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viernes, 14 de marzo de 2014

14 de marzo: Beata Josefina Gabriela Bonino

(1843‑1906)
Fundadora de las Hermanas de la Sagrada Familia de Savigliano

Nació en Savigliano, provincia de Cuneo, diócesis de Turín, el 5 de septiembre de 1843, hija de Domingo Bonino y Josefa Ricci. Educada religiosamente en el hogar, aprende, de las palabras y el ejemplo de sus padres, amor, respeto y generosidad para con los pobres y necesitados.

Al trasladarse la familia a Turín, recibe la educación con las Hermanas de San José, progresando en su vida espiritual con la oración y los sacramentos. Vueltos a Savigliano, cuida a su padre enfermo hasta su muerte y continúa sus práctics de vida a cristiana.

A los 18 años había hecho voto temporal de castidad; ahora, con el deseo de desprenderse más de las comodidades familiares, ingresa a la Tercera Orden Carmelitana y luego a la Tercera Orden Franciscana. Se dedicó a la colaboración en las obras parroquiales. Enferma de una neoplasia en la columna vertebral, se sometió a una dolorosa cirugía sin que le obrara la anestesia aplicada. Su curación se considera milagrosa, y va a Lourdes en acción de gracias a la Sma. Virgen. Muerta su madre, se consagra a la obra “Colombo” a favor de las niñas huérfanas de Savignano, labor que es criticada por la “gente bien” de su pueblo natal.

Finalmente se decide a fundar un instituto religioso para la educación de las huérfanas, y su formación escolar y religiosa, y para el servicio de los enfermos pobres. Así, a la edad de 38 años viene a ser la Superiora de su Instituto, cargo que desempeñará con prudencia y sabiduría hasta su muerte. El 8 de septiembre de 1887 recibe aprobación diocesana su Instituto, y el 6 de octubre toma el hábito religioso y emite los votos con 11 compañeras, y toma el nombre de Josefina Gabriela de Jesús. Después de procurar el crecimiento de su Congregación, muere de pulmonía en Savona, conforme a su predicción, a la edad de 62 años, el 8 de febrero de 1906. Sus últimas palabras “¿Ha llegado el momento? Dios mío, que se cumpla en mí tu voluntad”. Luego, dice a las hermanas: “Rogad por mí!”. Beatificada por Juan Pablo II el 7 de mayo de 1995. Sus restos reposan en una capillita de la iglesia de la Casa madre de la Congregación, en Savigliano.

(fuente: franciscanos.net)

otros santos 14 de marzo:

- Santa Matilde de Halberstadt

jueves, 13 de marzo de 2014

13 de marzo: San Nicéforo

PATRIARCA DE CONSTANTINOPLA
(† 829)

No eran muy halagüeños para la Iglesia de Oriente los tiempos en que vino al mundo en Constantinopla, hacia el año 750, el pequeño Nicéforo. Su padre, Teodoro, era secretario del emperador Constantino Coprónimo, hombre caprichoso y sectario, que, siguiendo la política iniciada por su padre, León III el Isáurico, iba llevando hasta sus últimas consecuencias de crueldad y de tiranía la lucha iconoclasta contra la ortodoxia católica. La oposición a las imágenes, nacida en un ambiente de cesaropapismo oriental y en la manía dogmatizante de sus emperadores, llevaba en su misma raíz otras influencias no menos peligrosas. No se trataba ya de la lucha más o menos descarada contra una representación de la divinidad o de los santos, sino que llevaba consigo, más bien, uno de los grandes acontecimientos de la historia universal, cuyas consecuencias fueron incalculables.

A más de perturbar por una larga serie de años los asuntos religiosos y sociales del Imperio, daba lugar a una oposición cada vez más abierta contra las directrices que podían llegar de Roma, que ciertamente poco había de esperar de unos emperadores que se constituían a la vez en herejes y perseguidores, interviniendo en todos los asuntos internos de la Iglesia, y que iban metiendo insensiblemente en el pueblo y en las altas jerarquías la idea de la separación definitiva y del cisma. Eran necesarios hombres de grande fe, de fortaleza y de prudente serenidad para detener, siquiera fuera por momentos, el terrible mal que se avecinaba. Uno de ellos iba a ser nuestro santo, Nicéforo de Constantinopla.

El padre de Nicéforo, siendo éste todavía niño, es despojado de su cargo y viene a morir en el destierro, por no doblegarse ante las órdenes imperativas del Coprónimo. Educado en este heroísmo de fe, bajo la tutela de su madre Eudoxia, y con los mejores maestros de la ciudad. va recibiendo el joven Nicéforo una formación sobresaliente en lo religioso y en lo intelectual.

Con los años, nuestro Santo es conocido por todos como hombre bueno y prudente, amigo de hacer el bien, y acérrimo defensor de la ortodoxia. En el período de paz que se inicia con la emperatriz Irene y su hijo Constantino VI por el año 780, es llamado a la corte, concediéndosele con todos los honores el mismo cargo de secretario imperial que había desempeñado su padre. Desde este momento, Nicéforo va a poner toda su influencia en desarraigar del Imperio los antiguos resabios de la herejía.

Como legado del emperador asiste al segundo concilio de Nicea, VII de los ecuménicos (a. 787), donde brilla, era lego todavía, por su sólida formación literaria, el conocimiento profundo de las cuestiones eclesiásticas, y por su gran elocuencia. A pesar de esto, hay en nuestro Santo unas tendencias más señaladas, que le llevan al retiro y a la oración del claustro, donde parece encontrar el medio más adecuado para una labor de apostolado. Con este fin se retira a las orillas del Bósforo, en la costa asiática, donde construye por su cuenta un monasterio para entregarse al estudio, a la austeridad y a la oración, sin que por ello reciba el hábito de religioso. El emperador, por su parte, cuidando de aprovechar sus buenas cualidades, le llama de nuevo a la corte, pero Nicéforo seguirá su vida de monje aun en medio de todo el boato imperial.

Modelo de virtud, se dedica a hacer la caridad entre los necesitados. Por designación del príncipe se hace cargo del hospital general de Bizancio y por su cuenta recorre las casas de los pobres, deja en ellos su dinero y su hacienda, llenando a todos de la suavidad de su trato y de su abnegada solicitud.

A nadie pues podía extrañar, fuera de algunos monjes que no veían con buenos ojos la elevación de un lego directamente al pontificado, el que Nicéforo, a la muerte del patriarca Tarasio, fuera designado por el pueblo y por el emperador para sucederle. De este modo, el 12 de abril del año 806, habiendo vestido antes el hábito de monje, y recibidas las órdenes anteriores, el humilde funcionario de la curia imperial se sentaba en el trono patriarcal de Santa Sofía. Bien sabía Nicéforo a lo que le destinaría su dignidad y, como previéndolo, durante su consagración tuvo aferrado entre las manos un memorial, que él mismo había compuesto en defensa del culto a las imágenes, y renovando el juramento de defenderlo en el acto de la posesión, fue a depositarlo detrás del altar mayor como testimonio público de las intenciones que llevaba en el momento de recibir su alto y difícil cometido.

