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jueves, 20 de febrero de 2014

20 de febbrero: San León de Catania

Martirologio Romano: En Catania, de Sicilia, san León, obispo, que se ocupó sobre todo del cuidado de los pobres (c. 787).

San León, obispo de Catania, en Sicilia, había nacido en Rávena, hacia la mitad del siglo VIII. Fue llamado el Taumaturgo, por los muchos milagros que hacía. Sus padres le educaron para las glorias humanas.

Pero eran distintas las aspiraciones de León. Se puso bajo la dirección del obispo de Rávena, quien viendo su pureza de costumbres y su celo apostólico, decidió conferirle la ordenación sacerdotal.

Pudo disfrutar de él poco tiempo, pues muerto Sabino, obispo de Catania, se decidieron los electores por León, no sin antes haber pedido a Dios acierto en la elección. León se oponía, pero le obligaron a aceptar.

Después de su resistencia, puso todo su empeño en cumplir su misión apostólica. Se dedicó a la reforma de costumbres, a la instrucción religiosa de sus fieles, a defender la verdad ante los herejes, al cuidado de todos.

Vivía, como dichas para él, las recomendaciones de San Pedro en su primera Carta: "Apacentad el rebaño de Dios que os ha sido confiado, no por fuerza sino con blandura, según Dios. Ni por sórdido lucro, sino con prontitud de ánimo. No como dominadores sobre la heredad, sino sirviendo de ejemplo al rebaño. Así recibiréis la corona inmarcesible de la gloria".

De todas partes acudían a verle y oírle. Todos querían tocar su manto para ser curados. Los emperadores consiguieron que acudiera a Constantinopla, para tenerle cerca, para escuchar sus sabios consejos y pedirle oraciones ante Dios.

Rigió la diócesis como un verdadero sucesor de los apóstoles durante 16 años y hacia finales del siglo VIII, lleno de merecimientos, se durmió en el Señor. El pueblo lloró su muerte como la de un padre y celoso pastor. Fue sepultado en un monasterio que él mismo había hecho construir fuera de las murallas de Catania. Su sepulcro fue muy venerado, sobre todo antes que los árabes ocupasen Sicilia. La fama de sus virtudes y de sus muchos milagros lo convirtió en centro de muchas peregrinaciones.

(fuente: sagradafamilia.devigo.ne) 

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- Beata Jacinta Marto

miércoles, 19 de febrero de 2014

19 de febrero: San Beato de Liébana

Abad
(† 802)

 La reina Adosinda se consagraba a Dios en el monasterio de San Juan de Pravia. Era el 26 de noviembre del año 785. Los hombres más insignes del pequeño reino asturiano, condes, obispos, abades, habían acudido para despedirse de aquella mujer varonil y de gran consejo, que, heredera del valor de su padre, Alfonso el Católico, había dirigido largos días el naciente Estado de Pelayo. La ceremonia fue corta: Adosinda se arrodilló en las gradas del altar, un obispo le puso el velo sobre la cabeza, rezó una oración, bendijo a la regia profesa y terminó dándole a besar el pie. Después, mientras los guerreros se reunían para tratar asuntos de guerra y comentar noticias de Córdoba, los hombres de Iglesia se reunieron a ventilar los negocios de la religión.

Hacía algún tiempo que la tierra andaba revuelta en este punto por las nuevas doctrinas que el arzobispo de Toledo, Elipando, apoyaba con toda su autoridad, y que tenían favorable acogida entre los moros que obedecían al rey de Asturias. Precisamente, esos moros semicristianos acababan de poner en el trono a un rey que llevaba su sangre: Mauregato.

Mientras se comentaban estos sucesos, su abad, llamado Fidel, sacó una carta que le había dirigido el mismo metropolitano de Toledo. Era un escrito agresivo, altanero y herético de una manera intolerante: «Quien no confesare que Jesucristo es Hijo adoptivo de Dios, en cuanto a la humanidad, es hereje y debe ser exterminado.»

Con tal mansedumbre de palabra empezaba Elipando aquella epístola, que continuaba lanzando los más sañudos calificativos contra quienes en las montañas asturianas combatían la predicación del metropolitano.

«Viven por ahí algunos que, lejos de consultarme, pretenden enseñar, como siervos que son del Anticristo. ¿Se habrán creído que soy un ignorante? ¿Cuándo se ha oído que los de Liébana vinieran a enseñar a los toledanos? Bien sabe todo el mundo que esta sede ha florecido en santidad de doctrina desde la predicación de la fe y que nunca ha emanado de aquí cisma alguno. Y ahora, tú solo, oveja roñosa, ¿pretendes sernos maestro?»

Más abajo, el arzobispo manifiesta claramente el nombre de aquel a quien perseguía con tanto encono.

«Bonoso y Beato—decía—están condenados por el mismo yerro.»

