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martes, 25 de febrero de 2014

25 de febrero: Beata Maria Ludovica de Angelis

Nacida el 24 de octubre de 1880 en Italia (en San Gregorio, pueblito de los Abruzzos, no lejano de la ciudad de L'Aquila), Sor María Ludovica De Angelis, con su llegada, primera de ocho, había colmado de alegría a sus padres quienes en la misma tarde del día del nacimiento, en la fuente bautismal, habían elegido, para su primogénita, el nombre de Antonina.

Con el correr de los años, en contacto con la naturaleza y la dura vida del campo, la niña, crecida límpida, abierta, trabajadora y ricamente sensible, se había transformado en una joven fuerte y al mismo tiempo, delicada, activa y reservada, como toda la gente de aquella espléndida tierra.

El 7 de diciembre del mismo año del nacimiento de Antonina, fallecía en Savona una hermana, que había optado dar plenitud a la propia vida siguiendo las huellas de Aquel que dijo: «Sean misericordiosos como es misericordioso el Padre... Todo cuanto hagan a uno solo de estos hermanos míos, a Mí lo hacen...», era Santa María Josefa Rossello la cual dio vida, en Savona, en 1837, al Instituto de las Hijas de Nuestra Señora de la Misericordia: una Familia Religiosa que caminaba por los senderos del mundo, proponiendo con la fuerza del ejemplo el mismo ideal a muchas jóvenes.

Antonina sentía en su corazón que sus sueños encontraban eco en los sueños que habían sido los de la Madre Rossello.

Ingresó con las Hijas de la Misericordia el 14 de noviembre de 1904; en la Vestición Religiosa toma el nombre de Sor María Ludovica y tres años después de su ingreso, el 14 de noviembre de 1907, zarpa hacia Buenos Aires, donde arriba el 4 de diciembre sucesivo. Desde este momento se da en ella un florecer ininterrumpido de humildes gestos silenciosos en una entrega discreta y emprendedora.

Sor Ludovica no posee una gran cultura, al contrario. Sin embargo, es increíble cuánto logra realizar ante los ojos asombrados de quiénes la circundan. Y, si su castellano es simpáticamente italianizado, con algún toque pintoresco de "abruzzese", no le cuesta entender ni hacerse entender.

No formula programas ni estrategias, pero se dona con toda el alma.

El Hospital de Niños, al cual es enviada, y que inmediatamente adopta como familia suya, la ve, primero, solícita cocinera, luego, convertida en responsable de la Comunidad, infatigable ángel custodio de la obra que, en torno a ella, se transforma gradualmente en familia unida por un único fin: el bien de los niños.

Serena, activa, decidida, audaz en las iniciativas, fuerte en las pruebas y enfermedades, con la inseparable corona del Rosario entre las manos, la mirada y el corazón en Dios y la infaltable sonrisa en los ojos, Sor Ludovica llega a ser, sin saberlo ella misma, a través de su ilimitada bondad, incansable instrumento de misericordia, para que a todos llegue claro el mensaje del amor de Dios hacia cada uno de sus hijos.

Único programa expresamente formulado, es la frase recurrente: «Hacer el bien a todos, no importa a quién». Y se realizan así, con subvenciones que solo el cielo sabe cómo Sor M. Ludovica consigue obtener, salas de cirugía, salas para los pequeños yacentes, nuevas maquinarias, un edificio en Mar del Plata destinado a la convalecencia de los niños, una capilla hoy parroquia, y una floreciente chacra para que sus protegidos tuviesen siempre alimento genuino.

Durante 54 años Sor M. Ludovica será amiga y confidente, consejera y madre, guía y consuelo, de cientos y cientos de personas in City Bell de toda condición social.

El 25 de febrero de 1962 concluye su camino, pero quienes permanecen todo el personal médico en particular no olvidan, y el Hospital de Niños asume el nombre de «Hospital Superiora Ludovica».

(fuente: www.vatican.va)

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lunes, 24 de febrero de 2014

24 de febrero: San Pretextato

Obispo y mártir
(† 586)

Pacíficamente alimentaba su rebaño. Era bueno, sencillo, afable en su trato y dotado de un profundo sentimiento de justicia. Tal vez, algo débil. Nada parecía presagiar que su vida había de ser una de las más trágicas en la historia de los francos. Pero un día llegó a Rouen, donde Prerextato, presidía dignamente, un hijo de Chilperico, rey de Neustria, que se llamaba Meroveo. Meroveo se echó a las plantas del obispo rogando que le casase con la viuda de su tío Sigeberto, la bella Brunequilda, reina de Austrasia. Y como el obispo no podía negar nada al príncipe, porque era su ahijado y le amaba entrañablemente, presidió aquel casamiento, tal vez sin darse cuenca de que obraba contra los cánones. Esta flaqueza fue el origen de todas sus desgracias. La culpa la tuvo su buen corazón. Desde el día en que tuvo en las fuentes bautismales al desgraciado príncipe, había concebido por él uno de esos afectos abnegados, absolutos, irreflexivos, de que sólo una madre parece capaz.

