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sábado, 14 de junio de 2014

14 de junio: Santos Digna, Anastasio y Félix

Mártires de Córdoba

Martirologio Romano: En Córdoba, en la región hispánica de Andalucía, santos mártires Anastasio, presbítero, Félix, monje, y Digna, virgen, que murieron el mismo día. Anastasio, por confesar su fe cristiana ante los jueces musulmanes, fue decapitado, y con él murió también Félix, originario de Getulia, en África del Norte, que había profesado la fe católica y la vida monástica en Asturias. Digna, aún joven, por haber reprendido al juez por la muerte de los dos anteriores, fue decapitada de inmediato. († 853)

San Anastasio era un sacerdote de Córdoba, hombre venerable que había sido elevado al sacerdocio después de largos años pasados en el estado monástico. Al día siguiente del martirio de san Fándilas, se presentó ante los cónsules de la ciudad y atacó también él, en términos vehementes, a los enemigos de la fe. Inmediatamente le cortaron la cabeza. Al mismo tiempo ejecutaron a un monje llamado Félix, originario de Getulia, en África, que había venido por azar a España; allí se había convertido y abrazado el estado monástico. Ambos cuerpos, decapitados, se exhibieron junto al río, como el de San Fándilas.

En la tarde de ese mismo día, martirizaron igualmente a una joven religiosa, llamada Digna. Esta que, a causa de su profunda humildad, se consideraba la última de todas sus hermanas, decía con frecuencia de la manera más emocionante: «No me llaméis Digna, sino Indigna, porque mi nombre debe expresar lo que soy». Durante un sueño vio a santa Ágata deslumbrante de belleza y con lirios y rosas en sus manos. La santa mártir le dio una rosa roja, exhortándola a combatir valerosamente por Cristo. Desde entonces, Digna sintió un vivo deseo de martirio y, cuando los rumores de la ejecución de Anastasio y de Félix llegaron hasta ella, comprendió que su hora había llegado. Salió secretamente del monasterio y se presentó ante el juez para reprocharle abiertamente los asesinatos que acababa de cometer con hombres sin más culpa que la de adorar al verdadero Dios y de confesar a la Trinidad Santísima. A su vez, Digna fue decapitada y colgada, como los mártires que le precedieron. La Iglesia ha reunido a estos tres mártires el día 14 de junio.

(fuentes: "Vida de Santos" de Alban Butler; catholic.net)

otros santos 14 de junio:

- Beata Francisca de Paula de Jesús
- San Metodio

viernes, 13 de junio de 2014

13 de junio: San Fandila


Nacido en Guadix (Granada), fue enviado a Córdoba para recibir educación tomando el hábito en el monasterio Tabanense bajo la disciplina del abad Martín.

Por sus numerosos méritos fue traslado a Peña Melaria por una solicitud realizada por los mismos monjes, ordenándose en este monasterio sacerdote.

El 13 de junio del 853 se presentó ante el Dadí, mostrándole lleno de fe la verdad del Evangelio; con esto fue encarcelado en un calabozo lleno de cadenas, siendo condenado por Mohamed I a morir degollado y colgado a la orilla del río.

La Iglesia celebra este día en su honor.

(fuente: cordobapedia.wikanda.es)

otros santos 13 de junio:

- San Antonio de Padua

jueves, 12 de junio de 2014

12 de junio: Beata María Cándida de la Eucaristía

(1884-1949)

María Barba nació el 16 de enero de 1884 en Catanzaro (Italia), a donde la familia, oriunda de Palermo, se había trasladado momentáneamente por motivos de trabajo del padre, Pedro Barba, consejero del Tribunal Superior. Cuando la niña tenía dos años la familia regresó a la capital siciliana y allí vivió María Barba su juventud, en el seno de una familia profundamente creyente, pero que se opuso obstinadamente a su vocación religiosa, experimentada desde los quince años de edad. María, en efecto, tuvo que luchar casi veinte años hasta ver realizada su aspiración, demostrando, durante esos años de espera y de sufrimiento interior, una sorprendente fortaleza de ánimo y una fidelidad poco común a la inspiración inicial. En esta batalla, que se prolongó hasta su entrada en el Carmelo teresiano de Ragusa el 25 de septiembre de 1919, María Barba fue sostenida por una especialísima devoción al misterio eucarístico: en la Eucaristía veía ella el misterio de la presencia sacramental de Dios en el mundo, la muestra concreta de su amor infinito a los hombres, el motivo de nuestra plena confianza en sus promesas.

En ella, el amor a la Eucaristía se manifiesta desde la más tierna infancia. «Cuando era pequeñita —cuenta ella misma— y todavía no se me había dado Jesús, esperaba a mi madre, cuando volvía de la Santa Comunión, casi en el umbral de casa, y, de puntillas para llegar hasta ella, le decía: “A mí también el Señor!”. Mi madre se inclinaba con afecto y alentaba sobre mis labios; yo la dejaba en seguida y, cruzando y apretando las manos sobre el pecho, llena de alegría y de fe, repetía saltando: “Yo también tengo al Señor! yo también tengo al Señor”». Son señales de una vocación y de una llamada de Dios, cuya iniciativa comienza a preparar un regalo extraordinario para la Iglesia.

Desde que, a los 10 años, fue admitida a la Primera Comunión, su mayor alegría era poder comulgar. Desde entonces, privarse de la Santa Comunión, era para ella «una cruz y un tormento bien grande». En efecto, tras la muerte de su madre en 1914, no podía acercarse a la Comunión sino raramente, por no reñir con sus hermanos que no le permitían salir sola de casa.

Entrada en el Carmelo, donde tomó el nombre, en cierto modo profético, de María Cándida de la Eucaristía, quiso «acompañar a Jesús, en su condición de Eucaristía, lo más que pudiese». Prolongaba sus horas de adoración, y, sobre todo, la hora de las 23 a las 24 de cada jueves, la pasaba ante el Tabernáculo. La Eucaristía polarizaba verdaderamente toda su vida espiritual, no tanto por las manifestaciones devocionales, cuanto por la incidencia vital en la relación entre su alma y Dios. De la Eucaristía sacó fuerzas María Cándida para consagrarse a Dios como víctima el 1 de noviembre de 1927.

María Cándida desarrolló plenamente lo que ella misma define como su «vocación a la Eucaristía» ayudada por la espiritualidad carmelitana, a la que se había acercado a través de la lectura de la Historia de un alma de Santa Teresita. Son bien conocidas las páginas en que santa Teresa de Jesús describe su especialísima devoción a la Eucaristía y cómo, en la Eucaristía, experimentó la santa Fundadora el misterio fecundo de la Humanidad de Cristo.

Elegida priora del monasterio en 1924, lo fue, salvo una breve interrupción, hasta 1947, infundiendo en su comunidad un profundo amor a las Constituciones de santa Teresa de Jesús y contribuyendo de forma directa a la expansión del Carmelo teresiano en Sicilia, fundación de Siracusa, y al retorno de la rama masculina de la Orden.

A partir de la solemnidad del Corpus Domini de 1933, año santo de la Redención, María Cándida comienza a escribir lo que podríamos definir como su pequeña obra maestra de espiritualidad eucarística, La Eucaristía, «verdadera joya de espiritualidad eucarística vivida». Se trata de una larga, intensa meditación sobre la Eucaristía, siempre tensa entre el recuerdo de la experiencia personal y la profundización teológica de esa misma experiencia. En la Eucaristía ve sintetizadas, la Madre Cándida, todas las dimensiones de la experiencia cristiana. La fe: «Oh mi Amado Sacramentado, yo Te veo, yo Te creo!... Oh Santa Fe». «Contemplar con Fe redoblada a nuestro Amado en el Sacramento: vivir de Él que viene cada día». La esperanza: «Oh mi divina Eucaristía, mi querida esperanza, todo lo espero de ti... Desde niña fue grande mi esperanza en la Santísima Eucaristía». La caridad: «Jesús mío, cuánto Te amo! Es un amor inmenso el que nutro en mi corazón por Ti, oh Amor Sacramentado... Cuán grande es el amor de un Dios hecho pan por las almas! De un Dios hecho prisionero por mí».

En la Eucaristía, la Madre Cándida, entonces priora de su comunidad, descubre también el sentido profundo de los tres votos religiosos, que en una vida intensamente eucarística hallan, no sólo su plena expresión, sino también un ejercicio concreto de vida, una especie de profunda ascesis y de progresiva conformación al único modelo de toda consagración, Jesucristo muerto y resucitado por nosotros: «¿Qué himno no debería entonarse a la obediencia de nuestro Dios Sacramentado? Y ¿qué es la obediencia de Jesús en Nazareth, comparada con su obediencia en el Sacramento desde hace veinte siglos?». «Después de instruirme sobre la obediencia, cuánto me hablas, cuánto me instruyes en la pobreza, oh blanca Hostia! Quién más despojada, más pobre que Tú...No tienes nada, no pides nada!... Divino Jesús, haz que las almas religiosas estén sedientas de desprendimiento y de pobreza sincera!».«Si me hablas de obediencia y de pobreza..., qué fascinación de pureza no suscitas Tú con solo mirarte! Señor, si tu descanso lo encuentras en las almas puras, ¿qué alma, tratando contigo, no se hará tal?». De ahí el propósito: «Quiero permanecer junto a Ti por pureza y amor».

