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sábado, 2 de agosto de 2014

02 de agosto: San Esteban I, Papa

Papa
(† 257)

El nombre de San Esteban debemos recogerlo con veneración y con agradecimiento. En un momento difícil de la historia de la Iglesia, supo mantener enérgicamente los derechos de la libertad humana y de la gracia divina: frente al rigorismo africano, como había hecho Calixto, su antecesor, se constituyó en intérprete de la moderación y de la sabia condescendencia. Fue benigno, sin traicionar la verdad.

Un problema sutil intranquilizaba los espíritus cuando este Pontifice fue llamado a ocupar la cátedra apostólica. Poco a poco, todos los cismas, todos los errores, que en un momento dado habían pretendido absorber el movimiento cristiano, iban pereciendo miserablemente. Nadie se acordaba ya de las primeras herejías judíocristianas: el gnosticismo se hallaba en estado de putrefacción; el montanismo agonizaba. Las almas un momento engañadas, venían continuamente a pedir su reintegración en la verdadera Iglesia; y la verdadera Iglesia los admitia y los reconciliaba. Pero ¿a qué condiciones se los había de someter? ¿Era preciso rebautizarlos, o bastaba someterlos al rito penitencial de la imposición de las manos? Tal es la discusión en que San Esteban intervino con todo el peso de su autoridad. Hombres de virtud extraordinaria, doctores insignes, ilustres confesores de la fe tomaron parte en ella, sin lograr ponerse de acuerdo. Entre todos descuella la figura de San Cipriano, obispo de Cartago y representante de la Iglesia africana; en la cual Tertuliano había dejado restos de intransigencia y extremismo. Para San Cipriano, la solución era muy clara. Si la Iglesia era una, como él había probado en una obra inmortal, el bautismo conferido fuera de la Iglesia no era bautismo, y con fina dialéctica, heredada de Tertuliano, su maestro, desarrollaba y confirmaba esta doctrina con sutiles argumentos. Si la propiedad del bautismo es perdonar los pecados, no puede bautizar sino quien tiene poder para perdonar; si la Iglesia es la única esposa de Cristo, sólo ella puede darle hijos, sólo ella puede perdonar, sólo ella puede engendrar, sólo ella puede bautizar. Si fuera de la Iglesia no hay Espíritu Santo, se sigue que fuera de la Iglesia no hay bautismo. Además, preguntaba el africano, ¿es posible que un ministro del sacramento, que no tiene la fe ni la gracia, pueda comunicarlas a otros? ¿Es posible que un bautizado que no tiene la fe de la Iglesia pueda ser incorporado a la Iglesia?

Viendo en esta enseñanza una confirmación de la unidad y la santidad de la Iglesia, que defendía con tanto empeño contra los novacianos, el obispo de Cartago reunió un Concilio, hizo prevalecer en él su opinión y comunicó osadamente a la Iglesia de Roma la sentencia conciliar (255), No era ésta la primera vez que San Cipriano y San Esteban se iban a encontrar frente a frente. Los dos se ocupaban del bien de las almas, con la misma solicitud, pero con miras a veces divergentes. Un asunto español había puesto ya en evidencia sus criterios distintos. Dos obispos, Marcial de Mérida, y Basílides, de León-Astorga, sin sacrificar de hecho, habían conseguido un certificado de apostasía, con lo que quedaban libres de ser perseguidos. Depuestos y penitenciados según la disciplina canónica, acudieron a Esteban, arrepentidos de su claudicación, y fueron reintegrados en su dignidad, al mismo tiempo que un Concilio de Africa, presidido por San Cipriano, los condenaba. Tal vez este pleito había motivado algún roce entre Roma y Cartago; el hecho es que loa enviados de África fueron recibidos con frialdad en la curia romana. Sin embargo, nada de esto influyó en la decisión de Esteban. Antes que Cipriano, había resuelto él la cuestión en sentido contrario. La Iglesia romana tenía su tradición inmemorial en este asunto del bautismo de los herejes, y ahora no tenía más que recordar esa tradición y prescribir imperativamente su observancia. La contestación de Esteban tiene toda la fuerza de un principio general y todo el rigor lapidario del viejo espíritu romano: «Nada de innovar; sígase la tradición.» Después del protestantismo y del jansenismo, comprendemos los peligros de la dialéctica de San Cipriano: en ella, la validez del sacramento se confundía con su eficacia actual, y llevada hasta sus últimas consecuencias, hubiese conducido a la ruina de la Iglesia visible, a las concepciones del cristianismo invisible de Zuinglio y Wiclef.

Esto no obstante, la controversia continuó. Viendo en la solución del Pontifice, no una definición dogmática, sino un decreto de disciplina, San Cipriano se creyó en el deber de protestar, y lo hizo con la viveza propia de su temperamento. Sin negar la autoridad suprema del obispo de Roma, «sin constituirse en obispo de los obispos», según su propia expresión, declaraba «que cada uno de los jefes de la Iglesia era libre de llevar su administración a su entender, salvo el rendir cuentas al Señor». Al mismo tiempo, el Papa Esteban imponía su doctrina a toda la cristiandad. Sin excomulgar a nadie, hablaba ya de romper la comunión con las Iglesias que no reconociesen la validez del bautismo administrado por los herejes. Entonces fue cuando apareció el escrito más violento de todos los que se publicaron con motivo de aquella polémica dolorosa. Su autor era el obispo de Cesarea de Capadocia, Firmiliano, hombre austero, de ingenio sutil y de carácter vehemente y apasionado. «El verdadero hereje—dice aludiendo al obispo de Roma—es el que, creyendo excomulgar a la Iglesia, no consigue sino ser excomulgado por ella. He aquí el peor de todos los herejes. La Iglesia es jerárquica, sí; la Iglesia es una. Es jerárquica, porque su autoridad descansa sobre los Apóstoles, y los Apóstoles transmitieron su poder a los obispos. Sin el obispo no hay bautismo, no hay orden ni hay altar. Mas he aquí que dan al hereje, a Coré, Datán y Abirón el derecho de conferir el Espíritu Santo. ¿Quién es ese destructor de la jerarquía sino Esteban? La Iglesia es una, y la garantia de esa unidad es la fidelidad apostólica. Quien está con los Apóstoles está en comunión con la unidad, sin que sea necesaria una conformidad de ritos en todas partes. ¿Está Roma acorde con Jerusalén en su liturgia?»

Otra vez venía el sofisma a mezclarse en una habilísima argumentación: se proclama la jerarquía, pero se guarda silencio sobre el eje de esa jerarquía; se ensalza la unidad, pero se olvida que es necesario un juez de esa unidad, un arbitro de las controversias que podrían quebrantarla; se identifica la cuestión bautismal con un simple rito, sin olvidar que en ella se mezclan doctrinas primordiales del dogma. Esteban mantuvo su actitud con firmeza y con indulgencia a la vez; pacífico y conciliador, no quiso acudir a censuras ni anatemas; pero supo hacer triunfar la práctica tradicional. El obispo de Cesarea volvió a pedir la comunión con Roma; el de Cartago reanudó sus primeras relaciones y lavó con una vida inmaculada y una muerte heroica su pasajera rebeldía. Después vino la persecución a estrechar más aquellos espíritus, iguales todos en su amor apasionado a la Iglesia de Cristo. Fue la persecución de Valeriano. Un edicto del año 257 obligaba a todos los jefes de la Iglesia a adherirse oficialmente a los dioses del estado, conservando, si les placía, el culto que daban a Cristo y a renunciar a la forma colegial que habían dado a sus fieles. Estas disposiciones parecían moderadas, pero en realidad ningún perseguidor había tomado hasta entonces medida tan grave; atacaban a la vez a la jerarquía y a la organización social de la Iglesia. La primera víctima fue el obispo de Roma; primero en el honor, debía serlo también en el peligro; condescendiente con los convertidos, apareció lleno de fortaleza ante los perseguidores, mereciendo la pena del destierro, en el que terminó su vida.