Vino después el destierro de Meroveo, expulsado por su padre, odiado a muerte por su madrastra, la terrible Eredegunda. En tocio el reino de Neustria sólo un hombre tenía el valor de proclamarse su amigo: el obispo Pretéxtalo. Como no se preocupaba de disimular su afecto, no tardó el rey en hallarse al tanto de todo, estallando en una de esas cóleras mezcladas de temor, durante las cuales se abandonaba por completo a Fredegunda, que era su ángel malo. Esta mujer alimentaba contra el obispo un odio profundo, uno de esos odios que en ella no acababan sino con la vida del que había tenido la desgracia de excitarlos. No le fue difícil persuadir al rey de que debía acusar al obispo su enemigo, ante un concilio de obispos, como culpable de lesa majestad.

Detenido en su casa, el obispo fue conducido a la residencia real, y en un interrogatorio se puso de manifiesto que tenía en su poder algunos objetos preciosos, que Brunequilda le había entregado al salir de Rouen: dos cajas de telas y alhajas, evaluadas en tres mil sueldos, y un saco de monedas de oro, que valdría dos mil. Gozoso con este descubrimiento, Chilperico se apresuró a confiscar el saco y las cajas. Los obispos, llamados con urgencia, empezaban a reunirse en París. Tras ellos llegó el rey, acompañado de una muchedumbre de guerreros, cuya misión era coaccionar las deliberaciones de los Padres.

Cuando quedó abierta la asamblea y se introdujo al reo, el rey, en lugar de dirigirse a los jueces, dio algunos pasos hacia su adversario, y le apostrofó diciendo: «Obispo, ¿cómo se te ocurrió casar a mi enemigo Meroveo, que nunca debió ser más que mi hijo, con la viuda de su tío? Esto es un crimen; pero aún tienes otro mayor: has conspirado contra mí, has repartido dádivas para hacerme asesinar, has seducido al pueblo con dinero.» Estas palabras, oídas por los leudes francos que estaban en el pórtico de la iglesia donde se habían reunido los obispos, provocaron un murmullo de indignación. Los miembros del concilio, alarmados por el tumulto, dejaron sus asientos, y fue necesario que el mismo rey se presentase a calmar los ánimos de sus gentes. Habló luego en su defensa el obispo de Rouen, pidiendo perdón de haber infringido las leyes canónicas, pero negando rotundamente las imputaciones de conspiración y de traición. A una señal del rey, comparecieron algunos hombres de origen franco, trayendo objetos de valor, que pusieron ante el reo, y diciendo: «¿Reconoces esto? Es lo que nos diste para que prometiésemos fidelidad a Meroveo.» El obispo replicó serenamente: «Es cierto; os hice presentes, pero no fue para expulsar al soberano de su reino. Cuando veníais a ofrecerme un hermoso caballo, ¿no era razón que yo devolviese dádiva por dádiva?»

Nada pudo probarse acerca del punto esencial de la conspiración, y así el rey, descontento de esta primera tentativa, dejó la iglesia para volver a su alojamiento. Al poco rato entró el arcediano de la catedral de París, y dirigiéndose a los obispos, que departían familiarmente, les dijo: «Escuchadme, sacerdotes del Señor: esta ocasión es grande para vosotros. O vais a honraros con el prestigio de una buena fama, o vais a perder en la opinión de todo el mundo el título de ministros de Dios. Mostraos firmes, y no dejéis perecer al hermano inocente.» No se hizo caso de esta advertencia. La mayor parte de aquellos obispos eran míseros lacayos del rey. Sólo uno se mostró digno: fue Gregorio de Tours; el historiador, a quien su actitud trajo toda suerte de molestias.

