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martes, 13 de mayo de 2014

13 de mayo: Santa María Dominga Mazzarello

Maria Dominga Mazzarello, primogénita de siete hijos, nace en Mornese (Alessandria), Italia, el 9 de mayo de 1837. En familia, junto a su padre José y su madre Maria Magdalena, aprende muy pronto la paciente espera de los milagros de la naturaleza, la sencillez y el compartir en el dolor y la prueba, la dulzura y la serenidad de un núcleo familiar unido en torno a las enseñanzas del catecismo y a la visión de una fe fuerte. Su familia la formó en una piedad sólida, en una laboriosidad incansable y en aquel idéntico sentido práctico y profundidad de juicio que manifestó después como Superiora.

Con 15 años se inscribió en la Asociación de las Hijas de Mª Inmaculada y se abrió al apostolado de las chicas del pueblo.

La grave enfermedad del tifus contraída a los 23 años tuvo en ella una fuerte resonancia espiritual: la experiencia de la fragilidad física, si por una parte la llevó a un abandono más profundo en Dios, por otra la impulsó a abrir un taller de corte y confección para enseñar a las muchachas el trabajo, la oración y el amor a Dios.

Gracias a la intensa participación en los sacramentos y bajo la sabia e iluminadora guía de Don Pestarino hizo grandes progresos en la vida espiritual. Con ocasión de la visita de Don Bosco a Mornese (8-10-1864) dijo: "Don Bosco es un santo y yo lo siento".

En el 1872 Don Bosco la escogió para iniciar el Instituto de las Hijas de Mª Auxiliadora.

Como Superiora se mostró hábil formadora y maestra de vida espiritual. Tenía el carisma de la alegría serena, irradiando gozo e implicando a otras jóvenes en el empeño de dedicarse a la educación de la mujer.

El Instituto se desarrolló rápidamente. A su muerte dejó a sus Hijas una tradición educativa permeada de valores evangélicos: la búsqueda de Dios conocido a través de una catequesis iluminada y un amor ardiente, la responsabilidad en el trabajo, la lealtad y la humildad, la austeridad de vida y la gozosa entrega de sí.

Murió a los 44 años, en Nizza Monferrato el 14 de mayo de 1881, después de cantar un himno a la virgen Santísima, expiró santamente. Sus tres grandes amores fueron la Eucaristía, María Auxiliadora y la juventud pobre para educarla y salvarla.

Sus restos se veneran en la Basílica de Mª Auxiliadora en Turín. Su fiesta se celebra el 13 de mayo.


ORACIÓN

Santa María Mazzarello, tú, que viviendo desprendida del mundo y unida a Dios, practicaste las más preclaras virtudes, obtén a tus hijas la gracia de imitarte fielmente en la humildad y sencillez; en la caridad, pureza y espíritu de sacrificio; en la devoción a María Auxiliadora y en el amor a Jesús Sacramentado. Asístenos también en nuestra última hora, a fin de que todas podamos reunirnos contigo en el cielo, para amar y bendecir eternamente a Dios y a nuestra celestial Madre Auxiliadora.

Amén.

(fuente: www.boletinsalesiano.info)


otros santos 13 de mayo:

- San Servacio de Tongres
- San Andrés Huberto Fournet

lunes, 12 de mayo de 2014

12 de mayo: San Modoaldo de Tréveris

San Modoaldo de Tréveris. Obispo, que fundó y enriqueció varias iglesias y monasterios, y constituyó también diversas agrupaciones de vírgenes, siendo sepultado junto a su hermana Severa (c. 647).


Niñez y adolescencia 

El santo obispo Modoaldo nació en Aquitania. Según parece, pertenecía a una noble familia en la que abundaban los santos, pues una de sus hermanas era la abadesa santa Severa y otra fue la beata Iduberga, esposa de Pipino de Landen y madre de Santa Gertrudis de Nivelles. Modoaldo iba con frecuencia a la corte del rey Dagoberto, donde conoció a San Arnulfo de Metz y a San Cuniberto de Colonia, de los que fue muy amigo.

Dagoberto estimaba tanto al joven clérigo, que le nombró obispo de Tréveris; pero el santo no dejó por ello de reprender constantemente al rey por su vida licenciosa y la frivolidad de su corte. Finalmente, las reprensiones del santo obtuvieron el fruto deseado, ya que Dagoberto se arrepintió sinceramente y trató de reparar sus pasadas faltas.


Labor espiritual

San Modoaldo se convirtió en consejero y director espiritual del rey y éste, a su vez, le regalaba tierras y dinero para la fundación de nuevos monasterios. En realidad, sabemos muy poco sobre la vida del santo, ni siquiera podemos determinar con certeza las fechas de su consagración y de su muerte.

