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viernes, 7 de marzo de 2014

07 de marzo: Beato José Olallo Valdés

(1820-1889)

El Siervo de Dios Venerable José Olallo Valdés nació en La Habana, Isla de Cuba, el 12 de febrero de 1820. Hijo de padres desconocidos, fue confiado a la Casa Cuna San José de La Habana, donde el mismo día 15 de marzo de 1820 recibió el bautismo. Vivió y fue educado en la misma Casa Cuna hasta los 7 años, y después en la de Beneficencia, manifestándose un muchacho serio y responsable; a la edad de 13-14 años ingresó en la Orden Hospitalaria de San Juan de Dios, en la comunidad del hospital de los santos Felipe y Santiago, de la Habana.

Superando los obstáculos que parecían interponerse a su vocación, se mantiene constante en su decisión, emitiendo la profesión como religioso hospitalario. En el mes de abril del año 1835 fue destinado a la ciudad de Puerto Príncipe (hoy Camagüey), incorporándose a la comunidad del Hospital de San Juan de Dios, donde se dedicó por el resto de su vida al servicio de los enfermos, según el estilo de San Juan de Dios; en 54 años solamente una noche se ausentó del hospital, y por causas ajenas a su voluntad. De enfermero ayudante, a los 25 años pasa a ser el “Enfermero Mayor del hospital, y después, en 1856, Superior de la Comunidad.

Vivió afrontando grandes sacrificios y dificultades, pero siempre con rectitud y fuerza de ánimo: su vida consagrada a la hospitalidad no se sintió afectada durante el periodo de la supresión de las Ordenes Religiosas por parte de los gobiernos liberales españoles, aunque comportó también la confiscación de los bienes eclesiásticos. Del 1876, en que murió su ultimo hermano de Comunidad, hasta la fecha de su muerte, en 1889, se quedó solo, pero siguió con la misma magnificencia ocupándose de la asistencia de los enfermos, siempre fiel a Dios, a su conciencia, a su vocación y al carisma, humilde y obediente, con nobleza de corazón, respetando, sirviendo y amando también a los ingratos, a los enemigos y a los envidiosos, sin nunca abandonar sus votos religiosos.

En el periodo de la guerra de los 10 años (1868-1878) se mostró lleno de coraje, en la custodia de los que tenía a su cuidado, siempre prudente y sin rencor, trabajando en favor de todos, pero con preferencia por los más débiles y pobres, por los ancianos, huérfanos y esclavos. Cedió ante las exigencias de las autoridades militares de convertir el centro en hospital de sangre para sus soldados, pero sin dejar de seguir acogiendo a los más necesitados de los civiles, sin hacer distinciones de ideología, raza ni religión. Durante los momentos y situaciones más difíciles de los conflictos bélicos, aún poniendo en peligro su propia existencia, con “dulce firmeza”, socorría asistiendo a los prisioneros y heridos de la guerra, sin tener en cuenta su proveniencia social o política, defendiendo incluso a los que no tenían permiso del gobierno para que se les curara, no dejándose intimidar de amenazas, ni de prohibiciones, y obteniendo por todo ello el respeto y la consideración de las mismas autoridades militares. Ante dichas autoridades también fue capaz de interceder en favor de la población de Camagüey en un momento de especial tensión y peligro, evitando una masacre civil.

Perseverante en la vocación, a través de su bondad dulce y serena hizo del cuarto voto de Hospitalidad, propio de los religiosos de San Juan de Dios, no solo un ministerio de amor y servicio hacia los enfermos, sino un modo de ardiente apostolado, destacándose en la asistencia a los moribundos y agonizantes, a los cuales acompañaba en las últimas horas de su existencia, en el paso hacia una vida mejor. Se distinguió, pues, siempre por su infinita bondad, siendo llamado con los apelativos de “apóstol de la caridad” y “padre de los pobres”, que sintetizan perfectamente el heroico testimonio del Beato Olallo.

Modesto, sobrio, sin aspiraciones de ningún género sino la de estar consagrado únicamente a su ministerio misericordioso, renunció al sacerdocio y se caracterizó por su espíritu humanitario y competencia sanitaria, incluso como médico-cirujano, aun siendo autodidacta. Vivió lejos de las aclamaciones, rehuyendo los honores para poder fijar su mirada solamente sobre Jesucristo, que encontraba en el rostro de los que sufrían. Su humildad, en fidelidad a su carisma, se manifestó en la renuncia al sacerdocio, cuando fue invitado por su Arzobispo, porque su vocación era el servicio de los enfermos y pobres; los testimonios, finalmente, nos hablan de fidelidad total a su consagración como religioso en la práctica de los votos de obediencia, castidad, pobreza y hospitalidad.

Su muerte, ocurrida el 7 de marzo de 1889, fue tenida como la “muerte de un justo”: fallecimiento, velatorio, funerales y sepultura, con el monumento-mausoleo, levantado después por suscripción popular, expresaban reverencia y veneración hacia quien fue su admirado protector. Desde entonces su tumba será visitada continuamente. Había muerto pero permanecerá vivo en el corazón del pueblo, que le seguirá llamando “Padre Olallo”.

La popular fama de santidad que le rodeaba nacía de su vida de hombre modesto, justo y de ánimo generoso, en cuanto modelo de virtudes con un corazón ardiente de amor por “mis hermanos predilectos”: sobrio, gozoso, afable, pero sobretodo excelso servidor da la caridad. El Beato Olallo supo ser un fiel imitador de su Fundador. Dios fue su vida y, en consecuencia, iluminado por el amor de Dios, devolvió de la misma manera tanto amor. “Dios ocupó el primer puesto en sus intenciones y en sus obras: fijos sus ojos en el bien llevaba a Jesús constantemente en el alma”. Esta heroica caridad tenía su base en una fe que reconocía en “Dios a su propio padre, y en Jesús el centro de su vida, el fundamento de su servicio de amor y de su misericordia; Jesús crucificado fue el secreto de su fidelidad al amor de Dios que motivaba cada una de sus obras”.

Aún siendo de espíritu tenaz, fue siempre dócil a los designios de Dios para afrontar y sostener mejor las duras y cotidianas tareas impuestas por el trabajo hospitalario y las situaciones difíciles y delicadas que comportaban riesgos para su propia vida, siempre tratando de obtener el bien de sus enfermos.

