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viernes, 7 de noviembre de 2014

07 de noviembre: San Wilibordo

Obispo de Utrecht, evangelizador de Europa
(657-739)
El apóstol de Frisia

Rathmelsigi miraba al mar, despertando en sus moradores anhelos de rutas lejanas. Es un monasterio de Irlanda, pero en su interior resuenan los acentos duros del idioma anglosajón. Una colonia de jóvenes venidos de Mercia y de Nortumbria viven dentro de sus muros bajo la dirección de un santo abad que se llamaba Egberto. Este hombre tenía una historia edificante que le había ganado la adhesión entusiasta de aquella juventud. Era un sabio y un apóstol. Tenía veinticinco años, cuando una peste que asoló a Inglaterra en 666 se llevó a todos los monjes que vivían en su monasterio. Atacado también él, pudo escaparse de la enfermería, juntamente con un amigo, para retirarse a un lugar solitario donde aguardar la muerte y llorar sus pecados. En el fervor de su oración, pidió al Señor que le dejase vivir para expiar las faltas de su juventud, prometiendo desterrarse para siempre de su patria. En esto, un hermano, que era su mejor amigo, y estaba agonizando a su lado, recogió sus últimos alientos para decirle: «¡Ay, hermano Egberto! ¿Qué has hecho? Tenía esperanza segura de entrar contigo en el Cielo, y he aquí que me dejas morir solo; porque has de saber que tu voto ha sido escuchado.»

Egberto cumplió su promesa pasando a Irlanda, pero ahora sus ojos miraban más lejos. Pensaba en el continente, en las tierras que había recorrido el irlandés Columbano, en la Gemrania pagana, en los azares de la peregrinación por Cristo. Todos sus discípulos estaban poseídos del mismo entusiasmo; pero ninguno tanto como un joven monje, inglés como él, que se llamaba Wilibordo. Wilibrordo contaba una historia propia para enardecer aquellos corazones deseosos de extender el reino de Cristo. Habíala aprendido en Ripón, monasterio inglés, donde había pasado los primeros años de su vida religiosa. «Allí conocí—decía, hablando con sus compañeros—al santo obispo de York, Wilfrido. Vosotros sabéis lo que Wilfrido ha hecho para defender las libertades de la Iglesia. Pues bien, hace unos años, habiéndose embarcado para ir a Roma a defenderse de sus enemigos, fue arrojado por una tempestad en las costas occidentales de Germania.» Los monjes anglosajones escuchaban con avidez, y estaban como deslumbrados al oír hablar de los países misteriosos del otro lado del mar. «Allí —continuó el de Ripón—Wilfrido recibió muestras de la más exquisita hospitalidad; el rey le tuvo en su casa, le dio permiso para predicar el Evangelio, y muchos fueron bautizados. Desgraciadamente, tuvo que continuar su viaje a Roma; y además le fue preciso acelerar la marcha, porque el duque de los francos le perseguía.»

Este relato comunicó nuevo ardor a la vocación misionera de aquellos jóvenes. «Debemos ir a predicar a aquellas gentes; son nuestros antepasados y hablan nuestra misma lengua.» Un grupo numeroso se ofreció a cruzar el mar, y Egberto se puso a la cabeza de los voluntarios. Fiel a su promesa de no pisar el suelo natal, fletó un navío para dirigirse, sin hacer escala, a las costas germánicas; pero en el momento de embarcarse, vino un monje a decirle de parte de Dios que su misión estaba en Irlanda, que debía consagrar su vida a introducir los usos romanos en los monasterios celtas, siempre rebeldes. «Sus arados van torcidos—decía la voz de lo alto—; es preciso volverlos al surco.» El sueño se repitió dos veces, a pesar de lo cual Egberto se hizo a la mar, y sólo cuando la nave fue arrojada a la costa por un vendaval, decidió someterse a la voluntad divina.

Triste, porque no podía realizar personalmente aquella hazaña, escogió doce monjes de entre los más animosos de sus discípulos y los envió al continente, bajo la dirección de aquel joven profeso de Ripón. Esto era en 690. Wilibordo, el jefe de la expedición, tenía entonces treinta y tres años. Impetuoso y enérgico, estaba retratado en su nombre: su «voluntad» era una «lanza» de acero destinada a las grandes victorias del espíritu. Hijo de un noble caballero anglosajón, buscó un asilo desde los umbrales de su adolescencia en el monasterio de Ripón, que era el centro de la influencia romana frente al tradicionalismo celta, acantonado en Lindisfarne. Su maestro fue allí Wilfrido; pero, arrojado Wilfrido nuevamente de Inglaterra, algunos de sus discípulos, y entre ellos Wilibordo, se refugiaron en Irlanda al lado de Egberto, otro campeón inflexible de las costumbres romanas, en cuya escuela acabó de formarse para sus empresas apostólicas.

Los doce misioneros pisaron tierra holandesa en Catwick, desde donde pasaron a Utrecht para presentarse a Pipino de Heristal, mayordomo del palacio del rey de los francos. Como buen inglés, Wilibordo había comprendido que el apoyo del Gobierno de Francia podía serle muy provechoso en su empresa; como buen discípulo de Wilfrido, se dio cuenta de que más importante todavía sería la protección de la sede apostólica. Fue, pues, a Roma, habló de sus proyectos con el Papa Sergio, y volvió fuerte con su bendición, cargado de reliquias de mártires y consagrado obispo de las regiones que iba a evangelizar.

Wilibordo empieza su misión, como todos los apóstoles benedictinos, levantando monasterios. La principal de sus fundaciones se llama Epternach, en las cercanías de Tré-veris; más tarde será una escuela de arte; ahora es la cindadela de los misioneros que vienen a ella para reparar sus fuerzas y dar nuevos alientos con la historia de sus éxitos a los futuros colaboradores que allí se forman. De su recinto salen Wilibordo y sus companeros cantando salmos, y avanzan en nombre de Cristo en dirección a la tierra de los frisones y los daneses, adoradores de Odín. Allí vive un pueblo belicoso y bárbaro, cuyo duque, Radbodo, lucha desesperadamente por defender la independencia de su tierra contra los francos. Franco y adorador de Cristo, es para él una misma cosa; por eso odia a los misioneros. Rechaza sus doctrinas, y cuando le hablan del Cielo, pregunta: «¿Encontraré a mis abuelos en vuestro Walhalla?» Naturalmente, la respuesta no puede ser afirmativa, y en vista de esto, el jefe pagano exclama: «Bueno, prefiero estar toda la eternidad en el infierno con mis gloriosos antepasados, que en el Cielo con un puñado de cristianos mendigos.» No obstante, Wilibordo recorre la tierra predicando, bautizando y consagrando altares cristianos en los templos de los ídolos. Cuando vuelve a su monasterio, va siempre acompañado de nuevos convertidos, en quienes él infunde el celo apostólico y lanza luego por toda la región para convertir a sus compatriotas. Su sede episcopal está en Utrecht, pero el punto de partida de sus correrías sigue siendo Epternach. Cada año hace una nueva expedición, acompañado siempre de un grupo de discípulos. No se le puede dejar solo, porque con frecuencia su celo le arrebata y pone su vida en peligro.

