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viernes, 21 de noviembre de 2014

21 de noviembre: San Demetrio de Rostov


Etimológicamente significa “madre de la tierra”. Viene de la lengua eslava y griega.

Jesús dice: “El que beba el agua que yo le daré, no tendrá sed jamás, pues el agua que yo le dé se convertirá en él en fuente de agua que brota para la vida eterna”.

Lo que de verdad lo ha hecho célebre en su país, ha sido la obra “Flor de los Santos”, que es todo un clásico de la prosa ruda al mismo tiempo que un libro de piedad.

Comenzó por la redacción de san Cirilo de Kiev en donde se hizo monje a los 17 años.

Cuando apareció el primer volumen, fue acogido con un aplauso general.

Pedro el Grande le envió un buen regalo para recompensarle.

El patriarca de Moscú le envió la bendición porque decía que no le había gustado, ya que en él había ideas católicas de Roma.

El día más triste de la vida de Demetrio fue el día en el cual el zar le nombró metropolita de Siberia con el fin de evangelizar esta región inmensa y la China.

El tomo III de la “Flor de los santos” acababa de aparecer (1700).

El pobre monje, al que sólo le gustaba el estudio y la contemplación, s puso en camino llorando. Cayó enfermo en Moscú.

Pedro el Grande fue a visitarlo. Demetrio le dijo que no había biblioteca en Siberia.

El zar le nombró metropolita de Rostov, diócesis en la que abundaban los sacerdotes estúpidos, borrachos y en donde las mujeres y los niños no comulgaban nunca.

Veían raro a un obispo tan bueno. Murió a los cuatro años de la publicación de su cuarto tomo (1705). S lo encontraron muerto de rodillas.

¡Felicidades a quien lleve este nombre!

(fuente: catholic.net)

otros santos 21 de noviembre:

- Beata María de Jesús, el Buen Pastor (Franciszka Siedliska)

jueves, 20 de noviembre de 2014

20 de noviembre: San Edmundo

Mártir

Offa es rey de Estanglia. Un buen día decide pasar el último tramo de su vida haciendo penitencia y dedicándose a la oración en Roma. Renuncia a su corona a favor de Edmundo que a sus catorce años es coronado rey, siguiendo la costumbre de la época, por Huberto, obispo de Elman, el día de la Navidad del año 855.

Pronto da muestras de una sensatez que no procede sólo de la edad. Es modelo de los buenos príncipes. No es amigo de lisonjas; prefiere el conocimiento directo de los asuntos a las proposiciones de los consejeros; ama y busca la paz para su pueblo; se muestra imparcial y recto en la administración de la justicia; tiene en cuenta los valores religiosos de su pueblo y destaca por el apoyo que da a las viudas, huérfanos y necesitados.

Reina así hasta que llegan dificultades especiales con el desembarco de los piratas daneses capitaneados por los hermanos Hingaro y Hubba que siembran pánico y destrucción a su paso. Además, tienen los invasores una aversión diabólica a todo nombre cristiano; con rabia y crueldad saquean, destruyen y entran al pillaje en monasterios, templos o iglesias que encuentran pasando a cuchillo a monjes, sacerdotes y religiosas. Una muestra es el saqueo del monasterio de Coldinghan, donde la abadesa santa Ebba fue degollada con todas sus monjas.

Edmundo reúne como puede un pequeño ejército para hacer frente a tanta destrucción pero no quiere pérdidas de vidas inútiles de sus súbditos ni desea provocar la condenación de sus enemigos muertos en la batalla. Prefiere esconderse hasta que, descubierto, rechaza las condiciones de rendición por atentar contra la religión y contra el bien de su gente. No acepta las estipulaciones porque nunca compraría su reino a costa de ofender a Dios. Entonces es azotado, asaeteado como otro San Sebastián, hasta que su cuerpo parece un erizo y, por último, le cortan la cabeza que arrojan entre las matas del bosque.

Sus súbditos buscaron la cabeza para enterrarla con su cuerpo, pero no la encuentran hasta que escuchan una voz que dice: "Here", es decir, "aquí".