Beato estaba allí, entre los que escuchaban la carta de Elipando a Fidel. Era monje de un monasterio situado al pié de los Picos de Europa, de San Martín de Liébana. De espíritu penetrante y curioso de saber, había pasado su juventud estudiando en el silencio de la celda los escritos de los Santos Padres y en especial los de San Isidoro y San Agustín. Pero la fe era para él un tesoro preferible a la ciencia más alta.

«Es preciso—escribía—que primero creamos en Cristo, para que así podamos entender lo que de Él está escrito. ¿De qué aprovecha investigar con peligro lo que sin peligro se puede ignorar? Mejor es creer, aunque no se comprenda, que ilustrar con palabras mentirosas lo que se ha de creer. La fe precede en mucho a la inteligencia... El primero que dijo aquellas palabras: Tú eres el Cristo, el Hijo de Dios vivo, no fue ningún filósofo, sino el pescador Pedro, hombre ignorante y pobre, que tenía la mano callosa de manejar el timón. Pero el pescador fue de Jerusalén a Roma, y el ignorante se apoderó de la ciudad que no habían podido someter los más grandes ingenios.»

Con estos principios, Beato había penetrado en las tinieblas del libro más oscuro de las Sagradas Escrituras, componiendo aquel famoso Comentario del Apocalipsis, que fue la delicia de los letrados españoles en los siglos x y XI, y que es hoy tesoro de nuestros archivos y museos; porque los copistas y miniaturistas de los claustros se apoderaron de él, lo transcribieron con amor y lo iluminaron con aquellas pinturas vigorosas y espeluznantes que aún guardan su primitiva frescura.

Tal era el hombre a quien el metropolitano de Toledo llamaba oveja roñosa y siervo del Anticristo. Los que oyeron la carta quedaron divididos en dos bandos. El abad Fidel favorecía al arzobispo, y como él, hubo otros muchos en Asturias que se dejaron convencer por la autoridad de la sede toledana. A la defensa de Beato salió Eterio, un joven obispo que vivía oculto entre aquellas montañas. Pero el monje de Liébana contaba, sobre todo, con la fuerza de su exaltación religiosa y de su entusiasmo patriótico. Aquella herejía adopcionista le pareció una nueva invasión de los musulmanes, y así era, en efecto. Jesús, para un adopcionista, venía a ser como un simple profeta, un elegido de Dios: lo que era Mahoma para los adoradores de Alá. Tal vez en el pensamiento de Elipando había un plan de acercamiento entre los dos pueblos que se disputaban la Península. Pero contra este conato sacrilego de fusión suscitó la Providencia el talento glorioso, la voz austera, el poderoso espíritu de Beato; y, ¡cosa extraña!, el segundo Pelayo luchaba en aquellas mismas montañas donde había aparecido el primero, y en aquellas mismas montañas se estrelló la invasión espiritual, como antes se habían estrellado los dardos y las lanzas. Cuentan que Beato era tartamudo, pero Dios le había destinado para ser el formidable aliento espiritual de la Reconquista, resistente y duro como la espada de los condes asturianos.

Salió de Pravia indignado. Aquella acusación de herejía que contra él se lanzaba llenábale de pena.

«Nuestra barquilla empezó a fluctuar, y mutuamente nos dijimos: Duerme Jesús en la nave. Por una y otra parte nos sacuden las olas, la tempestad nos amenaza, porque se ha levantado un viento importuno. Ninguna esperanza de salvación tenemos si Jesús no despierta. Con el corazón y con la voz hemos de clamar: Señor, sálvanos, que perecemos. Y entonces se levantó Jesús, que dormía en la nave de los que estaban con Pedro, y calmó el viento y la mar, trocándose la tempestad en reposo. No zozobrará nuestra barquilla, la de Pedro, sino la vuestra, la de Judas.»

Así pensaban Beato y Eterio camino de la abadía. Beato tenía la pluma más suelta que la lengua. Poco tiempo después lanzaba al público una larga refutación de las doctrinas adopcionistas, probando que Jesucristo, en ambas naturalezas, es Hijo propio de Dios, el mismo que fue crucificado bajo el poder de Poncio Pilato, el mismo que debe ser adorado por todos los creyentes. Es un libro de argumentación fácil y vigorosa, de gran poder dialéctico, de fe viva, de convicción ardiente y de amor apasionado por la verdad. La exaltación de su fe ponía en la pluma del monje expresiones valientes y atrevidas:

«Conmigo—decía—está David, el de la mano fuerte, que con una piedra postró al gigante; conmigo Moisés, el que sumergió las cuadrigas de Faraón en el mar Rojo; conmigo los Patriarcas, los Profetas, los Apóstoles y los Doctores; conmigo, Jesús, Hijo de la Virgen, y toda la Iglesia, redimida a precio de su sangre y dilatada por todo el orbe.»