Los biógrafos nos han conservado algunos detalles particulares de una de sus campañas evangélicas. Dirígese primero a la corte del duque, Radbodo es un hombre generoso, valiente y de una clarividencia natural muy grande; el apóstol tiene especial empeño en salvar su alma. El guerrero le recibe con esplendidez, le agasaja y hasta le mira como un amigo, pero no quiere oír hablar de religión. Wilibordo se despidó de él, triste por su fracaso, penetra en Dinamarca, donde recibe también buenas palabras de parte de los grandes señores, pero nada más. Sin embargo, no pierde por completo su viaje: en un mercado de esclavos ha visto treinta daneses, ha pagado por ellos la cantidad exigida, y después de bautizarlos vuelve con su pequeña tropa a las orillas del Rhin. Un vendaval arroja su nave a la pequeña isla de Heligoland, tierra sagrada para los doradores de Odín. En ella hay un templo, centro de peregrinaciones, donde los paganos dejan sus exvotos y sus ofrendas. Todo cuanto hay en los alrededores está consagrado al dios. Nadie puede cortar ramas de los árboles, ni herir a los animales que viven entre ellos, ni siquiera beber agua de sus fuentes. La ira de los dioses le aniquilaría, y a falta de ella estaba la venganza de los hombres. Sin hacer caso de estas supersticiones, Wilibordo hizo matar varios animales de la isla para alimentar su gente, mientras se reparaba la nave averiada, y no contento con eso, atrevióse a bautizar algunos convertidos en una fuente que brotaba junto al templo. Ni la tierra le tragó; ni el dios parece haberse dado por enterado; pero el escándalo fue tan grande, que no tardó en llegar a oídos del duque. Unos días más tarde, Wilibordo y sus compañeros, apresados por orden de Radbodo, comparecían en su presencia. Durante tres días consultó, por medio de las suertes, la voluntad de sus dioses sobre lo que debía hacer con el obispo de los cristianos; pero nunca salió su nombre entre los que debían ser condenados a muerte, apareciendo sólo el de uno de sus compañeros, que fue inmediatamente degollado. El jefe pagano miraba con un terror misterioso a aquel hombre, que manifestaba la mayor serenidad delante de la muerte y parecía tener un poder mayor que el de Odín y todos sus compañeros del Walhalla.

—¿Quién te da atrevimiento para injuriar a mi dios? —le preguntó.

—Señor—dijo el extranjero—, no es Dios eso que adoras, sino un demonio, que te trae engañado para arrojarte en las eternas llamas. No hay más que un Dios, creador del Cielo, de la tierra, del mar y de cuanto hay en ellos. El que le adora con fe verdadera se hace merecedor de la eterna vida, y de su parte vengo yo a ti en este día para conjurarte que dejes los errores abominables en que vivieron tus padres y te conviertas a la verdad, y vivas sobria, justa y santamente. De lo contrario, no puedo prometerte más que los suplicios eternos con el diablo, tu dueño y señor.

Estas palabras hubieran podido provocar un desenlace trágico; pero más admirado que encolerizado, el bárbaro hizo esta extraña confesión: «Tus palabras son como tus obras, mas no sé qué castigo imponerte para quebrantar la rebeldía de tu pecho. Veo que no temes mi justicia y que la muerte no sería para ti un tormento, sino el descanso de las fatigas. Vive, pues, aunque odies la vida; y vete donde quieras.» Poco después llegaba Wilibordo a Walcheren, una de las islas de Zelanda. También allí había un templo con su ídolo, que el misionero quiso convertir en iglesia después de haber convertido a la mayor parte de los insulares; pero en el momento de echar mano de la estatua para destruirla, un sacerdote pagano corrió a él furioso y le hirió en la cabeza con una lanza, consagrando con su sangre el altar. Sus acompañantes le levantaron del suelo y se embarcaron con él en dirección al sur.

Afortunadamente, la herida no era mortal, y al poco tiempo Wilibordo recorría de nuevo el terreno pantanoso de la Frisia. Fue un evangelizador infatigable y un gran organizador de misiones. Durante cincuenta años predica, bautiza, funda centros misioneros y lanza a sus discípulos en todas direcciones. Sólo hubo una tregua en aquella existencia devorada por el celo apostólico: los tres años (714-717) en que, aprovechando la muerte de Pipino de Heris-tal, los frisones, mandados por Radbodo, reaccionan contra la influencia absorbente de los francos y les declaran una guerra encarnizada. El antiguo benedictino de Ripón aprovecha este intervalo para consolidar sus fundaciones monásticas y trabajar en la reorganización de la Iglesia de Francia. Entonces es cuando bautiza al hijo de Carlos Martel, Pipino el Breve, anunciando en él al fundador glorioso de la dinastía carolingia. Al volver la paz reanuda sus tareas con nuevo entusiasmo. Ahora el fruto es más generoso que nunca. El milagro va junto a él fecundando sus palabras. Cuando sus compañeros desfallecen en los caminos, les ofrece vinos que nadie sabe de dónde vienen. Cuando se cruzan con él grupos de hombres hambrientos, les trae pan de las Dañeras del Cielo. Su prestigio es enorme. En la corte de los francos se le venera como a un profeta. Cuando los magnates le escriben o le hacen alguna donación, le llaman «el hombre admirable, el varón apostólico, el padre santísimo, el carísimo señor, el venerable pontífice y el intrépido servidor de Dios». Ya es viejo, «pero se diría—dice su biógrafo—que Dios Quería perpetuar en él la gracia de una eterna juventud. Ni había perdido la tenacidad de la memoria, ni, al enfriarse la sangre, había disminuído la agudeza de su ingenio, ni los años habían arado su frente. De su boca, como de Néstor cuenta Homero, manaban las palabras más dulces que la miel. Nunca se arrepintió de vivir, porque vivió de tal manera que pudo juzgar no haber nacido en vano, si bien la carne nunca fue para él más que una posada. Lo augusto de su presencia era otro de los motivos que le atraían la veneración de las gentes. De talla prócer, de cabellera nevada y abundante, de rasgos extraordinarios bellos, de ojos luminosos y siempre serenos, parecía como si hubiese en él algo superior a la naturaleza humana. «La belleza de su cuerpo era un reflejo de la gracia de su alma.»

