«Anacoreta, uno de los padres del desierto. Compartió el ideal de los ermitaños que moraban en Scetis. Fue preceptor de los hijos de san Teodosio el Grande, a demanda del papa san Dámaso»
Madrid, 19 de julio de 2014 (Zenit.org)
Las fuentes fidedignas que permiten conocer la vida de Arsenio se deben a san Teodoro Studita quien redactó su biografía en el siglo VII. Pudo nacer a mediados del siglo IV en Roma. Pertenecía a una familia que gozaba de grandes prebendas y bienes al formar parte del prestigioso senado. Su preparación intelectual y el vigor de su fe cristiana atrajo la atención del papa san Dámaso que, además de nombrarle diácono, pensó en él como la persona idónea para asumir la responsabilidad de formar a los hijos del emperador romano san Teodosio el Grande: Arcadio y Honorio. Durante once años desempeñó en Constantinopla esta tutoría que no fue fácil por el carácter de los muchachos, hasta que a finales del siglo IV su vida tomó un rumbo diametralmente opuesto. Había muerto el emperador y la corte no le satisfacía. Las maquinaciones y la vida disipada que veía a su alrededor de algún modo dejaban su labor de preceptor en mal lugar. Bien pudo pensar que había fracasado en la tarea educativa por cuanto Arcadio y Honorio no habían respondido como cabía esperar. Con su proceder ponían de manifiesto no haber captado el valor de la vida espiritual que quiso transmitirles. Dejó su cargo de senador al que había sido elevado, y envuelto en un profundo dilema suplicó a Dios que condujera sus pasos hacia Él. «Huye de la compañía de los hombres para salvarte», fue la respuesta. Se dispuso a cumplir a rajatabla esta indicación percibida en su oración. ¿Dónde podía ir? El monacato estaba bien asentado en el desierto, y partió a Egipto para compartir el ideal de los ermitaños que moraban en Scetis.
San Juan «el Enano» fue su preceptor. Lo probó de distintas formas constatando la autenticidad de su vocación que rubricó con este vaticinio: «Este hombre será un buen fraile». Con toda delicadeza le ayudaron sus hermanos a abandonar hábitos del pasado. Sin ápice de añoranza por las comodidades y lujos que le habían rodeado, los reemplazó gustoso por la ascesis que sabía iba a conducirle a la unión con el Altísimo. Oración, mortificación y penitencia fueron alimentos que llenaros sus días y sus noches. A veces le perseguía su currículum de persona cercana a los altos gobernantes, y entonces aún añoraba más la soledad y el anonimato.
Siempre a la escucha de la voz de Dios para conocer su voluntad, un día se le hizo patente en nueva locución: «Huye al silencio y la paz, que son las raíces de una vida sin pecado». Eligió lugares más apartados y continúo su itinerario espiritual por un desierto interior que iba inundando su espíritu a través de la oración y el ayuno. Dando testimonio de su generosidad y humildad, abrazado al rigor de la regla que acentuaba severamente para sí mismo, fue desprendiéndose de todo. Hasta allí llegaban noticias de los que amó, como a los hijos del desaparecido Teodosio, que habían sucumbido bajo el influjo de ciertas pasiones y malamente podían hacer frente a las consecuencias de sus actos. Esto le llenaba de gran aflicción. Hubo otros ecos de su pasado que también retumbaron en su elegido exilio. Así, un día supo que había sido nombrado heredero de los bienes de un senador. Pero rompió el documento acreditativo que le mostraron, manifestando: «Yo morí antes que el senador y, por consiguiente, no puedo ser su heredero». Sus discípulos, Alejandro y Zoilo, profundamente edificados por su vida, siguieron la senda de la virtud que aprendieron junto a él.
Arsenio amaba el silencio y velaba para no tener que vulnerarlo. Una de las raras excepciones que hizo con las visitas fue con la de Teófilo, obispo de Alejandría, quien expresamente quiso hablar con él para solicitar su consejo pensando especialmente en el grupo de personas que le acompañaban. El santo advirtió: «Os mando que, cuando alguien os pregunte dónde vive Arsenio, no se lo digáis, o bien decidles que se eviten la molestia de ir a visitarle y que le dejen en paz». Esa voluntaria reclusión, que llevaba a tal extremo, llamó la atención del abad, y él aclaró: «Dios es testigo de que os amo de todo corazón. Pero, como no puedo estar con Dios y con los hombres al mismo tiempo, prefiero dedicarme a conversar con Dios».
Evagrio del Ponto fue otro de sus ilustres visitantes, y no volvió con las manos vacías porque Arsenio siempre pronunciaba palabras encendidas y juiciosas que instaban a amar a Dios y ponían de relieve su espíritu de penitencia, docilidad y mansedumbre. Se le atribuye esta reflexión: «muchas veces he tenido que arrepentirme de haber hablado. Pero nunca me he arrepentido de haber guardado silencio». Recibió el don de lágrimas, del que muchos fueron testigos. La invasión de los bárbaros el año 434 le obligó a dejar Scetis y refugiarse en Troe para trasladarse diez años más tarde a Canopo. Desde allí divisaba Alejandría, lo cual suscitaba su emoción. Abandonó esta isla viendo que se acercaba su fin, y volvió a la de Troe. Las lágrimas sellaron sus últimos instantes en la tierra y sus hermanos le preguntaron por la causa: «Padre, ¿por qué lloras? ¿Tienes miedo de morir, como tantos otros?». La respuesta del santo eremita estaba en consonancia con el sentimiento espiritual que le acompañaba. Explicó que no era tanto el miedo a la muerte como el santo temor que le acompañaba al tener que presentarse ante Dios siendo que se consideraba un pecador. Culminó en paz su fecunda existencia el año 449 o 450 en Menfis.
(19 de julio de 2014) © Innovative Media Inc.
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sábado, 19 de julio de 2014
viernes, 18 de julio de 2014
18 de julio: San Bruno de Segni
«Obispo, maestro de la caridad, báculo de varios pontífices y defensor del magisterio de la Iglesia. Participó en varios concilios y encarnó con su vida el espíritu monástico que reinaba en la abadía de Montecassino»
Madrid, 18 de julio de 2014 (Zenit.org) Nació en Solero, Piamonte, Italia, hacia el año 1048. Algunas fuentes aseguran que su familia era acomodada y otras que fue de humilde cuna. Añaden también que se le conocía como Bruno Astensis. Su localidad natal, cercana a la ciudad de Alessandría, pertenecía a la diócesis de Asti. Se formó primeramente en el monasterio benedictino de San Perpetuo, y luego en la universidad de Bolonia. De allí salió preparado para recibir la ordenación sacerdotal, dispuesto para refutar las herejías del momento. Cuando tenía unos 25 años dedicó a Ingo, obispo de Asti, un texto sobre el Salterio gallicano. Le precedía su fama como buen orador y conocedor de la teología, lo que motivó que Gregorio VII, advirtiendo su fidelidad al magisterio de la Iglesia, lo seleccionara para participar en el sínodo que tuvo lugar en Roma a finales del año 1079. Y efectivamente mostró su insobornable unidad con la cátedra de Pedro doblegando a Berengario, prelado de Tours, que negaba la presencia real de Cristo en la Eucaristía. Éste, ante la firme y rigurosa defensa de Bruno, que expuso brillantemente la doctrina eclesial sobre el Santísimo Sacramento, tuvo que retractarse de su herejía.
El papa siempre iba a contar con el juicio del santo como hicieron otros pontífices a los que también asistió. Además de Gregorio VII, Víctor III, Urbano II y Pascual II no ocultaron su admiración por él y valoraron sus consejos. Bruno era canónigo de Segni cuando Gregorio VII, a la vista de sus virtudes y fidelidad, pensó otorgarle el cardenalato, pero aquél rehusó humildemente; prefería no asumir tan alta dignidad. Sin embargo, un año más tarde en la «Campagna di Roma», el pontífice lo consagró obispo de Segni. En esta labor pastoral brilló por su celo apostólico; se desvivía por los demás. Durante tres meses del año 1082 fue prisionero de Ainulfo, conde de Segni, quien lo recluyó en el castillo de Vicoli. El aristócrata simpatizaba con Enrique IV, que había sido excomulgado por el pontífice, mientras que Bruno secundaba al Santo Padre en sus proyectos de reforma eclesiástica. Era un momento en el que había que luchar contra la simonía, el problema de las investiduras y otros vicios escandalosos que lamentablemente diezmaban la feligresía. El prelado de Segni fue un importante «báculo» para Gregorio VII; por ese motivo fue detenido. Al ser liberado, regresó a Roma y siguió al lado del pontífice.
En 1084 le acompañó a Salerno, ciudad en la que se refugió escapando del asedio de los normandos. Cuando el papa murió, asistió a su sucesor Urbano II. Le acompañó en sus viajes por Italia y Francia, estuvo junto a él en sínodo de Melfi (1089) y en la consagración de la abadía de Cava dei Tirreni, en Salerno. En años sucesivos, permaneciendo siempre a su lado, participó en los concilios de Piacenza y de Clermont-Ferrand. En éste se proclamó la Primera Cruzada y se renovaron los decretos contra el concubinato del clero, la simonía y las investiduras por los laicos. En 1097 intervino en el concilio de Letrán, en 1098 en el de Bari y al año siguiente participó en el Laterano, último concilio presidido por Urbano II. Entretanto, Ainulfo proseguía con su particular persecución, y Bruno anhelando la paz, pese a no contar con el beneplácito del nuevo papa Pascual II, determinó vincularse a los monjes de la abadía de Montecassino. Sin embargo, este pontífice, al igual que hicieron sus predecesores, siguió confiando en él y le encomendó nuevas misiones.
Bruno tomó el hábito en 1103, aunque no dejó de regir episcopalmente la sede de Segni. Fue tan fiel en la vivencia de la regla, que en 1107, a la muerte del abad Otto, lo eligieron para que le sucediese. Al año siguiente, en una visita que efectuó a la abadía, Pascual II respaldó esta designación ante los monjes, ensalzando las cualidades del santo. Pero Bruno defendía la ortodoxia eclesial por encima de todo, y en el momento en que vio que Pascual II había claudicado ante el emperador electo Enrique V, otorgándole privilegios contra los que había combatido con celo junto a los pontífices anteriores, no dudó en recriminar al papa, aunque lo hizo con un texto lleno de ternura y delicadeza en el que reiteraba con emocionadas palabras sus sentimientos de amor y de unidad. Con todo, el Santo Padre lo sancionó instándole a renunciar al cargo de abad, a la par que disponía su regreso a Segni. Bruno acató humildemente su voluntad. En 1112 en el concilio de Letrán, Pascual II se vio obligado a reconocer su error, y el santo que estaba presente en el mismo, acogió y ratificó su decisión con sumo gozo. El resto de su vida lo dedicó a orar, estudiar y meditar.
Ha dejado numerosos escritos. Su obra se compone de tratados sobre las Escrituras y la liturgia, contra la simonía, sermones, vidas de santos, cartas y otros trabajos que ponen de manifiesto el celo apostólico y la intrepidez de este santo obispo. Murió el 18 de julio de 1123, poco después de exhortar y bendecir a su grey desde la ventana de su sede. Fue canonizado el 5 de septiembre de 1183 por Lucio III.
(18 de julio de 2014) © Innovative Media Inc.
otros santos 18 de julio:
- San Simón de Lipnica
Madrid, 18 de julio de 2014 (Zenit.org) Nació en Solero, Piamonte, Italia, hacia el año 1048. Algunas fuentes aseguran que su familia era acomodada y otras que fue de humilde cuna. Añaden también que se le conocía como Bruno Astensis. Su localidad natal, cercana a la ciudad de Alessandría, pertenecía a la diócesis de Asti. Se formó primeramente en el monasterio benedictino de San Perpetuo, y luego en la universidad de Bolonia. De allí salió preparado para recibir la ordenación sacerdotal, dispuesto para refutar las herejías del momento. Cuando tenía unos 25 años dedicó a Ingo, obispo de Asti, un texto sobre el Salterio gallicano. Le precedía su fama como buen orador y conocedor de la teología, lo que motivó que Gregorio VII, advirtiendo su fidelidad al magisterio de la Iglesia, lo seleccionara para participar en el sínodo que tuvo lugar en Roma a finales del año 1079. Y efectivamente mostró su insobornable unidad con la cátedra de Pedro doblegando a Berengario, prelado de Tours, que negaba la presencia real de Cristo en la Eucaristía. Éste, ante la firme y rigurosa defensa de Bruno, que expuso brillantemente la doctrina eclesial sobre el Santísimo Sacramento, tuvo que retractarse de su herejía.
El papa siempre iba a contar con el juicio del santo como hicieron otros pontífices a los que también asistió. Además de Gregorio VII, Víctor III, Urbano II y Pascual II no ocultaron su admiración por él y valoraron sus consejos. Bruno era canónigo de Segni cuando Gregorio VII, a la vista de sus virtudes y fidelidad, pensó otorgarle el cardenalato, pero aquél rehusó humildemente; prefería no asumir tan alta dignidad. Sin embargo, un año más tarde en la «Campagna di Roma», el pontífice lo consagró obispo de Segni. En esta labor pastoral brilló por su celo apostólico; se desvivía por los demás. Durante tres meses del año 1082 fue prisionero de Ainulfo, conde de Segni, quien lo recluyó en el castillo de Vicoli. El aristócrata simpatizaba con Enrique IV, que había sido excomulgado por el pontífice, mientras que Bruno secundaba al Santo Padre en sus proyectos de reforma eclesiástica. Era un momento en el que había que luchar contra la simonía, el problema de las investiduras y otros vicios escandalosos que lamentablemente diezmaban la feligresía. El prelado de Segni fue un importante «báculo» para Gregorio VII; por ese motivo fue detenido. Al ser liberado, regresó a Roma y siguió al lado del pontífice.
En 1084 le acompañó a Salerno, ciudad en la que se refugió escapando del asedio de los normandos. Cuando el papa murió, asistió a su sucesor Urbano II. Le acompañó en sus viajes por Italia y Francia, estuvo junto a él en sínodo de Melfi (1089) y en la consagración de la abadía de Cava dei Tirreni, en Salerno. En años sucesivos, permaneciendo siempre a su lado, participó en los concilios de Piacenza y de Clermont-Ferrand. En éste se proclamó la Primera Cruzada y se renovaron los decretos contra el concubinato del clero, la simonía y las investiduras por los laicos. En 1097 intervino en el concilio de Letrán, en 1098 en el de Bari y al año siguiente participó en el Laterano, último concilio presidido por Urbano II. Entretanto, Ainulfo proseguía con su particular persecución, y Bruno anhelando la paz, pese a no contar con el beneplácito del nuevo papa Pascual II, determinó vincularse a los monjes de la abadía de Montecassino. Sin embargo, este pontífice, al igual que hicieron sus predecesores, siguió confiando en él y le encomendó nuevas misiones.
Bruno tomó el hábito en 1103, aunque no dejó de regir episcopalmente la sede de Segni. Fue tan fiel en la vivencia de la regla, que en 1107, a la muerte del abad Otto, lo eligieron para que le sucediese. Al año siguiente, en una visita que efectuó a la abadía, Pascual II respaldó esta designación ante los monjes, ensalzando las cualidades del santo. Pero Bruno defendía la ortodoxia eclesial por encima de todo, y en el momento en que vio que Pascual II había claudicado ante el emperador electo Enrique V, otorgándole privilegios contra los que había combatido con celo junto a los pontífices anteriores, no dudó en recriminar al papa, aunque lo hizo con un texto lleno de ternura y delicadeza en el que reiteraba con emocionadas palabras sus sentimientos de amor y de unidad. Con todo, el Santo Padre lo sancionó instándole a renunciar al cargo de abad, a la par que disponía su regreso a Segni. Bruno acató humildemente su voluntad. En 1112 en el concilio de Letrán, Pascual II se vio obligado a reconocer su error, y el santo que estaba presente en el mismo, acogió y ratificó su decisión con sumo gozo. El resto de su vida lo dedicó a orar, estudiar y meditar.
