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domingo, 8 de junio de 2014

08 de junio: Beata María del Divino Corazón de Jesús (Droste zu Vischering)

La mujer que consiguió la consagración del mundo al Sagrado Corazón de Jesús por el papa León XIII en 1899 fue la beata María del Divino Corazón. Nacida condesa Droste zu Vischering, entró en la orden de Nuestra Señora de la Caridad del Buen Pastor, dedicada a rescatar y rehabilitar a las pobres chicas caídas en la prostitución. Cayó enferma de mielitis desde los 32 años, y estuvo clavada en el lecho desde entonces hasta su muerte cuatro años después. En esa situación, se le manifestó el Sagrado Corazón de Jesús entre 1897 y 1898 y le pidió que escribiese al Papa para solicitarle la consagración del mundo al Sagrado Corazón de Jesús, lo que asombrosamente se produjo en 1899, en los días en que fallecía sor María del Divino Corazón. Actualmente está beatificada desde 1975.

La beata María del Divino Corazón nació condesa Droste zu Vischering (1863-1899)


1. La mujer que impulsó a León XIII a consagrar el mundo al Sagrado Corazón

La beata María del Divino Corazón nació condesa Droste zu Vischering el 8 de septiembre de 1863, en el Erbrostenhof (palacio de corte) de Münster. Esta ciudad había sido hasta el siglo XIX un principado eclesiástico del Sacro Imperio, cuya administración temporal había recaído en los señores de Wulfhelm, de antigua nobleza, que ostentaban el cargo hereditario de “Droste” desde 1241 con el castillo de Vischering (cuyo nombre adoptaron más tarde) y su comarca como feudo. La familia siguió la suerte del obispado a lo largo de todas sus vicisitudes: la rebelión anabaptista de 1534, los horrores de la Guerra de los Treinta Años (1618-1648), la Paz de Westfalia (que, de acuerdo con el principio cuius regio eius et religio, garantizó que Münster sería exclusivamente católica), la secularización del Imperio (con la incorporación a la protestante Prusia) y las guerras napoleónicas. Dos de sus miembros eclesiásticos se distinguieron en la defensa de los derechos de la Iglesia: Caspar Maximilian (1770-1846), obispo de Münster, y su hermano Clemens August Droste zu Vischering, (1773-1845), arzobispo de Colonia. El primero se opuso en el Concilio “nacional” de París de 1810 al cautiverio de Pío VII, pidiendo a Napoleón su liberación; el segundo –uno de los protagonistas de los Disturbios de Colonia– protestó contra la opresión de los católicos por el gobierno prusiano, lo que le valió el arresto domiciliario en el castillo familiar de Darfeld.

También la parentela materna de María aportó personajes de gran relieve eclesiástico. El obispo-príncipe Cristoph-Bernhard von Galen (1606-1678) fue un gran campeón de la Contrarreforma, esforzándose por la aplicación de los decretos del concilio de Trento en su diócesis de Münster. El padrino de bautizo y tío abuelo de aquélla fue nada menos que monseñor Wilhelm Emmanuel von Ketteler (1811-1877), el “obispo social” de Maguncia, que descubrió su vocación por el impacto que tuvo en él la actuación anticatólica del Estado prusiano con motivo de los disturbios de Colonia e instauró el llamado “catolicismo social” en Alemania (de hecho, sus escritos sirvieron de inspiración a Albert de Mun para extenderlo a Francia). El obispo auxiliar de Münster, monseñor Maximilian Gereon von Galen (1832-1908), hermano de la madre de María, combatió la Kulturkampf de Bismarck. Primo de ésta, en fin, fue el también beato Clemens August von Galen (1878-1946), el “León de Münster” que se opuso enérgicamente al régimen nazi y a su política de eugenesia. Como se ve, la tradición familiar era de un convencido y militante catolicismo.

Al igual que muchos de sus antepasados, María era muy enérgica y voluntariosa, lo que puso de manifiesto ya desde su más temprana edad. Se la describe como una niña muy vivaz, casi impetuosa, con explosiones impulsivas que denotaban una fuerte voluntad propia. Ella misma escribirá que tuvo que aprender a dominar su carácter. En contrapartida, poseía un corazón profundamente sensible y una gran delicadeza de espíritu, que hacían de ella una persona muy generosa para con los demás. Su sentido de la responsabilidad la llevaba a ser coherente hasta el final en todo lo que emprendía. Su infancia la pasó en el castillo familiar de Darfeld en un entorno doméstico tradicional impregnado de dignidad, de sentido del deber, de afabilidad y de piedad. Los padres, Clemens von Vischering y la condesa Elena von Galen, constituían un ejemplo de matrimonio cristiano y bien avenido, alejado por igual del cinismo aristocrático y de la fría formalidad burguesa. Tuvieron diez hijos, a los que supieron dar una cabal educación religiosa sin caer en la gazmoñería ni en la superficialidad: eran gentes de una fe profunda y vivida. María era la gemela de Max, viniendo ambos después de la primogénita.

Cómo llegó a convertirse en devota del Sagrado Corazón de Jesús es algo que no lo precisa en sus memorias. En casa de sus padres no faltaban sus imágenes, por lo que debió familiarizarse desde muy pequeña. Además, en la capilla del castillo solía solemnizarse los primeros viernes de mes mediante la exposición del Santísimo Sacramento. A este respecto, escribe María en sus memorias que nunca concibió esa devoción separada del culto a la Eucaristía. Cuenta también que a los diez u once años un sacerdote le regaló una medalla del Corazón de Jesús que llevó siempre consigo y ya nunca la abandonó. Hizo la primera comunión el 24 de abril de 1875, con once años (en esta época aún se retrasaba hasta prácticamente la adolescencia la recepción de la hostia consagrada, práctica que vendría felizmente a cambiar san Pío X en 1910). Como recuerdo de ese día le regalaron un pequeño crucifijo y una imagen de la Virgen que había enviado desde su prisión en Ostrowo el obispo de Posen, monseñor Ledochowsky, víctima de la Kulturkampf, que por esos años arreciaba.

María creció en una época de fuerte contestación contra la Iglesia y el Papa en Alemania por causa de la agresiva política anticatólica del canciller Bismarck, pero en su casa la adhesión al vicario de Cristo era inquebrantable. Sus padres habían realizado en 1867 una peregrinación a Roma, siendo recibidos por el beato Pío IX (odiado por los liberales), al que testimoniaron personalmente en audiencia su fidelidad a toda prueba. Este episodio de la crónica familiar ejercería un permanente influjo en María y sus hermanos. Cuando recibió el sacramento de la confirmación, el 8 de julio de 1875, sabía ella lo que debía dar de sí todo cristiano en testimonio y defensa de su fe. Inmediatamente después de recibir la unción con el santo crisma y la palmada del obispo en su mejilla, sintió que se despertaba en ella la vocación religiosa, aunque aún tardaría en discernir el camino preciso de su entrega a Dios.

En 1879, debido a la persecución bismarckiana, fue enviada a Austria para ampliar su educación, en régimen de internado, en un convento: el de las Religiosas del Sagrado Corazón de Riedenburg, en el Tirol, cerca a Bregenz y el lago de Constanza. La vida sedentaria y apacible del pensionado no casaba con su temperamento vivo y su natural inquieto. Esto y el alejamiento de su familia (de la que hasta entonces nunca se había separado) constituyeron al principio una dura prueba para María. Pero logró superarla y concibió por sus profesoras y compañeras un gran afecto, que era correspondido. Para ella se trató de un período de grandes gracias del cielo, pero sobre todo, de afianzamiento de su vocación –al ver el ejemplo de la vida de las religiosas– y de incremento de su devoción al Corazón de Jesús (la cual había recibido un gran impulso cuando en la Pascua de 1876 había viajado a París con sus padres y orado como peregrina al pie de la capilla consagrada a Él en Montmartre y que debía dar lugar a la grandiosa iglesia del Sacré Coeur). Escribe al respecto: “En Riedenburg he aprendido a entender que el amor al Sagrado Corazón de Jesús sin espíritu de sacrificio es sólo una vana presunción”. También se acrecentó su devoción mariana, habiendo entrado a formar parte de la pía unión de las Hijas de María el 8 de diciembre de 1880.

Al acabar sus dos años y medio de pensionaria en Austria, volvió a casa de sus padres, no sin un sentimiento de pena al tener que abandonar Riedenburg que tanto le había aportado espiritualmente. En el castillo de Darfeld comenzó a llevar una vida metódica y retirada. No sólo se dedicó a completar su instrucción mediante el aprendizaje de los secretos de la economía doméstica y la administración y lo que por entonces se llamaba arts d’agrément y constituían la preparación de toda señorita de rango (el piano, el canto, los idiomas, etc.), sino también entregándose al estudio y a la adquisición de una sólida cultura. Quiso aprender latín, en el que veía la lengua de la Iglesia, para poder gustar mejor de los tesoros de la liturgia católica, especialmente el misal y el oficio divino. El capellán de Darfeld la ayudó en su empeño y María llegó a ser capaz de traducir todo el Nuevo Testamento (a excepción del Apocalipsis), en un ejercicio a la vez literario y de exégesis. Hasta ella llegaron los ecos de la actividad parlamentaria de su padre, que era diputado del recién fundado Zentrum (el partido católico) en el Reichstag desde 1879. Comprometido como se hallaba en la defensa del clero perseguido, ello no pudo por menos de encender en la joven Droste zu Vischering un vigoroso entusiasmo, que la llevó a declarar a sus padres su inclinación a la vida consagrada y su intención de entrar en religión. Fue esto el día de la Virgen de las Nieves, el 8 de agosto de 1882. Antes había hecho un retiro en Münster para mejor conocer su vocación, ayudada por el jesuita R.P. Hausherr. Como era de esperar, obtuvo el consentimiento de sus progenitores, felices de ofrecer a Dios a una de sus hijas, pero debido a su salud delicada, su padre decidió que esperase hasta cumplir los veintiún años.

En 1883 quiso entrar en el convento de las Hermanas de San José en Copenhague, ciudad que visitó y donde la superiora fijó su ingreso para el año siguiente, a fin de cumplir con la condición impuesta por su padre. Sin embargo, en el invierno de aquel año su salud se resintió hasta el punto que hubo que aplazar la fecha de la entrada. Entretanto, María hizo voto privado de virginidad el día de Navidad de 1883. Esta situación se prolongó por cinco años debido a la crudeza de los sucesivos inviernos, que la debilitaban considerablemente. Hasta que pudo hacer realidad su ideal de servir a Dios en una congregación, María debió pasar por un período de padecimientos físicos y luchas interiores. Esto, lejos de apartarla de sus propósitos de perfección, templó su espíritu. En Darfeld llevó una vida prácticamente monacal mientras esperaba el momento propicio para ir al convento. Sin embargo, no sería a Copenhague: la Providencia le tenía reservado otro destino.