Pero es sin duda la Virgen María el verdadero modelo de vida eucarística, Ella que llevó en su seno al Hijo de Dios y que continuamente lo engendra en el corazón de sus discípulos: «Quisiera ser como María — escribe la María Cándida en una de las páginas más intensas y profundas de La Eucaristía —, ser María para Jesús, ocupar el puesto de su madre. En mis Comuniones, María la tengo siempre presente. De sus manos quiero recibir a Jesús, ella debe hacerme una sola cosa con Él. Yo no puedo separar a María de Jesús. Salve! Oh Cuerpo nacido de María!. Salve María, aurora de la Eucaristía!».

Para María Cándida, la Eucaristía es alimento, es encuentro con Dios, es fusión de corazón, es escuela de virtud, es sabiduría de vida. «El Cielo mismo no posee más. Aquel único tesoro está aquí, es Dios! Verdaderamente, sí verdaderamente: mi Dios y mi Todo». «Le pido a mi Jesús ser puesta como centinela de todos los sagrarios del mundo hasta el fin de los tiempos».

El Señor la llamó, después de algunos meses de agudos sufrimientos físicos, el 12 de junio de 1949, Solemnidad de la Santísima Trinidad.

(fuente: www.vatican.va)

miércoles, 11 de junio de 2014

11 de junio: Santa Paula Frassinetti

(1809-1882)
virgen, fundadora de la Congregación de Santa Dorotea

Paula Frassinetti es hija de Dios desde el día de su nacimiento, el 3 de marzo de 1809, recibiendo el Bautismo este mismo día en la Parroquia de San Esteban de Génova, su ciudad natal.

Nace después de José y Francisco. Paula crece serena en la casa paterna, que se verá alegrada después con el nacimiento de Juan y Rafael. Su madre es el ejemplo más vivo de virtud y la pequeña se abre delicadamente a la gracia divina que obra en ella maravillas. Según el plan de Dios, Angela, su buena madre no tendrá tiempo de ver los proyectos de Dios sobre su hija. Morirá dejando a Paula, todavía en la edad del juego, al cuidado de la casa. Son días de desorientación y dolor. Paula tiene 9 años.

No se ahorra fatigas y tiene con su padre, Juan Bautista, y con sus hermanos atenciones amorosas y delicadas, que le exigen no pocas renuncias y sacrificios.

Su Primera Comunión y el sacerdocio de su hermano José son momentos de profunda reflexión para ella, que ya siente en su corazón la llamada divina.

En la familia aprende a leer y a escribir y recibe la base de su formación. Su hermano José, avanzado ya en los estudios de Teología, le habla de las cosas de Dios y Paula escucha y acoge la palabra de Dios que penetra en su corazón. Percibe la llamada para seguir más de cerca al Señor y en ella resuenan profundamente las palabras del Maestro: «Quién ama a su padre y a su madre más que a mí, no es digno de mí».

Pero... hay un pero. Su padre no está de acuerdo: ¿Qué hará sin su Paulina? Y Paula se ve obligada a acallar ese deseo, esperando la hora de Dios. Y llega la ocasión.

A los 19 años experimenta un momento de cansancio dado el ritmo de vida agobiante al tener que desempeñar el papel de madre en la familia.

Su hermano Don José, ya Párroco de un pueblecito de la costa ligur la hospeda durante algún tiempo. El aire puro de Quinto es un buen remedio para su salud delicada. La vida en la parroquia es para ella un campo de aprendizaje de obras de bien, y poco a poco, con su cordial afabilidad atraerá a las jóvenes de aquel lugar. Todos los domingos van al campo a hablar de Dios. Los encuentros se repiten con frecuencia y el diálogo se extiende a otras jovencitas. Paula les revela el secreto de una vida dedicada totalmente al Señor y descubre sus aptitudes y su vocación de educadora. En torno a ella se forma un grupo comprometido que vive en comunión de amor. En su mente se clarifica la idea de un nuevo Instituto: así se lo confía a su hermano D. José.

Pronto, a pesar de los obstáculos y sufrimientos, el ideal será realidad. Son seis las compañeras que superan los primeros momentos, tan difíciles. Paula está decidida. En el signo de la cruz está el comienzo de su obra, aquella cruz que ella amará durante toda su vida y que le hará exclamar: «Quien más se sacrifica, más ama».

Así, el 12 de agosto de 1834, en el Santuario de San Martino in Albaro, siete jóvenes ofrecen su vida a Dios. La Misa la celebra su hermano D. José que las había preparado para ese paso tan importante. Son felices; pocas horas después, pondrían la primera piedra de su Instituto; comenzarían a vivir en comunidad, apoyándose en la única riqueza: Jesucristo. En realidad, no tienen nada, son pobres en la casita de Quinto que han elegido como primera morada.

Abren una Escuela para las niñas más pobres y así tienen que trabajar aún de noche, para sobrevivir. No falta el entusiasmo, y de ahí los primeros éxitos de la Escuela. Pero los caminos del Señor no son nuestros caminos: los sufrimientos representan para Paula la prueba de la Voluntad de Dios. El cólera infecta Génova y sus hijas están en primera fila para llevar ayuda y consuelo.

En 1835, un sacerdote de la región de Bérgamo, D. Lucas Passi, amigo de D. José, conociendo el celo apostólico de Paula, le propone acoger en su Instituto la Pía Obra de Santa Dorotea, fundada por él con el fin de acercarse a los jóvenes más pobres y necesitados en su ambiente de vida y trabajo. Paula percibe en la originalidad de esa obra su linea educativa y la dimensión apostólica de su consagración y por eso no duda en integrarla en las actividades de su Instituto. Sus hijas no se llamaran ya «Hijas de la Santa Fe» sino Hermanas de Santa Dorotea.

Es un momento importante para la vida de aquella comunidad que ve concretarse su inspiración original: «estar planamente disponibles en las manos de Dios para evangelizar a través de la educación, dando preferencia a los jóvenes y a los más pobres».

Surgen nuevas casas en Génova y después en el centro de la cristianidad. Apenas siete años después de la fundación, el 19 de mayo de 1841, Paula se encuentra en Roma, acompañada de dos novicias. También aquí surgen nuevas dificultades: la primera casa tiene dos pequeñas habitaciones situadas sobre un establo en el callejon de los Santos Apóstoles. Paula acepta todo, le espera una gran recompensa: será recibida por el Papa Gregogio XVI que se complace en la labor de sus Doroteas. Es feliz: le ha hablado el Señor.

Las incomodidades y los sufrimientos aumentan: pobreza y enfermedades afligen a aquellas heróicas hermanas que no tienen una moneda para sus necesidades.

En 1844 el Papa confía a Paula la dirección del Conservatorio de Santa María del Refugio, en San Onofrio. La madre con dulzura y caridad da al ambiente un nuevo aspecto y una orientación decisiva para el futuro de la Institución. Por su presencia en ella, la casa de San Onofrio será la sede generalicia.

El 1846, un espíritu antirreligioso, más que un pensamiento político invade Italia. En Génova son perseguidas también las Doroteas. Las hijas de Paula viven momentos de fuerte persecución. La tempestad llega también a Roma: Pío IX, sucesor de Gregorio XVI, se ve obligado a refugiarse en Gaeta. Cardenales, Obispos y Prelados se alejan de la capital. Paula permanece sóla al frente de una comunidad numerosa y con fe intrépida supera aquellos momentos dramáticos.

La borrasca se calma. Es el año 1850. Paula obtiene la tan deseada audiencia con Pío IX, que para ella es como un padre. Va a Gaeta empujada por el gran amor al Papa y a la Iglesia, recordando así el gesto de Santa Catalina de Siena.

Comienza la última etapa de la vida de la Fundadora, que podemos definir como el periodo de la gran expansión, puesto que el Instituto, además de consolidarse en Liguria y en los Estados Pontificios, extiende su obra al resto de Italia y del mundo. De hecho surgen en Roma varios Centros educativos y Paula inicia los trámites para abrir una casa en Nápoles, un internado en Bolonia y un orfanato en Recanati.

En 1866 marchan las primeras hermanas misioneras a Brasil. En el mismo año otra meta prometedora: Portugal.

Paula anima a sus hijas: «El Señor os llene de su Espíritu y os convierta en otras tantas llamas ardientes que donde tocan encienden el fuego del amor de Dios», les dice.

Las dificultades no cesan en el camino de los santos. Paula es una mujer de gran fe «El Señor nos quiere apoyadas sólo en El y si tuviéramos un poco más de fe, cuanto más tranquilas estaríamos en medio de las tribulaciones».

Vive el abandono completo a la Voluntad de Dios «única perla que debemos buscar» - dice ella - y que constituye su paraiso: «Voluntad de Dios, eres mi paraiso».

En 1878 muere Pío IX, el Papa que en sus numerosos encuentros con la Fundadora, tuvo siempre palabras de estima y de aliento para su obra apostólica.

Paula siente que su ajetreada vida terrena va a acabar. Son las primeras horas del día 11 de junio de 1882. Está serena.

Su muerte es dulce, tranquila y deja entrever los tesoros de su vida. Invoca a la Santísima Virgen a quien tanto ha amado siempre: «Señora mia, recuerda que soy tu hija».

8 de Junio de 1930, Paula es Beatificada!

11 de Marzo de 1984: hoy las campanas de San Pedro repiten su toque festivo para anunciar que Paula es Santa.

El himno de fiesta llega a los confines del mundo donde las Doroteas trabajan por la gloria de Dios y la expansión de su Reino:

- Europa: España, Inglaterra, Italia, Malta, Portugal y Suiza.
- América del Norte: Estados Unidos.
- América latina: Brasil y Perú.
- Africa: Angola y Mozambique.
- Asia: Taiwan.

