se caractericen por violenta persecución. El Apóstata sólo estuvo preocupado por la restauración en el Imperio del paganismo como religión oficial, al tiempo que mejoraba la administración e impulsaba la economía. Juliano no quiso mártires, sólo paganos. Pero, bien fuera por adulación, bien por odio a la fe, dicen que el prefecto Aproniano llevó esta familia a la muerte porque eran seguidores cabales del judío Cristo, el Señor.

(fuente: es.catholic.net)

viernes, 3 de enero de 2014

03 de enero: San José María Tomasi

El insigne servidor de Dios José María Tomasi, Cardenal, a quien el Papa Pío VII decoró con los honores de los Beatos en el año 1803, y a quien hoy el Sumo Pontífice Juan Pablo II inscribe solemnemente en el libro de los Santos, nació en Licata, Sicilia, diócesis de Agrigento, el dia 12 de septiembre de 1649, hijo primogénito de Julio Tomasi y de Rosalía Traina, Príncipes de Lampedusa y Duques de Palma de Montechiaro.

Su vida estuvo orientada hacia Dios ya desde sus primeros años. Formado y educado en la noble casa paterna, en la que no faltaban ni riquezas ni virtudes, dio prueba de un espíritu muy dispuesto al estudio y a la piedad. Así pues sus padres cuidaron con esmero su formación cristiana y su instrucción en las lenguas clásicas y modernas, especialmente en la lengua española, en cuanto destinado por la familia a la corte de Madrid, debiendo heredar de su padre, por sus títulos nobiliarios, la dignidad de Grande de España.

Pero, ya desde su infancia, su espíritu aspiraba a ser pequeño en el Reino de Dios, y a servir no a los reyes de la tierra, sino al Rey del Cielo. Cultivó en su corazón ese piadoso deseo hasta que obtuvo el consentimiento paterno para seguir su vocación a la vida religiosa.

Después de haber renunciado, mediante documento notarial, al principado que le pertenecía por herencia, y al riquísimo patrimonio familiar, entró en la Orden de Clérigos Regulares Teatinos, fundada por S. Cayetano de Thiene en el año 1524. Emitió la profesión religiosa en la casa teatina de S. José de Palermo el día 25 de marzo de 1666.

En el nuevo estado de vida, que abrazó para seguir la llamada de Cristo, pudo dedicarse mejor a la piedad y al estudio. La sagrada liturgia lo había atraído desde niño, ya desde entonces hubiera querido vestir los colores litúrgicos del día. El canto gregoriano floreció muy tempranamente en sus labios, que exultaban de alegría al cantar los salmos litúrgicos. Desde su adolescencia conoció y apreció, corno por innata disposición, las lenguas sagradas latina y griega.

Cursó los estudios filosóficos en Mesina, Ferrara, Bolonia y Modena; obligado a esos desplazamientos por motivos de salud. La teología la estudió en Roma, en la casa de S. Andrea della Valle.

En Roma, después de haber recibido el subdiaconado y diaconado, fue ordenado sacerdote en la Basílica Lateranense por Mons. Giacomo de Angelis, Arzobispo de Urbino, Vicegerente del Cardenal Vicario Gaspar Carpegna, el día 23 de diciembre de 1673, el sábado de las témporas de Adviento. Dos días más tarde, en la noche de Navidad, celebraba su primera misa en la iglesia de S. Silvestre al Quirinal, sede entonces de la Casa Generalicia de los Padres Teatinos.

La unción sacerdotal pareció que incardinaba definitivamente al P. Tomasi en Roma y que le daba la ciudadanía romana. Aquí, en la casa de S. Silvestre al Quirinal, durante casi cuarenta años a partir de su ordenación sacerdotal, se dedicará con fecunda intensidad a la piedad, al ejercicio humilde y perseverante de las virtudes y al estudio asiduo. Al conocimiento del latín y griego, que adquirió en la adolescencia, añade ahora el de las lenguas hebrea, siríaca, caldea y árabe.

Transportado por su eximio amor a los documentos antiguos de la Iglesia y a las sanas tradiciones eclesiásticas, reputó que el dedicarse, con espíritu de fe, a la publicación de raros libros litúrgicos y de antiguos textos de la sagrada Litúrgia, podía ser un buen camino para su perfección religiosa.

De esa forma consiguió sacar a la luz muchos sagrados tesoros que yacían olvidados en las bibliotecas.

De hecho, gracias a su multíplice ciencia de las cosas sagradas, editó muchos volúmenes de argumentos bíblicos, patrísticos y principalmente litúrgicos. De estas sea suficiente mencionar: Codices Sacramentorum nongentis annis vetustiores (editado el año 1680); la edición crítica del Salterio en su doble versión romana y galicana: los Antifonarios y Responsoriales de la Iglesia Romana que estaban en uso en tiempos de S. Gregorio Magno (editados en 1686); la edición crítica de los títulos y argumentos de la Sagrada Bíblia según los códices del siglo V al siglo XI (publicada en 1688).

Por su vasta erudición y por sus excelentes y bien conocidas virtudes, el P. Tomasi gozaba de tal fama y estima que eran muchos los que buscaban su conocimiento y amistad y se honraban con ellos.

La Reina de Suecia Cristina Alejandra, lo quiso entre los miembros que ornaban su círculo de doctos. La Academia Romana de la Arcadia lo enumeró entre sus socios más ilustres. El docto Rabino de la Sinagoga de Roma, Moisés Cave, que fue convertido al catolicismo por el P. Tomasi, discípulo suyo en la lengua hebrea, lo consideraba amigo y padre en la fe.

Sin embargo, cuanto mayores eran las alabanzas que le tributaban sus contemporaneos, tanto más procuraba permanecer escondido, hasta el punto de publicar, por humildad, alguna de sus obras bajo pseudónimo.

El estar en relación con personas importantes y eruditas de su mismo rango, no le impidió a Tomasi dedicar su atención a la formación de los simples fieles para los que compuso: Vera norma di glorificare Iddio e di far Orazione secondo la dottrina delle divine Scriture e dei Santi Padri, y también Breve istruzione del modo di assistere fruttuosamente al Santo Sacrificio della Messa, y además una versión reducida de Salmos elegidos y dispuestos para facilitar la oración del cristiano.

Fue nombrado Consultor General de su Orden pero, por humildad, renunció al poco tiempo a tal encargo aduciendo como motivo las muchas otras ocupaciones por los encargos que ya tenía en la Curia Romana, entre los cuales, Consultor de las Sagradas Congregaciones de Ritos y de Indulgencias, y Calificador del Santo Oficio.

Sus numerosas publicaciones de argumento litúrgico, en las que hermanaba la piedad y la erudición, le granjearon el título de "Príncipe de los Liturgistas Romanos" y el de "Doctor Liturgicus" con los que lo denominaban algunos de sus contemporaneos.

En verdad, no pocas normas que, emanadas por la autoridad de los Romanos Pontífices y por los documentos del Concilio Vaticano II, están hoy felizmente en uso en la Iglesia, fueron ya propuestas y deseadas por el P. Tomasi. Entre estas cabe recordar: la forma actual de la Liturgia de las Horas para la oración del Oficio Divino; la distinción y el uso del Misal y del Leccionario en la celebración de la Eucaristía; varias normas contenidas en el Pontifical y en el Ritual Romano; el uso de la lengua vulgar que él mismo recomendaba en las devociones privadas y en las oraciones hechas en común por los fieles; todo ello encaminado a promover una más íntima y personal participación del pueblo de Dios en la celebración de la Sagrada Líturgia.

Todas sus fatigas y premuras en la investigación y en el estudio, no desviaron mínimamente al P. Tomasi de tender, constantemente y con todas sus fuerzas, a la conquista de aquella perfección evangélica a la que Dios lo había llamado desde su infancia. Era de ejemplo para los demás por su profunda humildad, su espíritu de mortificación y sacrificio, su fiel observancia regular, su mansedumbre, su pobreza, su piedad, su devoción filial a la Santísima Virgen María. Ayudaba a los pobres, confortaba a los enfermos, tanto en casa como en el hospital de S. Juan de Letrán. De este modo se unían armoniosamente en él la sabiduría y la caridad.

