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sábado, 12 de julio de 2014

12 de julio: San Juan Gualberto

Abad y fundador
(985-1073)

Era Juan el único hijo de un señor florentino llamado Gualberto, y dueño del castillo de Petronio. En este hijo había reconcentrado su padre todo el amor que antes repartiera entre otro vastago, muerto ya cuando aconteció la historia que vamos a relatar.

Estamos en 1003. Nunca el corazón de un hombre ha sentido tantas emociones ni experimentado vuelcos tan repentinos como los que sintió y experimentó el de Juan el día de Viernes Santo de aquel año. Juan, aunque hombre de mundo y despreocupado, no dejaba de comprender las bellezas de los misterios cristianos; por eso pasó las horas matutinales en la capilla, siguiendo conmovido los oficios sublimes que conmemoraban la muerte del Señor; cuando llegó el momento de adorar la cruz, sus familiares notaron en él una devoción desacostumbrada. Acabados los rezos, llamó a su escudero y le dijo:

—Ensilla el caballo y prepara las armas; hoy me acompañarás a Siena.

Las diez serían cuando cruzaban el ancho patio señorial. Pocos instantes después, había perdido de vista el viejo blasón de la puerta, donde las golondrinas que acababan de venir de África empezaban a hacer sus nidos. Ya en la campiña, un espectáculo encantador se presentó a sus ojos. La primera reía con todos sus encantos; agitábase la Naturaleza juguetona por todas partes, y bullía llena de vida y de color, brindando a los mortales la copa de la felicidad.

A un lado verdeaban los vastos campos que formaban el patrimonio de Juan; a otro lado corría el Elsa, escoltado en todo su camino por dos franjas de esmeralda; en el cielo, una inmensa gasa de transparente azul; abajo, todo luz y claridad y armonía de ruiseñores y voces alegres que endulzaban con el canto lo amargo de las faenas campesinas.

En plena edad primaveral se encontraba también el hijo del caballero Gualberto. Aún no tenía veinte años. Asi lo decía un fino bello dorado que sombreaba sus labios Rico, noble, gentil, valiente, generoso; adornado de una belleza armoniosa y varonil, no había familia de magnates en Florencia que no aspirase a unírsele con los lazos del parentesco. Oprimíale ligeramente el pedio una cota de malla argentada; un cinturón de blanca piel, del que pendía una larga adarga, ceñía su talle; sus pies iban cubiertos por suaves botas de cuero anaranjado, con espuelas de oro, y sobre la espalda colgaba la larga cola del chapetón de fieltro blanco.

Pero ni la primavera de la vida ni el encanto juvenil de las llanuras toscanas podían despertar la atención del heredero de Visdomini. En su cabeza inclinada y en el mirar sombrío de sus ojos se reflejaba una gran tristeza. ¿Pensaría, acaso, en las emociones religiosas de la mañana? Las armas que llevaba le habían traído a la memoria la imagen de su hermano Hugo, tendido en el camino, yerto, manchado de polvo y sangre, asesinado villanamente por un traidor. Esta imagen horrible no le permitía ver nada de lo que le rodeaba. «Mancha de sangre, con sangre se ha de borrar; y yo, su hermano, soy el que ha de borrarla; y mientras no lo haga, no tendré ni honra ni felicidad; la vida me será un tormento.» Así decía, y ya se imaginaba en contraste frente a su enemigo, y arrojarlo en el suelo y enrojecer con la sangre del traidor la espada que llevaba y había pertenecido a su hermano. Un sudor frío humedecía sus sienes juveniles.

Todavía saboreaba la dulzura que le causara la muerte imaginaria del contrario, cuando en una revuelta del camino se presentó a sus ojos un hombre a pie y desarmado. Traía de la mano un niño, niño blondo e inocente, que se divertía viendo los pájaros que pasaban volando ¿unto a él. Y aquel hombre era precisamente el asesino de Hugo. Al verle, Juan quedó indeciso por un momento; no quería dar fe a su vista; pasóse la mano por los ojos, creyéndolos presa de la ilusión, y, cerciorado de la realidad, dió un rugido y saltó del caballo, como un rayo, espada en mano. El asesino no huyó; hubiera sido inútil; cayó en tierra, y con los brazos en cruz, pronunció solamente una palabra: «Perdón.» Pero Juan no escuchaba; preparaba el golpe mortal en el cuerpo de su enemigo. Viendo éste perdida la vida de este mundo, no se acordó más que de la eterna, y con voz trémula por los temblores de la muerte, exclamó: «Jesús, Hijo de Dios, perdóname tú, al menos.»

¿Quién podrá decir lo que obró la gracia entonces en el corazón de Visdomini? Ya no vio más la cara pálida de su enemigo, ni sus ojos vidriados, ni sus manos suplicantes; sólo vio la figura de Aquel que había muerto en una cruz por él, y a cuyas plantas se postrara emocionado horas antes; ya no escuchó aquel gemido que le pedía perdón, ni los gritos del niño que lloraba aturdido; en sus oídos y en su corazón resonaba solamente aquella palabra que había oído cantar por la mañana en la Pasión: «Perdónalos, que no saben lo que hacen.»

