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martes, 14 de octubre de 2014

14 de octubre: San Domingo Loricato

Sacerdote Eremita

Martirologio Romano: En San Severino Marche, del Piceno, en Italia, santo Domingo, llamado Loricato, por la coraza de hierro que llevaba ceñida al cuerpo, presbítero de la Orden Camaldulense, el cual, habiendo sido ordenado simoníacamente, se hizo monje eremita y, discípulo de san Pedro Damiani, llevó una vida austera y disciplinada (1060).

Etimología: Domingo = Aquel que es consagrado al Señor, viene del latín

Las fuentes que permiten conocer algo de la vida de Domingo se encuentran en el Acta Sanctorum de san Pedro Damián. Era un clérigo camaldulense, que eligió el apartado entorno de la montaña para llevar una vida penitencial junto a otros ermitaños. Ayuno, mortificaciones, silencio y trabajo fueron cadencias de una oración que elevó a Dios sin desmayo con un sentido purgante que abarcaba, junto a la aflicción por sí mismo, a los demás. Esto último es de los pocos hechos a los que se puede dar credibilidad. Porque los ascendentes de este santo, como ha sucedido con otras biografías ofrecidas en esta sección, están envueltos en elucubraciones; no vienen fundamentadas; son intentos de fijar lo que en modo alguno puede ser contrastado, y, por tanto, vanos. Así, como lugar de nacimiento de Domingo se barajan Cagli, Cantiano, Luceoli… Nada se sabe de ello a ciencia cierta. Es de suponer que pudo ver la luz en un lugar fronterizo entre Las Marcas y la Umbría, escenario de su vida penitencial, a finales del siglo X.

Por san Pedro Damián que, después del óbito del santo monje, se ocupó de plasmar seguramente la parte que mejor conocía y que más le impactó de él, sabemos de su excelso sentido el honor y la dignidad que marcó toda su existencia al punto de consagrarse a extremas y severísimas disciplinas expiando una falta que no cometió. El hecho se produjo cuando tenía edad para ser ordenado sacerdote, y sus padres, que aspiraban a conseguirle un futuro prometedor en la Iglesia, parece que pusieron las bases nada menos que con un pecado de simonía para obtener del obispo su ordenación sacerdotal mediante el obsequio de una piel de cabra. Conmocionado por este hecho doloso, del que tuvo noticia después, Domingo no consintió celebrar la santa misa, ni ejercer la misión pastoral que le hubiera correspondido dada su condición sacerdotal adquirida entre los años 1015 y 1020. Las dudas sobre su ordenación efectuada sobre este presupuesto de barro pesaron como una losa sobre él; al menos lo hizo la sospecha que recaía sobre el sacramento, o así lo entendió. Y la única salida que vio fue purgar este pecado de los suyos con un grado altísimo penitencial en la vida monástica.

En la región de Umbría se hallaba entonces un notable eremita, Juan de Montefeltro que presidía una comunidad de camaldulenses de Luceoli formada por dieciocho monjes. Domingo fue a su encuentro y solicitó que lo acogieran. Obtenida esta petición, durante un tiempo convivió con ellos, sin vacilar ante el rigor que se había impuesto. Extremado en la austeridad y en las mortificaciones iba bastante más lejos que sus compañeros, a los que debía satisfacer la ya de por sí severa existencia que llevaban. Se revistió con una especie de armadura (lórica; de ahí el sobrenombre de «loricado») compuesta de hierro y puntas aceradas, de la que nunca se desprendió excepto para aplicarse las disciplinas (azotes). No es difícil imaginar lo que pudo suponer llevar tal cilicio durante un cuarto de siglo, como hizo él. La flagelación eran tan virulenta y continua que mudó hasta el color natural de su piel, de tanto quedar impregnada de sangre.

En torno a 1043 los dejó para unirse a los benedictinos del monasterio de Fonte Avellana, dependiente de la diócesis de Gubbio. San Pedro Damián, que estaba al frente del mismo en ese momento, pronto quedó conmovido por la vehemencia de su oración, austeridad y dureza de los castigos penales que se infligía. Y es que, además de vestir la coraza, encadenaba sus miembros, y de esa guisa continuaba orando con los brazos en cruz mientras recitaba el Salterio, con la única medida que le permitía su resistencia, que no era poca. Así engarzaba muchas veces las noches con el día. Sometido al ayuno, sólo se alimentaba con pan, agua y algunas hierbas, ya que si caía en sus manos otra clase de alimentos los distribuía entre los enfermos y los pobres; ni siquiera se permitía el mínimo descanso, y cuando lo hacía, vencido su aguante, por lo general dormía sobre las rodillas. Pareciéndole poco los excesos que realizaba, aún solicitaba a su confesor que le impusiera penitencia. Era frecuente verle absorto en la contemplación, y siempre respondía con concisión y rigor a las preguntas que le formulaban del tipo que fueran. Estaba agraciado con el don de lágrimas, que vertía movido por su intensa aflicción por sus pecados y los ajenos.

En 1049 Pedro Damián lo puso al frente de la ermita de la Santísima Trinidad, erigida por él en Monte San Vicino (actual Apiro, Macerata). Nunca presidió como prior el monasterio de santa María di Sitria, como alguien ha sostenido. Lo que sí sucedió es que regresó a Fonte Avellana por poco tiempo; breve fue también su permanencia en san Emiliano in Congiuntoli. Así que se puede afirmar que prácticamente pasó el resto de su vida en la Santísima Trinidad donde se hallaba el año 1059. Como era previsible, la cruda reparación que llevaba a cabo, incluidos los ayunos, le afectaron gravemente y murió el 14 de octubre de 1060, justamente cuando sus hermanos se disponían a cantar la prima, después de haber tenido la gracia de rezar junto ellos. A finales del año siguiente Pedro Damián redactó la mencionada biografía por sugerencia del pontífice Alejandro II. Entonces, la fama de santidad de Domingo, y el impacto de sus durísimas penitencias y mortificaciones, llevadas en el silencio oferente de una sencilla celda, habían atravesado los muros del convento.

escrito por Isabel Orellana Vilches 
(fuentes: Zenit.org; catholic.net)

lunes, 13 de octubre de 2014

13 de octubre: Beato Pierre-Adrien Toulorge

Mártir de la verdad

Martirologio Romano: En Coutances (Francia), Beato Pierre-Adrien Toulorge, sacerdote profeso de los Canónigos regulares Premostratenses, asesinado por odio a la fe († 1793)