Este piadosísimo relato tardío colmado de adornos literarios en torno a la figura del que fue el último rey de Estanglia exaltan, realzan y elevan la figura de Edmundo hasta considerarlo mártir que, por otra parte, llegó a ser muy popular en la Inglaterra medieval. Sus reliquias se conservaron en Bury Saint Edmunds, en West Sufflok, donde en el año 1020 se fundó una gran abadía.

(fuente: catholic.net)

otros santos 20 de noviembre:

- Beata María Fortunata Viti

miércoles, 19 de noviembre de 2014

19 de noviembre: Santa Matilde de Hackeborn

«Cisterciense. Una de las cuatro mujeres que hicieron de Helfta uno de los referentes ineludibles del s. XIII. En ella se aunaron gracia y lirismo que puso al servicio de Dios, y del que fue considerada ruiseñor»

Madrid, 19 de noviembre de 2014 (Zenit.org) Muy generoso debía ser el barón de Hackeborn para desprenderse de dos de sus hijas autorizándolas a ingresar en un monasterio cisterciense, que hicieron famoso por su virtud, junto a otras. Exactamente fueron cuatro excelsas mujeres las que brillaron en la clausura: Matilde de Magdeburgo, la santa de hoy, su hermana Gertrudis, y otra Gertrudis, la Grande. Hicieron de Helfta uno de los referentes ineludibles para conocer y valorar la riqueza de la mística germana; nos alientan con su vida a seguir el camino de perfección. Precisamente el pasado día 16 se vio la semblanza de Gertrudis la Grande, que sumó sus grandes virtudes a las de Matilde, que tanto le edificó, que fue su formadora y a la que tomó como guía junto a su hermana. Ello pone de manifiesto un hecho que acontece en todo movimiento eclesial: la existencia de periodos históricos de especial fulgor en el que despuntan figuras egregias traspasando muros y fronteras.

Tan significativa fue la vida de Matilde de Hackeborn, que el papa Benedicto XVI le dedicó su catequesis el 29 de septiembre de 2010. Sin duda fue una de esas mujeres fuertes de las que habla el evangelio que tuvo la gracia de alumbrar una época de gran fecundidad en esa comunidad a lo largo del siglo XIII. Nació en 1241 o en 1242, no hay datos precisos, en la fortaleza de Helfta, Sajonia. Su hermana Gertrudis se hallaba ya en el convento de Rodersdorf (después transferido a Helfta) cuando ella acompañó a su madre a visitarla en 1248. En siete años de vida la pequeña acumulaba la experiencia de haber sobrevivido a la muerte poco después de nacer, debido a su frágil constitución física, y el inspirado vaticinio del virtuoso sacerdote que derramó sobre su cabeza el agua del bautismo, quien entrevió que sería santa, hecho que confió a sus padres asegurándoles que Dios obraría a través de ella numerosos prodigios. Posiblemente a esa edad Matilde ignoraba la singular elección divina a la que aludió el sacerdote, pero seguro que sus progenitores no habrían podido olvidarla.

La vida conventual le sedujo desde un primer instante. Por eso, en 1258 dejó a un lado los beneficios que reportaba haber nacido en un castillo, y las prebendas anejas al título nobiliario que ostentaban sus padres ingresando en el monasterio que entonces se había establecido en Helfta. Su hermana Gertrudis, abadesa, vertió en ella todo su saber espiritual e intelectual, riqueza que Matilde acogió multiplicando los talentos que Dios le había otorgado: una suma de excepcional inteligencia y virtud coronada por una bellísima voz con la que glosaba la grandeza del Creador y por la que ha sido denominada «ruiseñor de Dios». Era un pozo sin fondo. Y así se ha reflejado: «la ciencia, la inteligencia, el conocimiento de las letras humanas y la voz de una maravillosa suavidad: todo la hacía apta para ser un verdadero tesoro para el monasterio bajo todos los aspectos».