(fuente: divvol.org)

viernes, 1 de agosto de 2014

01 de agosto: San Pedro Ad Vincula

(Año 42)

Agosto, el mes imperial, se abría en la Roma de los césares con grandes fiestas en honor del fundador del Imperio: desfiles ruidosos a través del Palatinado, cortejos y banquetes de senadores, ir y venir de los flámines en torno a los altares de Roma y de Augusto, clarines en los cuarteles, arpas en los palacios, flores y guirnaldas en las calles; y para el pueblo, reparto de dinero, representaciones escénicas y luchas de gladiadores en el Circo Máximo. Pero a la Roma de Augusto sucedió la Roma de Pedro, el fundador del nuevo Imperio espiritual, más sólido y más vasto que aquel otro que levantaron las espadas de los legionarios. Entonces las gentes ya no desfilaron ante el ara del emperador, sino ante el ara del pescador. Desde la Suburra y los Huertos de Salustio, desde el Campo de Marte y las Termas de Antonino, llenando las grandes vías y cruzando callejuelas tortuosas, la multitud desembocaba en las cercanías del Coliseo, bajaba la avenida del Foro Esquilino y llenaba la plaza contigua a las Termas de Trajano. Allí, a la entrada del arrabal de los patricios, en las extremidades del Celio y el Esquilino, se alzaba la iglesia del apóstol. San Pedro ad Vincula, y a la puerta unos versos que decían:

«Roma, con estas cadenas se ha puesto la base de tu fe y se ha perpetuado tu salud. Atada con ellas, serás siempre libre. El hierro que tocó las manos del que desata todas las cosas, defenderá tus muros; el que abre la puerta de los astros, cerrará el camino de las hordas bélicas.»

Los fieles entraban y salían, venerando y besando los testigos sagrados de una cautividad triunfadora. Sus ojos se llenaban de lágrimas y sus gargantas de cantos jubilosos; su corazón se agitaba con aquella emoción que hacía exclamar a San Juan Crisóstomo: «¿Hay algo más magnífico que estas cadenas? Más bello que el nombre de apóstol, de evangelista o de doctor, es el titulo de prisionero de Cristo. Mejor es ser encadenado por Cristo, que habitar sobre los Cielos o sentarse en uno de los doce tronos. El que ama me comprende. Pero ¿quién penetró estas cosas como el coro fulgurante de los Apóstoles? En cuanto a mí, si me diesen a escoger entre estos hierros o el paraíso, no duraría un instante. ¡Con qué ansia he deseado verme en aquellos lugares donde se guardan los grillos de estos hombres admirables! Si me dijeseis: ¿qué es lo que prefieres, ser el ángel que libró a Pedro, o ser Pedro encadenado?, os aseguro que gustaría ser Pedro, a causa de sus cadenas.»

El romero visita todavía la basílica donde se reunían los cristianos de los últimos días del Imperio al empezar el mes de agosto. Allí, las viejas columnas dóricas de mármol de Paros, restos de algún templo de Minerva o de Júpiter, el arco triunfal sostenido por fustes de granito y capiteles corintios, los brillantes mosaicos de los primeros días del arte bizantino, mezclados con elegantes pinturas del Renacimiento. Allí también, las venerables cadenas que encendían la palabra del Crisóstomo, que besó el poeta Prudencio, que veneraron las generaciones cristianas como signo de libertad y de heroísmo. Ellas recordaban los sufrimientos del apóstol, su prisión en la cárcel Mamertina, y el episodio milagroso con que terminó su ministerio en Jerusalén. Era en el año 42. Herodes Agripa reinaba en Palestina, conservando con habilidad el trono de su abuelo Herodes el Grande, que había conseguido con la intriga y la adulación. Israel aplaudía al príncipe, que le daba por lo menos la apariencia de la libertad, y el príncipe secundaba el fanatismo religioso del pueblo. Los celotes se inquietaban por la importancia creciente del cisma cristiano, y Agripa se encargó de aplastar a los discípulos de Cristo. Santiago el Mayor cayó el primero en sus manos. Poco después Pedro fue descubierto y aprisionado. Se buscaba a los jefes. Pero eran los días de los panes sin levadura. Había que aguardar a que pasase la fiesta de los ázimos para que viniese la fiesta de la sangre. Entre tanto, Pedro fue recluido en lo más profundo del calabozo. Se le guardaba con toda precaución, porque aquellos discípulos del Crucificado tenían cosas de brujos. Cuatro grupos de soldados velaban sucesivamente; dos hombres se ataban a los brazos del preso; otros dos montaban la guardia, uno a la puerta de la cárcel, otro más fuera, cerca de la puerta de hierro que daba al exterior.

Pasaban los días; Santiago había muerto por la espada y la Iglesia entera lloraba ya la muerte de su jefe. De repente, una luz en la prisión, un ruido de cadenas que se rompen; y esta voz misteriosa: «Levántate, Pedro; cálzate las sandalias, coge tu manto y sígueme.» Pedro siguió al desconocido, pasó junto a los dos centinelas, llegó a la puerta de hierro, y se encontró en las primeras calles de la ciudad. En este momento su acompañante desapareció. El apóstol, que hasta entonces se había creído víctima de un sueño, cayó en la cuenta de lo que sucedía, y no pudo menos de exclamar:

«Ahora reconozco verdaderamente que el Señor ha enviado su ángel y que me ha librado de la mano de Herodes y de toda la expectación de la plebe de los judíos.» Cuando amanecía, estaba ya lejos de Jerusalén. Se le buscó en el calabozo, en las callejuelas de la ciudad y en las casas de los cristianos. El despecho de Herodes, su ira, su vergüenza, eran tales, que mandó matar a los centinelas. ¿Cómo reconocer delante de los judíos que el jefe de los galileos había desaparecido milagrosamente? Pero aquellos galileos miserables, con cuya ruina había creído acrecentar su gloria, empezaban a dar al traste con su popularidad. El pueblo, a quien quiso deslumbrar con su poder, empieza a reírse de él. Después de aquel fracaso, abandona para siempre la ciudad santa y se establece en Beirut, la ciudad fenicia, que se recuesta sobre los flancos del Líbano escuchando el rumor de las olas azuladas. Para olvidar su mal humor, Herodes rivaliza con los amos del Imperio, levantando circos, baños y pórticos. Este judío amaba las pistas y los anfiteatros como los patricios de Grecia y de Roma. Era en Tiberíades, junto al lago de Galilea. La multitud aclamaba al príncipe, y el príncipe arengaba a la multitud. «Es la voz de un dios y no la de un hombre», decían los aduladores. En el mismo instante, dice San Lucas, el ángel del Señor le hirió, y fue comido por los gusanos. El historiador Josefo habla de un mochuelo, présago de desgracias, que el rey vio sobre su cabeza; y reconoce que el perseguidor fue castigado por su impiedad, y que durante cinco días un fuego voraz consumió sus entrañas. Esto fue a principios del año 44, mientras el apóstol fugitivo entraba en Roma para dejar en ella el germen de un imperio universal.

(fuente: divvol.org)

jueves, 31 de julio de 2014

31 de julio: Beatos Andrés de Palazuelo y 31 compañeros


Capuchinos Mártires
Martirologio Romano: En España, Andrés de Palazuelo (en el siglo: Miguel Francisco González González), Sacerdote profeso de la Orden de los Frailes Menores Capuchinos y 31 Compañeros; asesinados por odio a la Fe. († 1936-37)
Fecha de beatificación: 13 de octubre de 2013, durante el pontificado de S.S. Francisco. El 28 de marzo de 2013 S.S. Francisco firmó el decreto reconociemdo el martirio de este grupo de mártires.