Otoño de 1793. La Revolución Francesa ha entrado en su fase más violenta: el Terror. Los sacerdotes fieles a la Santa Sede son perseguidos y juzgados. El 12 de octubre por la noche, en Coutances (Normandía), el padre Pedro Toulorge, de 37 años, regresa radiante del tribunal a la celda, que comparte con otros detenidos, sacerdotes y laicos. «¿Qué noticias hay? - Buenas noticias: he salido airoso del juicio!». Todos creen que ha sido absuelto. Sin embargo, pronto desvela la realidad: ha sido condenado a muerte y la sentencia no tiene apelación. La alegría general deja lugar al dolor. Una religiosa, detenida al mismo tiempo que él, se deshace en lágrimas. Pero el mártir le dice con fortaleza: «Señora, las lágrimas que derrama son indignas de usted y de mí. ¿Qué dirán las gentes del mundo si saben que, habiendo renunciado al mundo, nos duele abandonarlo? Si manifestamos repugnancia por morir, daremos un mal ejemplo a los hijos del siglo, y puede que su desaliento cierre la puerta de la Salvación a muchas almas que podrían encontrarse en la misma situación. Enseñémosles con nuestra constancia lo que están obligados a hacer. Mostrémosles la fe victoriosa de los suplicios y abrámonos un paso al Cielo a través de los últimos esfuerzos del infierno». ¿Quién era ese intrépido testigo de Cristo y de su Iglesia?

Nacido y bautizado el 4 de mayo de 1757 en Muneville-le-Bingard, en la península de Cotentin, Pedro Adriano es el tercer hijo de Julián Toulorge y de Juliana Hamel, propietarios agrícolas. La diócesis de Coutances, donde se hace mayor, sigue siendo, en la época del triunfo de Voltaire, una región de fervor religioso; casi todos celebran la Pascua y las vocaciones religiosas abundan. Pedro Adriano es piadoso y, cuando manifiesta las primeras aspiraciones al sacerdocio, se hace cargo de él uno de los vicarios de la parroquia, que lo inicia en el latín. El joven ingresa pronto en un colegio para seguir estudios de humanidades, y luego de filosofía. Hacia 1776, le admiten en el seminario mayor de Coutances, regentado por los eudistas, cuyo superior, Francisco Lefranc, será martirizado en París en septiembre de 1792. Tras ser ordenado sacerdote en 1782, Pedro Adriano Toulorge es nombrado vicario de Doville, parroquia de seiscientos habitantes cuyo párroco es un canónigo premonstratense, hombre metódico y diligente. La situación material de ambos sacerdotes les permite vivir modestamente, aunque con decencia. La parroquia cuenta con muchos indigentes, como consecuencia de la guerra de independencia norteamericana, que ha arruinado los oficios del mar. El párroco y su vicario ponen todo de su parte para asistirlos.


Dichosa condición

Ha llegado hasta nosotros el texto de un sermón del joven vicario sobre la felicidad de los justos y la desgracia de los malos, del que destacamos el siguiente fragmento, verdaderamente profético: «¡Cuán dichosa es, hermanos míos, la condición de los hijos de Dios! Cierto es que son puestos a prueba, pero por amor. Cierto es que los aflige, pero hace que esas aflicciones resulten llevaderas; cierto es que sufren, pero su ternura enseguida se conmueve y se apresura a aliviarlos, derramando en su corazón mil bendiciones de dulzura que los regocija y los arrebata. Sí, hermanos míos, pues por las tiernas efusiones del Espíritu de Consolación, penetra en nosotros un placer divino, una alegría inefable que no podemos explicar. Los males cambian de naturaleza, los deseamos, sufriríamos si no tuviéramos nada por lo que sufrir, y todo lo que un alma fiel desea es perpetuar o consumar su sacrificio».

Pedro Toulorge acude con frecuencia a la abadía premonstratense de Blanchelande, que se halla muy cerca. Fundada en Picardía por san Norberto hacia 1120, la Orden de Premontré tiene como finalidad la celebración en común del Oficio Divino y el ministerio parroquial. Los premonstratenses, llamados «canónigos regulares», van vestidos de blanco. Pedro Adriano pide al prior que lo admita en su comunidad; su objetivo es doble: dedicarse al ministerio sacerdotal en el medio rural y practicar la vida comunitaria a fin de hallar un apoyo espiritual. Una vez admitido, realiza el noviciado en la abadía de Beauport, en Bretaña. Hasta junio de 1788 el canónigo Toulorge no regresa a Blanchelande, donde profesa sus votos religiosos. Su ministerio lo ejerce en las parroquias vecinas, en especial mediante la predicación.

Sin embargo, en enero de 1789, el rey Luis XVI convoca en Versalles los Estados Generales (asamblea general del reino). Los acontecimientos adquieren enseguida un giro revolucionario. La Asamblea Constituyente, que ha tomado el poder mediante un golpe de audacia, es de tendencia volteriana, despreciando a los religiosos y codiciando sus posesiones. El 13 de febrero de 1790, suprime las órdenes monásticas y nacionaliza sus bienes; los canónigos regulares son asimilados a los monjes. En abril, la municipalidad de Saint-Sauveur-le-Vicomte envía a Blanchelande una escuadra de representantes para realizar un inventario minucioso -que durará dos meses- de los bienes de la abadía, con objeto de ponerlos a la venta. A continuación, preguntan a cada uno de los cinco canónigos si desean «aprovechar las disposiciones de la ley para abandonar la vida monástica». El prior y el viceprior responden que sí, mientras que los demás hermanos piden continuar viviendo juntos y seguir su regla. Se les indica que podrán retirarse en el «convento de concentración» departamental, donde serán agrupados de oficio los religiosos de todas las órdenes. Ante aquella perspectiva tan poco tranquilizadora, los tres canónigos se retiran discretamente para continuar con su servicio parroquial. Pedro Toulorge es albergado durante año y medio en una granja vecina.


Error de cálculo

En julio de 1790, la Asamblea Nacional promulga la «Constitución Civil del Clero», acto cismático que coloca a la Iglesia de Francia bajo la tutela del poder civil. En adelante, los obispos y sacerdotes serán elegidos por el pueblo, y la Santa Sede se ve despojada de toda autoridad. En noviembre, una nueva ley impone a los sacerdotes funcionarios públicos (obispos, párrocos y vicarios) que presten juramento de fidelidad a la Constitución civil, bajo pena de destitución y, llegado el caso, de persecuciones penales. En marzo de 1791, el Papa Pío VI condena la Constitución civil y prohíbe al clero que preste el juramento cismático. Mientras tanto, numerosos sacerdotes han «jurado» por ambición, codicia, debilidad o ignorancia. Algunos se retractarán al conocer la condena pontificia.