Y arrojó resuelto la espada, y, cayendo en tierra, levantó al asesino, le abrazó y le dijo: «Vete, estás perdonado.» Y el asesino se fue después de haber besado la mano de quien le concediera la vida. «Vuelve al castillo —dijo entonces Juan a su escudero—, y no digas nada de cuanto has visto.»

Había allí sentado graciosamente en una pequeña colina un monasterio benedictino de San Miniato y una bonita iglesia, donde brillaban mármoles blancos y verdes. En ella entró Juan, postróse en la grada de un altar, y rompió en copioso llanto. Pasó largo rato absorto, con los ojos vueltos hacia el Cielo. Así estaba cuando los monjes entraron a cantar las Vísperas. Las melodías de los salmos sonaron a sus oídos como una cosa lejana, muy lejana, o como algo que se oye entre sueños; tan fija estaba en su mente la contemplación de Aquel a quien había adorado por la mañana. La tarde, que ahuyentaba la luz de las naves de la iglesia, lo volvió en sí. Levantóse, y dirigiendo al crucifijo una mirada de despedida, vio que Cristo se movía, que inclinaba la cabeza y le miraba con una expresión de dulzura infinita. Si esta mirada siguiera unos instantes más, le matara de alegría...

Cuando la noche tendía su manto de color oscuro sobre los palacios de Florencia, entraba Juan en el palacio de sus padres, inundada el alma en una paz que nunca había sentido en la vida.

Pocos días después se dirigía con paso firme a la puerta de los benedictinos de San Miniato, de donde sólo había de salir para fundar un asilo apacible a las almas sedientas de Dios en los bosques solitarios de Vallumbrosa, bajo la Regla de San Benito. Nuestro Señor le premió en este mundo haciéndole padre de infinitos monjes, y en el otro, dándole una corona infinitamente más preciosa que todo lo que le ofrecía el mundo.

En muchos monasterios de Italia, sus hijos y sus hijas siguen todavía con amor sus sagradas huellas. Es una vida austera la que él les enseñó; como base, la Regla de San Benito, pero con nuevos rigores y asperezas: estrecha clausura, silencio perpetuo, pobreza extremada, severísimas penitencias. Una innovación fue la supresión del trabajo manual. El monje Vallumbrosa, debe leer siempre, y siempre meditar.

Pero el fundador, que había sentido los ataques del mal del siglo, el mal de la simonía, que causaba las luchas intestinas, no quiso vivir divorciado de su tiempo. Formó a sus discípulos en las normas del programa cluniacense y los lanzó al combate contra la herejía y el cisma.

Uno de ellos, San Pedro, se hará famoso por su bélico ardor, y la Historia lo llamará Igneo, por haber confirmado su doctrina pasando incólume a través de las llamas.

(fuente: divvol.org)

otros santos 12 de julio:

- San León de Lucca

viernes, 11 de julio de 2014

11 de julio: San Juan Wall

Sacerdote y mártir de la Primera Orden (1620‑1679). Canonizado por Pablo VI el 25 de octubre de 1970.

Juan Wall nació de una familia católica buena y acomodada en 1620 en Chingle Hall, cerca de Preston, Inglaterra. en 1641 ingresó en el colegio inglés de Douai, donde recibió la ordenación sacerdotal en 1645. Después de un breve período de misión en Inglaterra, volvió a Douai para tomar el hábito de los Hermanos Menores en el convento de San Buenaventura y tomó el nombre religioso de Fray Joaquín de Santa Ana. Fue muy apreciado por sus óptimas cualidades, y cinco años más tarde se reincorporó a la misión inglesa y se estableció con el seudónimo de Francis Webb, en Harvington Hall en el condado de Worcester; allí pudo ejercer con tranquilidad por más de 22 años el ministerio pastoral con gran utilidad para los católicos del lugar.

En diciembre de 1678 fue capturado inesperadamente, en la época de la presunta conjura papista montada por Titus Oates. Juan Wall rehusó decididamente prestar el juramento de supremacía, por lo cual fue recluido en la prisión de Worcester, donde permaneció por 5 meses entre acerbos sufrimientos, soportados con gran fortaleza de ánimo.

El 25 de abril de 1678 fue procesado por el juez Atkins y condenado a muerte bajo la acusación de traición, en cuanto sacerdote ordenado en el extranjero que había vuelto a ingresar en el reino para desarrollar allí una actividad sacerdotal. A pesar de ello fue enviado a Londres para ser examinado por un tribunal especial. Exonerado por los jueces del cualquier participación en la conjura papista, fue nuevamente condenado a la pena capital por su calidad de sacerdote católico. Devuelto a Worcester para la ejecución, ésta tuvo lugar el 22 de agosto de 1679. Antes de subir al patíbulo, Juan Wall escribió un largo discurso, en el cual trató de su proceso y de su condenación y lo entregó a un amigo para que lo hiciese imprimir; efectivamente fue publicado en Londres en 1679.