Este grupo de mártires está integrado por:

1. ANDRÉS DE PALAZUELO, sacerdote profeso, Capuchino
en el siglo: MIGUEL FRANCISCO GONZÁLEZ-DÍEZ GONZÁLEZ-NÚÑEZ
nacimiento: 08 Mayo 1883 en Palazuelo de Torío, León (España)
martirio: 31 Julio 1936 en Pradera San Isidro, Madrid (España)

2. FERNANDO DE SANTIAGO, sacerdote profeso, Capuchino
en el siglo: FERNANDO OLMEDO REGUERA
nacimiento: 10 Enero 1873 en Santiago de Compostela, La Coruña (España)
martirio: 02 Agosto 1936 en Cuartel de la Montaña, Madrid (España)

3. JOSÉ MARÍA DE MANILA, sacerdote profeso, Capuchino
en el siglo: EUGENIO SANZ-OROZCO MORTERA
nacimiento: 05 Septiembre 1880 en Manila (Filipinas)
martirio: 17 Agosto 1936 en Cuartel de la Montaña, Madrid (España)

4. RAMIRO DE SOBRADILLO, sacerdote profeso, Capuchino
en el siglo: JOSÉ PÉREZ GONZÁLEZ
nacimiento: 05 Enero 1907 en Sobradillo, Salamanca (España)
martirio: 27 Noviembre 1936 en Paracuellos de Jarama, Madrid (España)

5. AURELIO DE OCEJO, religioso profeso, Capuchino
en el siglo: FACUNDO ESCANCIANO TEJERINA
nacimiento: 04 Febrero 1881 en Ocejo, León (España)
martirio: 17 Agosto 1936 en Madrid (España)

6. SATURNINO DE BILBAO, religioso profeso, Capuchino
en el siglo: EMILIO SERRANO LIZARRALDE
nacimiento: 25 Mayo 1910 en Bilbao, Vizcaya (España)
martirio: 26 Agosto 1936 en Madrid (España)

7. BERARDO DE VISANTOÑA, sacerdote profeso, Capuchino
en el siglo: JOAQUÍN FRADE EIRAS
nacimiento: 05 Abril 1878 en Visantoña, Lugo (España)
martirio: 14 Agosto 1936 en Jove, Asturias (España)

8. ARCÁNGEL DE VALDAVIDA, sacerdote profeso, Capuchino
en el siglo: ÁNGEL DE LA RED PÉREZ
nacimiento: 26 Febrero 1882 en Valdavida, León (España)
martirio: 14 Agosto 1936 en Jove, Asturias (España)

9. ILDEFONSO DE ARMELLADA, sacerdote profeso, Capuchino
en el siglo: SEGUNDO PÉREZ ARIAS
nacimiento: 02 Mayo 1874 en Armellada, León (España)
martirio: 14 Agosto 1936 en Jove, Asturias (España)

10. DOMITILO DE AYOÓ, sacerdote profeso, Capuchino
en el siglo: FELIPE LLAMAS BARRERO
nacimiento: 03 Septiembre 1907 en Ayoó de Vidriales, Zamora (España)
martirio: 06 Septiembre 1936 en Peón cemeterio, Gijón, Asturias (España)

11. ALEJO DE TERRADILLOS, religioso profeso, Capuchino
en el siglo: BASILIO GONZÁLEZ HERRERO
nacimiento: 14 June 1874 en Terradillos, León (España)
martirio: 14 Agosto 1936 en Jove, Asturias (España)

12. EUSEBIO DE SALUDES, religioso profeso, Capuchino
en el siglo: EZEQUIEL PRIETO OTERO
nacimiento: 19 Febrero 1885 en Saludes, León (España)
martirio: 14 Agosto 1936 en Jove, Asturias (España)

13. EUSTAQUIO DE VILLAQUITE, religioso profeso, Capuchino
en el siglo: BERNARDO CEMBRANOS NISTAL
nacimiento: 20 Agosto 1903 en Villaquite, León (España)
martirio: 31 Agosto 1936 en Gijón, Asturias (España)

14. AMBROSIO DE SANTIBÁÑEZ, sacerdote profeso, Capuchino
en el siglo: ALEJO PAN LÓPEZ
nacimiento: 24 Octubre 1888 en Santibáñez de la Isla, León (España)
martirio: 27 Diciembre 1936 en Santander, Cantabria (España)

15. MIGUEL DE GRAJAL, sacerdote profeso, Capuchino
en el siglo: APRONIANO DE FELIPE GONZÁLEZ
nacimiento: 02 Febrero 1898 en Grajal de Campos, León (España)

16. DIEGO DE GUADILLA, religioso profeso, Capuchino
en el siglo: JACINTO GUTIÉRREZ TERCIADO
nacimiento: 03 Julio 1909 en Guadilla, Burgos (España)
martirio: 29 Diciembre 1936 en el cruce Santoña-Escalante, Cantabria (España)

17. ÁNGEL DE CAÑETE LA REAL, sacerdote profeso, Capuchino
en el siglo: JOSÉ GONZÁLEZ RAMOS CAMPOS
nacimiento: 24 Febrero 1879 en Cañete la Real, Málaga (España)
martirio: 06 Agosto 1936 en Antequera, Málaga (España)

18. LUIS DE VALENCINA, sacerdote profeso, Capuchino
en el siglo: GERONIMO LIMÓN MÁRQUEZ
nacimiento: 27 Marzo 1885 en Valencina del Alcor (ahora Valencina de la Concepción), Sevilla (España)
martirio: 03 Agosto 1936 en Antequera, Málaga (España)

19. GIL DE PUERTO DE SANTA MARÍA, sacerdote profeso, Capuchino
en el siglo: ANDRÉS SOTO CARRERA
nacimiento: 29 June 1883 en Puerto de Santa María, Sevilla (España)
martirio: 06 Agosto 1936 en Antequera, Málaga (España)

20. IGNACIO DE GALDÁCANO, sacerdote profeso, Capuchino
en el siglo: JOSÉ MARÍA RECALDE MAGÚREGUI
nacimiento: 07 Febrero 1912 en Galdácano, Vitoria (España)
martirio: 06 Agosto 1936 en Antequera, Málaga (España)

21. JOSÉ DE CHAUCHINA, diacono profeso, Capuchino
en el siglo: ALEJANDRO CASARE MENÉNDEZ
nacimiento: 24 Febrero 1897 en Chauchina, Granada (España)
martirio: 06 Agosto 1936 en Antequera, Málaga (España)

22. CRISPÍN DE CUEVAS DE SAN MARCOS, religioso profeso, Capuchino
en el siglo: JUAN SILVERIO PÉREZ RUANO
nacimiento: 27 Diciembre 1875 en Cuevas de San Marcos, Málaga (España)
martirio: 06 Agosto 1936 en Antequera, Málaga (España)

23. PACIFICO DE RONDA, religioso profeso, Capuchino
en el siglo: RAFAÉL SEVERIANO RODRÍGUEZ NAVARRO
nacimiento: 08 Noviembre 1882 en Ronda, Málaga (España)
martirio: 07 Agosto 1936 en Antequera, Málaga (España)

24. ELOY DE ORIHUELA, sacerdote profeso, Capuchino
en el siglo: ANDRÉS FRANCISCO SIMÓN GÓMEZ
nacimiento: 30 Noviembre 1876 en Orihuela, Alicante (España)
martirio: 07 Noviembre 1936 en Crevillente, Alicante (España)