En estos últimos años, cuando la estrella de su vida declinaba, tuvo Wilibordo la alegría de ver levantarse la nueva estrella del apostolado germánico. Era un monje también y un compatriota suyo. Él le trajo las postreras noticias de su tierra. Egberto, su maestro, acababa de morir, después de terminar su obra, después de enderezar los arados torcidos. Los monasterios celtas habían dejado su tonsura cismática y su cómputo pascual, aceptando la disciplina de Roma. El viejo, misionero quiso retener al joven y hacerle su coadjutor, y luego su continuador; pero Bonifacio buscaba selvas vírgenes y no holladas todavía por el misionero. Recogió amorosamente los consejos del anciano, recibió su bendición y se internó por tierras de Sajonia. Para continuar su obra, Wilibordo deja una pléyade de discípulos. Ellos recogerían su espíritu y seguirían llevándole como un fuego purificador por aquellas vastas regiones que él había abierto a la luz de la civilización y a la vida de la gracia. Toda la Frisia, Holanda, Zelanda, Flandes y el Brabante le llaman todavía su apóstol.

(fuente: www.divvol.org)

otros santos 07 de noviembre:

- Beato Vicente Grossi

jueves, 6 de noviembre de 2014

06 de noviembre: Beato José López Piteira

«Joven cubano de ascendencia española. Un agustino que pudo haberse liberado de la muerte que pendía sobre él por su condición religiosa, pero eligió derramar su sangre por Cristo siendo mártir en la guerra española de 1936»

Madrid, 06 de noviembre de 2014 (Zenit.org) La divina Providencia quiso que este joven, primer beato cubano, defendiendo su fe en Cristo viniese a derramar su sangre en España, la tierra de sus antepasados, aunque llevó clavada en su corazón hasta su postrer aliento la isla caribeña que le vio nacer. Pero un apóstol es ciudadano del mundo, un vastísimo territorio que se conquista palmo a palmo entregándolo todo, como Cristo exige en el evangelio, de modo que cualquier lugar al que se vea conducido en aras de la voluntad divina se convierte en un destino amado e irrenunciable. Y esto que José tuvo presente en todo momento, unido a la gracia divina que le alumbró, hizo que no tambalease lo más mínimo justamente cuando se enfrentó a la muerte brutal que otros le impusieron. No es tan mundialmente conocido como otros mártires, pero forma parte por derecho propio de quienes supieron hacer frente con toda valentía a ese cruel instante que se cernía sobre ellos, y que generosamente dieron su vida dejando tras de sí un admirable legado de amor.

Un día de primeros del siglo XX su humilde familia abandonó la noble tierra gallega para ganarse el sustento, como hicieron tantos compatriotas. Allí quedaron, bajo la custodia de los abuelos, dos de sus hijos, de los que se despedirían con inmenso dolor. En su equipaje portaban la fe heredada de sus padres como un preciado tesoro que habrían de transmitir a su numerosa prole. José nació en Jatibonico, Cuba, el 2 de febrero de 1912. Fue el quinto de los hijos que vinieron al mundo en ese hogar creado por Emilio y Lucinda, y segundo de los varones; después nacerían cinco vástagos más.

En plena niñez, poco antes de cumplir sus cinco primeros años de vida, José regresó junto a sus progenitores a España. Aunque apenas existen datos de su infancia, debió ser uno de esos niños que no crean problemas. Cursó estudios en régimen de internado con los benedictinos de Santa María de San Clodio, del municipio de Leiro, Orense, dando así sus primeros pasos hacia la vida religiosa. A buen seguro que sus padres habrían puesto grandes esperanzas en él. Finalizados sus estudios, se integró con los agustinos de Leganés, Madrid. Profesó con ellos en 1929, y prosiguió su formación en el monasterio de san Lorenzo del Escorial. Se han destacado las cualidades que apreciaron en él en esa época de su vida subrayando su «carácter bondadoso y tratable, entusiasta y observante».

Y efectivamente no sería mal religioso cuando un año antes de convertirse en sacerdote, momento que aguardaba gozoso, ya estaba decidido su futuro como vicario apostólico de Hai Phòng, en Vietnam. Sus superiores habían vislumbrado en él las cualidades y virtudes que iban configurándole como un gran apóstol. No llegó a partir y tampoco pudo recibir el sacramento del orden. Sus sueños se truncaron violentamente al ser apresado el 6 de agosto de 1936 junto a sus hermanos religiosos en medio de la fratricida contienda española. El antiguo colegio madrileño de San Antón, que había sido propiedad de los padres escolapios, donde tantos alumnos fraguaron y compartieron su fe –entre otros Fernando Rielo, fundador de los misioneros y misioneras identes–, convertido entonces en cárcel, fue el escenario donde se desenvolvieron los preámbulos del particular calvario de José.

Cuando llegaron a buen puerto las gestiones realizadas por sus atribulados familiares ante las autoridades cubanas, en un gesto de valentía y coherencia, el beato declinó la oferta de su liberación. Y su temple apostólico, lleno de caridad, se puso de manifiesto en su inquebrantable voluntad de dar hasta el final los mismos pasos de sus hermanos de comunidad: «Están aquí todos ustedes que han sido mis educadores, mis maestros y mis superiores, ¿qué voy a hacer yo en la ciudad? ¡Prefiero seguir la suerte de todos, y sea lo que Dios quiera!». Así lo determinó, con rotundidad, dispuesto a cumplir la voluntad divina. Los rostros de sus superiores y formadores le contemplaban conmovidos. Y con ellos compartió numerosos sufrimientos en cerca de cuatro meses marcados por las privaciones y la angustia, hasta que entregó su alma a Dios en Paracuellos del Jarama, Madrid.

Fue ajusticiado el 30 de noviembre de 1936, junto a otros 50 religiosos agustinos, exclamando: «¡Viva Cristo Rey!», al tiempo que renovaba el supremo acto de perdón aprendido del Redentor hacia quienes le privaban de su vida; así le franqueaban las puertas del cielo. Tenía 24 años. Fue beatificado el 28 de octubre de 2007, junto a junto a 497 mártires de la persecución, por el cardenal Saraiva, como Delegado de Benedicto XVI.

escrito por Isabel Orellana Vilches (06 de noviembre de 2014) © Innovative Media Inc.

