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sábado, 7 de junio de 2014

07 de junio: San Roberto de Newminster

Abad cisterciense

Martirologio Romano: En Newminster, en el territorio de Northumberland, Inglaterra, san Roberto, abad de la Orden Cisterciense, el cual, amante de la pobreza y de la vida de oración, junto con doce monjes instauró este cenobio, que a su vez fue origen de otras tres comunidades de monjes. († 1157)

Nació en el distrito de Craven (Yorkshire), probablemente en el pueblo de Gargrave; murió el 7 de junio de 1159.

Estudió en la Universidad de París, donde se dice que compuso un comentario a los Salmos; se hizo cura de Gargrave y luego benedictino en Whitby, desde donde se unió, con el permiso del abad, a los fundadores del monasterio cisterciense de Fountains.

Alrededor de 1138, encabezó la primer colonia mandada desde Fountains y estableció la abadía de Newminster, cerca del castillo de Ralph de Merlay, en Morpeth (Northumberland). En el tiempo que fue abad, se mandaron tres colonias de monjes y se fundaron monasterios: Pipewell (1143), Roche (1147) y Sawley (1148).

La vida de Capgrave nos dice que sus propios monjes lo acusaron de mala conducta y que viajó al extranjero (1147-48) para defenderse ante san Bernardo; mas se duda de la veracidad de esta historia, que pudo haber surgido de un deseo de asociar personalmente al santo inglés con el máximo de los cistercienses.

Su tumba en la iglesia de Newminster se convirtió en objeto de peregrinaje.

Fuente: «Vidas de los santos», Alban Butler

Gargrave, localidad del distrito de Craven, en Yorkshire, fue el lugar de nacimiento de san Roberto. Tras de haber recibido las órdenes sacerdotales, fue rector en Gargrave durante un tiempo y después tomó el hábito de los benedictinos en Whitby. Algo más tarde, obtuvo el permiso de su abad para unirse a otros monjes de la abadía de Saint Mary, en York, quienes se habían agrupado, autorizados por el arzobispo Thurston, y en los terrenos que le habían sido cedidos, con el propósito de dar nueva vida a la estricta regla benedictina. Ahí, en la mitad del invierno, en condiciones de extrema pobreza, sobre el desnudo suelo del valle de Skeldale, fundaron los monjes un monasterio que, más tarde, llegaría a ser famoso como Fountains Abbey (Abadía de las Fuentes), nombre que se le dio en relación con unos manantiales que había en las proximidades. Por su expreso deseo, los monjes estaban afiliados a la reforma del Cister, y Fountains se convirtió, con el tiempo, en una de las casas más fervientes de la orden. El espíritu de la santa alegría imperaba sobre una vida de ejercicios de devoción, alternados con los duros trabajos manuales. En un sitio prominente entre los monjes se hallaba san Roberto, en razón de su santidad, su austeridad y la dulzura inmutable de su carácter. «En sus modales era extremadamente modesto -dice la Crónica de Fountains-, lleno de gentileza cuando estaba en compañía, misericordioso en los juicios y ejemplar en la santidad y sabiduría de sus conversaciones».

Ralph de Merly, el señor de la región de Morpeth, visitó la abadía en 1138, cinco años después de su fundación, y quedó tan hondamente impresionado por la virtud de los hermanos, que decidió construir un monasterio para el Cister en sus propiedades. Para habitar en la nueva casa, conocida con el nombre de abadía de Newminster, lord Morpeth sacó de Fountains a doce monjes y, para gobernarlos, se nombró abad a san Roberto. El santo conservó el puesto hasta su muerte. A fuerza de trabajo constante, logró que la abadía floreciese de manera tan extraordinaria, que, para 1143, pudo fundar una segunda casa en Pipewell, en Northamptonshire y, más tarde, otras dos en Sawley y en Roche.

Como hombre entregado a la meditación y a la plegaria que era, escribió un comentario sobre los Salmos que, desgraciadamente, no ha sobrevivido. Se le habían otorgado dones sobrenaturales y tenía poder sobre los malos espíritus. Hay una anécdota que ilustra el espíritu de mortificación de que estaba dotado. Se sometía a ayunos tan rigurosos durante la Cuaresma, que, en una ocasión, al llegar la Pascua, ya había perdido enteramente el apetito. «¡Ay, padre mío! ¿Por qué no queréis comer?», le preguntó entristecido el hermano encargado del refectorio. «Creo que me comería un panecillo de avena con mantequilla», repuso el abad. En cuanto le trajeron lo que había pedido, no se atrevió a locarlo, por considerar que, si lo hacía, era como ceder a la gula y, a fin de cuentas, ordenó que se diera el panecillo a los pobres. En la puerta del convento recibió el pan un joven y hermoso peregrino, quien inmediatamente desapareció, con todo y el plato. Cuando el hermano tornero trataba de dar explicaciones plausibles sobre la desaparición del recipiente, el mismo plato quedó de pronto sobre la mesa, frente al abad. Todo el mundo afirmó que el hermoso peregrino que se comió el panecillo era un ángel.

Afirman las crónicas que, en su juventud, san Roberto estudió en París, y registran un segundo viaje suyo al continente, cuando fue blanco de algunas críticas por parte de sus monjes, en relación con ciertos informes falsos sobre mala administración de su abadía, y decidió ir a visitar a san Bernardo para ponerle en claro las cosas. Pero éste, que evidentemente conocía a fondo a san Roberto, resolvió que no había necesidad de desmentir las necias acusaciones ni de defenderse contra los cargos. La mencionada visita debe haber tenido lugar en 1147 o 1148, puesto que por entonces y antes de regresar a Inglaterra, se entrevistó san Roberto con el Papa Eugenio III. El abad de Newminster visitaba a menudo al ermitaño san Godrico, por quien sentía particular afecto. La noche en que san Roberto murió, san Godrico vio ascender su alma al cielo como una bola de fuego. La fecha era el 7 de junio de 1159. La fiesta de san Roberto se conmemora en la diócesis de Hexham.

(fuente: es.catholic.net)

otros santos 07 de junio:

- San Antonio Maria Gianelli

viernes, 6 de junio de 2014

06 de junio: Santa Paulina de Roma y familia

Mártires

Martirologio Romano: En Roma, en la vía Aurelia, a dos miliarios de la ciudad, santos Artemio y Paulina, mártires. († 302) La existencia de la mártir santa Paulina está fuera de toda duda, ya que es mencionada en muchas hagiografiche antiguas, junto con Artemio y Cándida.

Se conmemora el 6 de junio en el Martirologio Romano, basándose en la "Pasión de Pedro y Marcelino" que cuenta que: Artemio era el guardián de prisión romana en donde estaban prisioneros dos cristianos y futuros mártires llamados Pedro y Marcelino. Artemio tenía una hija llamada Paulina que estaba poseida por el demonio.

Pedro le prometió la liberación de su hija si se convertían al cristianismo, Artemio se negó ya que pensaba que el santo mártir estaba loco. Pero después de presenciar un milagro se convirtió junto con su esposa Cándida y su hija Paulina que fue sanada.

Denunciado como cristiano ante el juez Sereno, Artemio fue sentenciado a morir, junto con su familia, en la Vía Aurelia. Las dos mujeres, Cándida y Paolina, fueron lanzadas a una fosa y luego enterradas bajo una masa de piedras, mientras Artemio fue ejecutado con una espada.

Luego se señala que Artemio y Paulina fueron enterrados en la Basílica de San Pancracio en la Vía Aurelia y Cándida fue enterrada en una iglesia de la via Portuense.

escrito por Antonio Borrelli y traducido por Xavier Villalta 
(fuentes: santiebeati.it; catholic.net)

otros santos 06 de junio:

- San Norberto
- San Marcelino Champagnat

jueves, 5 de junio de 2014

05 de junio: Beata Margarita María Szewczyk

Fundadora de la congregación de las Hijas de la Bienaventurada Virgen María de los Dolores

Martirologio Romano: En Nieszawa, Polonia, Beata Margarita Lucía Szewczyk, fundadora de la Congregación de las Hija de la Bienaventurada Virgen María de los Dolores († 1905)

Fecha de beatificación: 9 de Junio de 2013, durante el pontificado de S.S. Francisco.