Orientada por su hermana, se convirtió en una gran formadora que tuvo a su cargo jovencísimas vocaciones. De hecho le confiaron a Gertrudis, la Grande, cuando llegó al convento a la edad de 5 años. Y es que Matilde era una ejemplar maestra y modelo de novicias y profesas. Fue agraciada con numerosos favores místicos que se iniciaron siendo niña y que guardó en su corazón llevada de su natural discreción hasta que cumplió medio siglo de vida.

Ella, al igual que Gertrudis, la Grande, vivió en carne propia la experiencia del sufrimiento ocasionado por largas y dolorosas enfermedades que fueron persistentes en ambos casos. La frágil condición humana atenazada por el cúmulo de matices que conllevan circunstancias de esta naturaleza, a veces tiene también expresión palpable en la vertiente espiritual. Matilde experimentó conjuntamente la postración corporal, y el sufrimiento y angustia espirituales en los que, no obstante, contó con el consuelo divino. En uno de estos periodos críticos confidenció privadamente sus experiencias místicas a dos religiosas. Una de ellas fue su discípula Gertrudis, la Grande, quien se ocupó de recopilarlas en el Libro de la gracia especial junto a otra hermana de comunidad.

Matilde fue un puntal indiscutible en el monasterio, aunque a veces su nombre ha quedado a la sombra de esta santa amiga. De su hermana había heredado la rica tradición monacal que floreció altamente en esa época en las líneas genuinas de la regla a la que se había abrazado: oración, contemplación, estudio científico y teológico, amasado siempre en la tradición y el magisterio eclesiales. Fue una mujer obediente, humilde y piadosa, de gran espíritu penitencial, ardiente caridad y devota de María y del Sagrado Corazón de Jesús con el que mantuvo místicos coloquios. El contenido de sus revelaciones insertas en el Libro de la gracia especial permite apreciar también el alcance que tuvo la liturgia en su itinerario espiritual. Supo llegar al corazón de las personas que pusieron bajo su responsabilidad, y las condujo sabiamente a los pies de Cristo dando pruebas fehacientes de su ardor apostólico.

Cuando rogaba a la Virgen que no le faltara su asistencia en el momento de la muerte, Ella le pidió que rezase diariamente tres avemarías «conmemorando, en la primera, el poder recibido del Padre Eterno; en la segunda, la sabiduría con que me adornó el Hijo; y, en la tercera, el amor de que me colmó el Espíritu Santo». María la invitó a meditar en los misterios de la vida de Cristo: «Si deseas la verdadera santidad, está cerca de mi Hijo; él es la santidad misma que santifica todas las cosas». Durante la última y difícil etapa de su vida, ocho años cuajados de sufrimientos, mostró la hondura de su unión con Cristo, a cuya Pasión redentora unía sus padecimientos por la conversión de los pecadores, con humildad y paciencia. La Eucaristía, el evangelio, la oración…, habían forjado su espíritu disponiéndola al encuentro con Dios. Éste se produjo el 19 de noviembre de 1299. Murió con fama de santidad.

escrito por Isabel Orellana Vilches (19 de noviembre de 2014) © Innovative Media Inc.

otros santos 19 de noviembre:

- San Rafael de San José

martes, 18 de noviembre de 2014

18 de noviembre: Beata Carolina Kózka

Virgen y mártir

Martirologio Romano: En la aldea Wal-Ruda, en Polonia, beata Carolina Kózka, virgen y mártir, que en el fragor de la guerra, siendo aún adolescente, por amor a Cristo murió atravesada por una espada al querer defender su castidad, agredida por un soldado (1914).

Etimología: Carolina = aquella que es inteligente, viene del germánico.

Nació cerca de Tárnow, Polonia, el 2 de agosto de 1898.

Cursó sólo estudios elementales, ya que la situación económica de sus padres era muy difícil; tenía diez hermanos.

La piedad y devoción la recibió en casa, donde se rezaba el rosario diariamente, y la asistencia a misa dominical era la forma en que la familia agradecía los dones con que les favorecía el Señor.

Así llegó el inicio de la Primera Guerra Mundial (1914-1918) y Polonia fue invadida por el ejército soviético.

