Buscar este blog

miércoles, 5 de febrero de 2014

05 de febrero: San Felipe de Jesús

Felipe de las Casas Martínez nace en la Ciudad de México el 1 de mayo de 1572, primogénito de once hijos del matrimonio español formado por honrados inmigrantes españoles: don Alonso de las Casas y doña Antonia Martínez. En su niñez se caracterizó por su índole inquieta y traviesa. Se cuenta que su nana, una buena negra cristiana, al comprobar las diarias travesuras de Felipe, solía exclamar, con la mirada fija en una higuera seca que, en el fondo del jardín, levantaba a las nubes sus áridas ramas: "Antes la higuera seca reverdecerá, a que Felipillo llegue a ser Santo"...

 El chico no tenía madera de Santo... Asistió al Colegio de San Pedro y San Pablo de donde sería expulsado debido a su carácter incontrolado y travieso.

Posteriormente es enviado al noviciado franciscano de Santa Bárbara en la Ciudad de Puebla, del cual escapa para regresar a su casa.

Don Alonso decide entonces, ponerlo a trabajar en un taller de platería en donde mostró habilidad para labrar la plata; sin embargo, su inconstancia y falta de disposición para trabajar entre cuatro paredes, llevó al fracaso este nuevo intento de forjarle un "porvenir" a Felipe.

Las cosas se habían puesto tensas en su casa y Felipe, de entonces 18 años, decide embarcarse hacia las filipinas para actuar como agente de compras en Manila para los negocios de su padre, corría el año de 1590. Manila, punto de confluencia de razas, de comercio, de tentaciones... Felipe se deja atraer por un tiempo por los juegos de azar, actividad muy popular entre los habitantes de aquellas tierras.

El joven Felipe gozó por un tiempo de los deslumbrantes atractivos de aquella ciudad; pero pronto se sintió angustiado: el vacío de Dios se dejó sentir muy hondo, hasta las últimas fibras de su ser; en medio de aquel doloroso vacío volvió a oír la llamada de Cristo: " Si quieres venir en pos de Mí, renuncia a ti mismo, toma tu cruz y sígueme" (Mt.16, 24).

Para el apuesto y próspero Felipe llegaba el momento de la decisión y escoge correctamente. Acude al convento franciscano de Santa María de los Ángeles en Manila en donde se entrega con fervor a la disciplina conventual y se prepara para la labor misionera que llevaba a cabo la orden y también, sin saberlo, se prepara para el martirio.

Profesó el 22 de mayo de 1594 con el nombre de Felipe de Jesús. Aparece así, el "hombre nuevo" de las cenizas del viejo; aparición que implica morir en cierto sentido, morir al mundo, implica dolor, dolor de "perder" nuestra vida cómoda.

Además de Felipe de Jesús, otros dos de los hijos de don Alonso y doña Antonia optaron por la vida religiosa. Juan, mártir también en las Islas Filipinas y Francisco, evangelizador agustino en México.

Y Felipe de Jesús volvió a tomar la cruz, y ahora si tomó muy en serio su conversión... Oró mucho, estudió, cuidó amorosamente a los enfermos y necesitados, y un buen día le anunciaron que ya podía ordenarse sacerdote, y que, por gracia especial, esa ordenación tendría lugar precisamente en su ciudad natal, en México, a la vista de sus Padres y amigos de la infancia...

En el siglo XVI, la aventura más espectacular era atravesar el inmenso Océano Pacífico de Asia a México; el viaje más arriesgado y largo que se hacía en el mundo era el de Manila al Puerto de Acapulco. Cada viaje iba acompañado de enfermedades, hambre y sed, inquietudes y desvelos.

El viaje de Manila a cualquier punto de América era, casi, un viaje a la Eternidad. Los navegantes sufrían por las tempestades que movían al galeón horriblemente, golpeándolo en forma espantosa. Muchos morían a consecuencia de los golpes, otros de miedo y algunos de mareo y debilidad. La travesía duraba siete meses y a veces ocho meses. Felipe de Jesús empezó su viaje desde el Puerto de Cavite rumbo a su patria el 12 de julio de 1596, en un navío que tenía un nombre anticipatorio: el "San Felipe". Siete días llevaban con tiempo sereno y mar en bonanza, cuando Fray Juan Pobre sugirió que se hiciese una arribada al Japón, lo que aceptó el General Matías Landecho, y cuando iban tomando rumbo hacia la costa les asaltó otro temporal más furioso que los anteriores, que duró 36 horas.

Era el 5 de octubre cuando ya el Galeón "San Felipe" se encontraba sin palo sano de Proa a Popa; y sin embargo, caminaba lentamente hacia el Japón.

Se dirigían al Gran Imperio del poderoso Taico Sama, la tierra de las ilusiones misioneras de Felipe de Jesús; él era el único que iba jubiloso, olvidado de todo, sólo pensaba en misionar. El cristianismo había entrado en Japón desde 1549, de la mano de San Francisco Javier S.J.

Felipe de Jesús se soñaba entre paganos alumbrándolos con la antorcha de la Fe y lavándolos con el agua regeneradora. Soñaba que en Japón recibiría las Sagradas Ordenes de manos de un Obispo Misionero, y se quedaría en el fabuloso Japón, en el maravilloso Imperio del Sol Naciente, quemando su existencia en aras de un ideal sublime que llenaría toda su vida El Galeón "San Felipe" avanzaba sin cosa que para la navegación valiese y sin embargo, enfilaba derechamente al Japón. Todos palpaban que la navegación era milagrosa; hasta que por fin descubrieron tierra del Japón a la altura de Meaco, capital del Imperio.

Todos los náufragos del "San Felipe", no se cansaban de dar gracias a Dios por aquel milagro y arrodillados en tierra japonesa entonaron el "TE DEUM LAUDAMUS". Felipe de Jesús besaba la tierra una y otra vez; tocaba ya no en sueños, sino despierto, la tierra de los mil atractivos y peligros. El régimen político de Japón en la época de nuestro mártir se caracteriza por ser un gobierno militar presidido por un "Shogun", que de hecho controlaba y dirigía los destinos del país a espaldas del emperador, recluido en su palacio de Kyoto como figura decorativa.

Cinco ciudades del Imperio eran "shogunales", bajo el control directo del "generalísimo". Estas eran Kyoto, Tokyo, Osaka, Sakai y Nagasaki. Oda Nobunaga fue el gran Shogun que comenzó el comercio con las potencias extranjeras; por ello favoreció el crecimiento del cristianismo. Toyotomi Hideyoshi cambió de actitud, y en 1587 publicó el "Edicto de expulsión de los misioneros". Taiko Sama dejó dormir su decreto pero seguía atentamente los movimientos de los misioneros por medio de espías.

Una delegación de los náufragos, incluyendo a Felipe de Jesús, decide viajar a la ciudad de Kyoto para encontrarse con otros franciscanos que predicaban ahí y solicitarle al embajador del gobernador de Filipinas, Fray Pedro Bautista, su intercesión ante el Shogun Taiko Sama para reparar la nave que había sido confiscada por el Shogun. Pero el Shogun no quiso recibirlos; por el contrario, la mañana del 8 de diciembre de 1596 ordena la aprensión de los frailes del Convento de Santa María de los Ángeles en Kyoto "por haber desobedecido la orden para no predicar abiertamente". Aunque la verdadera razón de esta orden era el temor de los Shogun a ser dominados por las potencias extranjeras a través de la religión en un momento en que se estaba consolidando la unidad del país.