Y Paula «permanece viva en la Congregación a través del espíritu profundo que la anima: buscar siempre y en todo la mayor gloria de Dios en el mayor servicio a los hombres». (Cons. l).

(fuente: www.vatican.va)

otros santos 11 de junio:

- San Bernabé
- Santa María Rosa Molas y Vallvé

martes, 10 de junio de 2014

10 de junio: Beato Eduardo Juan María Poppe

«Pedagogo de la Eucaristía»

Madrid, 10 de junio de 2013 (Zenit.org) A veces, en el camino de la santidad emerge el sentimiento de desánimo. Puede ser fruto de una oración deficiente, una apreciación que devela una conciencia de indigencia mal enfocada, una de las tantas manifestaciones del orgullo que se escuda en la sensación de incapacidad para asumir una misión, la impresión de derrota ante la falta de los frutos que se aguardan, entre otras causas. Aunque sea una de las pruebas que forman parte de la vida espiritual, revela una falta de fe y de confianza en la providencia. Además, pone de relieve que el maligno anda haciendo de las suyas porque algo hay que no se ha purificado. Y es que, aunque influyan situaciones anímicas que dan lugar al decaimiento, las verdaderas raíces del desaliento son las deficiencias personales, las flaquezas, el conjunto de debilidades que no se han depurado y de las cuales se aprovecha el diablo. Con independencia de su origen, cuando aquél se presenta solo cabe pedir auxilio a Cristo. Eso hizo este beato cuando pasó por esta experiencia.

Nació en la localidad belga de Moerzeke el 18 de diciembre de 1890. Aparentemente, la profesión de su padre, que fue panadero, pudo condicionar su vida. Pero, sin duda, Dios lo había signado desde toda la eternidad para que estuviese vinculado estrechamente al Santísimo Sacramento, amasando el Pan de la Eucaristía durante ocho años, y difundiendo su amor por ella a través de escritos y predicaciones. Cuando tenía 16 años perdió a su progenitor. Él y su cristiana madre habían dado a la Iglesia siete de sus once hijos de los cuales algunos apenas sobrevivieron. La influencia materna fue determinante para que Eduardo ingresara en el seminario de San Nicolás, de Waas, en 1909. Al año siguiente tuvo que cumplir con obligaciones civiles en el ejército, aunque siguió estudiando. Al estallar la Primera Guerra Mundial fue reclutado y desempeñó labores de enfermería. Allí tuvo ocasión de mostrar en qué grado deseaba realizar la voluntad de Dios ejercitando la caridad hasta quedar extenuado en circunstancias poco amables para una persona sensible como él. Tuvo que compartir la rudeza, malos modos, y pésimas chanzas de soldados entregados obligatoriamente al sinsentido de la batalla. Entonces aprendió aspectos importantes de la psicología humana que luego iban a servirle pastoralmente.

La lectura de la autobiografía de Teresa de Lisieux le dejó profunda huella y experimentó gran sintonía con ella en su forma de vivir la oración. Por su amor a la cruz redentora elegía a san Francisco de Asís, aunque también se sentía cercano a san Luis María Grignon de Montfort en su devoción a María. Pensando en la misión sacerdotal, tuvo claro que la santidad se transmite si se vive en primera persona: «Santificarse para santificar a los demás». Este hecho indiscutible que viene avalado por el mismo Evangelio, donde queda claro que nadie puede dar lo que no tiene, no fue entendido por algunos. Le dijeron que esa apreciación era fruto de una visión idealista, lo cual introdujo en su ánimo la duda respecto a la viabilidad de su santidad personal. Todo ello en medio de un proceso de aridez que no se disipaba ni siquiera al encomendarse a María. Con la puerta abierta al desánimo, se sentía tan poca cosa que no entendía cómo Dios podía amarle. Su confesor le ayudó: «Diga con frecuencia: ‘Señor, yo creo, pero ayúdame’. Sobre todo, no se desanime. Mire el crucifijo; en él encontrará la paz gozosa del sacrificio». Siguiendo este consejo, con ayuda de la gracia salió adelante.

En 1914 otro sacerdote que le asistió en un instante en el que lo recogieron casi moribundo, le infundió la devoción a san José. Dos años más tarde fue ordenado sacerdote y destinado como vicepárroco a Santa Coleta en Gante, iglesia erigida en un barrio marginal. En el dintel de su casa escribió «Porta patet, cor autem magis» (la puerta está abierta, pero más el corazón). No fue una bella frase o una simple consigna. Como había hecho antes, prodigó la misericordia a manos llenas: socorría a todas las personas que vivían situaciones de marginación, pobreza, enfermedad, a los niños y moribundos. Sorprendentemente, multiplicaba las horas de adoración delante de la Eucaristía. De ella brotaba el manantial de bondad que derramaba a manos llenas. A un sacerdote que se interesó por él al verlo ante el altar, le respondió: «...le estoy haciendo compañía a Nuestro Señor. Me encuentro demasiado cansado para hablarle, así que estoy descansando a su lado». Difundió entre los niños su profunda devoción por la Eucaristía a través del semanario ilustrado «Zonneland» (País del Sol), de su autoría. Y su «Método educativo eucarístico» fue calificado por el cardenal Mercier como una obra maestra.

Es considerado por muchos «pedagogo de la Eucaristía». Promovió asociaciones seglares y sacerdotales, incluyendo la renovación litúrgica y catequética. Creó el Círculo del Catecismo y una Liga de Comunión. Sufrió mucho cuando le indicaban que se alejara de sus campos de acción apostólica, y siempre obedeciendo, rogaba a Cristo que le ayudase. «¡Sufrir y obedecer!», escribía tomando como modelo al Salvador y a san José. Los frutos apostólicos se multiplicaban. Casi al final de su vida fue capellán de una comunidad religiosa en Moerzeke. Se dedicó a la contemplación, al estudio y a la predicación. Escribió contra el marxismo, el materialismo y la secularización. Fue de salud débil toda su vida y tuvo periodos largos en los que se vio obligado a permanecer en cama. Según confió en su última carta a su director espiritual, se ofreció a Cristo por las vocaciones, especialmente las sacerdotales.

La muerte le sorprendió paralizando su corazón, después de tres crisis cardíacas, el 10 de junio de 1924 mientras se hallaba en Leopoldsburgo. Había llegado en 1922 para asistir a los sacerdotes que cumplían servicio militar. Tenía 34 años. Juan Pablo II lo beatificó el 3 de octubre de 1999.

(10 de junio de 2013) © Innovative Media Inc.

otros santos 10 de junio:

- San Bogumilo de Gniezno
- Beato Enrique de Bolzano

lunes, 9 de junio de 2014

09 de junio: San Efrén de Siria

Diácono y doctor de la Iglesia
(300-375?)
Llamado "El harpa del Espíritu Santo".

San Juan Crisóstomo es el sirio de la ciudad, helenizado, transformado por la cultura clásica, iluminado por los resplandores de las escuelas atenienses; San Efrén es un sirio del campo, un representante genuino de la raza bíblica, de aquellos labradores que cultivaban las fértiles campiñas del Orontes y de aquellos pastores que guiaban sus rebaños por las llanuras donde florecieron las más antiguas civilizaciones. Aunque convertidos al cristianismo, estos campesinos conservaban con amor su lengua, sus costumbres y el sello de la raza. Bastaba salir de Antioquía para encontrarse en un mundo distinto, un mundo que el Crisóstomo admiraba por las virtudes de trabajo y honradez de sus habitantes, por la tenacidad de la fe de los rudos aldeanos, por la fuerza vibrante de su elocuencia bárbara y por la solidez de su rústica filosofía, que el sacerdote antioqueno prefería a la ciencia brillante de Grecia.

En este ambiente nació San Efrén, en una casa modesta de aquella ciudad de Nisibe, que, situada en la frontera del Imperio romano, tan pronto veía pasar por sus calles las águilas de los cesáres como los leones heráldicos de los persas.

Dotado de un temperamento poético y soñador, Efrén tenía la inquietud de una llama. El mismo nos habla de su condición antojadiza y aventurera. Era uno de esos hombres que los espíritus prácticos y excesivamente equilibrados consideran con olímpico desdén. Y algo de eso debía de tener el padre del joven. Pero había, además, otro motivo de disentimiento: en la casa de Efrén todos eran paganos, adoradores de Ormuz o devotos de los antiguos dioses asirios. El mismo jefe de la familia llevaba las ínfulas sacerdotales y sacrificaba al fuego y al sol. Pero cuando el viejo recordaba las teorías del Zend-Avesta o las genealogías de Istar y Bel, su hijo meneaba la cabeza o dejaba escapar una risa burlona. Entonces el sacerdote se llenaba de cólera, y su fanatismo se traducía en injurias, amenazas y golpes. «Los cristianos—decía—me han envenenado a este chico.» Y, efectivamente, la doctrina evangélica se había presentado a la mente del mancebo como la única religión capaz de saciar sus ansias contemplativas.