Sí es seguro que asistió al Concilio de Reims, el año 625. San Modoaldo ordenó al mártir San Germán de Grandval, a quien había educado, y ofreció hospedaje a San Desiderio de Cahot, según se desprende de la carta que éste último le escribió para darle las gracias. Los bolandistas calculan que San Modoaldo fue obispo de Tréveris del año 622 al año 640.


Milagros

Fue consagrado obispo de Tréveris, Alemania, el año 628. Atendió al Concilio de Reims. Habló tan fuertemente contra la inmoralidad de la corte real franca, que el rey Dagoberto en persona experimentó una profunda conversión.


Muerte

Murió hacia el año 640 en Tréveris (Trier, Alemania). Sus reliquias se trasladaron a Paderborn, en Alemania, el 1107.

(fuente: www.ecured.cu)

otros santos 12 de mayo:

- Santo Domingo de la Calzada

domingo, 11 de mayo de 2014

11 de mayo: Santa Estela (o Estrella)

Mártir
Etimológicamente: Estela = Aquella que brilla como una estrella, es de origen latino.

Esta chica, de tan bonito nombre, fue una virgen del siglo III. En este tiempo había un obispo llamado Eutropio.

Tenía un gancho muy grande con la juventud. Realmente la entendía a la perfección. Empleaba noche y día en trabajar apostólicamente con los cristianos.

Durante este tiempo estaba en Charente, Francia, Era el primer obispo que tenía una ciudad que vivía todavía sumida, en su mayoría, en el paganismo.

Le cupo la gloria de que una de las primeras conversiones que se obraron con su pastoral, fue la de la joven Estela o Estrella.

Tenía una fuerte personalidad. El padre le había insistido una y mil veces que no se metiera en las cosas cristianas. Le parecía absurdo y raro para la gente con la que se codeaba.

Todos sus esfuerzos fueron inútiles para lograr que dejara el cristianismo.

El padre estaba en un aprieto. Tenía que obedecer las órdenes imperiales, so pena de que lo mataran.

Entonces, con todo el dolor de su alma, entregó a su hija a las autoridades para que hicieran con ella lo que mandaba la ley.

Estas autoridades, como era natural, la enviaron a la muerte.

En Francia, los poetas Mistral y los de la lengua D´Oc la eligieron como patrona de la Escuela Literaria de los Felibres, Era el año 1854.

¡Felicidades a quien lleve este nombre!

escrito por P. Felipe Santos 
(fuente: catholic.net)

otros santos 11 de mayo:

- San Gualterio (Walter)
- San Ignacio de Láconi

sábado, 10 de mayo de 2014

10 de mayo: San Félix de Nicosia

(1715-1787)

Nació en Nicosia (Sicilia, Italia) el 5 de noviembre de 1715, en una familia pobre, pero muy religiosa. Fue bautizado ese mismo día con los nombres de Filippo Giacomo. Su padre, zapatero, murió un mes antes de que él naciera.

Como la mayor parte de los niños pobres sicilianos de ese tiempo, no fue a la escuela. Ejerció también él desde niño el oficio de zapatero.

La cercanía de un convento de padres capuchinos le permitió visitar con frecuencia a la comunidad y conocer a los religiosos. Se sintió cada vez más atraído por su vida: alegría, austeridad, pobreza, penitencia, oración, caridad y espíritu misionero.

A los veinte años pidió al superior del convento de Nicosia que intercediera ante el padre provincial para que fuera aceptado en la Orden como lego, pues, al ser analfabeto, no podía ser admitido como clérigo, y sobre todo porque ese estado correspondía más a su índole sencilla y humilde. No fue aceptado ni entonces ni a lo largo de ocho años, a pesar de sus repetidas solicitudes. Pero no perdió la esperanza.

En 1743, cuando supo que el padre provincial de Messina se encontraba de visita en Nicosia, pidió hablar personalmente con él para exponerle su deseo. Al fin, el provincial lo admitió en la Orden.

El 10 de octubre de 1743, en el convento de Mistretta, comenzó su noviciado, tomando el nombre de Félix. Fue para él un año de ejercicio de las virtudes particularmente intenso. Destacó por su obediencia, por su sencillez, por su amor a la mortificación y por su paciencia.

Hizo su profesión el 10 de octubre de 1774 y lo mandaron al convento de Nicosia.

Ejerció el oficio de limosnero. Cada día recorría las calles del pueblo llamando a las puertas de los ricos, invitándolos a compartir sus bienes, y a las de los pobres, para ofrecerles ayuda en sus necesidades. Siempre daba las gracias, tanto cuando le hacían donativos como cuando lo rechazaban de mala manera, diciendo: "Sea por amor de Dios".

Aunque era analfabeto, conocía bien la sagrada Escritura y la doctrina cristiana, pues se esforzaba por retener en la memoria los pasajes bíblicos y los textos de libros edificantes que se leían en el convento durante la comida; también retenía lo que escuchaba durante las predicaciones en las iglesias de Nicosia.