Felipe de Jesús pudo haberse sustraído al decreto de muerte: no había tenido tiempo de predicar y ni siquiera había elegido ir al Japón; era un náufrago, y como tal habría podido seguir su camino, como los otros náufragos lo hicieron, una vez reparado el barco. Pero la puerta del Santo no es la puerta fácil... Siguió, pues, hasta el último suplicio a Fray Pedro Bautista y demás misioneros franciscanos que desde hacía años evangelizaban el Japón.

El 30 de diciembre, Taiko Sama decide trasladarlos a Nagasaki ubicada a 900 kilómetros, con el objeto de sacrificarlos en la única ciudad del Japón que había nacido cristiana. Este recorrido tan largo, pensaba Taiko, serviría para erradicar la fe de aquellos japoneses que estuvieran tentados a acogerla por lo que durante todo el camino sometió a los prisioneros a innumerables afrentas. El 1 de enero se unen a los presos de Kyoto otros catequistas capturados en Osaka; más tarde se les unirían otros dos cristianos para completar el grupo de 26 prisioneros.

El 3 de enero se les mutila el lóbulo inferior de la oreja izquierda como forma de "marcar" a los que iban a morir. Este último hecho lleva a Felipe de Jesús a exclamar: "Ya dimos la primera sangre; ya nadie nos quitará el gozo de darla toda por la fe". Sus captores los crucificaron en una loma, la del Tateyama, que también era un trigal.

La cruz de Felipe de Jesús fue la del centro, la trece, como queriendo otorgarle a este extranjero que no hablaba japonés y con sólo unos meses en el Japón, el lugar más importante no sólo del Tateyama sino del comienzo de la evangelización del Japón. Felipe de Jesús no podía hacer mucho por no tener las Sagradas Ordenes, ni dominar del todo la lengua. Lo que más hacía era orar, orar con fe pidiendo fortaleza para sí y para sus compañeros. Le parecía que no había hecho nada grande para merecer el martirio.

26 prisioneros sacrificados: -Seis Misioneros Franciscanos: había cuatro españoles, fray Pedro Bautista Blásquez, fray Martín de la Ascensión, fray Francisco Blanco, y fray Francisco de Miguel. Y con ellos, fray Gonzalo García, indio portugués, y fray Felipe de Jesús, mexicano. Tres Jesuitas: Pablo Miki, un japonés de familia de la alta clase social, hijo de un capitán del ejército y muy buen predicador; Juan de Goto y Santiago Kisai, (dos hermanos coadjutores jesuitas).

-16 Cristianos Japoneses que eran catequistas y se habían hecho terciarios franciscanos. Entre ellos: un soldado: Cayo Francisco; un médico: Francisco (de Miako); Buenaventura y Matías (de Miako); Tomás Danki (de Ize); un enfermero: Juan Kisaka o Kinoia; Cosme y Máximo Takeya (padre e hijo); Joaquín Sakakibara, Pablo Suzuki, y tres muchachos de trece años que ayudaban a misa a los sacerdotes: Luis Ibarki, Antonio Deyman (de Nagazaki) y Tomás Kasaky, cuyo padre fue también martirizado. -Un Coreano: León Karasuma.

Felipillo, Felipe de las Casas Martínez, se abrazó a la cruz de la cual fue colgado, suspendido mediante cinco argollas, pero las de sus tobillos estaban mal ajustadas, y sus pies resbalaron repentinamente del pedal de la cruz, quedando su garganta oprimida por el aro de acero puesto en su cuello.

Ahogándose, moviendo desesperadamente la cabeza, sólo pudo decir sus últimas palabras: "Jesús, Jesús, Jesús". A sus gritos corrieron los soldados y mirándole en agonía rematan al mártir clavando sus lanzas: dos lanzas atravesaron sus costados, una el costado derecho y otra en el corazón, y cruzándose en el pecho, salieron por sus hombros. Felipe de Jesús fue el primero en morir en medio de todos aquellos gloriosos mártires.

Era el 5 de febrero de 1597; muere el primer Santo Mexicano, San Felipe de Jesús, primer mártir del Japón, Mexicano Universal. Cuenta la leyenda que ese mismo día la higuera seca de la casa paterna reverdeció de pronto y dio fruto. "¡Felipillo es santo, Felipillo es santo!", gritaba incrédula su nana en México al ver reverdecer la higuera muerta desde hace tiempo, mientras Felipe de Jesús cumplía con una misión, una misión grandiosa y que sin embargo pocos entendían en el lugar donde la llevaba a cabo.

"En la colina santa de Nagasaki había una selva de cruces y una turba de invictos mártires. Los cristianos se precipitaron a recoger sus vestidos para tenerlos consigo como reliquias y la sangre para humedecer paños llevados con esta finalidad. Entre tanto Dios glorificaba a sus mártires con ruidosos prodigios. Los cuerpos de los mártires difundían un delicioso perfume. Durante dos meses duraron colgados de las cruces sin dar signos de putrefacción. Las aves de rapiña que solían alimentarse de los cuerpos de los condenados en aquel lugar, dieron muchas vueltas alrededor de los cuerpos de los mártires sin tocarlos".

Felipe de Jesús fue beatificado, juntamente con sus compañeros Mártires de Nagasaki, el 14 de septiembre de 1627, por el Papa Urbano VIII. El Beato Felipe de Jesús fue canonizado el 8 de junio de 1862 por el hoy Beato Papa Pío IX, junto con sus 25 Compañeros Mártires de Nagasaki, Japón.

Sobre el frontispicio del Vaticano, junto al emblema del Pontífice reinante, lució el escudo mexicano y la imagen del Primer Santo Mexicano dentro de la imponente Basílica ante la regocijada y piadosa presencia, en Roma, de varios obispos mexicanos, entre ellos el de Guadalajara, don Pedro Espinoza y Dávalos. La Nación Mexicana declaró a San Felipe de Jesús su segundo Patrono, precedido, obviamente, por Santa María de Guadalupe. Y decretó el 5 de febrero como Fiesta Nacional. Sólo que el Congreso Constituyente en 1917, en esa fecha y en Querétaro, la hizo festividad en honor a la Carta Magna.

San Felipe de Jesús, el joven que supo convertirse hasta dar la vida por Cristo, ha sido declarado también Patrono de la Ciudad de México y de su Arzobispado.

Don Francisco Orozco y Jiménez, quinto Arzobispo de Guadalajara, promovió, con el Obispo de Nagasaki, la construcción de una iglesia en el lugar del martirio de "San Felipito" (como él cariñosamente le llamaba), y en 1926 escogió el lugar en que habría de dedicarse un templo en el Sector Libertad tapatío. También escribió y difundió una obra sobre el Santo Protomártir, editada en español y en japonés.