Clemente XI, que conocía personalmente al P. Tomasi y admiraba sus eximias virtudes y la difundida fama de su doctrina, lo nombró Cardenal del Título de los Santos Silvestre y Martín al Monti, en el Consistorio del 18 de mayo de 1712. Aceptó el cardenalato solamente por obediencia al mandato explícito del Papa.

Colocado en ese sublime grado, como lámpara en el candelabro, iluminó con el resplandor de sus virtudes de tal forma la Iglesia Romana, que muchos lo veneraban como un nuevo S. Carlos Borromeo, al que se había propuesto imitar.

Unió a la dignidad cardenalicia todas aquellas virtudes que lo habían distinguido como religioso teatino; no mutó lo más mínimo su precedente regla de vida. Para su corte y para el servicio de su casa eligió, por motivos de caridad, personas pobres, débiles, claudicantes y con otras deficiencias físicas. En su Iglesia Titular de los Santos Silvestre y Martín al Monti, no sólo participaba, con los clérigos de su familia, a las celebraciones litúrgicas de los Padres Carmelitas, sino que también se dedicaba a enseñar a los niños y demás fieles el catecismo de la doctrina cristiana.

Pero tamaño resplandor de buen ejemplo y de virtudes brilló por poco tiempo. No se habían cumplido ocho meses de su cardenalato, cuando después de haber tomado parte a la Capilla Papal de la Vigilia de Navidad en la Basílica Vaticana, atacado por violenta pulmonía, expiraba santamente en su residencia del palacio Passarini de via Panisperna. Era el día 1 de enero de 1713.

El primer panegírico del Cardenal Tomasi lo pronunciaba el mismo Papa Clemente XI en el Consistorio celebrado un mes después de su tránsito. "No podemos disimular -dijo el Papa- el íntimo dolor que nos ha producido la muerte del eximio y piadosísimo Cardenal Tomasi ... Auténtico ejemplar de la más santa y antigua disciplina, y de cuyas virtudes y doctrina tanto nos esperabamos todavía".

La fama de santidad que durante la vida acompañó al Cardenal Tomas¡, creció aún más después de su muerte. Por eso, después de solo cinco meses de su piadoso tránsito, se empezó, por deseo de Celemente XI, el Proceso Canónico Ordinario Informativo para su Beatificación. Después de haber superado vicisitudes y dificultades de diverso tipo, Pío VII, aprobados dos milagros atribuidos a la intercesión del Ven. Cardenal Tomasi, lo proclamó Beato el día 29 de septiembre de 1803.

Un nuevo milagro, atribuido a la intercesión del Beato José María Tomasi, fue aprobado, con decreto del 6 de julio de 1985, por el Santo Padre Juan Pablo II, para su Canonización.

Las reliquias de su cuerpo fueron trasladadas en el año 1971 desde la Basílica de su título, Santos Silvestre y Martín ai Monti, a la Basílica de S. Andrea della Valle de los Padres Teatinos, donde actualmente están expuestas a la veneración de los fieles.

Su fiesta se celebra el 3 de enero.

(fuente: www.vatican.va)

jueves, 2 de enero de 2014

02 de enero: San Basilio Magno

SAN BASILIO MAGNO
Obispo y Doctor de la Iglesia
(329-379)
Patrono de los monjes

No es esto un mensaje de guerra; es—como decía el poeta antiguo—un heraldo con palabras de oro. Ven a abrazarme, no te detengas un solo momento. El amigo aguarda con impaciencia al amigo. La administración del Imperio es una esclavitud, ciertamente; pero un hombre solícito, prudente y dueño de sí mismo, puede aún encontrar tiempo para los que ama. Así hago yo. Aquí, en el círculo de la amistad, se vive sin ceremonias cortesanas. Nuestra primera regla es que un elogio equivale a una traición. Con toda libertad, pero siempre amablemente, nos advertimos unos a otros nuestros defectos, nos ayudamos en nuestros trabajos y nos acostumbramos a una tarea sin fatiga, sin emulación, sin insomnio. Yo soy el que más velo, pues debo responder de la salud de todos. Perdóname que te escriba con toda franqueza. Te juro que al enviarte esta carta sólo considero tu alta sabiduría, que debe ser provechosa para nosotros. Ven, pues; la posta pública está a tu disposición, y permanecerás con nosotros el tiempo que quieras.»

Esta carta la escribía Juliano el Apóstata poco después de haber sido investido por las legiones del Danubio con la púrpura imperial (361). El amigo a quien se dirige era Basilio de Cesarea. Juliano había conocido a Basilio en Atenas. Más de una vez habían discutido de sutilezas retóricas o cuestiones de filosofía, juntamente con Gregorio de Nacianzo, paseando en dirección al Pireo o a través de los jardines de Academo. Como Juliano, Basilio tenía entonces la pasión de las letras humanas, pero sin aquella inquietud religiosa que turbaba ya entonces a su augusto amigo. Aunque catecúmeno todavía, hacía honor a las tradiciones religiosas de su familia, una noble familia de Cesarea de Capadocia, que entre sus miembros contaba mártires, obispos y ascetas ilustres, y cuyo jefe era ahora un brillante profesor de elocuencia de la provincia del Ponto.

Al volver a su patria, después de cumplidos los veinticinco años, Basilio se sintió impresionado por el ejemplo de su hermana Macrina, que llevaba en casa la vida austera de las vírgenes consagradas a Dios. «Comencé—dice él mismo—a despertarme como de un profundo sueño, a abrir los ojos, a mirar la verdadera luz del Evangelio y a reconocer la vanidad de la sabiduría humana.» Como signo de una resolución firme, recibió el bautismo, y deseando conocer con más claridad la voluntad divina, viajó durante dos años por todo el Oriente, desde el Nilo hasta el Tigris, visitando los santuarios famosos, escuchando a los doctores de la fe, discutiendo con los filósofos, admirando a los grandes solitarios y robusteciendo el entusiasmo de su fe con la visita de los Santos Lugares. Rico con estos tesoros de experiencias, se apresuró a poner en práctica aquella vida de perfección que había aprendido de los anacoretas de Egipto y Mesopotamia, estableciéndose en un valle risueño de la provincia del Ponto, junto a la corriente del Iris. Con él viven otros ascetas, que forman una especie de círculo amistoso, cuyo lazo es el amor, caldeado en la oración, en el trabajo manual e intelectual y en la noble conversación, donde se estudiaban los más altos problemas de la filosofía y de la teología. Este es el momento en que Basilio recibe aquella misiva en que se le invitaba a formar parte de aquel otro círculo laico que Juliano empezaba a organizar en la corte. No conocemos su respuesta. Tal vez no vio en la invitación imperial más que un nuevo indicio de refinada hipocresía y el afán de imitar las bellas instituciones del cristianismo. Es un hecho que Basilio despreció aquella tentación peligrosa, prefiriendo la compañía de los cenobitas del Iris, entre los cuales figuraban su hermano Gregorio de Nissa y su amigo Gregorio de Nacianzo. Con ellos reza, ayuna y trabaja. Los gobierna, pero sin que nadie se dé cuenta de que hay un superior. Todo en su dirección es discreción y sabiduría. Se levantan al despuntar el día para alabar a Dios con la oración y el canto de los himnos. Leen los libros sagrados y contemplan a los santos personajes de la Biblia «como estatuas vivientes e imágenes animadas». La oración alterna con el estudio. No se impone el silencio absoluto, pero tampoco se habla inútilmente; es preciso reflexionar antes de hablar, y disciplinar hasta el tono de la voz. De cuando en cuando, Basilio reúne a sus compañeros en torno suyo, los instruye, resuelve sus dudas y los guía por los caminos de la perfección. Así nacen sus Reglas Mayores y Menores, suma de catequesis monacal, que señalan una etapa esencial en el desarrollo de la vida cenobítica. Con ella, la cultura oriental se junta a la tradición pacomiana, el ideal monástico es enriquecido e iluminado con las claridades del espíritu griego.