El 26 de agosto de 1792, cuando la «máquina revolucionaria» avanza inexorablemente, una ley condena a la deportación a todos los eclesiásticos funcionarios que no hayan prestado juramento. En adelante, lo que anima abiertamente a los perseguidores es el odio hacia el sacerdote y la religión. Los «rebeldes» que permanezcan en Francia, o que regresen después de haber emigrado, serán pronto reos de muerte. El clero que se mantiene fiel toma en masa el camino del exilio. El padre Toulorge comete entonces un error de cálculo: se considera afectado por la ley de destierro, cuando ésta sólo concierne a los sacerdotes funcionarios. Solicita sus pasaportes y se embarca el 12 de septiembre rumbo a la isla anglonormanda de Jersey, muy próxima. Allí coincide con más de quinientos sacerdotes de la diócesis de Coutances, llevando durante cinco semanas la existencia precaria de un emigrado sin recursos. No obstante, un compañero de exilio le indica su error sobre el alcance de la ley de destierro. Pedro Adriano, pensando en su país que está desprovisto de sacerdotes fieles, decide entonces regresar cuanto antes, con la esperanza de que su ausencia haya pasado desapercibida. Desembarca clandestinamente en una playa de Cotentin y enseguida se oculta en el monte; desde noviembre de 1792 hasta septiembre de 1793, vive en la clandestinidad desplazándose de un pueblo a otro, disfrazado, para celebrar Misa en casas particulares y administrar los sacramentos. Hay otros veinte sacerdotes rebeldes que ejercen el mismo ministerio en el deanato. El padre Toulorge celebra la santa Misa con ornamentos improvisados, y ha copiado de su puño y letra las principales oraciones del misal. Su actividad continúa a pesar del hostigamiento de los comisarios y de los clubes revolucionarios locales. Se insta a las personas que localicen a un sacerdote rebelde a que los denuncien, prometiéndoles una recompensa.


Un pobre pordiosero

Durante la noche del 2 de septiembre de 1793, cerca de la localidad de Saint-Nicolas-de-Pierrepont, una transeúnte ve surgir de la maleza a un vagabundo «embarrado, mojado y cansado». Por caridad, la mujer lo invita a su casa y enciende una lumbre. Confiado, el pobre pordiosero se presenta: es el padre Toulorge. La anfitriona, a su vez, desvela su identidad: sor San Pablo, una antigua monja benedictina expulsada de su priorato por la Revolución. El sacerdote acepta la hospitalidad por esa noche. Al día siguiente por la mañana, la religiosa lo conduce, disfrazado de mujer, a casa de una amiga, Marotte Fosse, donde cree que estará más seguro. Pero los trabajadores, al ver pasar a esa extraña «ciudadana», se percatan de sus medias y zapatos de hombre« Seducidos por la recompensa prometida, siguen a distancia a ambos sospechosos hasta el domicilio de Marotte, y acuden a prevenir al Comité revolucionario. Mientras Pedro Adriano reposa en el granero, unos violentos golpes procedentes de tres guardias nacionales sacuden la puerta de la casa: «Abrid en nombre de la ley». El padre calla como un muerto. Un guardia va en busca de Marotte, que está trabajando, a quien obligan a abrir. La casa es registrada de cabo a rabo. El sacerdote se ha escondido bajo unos haces de lino, pero los guardias nacionales acribillan a bayonetazos el montón de haces secos. ¡Nada!« Se disponen a partir farfullando cuando uno de ellos vuelve a subir al granero y descubre a Pedro Adriano saliendo de su escondite. El sacerdote es arrestado de inmediato y las pruebas (ornamentos sagrados, cáliz«) requisadas.

Dos días después, los acusados son conducidos al directorio del distrito de Carentan para ser juzgados. Con el fin de escapar de la sentencia de muerte decretada contra los «emigrados regresados», Pedro Adriano oculta que ha abandonado Francia. Con la esperanza de que se contradiga, el comisario Le Canut le pregunta a quemarropa: «¿Ni en esta época ni en ninguna otra ha estado usted en Jersey, ni en cualquier otra tierra extranjera? - No. - Pues un sacerdote rebelde que hemos interrogado hace poco ha declarado que le había visto en Jersey (era una estratagema de Le Canut). - No he abandonado el territorio francés, y si algunas personas se lo han dicho es que se han equivocado o han perdido la cabeza». Luego le enseñan los ornamentos sagrados y los objetos de culto requisados en la casa de Fosse, admitiendo ser el dueño. Los jueces, indecisos, deciden enviar al acusado ante el tribunal departamental de Coutances.


«Sí, sí; no, no»

Así pues, el padre Toulorge había negado haber estado en Jersey para conservar la cabeza. Es verdad que un acusado no está obligado a implicarse mientras no se haya establecido la prueba objetiva de su culpabilidad. Sin embargo, al ser reconducido a la cárcel, al religioso le asaltan los remordimientos, pues considera que ha faltado a la verdad. Esta frase de Jesús resuena en su corazón: Sea vuestro lenguaje: ´Sí, sí´; ´no, no´ (Mt 5, 37). Se siente obligado a decir toda la verdad, cualesquiera que sean las consecuencias. Al amanecer del día 8 de septiembre, festividad de la Natividad de la Virgen, Pedro Adriano confiesa espontáneamente que ha permanecido en Jersey, y esa declaración lo conduce a Coutances, donde es encarcelado ese mismo día. El sacerdote normando llega a la capital de La Mancha en el peor momento, ya que allí se encuentra el representante Lecarpentier, enviado por la Convención (el parlamento de la República) para «tomar las medidas necesarias a fin de exterminar los vestigios de la realeza y de la superstición»; Lecarpentier será célebre con el sobrenombre de «verdugo de La Mancha». En pocos días, ciento cuarenta personas son detenidas.

El 22 de septiembre de 1793, Pedro Adriano comparece ante la Comisión administrativa de Coutances, encargada de decidir si debe ser declarado «emigrado regresado». Tras un largo interrogatorio a pesar de su agotamiento físico, reconoce su breve emigración a Jersey. Los jueces, que temen a Lecarpentier pero que quisieran salvar la cabeza del sacerdote, declaran que «el acusado debe considerarse emigrado», basándose en los pasaportes expedidos a su nombre, pero no transcriben sus confesiones, para dejarle una posibilidad de disculparse; después lo envían ante el tribunal criminal, al que compete dictar sentencia. El juez que preside esa instancia, Loisel, aunque jacobino, no es un «terrorista» fanático -en la Baja Normandía no gustaba el derramamiento de sangre. Antes de la sesión, intenta salvar al acusado sugiriéndole que se retracte de sus confesiones de emigración a Jersey y que alegue vagamente una residencia cualquiera en Francia; el tribunal se contentará con ello y Toulorge evitará la guillotina. Algunos jueces están incluso dispuestos a responder en lugar del padre a las preguntas del presidente, con objeto de que no tenga un cargo de conciencia; le bastará con guardar silencio. Pero él prefiere morir antes que dejar de decir toda la verdad, incluso ante un tribunal revolucionario.