Lucía Szewczyk nació en 1828 en una familia polaca en Wolyn (hoy Ucrania). En su primera infancia perdió a sus padres y fue criada por su hermanastra mayor. Siempre sintiendo la llamada a la vida religiosa, a la edad de 20 años, entró en la Orden Terciaria de San Francisco de Asís. Debido a la situación política de la Polonia ocupada, ella no pudo unirse formalmente a ninguna congregación religiosa.

Para fortalecer su fe y amor a Dios, en 1870 Lucía emprendió una peregrinación a Tierra Santa. Ella se conmovió profundamente por esta experiencia y decidió dedicar su vida a ayudar a los pobres, los ancianos y los enfermos. Ella declaró su deseo a su confesor, el padre Honorato Kozminski, que aprobó su decisión y la animó a comenzar su trabajo. El primer paso que hizo fue invitar a dos ancianas pobres y enfermas a vivir en su apartamento. Ella cuidaba de ellas en secreto, porque cualquier actividad de caridad o de la iglesia estaban estrictamente prohibido por los decretos del emperador de Rusia, que en ese momento gobernaba Polonia.

No pasó mucho tiempo antes de que algunas mujeres más jóvenes fueran a vivir con ella y se unieran a su obra. Al igual que Lucía, querían dedicar su vida a servir a Dios ayudando a los pobres. Más tarde, para dar cabida al mayor número de necesitados y poderles servir mejor, Lucía decidió comprar una casa con un jardín. Como resultado, en 1881, siguiendo el consejo del Padre Honorato, Lucía formalmente fundó una nueva Orden Religiosa, cuyo objetivo era ayudar a los necesitados, los pobres, los enfermos y la mayoría de la sociedad. Se convirtió en la cabeza de la Congregación y tomó el nombre de Madre Margarita.

Como monja, la Madre Margarita llevó una vida muy ascética ayunando mucho y nunca renunció a sus funciones. Dirigió la creciente Congregación por 20 años. Los últimos meses de su vida los pasó en Nieszawa. Los muchos años de servicio cobraron su parte en ella y hacia el final de su vida afrontó problemas de salud. Su vida devota llegó a su fin el 5 de junio de 1905. Con un permiso especial de las autoridades de la Iglesia, su cuerpo fue trasladado a Oswiecim y enterrado en la iglesia de su Congregación. Desde su muerte, la gente continuamente acudía a orar delante de su tumba presentando sus peticiones y pidiendo su intercesión.

La vida de la Madre Margarita Szewczyk se puede definir como una vida de amor infinito de Dios, confianza en Su providencia, y la completa dedicación al servicio de los más necesitados. Ella realmente creía en la presencia real de Cristo en la Eucaristía y reconocía la Santa Misa como el tesoro más importante de su Congregación. Para hacer que su vida y su obra visible a la Iglesia Universal como la vida de un verdadero siervo de Dios, las hermanas comenzaron el proceso de su beatificación y canonización. Ahora están recogiendo la evidencia de su heroica vida y virtudes, así como la verificación de los muchos dones y bendiciones que la gente ha recibido a través de su intercesión.

S.S. Benedicto XVI firmó el 20 de diciembre de 2012 el decreto con el cual se reconoce un milagro gracias a la intercesión de la Venerable Margarita Szewczyk, lo cual permitirá su próxima beatificación.

(fuente: catholic.net)

otros santos 05 de junio:

- San Bonifacio de Crediton

miércoles, 4 de junio de 2014

04 de junio: San Quirino de Siscia

Obispo y Mártir
(† 308-310)
Patrono de Croacia

Después de ocho años de persecución, los perseguidores empezaban a cansarse. Los tiranos eran menos exigentes, menos crueles los verdugos y menos vigilantes los carceleros. Los cristianos condenados a las minas podían reunirse después de sus trabajos para cumplir con sus deberes religiosos; surgían las antiguas iglesias a la vista misma de los poderes públicos, y en España, gobernada por el joven cesar Constantino, la paz religiosa había empezado ya. No faltan, sin embargo, todavía ilustres víctimas; y entre ellas es digno de recuerdo, por la belleza de las actas que nos recuerdan su martirio, Quirino, obispo de Siscia, en Panonia. Sabiendo que la policía le buscaba, Quirino abandonó la ciudad, pero descubierto algún tiempo después, fue llevado a presencia de un magistrado municipal que se llamaba Máximo. Procedióse al interrogatorio.

—¿Por qué huías?
—No huía; cumplía sencillamente la orden del Señor, que nos dice: «Si os persiguen en una ciudad, dirigíos a otra.»
—¿De quién es ese precepto?
—De Cristo, que es verdadero Dios.
—Por lo visto, no sabes que los edictos de los emperadores llegan a todos los puntos de la tierra, mientras que ese a quien tú llamas verdadero Dios no podrá librarte de nuestras manos, como no ha podido impedir que cayeses en ellas.
—El Dios a quien adoramos—respondió Quirino—jamás nos abandona; puede socorrernos en todo momento; cuando me cogieron tus gentes estaba conmigo, en este momento me ayuda y me conforta, y es Él quien habla por mi boca.
—Hablas demasiado, como si quisieras eludir la orden de los emperadores; lee sus divinos decretos y obedécelos.
—No puedo obedecer la orden de los emperadores, porque es sacrílega; no puedo inmolar a vuestros dioses, porque no existen. El Dios a quien yo sirvo está en el Cielo, en la tierra y en el mar; está en todo y sobre todo; lo contiene todo, porque todo ha sido hecho por Él y todo está en Él.
—Has vivido demasiado y aprendido muchos cuentos. Aquí tienes el incienso; si te niegas a hacer un acto de piedad, serás atormentado y sufrirás una muerte atroz.
—Los tormentos serán para mí una gloria; y en cuanto a la muerte, si es que soy digno de ella, será el principio de una vida inmortal. Quiero ser piadoso con Dios, pero no con los dioses. No creo en dioses, que no existen, ni quiero quemar incienso en el altar de los demonios. Mi Dios tiene su altar, en el cual se consuma un sacrificio de agradable olor.
—Estoy viendo que con esa locura vas derecho a la muerte. Sacrifica.
—No sacrifico a los demonios; está escrito que el que sacrifica a los dioses perecerá.

Máximo hizo que azotasen al mártir, y después le dijo:

—Reconoce que los dioses del Imperio son poderosos. Si obedeces, serás nombrado sacerdote de Júpiter; si no, te enviaremos al prefecto Amancio, y entonces nadie te librará de la pena capital.
—Yo ejerzo un sacerdocio; soy sacerdote si me ofrezco en sacrificio al verdadero Dios. Habéis maltratado mi cuerpo, pero no creáis que sufro; me alegro de ello. Estoy pronto a tolerar suplicios mayores, para que aquellos cuyo cuidado he tenido en este mundo me sigan a la vida eterna, a la cual lleva este camino tan sencillo.
—Que sea encadenado y llevado al calabozo—dijo el magistrado.
—No temo la cárcel ni los hierros—replicó Quirino—. La luz de mi Dios me acompañará en la oscuridad.

En la cárcel, el obispo convirtió al carcelero Marello y le signó en el nombre de nuestro Señor Jesucristo. A los tres días le sacaron para llevarle a la presencia del prefecto de Panonnia. Iba encadenado; a su paso, los cristianos, y en especial las mujeres, salían a su encuentro, presentándole manjares y bebidas exquisitas, que él tomaba sonriente y agradecido. El prefecto Amando le recibió en Sabaria, una ciudad cercana al Danubio, donde un año más tarde nacería San Martín, el apóstol de las Galias, y quiso que la audiencia se celebrase en el teatro.