Aquel monasterio de Iris, donde a los encantos del espíritu se juntaban las más espléndidas bellezas naturales, parecía haber nacido a impulso de un capricho pasajero, pero en realidad llevaba en sí la vitalidad de una creación nueva y vigorosa. Por él la vida de comunidad iba a ocupar finalmente el puesto que le correspondía dentro del cristianismo. Hasta ahora el aislamiento anacorético se ha considerado como la cima de la perfección. El mismo ideal de San Pacomio es un homenaje a la vida de los anacoretas. Su monasterio nos da la impresión de un cercado donde el individuo puede vivir seguro. Hay una rígida disciplina exterior, pero cada cual tiene libertad completa para organizar su vida ascética. El objeto de aquella minuciosa reglamentación no es la comunidad, sino el individuo. El aprecio excesivo de la soledad ofusca a aquellos legisladores egipcios. Piensan que el trato con los hombres aparta de la compañía de los ángeles, y si aceptan el cenobio es porque el desierto carece de lo necesario para vivir, y está lleno de fieras y serpientes. San Basilio se da cuenta de que hay un punto flaco en estas tendencias: es el olvido del precepto fundamental del amor, y ello le lleva a sentar la tesis contraria: el claustro no es un producto de la necesidad, sino el ideal más puro del cristianismo. Familiarizado con el concepto de la ciudad griega, va a demoler la supremacía del aislamiento con una crítica profunda y radical, en la cual descubre crudamente los grandes peligros de la soledad y analiza las ventajas de la convivencia. A semejanza de la Iglesia, el monasterio se le presenta como un organismo en el cual cada miembro tiene su destino particular. Un espíritu común anima y penetra el conjunto, transmitiendo la savia vital hasta las últimas articulaciones.

Esta enseñanza pareció tan nueva, que no fue aceptada sin resistencia, y sólo lentamente llegó a propagarse por los centros ascéticos del Oriente, que siguen considerando a San Basilio como su maestro y legislador. Lo es efectivamente. Si no creó el monaquismo oriental, le infundió una vida nueva cuando se hallaba amenazado de un gran peligro; el de llegar a ser una sociedad de trabajadores que rezan, o de rezadores que se matan a fuerza de penitencias. El encauzamiento de la corriente impetuosa que pobló las soledades de Siria y Egipto trajo el movimiento metódico, militarizado y enfermo de espíritu. Se necesitaba un alma nueva, una sangre joven, algo interno y vital, un corazón palpitante y vigoroso, y esta espiritualización del ideal monástico fue también obra de San Basilio. Volvió a renacer el primitivo entusiasmo, y el milagro se realizó con la repetición machacona de un solo principio: el cumplimiento de la voluntad de Dios. Si el asilamiento corporal quedaba reemplazado por el recogimiento del alma, el cumplimiento de la voluntad divina sustituía a la red complicada de la primitiva ascesis. Sus obras no tienen de suyo importancia ninguna; todo depende del espíritu con que se las hace. Las mayores penitencias, hechas por satisfacer la voluntad propia, no sirven de nada. De aquí nace la discreción de Basilio en su obra legisladora. De este modo elevaba el ideal monástico y a la vez le extendía: le elevaba hacia Dios y le extendía hacia el mundo. Nada del mundo que fuese noble, bueno y bello, era extraño a la vida monacal; la misma cultura pagana podía penetrar en el claustro, purificada por el bautismo y la penitencia. El claustro no será un liceo, ciertamente, pero el hálito de Atenas penetrará en él; la vida religiosa se convertirá en una filosofía, el abad en un maestro y el monje en un campeón de la verdad. La pluma y el libro reemplazan a los cestos y a las esteras. Tal es la evolución que San Basilio realiza en la historia del monasterio. Sus reglas, más doctrinales que dispositivas, son a la vez obra de psicólogo y de observador. Aspira a ordenar, a completar y corregir la legislación anterior. Discierne, rechaza y perfecciona con actitud de crítico, y sepulta para siempre muchas ideas que antes se habían aceptado como oro de ley.

Pero tanto o más que maestro de monjes, Basilio fue el doctor de todo el pueblo cristiano. No dudaba en dejar de cuando en cuando la soledad para intervenir en las luchas religiosas, que apasionaban a sus contemporáneos. Se presentaba en Constantinopla, disputaba con los campeones de la herejía y aparecía una y otra vez en su ciudad natal. En una de estas ocasiones, el pueblo de Cesarea se apoderó de él y le presentó al obispo para que le ordenase de sacerdote. Su amigo Gregorio de Nacianzo, que acababa de sufrir una violencia semejante, le escribía: «También tú has caído en la red, también tú has sido arrastrado al sacrificio. De todas maneras, en estos tiempos miserables, oscurecidos por tantos cismas y tantos escándalos, creo que nuestro deber es aceptar sencillamente esa dignidad terrible que han puesto sobre nuestras cabezas.» Así pensaba también Basilio; empieza a trabajar con entusiasmo en la predicación y en el ministerio, en las obras de caridad y en el campo de la controversia. Su celo se extiende, cuando en 370 los obispos de Capadocia le colocaron sobre la sede metropolitana de Cesarea.

Fue el tipo auténtico del obispo, padre del pueblo, amigo de los desgraciados, inflexible en la fe, infatigable en la caridad. Seguidor escrupuloso de la pobreza evangélica, sólo tenía una túnica, no admitía en su mesa más que pan y legumbres, rechazaba todas las pompas que iban ya rodeando a la dignidad episcopal; pero al mismo tiempo embellecía la ciudad y disponía de inmensos tesoros para socorrer a los necesitados. Era aquél un tiempo de revueltas civiles, en que el capricho de los funcionarios hacía veces de ley, y en que los pueblos encontraban en los obispos sus mejores apoyos contra la arbitrariedad y la tiranía. Una gran parte de la correspondencia de Basilio tiene por objeto cumplir con este oficio episcopal. Escribe a sus amigos, a los prefectos, al emperador; unas veces pide el arreglo de un puente, otras la remisión de impuestos a una ciudad devastada por la inundación, otras el perdón de un culpable o la rehabilitación de un inocente. Si un padre riñe con su hijo porque se ha hecho cristiano, Basilio interviene y los reconcilia; si un amo trata con dureza a sus esclavos, Basilio está allí para recordarle la suavidad evangélica. No hay miseria, culpable o no culpable, no hay interés público o particular que no encuentre en él un abogado. En cada circunscripción de su diócesis establece un hospicio. En la capital levanta un establecimiento de beneficencia, que es como una nueva ciudad. Se llama la casa de los pobres. Es a la vez hospital, alberguería y universidad. En unos edificios reciben la enseñanza los niños y los jóvenes, en otros se hospedan los peregrinos, en otros tienen sus habitaciones los ancianos y los enfermos. Cada sexo tiene sus departamentos especiales; vastos jardines separan los distintos pabellones; en el fondo se levanta la leprosería, y en el centro está la iglesia, «adornada con todos los esplendores del culto triunfante», dominando, como foco de consuelo, aquel refugio de todos los dolores, que la gratitud pública seguirá llamando un siglo más tarde la Basiliada. Por toda la periferia hormiguea una población de vigilantes, enfermeros, proveedores y carreteros, y en medio se ve a Basilio inspeccionándolo todo, hablando a todos, llenándolo todo con su bondad y su celo.