El Padre Mateo Chávez Plascencia y el Padre Víctor Gabriel Saucedo fueron pioneros en la obra material del templo a San Felipe de Jesús en Guadalajara. El primero de ellos le dedicó la letra de un bello Himno, al que le compuso música don Ignacio Aréchiga. Aún se entona en las festividades. Cuando se cumplió el Primer Centenario de la Canonización de San Felipe de Jesús, en 1962, el Sr. Cura Rafael Meza Ledesma fue el principal iniciador y animador de festejos jubilares, aprobados y secundados en el ámbito diocesano por el Cardenal José Garibi Rivera, quien promovió intensas celebraciones en el ámbito nacional. Hasta esas fechas pudo lograrse el principio de la construcción de un templo y monumento en Nagasaki.

El Episcopado Mexicano declaró solemnemente a San Felipe de Jesús como Celestial Patrono de la Juventud Mexicana, y en especial de la Acción Católica de Jóvenes Mexicanos, ACJM. Igualmente, el Seminario Diocesano de Guadalajara le concedió el Patronato para su Facultad de Teología.

Hoy exclamamos “¡Por la cruz en que expiraste, san Felipe de Jesús, has que el pueblo Mexicano su gloria encuentre en la Cruz”

(fuentes: ecceechistianos.wordpress.com, encuentra.com)

martes, 4 de febrero de 2014

04 de febrero: San Gilberto de Sempringham

San Gilberto de Sempringham (Sempringham, cerca de Bourne, c. 1083 - 4 de febrero de 1189) fue un sacerdote inglés, fundador de la orden monástica de los gilbertinos, la única orden religiosa nacida en la Gran Bretaña. Fue proclamado santo por Inocencio III poco después de su muerte.

Gilberto nació en el seno de una familia de origen normando (su padre, Jocelyn, fue uno de los caballeros que acompañaron a Inglaterra a Guillermo el conquistador). Su padre quiso que siguiera la carrera eclesiásticos, quizás porque una deformidad física lo impediría hacer la militar; fue enviado a Francia para completar sus estudios de teología, en la Abadía de Mont Saint-Michel y la Universidad de París, donde se quedó unos años como profesor. Al volver a Inglaterra, hacia 1120, se dedicó a la enseñanza, fundando una escuela para niños y niñas. Entró al servicio del obispo de Lincoln y recibió las órdenes menores por parte de Robert Bloet y la ordenación sacerdotal de su sucesor Alexander, que lo nombró penitenciario de la diócesis.

En 1130 su padre murió y Gilberto volvió a Sempringham, donde había heredado las fincas familiares, utilizándolas para su proyecto de fundación de una orden religiosa. Diversas comunidades, 26 conventos, monasterios y misiones habían sido fundadas recientemente, con hombres y mujeres laicos viviendo en comunidad. Hacia 1148, pidió la ayuda de los cistercienses para gestionar y asistir espiritualmente a estas comunidades, pero los monjes de la abadía de Císter no quisieron ir a Inglaterra para ayudarlo, ya que no querían que hubiera mujeres en el seno de la comunidad. Así, Gilberto decidió fundar una orden doble, donde habría monasterios de religiosas de clausura que seguirían la regla de los cistercienses y comunidades masculinas de canónigos regulares, que seguirían la Regla de San Agustín, con el objetivo de llevar la dirección espiritual de la comunidad femenina. Estas dos comunidades, como comunidad doble, conformaron el germen de la Orden de los Gilbertinos, cuyos estatutos fueron aprobados por Eugenio III en 1148 y confirmados por Adriano IV y Alejandro III.

Nuevamente en Francia durante 1147, Gilberto se encontró, en el capítulo general de Cîteaux, con el papa Eugenio III y Bernardo de Claraval, con quien hizo amistad de por vida. A pesar de haber dado apoyo a Tomás Becket en su conflicto con Enrique II de Inglaterra, fue declarado inocente. No quiso, a pesar de haber sido elegido, ser arcediano de la catedral de Lincoln ni arzobispo de York: prefirió entrar como monje en la orden que había fundado, jurando obediencia al superior, Roger, que había sido discípulo suyo. En una revuelta de los hermanos legos de su orden, recibió el apoyo del papa Alejandro III.

Murió anciano y ciego, a los 106 años, en el monasterio de Sempringham. La orden contaba con trece monasterios, nueve de ellas dúplices y cuatro sólo masculinos, con 700 religiosos y 1200 religiosas. Cuándo fue suprimido, durante la disolución de los monasterios ordenada por Enrique VIII de Inglaterra en 1538, la orden tenía 26 monasterios.

Fue incluido en el catálogo de santos en Anagni para Inocencio III, el 11 de enero de 1202.

Los últimos monjes gilbertinos, expulsados por Enrique VIII, se refugiaron en Roma, llevando las reliquias del fundador: Pablo IV les concedió el monasterio de San Pancrazio di Roccascalegna y años después el último monje llevó los restos del santo a Altino, donde fue nombrado rector. Al morir éste, el nuevo rector las llevó a su pueblo, Casoli, donde hoy son veneradas y de donde San Gilberto es el santo patrón.

(fuente: wikipedia.org)

lunes, 3 de febrero de 2014

03 de febrero: San Blas

OBISPO Y MARTIR
 († ca. 316)

La Iglesia conmemora en este día a un santo muy popular cual es San Blas, mártir, obispo de Sebaste.

La existencia de este santo armenio, su episcopado en Sebaste, su glorioso martirio, su culto antiguo extendido en la iglesia oriental y occidental, su fama de taumaturgo, la popularidad de su devoción son hechos plenamente históricos que la tradición cristiana ha encuadrado en la leyenda de San Blas, no del todo segura en cuanto a todos los detalles, por proceder de fuentes históricas que no remontan más allá del siglo IX aunque derivan de tradición y culto muy antiguos.

Cuatro son las Actas de San Blas que traen los bolandistas. De ellas extraemos la semblanza del Santo, que presentamos a continuación, modernizada y aumentada con notas históricas referentes a su vida, devoción y culto.

Nació San Blas en Armenia, en la ciudad de Sebaste, la actual Sivas, en la segunda mitad del siglo III. Según quieren algunos, fue médico. El ejercicio de la medicina de los cuerpos lo preparó y le dio a la vez ocasión para ejercer la medicina de las almas, exigida por su fervoroso proselitismo cristiano. Ponderan las Actas las virtudes de este ejemplar cristiano: su humildad. Mansedumbre. paciencia, devoción, castidad, inocencia; en una palabra, su santidad.

Estas virtudes contribuyeron a que, vacante el obispado de Sebaste, fuera propuesto por voz unánime del clero y pueblo para ocupar la sede.

Terribles eran las circunstancias. La persecución desencadenada por Diocleciano a principios del siglo IV y continuada por sus sucesores Galeno, Máximo y Daia y Licinio, se ensañó particularmente en la iglesia de Sebaste, e hizo allí ilustres mártires: San Eustracio y compañeros. San Carcerio y consortes, San Blas, los famosos cuarenta soldados mártires. Los cristianos vivían perseguidos y escondidos, como si fueran alimañas. San Blas fue el pastor prudente, celoso e intrépido elegido por la Providencia para presidir aquellas trágicas cuanto gloriosas circunstancias.

Escasas son las noticias que nos dan las Actas acerca de su gobierno pastoral. San Blas, oculto por la persecución, sostenía, alentaba y edificaba ocultamente a los cristianos con su palabra y con el ejemplo de su santa Vida.