Ha dejado numerosos escritos. Su obra se compone de tratados sobre las Escrituras y la liturgia, contra la simonía, sermones, vidas de santos, cartas y otros trabajos que ponen de manifiesto el celo apostólico y la intrepidez de este santo obispo. Murió el 18 de julio de 1123, poco después de exhortar y bendecir a su grey desde la ventana de su sede. Fue canonizado el 5 de septiembre de 1183 por Lucio III.
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jueves, 17 de julio de 2014
17 de julio: Santos Mártires Escilitanos
(† 180)
Protomártires de África
Si la trompeta suena, había dicho Marco Aurelio, ofrece a Dios un soldado en su puesto. La trompeta había sonado, y el emperador filósofo murió noblemente en el campo defendiendo el Imperio. Pero su último gesto, más que estoicismo, revelaba tristeza de desesperanza. Había querido morir solo: después de hablar con su hijo, volvió el rostro a la pared y se cubrió la cabeza. Acababa de ver todo el egoísmo, la vulgaridad, la perversidad irremediable de aquel hombre a quien dejaba al frente del Imperio. Más que un soberano, Cómodo fue un gladiador. Setecientas treinta y cinco veces debía combatir en los anfiteatros, todas ellas pagado espléndidamente. Ni la patria, ni el Senado, ni la religión, ni la política tenían interés para él. Fue sanguinario por odio, por miedo y por avaricia; los cristianos le importaban tanto como los adoradores de Isis o de Zeus. Cerebro sin ideas, corazón sin sentimiento, no fue, sin embargo, un perseguidor. Una dulce influencia, la de la servidumbre cristiana que llenaba el palacio, y muy particularmente los ruegos de una mujer amada, conservaron un resto de clemencia en el alma voluble del déspota imbécil.
Pero antes dé que esta influencia pudiese sentirse en el Imperio, la persecución conmovió a los fieles de África. La Iglesia africana, cuyos orígenes son tan oscuros como los de las Iglesias de España o de las Galias, se nos manifiesta súbitamente a fines del siglo II, fuertemente constituida y maravillosamente preparada para la fecundidad del martirio.
El procónsul de África en los primeros años de Cómodo se llamaba Vigelio Saturnino. «Éste—dice Tertuliano—es el primero que sacó la espada contra nosotros.» Por orden suya, cuatro cristianos de Madaura fueron ejecutados el 4 de julio del año 180; y dos semanas después fueron llevados a su presencia otros siete, procedentes de la colonia romana de Scilhum. Son los famosos mártires scillitanos.
Las actas de su martirio nos ofrecen el documento antiguo de la literatura cristiana en lengua latina. Llevados al pretorio de Cartago, se les preguntó en primer lugar por sus nombres. Se llamaban Claudiano, Sperato, Nartzalo, Citino, Vestía, Donata y Secunda. Hubo luego un interrogatorio emocionante, que nos hace penetrar en el alma de aquellos primeros cristianos, envueltos todavía en la unción del recuerdo fresco y cercano de Cristo.
El procónsul Saturnino dijo:
Saturnino.—Podéis obtener el perdón imperial si seguís los consejos de la prudencia.
Sperato.—No hemos hecho ni dicho mal alguno, sino que damos gracias por el mal que nos hacen, porque tenemos a Dios por Rey y Señor.
Saturnino.—También nosotros somos religiosos, y nuestra religión es sencilla. Juramos por la felicidad de nuestro señor y rey, y rezamos por su salud. Vosotros debéis hacer lo mismo.
Sperato.—Si quisieras escucharme tranquilo, yo te explicaría el misterio de la verdadera simplicidad.
Saturnino.—No escucharé tus insultos a nuestra religión. Jurad por la felicidad del emperador, nuestro señor
Sperato.—No conozco la realeza del siglo presente, sino que alabo y adoro a mi Dios, el Dios a quien nadie ha visto, a quien no pueden ver los ojos mortales. Yo no he cometido fraude; si hago algún tráfico, pago el impuesto, porque conozco a nuestro Señor, Rey de reyes y Soberano de todos los pueblos.
Saturnino (dirigiéndose a los demás acusados).
—Abandonad esta vana creencia.
Sperato.—No hay creencia más peligrosa que la que permite el homicidio y el falso testimonio.
Saturnino.—Cesad de ser o parecer cómplices de esta locura.
Citino (levantando los ojos).—Nosotros no tenemos más que a un Señor, el que está en los Cielos.
Donata.—Damos al cesar el honor debido al cesar—dijo esta acusada, rectificando la declaración de sus compañeros—; pero únicamente tememos a Dios. Vestía.—Yo soy cristiana. Secunda.—Yo también, y seguiré siéndolo. Saturnino (dirigiéndose a Sperato).—¿También tú continúas siendo cristiano?
Sperato, y los demás, a una voz.—Soy cristiano. Saturnino.—Tal vez necesitáis una tregua para deliberar. Sperato.—En un negocio tan evidente, todo está pensado y deliberado.
Saturnino.—¿Cuáles son los libros que conserváis en vuestros armarios?
Sperato.—Nuestros libros sagrados, y, además, las epístolas de Pablo, hombre santísimo.
Saturnino.—Os doy una tregua de treinta días por si queréis arrepentiros.
Sperato.—Soy un cristiano inmutable.
Los demás acusados repitieron lo mismo, y entonces Vigelio Saturnino, procónsul, leyó en las tablillas este decreto: «Sperato, Nartzalo, Citino, Donata, Vestia, Secunda, Claudiano y otros han declarado vivir a la manera de los cristianos, y habiéndoseles propuesto un espacio para reflexionar y volver a la manera de vivir de los romanos, han persistido en su obstinación: les condenamos a morir por la espada.»
«Gracias a Dios», dijo Sperato, y Nartzalo añadió: «Siendo mártires, hoy mismo estaremos en el Cielo, gracias a Dios.» El procónsul Saturnino mandó al heraldo que leyese la sentencia: «Ordeno que Sperato, Nartzalo, Citino, Veturio, Félix, Aquilino, Lctancia, Jenara, Generosa, Vestia, Donata, Secunda sean ejecutados.» Todos dijeron: «Gracias a Dios.» Luego, conducidos al lugar del suplicio, se arrodillaron, alabaron a Dios y presentaron su cabeza; y, coronados por el martirio, reinan con el Padre, el Hijo y el Espíritu Santo durante todos los siglos.
Esto fue el 17 de julio del año 180. Tres años después, la esclava Marcia entraba en el palacio imperial. Ella, con su ternura, con su inteligencia, con su energía, subyugó el espíritu grosero del emperador; el genio bueno de Cómodo puso en aquel reinado infame un reflejo de gracia y de bondad. Tal vez no había recibido el bautismo, pero era amiga de Dios—dice un escritor de aquel tiempo—y protegió a los cristianos.
otros santos 17 de julio:
- San Alejo de Roma
Protomártires de África
Si la trompeta suena, había dicho Marco Aurelio, ofrece a Dios un soldado en su puesto. La trompeta había sonado, y el emperador filósofo murió noblemente en el campo defendiendo el Imperio. Pero su último gesto, más que estoicismo, revelaba tristeza de desesperanza. Había querido morir solo: después de hablar con su hijo, volvió el rostro a la pared y se cubrió la cabeza. Acababa de ver todo el egoísmo, la vulgaridad, la perversidad irremediable de aquel hombre a quien dejaba al frente del Imperio. Más que un soberano, Cómodo fue un gladiador. Setecientas treinta y cinco veces debía combatir en los anfiteatros, todas ellas pagado espléndidamente. Ni la patria, ni el Senado, ni la religión, ni la política tenían interés para él. Fue sanguinario por odio, por miedo y por avaricia; los cristianos le importaban tanto como los adoradores de Isis o de Zeus. Cerebro sin ideas, corazón sin sentimiento, no fue, sin embargo, un perseguidor. Una dulce influencia, la de la servidumbre cristiana que llenaba el palacio, y muy particularmente los ruegos de una mujer amada, conservaron un resto de clemencia en el alma voluble del déspota imbécil.
Pero antes dé que esta influencia pudiese sentirse en el Imperio, la persecución conmovió a los fieles de África. La Iglesia africana, cuyos orígenes son tan oscuros como los de las Iglesias de España o de las Galias, se nos manifiesta súbitamente a fines del siglo II, fuertemente constituida y maravillosamente preparada para la fecundidad del martirio.
El procónsul de África en los primeros años de Cómodo se llamaba Vigelio Saturnino. «Éste—dice Tertuliano—es el primero que sacó la espada contra nosotros.» Por orden suya, cuatro cristianos de Madaura fueron ejecutados el 4 de julio del año 180; y dos semanas después fueron llevados a su presencia otros siete, procedentes de la colonia romana de Scilhum. Son los famosos mártires scillitanos.
Las actas de su martirio nos ofrecen el documento antiguo de la literatura cristiana en lengua latina. Llevados al pretorio de Cartago, se les preguntó en primer lugar por sus nombres. Se llamaban Claudiano, Sperato, Nartzalo, Citino, Vestía, Donata y Secunda. Hubo luego un interrogatorio emocionante, que nos hace penetrar en el alma de aquellos primeros cristianos, envueltos todavía en la unción del recuerdo fresco y cercano de Cristo.
El procónsul Saturnino dijo:
Saturnino.—Podéis obtener el perdón imperial si seguís los consejos de la prudencia.
Sperato.—No hemos hecho ni dicho mal alguno, sino que damos gracias por el mal que nos hacen, porque tenemos a Dios por Rey y Señor.
Saturnino.—También nosotros somos religiosos, y nuestra religión es sencilla. Juramos por la felicidad de nuestro señor y rey, y rezamos por su salud. Vosotros debéis hacer lo mismo.
Sperato.—Si quisieras escucharme tranquilo, yo te explicaría el misterio de la verdadera simplicidad.
Saturnino.—No escucharé tus insultos a nuestra religión. Jurad por la felicidad del emperador, nuestro señor
Sperato.—No conozco la realeza del siglo presente, sino que alabo y adoro a mi Dios, el Dios a quien nadie ha visto, a quien no pueden ver los ojos mortales. Yo no he cometido fraude; si hago algún tráfico, pago el impuesto, porque conozco a nuestro Señor, Rey de reyes y Soberano de todos los pueblos.
Saturnino (dirigiéndose a los demás acusados).
—Abandonad esta vana creencia.
Sperato.—No hay creencia más peligrosa que la que permite el homicidio y el falso testimonio.
Saturnino.—Cesad de ser o parecer cómplices de esta locura.
Citino (levantando los ojos).—Nosotros no tenemos más que a un Señor, el que está en los Cielos.
Donata.—Damos al cesar el honor debido al cesar—dijo esta acusada, rectificando la declaración de sus compañeros—; pero únicamente tememos a Dios. Vestía.—Yo soy cristiana. Secunda.—Yo también, y seguiré siéndolo. Saturnino (dirigiéndose a Sperato).—¿También tú continúas siendo cristiano?
Sperato, y los demás, a una voz.—Soy cristiano. Saturnino.—Tal vez necesitáis una tregua para deliberar. Sperato.—En un negocio tan evidente, todo está pensado y deliberado.
Saturnino.—¿Cuáles son los libros que conserváis en vuestros armarios?
Sperato.—Nuestros libros sagrados, y, además, las epístolas de Pablo, hombre santísimo.
Saturnino.—Os doy una tregua de treinta días por si queréis arrepentiros.
Sperato.—Soy un cristiano inmutable.
Los demás acusados repitieron lo mismo, y entonces Vigelio Saturnino, procónsul, leyó en las tablillas este decreto: «Sperato, Nartzalo, Citino, Donata, Vestia, Secunda, Claudiano y otros han declarado vivir a la manera de los cristianos, y habiéndoseles propuesto un espacio para reflexionar y volver a la manera de vivir de los romanos, han persistido en su obstinación: les condenamos a morir por la espada.»
«Gracias a Dios», dijo Sperato, y Nartzalo añadió: «Siendo mártires, hoy mismo estaremos en el Cielo, gracias a Dios.» El procónsul Saturnino mandó al heraldo que leyese la sentencia: «Ordeno que Sperato, Nartzalo, Citino, Veturio, Félix, Aquilino, Lctancia, Jenara, Generosa, Vestia, Donata, Secunda sean ejecutados.» Todos dijeron: «Gracias a Dios.» Luego, conducidos al lugar del suplicio, se arrodillaron, alabaron a Dios y presentaron su cabeza; y, coronados por el martirio, reinan con el Padre, el Hijo y el Espíritu Santo durante todos los siglos.
Esto fue el 17 de julio del año 180. Tres años después, la esclava Marcia entraba en el palacio imperial. Ella, con su ternura, con su inteligencia, con su energía, subyugó el espíritu grosero del emperador; el genio bueno de Cómodo puso en aquel reinado infame un reflejo de gracia y de bondad. Tal vez no había recibido el bautismo, pero era amiga de Dios—dice un escritor de aquel tiempo—y protegió a los cristianos.
(fuente: divvol.org)
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miércoles, 16 de julio de 2014
16 de julio: Santa María Magdalena Postel
«Religiosa virgen ayudó a los clérigos perseguidos durante la Revolución Francesa. Fundadora, fue la artífice de la Congregación de las Hermanas de las Escuelas Cristianas de la Misericordia para educar a los jóvenes y auxiliar a los pobres»
Madrid, 16 de julio de 2014 (Zenit.org) En esta festividad de la Virgen del Carmen, el santoral incluye, entre otros, la celebración de esta francesa. Una mujer intrépida y valerosa, probada en su fe durante décadas, que tuvo la gracia de contemplar en su intensa y dilatada existencia los frutos de sus desvelos: cerca de cuarenta conventos e iglesias impulsadas por ella. No escatimó esfuerzo alguno, contribuyendo a su construcción, en algunos casos, con sus propias manos. Una imagen de la Piedad venerada en la parroquia de su localidad natal, de la que se prendaron sus ojos infantiles, fue uno de los pilares de su espiritualidad y apostolado.
Julie Françoise Catherine nació el 28 de noviembre de 1756 en Barfleur, Normandía. El bellísimo paraje costero y las riveras del mar cuajadas de pescadores fueron el paisaje que enmarcó una parte de su vida. Era la primogénita de siete hermanos. Sus padres, campesinos con buenos recursos, no pudieron acompañarla mucho tiempo en este mundo; ambos murieron pronto. Seguramente no tuvieron noticia de que a los 9 años, cuando hizo la primera comunión, esta hija llamada a dar gloria a Dios, había ofrecido su castidad. Cursó estudios con las benedictinas de Valognes quienes, viendo su piedad y aplicación, junto a otras cualidades y virtudes, se fijaron en ella soñando con una nueva vocación a insertar en sus filas. Julie había tomado la decisión de consagrarse a Dios, pero una vez adquiridos los conocimientos, las dejó. Y a la edad de 18 años abrió en Barfleur una primera escuela de carácter gratuito dirigida a la educación de las niñas sin recursos. No contaba con el estallido de la Revolución francesa que se produjo cinco años más tarde, interfiriendo en el pulso de la sociedad y en sus proyectos.
¡Quién iba a pensar que esta joven tendría tantos arrestos como para encabezar una especie de resistencia a favor de los sacerdotes perseguidos! Pero es lo que sucedió. Actuando con perspicacia se hizo una experta en el modo de socorrer a los clérigos; abrió vías para que pudieran huir a Inglaterra. Milagrosamente se libró de ser capturada. Esta labor clandestina, que hizo de ella una gran líder defensora de la Iglesia oprimida, le permitió obtener el permiso correspondiente para custodiar la Eucaristía en su propio domicilio, y a administrarla incluso a quienes se hallaban en trance de muerte. Que una mujer recibiera esta facultad era algo insólito en la época, y la gente comenzó a denominarla «la virgen sacerdote». Habilitó un espacio debajo de la escalera, a manera de capilla, donde mantenía a buen resguardo la reserva eucarística; un lugar donde los sacerdotes oficiaban la misa. Durante cuatro años puso todo su empeño para que la fe no se malograra. Impartía catequesis a niños y adultos, al tiempo que encabezaba y alentaba a la realización de obras caritativas. En 1798 se comprometió como terciaria franciscana y tomó el nombre de María Magdalena.