La subida al pontificado de San Nicéforo no había agradado del todo a las diversas tendencias religiosas que por entonces pululaban en la capital del Imperio de Oriente. Muchos entreveían una nueva intromisión del emperador en los asuntos reservados de la Iglesia; y otros aun de buena fe, como el famoso San Teodoro Studita, temían cierto servilismo de parte del patriarca a todas las iniciativas de la corte. El nuevo elegido logra, a fuerza de mansedumbre y de paciencia, inspirar confianza a todos aun teniendo que renunciar, como a veces hiciera, a ciertas prerrogativas de su dignidad en la noble intención de no suscitar divergencias, dada la situación delicada en que se encontraban todavía las relaciones entre la Iglesia y el Estado. El mismo da cuenta de su modo de actuar en una carta, que envía al papa León III, donde admite humildemente que, si es cierto que hubo de ceder en algunas cuestiones transitorias ante el emperador, no lo hizo sino llevado del bien de la paz y aun de la misma libertad de la Iglesia.

Con todo, esta paz deseada no iba a ser, por desgracia, duradera. Y es ahora, cuando ya entran en juego no solamente los principios vitales de la fe, sino los derechos inviolables de la misma Iglesia, cuando Nicéforo será el primero que se inmolará a la cabeza de su pueblo por defender la verdad ante la insolencia y sectarismo de sus perseguidores. Mientras llega el momento, él trabaja como buen pastor de su grey en la mudanza y total reforma de las costumbres y sus preceptos dados desde el púlpito recibirán doble fuerza por la conducta y fiel ejemplo de su vida.

Durante este tiempo empieza San Nicéforo el copioso apostolado de su pluma, que le colocará entre uno de los más prestigiosos escritores de la Iglesia de Oriente. Sus obras, y más aún las que escribe en el destierro, dan noticia de su espíritu elevado, un conocimiento profundo de las Sagradas Escrituras y de la literatura patrística, de su amplitud de doctrina, unido todo ello a una dialéctica sutil y a una fina observación.

El 10 de julio del año, 813 el patriarca Nicéforo coronaba emperador a un buen soldado, gobernador de la provincia de Natolia, León V el Armeno, que hubiera sido un excelente monarca, de no haberse dado a resolver cuestiones de teología en nada aptas a su cargo y condición. Tal vez por seguir el ejemplo de los Copránimos o por creer que con ello iba a robustecer más su poderío, de hecho, ya desde el principio de su reinado, empieza a declararse contra lo que él llamaba "la herejía de las imágenes", rechazando todo lo decretado en el concilio anterior de Nicea. Con su conducta consigue adeptos entre algunos obispos y hombres de influencia, como el gramático Juan Hylilas. Pero el emperador busca, sobre todo, ganarse la voluntad del patriarca. Pronto se da cuenta, sin embargo, de la ineficacia de sus recursos y la situación se va agravando con ello más y más cada día.

Ya no se hace solamente cuestión del culto de las imágenes, sino de la intervención o no intervención de la autoridad civil en materia religiosa. El emperador trata con ruegos y concesiones de atraer al pontífice, pero éste permanece inflexible, llegando a decirle en una ocasión: "Nosotros no podemos mudar las antiguas tradiciones: respetamos las imágenes santas, como lo hacemos con la cruz y con los libros del Evangelio". (Notemos que los iconoclastas adoraban la Cruz y los Evangelios, pero no las imágenes del Señor y de los santos). El emperador no se aviene y a veces hasta usa de estratagemas para ir debilitando la decisión del Santo. Una noche anima secretamente a unos soldados de su guardia para que con todo descaro se mofen de una imagen de Cristo que estaba en la gran cruz colocada sobre las puertas de la ciudad. De ello toma ocasión para mandar que se quitaran las imágenes de todas las cruces, con el pretexto de evitar nuevas profanaciones. El patriarca ve ya lo que se avecina y con sus obispos y abades se entrega al silencio de la oración y de la penitencia.

No tarda mucho en reunir el emperador en su palacio a todos los obispos, ortodoxos y herejes, para que discutan en su presencia las diversas cuestiones. Los primeros, con Nicéforo a la cabeza, le piden con toda humildad que deje libre el gobierno de la Iglesia a sus pastores; pero León V, enfurecido, les arroja de su presencia, rodeándose de sus adictos, a quienes constituye en jefes de la Iglesia oriental. Pronto se reúnen éstos en conciliábulo y citan al patriarca para que dé razón ante ellos de sus hechos. Nicéforo se presenta, y movido de santa indignación les increpa: "¿Quién os ha dado esta autoridad? ¿Ha sido el Papa o alguno de los patriarcas? Os excomulgo, ya que en mi diócesis no tenéis jurisdicción y la habéis usurpado". Los obispos le quieren deponer, pero esperan a que se decida el emperador.

La ocasión llega pronto, con motivo de las fiestas de Navidad del año 814. León V, siguiendo la costumbre tradicional, se presenta en este día al lado del patriarca en la basílica de Santa Sofía para venerar los sagrados iconos, pero, instigado por los suyos, se niega a hacer lo mismo en la de la Epifanía. A seguida, y ya sin miramientos, empieza una tremenda persecución contra todos los adictos a la ortodoxia católica. Pronto el patriarca se ve abandonado por la mayoría de los obispos. Estos quieren hacerle comparecer de nuevo ante ellos y, como se negara, prohiben que se hiciera conmemoración de su nombre en los oficios divinos, instando a la vez al emperador para que, deponiéndole, le condenara definitivamente al destierro.

No mirando a que el venerable anciano estaba retenido en el lecho por una enfermedad, deciden su deposición al principio de la Cuaresma. Llevándole en unas angarillas en la noche del 13 de marzo del 815, le arrojan en una barca, que le había de conducir a la orilla asiática del Bósforo, a Scútari, para ser internado en el monasterio de San Teodoro, que él mismo había construido a poca distancia de la ciudad. Desamparado de todos, ultrajado, manda en seguida su abdicación a los de Constantinopla, y se dispone a pasar sus últimos días en la soledad y el recogimiento, que tanto añorara en la juventud. En su destierro Nicéforo sufre y ora, se consuela con los libros santos y escribe a su vez, siempre con el propósito de desarraigar de su pueblo la herejía y el error.

Con el advenimiento al trono de Miguel el Tartamudo (a. 820) los ortodoxos quieren reivindicar de nuevo a su patriarca. Pero el nuevo emperador es también hereje y pretende ganarse al santo varón, haciendo que rechace de plano la doctrina que la Iglesia y los concilios habían sostenido sobre las imágenes. San Nicéforo prefiere seguir padeciendo por la verdad y de este modo, lleno de fatigas y de trabajos, en su pobre celda del destierro y a los setenta años de edad, muere gloriosamente el 2 de junio del año 829. Cuando más tarde, en la paz que dan a la Iglesia de Oriente San Metodio y la emperatriz Teodora, vuelve a sonar con gloria el nombre de Nicéforo, sus reliquias son trasladadas con todo esplendor a la basílica de los Santos Apóstoles de Bizancio, el día 13 de marzo del año 847. De nuevo se iba a encontrar el pastor entre su pueblo; martirizado, pero con la luz de la gloria, y también con la humildad y mansedumbre en que siempre había vivido.