Las Actas nos han conservado, sin embargo, un episodio que revela el temple apostólico del Santo. San Eustracio se encuentra en la cárcel condenado a próxima muerte. Sale su obispo del escondrijo; obtiene por amero el acceso a la prisión; besa emocionado las cadenas del confesor de Cristo; lo conforta; pasan toda la noche en celestiales coloquios; le administra la santa Eucaristía. Eustracio entrega a San Blas su testamento, confiándole la ejecución del mismo. Al rayar el alba se despiden dándose el ósculo de paz. San Blas vuelve a su escondite y Eustracio al día siguiente rubrica su fe con glorioso martirio.

Arreciando más la persecución bajo el prefecto Agrícola, comisionado por Licinio para exterminar el cristianismo, San Blas, siguiendo el consejo de Cristo, huye a las montañas (Armenia es país muy montañoso), y se refugia en una gruta del monte Argeo. Allí hace vida eremítica, entregado a la penitencia y a la contemplación, privado de todo consuelo humano, pero abundando en consuelos celestiales. Cual otro Moisés, ora San Blas en el monte por su dispersa y desolada grey.

La leyenda, al relatar la estancia de San Blas en las soledades del Argeo, nos describe escenas paradisiacas. Al perseguido por los hombres le hacen compañía las fieras, que se agrupan en tropel a la entrada de la gruta, esperando respetuosas a que el santo anacoreta termine su oración, para recibir de él su bendición y obtener también la curación de sus dolencias. Así lo encontraron los satélites del prefecto Agrícola en una cacería organizada por aquellos montes, quedando estupefactos ante el nunca visto espectáculo. Comunican el caso al prefecto y ordena éste que le traigan al obispo solitario.

En la noche precedente a la prisión se le aparece por tres veces el Salvador instándole para que le ofrezca el sacrificio, entendiendo San Blas que el Señor lo llamaba para ofrecer el cáliz del martirio. Se levanta, ofrece los sagrados misterios y se presentan los ministros del prefecto. "Salte de tu gruta. le dicen: el prefecto te flama". Responde el Santo a la citación con rostro sonriente y palabras cariñosas. "Bienvenidos seáis, hijitos míos. Me traéis una buena nueva. Vayamos prontamente. y sea con nosotros mi Señor Jesucristo que desea la hostia de mi cuerpo".

El traslado de San Blas a Sebaste constituyó una apoteosis popular. Las gentes, incluso los mismos paganos, acudían en tropel para presenciar el paso del santo obispo, implorando su bendición, el remedio de los males, la curación de las dolencias. San Blas, olvidado de su extrema necesidad propia, atendía a las súplicas, repartía bendiciones, encomendaba al Señor las necesidades.

De pronto. una madre le presenta a su hijo moribundo, a causa de una espina atravesaba en la garganta, clamando: ¡Siervo de Nuestro Salvador Jesucristo, apiádate de mi hijo; es mi único hijo! Compadecido San Blas, impone la mano sobre el agonizante, signa su garganta con la señal de la cruz, ora por Él..., y devuelve el niño, sano y salvo, a la desolada madre. Y dilatando su caridad a través del tiempo y del espacio, pide que cuantos recurran a su intercesión en trances semejantes obtengan la protección del cielo.

Presentado San Blas al prefecto, éste le propone con blandas palabras la renuncia al cristianismo y la adoración de los dioses. Rechaza San Blas con santa indignación la idolátrica propuesta. En consecuencia es apaleado terriblemente. El brutal castigo no arranca de San Blas tina queja.. Los esbirros, cansados, lo encierran en la cárcel.

Otro día intentan quebrantar su fortaleza suspendiéndolo de un madero y desgarrando sus carnes con garfios de hierro... Pero el santo pastor no habla de ofrecer solo el sacrificio; lo hablan de acompañar sus ovejas y corderos. Al volver a la prisión regando el suelo con sangre, siete fervorosas cristianas recogen su sangre y se ungen con ella. Detenidas por ello, confiesan intrépidas su fe en Jesucristo sin que hagan vacilar su fortaleza los más crueles y variados tormentos y alentadas por el ejemplo de su pastor perseveran firmes, hasta ser decapitadas. Una de estas heroínas encomienda a San Blas sus dos hijitos, que querían seguirla por la senda celestial del martirio.

No tardó el pastor en consumar su sacrificio. El prefecto lo condena a la decapitación con los dos niños. Y en las afueras de Sebaste es sacrificado el pastor con los dos corderos. Ocurrió el glorioso martirio, según la opinión más probable. el año 316.

El culto de San Blas se extendió prontamente por toda la Iglesia. En el Oriente se celebra su fiesta desde muy antiguo con culto solemne el 11 de febrero. En Constantinopla había un templo dedicado a San Blas. En Armenia existió la Orden Militar de San Blas. El culto de San Blas es también muy antiguo en Occidente. Según el cardenal Schuster, en la Edad Media se erigieron en Roma no menos de 35 iglesias en honor de San Blas. Una de ellas llegó a ser contada entre las 24 abadías privilegiadas de Roma.

La república independiente de Ragusa (Yugoslavia) lo tenía por patrón principal. Lo honraba con fiesta de precepto muy solemne. Su efigie figuraba en las monedas. Uno de los principales monumentos de Ragusa es el templo de San Blas. En el calendario romano figuraba la fiesta de San Blas con rito simple, pero muchas diócesis de Europa occidental la celebran con rito doble. En muchas iglesias se conservan reliquias insignes.

Paralela al culto oficial ha sido la devoción del pueblo cristiano a San Blas, devoción popular y típica. Se le cuenta entre los 14 santos protectores, llamados así porque se les tiene por abogados eficaces en las penalidades de la vida.

Se le invoca especialmente como abogado en las enfermedades de la garganta. Como tal lo reconoce el Ritual. Es considerado como especial protector de los niños: San Blas bendito, que se ahoga este angelito. En Rusia es el patrón de los ganados. En otras naciones también se le atribuye cierto patronato sobre los mismos. Los cardadores y sombrereros lo veneraban por patrón. En el día de su fiesta se bendicen pan, vino, agua y frutos que se dan después a hombres y ganados. En muchas diócesis de Alemania, Bohemia, Suiza y también de otras naciones se da la bendición de San Blas por medio de dos velas cruzadas que se ponen sobre la cabeza de los fieles y con ellas se toca la garganta. En Roma y otras partes por unción del cuello con una candela mojada en aceite bendecido.

San Blas es el santo humano, bondadoso, accesible. Invoquémoslo en nuestras necesidades en las enfermedades de la garganta no sólo materiales, sino también espirituales: respeto humano para confesar nuestra fe, angustias de pecados mortales ocultados, intemperancias en la bebida, etc. En este sentido hay una hermosa oración indulgenciada en el Enquiridión de Indulgencias.

escrito por Blas Fagoaga 
(fuente: www.mercaba.org)

domingo, 2 de febrero de 2014

02 de febrero: Beata María Domenica Mantovani

La Sierva de Dios Madre María Domenica Mantovani, primogénita de cuatro hermanos, era hija de Giovanni Battista Mantovani y de Prudenza Zamperini. Nació en Castelletto di Brenzone, en la provincia de Verona (Italia), el 12 de noviembre de 1862. Fue bautizada al día siguiente.