La situación en Tárnow era cada día más difícil debido a los abusos y la brutalidad de los soldados.

En este marco llega la noche del 18 de noviembre de 1914, cuando un soldado ebrio irrumpe en la casa de la familia Kózka exigiendo alimento. Al no quedar complacido, obliga al padre y a Carolina a acompañarlo para reportar su conducta a las autoridades.

En el camino obliga al padre (bajo amenazas de matarlo a él y a su familia) a regresar a su casa. De lo que contaremos a continuación fueron testigos dos muchachos, quienes ocultos presenciaron el martirio de Carolina: la pequeña fue arrastrada entre matorrales, y por defender su virginidad, Carolina murió.

A la mañana siguiente encontraron su cuerpo mutilado entre la hojarasca; además, presentaba heridas de bayoneta en cabeza, piernas, costado y cuello. Sus manos ensangrentadas daban fe de la resistencia que opuso. A su entierro acudió todo el pueblo.

Se la conoce como la Estrella de Tárnow.

Fue beatificada el 10 de junio de 1987 en su pueblo natal por Juan Pablo II, quien expresó: "La muerte de Carolina nos dice que el cuerpo humano tiene un valor y dignidad inmensa que no se puede abaratar. Carolina Kózka era consciente de esta dignidad. Consciente de esta vocación, entregó su vida joven, cuando fue necesario entregarla, para defender su dignidad de mujer".

(fuente: catholic.net)

otros santos 18 de noviembre:

- Santa Rosa Filipina Duchesne

lunes, 17 de noviembre de 2014

17 de noviembre: Santa Hilda de Whitby (Ilda)

Abadesa

No se sabe el lugar de nacimiento de Hilda, pero de acuerdo a Beda el Venerable fue en el año 614. Ella fue la segunda hija de Hereric, sobrino de Edwin de Northumbria, y su esposa Breguswita. Su hermana mayor, Hereswita, se casó con Ethelric, hermano del rey Anna de Anglia Oriental. Cuando era apenas una bebe su padre fue envenenado mientras pasaba su exilio en la corte del rey de Elmet (en lo que hoy en día es West Yorkshire). Se asume que ella creció en la corte de Ediwn en Northumbria.

En 627 el rey Edwin de Northumbria fue bautizado durante la Pascua junto a toda su corte, la cual incluía a Hilda, en una pequeña capilla de madera construida especialmente para la ocasión, cerca de lo que hoy en día es la Catedral de York Minster.

La ceremonia fue oficiada por el monje-obispo Paulinus, quien había venido desde Roma junto a San Agustín de Canterbury. Luego acompaño a Ethelburga, una princesa cristiana, cuando ella regreso a Kent para casarse con Edwin.


Hilda como monja

No se sabe dónde fue que Hilda empezó su vida como monja, excepto que fue al norte de las orillas del río Wear. Aquí, con unos cuantos compañeros aprendieron las tradiciones del monasticismo del Cristianismo Celta el cual San Aidan había traído desde Iona. Después de un año San Aidan nombró a Hilda como la segunda Abadesa de Hartlepool. No quedan rastros de esta abadía pero el cementerio monástico se ha encontrado cerca de la presente Iglesia de Santa Hilda.

En 657 Hilda fundo un nuevo monasterio en Whitby (en ese entonces conocida como Streonshalh), donde permaneció el resto de su vida hasta su muerte en 680.


Vida monástica en Whitby

En el acantilado oriental de Whitby se levantan las impresionantes ruinas de un abadía benedictina del siglo XII. Este, sin embargo, no fue el edificio que Hilda conoció. Evidencia arqueológica muestra que el monasterio era en estilo celta con sus miembros viviendo en pequeñas casas para dos o tres personas. La tradición de monasterios dobles, como los de Hartlepool y Whitby, era para que hombres y mujeres vivieran separadamente pero que pudieran rezar juntos en misa.