25. JUAN CRISÓSTOMO DE GATA DE GORGOS, sacerdote profeso, Capuchino
en el siglo: IGNACIO CASELLES GARCÍA
nacimiento: 18 Noviembre 1874 en Gata de Gorgos, Alicante (España)
martirio: 24 Diciembre 1936 en Orihuela, Alicante (España)

26. HONORIO DE ORIHUELA, sacerdote profeso, Capuchino
en el siglo: RAMÓN JUAN COSTA
nacimiento: 23 Noviembre 1888 en Orihuela, Alicante (España)
martirio: 30 Noviembre 1936 en Elche, Alicante (España)

27. ALEJANDRO DE SOBRADILLO, sacerdote profeso, Capuchino
en el siglo: JUAN FRANCISCO BARAHONA MARTÍN
nacimiento: 10 Enero 1902 en Sobradillo, Salamanca (España)
martirio: 15 Agosto 1936 en Madrid (España)

28. GREGORIO DE LA MATA, sacerdote profeso, Capuchino
en el siglo: QUIRINO DÍEZ DEL BLANCO
nacimiento: 25 Marzo 1889 en La Mata de Monteagudo, León (España) martirio: 27 Agosto 1936 en Madrid (España)

29. CARLOS DE ALCUBILLA DE NOGALES, sacerdote profeso, Capuchino
en el siglo: PABLO MERILLAS FERNÁNDEZ
nacimiento: 17 Julio 1902 en Alcubilla de Nogales, Zaragoza (España)
martirio: 14 Enero 1937 en El Escorial, Madrid (España)

30. GABRIEL DE ARÓSTEGUI, religioso profeso, Capuchino
en el siglo: LORENZO ILARREGUI GOÑI
nacimiento: 10 Agosto 1880 en Aróstegui, Pamplona (España)
martirio: 23 Agosto 1936 en El Pardo, Madrid (España)

31. PRIMITIVO DE VILLAMIZAR, religioso profeso, Capuchino
en el siglo: LUCINIO FONTANIL MEDINA
nacimiento: 12 Febrero 1884 en Villamizar, León (España)
martirio: 19 Mayo 1937 en Madrid (España)

32. NORBERTO CEMBRANOS DE LA VERDURA, oblato Capuchino
nacimiento: 06 June 1891 en Villalquite, León (España)
martirio: 23 Septiembre 1936 en Madrid (España)

(fuente: catholic.net)

miércoles, 30 de julio de 2014

30 de julio: San Pedro Crisólogo

Obispo y doctor de la Iglesia
(406-450)
Obispo de Ravenna.

Crisólogo significa "Palabra de Oro".

San Pedro Crisólogo ocupa un puesto en esa noble academia de los doctores de la Iglesia. Es un doctor, y apenas le conocemos más que como doctor. Sabemos únicamente que nació en Imola, que murió en Imola, y que durante cerca de veinte años gobernó la iglesia de Ravena, capital entonces del ruinoso Imperio de Occidente. Gobernó con celo de apóstol y con entrañas de padre. Predicando una vez en el aniversario de su consagración, trazaba hermosamente el retrato del verdadero obispo. «Hoy—decía—le ha nacido un hijo a la Iglesia, un hijo que no la abrume con su peso, ni la aterre con el temor, ni la conmueva con la intriga, ni con la esperanza la perturbe, sino que la sustente con el obsequio de su fidelidad, la persiga con la vigilancia amorosa de sus cuidados, le procure lo necesario con solicitud, ordene con blandura la familia de Dios, reciba a los peregrinos, sirva a los que obedecen, obedezca a los reyes, colabore con las potestades, dé el homenaje de la reverencia a los ancianos, el de la bondad a los jóvenes, a los hermanos el del amor, el del afecto a los pequeñuelos, y a todos el de una servidumbre libre por Cristo.»

Así entendía San Pedro Crisólogo el episcopado, y realizando su bello ideal, mereció que aun antes de su muerte se hiciese la apología de su vida. «En otros—decía un admirador—el nombre de Pedro es puro apelativo: en éste es una viva realidad. Mirad cómo se junta en él la santidad más amable con una austeridad monacal: rostro pálido por los ayunos, cuerpo enflaquecido por la penitencia, llanto que bautiza los pecados, limosnas que son una oración. Y no os extrañéis de esas lágrimas, sabiendo que si Pedro llora, es que le mira Cristo. Grato es el llanto con que se compra el gozo de la inmortalidad. Él es, pues, el custodio de la fe, la piedra de nuestra Iglesia, el que nos abre las puertas del Cielo; es el hábil pescador que con el anzuelo de su santidad atrae a las muchedumbres, sumergidas en las olas de los errores, y las recoge en la red de su doctrina; es el cazador apostólico que con la caña de la palabra divina alcanza las almas juveniles que atraviesan los aires. Siembra en los pueblos las leyes de la justicia, llena de luz las páginas oscuras de los sagrados libros, y las gentes llegan de regiones distantes para verle y oírle. Los mismos que se habían ocultado en la soledad, vuelven al siglo, no tanto por el siglo como por causa de este hombre admirable» (Sermón 107).

Algo de esa mágica influencia que ejercía el gran prelado sobre sus contemporáneos, podemos sentirla nosotros al leer los ciento ochenta sermones que de él nos quedan, y que con justicia le han dado el nombre de Crisólogo, el de la palabra de oro. Su voz se levanta solemne en medio de una civilización que se desmorona. Vive junto a una corte llena de intrigas y temores, en los últimos días de un Imperio, en un siglo que él llama hinchado de pompa, sublimado en el abismo, borrascoso en sectas, fluctuante en la ignorancia, clamoroso en las discordias, furioso en la ira, pérfido en la venganza, náufrago en los pecados, hundido en la impiedad. Los bárbaros recorren el imperio incendiando y matando; los descendientes de Teodosio son simples muñecos en sus manos; las provincias se les escapan como jirones de un manto gastado. El obispo, sin embargo, habla con serenidad, como si no se diese cuenta del espectáculo que se desarrolla ante sus ojos. Cuando otros anuncian el fin de los tiempos, él parece entrever la nueva organización social, el triunfo definitivo de Cristo. En su elocuencia no relumbran las espadas de los godos, ni tiembla el charrasco de los escudos, ni repercuten los llantos palatinos. Siembra seguro la cosecha, o acaso con la tranquilidad de quien sabe que cumple con su deber. «Los pasados vivieron para nosotros—dice estoicamente—; nosotros, para los venideros; nadie para sí.»

Las gentes se aglomeran, se sofocan y se pegan por oírle. un sermón suyo empieza con estas palabras: «Largo tiempo he callado mientras duraban los calores, para que no me echasen la culpa de ardores y enfermedades que pudieran originarse de la presión de las gentes, sedientas de escucharme; pero como el otoño va templando el ambiente, podemos coger de nuevo el hilo de la palabra divina.» Es la palabra divina la que anima los discursos de este gran orador; comenta los milagros evangélicos, explica las parábolas, ensalza la resistencia de los mártires, y, dirigiéndose a los catecúmenos, «su vida, su gloria, su salud», desenvuelve la doctrina del Símbolo y del Padrenuestro. No es la suya una palabra dogmática, como la de San León, su contemporáneo, ni tiene un período tan rítmico y estudiado; pero es más ágil, más afectiva, más popular. El pensamiento delicado y profundo relampaguea constantemente en su voz; pero es un pensamiento que sale empapado en sangre caliente.

