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martes, 11 de marzo de 2014

11 de marzo: San Sofronio de Jerusalén

Martirologio Romano: En Jerusalén, san Sofronio, obispo, que tuvo como maestro y amigo a Juan Mosco, con quien visitó diversos lugares monásticos. Fue elegido, a la muerte de Modesto, para la sede de la Ciudad Santa, y en ella, cuando cayó en manos de los sarracenos, defendió valientemente la fe y la seguridad del pueblo. († 639)

Sofronio nació en Damasco y desde pequeño estudió tan excesivamente, que estuvo a punto de quedar ciego; pero gracias a eso el santo llegó a ser tan versado en la filosofía griega, que recibió el sobrenombre de "el sofista".

Junto con su amigo, el célebre ermitaño Juan Mosco, viajó mucho por Siria, Asia Menor y Egipto, donde tomó el hábito de monje, el año 580. Los dos amigos vivieron juntos durante varios años en la "laura" de San Sabas y el monasterio de Teodosio, cerca de Jerusalén.

Su deseo de mayor mortificación los llevó a visitar a los famosos ermitaños de Egipto. Después fueron a Alejandría, donde el patriarca San Juan el Limosnero les rogó que permaneciesen dos años en su diócesis para ayudarle a reformarla y a combatir la herejía. En dicha ciudad fue donde Juan Mosco escribió el "Prado Espiritual", que dedicó a San Sofronio. Juan Mosco murió hacia el año 620, en Roma, a donde había ido en peregrinación.

San Sofronio retornó a Palestina y fue elegido patriarca de Jerusalén, por su piedad, saber y ortodoxia.

En cuanto tomó posesión de la sede, convocó a todos los obispos del patriarcado para condenar la herejía monotelita y compuso una carta sinodal, en la que exponía y defendía la doctrina católica. Esa carta, que fue más tarde ratificada por el sexto Concilio Ecuménico, llegó a manos del Papa Honorio y del patriarca de Constantinopla, Sergio, quien había aconsejado al Papa que escribiese en términos evasivos acerca de la cuestión de las dos voluntades de Cristo.

Parece que Honorio no se pronunció nunca sobre el problema; su silencio fue muy poco oportuno, pues producía la impresión de que el Papa estaba de acuerdo con los herejes.

Sofronio, viendo que el emperador y muchos prelados del oriente atacaban la verdadera doctrina, se sintió llamado a defenderla con mayor celo que nunca.

Llevó al Monte Calvario a su sufragéneo, Esteban, obispo de Dor y ahí le conjuró, por Cristo Crucificado y por la cuenta que tendría que dar a Dios el día del juicio, "a ir a la Sede Apostólica, base de toda la doctrina revelada, e importunar al Papa hasta que se decidiese a examinar y condenar la nueva doctrina".

Esteban obedeció y permaneció en Roma diez años, hasta que el Papa San Martín I, condenó la herejía monotelita, en el Concilio de Letrán, el año 649.

Pronto tuvo San Sofronio que enfrentarse con otras dificultades. Los sarracenos habían invadido Siria y Palestina; Damasco había caído en su poder en 636; y Jerusalén en 638. El santo patriarca, había hecho cuanto estaba en su mano por ayudar y consolar a su grey, aun a riesgo de su vida.

Cuando los mahometanos sitiaban la ciudad, San Sofronio tuvo que predicar en Jerusalén el sermón de Navidad, pues era imposible ir a Belén en aquellas circunstancias.

El santo huyó después de la caída de la ciudad y, según parece, murió al poco tiempo, probablemente en Alejandría. Además de la carta sinodal, San Sofronio escribió varias biografías y homilías, así como algunos himnos y odas anacreónticas de gran mérito.

Se ha perdido la "Vida de Juan el Limosnero", que compuso en colaboración con Juan Mosco; también se perdió otra obra muy voluminosa, en la que citaba 600 pasajes de los Padres para probar que en Cristo había dos voluntades.

VIDAS DE LOS SANTOS
Edición 1965
Autor: Alban Butler (†)
Traductor: Wilfredo Guinea, S.J.
Editorial: COLLIER´S INTERNATIONAL - JOHN W. CLUTE, S. A.

(fuente: catholic.net) 

otros santos 11 de marzo:
- San Eulogio de Córdoba

lunes, 10 de marzo de 2014

10 de marzo: San Juan de Ogilvie

(† 1615)

En el otoño de 1613 desembarcaba en el pequeño puerto de Leith, a pocas millas de Edimburgo, un apuesto oficial de treinta y tres años, que decía llamarse capitán Watson. No era capitán, ni se llamaba Watson, sino Juan de Ogilvie, jesuíta disfrazado, audaz, alegre y agudo. Año y medio más tarde, el 10 de marzo de 1615, después de mil peripecias, ofrecían al joven sacerdote, en matrimonio, a la hija del arzobispo hereje Jacobo Spottiswood en una escena que superaba a toda fantasía. O boda, o muerte: la proposición se hacía en diálogo con la multitud vociferante, desde lo alto de un tablado, al pie de la horca. Minutos más tarde el verdugo tiraba de las piernas del jesuita, para ayudarle gentilmente a dar el último suspiro. Probablemente la joven desdeñada se alegraba en su corazón de no recibir a un marido cojo, con la médula de los huesos reventada en las torturas de los últimos días. Pero la Iglesia, Esposa de Cristo, se alegraba todavía mas, porque tenía en el cielo a un nuevo mártir de la fe, del primado romano y de la castidad sacerdotal. He aquí cómo ocurrieron las cosas.