El oro para realizar estos prodigios conseguíalo con la virtud de su palabra. Fue el gran predicador de la limosna. Había comprendido que, según la doctrina cristiana, la igualdad social sólo puede conseguirse por la práctica de la caridad, y a fuerza de elocuencia lograba enternecer el corazón de los hombres y hacer que se ayudasen los unos a los otros. Tal vez es en la homilía contra los ricos donde mejor se revela aquella alma de apóstol, aquella caridad triunfante y arrebatada. «En el Evangelio—decía—hay una palabra importuna, odiosa, insoportable. Es ésta: vende todo lo que tienes y dáselo a los pobres. ¡Ah! Si el Señor hubiese dicho: arrojad vuestro dinero en un abismo de placeres culpables, prodigadlo con las mujeres perdidas, comprad diamantes, muebles, pinturas; entonces vosotros, ricos del siglo, triunfaríais. ¡Qué demencia! Conocéis las ruinas gigantescas que dominan nuestra ciudad como un aglomerado de rocas artificiales. ¿En qué siglo fueron levantadas estas fortificaciones hoy desmanteladas? No lo sé; pero sé que entonces había pobres aquí, y que en lugar de socorrerlos, los ricos preferían gastar su dinero en estas construcciones locas. Pero el tiempo ha soplado sobre esas piedras ciclópeas, las ha derribado como juguetes de niño, y el dueño de esos palacios arruinados gime ahora en el infierno.» Más insinuante, aunque tal vez menos patético, decía en otra ocasión: «Cuando penetro en la casa de un rico opulento y sin entrañas, cuando contemplo la magnificencia del dorado y de los mármoles, pienso interiormente en la locura de ese hombre, que decora con tanto lujo los objetos inanimados y deja su alma abandonada. ¿Qué gusto puedes tener en contemplar tus sillas de marfil, tus mesas de plata, tus lechos de oro, cuando a tu puerta piden pan millares de hambrientos? Pero dirás: Yo no puedo socorrer a tantos. Y yo te respondo: El anillo que llevas en el dedo con el rubí, el zafiro o el diamante que le enriquece, podría librar a veinte presos por deudas. Tu guardarropa bastaría para vestir a una tribu entera. Y, sin embargo, te niegas a dar un óbolo a la indigencia. No lo olvides: el pan que tú no comes pertenece al que tiene hambre; el vestido que tú no usas pertenece al que va desnudo; el dinero que tú malgastas es oro del indigente.»

Empujado por aquel anhelo generoso de proteger a cuantos eran víctimas de la injusticia, Basilio no dudaba en afrontar el peligro y la calumnia. Una viuda perseguida por un magistrado que quiere casarse con ella contra su voluntad, se refugia en la iglesia de Cesarea y recibe hospedaje en la casa del obispo. El prefecto se presentó en Cesarea, y llamando a Basilio ante su tribunal, se atrevió a exteriorizar las más infames insinuaciones. «Se hizo una investigación en la casa episcopal; los lictores—dice Gregorio de Nacianzo—osaron penetrar en la modesta celda de Basilio, sin respeto a los ángeles del Cielo, testigos de las virtudes sublimes que allí practicaba este hombre humilde.» Entre tanto, Basilio permanecía tranquilo delante del prefecto:

—Que le despojen del manto—dijo éste.
—Estoy dispuesto—respondió Basilio—a quitarme también la túnica, si os place.
—Que le desgarren los costados con uñas de hierro—ordenó el juez.
Y el obispo dijo sonriente:
—Esto será un lenitivo excelente, porque, como podéis advertir, estoy sufriendo terriblemente del hígado.

Los verdugos iban a empezar, cuando un murmullo formidable hizo retemblar la curia. Era el pueblo de Cesarea que llegaba en masa preguntando por su obispo. Allí estaban todos: hombres y mujeres, viejos y muchachos. Los dos gremios de armeros y tejedores imperiales parecían los más irritados. Venían con hachas encendidas, bastones, piedras, puñales y lanzaderas.

—¡Muera el prefecto!—gritaba la indignación popular. Y, a ruegos del prefecto, Basilio apareció a la puerta del pretorio y apaciguó aquella mar alborotada. La exasperación se trocó en entusiasmo, y el perseguidor pudo escabullirse entre la multitud.

La obra de Basilio despertaba la emulación de los grandes funcionarios del Imperio, y el mismo emperador se vio, a pesar suyo, subyugado por la grandeza de su genio. Era el emperador arriano Valente, que ahogaba a los sacerdotes ortodoxos y mutilaba a los anacoretas y vivía rodeado de herejes y obispos aseglarados. Este es el momento en que Basilio se presentaba en Oriente como el campeón de la fe de Nicea. El arrianismo acababa de renovar sus métodos y su espíritu. La doctrina dura y malsonante de Arrio, las ondulantes teorías de Eusebio de Nicomedia se habían transformado en los rotundos períodos de Eunomio, cargados de reminiscencias filosóficas. Este hombre, de origen campesino, rudo, contrahecho y mordido por la lepra, se había conquistado un prestigio increíble repitiendo las frases armoniosas de Platón y exponiendo los sueños místicos de Plotino. Era demasiado astuto para decir que el Verbo es una criatura, que hubo un tiempo en que el Verbo no existía; su arte consistía en halagar los gustos de la clase ilustrada con las disputas elegantes y los recuerdos helénicos puestos de moda por Juliano el Apóstata. Lanzó a los cuatro vientos el término con que Platón había designado al primer principio: el Agénetos, el Ingénito. El Agénetos fue considerado como la divinidad de los espíritus cultos. Gozoso con este primer éxito, Eunomio aturdía a sus oyentes, según dice un contemporáneo suyo, con las agudas distinciones del gran Platón. Si la noción de Ingénito, decía, es la definición de Dios, esa noción es idéntica a Dios. Dios, por tanto, no puede ser engendrado de una manera personal ni sustancial. Platón triunfaba de Nicea.

Pero la Providencia, que había suscitado a Atanasio contra las blasfemias de Arrio, suscitó a Basilio contra los sofismas eunomianos; Atanasio, con su ardor militante, con su elocuencia popular, con su estilo prolijo, claro, espontáneo, que tiene unas veces aire de cátedra y otras arranques de arenga; con sus ímpetus de guerrero que penetra en medio del combate y descarga los golpes de su maza y persigue a los fugitivos, o se pone de espaldas a una roca, o escapa dando un enorme salto para caer de nuevo en la refriega.

Basilio, con su método irreprochable, con su caminar didáctico y seguro, con su cultura clásica, con su elocuencia grave y encendida a la vez, con la red tan temible de su dialéctica, que es más fácil salir de un laberinto que escapar a sus argumentos. Tiene un espíritu amplio y poderoso, pero disciplinado y conservador; posee todos los secretos de su lengua, sabe de las ciencias humanas lo necesario para no temer las objeciones de los especialistas, y en filosofía no teme las ingeniosas disquisiciones eunomianas: el platonismo, el peripatetismo, el eclecticismo de Alejandría, todas las variedades del pensamiento metafísico de la antigüedad son familiares a su espíritu; en ellas se inspira, de ellas toma sus definiciones y muchas de sus ideas, y si no es del todo exacto el nombre de Platón cristiano que le dieron sus contemporáneos, podemos ver en él, al menos, por la claridad luminosa de la frase, por la feliz elección de las fórmulas y por la riqueza de las comparaciones, un platónico distinguido. En su libro contra Eunomio, publicado en 364, Basilio se dirige, sobre todo, a demostrar que la inascibilidad no es la definición de Dios, que el término Ingénito no comprende la sustancia divina. Ataca al mismo tiempo a Platón y a Eunomio. Contra el primero demuestra que es un error confundir la forma del concepto con la del objeto conocido; y para deshacer el racionalismo presuntuoso del segundo, explica cómo si la acción de Dios desciende hasta nosotros, su esencia sigue siéndonos inaccesible.

Cuando el libro de Basilio recorría todo el Oriente, llenando de alarma a las huestes del arrianismo, el emperador llega inopinadamente a Cesarea. Iba preocupado del recibimiento que le haría Basilio, y acudió a todos los medios para conquistar su adhesión. Le enviaron primero un grupo de obispos arríanos, que ni siquiera fueron recibidos por el de Cesarea. «Llegó después una embajada de matronas, pero las instancias salidas del gineceo—dice Gregorio de Nacianzo—, y apoyadas por los eunucos, tuvieron el mismo resultado.» Otro día llegó el jefe de la cocina imperial, un hombre que se llamaba Démostenos, y para justificar su glorioso apellido tenía grandes ambiciones literarias. Este venía con gesto amenazador.

—Todo el que resiste al César—dijo—pasará por mis cuchillos.
—Vuelve a los hornos—le replicó el prelado—; allí está tu puesto.