No se sabe donde exactamente la iglesia monástica de Hilda se levantó, tampoco sabemos cuantos monjes y monjas vivían en Whitby. Lo que Beda nos cuenta es que las ideas originales de monasticismo eran estrictamente seguidas en la abadía de Hilda. Todas las propiedades y bienes eran de propiedad común, los valores cristianos eran ejercidos, especialmente paz y caridad, todos tenían que estudiar la Biblia y hacer obras de caridad.

Cinco hombres del monasterio se convirtieron en obispos y uno fue venerado como santo, San Juan de Beverley.

La Reina Eanfleda de Deira, y su hija Alfleda se convirtieron en monjas y juntas fueron abadesas de Whitby después de la muerte de Hilda.


Carácter de Santa Hilda

Beda describe a Hilda como una mujer de gran energía quien era una audaz y eficaz administradora y maestra. Ella se ganó una reputación de sabiduría, que incluso reyes, príncipes y obispos buscaban su ayuda, pero también se preocupaba por la gente ordinaria como Caedmon, un pastor y bardo religioso. Aunque Hilda tenía un carácter fuerte ella también inspiraba afecto. Beda dijo "Todos aquellos que la conocían la llamaban madre por su gran devoción y gracia".


Muerte de Santa Hilda

Hilda sufrió de una fiebre los últimos seis años de su vida, pero continuó trabajando hasta su muerte el 17 de noviembre, de 680, en lo que entonces era una edad muy avanzada de sesenta y seis. En su último año ella fundo otro monasterio, a 14 millas de Whitby, en Hackness. Ella murió después de recibir el viaticum, y según la leyenda, en el momento de su muerte las campanas del monasterio en Hackness sonaron.

(fuente: catholic.net)

otros santos 17 de noviembre:

- Santa Isabel de Hungría

domingo, 16 de noviembre de 2014

16 de noviembre: San Roque González de Santa Cruz

Nació en 1576 en la Ciudad de Asunción. Fue uno de los diez hijos del escribano real Bartolomé González y de María de Santa Cruz. Con sólo 22 años fue ordenado sacerdote por Monseñor Hernando Trejo y Sanabria, Obispo de Córdoba, y tiempo después nombrado párroco de la catedral de Asunción por el obispo Martín Ignacio de Loyola. Se desempeñó en diversas actividades apostólicas, y no aceptó el cargo de Vicario General de Asunción porque quería llegar hasta los mismos indígenas para evangelizarlos. En 1609 abandona Asunción e ingresa a la Compañía de Jesús, comenzando su labor como misionero evangelizador. En 1613 funda la reducción de San Ignacio Miní, una de las más grandes. El 25 de marzo de 1615 funda la ciudad de Encarnación, en el actual departamento de Itapúa .

Funda las reducciones de Concepción de la Sierra (1619), Candelaria (1627), San Javier y otros centros ubicados sobre la costa del río Uruguay. Sobre ese río se extendió hacia el sur, fundando la Reducción de Yapeyú, en la actual provincia de Corrientes.

De Yapeyú, partió hacia tierras adentro en el sur del actual Brasil fundando las reducciones de San Nicolás, Asunción del Iyuí y Caaró. Justamente en la zona de Iyuí, tenía grandes diferencias con el cacique Ñezú, y fue así que el día 15 de noviembre de 1628, esta reducción es destruida y Roque es asesinado junto al padre español Alonso Rodríguez Olmedo en Caaró. La misma suerte corrió el el P. Juan del Castillo, que fue asesinado dos días después, el 17 de noviembre de 1628.

Los cadáveres fueron arrojados a la hoguera, pero milagrosamente el corazón de Roque no se quemó. El corazón y el hacha con el que lo mataron fueron trasladados a Roma. Posteriormente fueron llevados a Argentina. En la actualidad el corazón se halla y puede ser visitado en la Capilla de los Santos Mártires de la parroquia Cristo Rey, en Asunción.

Roque y sus compañeros mártires fueron beatificados por Pío IX el 28 de enero de 1934 y canonizados por Juan Pablo II el 16 de mayo de 1988. San Roque González es el primer santo paraguayo.

