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martes, 7 de octubre de 2014

07 de octubre: Santa Taide (o Thais) de Egipto

Penitente
Etimología: Taide = habitante de Tebas. Viene de la lengua egipcia.

En ocasiones se piensa que llegar a ser santo presupone una existencia de oración, enclaustramiento o martirio; si bien en muchos casos así ha sido, en otros no: ya que acérrimos pecadores recalcitrantes han logrado la santidad, y así lo demuestra la vida de Thais. Era egipcia.

Se desconocen la fecha y el lugar de su nacimiento, y los detalles de su familia e infancia. Su biografía se remonta a su juventud, cuando, por su belleza se dedicó al oficio de la prostitución y vivió con riquezas y lujos; sin embargo, se dice que no era feliz.

El hecho que cambió su vida pecadora fue conocer a un eremita dedicado a la oración y la penitencia, en la soledad del desierto de la Tebaida, y este eremita, con el tiempo, sería conocido como San Pafnucio (11 de septiembre); aconsejándola, logró el sincero arrepentimiento de Thais, quien abandonó su conducta disipada.

El venerable varón le dijo que como penitencia, para que demostrara que estaba sinceramente arrepentida, permanecería el resto de sus días en la celda de un monasterio femenino, en continua oración y penitencia extrema.

Tiempo después, por su piedad, Thais profesó en la vida religiosa, en la cual fue ejemplo de santidad y fidelidad al Creador hasta su muerte en aquel lugar.

Su culto se pierde en la memoria de los tiempos. Iconografía: con burda túnica, en actitud orante; a su lado una calavera, alusiva a la penitencia.

Intercesora de pecadores arrepentidos que llevaron una vida desordenada.

(fuente: catholic.net)

lunes, 6 de octubre de 2014

06 de octubre: San Bruno

Presbítero
(1032-1101)
Fundador de la cartuja.

Bruno de Hartenfaust, el «Maestro Bruno», como le llaman los antiguos documentos, había nacido en Colonia. Joven aún, deja su patria atraído por la curiosidad de la ciencia y la fama de las escuelas francesas. De ciudad en ciudad, llega a la de Tours, donde entonces enseñaba Berengario, el heresiarca, famoso algo más tarde por sus polémicas sobre la Eucaristía. También Bruno se dejó cautivar algún tiempo por su continente majestuoso, por su gesto teatral, por su afectada brillantez y por las modulaciones presuntuosas de su palabra. Aún en la flor de la vida, abre también él una cátedra en Reims, donde medio siglo antes había resonado la maravillosa elocuencia de Gelberto. Pronto adquiere fama de profesor erudito y brillante. Se alaba, sobre todo, la seguridad de su doctrina. La fortuna le sonríe, la iglesia de Reims le nombra su preboste, las juventudes le rodean admirándole y aplaudiéndole, como poco antes al monje de Aurillac, como algo más tarde a Pedro Abelardo. Entre sus discípulos están un futuro santo y un futuro Papa: San Hugo, obispo de Grenoble, y Urbano II.

Pero Maestro Bruno es un hombre austero y grave. No sonríe ante los aplausos, ni parece tener en gran estima su renombre de sabio. En su ademán y en su palabra hay un dejo de desengaño, que no puede encubrir con el brillo de todos sus éxitos. La corrupción de la época le entristece, la simonía le asquea, la herejía le irrita. La Iglesia arde con el incendio suscitado por su antiguo maestro. Se conservan versos de su juventud, impregnados de aquella preocupación superior que acabará por alejarle del mundo. Entre otras cosas, decía: «Feliz el hombre que tiene su mente fija en el Cielo y evita el mal con vigilancia continua; feliz también aquel que, habiendo pecado, llora su crimen con arrepentimiento. Pero, ¡ay!, viven los hombres como si la muerte no existiese y como si el infierno fuese una pura fábula.» Los críticos no dan mucha fe a la leyenda, inmortalizada por el pincel de Lesueur, de aquel doctor que en el momento de cantarse, con motivo de sus funerales, las palabras de Job: Responde mihi, quantas habeo iniquitates, se había levantado del féretro, declarando haber sido condenado en el juicio divino. De todas suertes, el relato refleja crudamente las preocupaciones de Bruno en aquellos días de sus triunfos escolares. «Vivamos de tal modo—decía—que no tengamos que temer las lagunas del infierno.» Estas eran las ideas que solía revolver en sus meditaciones y discutir en las charlas con sus amigos. Más tarde, ya en el puerto de la soledad, escribía a uno de ellos: «¿Te acuerdas de la conversación que tuvimos un día con Fulcio en el jardín contiguo a la casa que él habitaba? Hablábamos, si mal no recuerdo, de las seducciones del mundo, de sus bienes perecederos y de los goces de la vida eterna; impulsados por el divino Amor, prometimos abandonar este mundo de sombras fugaces y consagrarnos únicamente a las cosas que duran.»

Tenía Bruno cuarenta años cuando acabó de resolver la crisis de su vocación. Sin embargo, le vemos vacilar algún tiempo sobre el camino que debía tomar. Primero se refugia en Molesmes, tomando el hábito benedictino bajo la dirección de San Roberto, el futuro fundador de los cistercienses. Aquella soledad no le parece aún bastante profunda; dirígese a Grenoble, acompañado de seis discípulos españoles y aquitanos, y con ayuda de San Hugo, obispo de la diócesis, fija su residencia en un lugar que llaman la Cartuja. Es un desierto bravío y casi inaccesible. Para entrar en él había que descolgarse por unas rocas escarpadas, cuyas cimas se tocaban en la altura. En el interior, las montañas formaban un estrecho valle, casi una prisión, donde resonaba el fragor de las aguas, que se despeñaban de precipicio en precipicio. Allí se alzó el primer monasterio de la Orden de San Bruno, el que debía dar nombre a todos los demás. El aislamiento y la aridez del sitio favorecían el ideal contemplativo que guiaba al jefe de aquellos fugitivos. Si los otros fundadores o reformadores habían adoptado una aptitud más o menos militante, haciendo salir a sus religiosos de las celdas para emplearlos en la predicación, en la polémica y hasta en las negociaciones diplomáticas con los potentados, él se desentendía de la vida activa para consagrarse, en cuanto lo permite la naturaleza humana, a la pura contemplación. Su anhelo era aproximarse a la existencia de los eremitas, primera forma de la vida religiosa en Oriente. Mas para evitar los inconvenientes que no permitieron a la obra de San Antonio permanecer largo tiempo en su primera forma, quiso moderar la vida solitaria de la celda mediante cierta participación en la vida de comunidad; de suerte que, como dirá más tarde el piadoso Lanspergio, el cartujo reúne la vida cenobítica y la eremítica, despojando una y otra de cuanto pudiera tener de peligroso.