Era una confianza bien fundada. Elipando pudo enfurecerse y derramar todo el repertorio de sus dicterios contra «aquel nefando presbítero, seudoprofeta arrogante, hombre sacrílego y manchado con todas las impurezas, que lo había contagiado todo con el veneno de su pluma inmunda». Era el lenguaje de la sinrazón y del orgullo herido. La obra de Beato se difundió por toda España, pasó los montes y los mares, y los Papas y los Concilios la consagraron condenando los errores que en sus páginas se combatían. Hoy mismo es mirada como una de las joyas de nuestra literatura antigua. Importante desde el aspecto científico, adquiere un valor mayor por su significación literaria. Por ella circulan un calor, un color y una vida, que revelan una nueva España, aunque el lenguaje sea todavía el de Roma. Falta dulzura en sus páginas, falta ritmo, falta a veces cohesión en el pensamiento; pero la fuerza, la vibración del momento, las mismas construcciones plúmbeas y oscuras, el tumulto de las rimas y los sinónimos, hacen de este libro, singular y sumamente atractivo, un fenómeno solitario en nuestra literatura medieval.

(fuente: www.divvol.org)

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martes, 18 de febrero de 2014

18 de febrero: Beato José Allamano

Urgencia en el seguimiento: fuente de inagotables bendiciones

Madrid, 18 de febrero de 2013 (Zenit.org)

Esta biografía se debería haber publicado este sábado, 16 de febrero. Por error se quedó fuera de la edición y hoy la ofrecemos a los lectores.

«Primero santos, después misioneros», era una de las hondas persuasiones de este fundador. Sabía que si el eje que vertebra cualquier acción es la santidad, la gracia se derrocha a raudales. Nació en Castelnuovo d’Asti el 21 de enero de 1851. Sus padres eran campesinos y tuvieron cinco hijos. José fue el cuarto. A los 3 años perdió a su progenitor, y a partir de entonces su madre, su maestra Benedetta Savio, su tío san José Cafasso y san Juan Bosco se ocuparían de formarle en las distintas etapas de su vida. Su encuentro con éste último se produjo en 1862. José era uno de los moradores del Oratorio de Valdocco y tuvo la gracia de tenerle como confesor. Los cuatro años que pasó junto a Don Bosco, como le sucedió a otros muchachos, dejaron una profunda huella en su vida. De hecho, el afecto por este gran maestro perduró siempre en su corazón. No en vano había descubierto su vocación junto a él. De Valdocco partió a Turín. No había quien lo detuviese. Por eso, cuando sus hermanos mostraron frontal oposición a su decisión de convertirse en sacerdote, se posicionó advirtiendo con firmeza: «El Señor me llama hoy … no sé si me llamará aún dentro de dos o tres años». Así es. El «tren de las 5», dicho en términos metafóricos, pasa a esa hora exacta y no a otra, y José lo tomó. Son radicales decisiones que cambian la vida, cascada inextinguible de bendiciones.

Su salud era lamentable. En más de una ocasión estuvo a punto de morir. La debilidad que fue compañera de su vida se hizo patente el primer año de su permanencia en el seminario. Pero como Dios dilata las fuerzas humanas hasta límites insospechados, atravesó ese itinerario llenándolo con sus virtudes que edificaron al resto de sus compañeros, y fue ordenado en 1873. Poseía excelentes cualidades para la formación. Por eso, y aunque le hubiera agradado especialmente la labor pastoral ejercida en una parroquia, pasó siete intensos años dedicados a los seminaristas en calidad de asistente y director espiritual del seminario mayor por expresa designación del arzobispo, Mons. Gastaldi. Mientras, seguía completando sus estudios. Obtuvo la licenciatura en teología y la acreditación para impartir clases en la universidad entre los años 1876 y 1877. Además de enseñar derecho canónico y civil, se convirtió en el decano de estas facultades. En 1880 le designaron rector del santuario de la Consolata, patrona de Turín. Inicialmente temió a su juventud y la inexperiencia de sus 29 años. El bondadoso arzobispo, que ya le había animado cuando le encomendó el seminario, le escuchó paternalmente y acogió benévolo su inquietud: «Pero monseñor, soy muy joven», había dicho José. Y el prelado nuevamente le alentó: «Verás que te amarán. Es mejor ser joven, así, si cometieras errores, tendrás tiempo para corregirlos». Inspirado consejo. Ese fue el destino de José hasta el final.

Tomó como estrecho colaborador a su amigo y dilecto compañero, el P. Santiago Camisassa. Y juntos sellaron una bellísima historia de amistad que duró más de cuatro décadas, compartiendo colegialmente, con caridad y respeto, proyectos diversos que pusieron en marcha. Entre los dos convirtieron el santuario en un templo ricamente restaurado y espiritualmente renovado haciendo de él un importante núcleo mariano. José era un gran confesor. Fue rector del santuario de san Ignacio, un lugar en el que había resonado también la voz de su tío, san José Cafasso, que incendió su corazón con un amor singular por los seminaristas y sacerdotes. Allamano convirtió el lugar en un centro de espiritualidad genuino que estaba a rebosar; tal era su influjo sobre las gentes. Se había propuesto «hacer bien el bien y sin hacer ruido». Tenía un espíritu misionero ejemplar acrecentado al tratar con uno de ellos que estaba destinado en Etiopía, Guillermo de Massia, y el celo apostólico que le caracterizaba lo inculcó a los sacerdotes. Lo tenía claro: él no había podido ir a misiones, pero otros podrían hacerlo. Y llevó a su oración este anhelo.