Una tarde, Efrén encontró cerrada la casa paterna. No lo sintió mucho; sin llamar tres veces, volvió la espalda y salió de la ciudad, encomendándose al ángel San Rafael, que no lejos de allí había guiado los pasos del joven Tobías. Caminó incierto a donde su humor le llevaba, de aldea en aldea y de desierto en desierto. Pero aquella vida errante era una escuela para su espíritu observador. Aprendía las lecciones de los anacoretas, lo mismo que los cantos de los aldeanos; se entrenaba en aquella poesía popular, que después manejará con tanta maestría. Vivía en las chozas y en las ermitas, hoy en compañía de los clérigos, mañana guardando rebaños de ovejas. Una noche su ganado fue asaltado y robado por una tropa de beduinos. Esto era en las riberas del Éufrates. Se le creyó cómplice de los ladrones, se le llevó a los tribunales en medio de una gritería espantosa y se le arrojó en un calabozo. Allí su mayor tristeza era pensar que, acaso sin él saberlo, había cometido algún crimen merecedor de la justicia divina; pero cuando más apretado estaba por esta inquietud, vinieron a anunciarle su libertad y el triunfo de su inocencia. Y continuó peregrinando, ayunando en las soledades, regando con sus lágrimas los santuarios, callando meses enteros y, después, animando con su charla inagotable, con su musa pintoresca y llena de imágenes, con sus recuerdos bíblicos y ascéticos, los grupos de los aldeanos y el público abigarrado de las caravanas.

En sus peregrinaciones, penetra dentro del mundo helénico y llega hasta Cesárea, atraído por el prestigio de San Basilio. Él mismo nos cuenta su encuentro con el gran doctor de Capadocia. «Un día—dice—, cuando Dios se compadeció de mí, oí una voz que me decía: Levántate, Efrén, y aliméntate de pensamientos. Yo respondí, turbado: Y ¿dónde los encontraré, señor? Entonces Dios me dijo: Ve a mi casa: allí hay un vaso de oro lleno de maravillas. Empujado por estas palabras, me levanté, dirigíme al templo del Altísimo, y habiendo llegado al peristilo, como inclinase mi cabeza bajo los propíleos, vi en el santuario un vaso de elección, que brillaba delante de la grey de Dios y, adornado de santas máximas, atraía las miradas de todos. He visto el templo penetrado de este divino espíritu, lleno de compasión por la viuda y el huérfano. He visto olas de llanto, y al pastor, bajo las alas de la paloma celeste, levantando al Cielo su oración por el pueblo.»

De esta manera simbólica, muy propia del genio del Oriente, nos cuenta Efrén el principio de aquella entrevista famosa. Su impresión fue tan profunda, que le parecía estar en las antesalas del paraíso. Vuelto del éxtasis, se halló delante del obispo, que, rodeado de sus clérigos, le sonreía y le decía: «¿Eres tú, Efrén, el que ha inclinado noblemente la cabeza y llevado el yugo del Verbo salvador?» Y le respondí: «Yo soy Efrén, corredor perezoso del hipódromo celeste.» Entonces aquel hombre divino, poniendo la mano sobre mí, me confirmó con un santo abrazo y me dio los alimentos de su alma fiel, comida de doctrina incorruptible y de pensamientos inmortales, y le dije, llorando: «¡Oh padre mío, guárdame de mi debilidad y de mis negligencias; dirígeme por el camino recto; el Dios de las inteligencias me ha traído hasta ti para que seas mi médico. Detén mi navío en la onda del reposo.»

Este último ruego parece haber sido escuchado: en adelante, el vendaval de inquietudes que agitaba aquella vida, se calma; el sembrador de imágenes y luces de palabras encuentra un campo fértil para su semilla; el peregrino se fija en la ciudad de Edesa, famosa por sus santuarios y sus fabulosas tradiciones. Sin embargo, dos sentimientos contrarios siguen luchando en su vida. Por una parte le atrae la soledad: «Mirad al onagro—decía—; vedle saltar por los bosques. Y ¿quién podrá igualar la ligereza del corzo cuando corre en el monte? Pero si baja a la llanura, pronto cae la corona que adorna su frente. ¡Oh cristiano, imítale!; busca como él la soledad, porque entre la multitud se encuentra la muerte.» Muchas veces Efrén siente el aguijón de este anhelo anacorético; pero el bien de sus hermanos le detiene; la caridad es el áncora de su navío. Desde el día en que San Basilio puso las manos sobre su cabeza, tiene la orden del diaconado; pero esta dignidad le abruma y le hace palidecer de terror. Rehúsa el sacerdocio y se finge loco para evitar los honores episcopales. No obstante, logra encontrar un medio de conciliar aquellos dos anhelos contradictorios. A un lado de la ciudad se alza una montaña que ofrece sus cavernas a los solitarios. En una de aquellas cavernas vive Efrén. Allí ayuna, medita, escribe, comenta la Sagrada Escritura, compone sus poemas místicos y ascéticos y construye sus himnos doctrinales, que deben ser máquinas de guerra contra los herejes. Su proyecto es enviar todas aquellas cosas a las escuelas y las basílicas de la ciudad, para que luego se extiendan por el campo y se canten en las plazas y hagan más llevadera la soledad de los pastores en el destierro. Pero eso más tarde, cuando él goce ya de la paz definitiva, cuando nadie se acuerde de Efrén el poeta. Y he aquí que un día los manuscritos desaparecen, llegan a la ciudad, corren de mano en mano y suben a las cátedras sagradas. Cuando el diácono va a entrar en el templo, sus versos resuenan en las naves y la muchedumbre fija en él sus miradas. Huye aterrado, pero el ángel de Dios le detiene, diciendo: «¿Adonde vas?» «Voy—responde el poeta—a buscar la paz, a esconderme de las tempestades del siglo.» «Ten cuidado—replicó la voz angélica—de que no se te pueda aplicar lo que está escrito: Efraín es una becerra rebelde; ha sacudido el yugo de su cabeza.»

Desde este momento, Efrén se entrega definitivamente; se resigna a ser el poeta religioso y popular de su tierra, el profeta, el apóstol, la gloria más pura de la Iglesia de Siria. Reúne en torno suyo a los solitarios para instruirles en la vida espiritual, dirige los coros de las vírgenes, predica al pueblo, le ilumina con sus poemas, le enardece, le excita a la lucha, le consuela y le sostiene en las horas del peligro. Va de la montaña a la ciudad y luego deja a la multitud para recogerse solo con Dios. Vive en días de terror y de llanto. Romanos y persas atraviesan su patria en son de guerra; el hambre hace estragos en Edesa y la peste diezma a la población. El desaliento encoge los corazones; cuando aparece San Efrén, reanima a los ciudadanos; con su palabra, como con una llave de oro, según la expresión de San Gregorio Niseno, abre las arcas de los ricos, organiza un vasto hospital bajo los pórticos de la plaza, ordena el servicio de los enfermos, y gracias a él en Edesa vuelve a renacer la confianza, el orden, la alegría.

Pero este organizador era, ante todo, un poeta; un poeta místico y popular a la vez, cuyo genio llegamos a comprender difícilmente. Pertenece a un mundo distinto del nuestro, a un mundo oriental, asiático, en que dominan la imaginación y el símbolo. Es a la vez antiguo y moderno, espontáneo y solemne. Carece de cultura clásica. Sus escuelas han sido la iglesia, el campo y luego la celda; sus dos libros, la Naturaleza y la Biblia. Ha leído y releído y meditado las Sagradas Escrituras; y sus interpretaciones, si a veces recuerdan el sistema de la escuela de Antioquía, son siempre personales y llenas de originalidad. No obstante, su estilo no tiene la concisión y rapidez del estilo bíblico; es difuso, hiperbólico, imaginativo, y con frecuencia nos recuerda las formas refinadas de la poesía islámica. Al leerle nos figuramos al narrador de cuentos y hadices bajo la tienda, más que al profeta que amenaza en el pórtico del templo. Escribe en prosa cuando interpreta los santos libros, pero el verso es la forma ordinaria y natural con que se viste su pensamiento. Ya sea que reprenda a los monjes, o cante la vida de los santos anacoretas, o celebre a los patriarcas del Antiguo Testamento, o predique al pueblo, o levante su voz contra las herejías, o se extasíe ante los misterios de Cristo y las grandezas de su Madre, es siempre la forma poética la que recoge su inspiración, más afectuosa que dogmática, más patética que discursiva. Tiene el don de lágrimas; llora y hace llorar. Sus discursos, inflamados por súbitas oraciones, son diálogos entre el alma y Dios, donde a veces se intercalan relatos de visiones, que no sabemos si son alegóricas, o si se ofrecen realmente presentes a sus ojos por el ardor de su imaginación y de su fe. Ve la suprema belleza, hacia la cual aspira su alma; habla con ella, recoge sus respuestas en raptos jubilosos, para caer luego tembloroso, abrumado por un terror tan grande como su entusiasmo. Cuando habla con el pueblo, es piadoso y lleno de ternura; con los monjes es severo y amenazador; pero su lira tiene siempre el poder mágico de hacer amable la virtud, aunque la revista con el gran manto de la austeridad.