—Dime—preguntó—, ¿es verdad lo que me dice el magistrado Máximo?
—He confesado al verdadero Dios en Siscia—dijo Quirino—; le he servido siempre, le llevo en mi corazón y nadie podrá separarme de Él.
—Me duele—continuó Amancio—humillar a un anciano como tú con las varas; quisiera hacerte entrar en razón benignamente, a fin de que goces de paz en tus últimos años.
—No te inquietes por la edad, que una fe indomable puede hacer más fuerte que todos los suplicios. Mi resolución está tomada, obra tú como te parezca.
—No entiendo—repuso Amancio—. Tu actitud es contraria a la manera de obrar de los hombres. Son muchos los que por evitar el suplicio reniegan de su pasado; tú, en cambio, renuncias al reposo amable en que se deslizaban tus días y corres con ardor a la muerte. Es una locura, créeme; obedece a las leyes romanas y no resistas a nuestros emperadores.
—No puedo obedecer a esas leyes, porque sigo los preceptos de Cristo que yo enseñaba a los fieles; por lo demás, tus razones podrían convencer a ciertas inteligencias débiles que aspiran a prolongar una vida miserable; no a mí, que he sido instruido por Dios en la esperanza de una vida mejor, que ya no teme las acometidas de la muerte. Esa vida es la que yo amo, y a ella me dirijo tranquilamente.
—Bueno—terminó el prefecto—; he perdido bastante tiempo contigo. Quiero hacer en ti un escarmiento, a fin de que los que quieran vivir queden espantados con tu muerte.

Y mandó que le atasen al cuello una rueda de molino y que lo arrojasen al río. Lanzáronle desde un puente; pero él permaneció largo tiempo flotando sobre las aguas, hablando a la multitud y diciéndola que no se doliese por su suerte. Después clavó por última vez sus ojos en el Cielo y se hundió.

Esto era a mediados de junio del año 310, cuando los que habían desencadenado la última persecución empezaban a sentir el peso de la venganza divina. Maximino preparaba en Oriente el veneno que había de necesitar algo más tarde para escapar al suplicio. Galerio se pudría en su palacio de Sárdica con la enfermedad hedionda de los perseguidores: el fuego consumía sus entrañas, gusanos repugnantes corrían por sus carnes y un olor de cadáver salía de su cuerpo vivo. Un perseguidor del siglo II, atacado de la misma dolencia, había dicho estas palabras: «No publiquéis lo que sufro, para que no se alegren los cristianos.» Perú Galerio, cuando vio su cuerpo deformemente hinchado por la parte superior, y por la inferior convertido en un esqueleto, sintió, como en otro tiempo Antíoco, la necesidad de tratar con Dios. Fue un arrepentimiento interesado y cobarde. «Yo restableceré el templo de Dios—gritaba en el paroxismo de los dolores—; yo satisfaré por mis crímenes.» Y acabó por publicar aquel edicto de tolerancia, insolente y suplicante a la vez, en el cual, queriendo cubrir con un lenguaje hipócrita la confesión de su derrota, comenzaba insultando a los cristianos y terminaba pidiéndoles rezasen por él. Entre tanto, Maximiano Hércules erraba a través de la Galia intrigando y conspirando. Perdonado una vez por Constantino, siguió abusando de la clemencia. Fue preciso tratarle con rigor; se le permitió escoger el género de muerte, y acabó colgándose. Sus imágenes fueron destruidas en todo el Imperio. Y con ellas cayeron también las de Diocleciano. Al saberlo, el pobre solitario de Salona corría como loco por las galerías de su morada suntuosa, lloraba inconsolable, se arrastraba por el suelo y se negaba a tomar todo alimento. Había comenzado su agonía; pero estaba .escrito que debía vivir lo suficiente para ver destruida su obra, execrado su nombre y triunfante el cristianismo, «Al mes del edicto de Milán, dice Lactancio, moría de hambre y de tristeza.»

(fuente: www.divvol.org)

otros santos 04 de junio:

- San Francisco Caracciolo

martes, 3 de junio de 2014

03 de junio: San Carlos Luanga y compañeros mártires

Mártires de Uganda
(† 1886)

Verdes colinas, frescos valles, feraces llanuras, una vegetación opulenta de variadas hierbas y árboles gigantescos, corrientes de agua bordeadas de sotos y praderas, hacen de Uganda una de las regiones más pintorescas que se extienden en el áfrica tropical. Más acá, Zanzíbar; más allá, el lago de Nyanza; arriba, un cielo claro, que nunca se olvida de dar la lluvia en el tiempo oportuno; abajo, el banano, don de Kintou, el rey fabuloso, fundador y legislador del reino de Uganda; el banano, que sirve a los hombres de la tierra, a los baganda, para construir sus chozas, para preparar su bebida y para recoger su mejor alimento.

El sucesor de Kintou en 1885 se llamaba Muanga. Su corte estaba en Mengo. Allí vive con sus pajes y sus guerreros; allí descansa después de sus partidas de caza y sus excursiones bélicas en reinos circundantes; allí da audiencia, en un salón rodeado de patios y jardines, recostado sobre un lecho deslumbrante de sedas y tapices, y sin más vestido que un manto de algodón galonado de oro y plata.

Es un joven de veinte años, que acaba de suceder a su padre, Mutesa, el que visitó Stanley en sus exploraciones africanas. Belleza negra, instintos sanguinarios y alma salvaje. Adora a los loubaté, les sacrifica sus cautivos de guerra, y consulta a los adivinos, vestidos de pieles de mono y de gato montés. Pero tanto como a los hechiceros admira a los Padres Blancos, que unos años antes llegaron de Europa. Les consulta en los problemas difíciles, acude a su ciencia para buscar remedio contra las enfermedades, escucha con curiosidad la exposición de su doctrina y hasta dice a sus gentes que no hay mejor oración que el Padrenuestro. A favor de la benevolencia real, el cristianismo se extiende en torno suyo: muchos de sus pajes acaban de abrazar el cristianismo y son ya miles los bagandas que han abandonado el culto sangriento de los espíritus invisibles.

No tarda en surgir la reacción, representada por los adivinos y un grupo numeroso de los grandes del reino. Unos y otros tienen interés en mantener las tradiciones patrias. Conjuran; resuelven suprimir al rey y poner en su lugar a un hermano suyo. Al frente de la conspiración se pone el primer ministro, Katikiro. Pero los cristianos velan por la vida de su señor. Dos de ellos, José Makasa y Andrés Kagwa, advierten a Muanga del peligro y ponen a su disposición un cuerpo de dos mil guerreros para defenderle. Al primer rumor, Katikiro corre al palacio, cae a los pies del rey, se echa a llorar como un niño y protesta de su fidelidad. Muanga le cree, le perdona y le mantiene en su puesto; y él comprende que la ruina de los cristianos es para él cuestión de vida o muerte. Sus pérfidas insinuaciones fueron transformando poco a poco el ánimo del soberano. La benevolencia da lugar al recelo, el recelo al odio. Con motivo de una indisposición, el rey toma una píldora que le receta el misionero, y poco después se siente peor. «Los extranjeros le han querido envenenar», se dice entre los grupos de la oposición pagana, y el primer ministro consigue explotar el rumor con toda la finura de un hombre civilizado. Además, aquella religión que condenaba los sacrificios humanos; la poligamia, la injusticia y la crueldad, se iba haciendo demasiado molesta. Muanga había advertido que algunos de sus pajes se negaban a satisfacer sus instintos bestiales, y eran precisamente los cristianos.

De pronto, empezó una de aquellas horribles matanzas tan frecuentes en las tierras africanas. En ella el heroísmo de aquellos pobres negros, que a veces despreciamos, rayó a tal altura, que no tienen nada que envidiar a los generosos martirios cosechados por la religión cristiana entre los pueblos civilizados. La primera víctima fue José Makasa, el que había descubierto la conspiración de los paganos. Era uno de los primeros oficiales del palacio; durante algún tiempo, Muanga había tenido tal confianza en él, que le mandó morar al lado de su misma habitación. Ahora, en cambio, aparecía como el primero de los envenenadores, y tenía, sobre todo, el crimen de impedir que los pajes se convirtiesen para el rey en instrumentos de placer. «En adelante—dijo Muanga—no habrá ya dos reyes en mi corte.» Y añadió, dirigiéndose a Mukajanga, que era el jefe de los verdugos: «Corre al tribunal, que se encuentra a la puerta de la villa, y haz reunir la leña necesaria para quemarlo.» Mkasa caminó sonriente al suplicio, limitándose a decir mientras le ataban las manos: «Advertid a Muanga que me ha condenado injustamente, pero que le perdono, y que estoy contento porque muero por la religión.»