Con la muerte del Padre Olallo y de inmediato, su fama de santidad fue aumentando cada día más, principalmente entre el pueblo de Camagüey, que atribuía a su intercesión gracias y ayuda continuas. Abierto el año 1990, en correspondencia con el centenario de su muerte, el Proceso de estudio de la Causa de su santidad en la diócesis de Camagüey, Cuba, fue reconocida la heroicidad de sus virtudes el 16 de diciembre de 2006.

Igualmente, después de la celebración del Proceso diocesano sobre un presunto milagro, ocurrido en favor de la curación de la niña, Daniela Cabrera Ramos, de 3 años, en la misma diócesis de Camagüey, su curación fue reconocida como verdadero milagro por su Santidad Benedicto XVI con Decreto del 15 de marzo de 2008.

La ceremonia de Beatificación del Padre Olallo Valdés tendrá lugar en la ciudad de Camagüey, Cuba, el 29 de noviembre 2008, presidida por Su Eminencia el Cardenal José Saraiva Martins.

(fuente: www.vatican.va)

jueves, 6 de marzo de 2014

06 de marzo: San Julián de Toledo

SAN JULIÁN DE TOLEDO murió en el 683, y es el escritor más prolífico de la escuela toledana. Fue educado en la escuela de la catedral de Toledo, de donde fue elegido obispo a fines del 679. Intervino en cuatro concilios de Toledo, y su nombre va unido a aquel malentendido con el papa a propósito de la condenación de los monotelitas; fue en relación con esto que escribió dos defensas o Apologías. Otras obras suyas son un Pronóstico del siglo venidero, que es un tratado dogmático sobre el estado de las almas después de la muerte; un tratado para convencer a los judíos de que Cristo es el salvador que esperaban; un tratado para resolver las aparentes contradicciones de los libros de la Escritura; una gramática; y, de interés para la historia, un libro sobre la rebelión del duque Paulo contra Wamba en la Septimania; tiene también un Elogio de San Ildefonso, en el que incluye un catálogo de las obras que escribió. Muchas otras obras de San Julián, de las que tenemos noticia, se han perdido.

Pronóstico del siglo venidero

El temor de la muerte corpórea: Todos los hombres temen la muerte de la carne, y pocos la del alma. Todos procuran que no llegue la muerte de la carne, que ciertamente ha de llegar algún día: por eso sufren. Se esfuerza para no morir, el hombre que ha de morir; y no se esfuerza para no pecar, el hombre que ha de vivir eternamente. Y cuando se esfuerza para no morir, sin razón se esfuerza; pues puede diferir la muerte, pero no evitarla. En cambio, si no peca, no se esfuerza en vano, y vivirá para siempre. ¡Oh, si pudiéramos despertar a los hombres, y despertarnos nosotros mismos junto con ellos, para que fuéramos tan amantes de la vida que permanece como lo somos de la vida que perece! ¿Qué no hace el hombre que está en peligro de muerte? Con la espada sobre su cabeza, los hombres han entregado todo lo que guardaban para vivir; ¿quién no lo entregó enseguida para evitar ser muerto, y quizá después de la entrega lo fue? ¿Quién, para vivir, no dio enseguida lo necesario para la vida, prefiriendo una vida indigente a una muerte inminente? ¿A quién se dijo: «Hazte a la mar si no quieres morir», y no lo hizo enseguida? ¿A quién se dijo: «Trabaja o muere», y se hizo el perezoso? Cosas leves son las que nos manda Dios para que vivamos para siempre, y descuidamos obedecerle. No te dice Dios: «Destruye todo lo que tienes, y vivirás poco tiempo, angustiado, y con trabajos»; sino: «Da al pobre de lo que tienes, y vivirás para siempre, seguro, y sin trabajos». Nos acusan los amadores de la vida temporal, que no la tienen cuando quieren ni todo el tiempo que la quieren; y nosotros, ¿no nos acusamos unos a otros, tan holgazanes, tan tibios para alcanzar una vida eterna que, si queremos, la tendremos, y cuando la tengamos no la perderemos? Pues esta muerte que tememos, aunque no la queramos, la tendremos.

(1, 11; traducción hecha sobre PL 96, 465-466)

El fin sin fin en el cual alabaremos a Dios interminablemente:

Nuestro fin es Cristo que nos perfecciona; Él mismo será nuestro descanso y nuestra alabanza, a Él alabaremos por los siglos de los siglos, y alabándolo lo amaremos sin fin. Allí se celebrará verdaderamente, como dice el santísimo doctor Agustín, el mayor de todos los sábados, aquel que no tiene anochecer. Lo cual anunció el Señor en las primeras obras del mundo, pues se lee: Y descansó Dios el día séptimo de todos sus trabajos; y lo santificó, porque en él descansó de todos sus trabajos. También nosotros llegaremos al día séptimo cuando hayamos sido llenados de su bendición y seamos perfectos. Allí se cumplirá descansad y ved que Yo soy el Señor. Entonces será verdaderamente nuestro sábado, al fin del cual no vendrá la noche, sino el domingo, el día del Señor o día octavo que ha sido preparado por la resurrección de Cristo. Allí descansaremos y veremos, veremos y amaremos, amaremos y alabaremos. Será un fin sin fin. ¿Acaso hay otro fin para nosotros sino llegar al reino que no conoce fin?

(3, 62; traducción hecha sobre PL 96, 524)

MOLINÉ 
(fuente: www.mercaba.org)

otros santos 06 de marzo:

miércoles, 5 de marzo de 2014

05 de marzo: San Juan José de la Cruz

«La vida de este franciscano estuvo signada por la penitencia. Fue especialmente devoto de la Pasión de Cristo y eligió como modelos para su austeridad y mortificaciones a san Francisco de Asís y a san Pedro de Alcántara»

Madrid, 05 de marzo de 2014 (Zenit.org) Aunque desde la infancia su vida estuvo marcada por signos que revelan una precocidad y profundidad en la experiencia espiritual inusuales en esa etapa, por la época en la que nació: siglo XVII, hemos de creer que el relato de su acontecer trazado por los biógrafos tiene sólidos fundamentos, y no estamos ante una construcción idealizada, fantasiosa, y alejada de la realidad. Que hay elementos para corroborar su itinerario lo prueba el ejemplo de un familia tan religiosa como la suya, forjada con tal mimo por sus padres José Calosirto y Laura Gargiulo, que cinco de sus hermanos fueron consagrados. Y él alcanzó las altas cumbres de la santidad. Algo grande debía haber en ese hogar bendecido de ese modo por Dios.