Así, engendrada por el doble pensamiento de la muerte y del infierno, nació una de las Órdenes más austeras de la Iglesia, la única que ha conservado a través de los siglos todo el fervor primitivo, sin eclipse ni desfallecimiento. Los discípulos de San Bruno fueron la admiración de sus contemporáneos. Uno de ellos, Pedro el Venerable, describía con entusiasmo sus austeridades: ásperos cilicios, largas vigilias, ayunos continuos, silencio perpetuo con los hombres y conversación incesante con Dios. Nunca comen carne, su pan es un pan negro de cebada; admiten peces, si se los ofrecen, pero no los compran jamás. El queso y los huevos, únicamente los jueves y domingos llegan a su mesa. Los martes y los sábados se alimentan de legumbres cocidas; los lunes, miércoles y viernes ayunan a pan y agua. No tienen más que una comida diaria. En la puerta de su celda mueren los rumores del mundo externo. Rezan, transcriben códices o trabajan el jardincito circundante. San Bruno ha querido que sus hijos tengan cada uno un huerto, tal vez en memoria de aquel huerto donde un riego abundante de gracia le impulsó a tomar la resolución definitiva. Sólo se reúnen en la iglesia para rezar maitines a medianoche, y, durante el día, para misa y vísperas. Fuera de esto, viven solos, «levantando a Dios sus oraciones, con los ojos fijos en la tierra y los corazones clavados en el Cielo; con el hombre así interior como exterior, en el hábito, en la voz, en el semblante, sublimado por encima de las cosas visibles.» Tal es la forma de vida que Bruno dio a sus discípulos. No tuvo necesidad de escribir regla alguna, porque todos la veían viva en el maestro; pero uno de sus sucesores recogió por escrito las costumbres primitivas, formando así unas constituciones que, en su conjunto, no se pueden relacionar ni con la regla de San Basilio, ni con la de San Agustín, ni con la de San Benito, aunque sea cierto que el fundador se aprovechó de todas ellas.

San Bruno, fundador de la cartujaEntre aquellas rocas, coronadas de sabinas raquíticas, Bruno había encontrado el paraíso que soñara confusamente en las aulas. El profesor elocuente se había convertido en maestro silencioso. Fue el legislador y el más ilustre de los cartujos. Resumiendo el objeto de su nueva existencia, exclamaba: «¡Quiera Dios curar las enfermedades de mi alma y saciar esta sed devoradora de los bienes del Cielo!» La soledad era su delicia, y al hacer su elogio volvía a acordarse de su antigua elocuencia. Escribiendo a un amigo, le decía: «Sólo los que lo han experimentado pueden comprender las íntimas alegrías que hay en el silencio del desierto. Allí es donde uno puede penetrar a su sabor en el interior del alma; allí es donde es posible vivir con libertad enfrente de sí mismo, desarrollar en el corazón los gérmenes más sutiles de la virtud, recoger los frutos que aseguran los goces del paraíso. Allí es también donde se obtiene aquella mirada pura y casta que permite contemplar al esposo divino, cuyo amor sólo a los corazones puros se revela, y levantarse hasta la adorable Trinidad. Allí igualmente se gusta ese reposo tan activo y esa acción tan reposada de la contemplación. Es la vida representada por la Sulamitis, la más bella de todas las hijas de Israel; es la parte que escogió la Magdalena, y que nadie le puede arrebatar.»

Bruno, sin embargo, estuvo a punto de perder aquella felicidad. Un día llegó hasta él un correo del Papa Urbano II. Era seis años después de haberse escondido en la cárcel de aquellos montes, a fines de 1089. Su antiguo discípulo le mandaba ir a Roma. Fue, efectivamente, y tuvo que presenciar las intrigas, las ambiciones y las codicias de aquella corte, que Pedro Damiano acababa de anatematizar con toda la violencia de su genio intemperante. Designáronle para ocupar el arzobispado de Reggio. Era ya demasiado: Bruno cayó suplicante a los pies del Papa, descubriendo todo el horror que le causaba el monstruo engañador de los hombres. Hubo que dejarle ir; mas para que no le buscasen en su antiguo refugio, buscó otro en un valle de la Calabria, que fue el asiento de la segunda Cartuja. Allí pasó los últimos años de su vida orando, haciendo penitencia e hilvanando sus comentarios de los salmos y de las epístolas de San Pablo. El recuerdo de sus discípulos de Francia venía a turbar algunas veces la serenidad de su alma. Escribíales para animarles en la vía emprendida, y, una vez, recordando acaso su dolorosa aventura cortesana, les decía: «¡Oh hermanos míos muy amados!, regocijaos de haber entrado en el solitario retiro de un puerto tranquilo y seguro. Muchas almas ambicionan esta felicidad y se esfuerzan por conseguirla, pero no pueden; otras la pierden después de haberla conseguido. Es que no habían sido llamados por la voluntad de Dios. Y no dudéis, hermanos míos, de que quien llegue a perder este tesoro después de haber gozado de él, deplorará esa pérdida hasta la muerte.»