El Compendio del Catecismo de la Iglesia Católica, publicado por el Papa Benedicto XVI, responde a la pregunta ¿Qué deberes tiene el hombre hacia la verdad?: «Toda persona está llamada a la sinceridad y a la veracidad en el hacer y en el hablar. Cada uno tiene el deber de buscar la verdad y adherirse a ella, ordenando la propia vida según las exigencias de la verdad. En Jesucristo, la verdad de Dios se ha manifestado íntegramente: Él es la Verdad. Quien le sigue vive en el Espíritu de la verdad, y rechaza la doblez, la simulación y la hipocresía» (n. 521). Su compromiso con la verdad condujo al padre Toulorge a aquella decisión heroica.

En el fallo del Tribunal Criminal del 12 de octubre de 1793, puede leerse: «Toulorge, interpelado para que diga si está en condiciones de justificar que no ha abandonado el territorio de la República Francesa, ha dicho que no podía justificarlo, e incluso ha reconocido haber abandonado el territorio francés y haberse retirado a la isla inglesa de Jersey». El final de esta frase («e incluso ha reconocido«») fue añadida en el margen del acta preparada por anticipado; ese detalle muestra que el tribunal había previsto invocar el beneficio de la duda a favor del acusado. Sin embargo, sus confesiones inequívocas obligaron a los jueces a aplicar la ley terrorista.


¡Adiós, señores, hasta la Eternidad!

Un silencio impresionante sigue a la lectura del fallo. Entonces, Pedro Adriano pronuncia las siguientes palabras: «¡Deo gratias! (gracias, Dios mío)« ¡Que se haga la voluntad de Dios y no la mía! ¡Adiós, señores, hasta la Eternidad, si es que son dignos de ella!». Su rostro resplandece de alegría. Unas amas de casa que se lo encuentran mientras es conducido a la cárcel creen que le han absuelto. Al llegar la noche, el condenado cena con buen apetito, después se confiesa y consigue escribir tres cartas. A un amigo: «Le anuncio una muy buena noticia. Acabo de escuchar mi sentencia de muerte. Mañana, a las dos, abandonaré esta tierra cargada de abominaciones para ir al Cielo. Lo que ahora me consuela es que Dios me concede un gozo y una serenidad enormes, y lo que me da fuerzas es la esperanza de que, muy pronto, poseeré a mi Dios«». A su hermano: «Regocíjate, porque mañana tendrás un protector en el Cielo, si Dios, como espero, me ayuda, como lo ha hecho hasta el momento. Regocíjate de que Dios me haya considerado digno de sufrir no solamente la cárcel, sino la muerte por Nuestro Señor Jesucristo. No hay que apegarse a los bienes perecederos. Así pues, vuelve tu mirada hacia el Cielo, vive como buen cristiano y educa a tus hijos en la santa religión católica, apostólica y romana, fuera de la cual no hay salvación». Finalmente, anuncia su martirio inminente a una persona no identificada, añadiendo: «No merecía una señal tan evidente de la bondad de Dios».

A continuación, el reo se duerme en el sueño de los justos. Al día siguiente, domingo 13 de octubre, se muestra alegre y sereno. Pide que le peinen y que le afeiten la barba, y conversa con sus compañeros sobre el Cielo. Lee con ellos el breviario y se detiene en el himno de completas (la oración de la noche), después de haber recitado el siguiente verso: «¿Cuándo, Señor, lucirá vuestro día que no conocerá ocaso?». Luego, lleno de gozo, exclama: «Pronto cantaré este cántico en acción de gracias en el Cielo». Cuando el verdugo viene a buscarlo, Pedro Toulorge bendice a los presentes. La guillotina se levantaba en pleno centro de Coutances, y, desde la Revolución, era la primera vez que funcionaba en esa pequeña ciudad. Al llegar al pie del cadalso, Pedro Adriano dice: «Dios mío, entrego mi alma en vuestras manos. Os pido el restablecimiento y la conservación de vuestra Santa Iglesia, y os ruego que perdonéis a mis enemigos». Tras la ejecución, el verdugo agarra la cabeza por los cabellos y la muestra al pueblo. Según un relato de un testigo ocular, Pedro Adriano fue enterrado por personas piadosas, en el cementerio de San Pedro, según la costumbre observada en el caso de sacerdotes difuntos: con el rostro descubierto y de cara a occidente. Había conservado una gran serenidad en su mirada. Sor San Pablo y las personas acusadas de haber escondido al padre Toulorge fueron absueltas; desde el Cielo, el mártir había extendido sobre ellas su protección.

Cuando, en 1922, se retomaron los diversos procesos diocesanos de los mártires normandos de la Revolución Francesa, la causa del padre Pedro Adriano Toulorge se consideró como la más digna de interés entre las de los cincuenta y siete sacerdotes asesinados en esa provincia. El proceso diocesano de beatificación culminó en 1996, y la causa continúa en la actualidad.


Un testimonio diario

En su encíclica Veritas splendor del 6 de agosto de 1993, el Papa Juan Pablo II escribió: «Finalmente, el martirio es un signo preclaro de la santidad de la Iglesia: la fidelidad a la ley santa de Dios, atestiguada con la muerte, es anuncio solemne y compromiso misionero usque ad sanguinem (hasta efusión de sangre) para que el esplendor de la verdad moral no sea ofuscado en las costumbres y en la mentalidad de las personas y de la sociedad. Semejante testimonio tiene un valor extraordinario a fin de que no sólo en la sociedad civil sino incluso dentro de las mismas comunidades eclesiales no se caiga en la crisis más peligrosa que puede afectar al hombre: la confusión del bien y del mal, que hace imposible construir y conservar el orden moral de los individuos y de las comunidades« Si el martirio es el testimonio culminante de la verdad moral, al que relativamente pocos son llamados, existe no obstante un testimonio de coherencia que todos los cristianos deben estar dispuestos a dar cada día, incluso a costa de sufrimientos y de grandes sacrificios. En efecto, ante las múltiples dificultades, que incluso en las circunstancias más ordinarias puede exigir la fidelidad al orden moral, el cristiano, implorando con su oración la gracia de Dios, está llamado a una entrega a veces heroica. Le sostiene la virtud de la fortaleza, que -como enseña san Gregorio Magno- le capacita a «amar las dificultades de este mundo a la vista del premio eterno»» (n. 93).