Presentóse, finalmente, el prefecto. San Gregorio de Nacianzo nos ha conservado el diálogo que tuvo con Basilio:

—¿Qué motivos tienes—comienza—para resistir tú solo a tan gran emperador?
—El emperador es grande—responde el obispo—, pero no es superior a Dios.
—¿No sabes—replica el prefecto—los tormentos que puedo hacerte sufrir?
—¿Cuáles? Explícate.
—Tengo a mi disposición la confiscación, el destierro, la tortura, la muerte.
—¿La confiscación?—contesta Basilio—. Puedes ponerla en práctica, si es que te importan algunos vestidos usados y unos pocos libros que constituyen mi riqueza. ¿El destierro? ¿Cómo podrá asustarme? El cristiano se considera peregrino en todas partes y sabe que toda la tierra es de Dios. Los tormentos acabarán antes de ensañarse con mi cuerpo, según lo débil que está, y la muerte apresurará mi marcha hacia Dios, por quien suspiro.
—Nadie hasta hoy—dice el magistrado, estupefacto—ha usado conmigo semejante lenguaje.
—Es que tal vez—replica Basilio—no te has encontrado nunca con un obispo.

El prefecto volvió hacia su amo, conmovido e irritado a la vez. Propuso toda suerte de violencias para vencer aquello que llamaba testarudez insensata; pero Valente estaba aquel día de buen humor. Además, empezaba a admirar a aquel hombre extraordinario. Entró en Cesarea sin grandes aclamaciones y sin recibir el saludo del metropolitano. Al día siguiente, fiesta de la Epifanía, se dirigió a la basílica. La multitud llenaba los ámbitos; el canto era hermoso y potente; la liturgia ofrecía el espectáculo de majestad y de orden que Basilio sabía imponer en la iglesia. En el fondo aparecía el mismo Basilio, en pie, la cara vuelta hacia el pueblo, inmóvil como las columnas del templo, los ojos fijos en el altar. Figura alta, recta y seca, perfil aguileño; acentuado por la delgadez de sus mejillas, frente pensativa, cejas arqueadas, pelo ralo en la cabeza, y de tarde en tarde una ligera sonrisa, algo desdeñosa, que movía casi imperceptiblemente su luenga y encanecida barba. Aquel espectáculo produjo una impresión tal en el emperador, que sintió amagos de vértigo. Acercóse a presentar la ofrenda, pero ninguno de los ministros se apresuró a recibirla, ignorando la intención de Basilio. Al fin, éste hizo una señal, y la ofrenda fue recogida. Sin embargo, Valente no se atrevió a participar de los santos misterios; pero, al terminar los oficios, quiso tener una conferencia con el defensor de la ortodoxia. Basilio le tendió una silla, y expuso con una claridad admirable el dogma de la divinidad de Jesucristo. «Yo estaba allí—dice el Nacianceno—, en medio de la multitud que había seguido al príncipe, y oí las palabras que cayeron de sus labios, o, mejor, que le fueron inspiradas por la sabiduría misma de Dios.»

Pero al mismo tiempo que atacaba, Basilio veíase obligado a defenderse. Su actitud con el emperador nos refleja un carácter condescendiente y comprensivo. Pero sus anhelos de conciliación eran para los intransigentes claudicaciones imperdonables. Se le miraba como un tránsfuga de la verdad, se le acusaba de menospreciar las leyes canónicas o de interpretarlas a su capricho. «Él es—decía su amigo Gregorio—el último destello de la ortodoxia en Oriente, el foco en que se concentra la vida del catolicismo; y, sin embargo, se espían todas sus palabras para tergiversarlas, para volverlas contra él.» A los enemigos se juntaban los envidiosos. En sus visitas pastorales a través de Capadocia se encontró Basilio más de una vez gentes sospechosas que le vigilaban hasta en lo íntimo de su oración, que interrumpían sus discursos, que asaltaban a su comitiva en los caminos. Él se dirigía al Papa San Dámaso pidiendo su ayuda, pero la idea que en Roma se formaba de la situación del Oriente era muy confusa. Hasta entre sus íntimos encontraba traidores. «Tres años hace—escribía a uno de ellos—que he dejado la palabra a la envidia y al odio. El dolor que he sentido lo he encerrado en mi pecho. Pero al fin me veo obligado a hablar y a desafiar a mi mayor enemigo a que presente una acusación seria contra mi doctrina, mi vida o mis costumbres. Jamás he hecho traición a la fe. Como la recibí, siendo niño, sobre las rodillas de mi abuela Macrina, así la predico y así la enseñaré hasta mi último aliento. Hace veinte años, tú estabas conmigo en la soledad del Ponto, tomando parte en aquella vida de penitencia, juntamente con mi amigo Gregorio. Recuerdo que a veces pasábamos el río para ir a escuchar las cosas celestes que nos decía mi santa madre. Dime, por favor, ¿es que entonces, cuando todo nos era común por el derecho de una amistad llena de confianza, me oíste pronunciar alguna de esas blasfemias?»

Un día, en Nacianzo, asistía Gregorio a un banquete, invitado por un alto personaje. Después de hablar de los sucesos del día, recayó la conversación sobre los dos amigos. «Me felicitaban de ser amado por ti—escribía el Nacianceno al día siguiente—, recordaban nuestra vida de estudiantes en Atenas, ensalzaban tu elocuencia, ponían tu nombre sobre las nubes. De repente, un monje de apariencia austera se levanta y dice: «¡Basta de mentiras! Yo también admiro el genio de Basilio y de Gregorio, pero les falta lo mejor, la ortodoxia.»

—¿Qué audacia es ésta?—exclamé yo—. ¿Quién te ha hecho definidor de dogmas?
—Escúchame—dijo el asceta—. Vengo de Cesarea; allí he oído un discurso del obispo. Imposible hablar con más elocuencia del Padre y del Hijo; pero al tratar del Espíritu Santo, sus palabras eran torpes y oscuras. Hubiérase dicho un río que da vueltas a un peñasco para ir a esconderse en la arena.

No era este monje el único que creía ver sombras en la enseñanza del obispo de Cesarea sobre la tercera Persona de la Santísima Trinidad. Basilio vióse obligado a justificarse, y lo hizo en un bello tratado, que con abundancia de lenguaje y seguridad maravillosa expone por primera vez en la Iglesia la teología completa del Espíritu Santo. De esta manera las circunstancias le iban empujando poco a poco a enriquecer la literatura cristiana. Era uno de esos hombres que muestran alientos intrépidos cuando se ven obligados moralmente a obrar, y que sólo se deciden a salir del retiro movidos por un deber imperioso. Gregorio alude a su hablar premioso, que él mismo atribuye a la pesadez capadociana. Eunomio añade que se estremecía cada vez que se encerraba en su habitación para trabajar, y si vamos a creer a Filistorgio, se prestaba con dificultad a las discusiones.