Unica víctima que sufrió el martirio por la fe en Worcester, Juan Wall fue asistido en los últimos días por su cohermano Padre Guillermo Leveson. Los restos mortales del heroico confesor de la fe fueron sepultados en el cementerio anexo a la iglesia San Osvaldo de Worcester, mientras que su cabeza fue llevada al convento de los franciscanos de Donai, al cual pertenecía el mártir; allí se conserva y se venera todavía. Juan Wall tenía 59 años de edad.

(fuente: franciscanos.net)

otros santos 11 de julio:

- San Benito de Nursia

jueves, 10 de julio de 2014

10 de julio: Santa Amalberga

Viuda

Martirologio Romano: En Tamise, en Flandes, santa Amalberga, a quien san Wilibrordo impuso el velo de las vírgenes consagradas (s. VIII). También es conocida como Amalburga, Amelia o Amalia.

Personaje del siglo VII, pariente del Beato Pipino de Landen. Siendo muy jóven se casó con el Conde Witger, con quien tuvo tres hijos que son santos de la Iglesia Católica: Gudula, Emeberto y Reinaldo, a quienes educó ella personalmente enseñándoles todo incluso su amor a Dios.

Siendo ya mayores, ella y su esposo ingresaron a monasterios Benedictinos, el Conde al monasterio de Lobbes y Amalberga al de Maubeuge en donde ella llevó una vida ascética y de oración.

Al enviudar recibió el velo de manos de San Wilibrordo.

Murió hacia el año 690 y fue enterrada junto a su marido, en el monasterio de Lobbes. Desde 1073 sus restos están en la iglesia de la abadía de San Pedro Gante, Bélgica.

(fuente: catholic.net)

otros santos 10 de julio:

- San Pedro Vincioli

miércoles, 9 de julio de 2014

09 de julio: Santa Paulina del Corazón Agonizante de Jesús

Fundadora de la Congregación de Hermanitas de la Inmaculada Concepción

Amabile Lucia Visintainer, hoy Santa Paulina, nació el 16 de diciembre de 1865 en Vígolo Vattaro, provincia de Trento, Italia, en ese tiempo región del Sur del Tirol, bajo el dominio de Austria.

En septiembre de 1875 la familia de Napoleone Visintainer emigró con muchos otros tridentinos al Brasil donde fundaron la localidad de Vígolo en el actual municipio de Nueva Trento, en el estado de Santa Catarina.

Amabile, después de la primera comunión, que recibió más o menos a los doce años, comenzó a participar en el apostolado parroquial: Catecismo para los pequeños, visitas a los enfermos, y limpieza de la capilla de Vígolo.

El día 12 de julio de 1890, junto con su amiga, Virginia Rosa Nicolodi, Amabile acogió a una enferma de cáncer en fase terminal, dando inicio a la Congregación de las Hermanitas de la Inmaculada Concepción, aprobada por el obispo de Curitiba, Don José de Camargo Barros, el 25 de agosto de 1895.

En diciembre de 1895, Amabile y las dos primeras compañeras (Virginia y Teresa Ana Maule), hicieron los votos religiosos, y Amabile recibió el nombre de Hermana Paulina del Corazón Agonizante de Jesús. La santidad y la vida apostólica de la Madre Paulina y de sus hermanas atrajeron muchas vocaciones, a pesar de la pobreza y de las dificultades en que vivían.

En 1903, la Madre Paulina fue elegida superiora general “ad vitam” y dejó a Nueva Trento para cuidar de los huérfanos, hijos de antiguos esclavos y de los esclavos viejos y abandonados en Ipiranga, en la ciudad de San Pablo.

En 1909, fue depuesta del cargo de superiora general por el arzobispo de San Pablo, Don Duarte Leopoldo e Silva, y enviada a trabajar con los enfermos de la Santa Casa y con los ancianitos del asilo San Vicente de Paulo en Bragança Paulista, sin poder nunca más ocupar ningún otro cargo en su congregación.

Fueron años marcados por la oración, por el trabajo y por el sufrimiento: haciendo y aceptando todo para que la congregación de las Hermanitas siguiera adelante, y “nuestro Señor fuera conocido, amado y adorado por todos en todo el mundo”.

En 1918 fue llamada por la superiora general Madre Vicência Teodora, su sucesora, y con consentimiento de Don Duarte a la Casa Madre en Ipiranga, donde permaneció hasta su muerte, en una vida retirada, de intensa oración, asistiendo a las hermanas enfermas.