El 25 de mayo, al anochecer, volvía Muanga de cazar junto al lago de Nyanza, cuando se le ocurrió preguntar por uno de los muchachos que vivían en la corte, Mwafu, hijo del primer ministro.

—Lo vi en la calle principal con Sebugwawo—dijo uno de los circunstantes.
—Entiendo—murmuró Muanga—; han ido a casa de mi armero Kisulé para aprender la religión.

Y habiendo visto que los dos entraban poco después en el palacio, tuvo con ellos este interrogatorio:

—¿Eres tú, Sebugwawo, el que lleva a Mwafu a aprender la religión?
—Sí.
—¿Y tu, Mwafu, aprendes la religión?
—Sí.
—¿Y te atreves—continuó el rey, dirigiéndose a Sebugwawo—, te atreves a llevar al hijo de mi primer ministro para que le enseñen la religión?
—Te he dicho que sí.
—¿Y no sabes que he prohibido enseñar la religión? ¿No entiendes mis órdenes?

Y, sin aguardar respuesta, tomó una lanza que había a su diestra, se arrojó sobre el cristiano y le dejó sangrante y palpitante a sus pies. Así murió el segundo mártir. Dionisio Sebugwawo era un adolescente de naturaleza delicada y enfermiza, que estaba emparentado con el primer ministro y contaba apenas diecisiete años.

Unas horas después, Muanga celebra Consejo con sus dignatarios. Está nervioso y congestionado; ruge, y sus grandes ojos lanzan llamas de venganza.

—Esto no se puede consentir—dice a sus magnates—; vuestros hijos son unos traidores, se han rebelado contra mí.

Humillados y confusos, aquellos hombres abyectos, acostumbrados a la servidumbre y a la adulación, responden:

—Si eso es verdad, si nuestros hijos son malvados, mátalos; ya te daremos otros que te sirvan mejor.

Alegre al oír estas palabras, seguro de que no peligra su trono, Muanga ordena entonces una matanza general de cuantos profesan la religión de los Padres Blancos. Ante todo, necesita vengar su autoridad ultrajada, castigar a sus pajes o ponerlos en razón. Un testimonio dirá más tarde: «El rey empezó a odiar a los cristianos porque algunos de ellos se opusieron a sus vergonzosas solicitaciones.» El grupo de aquellos jóvenes generosos tenía un jefe llamado Carlos Luanga. Bello y fuerte, Luanga era el maestro de ceremonias de la corte, y a pesar de sus veinte años, la guardia real obedecía a sus órdenes. Los mismos paganos le amaban por su bondad, y los fieles encontraban en él un dechado, un sostén y un consejero. Gracias a su entereza digna y respetuosa, logró salvar muchas veces la inocencia de los pajes de las agresiones del rey. Fue, sobre todo, el ángel de un niño que se llamaba Kizito y era hijo de uno de los más nobles señores de Uganda. Nunca en el jardín real se había abierto una flor tan graciosa. Kizito contaba trece años, era de una exquisita delicadeza y de costumbres purísimas. Simple catecúmeno, nada deseaba tanto en el mundo como recibir las aguas del bautismo. «Quiero ser hijo de Dios», decía con frecuencia. La vida del palacio le tenía en una inquietud continua. Cuando le invitaban a entrar en el departamento privado del monarca, se estremecía como una hoja, e iba a echarse en brazos de su protector.

Conociendo el peligro que se cernía sobre sus cabezas, los pajes cristianos fueron a consultar sobre la conducta que debían seguir al más respetado de todos los convertidos de Uganda, el armero Matías Kisulé. «Podéis huir—les dijo el anciano—y ocultaros entre vuestras familias; pero si tenéis valor para morir por nuestra santa religión cristiana, yo os aconsejo que volváis al lado del rey.» Y todos aquellos pequeños héroes, prefiriendo el sacrificio a la fuga, se reunieron en torno a su jefe y juraron morir con él. Al llegar la noche, Luanga los reunió a todos en una de las salas del palacio, los arengó y los preparó al combate con la oración. Kizito se acercó a él y le dijo que quería recibir el bautismo antes de morir; y el mismo ruego le hicieron otros tres catecúmenos. Carlos tomó un poco de agua y la derramó sobre las cabezas de sus compañeros, pronunciando las palabras rituales: «Yo te bautizo en el nombre del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo.» Parecía una escena de las catacumbas, y, efectivamente, de allí iban a salir aquellos campeones para renovar las gestas gloriosas de los primeros héroes cristianos.

Al amanecer se corrió la noticia por la residencia real, y tras ella vino una orden inquietante: todos los pajes debían ser conducidos a presencia del rey. «Nosotros, los cristianos—dice uno de los que habían asistido a la ceremonia de aquella noche—, nos presentamos con Carlos Luanga a la cabeza. El rey estaba sentado sobre un trono, y a su lado estaba la princesa Nassiwa. Antes de sentarnos saludamos al monarca, diciéndole: « ¿Cómo estáis, señor?» Él se burlaba de nosotros, nos insultaba y decía: «Vaya con los cristianos. Mis perros valen más que vosotros.» Después de unos momentos, el rey preguntó: « ¿Han llegado todos?» «Todos», le respondieron. Entonces mandó que cerrasen todas las puertas, y añadió: «Bueno, que los que rezan vayan a aquel rincón, para que sepa a quiénes tengo que matar.» Al instante, Carlos Luanga se levantó y se dirigió al punto designado; los demás nos levantamos también y le seguimos con alegría. Nadie iba triste. Luego el rey dijo; «¿Han marchado ya todos los que rezan?» Y los que se habían quedado en su puesto, gritaron: «Aquí no reza nadie.» Desconfiando de esta respuesta, el rey dijo a uno de sus oficiales: «Mira a ver si queda alguno todavía.» El oficial descubrió entre ellos a Wasiva, y le dijo: «¿No eres tú también de los que rezan?» «Lo era—contestó él—, pero ya no lo soy.» «Ese engañador miente—gritó el rey desde su silla—. Matadlo; que no llegue vivo a la noche.» Inmediatamente el verdugo se arrojó sobre él y lo llevó. Nosotros nos reímos en nuestro rincón y decíamos: « ¡Desgraciado! ¿Qué cosa le habrá movido a renunciar a la fe?» Después el rey pronunció la sentencia y dijo: «Que todos los que rezan, que todos los que han abrazado la religión, sean atados y quemados.» Los verdugos nos ataron a todos. Serían las once de la mañana.»

Poco después se desarrollaba en el palacio real otra escena no menos admirable. Llamado por el rey, entró en su cámara uno de sus capitanes, Santiago Buzabaliawo, cristiano fervoroso, que en el entusiasmo de su celo propagandista había hecho esfuerzos para convertir a su señor. ¿Eres tú—le dijo Muanga—el jefe de los cristianos? «Soy cristiano—respondió él con dignidad—; pero ese título de jefe no me corresponde a mí.» «Este joven—replicó el rey—quiere hacerse el valiente; al verle, creeríamos que es el mismo Kintou.» «Muchas gracias por el honor que me haces.» «Este es el que se esforzaba por hacerme abrazar su religión.... Verdugos: llevadle de aquí y matadle.» «Adiós —dijo el soldado sin inmutarse—. Me voy al paraíso para rezar a Dios por ti.» Una carcajada inmensa acogió las últimas palabras: «Se ve—dijo el rey—que estos pobres cristianos han perdido la razón.»