Carlo Gaetano nació el 15 de agosto de 1654 en Ischia, isla situada a la entrada del golfo de Nápoles, Italia. Creció en el seno de esta familia noble y pudiente alimentando su inclinación al silencio y a la oración. Los juegos infantiles no le decían mucho. Prefería acudir a las iglesias a retirarse en oración. En su tierno corazón ocupaba un lugar especialísimo la Virgen María y en su honor había erigido un pequeño altar en su habitación; ante él recitaba el rosario y las letanías. Sus gestos eran los de una persona abocada de forma natural a seguir a Dios con signos preclaros de una prematura vocación expresada palpablemente a todos los niveles.

Su inclinación a la penitencia, uno de los rasgos característicos que le acompañaron hasta el fin, se puso de manifiesto en esta etapa. Junto a obras de piedad como dar limosna a los pobres, incluía la mortificación y disciplinas; se flagelaba llevado por su devoción a la Pasión de Cristo. Pero como a pesar de la edad de algún modo intuía que lo esencial es el ayuno de las pasiones, también aprovechaba situaciones que se le presentaban para crecer espiritualmente. Cuando uno de sus hermanos le abofeteó, se arrodilló ante él, le rogó su perdón y rezó un Padrenuestro. Incluso el ornato externo develaba su espíritu austero y el afán de imitar a Cristo que latía en lo más profundo de su ser. Huía de la ostentación, aunque la alta posición de su familia le habría permitido vestir elegantemente.

Los pasos que fue dando estaban perfectamente medidos por el compás religioso. A los 17 años tuvo claro que habría de consagrarse. Y cuando se planteó dilucidar en qué Orden debía ingresar dedicó una novena al Espíritu Santo. Se sentía llamado a formar parte de aquellas que tuvieran una regla rigurosa, y tomó contacto con Juan de San Bernardo, un franciscano descalzo perteneciente a los reformados que impulsó san Pedro de Alcántara. Precisamente Juan provenía de España y había recalado en Ischia con el fin de establecer allí una nueva rama de la Orden. Para Carlo el encuentro con este religioso fue completamente esclarecedor. Él, que ya estaba habituado a la vida de entrega en la que se hallaba inmerso, cuando vio las virtudes de las que estaba adornado el franciscano no tuvo duda de que quería abrazarse a ese carisma. Se dirigió a Nápoles, al convento de Santa Lucía del Monte, donde fue admitido.

Profesó en 1671 tomando el nombre de Juan José de la Cruz. En él sintetizaba su devoción a la Pasión de Cristo, a san José y su amor a san Juan Bautista. Como era previsible, dada su trayectoria, el noviciado estuvo caracterizado por grandes austeridades y mortificaciones. Tenía como excelsos modelos a san Francisco de Asís y a san Pedro de Alcántara. Extremadamente exigente consigo mismo, ayunaba y se aplicaba cilicios, realizando severas penitencias. El descanso lo tenía prácticamente postergado. Tan edificante era su vida que en 1674 los superiores lo consideraron más que apto para iniciar una nueva fundación. Y lo trasladaron a Piedimonte de Afila. La construcción del convento, ardua labor, fue otra vía para disciplinarse. Acarreó tan pesadas piedras y se entregó al trabajo con tal brío que su organismo se dañó seriamente. Comenzó a tener vómitos de sangre, pero la protección de María que vino en su auxilio le devolvió la salud.

Era tan humilde que se sentía indigno de recibir el sacramento del orden, aunque lo aceptó por obediencia cuando tenía 23 años. Otro tanto le sucedió al ser designado confesor y maestro de novicios a los 27. Como le ha ocurrido a otros santos el rigor disciplinar lo reservaba para él; a los demás los trataba con delicadeza y bondad actuando incluso con cierta flexibilidad. Era guardián del convento de Piedimonte, una misión que desempeñaba admirablemente, pero de nuevo llevado de su humildad, rogó a sus superiores que le relevaran de la misión. Su petición fue escuchada. Sin embargo, en 1684 los componentes del capítulo provincial volvieron a encomendarle esa responsabilidad. No fue la única. En 1690 le nombraron definidor de la Orden. Silencio y recogimiento eran las divisas de vida que difundió entre sus hermanos extremando el cumplimiento de la regla, que personalmente había acatado siempre con toda fidelidad. Quería que la casa excediese en rigor a la fundada en Extremadura, España, por san Pedro de Alcántara.

Su vida ascética estuvo marcada por grandes pruebas. Le asaltaron oscuridad y dudas que sufrió pacientemente. Dios le bendijo con numerosos favores. Su primer arrobamiento fue un éxtasis integral que le mantuvo suspendido en el aire mientras se hallaba en la capilla de Piedimonte celebrando un oficio. A este le sucedieron otros muchos. En algunos se le concedió tomar al Niño Jesús en sus brazos. De María recibió distintas locuciones en diversas apariciones suyas. Fue agraciado con los dones de bilocación, profecía y milagros. En los últimos 30 años de su vida no ingirió vino, agua, ni otra bebida. Ni su avanzada edad ni su delicada salud fueron motivo para que moderase sus penitencias, como le sugirieron. Le fue dado a conocer de antemano la fecha de su muerte que se produjo el 5 de marzo de 1734. Tras el deceso, se apareció a varias personas. Fue canonizado por Gregorio XVI el 26 de mayo de 1839.

(05 de marzo de 2014) © Innovative Media Inc.

otros santos 05 de marzo:

- San José de Oriol

martes, 4 de marzo de 2014

04 de marzo: Beata Plácida Viel

Superiora General de la Congregación de las Escuelas Cristianas de la Misericordia

Martirologio Romano: En el cenobio de Saint-Sauveur-le-Vicomte, de Normandía, en Francia, beata Plácida (Eulalia) Viel, virgen, que brilló por su celo y humildad, dirigiendo la Congregación de las Escuelas Cristianas de la Misericordia (1877).

Etimológicamente: Plácida = Aquella que posee un carácter tranquilo, viene del latín.

Fecha de beatificación: el 6 de mayo 1951 por el Papa Pío XII.

Victoria Eulalia Jacqueline Viel, que un día sería superiora general de las Hermanas de las Escuelas Cristianas de la Misericordia, nació en el pueblecito normando de Val-Vacher. Era la octava hija de un agricultor y su instrucción se redujo a siete años de escuela primaria, en la ciudad de Quettehou. La beata era seria y tímida por temperamento. Hasta los diecisiete años, vivió la existencia tranquila y ordenada de una hija de agricultor, encargada de hacer casa a su hermano. A esa edad fue a visitar a una tía suya, que era religiosa en el convento de Santa María Magdalena Postel, en Saint-Sauveur-le- Vicomte. La visita impresionó tanto a la joven, que decidió ingresar en la comunidad. Fue admitida y tomó el nombre de Plácida.