El pueblo de Cotentin otorgó al padre Toulorge el título de «mártir de la verdad». Que ese sacerdote nos conceda, mediante su intercesión, la gracia de dar en toda nuestra vida testimonio de Cristo, que es la Verdad misma.

Reproducido con autorización expresa de Abadía San José de Clairval
(fuente: catholic.net)

domingo, 12 de octubre de 2014

12 de octubre: San Maximiliano de Celeia

Atríbuto: El santo Maximilian es presentado en una vestimenta episcopal y tiene en sus manos una espada y una cruz o un libro.

Nota: Las afirmaciones en su datos biográficos de 1290 no son historicamente demostradas. Los datos tienen paralelismos considerables con el currícolo del santo Pelagius.

Biografía: Maximilian nació como hijo unico de padres ricos, nobles y religiosos en Celeia (Celje, Eslovenia). Después de la muerte de sus padres él distribuyó toda su hacienda entre los pobres y puso en libertad los esclavos. Con el deseo de ponerse misionero peregrinó a Roma. El papa Sixto II. (=258) le mandó como misionero a Norikum y Pannonia. Maximilian se volvió ser obispo de Lorch en la Enns, la capital de la provincia Noricum.

Después de 20 años regresó a Celeia para predicar. Por haberse negado a participar en la idolatría, el emir Eulasius le hizodecapitar el 12 de octubre de 281 o de 284. Su cadáver fue sepelido fuera de la ciudad.

Hechos históricos:

- Siglo 8 En las listas de los bienes de la iglesia Salzburg es mencionado por la primera vez una capilla en Bischofshofen que fue construido sobre la sepultura del Santo Maximilian.
- 09.09.878 El rey Karlmann regala las osamentas del Santo Maximiliano a la colegiata de Altötting. El depósito y el origen de las reliquias no es documentado antes de 878.
- 903 Burkhard, abad del convento de Altötting, se vuelve obispo de Passau
- 907 El rey Lodovico "el niño" regala el convento de Altötting a Burkhard; el convento se convierte en monasterio propio de los obispos de Passau.
- entre 976 y 985 El obispo Pilgrim de Passau traslada las reliquas del Santo Maximilian a Passau. - 30.09.985 En un diploma del emperador Otto III., Maximiliano es por la primiera vez mencionando como patrón del obispado además de Valentino.
- 1289/1290 Un canónigo de la catedral probablemente escribe la "Vita Sancti Maximiliani"; reactivación del culto.
- 1289 - 1291 El obispo Bernardo hace construir una sepultura para los patrones del obispado, Valentino y Maximiliano, en la catedral gótica.
- Siglo 15 Patrón de la familia Habsburgo.
- 1634 Procesión con las reliquias de los dos patrones para evitar una epidemia de peste inminente.
- 1662 Después del fuego en la ciudad se abren los sarcófagos de los patrones y se descubre que las reliquias estan desaperecidos; exepto algunas partículas. Estas partículas estan guardados en relicarios barrocos.
- 1782 - 1962 El obispado de Linz es puesto bajo el patronato del Santo Maximiliano.

Uno de los altares de la nave transversal de la catedral barroca es consagrado a los patrones. El duadro del altar, hecho por Frans de Neve, muestra la decapitación de Santo Maximiliano.

La veneración del Santo Maximiliano es extindo especialemente en la zonade los Alpes.

escrito por: Ruth Weber traducido por Helge Kuntschke
(fuente: catholic.net)

sábado, 11 de octubre de 2014

11 de octubre: San Meinardo (Meinhard)

San Meinrad, miembro de la Congregación de la Regular canónigos agustinos de Letrán, fue consagrado el primer obispo de Livonia, Letonia de hoy. Fue enterrado en la catedral de la capital de dicho país. El 8 de septiembre de 1993 durante un viaje apostólico a la tierra, Juan Pablo II oficialmente restauró el culto de la santa proto-obispo.

Patronato: Letonia

Emblema: Mitra, Pastoral, cruz pectoral

Martirologio: En Riga en el mar Báltico, la conmemoración de St. Meinrad, obispo que, ya entrado en años, se dedicó a evangelizar a la población de Letonia; construyó la iglesia de Üksküll y fue ordenado obispo, para poner los fundamentos de la fe cristiana en esta región.

Meinhard nació en Alemania entre los años 1134 y 1136. Por desgracia, nada ha llegado a nosotros sobre su infancia y su juventud. Dos crónicas muy de confianza que hemos entregado la poca información que hemos recibido un testimonio de su apostolado y de su vida ejemplar.

Durante su juventud formaba parte de la Congregación de los Canónigos Regulares de Letrán, en Segeberg en Holstein. Pero, empujado por el deseo de anunciar el Evangelio a todas las naciones, tomó la decisión de ir en misión de solidaridad en Livonia, región del noreste de Europa. Obtuvo del príncipe ruso Wladimiro el permiso para predicar a los nativos paganos.

En 1184 Meinardo emprendió la construcción de la primera iglesia de la ciudad de Uxkull, situado en la margen derecha del Daugava. Dos años más tarde tuvo a bien informar al arzobispo de Bremen Hartwig II de su apostolado y que no dudan en consagrarlo como primer obispo de Livoni. También en la exhortación Hartwig, el Papa Clemente III reconoció oficialmente la nueva diócesis de Uxkull como sufragánea de Bremen el 25 de septiembre 1188. La misión creada por Meinardo fue creciendo y no tardaron en asumir más y nuevas tareas. Es por ello que el 27 de abril 1191 el Papa Celestino III autorizó a un poco de ayuda en su tierra natal, pero sin tener en cuenta que ya no albergaba mucha confianza y la simpatía de los alemanes y el entusiasmo inicial ahora había consumido .

Meinrad, ahora anciano y en mal estado de salud, murió probablemente entristecido por el aparente fracaso de la obra para la cual había prodigado tanta energía. La fecha más probable de su muerte parece ser el 11 de octubre 1196, aunque algunas fuentes informan de 12 de abril y 14 de agosto. Entre 1380 y 1390 sus restos fueron trasladados a la catedral de Riga, la capital letona actual.