Entre tanto, los valientes pajes eran conducidos desde la residencia del rey a la capital del reino, y de aquí a Namugongo. Llegaron al ponerse el sol, precedidos siempre por el prefecto de los suplicios, Mukajanga, que caminaba al son de los tambores, «íbamos uno tras otro—dice uno de los presos que luego salió con vida—. En el camino apalearon y alancearon a uno de nuestros compañeros. Atanasio Badzekuketta, cuyo cadáver abandonaron a las aves. Nosotros nos decíamos unos a otros: Nuestro amigo ha sido un héroe; no ha temido morir por la causa de Dios. Seamos nosotros fuertes como él. Después empezamos a hablar de Dios, manifestando nuestros sentimientos con estas palabras: Hacer la ofrenda de nuestra persona por cumplir una bella acción, y retirarla luego es cosa de cobardes. Para nosotros ha llegado el momento de cumplir lo que habíamos prometido; muramos por Dios.»

Antes de entrar en la cárcel se les juntaron otros dos condenados, el capitán Buzabaliawo y el soldado Bruno Serunkuma. Este último, fuerte muchacho de veinticinco años, había pasado durante el viaje por una granja de su hermano. Devorado por la sed y el calor, no pudo contenerse y gritó en dirección a la cabaña: « ¡Bosa, Bosa, tráeme un poco de vino de banano!» Y al verle venir, añadía: «Ya ves, nos llevan a la muerte; pero vamos al Cielo a coger puesto para vosotros. Una fuente que tiene muchos manantiales no puede agotarse; cuando nosotros hayamos desaparecido, otros rezarán en lugar nuestro.» Bosa, entre tanto, le alargaba el vaso, diciendo: «Toma el vino que pediste.» Entonces Bruno miró fijamente a su hermano, y volviéndose luego hacia el verdugo, le dijo: «Vamos.» Había recordado que Cristo no quiso beber en la cruz, y súbitamente le vino el deseo de imitarle. Y pasó adelante sin beber.

Durante una semana los héroes permanecieron en la cárcel, rezando desde la mañana hasta la noche y dirigiéndose unos a otros palabras de aliento: «Estemos firmes—se decían—; muramos por Jesucristo. Nuestro dolor será momentáneo. No moriremos dos veces.» Llegó, finalmente, el día 2 de junio. Por la tarde los verdugos se reunieron al son de los tambores y al canto de la melodía, que es el distintivo de su respectiva circunscripción. «Cuando vimos que se reunían—dice Dionisio Kamyuka—comprendimos que se acercaba nuestra última hora. No obstante, dormimos muy bien aquella noche. Y si alguno se despertaba, miraba al vecino y le decía: ¿Duermes? Ya sabes; el combate será mañana. Seamos fuertes. Y rezábamos el Padrenuestro y saludábamos a la Virgen.» Al amanecer del día siguiente se presentaron los verdugos, teñidos de arcilla roja y de carbón. Para inspirar más miedo, llevaban en la cabeza y en todo el cuerpo toda suerte de objetos extraños, como collares de azabache, pieles de pequeños animales, plumas de pájaros y amuletos. Los presos caminaban al lugar del suplicio con las manos sujetas a la espalda. Eran dieciséis. Sus conductores danzaban en torno de una manera vertiginosa, tocando panderetas y cantando canciones sanguinarias. Era un rito macabro. El estribillo decía: «Hoy, día de llanto para las madres que han parido a sus hijos.» No pudiendo abrazarse, los presos se miraban, sonreían y se dirigían las dulces palabras que les dictaba la comunidad en la fe y en el sacrificio. La hoguera estaba preparada en el fondo de un valle. Al llegar a ella, el prefecto de los verdugos se acercó a los reos y empezó a golpearles dulcemente la cabeza con un bastón. Este rito tenía por objeto impedir que las sombras de los ajusticiados molestasen al espíritu del rey. De los dieciséis, sólo trece fueron golpeados. Esto quería decir que a tres de ellos se les conservaba la vida. Así lo comprendieron, por lo cual se echaron a llorar, diciendo casi desesperados: « ¿Por qué no nos matáis? También nosotros somos cristianos. Ni hemos renunciado a nuestra religión, ni renunciaremos jamás.» Sordo a sus gritos, el verdugo dio las órdenes para proceder al suplicio de los demás. Entre los perdonados figuraba Dionisio Kamyuka, por quien conocemos muchos de los detalles de aquel drama sublime.

Cuando se encendía la leña, dijo el verdugo a los mártires: «Declarad simplemente que no volveréis a rezar y Muanga os perdonará.» « ¡Oh, no—respondieron ellos—, rezaremos mientras vivamos!» Y continuó el siniestro preparativo. Carlos Luanga fue quemado aparte, a fuego lento. Cuando le llevaban, se despidió de los demás con estas palabras: «Amigos, hasta más ver; nos encontraremos en el Cielo.» Empezaron a aplicarle el fuego en los pies, y poco a poco pasaban a las demás partes del cuerpo. Al mismo tiempo el verdugo le decía: «¡Que tu Dios venga a sacarte de las brasas!» « ¡Pobre insensato—respondía él—; no sabes lo que dices! Ahora no haces más que echar agua sobre mis miembros; cuida de que el Dios a quien insultas no te sumerja un día en el verdadero fuego.» Y añadía con un valor heroico: «Suéltame las manos para que yo mismo pueda atizar la llama.» Entre tanto, sus compañeros cantaban en medio de las llamas. «El fuego—decía Dionisio—se levantó como un torbellino, como cuando se quema una casa. Y cuando empezaron a alzarse las llamas yo oía salir de en medio de ellas el murmullo de las oraciones de los cristianos, que morían invocando a Dios.» El pequeño Kizito, el más joven de aquellos adolescentes, fue uno de los más valerosos. Cuando le arrojaron a la hoguera, seguía sonriendo y hablando a los ejecutores con la gracia de un apóstol y la altivez de un héroe. A sus palabras respondía el que le llevaba al suplicio: «Tú me llamas demonio; tu me dices que el fuego con que fumo el tabaco me abrasará. Ahora es a mí a quien toca quemarte a ti.» El pequeño atleta seguía sonriendo y provocando a sus asesinos.

Quedaba una víctima todavía: era el propio hijo de Mukajanga, el jefe de los verdugos. Se llamaba Mubaga Tuzindé, uno de los que habían recibido el bautismo la noche antes de la prisión. Desde aquel día se habían puesto en juego todos los medios para hacerle apostatar. Pero él respondía siempre: «No es posible; yo soy cristiano y permaneceré cristiano.» Y sus compañeros rezaban por él, para que no les abandonase en la última hora. El padre había esperado que la vista de los preparativos del suplicio quebrantaría su valor. Pero el muchacho permanecía firme. Él mismo se echó a las llamas, y cuando quedó rodeado de ellas: «Ueraba—dijo—; adiós, padre.» «Hijo mío—suplicó entonces el feroz verdugo—, ven, yo te ocultaré en mi choza; nadie pasa por allí y no te encontrarán.» «Padre—contestó él—, yo no quiero esconderme; yo quiero ser fiel a la oración. Por otra parte, tú eres esclavo del rey; si me escondes te matarán a ti; pero, padre mío, tengo miedo al fuego; mátame antes que se encienda más». Mukajanga hizo señas a uno de sus subalternos y volvió la vista. El ayudante levantó al niño y le rompió la nuca con un mazo. Entre los siniestros chisporroteos se oían aún las plegarias de los demás. ¡Ni un grito, ni una lágrima, ni un gemido! Tal fue la muerte de aquellos negros admirables. De repente, el salvaje se levantaba a la más alta gloria del hombre civilizado. No es menos noble la actitud de estos jóvenes africanos que la de los mártires civilizados del Imperio romano. Pertenecen a la misma familia de los mártires de Cristo, y en el Cielo llevan la misma corona. En pocos años el catecismo había despertado entre la barbarie el anhelo de todas las grandezas.

