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martes, 18 de marzo de 2014

18 de marzo: San Frigidiano de Lucca

En Lucca, en la Toscana, san Frigidiano, obispo, el cual, oriundo de Irlanda, reunió clérigos en un monasterio, y por el bien del pueblo desvió el curso del río Serchio para conseguir un fértil nuevo territorio, y convirtió a la fe católica a los lombardos que habían invadido el territorio.

En las inscripciones más antiguas el nombre es Frigianu o Frigdianus. Su fecha de nacimiento se desconoce, y como tierra de origen se indica Irlanda, tierra de evangelización de Occidente, la llamada «isla de los santos». Probablemente se había hecho monje en su patria; después vino a Roma como peregrino y estudiante; y más tarde lo encontramos como eremita en los alrededores de Lucca. Y allí lo van a buscar el clero y el pueblo de la ciudad para hacerlo su obispo, hacia el 560. Este hecho no resulta tan insólito en realidad: su vida austera y su cultura eran notorias, lo mismo que su energía. Cualidades todas siempre preciosas, pero además esenciales en aquellos años tormentosos.

En el 568 la invasión longobarda (ejército y pueblo: solados con sus familias, e incluso animales...) pone fin a la unidad de Italia. El territorio entero resulta dividido irregularmente, con una parte más extensa conquistada por los longobardos, y con las regiones más ricas en manos bizantinas. En las tierras ya pobres la pobreza crece, agravada por la rapiña de los recién llegados, que destruyen incluso el monasterio de Montecassino, y por la baja productividad de los terrenos, favorecida por el desorden en los regadíos. En el territorio de Lucca, las aguas del Serchio, afluente del Arno, transforman a menudo los cultivos en pantanos.

Y aquí interviene Frigidiano, que sabe también de hidráulica: de acuerdo con los dirigentes de la ciudad, proyecta y hace abrir un canal que lleva al Serchio hasta el mar, regenerando el territorio. Y la voz popular transforma la sabia iniciativa en milagro: con un rastrillo -se cuenta- el obispo trazó para el Serchio un nuevo curso, y el río le obedeció. Frigidiano trabaja también en poner orden en su diócesis, en construir iglesias, y se esfuerza además -como tantos obispos de su época- en llevar a la fe a los longobardos, en gran parte arrianos, o incluso paganos. Por obra suya nace una comunidad monástica que tendrá una vida multisecular; de ella se derivarán los «Canónigos de San Frediano», a los que Anselmo de Baggio, luego papa Alejandro II, llamará a guiar a los canónigos de San Juan de Letrán, en Roma.

Los acontecimientos han casi abolido las autoridades civiles tradicionales, y de hecho las suple Frigidiano, como ocurre con otros obispos de la época en otros sitios. Él está con la gente, mezclado con los agricultores y los pescadores, en una intimidad continua y cordial. Su gran popularidad, el aura de prodigios que parece siempre acompañarlo, tantos milagros a él atribuidos, hacen perdurar su culto de siglo en siglo. Frigidiano muere, según la tradición, el 18 de marzo del 588. Aunque el año no es seguro. En el culto local, su fiesta se celebra el 18 de noviembre, aniversario de la traslación del cuerpo a la iglesia de la que es titular. Esto ocurrirá entre el 1024 y el 1032, época de Juan XIX.

Traducido, con escasos cambios, de un artículo de Domenico Agasso en «Famiglia cristiana».

(fuentes: www.santiebeati.it; eltestigofiel.org)

otros 18 de marzo:

lunes, 17 de marzo de 2014

17 de marzo: San Patricio

APÓSTOL DE IRLANDA
(† 493)

La labor y la vida del apóstol de Irlanda recuerdan las hazañas y la santidad de los grandes profetas del Antiguo, Testamento. La razón no es difícil de encontrar si consideramos las circunstancias históricas que rodean su trabajo en aquella isla. El Imperio romano, al extenderse a Francia y a las Islas Británicas, dio lugar a la penetración del catolicismo en aquellas regiones; pero la fe, que había avanzado con las legiones, tuvo que retirarse juntamente con ellas y el paganismo llegó a dominarlas otra vez mediante la invasión de los bárbaros. La divina Providencia eligió nuevos apóstoles para aquellos países, apóstoles dotados de todos los carismas necesarios para la lucha contra las fuerzas primitivas del mal. Por eso las vidas de aquellos misioneros se llenaban de milagros que nos recuerdan las escenas en Egipto cuando Moisés se enfrentó con los magos de Faraón o cuando Elías retó a los sacerdotes de Baal.

El futuro apóstol de Irlanda nació en 372, pero no se sabe con exactitud el lugar de aquel acontecimiento, Algunos lo ponen en Inglaterra, otros en Francia o Escocia. Sin embargo, sabemos algo de sus padres. Su madre, Concessa, pertenecía a la familia de San Martín, obispo de Tours, mientras su padre, Calfurnio, fue oficial del ejército romano, de buena familia. Ambos fueron cristianos. En el bautismo el niño recibió el nombre de Succat —el nombre de Patricio le fue dado mucho más tarde por el papa Celestino, juntamente con la misión de predicar el Evangelio en Irlanda—. De todas maneras, nosotros le llamaremos Patricio desde ahora para evitar confusiones.

En el año 388, cuando tenía dieciséis años, unos piratas le hicieron prisionero, llevándole a Irlanda, donde fue vendido como esclavo a Milcho, jefe de Dalraida, en el norte de la isla. Según sus Confesiones, que escribió más tarde, pasó la vida de esclavitud cuidando de las ovejas de su amo. La divina Providencia utilizó esta etapa de su vida para prepararle su futura misión, porque, en el silencio de las montañas, Patricio se dedicó a la oración muchas veces de día y de noche, de tal manera que podemos afirmar sin reparo que este período de su esclavitud llegó a ser también el principio de su santidad.

Un día, durante sus oraciones, Dios le mandó un ángel para consolarle en su miseria y para revelarle la futura gloria de Irlanda. Al mismo tiempo el ángel le mandó escapar de su dueño y dirigirse a un puerto lejano donde encontraría un barco que le llevaría a la libertad. Patricio obedeció este mandato divino y, efectivamente, al llegar a su destino al sur de la isla, encontró el barco tal como le había dicho el ángel, pero el capitán negóse a ayudarle en su propósito de escapar. Sin perder sus esperanzas, Patricio se puso a rezar y, de repente, el capitán cambió de parecer, le mandó subir al barco y le llevó a Francia. Una vez conseguida la libertad, Patricio se refugió con su pariente, San Martín, quien le recibió en un monasterio cerca de Marmontier. Allí el obispo había construido pequeñas casas para algunos de sus monjes, mientras otros vivían en cuevas cercanas. En estas condiciones de vida ermitaña el joven pasó casi treinta años en preparación para su misión de apóstol. Los monjes vivían separados, reuniéndose solamente para rezar en común dos o tres veces al día según la costumbre de los monasterios orientales. En este ambiente de tranquilidad Patricio empezó el estudio de las Sagradas Escrituras, empapándose cada día más en la doctrina evangélica. Aquí también recibió otra visita angélica en la cual Dios le dio el mandato de convertir a la verdadera religión al pueblo de Irlanda. Al mismo tiempo oyó la voz de un irlandés llamándole para que volviese como misionero al país de su esclavitud.

Cuando murió San Martín, otro santo, Germán de Auxerre, tomó a Patricio bajo su protección de tal manera que se puede decir que, bajo la tutela de él, Patricio empezó la verdadera preparación para su misión. Primero se hizo monje, luego sacerdote y después se fue a la isla de Lerins, aislado del mundo, donde continuó su vida de eremita. Atraídos por la fama de su santidad, muchos otros monjes quisieron reunirse con él, y muy pronto Lerins llegó a ser uno de los más famosos monasterios del mundo. Sin embargo, Patricio se dio cuenta de su obligación de prepararse cada día más para la misión que Dios le había confiado; por lo tanto se marchó a Roma para continuar sus estudios en el Colegio de Letrán.