Recibió la confirmación el 12 de octubre de 1870 y la primera comunión el 4 de noviembre de 1874.

Frecuentó con gran provecho la escuela primaria, pero no pudo seguir estudiando debido a la pobreza de su familia. Su inteligencia, voluntad y extraordinario sentido práctico suplieron su falta de estudios. Desde la niñez manifestó ser muy propensa a la oración y a las cosas de Dios. En la base de una sensibilidad religiosa y cristiana tan profunda y tan llena de gracia, destinada a crecer e irradiar viva luz, se hallaba el testimonio de sus padres y familiares, personas sencillas, trabajadoras, honestas y ricas en fe.

El catecismo fue la fuente privilegiada que proporcionó en gran medida la formación cristiana a la Sierva de Dios. En efecto, el catecismo -junto con las enseñanzas de la familia- sentó las sólidas bases sobre las que ella construiría a lo largo de los años su personalidad humana y cristiana. La casa, la escuela y la iglesia fueron los gimnasios que plasmaron, desde la niñez, su carácter y que dieron una orientación precisa a toda su vida.

Transcurrió toda la juventud, hasta los treinta años, en el seno de su familia. Creció sana de espíritu y de cuerpo y se distinguió siempre por su bondad, docilidad, transparencia de vida y extraordinaria piedad.

Ya de muchacha era apóstol de sus coetáneas, a quienes educaba a la virtud con buenas lecturas y, sobre todo, con el testimonio de su vida.

Cuando tenía 15 años, entró en Castelletto el Beato Giuseppe Nascimbeni, primero como maestro y cooperador (1877-1885) y luego como párroco (1885-1922). Desde entonces, él fue su firme y luminoso guía espiritual y ella su generosa colaboradora en las múltiples actividades parroquiales: era el alma de la juventud de todo el pueblo y era amada, escuchada y estimada por todos sus conciudadanos.

Se dedicaba con celo a la enseñanza del catecismo a los niños y se prodigaba con caridad evangélica visitando y asistiendo a los pobres y a los enfermos.

Inscrita en la Pía Unión de las Hijas de María, observó siempre fielmente las prescripciones del reglamento, convirtiéndose en el espejo y el modelo de sus compañeras, a quienes, gracias a su gran ascendiente, lograba dar eficaces lecciones de vida.

Particularmente devota de María Inmaculada, el 8 de diciembre de 1886 emitió el voto de virginidad perpetua en manos de Don Giuseppe Nascimbene, su director y párroco.

La devoción a María Inmaculada fue el respiro de su alma; la intimidad con Cristo Jesús y la contemplación de la Sagrada Familia, la fuerza de su vida.

Deseosa de consagrarse al Señor, conoció el designio de Dios sobre ella a través del Beato Nascimbene, quien quiso que fuera su colaboradora en la fundación de la Congregación de las Hermanitas de la Sagrada Familia (6 de noviembre de 1892), de la que fue así Cofundadora y primera Superiora general.

La Sierva de Dios prestó una singular ayuda, en las actividades parroquiales y en el gobierno del Instituto, al Beato Nascimbene, de quien fue siempre devotísima y cuyos proyectos y deseos interpretó y llevó a la práctica con fidelidad.

Contribuyó de manera esencial a la elaboración de las Constituciones, inspiradas en la Regla de la Tercera Orden Regular de San Francisco, y a la formación de las hermanas. Su colaboración, junto con su irreprensible testimonio de vida, influyó de manera determinante en el desarrollo y la expansión del Instituto. Su obra completó la del Fundador, imprimiendo en la espiritualidad de la Familia religiosa las notas distintivas que marcarían su vida y su acción en la Iglesia y en el mundo. La obra del Fundador y la de la Cofundadora se trenzaron forjando a las primeras hermanas de acuerdo con el carisma recibido del Espíritu Santo. La del Beato era intensa, fuerte, enérgica; la de la Sierva de Dios, escondida y delicada pero firme y sin desmayos, reforzada, además, con elocuentes ejemplos y pacientes esperas.

En los escritos de la Sierva de Dios emergen con nitidez sus cualidades de madre amorosa y buena, de maestra sabia e inteligente, celosa y alguna vez exigente con miras al auténtico bien.

A la muerte del Fundador, ella, rica en virtudes y llena de sabiduría y de prudencia, continuó guiando el Instituto con fortaleza de ánimo, con gran confianza en Dios y con profundo sentido de responsabilidad, deseosa de transmitir a sus hijas las enseñanzas del Fundador, a fin de que se conservara y se viviera íntegramente el espíritu genuino de los orígenes.

Antes de morir tuvo el consuelo de lograr la aprobación definitiva de las Constituciones y la aprobación ad septennium del Instituto, y de ver la obra continuada por unas 1.200 hermanas dedicadas a toda suerte de actividades apostólicas y caritativas en las 150 casas de la Congregación, en Italia y en otros países.

La Sierva de Dios progresó hasta el final de sus días en el camino de la santidad, dando prueba de todas las virtudes, especialmente de la virtud de la humildad.

Cerró su luminosa jornada terrena el día 2 de febrero de 1934, tras unos breves días de enfermedad.

El 24 de abril de 2001, Su Santidad Juan Pablo II, acogiendo y ratificando los votos de la Congregación para las Causas de los Santos, la declaró Venerable.

(fuente: www.vatican.va)

sábado, 1 de febrero de 2014

01 de febrero: Beato Luis Variara

P. Luis Variara nació el 15-I-1875 en Viarigi (Asti, Italia). En 1856 había estado allí Don Bosco para predicar una misión. Y fue a Don Bosco a quíen el papá confió el hijo, llevándoselo a Valdocco el 1-X-1887. El Santo morirá cuatro meses más tarde, pero Luis llegó a conocerlo como para quedar marcado por toda la vida. Así recuerda él mismo el evento: «Estábamos en la estación de invierno. Jugábamos una tarde en el amplio patio del Oratorio, cuando de repente se oyó gritar de un lado a otro: ¡Don Bosco!... ¡Don Bosco! Instintivamente nos abalanzamos todos hacia el sitio donde aparecía nuestro buen Padre, a quien sacaban a dar un paseíto en un coche. Lo seguimos hasta llegar al lugar donde debía subir al vehículo. Pronto se vio Don Bosco rodeado de su querida turba infantil. Yo buscaba afanosamente el modo de situarme en algún punto donde pudiera verlo a mi gusto, pues deseaba ardientemente conocerlo. Me acerqué lo más que pude y, en el momento de ser ayudado a subir al coche, me dio una dulce mirada y sus ojos se fijaron detenidamente en mí; tenía la seguridad de haber conocido a un santo y que ese santo había leído en mi alma algo que sólo Dios y él pudieron saber».

Pidió hacerse salesiano: entró al noviciado el 17-VIII-1891 y lo concluyó el 2-X-1892 con los votos perpetuos en las manos del primer sucesor de Don Bosco, el Beato Miguel Rua, quien le susurró al oído: «Variara, no varíes». Hizo los estudios de filosofía en Valsálice, donde conoció al Venerable Andrés Beltrami. Por allí, en 1894, pasó el P. Unia, célebre misionero que poco antes había comenzado a trabajar entre los leprosos de Agua de Dios. «Cuál no sería mi asombro y alegría – narra el mismo P. Variara – cuando, entre los 188 compañeros que tenían la misma aspiración, fijando su mirada en mí, dijo: «Éste es el mío».