2. Las apariciones que llevaron a la consagración del mundo al Corazón de Cristo

Fue el 1º de julio de 1888, víspera de la fiesta de la Visitación de la Virgen: “De repente, estando en la iglesia parroquial de Darfeld preparándome para confesarme mientras esperaba mi turno, me vino como un relámpago este pensamiento: Debes entrar en el Buen Pastor, y fue para mí tan claro y preciso que desde aquel momento no tuve ya ninguna duda”. María manifestó a su confesor lo que acababa de sentir y éste le contestó que se informaría sobre el instituto en cuestión, aunque desde ya le podía decir que no creía que estuviera hecho para ella. La orden de Nuestra Señora de la Caridad del Buen Pastor, rama del árbol plantado por San Juan Eudes –gran apóstol del Sagrado Corazón de Jesús y del Inmaculado Corazón de María– en el siglo XVII, había sido fundada por Santa María de Santa Eufrasia Pelletier en Angers, Francia, en 1835. Bajo la regla de San Agustín y en régimen de clausura, las religiosas del Buen Pastor (mitad activas y mitad contemplativas) se dedicaban –y se dedican– a buscar y redimir a las “ovejas descarriadas”, es decir a personas oprimidas por ciertas formas de esclavitud (especialmente las pobres mujeres víctimas de la lacra de la prostitución). La orden se había extendido rápidamente, llegando a Münster gracias a la R.M. María de Santa Teresa, baronesa de Rump, perteneciente a una familia de antigua nobleza westfaliana y que ya había fundado un convento en El Cairo.

Al frente del Buen Pastor de Münster y de la provincia se hallaba la R.M. María de San Lamberto Bouchy, que se había formado junto a Santa María Eufrasia. Fue ella quien recibió como postulante a María Droste zu Vischering (que, a la sazón, ya había escrito a las religiosas de San José de Copenhague para ser desligada del compromiso moral adquirido con ellas, obteniendo respuesta favorable y comprensiva). Fue el 21 de noviembre de 1888, el día de la Presentación de la Virgen en el Templo. Sus padres y sus hermanas la acompañaron en este paso que iba a marcar para siempre su existencia. El 10 de enero siguiente, durante la octava de Reyes (de los que era muy devota y que le ayudarían, según su propio testimonio, en sus crisis futuras), tenía lugar su vestición y tomaba el blanco velo de novicia. Su primer encargo fue ocuparse directamente de las penitentes, lo cual fue una fuente de gran alegría para el celo apostólico de María, pero pronto su temperamento vivo se resintió (como pasó en el internado austríaco) de la vida sedentaria y el ritmo mesurado y metódico de la vida conventual. A veces la maestra de novicias, que adivinaba su ardor contenido la enviaba al jardín del claustro a correr para desfogarse. En su alma habitaban por igual una especial atracción por la vida contemplativa y una extraordinaria aptitud para la acción.

Pero los años de noviciado fueron marcados también por una lucha interior que se entabló en su alma y que no la dejaría ya hasta el final de sus días: la solían asaltar acuciantes dudas de si había sabido discernir su vocación y si no había escogido una vida fácil. Le reconfortaba la constante presencia del Corazón de Jesús, que ya antes de la entrada al convento, durante su vida de retiro en Darfeld, había comenzado a insinuársele. Escribe a propósito: “Nuestro Señor me consolaba bastante a menudo antes de la santa comunión y en los días de exposición: me enseñaba a llevar la cruz y me hacía comprender que mis sufrimientos irían aumentando cada vez más, debiendo yo seguirle por el camino de la cruz y permanecer unida y clavada con Él sobre la cruz”. A los dos años como novicia, una religiosa del Buen Pastor emitía los primeros votos (que eran ya perpetuos por la época de la que nos ocupamos). Seis meses antes las novicias pedían tres veces formalmente en capítulo su admisión en la orden. Para María, agitada por sus dudas, ello constituyó una dura prueba; sentía que la voz le faltaba a la hora de hablar delante de sus hermanas, pero se hizo violencia y “su espíritu de fe y sus recursos de energía la salvaron” (Abbé L. Chasle: Soeur Marie du Divin Coeur). Finalmente, el 20 de enero de 1891 emitió sus votos como sor María del Divino Corazón.

Los sufrimientos espirituales no cesaron, sin embargo, y vino a añadirse a ellos la pérdida de su querida superiora la R. M. Bouchy, que murió el 4 de junio siguiente. Ella había sido su único apoyo humano en medio de sus incertidumbres y la había tratado verdaderamente como una madre solícita y amorosa. El nombramiento de una nueva provincial y superiora, la R.M. María de Santa Inés Nacke, determinó un cambio de cargos en el convento de Münster y así sor María se convirtió, el 31 de julio, de simple asistente en la clase del Corazón de María en primera jefa de la misma. Como tal, ayudaba a la superiora ocupándose de la dirección de las “chicas” (es decir, las penitentes). Hay que decir que en todo momento, desde su ingreso en la orden, se distinguió por un espíritu sencillo sea con sus superioras que con sus hermanas de hábito y con las acogidas. Nunca se notó en ella el afán de hacerse notar, lo cual denotaba la delicadeza de su espíritu, naturalmente noble. Era especialmente dulce en el trato con sus “ovejas”. Si llegaba al convento alguna de carácter difícil o antipática, sor María del Divino Corazón la reclamaba para sí: “Son las chicas más pobres, las más desgraciadas, las más abandonadas las que yo quiero”. Las llamaba “mis tesoros” y más de una vez obtuvo para las más díscolas gracias del cielo.

El 22 de enero de 1894 le fue anunciado a sor María que debía partir de Münster para Portugal por disposición de la casa generalicia de Angers. La pena fue grande para todos, pero especialmente para la principal interesada, a la que la separación no sólo de su mundo conventual, sino de su patria, iba a ser especialmente dolorosa. Con la bendición del cardenal-arzobispo Kremenz y del obispo de Münster, partió al día siguiente en tren hacia su nuevo destino, acompañada por sus padres. La primera etapa fue Colonia, donde la fueron a saludar las penitentes locales, cosa que le produjo una gran emoción. En París visitó Nuestra Señora de las Victorias y Montmartre. De allí fue a Angers, a la casa madre de la orden, donde fue recibida por la madre general, María de Santa Marina Verger, que la acogió con gran bondad. Ambas almas se entendieron en seguida. Recibidas las últimas instrucciones, reemprendió viaje no sin el gran dolor de deber separarse de sus padres, que se volvían a Alemania. La ruta escogida hacia Portugal fue la más larga para poder visitar los conventos de Perpiñán y Barcelona, ciudades en las que permaneció algunos días. Al salir de esta última quiso visitar la cueva de Manresa, donde San Ignacio se había retirado después de su conversión. Quiso también visitar Ávila, pero tuvo que contentarse con bajarse del tren, al oír anunciar la estación, para poder al menos pisar, en medio de la fría noche, la tierra donde había vivido Santa Teresa de Jesús. El 24 de febrero llegaba a Lisboa después de pasar por Oporto, sin sospechar que esta ciudad iba a ser su último destino.

En el convento de Lisboa, sobre el panorama del Tajo, sor María fue nombrada asistente de la superiora, la baronesa Schorlemer, y responsable de las penitentes. Tuvo que luchar contra el carácter indolente de muchas de ellas, lo que agravaba su ignorancia del portugués, que, sin embargo, se empeñó y logró en aprender rápidamente con su habitual energía. Esta fue su preparación para otro encargo más importante al que le tenía destinada la madre general. El 12 de mayo, vigilia de Pentecostés, a menos de tres meses de su llegada a Lisboa, un despacho de Angers notificaba su nombramiento como nueva superiora del Buen Pastor de Oporto, en el norte del país. Se trataba de una ciudad con un gran espíritu católico, conocida como la Civitas Virginis (la ciudad de la Virgen), por su devoción a la Madre de Dios, que campea en su blasón. También célebre por su procesión del Corpus, Oporto era regida en la época de la llegada de sor María del Divino Corazón por el santo cardenal Americo Ferreiro dos Santos Silva. La orden se había establecido allí en mayo de 1881, cuando cinco religiosas llegaron desde Le Havre, enviadas por la R. M. María de San Pedro de Coudenhove (la general de entonces) a petición del Padre Luiz Martins Rua, sacerdote diocesano y con la doble aprobación del cardenal Silva y monseñor de Freppel, obispo de Angers. Los comienzos fueron difíciles por la falta de recursos, pero el celo y la destreza desplegados por la primera superiora, R.M. María de San Francisco Javier Fitz-Patrick (que había fundado el Buen Pastor en Chile con un extraordinario éxito), lograron consolidar la fundación, que encontró su sitio en el barrio Paranhos, habitado por obreros. El convento disponía de un recinto muy extenso, ideal para albergar a las religiosas y las penitentes, y con la ventaja de estar rodeado de jardines y bosques. No faltaron los problemas causados por algunos sectarios que azuzaban a veces a la masa contra las buenas monjas, pero éstas siempre respondieron con exquisita caridad y lograron ganarse a la gente.

El Buen Pastor de Oporto contaba con una veintena de religiosas y 78 penitentes cuando llegó la nueva superiora el miércoles 16 de mayo de 1894 por la mañana. La primera cosa que hizo la R. M. María Droste zu Vischering fue consagrar la casa y confiar sus penas y responsabilidades al Sagrado Corazón de Jesús. Aquí iba a desarrollarse la parte más intensa de su vida y se le iba manifestar la gran misión a la que estaba destinada por su Divino Esposo.

La primera cosa que hizo la nueva de superiora del Buen Pastor de Oporto fue entronizar la imagen del Sagrado Corazón de Jesús sobre el altar mayor de la capilla, diciendo que, puesto que era el Señor de la casa, en ella debía reinar bien visible y desde el lugar de honor. Dio también un nuevo impulso a la guardia de honor del Santísimo Sacramento que encontró ya establecida. Fue para ella una grata y consoladora sorpresa hallar que la capilla se hallaba contigua a su celda y que, practicada en la pared había una trampilla desde donde podía ver la lamparilla del Santísimo, con lo que en cualquier momento del día o de la noche le bastaba volver los ojos hacia ella para saludar a la Eucaristía y sentir la presencia real de Jesucristo en ella. Pero no se crea que la R. M. María del Divino Corazón se arrullaba en los consuelos de la devoción. Su cargo le imponía una responsabilidad y un empeño enormes, pero precisamente de su sólida piedad sacaba las luces para poder asumirlos de la mejor manera.