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- Beato Angel Prat i Hostench y 16 compañeros

miércoles, 5 de noviembre de 2014

05 de noviembre: San Guido Maria Conforti

«China, el gran sueño del insigne apóstol, arzobispo de Parma, y fundador de los Misioneros Javerianos, que se dejó guiar siempre por el crucifijo, su libro por antonomasia»

Madrid, 05 de noviembre de 2014 (Zenit.org) Natural de Casalora di Ravadese, Italia, nació el 30 de marzo de 1865. El crucifijo fue «el libro» por antonomasia de este santo fundador que se sintió llamado a seguir a Cristo siendo un adolescente: «El Crucifijo es el gran libro que ofrece a nuestros ojos horizontes infinitos». «No es posible fijar la mirada en este modelo divino sin sentirse empujado a cualquier sacrificio por grande que sea». Y desde luego él no escatimó ningún esfuerzo. Contemplando al divino Redentor supo contrarrestar la tenaz oposición de su familia para materializar una vocación que había surgido dentro de su corazón con fuerza y carácter irreversible. Ingresó en el seminario en 1876. Se caracterizó por su piedad, diligencia, obediencia, así como por su dedicación al estudio.

No había concluido sus estudios eclesiásticos cuando lo designaron vicerrector del seminario, una misión sellada por sus muchas virtudes. Al encarnar en sí mismo el evangelio testificaba con su conducta el grado de su amor a Dios, que transmitía fielmente, siendo motivo de edificación para quienes le rodearon. Por ello fue un gran formador. Recibió el sacramento del orden en 1888. En un momento dado, la lectura de la vida de san Francisco Javier le abrió inmensos horizontes apostólicos. Donde no había logrado llegar el gran santo navarro, podía hacerlo él. Ese era el sueño que fraguaba en su oración y alimentaba con la recepción de la Eucaristía. China aparecía ante sí teñida de esperanza, abriéndole los brazos para poder llevar la fe a incontables personas, su mayor y más ferviente anhelo. Inmediatamente puso en marcha el engranaje creando en 1895 un seminario en el que surgiría la Congregación de Misioneros Javerianos.

Los primeros sacerdotes en partir a China fracasaron sencillamente porque la voluntad divina era otra. Por eso, entre diversos contratiempos, se opusieron a este primer intento de fundar allí la enfermedad de alguno de los integrantes del grupo y la partida de otros. Pero el santo fundador no se desanimó. Más de una veintena de expediciones posteriores materializaron ese apostólico afán que había alentado a los pies de Cristo y continúo alumbrando hasta el fin de sus días. En la ofrenda que hacía de sí mismo a Dios se incluía el deseo de haber podido ir allí personalmente, algo que no fue posible para él. Entre tanto, realizó grandes misiones dentro de la Iglesia impulsando, entre otras acciones, la Pontificia Unión Misionera del Clero, ayudando y aconsejando a su artífice, el beato Pablo Manna. Guido fue su primer presidente, y colaboró tanto en su fundación como en su difusión, consiguiendo que el papa la aprobase.

El espíritu de un santo nunca es localista, sino universal; y así fue la mirada de este fundador que contemplaba el horizonte situado al pie del Cruficado. De él se ha dicho que «el ‘espectáculo’ de la cruz le hablaba ‘con la elocuencia de la sangre’». En 1902 le encomendaron la diócesis de Rávena, misión que su precaria salud le impidió culminar. Hay que decir que los problemas físicos que le acompañaron casi toda su vida no fueron óbice para entregarse por completo a Dios y a los demás. Sin embargo, en ese momento, plenamente consciente de que su limitación podía constituir un veto para llevar a cabo su labor pastoral, presentó su dimisión. Eso sí, cuando vio que debía seguir adelante, ratificó su profesión prometiendo dedicarse por entero a la evangelización. Hasta 1907, mientras se restablecía de la enfermedad, redactó las constituciones, se centró en la formación de los misioneros y en el gobierno, ya que era el superior general. A finales de ese año fue designado arzobispo de Parma.

Llegó a esta sede en 1907 y rigió la diócesis de manera ejemplar durante un cuarto de siglo. Dejó en ella su impronta misionera. Su celo apostólico no tenía fronteras. Fue un insigne apóstol que supo vivir con fidelidad su día a día. En su quehacer apostólico, intenso y lleno de creatividad, se halla la realización de numerosos congresos de cariz eucarístico y mariano. Puso en marcha las escuelas de doctrina cristiana en las parroquias y enriqueció el apostolado de la diócesis con instrumentos diversos, como asociaciones, prensa católica, misiones populares, amén de acciones catequéticas, procurando una esmerada formación a los catequistas, atención al clero y a los fieles, con singular ternura hacia los pobres, junto a la formación y el cuidado que dispensó a sus hijos.

Fue un hombre fidelísimo a la Cátedra de Pedro, un gran pacificador y defensor de los derechos de los sacerdotes y de los campesinos, adalid de la Acción Católica. Mantuvo sus brazos abiertos en todo momento para creyentes y no creyentes. En 1928 efectuó un viaje apostólico a China con objeto de visitar a sus hijos. Con indescriptible gozo acogía la gracia de ver fundado ese amado país, y así penetró en la catedral de Cheng Chow entonando el Te Deum, que culminó después con un emocionado: «¡Señor, lo he visto! Ahora puedo iren paz». En 1930, neutralizando sus escasas fuerzas con la gracia de Dios, efectuaba una intensísima y agotadora visita pastoral por la diócesis. Era la quinta ocasión en que lo hacía. En Pagazzano tuvo un grave contratiempo de salud. Le aconsejaron descansar y replicó con gallardía: «Un obispo debe estar en las trincheras como un oficial». El 5 de noviembre de 1931, «desgastado» por su pasión de amor a Cristo y a la misión evangelizadora, entregaba su alma a Dios en Parma, suplicando: «Señor, salva a mi clero y a mi pueblo del error y de la incredulidad». Fue beatificado por Juan Pablo II el 17 de marzo de 1996. Benedicto XVI lo canonizó el 23 de octubre de 2011.

escrito por Isabel Orellana Vilches (05 de noviembre de 2014) © Innovative Media Inc.

otros santos 05 de noviembre:

- Beata Francisca de Amboise

martes, 4 de noviembre de 2014

04 de noviembre: San Félix de Valois

SAN JUAN DE MATA
Obispo y Fundador
(1117-1212)

SAN FÉLIX DE VALOIS
Ermitaño y Cofundador
(1160-1213)

Fundadores de la Orden de la Santísima Trinidad, para la redención de los cautivos.

San Juan de Mata: 17 de diciembre San Félix de Valois: 4 de noviembre

Son contemporáneos de San Francisco de Asís y Santo Domingo de Guzmán, hijos de aquel gran siglo en que el concepto cristiano de la sociedad llegaba a su máximo esplendor, y la fe bullía pujante en las almas. Tal vez las gentes se dejaban seducir por las pasiones, pero no las adoraban; el que caía volvía a levantarse; se hacía el mal, pero no se le tomaba por bien; cada cosa tenía su nombre. Francisco se consagró a rescatar los cautivos de la riqueza; Domingo, a libertar los cautivos del error; Juan de Mata y Félix de Valois, a romper las cadenas de los cautivos que gemían en las prisiones de la morería.