La madre Postel, que tenía ya ochenta años, vio en la joven religiosa a una sucesora ideal para el gobierno de la congregación. Así pues, cuando Plácida terminó sus dos años de noviciado, asistió a unos cursos intensivos en la escuela normal de Argentan y después fue nombrada profesora en un pensionado. Al mismo tiempo, la santa fundadora la iba iniciando en los deberes y responsabilidades de la administración y aun la mandó a abrir algunas nuevas casas. A los cinco años de vida religiosa, Plácida fue nombrada maestra de novicias, pero bien pronto tuvo que dejar el cargo para ir a París a reunir fondos para la restauración de la iglesia en la abadía de Saint-Sauveur y a arreglar otros asuntos de importancia.

Santa María Magdalena Postel murió el 16 de julio de 1846. El capítulo general de las Hermanas de las Escuelas Cristianas escogió a Plácida para sucederla. La hermana María, su tía, esperaba ser elegida y, aunque la nueva superiora le dio mucha autoridad y responsabilidades, la hermana María, que ya desde antes se había mostrado hostil a su sobrina, obstaculizó mucho el gobierno de la madre Plácida durante los diez años siguientes. Para evitar esa dificultad, la beata residía el menor tiempo posible en la casa matriz y, mientras vivió su tía, gobernó la congregación "desde los abruptos y tortuosos caminos y senderos del centro y el oeste de Francia." En efecto, durante esa época, beata viajó mucho por Francia para recoger fondos y visitar los conventos de la congregación, que crecía rápidamente. Trabajó con particular empeño por obtener la aprobación oficial de la congregación. Las negociaciones fueron muy laboriosas y en una ocasión, la beata tuvo que hacer un viaje secreto a Viena para ver al conde de Chambord.

La madre Plácida fue superiora general durante treinta años y la congregación prosperó mucho bajo su gobierno; se multiplicaron los orfanatos, las casas de cuna, los talleres y las escuelas primarias gratuitas. Una de las más famosas fundaciones fue el orfanato del Sagrado Corazón de María, en París, donde en 1877, había ya 500 niños. La beata pudo también llevar felizmente a término la reconstrucción de la gran iglesia de la casa matriz, emprendida por la fundadora. El cardenal Guibert, arzobispo de Burdeos, hablando de la situación de Francia en 1870, aplicó a la madre Plácida lo que se había dicho de la Beata Ana Javouhey: "Sólo conozco a una persona capaz de restablecer el orden en Francia: la madre Plácida, del convento de Saint-Sauveur-le-Vicomte". La impresión que dejan la vida y las realizaciones de la beata es la de que fue una religiosa de gran encanto personal y buen humor, serenamente decidida a hacer por las niñas lo que San Juan Bautista de la Salle había hecho por los niños. Durante su gobierno, se abrieron en Normandía treinta y seis colegios para niñas pobres y se suprimió como libro de lectura "Les ordonnances de Louis XIV."

La vida de la beata fue muy sencilla en todos sentidos. No tuvo pruebas espirituales especiales ni gracias místicas. Sin embargo, no faltaron algunos hechos milagrosos, que ella atribuía a la intercesión de la madre Postel por cuya beatificación trabajó mucho. Su muerte ocurrió el 4 de marzo de 1877, cuando tenía sesenta y dos años de edad.

Bajo su gobierno, el número de conventos de la congregación aumentó de treinta y siete a ciento cinco y el número de religiosas, de ciento cincuenta a más de mil.

Si usted tiene información relevante para la canonización de la Beata Plácida escriba a:

Abbaye de Ste-Marie-Madeleine-Postel
50390 Saint-Sauveur-le-Vicomte, FRANCIA

VIDAS DE LOS SANTOS Edición 1965
Autor: Alban Butler (†)
Traductor: Wilfredo Guinea, S.J.
Editorial: COLLIER´S INTERNATIONAL - JOHN W. CLUTE, S. A.

(fuente: catholic.net)

otros santos 04 de marzo:

- San Casimiro de Polonia 
- Beato Juan Antonio Farina

lunes, 3 de marzo de 2014

03 de marzo: San Gwennolé

SAN GWENNOLÉ o WINWALEO o VINVALEO
Abad
(Siglo VII)
Primer abad de Landevenec

Cuando vino al mundo, su cuerpecito apareció blanco como la nieve, y, al verlo, dijo su padre: «Gwenn-ol-é», que quiere decir: «¡ Oh, qué blanco!» Desde entonces le llamaron Gwennolé. Su padre, Fragán, era uno de los jefes bretones que, saliendo de su isla, había llegado a la nueva Bretaña del otro lado del mar y fundado en ella un brillante señorío. Pero el niño no miraba con buenos ojos ni el ruidoso botín de las cacerías, ni el fulgor de las espadas, ni el relincho de los caballos. En medio del panorama imponente de los bosques, sus sueños eran sueños de paz. Amaba el silencio más que el círculo de oro de los jefes y sus túnicas amplias y deslumbrantes. Un día se declaró a su padre y le dijo que quería ir a donde estaba el santo cenobita Budoc, que vivía a corta distancia con sus discípulos, en el peñón desnudo de Lavré.

Quiso Fragán ir en compañía de su hijo. Llegaron al peñón después de pasar un brazo de mar. Luego atravesaron un muro de piedra, precedido de un foso. Vieron una iglesia, hecha con grandes bloques de granito, y en torno muchas celdas, cavadas en la roca, que ofrecían el aspecto de una colmena. La del abad se abría en una colina, dominando las demás. A ella llegaron los dos viajeros, dejando atrás herrerías y talleres, donde los monjes trabajaban con los brazos desnudos hasta los hombros.

Rodilla en tierra, extendidas las manos, el abad hacía oración, apoyando en el suelo la punta de su barba patriarcal.

—Levántate dijo al niño, que se había postrado ante él para exponer su petición—. Yo te enseñaré las siete artes, las ciencias sagradas y las letras de los antiguos; pero no has de envanecerte, porque todo es dádiva de Dios. Leo en tus ojos una gran sabiduría: que el Señor te dé su bendición.