Pero he aquí que este hombre austero, que parece haber pasado por la tierra indiferente a todas sus alegrías, cercano ya a la muerte, nos abre su alma apasionada por las bellezas de la naturaleza. «¿Cómo ponderar—decía, hablando de su nueva residencia—los encantos, de este amable retiro, la blandura del aire que en él se goza, la espaciosa y deliciosa llanura que se extiende en medio de las montañas circundantes? ¿Qué decir de estas verdes campiñas y de estos prados floridos? ¿Cómo describir la belleza con que se elevan en suaves pendientes, allá en la lejanía, los recodos apacibles que forman los repliegues de los valles, el encanto que esparce el dulce murmullo de las fuentes y el claro correr de los arroyuelos, la abundante vegetación de los jardines y la variedad de los árboles que les dan grata sombra?» Por un momento, el grave asceta, el padre de los monjes más penitentes que tiene la Iglesia, llega a sospechar que la pluma le está haciendo traición. ¿Acaso un fiel servidor puede gozarse en otras alegrías que las que vienen de sus relaciones con Dios? No tarda en reaccionar: «Cuando el espíritu, aplicado tenazmente a los ejercicios religiosos, llega a fatigarse, estas distracciones le recrean y fortifican. El arco siempre tendido se afloja y no sirve para nada.»

Es el proceso, siempre humano, de la santidad. En el primer momento de su reacción espiritual, Bruno busca el lugar más sombrío de la tierra; cuando ha llegado a las alturas de la visión mística, aspira con fruición el deleite de las bellezas naturales. Un místico alemán ha dicho: «Nadie alcanza un verdadero amor a la Creación sin haber renunciado antes a ella, por el amor de Dios, de tal modo, que las cosas todas hayan estado como muertas para él y para ellas.»

(fuente: divvol.org)

domingo, 5 de octubre de 2014

05 de octubre: San Froilán y San Atilano

San Froilán
Obispos
(† 905 y 916)

Lugo, en Galicia, es la cuna de Froilán, el noble patricio, a quien Dios hace su voz y su espada, que se unen a la espada y a la voz de los bravos reyes de León para redondear la patria y afirmar la religión. Es Froilán providencial lucero que ilumina entre nosotros el caos de los tiempos de la Reconquista. Días de confusión eran aquéllos, y aquellos hombres, hombres de combate y de rapiña, que llevaban en el alma instintos fuertes y pasiones briosas. Había príncipes rebeldes, reyes caprichosos, condes ambiciosos, con una ambición brutal; pero en ningún desierto faltaba algún conde transformado en penitente. Había obispos rapaces, que reventaban al fin de fantásticos banquetes; pero en todos los grandes monasterios se encontraban obispos dimisionarios, que a los banquetes preferían las legumbres del huerto monacal. San Froilán recibió la misión de recoger aquellos impetuosos bríos para llevarlos a Dios. Su preparación fue en el desierto, como la de San Juan Bautista. Pero el espíritu de apostolado le inquietaba en la soledad. Un día, Froilán se metió en la boca un puñado de carbones llameantes, y su boca se purificó sin quemarse. Tenía la consagración del profeta. Y su palabra empezó a resonar como una trompeta divina en todo el reino de Alfonso III el Magno, desde Lugo, su patria, hasta Oviedo, hasta León, hasta la raya del Duero.

Era una palabra que sembraba haces de luz y globos de fuego, unida a una existencia entorchada de prodigios. Una tarde, la oscuridad le sorprendió en su camino de apóstol. Extendió su manto y echóse bajo la bóveda del cielo; y el cielo se abrió para dejar paso a dos palomas, que bajaron, rápidas como flechas, a introducirse en su pecho. La una era blanca como la nieve recién caída; la otra, roja y brillante como las llamas: bello relato en que los pueblos vieron un símbolo de su doctrina abrasada e inmaculada.

Fue un restaurador espiritual al lado de los condes que el rey Alfonso enviaba a las orillas del Duero para repoblar las antiguas ciudades. Reformador austero, la predicación evangélica salía de sus labios con acentos proféticos. Hablaba de hambres, de pestes, de guerras, de saqueos; de incendios de ciudades. Todo aquel siniestro llamear del alfanje de Almanzor estaba medio siglo antes en el vibrar de su voz. Los hombres lloraban y temblaban al oírle, dejaban sus vanidades y marchaban a morir por la cruz en la batalla o a sepultarse en el hueco de un peñasco. La sola presencia de aquel monje caminando por los pueblos y las ciudades al lado de su asnillo, era un clamor de penitencia.

Ningún instinto se le resistía, ni el instinto de los animales salvajes. Un lobo enorme, hermano y precursor del lobo de Gubbio, devoró un día a su asno y se volvió a la selva. El santo no tuvo más que mandar: «Fiero animal, ven a confesar tu pecado.» Y el animal salió de su guarida y se echó a sus pies. Desde entonces se le vio caminar delante del apóstol, llevando el hatillo de la Biblia y otros libros santos. Tal era el imperio de aquella voz apostólica. Lo mismo domaba a los hombres e imponía sobre sus espaldas el yugo de la ley de Dios.

Los que se convertían con sus predicaciones pedíanle un asilo donde hacer penitencia, y, respondiendo a esos deseos, iba levantando monasterios, que eran como ciudadelas donde guardaba a los libertados del enemigo. Eran estadios de penitencia y hogares de cultura y de arte. Así aseguraba el fruto de su palabra y encendía fogatas de vida en las regiones fronterizas, castigadas por las incursiones seculares de los moros. Una de esas ciudadelas fue Távara; más que ciudadela, fue una ciudad; ocupaba todo un valle del Esla, en la provincia de Zamora. Cerca de mil monjes se agrupaban allí a la sombra de la famosa torre Tavarense. Allí Froilán templaba su voz y caldeaba su alma. Él era el abad, y otro santo, Atilano, que tantas veces le acompañó por los caminos, el prior.

En un cuarto contiguo a la esbelta torre está el escritorio, porque debe haber de todo en un gran monasterio. Allí está ya Magio, niño todavía, el pintor de imaginación poderosa y atormentada, el futuro renovador y embellecedor de la miniatura, que entonces apenas si sabía cortar el pergamino. Los últimos brillos de la tarde doraban la torre policroma; el artista, asomado a un ajimez, recoge las escenas de la vida campesina, y se deleita en aquellos colores que más tarde reproducirá en los pergaminos. Se oía el golpear de los martillos en las herrerías, la salmodia de los hermanos zapateros y de los hermanos panaderos, el murmullo de la sierra y el eco del hacha en los troncos de los árboles. Por todo el valle se afanaban trabajando grupos de hombres vestidos con el tosco sayo monacal, junto al río, al pie de la colina, en el bosque espeso. Era la colmena de los monjes, creación de Froilán. Por el fondo del valle dos viejecitos caminaban penosamente, y delante de ellos el lobo del abad.