Cuando, en 1180, Juan de Mata, dejando su tierra aquitana, llegó a París, observó en sí mismo dos maneras distintas de ver la vida. Por un lado, sentía una voz que le decía: «Juan, busca la pobreza, porque la pobreza fue la compañera de Jesús.» Pero otro instinto le llevaba a la gloria, al poder, a lo que los hombres llaman grandeza. Era el efecto de su formación doméstica. Su madre le había conducido al mundo de los que sufren el dolor y la pobreza; su padre había querido hacer de él un hombre famoso, lustre de su familia; y para eso le había enviado a estudiar a Marsella, y para eso le enviaba ahora a París. Pero en el mundo de los ricos y de los sabios encontró tristeza y decepción. Sentía el vacío del corazón, un hastío profundo le acongojaba, echaba de menos las palabras de su madre y los lugares de su infancia; hasta que un día, estando en el monasterio de Santa Genoveva, oyó que le decían estas palabras: «Estudia la sabiduría, hijo mío, y alegra mi corazón.» Desde ese momento Juan se entregó al servicio de Dios. El Espíritu se encargaba de guiar por sí mismo a aquel hombre de buena voluntad, y a veces hasta de hablar por su boca. Conoció un día en las aulas a un joven maestro de Italia, llamado Juan Lotario, y, encarándose con él, le dijo: «Muy pronto te sentarás en el trono de Pedro.»

Entretanto, Juan dé Mata anhelaba por su otro yo. Juan de Mata presentía a Félix de Valois. ¿Cómo encontrarse? Félix de Valois vivía allá lejos, en las montañas de la diócesis de Meaux, enamorado de la soledad y el silencio. Hacía penitencia por los pecados de sus padres. Sus padres eran el conde Raúl y la condesa Leonor. El divorcio había traído sobre ellos y sobre su castillo el rayo de la excomunión. El hijo abandonó la morada maldita, y se presentó a su tío Tibaldo, conde de Champaña, pidiendo hospitalidad; pero un buen día, en una partida de caza, el joven gentilhombre desapareció. Buscáronle por los bosques y los ríos, en el llano y en la montaña, hasta que todos quedaron convencidos de que se había matado cayendo en algún precipicio, y notificaron su muerte.

Efectivamente, había muerto al mundo; había nacido a una nueva vida. Un anacoreta que se encontró en la soledad fue el que le introdujo en aquella nueva existencia de maravillas, para él inéditas. Fue su guía, su confidente, el que, ignorante de las cosas exteriores, le dio a conocer el misterio de las interiores. Con su último suspiro, el viejo le entregó su últrno secreto, y así el discípulo quedó convertido en maestro, maestro en el arte de amar a Dios, de captar las luces invisibles que bajan cada momento del Cielo a la tierra, de levantarse a las alturas sublimes de la contemplación. Poco a poco, entre sus éxtasis y sus penitencias, una idea fija empezó a brotar en su espíritu. La voz que habla a los solitarios, le habló a él de los pobres y de los desgraciados; de los más pobres entre todos los desgraciados, aquellos que, nacidos tal vez en un palacio, viven en una mazmorra maltratados por un hombre sin entrañas, condenados a servir a los enemigos de su Dios y de su raza y expuestos a perder la fe. Y como la acción tiene sus raíces en la contemplación auténtica y ortodoxa, Félix sintióse movido a socorrer a los pobres cautivos.

En este momento es cuando Mata encuentra a Valois, al auxiliar presentido. Hasta ahora sus vidas habían caminado en direcciones enteramente contrarias; desde ahora se cruzan, se funden, se completan para realizar el destino providencial. Nada parecía llamar a uno ni a otro hacia el bosque de Meaux, y, sin embargo, allí fue el encuentro, y el encuentro fue el punto de partida de la obra común. El recién venido fue el primero en hablar al veterano del silencio. Después, el uno se contó al otro su vida, y de aquel relato nació en cada uno de ellos el desprecio más profundo de sí mismo y la admiración más alta del compañero. Convinieron en vivir juntos, juzgando cada uno, con ese egoísmo inverso de los santos, que el provecho de la convivencia era para sí. Aquella compañía de tres—Dios, Mata y Valois—, de Dios, que asistía con su espíritu, y de los ermitaños, que esperaban nuevas ideas y nuevas luces, duró tres años. El hombre que durante este tiempo hubiese asistido a sus oraciones y conversaciones, se hubiera llenado de sabiduría. ¿Quién adivinaría los secretos misteriosos, que iluminaron aquel bosque y transfiguraron a aquellos dos hombres, que no tenían cada uno más que un amigo, y este amigo era un santo?

Un día, en medio de los arrebatos de la oración, vieron un ciervo blanco que iba a apagar su sed en la fuente vecina, un ciervo que entre sus cuernos llevaba una cruz roja y azul; y, con esa hermenéutica invisible e infalible que tienen los santos, distinguieron allí la voluntad de Dios. Dejaron la soledad y se fueron a París a comunicar sus proyectos al obispo y a los doctores. De París fueron a Roma, y en Roma, sentado en el trono de San Pedro, encontraron a Inocencio III, a Juan Lotario, el mismo a quien Mata había dicho un día, saliendo de las aulas: «Serás Papa.» ¿Para qué más recomendación? No se podía dudar de que aquellos hombres eran hombres de Dios, y la Orden de la Santísima Trinidad de la Redención de los cautivos quedó establecida con toda la fuerza de la autoridad pontificia.

Era aquél el tiempo heroico de las Cruzadas. En España y en Oriente los cristianos luchaban sin cesar con los musulmanes, y muchos de ellos caían vivos en poder del enemigo. Además, los piratas moros infestaban los mares y las costas, capturando pasajeros, mercancías y aldeanos indefensos. En Túnez, en Marruecos, en Trípoli, en Egipto y en Siria las prisiones públicas y los sótanos de las casas estaban llenos de cristianos, que se hacinaban unos contra otros, mal vestidos y peor alimentados. Para responder a las eventualidades de esta terrible situación, organizó su Orden Juan de Mata con una sabiduría divina. A los pocos meses llegaban a Europa los primeros redentores con su botín precioso: ciento ochenta y seis esclavos redimidos. La procesión recorrió las calles de Marsella dando gracias a Dios. Parecían sombras venidas del otro mundo; iban de dos en dos, con vestido rojo oscuro, los rostros escuálidos, las frentes cubiertas de cicatrices, y en las manos huesudas, la huella de los hierros.