La Iglesia griega da a nuestro Santo el título de confesor de la fe y celebra su fiesta el 2 de junio, aniversario de su muerte. La Iglesia latina lo hace el 13 de marzo, aniversario a su vez de la traslación de sus reliquias.

escrito por Francisco Martín Hernández 
(fuente: www.mercaba.org) 

otros santos 13 de marzo:
- Beata Dulce Lopes Pontes

miércoles, 12 de marzo de 2014

12 de marzo: San Luis Orione

(1872-1940)

Luis Orione nació en Pontecurone, diócesis de Tortona, el 23 de junio de 1872. A los 13 años fue recibido en el convento franciscano de Voghera (Pavía) que abandonó después de un año por motivos de salud. De 1886 a 1889 fue alumno de San Juan Bosco en el Oratorio de Valdocco de Turín.

El 16 de octubre de 1889 entró en el seminario de Tortona. Siendo todavía un joven clérigo, se dedicó a vivir la solidaridad con el prójimo en la Sociedad de Mutuo Socorro San Marciano y en la Conferencia de San Vicente. El 3 de julio de 1892, abrió en Tortona el primer Oratorio para cuidar la educación cristiana de los jóvenes. Al año siguiente, el 15 de octubre de 1893, Luis Orione, un clérigo de 21 años, abrió un colegio para chicos pobres en el barrio San Bernardino.

El 13 de abril de 1895, Luis Orione fue ordenado sacerdote y, al mismo tiempo, el Obispo impuso el hábito clerical a seis alumnos de su colegio. En poco tiempo, Don Orione abrió nuevas casas en Mornico Losana (Pavía), en Noto (Sicilia), en Sanremo, en Roma.

Alrededor del joven Fundador crecieron clérigos y sacerdotes que formaron el primer núcleo de la Pequeña Obra de la Divina Providencia. En 1899 inició la rama de los ermitaños de la Divina Providencia. El Obispo de Tortona, Mons. Igino Bandi, con Decreto del 21 de marzo de 1903, reconoció canónicamente a los Hijos de la Divina Providencia (sacerdotes, hermanos coadjutores y ermitaños), congregación religiosa masculina de la Pequeña Obra de la Divina providencia, dedicada a «colaborar para llevar a los pequeños, los pobres y el pueblo a la Iglesia y al Papa, mediante las obras de caridad», profesando un IV voto de especial «fidelidad al Papa».En las primeras Constituciones de 1904, entre los fines de la nueva Congregación aparece el de trabajar «para alcanzar la unión de las Iglesias separadas».

Animado por una gran pasión por la iglesia y por la salvación de las almas, se interesó activamente por los problemas emergentes en aquel tiempo, como la libertad y la unidad de la Iglesia, la «cuestión romana», el modernismo, el socialismo, la cristianización de las masas obreras.

Socorrió heroicamente a las poblaciones damnificadas por los terremotos de Reggio y de Messina (1908) y por el de la Marsica (1915). Por deseo de Pío X fue Vicario General de la diócesis de Messina durante tres años.

A los veinte años de la fundación de los Hijos de la Divina Providencia, como en «una única planta con muchas ramas», el 29 de junio de 1915 dio inicio a la Congregación de las Pequeñas Hermanas Misioneras de la Caridad, animadas por el mismo carisma fundacional y, en el 1927, las Hermanas adoratrices Sacramentinas invidentes, a las que se añadirán después las Contemplativas de Jesús Crucificado.

Organizó a los laicos en las asociaciones de las «Damas de la Divina Providencia», los «Ex Alumnos» y los «Amigos». Después tomará cuerpo el Instituto Secular Orionino y el Movimiento Laical Orionino.

Después de la primera guerra mundial (1914-1918) se multiplicaron las escuelas, colegios, colonias agrícolas, obras caritativas y asistenciales. Entre las obras más características, creó los «Pequeños Cottolengos», para los que sufren y los abandonados, surgidos en la periferia de las grandes ciudades como «nuevos púlpitos» desde los que hablar de Cristo y de la Iglesia, «faros de fe y de humanidad».

El celo misionero de Don Orione, que ya se había manifestado con el envío a Brasil en 1913 de sus primeros religiosos, se extendió después a Argentina y Uruguay (1921), Inglaterra (1935) y Albania (1936). En 1921-1922 y en 1934-1937, él mismo realizó dos viajes a América Latina, Argentina, Brasil y Uruguay, llegando hasta Chile.

Gozó de la estima personal de los Papas y de las autoridades de la Santa Sede, que le confiaron numerosos y delicados encargos para resolver problemas y curar heridas tanto dentro de la Iglesia como en las relaciones con el mundo civil. Fue predicador, confesor y organizador infatigable de peregrinaciones, misiones, procesiones, «belenes vivientes» y otras manifestaciones populares de la fe. Muy devoto de la Virgen, promovió su devoción por todos los medios y, con el trabajo manual de sus clérigos, construyó los santuarios de la Virgen de la Guardia en Tortona y de la Virgen de Caravaggio en Fumo.

En el invierno de 1940, intentando aliviar los problemas de corazón y pulmones que sufría, fue a la casa de Sanremo, aunque, como decía, «no es entre las palmeras donde deseo vivir y morir, sino entre los pobres que son Jesucristo». Después de tan sólo tres días, rodeado del afecto de sus hermanos, Don Orione falleció el 12 de marzo de 1940, suspirando «!Jesús! !Jesús! Voy».

Su cuerpo, intacto en el momento de la primera exhumación en 1965, fu puesto en un lugar de honor en el santuario de la Virgen de la Guardia de Tortona, después de que, el 26 de octubre de 1980, Juan Pablo II inscribiera su nombre en el elenco de los Beatos.


MISA DE CANONIZACIÓN DE SEIS BEATOS
HOMILÍA DE SU SANTIDAD JUAN PABLO II
VI domingo de Pascua, 16 de mayo de 2004

1. "Mi paz os doy" (Jn 14, 27). En el tiempo pascual escuchamos a menudo esta promesa de Jesús a sus discípulos. La verdadera paz es fruto de la victoria de Cristo sobre el poder del mal, del pecado y de la muerte. Los que lo siguen fielmente se convierten en testigos y constructores de su paz.

Bajo esta luz me complace contemplar a los seis nuevos santos, que la Iglesia presenta hoy a la veneración universal: Luis Orione, Aníbal María di Francia, José Manyanet y Vives, Nimatullah Kassab Al-Hardini, Paula Isabel Cerioli y Gianna Beretta Molla.

2. "Hombres que han entregado su vida a la causa de nuestro Señor Jesucristo" (Hch 15, 26). Estas palabras de los Hechos de los Apóstoles pueden aplicarse bien a san Luis Orione, hombre totalmente entregado a la causa de Cristo y de su reino. Sufrimientos físicos y morales, fatigas, dificultades, incomprensiones y todo tipo de obstáculos marcaron su ministerio apostólico. "A Cristo, la Iglesia y las almas -decía- se los ama y sirve en la cruz y crucificados, o no se los ama y sirve" (Escritos, 68, 81).

El corazón de este estratega de la caridad "no conoció confines, porque estaba dilatado por la caridad de Cristo" (ib., 102, 32). El celo por Cristo fue el alma de su vida intrépida, el impulso interior de un altruismo sin reservas y el manantial siempre fresco de una esperanza indestructible.