En 1572, a la muerte del sacerdote apóstata y dos veces casado, Juan Knox, amigo de Calvino en Ginebra y cabecilla de la Reforma en Escocia, quedaba ya firme y sangrientamente asentado el presbiterianismo en todo el país. Según sus doctrinas, algunos hombres están absolutamente predestinados para el cielo y los más, irremisiblemente predestinados para el infierno. La Iglesia sólo es la reunión de los elegidos. ¿Quién sabe, pues, quiénes son los miembros verdaderos de la Iglesia? En el sacramento de la Cena del Señor, el pan y el vino no se cambian en el cuerpo y la sangre de Cristo, que está sólo en el cielo. No hay distinción entre obispos y sacerdotes. No es el Papa el que tiene autoridad sobre la Iglesia. En el orden administrativo la dirección reposa sobre un órgano mixto de seglares y "ancianos", llamado presbiterio. En el orden legislativo la única autoridad es Cristo personalmente: por eso ningún rito ni ceremonia es legítimo, si "Dios no lo ha mandado con palabras expresas". De ahí que, como Cristo no lo ordenó explícitamente, en las iglesias presbiterianas no hay altar, ni baptisterio, ni crucifijo, ni velas, ni imágenes, ni, hasta hace muy poco tiempo y sólo en algunos sitios, órgano. La oración no tiene fórmulas fijas, sino que queda totalmente a la iniciativa del pastor, el cual predica incansablemente llenando con sus palabras el vacío del culto. Es rigurosísimo el reposo "sabático" del domingo, porque fue mandado por Dios; pero no existe ninguna fiesta litúrgica. La censura de las costumbres es severa y el tono y continente humano de los presbiterianos sombrío y austero. ¿Quién sabe quién se salvará?, parece preguntarse siempre adustamente el puritano escocés, a quien la aterradora incógnita no le deja lugar para ninguna clase de expansión artística. Del centenar de monasterios que florecían en Escocia no quedó ninguno. Las catedrales fueron desmanteladas como "monumentos de la idolatría y de la arquitectura", ambas cosas igualmente aborrecibles. Knox definió a la Iglesia de Roma como "la última bestia" y al Papa como "anticristo". El Parlamento escocés ordenó en 24 de agosto de 1560 que "nadie dijera misa, ni la oyera, ni estuviera presente a ella bajo la pena de confiscación de todos sus bienes y el castigo corporal a discreción de los magistrados". Knox afirmaba que "una misa era para él más temible que si diez mil enemigos armados desembarcaran en cualquier parte del reino".

En este ambiente nació en 1580 Juan de Ogilvie, de familia noble donde la madre había conservado la fe católica, pero el padre era uno de los comisarios encargados de descubrir y apresar jesuitas. El pobre hombre temblaba pensando que su mujer pudiera hacer de Juanito un "papista", y tratando de evitarlo le envió al continente, para que hiciera en Europa sus estudios, en cuanto el chico cumplió trece años. No podía imaginarse que a los dieciséis años sería católico y a los diecinueve ingresaría en la Compañía de Jesús.

Tiempos de formidable transformación del mundo los de la juventud de nuestro héroe. Cuando él nace comienza Rusia la conquista de Siberia (1581), se hace la reforma gregoriana del calendario (1582), desde la América que los españoles exploran penosamente se introduce en Europa la patata (1584), se inventa el microscopio, que abre una ventana hacia el fondo de la naturaleza (1590), se edita la Vulgata clementina (1592), se fija la primera tarifa postal en Alemania (1599), Shakespeare puebla de personajes los escenarios del teatro inglés (hacia 1600), Galileo descubre las leyes de la gravitación y del péndulo (1602), los españoles luchan en Flandes mientras Don Quijote hace por la pluma de Cervantes su primera salida (1605) ... Descubrimientos de tierras, esplendor de las bellas artes, nacimiento de las ciencias exactas, transformación del comercio. Las universidades hablan un lenguaje común y facilitan el trasiego de las ideas y de los estudiantes desde un rincón al otro de Europa.

Juan de Ogilvie había sido puesto bajo la protección de buenos amigos de su padre. Pero ¿quién cierra las puertas al viento y corta el paso a las ideas que llegan hasta un estudiante despejado? Se instruye en la fe en Lovaina, pasa de allí a Ratisbona, luego a Olinutz y más tarde a Viena, donde se hace jesuita. El padre Claudio Aquaviva, a la sazón general, le envía sucesivamente a París y Rouen. Es entonces cuando el contacto renovado con los emigrantes y viajeros de su tierra, cargados de noticias de amigos, de mártires, de peligros, de proezas, le aguijonea para que pida a sus superiores la difícil misión de predicador clandestino. Y ya tenemos en Edimburgo a nuestro capitán Watson, si no acaudillando soldados, sí dispuesto a decir misas, esas terribles misas que para el hereje Knox equivalían a diez mil enemigos desembarcados en la costa.

Las leyes abiertamente injustas no obligan en conciencia: si para obedecer a Dios es preciso burlar reglamentos humanos, para el misionero no cabe opción. Entre dejar de instruir, bautizar y decir la misa o celebrar para todo ello reuniones clandestinas, usar disfraces y fingir apellidos, Juan de Ogilvie opta decididamente por la vida ilegal, bajo la constante amenaza de los guardias y de los soplones. En febrero de 1614 le encontramos en Londres consultando en la corte de Jacobo I un proyecto de tregua religiosa. Por Pascua visita París para tratar con su provincial, y el resto del tiempo tan pronto se halla en Edimburgo, como en Glasgow, lo mismo en el piso de una viuda, convertido en capilla, que en el corredor de una cárcel a donde ha logrado introducirse fraudulentamente.

No podía faltar la traición, y al cumplirse el año justo de su arriesgado juego con la boca del lobo, una falsa cita le hizo caer en la trampa del arzobispo Spottiswood.

Fue entonces cuando el jesuita dio toda la medida de su valor humano: cabeza fría y clara, respuesta contundente, chanza en los dolores, energía en el mantenimiento de los derechos humanos y divinos contra la letra de la ley y la arbitrariedad. Son notables sus salidas con jueces y verdugos. Al obispo, no legítimamente consagrado, le dijo: "Lego sois y no tenéis más jurisdicción espiritual que la que pueda tener vuestro báculo". La tortura del "quebrantapiernas" consistía en unos anillos que se cerraban sobre la pantorrilla. Por entre ellos y el hueso se introducían cuñas a golpe de martillo, hasta que el hueso oprimido se rompía y la medula se desparramaba. Cuando le amenazaron con el quebrantapiernas, Ogilvie se rió y dijo: "No estimo más mis piernas que vosotros vuestras ligas". Y como los verdugos insistieran en amedrentarle, prosiguió: "No se me da más de las amenazas de todos vosotros que del graznar de otros tantos gansos". Uno de sus guardianes le asegura que le quemarían vivo y Ogilvie replicó: "Pues ningún tiempo más a propósito, porque estoy muerto de frío".