Llegó a Agua de Dios el 6 de agosto de 1894. La población contaba con 2000 habitantes, 800 de los cuales eran leprosos.Se sumergió totalmente en su misión. Valiéndose de sus capacidades musicales, organizó una banda instrumental que creó un clima de fiesta en la «ciudad del dolor».

El 24-IV-1898 fue ordenado sacerdote y pronto se reveló óptimo director espiritual. Entre sus penitentes estaban también las componentes de la Asociación de las Hijas de María, grupo de unas 200 muchachas, muchas de las cuales leprosas.El joven sacerdote descubrió que no pocas de ellas se hubieran consagrado con gusto al Señor. Pero se trataba de un sueño considerado irrealizable, porque ninguna Congregación aceptaba a una leprosa y ni siquiera a una hija de leprosos. Fue ante esta constatación como nació en él la primera idea de jóvenes consagradas aunque fueran leprosas. La Congregación de las «Hijas de los SS. Corazones de Jesús y de María» tuvo inicio el 7-V-1905.Hoy cuenta con 404 religiosas, presentes en diez naciones.

Era cada vez más entusiasta de su misión. Escribía: «Nunca como este año me he sentido contento de ser Salesiano y bendigo al Señor por haberme enviado a este lazareto, donde he aprendido a no dejarme robar el cielo». Se cumplían diez años desde su llegada a Agua de Dios, década feliz y rica de obras. Entre éstas, la ultimación del Asilo «P. Miguel Unia» que, pese a los atrasos causados por la guerra de los 1000 días, fue inaugurado el 7-V-1905. Pero entonces comenzó un período de sufrimientos e incomprensiones que duraría 18 años, es decir, hasta la muerte del generoso misionero. Tuvo que alejarse de Agua de Dios: Mosquera, Contratación, Bogotá y Barranquilla fueron los varios sitios que la obediencia le asignó.En 1921 fue enviado a Táriba, ciudad venezolana en el límite con Colombia, en donde su salud empeoró en forma preocupante. El médico aconsejó que, por razones de clima, lo llevaran a Cúcuta, en Colombia. Fue allá, pero sus condiciones precipitaron pronto. Murió el 1-II-1923 a los 49 años de edad y 24 de sacerdocio. Lo sepultaron en Cúcuta. En 1932 los restos mortales fueron trasladados a la capilla de sus Hijas en Agua de Dios, en donde todavía descansan.

(fuente: vatican.va)

viernes, 31 de enero de 2014

31 de enero: Beata Madre Candelaria de San José

(1863-1940)

Susana Paz Castillo Ramírez, tercera hija del matrimonio de Francisco de Paula Paz Castillo y María del Rosario Ramírez, nació en Altagracia de Orituco (Estado Guárico, Venezuela), el 11 de agosto de 1863.

Su padre era un hombre recto y honrado, de gran corazón y profundamente cristiano; gozaba del aprecio y estima de todos los habitantes; poseía conocimientos de medicina naturista y los empleaba para ayudar a mucha gente que solicitaba sus servicios. Su madre era una persona piadosa, trabajadora y honrada.

Tanto ella como don Francisco brindaron a sus hijos una educación tan esmerada como lo permitían las circunstancias de su tiempo. En el aspecto cristiano fue óptima: les infundieron el ejemplo y la palabra, la solidaridad y la responsabilidad en las prácticas de la fe cristiana y valores humanos.

Su instrucción académica, aunque escasa y deficiente, propia de la época que le tocó vivir, no fue un impedimento para su formación integral: frecuentó una escuela particular donde dio sus primeros pasos en la escritura y el cultivo de su apasionamiento por la lectura. Además, aprendió corte y confección y toda clase de labores, especialmente bordados. Este aprendizaje fue un valioso recurso para su posterior servicio a los más necesitados.

Su padre murió el 23 de noviembre de 1870, cuando Susana contaba con 7 años de edad. Cuando murió su madre, el 24 de diciembre de 1887, Susana, que tenía 24 años, asumió las responsabilidades de diligente ama de casa. A la vez, se encargaba de practicar la caridad con los enfermos y heridos que recogía y cuidaba en una casa semi-abandonada, adjunta a la iglesia parroquial.

Junto con otras jóvenes de su pueblo y con el apoyo de un grupo de médicos y del padre Sixto Sosa, párroco de Altagracia de Orituco, fundó un hospital para atender a todos los necesitados. Allí, en hamacas y catres de lona, que ella misma confeccionaba, los atendía.

Con la fundación de este centro de salud, en 1903, se dio inicio a la familia religiosa de las Hermanitas de los Pobres de Altagracia, actualmente denominada Hermanas Carmelitas de la Madre Candelaria. El 13 de septiembre de 1906, con autorización del obispo diocesano, la madre Susana hizo su profesión religiosa tomando el nombre de Candelaria de San José.

El 31 de diciembre de 1910 nació oficialmente la congregación de las Hermanitas de los Pobres de Altagracia con la profesión de las primeras seis hermanas, en manos de mons. Felipe Neri Sendrea, quien confirmó a la madre Candelaria como superiora general. En diciembre de 1916 emitió sus votos perpetuos en Ciudad Bolívar.

Su vida transcurrió entre los pobres; se distinguió por una profunda humildad, una inagotable caridad con ellos, y una profunda vida de fe, oración y amor a la Iglesia. Además de su esmerada atención por los enfermos, se preocupó por la educación de los niños, tarea que dejó como legado a sus hijas carmelitas.

La madre Candelaria era una religiosa de carácter afable, recogida, de baja y modesta mirada; siempre dejaba suavidad en cuantos la escuchaban cuando departía su cordial y amena conversación.

Dos cosas llamaban poderosamente la atención en ella: su profunda humildad y su inagotable caridad. Tenía una gran sensibilidad ante las desgracias ajenas; nunca decía "no" a nadie, sobre todo cuando se trataba de enfermos pobres y abandonados.

Otra característica de su entrega era la alegría; todo lo hacía con amor y una confianza sin límites en la divina Providencia. Sus grandes amores fueron Jesús crucificado y la santísima Virgen. Recorrió muchos kilómetros en busca de recursos para el sostenimiento de sus obras y fundando nuevas comunidades que respondieran a las necesidades del momento.

Gobernó la congregación durante 35 años, desde su fundación hasta el capítulo general de 1937, en el que le sucedió en el cargo la madre Luisa Teresa Morao.

Los últimos años de la madre Candelaria estuvieron marcados por el dolor y la enfermedad. No obstante, después de dejar el cargo de superiora general, aceptó seguir prestando sus servicios a la congregación como maestra de novicias.

Tenía plena conciencia de su enfermedad, pero con increíble paciencia soportaba los dolores y daba pruebas de conformidad con la voluntad de Dios. Pedía al Señor poder morir con el nombre de Jesús en los labios, y así fue.

En la madrugada del 31 de enero de 1940 tuvo un vómito de sangre. Tras pronunciar tres veces el nombre de Jesús, entregó su alma al Creador.