Este humilde hijo de un empedrador proclama que "sólo la caridad salvará al mundo" (ib., 62, 13) y repite a todos que "la perfecta alegría está sólo en la entrega perfecta de sí a Dios y a los hombres, a todos los hombres" (ib.).

3. "El que me ama guardará mi palabra" (Jn 14, 23). En estas palabras evangélicas vemos delineado el perfil espiritual de Aníbal María di Francia, a quien el amor al Señor impulsó a dedicar toda su vida al bien espiritual del prójimo. Desde esta perspectiva, sintió sobre todo la urgencia de realizar el mandato evangélico: "Rogate ergo...", "Rogad, pues, al Dueño de la mies que envíe obreros a su mies" (Mt 9, 38).

A los padres Rogacionistas y a las religiosas Hijas del Divino Celo les encomendó la misión de trabajar con todas sus fuerzas para que la oración por las vocaciones fuera "incesante y universal". El padre Aníbal María di Francia dirige esta misma invitación a los jóvenes de nuestro tiempo, sintetizándola en su exhortación habitual: "Enamoraos de Jesucristo".

De esta providencial intuición ha surgido en la Iglesia un gran movimiento de oración por las vocaciones. Deseo de corazón que el ejemplo del padre Aníbal María di Francia guíe y sostenga también en nuestro tiempo esta acción pastoral.

4. "El Espíritu Santo, que enviará el Padre en mi nombre, será quien os lo enseñe todo y os vaya recordando todo lo que os he dicho" (Jn 14, 26). Desde el principio el Paráclito ha suscitado hombres y mujeres que han recordado y difundido la verdad revelada por Jesús. Uno de estos fue san José Manyanet, verdadero apóstol de la familia. Inspirándose en la escuela de Nazaret, realizó su proyecto de santidad personal y se dedicó, con entrega heroica, a la misión que el Espíritu le confiaba. Para ello fundó dos congregaciones religiosas. Un símbolo visible de su anhelo apostólico es también el templo de la Sagrada Familia de Barcelona.

Que san José Manyanet bendiga a todas las familias y os ayude a llevar los ejemplos de la Sagrada Familia a vuestros hogares.

5. Hombre de oración, enamorado de la Eucaristía, que solía adorar durante largos ratos, san Nimatullah Kassab Al-Hardini es un ejemplo tanto para los monjes de la Orden Libanesa Maronita como para sus hermanos libaneses y para todos los cristianos del mundo. Se entregó totalmente al Señor en una vida de gran renuncia, mostrando que el amor a Dios es la única fuente verdadera de alegría y felicidad para el hombre. Se dedicó a buscar y a seguir a Cristo, su Maestro y Señor.

Acogiendo a sus hermanos, alivió y sanó muchas heridas en el corazón de sus contemporáneos, testimoniándoles la misericordia de Dios. Que su ejemplo ilumine nuestro camino y suscite especialmente entre los jóvenes un auténtico deseo de Dios y de santidad, para anunciar a nuestro mundo la luz del Evangelio.

6. "El ángel (...) me enseñó la ciudad santa, Jerusalén, que bajaba del cielo" (Ap 21, 10). La espléndida imagen propuesta por el Apocalipsis de san Juan exalta la belleza y la fecundidad espiritual de la Iglesia, la nueva Jerusalén. De esta fecundidad espiritual es testigo singular Paula Isabel Cerioli, cuya vida produjo mucho fruto.

Contemplando a la Sagrada Familia, Paula Isabel intuyó que las comunidades familiares se mantienen sólidas cuando los vínculos de parentesco se sostienen y unen al compartir los valores de la fe y de la cultura cristiana. Para difundir estos valores, la nueva santa fundó el Instituto de la Sagrada Familia. En efecto, estaba convencida de que los hijos, para crecer seguros y fuertes, necesitan una familia sana y unida, generosa y estable. Que Dios ayude a las familias cristianas a acoger y testimoniar en toda circunstancia el amor de Dios misericordioso.

7. Gianna Beretta Molla fue mensajera sencilla, pero muy significativa, del amor divino. Pocos días antes de su matrimonio, en una carta a su futuro esposo, escribió: "El amor es el sentimiento más hermoso que el Señor ha puesto en el alma de los hombres".

A ejemplo de Cristo, que "habiendo amado a los suyos (...), los amó hasta el extremo" (Jn 13, 1), esta santa madre de familia se mantuvo heroicamente fiel al compromiso asumido el día de su matrimonio. El sacrificio extremo que coronó su vida testimonia que sólo se realiza a sí mismo quien tiene la valentía de entregarse totalmente a Dios y a los hermanos.

Ojalá que nuestra época redescubra, a través del ejemplo de Gianna Beretta Molla, la belleza pura, casta y fecunda del amor conyugal, vivido como respuesta a la llamada divina.

8. "Que no se turbe vuestro corazón ni se acobarde" (Jn 14, 28). Las vicisitudes terrenas de estos seis nuevos santos nos estimulan a perseverar en nuestro camino, confiando en la ayuda de Dios y en la protección materna de María. Que desde el cielo velen ahora sobre nosotros y nos sostengan con su poderosa intercesión.

© Copyright 2004 - Libreria Editrice Vaticana
(fuente: www.vatican.va)

otros santos 12 de marzo:

- Abraham, padre de la Fe

martes, 11 de marzo de 2014

11 de marzo: San Sofronio de Jerusalén

Martirologio Romano: En Jerusalén, san Sofronio, obispo, que tuvo como maestro y amigo a Juan Mosco, con quien visitó diversos lugares monásticos. Fue elegido, a la muerte de Modesto, para la sede de la Ciudad Santa, y en ella, cuando cayó en manos de los sarracenos, defendió valientemente la fe y la seguridad del pueblo. († 639)

Sofronio nació en Damasco y desde pequeño estudió tan excesivamente, que estuvo a punto de quedar ciego; pero gracias a eso el santo llegó a ser tan versado en la filosofía griega, que recibió el sobrenombre de "el sofista".

Junto con su amigo, el célebre ermitaño Juan Mosco, viajó mucho por Siria, Asia Menor y Egipto, donde tomó el hábito de monje, el año 580. Los dos amigos vivieron juntos durante varios años en la "laura" de San Sabas y el monasterio de Teodosio, cerca de Jerusalén.

Su deseo de mayor mortificación los llevó a visitar a los famosos ermitaños de Egipto. Después fueron a Alejandría, donde el patriarca San Juan el Limosnero les rogó que permaneciesen dos años en su diócesis para ayudarle a reformarla y a combatir la herejía. En dicha ciudad fue donde Juan Mosco escribió el "Prado Espiritual", que dedicó a San Sofronio. Juan Mosco murió hacia el año 620, en Roma, a donde había ido en peregrinación.

San Sofronio retornó a Palestina y fue elegido patriarca de Jerusalén, por su piedad, saber y ortodoxia.

En cuanto tomó posesión de la sede, convocó a todos los obispos del patriarcado para condenar la herejía monotelita y compuso una carta sinodal, en la que exponía y defendía la doctrina católica. Esa carta, que fue más tarde ratificada por el sexto Concilio Ecuménico, llegó a manos del Papa Honorio y del patriarca de Constantinopla, Sergio, quien había aconsejado al Papa que escribiese en términos evasivos acerca de la cuestión de las dos voluntades de Cristo.

