«Esta fundadora fue un apóstol infatigable, una maestra de la misericordia y de la ternura. Luchó por su vocación y venció toda contrariedad. Emprendió grandes obras, entre otras un seminario para fomento de vocaciones al sacerdocio»
Madrid, 07 de diciembre de 2014 (Zenit.org)
La vida santa muestra a cada paso que la llamada a la vocación es una invitación divina cuya respuesta tiene carácter irreversible, a pesar de los contratiempos y dificultades que se presenten. El amor, tanto el humano como el divino, cuando está fuertemente afianzado no hay quien lo derroque. María Josefa, que no tuvo una fácil existencia, perseveró en su religioso empeño alimentando sin descanso su más alto ideal: alcanzar la unión plena con la Santísima Trinidad. Dócil a la voluntad divina, a su tiempo halló el camino que debía seguir.
Era la cuarta de diez hermanos, y nació en la localidad italiana de Albisola Marina, Savona, el 27 de mayo de 1811. Sus padres, humildes alfareros, no disponían de recursos económicos y fueron sacando adelante a sus hijos en medio de múltiples carencias, sin descuidar la fe. Benita, nombre que dieron a la futura santa, era una niña despierta, con empuje, buena trabajadora. De ahí que la madre se apoyase en ella para cuidar al resto de los hijos que iban llegando. Cristo y la Virgen María eran el sostén de la muchacha que ya en su juventud se afilió a la Orden Terciaria Franciscana. En ese tiempo, el anhelo de ser santa latía en lo más íntimo de su ser, pensaba consagrar su vida, pero la escasez económica de la familia le imponía la responsabilidad de ayudarles.
Durante siete años sirvió en el hogar de los Monleone, una acomodada familia de Savona, atendiendo a un paralítico con tanta delicadeza y abnegación que se ganó el cariño y la confianza de todos. Al enviudar la señora Monleone le abrió su corazón haciéndole saber que si permanecía junto a ella heredaría su fortuna. Pero como Benita tenía otras inquietudes, rehusó la oferta y acudió al Instituto de las Hijas de Nuestra Señora de las Nieves con la idea de compartir su vida con ellas, sabiendo que su carisma era la atención a los pobres por los que sentía dilación. Pero no poseía la dote requerida y la rechazaron. Fue una respuesta dolorosa para ella que anhelaba la oración y el silencio, aunque su confesor, que conocía su creatividad y dotes de iniciativa, consideraba que su futuro debía ser otro.
En años sucesivos se añadieron nuevos sufrimientos a su vida: perdió a sus padres, a un hermano y a una hermana. Con estas circunstancias, el sostenimiento de su familia fue mucho más acuciante para ella superando con creces la preocupación que tuvo por este motivo en vida de sus progenitores. Sus proyectos quedaron maniatados hasta los 27 años. A esta edad supo que la intención del prelado Agustín de Marí era impulsar una acción apostólica para ayudar a jóvenes pobres librándolas de una vida disoluta, y se ofreció para ayudarle. Junto a tres de ellas dispuestas a vincularse a esta labor en la casa que les proporcionó el obispo, en 1837 fundó la Congregación de las Hijas de Nuestra Señora de la Misericordia, que también tenía entre sus prioridades la asistencia a los enfermos. Uno de los dictámenes que estableció fue erradicar la dote como requisito para ingresar en ella.
Profesó en octubre de ese año y tomó el nombre de María Josefa. Desempeñó las misiones de maestra de novicias, vicaria y ecónoma. En 1839 fue elegida superiora general de forma unánime, cargo que ostentó cerca de cuarenta años, un periodo de gran fecundidad para el Instituto que comenzó a expandirse. En 1856 añadió a sus fines el rescate de esclavos africanos, y con la ayuda de dos sacerdotes, que compraban o «robaban» a muchachas negras, pudieron auxiliar a muchas de las que habían llevado vida descarriada, educándolas e insertándolas en la sociedad. En 1869 abordó una delicada misión creando un seminario para fomento de vocaciones al sacerdocio, dedicado a aspirantes pobres, fundación que le acarreó numerosos sinsabores. Fue pionera en el establecimiento de escuelas populares gratuitas. Otra de las obras que forjó, y que se materializó tras su muerte, fue la Casa de las Penitentes para jóvenes que habían caído en las redes de la prostitución. En 1875 envió un nutrido grupo de religiosas a fundar Argentina. Mientras, seguía abriendo casas en Italia.
El lema que transmitió a sus hijas, fue: «Tu corazón a Dios y tus manos al trabajo». Tenía claro que la santidad se alcanza realizando «exactamente» los «deberes diarios». Y en ella, estos «deberes», además de atender su alta misión, fueron las tareas domésticas: lavar, barrer, etc., y cuidar enfermos atendiendo especialmente a los que padecían enfermedades desagradables. Siempre confió en la Providencia y encomendó lo que hacía a la Virgen María y a san José. Con inquebrantable fe encaró las dificultades económicas solventadas con la copiosa herencia que le dejó al morir la señora Monleone, legado que le permitió abrir otras nuevas fundaciones. Los últimos años de su vida, llena de enfermedades se enfrentó a los escrúpulos que le sobrevinieron infundiéndole el temor de su condena. Se dijo: «Amemos a Jesús. Lo más importante es amar a Dios y salvar el alma». Murió el 7 de diciembre de 1880. Pío XII la canonizó el 12 de junio de 1949.
escrito por Isabel Orellana Vilches (07 de diciembre de 2014) © Innovative Media Inc.