Tras algún que otro contratiempo surgido en torno a su labor, se trasladó a Cherbourg para colaborar con un proyecto docente. Contó con el respaldo del sacerdote Abbé Cabart, ya que ambos confluían en similar afán: educar a los jóvenes en la fe y conducirles a Dios. Julie deseaba extender su labor a los pobres. Y en 1805, de común acuerdo, abrieron una escuela que la santa puso bajo el amparo de la Virgen, Madre de Misericordia. Dos años más tarde, el 8 de septiembre de 1807, emitió los votos junto a otras colaboradoras, fundando las Hermanas de las Escuelas Cristianas de la Misericordia con el objetivo de educar a los jóvenes y auxiliar a los pobres. Su espíritu franciscano se traslucía en su generosidad y el ímpetu apostólico enriquecido por su intensa oración. Y su vida ascética se caracterizaba por una severa austeridad. Incluía disciplinas como los cilicios, ayunos estrictos de cuatro días de duración –no se permitía más que una comida diaria–, y por lecho tenía una cruz de madera, por mencionar algunas de las rigurosas penitencias que se impuso. Externamente se añadieron otras mortificaciones como las dificultades que tuvo que afrontar para seguir sosteniendo la fundación. «Obediencia hasta la muerte» era su consigna, fruto de su recogimiento, signo de su caridad.
La comunidad se vio obligada a iniciar una peregrinación por diversas localidades: Octeville L’Avenel, Tamerville, Valognes... Parecía que en ningún lugar podían afincarse. En 1832 adquirió una ruinosa abadía benedictina en Saint-Sauveur-le-Vicomte, y allí se establecieron. Su restauración fue costosísima para la santa y para sus hermanas. Había querido que sus hijas, con ella al frente, se implicaran personalmente en el trabajo; cualquiera que fuera les sería útil. La tareas agrícolas y la costura, entre otros, asumidos por la comunidad les servía para poder seguir haciendo el bien a los necesitados a través de la docencia. Aportaron su buen hacer a la reedificación del edificio. Entonces Julie tenía 76 años, que en esa época, con un índice de vida escuálido, se podía considerar toda una anciana.
Nunca se desanimó y luchó lo que hizo falta con tenacidad, confiando en la divina Providencia, sin dudar de que la fundación llegaría a buen puerto, aunque hubo momentos en los que le sugirieron disolverla. En el inicio, la obra estuvo orientada a la enseñanza; después, Roma les propuso hacer extensiva su labor al cuidado de los enfermos, y la fundadora acogió con gozo la demanda. Su vida, que había sido agraciada con diversos dones, culminó en el convento de Saint-Sauveur-le-Vicomte el 16 de julio de 1846. Iba camino de 90 años. Pío X la beatificó el 17 de mayo de 1908. Pío XI la canonizó el 24 de mayo de 1925.
(16 de julio de 2014) © Innovative Media Inc.
otros santos 16 de julio:
- Beato Andrés de Soveral y 29 Mártires de Brasil
Madrid, 16 de julio de 2014 (Zenit.org) En esta festividad de la Virgen del Carmen, el santoral incluye, entre otros, la celebración de esta francesa. Una mujer intrépida y valerosa, probada en su fe durante décadas, que tuvo la gracia de contemplar en su intensa y dilatada existencia los frutos de sus desvelos: cerca de cuarenta conventos e iglesias impulsadas por ella. No escatimó esfuerzo alguno, contribuyendo a su construcción, en algunos casos, con sus propias manos. Una imagen de la Piedad venerada en la parroquia de su localidad natal, de la que se prendaron sus ojos infantiles, fue uno de los pilares de su espiritualidad y apostolado.
Julie Françoise Catherine nació el 28 de noviembre de 1756 en Barfleur, Normandía. El bellísimo paraje costero y las riveras del mar cuajadas de pescadores fueron el paisaje que enmarcó una parte de su vida. Era la primogénita de siete hermanos. Sus padres, campesinos con buenos recursos, no pudieron acompañarla mucho tiempo en este mundo; ambos murieron pronto. Seguramente no tuvieron noticia de que a los 9 años, cuando hizo la primera comunión, esta hija llamada a dar gloria a Dios, había ofrecido su castidad. Cursó estudios con las benedictinas de Valognes quienes, viendo su piedad y aplicación, junto a otras cualidades y virtudes, se fijaron en ella soñando con una nueva vocación a insertar en sus filas. Julie había tomado la decisión de consagrarse a Dios, pero una vez adquiridos los conocimientos, las dejó. Y a la edad de 18 años abrió en Barfleur una primera escuela de carácter gratuito dirigida a la educación de las niñas sin recursos. No contaba con el estallido de la Revolución francesa que se produjo cinco años más tarde, interfiriendo en el pulso de la sociedad y en sus proyectos.
¡Quién iba a pensar que esta joven tendría tantos arrestos como para encabezar una especie de resistencia a favor de los sacerdotes perseguidos! Pero es lo que sucedió. Actuando con perspicacia se hizo una experta en el modo de socorrer a los clérigos; abrió vías para que pudieran huir a Inglaterra. Milagrosamente se libró de ser capturada. Esta labor clandestina, que hizo de ella una gran líder defensora de la Iglesia oprimida, le permitió obtener el permiso correspondiente para custodiar la Eucaristía en su propio domicilio, y a administrarla incluso a quienes se hallaban en trance de muerte. Que una mujer recibiera esta facultad era algo insólito en la época, y la gente comenzó a denominarla «la virgen sacerdote». Habilitó un espacio debajo de la escalera, a manera de capilla, donde mantenía a buen resguardo la reserva eucarística; un lugar donde los sacerdotes oficiaban la misa. Durante cuatro años puso todo su empeño para que la fe no se malograra. Impartía catequesis a niños y adultos, al tiempo que encabezaba y alentaba a la realización de obras caritativas. En 1798 se comprometió como terciaria franciscana y tomó el nombre de María Magdalena.
Tras algún que otro contratiempo surgido en torno a su labor, se trasladó a Cherbourg para colaborar con un proyecto docente. Contó con el respaldo del sacerdote Abbé Cabart, ya que ambos confluían en similar afán: educar a los jóvenes en la fe y conducirles a Dios. Julie deseaba extender su labor a los pobres. Y en 1805, de común acuerdo, abrieron una escuela que la santa puso bajo el amparo de la Virgen, Madre de Misericordia. Dos años más tarde, el 8 de septiembre de 1807, emitió los votos junto a otras colaboradoras, fundando las Hermanas de las Escuelas Cristianas de la Misericordia con el objetivo de educar a los jóvenes y auxiliar a los pobres. Su espíritu franciscano se traslucía en su generosidad y el ímpetu apostólico enriquecido por su intensa oración. Y su vida ascética se caracterizaba por una severa austeridad. Incluía disciplinas como los cilicios, ayunos estrictos de cuatro días de duración –no se permitía más que una comida diaria–, y por lecho tenía una cruz de madera, por mencionar algunas de las rigurosas penitencias que se impuso. Externamente se añadieron otras mortificaciones como las dificultades que tuvo que afrontar para seguir sosteniendo la fundación. «Obediencia hasta la muerte» era su consigna, fruto de su recogimiento, signo de su caridad.
La comunidad se vio obligada a iniciar una peregrinación por diversas localidades: Octeville L’Avenel, Tamerville, Valognes... Parecía que en ningún lugar podían afincarse. En 1832 adquirió una ruinosa abadía benedictina en Saint-Sauveur-le-Vicomte, y allí se establecieron. Su restauración fue costosísima para la santa y para sus hermanas. Había querido que sus hijas, con ella al frente, se implicaran personalmente en el trabajo; cualquiera que fuera les sería útil. La tareas agrícolas y la costura, entre otros, asumidos por la comunidad les servía para poder seguir haciendo el bien a los necesitados a través de la docencia. Aportaron su buen hacer a la reedificación del edificio. Entonces Julie tenía 76 años, que en esa época, con un índice de vida escuálido, se podía considerar toda una anciana.
Nunca se desanimó y luchó lo que hizo falta con tenacidad, confiando en la divina Providencia, sin dudar de que la fundación llegaría a buen puerto, aunque hubo momentos en los que le sugirieron disolverla. En el inicio, la obra estuvo orientada a la enseñanza; después, Roma les propuso hacer extensiva su labor al cuidado de los enfermos, y la fundadora acogió con gozo la demanda. Su vida, que había sido agraciada con diversos dones, culminó en el convento de Saint-Sauveur-le-Vicomte el 16 de julio de 1846. Iba camino de 90 años. Pío X la beatificó el 17 de mayo de 1908. Pío XI la canonizó el 24 de mayo de 1925.
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martes, 15 de julio de 2014
15 de julio: Beata Ana María Javouhey
Virgen y Fundadora
de la Congregación de San José de Cluny
Martirologio Romano: En París, capital de Francia, beata Ana María Javouhey, virgen, fundadora de la Congregación de las Hermanas de San José de Cluny, que se dedican al cuidado de enfermos y a la instrucción cristiana de las niñas, Congregación que la beata consiguió implantar también en tierras de misión (1851).
El 10 de diciembre de 1779, ve la luz en Jallenge, cerca de Dijon (Francia), una pequeña de nombre Ana María, quinta de una familia de diez hermanos. Ana María, a la que todos llaman Nanette, tiene siete años cuando la familia se instala en Chamblanc, en el mismo cantón. Se trata de una niña jovial, radiante y llena de vida, siempre proclive a las inventivas y a las réplicas. A la edad de diez años, y a pesar de las reticencias de su padre, que la considera demasiado traviesa, toma la primera comunión. «A partir de aquel día –confesará–, me consideré como consagrada a Dios y a sus obras».
En 1791, en plena Revolución Francesa, el párroco Rapin prefiere exiliarse antes que prestar juramento al cisma exigido al clero; es substituido por un sacerdote juramentado. Nanette, a espaldas de sus padres, asiste a veces a su misa. «Me consideraba más culta que los otros» – dirá más tarde. Una noche, un sacerdote no juramentado llama a la puerta: «Me han requerido para asistir a un enfermo y no conozco el camino». Nanette, intrépida, se ofrece a acompañarlo. De camino, el sacerdote le explica la necesidad de permanecer fieles a la Iglesia de Roma. A partir de ese momento, y en colaboración con su familia, organiza ceremonias clandestinas y esconde a sacerdotes acosados por los revolucionarios. En cuanto se apacigua la tormenta, Nanette recorre los pueblos y, a golpe de tambor, reúne a la juventud para enseñarles el catecismo. Ella misma dirá: « No hubiera querido apenar a mis padres, ni desobedecerles, pero no podía resistirme a Dios, ya que me concedía grandes facultades para enseñar a las pobres jóvenes y a los adultos ignorantes a conocerlo». Un día, recibe de Dios una misión muy precisa: «El Señor me hizo saber de manera extraordinaria, pero segura, que me llamaba al estado que he abrazado para instruir a los pobres y dar educación a los huérfanos –afirmará más tarde.
Los hijos que Dios te da
La actitud de Nanette, que piensa más en rezar y catequizar que en el trabajo de la granja, alarma y enfada a su padre; pero la joven consigue ganárselo para la causa y, el 11 de noviembre de 1798, durante la misa, se consagra oficialmente a Dios en presencia de la familia. En 1800, aconsejada por el padre Rapin, que ha regresado al pueblo, Nanette se dirige a Besançon, donde Jeanne-Antide Thouret acaba de fundar una pequeña comunidad de mujeres dedicadas a la caridad y a la educación de los niños. Sin embargo, la duda invade muy pronto su alma. «Señor, ¿que quieres de mí? –exclama una noche. Una voz interior muy lúcida le responde que Dios tiene grandes designios para ella. Unos días después, al despertar, cree ver a su alrededor muchos negros, unos completamente negros y otros de color más o menos oscuro. Simultáneamente, parece oír estas palabras: «Son los hijos que Dios te da. Soy santa Teresa; seré la protectora de tu orden». Así pues, decide regresar con sus padres.
Después de entregarse a la instrucción de los niños, primero en la localidad de Seurre y luego en Dole, Ana María se une a las monjas trapenses, en Suiza. Pero una voz le dice en el fondo de su corazón: «No has sido llamada a entrar en la Trapa, sino a fundar una congregación en pro de los negros». Los pocos meses que ha permanecido en el convento le han permitido recibir una formación sólida en la vida religiosa. Tras dos nuevas tentativas de escuelas en la región del Jura, Ana María regresa a casa de su padre para establecer su obra educativa. En abril de 1805, después de la coronación de Napoleón como emperador, el Papa Pío VII pasa por Châlon-sur-Saône (región de Champaña). Ana María y sus hermanas gozan del favor de una audiencia privada. La joven expone al Santo Padre sus proyectos: «Ánimo, hija mía –le responde el Vicario de Cristo–, Dios obrará a través de ti muchas cosas para gloria suya».
Aconsejada por su obispo, Ana María se establece en Châlon-sur-Saône. Sus cualidades de pedagoga le hacen comprender que hay que desarrollar las capacidades prácticas de las pequeñas. Enseña a las niñas a leer, escribir y contar, pero también a coser, tejer, planchar e hilar. Ana María tiene la idea de poner la capilla de su escuela bajo el patrocinio de san Bernardo o de santa Teresa. Pero el sacerdote, que se llama José, le sugiere invocar más bien la protección del esposo de la Virgen María. Así pues, se adopta el nombre de san José, pasando de la capilla a la pequeña comunidad de educadoras que ha fundado. El 12 de mayo de 1807, Ana María, sus tres hermanas y otras cinco jóvenes, reciben el hábito religioso y profesan sus votos de manos del obispo de Autun. Este último sugiere a la superiora que se establezca en la ciudad episcopal. La madre Ana María consigue que una parte del antiguo seminario mayor se ponga a su disposición. A finales de 1810, con motivo de la guerra en España, convoyes de enfermos y heridos llegan a Autun, por lo que las monjas se convierten en enfermeras. Un día del mes de enero de 1812, la madre Ana María descubre en un anuncio que está en venta el antiguo convento de los recoletos, en Cluny. Recurre entonces a su padre, que se deja convencer y adquiere la propiedad; allí se instalan las monjas, convirtiéndose en la «Congregación de San José de Cluny».
La madre se sobresalta
Con no pocas dificultades, la madre Ana María consigue abrir una escuela en París. El intendente de la isla Borbón (isla de la Reunión) le hace una visita y le solicita algunas monjas para la isla, añadiendo que se halla poblada «de blancos, mulatos y negros». Ante esas palabras, la madre se sobresalta, recordando la profecía de Besançon. Poco después, el ministro del Interior le pide también monjas para las posesiones de Francia en ultramar. Sus perspectivas misioneras le llevan a aceptarlo todo. El 10 de enero de 1817, cuatro monjas parten para la isla Borbón. A principios de 1819, un contingente de siete religiosas se embarca para Senegal. Pero en este último lugar, el hospital que se les asigna se encuentra en un estado lamentable, la ciudad no tiene iglesia, la evangelización apenas se ha iniciado« Las monjas se desaniman enseguida.
La propia madre Ana María parte a Senegal en 1822. Unas semanas después de su llegada, escribe: «Las dificultades son incalculables; sólo el amor puro de Dios puede hacer que aguantemos sin desanimarnos« Ahora que estoy de vuelta de muchas sorpresas y que veo las cosas desde más cerca, tengo la impresión de que podemos hacer un gran bien en África». Persuadida de que los negros se sienten inclinados por naturaleza hacia la religión, afirma: «Solamente la religión puede proporcionar a este pueblo principios, conocimientos sólidos y sin peligro, porque sus leyes y dogmas no sólo reforman los vicios groseros y externos, sino que son capaces de cambiar el corazón« Dad solemnidad a la religión; que la pompa del culto les atraiga y que el respeto les retenga, y enseguida habréis cambiado la faz del país». Por otra parte, ella se percata de que África posee vocación agrícola. A finales de 1823, establece una granja-escuela en Dagana, lo que le permite entablar relaciones con la población. Su reputación se extiende, de manera que pronto la llaman de Gambia y, después, de Sierra Leona, donde se hace cargo de los hospitales. Sin embargo, le llegan cartas desde Francia suplicándole que regrese. En febrero de 1824, retorna a la metrópoli tras haber sentado las bases de una obra perseverante para la civilización y la cristianización de África. Su principal objetivo es la formación de un clero africano, una verdadera necesidad para la empresa misionera. Para ello funda en Bailleul (en el departamento de Oise, cerca de París) una casa de formación para jóvenes africanos.