—¡Nuestros padres!—exclamó Magio, volviéndose a los escribas.

Froilán y su prior regresaban de la corte de León. Su primera visita fue para el escritorio. Froilán amaba con pasión los libros; Atilano había sido maestro de calígrafos. Estaban tristes; una pena muy honda les abrumaba. Pronto se supo la causa: habíanles hecho obispos; a Froilán, de León; a su prior, de Zamora. Harto habían luchado. Froilán pretextaba que era un pecador y un falso monje, y que tenía hijos—cierto, miles y miles había engendrado para Cristo—; pero nadie lo quiso creer. Tuvo que ir a hacer de una manera especial en la diócesis de León lo que hiciera durante medio siglo en todo el reino.

San Atilano
* * *

Entre tanto, Zamora lloraba la ausencia de su pastor, que se había marchado a tierras lejanas; y diariamente, al ocultarse la luz, cerraba con cuidado sus puertas por temor a las mesnadas moras que cabalgaban al otro lado del Duero. Cerradas las encontró una noche un viajero que, apoyado sobre su tosco cayado, avanzaba por la orilla del río. Venía pálido y polvoriento; el cansancio y la penitencia se reflejaban en su cuerpo débil y en su mirada hundida. Sobre el manto raído, una concha le consagraba como peregrino. Disponíase a descansar bajo el manto que la noche tiende sobre las cosas, cuando vio cerca una luz y recordó que allí estaba la ermita de San Vicente. Llamó a la puerta y fue recibido con bondad. Un sencillo matrimonio vivía allí custodiando el altar del mártir. Los ermitaños partieron con el huésped su pobre cena, que, a falta de otra cosa, tuvo la salsa de la caridad.

—Parecerá extraño—decía la mujer al peregrino—. Hay caras en este mundo que se parecen como dos gotas de agua. Así se parece la vuestra a la de nuestro antiguo obispo Atilano.

Y empezó a contar una historia que dos años antes había excitado vivamente la imaginación del pueblo, pero que ya empezaba a olvidarse. Es el hecho que un buen día el obispo desapareció. Afirmaban algunos que se consideraba indigno de regir una iglesia y de llevar una mitra; otros decían que se había acordado de algunos pecadillos de su juventud, y que para borrarlos emprendió una larga peregrinación, y aun añadían que, paseando por el Duero, había arrojado su anillo episcopal al agua, y hasta repetían las palabras que, al hacerlo, dijera: «Entonces sabré que Dios ha perdonado mis pecados, cuando la joya que ahora echo al río vuelva a mi poder.»

Hombre bueno era aquel pastor perdido: providencia para los desgraciados, para los niños alegría, para todos norte y consejo. La doctrina de la verdad fluía de su boca con la misma abundancia que la limosna de sus manos. Era mucho lo que sabía, y decíalo tan elegantemente, que pocos le igualaban en aquel reino del gran Alfonso, que Dios aumentaba cada día con ruidosas victorias. Él había venido de tierra de moros, de la región de Tarazona; pero en su nueva patria lo había encontrado todo: fe, ciencia, devoción, favores de reyes y admiración de pueblos. Había predicado por todo el reino con el obispo Froilán, de santa memoria; había aprendido mucho leyendo y copiando libros en la abadía famosa de Sahagún; en Távara había sido capitán de legiones de monjes, y, al fin, cuando el rey quiso repoblar aquella ciudad de Zamora y hacer de ella una avanzada de la Cruz, en la misma frontera del Islam, no había encontrado hombre más a propósito para dirigir al pueblo cristiano en el puesto del peligro que aquel varón bienaventurado, hecho a todas las fatigas y ávido de azares y martirios. Y allí Atilano era centinela y padre y maestro, confianza de los guerreros y sostén de los trabajadores.

La buena mujer hablaba, hablaba sin descanso, y no caía en la cuenta de que su marido se dormía, y de que entre la barba nevada del huésped florecían sonrisas burlonas...

Al día siguiente fue, muy de mañana, el ermitaño al palacio episcopal, para recoger la limosna que diariamente recibía del administrador de la curia. Dábale el limosnero algunos pececillos; pero, habiendo dicho que tenía en su casa un huésped ilustre, que había recorrido muchas tierras y que parecía ser un varón de Dios, le añadieron un gran barbo del Duero. Ya en casa, salió a recoger unos palos para encender la lumbre, mientras su mujer limpiaba y destripaba el pez. El peregrino, entre tanto, en un rincón de la ermita, prolongaba su oración entre lágrimas y sollozos.

De repente, la buena mujer empieza a lanzar gritos nerviosos y descompasados:

—¡Milagro!, ¡milagro! ¡El anillo del obispo! Es esta misma figura: el hombre con la oveja al hombro. ¡Yo misma se lo besé cien veces! ¿Habráse visto caso más extraño? Y, no cabe duda, es él. ¡En las entrañas del pez! ¡María Santísima, qué cosas pasan en la vida!
—Pero ¿qué te sucede, mujer? Parece que te has vuelto loca—dijo el ermitaño, apareciendo en el umbral con su carga de leña.
—No es para menos, hijo—replicó ella—. Figúrate tú: el anillo del obispo Atilano; el mismo, el mismo, en la tripa del pez.
—Efectivamente—dijo el ermitaño, cogiendo la joya en su mano.
—¿Ves—observó ella—cómo era verdad todo lo que se contaba? ¿Y sabes lo que estoy pensando?... Que ese palmero es él. Ya le dije ayer que se le parecía. Ahora no me cabe duda que es él.

Unos momentos después, cuando el huésped, atraído por los gritos, salía de la capilla, aquella mujer corrió hacia él, y, mostrándole el anillo, le dijo:

—¿Conocéis esto?
—¡Cómo!—exclamó el desconocido—. ¿Le teníais vos?
—No; le tenía este barbo que hoy nos han dado para comer.