Donde el fervor religioso de San Efrén tiene sus momentos más inspirados, es en sus himnos teológicos y apologéticos. Pueblo primitivo y patriarcal, el de Siria, miraba la poesía y el canto como un instrumento de enseñanza doctrinal y de lucha de ideas. No le bastaba la predicación ni la controversia. Muchas veces, en los campos y en los caminos, había oído Efrén las canciones heréticas con que Harmonio, discípulo de la escuela de Atenas, esparcía entre los sirios los errores gnósticos de su padre, bardesanes. La vehemencia de sus convicciones le lleva a emplear el mismo sistema para defender la verdad. Sus enemigos son Marción, Manes, el mismo Harmonio, Arrio y Juliano el Apóstata. Su palabra es una espada: hiere y relampaguea, movida por la violencia del amor: «Juntaos, judíos y herejes—grita el guerrero de la fe—, juntaos con los bárbaros y los idólatras, dadme la muerte por Jesucristo. Vuestro crimen me llenará de horror, pero seré dichoso muriendo.» El genio de Efrén no se complace en remontarse a las esferas de la especulación metafísica; acepta el razonamiento cuando se le ofrece la ocasión, pero de ordinario se contenta con cantar la belleza y la sublimidad de la verdad. Tiene su teología, pero esa teología es popular como su poesía. Lo mismo que en sus poemas ascéticos, también aquí tiende al soliloquio, haciendo de su poema una efusión del alma delante de Dios, una meditación, una elevación sobre los misterios cristianos. Las cuerdas de su alma vibran con más suavidad cuando celebran las glorias de María, y sus cantos de Navidad tienen la misma frescura inmarcesible de nuestros villancicos clásicos. Pero si en ellos saludamos complacidos al primer trovero de la Virgen, en sus elegías, en aquellos fúnebres lamentos con que llora la muerte de sus conciudadanos más ilustres, desde el obispo hasta el niño agotado en la cuna, se nos presenta como el cantor doliente de las efímeras alegrías del mundo. Con rigor inexorable persigue las obras de la vanidad en todos los momentos de la gloria humana, en todos los trofeos da la ambición. La nada de la vida le pone en los labios expresiones geniales; nada le deslumbra sobre la tierra; tiene el corazón en la altura, agitado entre las esperanzas y los terrores del mundo invisible. Las escenas espeluznantes del juicio último se mueven delante de sus ojos con tal viveza, que le turban, le hacen palidecer y prorrumpir en crisis de llanto. He aquí cómo nos describe uno de estos accesos de angustia: «Antes de amanecer, levantéme, y salí con dos hermanos de la ciudad de Edesa, la muy amada. Había levantado los ojos al Cielo como a un límpido espejo que reflejaba el brillo de los astros sobre la tierra. Lleno de admiración, me decía: «Si estas cosas resplandecen con tanta gloria, ¿cómo no brillarán los santos en el advenimiento del Señor?» Y empecé a pensar en esta venida terrible. Mi cuerpo temblaba, mi alma se estremecía y yo lloraba diciendo: «¿En qué estado será sorprendido, al llegar aquella hora, este pobre pecador?» Los dos hermanos que me acompañaban se volvieron a mí y me preguntaron: «¡Oh Padre!, ¿por qué gimes de esta manera?» Yo les dije: «Lloro por mi cobarde indolencia, hijos míos; Dios, en su bondad, nos ha dado la luz y yo la rechazo cada día; constantemente la gracia visita nuestros corazones; si los encuentra en paz, penetra y habita en ellos; pero si no los encuentra limpios, se aleja, dejándolos en la oscuridad.» Y he aquí que en nosotros encuentra siempre una habitación llena de soberbia y de cobardía, un verdadero lodazal de malos deseos y pensamientos vergonzosos.»

Sin embargo, los últimos momentos de aquella vida hermosa fueron serenos y luminosos, como el agonizar de una tarde en Oriente. El último canto del poeta respira confianza y aun alegría. Es su «Testamento», resumen poético y encantador de su existencia, retrato de su alma, postrer destello de una llama pura y ardiente. Se le ve satisfecho, como el labrador que ha terminado su jornada, como el jornalero que ha consumado su tarea. «Yo muero—exclama—; el tejido se ha terminado; falta aceite en la lámpara; mis días y mis horas han volado hacia la eternidad. Jesús, júzgame Tú, pues aquel a quien Dios juzgare, necesariamente alcanzará misericordia. Pasé largas horas en las asambleas disputando con los infieles; nunca me separé de la Iglesia, ni dudé del poder de Dios, ni hice al Espíritu Santo menor que el Padre y el Hijo.» Se despide emocionado de la ciudad que le ha dado hospitalidad, que le ha aplaudido sus versos y se ha estremecido al oírle en las grandes solemnidades. «Bendita sea—dice—, por siempre bendita la ciudad en que habitáis, Edesa, madre de sabios.» A sus hermanos y discípulos sólo les deja el ejemplo de su fe y su doctrina, «porque Efrén nunca tuvo bolsa, ni bastón, ni oro, ni plata, ni posesión alguna». Pide una sepultura humilde; teme la admiración de sus compatriotas y se dirige a ellos diciendo: «No me enterréis, oh edesanos, en vuestros monumentos, ni cerca del altar, ni a la sombra de la casa del Señor. ¿Qué tiene que ver un gusano con la morada de la santidad? He hecho un pacto con Dios para ser colocado entre los extranjeros; porque soy, como ellos, un extranjero y peregrino. Llevadme con la túnica y el manto que usaba ordinariamente; acompañadme con himnos y salmos y haced ofrendas por mi alma.»

Tal fue el doctor de Siria. Muchas de sus obras han desaparecido; otras sólo se conservan en traducciones griegas, que son verdaderas paráfrasis; pero aun así, la admiración nos sobrecoge ante la figura nobilísima y la obra espléndida, y los arrebatos líricos, y las brillantes fantasías, y la exaltación religiosa del gran poeta místico, a quien sus compatriotas llaman la columna de la Iglesia y la cítara del Espíritu Santo. «Grande es Efrén—decía San Juan Crisóstomo—, despertador de espíritus pusilánimes, consuelo de los afligidos, disciplina y enseñanza dé la juventud, espejo de los monjes, maza poderosa de la fe, aposento de las virtudes y morada del Paráclito.» Cuando los edesanos llevaron su cuerpo al cementerio de los extranjeros, pudieron muy bien recoger aquellas estrofas con que él había llorado a uno de sus amigos: «¡Oh río de vida, cómo se ha secado tu lecho! ¡Oh talento generoso y fructuoso!, ¿quién nos ha robado tu amable fulgor? ¡Oh árbol magnífico!, ¿qué mano atrevida ha sacudido tus ramas y hecho caer tus frutos? Tesoro opulento de sabiduría, arca de las divinas riquezas, fuente de erudición, ¿quién te oculta a nuestras miradas? Tú has sido el honor de la Iglesia, la trompeta de la profecía, el heraldo de los Apóstoles, el oráculo de los dos Testamentos, el intérprete de la doctrina inspirada, el mensajero enviado del Cielo para anunciar la vuelta de la naturaleza y una vida nueva, el cultivador feliz de nuestro campo, el guarda vigilante de nuestra viña, el que multiplicaba nuestras cosechas. ¡Las tierras que tú cultivaste lloran tu muerte y no pueden consolarse por tu ausencia! Hombre excelente, que te has levantado sobre nuestra región como estrella de la mañana, ¿por qué se ha extinguido tu luz? ¿Por qué tu brazo no se alza ya en medio del combate?»

(fuente: www.divvol.org)

otros santos 09 de junio:

- San Plácido de Amiterno
- Beato José de Anchieta

domingo, 8 de junio de 2014

08 de junio: Beata María del Divino Corazón de Jesús (Droste zu Vischering)

La mujer que consiguió la consagración del mundo al Sagrado Corazón de Jesús por el papa León XIII en 1899 fue la beata María del Divino Corazón. Nacida condesa Droste zu Vischering, entró en la orden de Nuestra Señora de la Caridad del Buen Pastor, dedicada a rescatar y rehabilitar a las pobres chicas caídas en la prostitución. Cayó enferma de mielitis desde los 32 años, y estuvo clavada en el lecho desde entonces hasta su muerte cuatro años después. En esa situación, se le manifestó el Sagrado Corazón de Jesús entre 1897 y 1898 y le pidió que escribiese al Papa para solicitarle la consagración del mundo al Sagrado Corazón de Jesús, lo que asombrosamente se produjo en 1899, en los días en que fallecía sor María del Divino Corazón. Actualmente está beatificada desde 1975.

La beata María del Divino Corazón nació condesa Droste zu Vischering (1863-1899)


1. La mujer que impulsó a León XIII a consagrar el mundo al Sagrado Corazón

La beata María del Divino Corazón nació condesa Droste zu Vischering el 8 de septiembre de 1863, en el Erbrostenhof (palacio de corte) de Münster. Esta ciudad había sido hasta el siglo XIX un principado eclesiástico del Sacro Imperio, cuya administración temporal había recaído en los señores de Wulfhelm, de antigua nobleza, que ostentaban el cargo hereditario de “Droste” desde 1241 con el castillo de Vischering (cuyo nombre adoptaron más tarde) y su comarca como feudo. La familia siguió la suerte del obispado a lo largo de todas sus vicisitudes: la rebelión anabaptista de 1534, los horrores de la Guerra de los Treinta Años (1618-1648), la Paz de Westfalia (que, de acuerdo con el principio cuius regio eius et religio, garantizó que Münster sería exclusivamente católica), la secularización del Imperio (con la incorporación a la protestante Prusia) y las guerras napoleónicas. Dos de sus miembros eclesiásticos se distinguieron en la defensa de los derechos de la Iglesia: Caspar Maximilian (1770-1846), obispo de Münster, y su hermano Clemens August Droste zu Vischering, (1773-1845), arzobispo de Colonia. El primero se opuso en el Concilio “nacional” de París de 1810 al cautiverio de Pío VII, pidiendo a Napoleón su liberación; el segundo –uno de los protagonistas de los Disturbios de Colonia– protestó contra la opresión de los católicos por el gobierno prusiano, lo que le valió el arresto domiciliario en el castillo familiar de Darfeld.