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domingo, 7 de diciembre de 2014
sábado, 6 de diciembre de 2014
06 de diciembre: San Pedro Pascual
«Mercedario mártir, valenciano de familia mozárabe acaudalada y fiel, se entregaba al rescate de cautivos. Gran predicador y pacificador, murió decapitado en Granada, en defensa de la fe»
Madrid, 06 de diciembre de 2014 (Zenit.org) Aunque aspectos de su vida han sido objeto de disparidades, está constatado que nació en Valencia, España, entre 1227 y 1230. Era una época en la que el país se hallaba bajo el influjo musulmán, y quienes abrazaban la fe cristiana sabían que su vida pendía siempre de un hilo. Miles de cristianos derramaron su sangre por Cristo. La familia de Pedro, unos mozárabes de clase pudiente y fieles a la Iglesia, tuvieron el honor de contar entre sus componentes a seis mártires, el último de los cuales sería él mismo. El compromiso eclesial de sus progenitores estaba bien anclado. Le habían llamado Pedro considerando que su nacimiento se debía a la mediación de Pedro Nolasco, al que se encomendaron viendo que no venían los hijos; tan grande era el reconocimiento que dispensaban al santo. Nolasco y otros mercedarios mantenían una entrañable relación con la familia Pascual y disfrutaban de su hospitalidad.
Dando prueba fehaciente de su fortaleza, los progenitores de Pedro pasaban por alto el riesgo que corrían sus vidas y rescataban a cristianos esclavos, como hacían los mercedarios. Precisamente uno de ellos, que después se afilió a la Orden mercedaria, era un sacerdote versado en teología, doctor por la universidad de París, al que encomendaron la educación de su hijo; lo que sentían por él era una comprensible mezcla de afecto y confianza. En esa época Pedro Pascual ya había vivido la experiencia del envite que sufrió su propio hogar a manos de los musulmanes. Se dedicaba a socorrer a cautivos enfermos, pidiendo limosna para ellos junto a otros jóvenes como él. A sus 19 años fue designado canónigo de la catedral de Valencia por Jaime I el Conquistador; los había presentado san Pedro Nolasco.
Después de consumarse la reconquista de su ciudad natal y siguiendo los pasos de su preceptor, Pedro Pascual se trasladó a París, como era deseo del monarca, para formarse junto al doctor Aymillo. Por indicación del prelado de la capital gala, que se admiró de sus muchas virtudes, predicó en toda la diócesis. Entre sus compañeros de estudios se hallaban santo Tomás de Aquino y san Buenaventura. Esta etapa de su vida en la ciudad del Sena fue teñida por el dolor de la pérdida de sus padres. Antes de regresar a Valencia, siendo ya doctor, Pedro había determinado abrazarse a la pobreza. Con esa intención había dado poderes al fundador Nolasco para que entregase sus cuantiosos bienes a los cautivos, los huérfanos y los encarcelados. Al sentirse afín al carisma mercedario, se integró en la Orden y profesó el año 1250 en el convento de Valencia, mostrando su fervor y espíritu penitencial. Fue ordenado sacerdote y ejerció como profesor en Barcelona; estuvo al frente de la cátedra de filosofía. Después se estableció en Zaragoza, ya que el rey Jaime I le encomendó la formación de su hijo, el infante Don Sancho de Aragón. Tanto ésta región como Cataluña supieron de su celo apostólico.
Cuando Don Sancho se hizo mercedario, la labor apostólica de Pedro se centró en lo propio del carisma de la fundación a la que pertenecía: el rescate de cautivos y la predicación. En 1262 Urbano IV lo designó obispo de Granada a petición de Don Sancho, que era ya arzobispo de Toledo. Humildemente aceptó la misión, contrariándose a sí mismo, ya que no deseaba dignidad alguna, y allí fundó el convento de Santa Catalina. Fruto de su celo apostólico vieron la luz nuevos conventos en Baeza, Jaén y Jerez de la Frontera. En 1275, tras los conflictos que se desataron en Granada, emprendió una peregrinación por distintos lugares de la geografía española, Francia y Portugal. Volvió a Granada y desde allí efectuó un viaje a Roma siendo pontífice Nicolás IV que se admiró, como todos los que iban conociendo a Pedro, de su ciencia y virtud. Tanto es así que lo designó legado suyo para Francia y España con la indicación de que predicase la cruzada.