El 22 de marzo de 1969 se inició en la ciudad de Caracas su proceso de beatificación y canonización. Benedicto XVI firmó el decreto de beatificación el 6 de julio de 2007.

(fuente: www.vatican.va)

jueves, 30 de enero de 2014

30 de enero: Santa Jacinta de Mariscotti

(1585-1640)

Santa Jacinta Mariscotti, hija de Marcantonio Mariscotti y de Ottavia Orsini, condesa de Vignanello, lugar cercano a Viterbo, nació en Vignanello el año 1585, al parecer el 16 de marzo. El matrimonio Mariscotti tuvo cuatro hijos más, que fueron los siguientes: Ginebra, que el año 1594 ingresó religiosa en el convento de Terciarias Franciscanas de San Bernardino de Viterbo, donde, con el nombre de sor Inocencia, vivió santamente hasta su muerte, que tuvo lugar en el mes de julio de 1631. Hortensia (1586-1626), joven virtuosa, el año 1605 casó con Paolo Capizucchi, marqués de Podio Catino. Sforza (1589-1655) casó en 1616 con Vittoria Ruspoli, y heredó el título de la familia de los Mariscotti. Galeazzo (1599-1626) fue abreviador de las letras apostólicas, y murió en la Curia Romana.

Jacinta, a quien en el bautismo habían impuesto el nombre de Clarix, niña aún, fue enviada por sus padres al monasterio de San Bernardino de Viterbo, al lado de sor Inocencia, para que al ver de cerca la santa vida que practicaba su hermana y las venerables sor Inés Guerrieri, virgen romana, y sor Lucrecia Fracassini, tenidas por muy virtuosas dentro y fuera del convento, se educara en el santo temor de Dios. Pero estos buenos ejemplos y los de otras piadosas religiosas influyeron poco en el ánimo de la joven Clarix, que no pensaba más que en la mejor manera de hacer resaltar su conocida hermosura y hablar con vanidad y jactancia de la prosapia de su familia. Como no soñaba más que en llevar una vida mundana, y no soportó por más tiempo el retiro del monasterio, se determinó a abandonarlo para regresar al lado de sus padres.

Bella y coqueta, tenía sus pretensiones y aspiraba conseguir un matrimonio brillante; por eso fue para ella una gran decepción cuando vio que su hermana Hortensia, más joven, pero muy prudente y virtuosa, casaba con el noble romano Paolo Capizucchi, mientras que a ella no se le presentaba ningún partido ventajoso. Se volvió entonces más ligera y mundana, no pensando más que en afeites y reuniones profanas, y parecía incapaz de poder tener alguna idea seria. Sus padres estaban preocupados con esta hija que, al no poder casarse, llevaba una vida tan extraviada que podía terminar en su completa ruina espiritual, por lo que deciden, aunque la joven manifiesta una extrema repugnancia hacia la vida religiosa, convencerla para que ingrese en un monasterio. Accedió Clarix, con más despecho que vocación y afecto a la nueva vida que se proponía abrazar, a tomar el hábito de Terciaria Franciscana en el mismo convento de San Bernardino de Viterbo, que unos años antes había abandonado, cambiando el nombre de pila por el de Jacinta con que ahora la conocemos. Sucedió esto el 9 de enero de 1605, cuando nuestra joven contaba veinte años de edad. Los asistentes derramaron abundantes lágrimas en el rito de la vestición, mientras que ella no dio señales de la menor emoción al pronunciar las palabras rituales de su total entrega a Dios.

Durante los diez primeros años (1605-1615) lleva en el convento una vida mundana, detestando de las pequeñas habitaciones de las religiosas, por lo que se hace construir para sí una celda magnífica que adorna con todo lujo, más propio de una princesa mundana que de una servidora de Cristo. Practica con tibieza los ejercicios de piedad y soporta con fastidio los rigores prescritos por la regla del convento, amando sobre todo la vida regalada y cómoda. Ni las amonestaciones de los superiores, ni las exhortaciones de sus parientes, ni siquiera el asesinato de su padre, perpetrado el 4 de septiembre de 1608 por Ubaldino y Hércules de Marsciano en el lugar de Parrano, fueron suficientes para volverla a una conducta de vida más conforme con el espíritu del santo instituto que había profesado.

Pero en 1615, cuando tenía treinta años de edad, el Señor se dignó echar sobre ella una mirada de su divina misericordia. Sor Jacinta cayó gravemente enferma, y aquejada de agudos dolores, dio en pensar horrorizada qué sería de su alma si en aquel estado calamitoso y de infidelidades fuera llamada a juicio delante de Dios Nuestro Señor. Pidió, pues, con insistencia la presencia de un sacerdote que la oyera en confesión, y para atenderla espiritualmente llegó al monasterio el franciscano P. Antonio Bianchetti, varón de sólida piedad, el cual, al penetrar en una habitación tan suntuosamente enriquecida con tantos objetos lujosos impropios de la pobreza franciscana, retrocediendo rehusó oírla en confesión, declarando que el paraíso no estaba reservado para los soberbios y las religiosas de vida cómoda.

Ante esta enérgica decisión por parte del padre franciscano, muy dolorida de todos sus pecados, hizo al día siguiente confesión general de todos ellos, determinándose resueltamente a cambiar de la vida que llevaba. Pronto dio evidentes señales de este sincero arrepentimiento. No obstante la grave enfermedad que la aquejaba, se levantó del lecho en que estaba postrada, y después de cambiar por un tosco sayal la fina ropa de seda que hasta entonces usaba, presentóse en el refectorio, donde se dio la disciplina en presencia de sus hermanas las religiosas, a quienes pidió perdón con lágrimas en los ojos. Las religiosas, llenas de alegría en vista de esta súbita transformación, la consolaban y animaban a continuar en esta santa vida, prometiéndole por su parte la ayuda de sus mejores oraciones. Jacinta, que comenzaba a vivir para el Señor, no quiso que en lo sucesivo le recordaran la grandeza de los Mariscotti, para lo cual rogó que le llamaran solamente sor Jacinta de Santa María.

Eligió por patronos en el cielo a santos que como ella se habían dejado arrastrar en los primeros años de su vida por los atractivos de las vanidades mundanas: por padre escogió a San Agustín; por madre, a Santa María Egipcíaca; por hermano, a San Guillermo; por hermana, a Santa Margarita de Cortona; por tío suyo, a San Pedro; finalmente, por sobrinos, a los tres niños del horno de Babilonia. Con la ayuda de esta familia celestial que ella misma se había elegido, se proponía más fácilmente conseguir los fines que se había propuesto: santificarse en esta vida y ganar el cielo en la otra. Abrazó entonces una vida de penitencia tan austera, que no podemos pensar en ella sin estremecernos. Se impuso el sacrificio de no volver a ver a sus parientes y amigos mientras no se lo ordenara la abadesa, para practicar de esta manera la virtud de la obediencia que tantas veces había despreciado; Jesucristo sufriendo por nosotros en la cruz, será desde ahora su único pensamiento y su único amor.