Pero más que en las luchas dogmáticas, nos interesa verle instruyendo a los pobres habitantes de Cesarea y levantándolos a Dios por la contemplación de la Naturaleza. Es el asunto de las homilías que llevan el nombre de Hexamerón, porque en ellas se explican las maravillas de los seis días de la Creación. Libanio, el retórico pagano, lloraba leyéndolas. «Jamás—decía—escribí yo cosa semejante. ¡Y no es de Atenas de donde salen estas obras maestras, sino de Capadocia! ¿No se engañará Basilio al pensar que no habita la mansión de las musas?» «No—respondía Basilio—; mi única gloria es ser el discípulo de los pescadores.» Esta frase explica el genio de aquella oratoria y nos da el secreto de su influencia sobre la multitud. Los juegos de palabras, los torneos literarios, los vanos oropeles, que Libanio admiraba, eran en Basilio una cosa involuntaria y accidental. Es un orador, ciertamente, el primer orador que ha tenido la Iglesia, porque Orígenes había dogmatizado como un profesor y Atanasio había arengado como un general. Basilio habla a todos los públicos con un lenguaje natural y sabio a la vez, con una frase cuya elegancia no disminuye la simplicidad y la fuerza. Su palabra se alimenta de recuerdos clásicos, y, sin embargo, corre con una espontaneidad, que la hace accesible a todas las inteligencias. Para Gregorio, la palabra es con frecuencia penacho de adorno; para Basilio es siempre una espada, cuya empuñadura, por muy bien cincelada que parezca, sólo sirve para meter más adentro la hoja. Focio colocaba al obispo de Cesarea entre los más grandes escritores clásicos, por el orden y la claridad de los pensamientos, por la propiedad del lenguaje, por la elegancia y la naturalidad; la crítica moderna admira en él el equilibrio perfecto de la especulación y la erudición, de la .retórica y las dotes de gobierno, y Fenelón se inclina reverente ante el orador «grave, sentencioso y austero, ante el hombre que ha meditado todos los detalles del Evangelio, ante el sutil conocedor de las enfermedades del hombre y ante el gran maestro de dirección de las almas». Sin perder nada de su familiaridad, aquella elocuencia se nos presenta más brillante en las descripciones del Hexamerón, donde se encuentra el genio griego con toda su belleza nativa, dulcemente animado de un colorido oriental, pero siempre armonioso y puro. «Si alguna vez—decía Basilio—habéis pensado en el Hacedor de todas las cosas, cuando en una noche serena paseáis vuestra vista por la hermosura inenarrable de los astros; si alguna vez habéis considerado durante el día las maravillas de la luz, venid, dejad que os conduzca como de la mano a través de los prodigios del universo.» Describe luego las bellezas de la tierra, el orden, los perfumes, los colores, la música de las cosas, y concluye: «Si estas cosas visibles son tan admirables, ¿qué serán las invisibles? Ese sol perecedero y, sin embargo, tan hermoso, nos ofrece asunto de admiración inagotable. ¿Qué será el sol de la justicia divina en su soberana hermosura?»

Los artesanos de Cesarea amaban estos apóstrofes vibrantes, los escuchaban anhelantes y respondían a ellos con lágrimas y aplausos. Cuando la muerte apagó aquella voz, nada podía consolarlos. El dolor rayaba con la demencia; lloraban hasta los judíos y los paganos; la multitud corrió sollozando a tocar por última vez el cuerpo inerte. Algunos murieron sofocados; «y los demás—dice San Gregorio—envidiaron la suerte de estas víctimas funerarias, y así colocaron a mi amigo en el sepulcro de sus abuelos: cerca de los obispos, el obispo; el mártir, cerca de los mártires, y junto a los predicadores, la gran voz que sigue vibrando siempre en mis oídos».

(fuente: www.divvol.org)

miércoles, 1 de enero de 2014

01 de enero: Beato Valentín Paquay

Sacerdote franciscano belga, que ejerció su largo apostolado en Hasselt. Incansable predicador popular y asiduo ministro del sacramento de la reconciliación, sabía hacer presente a sus muchos penitentes el rostro misericordioso de Dios Padre. Impulsó la práctica de la comunión frecuente y el culto al Sagrado Corazón, así como la devoción a la Virgen sobre todo con la recitación del Santo Rosario. Lo beatificó Juan Pablo II en 2003.

El día 9 de noviembre, domingo, Juan Pablo II beatificó al franciscano belga Valentín Paquay, llamado popularmente «el santo padrecito de Hasselt», pues, aunque había nacido en Tongres, en 1828, vivió, desde 1854 hasta el día de su muerte, en el convento de dicha ciudad. Desempeñó un fecundo apostolado, sobre todo a través del ministerio de la Confesión, revelando a sus numerosos penitentes el rostro misericordioso de Dios Padre, hasta tal punto que se le comparó con el santo Cura de Ars. Franciscano humilde y sencillo, el padre Valentín Paquay veneró con amor filial a la Madre del Señor y difundió su devoción entre los fieles, sobre todo con la recitación del Santo Rosario.

Valentín Paquay nació en Tongres, Bélgica, el 17 de noviembre de 1828. Sus padres fueron Enrique y Ana Neven, personas de gran honestidad y profundamente religiosas. Era el quinto de once hijos y en el bautismo recibió el nombre de Luis.

Cursados los estudios elementales, entró en Tongres en el Colegio de los Canónigos Regulares de San Agustín para continuar los estudios; en el 1845 fue admitido en el seminario de Saint-Trond para cursar los estudios de retórica y filosofía.

Tras la muerte precoz de su padre, ocurrida en 1847, y con el consentimiento materno, entró en la Orden de los Frailes Menores de la Provincia de Bélgica, y el 3 de octubre de 1849 inició el Noviciado en el convento de Thielt.

El 4 de octubre del siguiente año, emitió la profesión religiosa en las manos del P. Hugolino Demont, guardián del convento, e inmediatamente después marchó a Beckhrein para cursar los estudios teológicos que concluyó en el convento de Saint-Trond. Fue ordenado sacerdote en Lieja el 10 de junio de 1854, y destinado por los superiores al convento de Hasselt donde permaneció ya el resto de su vida. Allí desempeñó los cargos de vicario y de guardián. En 1890 y en 1899 fue elegido definidor provincial.

«Siguiendo muy de cerca a S. Juan Berchmans, su maestro predilecto, el P. Valentín -escribe Agustín Gemelli- se injerta en la espiritualidad franciscana enseñándonos la virtud del cada instante, el valor de las cosas más insignificantes, a la luz de la más sincera e inmediata humildad» (cf. I. Beaufays, P. Valentino Paquay, el «Padre Santo» di Hasselt, Milán, Vita e Pensiero, 1947, Presentación).

El P. Valentín, incansable, desarrolló una enorme actividad en el campo del apostolado. Predicaba sin descanso. Era muy estimado especialmente en los ambientes populares y en los institutos religiosos por su palabra sencilla y persuasiva. Sobre todo, fue constante su labor en el confesonario, emulando al Santo Cura de Ars, con quien fue muchas veces comparado. También dio pruebas de discernir las conciencias de sus penitentes, que acudían a él incluso desde lejos.

Tuvo una gran devoción a la Santísima Eucaristía y durante cincuenta años fue apóstol de la comunión frecuente, adelantándose así al famoso decreto del papa S. Pio X.

Muy devoto del Sagrado Corazón de Jesús, meditaba continuamente en Él y ensalzaba por doquier sus excelsas perfecciones; difundió su culto sobre todo entre las hermanas de la Fraternidad Franciscana Seglar de Hasselt, fraternidad a la que asistió durante veintiséis años. Tuvo siempre presente el recuerdo de la Pasión del Señor, practicando diariamente el piadoso ejercicio del Vía Crucis. Especialmente devoto de la Virgen, la veneró ya desde su juventud en la iglesia parroquial de Tongres bajo la advocación de Causa de nuestra alegría, y después con el titulo de Vara de Jesé en el santuario de Hasselt; pero, como franciscano, prefería sobre todas las advocaciones de María, la de la Inmaculada Concepción, y quiso celebrar con regocijo extraordinario, a pesar de su enfermedad, el quincuagésimo aniversario de la proclamación del dogma que coincidía con su jubileo sacerdotal.

Murió en la ciudad de Hasselt el 1 de Enero de 1905 a la edad de setenta y siete años. Fue beatificado por Juan Pablo II el 9 de noviembre de 2003.

[Del servicio informático de la Curia General de los Franciscanos, OFM]

* * * * *

De la homilía de Juan Pablo II en la misa de beatificación (9-XI-2003)

3. El padre Valentín Paquay es verdaderamente un discípulo de Cristo y un sacerdote según el corazón de Dios. Apóstol de la misericordia, pasaba largas horas en el confesonario con un don particular para hacer que los pecadores volvieran al camino recto, recordando a los hombres la grandeza del perdón divino. Poniendo en el centro de su vida de sacerdote la celebración del misterio eucarístico, invitaba a los fieles a acercarse frecuentemente a la comunión del Pan de vida.