A los pocos días celebróse otra sesión. Chilperico acudió con puntualidad, y sin más preámbulo leyó esta disposición del Derecho eclesiástico: «El obispo convicto de robo debe ser depuesto.» Admirados los prelados de tal comienzo, preguntaron quién era el obispo a quien se imputaba ese crimen: «Él—contestó Chilperico, volviéndose hacia Pretéxtalo—. ¿No habéis visto lo que nos ha robado?» Y sin decir de dónde procedían, señaló las dos cajas de telas y el saco de dinero. Sin perder su mansedumbre ante tan ultrajante acusación, Pretéxtalo dijo a su adversario: «Creo recordaréis que después de haber dejado Brunequilda la ciudad de Rouen, fui a veros y os dije que en mi casa guardaba en depósito los efectos de aquella reina. Me he desembarazado de una parte de ellos, según vuestras indicaciones; pero aún no he tenido ocasión de hacer otro tanto con lo demás.» Dando otro giro a la acusación, y dejando el papel de querellante por el de fiscal, replicó el rey: «Si eras depositario, ¿por qué has abierto una de las cajas y sacado una franja de túnica tejida con hilo de oro para repartirla entre tus partidarios?» El acusado repuso, siempre ecuánime: «Te he dicho ya una vez que esos hombres me habían hecho presentes. No teniendo nada mío con que pagarles, lo cogí de ahí, sin creer obrar mal. Miraba como mis propios bienes lo que pertenecía a mi hijo Meroveo, a quien tuve en las fuentes bautismales.»

El rey no supo qué contestar y declaró disuelta la sesión. Era una nueva derrota. Lo sentía, sobre todo, por la acogida que había de hacerle la imperiosa Fredegunda. Fue ella la que, después de una tormenta doméstica, se encargó del asunto. Llamó a los dos prelados más adictos que tenía en el concilio, y les encomendó esta misión: «Id a ver a ese hombre y decidle: Ya sabes que el rey es bueno; humíllate ante él y dile que has hecho las cosas de que te acusa. Entonces todos nosotros nos echaremos a sus pies y obtendremos el perdón.» El de Rouen se dejó coger en el lazo. Al día siguiente, reanudado el concilio, después de una ligera discusión con el rey, cayó de rodillas, y, con la frente en el suelo, dijo: «¡Oh rey misericordioso, he pecado contra el Cielo y contra ti!» El rey, antes irritado, se apaciguó, recobrando su habitual hipocresía; y como a impulsos de un exceso de emoción, prosternóse también él, exclamando: «¿Lo oís. piadosísimos obispos? ¿Oís al criminal confesando su execrable atentado?» Hubo un momento de confusión. Los miembros del concilio saltaron de sus asientos y corrieron a levantar al rey, unos enternecidos hasta romper en llanto, otros riéndose en su interior de la infame farsa que se estaba jugando. Después se leyó un canon que había sido interpolado y falsificado por el mismo rey. Mudo de estupor, vio Pretéxtalo que le desgarraban la túnica por la espalda, y oyó estas palabras del presidente: «Escucha, hermano, no puedes ya seguir en comunión con nosotros ni disfrutar de nuestra caridad hasta que el rey te otorgue su perdón.» Unos hombres armados dieron fin a la escena apoderándose del pobre obispo y sepultándole en una prisión, de donde fue sacado para marchar a una pequeña isla del canal de la Mancha.

Fueron siete años de destierro y de miseria entre pescadores y corsarios, hasta que un día los magnates de Rouen desembarcaron en la isla y se lo llevaron de nuevo a su iglesia. Hizo su entrada en la ciudad escoltado de inmensa muchedumbre, en medio de las aclamaciones del pueblo, que de su propia autoridad le volvía a colocar en su sede. Chilperico había muerto, los condenados salían de las cárceles, los proscritos regresaban a sus casas, y Fredegunda huía de París, odiada por el pueblo y por los leudes. Su destino la llevó a buscar un refugio en las cercanías de Rouen. Más de una vez se encontró en las ceremonias y reuniones públicas con el obispo, cuyo retorno era un mentís a su poder. En uno de esos encuentros, no pudiendo contener su despecho, exclamó la reina, bastante alto para que lo pudieran oír todos los presentes: «Ese hombre debiera saber que puede volver otra vez al destierro.» Pretéxtalo recogió la frase, y, afrontando las iras de aquella mujer terrible, respondió: «En el destierro o fuera de él, seré siempre obispo. Tú, en cambio, ¿puedes decir que gozarás siempre del poderío real? Desde el fondo de mi destierro, si a él vuelvo. Dios me llamará al reino de los cielos, y tú, desde tu reino en este mundo, serás precipitada a la sima del infierno.»