La cara del peregrino se iluminó, sus ojos se llenaron de lágrimas, cayó de rodillas, y exclamó: «Bendito seas, Señor Dios de Israel, que te has dignado visitar a tu siervo. Alábenle los que glorifican tus misericordias, porque sabes la hora en que has de consolar y ensalzar a los que te temen. ¿Quién soy yo, hombrecillo miserable, para que hagas conmigo semejantes maravillas?» Y cuentan las viejas crónicas que en aquel mismo instante todas las campanas de la ciudad empezaron a repicar, movidas por manos invisibles. Y la ciudad en masa se apresuró a recibir a su obispo.

Muchas veces encontramos en las vidas de los santos hechos que llamamos casualidades, y aunque lo sean, a nuestra manera de entender, no lo son con respecto a Dios. Dios, que tiene en sus manos los hilos de todos los movimientos de las cosas, ha querido más de una vez hacerlos converger de una manera prodigiosa, para mayor gloria de sus siervos. Si recordamos la sentencia de los salmos: «Dios hará la voluntad de los que le temen», no nos extrañaremos de la manera con que Dios quiso premiar la fe, la delicadeza, la sencillez de su siervo Atilano, a quien el temor de haber ofendido a un Padre tan bueno no permitía descansar.

Siete años gobernó todavía la diócesis de Zamora; su nombre aparece en los documentos hasta el 915: «Atilanus peccator. Atilano, pecador.» Una lápida de la vieja catedral románica recuerda todavía el lugar de su sepultura y los prodigios que obró en favor de los necesitados. Su figura es una de las más hermosas del episcopado medieval en el reino leonés. Lo que más nos admira en él es el anhelo de perfección que le animaba. Él le lleva desde las orillas del Ebro a una tierra donde se podía practicar el Evangelio con toda libertad; él le lleva al monasterio de Sahagún, donde hace dos siglos se enseñaba todavía un códice escrito por su mano; él le encamina hacia San Froilán, a quien sigue con humildad admirativa; y él, finalmente, con el recuerdo de la sentencia de San Pablo: «No sea que predicando a los demás sea yo condenado», le hizo emprender aquella famosa peregrinación que terminó tan prodigiosamente.

En Távara quedaba Magio, el gran miniaturista, y después de él vendrá su discípulo Emeterio, el que puso estas palabras al pie de un dibujo de la torre: «¡Oh torre tavarense, alta y lapídea, donde tanto tiempo pasé inclinado sobre el códice, quebrantando juntamente mi cálamo y mis miembros!..,» Aún conservamos las obras maestras de estos artistas de Távara, que, unos lustros después de la muerte del fundador del monasterio, transcribieron e iluminaron en su escritorio los comentarios del Apocalipsis del Beato de Liébana. En su arte vibra la genuina aspiración de la raza. Es francamente español por la fuerza del colorido, por las riquezas de los detalles, por la energía, la vida, el dramatismo y el movimiento profundo de las escenas. El sentido de la realidad se junta a la más desaforada imaginación; y si las figuras se alejan con frecuencia, la llama que late dentro hace de este arte monacal uno de los más impresionantes de todos los siglos... Después vino Almanzor, y de la bella torre no volvieron a salir más santos para el Cielo ni más obras maestras para la tierra.

(fuente: divvol.org)

sábado, 4 de octubre de 2014

04 de octubre: San Petronio de Bologna

San Petronio (fallecido ca. 450 d. C.) fue un obispo boloñés del siglo V, patrón de Bolonia, canonizado por Gregorio IX en 1234. Nacido en el seno de una noble familia romana, Petronio se convirtió y tomó la orden sacerdotal. Ya como obispo de Bolonia, encargó la construcción de la iglesia de San Esteban.

La única información histórica fiable que conservamos sobre San Petronio se deriva de una carta escrita por el obispo Euquerio de Lyon (muerto entre 450–455) a Valeriano (en P. L., L, 711 ss.), y de un texto de Genadio de Marsella titulado De viris illustribus XLI (ed. Czapla, Münster, 1898, p. 94). Euquerio afirma que el «santo obispo Petronio era renombrado en Italia por su virtud». Leemos en Genadio que Petronio, además, pertenecía a una noble familia cuyos miembros habían ostentado puestos prominentes en la corte Imperial de Milán, y que a finales del siglo IV y principios del V ocupaban puestos en la administración provincial.

Su padre —llamado también Petronio— fue probablemente prœfectus prœtorio, ya que al parecer existió un personaje con este nombre en un puesto administrativo de la Galia entre 402 y 408. Euquerio incluso sugiere que el futuro obispo mantuvo una importante posición en la administración secular (P. L., L, 719). Esto no pareció obstar su dedicación ascética. También se refiere que Petronio podría haber realizado una peregrinación hasta Tierra Santa y la ciudad de Jerusalén.

Alrededor del 432, Petronio fue elegido y consagrado obispo de Bolonia, donde ordenó construir una iglesia consagrada a San Esteban. El templo seguía el modelo constructivo de los santuarios del Gólgota y el Santo Sepulcro de Jerusalén. Estos templos fueron levantados en la misma época en la que el Papa León I estaba construyendo basílicas en Roma y Gala Placidia en Rávena. A Petronio también se le atribuyó la redacción de una obra sobre la vida de los monjes egipcios (Vitæ patrum Ægypti monachorum) aunque el auténtico redactor del texto es Rufino de Aquileia.

El Petronio del tratado De ordinatione episcopi fue en realidad su padre, Petronio, un hombre de elocuencia familiarizado con la ciencia seglar. Genadio atribuye a Petronio de Bolonia un sermón titulado «In die ordinationis vel Natale episcopi», publicado por Morin1 en 1897. Czalpa sigue esta afirmación, aunque algunas investigaciones contemporáneas la ponen en entredicho.

Según Genadio, Petronio murió durante el reinado de los emperadores Teodosio II y Valentiniano III, a mediados del 450.

Durante el siglo XII se fue forjando una leyenda alrededor de la figura de Petronio, cuyas reliquias fueron descubiertas en 1141. Poco después se levantó una iglesia en su honor en Bolonia; hacia 1390 se comenzó la construcción de un segundo templo, que terminó convirtiéndose en la basílica de San Petronio. La festividad de San Petronio se celebra el 4 de octubre.

En la iconografía cristiana, San Petronio aparece con los atributos episcopales y una ciudad (Bolonia) sostenida en su mano.