El mismo Juan fue a Túnez, mientras su compañero terminaba la constitución de la Orden. Aquí había que formar a los novicios, fundar casas, pedir limosna para la redención, cuidar a los redimidos y procurarles medios de existencia. Allá era preciso tratar con los emires, discutir con los ulemas, regatear con los carceleros y habérselas con las turbas alborotadas. Juan de Mata conoció también la violencia de los azotes, las pedradas de los fanáticos y las hediondeces de la mazmorra. La narración de lejanas desventuras palidece siempre a la vista de los males presentes. Ahora llegaba a comprender toda la espantosa miseria de aquellas piltrafas humanas que se amontonaban en la oscuridad. Llegó el oro de Europa. Detrás de él salieron otros cien cautivos, los más desgraciados de todos. El populacho se agitaba al verlos subir al barco. «¡Adiós, cadenas!», decían ellos en el paroxismo de la felicidad. Pero la chusma los asalta, les arranca el timón, les derriba los mástiles, les rasga las velas y les rompe los remos. No importa: Juan arranca de sus hombros el manto blanco, lo iza en un palo, y, levantando el crucifijo, invoca a la Estrella del Mar. Sopla el solano con fuerza, y en menos de dos horas la embarcación llega al puerto de Ostia.

Así una, dos, tres veces. Después, Juan llega a Cerfroy, donde Félix luchaba con las marejadas del espíritu. Va a morir. Los dos amigos confunden por última vez sus lágrimas, y se despiden hasta el Cielo. Fue pronto ese nuevo encuentro. De la ausencia de Juan, Félix cayó enfermo, vio a su compañero en la gloria y se marchó a juntarse con él.

(fuente: www.divvol.org)

otros santos 04 de noviembre:

- San Carlos Borromeo

lunes, 3 de noviembre de 2014

03 de noviembre: San Martín de Porres

«Religioso dominico peruano. Honrado en numerosos países del mundo. Patrón de la justicia social, de los barberos, barrenderos, enfermeros, farmacéuticos, protector de los pobres»

Madrid, 03 de noviembre de 2013 (Zenit.org) El que tantas veces se presentó como «un perro mulato», primero de América en subir a los altares, es uno de los más grandes santos que Perú ha dado a la Iglesia. Ostenta el patronazgo de tantas entidades de Perú, Venezuela, México, Argentina, Panamá, Guatemala, España, Chile, Costa Rica, Bolivia y otros países, que es imposible condensarlas en este espacio de ZENIT. Quién le iba a decir al humilde Martín que al paso del tiempo le honrarían hermandades y cofradías, que al procesionar su imagen sería aclamada por las avenidas de su hermosa tierra aún pasando los siglos... Pero así es. La gracia que le acompañó en vida, y a la que se aferró, sigue alumbrándonos a través de su heroico testimonio de amor a Cristo.

Nació en Lima el 9 de diciembre de 1579. Era hijo natural del español Juan de Porres, un burgalés que pertenecía a la orden militar de Calatrava, y de la mulata libre de origen panameño, Ana Velásquez. Debió prometerle que la desposaría, pero los prejuicios de la época no se aliaron con ellos. De esta unión ilegítima en 1581 vino al mundo una niña. Cuando el virrey comisionó a Juan para irse a Guayaquil, se llevó con él a los pequeños. Sin embargo, su familia repudió al muchacho por su color de piel. Se ocupó de su educación, pero en 1590 cuando lo nombraron gobernador de Panamá, se vio obligado a enviarlo a Lima. Eso sí, la cercanía le había permitido constatar las numerosas virtudes de Martín, su bondad y proverbial generosidad con los pobres, a los que daba limosna haciendo uso de la asignación que él le entregaba. No era una táctica nueva. Cuando vivía con su madre, le solía sisar el dinero que le daba para efectuar las compras. Al regresar a casa, cándidamente se excusaba diciendo que las monedas que le faltaban las había perdido por el camino.

En Lima se ocupó del santo Isabel García Michel, que vivía en Malambo, un barrio marginal caracterizado por el origen multirracial de su población, pero en una casa respetable; tal vez Ana fuese una de las encargadas del servicio, y por eso se afincó allí con su hijo. Éste recibió la confirmación en 1591 de manos de santo Toribio de Mogrovejo, patrono del episcopado latinoamericano. Elegante y amable en el trato, era también muy inteligente, así que no le costó aprender las técnicas de barbería, oficio reputado en la época, y adquirir nociones de medicina que le servirían más tarde en su misión. Antes de convertirse en religioso obtenía un buen sueldo como ayudante del boticario Mateo Pastor. Con lo que ganaba, ayudaba a otros muchachos que no tenían medios económicos. El ejercicio de su profesión le permitía acceder tanto a la flor y nata de la sociedad limeña como a las clases inferiores; a todos hablaba de la bondad de Dios. Combinaba esta tarea con la labor voluntaria que realizaba en hospitales, y las noches las pasaba prácticamente en vela orando ante una imagen de Cristo crucificado.

A los 15 años, animado por fray Juan de Lorenzana, quiso ser dominico como él, pero la discriminación por diferencia de raza, prejuicio marcado en la época, le siguió al convento de Nuestra Señora del Rosario. Y únicamente pudo ingresar como «donado». Pero era más que suficiente para su espíritu humilde y servicial, ya que solo deseaba estar más cerca de Dios y ayudar al prójimo. Por lo demás, se gozaba en «pasar desapercibido y ser el último». El trato desigual que le dispensaron, los insultos que recibía por su tez oscura, no le arrebataron su alegría, y la escoba que pusieron en sus manos, fue instrumento de gloria para su vida.

En una visita que hizo su padre al convento, logró que el provincial considerara a Martín como hermano cooperador. Profesó en junio de 1603. Fiel observante, pronto a la oración, obediente, humilde, generoso, puntual, sobrio, sencillo, austero, era también diligente y dadivoso con los demás hasta el extremo. El Santísimo Sacramento y la Virgen del Rosario fueron objeto supremo de su devoción. Por lo general, estaba tan extenuado por sus tareas que hacía ímprobos esfuerzos para no sucumbir al sueño durante la oración. Sus cuidados como enfermero fueron un pararrayos para el convento; allí acudían numerosas personas en su busca. Pero su piedad y misericordia con los enfermos y pobres que recogía en las calles, portándolos a hombros hasta su propio lecho para prodigarles atenciones con toda ternura, suscitaron recelos y envidias; fue objeto de injurias hasta de sus propios hermanos.

Dios le otorgó el don de milagros, entre otros. Las curaciones extraordinarias se produjeron no solo con sus cuidados sino simplemente con su presencia. Él humildemente advertía: «yo te curo, Dios te sana». Como recibió el don de la bilocación, podía vérsele en varios lugares a la vez consolando y remediando los males de unos y de otros. Una vez solicitó a su superior permiso para socorrer a un obrero que le pedía auxilio mientras se caía del andamio. Y ese milagro que precisaba el albañil se produjo ante la fuerte impresión de la víctima y del superior de Martín. Memorable fue la acción del santo durante la epidemia de viruela; se convirtió en el «ángel de Lima». Hasta los animales hambrientos y heridos eran objeto de su afecto. Fundó los Asilos y Escuelas de Huérfanos de Santa Cruz para niños y niñas. Sus hermanos contemplaban asombrados su intensísima acción apostólica cotidiana, preguntándose en qué momento dormía.