El trabajo para mantener y gobernar la casa era ingente y requería de una mano decidida y vigorosa. La R. M. María del Divino Corazón era la superiora ideal por su gran aptitud para la administración y sus conocimientos de economía doméstica adquiridos durante los años en los que vivió retirada en Darfeld. Voluntad y brío, como sabemos, no le faltaban; es más: debía dominarlos. Pero el tiempo pasado en el Buen Pastor de Münster, bajo la sabia dirección de la R.M. Bouchy le había servido para moderar sus impulsos. No obstante, había momentos en los que las circunstancias parecían desbordar toda previsión y entonces debía apelar al auxilio especial de la Providencia. A este respecto, tenía, como Santa Teresa de Ávila, una firme confianza en San José, a quien más de una vez rogó para que sacara a la casa de apuros económicos. Y el santo patriarca no la defraudaba, pues siempre recibía alguna limosna importante por su intercesión que cubría alguna necesidad urgente.

La Madre Droste zu Vischering nunca negaba el ingreso en el Buen Pastor a ninguna penitente. A un monje benedictino que le recomendaba a una pobre infeliz le respondía: “La buena chica puede venir cuando quiera, pero sólo los ángeles custodios saben dónde la podremos alojar porque no hay plaza”. De hecho, de 78 penitentes que encontró a su llegada, como queda dicho, en pocos años y bajo su gobierno subió su número a 157, más del doble. Obviamente las instalaciones del convento tuvieron que ampliarse y, como siempre, no faltó la ayuda providencial de gente generosa. Tampoco faltaron algunas incomprensiones de los sectarios, que la apostrofaban de “jesuíta” cada vez que abría sus ventanas. Hoy parece un insulto anodino, pero en boca de esos anticlericales de finales del siglo XIX, inficionados de masonería y con todos los prejuicios existentes contra los Padres de la Compañía, tenía una carga especialmente hiriente, aunque para la monja, que venía de una saga de católicos perseguidos y combatientes, era, en realidad, un timbre de gloria.

En enero de 1896, a la noticia de que la madre general iba a celebrar el quincuagésimo aniversario de su toma de hábito, la superiora de Oporto pidió y obtuvo poder acudir a los festejos no sólo para felicitarla, sino para exponerle la situación de su convento. Partió el 30 de ese mes en un viaje que sería rico en experiencias espirituales y humanas. Se detuvo en Salamanca para hacer la peregrinación a Alba de Tormes, donde su querida y admirada Santa Teresa había terminado la suya en esta tierra. Tuvo el consuelo de asistir en el Carmelo a la misa que, delante del relicario con el corazón transverberado de la gran mística española, celebró el abad benedictino de Seckau (Austria), Dom Ildefons Schober (futuro abad de Beuron), que se hallaba también allí. Durante la comunión se le manifestó el Corazón de Jesús, que le hizo entender que el tiempo del deseo vehemente de sufrimiento había pasado y que lo que ahora Él quería de su servidora era un total y sereno abandono. Debía dejar de preocuparse y de esperar en los apoyos humanos y en sus propias fuerzas para reposar toda su confianza en su divino amor. El Señor le dio como modelos y patronas a Santa Teresa, Santa Gertrudis y Santa Catalina de Siena. También le anunció que algún tiempo después de ese viaje no volvería a caminar (lo que fue una predicción de su futura enfermedad).

El 2 de febrero, día de la Purificación, llegó a Lourdes y tuvo la dicha de participar en la procesión de candelas. Pocos días después llegaba a Angers, donde fue amorosamente recibida por la R. M. Nacke, que la escuchó y le dispensó toda su comprensión y aprobación. Quiso llevarla consigo a visitar los conventos del sur de Francia, pero antes la R.M. María hizo un breve viaje a Alemania para ver a los suyos. Después de una breve estancia en el Buen Pastor de Aquisgrán, llegó a Münster, donde fue recibida con gran dicha por las que habían sido sus hermanas en los comienzos de su vocación y vida religiosa. Puede imaginarse también la felicidad de la familia. Pocos días después partía definitivamente de regreso a su destino. Acompañó en su viaje a la madre general, pero ésta se sintió mal en Angulema, de modo que tuvo que servirle de enfermera y de secretaria, desenvolviéndose con admirable dedicación. El 10 de marzo regresaba a Oporto, aunque notablemente fatigada, síntoma de la enfermedad que ya había hecho presa de ella.

El 21 de mayo, después de muchas indisposiciones, tuvo que guardar cama y se le manifestó la mielitis, infección de la médula espinal, aunque los médicos fueron prudentes y no declararon de momento el mal que padecía. Su estado se agravó de tal manera que el 27 de junio pidió recibir la extremaunción. Y aunque se recuperó esta vez, quedó clavada en el lecho de doliente (tal y como le había sido anunciado en Alba de Tormes). Varias crisis parecidas, que la ponían a las puertas de la muerte iban a sucederse todavía. Fue en esta sazón como el Corazón de Jesús hizo de su sierva María una apóstol, a la que había reservado para una misión especialísima (la que se convertiría en la razón de su vida terrena): pedir al Papa la consagración del mundo a ese mismo Sagrado Corazón.

El 4 de junio de 1897, fecha en que se inauguró en el Buen Pastor de Oporto la práctica solemne de los primeros viernes de mes, recibió el primer encargo del Señor de escribir a León XIII para consagrar el mundo a su Corazón Sacratísimo. María lo confió a su confesor, Don Teotonio Emanuele Ribeira Vieira de Castro, vicerrector del seminario diocesano de Oporto y futuro arzobispo de Goa, diciéndole que Dios dejaba a su criterio la oportunidad de escribir una carta al Santo Padre. Por prudencia y a la espera de señales más claras, el buen sacerdote no dio su consentimiento. El 7 de abril de 1898, Jueves Santo, la Madre Droste zu Vischering tuvo otra manifestación en la que Jesucristo volvía a pedirle que escribiera al Papa. Pocas semanas después, el 25 de abril, día de las Letanías Mayores, su salud se agravó súbitamente, permaneciendo varios días entre la vida y la muerte. A sus instancias, el confesor accedió esta vez a que escribiera la carta, que fue enviada el 10 de junio a Roma. León XIII quedó muy impresionado, pero de momento no hizo nada. A la monja bastó saber que el Romano Pontífice la había recibido, de lo cual fue informada por el abad primado de la orden benedictina, que había servido de intermediario. Ella se sometía a la obediencia y dejaba todo en manos de su Divino Esposo.

El 2 de diciembre, primer viernes de mes, Nuestro Señor volvió a abordar el tema de la consagración, aunque sin pedir nada, pero el 7 siguiente, festividad de San Ambrosio fue muy explícito: María debía escribir nuevamente al Papa pidiéndole la consagración del género humano a su Corazón Divino. Ella le objetó dulcemente que la primera vez ya le había costado obtener el permiso de su confesor y que pensaba que ahora no se lo daría en absoluto. Le fue respondido que confiara. Don Teotonio, a la grata sorpresa de su dirigida, no puso ninguna objeción y la carta fue escrita el día de la Inmaculada de 1898, es decir, al siguiente de la tercera instancia del Corazón de Jesús. Sin embargo, el confesor no permitió que fuera despachada hasta el día 6 de enero de 1899, en la fiesta de la Epifanía (ya conocemos la devoción de María por los Reyes Magos).

Esta vez el tiro dio en el blanco. El 15 de enero la carta llegó a manos de León XIII, que quedó más impresionado si cabe que con la anterior. En seguida encargó al cardenal Domenico Maria Jacobini que se informara a través del nuncio en Portugal que obtuviese informes sobre la Madre Droste zu Vischering, “de la que se dice que es santa y tiene comunicaciones celestiales”. Los informes no pudieron ser más favorables y, a raíz de la difícil operación a la que fue sometido y cuyo feliz e inesperado éxito atribuyó él mismo al Corazón de Jesús, el Papa decidió el 25 de marzo hacerle la consagración del género humano y no sólo de la Iglesia (tal y como lo había señalado en su carta religiosa). El 2 de abril firmó el decreto aprobando las letanías del Sagrado Corazón y mandando que se cantasen en el triduo de preparación al acto consagratorio. El 18 de mayo, León XIII recibía en audiencia a los padres de María, dándoles un mensaje de bendición para ella. El 25 de mayo se publicaba la encíclica Annum Sacrum, que fijaba la consagración para el 11 de junio, domingo siguiente a la solemnidad del Corazón de Jesús. El Santo Padre dispuso que se le enviaran dos ejemplares del documento a la que había sido el instrumento del cielo para llevar a cabo el trascendental acto.

María tuvo el inmenso consuelo de leer la encíclica por la prensa, que la publicó el 2 de junio, pero aún tuvo tiempo de ver los ejemplares enviados por el Papa, que llegaron a sus manos la mañana del 8 de junio, cuando se hallaba ya en sus últimos momentos debido a un agravamiento definitivo e irreversible de su enfermedad. Exhaló el último suspiro pasadas las 3 de la tarde de ese día, en las primeras vísperas de la solemnidad del que había sido el objeto de su amor y entrega y cuya confidente y mensajera fiel había sido. Dos días después fue enterrada en el cementerio de Oporto, con gran concurso de clero, pueblo y autoridades. Al día siguiente, León XIII hacía realidad, en la Capilla Paulina del Palacio Apostólico, el deseo del Sagrado Corazón y María podía asistir desde el cielo a la consagración por la que tanto se había prodigado. Después del regular proceso canónico comenzado simultáneamente en Oporto, Angers y Münster, fue beatificada por Pablo VI, el 1º de noviembre del año santo 1975, María del Divino Corazón, condesa Droste zu Vischering, una de los grandes apóstoles del corazón de Jesús.

(fuente: www.hispanidad.info)

otros santos 08 de junio:

- San Medardo
- Beata Mariam Thresia Chiramel Mankidiyan

sábado, 7 de junio de 2014

07 de junio: San Roberto de Newminster

Abad cisterciense

Martirologio Romano: En Newminster, en el territorio de Northumberland, Inglaterra, san Roberto, abad de la Orden Cisterciense, el cual, amante de la pobreza y de la vida de oración, junto con doce monjes instauró este cenobio, que a su vez fue origen de otras tres comunidades de monjes. († 1157)

Nació en el distrito de Craven (Yorkshire), probablemente en el pueblo de Gargrave; murió el 7 de junio de 1159.

Estudió en la Universidad de París, donde se dice que compuso un comentario a los Salmos; se hizo cura de Gargrave y luego benedictino en Whitby, desde donde se unió, con el permiso del abad, a los fundadores del monasterio cisterciense de Fountains.

Alrededor de 1138, encabezó la primer colonia mandada desde Fountains y estableció la abadía de Newminster, cerca del castillo de Ralph de Merlay, en Morpeth (Northumberland). En el tiempo que fue abad, se mandaron tres colonias de monjes y se fundaron monasterios: Pipewell (1143), Roche (1147) y Sawley (1148).

La vida de Capgrave nos dice que sus propios monjes lo acusaron de mala conducta y que viajó al extranjero (1147-48) para defenderse ante san Bernardo; mas se duda de la veracidad de esta historia, que pudo haber surgido de un deseo de asociar personalmente al santo inglés con el máximo de los cistercienses.