Fue muy devoto de Jesús crucificado. Los viernes contemplaba la pasión y muerte de Jesucristo; todos los viernes de marzo ayunaba a pan y agua, y pasaba mucho tiempo en el coro con los brazos en cruz, meditando ante el crucifijo.

Tenía particular devoción a la Eucaristía. Pasaba horas ante el sagrario, incluso después de llegar muy cansado de los trabajos del día.

Veneraba con ternura a la Madre de Dios.

Aunque se encontrara débil o enfermo a causa de las duras penitencias y mortificaciones, siempre estaba dispuesto a cualquier forma de servicio, sobre todo en la enfermería del convento.

Mientras trabajaba en el huerto, le sobrevino una fiebre violenta. Su superior, por obediencia, lo mandó a la cama. Al médico que le recetó medicinas le dijo que eran inútiles, pues se trataba de su última enfermedad. Y así fue. Murió el 31 de mayo 1787. Fue beatificado por el Papa León XIII el 12 de febrero de 1888. Benedicto XVI lo canonizó.

(fuente: www.vatican.va)

otros santos 10 de mayo:

- Job, Patriarca de Israel 
- San Juan de Ávila

viernes, 9 de mayo de 2014

09 de mayo: Santa Catalina de Bolonia

(1413-1463)

Nació en Bolonia en 1413, de familia noble. Recibió una esmerada educación humanística en la corte de Ferrara. Después de una experiencia piadosa y de años de tribulación espiritual, formó parte, en 1432, de la primera comunidad de clarisas de Ferrara. La nombraron maestra de novicias, a las que dio una sólida formación. Allí escribió su obra principal, "Las siete armas". En 1436 se trasladó a Bolonia con otras monjas, para poner en marcha, como abadesa, el nuevo monasterio. Sobresalió en la pobreza y humildad. Vivió el seguimiento de Cristo crucificado, la contemplación del Niño de Belén y el amor a la Eucaristía con su temperamento vivaz y artístico. Murió en Bolonia en 1463.

Nació en Bolonia el 8 de septiembre de 1413. Su padre, Juan de Vigri, hombre honorable, descendía de una familia noble y rica de Ferrara, emparentada con la casa de Este, que entonces reinaba en aquella ciudad. Había ido a Bolonia a estudiar jurisprudencia, y allí sacó el doctorado en ambos derechos y consiguió una cátedra en su famosa Universidad. Además, contrajo matrimonio con Benvenuta de Mamollini, hija de una ilustre familia boloñesa. Pasado algún tiempo, Nicolás III de Este, informado de las dotes de Juan, lo llamó a Ferrara, lo nombró embajador suyo ante la república de Venecia y obtuvo para él una cátedra de derecho en Padua, ciudad en la que debía fijar su residencia. Obligado a partir sin demora para responder a la llamada del Duque, Juan dejó en Bolonia a su esposa, que se encontraba embarazada y que poco después dio a luz a su hija Catalina, nuestra santa, en la fiesta de la Natividad de la Virgen del año 1413. Junto a su madre, la niña fue desarrollando sus tendencias naturales a la vida de piedad y de oración, y su compasión generosa hacia los pobres.

A los 9 ó 10 años, su padre llevó a Catalina a Ferrara, porque Nicolás III, que estaba levantando entonces el ducado de Ferrara, Módena y Reggio, quiso que la pequeña fuera dama de honor de su hija la princesa Margarita de Este, y para recibir la adecuada formación se estableció en la corte, que vivía momentos de esplendor y era un hervidero de arte y de cultura. Allí recibió una esmerada educación humanística y desarrolló sus naturales cualidades para la música, la poesía y sobre todo la pintura, a la vez que continuó el estudio del latín iniciado en Bolonia, lengua que llegó a manejar con soltura hasta poder leer con facilidad los clásicos, los Santos Padres y la Biblia. Ya en aquel tiempo se ganó Catalina la simpatía de todos por sus dotes físicas y espirituales; en ella, sin embargo, iba creciendo el deseo de consagrarse al Señor.

Tres años llevaba Catalina en Ferrara cuando la princesa Margarita contrajo matrimonio con Roberto Malatesta, príncipe de Rímini, y marchó a vivir allí; quiso llevarse consigo a su joven dama, pero ésta tenía otros proyectos y decidió volver a Bolonia junto a su madre. Poco después, teniendo catorce años, su vida cambia de rumbo: muere su padre y su madre contrae nuevo matrimonio. Ella queda sola y abatida en Bolonia, heredera de un gran patrimonio y con muchos pretendientes por su riqueza y por sus dotes naturales y espirituales. Pero Catalina tiene otras perspectivas para su vida, que su madre respeta, y busca la paz interior por otros caminos. Y dará con ella.