San Germán le llevó consigo a Inglaterra para ayudarle en su labor de apostolado, pero, después de unos años, Patricio volvió a Roma y recibió del papa Celestino la comisión de ayudar a Paludio en su misión de convertir a Irlanda. Salió con verdadera alegría, pero, antes de marcharse de Italia, recibió las noticias de la muerte de Paludio y otra vez fue a ver al Papa, quien le mandó recibir la consagración como obispo, juntamente con los poderes necesarios para su misión. Le consagró Máximo de Turín en Eboria, la moderna Ivrea, en el año 432, en la presencia del papa Celestino, quien le dio el nombre de Patricio. El nuevo apóstol de Irlanda salió para empezar su apostolado cuando tenía sesenta años.

Unos meses más tarde llegó a Irlanda, y como la gente del pueblo de Bray no quisiera recibirle ni oírle, se marchó otra vez al condado de Meath. Allí convirtió a su primer irlandés, bautizándole con el nombre de Benigno. Este joven llegó a ser el sucesor de Patricio en el arzobispado de Armagh. Después de predicar unos meses en Meath, pasó al condado de Down, más al norte, y fue entonces cuando empezó aquella serie de milagros que nos recuerdan las escenas más famosas del Antiguo Testamento.

El jefe de una tribu de Down, un tal Dichu, quiso asesinar a Patricio, pero, en el momento de clavarle su espada, el Santo le paralizó el brazo derecho, convirtiéndole luego a la fe con muchos de sus súbditos. De Down viajó otra vez hacia el norte, llegando al territorio de su antiguo dueño, Milcho, quien le había tenido como esclavo, mas éste, en vez de recibirle, se mató, después de haber prendido fuego a todas sus posesiones. Pero sus hijos se convirtieron con mucha gente de la región. Era ya Pascua de Resurrección del año 433. Patricio había estado en Irlanda solamente un año; sin embargo, el éxito de su misión estaba casi seguro. Pero ahora iba a enfrentarse con la prueba más dura de todas.

Todos los años, en aquellas fechas, los sacerdotes druidas tenían la costumbre de reunirse en Tara con el rey Laeghaire para la ceremonia del fuego sagrado. En este acto Patricio vio la oportunidad para enfrentarse de una vez con aquellos sacerdotes paganos que tenían en esclavitud el alma del pueblo entero. Para ello, cuando estaban reunidos todos para encender el fuego sagrado, apareció Patricio con sus sacerdotes en una montaña de Tara, al otro lado del valle, y allí encendió el fuego del Sábado de Gloria. Nada más ver aquellas llamas, los sacerdotes acudieron presurosos al rey Laeghaire para decirle que, si aquel fuego sacrílego no era apagado en seguida, sería imposible apagarle ya nunca.

A pesar del mandato real y de todos sus esfuerzos los paganos no consiguieron apagar el fuego que había encendido el Santo, ni tampoco matar a Patricio quien, al día siguiente, fue a entrevistarse con el rey, rodeado de sus sacerdotes. Los druidas hicieron todo lo posible para vencer al apóstol mediante sus artes mágicas, pero no contaron con el poder milagroso de Patricio. Delante de todos cubrieron el cielo con una nube que convirtió el día en noche, pero no pudieron disiparla cuando les retó Patricio, quien, con una oración, hizo salir el sol. El jefe de los sacerdotes se hizo levantar en el aire por magia, pero después de otra oración de Patricio, fue lanzado contra las rocas, con tal fuerza, que murió en el acto. Así, en un ambiente que recuerda las famosas hazañas de los profetas del Antiguo Testamento, el cristianismo triunfó en Irlanda. El rey Laeghaire dio al Santo permiso para predicar con toda libertad en la isla y muy pronto se verificó la profecía de los druidas, porque Patricio encendió el fuego de la fe entre los habitantes de Irlanda, de tal manera, que no ha sido nunca apagado desde entonces. Poco a poco consolidó la victoria ganada en Tara. En 444 construyó la iglesia de Armagh y desde allí viajaba constantemente por todas las provincias, construyendo iglesias, consagrando obispos y fundando monasterios. Según una tradición bien fundada, cuando murió había consagrado a 350 obispos y ordenado a más de 2.000 sacerdotes.

Sin embargo, como sabemos por su libro Confesión, escrito por el mismo Patricio, el éxito de su misión no se consiguió sin mucho trabajo y sin pasar por muchos peligros. Una docena de veces fue hecho prisionero por los secuaces de los sacerdotes druidas, escapando por milagro; otras veces trataron de matarle y en una ocasión se salvó por el coraje de un sacerdote fiel, quien, sabiendo el peligro, ocupó el lugar de Patricio, sacrificando así su propia vida para salvar la del Santo. Peor todavía fueron las luchas con el demonio, quien hizo todo lo posible para mortificarle e impedir su labor. El Santo tenía la costumbre de retirarse del mundo a veces para rezar y meditar. En una ocasión lo hizo por cuarenta días, como Moisés, en una montaña que se llama hoy día Croagh Patrick en su honor, Esta vez la razón de su ayuno y oración fue conseguir de Dios ciertos beneficios para el pueblo irlandés. Los demonios le atacaron con más furia que nunca, sabiendo algo de sus propósitos. Después de una lucha feroz, el Santo les venció y, según la tradición, dejaron al país y sus habitantes en paz durante siete años.

Pero ahora, como Jacob, tuvo que luchar con Dios mismo para conseguir lo que quería. Continuó ayunando y rezando hasta que, por fin, el ángel se le apareció para decirle que Dios le había concedido lo que pedía. Según la tradición, los favores especiales obtenidos por el Santo en aquella ocasión fueron los siguientes: Muchas almas se librarían del purgatorio mediante su intercesión; el que, en espíritu de verdadera penitencia y arrepentimiento, rezase su himno antes de morir, conseguiría la bienaventuranza eterna; los bárbaros no vencerían nunca su iglesia; siete años antes del fin del mundo, el mar cubriría la isla para salvar a sus habitantes de las tentaciones y males del anticristo; San Patricio mismo tendría el privilegio de juzgar, juntamente con Cristo, a todos los irlandeses en el juicio final.

Su vida estaba llegando ya a su fin. Una vez afirmada la posición de la Iglesia en Irlanda, el Santo empezó a prepararse para la muerte, habiendo recibido de Dios una revelación diciéndole el día y la hora en que iba a salir de este mundo para recibir el premio de sus trabajos. San Tassack le dio los últimos sacramentos, y el día 17 de marzo del año 493 murió en la ciudad de Saul, siendo enterrado en el sitio donde hoy día está la catedral de Down.

Ahora vamos a examinar su apostolado, para ver cómo consiguió en tan poco tiempo la conversión de toda la isla de Irlanda y de una manera tan duradera. Dejando aparte la divina Providencia, fuente de todo éxito sobrenatural, el secreto de su triunfo está en el hecho de que encontramos en la labor de San Patricio un modelo del verdadero espíritu misionero.