Su tumba en la iglesia de Newminster se convirtió en objeto de peregrinaje.

Fuente: «Vidas de los santos», Alban Butler

Gargrave, localidad del distrito de Craven, en Yorkshire, fue el lugar de nacimiento de san Roberto. Tras de haber recibido las órdenes sacerdotales, fue rector en Gargrave durante un tiempo y después tomó el hábito de los benedictinos en Whitby. Algo más tarde, obtuvo el permiso de su abad para unirse a otros monjes de la abadía de Saint Mary, en York, quienes se habían agrupado, autorizados por el arzobispo Thurston, y en los terrenos que le habían sido cedidos, con el propósito de dar nueva vida a la estricta regla benedictina. Ahí, en la mitad del invierno, en condiciones de extrema pobreza, sobre el desnudo suelo del valle de Skeldale, fundaron los monjes un monasterio que, más tarde, llegaría a ser famoso como Fountains Abbey (Abadía de las Fuentes), nombre que se le dio en relación con unos manantiales que había en las proximidades. Por su expreso deseo, los monjes estaban afiliados a la reforma del Cister, y Fountains se convirtió, con el tiempo, en una de las casas más fervientes de la orden. El espíritu de la santa alegría imperaba sobre una vida de ejercicios de devoción, alternados con los duros trabajos manuales. En un sitio prominente entre los monjes se hallaba san Roberto, en razón de su santidad, su austeridad y la dulzura inmutable de su carácter. «En sus modales era extremadamente modesto -dice la Crónica de Fountains-, lleno de gentileza cuando estaba en compañía, misericordioso en los juicios y ejemplar en la santidad y sabiduría de sus conversaciones».

Ralph de Merly, el señor de la región de Morpeth, visitó la abadía en 1138, cinco años después de su fundación, y quedó tan hondamente impresionado por la virtud de los hermanos, que decidió construir un monasterio para el Cister en sus propiedades. Para habitar en la nueva casa, conocida con el nombre de abadía de Newminster, lord Morpeth sacó de Fountains a doce monjes y, para gobernarlos, se nombró abad a san Roberto. El santo conservó el puesto hasta su muerte. A fuerza de trabajo constante, logró que la abadía floreciese de manera tan extraordinaria, que, para 1143, pudo fundar una segunda casa en Pipewell, en Northamptonshire y, más tarde, otras dos en Sawley y en Roche.

Como hombre entregado a la meditación y a la plegaria que era, escribió un comentario sobre los Salmos que, desgraciadamente, no ha sobrevivido. Se le habían otorgado dones sobrenaturales y tenía poder sobre los malos espíritus. Hay una anécdota que ilustra el espíritu de mortificación de que estaba dotado. Se sometía a ayunos tan rigurosos durante la Cuaresma, que, en una ocasión, al llegar la Pascua, ya había perdido enteramente el apetito. «¡Ay, padre mío! ¿Por qué no queréis comer?», le preguntó entristecido el hermano encargado del refectorio. «Creo que me comería un panecillo de avena con mantequilla», repuso el abad. En cuanto le trajeron lo que había pedido, no se atrevió a locarlo, por considerar que, si lo hacía, era como ceder a la gula y, a fin de cuentas, ordenó que se diera el panecillo a los pobres. En la puerta del convento recibió el pan un joven y hermoso peregrino, quien inmediatamente desapareció, con todo y el plato. Cuando el hermano tornero trataba de dar explicaciones plausibles sobre la desaparición del recipiente, el mismo plato quedó de pronto sobre la mesa, frente al abad. Todo el mundo afirmó que el hermoso peregrino que se comió el panecillo era un ángel.

Afirman las crónicas que, en su juventud, san Roberto estudió en París, y registran un segundo viaje suyo al continente, cuando fue blanco de algunas críticas por parte de sus monjes, en relación con ciertos informes falsos sobre mala administración de su abadía, y decidió ir a visitar a san Bernardo para ponerle en claro las cosas. Pero éste, que evidentemente conocía a fondo a san Roberto, resolvió que no había necesidad de desmentir las necias acusaciones ni de defenderse contra los cargos. La mencionada visita debe haber tenido lugar en 1147 o 1148, puesto que por entonces y antes de regresar a Inglaterra, se entrevistó san Roberto con el Papa Eugenio III. El abad de Newminster visitaba a menudo al ermitaño san Godrico, por quien sentía particular afecto. La noche en que san Roberto murió, san Godrico vio ascender su alma al cielo como una bola de fuego. La fecha era el 7 de junio de 1159. La fiesta de san Roberto se conmemora en la diócesis de Hexham.

(fuente: es.catholic.net)

otros santos 07 de junio:

- San Antonio Maria Gianelli

viernes, 6 de junio de 2014

06 de junio: Santa Paulina de Roma y familia

Mártires

Martirologio Romano: En Roma, en la vía Aurelia, a dos miliarios de la ciudad, santos Artemio y Paulina, mártires. († 302) La existencia de la mártir santa Paulina está fuera de toda duda, ya que es mencionada en muchas hagiografiche antiguas, junto con Artemio y Cándida.

Se conmemora el 6 de junio en el Martirologio Romano, basándose en la "Pasión de Pedro y Marcelino" que cuenta que: Artemio era el guardián de prisión romana en donde estaban prisioneros dos cristianos y futuros mártires llamados Pedro y Marcelino. Artemio tenía una hija llamada Paulina que estaba poseida por el demonio.

Pedro le prometió la liberación de su hija si se convertían al cristianismo, Artemio se negó ya que pensaba que el santo mártir estaba loco. Pero después de presenciar un milagro se convirtió junto con su esposa Cándida y su hija Paulina que fue sanada.

Denunciado como cristiano ante el juez Sereno, Artemio fue sentenciado a morir, junto con su familia, en la Vía Aurelia. Las dos mujeres, Cándida y Paolina, fueron lanzadas a una fosa y luego enterradas bajo una masa de piedras, mientras Artemio fue ejecutado con una espada.

Luego se señala que Artemio y Paulina fueron enterrados en la Basílica de San Pancracio en la Vía Aurelia y Cándida fue enterrada en una iglesia de la via Portuense.

escrito por Antonio Borrelli y traducido por Xavier Villalta 
(fuentes: santiebeati.it; catholic.net)

otros santos 06 de junio:

- San Norberto
- San Marcelino Champagnat

jueves, 5 de junio de 2014

05 de junio: Beata Margarita María Szewczyk

Fundadora de la congregación de las Hijas de la Bienaventurada Virgen María de los Dolores

Martirologio Romano: En Nieszawa, Polonia, Beata Margarita Lucía Szewczyk, fundadora de la Congregación de las Hija de la Bienaventurada Virgen María de los Dolores († 1905)

Fecha de beatificación: 9 de Junio de 2013, durante el pontificado de S.S. Francisco.

Lucía Szewczyk nació en 1828 en una familia polaca en Wolyn (hoy Ucrania). En su primera infancia perdió a sus padres y fue criada por su hermanastra mayor. Siempre sintiendo la llamada a la vida religiosa, a la edad de 20 años, entró en la Orden Terciaria de San Francisco de Asís. Debido a la situación política de la Polonia ocupada, ella no pudo unirse formalmente a ninguna congregación religiosa.

Para fortalecer su fe y amor a Dios, en 1870 Lucía emprendió una peregrinación a Tierra Santa. Ella se conmovió profundamente por esta experiencia y decidió dedicar su vida a ayudar a los pobres, los ancianos y los enfermos. Ella declaró su deseo a su confesor, el padre Honorato Kozminski, que aprobó su decisión y la animó a comenzar su trabajo. El primer paso que hizo fue invitar a dos ancianas pobres y enfermas a vivir en su apartamento. Ella cuidaba de ellas en secreto, porque cualquier actividad de caridad o de la iglesia estaban estrictamente prohibido por los decretos del emperador de Rusia, que en ese momento gobernaba Polonia.

No pasó mucho tiempo antes de que algunas mujeres más jóvenes fueran a vivir con ella y se unieran a su obra. Al igual que Lucía, querían dedicar su vida a servir a Dios ayudando a los pobres. Más tarde, para dar cabida al mayor número de necesitados y poderles servir mejor, Lucía decidió comprar una casa con un jardín. Como resultado, en 1881, siguiendo el consejo del Padre Honorato, Lucía formalmente fundó una nueva Orden Religiosa, cuyo objetivo era ayudar a los necesitados, los pobres, los enfermos y la mayoría de la sociedad. Se convirtió en la cabeza de la Congregación y tomó el nombre de Madre Margarita.

Como monja, la Madre Margarita llevó una vida muy ascética ayunando mucho y nunca renunció a sus funciones. Dirigió la creciente Congregación por 20 años. Los últimos meses de su vida los pasó en Nieszawa. Los muchos años de servicio cobraron su parte en ella y hacia el final de su vida afrontó problemas de salud. Su vida devota llegó a su fin el 5 de junio de 1905. Con un permiso especial de las autoridades de la Iglesia, su cuerpo fue trasladado a Oswiecim y enterrado en la iglesia de su Congregación. Desde su muerte, la gente continuamente acudía a orar delante de su tumba presentando sus peticiones y pidiendo su intercesión.

La vida de la Madre Margarita Szewczyk se puede definir como una vida de amor infinito de Dios, confianza en Su providencia, y la completa dedicación al servicio de los más necesitados. Ella realmente creía en la presencia real de Cristo en la Eucaristía y reconocía la Santa Misa como el tesoro más importante de su Congregación. Para hacer que su vida y su obra visible a la Iglesia Universal como la vida de un verdadero siervo de Dios, las hermanas comenzaron el proceso de su beatificación y canonización. Ahora están recogiendo la evidencia de su heroica vida y virtudes, así como la verificación de los muchos dones y bendiciones que la gente ha recibido a través de su intercesión.

S.S. Benedicto XVI firmó el 20 de diciembre de 2012 el decreto con el cual se reconoce un milagro gracias a la intercesión de la Venerable Margarita Szewczyk, lo cual permitirá su próxima beatificación.

(fuente: catholic.net)

otros santos 05 de junio:

- San Bonifacio de Crediton

miércoles, 4 de junio de 2014

04 de junio: San Quirino de Siscia

Obispo y Mártir
(† 308-310)
Patrono de Croacia

Después de ocho años de persecución, los perseguidores empezaban a cansarse. Los tiranos eran menos exigentes, menos crueles los verdugos y menos vigilantes los carceleros. Los cristianos condenados a las minas podían reunirse después de sus trabajos para cumplir con sus deberes religiosos; surgían las antiguas iglesias a la vista misma de los poderes públicos, y en España, gobernada por el joven cesar Constantino, la paz religiosa había empezado ya. No faltan, sin embargo, todavía ilustres víctimas; y entre ellas es digno de recuerdo, por la belleza de las actas que nos recuerdan su martirio, Quirino, obispo de Siscia, en Panonia. Sabiendo que la policía le buscaba, Quirino abandonó la ciudad, pero descubierto algún tiempo después, fue llevado a presencia de un magistrado municipal que se llamaba Máximo. Procedióse al interrogatorio.