Había entonces en Ferrara una dama piadosa llamada Lucía Mascheroni que, para servir mejor al Señor, había cambiado los vestidos seglares por el hábito negro de la Tercera Orden de San Agustín. Pronto se le unieron muchas jóvenes deseosas como ella de apartarse del mundo y llevar una vida de mayor perfección. Ocupaban su tiempo en los ejercicios de piedad y en las tareas de casa, de la que salían para asistir a los oficios religiosos en la iglesia de los franciscanos, que se convirtieron en los confesores y directores espirituales de aquella fervorosa comunidad, cuya fama de santidad se extendió por la ciudad y llegó hasta Bolonia.

Catalina se sintió atraída por la vida santa que llevaban aquellas mujeres, y pidió y obtuvo ser admitida en su asociación. Los ejemplos de Lucía la confortaron y la ayudaron a profundizar en los caminos de la oración y abnegación. Pronto empezó a gozar de dones extraordinarios del Señor, que la llenaba de paz y amor, y se le revelaba para guiarla por los caminos de la santidad. Pero este oasis de paz luego se convirtió en desierto de dudas y sufrimientos. Catalina entró en una profunda crisis interior, una noche del espíritu, que iba a durar cinco años. Parecería que Dios la había abandonado a los caprichos del demonio. Se estuvieron sucediendo manifestaciones divinas y apariciones diabólicas que bajo las más diversas formas querían llevarla a la desesperación y al abandono de su vida mística apenas empezada. En verdad, Dios lo dispuso todo para prepararla a un abandono total de sí y a una entrega incondicional a su Señor. La luz y la liberación le llegaron a Catalina un día en que, oyendo misa, al llegar al Sanctus, se sintió como envuelta en un coro angélico de alabanza y acción de gracias a Dios. A partir de entonces recuperó la serenidad de espíritu y el sueño reparador, y pudo entregarse a la oración libre de las asechanzas del diablo.

Las pruebas por las que había pasado en plena juventud, y que le hicieron experimentar la propia pequeñez y la grandeza de Dios, robustecieron su espíritu e iluminaron su mente para discernir lo que proviene del espíritu de Dios y lo que son insidias del demonio en las almas. De todo ello nos dejó Catalina constancia en su Tratado de las siete armas espirituales. En esta obra, escrita en 1438 siendo ya clarisa en Ferrara, pero que confió a su confesor sólo cuando estaba a punto de morir, y que tiene tanto de autobiografía como de tratado de espiritualidad, Catalina, bajo el seudónimo de Catella, cuenta las luchas que hubo de sostener y los medios que empleó para vencer las terribles tentaciones de que estuvo llena largo tiempo. Habla también de los favores espirituales con que Dios recompensó su fidelidad. Al mismo tiempo describe el itinerario que ha de seguir el alma que quiera de veras servir a Dios: empezar haciendo una buena confesión y un firme propósito de no ofender a Dios, para unirse luego al Señor en el camino de la cruz. Y como todos los que deciden servir al Señor tendrán que enfrentarse con enemigos formidables, necesita el alma estar provista de armas adecuadas para arrostrar los embates del enemigo.

Estas armas son siete: 1) La diligencia, o sea, la prontitud en hacer el bien, que aleja la negligencia y la tibieza. 2) La desconfianza de sí mismo, que no es un impedimento para la acción, sino que nos lo hace esperar todo de la gracia, sin la cual nada de bueno podemos hacer. 3) La confianza en Dios, creyendo firmemente que el Señor no abandona a quien se confía a Él; por consiguiente, hay que entrar en combate sin temores, y nuestra confianza debe ir creciendo tal como crezca la violencia del asalto, puesto que Dios tiene los ojos puestos en nosotros, y siempre está pronto para asistirnos en el momento del peligro. 4) La meditación asidua de la Pasión del Salvador, de la que se debe tomar ejemplo y sacar valor y ayuda para la práctica de todas las virtudes; sin ésta, las demás armas serían ineficaces. 5) El pensamiento de la propia muerte, de la que ignoramos el día y la hora, lo que debe obligarnos a estar siempre preparados y a aprovechar bien el tiempo presente, que es el tiempo de la misericordia divina. 6) El pensamiento del cielo y de la inmensa recompensa que está reservada a aquellos que hayan combatido bien su combate acá en la tierra. 7) La Sagrada Escritura impresa en nuestra memoria; siendo como es la palabra de Dios, hemos de guardar sus máximas en nuestro corazón para meditarlas, alimentar con ellas nuestra alma y hacer de ellas la regla de nuestra vida. La Santa cuenta a continuación sus propias experiencias y las veces que el demonio la engañó por no haber desconfiado de sí misma. Con su relato Catalina quiere ayudar a las almas que pasan por crisis y noches del espíritu, y da a todas las religiosas consejos llenos de sabiduría, insistiéndoles en que manifiesten de inmediato a sus superiores o directores espirituales los avatares de su espíritu.