En primer lugar, nunca estuvo contento con trabajo a sus subordinados, sino lo hizo, cuando pudo, personalmente. En todas las regiones de la isla se puso en contacto, primero con los jefes de las tribus, haciendo todo lo posible para convertirles a la fe, o por lo menos, conseguir su amistad y permiso para predicar en el territorio de ellos. La ventaja de este procedimiento se ve claramente, porque así consiguió reducir al mínimo la oposición oficial a su labor. Pero la conversión de los reyes o jefes de tribu siempre tuvo como objeto principal llegar con más facilidad al pueblo. De la misma manera, en vez de acudir a sacerdotes extranjeros para ayudarle en su trabajo, dio la sagrada ordenación a indígenas. Entre estos sacerdotes muchos fueron hijos de los jefes de tribu y alguno había sido antes sacerdote druida. Patricio fundó colegios especiales para los futuros sacerdotes y nunca ordenó a nadie sin asegurarse primero de su conocimiento de la fe y de su santidad moral. Pero quizá las dos cosas que conducían más que nada al éxito de su misión fueron su manera de predicar la fe y su revisión sabia de las leyes del país.

Predicó de una manera muy sencilla y directa, empleando imágenes y ejemplos tomados de la naturaleza y perfectamente adaptados al espíritu poético de la nación irlandesa. Quizás el más famoso es su empleo de la hoja de trébol para demostrar la Trinidad y la Unidad de Dios. Sus temas predilectos fueron la naturaleza y los atributos de Dios, la divina providencia, la redención y sus frutos, la penitencia por los pecados, las responsabilidades que siguen como consecuencia del bautismo, la necesidad de la oración y, sobre todo quizá, la señal de la cruz. El mismo hacía la señal de la cruz cien veces cada día y noche. Entre las oraciones que compuso para el uso de su pueblo, la más famosa, sin duda, es la que se llama La coraza de San Patricio. Es larga y sencilla. Bajo muchas figuras tomadas de la naturaleza insiste en la presencia de Dios en el mundo, sus atributos, y, sobre todo, su especial providencia, cuidando siempre del cristiano fiel.

Otro elemento de su apostolado que ayudó muchísimo para consolidar la fe en Irlanda fue la sabia reforma de las leyes civiles hecha por el mismo Patricio. Al estudiar la constitución civil y política de la isla, encontró un fondo muy bueno y sabio, mezclado con elementos paganos contra la ley divina o natural. Con mucha paciencia reformó aquella constitución, de tal manera, que dejó intacto lo bueno, cambiando solamente aquella parte que era pagana y falsa. Así la jurisprudencia irlandesa dio lugar al Sanchus Mor, el código irlandés de leyes civiles y religiosas. De aquí nació, un poco más tarde, todo el sistema penitencial de los celtas. Quizá este mismo espíritu de adaptación le llevó a determinar, como fecha para Pascua de Resurrección, una fecha distinta de la del resto de Europa, tanto como el uso de la tonsura celta, adoptada por los monjes irlandeses, y, sin duda, de origen druida. También es digno de notar que, en Irlanda, bajo el mando de San Patricio, el obispo de la diócesis fue, casi siempre, abad de un monasterio, un hecho que deriva de la constitución civil de las distintas regiones de la isla. Gran parte del éxito del apostolado de San Patricio se debe a esta adaptación del paganismo a la verdadera religión.

Los escritos del Santo, especialmente su Confesión y la Epístola ad Coracticurn, nos permiten ver con bastante claridad el carácter y la personalidad del apóstol de Irlanda. Un hombre sencillo, con gran espíritu de humildad y de pobreza, demuestra al mismo tiempo un celo en su apostolado y una fortaleza que recuerdan los apóstoles de Jesús y los profetas del Antiguo Testamento. Cuando no está ocupado con el apostolado activo, se dedica a la oración y a la penitencia. Cariñoso y bondadoso, insistiendo siempre en el perdón del enemigo, se revela al mismo tiempo temible en la represión del mal, especialmente contra los enemigos de la fe. Debido a esta firmeza, el nestorianismo nunca logró penetrar el catolicismo de Irlanda, pero sí el pelagianismo, quizá por razón del origen celta de su autor. La prueba de la eficacia de su labor y apostolado se encuentra en el hecho de que el catolicismo de la nación irlandesa sigue siendo, aún hoy día, una de las estrellas más brillantes en la corona de la Iglesia de Dios.

escrito por David L. Greenstock
(fuente: www.mercaba.org)

otros santos 17 de marzo:

- Santa Gertrudis de Nivelles, Abadesa

domingo, 16 de marzo de 2014

16 de marzo: Beata Benedicta de Asís

Ingresó a las Clarisas de Asís en 1214, sucedió a Sta. Clara en el govierno del monasterio de San Damiano, permaneciendo en ese cargo hasta 1260.

Pudo asistir a la construcción de la basílica en honor de Santa Crala, y al traslado de las Clarisas desde el local anexo a la vieja iglesia de San Jorge.

Murió de causas naturales en el año 1260.

Sus restos se encuentan en la Basílica de Santa Clara de Asís.

(fuente: catholic.net)

otros santos 16 de marzo: 

sábado, 15 de marzo de 2014

15 de marzo: San Raimundo de Fitero

ABAD DE FITERO
(† 1163)

"Fue así que, impelido y forzado de divino impulso, se levantó como en sueños, y, despavorido, se fue al aposento de Raimundo, que estaba contiguo al suyo, y con voces desmedidas y alteradas, que no parecían de su ordinaria modestia, se despertó diciendo: "Santo, Padre, vamos a la guerra contra lo moros." El santo viejo, admirado de lo que miraba, como quien conocía la religión, quietud y discreción de fray Diego, le despidió con amor y con blandura. Mandóle se volviese a su aposento, diciéndole: Que la verdadera guerra del monje había de ser la quietud y soledad, hacer penitencia y llorar sus culpas y las del pueblo."

Esto ocurría en Toledo, en una noche de enero de 1158. Y es que la tarde anterior, fray Diego Velázquez, hombre de ilustre linaje, burgalés de Bureba, amado del rey emperador, muerto poco ha, había escuchado del rey don Sancho III, su amigo de infancia, el gran peligro que corría la plaza de Calatrava, llave estratégica de Toledo y, por tanto, en aquel entonces, de la cristiandad de la península Ibérica. Sentía en sus venas el fuego del caballero de antaño, hoy escondido tras los pliegues del hábito monacal, y la pesadilla durante el sueño era la congoja del antiguo soldado. Raimundo Abad lo había llevado consigo a Toledo, desde el monasterio de Santa María de Fitero, entonces tierra de Castilla, para tener más fácil acceso ante el rey, quien había convocado Cortes en dicha ciudad imperial, al heredar de su padre Alfonso VII el reino y la corona, Era necesario confirmar los privilegios y concesiones que Raimundo en sus años de abad había conseguido para su monasterio en tiempos del emperador.

Raimundo, cuya cuna se disputan, aun hoy día, y ya quizá hasta el fin de los tiempos, San Gaudencio de Francia, Tarazona de Aragón, así como Tarragona y Barcelona, fue, desde sus más tiernos años, "en las costumbres compuesto, en el hablar parco, en las palabras grave, en las acciones modesto. Con los mayores reverente, con los iguales benévolo, con los inferiores apacible. Y en suma, por aquellas pueriles disciplinas, abrió bien a prisa camino a una gran perfección, y en aquel primer bosquejo dio bien claro indicio de la belleza de la imagen que había de representar por el tiempo adelante". Sujeto de tales prendas, era natural que su destino fuera para el santuario.

Bien pudiera ser que fuese hijo de alguno de los gloriosos conquistadores de Tarazona, ganada a los moros en 1120. Y así lo vemos canónigo de aquella iglesia, como lo atestiguará más tarde su primer obispo, don Miguel, monje benedictino, quien en escritura de donación, fechada en 1148, decía: "Hago esta donación a ti, Raimundo, venerable y religioso varón, antiguamente hijo de Nuestra Iglesia, mas ahora mudado para mejor orden y mejor hábito, abad de Nienzabas". El trato con su obispo, monje benedictino, y la fama de santidad de la Orden del Cister, ¿influyeron en la vocación monacal de Raimundo? Bien pudiera ser. Lo cierto es que de canónigo de Tarazona pasa a monje del monasterio de Nuestra Señora de Scala Dei, fundado en la provincia de Gascuña.