Era estimado por todos, incluido el virrey, que no ocultaba su veneración por él. En 1639 contrajo el tifus exantemático que cursaba con espasmos, alta fiebre y delirios. Y supo que había llegado su hora: «He aquí el fin de mi peregrinación sobre la tierra. Moriré de esta enfermedad. Ninguna medicina será de provecho». Manifestó que en ese instante le acompañaban la Virgen, San José, santo Domingo, san Vicente Ferrer y santa Catalina de Alejandría. Y besando el crucifijo falleció el 3 de noviembre de ese año. Gregorio XVI lo beatificó en 1837. Juan XXIII lo canonizó el 6 de mayo de 1962, y lo declaró santo patrón de la justicia social.

(03 de noviembre de 2013) © Innovative Media Inc.

domingo, 2 de noviembre de 2014

02 de noviembre: Beato Pí­o Campidelli

«Joven pasionista italiano, devoto de Cristo crucificado y de María, un muchacho sensible y generoso que murió a los 21 años, ofreciendo su vida por la Iglesia, el papa y su orden, así como por los pecadores y su propia tierra»

Madrid, 02 de noviembre de 2014 (Zenit.org) En esta conmemoración de Todos los Fieles difuntos, nuevamente nos encontramos frente a una vida breve, de intensa entrega a Cristo, que transcurrió sin notoriedad y se consumó sobrenaturalizando lo ordinario. Luigi, que ese fue el nombre que le impusieron en bautismo a este pasionista, fue el cuarto de los seis hijos habidos en el matrimonio de agricultores compuesto por Giuseppe y Filomena, que vieron partir de este mundo prematuramente a dos de ellos. Luigi nació en la localidad italiana de Trebbio perteneciente a Poggio Berni (diócesis de Rimini), región de Emilia-Romagna el 29 de abril de 1868. Su madre le educó en la fe cristiana, como sin duda hizo con el resto de sus hijos.

Giuseppe murió a consecuencia del tifus cuando el beato tenía 4 años. No le dio tiempo a conocer las cualidades de este hijo estudioso, sensible, lleno de bondad, en el que fueron calando las enseñanzas que recibía en el hogar. Como sucedía entonces en tantas localidades, muchas veces eran los sacerdotes los que tomaban la iniciativa de acoger a los niños para proporcionarles adecuada formación. Luigi acudía el centro que había abierto el padre Angelo Bertozzi, con el que aprendió latín antes de ir a la escuela pública. Además, prestaba una ayuda inestimable a los suyos trabajando en el campo. Sufría al oír las blasfemias proferidas por un tío suyo, Bertoldo, que convivía con la familia, al que tuvo especialmente presente en sus oraciones, y no descansó en sus peticiones hasta que siendo ya religioso tuvo noticias de que había abandonado tan pésima y grave costumbre.

Su madre, como la gran parte del pueblo, además del párroco padre Filippo, sabía que el muchacho estaba en el buen camino y admiraba su excelente conducta. Ella había acudido al sacerdote para intercambiar impresiones sobre este hijo que la tenía admirada con su comportamiento, y en el que veía las trazas de un chico que apuntaba directo al cielo. Entonces Filippo le había dicho que Dios estaba trabajando en el corazón del pequeño quien le estaba respondiendo admirablemente. La madrina de Luigi, como otras personas cercanas, no dudaba de la gracia que resplandecía en él. Así lo dejaba entrever en sus comentarios, diciendo que parecía haber nacido para el paraíso. Y sí, era realmente un ángel, como iba a comprobarse.

La formación espiritual que recibía en el seno familiar se convirtió en la base sobre la que se asentó su temprana vocación. Y es que sus ensoñaciones se dispararon en 1880 al escuchar a los pasionistas del santuario de la Madonna di Casale, ubicado en las cercanías de Sant’Arcángelo que predicaban las misiones por la región. Ya estaba acostumbrado a las prácticas de piedad. Solía acudir a misa diariamente recorriendo a pie cinco kilómetros, tenía presente en su oración a personas a las que estimaba, como su abuelo que había fallecido seis años antes, impartía catequesis, y pasaba por encima de las habladurías de algunos vecinos que calificaban su conducta como propia de un santurrón.

No hay edad para el amor a Dios y el caso de Luigi es otra prueba de ello, ya que en ese momento tenía 12 años. Sin embargo, aunque era casi un niño, interpretó perfectamente el llamamiento interior que sintió para seguir a Cristo a través de ese carisma: «Te quiero pasionista». Habló de ello con el superior de Casale di Vito, pero se vio obligado a vivir en un compás de espera contando los días que le faltaban para cumplir los 14, edad en la que iba a ser admitido. El 2 de mayo de 1882 ingresó en el convento. Su madre y hermanos se quedaron llorando. Él los consoló diciendo: «Por mí no debéis llorar; yo soy verdaderamente feliz». Quería ser sacerdote, un gran misionero, y, sobre todo, ser santo. El 27 de ese mismo mes tomó el hábito y el nombre de Pío. En 1883 inició el noviciado en san Eutizio de Soriano. Luego regresó a Casale donde profesó el 30 de abril de 1884.

Mientras se formaba en los estudios eclesiásticos, que le hubieran llevado al sacerdocio, probaba fehacientemente su vocación con una vida de entrega y fidelidad en lo cotidiano. Alegre, estudioso, caritativo, modesto, obediente, generoso, dando muestras de saber estar en todo momento. Llamaba la atención su devoción por la Eucaristía, por Cristo crucificado y por la Virgen María. Tenía como insignes modelos para su vida a san Luís Gonzaga y a san Gabriel de la Dolorosa. Si su familia pensó alguna vez que podría sentirse defraudado en la forma de vida y lugar elegido para entregarla, habrían errado. Su hermana Teresa siempre que fue a visitarlo constató en su rostro el gozo que le envolvía. Una vez su madre le preguntó que si quería volver a casa, y su respuesta fue rotunda, inequívoca: «¡Ni por todo el oro del mundo!».