Mientras Catalina atravesaba aún la noche espiritual a que nos hemos referido, una noble dama, la princesa de Verde, conmovida por el admirable ejemplo de Catalina y sus compañeras, pensó fundar un monasterio en Ferrara dedicado al Santísimo Sacramento en el que aquella asociación piadosa pudiera vivir bajo la Regla de santa Clara. Por su parte, Lucía Mascheroni sentía la necesidad de dar a su grupo una estructura canónica más sólida. Ella era ya terciaria agustina y se inclinaba por adoptar la Regla de San Agustín; otras mujeres, entre ellas Catalina, preferían la Regla de Santa Clara por su mayor austeridad y por la simpatía que sentían hacia los franciscanos, que las atendían espiritualmente; finalmente todas, incluida Lucía, se decidieron por la primera Regla de las clarisas. Y empezaron las obras y los trámites ante los superiores religiosos.

En 1432 el provincial de los franciscanos les dio la Regla propia de santa Clara y, después de haber vestido el hábito seráfico, las recibió bajo su jurisdicción. Catalina tenía veinte años. Para iniciar a la nueva comunidad en la vida clariana, un grupo de clarisas del monasterio de Mántova se trasladó al nuevo monasterio de Ferrara, al que se le dio el nombre de Corpus Domini; una de ellas, sor Tadea, hermana de la princesa de Verde, fue designada abadesa. La comunidad no tardó en hacer grandes progresos en el camino de la perfección. Abrazaron con tanto fervor la vida austera de la Regla, que en 1446 san Juan de Capistrano, Vicario general de la Observancia, se sintió obligado a pedir al papa Eugenio IV un decreto por el que se moderaran sus austeridades y ayunos y se les permitiera llevar sandalias. Se repetía así la intervención moderadora de san Francisco para con santa Clara, y la de ésta para con santa Inés de Praga. Catalina, habiendo dejado atrás los años de tribulación espiritual y viéndose ya hija de santa Clara, emprendió con renovado fervor el camino de la contemplación y de la penitencia, y el Señor la colmó de gracias y carismas extraordinarios, entre los que se cuentan apariciones divinas, profecías y milagros. Al mismo tiempo, ella ejerció al principio en el monasterio el oficio de hornera, en el que sufrió mucho por el calor y porque le dañaba la vista.

Viendo sus cualidades y su celo en la observancia de la Regla, los superiores creyeron que era la persona más indicada para la formación de las jóvenes que pedían ingresar en el monasterio. Al principio ella trató de eludir semejante responsabilidad por considerar que no estaba preparada, hasta que comprendió que era la obediencia la que la invitaba a ser maestra de novicias, y aceptó. De inmediato se entregó al cuidado de sus novicias, a las que brindó consejos llenos de sabiduría de Dios y, más que consejos, su propio ejemplo. Les recordaba con frecuencia que el fundamento más firme de la perfección es la firme voluntad de buscar siempre y en todo el beneplácito de Dios y procurar su gloria, por lo que recomendaba de modo especial la virtud de la obediencia. Solía decir que las religiosas tienen dos escaleras para subir al cielo: la de las virtudes y la de la humildad que, según san Benito, tiene doce escalones.

La escalera de las virtudes de santa Catalina consta de diez escalones: la clausura interior, o sea, el aislamiento del mundo y de lo mundano que impiden el amor de Dios; el deseo insaciable de oír la voz de Dios y la prontitud en escucharla, venga de donde venga, del exterior o del interior; la modestia propia y necesaria de las vírgenes consagradas a Dios; el amor al silencio sin el que nuestra religión sería vana; la cortesía, o sea, la manera gentil y amable de comportarse con todos sin excepción; la diligencia en todas las acciones, que aleja la tibieza y la negligencia y es regulada por la discreción; la pureza de intención que consiste en pensar bien del prójimo e interpretar bien sus acciones; la obediencia a los superiores y también a los demás, sobre todo a quienes destacan por su sabiduría y prudencia, evitando así el peligro de que nos traicione nuestro propio juicio; la humildad, que nos conforma al divino Maestro; y por último el amor a Dios y al prójimo, que es la cima de la perfección.

Después del oficio de maestra de novicias, le confiaron el cuidado de la portería. Este cometido suponía para ella un gran sacrificio porque con frecuencia tenía que interrumpir su oración y sus devociones para atender a las personas que acudían al monasterio. Pero, al mismo tiempo, era motivo de gozo espiritual al poder atender a las personas necesitadas con las limosnas, las palabras de consuelo, los buenos consejos y siempre la actitud y comportamiento impregnados de amor y de bondad que transparentaban a los visitantes la imagen paternal de Dios.