También la parentela materna de María aportó personajes de gran relieve eclesiástico. El obispo-príncipe Cristoph-Bernhard von Galen (1606-1678) fue un gran campeón de la Contrarreforma, esforzándose por la aplicación de los decretos del concilio de Trento en su diócesis de Münster. El padrino de bautizo y tío abuelo de aquélla fue nada menos que monseñor Wilhelm Emmanuel von Ketteler (1811-1877), el “obispo social” de Maguncia, que descubrió su vocación por el impacto que tuvo en él la actuación anticatólica del Estado prusiano con motivo de los disturbios de Colonia e instauró el llamado “catolicismo social” en Alemania (de hecho, sus escritos sirvieron de inspiración a Albert de Mun para extenderlo a Francia). El obispo auxiliar de Münster, monseñor Maximilian Gereon von Galen (1832-1908), hermano de la madre de María, combatió la Kulturkampf de Bismarck. Primo de ésta, en fin, fue el también beato Clemens August von Galen (1878-1946), el “León de Münster” que se opuso enérgicamente al régimen nazi y a su política de eugenesia. Como se ve, la tradición familiar era de un convencido y militante catolicismo.

Al igual que muchos de sus antepasados, María era muy enérgica y voluntariosa, lo que puso de manifiesto ya desde su más temprana edad. Se la describe como una niña muy vivaz, casi impetuosa, con explosiones impulsivas que denotaban una fuerte voluntad propia. Ella misma escribirá que tuvo que aprender a dominar su carácter. En contrapartida, poseía un corazón profundamente sensible y una gran delicadeza de espíritu, que hacían de ella una persona muy generosa para con los demás. Su sentido de la responsabilidad la llevaba a ser coherente hasta el final en todo lo que emprendía. Su infancia la pasó en el castillo familiar de Darfeld en un entorno doméstico tradicional impregnado de dignidad, de sentido del deber, de afabilidad y de piedad. Los padres, Clemens von Vischering y la condesa Elena von Galen, constituían un ejemplo de matrimonio cristiano y bien avenido, alejado por igual del cinismo aristocrático y de la fría formalidad burguesa. Tuvieron diez hijos, a los que supieron dar una cabal educación religiosa sin caer en la gazmoñería ni en la superficialidad: eran gentes de una fe profunda y vivida. María era la gemela de Max, viniendo ambos después de la primogénita.

Cómo llegó a convertirse en devota del Sagrado Corazón de Jesús es algo que no lo precisa en sus memorias. En casa de sus padres no faltaban sus imágenes, por lo que debió familiarizarse desde muy pequeña. Además, en la capilla del castillo solía solemnizarse los primeros viernes de mes mediante la exposición del Santísimo Sacramento. A este respecto, escribe María en sus memorias que nunca concibió esa devoción separada del culto a la Eucaristía. Cuenta también que a los diez u once años un sacerdote le regaló una medalla del Corazón de Jesús que llevó siempre consigo y ya nunca la abandonó. Hizo la primera comunión el 24 de abril de 1875, con once años (en esta época aún se retrasaba hasta prácticamente la adolescencia la recepción de la hostia consagrada, práctica que vendría felizmente a cambiar san Pío X en 1910). Como recuerdo de ese día le regalaron un pequeño crucifijo y una imagen de la Virgen que había enviado desde su prisión en Ostrowo el obispo de Posen, monseñor Ledochowsky, víctima de la Kulturkampf, que por esos años arreciaba.

María creció en una época de fuerte contestación contra la Iglesia y el Papa en Alemania por causa de la agresiva política anticatólica del canciller Bismarck, pero en su casa la adhesión al vicario de Cristo era inquebrantable. Sus padres habían realizado en 1867 una peregrinación a Roma, siendo recibidos por el beato Pío IX (odiado por los liberales), al que testimoniaron personalmente en audiencia su fidelidad a toda prueba. Este episodio de la crónica familiar ejercería un permanente influjo en María y sus hermanos. Cuando recibió el sacramento de la confirmación, el 8 de julio de 1875, sabía ella lo que debía dar de sí todo cristiano en testimonio y defensa de su fe. Inmediatamente después de recibir la unción con el santo crisma y la palmada del obispo en su mejilla, sintió que se despertaba en ella la vocación religiosa, aunque aún tardaría en discernir el camino preciso de su entrega a Dios.

En 1879, debido a la persecución bismarckiana, fue enviada a Austria para ampliar su educación, en régimen de internado, en un convento: el de las Religiosas del Sagrado Corazón de Riedenburg, en el Tirol, cerca a Bregenz y el lago de Constanza. La vida sedentaria y apacible del pensionado no casaba con su temperamento vivo y su natural inquieto. Esto y el alejamiento de su familia (de la que hasta entonces nunca se había separado) constituyeron al principio una dura prueba para María. Pero logró superarla y concibió por sus profesoras y compañeras un gran afecto, que era correspondido. Para ella se trató de un período de grandes gracias del cielo, pero sobre todo, de afianzamiento de su vocación –al ver el ejemplo de la vida de las religiosas– y de incremento de su devoción al Corazón de Jesús (la cual había recibido un gran impulso cuando en la Pascua de 1876 había viajado a París con sus padres y orado como peregrina al pie de la capilla consagrada a Él en Montmartre y que debía dar lugar a la grandiosa iglesia del Sacré Coeur). Escribe al respecto: “En Riedenburg he aprendido a entender que el amor al Sagrado Corazón de Jesús sin espíritu de sacrificio es sólo una vana presunción”. También se acrecentó su devoción mariana, habiendo entrado a formar parte de la pía unión de las Hijas de María el 8 de diciembre de 1880.

Al acabar sus dos años y medio de pensionaria en Austria, volvió a casa de sus padres, no sin un sentimiento de pena al tener que abandonar Riedenburg que tanto le había aportado espiritualmente. En el castillo de Darfeld comenzó a llevar una vida metódica y retirada. No sólo se dedicó a completar su instrucción mediante el aprendizaje de los secretos de la economía doméstica y la administración y lo que por entonces se llamaba arts d’agrément y constituían la preparación de toda señorita de rango (el piano, el canto, los idiomas, etc.), sino también entregándose al estudio y a la adquisición de una sólida cultura. Quiso aprender latín, en el que veía la lengua de la Iglesia, para poder gustar mejor de los tesoros de la liturgia católica, especialmente el misal y el oficio divino. El capellán de Darfeld la ayudó en su empeño y María llegó a ser capaz de traducir todo el Nuevo Testamento (a excepción del Apocalipsis), en un ejercicio a la vez literario y de exégesis. Hasta ella llegaron los ecos de la actividad parlamentaria de su padre, que era diputado del recién fundado Zentrum (el partido católico) en el Reichstag desde 1879. Comprometido como se hallaba en la defensa del clero perseguido, ello no pudo por menos de encender en la joven Droste zu Vischering un vigoroso entusiasmo, que la llevó a declarar a sus padres su inclinación a la vida consagrada y su intención de entrar en religión. Fue esto el día de la Virgen de las Nieves, el 8 de agosto de 1882. Antes había hecho un retiro en Münster para mejor conocer su vocación, ayudada por el jesuita R.P. Hausherr. Como era de esperar, obtuvo el consentimiento de sus progenitores, felices de ofrecer a Dios a una de sus hijas, pero debido a su salud delicada, su padre decidió que esperase hasta cumplir los veintiún años.

En 1883 quiso entrar en el convento de las Hermanas de San José en Copenhague, ciudad que visitó y donde la superiora fijó su ingreso para el año siguiente, a fin de cumplir con la condición impuesta por su padre. Sin embargo, en el invierno de aquel año su salud se resintió hasta el punto que hubo que aplazar la fecha de la entrada. Entretanto, María hizo voto privado de virginidad el día de Navidad de 1883. Esta situación se prolongó por cinco años debido a la crudeza de los sucesivos inviernos, que la debilitaban considerablemente. Hasta que pudo hacer realidad su ideal de servir a Dios en una congregación, María debió pasar por un período de padecimientos físicos y luchas interiores. Esto, lejos de apartarla de sus propósitos de perfección, templó su espíritu. En Darfeld llevó una vida prácticamente monacal mientras esperaba el momento propicio para ir al convento. Sin embargo, no sería a Copenhague: la Providencia le tenía reservado otro destino.


2. Las apariciones que llevaron a la consagración del mundo al Corazón de Cristo

Fue el 1º de julio de 1888, víspera de la fiesta de la Visitación de la Virgen: “De repente, estando en la iglesia parroquial de Darfeld preparándome para confesarme mientras esperaba mi turno, me vino como un relámpago este pensamiento: Debes entrar en el Buen Pastor, y fue para mí tan claro y preciso que desde aquel momento no tuve ya ninguna duda”. María manifestó a su confesor lo que acababa de sentir y éste le contestó que se informaría sobre el instituto en cuestión, aunque desde ya le podía decir que no creía que estuviera hecho para ella. La orden de Nuestra Señora de la Caridad del Buen Pastor, rama del árbol plantado por San Juan Eudes –gran apóstol del Sagrado Corazón de Jesús y del Inmaculado Corazón de María– en el siglo XVII, había sido fundada por Santa María de Santa Eufrasia Pelletier en Angers, Francia, en 1835. Bajo la regla de San Agustín y en régimen de clausura, las religiosas del Buen Pastor (mitad activas y mitad contemplativas) se dedicaban –y se dedican– a buscar y redimir a las “ovejas descarriadas”, es decir a personas oprimidas por ciertas formas de esclavitud (especialmente las pobres mujeres víctimas de la lacra de la prostitución). La orden se había extendido rápidamente, llegando a Münster gracias a la R.M. María de Santa Teresa, baronesa de Rump, perteneciente a una familia de antigua nobleza westfaliana y que ya había fundado un convento en El Cairo.