Como tantos santos, desde muy joven, el padre Valentín se había puesto bajo la protección de Nuestra Señora, invocada en la iglesia de su infancia, en Tongres, como Causa de nuestra alegría. Ojalá que, siguiendo su ejemplo, sirváis a vuestros hermanos, para darles la alegría de encontrar verdaderamente a Cristo.

[L'Osservatore Romano, edición semanal en lengua española, del 14-XI-2003]

(fuente: www.franciscanos.org)

martes, 31 de diciembre de 2013

31 de diciembre: San Silvestre I

SAN SILVESTRE I
Papa
(† 335)

En las montañas del Vierzo se dice: «San Silvestre, el año acabaste.» Pero este Santo, que cierra el año cristiano y litúrgico, abre en la historia del cristianismo una era de paz y libertad. Después de trescientos años de lucha con la Iglesia, el Imperio se declaraba vencido. En 311, el más pérfido de los perseguidores, Galeno, publicaba el primer decreto de tolerancia, y dos años después Constantino el Grande redactaba el edicto de Milán. Cristo había vencido a Zeus. Todavía resonaban en las ciudades los gritos de júbilo de los antiguos perseguidos, cuando Silvestre, un clérigo romano que se había distinguido por su celo durante la última persecución, sube a ocupar la cátedra de San Pedro (314).

Es el momento de recogerse, de meditar en silencio sobre la nueva situación, de reparar y reorganizar. Esta va a ser la tarea del nuevo Papa. Silvestre la realiza silenciosamente, sin agitaciones inútiles, sin estruendo. Grandes cuestiones agitan el mundo, y, cosa extraña, la voz del Pontífice no se oye en el coro de las disputas. Este tiempo de inquietud en la Iglesia y el Imperio, parece de reposo en la cristiandad de Roma. El cisma donatista conmueve el Occidente; los obispos de Italia, España y la Galia se reúnen en Arles; pero echan de menos la presencia de aquel «cuya autoridad más extensa hubiera podido realzar sus decisiones». Antes de separarse, sienten la necesidad de escribirle estas frases: «Pluguiera al Cielo, Padre carísimo, que hubieras estado presente a este gran espectáculo. Toda esta asamblea habríase visto inundada de la mayor alegría; pero puesto que no has podido dejar esa ciudad, domicilio predilecto de los Apóstoles, cuya sangre es en ella claro testimonio de la gloria de Dios, nos ha parecido conveniente daros cuenta de lo que hemos tratado en nuestras deliberaciones.»

No tarda en estallar otra tormenta mucho más peligrosa. Derrotado en el campo de la política, el paganismo tendía a perpetuarse en el de las ideas, y así nace la teología antitrinitaria de Arrio. El fondo de su doctrina estaba en el ambiente; para concretarla y propagarla se necesitaba un hombre astuto, capaz de arrastrar a las multitudes con su elocuencia, de desconcertar a los adversarios con sus sofismas, de procurarse el apoyo de los grandes con sus hábiles manejos, de agrupar en torno suyo, con la seducción de sus modales y la austeridad aparente de su vida, un núcleo de partidarios fanáticos de sus ideas. Y el sofista alejandrino formuló su teoría del Verbo inferior a Dios y primera criatura del mundo, expuesta en términos precisos y lapidarios. Se ha podido decir que la enseñanza de Arrio tendía a la reconciliación racional entre la gnosis oriental, la filosofía platónica y la teología judaica. La protesta fue unánime entre los partidarios de la tradición.

La lucha se hizo general. Discutíase en la corte, en las iglesias, en las calles. Reuníanse Concilios, se lanzaban anatemas, y llega el día incomparable de Nicea, el magnífico espectáculo del primer Concilio ecuménico. Dos grandes atletas se mueven en el campo de la ortodoxia: el gran Osio de Córdoba y San Atanasio de Alejandría. Inútilmente buscamos en la contienda la voz de Silvestre. La de Osio es, ciertamente, un eco suyo: si preside la gran asamblea, y la encauza y la inspira, es en nombre del Papa. Silvestre sigue, sin duda, con ansiedad aquellas deliberaciones solemnes, pero no conocemos ni una intervención suya, ni un gesto, ni una palabra.

Un momento, sin embargo, aparece al lado de Constantino. Un año después de Nicea, el gran emperador hace su segunda y última visita a Roma. Es el año más amargo de su vida, el de aquella oscura tragedia familiar en que perdieron la vida el príncipe Crispo y la emperatriz Fausta; un lujo y una esposa sacrificados a la razón de Estado por leyes sospechosas y terribles arrebatos, y, como consecuencia, el remordimiento, la tristeza, el dolor más profundo. La Roma senatorial no podía amar a este enemigo de la tradición pagana, a este hombre que aparecía en sus calles a la manera asiática, vestido de una túnica cuajada de perlas y llevando en su sien una diadema deslumbrante que le ceñía los cabellos. La actitud hostil de la aristocracia tuvo un lenitivo en la simpatía de la población cristiana.

Silvestre comprendió la amargura secreta de aquel corazón lacerado, y si no bautizó al emperador, como se ha supuesto, puso a su alcance los consuelos de la religión cristiana y la condición de sus inefables perdones. Constantino respondió a aquel amor compasivo con generoso agradecimiento. Nunca se mostró tan magnífico. Las principales basílicas de Roma están, por su origen, unidas a su nombre y al del Pontífice Silvestre. Entre ambos las construyen, las decoran, las dotan con grandes posesiones y las adornan de objetos de oro, plata, jaspe, pórfido, alabastro y toda clase piedras preciosas. El palacio Lateranense, residencia imperial e convierte en morada de aquel sucesor de Pedro, que hasta entonces había encontrado difícilmente un escondrijo bajo la tierra.

(fuente: www.divvol.org)

lunes, 30 de diciembre de 2013

30 de diciembre: Beata Eugenia Ravasco

Fundadora del Instituto de las Hermanas de los Sagrados Corazones de Jesús y María

Eugenia Ravasco nació en Milán el 4 de Enero de 1845, la tercera, entre seis hijos del banquero genovés Francisco Mateo y de la noble Carolina Mozzoni Frosconi.

Fue bautizada en la Basílica de Santa María de la Pasión, con los nombres de Eugenia, María. La familia, acomodada y religiosa, le ofreció un ambiente rico de afecto, de fe y educación refinada.

Luego de la muerte prematura de dos hijos pequeños y de su joven esposa, el padre regresó a la Ciudad de Génova, llevando consigo al primogénito, Ambrosio y a la menor, Elisa, quien contaba apenas año y medio de edad.

Eugenia permaneció en Milán con la hermanita Constancia, confiada a los cuidados de la tía Marieta Anselmi, quien, como verdadera madre, la acompañó en su crecimiento, educándola con amor pero también con firmeza. Eugenia, vivaz y expansiva, en su infancia la consideró su verdadera madre y demostró hacia ella un afecto muy tierno.

En 1852 decidieron fuera a vivir a Génova con su familia. La separación de su tía le causó un dolor muy hondo, a tal punto que enfermó. En Génova, desde entonces su ciudad adoptiva, encontró nuevamente a su padre y a los dos hermanos; conoció al tío Luis Ravasco, quien tanto aportó a su formación; a la tía Elisa Parodi y a sus diez hijos con quienes convivió durante algún tiempo. De manera especial se encariñó a su hermana menor, Elisa, reservada y sensible, estableciendo con ella una profunda sintonía espiritual.

Al cabo de tres años, en marzo de 1855, falleció también su padre. Luis Ravasco, banquero y cristiano convencido, se responsabilizó de los tres sobrinos huérfanos cuidando de su formación: confió a una Institutriz cualificada las dos niñas. Eugenia de carácter vivaz y exuberante sufrió bastante bajo el régimen severo adoptado por la señora Serra, pero supo aceptarlo con docilidad.