Budoc sacó un plato de frutas silvestres, otro de hierbas y otro de peces, que un novicio había cogido el día anterior. Después de la comida, Fragán abrazó a su hijo y emprendió la vuelta hacia su castillo. Entre tanto, Gwennolé se hacía un modelo de estudiantes. Sus compañeros le querían mucho, porque era muy caritativo, y en su caridad hacía cosas verdaderamente prodigiosas. Un día, Budoc tuvo que ausentarse, y los niños, aprovechando aquella inesperada libertad, salieron al campo y empezaron a correr como locos. Uno de ellos se cayó de un risco y se rompió una pierna, causando miedo y tristeza a los demás. Al oír los gritos, corrió Gwennolé, puso las manos sobre el herido, y le dejó curado. Otro día los jóvenes de la región se divertían en las carreras de caballos. Maglo, el más valiente, había tocado la meta, pero no pudo contener su corcel y vino a dar contra los acantilados del mar, cayendo inerte y con el cráneo destrozado. Cuando menos se esperaba, el hijo de Fragán apareció entre la multitud aterrada, llegó al lugar donde el joven yacía entre charcos de sangre, le dijo al oído unas palabras misteriosas, y luego salió, llevándole del brazo.

Algún tiempo después, un ángel vino a decirle: «Ve corriendo a tu casa, porque tu hermana Clewia necesita tus consuelos.» Un caso muv doloroso había sucedido a la pobre niña. Estaba jugando con sus amigas en un patio del castillo, cuando un ganso, salido de las aguas pantanosas que cerca había, le saltó a la cara, le sacó un ojo y se lo tragó. Clewia fue llorando al lado de su madre. Fragán lavó sus párpados con agua de hierbas medicinales y se entristeció mucho al ver para siempre perdida la hermosura del rostro de su hija. Mas he aquí a Gwennolé delante de la puerta. Saluda sonriente, manda reunir en una habitación todos los gansos, y, cogiendo al culpable, le abre la blanca pechuga, encuentra el ojo garzo de su hermana y se lo coloca en el rostro. Después le da un beso en la frente y se vuelve a su isla de Lavré.

Muchos años había vivido ya en ella, cuando una noche se le apareció San Patricio y le mandó que fuese a predicar a los paganos. «Que se haga la voluntad divina», dijo Budoc cuando lo supo. Y le dio doce monjes para que fuesen en su compañía.

Bautizando y predicando, los misioneros se dirigieron hacia el sur de la Armórica, bebiendo el agua de las fuentes claras y durmiendo bajo el brillo de las estrellas azules. Una mañana, Gwennolé se detuvo enfrente de una islita que parecía una esmeralda flotando sobre el zafiro del mar. El paisaje lo atraía. Mandó echar por tierra el tronco del árbol más corpulento, hizo una barca, y, entrando en ella con sus companeros, toma la dirección de la isla. Lo que le había parecido un paraíso, era una tierra rocosa, expuesta a los vientos y cubierta de landas y urces miserables. Tres años lucharon los misioneros contra la infecundidad del suelo, alimentándose de los huevos que ponían en la playa las aves marinas y de las conchas que las mareas dejaban en la orilla. «Marchemos de aquí», dijo el abad a sus monjes; y cuando estaban ya lejos, no pudo menos de exclamar, viendo aquel trozo de tierra verde iluminado por el sol: «Así sois vosotros, falaces espejismos de la vida. Aprended, hermanos míos; las vanas apariencias de la tierra nos deslumbran; al grito del placer cede nuestra flaqueza, sin escuchar las voces interiores, y después los pesares nos atormentan.»

Como las abejas diligentes se esparcen para buscar el botín dorado con que han de fabricar su casa, así los monjes se derraman por la selva, abatiendo los pinos con que habían de construir su monasterio. Unos arrancan las zarzas y los arbustos, otros levantan la muralla que los ha de defenSan Gwennolé o Winwaleoder contra las bestias salvajes, otros echan los cimientos de la iglesia. En poco tiempo la obra estaba terminada. Sabio con la experiencia, el fundador puso su casa al abrigo de los vientos; por eso le dio el nombre de Lanndevenec, que significa «bien abrigada». Por un lado, la mancha de oro de la playa; por otro, un alto monte cubierto de pinos, y por los demás, la selva espesa, que el abad mostraba a sus discípulos, diciendo: «El mal se multiplica en torno nuestro; pero no os asustéis ni de las malezas del terreno ni de las malas hierbas de las almas. Cultivad sin descanso las almas y la tierra.» Y lo mismo que las zarzas, los discípulos desarraigaban la mentira y el error.

El mismo rey de la tierra se acercó un día al siervo de Dios y le dijo:

—Yo soy Cradlón, rey de Kemper. Tengo arcas llenas de oro y un gran ejército. Pídeme lo que quieras y te lo daré.

— ¡ Oh rey! —respondió el abad sonriendo—, si las riquezas de la tierra tuviesen algún valor para mí, ¿hubiera yo abandonado los dominios de mi padre? Duermo sobre un lecho de ceniza, una cabaña mal construida es mi morada, con poca cosa estoy contento, y te aseguro que soy más rico que tú.

Aquel lenguaje dejó admirado al rey, que desde entonces obedeció como un cordero las palabras del abad de Lanndevenec. Por su parte, el abad iba con frecuencia a visitar a su amigo en la ciudad de Is. Is, la ciudad real, era una pequeña metrópoli bretona que desafiaba las iras del océano con sus muros de granito y la construcción maciza de sus altas torres. Dentro de la triple muralla vivía un pueblo vicioso y desenfrenado. Dahut, la hija del rey, mujer de maravillosa belleza y de malicia satánica, daba el ejemplo de la orgía y el escándalo, sin que Cradión se atreviese a decirle nada, por el carino que le tenía. El abad quedó aterrado de la belleza fascinadora de aquella criatura, y trató de convertir a sus adoradores; pero los hechizos de la princesa tenían más fuerza que la palabra del monje.

Una noche, estando en oración, oyó una voz que le decía: «Aléjate de aquí; ya ha llegado la hora del castigo.» Inmediatamente comunicó al rey el aviso del Cielo. Ensillaron los caballos y huyeron a favor de la oscuridad. Dahut quiso salvarse a la grupa del caballo de su padre. Apenas había atravesado la triple muralla, cuando la oscuridad se vio repentinamente iluminada, y un trueno espantoso resonó tras ellos. Cradión, abrazado al cuello del noble bruto, que se encabritaba de espanto, volvió los ojos, y a la luz de un relámpago vio la mar espumosa y mugiente que se lanzaba al asalto de su capital. Poco después, las olas llegaron a los pies del caballo, y luego a la cintura, y estaban ya a punto de perecer los tres fugitivos, cuando el rey oyó esta orden del abad: «Arrojad ese demonio al agua.» Cradión se arrancó de los brazos de su hija, y en el mismo instante se detuvo el mar. Aquellas aguas iban en busca de Dahut, la fornicaria.