No era cinismo ni bravuconería hueca; en el tribunal no quiso delatar a nadie, se negó a jurar como reo decir la verdad, afirmando su derecho a ser tenido por inocente mientras no se demostraran sus pretendidos delitos, no por confesión propia, obtenida por la coacción y la tortura, sino por pruebas exteriores. Rechazó la autoridad del rey en materia religiosa y defendió el primado del Papa; y lo hizo con una agudeza y una precisión apenas concebibles en quien llevaba nueve noches y ocho días consecutivos en que no se le había permitido dormir un solo minuto. Fue providencial que un preso católico de una celda vecina pasara diariamente al padre Ogilvie algunas hojas de papel y las recogiera otra vez por debajo de la puerta, una vez que el mártir había escrito su diario. Conocemos así un relato de todas sus aventuras, lleno de humor y de sobrenatural heroísmo.

Al fin fue condenado a muerte: pero, como suele ocurrir, el tribunal tuvo exquisito cuidado en que la sentencia no pareciera recaer sobre opiniones religiosas, sino sobre delitos civiles: se le condenaba por traición al rey y por violación de las leyes del Estado. Y aquí vino la jugada maestra del audaz jesuíta, que no se resignaba a morir como un contrabandista vulgar, falsificador de pasaportes, sino que quería ser un mártir.

Sabiendo lo que ganaba el protestantismo con la adquisición de aquella energía y de aquel talento, el ministro Scott prometió al reo, camino del cadalso, la mano de la hija del arzobispo y una buena prebenda si abjuraba. Fingiendo ceder, pero querer seguridades, el jesuita le dijo ante la multitud ávida del espectáculo de su horca: "Repetidme esa oferta con testigos". Repetida que fue, siguió preguntando el jesuita: "Entonces, ¿no se me perseguiría por traición?" "No" —contestó el ministro, coreado por miles de voces que gritaban: "¡Baja del cadalso!" "¿Sólo es mi apostasía del catolicismo lo que importa? " —remachó el jesuíta, mientras los católicos temblaban de pena y de inquietud entre el público—. "Sólo eso —replicó la multitud—. "Entonces, muero como mártir" —concluyó Juan de Ogilvie. Y dejó alegremente, encomendándose a la Virgen, que izaran con el nudo corredizo su cuerpo joven de treinta y cinco años. El alma voló al cielo.

escrito por Jesús Iribarren
(fuente: www.mercaba.org)

otros santos 10 de marzo:
~ Santa María Eugenia de Jesús

domingo, 9 de marzo de 2014

09 de marzo: Santa Catalina Vigri de Bolonia

Martirologio Romano: En Bolonia, en la provincia de la Emilia, santa Catalina, virgen de la Orden de Santa Clara, la cual, notable por sus dotes naturales, fue más ilustre por sus virtudes místicas y por la vida de penitencia y humildad, siendo guía de vírgenes consagradas (1463).

Fecha de canonización: 22 de mayo de 1712 por el Papa Clemente XI.

Juan de Vigri, padre de Catalina, era abogado y agente diplomático del marqués de Ferrara, Nicolás d´Este. A instancias del marqués, Juan envió a su hija, de once años de edad a servir como dama de honor a la joven Margarita d´Este. Catalina hizo sus estudios con Margarita y fue amiga íntima suya. Entre otras materias, las jóvenes estudiaron el latín; Catalina escribió posteriormente varias obritas en esa lengua. Al casarse con Roberto Malatesta, Margarita tenía intención de conservar a Catalina a su servicio, pero ésta se sintió llamada a la vida religiosa. Poco después de regresar a su casa, perdió a su padre y, casi inmediatamente ingresó en una congregación de terciarias franciscanas de Ferrara, que llevaban una vida semimonástica, bajo al dirección de una mujer llamada Lucía de Mascaroni.

Aunque Catalina sólo tenía catorce años, su deseo de perfección le ganó la admiración de sus hermanas. Desde tan temparana edad empezó a tener visiones, algunas de las cuales provenían de Dios y otras del demonio, como la misma Catalina se vio obligada a reconocerlo más tarde. Para ayudar a otras almas a distinguir entre las visiones divinas y los artificios del diablo, Catalina escribió que había aprendido a discernir las unas de las otras por la santa luz de la humildad, «que precedía siempre a la salida del Sol». Citemos sus propias palabras: «Esa alma, cuando se acercaba el Huésped divino, experimentaba un sentimiento de respeto que ponía de rodillas a su corazón y la obligaba a doblar exteriormente la cabeza; en otras ocasiones, le sobrevenía una gran claridad sobre sus faltas pasadas, presentes y futuras y se veía a sí misma como la causante de las faltas de sus prójimos, por los cuales sentía una inflamada caridad. Así entraba Jesús en su alma, como un rayo de sol y establecía en ella la más profunda paz».

Más tarde, el demonio trató de infiltrar en su alma dudas y pensamientos blasfemos, particularmente sobre la presencia real de Jesucristo en el Santísimo Sacramento. Esto la hizo sufrir mucho, hasta que Dios le reveló claramente la doctrina de la Iglesia y respondió en forma definitiva a sus dificultades de modo que desaparecieron las dudas. Santa Catalina aseguraba que, en las almas puras, los efectos del Sacramento no dependen del fervor sensible y que aquellas dudas no disminuyen tampoco su eficacia, con tal de que el alma no consienta en ellas. También afirmaba que quienes llevan con paciencia tales pruebas sacan de la comunión mayores frutos que si tuviesen las más altas consolaciones. Probablemente a causa de todo lo que había sufrido, Catalina sentía un indomable deseo de dormir, que ella consideraba como tentación del demonio, pero que era probablemente una gracia que le permitía rehacerse de los esfuerzos corporales y mentales anteriores. Después de algún tiempo, desapareció también esa inclinación exagerada al sueño y la paz completa se estableció en el alma de Santa Catalina.