Parece que Honorio no se pronunció nunca sobre el problema; su silencio fue muy poco oportuno, pues producía la impresión de que el Papa estaba de acuerdo con los herejes.

Sofronio, viendo que el emperador y muchos prelados del oriente atacaban la verdadera doctrina, se sintió llamado a defenderla con mayor celo que nunca.

Llevó al Monte Calvario a su sufragéneo, Esteban, obispo de Dor y ahí le conjuró, por Cristo Crucificado y por la cuenta que tendría que dar a Dios el día del juicio, "a ir a la Sede Apostólica, base de toda la doctrina revelada, e importunar al Papa hasta que se decidiese a examinar y condenar la nueva doctrina".

Esteban obedeció y permaneció en Roma diez años, hasta que el Papa San Martín I, condenó la herejía monotelita, en el Concilio de Letrán, el año 649.

Pronto tuvo San Sofronio que enfrentarse con otras dificultades. Los sarracenos habían invadido Siria y Palestina; Damasco había caído en su poder en 636; y Jerusalén en 638. El santo patriarca, había hecho cuanto estaba en su mano por ayudar y consolar a su grey, aun a riesgo de su vida.

Cuando los mahometanos sitiaban la ciudad, San Sofronio tuvo que predicar en Jerusalén el sermón de Navidad, pues era imposible ir a Belén en aquellas circunstancias.

El santo huyó después de la caída de la ciudad y, según parece, murió al poco tiempo, probablemente en Alejandría. Además de la carta sinodal, San Sofronio escribió varias biografías y homilías, así como algunos himnos y odas anacreónticas de gran mérito.

Se ha perdido la "Vida de Juan el Limosnero", que compuso en colaboración con Juan Mosco; también se perdió otra obra muy voluminosa, en la que citaba 600 pasajes de los Padres para probar que en Cristo había dos voluntades.

VIDAS DE LOS SANTOS
Edición 1965
Autor: Alban Butler (†)
Traductor: Wilfredo Guinea, S.J.
Editorial: COLLIER´S INTERNATIONAL - JOHN W. CLUTE, S. A.

(fuente: catholic.net) 

otros santos 11 de marzo:
- San Eulogio de Córdoba

lunes, 10 de marzo de 2014

10 de marzo: San Juan de Ogilvie

(† 1615)

En el otoño de 1613 desembarcaba en el pequeño puerto de Leith, a pocas millas de Edimburgo, un apuesto oficial de treinta y tres años, que decía llamarse capitán Watson. No era capitán, ni se llamaba Watson, sino Juan de Ogilvie, jesuíta disfrazado, audaz, alegre y agudo. Año y medio más tarde, el 10 de marzo de 1615, después de mil peripecias, ofrecían al joven sacerdote, en matrimonio, a la hija del arzobispo hereje Jacobo Spottiswood en una escena que superaba a toda fantasía. O boda, o muerte: la proposición se hacía en diálogo con la multitud vociferante, desde lo alto de un tablado, al pie de la horca. Minutos más tarde el verdugo tiraba de las piernas del jesuita, para ayudarle gentilmente a dar el último suspiro. Probablemente la joven desdeñada se alegraba en su corazón de no recibir a un marido cojo, con la médula de los huesos reventada en las torturas de los últimos días. Pero la Iglesia, Esposa de Cristo, se alegraba todavía mas, porque tenía en el cielo a un nuevo mártir de la fe, del primado romano y de la castidad sacerdotal. He aquí cómo ocurrieron las cosas.

En 1572, a la muerte del sacerdote apóstata y dos veces casado, Juan Knox, amigo de Calvino en Ginebra y cabecilla de la Reforma en Escocia, quedaba ya firme y sangrientamente asentado el presbiterianismo en todo el país. Según sus doctrinas, algunos hombres están absolutamente predestinados para el cielo y los más, irremisiblemente predestinados para el infierno. La Iglesia sólo es la reunión de los elegidos. ¿Quién sabe, pues, quiénes son los miembros verdaderos de la Iglesia? En el sacramento de la Cena del Señor, el pan y el vino no se cambian en el cuerpo y la sangre de Cristo, que está sólo en el cielo. No hay distinción entre obispos y sacerdotes. No es el Papa el que tiene autoridad sobre la Iglesia. En el orden administrativo la dirección reposa sobre un órgano mixto de seglares y "ancianos", llamado presbiterio. En el orden legislativo la única autoridad es Cristo personalmente: por eso ningún rito ni ceremonia es legítimo, si "Dios no lo ha mandado con palabras expresas". De ahí que, como Cristo no lo ordenó explícitamente, en las iglesias presbiterianas no hay altar, ni baptisterio, ni crucifijo, ni velas, ni imágenes, ni, hasta hace muy poco tiempo y sólo en algunos sitios, órgano. La oración no tiene fórmulas fijas, sino que queda totalmente a la iniciativa del pastor, el cual predica incansablemente llenando con sus palabras el vacío del culto. Es rigurosísimo el reposo "sabático" del domingo, porque fue mandado por Dios; pero no existe ninguna fiesta litúrgica. La censura de las costumbres es severa y el tono y continente humano de los presbiterianos sombrío y austero. ¿Quién sabe quién se salvará?, parece preguntarse siempre adustamente el puritano escocés, a quien la aterradora incógnita no le deja lugar para ninguna clase de expansión artística. Del centenar de monasterios que florecían en Escocia no quedó ninguno. Las catedrales fueron desmanteladas como "monumentos de la idolatría y de la arquitectura", ambas cosas igualmente aborrecibles. Knox definió a la Iglesia de Roma como "la última bestia" y al Papa como "anticristo". El Parlamento escocés ordenó en 24 de agosto de 1560 que "nadie dijera misa, ni la oyera, ni estuviera presente a ella bajo la pena de confiscación de todos sus bienes y el castigo corporal a discreción de los magistrados". Knox afirmaba que "una misa era para él más temible que si diez mil enemigos armados desembarcaran en cualquier parte del reino".

En este ambiente nació en 1580 Juan de Ogilvie, de familia noble donde la madre había conservado la fe católica, pero el padre era uno de los comisarios encargados de descubrir y apresar jesuitas. El pobre hombre temblaba pensando que su mujer pudiera hacer de Juanito un "papista", y tratando de evitarlo le envió al continente, para que hiciera en Europa sus estudios, en cuanto el chico cumplió trece años. No podía imaginarse que a los dieciséis años sería católico y a los diecinueve ingresaría en la Compañía de Jesús.

Tiempos de formidable transformación del mundo los de la juventud de nuestro héroe. Cuando él nace comienza Rusia la conquista de Siberia (1581), se hace la reforma gregoriana del calendario (1582), desde la América que los españoles exploran penosamente se introduce en Europa la patata (1584), se inventa el microscopio, que abre una ventana hacia el fondo de la naturaleza (1590), se edita la Vulgata clementina (1592), se fija la primera tarifa postal en Alemania (1599), Shakespeare puebla de personajes los escenarios del teatro inglés (hacia 1600), Galileo descubre las leyes de la gravitación y del péndulo (1602), los españoles luchan en Flandes mientras Don Quijote hace por la pluma de Cervantes su primera salida (1605) ... Descubrimientos de tierras, esplendor de las bellas artes, nacimiento de las ciencias exactas, transformación del comercio. Las universidades hablan un lenguaje común y facilitan el trasiego de las ideas y de los estudiantes desde un rincón al otro de Europa.