Su virtud, con la consecuente reputación, le traicionaba, y a pesar de su humildad, los ojos de los monjes, y más los de los superiores, se clavaban en él. Por eso, cuando el abad de Scala Dei, que se llamaba don Bernardo, quiso fundar en España, eligió como abad del nuevo monasterio al piadoso Durando, y como prior del mismo al santo Raimundo.

Con los brazos abiertos los recibió el rey emperador, quien los envió a llamar, aunque no pudo despacharse a su gusto, porque andaba en guerras con el de Navarra. Por orden del rey Alfonso VII, hicieron primer asiento en un monte llamado Yerga, donde, ya de tiempos antiguos, existía una ermita dedicada a la Santísima Virgen. Pero al año siguiente, que era el de 1140, les donó el rey una villa arruinada por los moros, y que se llamaba Nienzabas. A los cuatro años, y muerto el abad Durando, fue elegido Raimundo, cuya fama de santo y taumaturgo se extendía por todos los alrededores. Abad de Nienzabas, aparece ya en la escritura de 1146 en que el rey emperador donaba al monasterio la Serna de Cervera y los Baños de Tudesón, los actuales Balnearios de Fitero.

Como tal abad, asistió Raimundo, con los otros abades de la Orden, al capítulo general del Cister. Allí se encontraba el Sumo Pontífice, monje de igual hábito, Eugenio III. A música suave sonaría en los oídos de Raimundo, y dulce miel gustarían sus labios, el oír y leer el gran privilegio de amparo que el Pontífice concedió en esta ocasión para el monasterio de Nienzabas: "Eugenio, obispo siervo de los Siervos de Dios, a los amados hijos Raimundo, abad de Santa María de Nienzabas, y a sus monjes, así presentes como futuros... Le recibimos debajo de la potestad del bienaventurado San Pedro y nuestra... A los quince de las Kalendas de octubre, año de la Encarnación del Señor, de mil y ciento y cuarenta y ocho, de nuestro Pontificado en el tercero."

En este mismo año, y mejorando notablemente, trasladó el monasterio a Castejón, lugar más acomodado que todos los anteriores. Como abad de Santa María de Castejón, aparece en la donación que, aún en vida de su padre el emperador, hizo el futuro rey Sancho III, del castillo de Tulungen y asimismo, con igual título, en la concesión de otras mercedes, hechas por el rey don Sancho el Sabio, de Navarra. Pero Castejón tampoco fue el sitio definitivo.

Ignorado el lugar del nacimiento de nuestro santo abad, daría, empero, Raimundo existencia y vida, renombre y gloria, a una heredad, llamada Fitero (por el nombre de un montículo denominado Hitero —hito o mojón— que hoy conserva su nombre Piedrahitero) donada en 1150 por don Pedro Tizón y su mujer doña Toda, de Tudela, abuelos del gran arzobispo, navarro de nacimiento, don Rodrigo Jiménez de Rada. Allí se fundó el monasterio de Santa María de Fitero, cuyo grandioso templo de piedra, con sus tres amplias naves, sería más tarde construido, casi en su totalidad, por el antedicho arzobispo don Rodrigo. De este monasterio de Santa María de Fitero, fue primer abad San Raimundo, que, con Durando, primer fundador en España, llegarán a setenta y seis, hasta fray Bartolomé Oteyza, bajo cuyo gobierno fue suprimido en 1834. Así podrá afirmarse siempre que la mayor gloria de Fitero es su abad San Raimundo. Al que dejaron perplejo las voces de su fidelísimo monje, fray Diego, en aquella noche de enero de 1158.

¡Calatrava! También quedaría inmortalizado este nombre, más que por el santo monje Raimundo, eso lo fue Fitero, por el guerrero valiente, invicto soldado, fundador de la orden militar. ¿Mitad monje, mitad soldado? ¡Monje de cuerpo entero, soldado de pelo en pecho!

Si tranquilo quedó fray Diego con el mandato del abad, preocupado quedó Raimundo, quien, puesto en oración, comprendió que Dios le pedía el hacerse cargo de la defensa de Calatrava. Y el abad Raimundo y fray Diego Velázquez, se presentaron al rey, caballeros andantes de páginas de leyenda, pidiéndole la defensa de la plaza de Calatrava, entregada al soberano por los caballeros templarios, defensores de la misma desde la conquista por Alfonso VII en 1147, pero temerosos ahora, 1158, ante los formidables preparativos que hacían los enemigos del nombre cristiano. La santidad del abad y el recuerdo del valor guerrero de fray Diego, movieron a Sancho III a escribir lo siguiente en Almazán: "Yo, el rey Don Sancho, por la gracia de Dios, hijo del ilustre emperador de las Españas de buena memoria, por inspiración divina, hago carta de donación y texto de escritura para siempre, valedero a Dios, y a la bienaventurada Virgen María, y a la Santa Congregación del Cister, y a vos dom Raimundo, abad de Santa María de Fitero, y a todos vuestros frailes, así presentes como futuros, de la villa que se llama Calatrava, para que la tengáis y poseáis, libre y pacífica, por juro de heredad, de ahora para siempre, y la defendáis de los paganos enemigos de la Cruz de Cristo, con su favor y nuestro... Fecha la carta en Almazán en la era de mil y ciento y noventa y seis (año 1158), en el mes de enero del año en que murió el famosísimo señor don Alfonso emperador de las Españas. Yo, el rey Don Sancho, rubrico y confirmo con mi propio sello esta carta, que yo mandé escribir."

Asegurada la defensa de Calatrava, Raimundo volvió a Fitero, y con su "Dios lo quiere" enardecido, regresó a la plaza al frente de veinte mil hombres —monjes, labradores y artesanos— a Ios cuales estableció en sus nuevos dominios entre campos y aldeas, alrededor de la fortaleza, convirtiendo en posición inexpugnable, lo que hasta entonces, había sido temor y angustia insuperables.

Con esto quedó de hecho trasladada la abadía de Fitero a Calatrava, aunque no quedó la primera vacía y abandonada, ya que el abad de Scala Dei, que llevó muy a mal la obra de Raimundo por haberse hecho sin tomar su parecer, envió monjes en número suficiente Para continuar la vida monacal, como hasta entonces, ejemplar y edificante.

Una tradición secular afirma que el santo abad aprovechó esta oportunidad para pedir y obtener del rey el regalo de una preciosa imagen de la Santísima Virgen, que, bajo la advocación de Nuestra Señora de los Remedios, se veneraba en Toledo y a la que San Raimundo profesaba especial devoción. Enviada al monasterio de Fitero, es desde tiempo inmemorial la patrona del pueblo con el poético título de la Virgen de la Barda (barda o zarza sin espinas), y cuya fiesta se celebra el domingo inmediato posterior al 8 de septiembre. Así lo cree, así lo reza y así lo canta Fitero en su estrofa y estribillo: En Toledo venerada—fuiste algún tiempo Señora—y en Fitero sois ahora—de todos Madre aclamada. Pues sois imán verdadero—que roba los corazones—colmadnos de bendiciones—¡oh Patrona de Fitero!

Raimundo creyó llegado el momento de organizar aquella muchedumbre, que le seguía entusiasmada, al estilo de las órdenes militares, que tantos laureles obtuvieron peleando en distintos lugares de la cristiandad, y fundó en ese mismo año 1158 la orden militar religiosa de Calatrava, la más antigua de las españolas, cuya constitución fue aprobada por Alejandro III en bula de 25 de septiembre de 1164, y que tanta gloria daría a España en el transcurso de los siglos. Monjes y caballeros, bajo el manto del santo abad, según la regla de San Benito y constituciones del Cister.