—¿Por qué huías?
—No huía; cumplía sencillamente la orden del Señor, que nos dice: «Si os persiguen en una ciudad, dirigíos a otra.»
—¿De quién es ese precepto?
—De Cristo, que es verdadero Dios.
—Por lo visto, no sabes que los edictos de los emperadores llegan a todos los puntos de la tierra, mientras que ese a quien tú llamas verdadero Dios no podrá librarte de nuestras manos, como no ha podido impedir que cayeses en ellas.
—El Dios a quien adoramos—respondió Quirino—jamás nos abandona; puede socorrernos en todo momento; cuando me cogieron tus gentes estaba conmigo, en este momento me ayuda y me conforta, y es Él quien habla por mi boca.
—Hablas demasiado, como si quisieras eludir la orden de los emperadores; lee sus divinos decretos y obedécelos.
—No puedo obedecer la orden de los emperadores, porque es sacrílega; no puedo inmolar a vuestros dioses, porque no existen. El Dios a quien yo sirvo está en el Cielo, en la tierra y en el mar; está en todo y sobre todo; lo contiene todo, porque todo ha sido hecho por Él y todo está en Él.
—Has vivido demasiado y aprendido muchos cuentos. Aquí tienes el incienso; si te niegas a hacer un acto de piedad, serás atormentado y sufrirás una muerte atroz.
—Los tormentos serán para mí una gloria; y en cuanto a la muerte, si es que soy digno de ella, será el principio de una vida inmortal. Quiero ser piadoso con Dios, pero no con los dioses. No creo en dioses, que no existen, ni quiero quemar incienso en el altar de los demonios. Mi Dios tiene su altar, en el cual se consuma un sacrificio de agradable olor.
—Estoy viendo que con esa locura vas derecho a la muerte. Sacrifica.
—No sacrifico a los demonios; está escrito que el que sacrifica a los dioses perecerá.

Máximo hizo que azotasen al mártir, y después le dijo:

—Reconoce que los dioses del Imperio son poderosos. Si obedeces, serás nombrado sacerdote de Júpiter; si no, te enviaremos al prefecto Amancio, y entonces nadie te librará de la pena capital.
—Yo ejerzo un sacerdocio; soy sacerdote si me ofrezco en sacrificio al verdadero Dios. Habéis maltratado mi cuerpo, pero no creáis que sufro; me alegro de ello. Estoy pronto a tolerar suplicios mayores, para que aquellos cuyo cuidado he tenido en este mundo me sigan a la vida eterna, a la cual lleva este camino tan sencillo.
—Que sea encadenado y llevado al calabozo—dijo el magistrado.
—No temo la cárcel ni los hierros—replicó Quirino—. La luz de mi Dios me acompañará en la oscuridad.

En la cárcel, el obispo convirtió al carcelero Marello y le signó en el nombre de nuestro Señor Jesucristo. A los tres días le sacaron para llevarle a la presencia del prefecto de Panonnia. Iba encadenado; a su paso, los cristianos, y en especial las mujeres, salían a su encuentro, presentándole manjares y bebidas exquisitas, que él tomaba sonriente y agradecido. El prefecto Amando le recibió en Sabaria, una ciudad cercana al Danubio, donde un año más tarde nacería San Martín, el apóstol de las Galias, y quiso que la audiencia se celebrase en el teatro.

—Dime—preguntó—, ¿es verdad lo que me dice el magistrado Máximo?
—He confesado al verdadero Dios en Siscia—dijo Quirino—; le he servido siempre, le llevo en mi corazón y nadie podrá separarme de Él.
—Me duele—continuó Amancio—humillar a un anciano como tú con las varas; quisiera hacerte entrar en razón benignamente, a fin de que goces de paz en tus últimos años.
—No te inquietes por la edad, que una fe indomable puede hacer más fuerte que todos los suplicios. Mi resolución está tomada, obra tú como te parezca.
—No entiendo—repuso Amancio—. Tu actitud es contraria a la manera de obrar de los hombres. Son muchos los que por evitar el suplicio reniegan de su pasado; tú, en cambio, renuncias al reposo amable en que se deslizaban tus días y corres con ardor a la muerte. Es una locura, créeme; obedece a las leyes romanas y no resistas a nuestros emperadores.
—No puedo obedecer a esas leyes, porque sigo los preceptos de Cristo que yo enseñaba a los fieles; por lo demás, tus razones podrían convencer a ciertas inteligencias débiles que aspiran a prolongar una vida miserable; no a mí, que he sido instruido por Dios en la esperanza de una vida mejor, que ya no teme las acometidas de la muerte. Esa vida es la que yo amo, y a ella me dirijo tranquilamente.
—Bueno—terminó el prefecto—; he perdido bastante tiempo contigo. Quiero hacer en ti un escarmiento, a fin de que los que quieran vivir queden espantados con tu muerte.

Y mandó que le atasen al cuello una rueda de molino y que lo arrojasen al río. Lanzáronle desde un puente; pero él permaneció largo tiempo flotando sobre las aguas, hablando a la multitud y diciéndola que no se doliese por su suerte. Después clavó por última vez sus ojos en el Cielo y se hundió.

Esto era a mediados de junio del año 310, cuando los que habían desencadenado la última persecución empezaban a sentir el peso de la venganza divina. Maximino preparaba en Oriente el veneno que había de necesitar algo más tarde para escapar al suplicio. Galerio se pudría en su palacio de Sárdica con la enfermedad hedionda de los perseguidores: el fuego consumía sus entrañas, gusanos repugnantes corrían por sus carnes y un olor de cadáver salía de su cuerpo vivo. Un perseguidor del siglo II, atacado de la misma dolencia, había dicho estas palabras: «No publiquéis lo que sufro, para que no se alegren los cristianos.» Perú Galerio, cuando vio su cuerpo deformemente hinchado por la parte superior, y por la inferior convertido en un esqueleto, sintió, como en otro tiempo Antíoco, la necesidad de tratar con Dios. Fue un arrepentimiento interesado y cobarde. «Yo restableceré el templo de Dios—gritaba en el paroxismo de los dolores—; yo satisfaré por mis crímenes.» Y acabó por publicar aquel edicto de tolerancia, insolente y suplicante a la vez, en el cual, queriendo cubrir con un lenguaje hipócrita la confesión de su derrota, comenzaba insultando a los cristianos y terminaba pidiéndoles rezasen por él. Entre tanto, Maximiano Hércules erraba a través de la Galia intrigando y conspirando. Perdonado una vez por Constantino, siguió abusando de la clemencia. Fue preciso tratarle con rigor; se le permitió escoger el género de muerte, y acabó colgándose. Sus imágenes fueron destruidas en todo el Imperio. Y con ellas cayeron también las de Diocleciano. Al saberlo, el pobre solitario de Salona corría como loco por las galerías de su morada suntuosa, lloraba inconsolable, se arrastraba por el suelo y se negaba a tomar todo alimento. Había comenzado su agonía; pero estaba .escrito que debía vivir lo suficiente para ver destruida su obra, execrado su nombre y triunfante el cristianismo, «Al mes del edicto de Milán, dice Lactancio, moría de hambre y de tristeza.»

(fuente: www.divvol.org)

otros santos 04 de junio:

- San Francisco Caracciolo

martes, 3 de junio de 2014

03 de junio: San Carlos Luanga y compañeros mártires

Mártires de Uganda
(† 1886)

Verdes colinas, frescos valles, feraces llanuras, una vegetación opulenta de variadas hierbas y árboles gigantescos, corrientes de agua bordeadas de sotos y praderas, hacen de Uganda una de las regiones más pintorescas que se extienden en el áfrica tropical. Más acá, Zanzíbar; más allá, el lago de Nyanza; arriba, un cielo claro, que nunca se olvida de dar la lluvia en el tiempo oportuno; abajo, el banano, don de Kintou, el rey fabuloso, fundador y legislador del reino de Uganda; el banano, que sirve a los hombres de la tierra, a los baganda, para construir sus chozas, para preparar su bebida y para recoger su mejor alimento.

El sucesor de Kintou en 1885 se llamaba Muanga. Su corte estaba en Mengo. Allí vive con sus pajes y sus guerreros; allí descansa después de sus partidas de caza y sus excursiones bélicas en reinos circundantes; allí da audiencia, en un salón rodeado de patios y jardines, recostado sobre un lecho deslumbrante de sedas y tapices, y sin más vestido que un manto de algodón galonado de oro y plata.

Es un joven de veinte años, que acaba de suceder a su padre, Mutesa, el que visitó Stanley en sus exploraciones africanas. Belleza negra, instintos sanguinarios y alma salvaje. Adora a los loubaté, les sacrifica sus cautivos de guerra, y consulta a los adivinos, vestidos de pieles de mono y de gato montés. Pero tanto como a los hechiceros admira a los Padres Blancos, que unos años antes llegaron de Europa. Les consulta en los problemas difíciles, acude a su ciencia para buscar remedio contra las enfermedades, escucha con curiosidad la exposición de su doctrina y hasta dice a sus gentes que no hay mejor oración que el Padrenuestro. A favor de la benevolencia real, el cristianismo se extiende en torno suyo: muchos de sus pajes acaban de abrazar el cristianismo y son ya miles los bagandas que han abandonado el culto sangriento de los espíritus invisibles.

No tarda en surgir la reacción, representada por los adivinos y un grupo numeroso de los grandes del reino. Unos y otros tienen interés en mantener las tradiciones patrias. Conjuran; resuelven suprimir al rey y poner en su lugar a un hermano suyo. Al frente de la conspiración se pone el primer ministro, Katikiro. Pero los cristianos velan por la vida de su señor. Dos de ellos, José Makasa y Andrés Kagwa, advierten a Muanga del peligro y ponen a su disposición un cuerpo de dos mil guerreros para defenderle. Al primer rumor, Katikiro corre al palacio, cae a los pies del rey, se echa a llorar como un niño y protesta de su fidelidad. Muanga le cree, le perdona y le mantiene en su puesto; y él comprende que la ruina de los cristianos es para él cuestión de vida o muerte. Sus pérfidas insinuaciones fueron transformando poco a poco el ánimo del soberano. La benevolencia da lugar al recelo, el recelo al odio. Con motivo de una indisposición, el rey toma una píldora que le receta el misionero, y poco después se siente peor. «Los extranjeros le han querido envenenar», se dice entre los grupos de la oposición pagana, y el primer ministro consigue explotar el rumor con toda la finura de un hombre civilizado. Además, aquella religión que condenaba los sacrificios humanos; la poligamia, la injusticia y la crueldad, se iba haciendo demasiado molesta. Muanga había advertido que algunos de sus pajes se negaban a satisfacer sus instintos bestiales, y eran precisamente los cristianos.