Juan de Ogilvie había sido puesto bajo la protección de buenos amigos de su padre. Pero ¿quién cierra las puertas al viento y corta el paso a las ideas que llegan hasta un estudiante despejado? Se instruye en la fe en Lovaina, pasa de allí a Ratisbona, luego a Olinutz y más tarde a Viena, donde se hace jesuita. El padre Claudio Aquaviva, a la sazón general, le envía sucesivamente a París y Rouen. Es entonces cuando el contacto renovado con los emigrantes y viajeros de su tierra, cargados de noticias de amigos, de mártires, de peligros, de proezas, le aguijonea para que pida a sus superiores la difícil misión de predicador clandestino. Y ya tenemos en Edimburgo a nuestro capitán Watson, si no acaudillando soldados, sí dispuesto a decir misas, esas terribles misas que para el hereje Knox equivalían a diez mil enemigos desembarcados en la costa.

Las leyes abiertamente injustas no obligan en conciencia: si para obedecer a Dios es preciso burlar reglamentos humanos, para el misionero no cabe opción. Entre dejar de instruir, bautizar y decir la misa o celebrar para todo ello reuniones clandestinas, usar disfraces y fingir apellidos, Juan de Ogilvie opta decididamente por la vida ilegal, bajo la constante amenaza de los guardias y de los soplones. En febrero de 1614 le encontramos en Londres consultando en la corte de Jacobo I un proyecto de tregua religiosa. Por Pascua visita París para tratar con su provincial, y el resto del tiempo tan pronto se halla en Edimburgo, como en Glasgow, lo mismo en el piso de una viuda, convertido en capilla, que en el corredor de una cárcel a donde ha logrado introducirse fraudulentamente.

No podía faltar la traición, y al cumplirse el año justo de su arriesgado juego con la boca del lobo, una falsa cita le hizo caer en la trampa del arzobispo Spottiswood.

Fue entonces cuando el jesuita dio toda la medida de su valor humano: cabeza fría y clara, respuesta contundente, chanza en los dolores, energía en el mantenimiento de los derechos humanos y divinos contra la letra de la ley y la arbitrariedad. Son notables sus salidas con jueces y verdugos. Al obispo, no legítimamente consagrado, le dijo: "Lego sois y no tenéis más jurisdicción espiritual que la que pueda tener vuestro báculo". La tortura del "quebrantapiernas" consistía en unos anillos que se cerraban sobre la pantorrilla. Por entre ellos y el hueso se introducían cuñas a golpe de martillo, hasta que el hueso oprimido se rompía y la medula se desparramaba. Cuando le amenazaron con el quebrantapiernas, Ogilvie se rió y dijo: "No estimo más mis piernas que vosotros vuestras ligas". Y como los verdugos insistieran en amedrentarle, prosiguió: "No se me da más de las amenazas de todos vosotros que del graznar de otros tantos gansos". Uno de sus guardianes le asegura que le quemarían vivo y Ogilvie replicó: "Pues ningún tiempo más a propósito, porque estoy muerto de frío".

No era cinismo ni bravuconería hueca; en el tribunal no quiso delatar a nadie, se negó a jurar como reo decir la verdad, afirmando su derecho a ser tenido por inocente mientras no se demostraran sus pretendidos delitos, no por confesión propia, obtenida por la coacción y la tortura, sino por pruebas exteriores. Rechazó la autoridad del rey en materia religiosa y defendió el primado del Papa; y lo hizo con una agudeza y una precisión apenas concebibles en quien llevaba nueve noches y ocho días consecutivos en que no se le había permitido dormir un solo minuto. Fue providencial que un preso católico de una celda vecina pasara diariamente al padre Ogilvie algunas hojas de papel y las recogiera otra vez por debajo de la puerta, una vez que el mártir había escrito su diario. Conocemos así un relato de todas sus aventuras, lleno de humor y de sobrenatural heroísmo.

Al fin fue condenado a muerte: pero, como suele ocurrir, el tribunal tuvo exquisito cuidado en que la sentencia no pareciera recaer sobre opiniones religiosas, sino sobre delitos civiles: se le condenaba por traición al rey y por violación de las leyes del Estado. Y aquí vino la jugada maestra del audaz jesuíta, que no se resignaba a morir como un contrabandista vulgar, falsificador de pasaportes, sino que quería ser un mártir.

Sabiendo lo que ganaba el protestantismo con la adquisición de aquella energía y de aquel talento, el ministro Scott prometió al reo, camino del cadalso, la mano de la hija del arzobispo y una buena prebenda si abjuraba. Fingiendo ceder, pero querer seguridades, el jesuita le dijo ante la multitud ávida del espectáculo de su horca: "Repetidme esa oferta con testigos". Repetida que fue, siguió preguntando el jesuita: "Entonces, ¿no se me perseguiría por traición?" "No" —contestó el ministro, coreado por miles de voces que gritaban: "¡Baja del cadalso!" "¿Sólo es mi apostasía del catolicismo lo que importa? " —remachó el jesuíta, mientras los católicos temblaban de pena y de inquietud entre el público—. "Sólo eso —replicó la multitud—. "Entonces, muero como mártir" —concluyó Juan de Ogilvie. Y dejó alegremente, encomendándose a la Virgen, que izaran con el nudo corredizo su cuerpo joven de treinta y cinco años. El alma voló al cielo.

escrito por Jesús Iribarren
(fuente: www.mercaba.org)

otros santos 10 de marzo:
~ Santa María Eugenia de Jesús

domingo, 9 de marzo de 2014

09 de marzo: Santa Catalina Vigri de Bolonia

Martirologio Romano: En Bolonia, en la provincia de la Emilia, santa Catalina, virgen de la Orden de Santa Clara, la cual, notable por sus dotes naturales, fue más ilustre por sus virtudes místicas y por la vida de penitencia y humildad, siendo guía de vírgenes consagradas (1463).

Fecha de canonización: 22 de mayo de 1712 por el Papa Clemente XI.

Juan de Vigri, padre de Catalina, era abogado y agente diplomático del marqués de Ferrara, Nicolás d´Este. A instancias del marqués, Juan envió a su hija, de once años de edad a servir como dama de honor a la joven Margarita d´Este. Catalina hizo sus estudios con Margarita y fue amiga íntima suya. Entre otras materias, las jóvenes estudiaron el latín; Catalina escribió posteriormente varias obritas en esa lengua. Al casarse con Roberto Malatesta, Margarita tenía intención de conservar a Catalina a su servicio, pero ésta se sintió llamada a la vida religiosa. Poco después de regresar a su casa, perdió a su padre y, casi inmediatamente ingresó en una congregación de terciarias franciscanas de Ferrara, que llevaban una vida semimonástica, bajo al dirección de una mujer llamada Lucía de Mascaroni.