(fuente: www.divvol.org)

otros santos 03 de junio:

- San Isaac de Córdova
- Beato Juan XXIII

lunes, 2 de junio de 2014

02 de junio: Santos Potino, Blandina y 46 compañeros mártires

(† 177)
Los Mártires de Lyon

Tenemos esa carta admirable «de los hermanos que — habitan en Viena y en Lyón a los hermanos de Asia y de Frigia». Ella nos cuenta las primeras victorias de los discípulos de Cristo en la Galia. Fue en Lyón, metrópoli administrativa y política, centro de una gran confederación de pueblos, a los cuales el genio de Roma daba, si no la realidad, al menos la ilusión de la autonomía. Allí, en torno del altar de Augusto, a la orilla del Ródano, se reunían los sesenta y cuatro delegados de las provincias, planeaban y discutían siempre cosas sin importancia; elegían al sumo sacerdote que había de sacrificar al César por un año, e inauguraban en el anfiteatro las fiestas populares, a la vez literarias y sangrientas, concursos de poesía y de elocuencia, luchas de fieras y de gladiadores, que atraían miles de curiosos desde las orillas del Ebro hasta las del Sena. Esto, siempre el primero de agosto, aniversario de la consagración del altar.

No faltaban tampoco entre aquella concurrencia cosmopolita mercaderes orientales atraídos por la nombradía de los comercios lioneses, sirios que pregonaban sus sedas y tapices, asiáticos de Éfeso y Cilicia, traficantes en joyas, egipcios vendedores de ciencia y de papiro. Con sus mercancías venían los cultos del Oriente, las prácticas del tauróbolo, los misterios de Isis y las teogonías persas y helénicas. El cristianismo se propagaba también, y tan rápidamente, que empezaba a despertar los recelos del patriotismo local. Cuando llegaban los juegos de agosto y Lyón se llenaba de magistrados, sacerdotes, devotos y forasteros de todas las categorías, se hacía intolerable el murmullo contra aquellos hombres misteriosos, que no querían asociarse a los regocijos considerados como gloria de la ciudad. Se les injuriaba, se les apedreaba, se les arrojaba de las termas y del foro y se les perseguía por las calles entre aullidos y desprecios. Las mismas autoridades creyeron deber suyo intervenir para dar la razón al pueblo. El legado imperial estaba ausente, pero los duunviros mandaron detener a los cristianos más conocidos y los encerraron en un calabozo.

Era una medida ilegal, pues desde el primer siglo toda jurisdicción criminal había pasado en las colonias a los oficiales del Imperio. No obstante, cuando el legado volvió a la ciudad, en vez de soltar los presos, mandó que los llevasen a su presencia. Un joven cristiano, de gran familia, llamado Vetio Epagato, que asistía al interrogatorio, viendo las torturas que se hacía sufrir a sus correligionarios, acercóse hasta el tribunal y dijo indignado: «Yo pido que se me permita defender la causa de los reos; puedo mostrar hasta la evidencia que no somos ateos ni impíos.» Levantóse un gran murmullo entre la concurrencia a causa del prestigio que Vetio tenía entre sus conciudadanos. Sin embargo, el juez, lejos de acceder a su petición, preguntóle si también él era cristiano. «Lo soy», dijo Vetio con voz decidida, y el legado mandó agregarle al número de los acusados, diciendo irónicamente: «¡Vaya un abogado que tienen los cristianos!»

Aquella primera audiencia tuvo un resultado desastroso, pues terminó con la apostasía de diez cristianos. El juez pudo enviar a los otros al suplicio, pero tal vez no recordaba el rescripto de Trajano. Quería condenar a unos hombres perseguidos por la furia popular, pero no creyendo suficientes los motivos religiosos, quiso averiguar su culpabilidad en los delitos comunes. Los esclavos de los reos fueron arrastrados hasta el tribunal, y ya los verdugos se disponían a darles tormento, cuando se manifestaron prontos a declarar cuanto se les dijese. Y delataron todos los crímenes que la imaginación popular achacaba a sus amos: «los banquetes de Trieste, los incestos de Edipo y otras enormidades que no podemos decir ni pensar y que no creemos hayan sido jamás cometidas por los hombres». Era preciso arrancar a los presos las mismas declaraciones, y se les extendió en el potro. Dos de ellos sobre todo, y la joven esclava Blandina dieron muestra de una constancia admirable. «Por medio de esta mujer—decían los cristianos de la Galia a los de Frigia—, Cristo ha mostrado al mundo que lo que es vil, infame y digno de desprecio ante los hombres, es noble y grande a los ajos de Dios, que mira el amor fuerte y verdadero, y no las vanas apariencias.» Desde la salida del sol hasta el atardecer estuvo sufriendo los garfios y las ruedas. Los verdugos se relevaban fatigados y admirados de que aquel cuerpo pequeño y débil pudiese soportar tantos suplicios, cuando uno solo hubiera debido acabar con él. «Esta esclava—dice Renán—mostraba al mundo que se había realizado una revolución. La verdadera emancipación del esclavo, la emancipación del heroísmo, fue en gran parte obra suya.» De cuando en cuando, el juez le preguntaba en medio del tormento: «¿Qué dices?» Y ella daba siempre, la misma respuesta: «Soy cristiana y no se hace ningún mal entre nosotros.»

Como la tortura había resultado ineficaz, se acudió a los rigores del encierro: estrechos calabozos, sin aire y sin luz, cepos en los pies, utilizados hasta el quinto agujero; el tormento del hambre y de la sed; la brutalidad de los carceleros, bien aleccionados para producir toda clase de molestias. Los ancianos y los débiles sucumbieron, y entre ellos el obispo Potino, viejo venerable de noventa años, que había manifestado en el interrogatorio toda la grandeza del alma cristiana y sacerdotal. «¿Quién es el Dios de los cristianos?», le preguntó el legado, y él contestó: «Si eres digno, le conocerás.» Al volver a la prisión, la multitud le empujaba y acoceaba, y los que estaban lejos de él arrojaban piedras e inmundicias sobre su cabeza de nieve.

Vino al fin la sentencia, condenando a los supervivientes a diversos suplicios. Cuatro de ellos, Maturo, Santo, Atalo y Blandina, fueron destinados a las fieras. Hubo una gran fiesta en el anfiteatro. Blandina apareció atada a un poste en medio de la arena. Maturo y Santo fueron paseados delante de la multitud por sendos verdugos, armados de látigos; después se les sentó en una silla metálica incandescente, y, finalmente, se les degolló. Entre tanto, las fieras se acercaban a la esclava sin hacerle daño alguno. Irritado de ello, el público empezó a gritar: «¡Atalo, Atalo!» Y Atalo apareció, llevando a la espalda un cartelón que decía: «Soy cristiano.» No obstante, el suplicio fue suspendido súbitamente, con gran decepción de la concurrencia, ávida de sangre. El legado acababa de saber que el mártir era ciudadano romano; tuvo escrúpulos y creyó prudente consultar el parecer de Marco Aurelio, el emperador filósofo.

Un gran número de presos había muerto ya, dos habían sido decapitados, los demás quedaron en la prisión. En la prisión permanecían también los apostatas, tan maltratados como los que habían confesado la fe. El juez debiera haberlos absuelto, conforme a la legislación vigente con respecto a los cristianos, pero ya vimos al principio que no era el aspecto religioso del asunto el que le preocupaba. Y allí continuaban los miserables, humillados, abandonados, ante la alegría de aquellos confesores, «que llevaban las cadenas como una desposada lleva las franjas de oro de sus vestidos nupciales», contemplando con desesperación la actividad serena de los héroes, que en el fondo de su calabozo, en medio de la enfermedad, acosados por la muerte, pensaban en los intereses de la Iglesia universal, se inquietaban por los progresos de la herejía montañista, escribían a las iglesias de Roma y Asia y al mismo tiempo se corregían mutuamente sus defectos, se consolaban con palabras de caridad y de confianza y se advertían amorosamente los excesos, en que algunos de ellos había caído por una austeridad mal entendida. Su única preocupación era la desconfianza que tenían de sus propias fuerzas; con exquisita delicadeza rehusaban el título de mártires; a nadie acusaban, «a nadie ataban», todo lo perdonaban, todo lo excusaban, rezaban por los jueces, se compadecían de los verdugos e invocaban, sobre todo, con lágrimas abundantes, la misericordia divina sobre aquellos que, llevados de la debilidad humana, habían abandonado a Jesús. Y fueron oídas sus conmovedoras plegarias: «con ayuda de los miembros vivos, los miembros muertos de la Iglesia se reanimaron poco a poco; los que habían dado el testimonio se alegraron por aquellos que antes habían rehusado la confesión, y la Iglesia, virgen y madre, concibió nuevamente en su seno a los hijos que le habían arrancado.» Casi todos aquellos renegados volvieron a la fe y se apresuraron para comparecer ante los magistrados con nuevas energías.