(fuente: ec.aciprensa.com)

viernes, 3 de octubre de 2014

03 de octubre: San Gerardo de Brogne

Noble de Lomacensis, Gerardo, siendo todavía muy joven, había sido tomado por un gran ideal religioso. Después de una introducción a la vida monástica en Saint-Denis, cerca de París, fundó una abadía benedictina en sus tierras. Monje ejemplar y virtuoso hombre, Gerardo era muy conocido por las familias poderosas de las regiones cercanas a su monasterio y pronto ayudó a revivir sus monasterios caídos. Incansable apóstol, Gerardo permaneció veinticinco años en Lotharingia y Flandes, colaborando en la reforma de una docena de abadías.

Murió en Brogne en 959. El culto de Gerardo se remonta a 1131 y el pueblo de Brogne, hoy Saint-Gérard, se convirtió rápidamente en un lugar de peregrinación.

La fiesta del santo se celebra especialmente en las diócesis de Namur, Gante y Lieja. Las reliquias, consideradas como auténticas, quedaron en Saint-Gérard (casa parroquial y el convento de la medida sunzionisti) Maredsous (abadía), Aubange (casa parroquial) y Gante (Notre-Dame).

(fuente: www.santiebeati.it)

jueves, 2 de octubre de 2014

02 de octubre: San Leodegario de Autun

Obispo y Mártir

Martirologio Romano: n Sarcing, en el territorio de Arras, en Neustria, Francia septemtrional, muerte de san Leodegario, obispo de Autun, el cual, sometido a varios suplicios y cegado, fue condenado a muerte injustamente por Ebroino, mayordomo de palacio del rey Teodorico. Con él se venera la memoria de su hermano Gerino, mártir, que dos años antes, por orden del mismo Ebroino, había sido lapidado (679- 680 y 677).

Etimología: Leodegarido = que govierna a su pueblo, viene del teutón

San Leodegario (616-679) Nació en Fécamp, Francia hijo de un gran señor y formado por su tío Dido, obispo de Poitiers.

Se ordenó sacerdote y después fue nombrado obispo de Autun. Pero tuvo la desgracia de ser nombrado consejero de la reina Batilde donde despertó la envidia del mayordomo Ebroino. Sirvió a tres hijos de la reina en sus consecutivos reinados procurando siempre llevar a estos a una vida más cristiana, en algunos casos, con pocos resultados.

Durante el último reinado, logró Ebroino asediar Autun donde Leodegario estaba refugiado. El obispo se rindió para evitar a sus feligreses los horrores del hambre. Después de haberle arrancado la lengua y quemado los ojos, Ebroino convocó a un sínodo donde convenció a los miembros de declararlo “sacerdote indigno” y condenarlo a muerte. Sin embargo, Ebroino también fue asesinado algunos meses más tarde y en otro sínodo, los obispos otorgaron a Leodegario la corona del martirio.

(fuente: es.catholic.net)

miércoles, 1 de octubre de 2014

01 de octubre: Beato Luis María Monti

Corría el siglo XIX y el agnosticismo cundía entre las gentes. Fue entonces cuando el Espíritu Santo inspiró a varios hombres y mujeres excepcionales, enriquecidos con el carisma de la “asistencia” y de la “acogida”, para que el amor al prójimo convenciese al hombre escéptico y positivista a creer en Dios-amor.

El Padre Luigi Monti, beato de la caridad, pasó a engrosar las filas de fieles sumidos en el Espíritu Santo. Dio fe del amor al prójimo bajo la insignia de la Inmaculada: la Mujer que nó conoció el pecado, símbolo de la liberación de todos los males.

Luigi Monti, religioso laico, a quien sus discípulos veneraban llamándole “padre” debido a su irrebatible paternidad espiritual, nació en Bovisio, el 24 de julio de 1825, el octavo de una familia con once hijos. Huérfano de padre a los 12 años, se hizo carpintero para ayudar a su madre y a sus hermanos pequeños. Joven apasionado, reunió en su taller a muchos artesanos de su edad así como a campesinos para dar vida a un oratorio vespertino. El grupo se denominó la Compañía del Sagrado Corazón de Jesús, pero el pueblo de Bovisio no tardó en apodarlo “La Compañía de los Hermanos”.

Dicha compañía se caracterizaba por la austeridad de vida, la dedicación al enfermo y al pobre, por el tesón para evangelizar a los que se hallaban alejados del camino. Luigi capitaneaba el grupo. En 1846, a los 21 años de edad, se consagró a Dios y emitió votos de castidad y obediencia en manos de su padre espiritual. Fue un fiel laico consagrado a la Iglesia de Dios, sin convento y sin hábito. Sin embargo, no todo el mundo supo acoger el don que el Espíritu había infundido en él De hecho, algunas personas del pueblo junto al párroco, se opusieron de forma rastrera e implacable, lo cual desembocó en una denuncia calumniosa en la que se le acusaba de conspiración politica contra la autoridad austríaca de ocupación. En 1851, Luigi Monti y sus compañeros fueron encarcelados en Desio (Milán) y fueron puestos en libertad gracias a un proceso verbal que, sin embargo, no se celebró hasta pasados 72 días de cárcel.

Dócil con su padre espiritual, el sacerdote Luigi Dossi, entró con él en la congregación de los “Hijos de María Inmaculada” que el beato Ludóvico Pavoni había fundado hacía cinco años. Se quedó seis años de novicio. Este tiempo supuso para Luigi Monti un periodo de transición, en el que se enamoró de las constituciones de Pavoni, se ejercitó como educador y aprendió la teoría y la práctica de la profesión de enfermero que puso al servicio de la comunidad y de los afectados por el cólera durante la epidemia de 1885, encerrándose voluntariamente en la leprosería local.

A los 32 años, Luigi Monti todavía estaba buscando la realización concreta de su vocación. En una carta con fecha de 1896, cuatro años antes de fallecer, evocó la noche del espíritu, vivida en este periodo:

“Transcurría horas ante Jesús Sacramentado. Y, sin embargo, eran horas sin pizca de rocío celestial. Mi corazón permanecía árido, frío, insensible.