El auxilio del buen ejemplo
En 1827, el ministro de 7 la Marina se dirige a la madre Ana María para pedirle ayuda en favor de la Guayana, donde los colonos franceses han padecido numerosos fracasos. La madre acepta el ofrecimiento, pero pone ciertas condiciones, relacionadas con la vida cristiana de los colonos y de los indígenas. En agosto de 1828, llega a la Guayana con apenas un centenar de personas, instalándose en Mana. Cuatro meses más tarde, la madre escribe: «Todo funciona con paso firme hacia la armonía: los trabajos avanzan, los cultivos crecen a ojos vistas, la religión se asienta en el corazón de quienes sólo tenían de ella una visión superficial, y todo ello con el auxilio del buen ejemplo« Hemos traído quince obreros bien elegidos para los oficios más útiles« Junto a las hermanas, me dedico a escardar y a plantar alubias y mandioca; también siembro arroz, maíz, etc., entonando cánticos y contando historias, pero lamentando que nuestras pobres hermanas de Francia no puedan compartir nuestra felicidad». No obstante, los éxitos generados por el duro trabajo de la madre provocan la envidia de algunos colonos de Cayenne.
En Francia, la revolución de julio de 1830 trae como consecuencia profundas transformaciones políticas poco favorables a la religión católica, disminuyendo por ello el apoyo económico del gobierno a las obras de la madre Ana María. Sin embargo, ella prosigue su trabajo, de forma que sus centros resisten las dificultades. En 1833, funda incluso una leprosería cerca de Mana. De regreso a Francia, la madre Javouhey visita sus casas, siendo consciente de las lagunas de su congregación, como ella misma escribe: «Nuestra congregación es muy joven y necesita ya una gran reforma« Necesitamos adquirir el espíritu interior y de oración. Con ese doble espíritu, no existe peligro en ninguna parte». A partir de 1829, la diócesis de Autun es gobernada por monseñor d´Héricourt, prelado lleno de entusiasmo que desea sacar el mayor provecho del trabajo de las monjas. Con ese objetivo, querría poder tener vara alta sobre la congregación, revisando los estatutos aprobados en 1827 por su predecesor y por el rey Carlos X.
A finales de abril de 1835, monseñor d´Héricourt impone a la madre Ana María unos nuevos estatutos que trastocan de arriba abajo los antiguos y, según los cuales, se convierte en el superior general de las hermanas. Ante el rechazo por parte de ella, el prelado insiste, pero después ordena. Al no disponer ni del consejo de sus hermanas ni del tiempo necesario para sopesar la cuestión, la madre Ana María acaba firmando los nuevos estatutos. Al salir de aquella entrevista, un lancinante remordimiento se deposita en su alma: ha firmado demasiado de prisa, sin el acuerdo del capítulo general ni de los demás obispos afectados por los cambios. Aconsejada entonces por personas autorizadas, reconoce que su firma le ha sido arrebatada, que no ha sido concedida libremente y que no tiene valor alguno. Así pues, escribe al obispo comunicándole que se acogerá a los estatutos de 1827.
Preparar la emancipación
Por la misma época, los miembros del gobierno discuten sobre la emancipación de los esclavos. Es una medida que exige una preparación adecuada. En el informe de una comisión interministerial, puede leerse: «La señora Javouhey ha demostrado, en la dirección de ese centro de Mana, un gran espíritu de orden y una perseverancia a toda prueba. Por tanto, conviene confiar la tarea de acometer la emancipación de los esclavos a las Hermanas de San José de Cluny». Sin embargo, no todas las opiniones van en el mismo sentido, y el Consejo de la Guayana, dominado por los colonos envidiosos del éxito de la madre, se opone violentamente a ese proyecto. No obstante, el 18 de septiembre de 1835, una orden ministerial le confía oficialmente esa misión. El propio rey Luis Felipe recibe varias veces a la madre, poniendo a punto con ella el plan relativo a la emancipación de los negros.
En nuestros días, ante la presencia de formas modernas de esclavitud (trata de mujeres y de niños, condiciones laborales que reducen a los trabajadores a la categoría de simples instrumentos de rendimiento, prostitución, droga, etc.), la Iglesia recuerda la dignidad de la persona humana: «El séptimo mandamiento proscribe los actos o empresas que, por una u otra razón, egoísta o ideológica, mercantil o totalitaria, conducen a esclavizar seres humanos, a menospreciar su dignidad personal, a comprarlos, a venderlos y a cambiarlos como mercancía. Es un pecado contra la dignidad de las personas y sus derechos fundamentales reducirlos por la violencia a la condición de objeto de consumo o a una fuente de beneficio» (Catecismo de la Iglesia Católica, CEC, 2414).
Tras su llegada a la Guayana en febrero de 1836, la madre Ana María se hace cargo de unos quinientos esclavos negros arrebatados a los negreros. Su pedagogía no consiste de ningún modo en recurrir a la fuerza, sino en educar mediante la dulzura, la paciencia y la persuasión. Ella misma escribirá: «Me instalé como una madre en medio de su numerosa familia». Esa actitud es todavía si cabe más audaz, por cuanto, entre los negros que acoge, hay algunos que son temibles. Pero su fe se basa en la propia virtud del cristianismo, que es capaz de producir grandes efectos civilizadores. Por añadidura, la madre sabe que cuenta con su prestigio personal; su sola presencia basta para apaciguar los conflictos. De hecho, son pocos los casos en los que debe intervenir. Su labor consiste en cuidar la educación cristiana, preocupándose especialmente de los matrimonios, pues tiene la intención de fundar su obra civilizadora en la familia. Cada familia tiene su cabaña, limpia y bien equipada, y el conjunto forma un hermoso pueblo provisto de una iglesia. Todo ello se consigue con no pocas dificultades, sinsabores e incidentes dolorosos. A pesar de todo, y después de dos años, cierto espíritu de orden y de sobriedad reina en Mana. El 21 de mayo de 1838, la madre Javouhey preside la emancipación de ciento ochenta y cinco esclavos.
¡La época más feliz!
No obstante, la oposición del obispo de Autun la persigue hasta la Guayana. El 16 de abril de 1842, la fundadora escribe que el obispo de Autun «ha prohibido al prefecto apostólico que me administre los sacramentos, a menos que lo reconozca como superior general de la congregación« Se lo perdono de todo corazón por el amor de Dios». El sufrimiento que genera esa situación, que durará dos años, es intenso. Ello se agrava con la circulación de libelos infamatorios contra la madre. En los momentos en que sus hermanas se acercan a la Santa Mesa cuando a ella se le priva de ello, las lágrimas le fluyen abundantemente. Un día, se dirige a la Guayana holandesa, esperando poder comulgar, pero el prefecto apostólico de ese territorio ha sido informado de que «esa mujer, o bien nunca ha tenido fe o la ha perdido totalmente», y la comunión le es negada igualmente. La madre dirá más tarde: «Aquella época de tribulación fue para mí la más feliz de mi vida. Al verme, por así decirlo, excomulgada, ya que todo sacerdote tenía prohibido absolverme, iba a pasearme por los grandes bosques vírgenes de Mana, y allí le hablaba al Señor: «Solamente te tengo a ti, Señor, por lo que acudo a echarme en tus brazos y a rogarte que no abandones a tu hija«». Eran tantos los consuelos espirituales que experimentaba que, a menudo, me veía en la obligación de exclamar: «¡Oh, Dios mío! Ten misericordia de mi debilidad; no me prodigues tantos favores, pues esta pobre servidora no tendrá fuerzas para soportarlos». ¡Oh! Cuántas veces he experimentado lo bueno que es Dios con los que sólo se encomiendan a Él, que nunca somos desgraciados cuando tenemos a Dios, cualesquiera que sean las tribulaciones que nos asalten».
Consciente de su influencia personal en la buena marcha de Mana, la madre Ana María empieza a preocuparse de los días en que ya no esté. Planea reunir en un centro específico a los niños negros de la Guayana de entre cinco y quince años de edad, para educarlos cristianamente. Ya adultos y emancipados, podrían desperdigarse por todo el país y propagar una mentalidad sana. Pero el gobierno, al que pide una subvención para ese proyecto, rechaza participar en sus planes. El 18 de mayo de 1843, la madre se embarca de regreso a Francia. Aquella partida aflige a todo el mundo. Nada más llegar, obtiene de los obispos que la conocen bien el permiso para recibir los sacramentos. Después, visita a todas sus hijas, que la reciben con agasajo. Ella las exhorta al silencio interior y a la paz del alma, que permiten descubrir el designio de Dios en cada uno, y les enseña a evitar toda precipitación: evitemos –les dice– «ir más deprisa que la Providencia, que quiere ser secundada y no adelantada« La experiencia me ha enseñado que la obra de Dios se realiza lentamente».
Sin embargo, el obispo de Autun sigue obstinado en su idea de ser reconocido como superior de la congregación. Para ello intenta influir en las novicias de Cluny, nombrando a un capellán que se dedique a desviarlas de sus superioras «rebeldes» contra el obispo. El 28 de agosto de 1845, la madre Javouhey se desplaza a Cluny, donde, tras hablar con gran serenidad a sus hijas, concluye de este modo: «Hijas mías, os dicen que seguirme es pecado; yo os digo que no es pecado seguir al obispo de Autun. Sois libres de elegir. Ya conocéis la situación; hay muchos obispos que tienen de nosotras una opinión diferente de la del obispo de Autun y que os acogerán con alegría. Todas las que quieran permanecer en la congregación, que me sigan hasta París». De entre las ochenta jóvenes, solamente siete rehúsan seguirla. El obispo de Beauvais, gran admirador de la madre, aborda entonces el asunto con resolución. Poco a poco, monseñor d´Héricourt queda aislado en su posición contra las hermanas, dándose cuenta finalmente de que había juzgado mal a la madre y de que se había abierto un abismo de incomprensión en su alma. El 15 de enero de 1846, se firma por fin un acuerdo entre él y la madre.
«¡Dejadla pasar!»
Durante aquel doloroso asunto, la madre Ana María ha continuado su labor apostólica con numerosas fundaciones, tanto en Francia como en Oceanía, en Madagascar, en la India y en las Antillas británicas. Cuando estalla la revolución de 1848, se encuentra cerca de París. Debe volver enseguida a esa ciudad en agitación, y necesita franquear las barricadas. Cuando los obreros rebeldes, cuyas miserias había aliviado con frecuencia en los «Talleres Nacionales», la ven llegar, exclaman: «¡Es la madre Javouhey! ¡Es la superiora Javouhey! ¡Dejadla pasar!». El nuevo gobierno decreta inmediatamente la emancipación total de los negros. Así pues, la obra de preparación metódica y prudente hacia la libertad se convierte en caduca, pero la madre se adapta a la situación a fin de poder continuar con la labor de civilización y de evangelización de los antiguos esclavos. En Mana, la noticia de la abolición de la esclavitud es recibida con apacible alegría, en contraste con las escenas de violencia que acontecen en otros lugares. La población negra sigue siendo laboriosa y sedentaria, y muy apegada a la religión que la madre les ha enseñado.
A principios de 1851, la salud de la madre Ana María decae y, en el mes de mayo, con motivo de una visita a la casa de Senlis, debe permanecer en cama. El 8 de julio, se entera de la defunción del obispo de Autun. Unos días después, el 15, afirma al respecto: «Debemos considerar a monseñor como a uno de nuestros bienhechores. Dios se sirvió de él para enviarnos la tribulación, en un momento en que, a nuestro alrededor, sólo escuchábamos alabanzas. Resultaba necesario, porque, con el éxito que estaba alcanzando nuestra congregación, habríamos podido creernos importantes si no hubiéramos sufrido esas penalidades y contradicciones». Poco después de pronunciar esas palabras, entrega su alma a Dios. En aquel momento, su congregación contaba con unas 1.200 religiosas, dedicadas a buscar en todo la voluntad de Dios mediante la enseñanza, las obras hospitalarias y misioneras.
Pidamos a la beata Ana María Javouhey, beatificada por el Papa Pío XII el 15 de octubre de 1950, que nos conceda la liberación de la peor de las esclavitudes, la del pecado; en efecto, pues Jesús vino «a liberar a los hombres de la esclavitud más grave, la del pecado, que es el obstáculo en su vocación de hijos de Dios y causa de todas sus servidumbres humanas» (CEC, 549). Que nos haga partícipes de su espíritu de dedicación, de caridad y de simplicidad, para que podamos alcanzar la verdadera libertad de los hijos de Dios.
otros santos 15 de julio:
- San Buenaventura
Martirologio Romano: En París, capital de Francia, beata Ana María Javouhey, virgen, fundadora de la Congregación de las Hermanas de San José de Cluny, que se dedican al cuidado de enfermos y a la instrucción cristiana de las niñas, Congregación que la beata consiguió implantar también en tierras de misión (1851).
El 10 de diciembre de 1779, ve la luz en Jallenge, cerca de Dijon (Francia), una pequeña de nombre Ana María, quinta de una familia de diez hermanos. Ana María, a la que todos llaman Nanette, tiene siete años cuando la familia se instala en Chamblanc, en el mismo cantón. Se trata de una niña jovial, radiante y llena de vida, siempre proclive a las inventivas y a las réplicas. A la edad de diez años, y a pesar de las reticencias de su padre, que la considera demasiado traviesa, toma la primera comunión. «A partir de aquel día –confesará–, me consideré como consagrada a Dios y a sus obras».
En 1791, en plena Revolución Francesa, el párroco Rapin prefiere exiliarse antes que prestar juramento al cisma exigido al clero; es substituido por un sacerdote juramentado. Nanette, a espaldas de sus padres, asiste a veces a su misa. «Me consideraba más culta que los otros» – dirá más tarde. Una noche, un sacerdote no juramentado llama a la puerta: «Me han requerido para asistir a un enfermo y no conozco el camino». Nanette, intrépida, se ofrece a acompañarlo. De camino, el sacerdote le explica la necesidad de permanecer fieles a la Iglesia de Roma. A partir de ese momento, y en colaboración con su familia, organiza ceremonias clandestinas y esconde a sacerdotes acosados por los revolucionarios. En cuanto se apacigua la tormenta, Nanette recorre los pueblos y, a golpe de tambor, reúne a la juventud para enseñarles el catecismo. Ella misma dirá: « No hubiera querido apenar a mis padres, ni desobedecerles, pero no podía resistirme a Dios, ya que me concedía grandes facultades para enseñar a las pobres jóvenes y a los adultos ignorantes a conocerlo». Un día, recibe de Dios una misión muy precisa: «El Señor me hizo saber de manera extraordinaria, pero segura, que me llamaba al estado que he abrazado para instruir a los pobres y dar educación a los huérfanos –afirmará más tarde.
Los hijos que Dios te da
La actitud de Nanette, que piensa más en rezar y catequizar que en el trabajo de la granja, alarma y enfada a su padre; pero la joven consigue ganárselo para la causa y, el 11 de noviembre de 1798, durante la misa, se consagra oficialmente a Dios en presencia de la familia. En 1800, aconsejada por el padre Rapin, que ha regresado al pueblo, Nanette se dirige a Besançon, donde Jeanne-Antide Thouret acaba de fundar una pequeña comunidad de mujeres dedicadas a la caridad y a la educación de los niños. Sin embargo, la duda invade muy pronto su alma. «Señor, ¿que quieres de mí? –exclama una noche. Una voz interior muy lúcida le responde que Dios tiene grandes designios para ella. Unos días después, al despertar, cree ver a su alrededor muchos negros, unos completamente negros y otros de color más o menos oscuro. Simultáneamente, parece oír estas palabras: «Son los hijos que Dios te da. Soy santa Teresa; seré la protectora de tu orden». Así pues, decide regresar con sus padres.