Aunque Catalina sólo tenía catorce años, su deseo de perfección le ganó la admiración de sus hermanas. Desde tan temparana edad empezó a tener visiones, algunas de las cuales provenían de Dios y otras del demonio, como la misma Catalina se vio obligada a reconocerlo más tarde. Para ayudar a otras almas a distinguir entre las visiones divinas y los artificios del diablo, Catalina escribió que había aprendido a discernir las unas de las otras por la santa luz de la humildad, «que precedía siempre a la salida del Sol». Citemos sus propias palabras: «Esa alma, cuando se acercaba el Huésped divino, experimentaba un sentimiento de respeto que ponía de rodillas a su corazón y la obligaba a doblar exteriormente la cabeza; en otras ocasiones, le sobrevenía una gran claridad sobre sus faltas pasadas, presentes y futuras y se veía a sí misma como la causante de las faltas de sus prójimos, por los cuales sentía una inflamada caridad. Así entraba Jesús en su alma, como un rayo de sol y establecía en ella la más profunda paz».

Más tarde, el demonio trató de infiltrar en su alma dudas y pensamientos blasfemos, particularmente sobre la presencia real de Jesucristo en el Santísimo Sacramento. Esto la hizo sufrir mucho, hasta que Dios le reveló claramente la doctrina de la Iglesia y respondió en forma definitiva a sus dificultades de modo que desaparecieron las dudas. Santa Catalina aseguraba que, en las almas puras, los efectos del Sacramento no dependen del fervor sensible y que aquellas dudas no disminuyen tampoco su eficacia, con tal de que el alma no consienta en ellas. También afirmaba que quienes llevan con paciencia tales pruebas sacan de la comunión mayores frutos que si tuviesen las más altas consolaciones. Probablemente a causa de todo lo que había sufrido, Catalina sentía un indomable deseo de dormir, que ella consideraba como tentación del demonio, pero que era probablemente una gracia que le permitía rehacerse de los esfuerzos corporales y mentales anteriores. Después de algún tiempo, desapareció también esa inclinación exagerada al sueño y la paz completa se estableció en el alma de Santa Catalina.

Pensando que con ello podría ayudar a otros después de su muerte, Catalina empezó a escribir un relato de las pruebas que había sufrido y las gracias que recibía. Para evitar que sus hermanas descubrieran su diario, acostumbraba coserlo en el interior de un cojín; pero ellas, sospechando lo que sucedía, buscaron el manuscrito hasta dar con él. Cuando Catalina cayó en la cuenta de la indiscreción de que había sido objeto, arrancó las hojas y las arrojó al fuego. La santa estaba encargada del horno, pues era la panadera de la casa. En cierta ocasión, al darse cuenta de que el resplandor del fuego le hacía daño a la vista, temiendo que eso la inutilizara para el servicio de la comunidad, habló del asunto con su superiora; pero ésta le respondió que permaneciese en su puesto y dejara la salud en manos de Dios. Después de ejercer durante largo tiempo el oficio de panadera, santa Catalina pasó a ser maestra de novicias.

Por la misma época, tuvo una extraordinaria visión, a la que aluden con frecuencia sus imágenes y que referiremos con sus propias palabras: «Esa persona pidió permiso a su superiora para pasar toda la noche de Navidad en la iglesia del monasterio y se dirigió allá lo más pronto que pudo, con la intención de recitar mil avemarías en honor de la Santísima Virgen. Así lo hizo, con toda la atención y el fervor de que fue capaz. En esa ocupación la sorprendió la medianoche, es decir la hora en que, según se cree, nació Nuestro Señor. En ese preciso momento, se le apareció la Santísima Virgen, llevando en sus brazos al Niño Jesús cubierto con pañales. La Madre de Dios se le acercó y le puso a su Hijo en los brazos. Ya podéis imaginar el gozo de esa pobre criatura cuando vio en sus propios brazos al Hijo del Padre Eterno. Temblando de respeto, pero sobre todo abrumada de felicidad, se tomó la libertad de acariciar al Niño, de estrecharlo contra su corazón y de acercar los labios a su rostro... En el momento en que la pobre criatura de la que estamos hablando acercaba los labios a la boca del Divino Niño, se esfumó la visión, dejándola sumida en un gozo indescriptible». La santa escribió por entonces dos libros en versos libres sobre los misterios de la vida de Cristo y su Madre, a los que dio el título de «Rosario», que las religiosas del monasterio de Bolonia conservaron como un tesoro. Escribió igualmente un tratado sobre «Las Siete Armas espirituales», que vio la luz después de su muerte y alcanzó gran fama en Italia.

Algunos años antes, la pequeña comunidad gobernada por Lucía Mascaroni había abrazado la estrecha regla de Santa Clara y se había cambiado a una casa más adaptable a los usos de la vida religiosa; pero tanto santa Catalina como las más austeras de sus hermanas estaban convencidas de que la única manera de asegurar la perfecta observancia consistía en instituir la clausura. Sin embargo, los habitantes de Ferrara se opusieron durante mucho tiempo a tal innovación, hasta que finalmente el Papa Nicolás V decretó y sancionó la clausura, gracias sobre todo a las oraciones y esfuerzos de santa Catalina.

La santa fue entonces nombrada superiora de otro convento de la estrecha observancia en Bolonia; ella hubiese preferido permanecer en Ferrara como simple súbdita, pero el cielo le dio a entender que debía aceptar el cargo y al punto obedeció. Dos cardenales recibieron en Bolonia a la santa y a su acompañante, seguidos por el senado y toda la población. A pesar de la estricta clausura, la fama de santidad, milagros y dones de profecía de santa Catalina, atrajeron a tantas postulantes al nuevo convento de Corpus Christi, que apenas había sitio suficiente.

Santa Catalina trabajaba con todas sus fuerzas durante la semana; los domingos y días de fiesta aprovechaba el tiempo libre para copiar e iluminar su breviario. Este libro, compuesto totalmente por manos de la santa, con miniaturas de Cristo y de la Virgen, se conserva todavía. Catalina compuso también varios himnos y pintó algunos cuadros. La santa recomendaba a sus hijas tres cosas que ella había practicado durante toda su vida: La primera era hablar amablemente a todos, la segunda practicar constantemente la humildad y la tercera no mezclarse nunca en los asuntos ajenos. Aunque era muy estricta consigo misma, la santa se mostraba extraordinariamente bondadosa con las debilidades de sus prójimos.

En las elecciones de la nueva abadesa, el único reproche que sus hermanas pudieron hacer a Catalina fue que era demasiado bondadosa para urgir severamente la observancia. Siendo maestra de novicias, le pareció que algunas de las hermanas no se alimentaban suficientemente; para remediarlo pidió en la cocina algunos huevos duros, les quitó el cascarón y los deslizó en las bolsas de las hermanas, dejando en su propio plato sólo los cascarones. Por ello, fue acusada de sensualidad durante la visita anual, pero la santa soportó la reprimenda sin decir una palabra, como si realmente fuese culpable.