El rey don Sancho fue testigo de la vida de aquellos monjes-soldados, de aquellos soldados-monjes. "Hallóse en Calatrava un día que se ofreció rebato de moros. Vio la prisa y ánimo con que los monjes y caballeros salían al enemigo, y vio a los mismos, después de recogidos, en el coro a completas, las manos cruzadas, los ojos en tierra, cantando las divinas alabanzas con notable espíritu. Admirado de tal mudanza, dijo al abad: Paréceme, padre, que el son de las trompetas hace a vuestros súbditos lobos, y el de las campanas corderos. Será, respondió el santo abad, porque aquéllas los llaman para resistir a los enemigos de Cristo y vuestros, y éstas para alabarle y rogar por vos."

Pero quien mejor refleja lo que era la vida de aquellos calatravos es el mismo arzobispo don Rodrigo, cuando años más tarde escribía: "Su multiplicación es la corona del príncipe. Los que alaban al Señor con salmos se ciñeron espada, y orando gemían para la defensa de la patria. Su pasto es una comida tenue y ligera: su vestido la aspereza de la lana. La continua disciplina los prueba, la guarda del silencio los acompaña, el frecuente arrodillarse los humilla, la vigilia de noche los quebranta, la oración devota los enseña, y el continuo trabajo los ejercita."

Esta era la obra del santo abad, porque Raimundo era así. Podía entonar el Nunc dimittis, y exclamar con San Pablo: Cursum consummavi. En efecto, pasados cinco años de abad de Calatrava, "haciendo igual guerra a los enemigos de la cruz, a los demonios cantando en el coro, y a los infieles peleando en el campo", lo encontramos en Ciruelos, donde, adornado de múltiples laureles, obtuvo en 1163 la victoria definitiva, corona de santo monje, palma de caballero militar fundador, que el justo juez colocó sobre su cabeza y puso en sus manos.

En Ciruelos fue enterrado su cuerpo, hasta que en 1471 fue trasladado al monasterio de Monte Sión de Toledo, quedando definitivamente en sepulcro rico y curioso, mandado construir en 1570 por el abad de Fitero, venerable fray Marcos de Villalba. En él se lee esta inscripción: "Aquí yace el bienaventurado fray Raimundo, monje de esta orden, primer abad de Fitero, por quien Dios ha hecho muchos milagros; el cual, de licencia del rey Sancho el Deseado, defendió a Calatrava de los moros, e instituyó en ella el orden militar de Calatrava. Murió año de mil y ciento y sesenta y tres: trasladóse aquí, año de mil y quinientos y noventa". Hoy día, y desde el siglo pasado con motivo de la exclaustración, las reliquias del santo abad de Fitero se encuentran en la catedral de Toledo, encerradas en preciosa urna, sobre la que campea victoriosa la cruz de Calatrava. La fiesta de San Raimundo se celebra el 15 de marzo.

¿Anacrónica esta vida? ¿Trasnochada esta historia? ¿Fuera de lugar en páginas de actual "Año Cristiano? Hermano lector, nuestra vida es lucha, combate y pelea, como dice el Espíritu Santo. Nuestra alma tiene sus tres grandes enemigos. También ella constituye para nosotros el gran castillo interior, la Calatrava de nuestro espíritu. Hay que defenderla sin tregua ni cuartel. Se nos dice que debemos ser mitad monjes, mitad soldados. Está bien. Pero, en este combate espiritual, donde la oración es el arma principal y donde la cooperación a la gracia debe ser generosa, mejor será imitar a San Raimundo, modelo para todas las épocas, siendo como él: "Monjes de cuerpo entero, soldados de pelo en pecho". Que él así nos lo alcance.

escrito por José María García Lahiguera 
(fuente: www.mercaba.org)

otros santos 15 de marzo:

- Beato Artémides Zatti

viernes, 14 de marzo de 2014

14 de marzo: Beata Josefina Gabriela Bonino

(1843‑1906)
Fundadora de las Hermanas de la Sagrada Familia de Savigliano

Nació en Savigliano, provincia de Cuneo, diócesis de Turín, el 5 de septiembre de 1843, hija de Domingo Bonino y Josefa Ricci. Educada religiosamente en el hogar, aprende, de las palabras y el ejemplo de sus padres, amor, respeto y generosidad para con los pobres y necesitados.

Al trasladarse la familia a Turín, recibe la educación con las Hermanas de San José, progresando en su vida espiritual con la oración y los sacramentos. Vueltos a Savigliano, cuida a su padre enfermo hasta su muerte y continúa sus práctics de vida a cristiana.

A los 18 años había hecho voto temporal de castidad; ahora, con el deseo de desprenderse más de las comodidades familiares, ingresa a la Tercera Orden Carmelitana y luego a la Tercera Orden Franciscana. Se dedicó a la colaboración en las obras parroquiales. Enferma de una neoplasia en la columna vertebral, se sometió a una dolorosa cirugía sin que le obrara la anestesia aplicada. Su curación se considera milagrosa, y va a Lourdes en acción de gracias a la Sma. Virgen. Muerta su madre, se consagra a la obra “Colombo” a favor de las niñas huérfanas de Savignano, labor que es criticada por la “gente bien” de su pueblo natal.

Finalmente se decide a fundar un instituto religioso para la educación de las huérfanas, y su formación escolar y religiosa, y para el servicio de los enfermos pobres. Así, a la edad de 38 años viene a ser la Superiora de su Instituto, cargo que desempeñará con prudencia y sabiduría hasta su muerte. El 8 de septiembre de 1887 recibe aprobación diocesana su Instituto, y el 6 de octubre toma el hábito religioso y emite los votos con 11 compañeras, y toma el nombre de Josefina Gabriela de Jesús. Después de procurar el crecimiento de su Congregación, muere de pulmonía en Savona, conforme a su predicción, a la edad de 62 años, el 8 de febrero de 1906. Sus últimas palabras “¿Ha llegado el momento? Dios mío, que se cumpla en mí tu voluntad”. Luego, dice a las hermanas: “Rogad por mí!”. Beatificada por Juan Pablo II el 7 de mayo de 1995. Sus restos reposan en una capillita de la iglesia de la Casa madre de la Congregación, en Savigliano.

(fuente: franciscanos.net)

otros santos 14 de marzo:

- Santa Matilde de Halberstadt

jueves, 13 de marzo de 2014

13 de marzo: San Nicéforo

PATRIARCA DE CONSTANTINOPLA
(† 829)

No eran muy halagüeños para la Iglesia de Oriente los tiempos en que vino al mundo en Constantinopla, hacia el año 750, el pequeño Nicéforo. Su padre, Teodoro, era secretario del emperador Constantino Coprónimo, hombre caprichoso y sectario, que, siguiendo la política iniciada por su padre, León III el Isáurico, iba llevando hasta sus últimas consecuencias de crueldad y de tiranía la lucha iconoclasta contra la ortodoxia católica. La oposición a las imágenes, nacida en un ambiente de cesaropapismo oriental y en la manía dogmatizante de sus emperadores, llevaba en su misma raíz otras influencias no menos peligrosas. No se trataba ya de la lucha más o menos descarada contra una representación de la divinidad o de los santos, sino que llevaba consigo, más bien, uno de los grandes acontecimientos de la historia universal, cuyas consecuencias fueron incalculables.