Como “Veneranda Madre Fundadora” se la destacó en el Decreto de Honor concedido por la Santa Sede a la congregación de las Hermanitas el 19 de mayo de 1933, y en la celebración del cincuentenario de la fundación, el 12 de julio de 1940, cuando la Madre Paulina hizo su testamento espiritual: “Sed muy humildes. Confiad siempre y mucho en la Divina Providencia; nunca, jamás, os desaniméis, aunque vengan vientos contrarios. Nuevamente os digo: Confiad en Dios y en María Inmaculada; manteneos firmes y !adelante!”.

A partir de 1938 la Madre Paulina comenzó a acusar graves disturbios a causa de la diabetes que padecía. Después de dos cirugías, en las cuales sufrió la amputación del dedo medio y luego del brazo derecho, pasó los últimos días víctima de la ceguera. Murió el 9 de julio de 1942; sus últimas palabras fueron: “Hágase la voluntad de Dios”.

La espiritualidad ignaciana recibida de sus directores espirituales tiene en la Madre Paulina características propias, que señalan a la “Veneranda Madre fundadora” como una religiosa en la cual se pueden admirar sus virtudes teologales, morales y religiosas en grado eminente o heroico. Fe profunda y confianza ilimitada en Dios, amor apasionado a Jesús Eucaristía, devoción tierna y filial a María Inmaculada, devoción y confianza en “nuestro buen padre San José””, y veneración por las autoridades eclesiales y civiles. Caridad sin límites para con Dios, traducida en gestos de servicio a los hermanos más pobres y abandonados.

Toda la vida de la Madre Paulina se puede resumir en el título que le dio el pueblo de Vígolo: “enfermera”, esto es, ser para los otros o “toda de Dios y toda de los hermanos” como rezan hoy sus devotos y sus Hermanitas. Humildad, que llevó a la Madre Paulina hasta el aniquilamiento de sí misma para que la congregación siguiera adelante.

La página más luminosa de la santidad y de la humildad de la Madre Paulina fue escrita por la actitud que manifestó cuando Don Duarte le anunció su destitución: “Se arrodilló... se humilló... respondió que estaba totalmente dispuesta a entregar la congregación... se ofrecía espontáneamente para servir en la congregación como súbdita”.

Terminado el capítulo de agosto de 1909, comenzaba el holocausto doloroso y meritorio de la Madre Paulina, a quien el arzobispo de San Pablo le había decretado: “Viva y muera en la congregación como súbdita”. Y permaneció en la sombra hasta su muerte, en unión con Dios, como lo declaró a su director espiritual, Padre Luiz Maria Rossi, SI: “La presencia de Dios me es tan íntima, que me parece imposible perderla, y esta presencia le da a mi alma una alegría que no puedo explicar”.

El carisma dejado por la Madre Paulina a su congregación se traduce en la sensibilidad para percibir los clamores de la realidad con sus necesidades, y disponibilidad para servir, en la Iglesia, a los más necesitados y a los que se encuentran en mayor situación de injusticia, con simplicidad, humildad y vida interior. Es un servir alimentado por una espiritualidad eucarística y mariana, por la que toda Hermanita hace de Jesús Eucaristía el centro de su vida, alimentada por una tierna devoción a María Inmaculada y al buen padre San José.

La primera santa del Brasil fue beatificada por el Papa Juan Pablo II el 18 de octubre de 1991, en Florianópolis, estado de Santa Catarina. A la Madre Paulina le confiamos el pueblo brasileño, la Iglesia de Brasil y la congregación de las Hermanitas de la Inmaculada Concepción y todas las personas que han colaborado en su canonización.

(fuente: www.vatican.va)

otros santos 09 de julio:

- Beata María de Jesús Crucificado Petkovic

martes, 8 de julio de 2014

08 de julio: San Procopio de Cesarea

Mártir
(† 303)

El siglo IV había amanecido sobre el mundo romano con una aurora roja, reflejo de las llamas del palacio imperial de Nicomedia. Diocleciano tuvo miedo y quiso causarlo. Su imaginación cobarde y alucinada le presentaba por todas partes peligros y conjuras. Salen decretos atroces que hablan de cárceles, de trabajos forzados, de cruces y de hogueras, Era preciso arrancar de raíz aquella raza de hombres que se empeñaban en despreciar a los dioses protectores del Imperio.

Muchos temblaron y naufragaron; pero los valientes fueron innumerables. Entre ellos figura Procopio, una de las primeras víctimas de aquella conflagración universal. La fuerza del heroísmo parecía en él como el fruto de una ascesis rigurosa. Era un hombre de una gracia celeste, dicen las actas. Desde su infancia hasta el martirio había buscado ardorosamente el brillo de la castidad. Tan mortificado tenía su cuerpo, que se le hubiera creído sin vida; pero su alma vibraba bajo la acción de las palabras divinas, y rodeaba su rostro pálido de una luz celestial. Vivía de pan y agua; comía solamente cada dos o tres días, y con frecuencia una vez por semana. Su contemplación se prolongaba día y noche. Había llegado a adquirir un conocimiento completo de las Sagradas Escrituras, y no desconocía tampoco las letras profanas.