Las siguientes ideas derramadas en su comentario de la parábola del hijo pródigo pueden servir de ejemplo de su estilo: «Sin el padre, el capital desnuda al hijo, no le enriquece; le arranca al regazo materno, le arroja de su casa, le saca de su tierra, le despoja de la fama, le quita la castidad. Nada queda ni de la vida, ni de las costumbres, ni de la piedad, ni de la libertad, ni de la gloria. El ciudadano se convierte en peregrino, el hijo en mercenario, el rico en pobre, el libre en esclavo. El que se desdeñó de acatar la santa piedad, se junta a una piara inmunda. En el padre es donde se encuentra la dulce condición, la servidumbre libre, la seguridad absoluta, el temor alegre, el blando castigo, la rica pobreza y la posesión segura. Pero el desertor del amor, el tránsfuga de la piedad, es destinado a servir a los puercos, a ser manchado y pisoteado por los puercos, para que sepa cuan amargo, cuan miserable es dejar la bienaventuranza del abrigo paterno.»

San Pedro Crisólogo, obispo y doctor de la IglesiaAsí habla Pedro Crisólogo: comenta, exhorta, analiza. No le gusta discutir, ni se irrita, ni gesticula buscando efectos dramáticos. Su frase es rápida, nerviosa y llena de vida y movimiento. Tiene algunas alusiones a la herejía arriana y eutiquiana, pero pocas. No quiere intranquilizar los ánimos sin necesidad; le basta con exponer la buena doctrina en toda su pureza. En puntos de ortodoxia, tiene un seguro criterio de verdad: la adhesión a la cátedra apostólica. Eutiques le escribe con el fin de atraerle al monofisismo; y a esta solicitación zalamera e hipócrita contesta Pedro con una carta famosa: «Triste he leído tus tristes letras; porque así como la par; de la Iglesia, la concordia de los sacerdotes y la armonía del pueblo me llenan de alegría, del mismo modo la disensión fraterna me aflige y abate.»

También aquí el orador es enemigo de discutir. No comprende esa lucha secular acerca de la generación de Cristo, cuando en treinta años dirime la ley humana todas las cuestiones. A Orígenes le pierde su afán de escrutar los principios; a Nestorio, sus vanas sutilezas. Hay que dejarse de curiosidades, para adorar con los magos y cantar con los ángeles al que yace en un pesebre, siguiendo dócilmente las instrucciones del Pontífice de la ciudad de Roma, «puesto que el bienaventurado Pedro, que vive aún y preside su cátedra, comunica la verdad a los que la buscan. En cuanto a mí, el amor de la paz y de la verdad no me permite intervenir en cuestiones de fe sin el consentimiento del obispo de Roma.»

Aquel acento áureo vibra con una viveza especial cuando se levanta para condenar las últimas audacias del paganismo. «¡Qué vanidad, que demencia, qué ceguera!—clamaba el Crisólogo, indignado por las bacanales del primero de enero—. ¡Confiesan como dioses a quienes infaman con burlas exquisitas! Si no deseasen tener dioses criminales ¿cómo habían de llamar dioses a aquellos cuyos adulterios figuran en los juegos, cuyas fornicaciones representan en las imágenes, cuyos incestos reproducen en las pinturas, cuyas crueldades recuerdan en los libros, cuyos parricidios transmiten a los siglos, cuyas impiedades celebran en las tragedias, cuyas obscenidades conmemoran en sus fiestas? El que desea pecar, da culto al pecador, a Venus adúltera, a Marte sangriento. Y estáis engañados si creéis que en estas cosas no hay más que un legítimo regocijo por el principio del año. No son juegos, sino crímenes. ¿Quién juega con la impiedad, quién se divierte con el sacrilegio, quién llama reír al pecado? Es un tirano el que se viste de tirano. El que se hace dios, contradice al Dios verdadero. No podrá llevar la imagen de Dios el que toma la persona de un ídolo; el que quisiere divertirse con el diablo, no podrá gozar con Cristo. Nadie juega seguro con la serpiente; nadie se divierte impunemente con el demonio.»

(fuente: www.divvol.org)

martes, 29 de julio de 2014

29 de julio: Beato Luis Martín

Luis Martin (1823-1894) y Celia Guérin (1831-1877)

Luis Martin nació en Burdeos el 22 de agosto de 1823. Era el segundo de los cinco hijos del matrimonio Pierre-François Martin, capitán del ejército francés, y Marie Anne Fanny Boureau, cristianos de fe viva. La primera formación de Luis estuvo vinculada a la vida militar y se benefició de las facilidades que tenían los hijos de los militares.

Al jubilarse su padre, la familia se trasladó a Alençon (1831) y Luis estudió con los Hermanos de las Escuelas Cristianas de la ciudad. Tanto en la familia como en el colegio recibió una sólida formación religiosa.

Terminados los estudios, no se inclinó hacia la vida militar, sino que quiso aprender el oficio de relojero, primero en Bretaña, luego en Rennes, Estrasburgo, en el Gran San Bernardo (Alpes suizos) y por último en París.

A los veintidós años sintió el deseo de consagrarse a Dios en la vida religiosa. Para ello, se dirigió al monasterio del Gran San Bernardo, con intención de ingresar en esta Orden, pero no fue admitido porque no sabía latín. Con gran valor se dedicó a estudiarlo durante más de un año, con clases particulares; pero, finalmente, renunció a ese proyecto. No se sabe mucho de este período: sólo que su madre en una carta le exhortaba a "ser siempre humilde", y que mostró su valentía y sangre fría salvando de morir ahogado al hijo del amigo de su padre, con el que residía.

En Alençon puso una relojería. Sus padres, tras la muerte de los otros hijos, vivieron siempre con él, incluso después de su matrimonio con Celia Guérin.

Hábil en su oficio, tenía amigos y conocidos con los que le gustaba pescar y jugar al billar, y era apreciado por sus cualidades poco comunes y por su distinción natural, que explica por qué le presentaron un proyecto de matrimonio con una joven de la alta sociedad, al que se negó.

En 1871 vendió el edificio a un sobrino. El amor al silencio y al retiro lo llevó a comprar una pequeña propiedad con una torre y un jardín. Allí instaló una estatua de la Virgen, que le había regalado la señora Beaudouin; trasladada más tarde a Buissonnets, esta imagen fue conocida en todo el mundo como la Virgen de la Sonrisa.

Celia Guérin nació en Gandelain, departamento de Orne (Normandía), el 23 de diciembre de 1831. Era hija de Isidoro Guérin, un militar que a los 39 años decidió casarse con Louise-Jeanne Macè, dieciséis años más joven que él. De esta unión nacieron también Marie Louise, la primogénita (fue monja visitandina), e Isidore, el más pequeño. Para los padres de Celia la vida había sido dura, lo que repercutía en su manera de ser: eran rudos, autoritarios y exigentes, si bien tenían una fe firme. Celia, inteligente y comunicativa por naturaleza, dice en una de sus cartas que su infancia y juventud fueron tristes "como un sudario". A pesar de ello, cuando su padre, viudo y enfermo, manifestó el deseo de ir a habitar con ella, lo acogió y cuidó con devoción hasta que murió en 1868. Afortunadamente encontró en su hermana Marie Louise un alma gemela y una segunda madre.

Cuando se jubiló su padre, la familia se estableció en Alençon en 1844. La señora Guérin abrió un café y una sala de billar, pero su carácter intransigente no favoreció el desarrollo del negocio. La familia salía adelante con dificultad, gracias a la pensión y a los trabajos de carpintería del padre. En pocos años, la situación financiera se hizo muy precaria y no mejoró hasta que las hijas contribuyeron con su trabajo a cuadrar el balance familiar. Esta situación económica influyó en los estudios de las hijas: Celia entró en el internado de las religiosas de la Adoración perpetua; aprendió los primeros rudimentos del punto de Alençon, un encaje de los más famosos de la época; luego, para perfeccionarse, se inscribió en la "Ecole dentellière". Mientras tanto, la hermana mayor se dedicó al bordado, con su madre. No tenemos documentación de este período, pero Celia conservaba un excelente recuerdo de este tiempo.