Jacinta poseía la virtud de la humildad en sumo grado. Rica en todos los dones de la naturaleza y de la gracia, verdaderamente santa a los ojos de Dios y de los hombres, se consideraba la mujer más pecadora. La más pobre hermana conversa tenía un hábito mejor que el suyo y una habitación menos pobre. Aprovechaba todas las ocasiones que se le ofrecían para ejercitar la virtud santa de la humildad. Frecuentemente iba al refectorio con una cuerda echada al cuello, y en estas condiciones besaba los pies a las religiosas, pidiéndoles perdón por los escándalos que les había dado con su mala vida pasada. Cuando la nombraron vicesuperiora del convento y maestra de novicias, tuvieron que imponérselo por obediencia, pues ella no quería aceptarlo, pretextando que, no sabiendo gobernarse a sí misma, mal podía gobernar a las demás.

Profundamente convencida de los grandes pecados por ella cometidos, Santa Jacinta soportaba con una tranquilidad y una calma perfectas los sufrimientos que Dios tenía a bien enviarle y que ella consideraba el mejor medio para limpiarse y purificarse de su vida pasada. Durante diecisiete años fue atacada de cólicos casi continuos, producidos por las malas comidas a las que se había sometido y por las austeridades excesivas que se había impuesto. El demonio, que veía con furor cómo esta alma privilegiada se le escapaba de las manos, ensayó contra ella toda clase de tentaciones y astucias; pero los poderes del infierno no prevalecieron contra la esposa de Cristo, sostenida por el amor de su Dios y la gracia del Espíritu Santo, las largas meditaciones al pie del Crucificado, la lectura de los buenos libros y los sabios consejos de su confesor el P. Bianchetti.

Sentía hacia los pecadores una inmensa piedad, que se traducía en palabras y oraciones tan tiernas, que no podían menos de prometerle la enmienda y la vuelta al seno de la Iglesia. Entre los pecadores de Viterbo sobresalía Francisco Pacini, hombre atrevido, poderoso y deshonesto, a quien la Santa no solamente convirtió al Señor y lo convenció a llevar una vida de ermitaño, sino que fue en lo sucesivo su principal colaborador en la organización y desarrollo de las dos Cofradías por ella fundadas.

La primera fue la Compagnia dei Sacconi (o Cofradía de los encapuchados de Viterbo), que Santa Jacinta fundó en 1636, con sede en la iglesia de Santa María de las Rosas, regida por unos Estatutos que, compuestos por los mismos cofrades, fueron aprobados por el cardenal Tiberio Muti (? 1636), obispo de Viterbo. El fin de la Cofradía era procurar el cuidado material de los enfermos y ayudarles a bien morir espiritualmente. Santa Jacinta añadió a los Estatutos de los cofrades especiales ejercicios que se habían de hacer en los últimos días de Carnaval, con públicas procesiones y visita a las iglesias donde estaba expuesto el Santísimo Sacramento, por lo que introdujo entre estos cofrades la práctica del piadoso ejercicio de las Cuarenta horas, que en el siglo anterior ya había aprobado el papa Clemente VIII.

La Congregación de los oblatos de María, fundada también por Santa Jacinta en 1638, estableció su sede en la vieja iglesia de San Nicolás, en el llano de Ascarano, donde los oblatos de San Carlos Borromeo les hicieron donación del hospicio que ellos habían erigido en 1611 para ancianos e inválidos. La Congregación de los oblatos de María fue aprobada, después de no pequeñas dificultades, por el ordinario, Francisco María, cardenal Brancacci, el 5 de julio de 1639; el mismo ordinario aprobó, el 2 de marzo de 1643, las Constituciones de los dichos oblatos, redactadas por Santa Jacinta. Según las mismas, la Casa Madre era conocida con el nombre de il Fratello (el Hermano); se prescribe un año de probación, y el noviciado, el Oficio divino, oraciones y varias meditaciones, austeridades y abundantes penitencias. Esta legislación, que más convenía a monjas contemplativas de clausura que a una congregación de seglares, dados a obras de caridad y actividades apostólicas, fue la causa principal de que la Congregación de los oblatos de María tuviera escasa duración.

Sería muy largo enumerar aquí todas las conversiones que consiguió la Santa; los conventos que ella reformó por medio de severas cartas dirigidas a superioras demasiado remisas en el cumplimiento de sus obligaciones; las villas donde la fama de su santidad cambió en reuniones piadosas las asambleas mundanas y frívolas. De todas partes le pedían consejos y oraciones. Debido a su iniciativa, Camila Savelli, duquesa de Farnesio y de Savella, fundó dos monasterios de clarisas en Farnesio y en Roma; las novicias acudían al convento de Viterbo para marchar bajo su dirección por el camino de la vida espiritual, muchas de las cuales, entre otras la Beata Lucrecia, siguieron tan a la letra sus enseñanzas que murieron en olor de santidad.

Había en el coro del convento siete capillas, donde las religiosas podían ganar las indulgencias de las siete iglesias de Roma. Todas las noches, aun en invierno, Jacinta recorría las siete capillas orando devotamente delante de las imágenes de Jesucristo y de la Santísima Virgen y de los demás santos que allí se veneraban. Hacía esta especie de peregrinación llevando los pies desnudos y con una pesada cruz sobre sus espaldas, practicando al mismo tiempo otras duras penitencias. Tenía gran devoción al arcángel San Miguel, cuya asistencia invocaba en todas sus necesidades. Mas su principal abogada en el cielo era la Santísima Virgen, de manera que su corazón se consumía de amor cada vez que pronunciaba su dulce nombre. El santo sacrificio de la misa, donde el Salvador se ofrece todos los días como víctima expiatoria por los pecados de los hombres, le hacía derramar abundantes lágrimas. Oraba continuamente y sacaba de sus oraciones el consuelo y la esperanza que necesitaba para sobrellevar los sufrimientos de su vida. Dios quiso recompensar ya a su sierva en este mundo concediéndole el don de profecía, de milagros, de penetración de los corazones, abundantes éxtasis y arrebatos espirituales y otros favores que sería largo enumerar aquí. Una vida tan rica en méritos y en virtudes no podía ser coronada más que con una muerte preciosa delante del Señor. El 30 de enero de 1640 el alma de sor Jacinta volaba a las eternas moradas del cielo.

Desde el momento en que la nueva de su muerte se extendió por la villa de Viterbo, la emoción de las gentes fue general, e inmenso el número de los que concurrieron a sus funerales. Los muertos que ella resucitó, los enfermos que ella curó y tantos otros prodigios por ella realizados después de su muerte manifestaron claramente el gran poder de que ella gozaba delante de Dios. Esta ilustre virgen fue beatificada en 1762 por Benedicto XIII, de la familia de los Orsini, a la cual pertenecía Ottavia, la madre de nuestra Santa, como ya hemos visto; el 24 de mayo de 1807 el papa Pío VII la inscribió en el catálogo de los santos. El cuerpo de Santa Jacinta descansa en el monasterio de Terciarias Franciscanas de San Bernardino de Viterbo, que había sido testigo de sus virtudes heroicas; después de dos siglos, allí se conserva incorrupto a la veneración de los fieles.

Manuel de Castro, OFM, 
Santa Jacinta de Mariscotti, en Año Cristiano, Tomo I, 
Madrid, Ed. Católica (BAC 182), 1959, pp. 216-222. 
(fuente: www.franciscanos.org)
Related Posts Plugin for WordPress, Blogger...