Nacido en Seitópolis, había fijado su residencia en Jerusalén, allí desempeñaba el oficio de lector, de exorcista y de traductor oficial de los Sagrados Libros. Él debía traducir en lengua vulgar, en arameo, los textos griegos de la liturgia. Al estallar la persecución, fue trasladado a Cesarea con otros detenidos. Había entre ellos varios obispos y muchos sacerdotes; pero la figura ascética del exorcísta atraía las miradas de todos. Mientras sus companeros caminaban a la prisión, él fue conducido a presencia del gobernador Flaviano.

—Sacrifica a los dioses—ordenó el magistrado.
—No hay dioses—respondió Procopio—; no hay más que un solo Dios, Creador de todas las cosas.

El gobernador no era cruel; tenía aversión a la sangre, y además estaba impresionado por el aspecto de aquel hombre, cuyo cuerpo, extenuado por los ayunos, parecía sostenerse únicamente por la fuerza del espíritu. La doctrina de los filósofos de aquel tiempo le permitía contentarse con aquella respuesta. Sin embargo, antes de soltar al reo, pidióle que ofreciese incienso, no a los dioses, sino a los cuatro emperadores. «No es bueno tener tantos amos—respondió Procopio, citando un verso de Homero—; basta un señor, basta un rey.» Creyendo ver en estas palabras un ultraje contra la majestad soberana y una censura de la tetrarquía, imaginada por Diocleciano, el gobernador ordenó que Procopio fuese decapitado, y de este modo le abrió la puerta de la gloria.

Así empezó la persecución en Cesarea. En los días siguientes, algunos de los presos renegaron, pero la mayor parte confesaron intrépidamente la fe en medio de los tormentos. Unos caían desfallecidos por los azotes, otros sucumbían abiertos por los surcos de las uñas de hierro, a otros se les rompían los nervios de los pies y de las manos. «Sólo hay un Dios, sólo hay un Rey, sólo hay un Señor, que es Jesucristo», decían ellos, recordando al perseguidor la cita que en Procopio había juzgado sediciosa. Avergonzado de su derrota, el magistrado quiso disimularla. Los confesores eran arrastrados hasta el altar; allí se les ponía en la mano la copa de las libaciones o el grano de incienso, y después se les ponía en libertad. Aunque no hubiesen tocado el incienso, se les enviaba como a renegados. Ellos gritaban, protestaban que eran cristianos, que no sacrificarían jamás; y entonces los soldados los abofeteaban, le tapaban la boca, y, a pesar de todas las resistencias, se les declaraba absueltos. Lo que importaba, sobre todo, dice Eusebio de Cesarea, era salvar las apariencias del triunfo. Y las actas terminan con estas palabras: «Jesucristo reinó; a Él honor y gloria por todos los siglos.»

(fuente: www.divvol.org)

otros santos 08 de julio:

- Beato Pedro Vigne

lunes, 7 de julio de 2014

07 de julio: Beato Pedro To Rot

Primer Beato de Papua Nueva Guinea

Angel To Puia, jefe respetado y rico, vivía con su esposa, María Ja Tumul, una mujer honrada y silenciosa, en la aldea de Rakunai, en el extremo nororiental de Nueva Bretaña (hoy Papua Nueva Guinea). Hombre de gran influencia entre los suyos, la tribu Gunantuna, era considerado como padre y protector, cuyo consejo se buscaba y cuyas opiniones contaban en orden a la vida de la comunidad.

Tuvieron seis hijos. Los dos últimos murieron muy niños aún. Eran adultos conversos que formaban parte de la primera generación de católicos de la región.

Pedro era el tercero. Nació en 1912. Se hizo notar enseguida por su docilidad y obediencia, aunque estaba adornado de un carácter enérgico.

Su padre vió en él a su futuro sucesor al frente de su pueblo de Rakunai, lo que le indujo a no mimarle nunca, aconsejarle, reprenderle, incluso castigarle en los fallos, aunque fueran mínimos.

Comienza a frecuentar la escuela de la misión hacia los siete años y no falta ni un sólo día, a no ser por causa de enfermedad: Detalle significativo, tanto del cuidado de sus padres, como del pundonor del niño, en un pueblo en que no había obligación de asistencia a la escuela, y, peor aún, en una tribu que no se distinguía precisamente por su afición a las ideas y costumbres cristianas. Los niños se sentían independientes, libres; vivían con quien les apetecía, ya fuera con su padre, ya con alguno de los tíos maternos, siempre bajo el dominio consuetudinario de la madre, en una sociedad con muchos elementos de matriarcado clásico.