En 1451 falleció la madre Tadea, la abadesa procedente de Mántova, y se llegó a plantear seriamente que Catalina la sucediera en el cargo. Pero ella, con lucidez y buen criterio, consiguió convencer a todos de que era preferible pedir una nueva abadesa al monasterio de Mántova, y, al mismo tiempo, aprovechar esta circunstancia para introducir la clausura, que todavía no se había establecido, en el monasterio de Ferrara. A todo ello accedió el provincial de los franciscanos, con profunda alegría de Catalina.

La vida religiosa de esta comunidad claustral progresó constantemente, y la fama de su santidad se extendió por la ciudad y por las regiones vecinas. De todas partes llegaban al monasterio jóvenes de toda clase y condición social que deseaban consagrarse a Dios. El monasterio empezó a resultar insuficiente y los superiores no querían negar al ingreso a quienes lo pedían. En tales circunstancias, el Vicario general de la Observancia, el P. Bautista de Levanto, pidió al papa Calixto III y obtuvo de él la facultad de fundar en Italia otros monasterios. Tan pronto como de divulgó la noticia de la concesión pontificia, las autoridades y el pueblo de Bolonia y de Cremona pidieron la gracia de tener dentro de sus muros a las hijas de santa Clara, cuyas oraciones y sacrificios serían la mejor protección de sus ciudades y fuente segura de bendiciones divinas para las mismas.

Los superiores aceptaron la fundación de un monasterio en Bolonia, y designaron para dirigirlo como abadesa a Catalina; ella trató de rehusar el cargo por considerarse incompetente para el mismo; pero una vez más, superada una crisis de salud, llegó a comprender que esa era la voluntad de Dios. El 20 de julio de 1456 llegaron a Ferrara varios caballeros enviados por el senado de Bolonia, y con ellos iba el Vicario general de la Observancia acompañado del beato Marcos Fantuzzi, Provincial de Bolonia, y de otros religiosos. Esta delegación se había trasladado a Ferrara para recoger a la abadesa y a sus hermanas y conducirlas a su nuevo monasterio. Con Catalina marcharon otras quince monjas, nueve de las cuales pertenecían a familias distinguidas y nobles de Bolonia. Para evitar manifestaciones de los habitantes de Ferrara, la comitiva salió de noche.

Llegaron a Bolonia el 22 de julio. Salieron a esperar a Catalina y a sus compañeras el cardenal Besarión, legado de la Santa Sede, y el cardenal arzobispo de Bolonia con el clero, el senado y los magistrados, así como una multitud de gente que dio muestras de satisfacción y alegría al ver en su ciudad particularmente a Catalina, cuya fama de santidad les había llegado; de ella y de sus hermanas esperaban la intercesión ante el Señor para conseguir sus bendiciones y en especial la paz ciudadana, profundamente turbada por las facciones enfrentadas. Y de hecho, a partir de entonces poco a poco comenzaron a ceder las divisiones y se fue restableciendo la paz.

A este nuevo monasterio de Clarisas de Bolonia se le dio el mismo nombre que tenía el de Ferrara, del Corpus Domini, o sea, del Santísimo Sacramento. Catalina había pasado veinticuatro años en Ferrara como clarisa, e iba a pasar otros siete en Bolonia.

Apenas alojadas en su monasterio, Catalina se entregó con todo esmero y premura al progresivo establecimiento de la Regla y observancias de santa Clara en su comunidad, a la vez que se preocupaba de ir adaptando las instalaciones del monasterio a su vida claustral. Pronto empezaron a llegar nuevas vocaciones y se multiplicaron de tal manera que hubo que ampliar el edificio con nuevas construcciones. Terminado el trienio del mandato de Catalina, el Bto. Marcos Fantuzzi, provincial de Bolonia, las visitó para presidir el capítulo del monasterio que debía elegir a la nueva abadesa. Catalina fue elegida de nuevo y permaneció en el cargo hasta su muerte.

Huelga subrayar la caridad materna con que atendía a sus hijas espirituales en todas sus necesidades, sin ahorrarse fatigas ni trabajos; siempre estaba dispuesta a consolarlas en sus tribulaciones y a acompañarlas en sus crisis y tentaciones. Sentía una especial compasión por la enfermas, a las que visitaba con frecuencia, prestaba los servicios más humildes, consolaba con palabras llenas de ternura, fortalecía con acertadas motivaciones espirituales. Se dice que el Señor siguió concediéndole dones extraordinarios incluyendo visiones divinas y hechos milagrosos. En su vida se armonizaban una intensa actividad y una constante unión contemplativa con Dios.