Después de entregarse a la instrucción de los niños, primero en la localidad de Seurre y luego en Dole, Ana María se une a las monjas trapenses, en Suiza. Pero una voz le dice en el fondo de su corazón: «No has sido llamada a entrar en la Trapa, sino a fundar una congregación en pro de los negros». Los pocos meses que ha permanecido en el convento le han permitido recibir una formación sólida en la vida religiosa. Tras dos nuevas tentativas de escuelas en la región del Jura, Ana María regresa a casa de su padre para establecer su obra educativa. En abril de 1805, después de la coronación de Napoleón como emperador, el Papa Pío VII pasa por Châlon-sur-Saône (región de Champaña). Ana María y sus hermanas gozan del favor de una audiencia privada. La joven expone al Santo Padre sus proyectos: «Ánimo, hija mía –le responde el Vicario de Cristo–, Dios obrará a través de ti muchas cosas para gloria suya».
Aconsejada por su obispo, Ana María se establece en Châlon-sur-Saône. Sus cualidades de pedagoga le hacen comprender que hay que desarrollar las capacidades prácticas de las pequeñas. Enseña a las niñas a leer, escribir y contar, pero también a coser, tejer, planchar e hilar. Ana María tiene la idea de poner la capilla de su escuela bajo el patrocinio de san Bernardo o de santa Teresa. Pero el sacerdote, que se llama José, le sugiere invocar más bien la protección del esposo de la Virgen María. Así pues, se adopta el nombre de san José, pasando de la capilla a la pequeña comunidad de educadoras que ha fundado. El 12 de mayo de 1807, Ana María, sus tres hermanas y otras cinco jóvenes, reciben el hábito religioso y profesan sus votos de manos del obispo de Autun. Este último sugiere a la superiora que se establezca en la ciudad episcopal. La madre Ana María consigue que una parte del antiguo seminario mayor se ponga a su disposición. A finales de 1810, con motivo de la guerra en España, convoyes de enfermos y heridos llegan a Autun, por lo que las monjas se convierten en enfermeras. Un día del mes de enero de 1812, la madre Ana María descubre en un anuncio que está en venta el antiguo convento de los recoletos, en Cluny. Recurre entonces a su padre, que se deja convencer y adquiere la propiedad; allí se instalan las monjas, convirtiéndose en la «Congregación de San José de Cluny».
La madre se sobresalta
Con no pocas dificultades, la madre Ana María consigue abrir una escuela en París. El intendente de la isla Borbón (isla de la Reunión) le hace una visita y le solicita algunas monjas para la isla, añadiendo que se halla poblada «de blancos, mulatos y negros». Ante esas palabras, la madre se sobresalta, recordando la profecía de Besançon. Poco después, el ministro del Interior le pide también monjas para las posesiones de Francia en ultramar. Sus perspectivas misioneras le llevan a aceptarlo todo. El 10 de enero de 1817, cuatro monjas parten para la isla Borbón. A principios de 1819, un contingente de siete religiosas se embarca para Senegal. Pero en este último lugar, el hospital que se les asigna se encuentra en un estado lamentable, la ciudad no tiene iglesia, la evangelización apenas se ha iniciado« Las monjas se desaniman enseguida.
La propia madre Ana María parte a Senegal en 1822. Unas semanas después de su llegada, escribe: «Las dificultades son incalculables; sólo el amor puro de Dios puede hacer que aguantemos sin desanimarnos« Ahora que estoy de vuelta de muchas sorpresas y que veo las cosas desde más cerca, tengo la impresión de que podemos hacer un gran bien en África». Persuadida de que los negros se sienten inclinados por naturaleza hacia la religión, afirma: «Solamente la religión puede proporcionar a este pueblo principios, conocimientos sólidos y sin peligro, porque sus leyes y dogmas no sólo reforman los vicios groseros y externos, sino que son capaces de cambiar el corazón« Dad solemnidad a la religión; que la pompa del culto les atraiga y que el respeto les retenga, y enseguida habréis cambiado la faz del país». Por otra parte, ella se percata de que África posee vocación agrícola. A finales de 1823, establece una granja-escuela en Dagana, lo que le permite entablar relaciones con la población. Su reputación se extiende, de manera que pronto la llaman de Gambia y, después, de Sierra Leona, donde se hace cargo de los hospitales. Sin embargo, le llegan cartas desde Francia suplicándole que regrese. En febrero de 1824, retorna a la metrópoli tras haber sentado las bases de una obra perseverante para la civilización y la cristianización de África. Su principal objetivo es la formación de un clero africano, una verdadera necesidad para la empresa misionera. Para ello funda en Bailleul (en el departamento de Oise, cerca de París) una casa de formación para jóvenes africanos.
El auxilio del buen ejemplo
En 1827, el ministro de 7 la Marina se dirige a la madre Ana María para pedirle ayuda en favor de la Guayana, donde los colonos franceses han padecido numerosos fracasos. La madre acepta el ofrecimiento, pero pone ciertas condiciones, relacionadas con la vida cristiana de los colonos y de los indígenas. En agosto de 1828, llega a la Guayana con apenas un centenar de personas, instalándose en Mana. Cuatro meses más tarde, la madre escribe: «Todo funciona con paso firme hacia la armonía: los trabajos avanzan, los cultivos crecen a ojos vistas, la religión se asienta en el corazón de quienes sólo tenían de ella una visión superficial, y todo ello con el auxilio del buen ejemplo« Hemos traído quince obreros bien elegidos para los oficios más útiles« Junto a las hermanas, me dedico a escardar y a plantar alubias y mandioca; también siembro arroz, maíz, etc., entonando cánticos y contando historias, pero lamentando que nuestras pobres hermanas de Francia no puedan compartir nuestra felicidad». No obstante, los éxitos generados por el duro trabajo de la madre provocan la envidia de algunos colonos de Cayenne.
En Francia, la revolución de julio de 1830 trae como consecuencia profundas transformaciones políticas poco favorables a la religión católica, disminuyendo por ello el apoyo económico del gobierno a las obras de la madre Ana María. Sin embargo, ella prosigue su trabajo, de forma que sus centros resisten las dificultades. En 1833, funda incluso una leprosería cerca de Mana. De regreso a Francia, la madre Javouhey visita sus casas, siendo consciente de las lagunas de su congregación, como ella misma escribe: «Nuestra congregación es muy joven y necesita ya una gran reforma« Necesitamos adquirir el espíritu interior y de oración. Con ese doble espíritu, no existe peligro en ninguna parte». A partir de 1829, la diócesis de Autun es gobernada por monseñor d´Héricourt, prelado lleno de entusiasmo que desea sacar el mayor provecho del trabajo de las monjas. Con ese objetivo, querría poder tener vara alta sobre la congregación, revisando los estatutos aprobados en 1827 por su predecesor y por el rey Carlos X.
A finales de abril de 1835, monseñor d´Héricourt impone a la madre Ana María unos nuevos estatutos que trastocan de arriba abajo los antiguos y, según los cuales, se convierte en el superior general de las hermanas. Ante el rechazo por parte de ella, el prelado insiste, pero después ordena. Al no disponer ni del consejo de sus hermanas ni del tiempo necesario para sopesar la cuestión, la madre Ana María acaba firmando los nuevos estatutos. Al salir de aquella entrevista, un lancinante remordimiento se deposita en su alma: ha firmado demasiado de prisa, sin el acuerdo del capítulo general ni de los demás obispos afectados por los cambios. Aconsejada entonces por personas autorizadas, reconoce que su firma le ha sido arrebatada, que no ha sido concedida libremente y que no tiene valor alguno. Así pues, escribe al obispo comunicándole que se acogerá a los estatutos de 1827.
Preparar la emancipación
Por la misma época, los miembros del gobierno discuten sobre la emancipación de los esclavos. Es una medida que exige una preparación adecuada. En el informe de una comisión interministerial, puede leerse: «La señora Javouhey ha demostrado, en la dirección de ese centro de Mana, un gran espíritu de orden y una perseverancia a toda prueba. Por tanto, conviene confiar la tarea de acometer la emancipación de los esclavos a las Hermanas de San José de Cluny». Sin embargo, no todas las opiniones van en el mismo sentido, y el Consejo de la Guayana, dominado por los colonos envidiosos del éxito de la madre, se opone violentamente a ese proyecto. No obstante, el 18 de septiembre de 1835, una orden ministerial le confía oficialmente esa misión. El propio rey Luis Felipe recibe varias veces a la madre, poniendo a punto con ella el plan relativo a la emancipación de los negros.
En nuestros días, ante la presencia de formas modernas de esclavitud (trata de mujeres y de niños, condiciones laborales que reducen a los trabajadores a la categoría de simples instrumentos de rendimiento, prostitución, droga, etc.), la Iglesia recuerda la dignidad de la persona humana: «El séptimo mandamiento proscribe los actos o empresas que, por una u otra razón, egoísta o ideológica, mercantil o totalitaria, conducen a esclavizar seres humanos, a menospreciar su dignidad personal, a comprarlos, a venderlos y a cambiarlos como mercancía. Es un pecado contra la dignidad de las personas y sus derechos fundamentales reducirlos por la violencia a la condición de objeto de consumo o a una fuente de beneficio» (Catecismo de la Iglesia Católica, CEC, 2414).
Tras su llegada a la Guayana en febrero de 1836, la madre Ana María se hace cargo de unos quinientos esclavos negros arrebatados a los negreros. Su pedagogía no consiste de ningún modo en recurrir a la fuerza, sino en educar mediante la dulzura, la paciencia y la persuasión. Ella misma escribirá: «Me instalé como una madre en medio de su numerosa familia». Esa actitud es todavía si cabe más audaz, por cuanto, entre los negros que acoge, hay algunos que son temibles. Pero su fe se basa en la propia virtud del cristianismo, que es capaz de producir grandes efectos civilizadores. Por añadidura, la madre sabe que cuenta con su prestigio personal; su sola presencia basta para apaciguar los conflictos. De hecho, son pocos los casos en los que debe intervenir. Su labor consiste en cuidar la educación cristiana, preocupándose especialmente de los matrimonios, pues tiene la intención de fundar su obra civilizadora en la familia. Cada familia tiene su cabaña, limpia y bien equipada, y el conjunto forma un hermoso pueblo provisto de una iglesia. Todo ello se consigue con no pocas dificultades, sinsabores e incidentes dolorosos. A pesar de todo, y después de dos años, cierto espíritu de orden y de sobriedad reina en Mana. El 21 de mayo de 1838, la madre Javouhey preside la emancipación de ciento ochenta y cinco esclavos.
¡La época más feliz!
No obstante, la oposición del obispo de Autun la persigue hasta la Guayana. El 16 de abril de 1842, la fundadora escribe que el obispo de Autun «ha prohibido al prefecto apostólico que me administre los sacramentos, a menos que lo reconozca como superior general de la congregación« Se lo perdono de todo corazón por el amor de Dios». El sufrimiento que genera esa situación, que durará dos años, es intenso. Ello se agrava con la circulación de libelos infamatorios contra la madre. En los momentos en que sus hermanas se acercan a la Santa Mesa cuando a ella se le priva de ello, las lágrimas le fluyen abundantemente. Un día, se dirige a la Guayana holandesa, esperando poder comulgar, pero el prefecto apostólico de ese territorio ha sido informado de que «esa mujer, o bien nunca ha tenido fe o la ha perdido totalmente», y la comunión le es negada igualmente. La madre dirá más tarde: «Aquella época de tribulación fue para mí la más feliz de mi vida. Al verme, por así decirlo, excomulgada, ya que todo sacerdote tenía prohibido absolverme, iba a pasearme por los grandes bosques vírgenes de Mana, y allí le hablaba al Señor: «Solamente te tengo a ti, Señor, por lo que acudo a echarme en tus brazos y a rogarte que no abandones a tu hija«». Eran tantos los consuelos espirituales que experimentaba que, a menudo, me veía en la obligación de exclamar: «¡Oh, Dios mío! Ten misericordia de mi debilidad; no me prodigues tantos favores, pues esta pobre servidora no tendrá fuerzas para soportarlos». ¡Oh! Cuántas veces he experimentado lo bueno que es Dios con los que sólo se encomiendan a Él, que nunca somos desgraciados cuando tenemos a Dios, cualesquiera que sean las tribulaciones que nos asalten».
Consciente de su influencia personal en la buena marcha de Mana, la madre Ana María empieza a preocuparse de los días en que ya no esté. Planea reunir en un centro específico a los niños negros de la Guayana de entre cinco y quince años de edad, para educarlos cristianamente. Ya adultos y emancipados, podrían desperdigarse por todo el país y propagar una mentalidad sana. Pero el gobierno, al que pide una subvención para ese proyecto, rechaza participar en sus planes. El 18 de mayo de 1843, la madre se embarca de regreso a Francia. Aquella partida aflige a todo el mundo. Nada más llegar, obtiene de los obispos que la conocen bien el permiso para recibir los sacramentos. Después, visita a todas sus hijas, que la reciben con agasajo. Ella las exhorta al silencio interior y a la paz del alma, que permiten descubrir el designio de Dios en cada uno, y les enseña a evitar toda precipitación: evitemos –les dice– «ir más deprisa que la Providencia, que quiere ser secundada y no adelantada« La experiencia me ha enseñado que la obra de Dios se realiza lentamente».
Sin embargo, el obispo de Autun sigue obstinado en su idea de ser reconocido como superior de la congregación. Para ello intenta influir en las novicias de Cluny, nombrando a un capellán que se dedique a desviarlas de sus superioras «rebeldes» contra el obispo. El 28 de agosto de 1845, la madre Javouhey se desplaza a Cluny, donde, tras hablar con gran serenidad a sus hijas, concluye de este modo: «Hijas mías, os dicen que seguirme es pecado; yo os digo que no es pecado seguir al obispo de Autun. Sois libres de elegir. Ya conocéis la situación; hay muchos obispos que tienen de nosotras una opinión diferente de la del obispo de Autun y que os acogerán con alegría. Todas las que quieran permanecer en la congregación, que me sigan hasta París». De entre las ochenta jóvenes, solamente siete rehúsan seguirla. El obispo de Beauvais, gran admirador de la madre, aborda entonces el asunto con resolución. Poco a poco, monseñor d´Héricourt queda aislado en su posición contra las hermanas, dándose cuenta finalmente de que había juzgado mal a la madre y de que se había abierto un abismo de incomprensión en su alma. El 15 de enero de 1846, se firma por fin un acuerdo entre él y la madre.
«¡Dejadla pasar!»
Durante aquel doloroso asunto, la madre Ana María ha continuado su labor apostólica con numerosas fundaciones, tanto en Francia como en Oceanía, en Madagascar, en la India y en las Antillas británicas. Cuando estalla la revolución de 1848, se encuentra cerca de París. Debe volver enseguida a esa ciudad en agitación, y necesita franquear las barricadas. Cuando los obreros rebeldes, cuyas miserias había aliviado con frecuencia en los «Talleres Nacionales», la ven llegar, exclaman: «¡Es la madre Javouhey! ¡Es la superiora Javouhey! ¡Dejadla pasar!». El nuevo gobierno decreta inmediatamente la emancipación total de los negros. Así pues, la obra de preparación metódica y prudente hacia la libertad se convierte en caduca, pero la madre se adapta a la situación a fin de poder continuar con la labor de civilización y de evangelización de los antiguos esclavos. En Mana, la noticia de la abolición de la esclavitud es recibida con apacible alegría, en contraste con las escenas de violencia que acontecen en otros lugares. La población negra sigue siendo laboriosa y sedentaria, y muy apegada a la religión que la madre les ha enseñado.
A principios de 1851, la salud de la madre Ana María decae y, en el mes de mayo, con motivo de una visita a la casa de Senlis, debe permanecer en cama. El 8 de julio, se entera de la defunción del obispo de Autun. Unos días después, el 15, afirma al respecto: «Debemos considerar a monseñor como a uno de nuestros bienhechores. Dios se sirvió de él para enviarnos la tribulación, en un momento en que, a nuestro alrededor, sólo escuchábamos alabanzas. Resultaba necesario, porque, con el éxito que estaba alcanzando nuestra congregación, habríamos podido creernos importantes si no hubiéramos sufrido esas penalidades y contradicciones». Poco después de pronunciar esas palabras, entrega su alma a Dios. En aquel momento, su congregación contaba con unas 1.200 religiosas, dedicadas a buscar en todo la voluntad de Dios mediante la enseñanza, las obras hospitalarias y misioneras.