To Rot era inteligente, captaba enseguida los temas y acostumbraba a estar muy atento. “Era el primero en responder a las cuestiones del maestro”, declara uno de sus antiguos condiscípulos. Otro subraya su afición a aprenderse pasajes de la Biblia y recitarlos sin equivocaciones. Disposiciones que le valieron ser admitido a la primera Comunión en edad muy temprana.

‑ “Todos conocíamos su actitud religiosa”, declara el catequista To Labit, era humilde y muy devoto del Santísimo. Algunos chicos iban a la iglesia sólo a mirar a todos lados.., él, en cambio, venía porque Jesús estaba en el Sagrario.

Era un jefe nato. Sus compañeros aceptaban de buen grado su dirección en juegos y trabajos. Le obedecían y sobre todos ejercía una saludable influencia: Les apartaba a menudo de los hurtos a que tan aficionados son los niños, pidiendo a los dueños permiso para coger algunos frutos de los árboles y repartirlos entre todos. Es cierto que en más de una ocasión participó en juegos un tanto comprometidos y profirió palabras malsonantes; pero, en cuanto advertía que el asunto revestía visos de gravedad, inmediatamente se aferraba a sus principios cristianos y se alejaba.

Fué el primero en ofrecerse cuando el Misionero buscó acólitos que asistieran con regularidad a las funciones del templo. Nunca dejó de levantar su mano en gesto afirmativo cuando en la escuela se preguntaba sobre quién había hecho las oraciones de la mañana y de la noche. Y cuando se pedía una relación de las actividades del día anterior, la de To Rot comenzaba invariablemente señalando su oración de la mañana, para anotar a continuación el cumplimiento de las diferentes tareas que sus padres le habían asignado.

Nadie crea que Pedro To Rot había nacido santo. Sus travesuras merecieron en más de una ocasión la reprensión y el castigo por parte de su padre. Un día el maestro se enfadó con él y hubo de propinarle un cachete. El compañero de escuela que lo narra no recuerda el motivo. Otra vez, durante la clase de redacción, escribió en su pizarra una fogosa carta de amor adolescente y se la enseñó después de la escuela a Teresa Ja Vinevel. Esta lo comunicó a sus propios padres. To Rot lo reconoció enseguida y la borró para poder hacer las cuentas.

En el otoño de 1930 ingresa a la Escuela de Catequistas de Tililigap.

Frecuentaba con gusto la oración. Rezaba con auténtico fervor. Pasaba por la iglesia antes de ir al trabajo, también a la vuelta, y después de las comidas, y varias veces a lo largo del día, cuando las clases le dejaban algún tiempo libre. Sentía profundo amor a Jesús Sacramentado. Comulgaba diariamente, percatándose de que Jesús era la vida y fuerza de sus obreros.

En la Escuela de Catequistas había tiempos dedicados al deporte y expansión. A Pedro le gustaba. Participaba en el fútbol y en otros juegos. Rehuía, empero las discusiones que se originaban. De temperamento alegre y bromista, cuando dos compañeros se pegaban, les hablaba bromeando, a fin de hacerles reír y lograr que el enfado se fuera disipando. Si alguno le molestaban, ni siquiera pasaba por su mente la idea de resarcirse.

No fue prolongada su estancia en la Escuela. Su párroco le necesitaba y le llamó antes de terminar el tercer año. Regresó a casa para convertirse en le catequista más joven de la zona de Rakunai. Era a principios de 1933.

Sus compañeros catequistas recalcan, en sus recuerdos, la modestia y sencillez de Pedro. Se dejaba guiar en su trabajo y aceptaba con gusto los consejos de los veteranos. Bien pronto, sin embargo, hubieron de reconocer su superioridad y acatar con gusto su indiscutible liderazgo, aunque fuese el más joven de todos.

Su actitud no sufrió cambios. Continuó modesto, amable, sencillo, de suerte que logró que entre ellos no hubiera nunca disensiones, ni envidias, ni resquemores.

Con frecuencia iba, por las tardes, a visitar a su Párroco. Quería continuar su formación. Le planteaba las cuestiones a las que él no encontraba respuesta.

No le importaba sólo saber cosas: le importaba sobre todo, penetrarlas hasta el fondo, lo que no era, a la verdad, fenómeno frecuente entre los nativos.

La única fecha que, en la vida de Pedro To Rot, puede señalarse como cierta y segura, es la de su matrimonio canónico. Se casó con Paula Ja Varpit el 11 de Noviembre de 1936 en la iglesia de Rakunai. Paula había nacido el 27 de Junio de 1920 en Ramalmal; pero, a los catorce años había venido a la granja de su madre en Rakunai. Asistía a la escuela de la misión y fué así cómo se convirtió en alumna de Pedro To Rot, su futuro marido.