En su espiritualidad hay que destacar ante todo su ardiente amor a Dios, motor y causa de toda su vida. Los largos y penosos años de crisis y lucha espiritual desarrollaron en ella una profunda humildad ante el Señor y también ante sus hermanas, a las que servía y a las que valoraba más que a sí misma. Mantener el vínculo de la caridad y de la paz entre sus hijas espirituales fue siempre una de sus grandes preocupaciones como abadesa. Alma profundamente franciscana, vivió con alegría interior el seguimiento de Cristo crucificado, la contemplación del Niño de Belén, el amor a Jesús vivo en la Eucaristía, y todo ello con su temperamento vivaz, artístico, que la llevaba al canto y a la danza. Escribía versos en italiano y en latín, enseñaba oraciones y cantos nuevos. Compuso textos de formación y de devoción, y un largo relato de la Pasión en latín. Tenía un breviario bilingüe escrito de su mano y que ella misma había adornado con ricas miniaturas; lo usaba ella y lo prestaba fácilmente a las demás, de suerte que parecía el breviario de la comunidad.

Pero llegó el momento en que la abadesa del monasterio del Corpus Domini de Bolonia podía decir con san Pablo: «He combatido bien mi combate, he corrido hasta la meta, he mantenido la fe. Ahora me aguarda la corona merecida con la que el Señor me premiará; y no sólo a mí, sino a todos los que tienen amor a su venida» (2 Tim 4,7-8). El 25 de febrero de 1463, Catalina reunió por última vez a sus hermanas y les habló largo tiempo, anunciándoles su próxima muerte, recordándoles las virtudes cuya práctica tanto les había inculcado y exhortándolas a mantener entre ellas la unión, la paz y la caridad. Pocos días después, sufrió violentos dolores, que ya no la dejaron. Aún dirigió a sus apenadas hijas palabras de consuelo, les prometió que nunca las abandonaría sino que acudiría siempre en su ayuda, y les recomendó especialmente el cuidado de las novicias y el respeto y obediencia a la vicaria; les encomendó también el cuidado de la madre de ella.

En 9 de marzo de 1463, en el monasterio del Corpus Domini de Bolonia, después de haber recibido los últimos sacramentos, Catalina entregó al confesor su tratado Le sette armi spirituali, que nadie había visto hasta entonces. Luego entró en agonía, su rostro se volvió hermoso y sereno, dirigió a sus hijas una mirada llena de paz y de amor, y expiró después de haber pronunciado tres veces el nombre de Jesús. Los franciscanos presidieron sus funerales y la santa fue enterrada en el cementerio de la comunidad. Pasado algún tiempo y en vista de los milagros y hechos prodigiosos que se producían en torno a la sepultura de la santa, con los debidos permisos desenterraron su cadáver, y lo encontraron incorrupto y difundiendo un suave perfume. Estuvo siete días expuesto a la veneración de los fieles, que acudían en masa a contemplar aquel cuerpo del que se decían cantidad de hechos maravillosos: los colores de la cara como si estuviera viva, el perfume que despedía, el saludo con una sonrisa a sus monjas mientras era trasladado, etc. El cuerpo de Catalina fue enterrado de nuevo, ahora en la iglesia del monasterio. Pero continuaron los hechos prodigiosos en torno a su tumba y se multiplicaron los visitantes y peregrinos. Una vez más desenterraron a la santa y la pusieron en una especie de urna de cristal, sentada en un trono con baldaquino, con el rostro descubierto, las manos sobre las rodillas y los pies a la vista. Así se conserva desde hace siglos, como si fuera una persona viva, en una capilla contigua a la sacristía. Se dice que cuando trasportaron el cuerpo de Catalina a su ubicación final, al pasar por el altar mayor, se incorporó y se inclinó profundamente como para adorar al Santísimo.

Ya en vida a Catalina la llamaban santa y este apelativo se difundió cada vez más a partir de su muerte, tanto entre quienes la conocieron como entre aquellos que nunca la vieron pero oyeron hablar de los prodigios que la acompañaron mientras vivió y después de muerta. La canonizó solemnemente el papa Clemente XI el 22 de mayo de 1712.

(fuente: franciscanos.org)

otros santos 09 de mayo:

- Beata Teresa de Jesús

jueves, 8 de mayo de 2014

08 de mayo: Beata Ulrica Nisch

Francesca nació en Oberdorf Nish - Mittelbiberach (diócesis de Rottenburg- Stuttgart) 18 de septiembre 1882 en Alemania y fue la primera de los once hijos de una familia muy pobre.

Después de terminar la escuela, Ulrica tenía que ayudar a mantener a la familia por lo que se dedicaba al servicio en otras familias.