Se dedicó a la confección de dicho encaje. Deseó formar parte de las Hijas de la Caridad de San Vicente de Paúl, pero no la admitieron. Pidió luz al Señor para conocer su voluntad y el 8 de diciembre de 1851, después de una novena a la Inmaculada Concepción, escuchó interiormente las palabras: "Hacer punto de Alençon". Con la ayuda de su hermana comenzó esta empresa y ya a partir de 1853 era conocida como fabricante del punto de Alençon. En 1858 la casa para la que trabajaba recibió una medalla de plata por la fabricación de este encaje y Celia una mención de alabanza. Poco después, su hermana entró en el monasterio de la Visitación y tomó el nombre de María Dositea.

Un día, al cruzarse con un joven de noble fisonomía, semblante reservado y dignos modales, se sintió fuertemente impresionada y oyó interiormente que ese era el hombre elegido para ella. En poco tiempo los dos jóvenes llegaron a apreciarse y amarse, y el entendimiento fue tan rápido que contrajeron matrimonio el 13 de julio de 1858, tres meses después de su primer encuentro. Llevaron una vida matrimonial ejemplar: misa diaria, oración personal y comunitaria, confesión frecuente, participación en la vida parroquial. De su unión nacieron nueve hijos, cuatro de los cuales murieron prematuramente. Entre las cinco hijas que sobrevivieron, Teresa, la futura santa patrona de las misiones, es una fuente preciosa para comprender la santidad de sus padres: educaban a sus hijas para ser buenas cristianas y ciudadanas honradas. A los 45 años, Celia recibió la noticia de que tenía un tumor en el pecho y pidió a su cuñada que, cuando ella muriera, ayudara a su marido en la educación de los más pequeños: vivió la enfermedad con firme esperanza cristiana hasta la muerte, en agosto de 1877.

Luis se encontró solo para sacar adelante a su familia: La hija mayor tenía 17 años y la más pequeña, Teresa, cuatro y medio. Se trasladó a Lisieux, donde residía el hermano de Celia; de este modo la tía Celina pudo cuidar de las hijas. Entre 1882 y 1887 Luis acompañó a tres de sus hijas al Carmelo. El sacrificio mayor fue separarse de Teresa, que entró en el Carmelo a los 15 años. Luis tenía una enfermedad que lo fue invalidando hasta llegar a la pérdida de sus facultades mentales. Fue internado en el sanatorio de Caen, y murió en julio de 1894.

No estamos habituados a pensar en la santidad de un matrimonio, porque nuestra experiencia nos lleva a unir la santidad a un individuo. Juan Pablo II se atrevió a ir más allá de los esquemas, beatificando a Luis y María Beltrame Quattrocchi. Ahora, el Papa Benedicto XVI ha decidido añadir a ellos a los cónyuges Martin, a fin de mostrar a los padres y madres de familia de todo el mundo la grandeza de la vocación a la vida conyugal. Así se concreta la invitación de Juan Pablo II: "Es el momento de proponer de nuevo a todos con convicción este "alto grado" de la vida cristiana ordinaria. La vida entera de la comunidad eclesial y de las familias cristianas debe ir en esta dirección" (Novo millennio ineunte, 31) y del concilio Vaticano II: "Todos los fieles, de cualquier estado o condición, están llamados a la plenitud de la vida cristiana y a la perfección de la caridad" (Lumen gentium, 40).

¿Qué es lo que fascina de los esposos Martin? ¿Qué mensaje deja esta familia a la Iglesia y a la sociedad? Sin duda fascina la valentía de esta familia que, después de diecinueve años de matrimonio, ante la crisis económica que afligía a Francia, queriendo garantizar bienestar y futuro a sus hijos, halló la fuerza de dejar Alençon y trasladarse a Lisieux, como tantos hombres y mujeres de nuestro tiempo, "emigrantes" en busca de lo que pudiera hacer más bella la vida y concreta la esperanza. Hay una belleza que emana de su trabajo artesanal emprendedor: Luis Martín, como relojero y joyero; y Celia Guérin, como pequeña empresaria de una taller de bordado. Junto con sus cinco hijas, emplearon tiempo y dinero en ayudar a quienes tenían necesidad. Su casa no fue una isla feliz en medio de la miseria, sino un espacio de acogida, comenzando por sus obreros. El matrimonio Martin nos recuerda que existe una ética que debe imbuir la vida de los empresarios, poniendo en el centro el valor de la persona humana (cf. Populorum progressio, 42-44). Anima su testimonio cristiano de laicos, vivido dentro y fuera de las paredes del hogar, a través de la belleza de su vida, la fascinación de los sentimientos, la transparencia del amor, sabiendo dedicarse tiempo, porque "el amor no es un trabajo para hacer de prisa" (M. Noëlle). El compromiso eclesial de los esposos Martin recuerda que "la futura evangelización depende, en gran parte, de la iglesia doméstica" (Familiaris consortio, 52), y tiene el sabor de la ternura.

(fuente: www.vatican.va)

lunes, 28 de julio de 2014

28 de julio: San Sansón de Dol

Abad y Obispo
Martirologio Romano: En Dol, ciudad de la Bretaña Menor (Francia), san Sansón, abad y obispo, que propagó en Domnonia el Evangelio y la disciplina monástica, que había aprendido en Gales del abad san Iltudo (c. 565).
Etimología: Sansón = hombre de gran fortaleza, del arameo

San Sansón fue uno de los principales misioneros ingleses del siglo VI. Actualmente se le venera en Gales del Sur y en Bretaña. Nació hacia el año 485. Su padre, Amón, era originario de la provincia de Dyfed y su madre, Ana, de Gante. El nacimiento del niño fue la respuesta del cielo a las incesantes oraciones de sus padres. Por ello, cuando Sansón tenía apenas cinco años, sus padres le consagraron a Dios en el monasterio fundado por San Iltud en Llantwit de Glamorgan, que fue un verdadero almacigo de santos. Sansón fue desde el primer momento muy virtuoso, de inteligencia despejada y de gran austeridad de vida. San Dubricio le ordenó primero diácono y después sacerdote. Como Sansón era todavía muy joven, ello despertó la envidia de dos monjes que eran hermanos entre sí y sobrinos de San Iltud, ya que uno de ellos aspiraba a suceder a su tío en el gobierno del monasterio. Dichos monjes trataron de envenenar a Sansón, pero el veneno no le produjo efecto alguno. Entonces, uno de los dos hermanos se arrepintió. El otro fue víctima de un ataque en el momento en que recibía la comunión de manos de su victima, pero las oraciones del santo le restituyeron la salud. Sansón obtuvo permiso de trasladarse a una isla en la que había un monasterio gobernado por un tal Piro. Se cree que se trataba de la isla de Caldey, frente a la costa de Pembrokeshire. Ahí, el santo "pasaba día y noche en oración y comunión con Dios y llevaba una vida de admirable paciencia y recogimiento y, sobre todo, de gran amor de Dios. Empleaba el día entero en el trabajo manual, con la mente puesta en Dios." Como el padre de Sansón sintiese que se acercaba la hora de su muerte, mandó llamar a su hijo. Este se resistió al principio a volver al mundo, pero Piro le reprendió y le dio a un diácono por compañero. Cuando Sansón administró los sacramentos a su padre, éste recobró la salud. Entonces el padre y la madre del santo determinaron abandonar el mundo. Después de encontrar acomodo a su madre en un convento, Sansón regresó a la isla con su padre, su tío Umbrafel y el diácono que le había acompañado. San Dubricio había ido a la isla a pasar la cuaresma, según la costumbre de la época y, cuando se enteró de las maravillas que había obrado Sansón durante el viaje, decidió llevarle consigo a su monasterio. Poco después falleció Piro y Sansón fue elegido abad. Viviendo casi en completa clausura, Sansón consiguió restablecer poco a poco la disciplina en el monasterio. También hizo un viaje a Irlanda y dejó a cargo de Umbrafel un monasterio que se le confió en aquel país. A su vuelta a la isla, renunció al cargo de abad y se retiró con su padre y otros dos monjes a una ermita de las cercanías del río Severn.