Pensando que con ello podría ayudar a otros después de su muerte, Catalina empezó a escribir un relato de las pruebas que había sufrido y las gracias que recibía. Para evitar que sus hermanas descubrieran su diario, acostumbraba coserlo en el interior de un cojín; pero ellas, sospechando lo que sucedía, buscaron el manuscrito hasta dar con él. Cuando Catalina cayó en la cuenta de la indiscreción de que había sido objeto, arrancó las hojas y las arrojó al fuego. La santa estaba encargada del horno, pues era la panadera de la casa. En cierta ocasión, al darse cuenta de que el resplandor del fuego le hacía daño a la vista, temiendo que eso la inutilizara para el servicio de la comunidad, habló del asunto con su superiora; pero ésta le respondió que permaneciese en su puesto y dejara la salud en manos de Dios. Después de ejercer durante largo tiempo el oficio de panadera, santa Catalina pasó a ser maestra de novicias.

Por la misma época, tuvo una extraordinaria visión, a la que aluden con frecuencia sus imágenes y que referiremos con sus propias palabras: «Esa persona pidió permiso a su superiora para pasar toda la noche de Navidad en la iglesia del monasterio y se dirigió allá lo más pronto que pudo, con la intención de recitar mil avemarías en honor de la Santísima Virgen. Así lo hizo, con toda la atención y el fervor de que fue capaz. En esa ocupación la sorprendió la medianoche, es decir la hora en que, según se cree, nació Nuestro Señor. En ese preciso momento, se le apareció la Santísima Virgen, llevando en sus brazos al Niño Jesús cubierto con pañales. La Madre de Dios se le acercó y le puso a su Hijo en los brazos. Ya podéis imaginar el gozo de esa pobre criatura cuando vio en sus propios brazos al Hijo del Padre Eterno. Temblando de respeto, pero sobre todo abrumada de felicidad, se tomó la libertad de acariciar al Niño, de estrecharlo contra su corazón y de acercar los labios a su rostro... En el momento en que la pobre criatura de la que estamos hablando acercaba los labios a la boca del Divino Niño, se esfumó la visión, dejándola sumida en un gozo indescriptible». La santa escribió por entonces dos libros en versos libres sobre los misterios de la vida de Cristo y su Madre, a los que dio el título de «Rosario», que las religiosas del monasterio de Bolonia conservaron como un tesoro. Escribió igualmente un tratado sobre «Las Siete Armas espirituales», que vio la luz después de su muerte y alcanzó gran fama en Italia.

Algunos años antes, la pequeña comunidad gobernada por Lucía Mascaroni había abrazado la estrecha regla de Santa Clara y se había cambiado a una casa más adaptable a los usos de la vida religiosa; pero tanto santa Catalina como las más austeras de sus hermanas estaban convencidas de que la única manera de asegurar la perfecta observancia consistía en instituir la clausura. Sin embargo, los habitantes de Ferrara se opusieron durante mucho tiempo a tal innovación, hasta que finalmente el Papa Nicolás V decretó y sancionó la clausura, gracias sobre todo a las oraciones y esfuerzos de santa Catalina.

La santa fue entonces nombrada superiora de otro convento de la estrecha observancia en Bolonia; ella hubiese preferido permanecer en Ferrara como simple súbdita, pero el cielo le dio a entender que debía aceptar el cargo y al punto obedeció. Dos cardenales recibieron en Bolonia a la santa y a su acompañante, seguidos por el senado y toda la población. A pesar de la estricta clausura, la fama de santidad, milagros y dones de profecía de santa Catalina, atrajeron a tantas postulantes al nuevo convento de Corpus Christi, que apenas había sitio suficiente.

Santa Catalina trabajaba con todas sus fuerzas durante la semana; los domingos y días de fiesta aprovechaba el tiempo libre para copiar e iluminar su breviario. Este libro, compuesto totalmente por manos de la santa, con miniaturas de Cristo y de la Virgen, se conserva todavía. Catalina compuso también varios himnos y pintó algunos cuadros. La santa recomendaba a sus hijas tres cosas que ella había practicado durante toda su vida: La primera era hablar amablemente a todos, la segunda practicar constantemente la humildad y la tercera no mezclarse nunca en los asuntos ajenos. Aunque era muy estricta consigo misma, la santa se mostraba extraordinariamente bondadosa con las debilidades de sus prójimos.

En las elecciones de la nueva abadesa, el único reproche que sus hermanas pudieron hacer a Catalina fue que era demasiado bondadosa para urgir severamente la observancia. Siendo maestra de novicias, le pareció que algunas de las hermanas no se alimentaban suficientemente; para remediarlo pidió en la cocina algunos huevos duros, les quitó el cascarón y los deslizó en las bolsas de las hermanas, dejando en su propio plato sólo los cascarones. Por ello, fue acusada de sensualidad durante la visita anual, pero la santa soportó la reprimenda sin decir una palabra, como si realmente fuese culpable.

Su salud, que había empezado a debilitarse desde su vuelta a Bolonia, decayó rápidamente. El primer domingo de cuaresma del año de 1463 se vio atacada por violentos dolores, de suerte que debió acostarse y ya no se levantó más. El 9 de marzo entregó su alma a Dios en forma tan apacible, que sus hermanas no se dieron cuenta de que había muerto, sino hasta que empezaron a percibir una deliciosa fragancia y advirtieron que su faz tenía la belleza y frescura de una quinceañera. Su cuerpo fue enterrado sin caja, pero a los dieciocho días fue desenterrado, debido a los numerosos milagros que había obrado y a la suave fragancia que se escapaba de su tumba. Desde entonces, se encuentra incorrupto en la capilla del convento de Bolonia, donde puede verse a través de un cristal. La santa se halla sentada, ricamente vestida; pero el rostro y las manos, que están al descubierto, se han ennegrecido con el tiempo y la humedad. Santa Catalina es la patrona de los artistas. Las miniaturas que pintó se conservan aún en el convento de Corpo di Cristo, en Bolonia; según los expertos, se trata de obras de gran delicadeza. También se conservan dos de sus pinturas, una en la pinacoteca de Bolonia y la otra en la Academia de Bellas Artes de Venecia.

¡Felicidades a las Catalinas!