El 8 de septiembre de 1993 durante una visita apostólica a esa tierra, Juan Pablo II oficialmente restauró el culto de la santa proto-obispo, el establecimiento de la memoria litúrgica al 11 de octubre.

escrito por Fabio Arduino
traducido por mallinista
(fuente: santiebeati.it)

viernes, 10 de octubre de 2014

10 de octubre: Santo Tomás de Villanueva

Obispo, religioso agustino
(1488-1555)

Uno más de aquellos graves reformadores que aparecen en los umbrales de nuestro siglo de oro, hermano gemelo de Talayera, de Jiménez de Cisneros, de Juan de Avila. Las dos armas de Santo Tomás de Villanueva fueron la caridad y la palabra. Ya de niño, cuando vivía en su pueblo de Fuenllana, allá por los campos de Montiel, era como una miniatura de lo que iba a ser más tarde en los campos y ciudades de España. Sermoneaba con sus compañeros, con sus hermanos, con su madre y con los mendigos a quienes daba limosna, y, burla burlando, hacía llorar a sus oyentes. En su casa había muchas cosas: era la casa noble y bien abastecida de un hidalgo, uno de los más ricos hidalgos de Villanueva de los Infantes. Pues bien: todas aquellas cosas iban a parar a los pobres. Y cuando el niño lo encontraba todo cerrado, se despojaba de los zapatos, del juboncillo y de la camisa, o bien echaba mano de los pollos del corral. Y cuando su madre volvía se contentaba con sonreír, porque ella era también así. «Madre—le dijo un día el muchacho—, ya podéis dejar pan abundante en la panera; pues si no tenéis cuidado, pronto no habrá una sola gallina en el gallinero.»

Desde Fuenllana hasta Alcalá, desde Alcalá hasta Salamanca; llenando de cánones la memoria, esgrimiendo silogismos y distinciones, profundizando en los intrincados problemas de la ciencia sagrada y escuchando a los hombres graves y doctos que pasan por las aulas universitarias, bachiller en artes y licenciado en teología, Tomás se entrega a la enseñanza, y cuando su cátedra empieza a irradiar destellos de ciencia, cuando los discípulos le rodean en actitud admirativa, deja la toga de profesor y viste el hábito monacal, el mismo hábito que por aquellos días tiraba Lutero a las zarzas. Fue en 1517 cuando Tomás de Villanueva entró en la Orden de San Agustín. Estaba hecho más para el escapulario que para la muceta; más para el pulpito que para la cátedra universitaria. Algún tiempo después reaparecía de nuevo. Al profesor había reemplazado el orador. Era un espíritu práctico más que especulativo, un moralista más que un teólogo. No le faltaba doctrina, ni ingenio, ni erudición patrística y escriturística, pero debía mirar con un poco de desdén las contiendas literarias; mejor dicho, pensaba que las disputas estaban mejor en la escuela que en el templo. Todavía tenemos una parte de sus sermones. En ellos prevalecen la enseñanza moral, el consejo del director de almas, la pintura de la pasión, la palabra de aliento, la exposición de los deberes cristianos, la exhortación a las obras de caridad. Cuando el dogma aparece, está presentado con precisión, con sencillez, con claridad; es teología popularizada, puro catecismo. Era aquella palabra que iluminaba e inflamaba a la vez; llena de movimiento, de vida y de fuego, de ese fuego que penetra, purifica, levanta y transforma. Juan de Avila era más austero, más ingenioso, más original en sus interpretaciones bíblicas; Tomás de Villanueva, más docto, más ardiente, más impetuoso: «Oh pecador—clamaba, comentando la resurrección de Lázaro—; si lloras con verdad, sal fuera; huye de la concupiscencia, deja la lascivia, arroja de casa a la mala mujer, rompe la cadena; de otro modo, no creo en tus lágrimas.»

Cincuenta años antes había conmovido la ciudad de Salamanca otro predicador agustino, fray Juan de Sahagún. Ambos tenían la misma fuerza para arrastrar a las multitudes, para quebrantar las rebeldías, para dominar los corazones; pero si fray Juan, a fuerza de donaire, caía a veces en lo bufonesco, fray Tomás había renunciado a las agudezas, a las sales y a las burlas, acomodándose al consejo que por aquellos días daba a los oradores el más elocuente de todos ellos, fray Luis de Granada, cuando les decía «que a todos toca que nada digan de que puedan con razones ofenderse los oyentes: esto es, que nada digan con insolencia, nada con arrogancia, nada con descaro, nada con desvergüenza, nada injurioso, nada soez, nada chocarronamente, nada bajo, nada licencioso, indecente y viciosamente, sino que todo el carácter de la oración represente modestia, humanidad, caridad, celo de la común salvación y un deseo fervoroso de la verdadera piedad». Santo Tomás de Villanueva realizó este ideal del predicador digno, grave, indulgente y humano. No fue perseguido como Juan de Avila, ni odiado por sus oyentes, ni molestado por la Inquisición. Y, sin embargo, jamás hizo traición a su deber, ni halagó las pasiones, ni deslumbró con vanos adornos, destinados únicamente a entretener los espíritus con fantasmagorías. Hay en sus discursos fieros anatemas, apostrofes vehementes y terribles diatribas contra los vicios de su tiempo, y suya es la más dura crítica que se ha hecho desde el púlpito de las corridas de toros. «Omitiendo ahora otros vicios públicos—decía, predicando de San Juan Bautista—, ¿quién puede tolerar la bestial y diabólica costumbre de las corridas de toros de nuestra España? ¿Qué cosa más bestial que excitar a los brutos para que despedacen a los hombres? ¡Oh, sangriento espectáculo y juego cruelísimo! Ves a tu hermano atropellado en un instante por la bestia, y perder la vida del cuerpo y del alma, pues de ordinario mueren en pecado, ¿y te deleitas y complaces? ¡Cuánto trabajaron aquellos santos y antiguos doctores Crisóstomo, Agustín, Ambrosio y Jerónimo para desterrar de la Iglesia esos espectáculos atroces, obscenos y gentílicos! Y consiguieron que desapareciesen; sólo en España quedó este rito gentílico para perdición de las almas, y no hay quien lo repruebe y prohíba. Pero yo, aunque sé que nada he de conseguir, cumpliré con mi deber para salvar mi alma; no callaré en vista del peligro que corre mi alma y las vuestras.»