De pronto, empezó una de aquellas horribles matanzas tan frecuentes en las tierras africanas. En ella el heroísmo de aquellos pobres negros, que a veces despreciamos, rayó a tal altura, que no tienen nada que envidiar a los generosos martirios cosechados por la religión cristiana entre los pueblos civilizados. La primera víctima fue José Makasa, el que había descubierto la conspiración de los paganos. Era uno de los primeros oficiales del palacio; durante algún tiempo, Muanga había tenido tal confianza en él, que le mandó morar al lado de su misma habitación. Ahora, en cambio, aparecía como el primero de los envenenadores, y tenía, sobre todo, el crimen de impedir que los pajes se convirtiesen para el rey en instrumentos de placer. «En adelante—dijo Muanga—no habrá ya dos reyes en mi corte.» Y añadió, dirigiéndose a Mukajanga, que era el jefe de los verdugos: «Corre al tribunal, que se encuentra a la puerta de la villa, y haz reunir la leña necesaria para quemarlo.» Mkasa caminó sonriente al suplicio, limitándose a decir mientras le ataban las manos: «Advertid a Muanga que me ha condenado injustamente, pero que le perdono, y que estoy contento porque muero por la religión.»

El 25 de mayo, al anochecer, volvía Muanga de cazar junto al lago de Nyanza, cuando se le ocurrió preguntar por uno de los muchachos que vivían en la corte, Mwafu, hijo del primer ministro.

—Lo vi en la calle principal con Sebugwawo—dijo uno de los circunstantes.
—Entiendo—murmuró Muanga—; han ido a casa de mi armero Kisulé para aprender la religión.

Y habiendo visto que los dos entraban poco después en el palacio, tuvo con ellos este interrogatorio:

—¿Eres tú, Sebugwawo, el que lleva a Mwafu a aprender la religión?
—Sí.
—¿Y tu, Mwafu, aprendes la religión?
—Sí.
—¿Y te atreves—continuó el rey, dirigiéndose a Sebugwawo—, te atreves a llevar al hijo de mi primer ministro para que le enseñen la religión?
—Te he dicho que sí.
—¿Y no sabes que he prohibido enseñar la religión? ¿No entiendes mis órdenes?

Y, sin aguardar respuesta, tomó una lanza que había a su diestra, se arrojó sobre el cristiano y le dejó sangrante y palpitante a sus pies. Así murió el segundo mártir. Dionisio Sebugwawo era un adolescente de naturaleza delicada y enfermiza, que estaba emparentado con el primer ministro y contaba apenas diecisiete años.

Unas horas después, Muanga celebra Consejo con sus dignatarios. Está nervioso y congestionado; ruge, y sus grandes ojos lanzan llamas de venganza.

—Esto no se puede consentir—dice a sus magnates—; vuestros hijos son unos traidores, se han rebelado contra mí.

Humillados y confusos, aquellos hombres abyectos, acostumbrados a la servidumbre y a la adulación, responden:

—Si eso es verdad, si nuestros hijos son malvados, mátalos; ya te daremos otros que te sirvan mejor.

Alegre al oír estas palabras, seguro de que no peligra su trono, Muanga ordena entonces una matanza general de cuantos profesan la religión de los Padres Blancos. Ante todo, necesita vengar su autoridad ultrajada, castigar a sus pajes o ponerlos en razón. Un testimonio dirá más tarde: «El rey empezó a odiar a los cristianos porque algunos de ellos se opusieron a sus vergonzosas solicitaciones.» El grupo de aquellos jóvenes generosos tenía un jefe llamado Carlos Luanga. Bello y fuerte, Luanga era el maestro de ceremonias de la corte, y a pesar de sus veinte años, la guardia real obedecía a sus órdenes. Los mismos paganos le amaban por su bondad, y los fieles encontraban en él un dechado, un sostén y un consejero. Gracias a su entereza digna y respetuosa, logró salvar muchas veces la inocencia de los pajes de las agresiones del rey. Fue, sobre todo, el ángel de un niño que se llamaba Kizito y era hijo de uno de los más nobles señores de Uganda. Nunca en el jardín real se había abierto una flor tan graciosa. Kizito contaba trece años, era de una exquisita delicadeza y de costumbres purísimas. Simple catecúmeno, nada deseaba tanto en el mundo como recibir las aguas del bautismo. «Quiero ser hijo de Dios», decía con frecuencia. La vida del palacio le tenía en una inquietud continua. Cuando le invitaban a entrar en el departamento privado del monarca, se estremecía como una hoja, e iba a echarse en brazos de su protector.

Conociendo el peligro que se cernía sobre sus cabezas, los pajes cristianos fueron a consultar sobre la conducta que debían seguir al más respetado de todos los convertidos de Uganda, el armero Matías Kisulé. «Podéis huir—les dijo el anciano—y ocultaros entre vuestras familias; pero si tenéis valor para morir por nuestra santa religión cristiana, yo os aconsejo que volváis al lado del rey.» Y todos aquellos pequeños héroes, prefiriendo el sacrificio a la fuga, se reunieron en torno a su jefe y juraron morir con él. Al llegar la noche, Luanga los reunió a todos en una de las salas del palacio, los arengó y los preparó al combate con la oración. Kizito se acercó a él y le dijo que quería recibir el bautismo antes de morir; y el mismo ruego le hicieron otros tres catecúmenos. Carlos tomó un poco de agua y la derramó sobre las cabezas de sus compañeros, pronunciando las palabras rituales: «Yo te bautizo en el nombre del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo.» Parecía una escena de las catacumbas, y, efectivamente, de allí iban a salir aquellos campeones para renovar las gestas gloriosas de los primeros héroes cristianos.

Al amanecer se corrió la noticia por la residencia real, y tras ella vino una orden inquietante: todos los pajes debían ser conducidos a presencia del rey. «Nosotros, los cristianos—dice uno de los que habían asistido a la ceremonia de aquella noche—, nos presentamos con Carlos Luanga a la cabeza. El rey estaba sentado sobre un trono, y a su lado estaba la princesa Nassiwa. Antes de sentarnos saludamos al monarca, diciéndole: « ¿Cómo estáis, señor?» Él se burlaba de nosotros, nos insultaba y decía: «Vaya con los cristianos. Mis perros valen más que vosotros.» Después de unos momentos, el rey preguntó: « ¿Han llegado todos?» «Todos», le respondieron. Entonces mandó que cerrasen todas las puertas, y añadió: «Bueno, que los que rezan vayan a aquel rincón, para que sepa a quiénes tengo que matar.» Al instante, Carlos Luanga se levantó y se dirigió al punto designado; los demás nos levantamos también y le seguimos con alegría. Nadie iba triste. Luego el rey dijo; «¿Han marchado ya todos los que rezan?» Y los que se habían quedado en su puesto, gritaron: «Aquí no reza nadie.» Desconfiando de esta respuesta, el rey dijo a uno de sus oficiales: «Mira a ver si queda alguno todavía.» El oficial descubrió entre ellos a Wasiva, y le dijo: «¿No eres tú también de los que rezan?» «Lo era—contestó él—, pero ya no lo soy.» «Ese engañador miente—gritó el rey desde su silla—. Matadlo; que no llegue vivo a la noche.» Inmediatamente el verdugo se arrojó sobre él y lo llevó. Nosotros nos reímos en nuestro rincón y decíamos: « ¡Desgraciado! ¿Qué cosa le habrá movido a renunciar a la fe?» Después el rey pronunció la sentencia y dijo: «Que todos los que rezan, que todos los que han abrazado la religión, sean atados y quemados.» Los verdugos nos ataron a todos. Serían las once de la mañana.»

Poco después se desarrollaba en el palacio real otra escena no menos admirable. Llamado por el rey, entró en su cámara uno de sus capitanes, Santiago Buzabaliawo, cristiano fervoroso, que en el entusiasmo de su celo propagandista había hecho esfuerzos para convertir a su señor. ¿Eres tú—le dijo Muanga—el jefe de los cristianos? «Soy cristiano—respondió él con dignidad—; pero ese título de jefe no me corresponde a mí.» «Este joven—replicó el rey—quiere hacerse el valiente; al verle, creeríamos que es el mismo Kintou.» «Muchas gracias por el honor que me haces.» «Este es el que se esforzaba por hacerme abrazar su religión.... Verdugos: llevadle de aquí y matadle.» «Adiós —dijo el soldado sin inmutarse—. Me voy al paraíso para rezar a Dios por ti.» Una carcajada inmensa acogió las últimas palabras: «Se ve—dijo el rey—que estos pobres cristianos han perdido la razón.»

Entre tanto, los valientes pajes eran conducidos desde la residencia del rey a la capital del reino, y de aquí a Namugongo. Llegaron al ponerse el sol, precedidos siempre por el prefecto de los suplicios, Mukajanga, que caminaba al son de los tambores, «íbamos uno tras otro—dice uno de los presos que luego salió con vida—. En el camino apalearon y alancearon a uno de nuestros compañeros. Atanasio Badzekuketta, cuyo cadáver abandonaron a las aves. Nosotros nos decíamos unos a otros: Nuestro amigo ha sido un héroe; no ha temido morir por la causa de Dios. Seamos nosotros fuertes como él. Después empezamos a hablar de Dios, manifestando nuestros sentimientos con estas palabras: Hacer la ofrenda de nuestra persona por cumplir una bella acción, y retirarla luego es cosa de cobardes. Para nosotros ha llegado el momento de cumplir lo que habíamos prometido; muramos por Dios.»

Antes de entrar en la cárcel se les juntaron otros dos condenados, el capitán Buzabaliawo y el soldado Bruno Serunkuma. Este último, fuerte muchacho de veinticinco años, había pasado durante el viaje por una granja de su hermano. Devorado por la sed y el calor, no pudo contenerse y gritó en dirección a la cabaña: « ¡Bosa, Bosa, tráeme un poco de vino de banano!» Y al verle venir, añadía: «Ya ves, nos llevan a la muerte; pero vamos al Cielo a coger puesto para vosotros. Una fuente que tiene muchos manantiales no puede agotarse; cuando nosotros hayamos desaparecido, otros rezarán en lugar nuestro.» Bosa, entre tanto, le alargaba el vaso, diciendo: «Toma el vino que pediste.» Entonces Bruno miró fijamente a su hermano, y volviéndose luego hacia el verdugo, le dijo: «Vamos.» Había recordado que Cristo no quiso beber en la cruz, y súbitamente le vino el deseo de imitarle. Y pasó adelante sin beber.