Fredegunda calló entonces; pero algunos días más tarde llegó su respuesta. Era un domingo de febrero. El obispo llegó temprano a la basílica. Sus clérigos ocupaban los asientos del coro y él presidía. Mientras los cantores ejecutaban la salmodia, Pretéxtalo se arrodilló en un reclinatorio, con la cabeza apoyada en las manos. Aprovechando esta actitud, un hombre se acercó sigilosamente, y, sacando el cuchillo pendiente de su cintura, hirióle en una axila y salió corriendo de la iglesia. El anciano pudo levantarse solo, y aún tuvo fuerza para subir al altar, conteniendo la sangre de la herida. Allí extendió las manos ensangrentadas para coger de encima del altar el cáliz de oro que, suspendido de unas cadenas, guardaba la Eucaristía, tomó una partícula del pan consagrado y comulgó, y luego, dando gracias a Dios por haberle dado tiempo para confortarse con el santo viático, cayó desvanecido en brazos de los clérigos, que le transportaron a su vivienda.

Allí tuvo una visita, la de la reina, que quiso darse el espantoso gusto de ver a su enemigo agonizante. Disimulando el gozo que sentía, dijo:

—Es triste para nosotros, ¡oh santo obispo!, que haya sobrevenido semejante desgracia.
—¿Y quién ha descargado este golpe—dijo el moribundo, clavando en Fredegunda los ojos—sino la mano que mató reyes, que vertió tanta sangre inocente y tantos males desató en el reino?

Sin revelar la menor turbación, continuó ella con un tono todavía más afectuoso:

—Hay en torno nuestro médicos muy hábiles; ellos te curarán esta herida.

La paciencia del obispo no pudo sufrir ya tanto cinismo, y recogiendo todas las fuerzas que le quedaban, exclamó:

—Siento que Dios me llame; pero tú, que eres quien me ha asesinado, serás por los siglos objeto de execración y sobre tu cabeza vengará mi sangre la justicia divina.

La reina se retiró sin añadir palabra, y a los pocos instantes expiró el obispo. Los habitantes de Rouen recogieron sus restos, los sepultaron y se arrodillaron en su tumba como en la tumba de un mártir. Entre tanto, el asesino declaraba que la reina le había armado el brazo, dándole cien monedas de oro y prometiéndole la libertad.

(fuente: www.divvol.org)

otros santos 24 de febrero:
- Beata María Romero Meneses

domingo, 23 de febrero de 2014

23 de febrero: Santa Romina (o Romana)

Santa Romana virgen, en Todi (ciudad italiana) en el siglo IV.

 Esta chica sintió muy pronto en su vida la vocación religiosa. A los diez años se marchó de casa y se fue el monte de Soratte San Silvestre para recibir el bautismo.

Una vez que se hubo hecho cristiana, se fue a Todo. Allá buscó un lugar en el que pudiera vivir sola en constante oración y con profunda fe.

Pronto su fama de santa llegó a los oídos de los cristianos. Muchos de ellos y ellas se acercaron y siguieron su forma de vivir santamente.

Era hija de Calfurnio, gobernador de Roma. Una vez que abrazó la fe en Cristo, renunció a todo lujo y comodidades que bien pudiera haber tenido por su rango y abolengo.

Hoy día, en el monte en el que vivió feliz como ermitaña, hay una inscripción que afirma:” el 23 de febrero en Todi, la santa Romana virgen recibió el bautismo en esta cueva en la que realizó milagros y su gloria cobró fama. Esta inscripción es difícil de leer.

Eligió ese lugar para sentirse más unida al Papa san Silvestre porque admiraba su santidad. De aquí surgió el hecho de que se le llame a este lugar Monte san Silvestre.

El papa le solía enviar consuelos espirituales. Una vez le dijo:” Vuelve cuando florezcan las rosas”. Y aunque era pleno invierno y todo estaba nevado, una mañana volvió a san Silvestre con una rosa florida.

Se encaminó sola a la ciudad de Todi. Tan querida era que iban a verla y se unían a ella en la oración. Era el año 324.

Su cuerpo fue sepultado en la gruta o cueva. Murió santamente ante muchas personas. Se construyó un altar en el que se celebraban muchas misas. En 1301 fue trasladado su cuerpo a la iglesia de san Fortunato.

¡Felicidades a quien lleve este nombre!

(fuente: catholic.net)

otros santos 23 de febrero:
- San Policarpo
- Beata Rafaela Ybarra de Villalonga

sábado, 22 de febrero de 2014

22 de febrero: Beata María de Jesús

Fundadora de la Congregación de Hermanas de María Reparadora

Martirologio Romano: En Florencia, de la Toscana, beata María de Jesús (Emilia) d’Outremont, la cual, nacida en Bélgica y madre de cuatro hijos, al quedar viuda, sin descuidar sus deberes maternos fundó y rigió la Sociedad de Hermanas de María Reparadora, confiando en el auxilio divino, y superando no pocas enfermedades, cuando regresaba a su patria terminó su terrena peregrinación, descansando en el Señor (1878).