En 1900 se libró milagrosamente de una grave enfermedad por las fervientes oraciones dirigidas a la Virgen de la Consolata y la ayuda del cardenal Richelmy. Un año después recibió la autorización para dar inicio a su fundación. Primeramente surgieron los misioneros. En 1909 mantuvo una audiencia con Pío X, quien alentándole en otro nuevo paso, le dijo: «...si no tienes vocación para fundar religiosas, te la doy yo». Y el 29 de enero de 1910 puso en marcha la fundación de las misioneras de la Consolata. Tres años más tarde partían para las misiones. Este incansable apóstol y gran formador de jóvenes y sacerdotes, devoto de María e impulsor de una revista mariana, estuvo implicado en numerosas acciones, incluidas las que llevó a cabo durante la Primera Guerra Mundial. Murió en Turín el 16 de febrero de 1926. En su testamento hizo notar: «Por ustedes he vivido tantos años, y por ustedes he consumido bienes, salud y vida. Espero que, al morir, pueda convertirme en su protector desde el cielo». Fue beatificado el 7 de octubre de 1990 por Juan Pablo II.

(18 de febrero de 2013) © Innovative Media Inc.

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- Santa Gertrudis Comensoli

lunes, 17 de febrero de 2014

17 de febrero: San Flaviano de Constantinopla

Obispo († 449)

 Constantinopla continuaba siempre enfrente de Alejandría; Juan de Antioquía, contra San Cirilo. La muerte de estos dos personajes hizo creer en la reconciliación definitiva. «El Oriente y Egipto quedan unidos en lo sucesivo», decía Teodoreto de Ciro, y añadía: «La envidia ha muerto y la herejía ha sido sepultada con ella.» Eran puras apariencias; cuatro años más tarde, la querella de Theotócos renacía de súbito, como la llama de un incendio mal extinguido.

El causante del mal fue un archimandrita, un abad septuagenario de la ciudad imperial, a quien trescientos monjes respetaban y obedecían; hombre austero, temperamento inflexible, cabeza estrecha y cuadrada, espíritu ayuno de toda cultura seria. Jactábase de no haber salido nunca del convento que le había recibido en su juventud. Había leído la Biblia, y ésa era toda su ciencia. Con la petulancia de los pedantes, solía decir que, siendo el libro de Dios, está en él todo lo que conviene saber. Si Nestorio tenía la hinchazón de la ciencia, de que habla San Pablo, Eutiques—asi se llamaba este archimandrita—tenía la hinchazón, todavía más terrible, de la ignorancia.

Frente a este monje fanático, aparece en la Historia la figura noble y serena de Flaviano, sacerdote de la ciudad imperial, sin ambiciones, pero también sin apocamientos. Tenía virtud y saber, pero nadie hubiera adivinado en su naturaleza, bondadosa y pacífica, que había de ser hombre de lucha. En 446 la sede patriarcal de Constantinopla está vacante. Dos candidatos son indicados para ocuparla: el archimandrita tiene el apoyo de la corte; el sacerdote triunfa por la aclamación del clero y el pueblo. Este fue el primer encuentro de Flaviano, el patriarca y de Eutiques, el heresiarca.

A pesar de su ignorancia, o tal vez a causa de ella, Eutiques era un dogmatizador empedernido. Admirador incondicional de San Cirilo, leía sus libros sin entenderlos, adoptaba sus fórmulas bastardeándolas. Cirilo había dicho que las dos naturalezas formaban un solo Cristo; Eutiques, comentándolo, decía que antes de la unión había dos naturalezas; después, una sola. Cirilo había dicho, siguiendo a San Pablo, que el primer hombre, salido de la tierra, era terrestre y el segundo, venido del Cielo, espiritual; Eutiques añadía que el cuerpo de Jesús había sido formado de una sustancia divina y eterna. Con pretexto de hacer resaltar todo lo posible la divinidad, le convertía en un ser completamente extraño a la humanidad. En consecuencia, María ya no era verdadera madre de Jesucristo; caía por tierra el misterio de la Redención y se desvanecía la realidad misma del Mesías.

El patriarca de Constantinopla se dio pronto cuenta de la gravedad del peligro. Comprendió que permitir continuar su obra al fogoso archimandrita era exponerse a ver muy luego, de un confín a otro del Imperio, inculcar una enseñanza en la que hubiese ido a pique la realidad histórica del Evangelio, comprometida frecuentemente por fantasías místicas. Sin embargo, por caridad y mansedumbre de corazón, se había limitado a suplicar al imprudente agitador que tuviese piedad de las iglesias de Dios, bastante probadas ya con las perturbaciones precedentes. A este ruego, el monje contestó orgullosamente: «No hemos condenado a Nestorio para dejar que se extienda su doctrina.» Más decidida fue la oposición que encontró Eutiques en un obispo asiático, Eusebio de Dorilea, que procedía de las filas de Cirilo. Este Eusebio, que, siendo simple laico, había interrumpido a Nestorio en un sermón, delató ahora a Eutiques como hereje en un sínodo de Constantinopla (448), pidiendo que compareciese delante de los obispos. Flaviano, que conocía la influencia del archimandrita, trató de calmarle, pero no era Eusebio hombre para retroceder ante las razones de la prudencia humana.