Durante una semana los héroes permanecieron en la cárcel, rezando desde la mañana hasta la noche y dirigiéndose unos a otros palabras de aliento: «Estemos firmes—se decían—; muramos por Jesucristo. Nuestro dolor será momentáneo. No moriremos dos veces.» Llegó, finalmente, el día 2 de junio. Por la tarde los verdugos se reunieron al son de los tambores y al canto de la melodía, que es el distintivo de su respectiva circunscripción. «Cuando vimos que se reunían—dice Dionisio Kamyuka—comprendimos que se acercaba nuestra última hora. No obstante, dormimos muy bien aquella noche. Y si alguno se despertaba, miraba al vecino y le decía: ¿Duermes? Ya sabes; el combate será mañana. Seamos fuertes. Y rezábamos el Padrenuestro y saludábamos a la Virgen.» Al amanecer del día siguiente se presentaron los verdugos, teñidos de arcilla roja y de carbón. Para inspirar más miedo, llevaban en la cabeza y en todo el cuerpo toda suerte de objetos extraños, como collares de azabache, pieles de pequeños animales, plumas de pájaros y amuletos. Los presos caminaban al lugar del suplicio con las manos sujetas a la espalda. Eran dieciséis. Sus conductores danzaban en torno de una manera vertiginosa, tocando panderetas y cantando canciones sanguinarias. Era un rito macabro. El estribillo decía: «Hoy, día de llanto para las madres que han parido a sus hijos.» No pudiendo abrazarse, los presos se miraban, sonreían y se dirigían las dulces palabras que les dictaba la comunidad en la fe y en el sacrificio. La hoguera estaba preparada en el fondo de un valle. Al llegar a ella, el prefecto de los verdugos se acercó a los reos y empezó a golpearles dulcemente la cabeza con un bastón. Este rito tenía por objeto impedir que las sombras de los ajusticiados molestasen al espíritu del rey. De los dieciséis, sólo trece fueron golpeados. Esto quería decir que a tres de ellos se les conservaba la vida. Así lo comprendieron, por lo cual se echaron a llorar, diciendo casi desesperados: « ¿Por qué no nos matáis? También nosotros somos cristianos. Ni hemos renunciado a nuestra religión, ni renunciaremos jamás.» Sordo a sus gritos, el verdugo dio las órdenes para proceder al suplicio de los demás. Entre los perdonados figuraba Dionisio Kamyuka, por quien conocemos muchos de los detalles de aquel drama sublime.

Cuando se encendía la leña, dijo el verdugo a los mártires: «Declarad simplemente que no volveréis a rezar y Muanga os perdonará.» « ¡Oh, no—respondieron ellos—, rezaremos mientras vivamos!» Y continuó el siniestro preparativo. Carlos Luanga fue quemado aparte, a fuego lento. Cuando le llevaban, se despidió de los demás con estas palabras: «Amigos, hasta más ver; nos encontraremos en el Cielo.» Empezaron a aplicarle el fuego en los pies, y poco a poco pasaban a las demás partes del cuerpo. Al mismo tiempo el verdugo le decía: «¡Que tu Dios venga a sacarte de las brasas!» « ¡Pobre insensato—respondía él—; no sabes lo que dices! Ahora no haces más que echar agua sobre mis miembros; cuida de que el Dios a quien insultas no te sumerja un día en el verdadero fuego.» Y añadía con un valor heroico: «Suéltame las manos para que yo mismo pueda atizar la llama.» Entre tanto, sus compañeros cantaban en medio de las llamas. «El fuego—decía Dionisio—se levantó como un torbellino, como cuando se quema una casa. Y cuando empezaron a alzarse las llamas yo oía salir de en medio de ellas el murmullo de las oraciones de los cristianos, que morían invocando a Dios.» El pequeño Kizito, el más joven de aquellos adolescentes, fue uno de los más valerosos. Cuando le arrojaron a la hoguera, seguía sonriendo y hablando a los ejecutores con la gracia de un apóstol y la altivez de un héroe. A sus palabras respondía el que le llevaba al suplicio: «Tú me llamas demonio; tu me dices que el fuego con que fumo el tabaco me abrasará. Ahora es a mí a quien toca quemarte a ti.» El pequeño atleta seguía sonriendo y provocando a sus asesinos.

Quedaba una víctima todavía: era el propio hijo de Mukajanga, el jefe de los verdugos. Se llamaba Mubaga Tuzindé, uno de los que habían recibido el bautismo la noche antes de la prisión. Desde aquel día se habían puesto en juego todos los medios para hacerle apostatar. Pero él respondía siempre: «No es posible; yo soy cristiano y permaneceré cristiano.» Y sus compañeros rezaban por él, para que no les abandonase en la última hora. El padre había esperado que la vista de los preparativos del suplicio quebrantaría su valor. Pero el muchacho permanecía firme. Él mismo se echó a las llamas, y cuando quedó rodeado de ellas: «Ueraba—dijo—; adiós, padre.» «Hijo mío—suplicó entonces el feroz verdugo—, ven, yo te ocultaré en mi choza; nadie pasa por allí y no te encontrarán.» «Padre—contestó él—, yo no quiero esconderme; yo quiero ser fiel a la oración. Por otra parte, tú eres esclavo del rey; si me escondes te matarán a ti; pero, padre mío, tengo miedo al fuego; mátame antes que se encienda más». Mukajanga hizo señas a uno de sus subalternos y volvió la vista. El ayudante levantó al niño y le rompió la nuca con un mazo. Entre los siniestros chisporroteos se oían aún las plegarias de los demás. ¡Ni un grito, ni una lágrima, ni un gemido! Tal fue la muerte de aquellos negros admirables. De repente, el salvaje se levantaba a la más alta gloria del hombre civilizado. No es menos noble la actitud de estos jóvenes africanos que la de los mártires civilizados del Imperio romano. Pertenecen a la misma familia de los mártires de Cristo, y en el Cielo llevan la misma corona. En pocos años el catecismo había despertado entre la barbarie el anhelo de todas las grandezas.

(fuente: www.divvol.org)

otros santos 03 de junio:

- San Isaac de Córdova
- Beato Juan XXIII

lunes, 2 de junio de 2014

02 de junio: Santos Potino, Blandina y 46 compañeros mártires

(† 177)
Los Mártires de Lyon

Tenemos esa carta admirable «de los hermanos que — habitan en Viena y en Lyón a los hermanos de Asia y de Frigia». Ella nos cuenta las primeras victorias de los discípulos de Cristo en la Galia. Fue en Lyón, metrópoli administrativa y política, centro de una gran confederación de pueblos, a los cuales el genio de Roma daba, si no la realidad, al menos la ilusión de la autonomía. Allí, en torno del altar de Augusto, a la orilla del Ródano, se reunían los sesenta y cuatro delegados de las provincias, planeaban y discutían siempre cosas sin importancia; elegían al sumo sacerdote que había de sacrificar al César por un año, e inauguraban en el anfiteatro las fiestas populares, a la vez literarias y sangrientas, concursos de poesía y de elocuencia, luchas de fieras y de gladiadores, que atraían miles de curiosos desde las orillas del Ebro hasta las del Sena. Esto, siempre el primero de agosto, aniversario de la consagración del altar.

No faltaban tampoco entre aquella concurrencia cosmopolita mercaderes orientales atraídos por la nombradía de los comercios lioneses, sirios que pregonaban sus sedas y tapices, asiáticos de Éfeso y Cilicia, traficantes en joyas, egipcios vendedores de ciencia y de papiro. Con sus mercancías venían los cultos del Oriente, las prácticas del tauróbolo, los misterios de Isis y las teogonías persas y helénicas. El cristianismo se propagaba también, y tan rápidamente, que empezaba a despertar los recelos del patriotismo local. Cuando llegaban los juegos de agosto y Lyón se llenaba de magistrados, sacerdotes, devotos y forasteros de todas las categorías, se hacía intolerable el murmullo contra aquellos hombres misteriosos, que no querían asociarse a los regocijos considerados como gloria de la ciudad. Se les injuriaba, se les apedreaba, se les arrojaba de las termas y del foro y se les perseguía por las calles entre aullidos y desprecios. Las mismas autoridades creyeron deber suyo intervenir para dar la razón al pueblo. El legado imperial estaba ausente, pero los duunviros mandaron detener a los cristianos más conocidos y los encerraron en un calabozo.

Era una medida ilegal, pues desde el primer siglo toda jurisdicción criminal había pasado en las colonias a los oficiales del Imperio. No obstante, cuando el legado volvió a la ciudad, en vez de soltar los presos, mandó que los llevasen a su presencia. Un joven cristiano, de gran familia, llamado Vetio Epagato, que asistía al interrogatorio, viendo las torturas que se hacía sufrir a sus correligionarios, acercóse hasta el tribunal y dijo indignado: «Yo pido que se me permita defender la causa de los reos; puedo mostrar hasta la evidencia que no somos ateos ni impíos.» Levantóse un gran murmullo entre la concurrencia a causa del prestigio que Vetio tenía entre sus conciudadanos. Sin embargo, el juez, lejos de acceder a su petición, preguntóle si también él era cristiano. «Lo soy», dijo Vetio con voz decidida, y el legado mandó agregarle al número de los acusados, diciendo irónicamente: «¡Vaya un abogado que tienen los cristianos!»

Aquella primera audiencia tuvo un resultado desastroso, pues terminó con la apostasía de diez cristianos. El juez pudo enviar a los otros al suplicio, pero tal vez no recordaba el rescripto de Trajano. Quería condenar a unos hombres perseguidos por la furia popular, pero no creyendo suficientes los motivos religiosos, quiso averiguar su culpabilidad en los delitos comunes. Los esclavos de los reos fueron arrastrados hasta el tribunal, y ya los verdugos se disponían a darles tormento, cuando se manifestaron prontos a declarar cuanto se les dijese. Y delataron todos los crímenes que la imaginación popular achacaba a sus amos: «los banquetes de Trieste, los incestos de Edipo y otras enormidades que no podemos decir ni pensar y que no creemos hayan sido jamás cometidas por los hombres». Era preciso arrancar a los presos las mismas declaraciones, y se les extendió en el potro. Dos de ellos sobre todo, y la joven esclava Blandina dieron muestra de una constancia admirable. «Por medio de esta mujer—decían los cristianos de la Galia a los de Frigia—, Cristo ha mostrado al mundo que lo que es vil, infame y digno de desprecio ante los hombres, es noble y grande a los ajos de Dios, que mira el amor fuerte y verdadero, y no las vanas apariencias.» Desde la salida del sol hasta el atardecer estuvo sufriendo los garfios y las ruedas. Los verdugos se relevaban fatigados y admirados de que aquel cuerpo pequeño y débil pudiese soportar tantos suplicios, cuando uno solo hubiera debido acabar con él. «Esta esclava—dice Renán—mostraba al mundo que se había realizado una revolución. La verdadera emancipación del esclavo, la emancipación del heroísmo, fue en gran parte obra suya.» De cuando en cuando, el juez le preguntaba en medio del tormento: «¿Qué dices?» Y ella daba siempre, la misma respuesta: «Soy cristiana y no se hace ningún mal entre nosotros.»