Fecha de beatificación: 12 de octubre de 1997 por el Papa Juan Pablo II.

La Beata María de Jesús (en el siglo: Émilia D´Oultremont D´ Hoogvorst) nace en Wégimont, Bélgica, el 18 de Octubre de 1818. Dotada de una rica personalidad, tiene encanto y voluntad. Su padre es embajador de Bélgica ante la Santa Sede, y Emilia le acompaña en sus viajes a través de Europa. Muy joven, se siente atraída fuertemente por Dios como el absoluto y descubre la persona y la espiritualidad de Ignacio de Loyola.

En ella crece el deseo de la vida religiosa. Pero a los 18 años, siguiendo la costumbre de la época, sus padres le hablan de matrimonio. Después de un tiempo de vacilación, el 19 de Octubre de 1837, contrae matrimonio con Víctor d’Hooghvorst. Es un matrimonio concertado que se va a transformar en un matrimonio de amor y que será bendecido con el nacimiento de cuatro hijos, dos niños y dos niñas.

La vida de Emilia se reparte entre su familia, el servicio a los pobres y sus compromisos sociales. Un día en Roma, en medio de una gran baile, Dios se le revela como el Único. Esto hace brotar en ella la respuesta: “¡Maestro, Tú solo en mi vida!” “A partir de este momento, comprendí que entre El y yo existía una unión que nadie podría romper”.

La felicidad de Emilia y de Víctor será de corta duración: Víctor contrae una grave enfermedad y muere prematuramente en 1847.

A los 29 años, Emilia se encuentra viuda y con cuatro niños, entre los 2 y los 9 años, que ella educa con amor. Pero el deseo de pertenecer totalmente a Jesús se apodera más y más de su corazón. En los cuatro años siguientes a la muerte de su marido, fallecen también sus padres. En este momento decide poner a sus hijos en un colegio en Francia y ella con sus hijas hace las gestiones necesarias para establecerse en París; en 1854 sale definitivamente de Bélgica, distanciándose así de su familia. Pero antes de su marcha, una de sus tías le invita a su castillo de Bauffe. Allí le esperaba Dios.

¿Qué experiencia de Dios ha vivido?

El 8 de Diciembre de 1854, en el preciso momento en el que el Dogma de la Inmaculada Concepción se proclama en Roma, Emilia se encuentra en oración en la capilla de Bauffe. Allí vive una fuerte experiencia espiritual que va a iluminar y a transformar su vida para siempre.

Emilia relata esta experiencia como un encuentro con María. Esta le confía el deseo secreto de su corazón maternal. María le llama a amar a Jesús y a los miembros de su Cuerpo, “con la delicadeza del amor que se encuentra en el corazón de una madre” y ser así “María para Jesús”. Es una invitación a colaborar en la misión de redención y de reparación de Cristo.

Emilia responde sin reserva: “Prometí todo a María”.

Emilia se siente impulsada a una vida de “reparación”, según una corriente espiritual del siglo XIX y en una época muy sensible a las profanaciones de la Eucaristía; valora el peso de la ternura de Dios por el mundo y toma conciencia de la urgencia de responder con el don de su vida.

Para Emilia, reparar es querer estar vuelta a Cristo sin cesar, desear servirle y darle a conocer, aceptar seguirle hasta su pasión, viviendo la solidaridad efectiva con la humanidad que sufre la prueba, ofrecer gestos de comunión y ser artífices de la paz.

“Al lado de María y por medio de su Corazón, todo en nuestra vida será para Dios, su gloria y la Reparación".

¿Cómo serán los comienzos?

Desde el principio, Emilia, rodeada de jóvenes de distintas nacionalidades y ayudada por varios Jesuitas comienza una experiencia de vida religiosa, fundó la Congregación de las Hermanas de María Reparadora.

La primera comunidad oficial se abre en Estrasburgo el 1 de Mayo de 1857. Emilia toma el nombre de “María de Jesús”. Paralelamente a esta fundación, continúa ocupándose del cuidado y la educación de sus hijos e hijas.

Desde los orígenes, la unidad del grupo se hace en torno a la Eucaristía, vivida en su doble dimensión de adoración y anuncio de la Palabra cuidando un equilibrio entre oración y actividad apostólica.

Murió en olor de santidad el día 22 de febrero del año de 1878 en Florencia, en Italia, a la edad de cincuenta y nueve años.

Su Santidad el pontífice Juan Pablo II aprobó la heroicidad de sus virtudes y la declaró "Venerable" el día 23 de diciembre del año de 1993, finalmente, aprobó el milagro atribuido por su intercesión y la declaró beata el día 12 de octubre del año de 1997.