- Alfonso Rodríguez: Alfonso Rodríguez Olmedo nació en Zamora, España, el 10 de marzo de 1598. Realizó su noviciado en Villagarcía de Campos, Valladolid y después fue enviado a Paraguay. Salió de Lisboa, Portugal, en una expedición guiada por el padre Juan de Viana. En 1626 fue enviado a las misiones de los guaycurúes, frente a Asunción, al otro lado del río Paraguay. En 1628 pasó a las misiones guaraníes del Paraná y luego a Itaipú. Se le designó para que acompañara a Roque González en la fundación del pueblo de Todos los Santos de Caaró, en la banda oriental del río Uruguay. Allí murió junto con Roque el 15 de noviembre de 1628.

- Juan del Castillo: Nació en Belmonte, España, el 14 de septiembre de 1595. Ingresa como jesuita en 1614. En 1616 fue a las Indias. Estuvo destinado en Buenos Aires, Córdoba y Chile. En 1626 es destinado a las misiones del río Uruguay. Después del martirio de los Padres Roque González y Alfonso Rodríguez en la Reducción de Todos los Santos en el Caaró, Juan murió el 17 de noviembre, en la reducción de la Asunción de Yjuhi.

- Cacique Arasunú: El cacique Arasunú no llegó a ser bautizado cuando fue asesinado junto a Roque González de Santa Cruz y Alfonso Rodríguez. El cacique había llegado momentos después del martirio de San Roque, reprendiendo a los indígenas por su ensañamiento y crueldad y fue también asesinado por éstos.

(fuente: jesuitas.org.py)

otros santos 16 de noviembre:

- Santa Gertrudis

sábado, 15 de noviembre de 2014

15 de noviembre: San Alberto Magno

Obispo y Doctor de la Iglesia
(1193-1280)
Patrono de las ciencias naturales.
"Doctor Universallis", "Doctor Expertus"

Su vida tiene poco que contar. Como la existencia de los grandes maestros del pensamiento humano, la suya se desarrolla, sobre todo, en su interior. Nace en el castillo de Bollstadt, asiento de su familia, cerca de la ciudad bávara de Lavingen. En su juventud caza palomas salvajes a orillas del Danubio, seguido de halcones y perros domesticados. Es noble y rico, pero además quiere ser sabio. Busca la ciencia con pasión, cuando he aquí que, oyendo predicar en Padua a Jordán de Sajonia, general de los Hermanos Predicadores, se amplían los horizontes de sus anhelos. Ahora quiere ser santo. Cuando Jordán baja del pulpito, el joven alemán cae a sus pies, pidiéndole el hábito blanco de Santo Domingo. Tenía entonces treinta años. Después, toda su vida se resume en estas tres palabras: rezar, estudiar y enseñar. Enseña en las principales casas de su Orden, especialmente en Colonia y en París, y «dondequiera que sienta su cátedra—dice un contemporáneo suyo—, parece monopolizar a todos los amantes de la verdad». En 1260, una orden del Pontífice le separa de sus libros para hacerle obispo de Ratisbona. Fue un pequeño paréntesis, en que el profesor descubre sus talentos de administrador y de reformador. Dos años más tarde dejaba la mitra y volvía a coger los libros.

Ya nadie que haya meditado un poco sobre las mareas del pensamiento humano podrá decir que aquel siglo XIII no fue un siglo grande. Pues bien: esa grandeza se la debe en gran parte a este profesor de filosofía. Fue un forjador de grandes maestros, entre los cuales descuella el más ilustre de todos: Santo Tomás de Aquino. Pero también él fue un maestro eximio. En las escuelas de la Edad Media se decía de él este adagio: Mundo luxisti, quia totum scibile scisti. Lo cual quiere decir: «Iluminaste al mundo, porque supiste todo lo que se puede saber.» De sus conocimientos asombrosos son aún testigos los veinte infolios de sus obras. En ellos descubrimos al sabio, al filósofo, al teólogo y al místico, al Doctor Universal, como le llamó su tiempo.