Tal es la palabra que resonó en toda Castilla, que transformó la ciudad de Salamanca, que pobló los conventos de novicios, arrancados a la Universidad, que subyugaba a los pueblos y conmovía a los poderosos. «Tomás no pide nunca —decía Carlos V—; Tomás ordena y exige.» La admiración del gran emperador por el humilde fraile no tenía límites: le hizo su predicador y su consejero; le distinguió incansable, con sus favores, y acabó por hacerle arzobispo de Valencia. Esto fue en 1544. Tomás se dirigió a pie hacia la capital de su diócesis, sin más bagaje que su Biblia, sin más cortejo que el del hermano lego que iba en su compañía. Como cuando salía a predicar por las rutas polvorientas de Castilla. Al verle tan pobre, su cabildo le obsequió con cuatro mil ducados, que él hizo llegar inmediatamente al hospital de la ciudad. Mientras Lutero reformaba las provincias de Alemania, desencadenando las pasiones y abriendo los conventos, el agustino español realizaba el más puro programa de reforma, trabajando heroicamente en la predicación, en la administración, en la visita de las parroquias, en la depuración del clero y en el mejoramiento de la vida social. Cuando se encontraba algún rebelde, le llamaba a su casa, le introducía en su despacho, cerraba la puerta, y después, descubriendo sus espaldas y arrodillándose ante el crucifijo, le decía: «Hermano mío, son mis pecados los que tienen la culpa de todo; justo es que yo sufra el castigo.» Y se flagelaba despiadadamente en su presencia.

En el palacio episcopal, Tomás vivía como antes en su convento. Él mismo barría su habitación y remendaba su hábito; un saco de paja era su lecho y las hierbas su comida. Jamás se pudo conseguir que dejase la sotana de fraile; consintió únicamente, después de muchas instancias del clero catedralicio, en usar un sombrero de seda; pero esto le pareció una condescendencia tan grande, que se figuraba a los pobres pidiéndole cuenta de tan escandalosa fastuosidad. Muchas veces enseñaba su sombrero con sonrisa burlona, y decía: «Aquí tenéis mi dignidad episcopal. Mis señores los canónigos, han creído que no podía ser obispo sin esto.» Aquello no era mezquindad, era caridad. Se vio al arzobispo regatear por dos maravedises con su sastre y con el carpintero de la iglesia, y después darles cien ducados para casar a una hija. Tomás de Villanueva fue llamado con razón el santo limosnero. De veinte mil ducados que rentaba la mitra de Valencia, dieciocho mil servían para dar carrera a los pobres, para sustentar a los enfermos, para remediar toda clase de necesidades. Estando a punto de morir, el arzobispo ordenó que diesen a los pobres todo lo que tenía en casa: ropas, muebles, vajilla y dinero. Por lo que pudiera suceder, sus familiares reservaron quinientos escudos; pero dándose cuenta de ello, se volvió a los que le asistían y les dijo: «¿Por qué me retenéis aquí, impidiéndome gozar de la felicidad que el Señor me ha preparado? Sabed que no me moriré hasta que sepa que no me queda nada en este mundo.» Ejecutado su mandato, acordóse de un padre de familia a quien había olvidado en el reparto. Hízole venir, le pidió perdón de su olvido y le entregó el lecho en que yacía moribundo, haciendo señal a los que le asistían de que le colocasen en el suelo para que el nuevo propietario se llevase la manda. Pero como nadie parecía hacerle caso, rogó a aquel pobre hombre que le prestase el lecho hasta la muerte.

Esta compasión admirable para todas las miserias de los hombres era el fruto natural de su trato íntimo y amoroso con Dios. Al leer los sermones de Santo Tomás de Villanueva, descubrimos aún ese hálito férvido y fuerte, esa unción, ese fuego suave y profundo, que sólo pueden salir de unas entrañas abrasadas en el amor divino. Y presentimos al místico; y nuestro presentimiento se confirma con el testimonio de los biógrafos, que nos hablan de alegrías sobrenaturales, de visiones y milagros, de súbitos arrobamientos. Él mismo se dignó descorrer un momento el velo de aquellas maravillas, cuando en un sermón de la Transfiguración exclamaba: «En cuanto a mí, hermanos míos, si alguna vez, y esto muy raramente y a pesar de mi indignidad, me ha sido dado, no por ningún mérito mío, sino por don gratuito de nuestro amadísimo Jesús, subir con Él hasta la santa montaña y contemplar la gracia de su rostro, aunque sólo fuese de lejos, ¡con qué lágrimas, con qué entusiasmo gritaba entonces: Señor, bueno es estar aquí! No permitáis que descienda jamás; me basta vuestra presencia. No os alejéis, por favor. ¡Que sea así toda mi vida, todos los días de mi vida! ¿Para qué quiero más? Pero, ¡ay!, súbitamente se desvanece esta paz, se eclipsa esta gloria, huye esta dulzura, y yo caigo dentro de mí mismo lleno de tristeza. Todo pasó como un relámpago y mi alma quedó en la aflicción. ¡Oh, si hubiera durado!» Esta era una cosa pasajera; lo normal, lo ordinario estaba en la lucha de cada día, en la conquista de la virtud a fuerza de valor, en el lento y paciente caminar, porque, como Tomás dice en otra parte, el camino de la perfección no ha de recorrerse al vuelo, sino paso a paso: Non pervolanda, sed perambulanda est.

(fuente: divvol.org)

jueves, 9 de octubre de 2014

09 de octubre: San Benito de Jesús (Héctor Valdivielso Sáez)

Religioso Lasallista y Mártir

Martirologio Romano: En la localidad de Turón, en la región española de Asturias, santos mártires Inocencio de la Inmaculada (Manuel) Canoura Arnau, presbítero de la Congregación de la Pasión, y ocho compañeros, de los Hermanos de las Escuelas Cristianas, que, durante la revolución, en odio a la fe fueron asesinados sin juicio previo, alcanzando así la victoria († 1934)

Integran el grupo: santos Cirilo Bertrán (José) Sanz Tejidor, Marciano José (Filomeno) López López, Victoriano Pío (Claudio) Bernabé Cano, Julián Alfredo (Vilfrido) Fernández Zapico, Benjamín Julián (Vicente) Alonso Andrés, Augusto Andrés (Román) Martín Fernández, Benito de Jesús (Héctor) Valdivielso Sáez y Aniceto Adolfo (Manuel) Seco Gutiérrez.

Héctor Valdivielso Sáez es uno de los ocho católicos que alcanzó la corona del martirio durante la llamada Revolución de Asturias, poco antes de la Guerra Civil Española. Nació en el barrio porteño de Boedo, el 31 de octubre de 1910. El 26 de mayo de 1913 fue bautizado en la antigua iglesia de San Nicolás de Bari, y en 1914 viajó junto a su familia a España, donde se estableció en Briviesca.