El matrimonio fué muy feliz, aunque, al principio tuvieran sus dificultades. Lo cuenta Paula: “En lo comienzos tuvimos algunas peleas. La razón era que yo era un poco dura de mollera". Pero en situaciones de diferencia de opinión, era normalmente Pedro quien cedía primero. Hacía por su esposa cuanto estaba en su mano y acentuaba sus cuidados cuando le sobrevenía alguna ligera enfermedad.

Nació su primer hijo el 5 de Diciembre de 1939. Lo llamaron To Puya, en memoria del abuelo, ya difunto, y en el bautismo le impusieron el nombre cristiano de Andrés. Anota To Burangan, compañero de escuela de Pedro, que éste rezaba muy a menudo por su esposa y por sus hijos, especialmente por su primogénito. Le sacaba de paseo, le cuidaba, jugaba con él, de suerte que Andrés pasaba más tiempo con su padre que con su madre.

Dos años más tarde, en 1942, cuando ya la ocupación japonesa había comenzado, nació una niña, Rufina Ja Mama. No cabe duda de que la vida de Pedro To Rot como esposo y como padre fué ejemplar. Tenemos un testimonio espléndido en la declaración de su tío, el jefe Tarúe: "To Rot, afirma, era un hombre íntegramente bueno, que nunca decepcionó. Eran sus palabras tan buenas como sus hechos. Pensaba sólo en la religión. Su matrimonio fué para él sagrado y luchó contra la secularización del vínculo, defendida por otros”.

Cuando prematuramente le fué arrancado a los suyos y martirizado, su esposa creyó enloquecer. Tenía, a la sazón, 25 años. A pesar de su juventud, no quería oír hablar de nuevo matrimonio: "Nunca encontraré un hombre como Pedro". Mas, a la vuelta de algunos años, presionada por los parientes y para atender al bien de sus tres hijos, tan pequeños, aceptó casarse de nuevo.

En 1942 todos los misioneros y su personal fueron detenidos por los invasores japoneses y encerrados en campos de concentración. Pedro continuó dirigiendo los fieles de su pueblo lo mejor que pudo, cuidando de los enfermos, bautizando, enseñando a los fieles y ayudando a los pobres.

Cuando los japoneses comenzaron a perder batallas en la guerra, se desquitaron reprimiendo a los locales, prohibiendo el cristianismo, presionándolos para el regresen a sus costumbres pre-cristianas, en particular a la poligamia.

Pedro se opuso a ese retroceso y en 1945 fue detenido por organizar reuniones religiosas.

El 7 de julio de 1945 murió por envenenamiento y asfixia, esto ocurrió en el campo de concentración en Rakunai.

Fue beatificado por S.S. Juan Pablo II el 17 de enero de 1995.

Si usted tiene información relevante para la canonización del Beato Pedro, comuníquese a:
Archdiocese of Rabaul
Vunapope, P.O. Box 357
Kokopo, Enbp. Papua New Guinea

(fuentes de Información: www.mscperu.org; saints.sqpn.com; catholic.net) 

otros santos 07 de julio:

- Beato Carlos Liviero

domingo, 6 de julio de 2014

06 de julio: Beata Nazaria Ignacia March Mesa

«Cruzada de amor por la Iglesia. Esta madrileña que había sido Hermanita de los Pobres, se sintió llamada después a la vida misionera. Fundó en Bolivia y extendió su obra por Argentina y Uruguay, entre otros países latinoamericanos»

Roma, 06 de julio de 2014 (Zenit.org) Junto a María Goretti y a otros santos y beatos, la Iglesia incluye hoy en el santoral a esta española que tuvo la gracia de percibir la llamada de Cristo siendo niña y de acogerla cumpliendo su palabra con absoluta fidelidad en el seguimiento hasta el final de sus días.

Vino al mundo en Madrid, junto a su hermana melliza, el 10 de enero de 1889. Fueron dieciocho vástagos los que nacieron en su cristiano hogar, de los cuales sobrevivieron diez. El momento crucial destacado por sus biógrafos, por arrancar de él su vocación, se produjo a sus 9 años, el día que recibió por vez primera el Cuerpo de Cristo. Las divinas palabras, escuetas, claras, directas, fueron: «Tú, Nazaria, sígueme». Al igual que hicieron los primeros discípulos cuando fueron seleccionados del mismo modo, no titubeó. Aseguró: «Te seguiré, Jesús, lo más cerca que pueda una humana criatura». Estaba en las antípodas del joven rico que dio la espalda a Cristo y de otros que antepusieron a Él diversas ocupaciones. El primer paso que dio la beata fue consagrarle íntimamente su virginidad. Su padre tenía ante sí la ardua tarea de sacar adelante a su numerosa prole y se afincó en Sevilla; desde allí realizó varios viajes a América. Antes de partir con la familia, sobre Nazaria recayeron dos vaticinios. Uno de ellos provino de santa Ángela de la Cruz; le dijo: «Tú irás a América, y volverás con compañeras». El otro fue del jesuita P. Tarín, quien precisó certero: «Hija mía, Dios te ama mucho. Ánimo y adelante. Dentro de unos tres años, Dios te empezará a colmar tus deseos, después te los colmará todos, todos». Era el Jueves Santo de 1906, y ella sustituía a una pobre que debía haber participado en la liturgia del lavatorio de los pies, en el domicilio de la condesa de Casa Galindo.