Si usted tiene información relevante para la canonización de la Beata María de Jesús, escriba a: Suore di Maria Riparatrice Via dei Lucchesi, 3 00187 Roma, ITALIA.

(fuentes: catholic.net; smr.org)

otros santos 22 de febrero: 

viernes, 21 de febrero de 2014

21 de febrero: San Germán de Granfeld, abad

En el monasterio de Granfeld, en la región de los helvecios, san Germán, abad, que al tratar de defender pacíficamente a unos vecinos del monasterio ante la agresión de unos salteadores, fue despojado por estos de sus vestiduras y alanceado hasta morir, juntamente con el monje Randoaldo.

San Germán fue educado casi desde la cuna por Modoardo, obispo de Tréveris. A los diecisiete años pidió permiso para retirarse del mundo, pero Modoardo vacilaba en concedérselo y le decía que, si sus padres habían muerto, era necesario recabar la licencia del rey. Entonces el joven decidió por sí mismo; repartió sus bienes entre los pobres y partió con algunos compañeros en busca de san Arnulfo, cuyo ejemplo le había conquistado. Este hombre de Dios había renunciado al obispado de Metz para llevar vida de ermitaño. Arnulfo recibió amablemente a los jóvenes, los guardó consigo algún tiempo, y finalmente les sugirió que ingresaran en el monasterio que había fundado con san Romarico. Germán envió a dos de sus compañeros a buscar a su hermano Numeriano, que era todavía niño, y juntos ingresaron en el monasterio, que se hallaba en los Vosgos y recibió posteriormente el nombre de Remiremont.

Más tarde, san Germán pasó con su hermano y otros monjes a la abadía de Luxeuil, gobernada por san Walberto. Cuando el duque Gondo fundó el monasterio de Granfel, en Val Moutier, Walberto no encontró entre sus monjes ninguno más preparado que san Germán para el cargo de abad. Münsterthal o Val Moutier era un paraje montañoso atravesado por la carretera romana; pero en aquella época los derrumbamientos de rocas habían cortado el paso. San Germán abrió nuevamente la carretera y la ensanchó. Más tarde, gobernó también otros dos monasterios, el de San Ursitz y el de San Pablo Zu-Werd, pero su residencia principal siguió siendo Granfel.

El duque Cático o Bonifacio, que sucedió a Gondo, no heredó nada del espíritu religioso de su predecesor y oprimió a los monjes y a los pobres habitantes de la región con impuestos exhorbitantes y actos de violencia. Un día en que el duque saqueaba el caserío a la cabeza de un grupo de soldados, san Germán salió a defender a su pueblo; el duque le escuchó y le prometió corregirse; pero, mientras el abad oraba en la iglesia de San Mauricio, los soldados recomenzaron el saqueo. Viendo san Germán que era inútil insistir, emprendió el regreso al monasterio acompañado por el prior Randoaldo; pero los soldados cayeron sobre ellos, les golpearon y les mataron.

extraído de «Vidas de los santos de A. Butler», Herbert Thurston, SI 
(fuente: www.eltestigofiel.org)

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jueves, 20 de febrero de 2014

20 de febbrero: San León de Catania

Martirologio Romano: En Catania, de Sicilia, san León, obispo, que se ocupó sobre todo del cuidado de los pobres (c. 787).

San León, obispo de Catania, en Sicilia, había nacido en Rávena, hacia la mitad del siglo VIII. Fue llamado el Taumaturgo, por los muchos milagros que hacía. Sus padres le educaron para las glorias humanas.

Pero eran distintas las aspiraciones de León. Se puso bajo la dirección del obispo de Rávena, quien viendo su pureza de costumbres y su celo apostólico, decidió conferirle la ordenación sacerdotal.

Pudo disfrutar de él poco tiempo, pues muerto Sabino, obispo de Catania, se decidieron los electores por León, no sin antes haber pedido a Dios acierto en la elección. León se oponía, pero le obligaron a aceptar.

Después de su resistencia, puso todo su empeño en cumplir su misión apostólica. Se dedicó a la reforma de costumbres, a la instrucción religiosa de sus fieles, a defender la verdad ante los herejes, al cuidado de todos.

Vivía, como dichas para él, las recomendaciones de San Pedro en su primera Carta: "Apacentad el rebaño de Dios que os ha sido confiado, no por fuerza sino con blandura, según Dios. Ni por sórdido lucro, sino con prontitud de ánimo. No como dominadores sobre la heredad, sino sirviendo de ejemplo al rebaño. Así recibiréis la corona inmarcesible de la gloria".