(fuentes: misa_tridentina.t35.com; catholic.net)

otros santos 09 de marzo: 

sábado, 8 de marzo de 2014

08 de marzo: Beato Faustino Míguez

*Xamirás (OR) 24-IV-1831
+Getafe 8-IV-1925

El Padre Faustino Míguez, nació el 24 de marzo de 1831 en Xamirás, parroquia del Ayuntamiento de Acevedo del Río, Diócesis de Orense. La mayor riqueza de sus padres Benito Mígeuz y María González, agricultores, es la fe. Abiertos a la naturaleza, a la vida y a Dios van acogiendo en su hogar los frutos de su amor matrimonial: Carmela, Antonio y el más pequeño, Manuel, nombre con el que el futuro Padre Faustino, fue bautizado al día siguiente de su nacimiento. Recibe el Sacramento de la Confirmación el 24 de octubre de 1832, cuando aún no había cumplido los dos años, coincidiendo con la Visita Pastoral del Obispo de Orense, D. Dámaso Iglesias Lago.

La vida de Faustino transcurre entre el estudio, la colaboración en las faenas del campo, el encuentro con los amigos, los buenos ratos en pandilla y la oración, como cualquier muchacho de su edad, inquieto, despierto, solidario y alegre compañero. En 1850 ingresó en la Orden de los Clérigos Regulares Pobres de la Madre de Dios de las Escuelas Pías, al sentirse llamado a la vida consagrada. Aunque para ello tuvo que vencer la resistencia de sus padres que tenían otros planes para él. Tomó el hábito en el colegio de San Fernando de Madrid, con el nombre de Faustino de la Encarnación. En 1853 hizo la Profesión Solemne y en 1856 se ordenó de Presbítero. Durante algún tiempo fue profesor en el Colegio de Guanabacoa, en Cuba, donde comenzó a entusiasmarse por los estudios de Botánica y a dedicarse a una actividad que, con el tiempo, habría de constituir una de sus ocupaciones predilectas: la recogida y distribución de hierbas medicinales, que curaban múltiples dolencias y con las que sanó a importantes personalidades de la época.

Cuando volvió a España, residió en diversas comunidades de su orden, cumpliendo siempre con su cargo de profesor de ciencias y, en alguna ocasión, el de director de los alumnos internos, para los que fue amigo, padre, madre, compañero y consejero. Al mismo tiempo, para ayudar a los enfermos se dedicó a la preparación de productos fitoterapéuticos, con los cuales obtuvo curaciones sorprendentes. Este trabajo le proporcionó una amplia clientela, una gran fama y grandes ingresos provenientes de aportaciones voluntarias, pero también atrajo sobre él críticas y oposiciones, que supo sobrellevar con una gran serenidad y fortaleza.

En 1885, estando destinado en la comunidad de Sanlúcar de Barrameda, con el beneplácito de su Superior General y con la aprobación canónica del Arzobispo de Sevilla, fundó la Congregación de Hijas de la Divina Pastora para el cuidado y la educación de las niñas pobres. El Padre Faustino al mirar a las niñas descubre en ellas: Al "Apóstol de la familia". "La prosperidad de la religión ha estado siempre en razón directa de la virtud del sexo femenino, de esas almas elevadas, de esas heroínas que tan bien se forman en el hogar doméstico cuando la madre es lo que debe ser y desempeña en aquél las funciones de apóstol que le corresponden." "La parte más interesante de la sociedad." "Instruirlas en cuanto pueda hacerlas buenas cristianas, buenas hijas, buenas esposas, buenas madres y miembros útiles de la sociedad de que deben formar un día la parte más interesante" "La portadora de paz". "Vuestras familias ya os miran como ángeles de paz que atraeréis sobre ellas las bendiciones del cielo y se recrean desde ahora al divisar en lontananza la felicidad de las que debéis formar con vuestras virtudes cuando lleguéis a tomar estado." "El alma de la familia". "Comprendan que deben huir de cuanto pueda hacerlas menos dignas del alto destino que tal vez les espera, de alma de la familia y decoro de la sociedad." Sin descuidar sus otras ocupaciones, ayudó y gobernó a esta nueva familia religiosa con gran solicitud y prudencia, encontrando también aquí no pequeñas dificultades.

En 1888 le destinaron a la comunidad de Getafe, cerca de Madrid, en el que permaneció hasta su muerte, dedicándose a la enseñanza (que abandonó al cumplir los sesenta años), a sus estudios, al cuidado del Instituto que había fundado, al ministerio de oír las confesiones de los pecadores y dirección espiritual y a la actividad terapéutica. Tampoco aquí faltó la cruz de sus sufrimientos morales, a los que fueron poco a poco añadiéndose también los físicos, propios de su edad avanzada. Murió el 8 de marzo de 1925.

Las palabras del Eclesiástico, "hijo si te decides a servir al Señor prepara tu alma para la prueba", se hicieron realidad en su vida. Le llegó la cruz de la incomprensión de aquellos que no entienden ni están de acuerdo con que trabaje fuera del colegio atendiendo la escuela de amigas, principio de lo que en un futuro sería la institución de las Hijas de la Divina Pastora, y tampoco que se dedique a la educación de las niñas y esté en contacto con una Asociación de mujeres. Acepta la cruz de las críticas y denuncias de la clase médica de Sanlúcar de Barrameda por su atención y dedicación a los enfermos.

En su vida se hizo también presente la pesada cruz de ser de nuevo separado de las religiosas, en la crisis sufrida por el Instituto en 1923. El camino hacia la meta se hace cada vez más difícil, pero su profunda fe le hizo descubrir a Dios en el final y no dudó en seguir avanzando por él a pesar de todo. El Padre Faustino acepta todas las pruebas como don de Dios, pues en medio de ellas intensificó su relación con El. El lema que puede resumir su vida es "amar y sufrir". Desde su profunda experiencia de que Dios le ama, sólo le queda ofrecerse al amor para que haga con él lo que quiera. Los que estuvieron a su alrededor le recuerdan sereno y en paz: " Y supe de las muchas contrariedades y tribulaciones, que había tenido que sufrir por Cristo. Comprendí que la santidad verdadera lleva el sello de la cruz. Me cautivó su vida callada, sufrida, paciente, eucarística y mariana.".