A más de perturbar por una larga serie de años los asuntos religiosos y sociales del Imperio, daba lugar a una oposición cada vez más abierta contra las directrices que podían llegar de Roma, que ciertamente poco había de esperar de unos emperadores que se constituían a la vez en herejes y perseguidores, interviniendo en todos los asuntos internos de la Iglesia, y que iban metiendo insensiblemente en el pueblo y en las altas jerarquías la idea de la separación definitiva y del cisma. Eran necesarios hombres de grande fe, de fortaleza y de prudente serenidad para detener, siquiera fuera por momentos, el terrible mal que se avecinaba. Uno de ellos iba a ser nuestro santo, Nicéforo de Constantinopla.

El padre de Nicéforo, siendo éste todavía niño, es despojado de su cargo y viene a morir en el destierro, por no doblegarse ante las órdenes imperativas del Coprónimo. Educado en este heroísmo de fe, bajo la tutela de su madre Eudoxia, y con los mejores maestros de la ciudad. va recibiendo el joven Nicéforo una formación sobresaliente en lo religioso y en lo intelectual.

Con los años, nuestro Santo es conocido por todos como hombre bueno y prudente, amigo de hacer el bien, y acérrimo defensor de la ortodoxia. En el período de paz que se inicia con la emperatriz Irene y su hijo Constantino VI por el año 780, es llamado a la corte, concediéndosele con todos los honores el mismo cargo de secretario imperial que había desempeñado su padre. Desde este momento, Nicéforo va a poner toda su influencia en desarraigar del Imperio los antiguos resabios de la herejía.

Como legado del emperador asiste al segundo concilio de Nicea, VII de los ecuménicos (a. 787), donde brilla, era lego todavía, por su sólida formación literaria, el conocimiento profundo de las cuestiones eclesiásticas, y por su gran elocuencia. A pesar de esto, hay en nuestro Santo unas tendencias más señaladas, que le llevan al retiro y a la oración del claustro, donde parece encontrar el medio más adecuado para una labor de apostolado. Con este fin se retira a las orillas del Bósforo, en la costa asiática, donde construye por su cuenta un monasterio para entregarse al estudio, a la austeridad y a la oración, sin que por ello reciba el hábito de religioso. El emperador, por su parte, cuidando de aprovechar sus buenas cualidades, le llama de nuevo a la corte, pero Nicéforo seguirá su vida de monje aun en medio de todo el boato imperial.

Modelo de virtud, se dedica a hacer la caridad entre los necesitados. Por designación del príncipe se hace cargo del hospital general de Bizancio y por su cuenta recorre las casas de los pobres, deja en ellos su dinero y su hacienda, llenando a todos de la suavidad de su trato y de su abnegada solicitud.

A nadie pues podía extrañar, fuera de algunos monjes que no veían con buenos ojos la elevación de un lego directamente al pontificado, el que Nicéforo, a la muerte del patriarca Tarasio, fuera designado por el pueblo y por el emperador para sucederle. De este modo, el 12 de abril del año 806, habiendo vestido antes el hábito de monje, y recibidas las órdenes anteriores, el humilde funcionario de la curia imperial se sentaba en el trono patriarcal de Santa Sofía. Bien sabía Nicéforo a lo que le destinaría su dignidad y, como previéndolo, durante su consagración tuvo aferrado entre las manos un memorial, que él mismo había compuesto en defensa del culto a las imágenes, y renovando el juramento de defenderlo en el acto de la posesión, fue a depositarlo detrás del altar mayor como testimonio público de las intenciones que llevaba en el momento de recibir su alto y difícil cometido.

La subida al pontificado de San Nicéforo no había agradado del todo a las diversas tendencias religiosas que por entonces pululaban en la capital del Imperio de Oriente. Muchos entreveían una nueva intromisión del emperador en los asuntos reservados de la Iglesia; y otros aun de buena fe, como el famoso San Teodoro Studita, temían cierto servilismo de parte del patriarca a todas las iniciativas de la corte. El nuevo elegido logra, a fuerza de mansedumbre y de paciencia, inspirar confianza a todos aun teniendo que renunciar, como a veces hiciera, a ciertas prerrogativas de su dignidad en la noble intención de no suscitar divergencias, dada la situación delicada en que se encontraban todavía las relaciones entre la Iglesia y el Estado. El mismo da cuenta de su modo de actuar en una carta, que envía al papa León III, donde admite humildemente que, si es cierto que hubo de ceder en algunas cuestiones transitorias ante el emperador, no lo hizo sino llevado del bien de la paz y aun de la misma libertad de la Iglesia.

Con todo, esta paz deseada no iba a ser, por desgracia, duradera. Y es ahora, cuando ya entran en juego no solamente los principios vitales de la fe, sino los derechos inviolables de la misma Iglesia, cuando Nicéforo será el primero que se inmolará a la cabeza de su pueblo por defender la verdad ante la insolencia y sectarismo de sus perseguidores. Mientras llega el momento, él trabaja como buen pastor de su grey en la mudanza y total reforma de las costumbres y sus preceptos dados desde el púlpito recibirán doble fuerza por la conducta y fiel ejemplo de su vida.

Durante este tiempo empieza San Nicéforo el copioso apostolado de su pluma, que le colocará entre uno de los más prestigiosos escritores de la Iglesia de Oriente. Sus obras, y más aún las que escribe en el destierro, dan noticia de su espíritu elevado, un conocimiento profundo de las Sagradas Escrituras y de la literatura patrística, de su amplitud de doctrina, unido todo ello a una dialéctica sutil y a una fina observación.

El 10 de julio del año, 813 el patriarca Nicéforo coronaba emperador a un buen soldado, gobernador de la provincia de Natolia, León V el Armeno, que hubiera sido un excelente monarca, de no haberse dado a resolver cuestiones de teología en nada aptas a su cargo y condición. Tal vez por seguir el ejemplo de los Copránimos o por creer que con ello iba a robustecer más su poderío, de hecho, ya desde el principio de su reinado, empieza a declararse contra lo que él llamaba "la herejía de las imágenes", rechazando todo lo decretado en el concilio anterior de Nicea. Con su conducta consigue adeptos entre algunos obispos y hombres de influencia, como el gramático Juan Hylilas. Pero el emperador busca, sobre todo, ganarse la voluntad del patriarca. Pronto se da cuenta, sin embargo, de la ineficacia de sus recursos y la situación se va agravando con ello más y más cada día.

Ya no se hace solamente cuestión del culto de las imágenes, sino de la intervención o no intervención de la autoridad civil en materia religiosa. El emperador trata con ruegos y concesiones de atraer al pontífice, pero éste permanece inflexible, llegando a decirle en una ocasión: "Nosotros no podemos mudar las antiguas tradiciones: respetamos las imágenes santas, como lo hacemos con la cruz y con los libros del Evangelio". (Notemos que los iconoclastas adoraban la Cruz y los Evangelios, pero no las imágenes del Señor y de los santos). El emperador no se aviene y a veces hasta usa de estratagemas para ir debilitando la decisión del Santo. Una noche anima secretamente a unos soldados de su guardia para que con todo descaro se mofen de una imagen de Cristo que estaba en la gran cruz colocada sobre las puertas de la ciudad. De ello toma ocasión para mandar que se quitaran las imágenes de todas las cruces, con el pretexto de evitar nuevas profanaciones. El patriarca ve ya lo que se avecina y con sus obispos y abades se entrega al silencio de la oración y de la penitencia.

No tarda mucho en reunir el emperador en su palacio a todos los obispos, ortodoxos y herejes, para que discutan en su presencia las diversas cuestiones. Los primeros, con Nicéforo a la cabeza, le piden con toda humildad que deje libre el gobierno de la Iglesia a sus pastores; pero León V, enfurecido, les arroja de su presencia, rodeándose de sus adictos, a quienes constituye en jefes de la Iglesia oriental. Pronto se reúnen éstos en conciliábulo y citan al patriarca para que dé razón ante ellos de sus hechos. Nicéforo se presenta, y movido de santa indignación les increpa: "¿Quién os ha dado esta autoridad? ¿Ha sido el Papa o alguno de los patriarcas? Os excomulgo, ya que en mi diócesis no tenéis jurisdicción y la habéis usurpado". Los obispos le quieren deponer, pero esperan a que se decida el emperador.