Entre tanto, Marco Aurelio recibía el informe del legado lionés. La respuesta podía tenerse por descontada. Ni él ni su corte filosófica miraban con simpatía la nueva religión. A Epicteto los cristianos le molestan, a Galeno le ponen de mal humor, a Elio Arístides le irritan. Más procaz, Celso, que un año después de la hecatombe de Lyón publicaba su Discurso verdadero, se frotaba las manos viendo a los fieles «acosados por todas partes, errantes, vagabundos y próximos a desaparecer». Suyas son aquellas palabras que Minucio Félix recogía en su Octavio: «¿No oís las amenazas? ¿No veis los castigos, las torturas, los fuegos que anunciáis y que teméis, las cruces levantadas no para la adoración, sino para el suplicio? ¿Dónde está ese Dios que puede resucitar a los muertos y que no puede salvar a los vivos?» Marco Aurelio no participaba de los prejuicios del pueblo, ni creía, como sus literatos, que aquellos perseguidos formaban una facción infame, turbulenta, tenebrosa, obscena, seductora de niños y mujeres y entregada a un culto ridículo y abominable. Lo único que en ellos le sorprendía era su facilidad para aceptar la muerte; pero este fenómeno extraño, que él no sabía explicar, bastaba para indisponerle contra ellos. Ni se dignó leer sus libros, ni se prestó a sus más justas reclamaciones, ni prestó el menor interés a las memorias que le presentaban los apologistas. En sus Pensamientos sólo una vez habló de ellos, y sus palabras revelan al mismo tiempo desdén, incomprensión y superficialidad. Meditando, en su campo del Danubio, sobre la muerte, deja escapar esta sentencia: «Disposición del alma preparada siempre a separarse del cuerpo, sea para extinguirse, sea para dispersarse, sea para persistir. Y esa preparación debe ser efecto de un juicio personal, no fruto de un espíritu de oposición, como sucede en los cristianos; debe ser un acto reflexivo, grave, capaz de persuadir a los otros, sin mezcla de fasto trágico.»

La solución imperial, «dura y cruel», según la expresión de Renán, recordaba los viejos rescriptos de Adriano y de Trajano: la pena de muerte para los contumaces y la absolución para los renegados. Ignorante de las novedades que había habido en la prisión, el legado se imaginó que para estos últimos el proceso iba a reducirse a una pura ceremonia: se presentarían ante él, renovarían su declaración y marcharían libres a sus casas. Para acentuar el triunfo de la política imperial, realizóse la audiencia con gran solemnidad delante de una inmensa muchedumbre. No se perdió el tiempo en largos interrogatorios. Todo el que se confesaba cristiano era condenado a la decapitación, si era ciudadano romano, y si no, a las bestias. Cuando llegó la vez a los apostatas, respondieron intrépidamente, con gran sorpresa del legado, de los asesores y de la multitud. La indignación popular se revolvía ahora contra aquellos a quienes consideraba causantes de aquella transformación. Entre ellos figuraba un médico, venido de Frigia, que se llamaba Alejandro, naturaleza generosa, alma ardiente, palabra libre y fácil, que había sostenido siempre con intrepidez la doctrina de Cristo. Con ansiedad profunda acababa de presenciar en pie, a unos pasos del tribunal, la confesión de los lapsos, reflejando su semblante los sentimientos que agitaban su corazón, delatando con gestos, con exclamaciones, con señales de aliento, la parte que le cabía de aquella lucha. El pueblo, al advertirlo, empezó a gritar furioso: «Este es el que ha hecho todo el mal.» Llevado a presencia del juez, no se le pudo arrancar más que esta respuesta: «Soy cristiano.» Atalo y él fueron condenados a las bestias.

Conducidos al anfiteatro, pasaron por toda la serie de tormentos necesarios para satisfacer la curiosidad feroz de las turbas. Alejandro parecía abismado en el pensamiento de Dios: ni exhaló un grito ni pronunció una palabra. Atalo, en cambio, hablaba con los verdugos y con el público. Cuando estaba colocado en la silla enrojecida al fuego y el tufo horrible de sus carnes asadas se extendía por el ambiente, exclamó: «He aquí lo que se puede llamar comer hombres. No, nosotros no comemos carne humana; nosotros no hacemos mal alguno.» A los que le preguntaban cómo se llamaba su Dios, respondía: «Dios no tiene un nombre como nosotros los mortales.» Más conmovedor aún fue el suplicio de la joven Blandina y de un muchacho de quince años que se llamaba Póntice. Uno y otro habían sido llevados diariamente para presenciar el martirio de sus compañeros. Luego se les presentaba ante las estatuas de los dioses y se les invitaba a jurar por ellos. El niño y la esclava se negaron siempre con una constancia admirable. Ahora el niño, sostenido por la virgen, sufrió todos los tormentos con intrepidez. «Jura», le decían, haciéndole pasar por todos los suplicios. Y él contestaba siempre: «No.» «Quedó, finalmente, sola esta bienaventurada Blandina, como una madre generosa que alienta a sus hijos al combate y los envía vencedores al palacio del rey. Siguiendo, a su vez, el camino que ellos trazaron con su sangre, se prepara, alegre, a unirse a ellos, extasiada con el pensamiento de morir, como quien se dirige a un banquete nupcial, no como quien va a combatir con las bestias. En fin, después de haber sufrido los azotes, las fieras y la parrilla ardiente, fue envuelta en una red y la arrojaron a un toro. Lanzada al aire una y otra vez, parecía no darse cuenta siquiera, anestesiada por la fuerza de su esperanza, por la alegría anticipada de los bienes eternos y por la conversación con Cristo. «Jamás entre nosotros, decían los espectadores, ha sufrido una mujer tanto y tan terribles tormentos.»

Tal es el resumen de la carta famosa, en la cual se ha podido reconocer la mano y el genio de San Ireneo. El texto original, sencillo, solemne y lleno de vida, nos conmueve profundamente. «Es uno de los documentos más extraordinarios que poseen las literaturas antiguas — vuelve a decir Renán, a quien citamos porque su testimonio tiene doble valor—. Jamás se ha trazado un cuadro más fuerte del grado de entusiasmo y de sacrificio a que puede llegar la naturaleza humana. Es el ideal del martirio, sin mancha de orgullo por parte del mártir.» Nada de aquel fasto teatral que echaba en cara a los cristianos el estoico coronado. Cada una de sus líneas nos habla de moderación y grandeza de alma, de modestia y de entusiasmo, de humildad y de altivez, de anhelo sublime y sabiduría perfecta, de solicitud por la Iglesia y compasión por los pecadores, de fe tan viva, de tan profunda convicción, que hacía olvidar la violencia del dolor y permitía al cristiano hundirse durante el suplicio en la contemplación sensible de la futura bienaventuranza. Es la cima del heroísmo que se ignora; es la belleza del alma cristiana primitiva, que se presenta ante nosotros grande y serena, como una imagen reflejada en él cristal inmaculado de una fuente.

(fuente: www.divvol.org)

otros santos 02 de junio:

- San Nicéforo 
- San Eugenio I

domingo, 1 de junio de 2014

01 de junio: San Aníbal María de Francia

Presbítero
(1851-1927)

Apóstol del "Rogate" (oración por las vocaciones).
Apostol del Reino de la Divina Voluntad.
Patrono de la Asociación Hijos de la Divina Voluntad.