Como la tortura había resultado ineficaz, se acudió a los rigores del encierro: estrechos calabozos, sin aire y sin luz, cepos en los pies, utilizados hasta el quinto agujero; el tormento del hambre y de la sed; la brutalidad de los carceleros, bien aleccionados para producir toda clase de molestias. Los ancianos y los débiles sucumbieron, y entre ellos el obispo Potino, viejo venerable de noventa años, que había manifestado en el interrogatorio toda la grandeza del alma cristiana y sacerdotal. «¿Quién es el Dios de los cristianos?», le preguntó el legado, y él contestó: «Si eres digno, le conocerás.» Al volver a la prisión, la multitud le empujaba y acoceaba, y los que estaban lejos de él arrojaban piedras e inmundicias sobre su cabeza de nieve.

Vino al fin la sentencia, condenando a los supervivientes a diversos suplicios. Cuatro de ellos, Maturo, Santo, Atalo y Blandina, fueron destinados a las fieras. Hubo una gran fiesta en el anfiteatro. Blandina apareció atada a un poste en medio de la arena. Maturo y Santo fueron paseados delante de la multitud por sendos verdugos, armados de látigos; después se les sentó en una silla metálica incandescente, y, finalmente, se les degolló. Entre tanto, las fieras se acercaban a la esclava sin hacerle daño alguno. Irritado de ello, el público empezó a gritar: «¡Atalo, Atalo!» Y Atalo apareció, llevando a la espalda un cartelón que decía: «Soy cristiano.» No obstante, el suplicio fue suspendido súbitamente, con gran decepción de la concurrencia, ávida de sangre. El legado acababa de saber que el mártir era ciudadano romano; tuvo escrúpulos y creyó prudente consultar el parecer de Marco Aurelio, el emperador filósofo.

Un gran número de presos había muerto ya, dos habían sido decapitados, los demás quedaron en la prisión. En la prisión permanecían también los apostatas, tan maltratados como los que habían confesado la fe. El juez debiera haberlos absuelto, conforme a la legislación vigente con respecto a los cristianos, pero ya vimos al principio que no era el aspecto religioso del asunto el que le preocupaba. Y allí continuaban los miserables, humillados, abandonados, ante la alegría de aquellos confesores, «que llevaban las cadenas como una desposada lleva las franjas de oro de sus vestidos nupciales», contemplando con desesperación la actividad serena de los héroes, que en el fondo de su calabozo, en medio de la enfermedad, acosados por la muerte, pensaban en los intereses de la Iglesia universal, se inquietaban por los progresos de la herejía montañista, escribían a las iglesias de Roma y Asia y al mismo tiempo se corregían mutuamente sus defectos, se consolaban con palabras de caridad y de confianza y se advertían amorosamente los excesos, en que algunos de ellos había caído por una austeridad mal entendida. Su única preocupación era la desconfianza que tenían de sus propias fuerzas; con exquisita delicadeza rehusaban el título de mártires; a nadie acusaban, «a nadie ataban», todo lo perdonaban, todo lo excusaban, rezaban por los jueces, se compadecían de los verdugos e invocaban, sobre todo, con lágrimas abundantes, la misericordia divina sobre aquellos que, llevados de la debilidad humana, habían abandonado a Jesús. Y fueron oídas sus conmovedoras plegarias: «con ayuda de los miembros vivos, los miembros muertos de la Iglesia se reanimaron poco a poco; los que habían dado el testimonio se alegraron por aquellos que antes habían rehusado la confesión, y la Iglesia, virgen y madre, concibió nuevamente en su seno a los hijos que le habían arrancado.» Casi todos aquellos renegados volvieron a la fe y se apresuraron para comparecer ante los magistrados con nuevas energías.

Entre tanto, Marco Aurelio recibía el informe del legado lionés. La respuesta podía tenerse por descontada. Ni él ni su corte filosófica miraban con simpatía la nueva religión. A Epicteto los cristianos le molestan, a Galeno le ponen de mal humor, a Elio Arístides le irritan. Más procaz, Celso, que un año después de la hecatombe de Lyón publicaba su Discurso verdadero, se frotaba las manos viendo a los fieles «acosados por todas partes, errantes, vagabundos y próximos a desaparecer». Suyas son aquellas palabras que Minucio Félix recogía en su Octavio: «¿No oís las amenazas? ¿No veis los castigos, las torturas, los fuegos que anunciáis y que teméis, las cruces levantadas no para la adoración, sino para el suplicio? ¿Dónde está ese Dios que puede resucitar a los muertos y que no puede salvar a los vivos?» Marco Aurelio no participaba de los prejuicios del pueblo, ni creía, como sus literatos, que aquellos perseguidos formaban una facción infame, turbulenta, tenebrosa, obscena, seductora de niños y mujeres y entregada a un culto ridículo y abominable. Lo único que en ellos le sorprendía era su facilidad para aceptar la muerte; pero este fenómeno extraño, que él no sabía explicar, bastaba para indisponerle contra ellos. Ni se dignó leer sus libros, ni se prestó a sus más justas reclamaciones, ni prestó el menor interés a las memorias que le presentaban los apologistas. En sus Pensamientos sólo una vez habló de ellos, y sus palabras revelan al mismo tiempo desdén, incomprensión y superficialidad. Meditando, en su campo del Danubio, sobre la muerte, deja escapar esta sentencia: «Disposición del alma preparada siempre a separarse del cuerpo, sea para extinguirse, sea para dispersarse, sea para persistir. Y esa preparación debe ser efecto de un juicio personal, no fruto de un espíritu de oposición, como sucede en los cristianos; debe ser un acto reflexivo, grave, capaz de persuadir a los otros, sin mezcla de fasto trágico.»

La solución imperial, «dura y cruel», según la expresión de Renán, recordaba los viejos rescriptos de Adriano y de Trajano: la pena de muerte para los contumaces y la absolución para los renegados. Ignorante de las novedades que había habido en la prisión, el legado se imaginó que para estos últimos el proceso iba a reducirse a una pura ceremonia: se presentarían ante él, renovarían su declaración y marcharían libres a sus casas. Para acentuar el triunfo de la política imperial, realizóse la audiencia con gran solemnidad delante de una inmensa muchedumbre. No se perdió el tiempo en largos interrogatorios. Todo el que se confesaba cristiano era condenado a la decapitación, si era ciudadano romano, y si no, a las bestias. Cuando llegó la vez a los apostatas, respondieron intrépidamente, con gran sorpresa del legado, de los asesores y de la multitud. La indignación popular se revolvía ahora contra aquellos a quienes consideraba causantes de aquella transformación. Entre ellos figuraba un médico, venido de Frigia, que se llamaba Alejandro, naturaleza generosa, alma ardiente, palabra libre y fácil, que había sostenido siempre con intrepidez la doctrina de Cristo. Con ansiedad profunda acababa de presenciar en pie, a unos pasos del tribunal, la confesión de los lapsos, reflejando su semblante los sentimientos que agitaban su corazón, delatando con gestos, con exclamaciones, con señales de aliento, la parte que le cabía de aquella lucha. El pueblo, al advertirlo, empezó a gritar furioso: «Este es el que ha hecho todo el mal.» Llevado a presencia del juez, no se le pudo arrancar más que esta respuesta: «Soy cristiano.» Atalo y él fueron condenados a las bestias.

Conducidos al anfiteatro, pasaron por toda la serie de tormentos necesarios para satisfacer la curiosidad feroz de las turbas. Alejandro parecía abismado en el pensamiento de Dios: ni exhaló un grito ni pronunció una palabra. Atalo, en cambio, hablaba con los verdugos y con el público. Cuando estaba colocado en la silla enrojecida al fuego y el tufo horrible de sus carnes asadas se extendía por el ambiente, exclamó: «He aquí lo que se puede llamar comer hombres. No, nosotros no comemos carne humana; nosotros no hacemos mal alguno.» A los que le preguntaban cómo se llamaba su Dios, respondía: «Dios no tiene un nombre como nosotros los mortales.» Más conmovedor aún fue el suplicio de la joven Blandina y de un muchacho de quince años que se llamaba Póntice. Uno y otro habían sido llevados diariamente para presenciar el martirio de sus compañeros. Luego se les presentaba ante las estatuas de los dioses y se les invitaba a jurar por ellos. El niño y la esclava se negaron siempre con una constancia admirable. Ahora el niño, sostenido por la virgen, sufrió todos los tormentos con intrepidez. «Jura», le decían, haciéndole pasar por todos los suplicios. Y él contestaba siempre: «No.» «Quedó, finalmente, sola esta bienaventurada Blandina, como una madre generosa que alienta a sus hijos al combate y los envía vencedores al palacio del rey. Siguiendo, a su vez, el camino que ellos trazaron con su sangre, se prepara, alegre, a unirse a ellos, extasiada con el pensamiento de morir, como quien se dirige a un banquete nupcial, no como quien va a combatir con las bestias. En fin, después de haber sufrido los azotes, las fieras y la parrilla ardiente, fue envuelta en una red y la arrojaron a un toro. Lanzada al aire una y otra vez, parecía no darse cuenta siquiera, anestesiada por la fuerza de su esperanza, por la alegría anticipada de los bienes eternos y por la conversación con Cristo. «Jamás entre nosotros, decían los espectadores, ha sufrido una mujer tanto y tan terribles tormentos.»

Tal es el resumen de la carta famosa, en la cual se ha podido reconocer la mano y el genio de San Ireneo. El texto original, sencillo, solemne y lleno de vida, nos conmueve profundamente. «Es uno de los documentos más extraordinarios que poseen las literaturas antiguas — vuelve a decir Renán, a quien citamos porque su testimonio tiene doble valor—. Jamás se ha trazado un cuadro más fuerte del grado de entusiasmo y de sacrificio a que puede llegar la naturaleza humana. Es el ideal del martirio, sin mancha de orgullo por parte del mártir.» Nada de aquel fasto teatral que echaba en cara a los cristianos el estoico coronado. Cada una de sus líneas nos habla de moderación y grandeza de alma, de modestia y de entusiasmo, de humildad y de altivez, de anhelo sublime y sabiduría perfecta, de solicitud por la Iglesia y compasión por los pecadores, de fe tan viva, de tan profunda convicción, que hacía olvidar la violencia del dolor y permitía al cristiano hundirse durante el suplicio en la contemplación sensible de la futura bienaventuranza. Es la cima del heroísmo que se ignora; es la belleza del alma cristiana primitiva, que se presenta ante nosotros grande y serena, como una imagen reflejada en él cristal inmaculado de una fuente.

(fuente: www.divvol.org)

otros santos 02 de junio:

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