En 1903 se vio afectada por una forma grave de erisipela por lo que fue llevada a un hospital de Rorschach. En dicho nosocomio, la niña conoció a las Hermanas de la Caridad de la Santa Cruz de Brunnen y allí se produjo el descubrimiento de una vocación religiosa. Se hizo religiosa, cambió el nombre de Francesca Ulrica y 24 de abril 1907 hizo su profesión religiosa.

Ya siendo religiosa fue enviada a la oficina de la cocina del hospital en Buhl Mittelbaden, luego como segundo cocinero en la casa de San Vicente de Baden -Baden, donde permaneció durante cuatro años hasta agosto de 1912. El trabajo pesado y una vida de renuncia menguaron las fuerzas de Ulrica, hasta que se vio afectada por la tuberculosis en mayo 1912; fue admitida en el hospital de Santa Isabel, donde a la edad de 31 años, murió el 8 de mayo de 1913. Fue beatificada por el Papa Juan Pablo II en 1987.

traducido por mallinista 
(fuente: www.santiebeati.it)

otros santos 08 de mayo:

- San Bonifacio IV, Papa
- Beata María Catalina de San Agustín

miércoles, 7 de mayo de 2014

07 de mayo: Beato Eduardo José Rosaz (Félix Eduardo José)

Obispo de la Tercera Orden, Fundador de las Hermanas Franciscanas Misioneras de Susa. (1830‑1903). Beatificado por Juan Pablo II en su visita pastoral a Susa el 14 de julio de 1991. (Su fiesta es el 4 de mayo).

Eduardo José Rosaz nació en Susa (Turín) el 15 de febrero de 1830, hijo de Romualdo y Josefa Dupraz. A los 16 años quedó huérfano y con dos hermanas menores a su cargo, pues los hermanos mayores vivían lejos. Su salud adolecía de una debilidad general, por lo cual debía seguir periódicamente tratamientos que le proporcionaba su hermano médico. Como parte de sus tratamientos debía viajar a pie con frecuencia. Entabló amistad con el obispo Antonio Odone, quien lo acogió en el Seminario local y luego lo trasladó por motivos de salud al de Nizza Marittima. Ordenado sacerdote el 10 de junio de 1854. Cuando buscaba la forma de llegar a una entrega total en el servicio de su ministerio, comprendió que podía combinar la misión del presbítero con una espiritualidad fuerte, para lo cual, a raíz de la lectura de una biografía de San Francisco de Asís, optó por hacerse Terciario franciscano, junto con otros amigos. “De esta manera encontró un método y una escuela. Sería sacerdote secular pero a la manera de Francisco”. Cultivó numerosas amistades, que eran su apoyo, consejo y ayuda.Su vida espiritual pudo enriquecerse merced a la amistad que cultivó con otros santos sacerdotes como San Juan Bosco, San José Cafasso, San Juan María Vianney.

En 1854 regresó definitivamente a Susa; y fue nombrado canónigo de la catedral de Susa, donde ejerce como confesor y catequista, celebra la misa temprano para la gente que debe ir al trabajo. En 1856 acoge las primeras muchachas desamparadas y da inicio al Retiro, casa de acogida para muchachas abandonadas. Establece el mes de María, como ocasión para una catequesis de adultos de todo un mes. Inicia igualmente el intercambio de servicios entre los sacerdotes de la región. Con frecuencia emprende peregrinaciones a pie a santuarios significativos. Ejerce la capellanía da las cárceles, rector del “Colegio civico” y del Seminario Diocesano en 1874. Todo cuanto recibe por herencia o por otros títulos, lo invierte en sus obras apostólicas. Su apostolado y toda su vida llevan la marca de la caridad, la pobreza, la hospitalidad y la prudencia. Renunciando a su origen burgués y acomodado, vive en pobreza y no pocas veces debe “recurrir a la mesa del Señor” para sostener sus obras, e inclusive para su propio sustento.

El 8 de diciembre de 1874 tres de las muchachas de su Retiro toman el hábito de la Tercera Orden Franciscana, y así comienza la Congregación de las Hermanas Franciscanas Misioneras de Susa. Elegido obispo de Susa el 26 de diciembre de 1877 recibe la ordenación episcopal el 24 de febrero de 1878. El 8 de octubre de 1882, las Hermanas toman posesión de la Casa Madre, lo cual festeja con un almuerzo para 247 pobres. (La Congregación fue aprobada por la Santa Sede el 24 de julio de 1942). Funda el semanario “Il Rocciamelone”, el 1 de abril de 1897, que actualmente sale con el nombre de “La Valsusa”. El 15 de junio de 1899 bendice solemnemente la estatua de la Virgen para colocar en la cima del Rocciamelone (3.600 mts. de altura). Se distinguió por su abnegación, celo, mansedumbre y humildad. Murió el 3 de mayo de 1903.

(fuente: franciscanos.net)

otros santos 07 de mayo:

- Santa Flavia Domitila
- Beata María de San José
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