Pero la paz se vio pronto turbada en aquella soledad, ya que Sansón fue nombrado abad del monasterio que, "según se dice, había fundado San Germán." Poco después, San Dubricio le confirió la consagración episcopal. La víspera de la Pascua, Sansón tuvo una visión en la que se le ordenó que partiese al otro lado del mar. Así pues, se trasladó a Cornwall con sus compañeros; al cabo de un "viaje feliz, con viento favorable", desembarcó en los alrededores de Padstow. Inmediatamente, se dirigió al monasterio de Docco (actualmente de San Kew). En cuanto los monjes supieron que se hallaba en las cercanías, enviaron al hombre más prudente del monasterio, Winiaw, quien poseía el don de profecía, para que saliese a su encuentro. Ello no significa que le hayan recibido particularmente bien, ya que, cuando Sansón decidió quedarse en el monasterio, Winiaw le indicó con gran tacto que no lo hiciese, "pues nuestra observancia ya no es la que solía ser. Prosigue tu camino en paz..."

Sansón interpretó esas palabras como una señal de Dios y atravesó todo Cornwall en una carreta que había llevado de Irlanda. En el distrito de Trigg convirtió a muchos idólatras al resucitar un niño que se había caído del caballo. Fundó una iglesia en Southill y otra en Golant, siguió el río Fowey hasta la desembocadura y ahí se embarcó con rumbo a la Bretaña, dejando al cuidado de su padre el monasterio de Southill. No es imposible que durante su larga estancia en Cornwall haya visitado las Islas Scilly, ya que una de ellas tomó el nombre del santo.

Los biógrafos de Sansón hablan, sobre todo, de los milagros que realizó en la Bretaña. Viajó por toda la región predicando el Evangelio y llegó hasta las Islas del Canal; uno de los pueblecitos de Guernsey lleva su nombre. Igualmente fundó dos monasterios: uno en Dol y otro en Pental, en la Normandía. El santo fue uno de los que ayudaron al legítimo príncipe Judual a recobrar el trono que le había arrebatado su rival, Conmor, el año 555. En una visita que hizo a París, Sansón atrajo sobre sí las miradas del rey Childeberto; según se cuenta, el monarca le nombró obispo de Dol. Probablemente nuestro santo fue el "Sansón, Pecador, Obispo" que firmó las actas del Concilio de París el año 557. Pero es cierto que Dol no constituyó una sede episcopal regular sino hasta el siglo IX. San Sansón murió apaciblemente entre sus monjes, el año 565.

(fuente: catholic.net)

domingo, 27 de julio de 2014

27 de julio: San Simeón

SAN SIMEÓN ESTILITA, EL VIEJO
Anacoreta
(Siglo IV)

Pastor desde los días de su infancia, sabía de Dios lo que le había enseñado una madre cristiana, y lo que ahora le enseñaba la inmensidad del desierto. Guiando sus ganados por aquellas soledades de Arabia, en que había nacido, recordaba las venerables figuras de los antiguos patriarcas y como apenas sabía rezar, recogía la goma odorífica del árbol balsámico y la quemaba sobre una piedra como homenaje al Dios verdadero. Su soledad empieza a poblarse de ángeles bellísimos, a iluminarse con sueños encantados y a llenarse de voces misteriosas. Dios mismo se convierte en catequista del inocente zagal. Un día entra en la iglesia, y los cantos litúrgicos son para él una revelación. Quiere oírlo todo, entenderlo todo, practicarlo todo. Otro día se entera de que acaban de morir sus padres, y entonces el pastorcillo árabe, guiando su rebaño, llega hasta el monasterio de Teledan, en los confines de la Siria. El abad le recibe sonriente, y maravillado de aquella fe, le viste la cogulla. Simeón es ya un mancebo fuerte y musculoso, pero de menguada estatura. Tiene una mirada firme, un aire gracioso, una blonda y crespa melena, un rostro bello y curtido y un gesto firme y noble. Su naturaleza se ha templado con los ardores y las privaciones del desierto.

Pronto el joven novicio empieza a dar muestras de su alma de acero. Como las austeridades de la regla le parecen juego de niños, busca en el huerto un lugar retirado, cava un hoyo, y allí se mete hasta medio cuerpo, recibiendo de día los dardos abrasadores del sol, y de noche las picaduras del hielo. Esto, dos estíos y dos inviernos, hasta que los monjes empezaron a inquietarse por aquel hermano, que no aparecía en sus rezos, ni en sus comidas, ni en su sueño, ni en sus trabajos. «Es un extravagante—decían—; tiene la manía de la singularidad; se imagina que toda la virtud está en la penitencia.» Hubo un verdadero motín en el monasterio. En vano el abad trató de convencer a sus monjes de que se trataba de un caso extraordinario; de una lámpara de penitencia que Dios quería colgar en medio de una sociedad afeminada y decadente. Arrojado de su abadía, Simeón se ocultó primero en un bosque, después en el agujero de una roca, y, finalmente, entre las ruinas de un edificio antiguo. Bajo la mirada de la estrella, o entre las madrigueras de los tigres y los escorpiones, su vida era siempre la misma: meditaba continuamente, luchaba contra el demonio, trabajaba y hacía penitencia, comiendo sólo los domingos, y en tan pequeña cantidad, que su alimento no abultaba lo que un huevo de gallina.

Así pasaron algunos años más, hasta que el solitario se sintió movido a buscar otro retiro. Caminando hacia el Noroeste, llegó a un burgo llamado Tel-Neshín, donde había un monasterio, cuyo abad le dio benévola acogida. Por primera vez pasó allí la Cuaresma sin comer ni beber, completamente emparedado. Es un régimen que seguirá durante todas las Cuaresmas, hasta el fin de su vida. Esto le costó mucho al principio; pero poco a poco se le fue haciendo más fácil. Los primeros días del ayuno solía pasarlos en pie; cuando empezaba a cansarse, se sentaba, y así rezaba el oficio; al fin se permitía tumbarse en tierra. Hay que reconocer que este hombre extraordinario, hijo de pastores nómadas, hombre del desierto, crecido en la inmensidad del desierto, no estaba hecho para la vida de comunidad. Todas las reglas resultaban insuficientes para él. La soledad le apasionaba, y, agitado por ese anhelo, dejó un día el monasterio de Tel-Neshín, y se fue a vivir en lo más alto de una montaña cercana a quince leguas de Antioquía; y para que nadie le molestase, levantó una tapia de piedras en torno de su retiro. Fue inútil; las penitencias del anacoreta empezaron a correr de boca en boca por toda la legión; los milagros se escapaban de sus manos sin él darse cuenta; las gentes empezaron a cubrir la montaña, y su encierro, dice el biógrafo, semejaba un mar, en el que por diferentes caminos, como por otros tantos cauces, desembocaban las multitudes de pueblos deseosos de ver aquel milagro del Universo.