El 21 de junio de 1855, en la Iglesia de San Ambrosio (hoy Iglesia “de Jesús”) en Génova, a los 10 años, recibió la primera Comunión y la Confirmación luego de una atenta preparación realizada por el Canónigo Salvador Magnasco. Desde ese día se sintió atraída por el misterio de la presencia Eucarística, de tal manera que no pasaba delante de ninguna Iglesia sin entrar para adorar el SSmo. Sacramento. El culto a la Eucaristía es en efecto uno de los goznes de su espiritualidad, junto al culto de los Corazones de Jesús y de María Inmaculada. Movida por una compasión connatural hacia los que sufren, desde su adolescencia donó abundantemente y de todo corazón a los necesitados, muy contenta de hacer sacrificios personales para lograrlo. En diciembre de 1862, la joven Eugenia perdió también el apoyo del tío Luis, quien había sido para ella más que padre. Recibió de Él no solamente la herencia moral de grande rectitud, coherencia cristiana y gran liberalidad hacia los pobres, sino también la responsabilidad de la familia, ahora en las manos de administradores no siempre fieles. No se acobardó. Confiando en Dios y aconsejada por el canónigo Magnasco, futuro Arzobispo de Génova, y por sabios abogados, tomó las riendas de los negocios de familia. Lamentablemente no logró salvar al hermano del camino extraviado por el que estaba marchando y que lo llevó a un extremo degrado moral y físico. Fue éste uno de los mayores sufrimientos para la Madre y una grande prueba para su Fe. En este mismo período la tía Marieta inició los preparativos para conseguir para la sobrina un brillante porvenir de esposa. Pero Eugenia oraba ardientemente en su corazón, para que Dios le mostrara el verdadero camino por donde deseaba llevarla. Tenía aspiraciones más elevadas. El 31 de mayo de 1863, en la Iglesia de Sta. Sabina en Génova, en donde entrara para saludar a Jesús Eucarístico, mediante las palabras del Misionero P. Jacinto Bianchi, quien estaba en ese momento dirigindose a los fieles, Eugenia Ravasco recibió la invitación divina a “consagrarse para hacer el bien por amor al Corazón de Jesús”. Fue el acontecimiento que iluminó su futuro y cambió su vida. Bajo la guía del Director espiritual, ella se puso sin reservas a disposición de Dios, consagrándole a Él, a su gloria y al bien de las almas, sus energías de inteligencia y de corazón y el patrimonio heredado de los suyos: “Este dinero —acostumbraba repetir— no es mío, sino del Señor, yo soy solamente la depositaria” (cfr. Positio C.I., 70)

Soportó con fortaleza las protestas de los parientes, las críticas y el desprecio de las damas de su misma clase social e inició con valor a “hacer el bien” a su alrededor. Dio clases de catecismo en su Parroquia, N.S. del Carmen; colaboró con las Hijas de la Inmaculada en la Obra de S. Dorotea, como asistenta de las niñas del barrio, enseñó costura y bordado. Como “Dama de Caridad” de S. Catalina en Portoría, asistió a los enfermos en el Hospital de Pammatone y de los Crónicos; visitó a los pobres en sus casas, llevando el consuelo de su caridad. Sentía una grande pena viendo a tantos niños y jovencitas abandonados a sí mismos, en medio de toda clase de peligros y totalmente ignorantes de las cosas de Dios.

El 6 de diciembre de 1868, a los 23 años, fundó la Congregación religiosa de las Hijas de los Sagrados Corazones de Jesús y de María, con la misión de hacer el bien especialmente a la juventud. Se iniciaron así las escuelas, la enseñanza del catecismo, las asociaciones, los oratorios; el proyecto educativo de la Madre Ravasco consistía en educar a los jóvenes y formarlos a una vida cristiana activa y abierta, para que fueran “honestos ciudadanos en medio de la sociedad y santos en el cielo”; educarlos a los valores trascendentes y al mismo tiempo a la lectura de los acontecimientos en perspectiva histórico-salvífica. Les propuso la santidad como meta de la vida.

En 1878, en un período de abierta hostilidad a la Iglesia y de laicización de la vida social, Eugenia Ravasco, atenta a las necesidades de su tiempo, dio inicio a una Escuela Normal femenina, con la finalidad de darle a las jóvenes una instrucción orientada cristianamente y de preparar “maestras cristianas” para la sociedad. Para llevar a cabo esta obra, pupila de sus ojos, se enfrentó con fortaleza y confiando en Dios sólo, a los ataques venenosos de la prensa de opinión laicista.

Encendida de caridad ardiente a imitación del Corazón de Jesús y animada por la voluntad de ayudar a su prójimo, de acuerdo con los Párrocos, organizó Ejercicios Espirituale, Retiros, Ceremonias religiosas y Sagradas Misiones Populares, hallando un grande consuelo viendo a muchos corazones que retornaban a Dios para encontrar su misericordia mediante la oración, el canto litúrgico y los Sacramentos. Oraba: “Corazón de Jesús, concededme porder hacer este bien y niguno otro, en todas partes”.

Soñaba con poder ir a Misiones, pero ello no se concretizó sino después de su fallecimiento. Promovió el culto del Corazón de Jesús, de la Eucaristía, del Corazón Inmaculado de María; organizó Asociaciones para las Madres de Familia, tanto pobres como acomodadas; a estas últimas propuso ayudar a las jóvenes necesitadas y proveer a las Iglesias pobres. Alcanzó con su caridad a los moribundos, encarcelados, los lejanos de la Iglesia. Vivió de fe, de oración, de sufrimiento, de abandono en la Voluntad de Dios.

En 1884, junto con otras cohermanas, Eugenia Ravasco hizo su Profesión Perpetua. Siguió entregada al desarrollo y fortalecimiento del Instituto, el cual, aprobado por la Iglesia Diocesana en 1882, obtendrá la aprobación pontificia en 1909. Fundó algunas Casas Filiales que visitó no obstante su poca salud. Guió la Comunidad con amor, prudencia y la mirada hacia el futuro, considerándose la última de las hermanas. Trabajó para mantener encendida en sus hijas la llama de la caridad y grande celo para la salvación del mundo, proponiéndoles como modelos los Corazones SS.mos de Jesús y de María. “Arder en el deseo del bien ajeno, especialmente de la juventud” fue su ideal apostólico; “Vivir abandonada en Dios y en las manos de María Inmaculada” fue su programa de vida.

Purificada por la prueba de la enfermedad, de la incomprensión y del aislamiento dentro de la misma Comunidad, Eugenia Ravasco nunca desistió de actuar con pasión evangélica para la salvación de las almas, especialmente de la juventud de toda edad y condición social. En 1892, un año después de la Encíclica “Rerum Novarum” de S.S. el Papa León XIII, quiso construir un edificio en la plaza de Carignano, en Génova, para hacer de él la “Casa de las Obreras”: las jóvenes, quienes trabajaban en las fábricas y en los talleres de artesanía, hallarían en el un hogar seguro y la posibilidad de una formación cristiana. En 1898, para las jóvenes que trabajaban a servicio de las familias, fundó la Asociación de Sta. Zita; al mismo tiempo construyó el “pequeño teatro” para los momentos recreativos de las jóvenes del Oratorio y de las numerosas Asociaciones que estaban organizadas en el Instituto, convencida de que la alegría es la atmósfera educativa más eficaz: “Estad alegres —acostumbraba repetir— divertios, pero santamente...” y a las religiosas: “Vuestro gozo atraiga otros corazones para alabar a Dios” (de sus escritos).

Consumida por la enfermedad Eugenia Ravasco falleció en Génova en vísperas de cumplir sus 56 años de vida, en la Casa Madre del Instituto, en la madrugada del 30 de diciembre de 1900.

“Os dejo a todas en el Corazón de Jesús” fueron sus palabras de despedida de las hijas y de sus queridas jóvenes.

En 1948 S. E. Mons. José Siri, Arzobispo de Génova, da inicio al Proceso Diocesano. El 1 de julio del 2000, año Jubilar, el S. Padre Juan Pablo II reconoce la heroicidad de sus virtudes. El 5 de julio del 2002 el mismo S. Padre Juan Pablo II firma el Decreto de aprobación del milagro —la curación de la niña Eilen Jiménez Cardozo de Cochabamba (Bolivia)— obtenido por intercesión de Madre Eugenia Ravasco.

(fuente: www.vatican.va)
Related Posts Plugin for WordPress, Blogger...