Pidamos a la beata Ana María Javouhey, beatificada por el Papa Pío XII el 15 de octubre de 1950, que nos conceda la liberación de la peor de las esclavitudes, la del pecado; en efecto, pues Jesús vino «a liberar a los hombres de la esclavitud más grave, la del pecado, que es el obstáculo en su vocación de hijos de Dios y causa de todas sus servidumbres humanas» (CEC, 549). Que nos haga partícipes de su espíritu de dedicación, de caridad y de simplicidad, para que podamos alcanzar la verdadera libertad de los hijos de Dios.
(fuentes: www.clairval.com; catholic.net)
otros santos 15 de julio:
- San Buenaventura
lunes, 14 de julio de 2014
14 de julio: San Camilo de Lellis
Presbítero
(1550-1614)
Corazón gemelo del de San Juan de Dios, también él anda errante durante su juventud, sin conocer su destino; pero, más impetuoso y menos soñador, se aparta más de su verdadero camino, para volver a él con mayor rapidez. Espíritu apasionado e indómito, sacude desde su infancia todo yugo y dirección, y crece como una planta silvestre. Su madre era una santa; en el pueblo la llamaban Madona Elisabetta, porque había dado a luz a su hijo en los umbrales de la vejez, y, además, porque su piedad recordaba a la parienta de la Virgen María. Pero su edad no era muy a propósito para hacerse respetar de un mozallón fuerte y caprichoso, que prometía ser un gigante. Ya al tiempo de nacer, era tal el desarrollo del niño, que, al verlo, su padre empezó a dar saltos en la habitación como un ebrio.
—¡Qué loco eres!—le dijo su mujer—. Somos ya casi viejos, y bailas como un muchacho.
—Pero, reina mía—respondió él—, ¿no voy a estar contento, si hemos tenido un hijo tan grande, tan grande, que casi lo podemos mandar a la escuela?
Bien se le podía dispensar aquel exceso de alegría, y eso que él no podía adivinar entonces toda la grandeza de aquella criatura. No obstante, algo loco era, como buen soldado. Los Lellis se picaban de hidalguía y hasta de nobleza; repasaban con orgullo la genealogía de la familia; entroncaban su sangre con la de antiguos patricios de Roma, y se envanecían de ilustres ascendientes que brillaron en la guerra y en la Universidad. Sin embargo, este representante de la estirpe vivía modestamente en un pueblecito del reino de Nápoles, en Bucchiancio, un pedazo de paraíso en aquella tierra «fuerte y gentil» de los Abruzzos. Mejor dicho, no vivía allí; aquejado del mal del siglo, prefería la vida agitada de los condotieros y aventureros de la espada, la inquietud del campamento, la embriaguez del triunfo y el saqueo de la plaza conquistada. Alistado desde joven al servicio de España, fue un soldado valiente y leal. Con el mismo orgullo que su árbol genealógico, podía ensenar las cicatrices de su cuerpo. Su intrepidez le ganó la confianza de los jefes y el grado de capitán; hizo dinero, pero lo gastó todo; militó con Avalos y Pescara; trepó con Borbón, y con mejor suerte que él, a las murallas de Roma; mandó en Pavía trescientas lanzas, y luchó contra los turcos y los franceses, y siguió la gloria naciente del duque de Alba.
Su mujer, entre tanto, luchaba con el muchacho en el hogar; luchaba inútilmente, porque el hijo llevaba en las venas la sangre inquieta de muchas generaciones de guerreros. Se reía de las sabias máximas de los ancianos, huía de las labores infantiles y odiaba los bancos de la escuela. Era más agradable vagar por las plazas, correr por los campos de olivos, trepar a los naranjos, afinar la puntería tirando piedras a los pájaros o pasarse las horas muertas debajo de una higuera o al abrigo de una pared medio derruida, jugando a las cartas. A los doce años era un jugador empedernido. «Se le reprendía—dice un testigo—, se le trataba duramente, se le arrojaba de casa; pero él seguía jugando.» No era un adolescente malintencionado y de condición aviesa. Se hacía querer por su ingenio, por su gracia en el hablar, y hasta por sus travesuras y extravagancias. Sus convecinos le llamaban «allegro y fantástico», y otros, más severos, decían de él que era «bizarroto y liberetto». Gran calumniador de esta época de su vida, él mismo nos dice «que sentía alguna centella de piedad, y que gozaba cuando veía en su casa pobres peregrinos».
Todo parecía predisponer a Camilo para la existencia azarosa del cuartel. Empezaba a distinguirse por las virtudes y los vicios del soldado, y su padre no dudaba que llegaría a hacer una carrera más brillante que la suya. Un día, el noble veterano, muerta ya su mujer, vendió y consumió la poca hacienda que tenía; cerró la casa y, cogiendo a su hijo, salió una vez más en busca de fortuna. Esto era en 1567. El viejo capitán estaba triste. Italia empezaba a ser un campo menos propicio para las proezas militares. Felipe II había licenciado a muchos de sus tercios, y él se había quedado sin su compañía. Supo, en esto, que Venecia buscaba voluntarios para luchar contra el turco, y allí dirigía sus pasos, cuando la muerte le detuvo en el camino. Murió devotamente, dejando a su hijo en herencia un arcabuz y una espada. Era toda su riqueza. Pero también Camilo tuvo que renunciar a sus sueños militares; la miseria le impedía seguir adelante, la fiebre le consumía, y en su pierna empezaba a supurar aquella misteriosa llaga que más tarde llamará él «una caricia divina» y que aparecerá una y otra vez en los momentos decisivos de su existencia, como un aviso del Cielo. Viendo pasar por el camino a unos frailes de San Francisco, tuvo envidia de su tranquilidad y de su pobreza, y prometió hacerse franciscano, pero no le quisieron recibir. Pasando hambre y caminando lentamente, pudo llegar a Roma, y no tardó en encontrar un puesto dé enfermero en el hospital de Santiago.
Entró como enfermero, pero lo que sobre todo le importaba era curar su herida y hacer unos cuartos. Todos estaban contestes en decir que aun entonces seguía siendo «una testa ferrata, un terrible cervello». Huía del hospital como antes de la escuela; buscaba la compañía de los tahúres o se pasaba las tardes divirtiéndose en las márgenes del Tíber con los pescadores y los barqueros. Los dados y las cartas seguían siendo su obsesión y su perdición; la baraja, su libro de día y de noche. Un día se la encontraron debajo de la almohada, y este suceso dió motivo a una bronca, y tras de la bronca a la expulsión. Camilo fue licenciado, «porque, después de muchas pruebas—decía el director—, se ha visto que es incorregible, y, además, porque no tiene la menor aptitud para el oficio de enfermero». El tesón del joven se encargará de desmentir estas dos observaciones, emitidas con un aire doctoral y una autoridad inapelable. El hecho es que Camilo se encontraba de nuevo en la calle; con los bolsos vacíos y la violenta fogosidad de sus veinte años. Otra vez pensó en la milicia, y entró a sueldo en una nave veneciana que se dirigía a Oriente. Luchó en Zara y en Corfú, escaló fuertes, sufrió las privaciones de los asedios, y más de una vez se vio reducido a comer hierbas crudas y carne de caballo. El 7 de octubre de 1571, mientras la escuadra cristiana destruía la potencia marítima de los turcos, él, devorado por la fiebre, luchaba entre la vida y la muerte sobre un triste pajero. Convaleció entre las balas y los naipes. Combatía como un héroe y jugaba como un demonio. Jugaba, perdía, reñía y se batía como buen hidalgo. En cierta ocasión, iba ya a resolver con la espada una cuestión surgida entre compañeros de juego, cuando llegó a separarlos el sargento mayor. Así era Camilo entonces: un dado agitado y lanzado por la mano del azar: hoy en Mesina, mañana en Cáttaro; hoy al servicio de la república de Venecia, mañana poniéndose bajo las órdenes del marqués de Santa Cruz; va de Nápoles a Túnez, sale de La Goleta poco antes de entrar en ella los piratas de Sinán Pacha; lucha desesperadamente en medio de los naufragios; se gana la vida exponiéndola en tierra y en mar, y lo mismo en mar que en tierra, juega, juega siempre.
En 1574 aparece de nuevo en Roma. Esta vez viene rico: con muchos dineros, según decía él mismo. Ha jugado y ha ganado, acaso por última vez. Unos días más tarde se encuentra más pobre que nunca. En una calle tropieza con un antiguo amigo. Quiere huir, pero era ya tarde. «¡Las cartas, las malditas cartas!—dice, confuso—. Pero no se lo digas a nadie, no me deshonres.» El sentimiento de su dignidad se rebelaba contra aquella abyección. Huyó a donde nadie le conociese; buscó una vez más los campamentos y las batallas; arrostró los peligros de las balas y las tempestades, y, en medio de ellas, recordó su voto de hacerse franciscano. Fueron sus últimos meses de vida militar. A fines de 1514 volvía a entrar en Roma, triste, derrotado y pobre. Como no tenía dineros, jugó la espada, el arcabuz, las barras de pólvora y el capotillo. Jugó hasta la camisa, y la perdió también. En medio de la calle de San Bartolomé tuvo que quitársela para satisfacer a su afortunado contrincante. El invierno se echaba encima con todos sus rigores; la llaga de la pierna se le abría de nuevo, y el porvenir se presentaba con aspecto de tragedia. No obstante, Camilo conserva su optimismo. Tiene esperanza de que algún día ha de ganar. Por el momento, sale de Roma con un amigo que tiene su misma historia, y se lanza a correr fortuna, «girando il mondo». En Monfredonia, unos capuchinos que están construyendo su iglesia les ofrecen trabajo; pero lo rechazan indignados. ¡Ellos, hidalgos y bien nacidos, héroes de Argel y Lepanto, manejar la pala! Siguen adelante, orgullosos y harapientos; pero dos jornadas después, acosado por el hambre, Camilo abandona a su compañero y recuerda la oferta de los capuchinos. Los frailes le reciben amablemente; ponen dos asnos a su disposición, y le mandan acarrear cantos y arena. Por vez primera trabaja en su vida. A veces, los humos del soldado reaparecían en él, y entonces se echaba por tierra, se mordía las manos y aullaba terriblemente. Mucho le humillaba la actitud de la chiquillería, que le rodeaba atraída por el espectáculo de un gigante como él, que con el ferreruelo de soldado caminaba detrás de los pacíficos jumentos. «¡Ya viene San Cristobalón, ya viene San Cristobalón!», gritaban, al verle, los rapazuelos de la escuela. Los frailes le ofrecieron una capa de su buriel castaño, pero él, casi horrorizado, se negó a recibirla. Por entonces sólo pensaba en hacer unos cuartos para tornarse a la guerra y a las cartas.
Pero un día el prior le envió a un convento cercano con sus asnos cargados de vino. Allí, un fraile tuvo compasión de él. Comprendiendo que en el fondo se trataba de un buen muchacho, desorientado en la vida y esclavizado por la pasión, le cogió aparte, le habló con cariño, y le pintó con viveza todas las tristes consecuencias del vicio En los ojos del joven había visto el improvisado catequista el reflejo de un alma generosa y naturalmente buena. No se había engañado. En su viaje de vuelta empezó Camilo a reflexionar en todo aquello que le había dicho el buen padre. La tragedia de su vida se presentaba repentinamente ante sus ojos con los más negros colores; siente que el dolor le ahoga y los ojos se le llenan de llanto; cae del jumento y queda postrado en tierra, sollozando, rezando, pidiendo misericordia y prometiendo penitencia. Era un hombre nuevo; había encontrado su camino de Damasco. Conservará su sangre hirviente, su naturaleza apasionada; pero los naipes, la guerra y aquel vivir sin sentido y sin grandeza habían terminado para siempre. Al volver al convento, hace una confesión general y pide el hábito. Aquella súbita transformación ha restaurado las energías de su voluntad de una manera prodigiosa. Reza y trabaja con verdadera furia, como si quisiese ganar el tiempo perdido en sus andanzas mundanas; barre, friega los platos, cava en el huerto, se trata con dureza, y a medianoche se le ve ya en pie. Se le llama «il fratre umile». De repente, la llaga reaparece. Es la voz de Dios: ella le saca del convento y le lleva a Roma. Se cura en el hospital de Santiago, y vuelve a fregar los platos y a cavar el huerto de los frailes. Otra vez la llaga como una llamada insistente, un frenazo de la mano divina. Y entra, una vez más, en el hospital. Poco a poco, va vislumbrando su vocación. Ahora ya no arrastra a los criados de la casa para enseñarles a jugar a los naipes, sino para enseñarles a rezar. Hay allí un grupo de hombres piadosos que le admiran y le escuchan abobados. Por su parte, los enfermos ven tal abnegación en él, que le aman y le veneran. Su actividad es increíble. Nombrado administrador general, «maestro de casa», aparece en todas partes, lo vigila todo, alienta a los servidores y se encarga de cuidar a los enfermos más repugnantes. «Había uno—dice un testigo de vista—que vivía en el mayor abandono, porque sólo verlo daba horror. Pues bien; sólo Camilo se acercaba a él, le limpiaba con sus manos desnudas, y más de una vez vi que le besaba.»
Este ejemplo iba cundiendo en el hospital. Al poco tiempo, Camilo se encontró rodeado de cuatro compañeros que le imitaban en sus ímpetus heroicos y se reunían con él a meditar en la pasión de Cristo, a leer libros devotos y a darse mutuamente la disciplina. Estas reuniones, más o menos clandestinas, fueron consideradas como sediciosas, y hubo que interrumpirlas a una orden del director del hospital. Pero Camilo veía al fin su misión con toda claridad. «Todo el infierno—decía—será impotente a hacerme desistir.» Comprendiendo que el estado sacerdotal podía facilitar su obra, empezó a estudiar latín a los treinta años, entre la hilaridad de los estudiantes, que le decían con insistencia machacona:
«Gigans, tarde venisti.» Como las dificultades arreciaban en Santiago, sacó de allí a sus compañeros y se estableció con ellos en una casa particular. El mismo San Felipe Neri, su confesor, el hombre que le había consolado y aconsejado desde que se estableció definitivamente en Roma, pareció verle abandonado, negándose a dirigir en adelante su conciencia. Pero después, todos los rebeldes, como se les llamaba, cayeron enfermos, y el mismo Camilo tuvo que pedir por favor una cama en el hospital. Pero tenía «la testa ferrata» de sus primeros años; nada era capaz de arrancarle la fe que tenía en su empresa. Apenas restablecido, reúne a sus compañeros y les viste el hábito clerical. Fue esto el 15 de septiembre de 1584. Un año más tarde, el Pontífice confirmaba su iniciativa, y colocaba la cruz roja sobre el uniforme de los nuevos caballeros de Cristo. Así nació la Orden de los Ministros de los Enfermos, la Compañía de Camilo, que decían otros; los Padres de la Buena Muerte, los Hermanos del Bello Morir.