Estaba a punto de abandonarlo todo cuando, de repente mientras me hallaba en mi celda, y sentí una voz en mi fuero interno, clara y comprensible, que me decía: “Luigi, dirígete al sagrario de la iglesia y expónle tus tribulaciones de nuevo a Jesús Sacramentado”.

Así que haciendo caso de la inspiración, me voy para allá, me arrodillo y al cabo de poco !maravilla! veo a dos personajes con forma humana. Los conozco. Son Jesús y su Madre Santísima. Se me acercan y me dicen en voz alta: “Luigi, te queda mucho que sufrir todavía, te quedan luchas mayores que librar. Sé fuerte. Saldrás vencedor de todo. Nuestra ayuda poderosa no te faltará nunca. Sigue el camino que empezaste”. Sí, dieron, y desaparecieron.

Inspirado en el testimonio de caridad de la santa Crocifissa Di Rosa, el sacerdote Luigi Dossi planteó a Monti la idea de crear una “Congregación para el servicio de los enfermos” en Roma. Luigi Monti aceptó y sugirió llamarla “Congregación de los Hijos de la Inmaculada Concepción”. Varios amigos suyos de la época de la “Compañía” compartieron dicha idea y, además, se sumó un joven enfermero experto y muy apasionado, llamado Cipriano Pezzini.

Una fundación en la Roma de Pío IX no era cosa sencilla y menos todavía en uno de los hospitales más famosos de Europa, el hospital de Santo Spirito. Mientras tanto, los capellanes capuchinos, en el seno de dicho hospital iniciaron una asociación de terceros de San Francisco para la asistencia corporal a los enfermos.

Cuando Luigi Monti llegó a Roma, en 1858, halló una realidad distinta a la que se imaginaban tanto él como su amigo Pezzini, quien le precedió para entablar las negociaciones que eran menester con el Comendador, máxima autoridad del hospital.

Comprendió que Dios, en ese momento, lo quería sencillamente como el “Hermano Luigi de Milán”, enfermero del hospital Santo Spirito. De manera que solicitó humildemente formar parte del grupo organizado de los PP. Capuchinos. Al principio, se encargó de todos los servicios reservados en la actualidad al personal sanitario asistente, y posteriormente la tarea de flebotomiano, tal y como consta en el diploma que le concedió la Università La Sapienza di Roma.

En 1877, por designación unánime de sus congregantes, Pío IX le encomendó capitanear “su propia” Congregación y así siguió hasta su muerte.

Pío IX prefirió desde un primer momento la Congregación de los Hijos de la Inmaculada Concepción tanto por su gran anhelo de ver bien asistidos a los enfermos de los hospitales romanos como por el hecho de que llevaba el nombre de la Inmaculada.

Convertido en Superior general, Luigi Monti preparó para la Congregación un código de vida que reflejaba las experiencias para las que el Espíritu de Dios le había conducido. Y la comunidad de Santo Spirito, gracias al ánimo que infundió, vivió la “apostolica vivendi forma” de los Hijos de la Inmaculada Concepción. Los Hermanos nutriéndose con la Eucaristía y la meditación del privilegio de la “Completamente Pura”, se dedicaron a la asistencia de forma heroica. En los hospicios en masa por epidemias de malaria, de tifus o tras episodios bélicos, los Hermanos no dudaban en prestar su propio colchón. Se declaraban todos ellos dispuestos a asistir a los enfermos de todas las formas de enfermedad, se les enviase a donde se les enviase. Luigi Monti constituyó otras pequeñas comunidades en la zona norte de la región del Lacio, en donde él mismo había trabajado anteriormente brindando servicios médicos de todo tipo asó como en calidad de enfermero itinerante por los caseríos desperdigados en el campo de Orte, en la provincia de Viterbo.

En 1882, recibió en Santo Spirito la visita de un monje cartujo que declaró haber recibido de la Virgen Inmaculada la inspiración para presentarse ante él. Venía de Desio. El cartujo le presentó un caso límite: se trataba de cuatro sobrinillos suyos, huérfanos de padre y madre. Era una señal del Espíritu de Dios y Luigi Monti amplió su obra asistencial a los menores totalmente huérfanos. Para ellos inauguró una casa de acogida en Saronno. Su principio pedagógico básico se basaba en la paternidad del educador. La comunidad de los religiosos acoge al huérfano como en familia, para “vivir juntos el día”, para crear juntos las perspectivas de inserción en la sociedad con una formación humana y cristiana que sea la base para todas las vocaciones: a la vida civil, a la familia y al estado de consagración especial.

Luigi Monti, laico consagrado, concibió la comunidad de los “Hermanos” no sacerdotes y sacerdotes con igualdad de derechos y de deberes, en la que se elegía como superior al hermano más idóneo. La muerte le halló en Saronno, exánime, casi ciego, con 75 años de edad en 1900. Su proyecto no había recibido todavía la aprobación eclesiástica. La obtuvo en 1904 de Pío X quién aprobó el nuevo modelo de comunidad previsto por el fundador, concediendo el sacerdocio ministerial como complemento esencial para desempeñar una misión apostólica dirigida a todos los hombres, tanto en el servicio de los enfermos como en la acogida de la juventud marginada.

En 1941, el beato Ildefonso Schuster, arzobispo de Milán, inauguró el proceso informativo que se prolongó hasta 1951.

En el año 2001, la Congregación para las Causas de los Santos promulgó el decreto sobre el heroísmo de las virtudes, y en el año 2003 se redactó el decreto que define milagrosa la curación acontecida en 1961 en Bosa (Cerdeña) del campesino Giovanni Luigi Iecle. Hoy en día, la Congregación de los Hijos de la Inmaculada Concepción, esparcida por todo el mundo, sigue plasmando en las obras de caridad el carisma de acogida paternal y de asistencia llevada a cabo con profesionalidad y entrega total por su fundador, Luigi Monti.


HOMILÍA DEL SANTO PADRE JUAN PABLO II 
Domingo 9 de noviembre de 2003

1. "El templo de Dios es santo: ese templo sois vosotros" (1 Co 3, 17). Volvemos a escuchar estas palabras del apóstol san Pablo en esta solemne liturgia de la fiesta de la Dedicación de la Basílica de San Juan de Letrán, catedral de Roma, madre de todas las iglesias.