A los 24 años de edad, convertido ya en hermano de La Salle fue detenido, junto con sus compañeros, por los marxistas el 5 de octubre de 1934, en la escuela Nuestra Señora de Covadonga, del pequeño pueblo de Turón, a 20 kilómetros de Oviedo, donde enseñaban a hijos de mineros.

Después de permanecer varios días en la "Casa del Pueblo", los siete hermanos lasallanos y el padre pasionista que evangelizaba con ellos, fueron llevados en la madrugada del 9 de octubre hasta el cementerio de Turón, ante cuyas tapias los fusilaron los milicianos, sin acusación ni juicio previo.

En la ceremonia de beatificación, el 29 de abril de 1990, Juan Pablo II dijo que habían sido martirizados por "odium fidei", es decir, por odio a la fe, y que aceptaron cristianamente el sacrificio antes de renunciar a Cristo Jesús.

El historiador Vicente Cárcel Ortí, considerado el más autorizado experto en el estudio de la persecución religiosa sufrida por España entre 1931 y 1939, dice en su obra "Mártires españoles del siglo XX" que los mártires de Turón "no fueron víctimas de una acción bélica, ni de una represión política, sino que murieron a causa de la persecución religiosa desatada dentro de un plan comunista de conquistar a España, como señaló Gregorio Marañón al referirse a la llamada revolución de Asturias de 1934. Luego, a partir de 1936, el plan se aplicó de manera sistemática".

Para la canonización hizo falta comprobar un milagro atribuido a su intercesión, que se produjo el mismo día de la beatificación, el 29 de abril de 1990.

Rafaela Bravo Jirón, una joven nicaragüense de 24 años de edad, se debatía entre la vida y la muerte en el hospital Berta Calderón, de Managua, a consecuencia de un cáncer de útero. Los médicos apenas le daban unas semanas de vida. El esposo de la joven, ex alumno de La Salle, siguiendo el consejo del director del colegio donde había estudiado, rezó dos novenas pidiendo a los mártires que intercedan.

En la noche del 29 de abril, Rafaela sintió unos dolores fortísimos pero al día siguiente estaba totalmente curada. Las comisiones médicas que estudiaron durante años el caso consideran que se trata de una curación para la cual la ciencia no tiene explicaciones.

Rafaela Bravo no tuvo más síntomas ni molestias de ningún tipo desde entonces.

La ceremonia de canonización del beato argentino se realizó en el Vaticano el 21 de noviembre de 1999.

Para ver información del grupo de santos mártires del cual forma parte San Héctor Valdivielso, haz click AQUI

(fuentes: aciprensa.com; catholic.net)

miércoles, 8 de octubre de 2014

08 de octubre: Santa Pelagia de Antioquía

Nombre de varias santas. El antiguo martirologio de Siria (ed. De Rossi-Duchesne, in "Acta SS.", nov., II; "Martyrol. Hieronym.", LXI) da la fiesta de Santa Pelagia de Antioquía (in Antiochia Pelagiae) en la fecha del 8 de octubre. Información adicional acerca de esta mártir, sin duda una persona histórica, aparece en una homilía de San Juan Crisóstomo [PG, L, 479 ss; Ruinart, Acta mart sincera" (ed. Ratisbona), 540 ss.]. Pelagia era una virgen cristiana de quince años de edad. Los soldados llegaron en su búsqueda, evidentemente, durante la persecución de Diocleciano, con el fin de obligarla a ofrecer públicamente un sacrificio pagano. Estaba sola en la casa, sin nadie allí para ayudarla. Salió donde los soldados enviados tras ella y cuando se enteró de la orden que tenían que ejecutar, pidió permiso para ir de nuevo a la casa a cambiarse de ropa, lo cual le permitieron. La virgen, que probablemente sabía lo que le esperaba, no estaba dispuesta a exponerse al peligro de ser deshonrada. Por lo tanto, subió a la azotea de la casa y se tiró al mar. Así murió, como dice San Juan Crisóstomo, como virgen y mártir, y fue honrado como tal por la Iglesia de Antioquía. San Ambrosio también menciona esta Santa Pelagia de Antioquía ("De virginibus", III, VII, en PL, XVI, 229;. Epist XXVII, "Ad Simplicianum", XXXVIII, ibid, 1903.).

Hay una leyenda posterior de una Pelagia, que se dice que había llevado la vida de una prostituta en Antioquía y que había sido convertido por un obispo llamado Nono. Según la historia, ella fue a Jerusalén, donde disfrazada de hombre y bajo el nombre de Pelagio, llevó una vida de auto-mortificación en una gruta en el Monte de los Olivos. El autor de esta leyenda, que se llama a sí mismo el diácono Jacobo, obtuvo la parte esencial de su relato de la 48va homilía de San Juan Crisóstomo sobre el Evangelio según San Mateo. En esta homilía el predicador relata la conversión de una famosa actriz de Antioquía, cuyo nombre no da. Como ninguna autoridad antigua hace mención alguna de una Pelagia en Jerusalén, sin duda, la alegada mujer convertida es una hechura puramente legendaria de la Pelagia histórica. En Oriente la fiesta de esta segunda Pelagia se observa el mismo día (8 de octubre); en el actual Martirologio Romano la fiesta de la mártir se celebra el 9 de junio, el de la penitente el 8 de octubre.

En esta última fecha la Iglesia Griega celebra también como virgen y mártir a otra otro Pelagia de Tarso. El martirologio romano coloca la fiesta de esta Pelagia el día 4 de mayo. Hay una leyenda de una fecha posterior acerca de ella. Como Tarso estaba cerca de Antioquía, Santa Pelagia de Tarso, probablemente se debe identificar con la mártir de Antioquía, cuya fiesta también se observó en Tarso y que se convirtió después en una mártir de Tarso. La opinión de Usener de que todas estas diferentes santas son sólo una reconstrucción cristiana de Afrodita ha sido completamente desmentida por Delehaye.

Además de Santa Pelagia de Antioquía, tomada del martirologio de Siria, el "Martyrologium Hieronymianum" también menciona el 11 de julio a una mártir Pelagia, compañera de martirio de un tal Genaro, nombrando a Nicópolis en Armenia como el lugar del martirio, y da una breve reseña de esta santa. Ella es claramente una persona diferente a la mártir de Antioquía. Beda incluyó su nombre en su martirologio y fue adoptado a partir de éste en la lista actual de los santos romanos.

Fuente: Kirsch, Johann Peter. "Pelagia." The Catholic Encyclopedia. Vol. 11. New York: Robert Appleton Company, 1911. 13 Jan. 2012 www.newadvent.org.

(fuente: ec.aciprensa.com)

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