De todas partes acudían a verle y oírle. Todos querían tocar su manto para ser curados. Los emperadores consiguieron que acudiera a Constantinopla, para tenerle cerca, para escuchar sus sabios consejos y pedirle oraciones ante Dios.

Rigió la diócesis como un verdadero sucesor de los apóstoles durante 16 años y hacia finales del siglo VIII, lleno de merecimientos, se durmió en el Señor. El pueblo lloró su muerte como la de un padre y celoso pastor. Fue sepultado en un monasterio que él mismo había hecho construir fuera de las murallas de Catania. Su sepulcro fue muy venerado, sobre todo antes que los árabes ocupasen Sicilia. La fama de sus virtudes y de sus muchos milagros lo convirtió en centro de muchas peregrinaciones.

(fuente: sagradafamilia.devigo.ne) 

otros santos 20 de febrero:

- Beata Jacinta Marto

miércoles, 19 de febrero de 2014

19 de febrero: San Beato de Liébana

Abad
(† 802)

 La reina Adosinda se consagraba a Dios en el monasterio de San Juan de Pravia. Era el 26 de noviembre del año 785. Los hombres más insignes del pequeño reino asturiano, condes, obispos, abades, habían acudido para despedirse de aquella mujer varonil y de gran consejo, que, heredera del valor de su padre, Alfonso el Católico, había dirigido largos días el naciente Estado de Pelayo. La ceremonia fue corta: Adosinda se arrodilló en las gradas del altar, un obispo le puso el velo sobre la cabeza, rezó una oración, bendijo a la regia profesa y terminó dándole a besar el pie. Después, mientras los guerreros se reunían para tratar asuntos de guerra y comentar noticias de Córdoba, los hombres de Iglesia se reunieron a ventilar los negocios de la religión.

Hacía algún tiempo que la tierra andaba revuelta en este punto por las nuevas doctrinas que el arzobispo de Toledo, Elipando, apoyaba con toda su autoridad, y que tenían favorable acogida entre los moros que obedecían al rey de Asturias. Precisamente, esos moros semicristianos acababan de poner en el trono a un rey que llevaba su sangre: Mauregato.

Mientras se comentaban estos sucesos, su abad, llamado Fidel, sacó una carta que le había dirigido el mismo metropolitano de Toledo. Era un escrito agresivo, altanero y herético de una manera intolerante: «Quien no confesare que Jesucristo es Hijo adoptivo de Dios, en cuanto a la humanidad, es hereje y debe ser exterminado.»

Con tal mansedumbre de palabra empezaba Elipando aquella epístola, que continuaba lanzando los más sañudos calificativos contra quienes en las montañas asturianas combatían la predicación del metropolitano.

«Viven por ahí algunos que, lejos de consultarme, pretenden enseñar, como siervos que son del Anticristo. ¿Se habrán creído que soy un ignorante? ¿Cuándo se ha oído que los de Liébana vinieran a enseñar a los toledanos? Bien sabe todo el mundo que esta sede ha florecido en santidad de doctrina desde la predicación de la fe y que nunca ha emanado de aquí cisma alguno. Y ahora, tú solo, oveja roñosa, ¿pretendes sernos maestro?»

Más abajo, el arzobispo manifiesta claramente el nombre de aquel a quien perseguía con tanto encono.

«Bonoso y Beato—decía—están condenados por el mismo yerro.»

Beato estaba allí, entre los que escuchaban la carta de Elipando a Fidel. Era monje de un monasterio situado al pié de los Picos de Europa, de San Martín de Liébana. De espíritu penetrante y curioso de saber, había pasado su juventud estudiando en el silencio de la celda los escritos de los Santos Padres y en especial los de San Isidoro y San Agustín. Pero la fe era para él un tesoro preferible a la ciencia más alta.

«Es preciso—escribía—que primero creamos en Cristo, para que así podamos entender lo que de Él está escrito. ¿De qué aprovecha investigar con peligro lo que sin peligro se puede ignorar? Mejor es creer, aunque no se comprenda, que ilustrar con palabras mentirosas lo que se ha de creer. La fe precede en mucho a la inteligencia... El primero que dijo aquellas palabras: Tú eres el Cristo, el Hijo de Dios vivo, no fue ningún filósofo, sino el pescador Pedro, hombre ignorante y pobre, que tenía la mano callosa de manejar el timón. Pero el pescador fue de Jerusalén a Roma, y el ignorante se apoderó de la ciudad que no habían podido someter los más grandes ingenios.»