Nuevamente tuvo Simeón la idea de huir; pero luego pensó que no tardaría en ser descubierto otra vez. Había ensayado todos los medios: los bosques, las cuevas, los valles, las montañas y los sepulcros, y todos le habían dado el mismo resultado. Vio que le sería imposible esconderse en las profundidades del mar; excogitó algún medio que le sostuviese colgado entre el Cielo y la tierra. Tuvo envidia de la luna, que cruzaba el espacio sin que nada pudiese turbar su quietud silenciosa. Habría sido feliz si hubiera podido vivir en la claridad del aire, suspendido de una estrella por un hilo invisible. Era indispensable alejarse de la multitud, contener el oleaje de la concurrencia, evitar el roce de las gentes, que se agolpaban en torno suyo y no quedaban satisfechas hasta tocar los pliegues de su manto. Una noche, el penitente de Tel-Neshín construyó una columna en el centro de su elevado albergue, y, al amanecer, su cuerpo menudo y flaco apareció erguido en lo alto del pedestal.

Cuando sus admiradores llegaron a visitarle, él sonrió, contento de lo ingenioso de su invención. Rápidamente la noticia se extendió por todo el Oriente. Muchos dieron en criticarle. Nuevamente se hablaba de su afán de singularidad, de su orgullo, de su manía por salirse de los caminos trillados. La protesta fue general entre los monjes egipcios. Reunióse una gran asamblea de anacoretas y cenobitas, discutióse el caso de aquel innovador del desierto de Siria, y una gran mayoría iba a declararle fuera de su comunión, cuando algunos ancianos propusieron un arreglo, que a todo el mundo le pareció razonable. «Puede ser que esto sea obra del Espíritu—dijo un abad encanecido en la dirección de las almas—, y tenéis un medio seguro para disipar vuestras dudas: enviad una diputación de monjes austeros y prudentes; intimadle la orden de abandonar un camino que no siguieron los Padres antiguos, y si, oído vuestro mandato, se dispone a bajar de la columna, es señal de que le guía un espíritu de humildad, de sinceridad y de obediencia, es decir, el Espíritu de Dios. En este caso dejad que la luz sea colocada en lo alto para que luzca a todos los que están en la casa de Dios.»

Mucho se extrañó Simeón al recibir la misiva de los monjes de Egipto. En su ingenuidad, parecíale que no hacía mal a nadie al buscar en el aire un refugio contra las importunaciones de la tierra. No obstante; se disponía ya a bajar en silencio, cuando uno de los diputados le dijo: «No os mováis, padre; vemos que vuestra iniciativa procede de Dios; Él os dé fuerzas para que los vientos del aquilón no extingan vuestra linterna.» Alegre con esta aprobación de las grandes autoridades del yermo, Simeón permaneció sobre su columna. Treinta y cinco años tenía cuando empezó a vivir de esta manera. Su primera columna tenía doce codos; la segunda, veintidós; la tercera, treinta. Después de siete años, deseando alejarse más de la tierra, añadió diez codos más.

El diámetro era siempre el mismo: un solo codo. Desde entonces se le empezó a llamar el Estilita; el hombre de la columna. Día y noche se le veía en pie, como una estatua. No podía recostarse, ni arrodillarse, ni sentarse. Rezaba, predicaba, sufría el terrible azote del simún del desierto, los ardores del sol, las lluvias, los hielos y la dura caricia de las nubes de arena. Rezaba toda la noche; al amanecer dormía, acurrucado, tocando casi la cabeza con los pies. Para no caerse, habíase atado a un hierro que había en la altura. Al salir el sol oraba de nuevo. Veíasele estático, inmóvil, con los brazos extendidos y los ojos fijos en el cielo. A veces el fuego de la oración se manifestaba en gritos incontenibles o en multiplicadas adoraciones, que encorvaban su cuerpo, llegando casi a tocar con la frente el extremo de la columna. Desde la hora nona hasta la puesta del sol entraba en comunicación con las gentes que iban a visitarle: predicaba, exhortaba, aconsejaba, curaba a los enfermos, y, después de dar su bendición a la multitud, la despedía para volver de nuevo a su conversación con Dios.

Tal fue su vida durante treinta y siete años. Para defenderse contra el frío, no tenía más que una blanca túnica de cuero, que le llegaba hasta los pies, y una montera de piel de oveja, que le cubría la cabeza y dejaba escapar gruesos mechones de su abundante cabellera. Su barba llegaba hasta el estómago, y del cuello le colgaba una cadena. Su mayor tormento era el estar siempre en pie. Las piernas se le hinchaban y llenaban de úlceras; la carne se le pudría, dejando al descubierto los huesos y los nervios; las vértebras se le habían desencajado, y la espina dorsal se negaba alguna vez a sostenerle, a pesar de su voluntad indomable. Pero nada podía amenguar el fervor de su espíritu. Asociado por el alma a las alegrías de los ángeles, apenas tenía tiempo para darse cuenta de los dolores. Jamás quiso médicos, ni medicinas, ni socorro alguno de la tierra. Su cuerpo deshecho—dice el biógrafo—estaba en una columna de piedra; pero su espíritu enhiesto se alzaba sobre una columna de fuego. Veíasele como una llama gigantesca que pugna por trasponer las nubes.

La luz de aquella llama iluminaba toda la cristiandad. Desde su candelero, Simeón lanzaba anatemas ardientes contra la herejía y el cisma, ayudaba a Cirilo de Alejandría en su lucha contra la doctrina de Nestorio, amedrentaba, a los paganos y a los judíos, detenía prodigiosamente la persecución en Persia, aterraba a los opresores de los pueblos, convertía a los habitantes del Líbano, y con su palabra, con su oración, con sus milagros, arrastraba hacia Cristo a los idólatras y a los herejes. Las conversiones eran innumerables. Las gentes confesaban sus pecados entre sollozos, abrazando y besando la columna; el Estilita las bendecía, rezaba sobre ellas y las enviaba consoladas. Su fama había llegado más allá de las fronteras del Imperio. Los árabes le miraban como a un dios, los partos como a un mago, los maronitas como a un ángel; de Iberia y de la Galia salían nutridas peregrinaciones para ver al hombre singular; en Roma, los artesanos ponían su retrato a la puerta de sus casas, como remedio contra la adversidad; los patriarcas y los obispos decían la misa al pie de la columna, y, subiendo por una escalera, daban la comunión al asceta prodigioso; Teodosio el Joven le consultaba y recibía respetuoso sus epístolas terribles; el emperador Mauricio se disfrazaba de soldado para verle sin ser reconocido, y reyes y pueblos, hombres y mujeres, magistrados y siervos, cristianos e infieles, todos le respetaban, le temían, le admiraban y solicitaban su intercesión. El, entre tanto, se llamaba, en carta que conservamos todavía, el hombre más vil y despreciable, el aborto de los monjes, el último de los discípulos de Cristo.

En el estío de 459 el concurso en torno a la columna se hizo más numeroso que nunca. Un terremoto acababa de arruinar la ciudad de Antioquía y otras poblaciones de la comarca. Los habitantes se refugiaron en el desierto, junto al prodigioso Estilita. Aun llegaron a tiempo para recibir, la bendición del santo y sus palabras de misericordia. Pero estaba agotado, gastado, deshecho. Sus ojos lanzaban un fulgor de fiebre en las órbitas profundas; sus manos temblaban, y todo su cuerpo se estremecía. Una mañana de aquel mismo estío apareció inmóvil, hecho un ovillo sobre la columna. Era la inmovilidad de la muerte. Los habitantes de Antoquía recogieron los despojos y se los llevaron, quemando perfumes en torno, cantando himnos y llenando el desierto con sus lamentaciones. El patriarca con sus obispos, y el tribuno militar con sus condes, presidían el singular cortejo.

(fuente: www.divvol.org)
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