Santo Tomás, su discípulo, recogió de él, sobre todo, la tradición filosóficoteológica; y acaso por eso durante mucho tiempo apenas se apreció el aspecto científico de sus conocimientos enciclopédicos. Los sabios de nuestro tiempo han observado con admiración la seguridad con que Alberto establece el principio de la autonomía de la ciencia. «Toda conclusión lógica—son sus palabras—que se encuentre en contradicción con el testimonio de los sentidos, es rechazada. Un principio que no se armoniza con los datos experimentales no es, en realidad, un principio, sino un error de principio.» No contento con establecer las leyes de la investigación, Alberto se esfuerza por recoger todos los frutos de la experiencia antigua, atesorados en Aristóteles, Avicena y Nicolás de Damasco, madurándolos y aumentándolos con su propia experiencia. Como es natural, acepta muchas ilusiones científicas de sus contemporáneos, pero destruye otras valiente y decididamente. Cultiva la observación directa, amplía las consideraciones aristotélicas sobre la esfericidad de la tierra, explica la Vía Láctea como una multitud de estrellas, habla de los antípodas, y determina las horas del día y el ritmo de las estaciones para cada sección del globo; explica la formación de las montañas por la erosión; nos ofrece en uno de sus libros el germen de la descripción de la tierra; tiene sus laboratorios, hace interesantes experiencias químicas, formula teorías audaces, es un hábil destilador, conoce el uso del agua fuerte y del arsénico, y separa en el crisol los metales preciosos de las materias impuras.

Pero si es un cultivador apasionado de las ciencias naturales, en el dominio de las ideas se le puede considerar como el primero que ha separado con precisión el campo de la filosofía del de la teología. Es incomprensible cómo se ha llegado a hacer de Lutero y de Descartes los libertadores del pensamiento, y a Alberto Magno el jefe de los obscurantistas de la Edad Media. Es, precisamente, todo lo contrario. Si hay una filosofía moderna, es gracias a aquellos pensadores medievales, que con una obstinación prudente y reflexiva llegaron a constituir un dominio en que el pensamiento es independiente y a reconquistar para la razón los derechos a los cuales parecía haber renunciado. En este aspecto, Alberto Magno es infinitamente más moderno que Lutero y Calvino; moderno por su amor a la verdad, por las ardientes aspiraciones de toda su alma, por su intuición profunda de la interdependencia de todos los órdenes del conocimiento, por su doctrina de la armonía preestablecida entre los descubrimientos de la razón y la fe, entre la ciencia y la revelación, entre la voluntad y la gracia, entre la Iglesia y el Estado.

Pero no busca esta concordia por la vía del platonismo, como había hecho poco antes San Anselmo, siguiendo la tradición agustiniana, sino que, contra la corriente general de las escuelas de su tiempo, adivina que puede encontrarse más riqueza asimilable, más verdad adquirida, más equilibrio total en el sistema aristotélico, menos brillante tal vez, pero más prudente y más seguro. Su mérito principal consiste en haber visto antes que nadie el enorme valor que la filosofía de Aristóteles podía tener para el dogma cristiano. Al apoderarse de él para levantar sobre sus principios fundamentales una construcción teológica, originaba una verdadera revolución en las escuelas de su tiempo. Santo Tomás perfeccionará su idea, pero él es el iniciador; él reúne los materiales y planea la construcción, que levantará el genio sintético del discípulo. Sin la formidable y fecunda labor de Alberto Magno, apenas podemos concebir la Summa Theologíca.

Sin embargo, aun en su aspecto filosófico, la obra de San Alberto no es una simple resurrección histórica del Estagirita. Es el filósofo griego traducido en cristiano, corregido, enriquecido, iluminado por las claridades de la fe. Le estudia, le interpreta, le discute con una admirable libertad de espíritu. Su finalidad, según su propia expresión, es hacer inteligibles a los latinos todas las partes de la filosofía aristotélica, monopolizada hasta entonces por los griegos y por sus discípulos los judíos y los musulmanes; pero, al pasar a través de su inteligencia, esa filosofía viene con una vida nueva, con un calor de cristianismo, con un aire occidental y con una fuerza conquistadora que parecía haber perdido para siempre. Sus contemporáneos le agradecieron este trabajo, colocándole, aun en vida, entre los más ilustres doctores, buscando sus escritos con afán, leyéndolos y comentándolos. Uno de ellos, Roger Bacon, que, por cierto, no le mira con simpatía y se irrita con los que le comparan a los ángeles, dice de él estas palabras: «Vale más que todo un ejército de sabios, porque ha trabajado mucho, ha visto infinitas cosas, ha revuelto muchos libros y ha sacado innumerables cosas del océano infinito de los hechos.»