Tenía 18 años cuando los suyos se embarcaron rumbo a México. En el trayecto hubo una escala en Cuba, y allí observó el talante de dos Hermanitas de los Ancianos Desamparados que habían realizado el viaje sin hacerse notar, eligiendo los asientos menos valorados, y cuyo rostro dejaba traslucir su gran humildad. Ese desarraigo de las cosas del mundo conmovió a Nazaria, que hacía años se sentía llamada a la vida misionera, y decidió unirse a ellas. Realizó el noviciado en España y al conocer que necesitaban voluntarias para América, se ofreció de inmediato movida por su afán apostólico. Su primer destino fue Oruro, Bolivia, y su misión: pedir limosna para los ancianos. No era agradable, menos aún cuando alguna vez recibía por ello un trato grosero. Pero se esforzaba con agrado, poniendo sobre el tapete su arrolladora simpatía, pensando en Cristo y en las personas de avanzada edad que no tenían a nadie más que a ellas. Las calles de la ciudad, recorridas de forma incansable, iban desnudándose ante sus ojos; veía, más allá de recodos y muros, el vacío, la soledad y carencias elementales que formaban parte de la vida de tantos desheredados. Formó parte de la comunidad de Hermanitas doce años.

Tras la lectura de la vida de Catalina de Siena, que le sugirió el nuncio del papa en Bolivia, se sintió llamada a formar una Cruzada al servicio del pontífice. Coincidió que la víspera de Pentecostés de 1920 visitó el Beaterio de Nazarenas de Oruro, que se hallaba en delicada situación, y en el que tenía puesta su mirada el obispo, y sintió esta locución: «Tú serás fundadora y esta casa tu primer convento». Ese mismo año realizó los ejercicios de san Ignacio de Loyola, y comprendió claramente que la vía que debía seguir era instituir una congregación integrada «bajo el estandarte de la cruz» que estuviera «en torno a la Iglesia» en una «cruzada de amor». En enero de 1925 emitió voto de obediencia al papa y abrió su corazón a Mons. Antezana. Ambos convinieron en pedir una prueba a Dios para saber si debía fundar: poder entrevistarse con el nuncio el 12 de febrero de ese año. En marzo Mons. Cortesi dio su visto bueno: «Ha llegado la hora y usted deberá ponerse al frente de este nuevo Instituto». El beaterío fue el lugar donde quedó instaurada su obra, tal como se le anunció. Ella añadió a su voto de obediencia, el de trabajar por la unión y extensión de la Iglesia. En febrero de 1927 profesaron las primeras religiosas. En 1930 fue unánimemente elegida superiora general. Asentó en el corazón de todas este afán: «En amar, obedecer y cooperar con la Iglesia en su obra de predicar el Evangelio a toda criatura, está nuestra vida, el ser lo que somos».«Este es nuestro espíritu: guerrero, fiel, nada de cobardías, todos amores, amor sobre todo a Cristo y en Cristo a todos. Repartirse entre los pobres, animar a los tristes, dar la mano a los caídos; enseñar a los hijos del pueblo, partir su pan con ellos, en fin, dar toda su vida, su ser entero por Cristo, la Iglesia y las almas.»

Viajó a Roma y mantuvo dos emotivas audiencias con Pío XI. En la segunda el pontífice la vio tan firme en su anhelo de trabajar por la sede de Pedro representada en él, que puntualizó: «Sí, y por Pedro a Cristo». Al añadir que estaban dispuestas a morir por la Iglesia, nuevamente el papa matizó: «¿Morir, hija mía? Morir, no. Vivir, vivir y trabajar mucho por la Iglesia». La fundación fue aprobada en 1935. Ella la extendió por Bolivia, Argentina –a demanda del nuncio apostólico en el país, Mons. Cortesi–, Uruguay y también por España, donde se hallaba en 1936. Inmersa en la guerra civil, la comunidad entera fue apresada; su destino: morir bajo los fusiles a manos de los milicianos, como tantos otros. Acogieron el hecho con tal gozo que los dejaron estupefactos. No podían entender que para ellas, que habían recibido la Eucaristía previamente, entrar en la vida eterna era el más preciado galardón. Pero las leyes consulares uruguayas y bolivianas, regidas por el derecho internacional, impidieron su ajusticiamiento. El 6 de julio de 1943 Nazaria entregaba su alma a Dios en Buenos Aires. Juan Pablo II la beatificó el 27 de septiembre de 1992. Sus restos se veneran en Oruro.

(06 de julio de 2014) © Innovative Media Inc.

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- Santa María Goretti
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