Nació en Messina el 5 de julio de 1851 de la noble señora Anna Toscano y del caballero Francisco, marqués de S. Caterina dello Ionio, Vicecónsul Pontificio y Capitán Honorario de la Marina. Tercero de cuatro hijos, Aníbal quedó huérfano, tan sólo a los quince meses por la muerte prematura del padre. Esta amarga experiencia infundió en su ánimo la particular ternura y el especial amor a los huérfanos, que caracterizó su vida y su sistema educativo.

Desarrolló un gran amor hacia la Eucaristía, tanto que recibió el permiso, excepcional para aquellos tiempos, de acercarse cotidianamente a la Santa Comunión. Jovencísimo, delante del Santísimo Sacramento solemnemente expuesto, recibió lo que se puede definir «inteligencia del Rogate»: es decir, descubrió la necesidad de la oración por las vocaciones, que, más tarde, encontró expresada en el versículo del Evangelio: «La mies es mucha pero los obreros son pocos. Rogad (Rogate) pues al dueño de la mies, para que envíe obreros a su mies» (Mt 9, 38: Lc 10, 2). Estas palabras del Evangelio constituyeron la intuición fundamental a la que dedicó toda su existencia.

De ingenio alegre y de notables capacidades literarias, apenas sintió la llamada del Señor, respondió generosamente, adaptando estos talentos a su ministerio. Terminados los estudios, el 16 de marzo de 1878 fue ordenado sacerdote. Algún mes antes, un encuentro «providencial» con un mendigo casi ciego lo puso en contacto con la triste realidad social y moral del barrio periférico más pobre de Messina, las llamadas Casas de Avignone y le abrió el camino de aquel ilimitado amor hacia los pobres y los huérfanos, que llegará a ser una característica fundamental de su vida.

Con el consentimiento de su Obispo, fue a habitar en aquel «gueto» y se comprometió con todas sus fuerzas en la redención de aquellos infelices, que, se presentaban, ante su vista, según la imagen evangélica, como «ovejas sin pastor». Fue una experiencia marcada por fuertes incomprensiones, dificultades y hostilidades de todo tipo, que él superó con grande fe, viendo en los humildes y marginados al mismo Jesucristo y realizando lo que definía: «Espíritu de doble caridad: la evangelización y la ayuda a los pobres».

En 1882 dio inicio a sus orfanatos, que fueron llamados antonianos porque fueron puestos bajo la protección de San Antonio de Padua. Su preocupación no sólo fue la de dar pan y trabajo, sino y, sobre todo, la de educar de forma integral a la persona teniendo en cuenta el aspecto moral y religioso, ofreciendo a los asistidos un verdadero clima de familia, que favorece el proceso formativo para hacerles descubrir y seguir el proyecto de Dios. Hubiera querido abrazar a los huérfanos y a los pobres de todo el mundo con espíritu misionero. Pero, ¿cómo hacerlo? La palabra del Rogate le abría esta posibilidad. Por eso escribió: « ¿Qué son estos pocos huérfanos que se salvan y estos pocos pobres que se evangelizan frente a millones que se pierden y están abandonados como rebaño sin pastor?... Buscaba un camino de salida y lo encontré amplio, inmenso en aquellas adorables palabras de nuestro Señor Jesucristo: Rogate ergo... Entonces me pareció haber hallado el secreto de todas las obras buenas y de la salvación de todas las almas».”

Aníbal había intuido que el Rogate no era una simple recomendación del Señor, sino un mandado explícito y un «remedio inefable». Motivo por el cual su carisma es de valorar como principio animador de una fundación providencial en la Iglesia. Otro aspecto importante para hacer resaltar es que él precede a los tiempos en el considerar vocaciones también aquellas de los laicos comprometidos: padres, maestros y hasta buenos gobernantes.

Para realizar en la Iglesia y en el mundo sus ideales apostólicos, fundó dos nuevas familias religiosas: en 1887 la Congregación de las Hijas del Divino Celo y diez años después la Congregación de los Rogacionistas. Quiso que los miembros de los dos Institutos, aprobados canónicamente el 6 de agosto de 1926, se comprometieran a vivir el Rogate con un cuarto voto. Tanto que Di Francia escribió en una súplica del 1909 a S.S PíoX: «Me he dedicado desde mi primera juventud a aquella santa Palabra del Evangelio: Rogate ergo. En mis mismos institutos de beneficencia se eleva una oración incesante, cotidiana de los huérfanos, de los pobres, de los sacerdotes, de las sagradas vírgenes, con la que se suplican a los Corazones Santísimos de Jesús y María, al Patriarca S. José y a los Santos Apóstoles para que quieran proveer abundantemente a la Iglesia de sacerdotes elegidos y santos, de obreros evangélicos de la mística mies de las almas».

Para difundir la oración por las vocaciones promovió numerosas iniciativas, tuvo contactos epistolares y personales con los Sumos Pontífices de su tiempo; instituyó la Sagrada Alianza para el clero y la Pía Unión de la Rogación Evangélica para todos los fieles. Creó el periódico con el significativo título «Dios y el Prójimo» para implicar a los fieles a vivir los mismos ideales.

«Es toda la Iglesia—escribe él—que oficialmente tiene que rezar por este fin, ya que la misión de la oración para obtener buenos obreros es tal que ha de interesar vivamente a cada fiel, a todo cristiano, que le preocupe el bien de todas las almas, pero en particular a los obispos, los pastores del místico rebaño, a los cuales fueron confiadas las almas y que son los apóstoles vivientes de Jesucristo». La anual Jornada Mundial de Oración por las Vocaciones, instituida por Pablo VI en 1964, puede considerarse la respuesta de la Iglesia a esta intuición suya.

Grande fue el amor que tuvo por el sacerdocio, convencido que sólo mediante la obra de los sacerdotes numerosos y santos es posible salvar a la humanidad. Se comprometió fuertemente en la formación espiritual de los seminaristas, que el arzobispo de Messina confió a sus cuidados. A menudo repetía que sin una sólida formación espiritual, sin oración, «todos los esfuerzos de los obispos y de los rectores de los seminarios se reducen generalmente a una cultura artificial de sacerdotes...». Fue él mismo, el primero, en ser buen obrero del Evangelio y sacerdote según el corazón de Dios. Su caridad, definida «sin cálculos y sin límites», se manifestó con connotaciones particulares también hacia los sacerdotes en dificultad y las monjas de clausura.

Ya durante su existencia terrenal fue acompañado por una clara y genuina fama de santidad, difundida a todos los niveles, tanto que cuando el 1 de junio de 1927 falleció en Messina, confortado por la presencia de María Santísima, que tanto había amado durante su vida terrenal, la gente decía: «Vamos a ver el santo que duerme».

Los funerales fueron una verdadera y propia apoteosis, que los periódicos de la época puntualmente registraron con artículos y con fotografías. Las autoridades fueron solícitas en otorgar el permiso de enterrarlo en el Templo de la Rogación Evangélica, que él mismo había querido y que está dedicado precisamente al «divino mandato»: «Rogad al Dueño de la mies para que envíe obreros a su mies».

Las Congregaciones religiosas fundadas por el Padre Aníbal están hoy presentes en los cinco Continentes comprometidas, según los ideales del Fundador, en la difusión de la oración por las vocaciones a través de centros vocacionales y editoriales y en la actividad de los institutos educativos asistenciales a favor de niños y muchachos necesitados y de sordomudos, centros nutricionales y de salud; casas para ancianos y para madres solteras; escuelas, centros de formación profesional, etc.

La santidad y la misión de Padre Aníbal, declarado «insigne apóstol de la oración por las vocaciones», son hoy profundamente apreciadas por quienes se han compenetrado de las necesidades vocacionales de la Iglesia.

El Sumo Pontífice, Juan Pablo II, el 7 de octubre de 1990 proclamó al Di Francia Beato y al día siguiente lo definió: «Auténtico precursor y celoso maestro de la moderna pastoral vocacional». Luego, el 16 de Mayo de 2004, fue declarado Santo.

(fuentes: Folleto “Canonizzazione. Piazza San Pietro, 16 Maggio 2004” Tipografía Vaticana; www.divvol.org)

otros santos 01 de junio:

- Beato Juan Bautista Scalabrini
- San Justino
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