Pero este iniciador de un nuevo sistema filosófico, este constructor eminente en el campo de la teología, este escolástico puro y seco, al parecer, es también un místico, para quien toda ciencia tiene una sola finalidad: el amor. El pensador, el metafísico, el observador de la naturaleza, se juntan en él al santo. Su santidad consiste, sobre todo, en la armonía, en el equilibrio perfecto de su alma, en aquella concordancia maravillosa de la naturaleza y de la gracia, que él introdujo en su teología moral y dogmática. Fue uno de los más santos entre los hombres, y también uno de los más humildes entre los santos. Sus contemporáneos nos le representan pequeño de talla, de apariencia mezquina, pero dotado de una voluntad enérgica. Poseía las cualidades de inteligencia y de corazón que arrastran a los hombres: rectitud de ideas, viveza de sentimiento, lealtad en el alma, sinceridad en las palabras. Sabemos, además, que era de genio alegre y vivo, de muy buen humor, y de frase pronta e impulsiva. Así llegamos a explicarnos aquel prestigio soberano que ejercía sobre la juventud universitaria. Su vida interior apenas nos es conocida, pero sus devociones tenían todas un marcado carácter universal y social: la Eucaristía, la Misa, la Madre de Dios y la Pasión de Cristo. Por la Pasión hemos sido salvos, por la Misa recibimos la santificación, por la Eucaristía alimentamos nuestra vida espiritual, y por María, finalmente, llegan a nosotros las gracias del Cielo. La piedad del gran doctor tenía el carácter de su ciencia: era católica, universal.

Si miramos a San Alberto Magno en su vida científica, echaremos de ver fácilmente el carácter social de su santidad. Sabía que el cristianismo necesita sacrificarse a sus hermanos para salvarse; y todo su esfuerzo le pone en ser útil a los demás haciendo fructificar aquellas disposiciones para el estudio que le había dado el Padre de familias. Fue la suya una ciencia provechosa para los demás, y, en sí misma, libre del orgullo y de la vanidad. El verdadero sabio se reconoce por su simplicidad, como verdadero hijo de aquella Sabiduría que, como dice la Escritura, «juega en el universo terrestre». Verdadero sabio, Alberto juega como un niño delante de Dios, adora a Dios en cuanto descubre y como sabe cuan vastas son las fronteras de la ciencia, está lejos de vanagloriarse del terreno que ha logrado conquistar. Ha abandonado el brillo de un noble nacimiento, ha abandonado los fáciles éxitos universitarios, y sabe también abandonarse a sí mismo, someter la razón a la fe, humillarse al espíritu de otro, desde que aparece a sus ojos la luz de la verdad, cuyo amor abrasaba su alma.

Era ya en su extrema vejez; tenía ochenta y cinco años. A su retiro de Colonia llega la noticia de que el obispo de París se agita para hacer condenar algunas proposiciones de Santo Tomás de Aquino, muerto hace tres años. Es el momento en que se le reconoce como el gigante de la ciencia de su tiempo. Los estudiantes de París se llenaron de admiración al ver que el viejo filósofo se acercaba a marchas forzadas para tomar parte en la contienda. No iba para defender sus ideas, sino para salvar el honor de su discípulo; y aquí es donde aparece la humildad del grande hombre. Su sola presencia le da el triunfo; vuelve después a las orillas del Rin, y allí se prepara a la muerte escribiendo el tratado sobre el Santísimo Sacramento.

(fuente: www.divvol.org)

otros santos 15 de noviembre:

- Beata María de la Pasión
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