Al frente del Buen Pastor de Münster y de la provincia se hallaba la R.M. María de San Lamberto Bouchy, que se había formado junto a Santa María Eufrasia. Fue ella quien recibió como postulante a María Droste zu Vischering (que, a la sazón, ya había escrito a las religiosas de San José de Copenhague para ser desligada del compromiso moral adquirido con ellas, obteniendo respuesta favorable y comprensiva). Fue el 21 de noviembre de 1888, el día de la Presentación de la Virgen en el Templo. Sus padres y sus hermanas la acompañaron en este paso que iba a marcar para siempre su existencia. El 10 de enero siguiente, durante la octava de Reyes (de los que era muy devota y que le ayudarían, según su propio testimonio, en sus crisis futuras), tenía lugar su vestición y tomaba el blanco velo de novicia. Su primer encargo fue ocuparse directamente de las penitentes, lo cual fue una fuente de gran alegría para el celo apostólico de María, pero pronto su temperamento vivo se resintió (como pasó en el internado austríaco) de la vida sedentaria y el ritmo mesurado y metódico de la vida conventual. A veces la maestra de novicias, que adivinaba su ardor contenido la enviaba al jardín del claustro a correr para desfogarse. En su alma habitaban por igual una especial atracción por la vida contemplativa y una extraordinaria aptitud para la acción.

Pero los años de noviciado fueron marcados también por una lucha interior que se entabló en su alma y que no la dejaría ya hasta el final de sus días: la solían asaltar acuciantes dudas de si había sabido discernir su vocación y si no había escogido una vida fácil. Le reconfortaba la constante presencia del Corazón de Jesús, que ya antes de la entrada al convento, durante su vida de retiro en Darfeld, había comenzado a insinuársele. Escribe a propósito: “Nuestro Señor me consolaba bastante a menudo antes de la santa comunión y en los días de exposición: me enseñaba a llevar la cruz y me hacía comprender que mis sufrimientos irían aumentando cada vez más, debiendo yo seguirle por el camino de la cruz y permanecer unida y clavada con Él sobre la cruz”. A los dos años como novicia, una religiosa del Buen Pastor emitía los primeros votos (que eran ya perpetuos por la época de la que nos ocupamos). Seis meses antes las novicias pedían tres veces formalmente en capítulo su admisión en la orden. Para María, agitada por sus dudas, ello constituyó una dura prueba; sentía que la voz le faltaba a la hora de hablar delante de sus hermanas, pero se hizo violencia y “su espíritu de fe y sus recursos de energía la salvaron” (Abbé L. Chasle: Soeur Marie du Divin Coeur). Finalmente, el 20 de enero de 1891 emitió sus votos como sor María del Divino Corazón.

Los sufrimientos espirituales no cesaron, sin embargo, y vino a añadirse a ellos la pérdida de su querida superiora la R. M. Bouchy, que murió el 4 de junio siguiente. Ella había sido su único apoyo humano en medio de sus incertidumbres y la había tratado verdaderamente como una madre solícita y amorosa. El nombramiento de una nueva provincial y superiora, la R.M. María de Santa Inés Nacke, determinó un cambio de cargos en el convento de Münster y así sor María se convirtió, el 31 de julio, de simple asistente en la clase del Corazón de María en primera jefa de la misma. Como tal, ayudaba a la superiora ocupándose de la dirección de las “chicas” (es decir, las penitentes). Hay que decir que en todo momento, desde su ingreso en la orden, se distinguió por un espíritu sencillo sea con sus superioras que con sus hermanas de hábito y con las acogidas. Nunca se notó en ella el afán de hacerse notar, lo cual denotaba la delicadeza de su espíritu, naturalmente noble. Era especialmente dulce en el trato con sus “ovejas”. Si llegaba al convento alguna de carácter difícil o antipática, sor María del Divino Corazón la reclamaba para sí: “Son las chicas más pobres, las más desgraciadas, las más abandonadas las que yo quiero”. Las llamaba “mis tesoros” y más de una vez obtuvo para las más díscolas gracias del cielo.

El 22 de enero de 1894 le fue anunciado a sor María que debía partir de Münster para Portugal por disposición de la casa generalicia de Angers. La pena fue grande para todos, pero especialmente para la principal interesada, a la que la separación no sólo de su mundo conventual, sino de su patria, iba a ser especialmente dolorosa. Con la bendición del cardenal-arzobispo Kremenz y del obispo de Münster, partió al día siguiente en tren hacia su nuevo destino, acompañada por sus padres. La primera etapa fue Colonia, donde la fueron a saludar las penitentes locales, cosa que le produjo una gran emoción. En París visitó Nuestra Señora de las Victorias y Montmartre. De allí fue a Angers, a la casa madre de la orden, donde fue recibida por la madre general, María de Santa Marina Verger, que la acogió con gran bondad. Ambas almas se entendieron en seguida. Recibidas las últimas instrucciones, reemprendió viaje no sin el gran dolor de deber separarse de sus padres, que se volvían a Alemania. La ruta escogida hacia Portugal fue la más larga para poder visitar los conventos de Perpiñán y Barcelona, ciudades en las que permaneció algunos días. Al salir de esta última quiso visitar la cueva de Manresa, donde San Ignacio se había retirado después de su conversión. Quiso también visitar Ávila, pero tuvo que contentarse con bajarse del tren, al oír anunciar la estación, para poder al menos pisar, en medio de la fría noche, la tierra donde había vivido Santa Teresa de Jesús. El 24 de febrero llegaba a Lisboa después de pasar por Oporto, sin sospechar que esta ciudad iba a ser su último destino.

En el convento de Lisboa, sobre el panorama del Tajo, sor María fue nombrada asistente de la superiora, la baronesa Schorlemer, y responsable de las penitentes. Tuvo que luchar contra el carácter indolente de muchas de ellas, lo que agravaba su ignorancia del portugués, que, sin embargo, se empeñó y logró en aprender rápidamente con su habitual energía. Esta fue su preparación para otro encargo más importante al que le tenía destinada la madre general. El 12 de mayo, vigilia de Pentecostés, a menos de tres meses de su llegada a Lisboa, un despacho de Angers notificaba su nombramiento como nueva superiora del Buen Pastor de Oporto, en el norte del país. Se trataba de una ciudad con un gran espíritu católico, conocida como la Civitas Virginis (la ciudad de la Virgen), por su devoción a la Madre de Dios, que campea en su blasón. También célebre por su procesión del Corpus, Oporto era regida en la época de la llegada de sor María del Divino Corazón por el santo cardenal Americo Ferreiro dos Santos Silva. La orden se había establecido allí en mayo de 1881, cuando cinco religiosas llegaron desde Le Havre, enviadas por la R. M. María de San Pedro de Coudenhove (la general de entonces) a petición del Padre Luiz Martins Rua, sacerdote diocesano y con la doble aprobación del cardenal Silva y monseñor de Freppel, obispo de Angers. Los comienzos fueron difíciles por la falta de recursos, pero el celo y la destreza desplegados por la primera superiora, R.M. María de San Francisco Javier Fitz-Patrick (que había fundado el Buen Pastor en Chile con un extraordinario éxito), lograron consolidar la fundación, que encontró su sitio en el barrio Paranhos, habitado por obreros. El convento disponía de un recinto muy extenso, ideal para albergar a las religiosas y las penitentes, y con la ventaja de estar rodeado de jardines y bosques. No faltaron los problemas causados por algunos sectarios que azuzaban a veces a la masa contra las buenas monjas, pero éstas siempre respondieron con exquisita caridad y lograron ganarse a la gente.

El Buen Pastor de Oporto contaba con una veintena de religiosas y 78 penitentes cuando llegó la nueva superiora el miércoles 16 de mayo de 1894 por la mañana. La primera cosa que hizo la R. M. María Droste zu Vischering fue consagrar la casa y confiar sus penas y responsabilidades al Sagrado Corazón de Jesús. Aquí iba a desarrollarse la parte más intensa de su vida y se le iba manifestar la gran misión a la que estaba destinada por su Divino Esposo.

La primera cosa que hizo la nueva de superiora del Buen Pastor de Oporto fue entronizar la imagen del Sagrado Corazón de Jesús sobre el altar mayor de la capilla, diciendo que, puesto que era el Señor de la casa, en ella debía reinar bien visible y desde el lugar de honor. Dio también un nuevo impulso a la guardia de honor del Santísimo Sacramento que encontró ya establecida. Fue para ella una grata y consoladora sorpresa hallar que la capilla se hallaba contigua a su celda y que, practicada en la pared había una trampilla desde donde podía ver la lamparilla del Santísimo, con lo que en cualquier momento del día o de la noche le bastaba volver los ojos hacia ella para saludar a la Eucaristía y sentir la presencia real de Jesucristo en ella. Pero no se crea que la R. M. María del Divino Corazón se arrullaba en los consuelos de la devoción. Su cargo le imponía una responsabilidad y un empeño enormes, pero precisamente de su sólida piedad sacaba las luces para poder asumirlos de la mejor manera.