Cuando los delegados del concilio llegaron al monasterio, Eutiques les contestó: «Yo he entrado aquí para no salir jamás de mi santo encierro. Además, las divinas Escrituras, que estudio sin cesar, valen más que las definiciones de los Padres.» Eutiques era testarudo, necesitaba ganar tiempo, y además temía que, entre obispos avezados a todas las sutilezas teológicas, se descubriese su ignorancia. No obstante, después de dos semanas de prórroga, compareció roeado de monjes y soldados. Sus respuestas fueron contradictorias. Tan pronto hacía declaraciones de carácter ortodoxo, como se deslizaba por las pendientes del error. El debate se eternizaba, hasta que alguien pidió que el acusado aceptase explícitamente las dos naturalezas en Cristo después de la unión. «¡Eso nunca!», dijo él con calor, atrayendo sobre su cabeza la voz unánime del concilio: «Sea anatema.» Llorando y gimiendo por su pérdida, Flaviano declaró a Eutiques condenado, depuesto y excomulgado.

El monje dejó la asamblea pisando firme y lanzando altaneras miradas. Se sentía fuerte contra todos aquellos anatemas, En su monasterio, verdadera cindadela de la herejía, los trescientos monjes le recibieron como a un héroe. En la corte, el eunuco Crisafo le ofreció su apoyo incondicional. Crisafo era un antiguo esclavo, que por su aspecto noble y porte majestuoso había llegado a ser el amo del palacio y del emperador. Consideraba a Eutiques como su padre, porque era el que le había sostenido en la fuente bautismal. Flaviano, en cambio, era su enemigo. Un día, encontrándose en un corredor del palacio, le había dicho el favorito: «Es preciso que pongas el velo a esa mujer, de cualquier manera que sea.» Esa mujer era Pulquería, la hermana del emperador, cuya influencia seguía temiendo el eunuco. Flaviano salió sin decir una palabra, pero se guardó muy bien de cumplir la orden sacrilega.

Favorecido por el hombre más poderoso en la política, Eutiques logró también el apoyo del más alto prestigio de la Iglesia oirental: Dióscoro, patriarca de Alejandría. Dióscoro era el nuevo Faraón, como dijeron sus contemporáneos, el azote de Egipto, el lobo entre las ovejas. Codicioso, sus visitas episcopales eran temidas como una invasión de bárbaros. Nada podía saciar su cínica rapacidad ni su desaforada ambición. Sin tiempo para profundizar en los problemas de la teología, parecióle que Eutiques defendía la doctrina tradicional de su iglesia, y se hizo fanático del monofisismo, ganándose al mismo tiempo las simpatías del privado.

Eutiques, Crisafo y Dióscoro formaban un funiculus triplex, muy difícil de romper. Era evidente que el heresiarca caminara hacia el triunfo y el patriarca hacia la ruina. En 449 salió un decreto imperial que obligaba a los obispos orientales a reunirse en Éfeso para tratar la cuestión candente, bajo la presidencia del patriarca de Alejandría. Flaviano acudió también. Aunque preveía lo que iba a suceder, estaba tranquilo. Una carta de San León, obispo de Roma, acababa de aprobar su manera de proceder. El plan del concilio era bien claro: rehabilitar a Eutiques y deponer a Flaviano. El primer acto de la comedia transcurrió sin dificultades mayores: el archimandrita fue reintegrado a su cargo y celebrado como un confesor de la fe. Pero cuando el presidente anunció la segunda parte del programa, levantóse un alboroto general. Unos obispos se pusieron pálidos, otros quedaron paralizados de estupor, otros se opusieron abiertamente, y hubo algunos que, cayendo a los pies del tirano y abrazando sus rodillas, decían:

—No hay motivo para esto. Flaviano es inocente. Perdónale.

Insensible a los ruegos y a las lágrimas, Dióscoro se levantó furioso, y gritó:

—¡Qué! ¿Pretendéis amotinaros? Soldados, ¿dónde estáis?

A esta voz, una horda de pretorianos irrumpe en la basílica, y tras ellos entra una falange de monjes armados de palos, cadenas y lanzas. El tumulto fue horrible. Los legados del Papa se evadieron, lanzando el costradicitur sacramental. Los recalcitrantes cedieron a la coacción.

—Hacedles firmar—dijo Dióscoro a los soldados, entregándoles un pergamino.