(fuente: www.escolapiostd.es)

otros santos 08 de marzo:

viernes, 7 de marzo de 2014

07 de marzo: Beato José Olallo Valdés

(1820-1889)

El Siervo de Dios Venerable José Olallo Valdés nació en La Habana, Isla de Cuba, el 12 de febrero de 1820. Hijo de padres desconocidos, fue confiado a la Casa Cuna San José de La Habana, donde el mismo día 15 de marzo de 1820 recibió el bautismo. Vivió y fue educado en la misma Casa Cuna hasta los 7 años, y después en la de Beneficencia, manifestándose un muchacho serio y responsable; a la edad de 13-14 años ingresó en la Orden Hospitalaria de San Juan de Dios, en la comunidad del hospital de los santos Felipe y Santiago, de la Habana.

Superando los obstáculos que parecían interponerse a su vocación, se mantiene constante en su decisión, emitiendo la profesión como religioso hospitalario. En el mes de abril del año 1835 fue destinado a la ciudad de Puerto Príncipe (hoy Camagüey), incorporándose a la comunidad del Hospital de San Juan de Dios, donde se dedicó por el resto de su vida al servicio de los enfermos, según el estilo de San Juan de Dios; en 54 años solamente una noche se ausentó del hospital, y por causas ajenas a su voluntad. De enfermero ayudante, a los 25 años pasa a ser el “Enfermero Mayor del hospital, y después, en 1856, Superior de la Comunidad.

Vivió afrontando grandes sacrificios y dificultades, pero siempre con rectitud y fuerza de ánimo: su vida consagrada a la hospitalidad no se sintió afectada durante el periodo de la supresión de las Ordenes Religiosas por parte de los gobiernos liberales españoles, aunque comportó también la confiscación de los bienes eclesiásticos. Del 1876, en que murió su ultimo hermano de Comunidad, hasta la fecha de su muerte, en 1889, se quedó solo, pero siguió con la misma magnificencia ocupándose de la asistencia de los enfermos, siempre fiel a Dios, a su conciencia, a su vocación y al carisma, humilde y obediente, con nobleza de corazón, respetando, sirviendo y amando también a los ingratos, a los enemigos y a los envidiosos, sin nunca abandonar sus votos religiosos.

En el periodo de la guerra de los 10 años (1868-1878) se mostró lleno de coraje, en la custodia de los que tenía a su cuidado, siempre prudente y sin rencor, trabajando en favor de todos, pero con preferencia por los más débiles y pobres, por los ancianos, huérfanos y esclavos. Cedió ante las exigencias de las autoridades militares de convertir el centro en hospital de sangre para sus soldados, pero sin dejar de seguir acogiendo a los más necesitados de los civiles, sin hacer distinciones de ideología, raza ni religión. Durante los momentos y situaciones más difíciles de los conflictos bélicos, aún poniendo en peligro su propia existencia, con “dulce firmeza”, socorría asistiendo a los prisioneros y heridos de la guerra, sin tener en cuenta su proveniencia social o política, defendiendo incluso a los que no tenían permiso del gobierno para que se les curara, no dejándose intimidar de amenazas, ni de prohibiciones, y obteniendo por todo ello el respeto y la consideración de las mismas autoridades militares. Ante dichas autoridades también fue capaz de interceder en favor de la población de Camagüey en un momento de especial tensión y peligro, evitando una masacre civil.

Perseverante en la vocación, a través de su bondad dulce y serena hizo del cuarto voto de Hospitalidad, propio de los religiosos de San Juan de Dios, no solo un ministerio de amor y servicio hacia los enfermos, sino un modo de ardiente apostolado, destacándose en la asistencia a los moribundos y agonizantes, a los cuales acompañaba en las últimas horas de su existencia, en el paso hacia una vida mejor. Se distinguió, pues, siempre por su infinita bondad, siendo llamado con los apelativos de “apóstol de la caridad” y “padre de los pobres”, que sintetizan perfectamente el heroico testimonio del Beato Olallo.

Modesto, sobrio, sin aspiraciones de ningún género sino la de estar consagrado únicamente a su ministerio misericordioso, renunció al sacerdocio y se caracterizó por su espíritu humanitario y competencia sanitaria, incluso como médico-cirujano, aun siendo autodidacta. Vivió lejos de las aclamaciones, rehuyendo los honores para poder fijar su mirada solamente sobre Jesucristo, que encontraba en el rostro de los que sufrían. Su humildad, en fidelidad a su carisma, se manifestó en la renuncia al sacerdocio, cuando fue invitado por su Arzobispo, porque su vocación era el servicio de los enfermos y pobres; los testimonios, finalmente, nos hablan de fidelidad total a su consagración como religioso en la práctica de los votos de obediencia, castidad, pobreza y hospitalidad.

Su muerte, ocurrida el 7 de marzo de 1889, fue tenida como la “muerte de un justo”: fallecimiento, velatorio, funerales y sepultura, con el monumento-mausoleo, levantado después por suscripción popular, expresaban reverencia y veneración hacia quien fue su admirado protector. Desde entonces su tumba será visitada continuamente. Había muerto pero permanecerá vivo en el corazón del pueblo, que le seguirá llamando “Padre Olallo”.

La popular fama de santidad que le rodeaba nacía de su vida de hombre modesto, justo y de ánimo generoso, en cuanto modelo de virtudes con un corazón ardiente de amor por “mis hermanos predilectos”: sobrio, gozoso, afable, pero sobretodo excelso servidor da la caridad. El Beato Olallo supo ser un fiel imitador de su Fundador. Dios fue su vida y, en consecuencia, iluminado por el amor de Dios, devolvió de la misma manera tanto amor. “Dios ocupó el primer puesto en sus intenciones y en sus obras: fijos sus ojos en el bien llevaba a Jesús constantemente en el alma”. Esta heroica caridad tenía su base en una fe que reconocía en “Dios a su propio padre, y en Jesús el centro de su vida, el fundamento de su servicio de amor y de su misericordia; Jesús crucificado fue el secreto de su fidelidad al amor de Dios que motivaba cada una de sus obras”.