Todo lugar reservado al culto divino es signo del templo espiritual, que es la Iglesia, formada por piedras vivas, es decir, por fieles unidos por la única fe, por la participación en los sacramentos y por el vínculo de la caridad. Los santos, en particular, son piedras preciosas de este templo espiritual.

La santidad, fruto de la obra incesante del Espíritu de Dios, resplandece en los nuevos beatos: Juan Nepomuceno Zegrí, presbítero; Valentín Paquay, presbítero; Luis María Monti, religioso; Bonifacia Rodríguez Castro, virgen; y Rosalía Rendu, virgen.

2. La visión del santuario, que el profeta Ezequiel nos presenta en la liturgia del hoy, describe un torrente que mana desde el templo llevando vida, vigor y esperanza: "Allí donde penetra esta agua, lo sanea todo" (Ez 47, 9). Esta imagen expresa la infinita bondad de Dios y su designio de salvación, desbordando los muros del recinto sagrado para ser bendición de toda la tierra.

Juan Nepomuceno Zegrí y Moreno, sacerdote íntegro, de profunda piedad eucarística, entendió muy bien cómo el anuncio del Evangelio ha de convertirse en una realidad dinámica, capaz de transformar la vida del apóstol. Siendo párroco, se propuso "ser la providencia visible de todos aquellos que, gimiendo en la orfandad, beben el cáliz de la amargura y se alimentan con el pan de la tribulación" (19 de junio de 1859).

Con ese propósito desarrolló su espiritualidad redentora, nacida de la intimidad con Cristo y orientada a la caridad con los más necesitados. En la advocación de la Virgen de las Mercedes, Madre del Redentor, se inspiró para la fundación de las Hermanas Mercedarias de la Caridad, con el fin de hacer siempre presente el amor de Dios donde hubiera "un solo dolor que curar, una sola desgracia que consolar, una sola esperanza que derramar en los corazones". Hoy, siguiendo las huellas de su fundador, este instituto vive consagrado al testimonio y promoción de la caridad redentora.

3. El padre Valentín Paquay es verdaderamente un discípulo de Cristo y un sacerdote según el corazón de Dios. Apóstol de la misericordia, pasaba largas horas en el confesionario con un don particular para hacer que los pecadores volvieran al camino recto, recordando a los hombres la grandeza del perdón divino. Poniendo en el centro de su vida de sacerdote la celebración del misterio eucarístico, invitaba a los fieles a acercarse frecuentemente a la comunión del Pan de vida.

Como tantos santos, desde muy joven, el padre Valentín se había puesto bajo la protección de Nuestra Señora, invocada en la iglesia de su infancia, en Tongres, como Causa de nuestra alegría. Ojalá que, siguiendo su ejemplo, sirváis a vuestros hermanos, para darles la alegría de encontrar verdaderamente a Cristo.

4. "Debajo del umbral del templo salía agua. (...) Allí donde penetra esta agua, lo sanea todo" (Ez 47, 1. 9). La imagen del agua, que hace revivir todo, ilumina bien la existencia del beato Luis María Monti, dedicado totalmente a sanar las llagas del cuerpo y del alma de los enfermos y de los huérfanos. Solía llamarlos los "pobrecitos de Cristo", y les servía animado por una fe viva, sostenida por una intensa y constante oración. En su entrega evangélica, se inspiró constantemente en el ejemplo de la Virgen santísima, y puso la Congregación que fundó bajo el signo de María Inmaculada.

¡Cuán actual es el mensaje de este nuevo beato! Para sus hijos espirituales y para todos los creyentes es un ejemplo de fidelidad a la llamada de Dios y de anuncio del evangelio de la caridad; un modelo de solidaridad con los necesitados y de tierna consagración a la Virgen Inmaculada.

5. Las palabras de Jesús en el Evangelio proclamado hoy: "No hagáis de la casa de mi Padre una casa de mercado" (Jn 2, 16), interpelan a la sociedad actual, tentada a veces de convertir todo en mercancía y ganancia, dejando de lado los valores y la dignidad que no tienen precio. Siendo la persona imagen y morada de Dios, hace falta una purificación que la defienda, sea cual fuere su condición social o su actividad laboral.

A esto se consagró enteramente la beata Bonifacia Rodríguez de Castro, que, siendo ella misma trabajadora, percibió los riesgos de esta condición social en su época. En la vida sencilla y oculta de la Sagrada Familia de Nazaret encontró un modelo de espiritualidad del trabajo, que dignifica la persona y hace de toda actividad, por humilde que parezca, un ofrecimiento a Dios y un medio de santificación.

Este es el espíritu que quiso infundir en las mujeres trabajadoras, primero con la Asociación Josefina y después con la fundación de las Siervas de San José, que continúan su obra en el mundo con sencillez, alegría y abnegación.

6. En una época turbada por conflictos sociales, Rosalía Rendu se hizo gozosamente servidora de los más pobres, para devolver a cada uno su dignidad, con ayudas materiales, con la educación y la enseñanza del misterio cristiano, impulsando a Federico Ozanam a ponerse al servicio de los pobres.

Su caridad era creativa. ¿De dónde sacaba la fuerza para realizar tantas cosas? De su intensa vida de oración y de su incesante rezo del rosario, que no abandonaba jamás. Su secreto era simple: verdadera hija de san Vicente de Paúl, como otra religiosa de su tiempo, santa Catalina Labouré, veía en todo hombre el rostro de Cristo. Demos gracias por el testimonio de caridad que la familia vicentina sigue dando al mundo.

7. "Él hablaba del templo de su cuerpo" (Jn 2, 21). Estas palabras evocan el misterio de la muerte y resurrección de Cristo. Todos los miembros de la Iglesia deben configurarse con Jesús crucificado y resucitado.

En esta ardua tarea nos sostiene y nos guía María, Madre de Cristo y Madre nuestra. Que intercedan por nosotros los nuevos beatos, que hoy contemplamos en la gloria del cielo. Que se nos conceda también a nosotros volvernos a encontrar todos un día en el paraíso, para gustar juntos la alegría en la vida eterna. Amén.

(fuente: www.vatican.va)
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