En medio del desorden, Flaviano permanecía en pie, sereno, impasible. En esa actitud le encontró un oficial que, sin conocerle, le ofreció el papel para que firmase. Rechazólo él fríamente, y, volviéndose hacia el patriarca alejandrino, dijo solamente esta palabra:

—Apelo.

Ciego de cólera y perdiendo toda dignidad personal, Dióscoro bajó de su trono, se lanzó contra su rival, le arrojó en tierra de un golpe formidable y le pisoteó furioso. Algunos de sus partidarios imitaron su ejemplo, golpeando e injuriando al caído, y el jefe de aquellos monjes bandoleros hincó su lanza en el cuerpo del mártir. Cuando, unas horas más tarde, volvió en sí del desmayo provocado por los malos tratamientos, el santo patriarca se halló solo, en una prisión húmeda, envuelto en su propia sangre. Aquel mismo día le obligaron a salir para el destierro, pero aún no se había puesto el sol cuando él entraba en la patria verdadera.

Dos años después la justicia divina caía sobre sus asesinos. Eutiques marchaba desterrado. Dióscoro bajaba ignominiosamente de su silla, y los seiscientos Padres de Calcedonia coronaban de gloria inmortal a la víctima del Latrocinio de Éfeso.

(fuente: www.divvol.org)

domingo, 16 de febrero de 2014

16 de febrero: Beata Felipa Mareri

Virgen de la Segunda Orden (1190‑1236). Concedió oficio y misa en su honor Pío VII el 29 de abril de 1806.

Nació en Rieti en 1190, hija de Pietro Mareri y Donna Imperatrice, ambos de familia noble. Creció piadosa, reflexiva e inteligente. Tuvo la dicha de ver con frecuencia a San Francisco de Asís, quien en sus peregrinaciones por el Valle de Rieti se hospedaba en casa de la familia Mareri. Le llamó la atención la asidua oración y el desprendimiento de las cosas que caracterizaban a San Francisco. Ella decidió seguirlo. Cuando su padre le propuso unas nupcias acordes con su nobleza, ella le dijo que sólo quería por esposo a Jesucristo. Esto le desencadenó una terrible persecución sobre todo por parte de su hermano Tomás. Ella permaneció firme. Finalmente, con algunas compañeras, se retiró a un eremitorio junto a la montaña vecina y comenzó una vida de soledad.

Conmovido Tomás por la firmeza de Felipa, le ofreció la iglesia de San Pedro en el antiguo monasterio que él había reparado. Felipa aceptó la propuesta y comenzó una vida claustral junto con otras compañeras, adoptando la Regla de las Damas pobres de Asís. Por un tiempo San Francisco dirigió a la pequeña comunidad, que luego encomendó a Fr. Rogerio de Todi, su discípulo. Pronto muchas jóvenes decidieron consagrarse a Dios bajo la dirección de la Beata Felipa Mareri, quien, para las hermanas era más que abadesa, una madre amorosa, pronta a animarlas a la perfección, consolarlas en los sufrimientos. Siguiendo el ejemplo de San Francisco y del Beato Rogerio, amó la pobreza, confió en la providencia. Postrada ante un gran crucifijo lloraba pensando en lo mucho que se ofendía al Señor, hacía penitencia e imploraba la misericordia de Dios. Una sobrina suya que había ingresado al monasterio, era raptada a la viva fuerza por su familia; con su oración logró que sus parientes no lograran moverla de la clausura.

Predijo su muerte con mucha anticipación. Reunió a sus hermanas en torno a su lecho de muerte, las exhortó a la oración, a la concordia, al amor a la pobreza seráfica: «No lloréis, hijas queridas, no lloréis sobre mí. Vuestra tristeza se convertirá en gozo, desde el Paraíso os ayudaré más. Deseo morir para poder vivir en Cristo, para que mi heredad esté en la tierra de los vivientes. Consolaos en el Señor. Perseverad en el servicio de Dios. Acordaos de todas las cosas que he hecho. La paz del Señor, que supera todo sentido, guarde vuestro corazón y vuestro cuerpo». Terminadas estas exhortaciones, se encomendó humildemente a Cristo Jesús, fortalecida con la santa Eucaristía y los otros sacramentos, en presencia del beato Rogerio y de otros Hermanos Menores, entre las lágrimas de sus cohermanas, el 16 de febrero de 1236 pasó felizmente al Señor. Tenía 46 años

(fuente: www.franciscanos.org)

sábado, 15 de febrero de 2014

15 de febrero: San Claudio La Colombière

Claudio La Colombière, S.I. (1641-1682)

Claudio La Colombière, tercer hijo del notario Beltrán La Colombière y Margarita Coindat, nació el 2 de febrero de 1641 en St. Symphorien, Delfinado.

Trasladada la familia a Vienne, aquí recibió Claudio la primera educación escolar, que después completó en Lyón con el estudio de la Retórica y la Filosofía.