El trabajo para mantener y gobernar la casa era ingente y requería de una mano decidida y vigorosa. La R. M. María del Divino Corazón era la superiora ideal por su gran aptitud para la administración y sus conocimientos de economía doméstica adquiridos durante los años en los que vivió retirada en Darfeld. Voluntad y brío, como sabemos, no le faltaban; es más: debía dominarlos. Pero el tiempo pasado en el Buen Pastor de Münster, bajo la sabia dirección de la R.M. Bouchy le había servido para moderar sus impulsos. No obstante, había momentos en los que las circunstancias parecían desbordar toda previsión y entonces debía apelar al auxilio especial de la Providencia. A este respecto, tenía, como Santa Teresa de Ávila, una firme confianza en San José, a quien más de una vez rogó para que sacara a la casa de apuros económicos. Y el santo patriarca no la defraudaba, pues siempre recibía alguna limosna importante por su intercesión que cubría alguna necesidad urgente.

La Madre Droste zu Vischering nunca negaba el ingreso en el Buen Pastor a ninguna penitente. A un monje benedictino que le recomendaba a una pobre infeliz le respondía: “La buena chica puede venir cuando quiera, pero sólo los ángeles custodios saben dónde la podremos alojar porque no hay plaza”. De hecho, de 78 penitentes que encontró a su llegada, como queda dicho, en pocos años y bajo su gobierno subió su número a 157, más del doble. Obviamente las instalaciones del convento tuvieron que ampliarse y, como siempre, no faltó la ayuda providencial de gente generosa. Tampoco faltaron algunas incomprensiones de los sectarios, que la apostrofaban de “jesuíta” cada vez que abría sus ventanas. Hoy parece un insulto anodino, pero en boca de esos anticlericales de finales del siglo XIX, inficionados de masonería y con todos los prejuicios existentes contra los Padres de la Compañía, tenía una carga especialmente hiriente, aunque para la monja, que venía de una saga de católicos perseguidos y combatientes, era, en realidad, un timbre de gloria.

En enero de 1896, a la noticia de que la madre general iba a celebrar el quincuagésimo aniversario de su toma de hábito, la superiora de Oporto pidió y obtuvo poder acudir a los festejos no sólo para felicitarla, sino para exponerle la situación de su convento. Partió el 30 de ese mes en un viaje que sería rico en experiencias espirituales y humanas. Se detuvo en Salamanca para hacer la peregrinación a Alba de Tormes, donde su querida y admirada Santa Teresa había terminado la suya en esta tierra. Tuvo el consuelo de asistir en el Carmelo a la misa que, delante del relicario con el corazón transverberado de la gran mística española, celebró el abad benedictino de Seckau (Austria), Dom Ildefons Schober (futuro abad de Beuron), que se hallaba también allí. Durante la comunión se le manifestó el Corazón de Jesús, que le hizo entender que el tiempo del deseo vehemente de sufrimiento había pasado y que lo que ahora Él quería de su servidora era un total y sereno abandono. Debía dejar de preocuparse y de esperar en los apoyos humanos y en sus propias fuerzas para reposar toda su confianza en su divino amor. El Señor le dio como modelos y patronas a Santa Teresa, Santa Gertrudis y Santa Catalina de Siena. También le anunció que algún tiempo después de ese viaje no volvería a caminar (lo que fue una predicción de su futura enfermedad).

El 2 de febrero, día de la Purificación, llegó a Lourdes y tuvo la dicha de participar en la procesión de candelas. Pocos días después llegaba a Angers, donde fue amorosamente recibida por la R. M. Nacke, que la escuchó y le dispensó toda su comprensión y aprobación. Quiso llevarla consigo a visitar los conventos del sur de Francia, pero antes la R.M. María hizo un breve viaje a Alemania para ver a los suyos. Después de una breve estancia en el Buen Pastor de Aquisgrán, llegó a Münster, donde fue recibida con gran dicha por las que habían sido sus hermanas en los comienzos de su vocación y vida religiosa. Puede imaginarse también la felicidad de la familia. Pocos días después partía definitivamente de regreso a su destino. Acompañó en su viaje a la madre general, pero ésta se sintió mal en Angulema, de modo que tuvo que servirle de enfermera y de secretaria, desenvolviéndose con admirable dedicación. El 10 de marzo regresaba a Oporto, aunque notablemente fatigada, síntoma de la enfermedad que ya había hecho presa de ella.

El 21 de mayo, después de muchas indisposiciones, tuvo que guardar cama y se le manifestó la mielitis, infección de la médula espinal, aunque los médicos fueron prudentes y no declararon de momento el mal que padecía. Su estado se agravó de tal manera que el 27 de junio pidió recibir la extremaunción. Y aunque se recuperó esta vez, quedó clavada en el lecho de doliente (tal y como le había sido anunciado en Alba de Tormes). Varias crisis parecidas, que la ponían a las puertas de la muerte iban a sucederse todavía. Fue en esta sazón como el Corazón de Jesús hizo de su sierva María una apóstol, a la que había reservado para una misión especialísima (la que se convertiría en la razón de su vida terrena): pedir al Papa la consagración del mundo a ese mismo Sagrado Corazón.

El 4 de junio de 1897, fecha en que se inauguró en el Buen Pastor de Oporto la práctica solemne de los primeros viernes de mes, recibió el primer encargo del Señor de escribir a León XIII para consagrar el mundo a su Corazón Sacratísimo. María lo confió a su confesor, Don Teotonio Emanuele Ribeira Vieira de Castro, vicerrector del seminario diocesano de Oporto y futuro arzobispo de Goa, diciéndole que Dios dejaba a su criterio la oportunidad de escribir una carta al Santo Padre. Por prudencia y a la espera de señales más claras, el buen sacerdote no dio su consentimiento. El 7 de abril de 1898, Jueves Santo, la Madre Droste zu Vischering tuvo otra manifestación en la que Jesucristo volvía a pedirle que escribiera al Papa. Pocas semanas después, el 25 de abril, día de las Letanías Mayores, su salud se agravó súbitamente, permaneciendo varios días entre la vida y la muerte. A sus instancias, el confesor accedió esta vez a que escribiera la carta, que fue enviada el 10 de junio a Roma. León XIII quedó muy impresionado, pero de momento no hizo nada. A la monja bastó saber que el Romano Pontífice la había recibido, de lo cual fue informada por el abad primado de la orden benedictina, que había servido de intermediario. Ella se sometía a la obediencia y dejaba todo en manos de su Divino Esposo.

El 2 de diciembre, primer viernes de mes, Nuestro Señor volvió a abordar el tema de la consagración, aunque sin pedir nada, pero el 7 siguiente, festividad de San Ambrosio fue muy explícito: María debía escribir nuevamente al Papa pidiéndole la consagración del género humano a su Corazón Divino. Ella le objetó dulcemente que la primera vez ya le había costado obtener el permiso de su confesor y que pensaba que ahora no se lo daría en absoluto. Le fue respondido que confiara. Don Teotonio, a la grata sorpresa de su dirigida, no puso ninguna objeción y la carta fue escrita el día de la Inmaculada de 1898, es decir, al siguiente de la tercera instancia del Corazón de Jesús. Sin embargo, el confesor no permitió que fuera despachada hasta el día 6 de enero de 1899, en la fiesta de la Epifanía (ya conocemos la devoción de María por los Reyes Magos).

Esta vez el tiro dio en el blanco. El 15 de enero la carta llegó a manos de León XIII, que quedó más impresionado si cabe que con la anterior. En seguida encargó al cardenal Domenico Maria Jacobini que se informara a través del nuncio en Portugal que obtuviese informes sobre la Madre Droste zu Vischering, “de la que se dice que es santa y tiene comunicaciones celestiales”. Los informes no pudieron ser más favorables y, a raíz de la difícil operación a la que fue sometido y cuyo feliz e inesperado éxito atribuyó él mismo al Corazón de Jesús, el Papa decidió el 25 de marzo hacerle la consagración del género humano y no sólo de la Iglesia (tal y como lo había señalado en su carta religiosa). El 2 de abril firmó el decreto aprobando las letanías del Sagrado Corazón y mandando que se cantasen en el triduo de preparación al acto consagratorio. El 18 de mayo, León XIII recibía en audiencia a los padres de María, dándoles un mensaje de bendición para ella. El 25 de mayo se publicaba la encíclica Annum Sacrum, que fijaba la consagración para el 11 de junio, domingo siguiente a la solemnidad del Corazón de Jesús. El Santo Padre dispuso que se le enviaran dos ejemplares del documento a la que había sido el instrumento del cielo para llevar a cabo el trascendental acto.

María tuvo el inmenso consuelo de leer la encíclica por la prensa, que la publicó el 2 de junio, pero aún tuvo tiempo de ver los ejemplares enviados por el Papa, que llegaron a sus manos la mañana del 8 de junio, cuando se hallaba ya en sus últimos momentos debido a un agravamiento definitivo e irreversible de su enfermedad. Exhaló el último suspiro pasadas las 3 de la tarde de ese día, en las primeras vísperas de la solemnidad del que había sido el objeto de su amor y entrega y cuya confidente y mensajera fiel había sido. Dos días después fue enterrada en el cementerio de Oporto, con gran concurso de clero, pueblo y autoridades. Al día siguiente, León XIII hacía realidad, en la Capilla Paulina del Palacio Apostólico, el deseo del Sagrado Corazón y María podía asistir desde el cielo a la consagración por la que tanto se había prodigado. Después del regular proceso canónico comenzado simultáneamente en Oporto, Angers y Münster, fue beatificada por Pablo VI, el 1º de noviembre del año santo 1975, María del Divino Corazón, condesa Droste zu Vischering, una de los grandes apóstoles del corazón de Jesús.

(fuente: www.hispanidad.info)

otros santos 08 de junio:

- San Medardo
- Beata Mariam Thresia Chiramel Mankidiyan
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