La ocasión llega pronto, con motivo de las fiestas de Navidad del año 814. León V, siguiendo la costumbre tradicional, se presenta en este día al lado del patriarca en la basílica de Santa Sofía para venerar los sagrados iconos, pero, instigado por los suyos, se niega a hacer lo mismo en la de la Epifanía. A seguida, y ya sin miramientos, empieza una tremenda persecución contra todos los adictos a la ortodoxia católica. Pronto el patriarca se ve abandonado por la mayoría de los obispos. Estos quieren hacerle comparecer de nuevo ante ellos y, como se negara, prohiben que se hiciera conmemoración de su nombre en los oficios divinos, instando a la vez al emperador para que, deponiéndole, le condenara definitivamente al destierro.

No mirando a que el venerable anciano estaba retenido en el lecho por una enfermedad, deciden su deposición al principio de la Cuaresma. Llevándole en unas angarillas en la noche del 13 de marzo del 815, le arrojan en una barca, que le había de conducir a la orilla asiática del Bósforo, a Scútari, para ser internado en el monasterio de San Teodoro, que él mismo había construido a poca distancia de la ciudad. Desamparado de todos, ultrajado, manda en seguida su abdicación a los de Constantinopla, y se dispone a pasar sus últimos días en la soledad y el recogimiento, que tanto añorara en la juventud. En su destierro Nicéforo sufre y ora, se consuela con los libros santos y escribe a su vez, siempre con el propósito de desarraigar de su pueblo la herejía y el error.

Con el advenimiento al trono de Miguel el Tartamudo (a. 820) los ortodoxos quieren reivindicar de nuevo a su patriarca. Pero el nuevo emperador es también hereje y pretende ganarse al santo varón, haciendo que rechace de plano la doctrina que la Iglesia y los concilios habían sostenido sobre las imágenes. San Nicéforo prefiere seguir padeciendo por la verdad y de este modo, lleno de fatigas y de trabajos, en su pobre celda del destierro y a los setenta años de edad, muere gloriosamente el 2 de junio del año 829. Cuando más tarde, en la paz que dan a la Iglesia de Oriente San Metodio y la emperatriz Teodora, vuelve a sonar con gloria el nombre de Nicéforo, sus reliquias son trasladadas con todo esplendor a la basílica de los Santos Apóstoles de Bizancio, el día 13 de marzo del año 847. De nuevo se iba a encontrar el pastor entre su pueblo; martirizado, pero con la luz de la gloria, y también con la humildad y mansedumbre en que siempre había vivido.

La Iglesia griega da a nuestro Santo el título de confesor de la fe y celebra su fiesta el 2 de junio, aniversario de su muerte. La Iglesia latina lo hace el 13 de marzo, aniversario a su vez de la traslación de sus reliquias.

escrito por Francisco Martín Hernández 
(fuente: www.mercaba.org) 

otros santos 13 de marzo:
- Beata Dulce Lopes Pontes

miércoles, 12 de marzo de 2014

12 de marzo: San Luis Orione

(1872-1940)

Luis Orione nació en Pontecurone, diócesis de Tortona, el 23 de junio de 1872. A los 13 años fue recibido en el convento franciscano de Voghera (Pavía) que abandonó después de un año por motivos de salud. De 1886 a 1889 fue alumno de San Juan Bosco en el Oratorio de Valdocco de Turín.

El 16 de octubre de 1889 entró en el seminario de Tortona. Siendo todavía un joven clérigo, se dedicó a vivir la solidaridad con el prójimo en la Sociedad de Mutuo Socorro San Marciano y en la Conferencia de San Vicente. El 3 de julio de 1892, abrió en Tortona el primer Oratorio para cuidar la educación cristiana de los jóvenes. Al año siguiente, el 15 de octubre de 1893, Luis Orione, un clérigo de 21 años, abrió un colegio para chicos pobres en el barrio San Bernardino.

El 13 de abril de 1895, Luis Orione fue ordenado sacerdote y, al mismo tiempo, el Obispo impuso el hábito clerical a seis alumnos de su colegio. En poco tiempo, Don Orione abrió nuevas casas en Mornico Losana (Pavía), en Noto (Sicilia), en Sanremo, en Roma.

Alrededor del joven Fundador crecieron clérigos y sacerdotes que formaron el primer núcleo de la Pequeña Obra de la Divina Providencia. En 1899 inició la rama de los ermitaños de la Divina Providencia. El Obispo de Tortona, Mons. Igino Bandi, con Decreto del 21 de marzo de 1903, reconoció canónicamente a los Hijos de la Divina Providencia (sacerdotes, hermanos coadjutores y ermitaños), congregación religiosa masculina de la Pequeña Obra de la Divina providencia, dedicada a «colaborar para llevar a los pequeños, los pobres y el pueblo a la Iglesia y al Papa, mediante las obras de caridad», profesando un IV voto de especial «fidelidad al Papa».En las primeras Constituciones de 1904, entre los fines de la nueva Congregación aparece el de trabajar «para alcanzar la unión de las Iglesias separadas».

Animado por una gran pasión por la iglesia y por la salvación de las almas, se interesó activamente por los problemas emergentes en aquel tiempo, como la libertad y la unidad de la Iglesia, la «cuestión romana», el modernismo, el socialismo, la cristianización de las masas obreras.

Socorrió heroicamente a las poblaciones damnificadas por los terremotos de Reggio y de Messina (1908) y por el de la Marsica (1915). Por deseo de Pío X fue Vicario General de la diócesis de Messina durante tres años.

A los veinte años de la fundación de los Hijos de la Divina Providencia, como en «una única planta con muchas ramas», el 29 de junio de 1915 dio inicio a la Congregación de las Pequeñas Hermanas Misioneras de la Caridad, animadas por el mismo carisma fundacional y, en el 1927, las Hermanas adoratrices Sacramentinas invidentes, a las que se añadirán después las Contemplativas de Jesús Crucificado.

Organizó a los laicos en las asociaciones de las «Damas de la Divina Providencia», los «Ex Alumnos» y los «Amigos». Después tomará cuerpo el Instituto Secular Orionino y el Movimiento Laical Orionino.

Después de la primera guerra mundial (1914-1918) se multiplicaron las escuelas, colegios, colonias agrícolas, obras caritativas y asistenciales. Entre las obras más características, creó los «Pequeños Cottolengos», para los que sufren y los abandonados, surgidos en la periferia de las grandes ciudades como «nuevos púlpitos» desde los que hablar de Cristo y de la Iglesia, «faros de fe y de humanidad».

El celo misionero de Don Orione, que ya se había manifestado con el envío a Brasil en 1913 de sus primeros religiosos, se extendió después a Argentina y Uruguay (1921), Inglaterra (1935) y Albania (1936). En 1921-1922 y en 1934-1937, él mismo realizó dos viajes a América Latina, Argentina, Brasil y Uruguay, llegando hasta Chile.

Gozó de la estima personal de los Papas y de las autoridades de la Santa Sede, que le confiaron numerosos y delicados encargos para resolver problemas y curar heridas tanto dentro de la Iglesia como en las relaciones con el mundo civil. Fue predicador, confesor y organizador infatigable de peregrinaciones, misiones, procesiones, «belenes vivientes» y otras manifestaciones populares de la fe. Muy devoto de la Virgen, promovió su devoción por todos los medios y, con el trabajo manual de sus clérigos, construyó los santuarios de la Virgen de la Guardia en Tortona y de la Virgen de Caravaggio en Fumo.