En 1590, durante una gran carestía en toda Italia, San Camilo y sus compañeros fueron ejemplo de heroica abnegación empezaba, por fin, a ver satisfecho su apetito de ganancias. Alma ambiciosa, había ensayado primero el procedimiento de los dados y los naipes; y sólo después de un fracaso completo había resuelto lanzarse a este juego divino, en que con su «testa ferrata» y su voluntad diamantina estaba seguro de vencer. Su conversión se había realizado sin transiciones, de una manera brusca, como convenía a la fogosidad de su temperamento. Pero fue una conversión radical. El que vivía únicamente para buscar su provecho se entregó de repente a una vida de abnegación y sacrificio. Debemos, no obstante, poner buen cuidado en no confundir la causa con el efecto. Podríamos pensar que todo aquello fue un fruto de la bondad de su corazón. No es el amor de los hombres lo que le sublimó a la santidad; es la santidad lo que obró en él aquella explosión de caridad; no son los enfermos los que le dieron a Dios, sino Dios el que le dió a los enfermos. Si llegó a la cima de la filantropía es porque de un salto se puso en la cima del amor de Dios. Este amor es el que pone alas a su espíritu y a su cuerpo. Su actividad no se sacia nunca. Con su llaga siempre abierta, camina de un extremo a otro de Italia, llevando a todas partes la ayuda de su institución. Va de ciudad en ciudad, selecciona, divide, ordena, construye y pasa como una exhalación arrostrando peligros por mar y tierra, con desprecio aparente de la vida. Los Ministros de los Enfermos se esparcen por todas las ciudades italianas, desde Nápoles a Turín, a Trento. Van de las casas a los hospitales, de los hospitales a los campos de batalla. Donde aparece un peligro allí arde el fuego bienhechor de la cruz roja. Muchos caen entre los apestados, y otros vienen a reemplazarles. No hay horror que les aterre, ni repugnancia que les detenga. Camilo va siempre al frente. Entre los alaridos de la desesperación, en medio de las ansias de la muerte, salta de improviso aquel su saludo, que alegra los cuerpos y despierta las almas: «Dios os salve, hijos de Dios.» Un enfermo decía: «Todos admirábamos a este hombre, seguros de que algo divino había en él. A mí su presencia me transformaba; parecía todo abstraído en Dios; en sus gestos, en sus obras y en sus palabras.»
Aquella presencia tenía un poder taumatúrgico: alto de casi nueve palmos, bien proporcionado, la cabeza erguida, ancha espalda, cuello largo, rostro demacrado, boca grande con labios finos, color moreno, casi de aceituna; pelo castaño y amplio mentón, de barba rala e inculta. Dos ojos oscuros y pequeños brillaban bajo una frente amplia y vedijosa, con un fuego que era al mismo tiempo piedad y acometividad. Un velo de tristeza parecía recordar en todo momento las andanzas juveniles del fundador. Su voz y su mirada tenían naturalmente matices graves y severos; pero cuando hablaba de la caridad, quedaba enteramente transformado. «Entonces—dice un testigo—salía de sí, se inflamaba, se estremecía, y muchas veces vimos su rostro cubierto de llamas.» No podía llamarse un hombre culto: hasta los veinticinco años sólo había leído libros de caballerías y novelas de amor; pero la rapidez de su ingenio le sirvió para penetrar en poco tiempo los secretos de la doctrina cristiana, y una sabiduría divina le guiaba en el gobierno de su instituto, en su complicada organización y en el trato con los enfermos. Espontáneo siempre, se reflejaba plenamente en sus palabras fuertes, arrebatadas e ingeniosas, eco de su celo ardiente, de su profunda humildad, de su caridad seráfica. A un hermano que le acompañaba con paso demasiado lento, camino del hospital, le decía: Fratello, ¿qué paso de hormiga es ése»? A un moribundo: «Grande envidia te tengo, hermano mío, porque vas a entrar en el Paraíso.» A un enfermo que se deshacía con él en cumplimientos: «Nada de ceremonias, hijo mío; tú eres mi dueño, eres el miembro de Cristo, y yo soy tu esclavo.» A un novicio que debe cambiar de casa y mira fijamente a su superior para llevar impresa en el alma su fisonomía: «Pero ¿qué miras, pobrecillo? ¿Piensas que soy algo más que un montón de carne y un tizón del infierno?» A una dama que pasa por la calle levantando una nube de polvo, mientras él camina con un enfermo a la espalda: «Por favor, señora, espere un poco; tenga lástima de este pobrecillo.» A unos marinos que blasfemaban, saltando iracundo a la cubierta de la nave con el crucifijo en la mano: «¡Miserables, no sé cómo Dios tiene paciencia con vosotros, y no os traga el mar u os carboniza el relámpago!»
Era siempre el amor de Dios el que ardía en sus ojos y en su boca, el que abrasaba su alma y su vida. Juan Ciudad, el hidalgo portugués llamado a una obra semejante, tenía un corazón sumamente delicado y sensible; la gracia no había tenido más que robustecer la inclinación de la naturaleza. En Camilo hubo de crearlo todo. No era un temperamento sentimental. Suya es aquella sentencia expresiva en que retrataba el ideal del superior: «La miel en la boca y el cuchillo en la mano.» Pero el amor de Dios le arrebató de tal manera, que le hizo capaz de los mayores heroísmos de la compasión. «¡Señor mío, hermano mío, alma mía!, ¿qué podré yo hacer por tu servicio?» Así clamaba revelando el secreto de aquella fiebre que le consumía. Y en otra ocasión decía abrazado al crucifijo: «Por este Cristo mío, yo caminaría día y noche hasta el infierno; por lo que digan los hombres no levantaría la mano.» El amor divino que ardía en su alma es el que, según su expresión favorita, empastó de caridad sus manos.
otros santos 14 de julio:
- Beata Kateri Tekakwitha
(1550-1614)
Corazón gemelo del de San Juan de Dios, también él anda errante durante su juventud, sin conocer su destino; pero, más impetuoso y menos soñador, se aparta más de su verdadero camino, para volver a él con mayor rapidez. Espíritu apasionado e indómito, sacude desde su infancia todo yugo y dirección, y crece como una planta silvestre. Su madre era una santa; en el pueblo la llamaban Madona Elisabetta, porque había dado a luz a su hijo en los umbrales de la vejez, y, además, porque su piedad recordaba a la parienta de la Virgen María. Pero su edad no era muy a propósito para hacerse respetar de un mozallón fuerte y caprichoso, que prometía ser un gigante. Ya al tiempo de nacer, era tal el desarrollo del niño, que, al verlo, su padre empezó a dar saltos en la habitación como un ebrio.
—¡Qué loco eres!—le dijo su mujer—. Somos ya casi viejos, y bailas como un muchacho.
—Pero, reina mía—respondió él—, ¿no voy a estar contento, si hemos tenido un hijo tan grande, tan grande, que casi lo podemos mandar a la escuela?
Bien se le podía dispensar aquel exceso de alegría, y eso que él no podía adivinar entonces toda la grandeza de aquella criatura. No obstante, algo loco era, como buen soldado. Los Lellis se picaban de hidalguía y hasta de nobleza; repasaban con orgullo la genealogía de la familia; entroncaban su sangre con la de antiguos patricios de Roma, y se envanecían de ilustres ascendientes que brillaron en la guerra y en la Universidad. Sin embargo, este representante de la estirpe vivía modestamente en un pueblecito del reino de Nápoles, en Bucchiancio, un pedazo de paraíso en aquella tierra «fuerte y gentil» de los Abruzzos. Mejor dicho, no vivía allí; aquejado del mal del siglo, prefería la vida agitada de los condotieros y aventureros de la espada, la inquietud del campamento, la embriaguez del triunfo y el saqueo de la plaza conquistada. Alistado desde joven al servicio de España, fue un soldado valiente y leal. Con el mismo orgullo que su árbol genealógico, podía ensenar las cicatrices de su cuerpo. Su intrepidez le ganó la confianza de los jefes y el grado de capitán; hizo dinero, pero lo gastó todo; militó con Avalos y Pescara; trepó con Borbón, y con mejor suerte que él, a las murallas de Roma; mandó en Pavía trescientas lanzas, y luchó contra los turcos y los franceses, y siguió la gloria naciente del duque de Alba.
Su mujer, entre tanto, luchaba con el muchacho en el hogar; luchaba inútilmente, porque el hijo llevaba en las venas la sangre inquieta de muchas generaciones de guerreros. Se reía de las sabias máximas de los ancianos, huía de las labores infantiles y odiaba los bancos de la escuela. Era más agradable vagar por las plazas, correr por los campos de olivos, trepar a los naranjos, afinar la puntería tirando piedras a los pájaros o pasarse las horas muertas debajo de una higuera o al abrigo de una pared medio derruida, jugando a las cartas. A los doce años era un jugador empedernido. «Se le reprendía—dice un testigo—, se le trataba duramente, se le arrojaba de casa; pero él seguía jugando.» No era un adolescente malintencionado y de condición aviesa. Se hacía querer por su ingenio, por su gracia en el hablar, y hasta por sus travesuras y extravagancias. Sus convecinos le llamaban «allegro y fantástico», y otros, más severos, decían de él que era «bizarroto y liberetto». Gran calumniador de esta época de su vida, él mismo nos dice «que sentía alguna centella de piedad, y que gozaba cuando veía en su casa pobres peregrinos».
Todo parecía predisponer a Camilo para la existencia azarosa del cuartel. Empezaba a distinguirse por las virtudes y los vicios del soldado, y su padre no dudaba que llegaría a hacer una carrera más brillante que la suya. Un día, el noble veterano, muerta ya su mujer, vendió y consumió la poca hacienda que tenía; cerró la casa y, cogiendo a su hijo, salió una vez más en busca de fortuna. Esto era en 1567. El viejo capitán estaba triste. Italia empezaba a ser un campo menos propicio para las proezas militares. Felipe II había licenciado a muchos de sus tercios, y él se había quedado sin su compañía. Supo, en esto, que Venecia buscaba voluntarios para luchar contra el turco, y allí dirigía sus pasos, cuando la muerte le detuvo en el camino. Murió devotamente, dejando a su hijo en herencia un arcabuz y una espada. Era toda su riqueza. Pero también Camilo tuvo que renunciar a sus sueños militares; la miseria le impedía seguir adelante, la fiebre le consumía, y en su pierna empezaba a supurar aquella misteriosa llaga que más tarde llamará él «una caricia divina» y que aparecerá una y otra vez en los momentos decisivos de su existencia, como un aviso del Cielo. Viendo pasar por el camino a unos frailes de San Francisco, tuvo envidia de su tranquilidad y de su pobreza, y prometió hacerse franciscano, pero no le quisieron recibir. Pasando hambre y caminando lentamente, pudo llegar a Roma, y no tardó en encontrar un puesto dé enfermero en el hospital de Santiago.
Entró como enfermero, pero lo que sobre todo le importaba era curar su herida y hacer unos cuartos. Todos estaban contestes en decir que aun entonces seguía siendo «una testa ferrata, un terrible cervello». Huía del hospital como antes de la escuela; buscaba la compañía de los tahúres o se pasaba las tardes divirtiéndose en las márgenes del Tíber con los pescadores y los barqueros. Los dados y las cartas seguían siendo su obsesión y su perdición; la baraja, su libro de día y de noche. Un día se la encontraron debajo de la almohada, y este suceso dió motivo a una bronca, y tras de la bronca a la expulsión. Camilo fue licenciado, «porque, después de muchas pruebas—decía el director—, se ha visto que es incorregible, y, además, porque no tiene la menor aptitud para el oficio de enfermero». El tesón del joven se encargará de desmentir estas dos observaciones, emitidas con un aire doctoral y una autoridad inapelable. El hecho es que Camilo se encontraba de nuevo en la calle; con los bolsos vacíos y la violenta fogosidad de sus veinte años. Otra vez pensó en la milicia, y entró a sueldo en una nave veneciana que se dirigía a Oriente. Luchó en Zara y en Corfú, escaló fuertes, sufrió las privaciones de los asedios, y más de una vez se vio reducido a comer hierbas crudas y carne de caballo. El 7 de octubre de 1571, mientras la escuadra cristiana destruía la potencia marítima de los turcos, él, devorado por la fiebre, luchaba entre la vida y la muerte sobre un triste pajero. Convaleció entre las balas y los naipes. Combatía como un héroe y jugaba como un demonio. Jugaba, perdía, reñía y se batía como buen hidalgo. En cierta ocasión, iba ya a resolver con la espada una cuestión surgida entre compañeros de juego, cuando llegó a separarlos el sargento mayor. Así era Camilo entonces: un dado agitado y lanzado por la mano del azar: hoy en Mesina, mañana en Cáttaro; hoy al servicio de la república de Venecia, mañana poniéndose bajo las órdenes del marqués de Santa Cruz; va de Nápoles a Túnez, sale de La Goleta poco antes de entrar en ella los piratas de Sinán Pacha; lucha desesperadamente en medio de los naufragios; se gana la vida exponiéndola en tierra y en mar, y lo mismo en mar que en tierra, juega, juega siempre.
En 1574 aparece de nuevo en Roma. Esta vez viene rico: con muchos dineros, según decía él mismo. Ha jugado y ha ganado, acaso por última vez. Unos días más tarde se encuentra más pobre que nunca. En una calle tropieza con un antiguo amigo. Quiere huir, pero era ya tarde. «¡Las cartas, las malditas cartas!—dice, confuso—. Pero no se lo digas a nadie, no me deshonres.» El sentimiento de su dignidad se rebelaba contra aquella abyección. Huyó a donde nadie le conociese; buscó una vez más los campamentos y las batallas; arrostró los peligros de las balas y las tempestades, y, en medio de ellas, recordó su voto de hacerse franciscano. Fueron sus últimos meses de vida militar. A fines de 1514 volvía a entrar en Roma, triste, derrotado y pobre. Como no tenía dineros, jugó la espada, el arcabuz, las barras de pólvora y el capotillo. Jugó hasta la camisa, y la perdió también. En medio de la calle de San Bartolomé tuvo que quitársela para satisfacer a su afortunado contrincante. El invierno se echaba encima con todos sus rigores; la llaga de la pierna se le abría de nuevo, y el porvenir se presentaba con aspecto de tragedia. No obstante, Camilo conserva su optimismo. Tiene esperanza de que algún día ha de ganar. Por el momento, sale de Roma con un amigo que tiene su misma historia, y se lanza a correr fortuna, «girando il mondo». En Monfredonia, unos capuchinos que están construyendo su iglesia les ofrecen trabajo; pero lo rechazan indignados. ¡Ellos, hidalgos y bien nacidos, héroes de Argel y Lepanto, manejar la pala! Siguen adelante, orgullosos y harapientos; pero dos jornadas después, acosado por el hambre, Camilo abandona a su compañero y recuerda la oferta de los capuchinos. Los frailes le reciben amablemente; ponen dos asnos a su disposición, y le mandan acarrear cantos y arena. Por vez primera trabaja en su vida. A veces, los humos del soldado reaparecían en él, y entonces se echaba por tierra, se mordía las manos y aullaba terriblemente. Mucho le humillaba la actitud de la chiquillería, que le rodeaba atraída por el espectáculo de un gigante como él, que con el ferreruelo de soldado caminaba detrás de los pacíficos jumentos. «¡Ya viene San Cristobalón, ya viene San Cristobalón!», gritaban, al verle, los rapazuelos de la escuela. Los frailes le ofrecieron una capa de su buriel castaño, pero él, casi horrorizado, se negó a recibirla. Por entonces sólo pensaba en hacer unos cuartos para tornarse a la guerra y a las cartas.
Pero un día el prior le envió a un convento cercano con sus asnos cargados de vino. Allí, un fraile tuvo compasión de él. Comprendiendo que en el fondo se trataba de un buen muchacho, desorientado en la vida y esclavizado por la pasión, le cogió aparte, le habló con cariño, y le pintó con viveza todas las tristes consecuencias del vicio En los ojos del joven había visto el improvisado catequista el reflejo de un alma generosa y naturalmente buena. No se había engañado. En su viaje de vuelta empezó Camilo a reflexionar en todo aquello que le había dicho el buen padre. La tragedia de su vida se presentaba repentinamente ante sus ojos con los más negros colores; siente que el dolor le ahoga y los ojos se le llenan de llanto; cae del jumento y queda postrado en tierra, sollozando, rezando, pidiendo misericordia y prometiendo penitencia. Era un hombre nuevo; había encontrado su camino de Damasco. Conservará su sangre hirviente, su naturaleza apasionada; pero los naipes, la guerra y aquel vivir sin sentido y sin grandeza habían terminado para siempre. Al volver al convento, hace una confesión general y pide el hábito. Aquella súbita transformación ha restaurado las energías de su voluntad de una manera prodigiosa. Reza y trabaja con verdadera furia, como si quisiese ganar el tiempo perdido en sus andanzas mundanas; barre, friega los platos, cava en el huerto, se trata con dureza, y a medianoche se le ve ya en pie. Se le llama «il fratre umile». De repente, la llaga reaparece. Es la voz de Dios: ella le saca del convento y le lleva a Roma. Se cura en el hospital de Santiago, y vuelve a fregar los platos y a cavar el huerto de los frailes. Otra vez la llaga como una llamada insistente, un frenazo de la mano divina. Y entra, una vez más, en el hospital. Poco a poco, va vislumbrando su vocación. Ahora ya no arrastra a los criados de la casa para enseñarles a jugar a los naipes, sino para enseñarles a rezar. Hay allí un grupo de hombres piadosos que le admiran y le escuchan abobados. Por su parte, los enfermos ven tal abnegación en él, que le aman y le veneran. Su actividad es increíble. Nombrado administrador general, «maestro de casa», aparece en todas partes, lo vigila todo, alienta a los servidores y se encarga de cuidar a los enfermos más repugnantes. «Había uno—dice un testigo de vista—que vivía en el mayor abandono, porque sólo verlo daba horror. Pues bien; sólo Camilo se acercaba a él, le limpiaba con sus manos desnudas, y más de una vez vi que le besaba.»