Aún siendo de espíritu tenaz, fue siempre dócil a los designios de Dios para afrontar y sostener mejor las duras y cotidianas tareas impuestas por el trabajo hospitalario y las situaciones difíciles y delicadas que comportaban riesgos para su propia vida, siempre tratando de obtener el bien de sus enfermos.

Con la muerte del Padre Olallo y de inmediato, su fama de santidad fue aumentando cada día más, principalmente entre el pueblo de Camagüey, que atribuía a su intercesión gracias y ayuda continuas. Abierto el año 1990, en correspondencia con el centenario de su muerte, el Proceso de estudio de la Causa de su santidad en la diócesis de Camagüey, Cuba, fue reconocida la heroicidad de sus virtudes el 16 de diciembre de 2006.

Igualmente, después de la celebración del Proceso diocesano sobre un presunto milagro, ocurrido en favor de la curación de la niña, Daniela Cabrera Ramos, de 3 años, en la misma diócesis de Camagüey, su curación fue reconocida como verdadero milagro por su Santidad Benedicto XVI con Decreto del 15 de marzo de 2008.

La ceremonia de Beatificación del Padre Olallo Valdés tendrá lugar en la ciudad de Camagüey, Cuba, el 29 de noviembre 2008, presidida por Su Eminencia el Cardenal José Saraiva Martins.

(fuente: www.vatican.va)

jueves, 6 de marzo de 2014

06 de marzo: San Julián de Toledo

SAN JULIÁN DE TOLEDO murió en el 683, y es el escritor más prolífico de la escuela toledana. Fue educado en la escuela de la catedral de Toledo, de donde fue elegido obispo a fines del 679. Intervino en cuatro concilios de Toledo, y su nombre va unido a aquel malentendido con el papa a propósito de la condenación de los monotelitas; fue en relación con esto que escribió dos defensas o Apologías. Otras obras suyas son un Pronóstico del siglo venidero, que es un tratado dogmático sobre el estado de las almas después de la muerte; un tratado para convencer a los judíos de que Cristo es el salvador que esperaban; un tratado para resolver las aparentes contradicciones de los libros de la Escritura; una gramática; y, de interés para la historia, un libro sobre la rebelión del duque Paulo contra Wamba en la Septimania; tiene también un Elogio de San Ildefonso, en el que incluye un catálogo de las obras que escribió. Muchas otras obras de San Julián, de las que tenemos noticia, se han perdido.

Pronóstico del siglo venidero

El temor de la muerte corpórea: Todos los hombres temen la muerte de la carne, y pocos la del alma. Todos procuran que no llegue la muerte de la carne, que ciertamente ha de llegar algún día: por eso sufren. Se esfuerza para no morir, el hombre que ha de morir; y no se esfuerza para no pecar, el hombre que ha de vivir eternamente. Y cuando se esfuerza para no morir, sin razón se esfuerza; pues puede diferir la muerte, pero no evitarla. En cambio, si no peca, no se esfuerza en vano, y vivirá para siempre. ¡Oh, si pudiéramos despertar a los hombres, y despertarnos nosotros mismos junto con ellos, para que fuéramos tan amantes de la vida que permanece como lo somos de la vida que perece! ¿Qué no hace el hombre que está en peligro de muerte? Con la espada sobre su cabeza, los hombres han entregado todo lo que guardaban para vivir; ¿quién no lo entregó enseguida para evitar ser muerto, y quizá después de la entrega lo fue? ¿Quién, para vivir, no dio enseguida lo necesario para la vida, prefiriendo una vida indigente a una muerte inminente? ¿A quién se dijo: «Hazte a la mar si no quieres morir», y no lo hizo enseguida? ¿A quién se dijo: «Trabaja o muere», y se hizo el perezoso? Cosas leves son las que nos manda Dios para que vivamos para siempre, y descuidamos obedecerle. No te dice Dios: «Destruye todo lo que tienes, y vivirás poco tiempo, angustiado, y con trabajos»; sino: «Da al pobre de lo que tienes, y vivirás para siempre, seguro, y sin trabajos». Nos acusan los amadores de la vida temporal, que no la tienen cuando quieren ni todo el tiempo que la quieren; y nosotros, ¿no nos acusamos unos a otros, tan holgazanes, tan tibios para alcanzar una vida eterna que, si queremos, la tendremos, y cuando la tengamos no la perderemos? Pues esta muerte que tememos, aunque no la queramos, la tendremos.

(1, 11; traducción hecha sobre PL 96, 465-466)

El fin sin fin en el cual alabaremos a Dios interminablemente:

Nuestro fin es Cristo que nos perfecciona; Él mismo será nuestro descanso y nuestra alabanza, a Él alabaremos por los siglos de los siglos, y alabándolo lo amaremos sin fin. Allí se celebrará verdaderamente, como dice el santísimo doctor Agustín, el mayor de todos los sábados, aquel que no tiene anochecer. Lo cual anunció el Señor en las primeras obras del mundo, pues se lee: Y descansó Dios el día séptimo de todos sus trabajos; y lo santificó, porque en él descansó de todos sus trabajos. También nosotros llegaremos al día séptimo cuando hayamos sido llenados de su bendición y seamos perfectos. Allí se cumplirá descansad y ved que Yo soy el Señor. Entonces será verdaderamente nuestro sábado, al fin del cual no vendrá la noche, sino el domingo, el día del Señor o día octavo que ha sido preparado por la resurrección de Cristo. Allí descansaremos y veremos, veremos y amaremos, amaremos y alabaremos. Será un fin sin fin. ¿Acaso hay otro fin para nosotros sino llegar al reino que no conoce fin?