El abad volvió a entrar en su monasterio, donde el Cielo premiaba de una manera prodigiosa los trabajos de sus discípulos. Los años se sucedían a los años, las canas florecían en sus cabezas, y la muerte se olvidaba de ellos. Gwennolé decía, algo triste: «¿Por qué, después de tantos ayunos y de tan costoso renunciamiento, se nos dilata la hora de ascensión?» Encima de la abadía veíanse con frecuencia coros de ángeles, y músicas invisibles resonaban en las horas de la noche. Los monjes creyeron que aquel lugar estaba encantado, y se pusieron en oración. Entonces se presentó un ángel brillante como el sol, y dijo: «El labrador que arroja el grano en el surco, nada sabe de la futura mies; pero que trabaje hasta el día en que el trigo sea separado de la paja, y entonces su gozo será pleno.»

Al día siguiente, la muerte se llevó al más viejo de los hermanos; y después a otros, por orden de edad; así que todos sabían, aproximadamente, su última hora. Viendo el abad que la disciplina de los jóvenes se resentía de aquella certidumbre de un futuro lejano, pidió a Dios que llamase a sus monjes lo mismo en la edad de los floridos sueños que en el tiempo de los sueños marchitos. Desde entonces, la Parca bienhechora volvió, como antaño, a recoger su mies en todas las estaciones de la vida. Pero no se atrevía a deshojar la sonrisa indulgente del abad, hasta que él la llamó, deseoso de juntarse a su antiguo amigo, el monarca de Is, la maldita.

Como la vid se abraza al olmo, así la leyenda se injerta en su historia, iluminándola, embelleciéndola. Es lo propio de todos estos santos celtas. Gwennolé pertenece a la raza de Columba, el bardo encapuchado que enciende la guerra a causa de un libro, y canta salmos mientras los soldados se matan; de Columbano, que escribe la Regla más estrecha que se ha visto jamás y no puede vivir sin disputar con los obispos y los príncipes; de Cadoc, el que, partiendo de su tierra con cincuenta monjes, armados todos ellos de un arpa, se enfrenta con los tiranos y los bandidos, y sólo cesa de cantar cuando los opresores le prometen dejar libres a los oprimidos; de Brendomo, cuyas peregrinaciones fantásticas por el vasto océano, en busca del paraíso terrestre, de regiones que explorar y de almas que convertir, han tomado la forma de visiones admirablemente penetradas del espíritu de Dios y de la verdad teológica; de Mokuda, el pastor de rostro gracioso y talla procer, que dejó el amor de treinta doncellas y las promesas de su rey, por emprender el canto de los santos de Dios, oído entre el misterio de los bosques; de Dega, el monje copista y escultor, que fabricó trescientas campanas, cinceló trescientas cruces y transcribió trescientos evangeliarios, y que se despidió de los monjes de Bangor con estas bellas palabras: «Doy gracias a Dios de haber conocido en vosotros los tres órdenes de monjes que he visto en otras partes: los que son ángeles por la pureza, los que son apóstoles por la actividad, y los que serían mártires si Dios los llamase a derramar su sangre por la fe.»

(fuente: www.divvol.org)

otros santos 03 de marzo:

- Santos Marino y Asterio, mártires 
- Santa Catalina Drexel

domingo, 2 de marzo de 2014

02 de marzo: Santa Inés de Praga (o de Bohemia)

Virgen clarisa de la Segunda Orden (1205‑1282).
Canonizada por Juan Pablo II el 12 de noviembre de 1989.

Inés vivió y murió en Praga, pero la fama de sus virtudes se difundió aún durante su vida, por toda Europa. Desde siglos atrás viene siendo invocada por los praguenses y checos como patrona ante Dios, exaltada como una de las figuras más nobles de Checoslovaquia. La vida de Inés fue extraordinaria, como lo fue también su personalidad. Hija del rey de Bohemia Premysl Otokar I y Constanza de Hungría, nació hacia 1205, emparentada con las principales familias reales de Europa central y de Dinamarca. Por parte de su padre descendía del célebre matrimonio de los santos bohemios Ludmila y Wenceslao, Santa Edwiges de Silesia era tía suya, Santa Isabel de (Turingia) Hungría era prima suya, y Santa Margarita de Hungría su sobrina. Por algunos años vivió entre las monjas cistercienses de Trebnica, donde Santa Edwiges le enseñó las verdades fundamentales de la fe, las primeras oraciones, y la formó en la vida cristiana. Luego fue enviada a la corte de Viena, donde habría de recibir una educación digna de una futura emperatriz. Pero Inés no se sintió a gusto. Hacía muchas limosnas, se mortificaba con ayunos y se consagró a la Santísima Virgen con voto de conservar intacta su virginidad. Rehusó comprometerse con el emperador Federico II y con Enrique rey de Sicilia y Alemania, decidida a vivir solamente el ideal del Evangelio.

Habiendo escuchado noticias sobre san Francisco y la nueva Orden de Santa Clara, también ella quiso seguir en total pobreza a Cristo pobre. Se deshizo de todas sus riquezas y distribuyó el dinero entre los pobres. Construyó un hospital, que confió al cuidado de los crucíferos de la Estrella roja, fundados por ella. Luego hizo construir en Praga un convento para los Hermanos Menores franciscanos y un monasterio para las clarisas y con otras cinco jóvenes, hijas de las principales familias de Praga, dio comienzo a la Segunda Orden Franciscana en su patria. Se le unieron cinco clarisas provenientes de Trento, enviadas por Santa Clara y San Francisco.

Gracias al ejemplo de Inés, el monasterio de las clarisas de Praga se convirtió en un foco que dio origen a otros monasterios de la misma Orden en Bohemia, en Polonia y en otros países. Asistía a las hermanas enfermas, curaba leprosos y afligidos por enfermedades contagiosas, lavaba y remendaba sus vestidos, de modo que vino a ser la madre de los indigentes.

Santa Clara le escribió cuatro bellísimas cartas, le envió una cruz de madera, un velo de lino y una vasija de terracota. El Señor favoreció a Inés con carismas: éxtasis, profecía, intuición de los corazones y varios milagros. Siguiendo el estilo de vida austera de San Francisco y de Santa Clara, vivió en el monasterio 40 años. Rodeada de una luz celestial, a la edad de casi 80 años, el 6 de marzo de 1282 expiró serenamente en el Señor. A sus funerales solemnísimos asistió el Ministro General de los Hermanos Menores, Padre Bonagrazia. Sus restos, objeto de veneración de los fieles, fueron sepultados en la iglesia del monasterio.