En el invierno de 1940, intentando aliviar los problemas de corazón y pulmones que sufría, fue a la casa de Sanremo, aunque, como decía, «no es entre las palmeras donde deseo vivir y morir, sino entre los pobres que son Jesucristo». Después de tan sólo tres días, rodeado del afecto de sus hermanos, Don Orione falleció el 12 de marzo de 1940, suspirando «!Jesús! !Jesús! Voy».

Su cuerpo, intacto en el momento de la primera exhumación en 1965, fu puesto en un lugar de honor en el santuario de la Virgen de la Guardia de Tortona, después de que, el 26 de octubre de 1980, Juan Pablo II inscribiera su nombre en el elenco de los Beatos.


MISA DE CANONIZACIÓN DE SEIS BEATOS
HOMILÍA DE SU SANTIDAD JUAN PABLO II
VI domingo de Pascua, 16 de mayo de 2004

1. "Mi paz os doy" (Jn 14, 27). En el tiempo pascual escuchamos a menudo esta promesa de Jesús a sus discípulos. La verdadera paz es fruto de la victoria de Cristo sobre el poder del mal, del pecado y de la muerte. Los que lo siguen fielmente se convierten en testigos y constructores de su paz.

Bajo esta luz me complace contemplar a los seis nuevos santos, que la Iglesia presenta hoy a la veneración universal: Luis Orione, Aníbal María di Francia, José Manyanet y Vives, Nimatullah Kassab Al-Hardini, Paula Isabel Cerioli y Gianna Beretta Molla.

2. "Hombres que han entregado su vida a la causa de nuestro Señor Jesucristo" (Hch 15, 26). Estas palabras de los Hechos de los Apóstoles pueden aplicarse bien a san Luis Orione, hombre totalmente entregado a la causa de Cristo y de su reino. Sufrimientos físicos y morales, fatigas, dificultades, incomprensiones y todo tipo de obstáculos marcaron su ministerio apostólico. "A Cristo, la Iglesia y las almas -decía- se los ama y sirve en la cruz y crucificados, o no se los ama y sirve" (Escritos, 68, 81).

El corazón de este estratega de la caridad "no conoció confines, porque estaba dilatado por la caridad de Cristo" (ib., 102, 32). El celo por Cristo fue el alma de su vida intrépida, el impulso interior de un altruismo sin reservas y el manantial siempre fresco de una esperanza indestructible.

Este humilde hijo de un empedrador proclama que "sólo la caridad salvará al mundo" (ib., 62, 13) y repite a todos que "la perfecta alegría está sólo en la entrega perfecta de sí a Dios y a los hombres, a todos los hombres" (ib.).

3. "El que me ama guardará mi palabra" (Jn 14, 23). En estas palabras evangélicas vemos delineado el perfil espiritual de Aníbal María di Francia, a quien el amor al Señor impulsó a dedicar toda su vida al bien espiritual del prójimo. Desde esta perspectiva, sintió sobre todo la urgencia de realizar el mandato evangélico: "Rogate ergo...", "Rogad, pues, al Dueño de la mies que envíe obreros a su mies" (Mt 9, 38).

A los padres Rogacionistas y a las religiosas Hijas del Divino Celo les encomendó la misión de trabajar con todas sus fuerzas para que la oración por las vocaciones fuera "incesante y universal". El padre Aníbal María di Francia dirige esta misma invitación a los jóvenes de nuestro tiempo, sintetizándola en su exhortación habitual: "Enamoraos de Jesucristo".

De esta providencial intuición ha surgido en la Iglesia un gran movimiento de oración por las vocaciones. Deseo de corazón que el ejemplo del padre Aníbal María di Francia guíe y sostenga también en nuestro tiempo esta acción pastoral.

4. "El Espíritu Santo, que enviará el Padre en mi nombre, será quien os lo enseñe todo y os vaya recordando todo lo que os he dicho" (Jn 14, 26). Desde el principio el Paráclito ha suscitado hombres y mujeres que han recordado y difundido la verdad revelada por Jesús. Uno de estos fue san José Manyanet, verdadero apóstol de la familia. Inspirándose en la escuela de Nazaret, realizó su proyecto de santidad personal y se dedicó, con entrega heroica, a la misión que el Espíritu le confiaba. Para ello fundó dos congregaciones religiosas. Un símbolo visible de su anhelo apostólico es también el templo de la Sagrada Familia de Barcelona.

Que san José Manyanet bendiga a todas las familias y os ayude a llevar los ejemplos de la Sagrada Familia a vuestros hogares.

5. Hombre de oración, enamorado de la Eucaristía, que solía adorar durante largos ratos, san Nimatullah Kassab Al-Hardini es un ejemplo tanto para los monjes de la Orden Libanesa Maronita como para sus hermanos libaneses y para todos los cristianos del mundo. Se entregó totalmente al Señor en una vida de gran renuncia, mostrando que el amor a Dios es la única fuente verdadera de alegría y felicidad para el hombre. Se dedicó a buscar y a seguir a Cristo, su Maestro y Señor.

Acogiendo a sus hermanos, alivió y sanó muchas heridas en el corazón de sus contemporáneos, testimoniándoles la misericordia de Dios. Que su ejemplo ilumine nuestro camino y suscite especialmente entre los jóvenes un auténtico deseo de Dios y de santidad, para anunciar a nuestro mundo la luz del Evangelio.

6. "El ángel (...) me enseñó la ciudad santa, Jerusalén, que bajaba del cielo" (Ap 21, 10). La espléndida imagen propuesta por el Apocalipsis de san Juan exalta la belleza y la fecundidad espiritual de la Iglesia, la nueva Jerusalén. De esta fecundidad espiritual es testigo singular Paula Isabel Cerioli, cuya vida produjo mucho fruto.

Contemplando a la Sagrada Familia, Paula Isabel intuyó que las comunidades familiares se mantienen sólidas cuando los vínculos de parentesco se sostienen y unen al compartir los valores de la fe y de la cultura cristiana. Para difundir estos valores, la nueva santa fundó el Instituto de la Sagrada Familia. En efecto, estaba convencida de que los hijos, para crecer seguros y fuertes, necesitan una familia sana y unida, generosa y estable. Que Dios ayude a las familias cristianas a acoger y testimoniar en toda circunstancia el amor de Dios misericordioso.

7. Gianna Beretta Molla fue mensajera sencilla, pero muy significativa, del amor divino. Pocos días antes de su matrimonio, en una carta a su futuro esposo, escribió: "El amor es el sentimiento más hermoso que el Señor ha puesto en el alma de los hombres".

A ejemplo de Cristo, que "habiendo amado a los suyos (...), los amó hasta el extremo" (Jn 13, 1), esta santa madre de familia se mantuvo heroicamente fiel al compromiso asumido el día de su matrimonio. El sacrificio extremo que coronó su vida testimonia que sólo se realiza a sí mismo quien tiene la valentía de entregarse totalmente a Dios y a los hermanos.

Ojalá que nuestra época redescubra, a través del ejemplo de Gianna Beretta Molla, la belleza pura, casta y fecunda del amor conyugal, vivido como respuesta a la llamada divina.

8. "Que no se turbe vuestro corazón ni se acobarde" (Jn 14, 28). Las vicisitudes terrenas de estos seis nuevos santos nos estimulan a perseverar en nuestro camino, confiando en la ayuda de Dios y en la protección materna de María. Que desde el cielo velen ahora sobre nosotros y nos sostengan con su poderosa intercesión.

© Copyright 2004 - Libreria Editrice Vaticana
(fuente: www.vatican.va)

otros santos 12 de marzo:

- Abraham, padre de la Fe
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