Este ejemplo iba cundiendo en el hospital. Al poco tiempo, Camilo se encontró rodeado de cuatro compañeros que le imitaban en sus ímpetus heroicos y se reunían con él a meditar en la pasión de Cristo, a leer libros devotos y a darse mutuamente la disciplina. Estas reuniones, más o menos clandestinas, fueron consideradas como sediciosas, y hubo que interrumpirlas a una orden del director del hospital. Pero Camilo veía al fin su misión con toda claridad. «Todo el infierno—decía—será impotente a hacerme desistir.» Comprendiendo que el estado sacerdotal podía facilitar su obra, empezó a estudiar latín a los treinta años, entre la hilaridad de los estudiantes, que le decían con insistencia machacona:
«Gigans, tarde venisti.» Como las dificultades arreciaban en Santiago, sacó de allí a sus compañeros y se estableció con ellos en una casa particular. El mismo San Felipe Neri, su confesor, el hombre que le había consolado y aconsejado desde que se estableció definitivamente en Roma, pareció verle abandonado, negándose a dirigir en adelante su conciencia. Pero después, todos los rebeldes, como se les llamaba, cayeron enfermos, y el mismo Camilo tuvo que pedir por favor una cama en el hospital. Pero tenía «la testa ferrata» de sus primeros años; nada era capaz de arrancarle la fe que tenía en su empresa. Apenas restablecido, reúne a sus compañeros y les viste el hábito clerical. Fue esto el 15 de septiembre de 1584. Un año más tarde, el Pontífice confirmaba su iniciativa, y colocaba la cruz roja sobre el uniforme de los nuevos caballeros de Cristo. Así nació la Orden de los Ministros de los Enfermos, la Compañía de Camilo, que decían otros; los Padres de la Buena Muerte, los Hermanos del Bello Morir.
En 1590, durante una gran carestía en toda Italia, San Camilo y sus compañeros fueron ejemplo de heroica abnegación empezaba, por fin, a ver satisfecho su apetito de ganancias. Alma ambiciosa, había ensayado primero el procedimiento de los dados y los naipes; y sólo después de un fracaso completo había resuelto lanzarse a este juego divino, en que con su «testa ferrata» y su voluntad diamantina estaba seguro de vencer. Su conversión se había realizado sin transiciones, de una manera brusca, como convenía a la fogosidad de su temperamento. Pero fue una conversión radical. El que vivía únicamente para buscar su provecho se entregó de repente a una vida de abnegación y sacrificio. Debemos, no obstante, poner buen cuidado en no confundir la causa con el efecto. Podríamos pensar que todo aquello fue un fruto de la bondad de su corazón. No es el amor de los hombres lo que le sublimó a la santidad; es la santidad lo que obró en él aquella explosión de caridad; no son los enfermos los que le dieron a Dios, sino Dios el que le dió a los enfermos. Si llegó a la cima de la filantropía es porque de un salto se puso en la cima del amor de Dios. Este amor es el que pone alas a su espíritu y a su cuerpo. Su actividad no se sacia nunca. Con su llaga siempre abierta, camina de un extremo a otro de Italia, llevando a todas partes la ayuda de su institución. Va de ciudad en ciudad, selecciona, divide, ordena, construye y pasa como una exhalación arrostrando peligros por mar y tierra, con desprecio aparente de la vida. Los Ministros de los Enfermos se esparcen por todas las ciudades italianas, desde Nápoles a Turín, a Trento. Van de las casas a los hospitales, de los hospitales a los campos de batalla. Donde aparece un peligro allí arde el fuego bienhechor de la cruz roja. Muchos caen entre los apestados, y otros vienen a reemplazarles. No hay horror que les aterre, ni repugnancia que les detenga. Camilo va siempre al frente. Entre los alaridos de la desesperación, en medio de las ansias de la muerte, salta de improviso aquel su saludo, que alegra los cuerpos y despierta las almas: «Dios os salve, hijos de Dios.» Un enfermo decía: «Todos admirábamos a este hombre, seguros de que algo divino había en él. A mí su presencia me transformaba; parecía todo abstraído en Dios; en sus gestos, en sus obras y en sus palabras.»
Aquella presencia tenía un poder taumatúrgico: alto de casi nueve palmos, bien proporcionado, la cabeza erguida, ancha espalda, cuello largo, rostro demacrado, boca grande con labios finos, color moreno, casi de aceituna; pelo castaño y amplio mentón, de barba rala e inculta. Dos ojos oscuros y pequeños brillaban bajo una frente amplia y vedijosa, con un fuego que era al mismo tiempo piedad y acometividad. Un velo de tristeza parecía recordar en todo momento las andanzas juveniles del fundador. Su voz y su mirada tenían naturalmente matices graves y severos; pero cuando hablaba de la caridad, quedaba enteramente transformado. «Entonces—dice un testigo—salía de sí, se inflamaba, se estremecía, y muchas veces vimos su rostro cubierto de llamas.» No podía llamarse un hombre culto: hasta los veinticinco años sólo había leído libros de caballerías y novelas de amor; pero la rapidez de su ingenio le sirvió para penetrar en poco tiempo los secretos de la doctrina cristiana, y una sabiduría divina le guiaba en el gobierno de su instituto, en su complicada organización y en el trato con los enfermos. Espontáneo siempre, se reflejaba plenamente en sus palabras fuertes, arrebatadas e ingeniosas, eco de su celo ardiente, de su profunda humildad, de su caridad seráfica. A un hermano que le acompañaba con paso demasiado lento, camino del hospital, le decía: Fratello, ¿qué paso de hormiga es ése»? A un moribundo: «Grande envidia te tengo, hermano mío, porque vas a entrar en el Paraíso.» A un enfermo que se deshacía con él en cumplimientos: «Nada de ceremonias, hijo mío; tú eres mi dueño, eres el miembro de Cristo, y yo soy tu esclavo.» A un novicio que debe cambiar de casa y mira fijamente a su superior para llevar impresa en el alma su fisonomía: «Pero ¿qué miras, pobrecillo? ¿Piensas que soy algo más que un montón de carne y un tizón del infierno?» A una dama que pasa por la calle levantando una nube de polvo, mientras él camina con un enfermo a la espalda: «Por favor, señora, espere un poco; tenga lástima de este pobrecillo.» A unos marinos que blasfemaban, saltando iracundo a la cubierta de la nave con el crucifijo en la mano: «¡Miserables, no sé cómo Dios tiene paciencia con vosotros, y no os traga el mar u os carboniza el relámpago!»
Era siempre el amor de Dios el que ardía en sus ojos y en su boca, el que abrasaba su alma y su vida. Juan Ciudad, el hidalgo portugués llamado a una obra semejante, tenía un corazón sumamente delicado y sensible; la gracia no había tenido más que robustecer la inclinación de la naturaleza. En Camilo hubo de crearlo todo. No era un temperamento sentimental. Suya es aquella sentencia expresiva en que retrataba el ideal del superior: «La miel en la boca y el cuchillo en la mano.» Pero el amor de Dios le arrebató de tal manera, que le hizo capaz de los mayores heroísmos de la compasión. «¡Señor mío, hermano mío, alma mía!, ¿qué podré yo hacer por tu servicio?» Así clamaba revelando el secreto de aquella fiebre que le consumía. Y en otra ocasión decía abrazado al crucifijo: «Por este Cristo mío, yo caminaría día y noche hasta el infierno; por lo que digan los hombres no levantaría la mano.» El amor divino que ardía en su alma es el que, según su expresión favorita, empastó de caridad sus manos.
(fuente: divvol.org)
otros santos 14 de julio:
- Beata Kateri Tekakwitha
domingo, 13 de julio de 2014
13 de julio: San Enrique
El ducado de Baviera está de fiesta por el nacimiento de Enrique. Es el año del Señor 973. En Abbach ha visto la luz el hijo de Enrique el Batallador y de la princesa Gisela de Borgoña. La Iglesia está pasando por la terrible Edad de Hierro; la construcción de la sociedad civil está en pleno feudalismo con sus continuas peleas y revueltas que dejan siempre la estela de dolor, luto y sangre; por si fuera poco, se añade al desastre la peste y epidemias.
El Batallador fue desterrado y la familia desunida; por esta razón educó a Enrique el obispo de Raisbona, Wolfgang, que había sido su padrino.
A los veintidós años había muerto su padre y Enrique le sucedió como legítimo duque de Baviera; se casó con la princesa Cunegunda, que también llegará a ser venerada en los altares el día 3 de marzo.
Parece que su gestión se saltó los moldes de crueldad imperante en su tiempo, procediendo noblemente y con justicia, pero por la vía del razonamiento e inclinado más bien a la misericordia, en los frecuentes casos de levantamientos y rebeldías de los nobles, en vez de destruir fortalezas, pasar a cuchillo y purificar a fuego las ciudades rebeldes. Sus biógrafos lo presentan como hombre convencido de que el poder le había sido dado para construir y no para destruir. Quizá su oración y penitencias altamente alabadas le llevaban a esta infrecuente manera de actuar entre los mandatarios de la época.
Fue elegido por la nobleza germana emperador de Alemania el 1 de enero del 1002, después de que muriera sin descendencia directa su primo Otón III; para defender este derecho al Imperio Romano Germánico tuvo que guerrear contra familiares que aspiraban a la misma dignidad. Organizó un formidable ejército, disuasorio para los levantiscos y útil pasa asentar su dominio en otras tierras; hacía falta esta imponente fuerza para calmar a los nobles y obispos que se peleaban continuamente entre ellos, para defender a su territorio de la invasión intencionada de Polonia sobre Alemania –venció al rey Boleslao I, para recuperar Bohemia, uno de los territorios germanos arrebatados– y porque los bizantinos acosaban sus fronteras del sur. Era parte de sus deberes reales.
Con una paz relativa, se dispuso a proceder a la reforma tan necesaria en el clero. Se mostró como un favorecedor incondicional de los cluniacenses, y facilitó reunir un concilio en Franfort (1007) para que los obispos tomaran las medidas eclesiásticas necesarias y restaurasen la disciplina que él se mostraba dispuesto a apoyar, haciendo cumplir las decisiones que salieran de la asamblea. Patrocinó la construcción de numerosas iglesias y monasterios, señalándose especialmente la de Bamberg. Se ocupó de ayudar en la solución de los problemas que el papa tenía en los mismos Estados Pontificios, que presentaban una situación caótica, de profunda anarquía, reflejo de lo que era toda Italia, en ebullición permanente por las luchas fratricidas. A la muerte de Sergio IV, y elegido sucesor Benedicto VIII, se vio forzado a intervenir hasta reponer por la fuerza al papa legítimo en su puesto, porque los seguidores del antipapa Gregorio lo habían depuesto y desterrado. A raíz de este hecho, Enrique y Cunegunda fueron ungidos como emperadores del Sacro Imperio Romano Germánico el 14 de febrero del 1014.
Es digno de mencionar que Enrique, amigo de la paz, del claustro y de la oración, no parase en toda su vida de un continuo vagabundeo por el mundo, en guerra continua y sin disfrutar de la vida tranquila que le pedían el alma y el cuerpo. Hasta quiso hacerse –no se sabe muy bien si de bromas o de veras– canónigo en Estrasburgo.
Dejando a un pueblo que le estaba agradecido, murió en Grona el 13 de julio de 1024. Luego se trasladaron sus restos a la catedral de Bamberg donde reposan.
Lo canonizaron en 1146.
A la muerte de su marido, Cunegunda se metió en una abadía fundada por ella, la de Kaffungen, hasta su muerte en el año 1033. Luego, fue enterrada en Baviera, junto a su marido, en el lugar donde se reunían en vida cada vez que podían.
El Batallador fue desterrado y la familia desunida; por esta razón educó a Enrique el obispo de Raisbona, Wolfgang, que había sido su padrino.
A los veintidós años había muerto su padre y Enrique le sucedió como legítimo duque de Baviera; se casó con la princesa Cunegunda, que también llegará a ser venerada en los altares el día 3 de marzo.
Parece que su gestión se saltó los moldes de crueldad imperante en su tiempo, procediendo noblemente y con justicia, pero por la vía del razonamiento e inclinado más bien a la misericordia, en los frecuentes casos de levantamientos y rebeldías de los nobles, en vez de destruir fortalezas, pasar a cuchillo y purificar a fuego las ciudades rebeldes. Sus biógrafos lo presentan como hombre convencido de que el poder le había sido dado para construir y no para destruir. Quizá su oración y penitencias altamente alabadas le llevaban a esta infrecuente manera de actuar entre los mandatarios de la época.
Fue elegido por la nobleza germana emperador de Alemania el 1 de enero del 1002, después de que muriera sin descendencia directa su primo Otón III; para defender este derecho al Imperio Romano Germánico tuvo que guerrear contra familiares que aspiraban a la misma dignidad. Organizó un formidable ejército, disuasorio para los levantiscos y útil pasa asentar su dominio en otras tierras; hacía falta esta imponente fuerza para calmar a los nobles y obispos que se peleaban continuamente entre ellos, para defender a su territorio de la invasión intencionada de Polonia sobre Alemania –venció al rey Boleslao I, para recuperar Bohemia, uno de los territorios germanos arrebatados– y porque los bizantinos acosaban sus fronteras del sur. Era parte de sus deberes reales.
Con una paz relativa, se dispuso a proceder a la reforma tan necesaria en el clero. Se mostró como un favorecedor incondicional de los cluniacenses, y facilitó reunir un concilio en Franfort (1007) para que los obispos tomaran las medidas eclesiásticas necesarias y restaurasen la disciplina que él se mostraba dispuesto a apoyar, haciendo cumplir las decisiones que salieran de la asamblea. Patrocinó la construcción de numerosas iglesias y monasterios, señalándose especialmente la de Bamberg. Se ocupó de ayudar en la solución de los problemas que el papa tenía en los mismos Estados Pontificios, que presentaban una situación caótica, de profunda anarquía, reflejo de lo que era toda Italia, en ebullición permanente por las luchas fratricidas. A la muerte de Sergio IV, y elegido sucesor Benedicto VIII, se vio forzado a intervenir hasta reponer por la fuerza al papa legítimo en su puesto, porque los seguidores del antipapa Gregorio lo habían depuesto y desterrado. A raíz de este hecho, Enrique y Cunegunda fueron ungidos como emperadores del Sacro Imperio Romano Germánico el 14 de febrero del 1014.
Es digno de mencionar que Enrique, amigo de la paz, del claustro y de la oración, no parase en toda su vida de un continuo vagabundeo por el mundo, en guerra continua y sin disfrutar de la vida tranquila que le pedían el alma y el cuerpo. Hasta quiso hacerse –no se sabe muy bien si de bromas o de veras– canónigo en Estrasburgo.
Dejando a un pueblo que le estaba agradecido, murió en Grona el 13 de julio de 1024. Luego se trasladaron sus restos a la catedral de Bamberg donde reposan.
Lo canonizaron en 1146.
A la muerte de su marido, Cunegunda se metió en una abadía fundada por ella, la de Kaffungen, hasta su muerte en el año 1033. Luego, fue enterrada en Baviera, junto a su marido, en el lugar donde se reunían en vida cada vez que podían.
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