(fuente: www.franciscanos.net)

Otros santos 02 de marzo:

- Santa Ángela de la Cruz

sábado, 1 de marzo de 2014

01 de marzo: San Rosendo (o Rudesindo)

Obispo y Abad
(902-977)
Patriarca de los monjes del noroeste de España

Era oriundo de Asturias, aunque fueron tierras gallegas el escenario de toda su vida. El primer documento que de él nos habla es de 916. El mundo fue pródigo con él: le dio sangre real, riquezas, favores cortesanos, dignidades. Su padre, Gutierre, era uno de los condes más poderosos que rodeaban a Alfonso el Magno: guerrero intrépido, político afortunado, y además un gran cristiano, bienhechor de iglesias y reformador de monasterios. El niño aprende latín en la escuela episcopal de Mondonedo. Corazón manso y bueno, dejó gustoso la espada, con que Gutierre había ensanchado el pequeño reino leonés. Era un predestinado. Antes de darle a luz su madre, la condesa Ilduara, había recibido la visita de un ángel, que le dijo estas palabras: «El fruto que llevas en tus entrañas será santo delante de Dios y grande delante de los hombres.» El presagio se iba cumpliendo. Las gentes admiraban su sabiduría y le amaban por su bondad. En 929 era ya obispo de Dumio, y poco después de Mondonedo; un obispo de dieciocho años, que por su gravedad y virtud parece un Pontífice de cincuenta.

Más que el bullicio cortesano, Rosendo amaba la soledad. Cuando, niño aún, caminaba al lado de su padre por sus vastas posesiones de Galicia, Coimbra y Zamora, solía deleitarse hablando y conviviendo con los santos varones que hacían penitencia entre las gargantas del Sil o cerca de las orillas del Miño. Luego, en sus correrías apostólicas, había encontrado muchos monasteriores destruídos por las guerras, los había restaurado y reformado, y había vivido en ellos largas temporadas. Pero soñaba siempre con el monasterio ideal, un monasterio cuyos habitantes, libres de toda ocupación terrena, sólo pensasen en celebrar las grandezas de Dios.

En la provincia de Orense halló cierto día un valle circundado de bosques, bosques de pinos, de murtas y de encinas. Bajando de la altura, cantaba un riachuelo, y claras fuentes brotaban en diversos lugares. Una voz interior le dijo: «Este es el sitio que buscas.» Ocho años trabajaron sus siervos para levantar la abadía, que se llamó de San Salvador de Celanova. La dotación fue espléndida: cotos, prados, villas, iglesias, monasterios, manadas de ganado, seda, oro, marfil, joyas, todo el botín amontonado en tres generaciones de luchas afortunadas contra los moros. Para el mobiliario de la iglesia, una cruz fundida en oro, otra de plata adornada de piedras preciosas, dos candelabros de plata y uno de bronce, dos coronas de plata y una de oro adornada de pedrería, un turíbulo de oro con su bandeja correspondiente, dos arquetas de plata doradas, dípticos de plata nielados y esculpidos, siete cálices de plata, uno de ellos francés, con sus patenas; una copa de marfil, tres campanas pequeñas y dos grandes, dos cíngulos de oro con gemas, otros dos de plata, dorados y adornados de piedras preciosas, diez albas y diez casullas de lino, otras trece de seda, de lana, de brocado o de una tela rameada de Oriente; planetas y estolas bordadas en oro y plata. «Añadimos—continúa el fundador, deslumbrando nuestros ojos con la exhibición de una riqueza casi fabulosa—todo lo que se necesita para el ajuar doméstico: ropa de cama, siete cobertores de pluma forrados de tapicería, ocho más pequeños, diez colchones más, excelentes; ocho de menos valor; cinco colchas de pluma de ave, seis mantas bordadas, dos copas doradas con sus cubiertas, nueve tazas, seis escudillas doradas, tres jarros dorados, un vaso de oro y pedrería, otro de colmillo de elefante, dos soperas de concha, cubiertos de plata para la mesa, cuatro hidrias, cinco figuras de ciervo para colocar luces, dos palmatorias, siete cuencos con figuras, diferentes vasos de vidrio y de bronce, nueve redomas y veinte manteles de mesa.»

Todo estaba dispuesto con el mayor arte y grandeza, con el mayor lujo y suntuosidad. Los monjes no tenían más que una obligación, «permanecer día y noche en las batallas del espíritu», o, como decía Rosendo en otra parte, «caminar por la senda de la Regla, militar para Dios, e instruirse en los documentos divinos, de suerte que la paz redunde en sus corazones para que se hagan vasos limpísimos, en los cuales Tú, Señor, te deleites habitar, y habitando los santifiques, como quienes han dejado el mundo con sus pompas para seguirte a Ti, dador de todos los bienes, y sea esta casa la casa de Dios y puerta del Cielo, donde encuentre refugio el pecador en cualquier hora que se convirtiere a Tí de todo corazón, para que desates todos los nudos de sus pecados.» Para atender a las cosas materiales, estaban los colonos que cultivaban las posesiones de la abadía, los pastores encargados de guardar sus rebaños de ovejas, de vacas, de ánades y puercos, y las familias de los cautivos moros, destinadas a servir perpetuamente a los monjes en calidad de panaderos, cocineros, olleros, carpinteros de fraga, lanceros, herreros y alarifes para hacer los baños en que los monjes lavaban su cuerpo. Lejos de manumitir a los musulmanes que su padre había cautivado al otro lado del Miño y del Duero, Rosendo quiso formar con ellos una segunda comunidad destinada al servicio de la comunidad monástica, sin que su conversión pudiese eximirlos de este destino. Hubo algunos que se hicieron cristianos, como cierto Salvador Rudesindiz, que quiso tomar los nombres de sus dos señores, el del Cielo y el de la tierra. Conocemos, además, un caso de ingenuación que hizo San Rosendo a favor de una mora llamada Muzalha, a la cual dota «y da el privilegio de los ciudadanos romanos, poniendo sobre su cabeza el brillo de la ingenuidad». A cambio de este favor, la liberta debe todos los años dar una limosna a los pobres y encender una luz en la iglesia por su libertador.