(3, 62; traducción hecha sobre PL 96, 524)

MOLINÉ 
(fuente: www.mercaba.org)

otros santos 06 de marzo:

miércoles, 5 de marzo de 2014

05 de marzo: San Juan José de la Cruz

«La vida de este franciscano estuvo signada por la penitencia. Fue especialmente devoto de la Pasión de Cristo y eligió como modelos para su austeridad y mortificaciones a san Francisco de Asís y a san Pedro de Alcántara»

Madrid, 05 de marzo de 2014 (Zenit.org) Aunque desde la infancia su vida estuvo marcada por signos que revelan una precocidad y profundidad en la experiencia espiritual inusuales en esa etapa, por la época en la que nació: siglo XVII, hemos de creer que el relato de su acontecer trazado por los biógrafos tiene sólidos fundamentos, y no estamos ante una construcción idealizada, fantasiosa, y alejada de la realidad. Que hay elementos para corroborar su itinerario lo prueba el ejemplo de un familia tan religiosa como la suya, forjada con tal mimo por sus padres José Calosirto y Laura Gargiulo, que cinco de sus hermanos fueron consagrados. Y él alcanzó las altas cumbres de la santidad. Algo grande debía haber en ese hogar bendecido de ese modo por Dios.

Carlo Gaetano nació el 15 de agosto de 1654 en Ischia, isla situada a la entrada del golfo de Nápoles, Italia. Creció en el seno de esta familia noble y pudiente alimentando su inclinación al silencio y a la oración. Los juegos infantiles no le decían mucho. Prefería acudir a las iglesias a retirarse en oración. En su tierno corazón ocupaba un lugar especialísimo la Virgen María y en su honor había erigido un pequeño altar en su habitación; ante él recitaba el rosario y las letanías. Sus gestos eran los de una persona abocada de forma natural a seguir a Dios con signos preclaros de una prematura vocación expresada palpablemente a todos los niveles.

Su inclinación a la penitencia, uno de los rasgos característicos que le acompañaron hasta el fin, se puso de manifiesto en esta etapa. Junto a obras de piedad como dar limosna a los pobres, incluía la mortificación y disciplinas; se flagelaba llevado por su devoción a la Pasión de Cristo. Pero como a pesar de la edad de algún modo intuía que lo esencial es el ayuno de las pasiones, también aprovechaba situaciones que se le presentaban para crecer espiritualmente. Cuando uno de sus hermanos le abofeteó, se arrodilló ante él, le rogó su perdón y rezó un Padrenuestro. Incluso el ornato externo develaba su espíritu austero y el afán de imitar a Cristo que latía en lo más profundo de su ser. Huía de la ostentación, aunque la alta posición de su familia le habría permitido vestir elegantemente.

Los pasos que fue dando estaban perfectamente medidos por el compás religioso. A los 17 años tuvo claro que habría de consagrarse. Y cuando se planteó dilucidar en qué Orden debía ingresar dedicó una novena al Espíritu Santo. Se sentía llamado a formar parte de aquellas que tuvieran una regla rigurosa, y tomó contacto con Juan de San Bernardo, un franciscano descalzo perteneciente a los reformados que impulsó san Pedro de Alcántara. Precisamente Juan provenía de España y había recalado en Ischia con el fin de establecer allí una nueva rama de la Orden. Para Carlo el encuentro con este religioso fue completamente esclarecedor. Él, que ya estaba habituado a la vida de entrega en la que se hallaba inmerso, cuando vio las virtudes de las que estaba adornado el franciscano no tuvo duda de que quería abrazarse a ese carisma. Se dirigió a Nápoles, al convento de Santa Lucía del Monte, donde fue admitido.

Profesó en 1671 tomando el nombre de Juan José de la Cruz. En él sintetizaba su devoción a la Pasión de Cristo, a san José y su amor a san Juan Bautista. Como era previsible, dada su trayectoria, el noviciado estuvo caracterizado por grandes austeridades y mortificaciones. Tenía como excelsos modelos a san Francisco de Asís y a san Pedro de Alcántara. Extremadamente exigente consigo mismo, ayunaba y se aplicaba cilicios, realizando severas penitencias. El descanso lo tenía prácticamente postergado. Tan edificante era su vida que en 1674 los superiores lo consideraron más que apto para iniciar una nueva fundación. Y lo trasladaron a Piedimonte de Afila. La construcción del convento, ardua labor, fue otra vía para disciplinarse. Acarreó tan pesadas piedras y se entregó al trabajo con tal brío que su organismo se dañó seriamente. Comenzó a tener vómitos de sangre, pero la protección de María que vino en su auxilio le devolvió la salud.

Era tan humilde que se sentía indigno de recibir el sacramento del orden, aunque lo aceptó por obediencia cuando tenía 23 años. Otro tanto le sucedió al ser designado confesor y maestro de novicios a los 27. Como le ha ocurrido a otros santos el rigor disciplinar lo reservaba para él; a los demás los trataba con delicadeza y bondad actuando incluso con cierta flexibilidad. Era guardián del convento de Piedimonte, una misión que desempeñaba admirablemente, pero de nuevo llevado de su humildad, rogó a sus superiores que le relevaran de la misión. Su petición fue escuchada. Sin embargo, en 1684 los componentes del capítulo provincial volvieron a encomendarle esa responsabilidad. No fue la única. En 1690 le nombraron definidor de la Orden. Silencio y recogimiento eran las divisas de vida que difundió entre sus hermanos extremando el cumplimiento de la regla, que personalmente había acatado siempre con toda fidelidad. Quería que la casa excediese en rigor a la fundada en Extremadura, España, por san Pedro de Alcántara.

Su vida ascética estuvo marcada por grandes pruebas. Le asaltaron oscuridad y dudas que sufrió pacientemente. Dios le bendijo con numerosos favores. Su primer arrobamiento fue un éxtasis integral que le mantuvo suspendido en el aire mientras se hallaba en la capilla de Piedimonte celebrando un oficio. A este le sucedieron otros muchos. En algunos se le concedió tomar al Niño Jesús en sus brazos. De María recibió distintas locuciones en diversas apariciones suyas. Fue agraciado con los dones de bilocación, profecía y milagros. En los últimos 30 años de su vida no ingirió vino, agua, ni otra bebida. Ni su avanzada edad ni su delicada salud fueron motivo para que moderase sus penitencias, como le sugirieron. Le fue dado a conocer de antemano la fecha de su muerte que se produjo el 5 de marzo de 1734. Tras el deceso, se apareció a varias personas. Fue canonizado por Gregorio XVI el 26 de mayo de 1839.

(05 de marzo de 2014) © Innovative Media Inc.

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- San José de Oriol
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