En este último período precisamente se sintió llamado a la vida religiosa en la Compañía de Jesús, si bien no conocemos los motivos que le llevaron a esta decisión. En cambio, sí nos ha dejado esta confesión en uno de sus escritos: "Sentía enorme aversión a la vida que abrazaba". Es fácil de comprender esta afirmación para quien se haya interesado por la vida de Claudio, cuya naturaleza, muy sensible a las relaciones familiares y de amistad, era también harto inclinada a la literatura y el arte, y a cuanto hay de más digno en la vida de sociedad. Pero no era hombre que se dejase guiar del sentimiento, por otra parte.

A los 17 años entró en el Noviciado de la Compañía de Jesús de Aviñón. En 1660 pasó del Noviciado al Colegio, en la misma ciudad, para concluir los estudios de Filosofía y pronunciar los primeros votos religiosos. Al terminar el curso fue nombrado profesor de Gramática y Literatura, función que desempeñó durante cinco años en dicho Colegio.

En 1666 se le envió a París, a estudiar Teología en el Colegio de Clermont; en la misma época se le confió una misión de gran responsabílidad. La notable aptitud demostrada por Claudio a los estudios humanísticos, unida a sus dotes de prudencia y finura, movieron a los Superiores a elegirlo preceptor de los hijos de Colbert, Ministro de Finanzas de Luis XIV.

Finalizados los estudios de Teología y ordenado Sacerdote, volvió de nuevo a Lyón en calidad de profesor durante un tiempo para dedicarse después enteramente a la predicación y a la dirección de la Congregación Mariana.

La predicación de La Colombière se distinguió siempre por su solidez y hondura; no se perdía en vaguedades sino que habilmente se dirigía al auditorio concreto y, con tan vigorosa inspiración evangélica, que infundía en todos serenidad y confianza en Dios. Las ediciones de sus sermones produjeron -y siguen produciendo hoy- abundantes frutos espirituales; porque, tenidos en cuenta el lugar y la duración de su ministerio, resultan menos envejecidos que los de otros oradores de mayor fama.

El año 1674 fue decisivo en la vida de Claudio. Hizo la Tercera Probación en la "Maison de Saint-Joseph" de Lyón y, en el mes de Ejercicios que es costumbre hacer, el Señor lo fue preparando a la misión que le tenía reservada. Los apuntes de este período nos permiten seguir paso a paso las luchas y triunfos de su espíritu, extraordinariamente sensible a los atractivos humanos, pero generoso con Dios.

El voto que hizo de observar todas las Constituciones y Reglas de la Compañía no tenía por objeto esencial la vinculación a una serie de observancias minuciosas, sino la realización del recio ideal de apóstol descrito por San Ignacio. Precisamente porque este ideal le pareció espléndido, Claudio lo asumió como programa de santidad. El subsiguiente sentimiento de liberación que experimentó junto con una mayor apertura de los horizontes apostólicos -testimoniados en su diario espiritual- prueban que ello había respondido a una invitación de Jesucristo mismo.

El 2 de febrero de 1675 hizo la Profesión solemne y fue nombrado Rector del Colegio de Paray-le-Monial. No faltó quien se sorprendiera de que un hombre tan eminente fuera destinado a una ciudad tan recóndita como Paray. La explicación se halla en el hecho de que los Superiores sabían que aquí, en el Monasterio de la Visitación, vivía en angustiosa incertidumbre una humilde religiosa, Margarita María Alacoque, a la que el Señor estaba revelando los tesoros de su Corazón; y esperaba que el mismo Señor cumpliese su promesa de enviarle un "siervo fiel y amigo perfecto suyo" que le ayudaría a cumplir la misión a que la tenía destinada: manifestar al mundo las insondables riquezas de su amor.

Una vez en su nuevo destino y mantenidos los primeros encuentros con Margarita María, ésta le abrió enteramente su espíritu y, por tanto, también las comunicaciones que ella creía recibir del Señor. El Padre dio su aprobación plena y le sugirió que pusiera por escrito lo que ocurría en su alma, a la vez que la orientaba y sostenía en el cumplimiento de la misión recibida. Cuando después, gracias a la luz divina que recibía en la oración y el discernimiento, estuvo seguro de que Cristo deseaba el culto de su Corazón, se entregó a él sin reservas, como atestiguan su dedicación y sus apuntes espirituales. En éstos aparece claro que, ya antes de las confidencias de Margarita María Alacoque y siguiendo las directrices de San Ignacio, Claudio había llegado a la contemplación del Corazón de Cristo como símbolo de su mismo amor.

Tras año y medio de permanencia en Paray, en 1676 el P. La Colombière salió hacia Londres, nombrado predicador de la Duquesa de York. Era una misión sumamente delicada, dados los sucesos que sacudían a Inglaterra en este momento; antes de finales de octubre del mismo año, el Padre ocupaba ya el apartamento a él reservado en el palacio de St. James. Ademas de predicar en la capilla y dedicarse a la dirección espiritual sin tregua, oral y escrita, Claudio pudo entregarse a la sólida instrucción religiosa de no pocas personas que habían abandonado la Iglesia Romana.