Un día Rosendo, aterrado por el peso de la dignidad episcopal, cayó a los pies del abad Frankila, pidiéndole el hábito, y se quedó definitivamente en Celanova. TrSan Rosendo o Rudesindoabajaba y hacía la cocina y servía a la mesa como el último de los monjes. Era tan santo, que los ángeles bajaban a cantar con él, y resucitaba a los muertos y anunciaba las cosas futuras. Su emblema era una cruz semejante a la de los ángeles de Oviedo, de cuyos brazos colgaba un compás y un espejo. Cuando los monjes le preguntaban qué significaba aquello, solía responder: «Hijitos, ¿no sabéis que la cruz es compás de nuestra vida y espejo de nuestras almas?»

Otro día recibió esta carta: «Ordoño, rey, al Padre y señor Rosendo: Salud en el Señor. Por el mandato serenísimo de este nuestro decreto te encargamos el gobierno de la provincia que mandó tu padre, y terrenos adyacentes hasta el mar, de suerte que todos allí concurran a obedecerte en las cosas de nuestro servicio, y cuanto dispongas lo cumplan sin excusa ninguna. Dado el 19 de mayo del año 955.»

Los santos no son ambiciosos ni egoístas, pero les sucede una cosa curiosa: que lo que es para los demás un objeto de ambición, para ellos es un gran sacrificio. Rosendo lo hizo porque se lo pedía la patria. Se necesitaba un brazo firme para apaciguar revueltas, atajar invasiones y deshacer injusticias. En poco tiempo, el monje gobernador humilló a los revoltosos, escarmentó a los musulmanes, desbarató a los normandos, que habían intentado un desembarco, y cuando vio en orden la provincia, se volvió a la soledad del cenobio. Poco después le sacaban de ella nuevamente para gobernar la diócesis de Santiago, cuyo obispo Sisenando estaba preso en castigo de sus desmanes. Pero Sisenando se fugó de la cárcel, entró violentamente en Compostela, y con el puñal en la mano intimó a Rosendo que se retirase. No necesitaba tanto.

Durante tres años vieron todavía los monjes de Celanova la figura menudita y sonriente del bondadoso fundador. Su presencia en el coro les llenaba de fervor, y por toda la casa derramaba una atmósfera de paz y dulzura. Pero al empezar el año 977 ya no pudo asistir, como solía, a la salmodia de los hermanos. Viendo que se acercaba la muerte, firmó su testamento, confesión de fe y efusión de amor, que nos revela la suave fisonomía de su alma piadosa y llena de fe. «¡Oh Salvador y Redentor de los hombres—dice—, por quien se alegra el mundo redimido con el precio de tu sangre, a quien alaban todas las cosas con el Padre y el Espíritu Santo! ¡Oh Señor, que penetras cuanto existe, circundándolo y rodeándolo, lo sostienes, y de esta manera posees todas las cosas divinamente, y divinamente las vivificas; Trinidad santa e inescrutable que reinas en todas partes y por siglos que no se han de acabar, que prometes dar la gracia a los hombres de todos los tiempos; que resistes con dureza a los soberbios; que cada día y en cada momento mandas a las hechuras humanas venir a la luz y volver al polvo; que, como padre amoroso, prestas oído favorable a todos los que te ruegan, y como dador piadoso, concedes magnánima y maravillosamente, de todo corazón, cosas mayores que las que te piden! Ruégote que recibas la oración de tu indigno esclavo Rosendo. Pon en mi pecho deseos que vayan a Ti, en mi boca palabras que llenes Tú de vida, y en mis manos obras que, aprobadas por Ti, pueden alcanzarme la justificación. Concede el perdón a mis pecados, sé indulgente con mis iniquidades, y, destruyendo cuanto encadena mi alma a la vida presente, dame valor para seguir tus pisadas con ánimo generoso y asiduo vencimiento.»

Sigue el enfermo exhalando sus místicos anhelos, hilvanando sus bellos conceptos teológicos y repasando brevemente las acciones de su vida. Recuerda su fundación monástica, y la organización de una comunidad numerosa, «para que sirva piadosa, casta y religiosamente al Redentor de los hombres, viviendo según la Regla de los Padres antiguos y los caminos evangélicos»; y añade: «Después, habiendo observado la disciplina monástica por espacio de muchos años, juntamente con otros siervos de Cristo, viendo que los días de mi vida corren inexorablemente, que se debilitan las fuerzas de mi cuerpo, y que mi último momento se acerca ya, empecé a considerar en el interior de mi corazón las cosas en que anduve desde mi primera edad, y encontrando materia para humillarme más que para ensoberbecerme, me hice pesado a mí mismo en gran manera. El terror se apoderó de mí, y el oleaje de mis iniquidades me llenaba de espanto.»

Al ver a su Padre y fundador en tal angustia, los hermanos todos se acercaron a él llorando, y después de consolarle le dijeron: «Mira, Padre y señor nuestro, qué vas a hacer de tantas escuadras de monjes como reuniste, alimentaste y educaste; en cuyas manos los vas a dejar; quién va a ser su padre; quién el defensor de esta iglesia. Bien sabes, señor, que todo lo trastornan los años y todo los destruyen los hombres.»

«Movido por estas palabras y sollozos—continúa diciendo el santo—, instruido por la doctrina evangélica, y conociendo los decretos de los cánones, les respondí, llorando yo también: «Confiad, ¡oh hijos y señores míos! ; poned en el Señor vuestra esperanza, porque no os dejará huérfanos Por mi parte, os encomiendo a mi Creador y Señor, Jesucristo, para quien os he adquirido, y por cuyo amor he construido este lugar. Os dejo también encomendados al rey, cualquiera que fuere ungido en la ciudad de León, más para protegeros que para dominaros.»

Termina San Rosendo su testamento con estas profundas palabras: «Bajo la providencia de Dios.» Y la providencia de Dios conservó su obra. Cerca de mil años continuaron sus monjes viviendo piadosa, casta y religiosamente en su casa. Aún están en pie los suntuosos edificios: torres, claustros, basílicas y habitaciones monacales, veinte veces renovados y transformados. A su sombra sobrevive la capilla de San Miguel, miniatura de iglesia, brinco graciosísimo, como decía Yepes, joya del arte mozárabe y recuerdo milenario del glorioso fundador. Fue, efectivamente, San Rosendo el que la levantó en memoria de su hermano Froila, como lo dice el epigrama de la puerta: «Tú, ¡ oh Cristo!, que eres el verdadero autor de esta obra, borra los pecados de todos los que aquí entren a orar. Este edificio recomienda la memoria de Froila, tu indigno siervo. Mi abuelo es, ¡oh bien amado que esto leyeres!, y por ello te conjuro al Señor, que te acuerdes de mí, pecador, en la oración sagrada.»

(fuente: www.divvol.org)

otros santos 01 de marzo:

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