Su constitución física era frágil. Y a Dios Padre debía urgirle tenerlo junto a Él. Así, aunque recibió las órdenes menores, ni siquiera pudo convertirse en subdiácono porque la temible tuberculosis se cebó en él en 1888. Acogió serenamente la funesta enfermedad, y cuando su madre fue a verle la animó diciéndole que fuese fuerte, vaticinándole que se reunirían de nuevo en el cielo. Murió el 2 de noviembre de 1889 a sus 21 años, arrebatado por el amor divino, comunicando a los que le acompañaban en esos postreros instantes que la Virgen venía por él. Según sus propias palabras, ofrecía su vida «por la Iglesia, el papa, la congregación, para la conversión de los pecadores, y sobre todo por el bien de mi querida Romagna». Sus restos se veneran en el santuario de Casale desde 1923. Juan Pablo II lo beatificó el 17 de noviembre de 1985.

escrito por Isabel Orellana Vilches (02 de noviembre de 2014) © Innovative Media Inc.

otros santos 02 de noviembre:

- Conmemoracion de los Fieles Difuntos

sábado, 1 de noviembre de 2014

01 noviembre: San Nuño de Santa Maria Alvares Pereira


«Carmelita portugués, primeramente esposo y padre. Con un remedo de la prodigiosa Excalibur, y amparado por la Virgen, obtuvo grandes victorias. Fue bienhechor de los pobres, artífice de conventos y monasterios»

Madrid, 31 de octubre de 2014 (Zenit.org) En esta festividad de Todos los Santos, la Iglesia celebra también la vida de este portugués, aclamado fervorosamente en su país que lo festeja el 6 de noviembre.

Nació el 24 de junio de 1360, se cree que en Cernache de Bonjardím, Portugal. Pertenecía a la nobleza, ya que era hijo del caballero Álvaro Gonçalves Pereira, de la Orden Hospitalaria de San Juan de Jerusalén, gran prior del hospital que esta obra había establecido en el convento de Flor da Rosa. Álvaro tuvo diez hijos. Nuño fue fruto de una unión ilícita, pero al año de nacer lo reconoció legalmente. Ello permitió al muchacho disfrutar de los beneficios que le proporcionaba su ilustre ascendencia. Su infancia transcurrió entre las tropas que estaban al mando de su padre y los libros de caballerías, que hacían furor en la época, sin perder la inocencia de la que estaba adornado. La historia de su vida tiene poco que envidiar a las literarias. Porque el pequeño Nuño, imbuido por las gestas de los caballeros de la Tabla Redonda que las obras ponían a su alcance, se enamoró de los altos ideales impregnados de pureza que atisbaba en los personajes. Soñaba con emularlos, proteger el santo Grial empuñando en sus manos un remedo de la prodigiosa «Excalibur», y convertirse en otro héroe defensor de su país. De hecho, su madre cariñosamente le llamaba «mi Galaaz», nombre de uno de los adalides del rey Arturo.

Realmente, Nuño era valeroso y, como tal, a los 13 años fue armado caballero y designado paje de la reina Leonor Teles. En su corazón ansiaba la vida celibial, pero cuando tenía 16 años, su padre, con la venia del rey, determinó que contrajese matrimonio con Leonor de Alvim, una joven y acaudalada viuda, sin descendencia. Tuvieron tres hijos; los dos varones fallecieron en el parto, sobreviviendo la niña, Beatriz, que sería la esposa del primer duque de Bragança, Alfonso, hijo del rey Juan I. Leonor murió en 1388 al poco tiempo de dar a luz a esta única hija, cuya educación fue confiada por su progenitor a la abuela de la niña.

Históricamente, la muerte del rey Fernando I de Portugal vino acompañada de graves conflictos. Partió de este mundo sin dejar herederos varones y Juan, maestro de Avis, hijo, aunque fuera natural, de Pedro I de Portugal, como lo era el legítimo Fernando, se vio obligado a luchar por la corona de su país contra el rey Juan I de Castilla que pretendía el gobierno luso. La armadura con la que había sido investido caballero Nuño era del maestro de Avis; mantenían una estrecha cercanía. Así que éste lo designó condestable, otorgándole el título nobiliario de conde de Ourém. Al frente de las tropas, Nuño le apoyo en sus aspiraciones monárquicas, y obtuvo varias victorias, algunas de las cuales por ser tan memorables han pasado a los anales de la historia portuguesa como la batalla de los Atoleiros, y especialmente las de Aljubarrota y Valverde. Nuño ya era un gran militar y luchaba con una potente espada, que se conserva, en la que mandó grabar: «Excelsus super omnes gentes Dominus»(El Señor se eleva sobre todos los pueblos), y en la que inscribió, junto a la cruz y una flor de lis, el nombre de María.

El convento del Carmen fue mandado construir por él en terrenos de su propiedad en cumplimiento de la promesa efectuada tras ganar la batalla de Aljubarrota. Porque en medio de los conflictos bélicos, este héroe no abandonaba las prácticas de piedad. Vivía de manera tan ejemplar que invitaba a proceder honestamente a quien se hallaba a su lado. Adoraba al Santísimo Sacramento, sentía una profunda devoción por la Eucaristía, y por la Virgen María, a la que consideraba indudable protectora en el combate y artífice de sus victorias, oraba fervientemente, socorría caritativamente a los pobres, y no consentía gestos licenciosos a su alrededor. Jamás tuvo reparos en mostrar a todos el signo externo de su fe plasmando impresos los rostros de Cristo crucificado, de la Virgen María, del apóstol Santiago y de san Jorge en el estandarte que llevaba. Muchas iglesias y monasterios se deben a su generosidad.

Beatriz falleció en 1414. En agosto de 1422 el santo ingresó en la Orden carmelita, justamente en el convento que él había mandado erigir en Lisboa, aunque su deseo hubiera sido recluirse en una comunidad alejada de Portugal. No pudo hacerlo porque don Duarte, hijo del rey, no lo consintió. Era un hombre eminentemente mariano, y en el hecho de elegir el Carmelo para pasar allí el resto de sus días, pesó su devoción por la Santísima Virgen. Al dar este paso, se desprendió de todos sus bienes y tomó el nombre de fray Nuño de Santa María. No quiso para sí ninguna prebenda; eligió ser un simple «donado» escogiendo una apartada y humilde celda para llevar a cabo su intensa ofrenda de amor. No solo mantuvo intactos los pilares que hasta entonces habían jalonado su vida espiritual, sino que acentuó su oración, ayuno y penitencias, siendo ejemplar en la vivencia de la observancia. Los religiosos vieron en sus virtudes un modelo a seguir. Murió con fama de santidad el 1 de abril de 1431 acompañado de su entrañable amigo, el monarca Juan I, y de grandes personalidades del reino. Fue beatificado por Benedicto XV el 23 de enero de 1918 y canonizado por Benedicto XVI el 26 de abril de 2009.

escrito por Isabel Orellana Vilches (31 de octubre de 2014) © Innovative Media Inc.

otros santos 01 de noviembre:

- Todos los santos
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