Con estos principios, Beato había penetrado en las tinieblas del libro más oscuro de las Sagradas Escrituras, componiendo aquel famoso Comentario del Apocalipsis, que fue la delicia de los letrados españoles en los siglos x y XI, y que es hoy tesoro de nuestros archivos y museos; porque los copistas y miniaturistas de los claustros se apoderaron de él, lo transcribieron con amor y lo iluminaron con aquellas pinturas vigorosas y espeluznantes que aún guardan su primitiva frescura.

Tal era el hombre a quien el metropolitano de Toledo llamaba oveja roñosa y siervo del Anticristo. Los que oyeron la carta quedaron divididos en dos bandos. El abad Fidel favorecía al arzobispo, y como él, hubo otros muchos en Asturias que se dejaron convencer por la autoridad de la sede toledana. A la defensa de Beato salió Eterio, un joven obispo que vivía oculto entre aquellas montañas. Pero el monje de Liébana contaba, sobre todo, con la fuerza de su exaltación religiosa y de su entusiasmo patriótico. Aquella herejía adopcionista le pareció una nueva invasión de los musulmanes, y así era, en efecto. Jesús, para un adopcionista, venía a ser como un simple profeta, un elegido de Dios: lo que era Mahoma para los adoradores de Alá. Tal vez en el pensamiento de Elipando había un plan de acercamiento entre los dos pueblos que se disputaban la Península. Pero contra este conato sacrilego de fusión suscitó la Providencia el talento glorioso, la voz austera, el poderoso espíritu de Beato; y, ¡cosa extraña!, el segundo Pelayo luchaba en aquellas mismas montañas donde había aparecido el primero, y en aquellas mismas montañas se estrelló la invasión espiritual, como antes se habían estrellado los dardos y las lanzas. Cuentan que Beato era tartamudo, pero Dios le había destinado para ser el formidable aliento espiritual de la Reconquista, resistente y duro como la espada de los condes asturianos.

Salió de Pravia indignado. Aquella acusación de herejía que contra él se lanzaba llenábale de pena.

«Nuestra barquilla empezó a fluctuar, y mutuamente nos dijimos: Duerme Jesús en la nave. Por una y otra parte nos sacuden las olas, la tempestad nos amenaza, porque se ha levantado un viento importuno. Ninguna esperanza de salvación tenemos si Jesús no despierta. Con el corazón y con la voz hemos de clamar: Señor, sálvanos, que perecemos. Y entonces se levantó Jesús, que dormía en la nave de los que estaban con Pedro, y calmó el viento y la mar, trocándose la tempestad en reposo. No zozobrará nuestra barquilla, la de Pedro, sino la vuestra, la de Judas.»

Así pensaban Beato y Eterio camino de la abadía. Beato tenía la pluma más suelta que la lengua. Poco tiempo después lanzaba al público una larga refutación de las doctrinas adopcionistas, probando que Jesucristo, en ambas naturalezas, es Hijo propio de Dios, el mismo que fue crucificado bajo el poder de Poncio Pilato, el mismo que debe ser adorado por todos los creyentes. Es un libro de argumentación fácil y vigorosa, de gran poder dialéctico, de fe viva, de convicción ardiente y de amor apasionado por la verdad. La exaltación de su fe ponía en la pluma del monje expresiones valientes y atrevidas:

«Conmigo—decía—está David, el de la mano fuerte, que con una piedra postró al gigante; conmigo Moisés, el que sumergió las cuadrigas de Faraón en el mar Rojo; conmigo los Patriarcas, los Profetas, los Apóstoles y los Doctores; conmigo, Jesús, Hijo de la Virgen, y toda la Iglesia, redimida a precio de su sangre y dilatada por todo el orbe.»

Era una confianza bien fundada. Elipando pudo enfurecerse y derramar todo el repertorio de sus dicterios contra «aquel nefando presbítero, seudoprofeta arrogante, hombre sacrílego y manchado con todas las impurezas, que lo había contagiado todo con el veneno de su pluma inmunda». Era el lenguaje de la sinrazón y del orgullo herido. La obra de Beato se difundió por toda España, pasó los montes y los mares, y los Papas y los Concilios la consagraron condenando los errores que en sus páginas se combatían. Hoy mismo es mirada como una de las joyas de nuestra literatura antigua. Importante desde el aspecto científico, adquiere un valor mayor por su significación literaria. Por ella circulan un calor, un color y una vida, que revelan una nueva España, aunque el lenguaje sea todavía el de Roma. Falta dulzura en sus páginas, falta ritmo, falta a veces cohesión en el pensamiento; pero la fuerza, la vibración del momento, las mismas construcciones plúmbeas y oscuras, el tumulto de las rimas y los sinónimos, hacen de este libro, singular y sumamente atractivo, un fenómeno solitario en nuestra literatura medieval.

(fuente: www.divvol.org)

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