Su salud, que había empezado a debilitarse desde su vuelta a Bolonia, decayó rápidamente. El primer domingo de cuaresma del año de 1463 se vio atacada por violentos dolores, de suerte que debió acostarse y ya no se levantó más. El 9 de marzo entregó su alma a Dios en forma tan apacible, que sus hermanas no se dieron cuenta de que había muerto, sino hasta que empezaron a percibir una deliciosa fragancia y advirtieron que su faz tenía la belleza y frescura de una quinceañera. Su cuerpo fue enterrado sin caja, pero a los dieciocho días fue desenterrado, debido a los numerosos milagros que había obrado y a la suave fragancia que se escapaba de su tumba. Desde entonces, se encuentra incorrupto en la capilla del convento de Bolonia, donde puede verse a través de un cristal. La santa se halla sentada, ricamente vestida; pero el rostro y las manos, que están al descubierto, se han ennegrecido con el tiempo y la humedad. Santa Catalina es la patrona de los artistas. Las miniaturas que pintó se conservan aún en el convento de Corpo di Cristo, en Bolonia; según los expertos, se trata de obras de gran delicadeza. También se conservan dos de sus pinturas, una en la pinacoteca de Bolonia y la otra en la Academia de Bellas Artes de Venecia.

¡Felicidades a las Catalinas!

(fuentes: misa_tridentina.t35.com; catholic.net)

otros santos 09 de marzo: 

sábado, 8 de marzo de 2014

08 de marzo: Beato Faustino Míguez

*Xamirás (OR) 24-IV-1831
+Getafe 8-IV-1925

El Padre Faustino Míguez, nació el 24 de marzo de 1831 en Xamirás, parroquia del Ayuntamiento de Acevedo del Río, Diócesis de Orense. La mayor riqueza de sus padres Benito Mígeuz y María González, agricultores, es la fe. Abiertos a la naturaleza, a la vida y a Dios van acogiendo en su hogar los frutos de su amor matrimonial: Carmela, Antonio y el más pequeño, Manuel, nombre con el que el futuro Padre Faustino, fue bautizado al día siguiente de su nacimiento. Recibe el Sacramento de la Confirmación el 24 de octubre de 1832, cuando aún no había cumplido los dos años, coincidiendo con la Visita Pastoral del Obispo de Orense, D. Dámaso Iglesias Lago.

La vida de Faustino transcurre entre el estudio, la colaboración en las faenas del campo, el encuentro con los amigos, los buenos ratos en pandilla y la oración, como cualquier muchacho de su edad, inquieto, despierto, solidario y alegre compañero. En 1850 ingresó en la Orden de los Clérigos Regulares Pobres de la Madre de Dios de las Escuelas Pías, al sentirse llamado a la vida consagrada. Aunque para ello tuvo que vencer la resistencia de sus padres que tenían otros planes para él. Tomó el hábito en el colegio de San Fernando de Madrid, con el nombre de Faustino de la Encarnación. En 1853 hizo la Profesión Solemne y en 1856 se ordenó de Presbítero. Durante algún tiempo fue profesor en el Colegio de Guanabacoa, en Cuba, donde comenzó a entusiasmarse por los estudios de Botánica y a dedicarse a una actividad que, con el tiempo, habría de constituir una de sus ocupaciones predilectas: la recogida y distribución de hierbas medicinales, que curaban múltiples dolencias y con las que sanó a importantes personalidades de la época.

Cuando volvió a España, residió en diversas comunidades de su orden, cumpliendo siempre con su cargo de profesor de ciencias y, en alguna ocasión, el de director de los alumnos internos, para los que fue amigo, padre, madre, compañero y consejero. Al mismo tiempo, para ayudar a los enfermos se dedicó a la preparación de productos fitoterapéuticos, con los cuales obtuvo curaciones sorprendentes. Este trabajo le proporcionó una amplia clientela, una gran fama y grandes ingresos provenientes de aportaciones voluntarias, pero también atrajo sobre él críticas y oposiciones, que supo sobrellevar con una gran serenidad y fortaleza.

En 1885, estando destinado en la comunidad de Sanlúcar de Barrameda, con el beneplácito de su Superior General y con la aprobación canónica del Arzobispo de Sevilla, fundó la Congregación de Hijas de la Divina Pastora para el cuidado y la educación de las niñas pobres. El Padre Faustino al mirar a las niñas descubre en ellas: Al "Apóstol de la familia". "La prosperidad de la religión ha estado siempre en razón directa de la virtud del sexo femenino, de esas almas elevadas, de esas heroínas que tan bien se forman en el hogar doméstico cuando la madre es lo que debe ser y desempeña en aquél las funciones de apóstol que le corresponden." "La parte más interesante de la sociedad." "Instruirlas en cuanto pueda hacerlas buenas cristianas, buenas hijas, buenas esposas, buenas madres y miembros útiles de la sociedad de que deben formar un día la parte más interesante" "La portadora de paz". "Vuestras familias ya os miran como ángeles de paz que atraeréis sobre ellas las bendiciones del cielo y se recrean desde ahora al divisar en lontananza la felicidad de las que debéis formar con vuestras virtudes cuando lleguéis a tomar estado." "El alma de la familia". "Comprendan que deben huir de cuanto pueda hacerlas menos dignas del alto destino que tal vez les espera, de alma de la familia y decoro de la sociedad." Sin descuidar sus otras ocupaciones, ayudó y gobernó a esta nueva familia religiosa con gran solicitud y prudencia, encontrando también aquí no pequeñas dificultades.

En 1888 le destinaron a la comunidad de Getafe, cerca de Madrid, en el que permaneció hasta su muerte, dedicándose a la enseñanza (que abandonó al cumplir los sesenta años), a sus estudios, al cuidado del Instituto que había fundado, al ministerio de oír las confesiones de los pecadores y dirección espiritual y a la actividad terapéutica. Tampoco aquí faltó la cruz de sus sufrimientos morales, a los que fueron poco a poco añadiéndose también los físicos, propios de su edad avanzada. Murió el 8 de marzo de 1925.

Las palabras del Eclesiástico, "hijo si te decides a servir al Señor prepara tu alma para la prueba", se hicieron realidad en su vida. Le llegó la cruz de la incomprensión de aquellos que no entienden ni están de acuerdo con que trabaje fuera del colegio atendiendo la escuela de amigas, principio de lo que en un futuro sería la institución de las Hijas de la Divina Pastora, y tampoco que se dedique a la educación de las niñas y esté en contacto con una Asociación de mujeres. Acepta la cruz de las críticas y denuncias de la clase médica de Sanlúcar de Barrameda por su atención y dedicación a los enfermos.

En su vida se hizo también presente la pesada cruz de ser de nuevo separado de las religiosas, en la crisis sufrida por el Instituto en 1923. El camino hacia la meta se hace cada vez más difícil, pero su profunda fe le hizo descubrir a Dios en el final y no dudó en seguir avanzando por él a pesar de todo. El Padre Faustino acepta todas las pruebas como don de Dios, pues en medio de ellas intensificó su relación con El. El lema que puede resumir su vida es "amar y sufrir". Desde su profunda experiencia de que Dios le ama, sólo le queda ofrecerse al amor para que haga con él lo que quiera. Los que estuvieron a su alrededor le recuerdan sereno y en paz: " Y supe de las muchas contrariedades y tribulaciones, que había tenido que sufrir por Cristo. Comprendí que la santidad verdadera lleva el sello de la cruz. Me cautivó su vida callada, sufrida, paciente, eucarística y mariana.".

(fuente: www.escolapiostd.es)

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