Y, si bien entre grandes peligros, gozó del consuelo de ver volver a muchos, hasta el punto de que al cabo de un año decía: "Podría escribir todo un libro sobre las misericordias de que he sido testigo desde que estoy aquí".

Esta intensidad de trabajo y el clima minaron su salud y comenzaron a manifestarse los primeros síntomas de una afección pulmonar. Pero el P. Claudio prosiguió con su mismo plan de vida.

A finales de 1678 fue arrestado de repente, bajo la acusación calumniosa de conspiración papista.

A los dos días se le trasladó a la horrenda cárcel de King's Bench y allí permaneció tres semanas sometido a graves privaciones, hasta que se le expulsó de Inglaterra por Decreto real.

Todos estos padecimientos fueron minando aún más su saludad que fue empeorando con altibajos a su vuelta a Francia. Habiéndose agravado notablemente, se le envió de nuevo a Paray. El 15 de febrero de 1682, primer Domingo de Cuaresma, al atardecer le sobrevino una fuerte hemotisis que puso fin a su vida El 16 de junio de 1929, el Papa Pío XI beatificó a Claudio La Colombière, cuyo carisma según Santa Margarita María Alacoque, consistió en elevar las almas a Dios siguiendo el camino de amor misericordia que Cristo nos revela en el Evangelio.

(fuente: www.vatican.va)

viernes, 14 de febrero de 2014

14 de febrero: San Valentín

Patrón de los enamorados

El amor de Dios reina en el corazón de todos los santos, pero hay uno que tiene la dicha de ser el patrón de los enamorados: San Valentín. Según dice una tradición, San Valentín arriesgaba su vida para casar cristianamente a las parejas durante el tiempo de persecución. Por fin entregó su vida en el martirio, que es la máxima manifestación del amor. El amor de este santo sacerdote por Jesucristo y por defender el Sacramento del Matrimonio nos inspira a elevar el amor humano a las alturas del amor divino para el cual fuimos creados. Los cristianos debemos aprovechar esta fiesta para recuperar el sentido cristiano del amor y del matrimonio a la luz de Cristo.

Como llegó San Valentín a ser el día de los enamorados

1- Para abolir la costumbre pagana de que los jóvenes sacaran por suerte nombres de jovencitas, en honor de la diosa del sexo y la fertilidad llamada Februata Juno, celebrada el 15 de este mes, algunos pastores substituyeron esta costumbre, escribiendo nombres de santos. Así con el tiempo la fiesta sería cristianizada y se celebraba en vez San Valentín.

2- El 14 de febrero se envían postales los enamorados porque, según la creencia medieval procedente de Inglaterra y Francia, ese día, es decir, a mediados del segundo mes del año, "todas las aves escogen su pareja"

Aunque San Valentín sigue siendo reconocido como verdadero santo de la Iglesia, muy poco se sabe de seguro sobre su vida, fuera del hecho de su martirio. Es por eso que el calendario litúrgico celebra el 14 de Febrero a los Santos Cirilo y Metodio en vez de a San Valentín.

El Martirologio Romano presenta dos santos con el nombre de Valentín:

Uno es Obispo de Interamna y el otro sacerdote de Roma. Es posible que se trate del mismo santo que fuera llevado desde su ciudad a Roma para el martirio. Esto se sospecha porque, además de tener el mismo nombre, ambos fueron decapitados en la Vía Flaminia y tienen su fiesta el 14 de febrero.

1- San Valentín de Terni. Nació en Interamna (hoy: Terni, unos 100km al norte de Roma), C. 175. Fue ordenado por San Felicio de Foligno. Consagrado obispo de Interamna por el papa Victor I c. 197.

Famoso por su evangelización, milagros y curaciones. Fue arrestado, torturado y decapitado por Placido Furius durante la persecución de Aurelius. Lo mataron de noche y en secreto para evitar la reacción del pueblo de Terni donde era muy amado. Lo enterraron en la Vía Flaminia, entre Roma y Terni. Su restos mortales están hoy en la Catedral de Terni.

2- San Valentín de Roma. Con San Mario y su familia socorría a los presos que iban a ser martirizados durante la persecución de Claudio el Godo. Fue aprehendido y enviado por el emperador al prefecto de Roma, quien al ver que todas sus promesas para hacerlo renunciar a su fe eran ineficaces, mandó que lo golpearan con mazas y después lo decapitaran. Esto ocurrió el 14, de febrero, por el año 269.

Parece que fue el Papa Julio I quien hizo construir una iglesia cerca de Ponte Mole en memoria del mártir, la cual por mucho tiempo dio el nombre a la puerta hoy llamada Porta del Popolo en Roma (Antes Porta Valentini). La mayor parte de sus reliquias están ahora en la iglesia de Santa Praxedes (cerca de la basílica de Sta. Maria la Mayor, Roma) .

Se encuentra mencionado su nombre entre los mártires ilustres en el sacramentario de San Gregorio, en el Misal Romano de Thomasio y en los martirologios.

(fuente: www.corazones.org)
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