Se hallaba en Francia en 1294 cumpliendo con este cometido cuando fue elegido prelado de Jaén, se cree que a propuesta del rey Don Jaime II de Aragón. Bonifacio VIII confirmó el nombramiento en 1296. Fue consagrado en la capilla de San Bartolomé por el cardenal Mateo de Acquasparta el 20 de febrero de ese año. Devoto de María, en 1295 ya había defendido la Concepción Inmaculada en su escrito Vida de Lázaro; fue un pionero al respecto.
En 1297 viajó a Granada y allí fue hecho prisionero por los musulmanes. Sin duda le precedía su vigorosa defensa de los cautivos a los que rescataba, y la instrucción y bautismo que impartía a los cristianos, así como su encendida predicación junto a sus dotes de pacificador. Además, su amigo el rey Jaime I, en 1294 no había tenido reparos en establecer un tratado de amistad con el rey nazarí Muhammad I Al-Ahmar (el Rojo), que en ese momento regía la ciudad de la Alhambra. Pero en 1297 el nuevo emir Muhammad II Al-Faqih, hijo del anterior, había roto el pacto dejando clausurado dramáticamente el periodo de paz del que transitoriamente gozaron los cristianos. Tras su captura, Pedro fue recluido en la torre granadina del Carmen de los Mártires.
Al saber la noticia, los fieles destinaron limosnas para rescatarlo, pero Pedro no las aceptó sino que con ellas liberó a otros esclavos necesitados. En prisión escribió varios tratados sobre la vida espiritual y diversas obras defendiendo la fe, en las que refutaba tesis de judíos y de musulmanes. Sus trabajos suscitaron la ira de sus captores, y le condenaron a muerte por decapitación. Padeció un momento de terror que solapó instantáneamente su gozo por el martirio. Cristo le consoló: «Pedro, no te asustes porque la naturaleza haga su oficio. Yo mismo estuve triste hasta la muerte la noche antes de mi Pasión, y por tu amor padecí aquella amarga agonía». Lleno de fortaleza se enfrentó a este martirio el 6 de diciembre de 1300. Clemente X confirmó su culto el 14 de agosto de 1670.
escrito por Isabel Orellana Vilches (06 de diciembre de 2014) © Innovative Media Inc.
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- San Nicolás de Bari
Madrid, 06 de diciembre de 2014 (Zenit.org) Aunque aspectos de su vida han sido objeto de disparidades, está constatado que nació en Valencia, España, entre 1227 y 1230. Era una época en la que el país se hallaba bajo el influjo musulmán, y quienes abrazaban la fe cristiana sabían que su vida pendía siempre de un hilo. Miles de cristianos derramaron su sangre por Cristo. La familia de Pedro, unos mozárabes de clase pudiente y fieles a la Iglesia, tuvieron el honor de contar entre sus componentes a seis mártires, el último de los cuales sería él mismo. El compromiso eclesial de sus progenitores estaba bien anclado. Le habían llamado Pedro considerando que su nacimiento se debía a la mediación de Pedro Nolasco, al que se encomendaron viendo que no venían los hijos; tan grande era el reconocimiento que dispensaban al santo. Nolasco y otros mercedarios mantenían una entrañable relación con la familia Pascual y disfrutaban de su hospitalidad.
Dando prueba fehaciente de su fortaleza, los progenitores de Pedro pasaban por alto el riesgo que corrían sus vidas y rescataban a cristianos esclavos, como hacían los mercedarios. Precisamente uno de ellos, que después se afilió a la Orden mercedaria, era un sacerdote versado en teología, doctor por la universidad de París, al que encomendaron la educación de su hijo; lo que sentían por él era una comprensible mezcla de afecto y confianza. En esa época Pedro Pascual ya había vivido la experiencia del envite que sufrió su propio hogar a manos de los musulmanes. Se dedicaba a socorrer a cautivos enfermos, pidiendo limosna para ellos junto a otros jóvenes como él. A sus 19 años fue designado canónigo de la catedral de Valencia por Jaime I el Conquistador; los había presentado san Pedro Nolasco.
Después de consumarse la reconquista de su ciudad natal y siguiendo los pasos de su preceptor, Pedro Pascual se trasladó a París, como era deseo del monarca, para formarse junto al doctor Aymillo. Por indicación del prelado de la capital gala, que se admiró de sus muchas virtudes, predicó en toda la diócesis. Entre sus compañeros de estudios se hallaban santo Tomás de Aquino y san Buenaventura. Esta etapa de su vida en la ciudad del Sena fue teñida por el dolor de la pérdida de sus padres. Antes de regresar a Valencia, siendo ya doctor, Pedro había determinado abrazarse a la pobreza. Con esa intención había dado poderes al fundador Nolasco para que entregase sus cuantiosos bienes a los cautivos, los huérfanos y los encarcelados. Al sentirse afín al carisma mercedario, se integró en la Orden y profesó el año 1250 en el convento de Valencia, mostrando su fervor y espíritu penitencial. Fue ordenado sacerdote y ejerció como profesor en Barcelona; estuvo al frente de la cátedra de filosofía. Después se estableció en Zaragoza, ya que el rey Jaime I le encomendó la formación de su hijo, el infante Don Sancho de Aragón. Tanto ésta región como Cataluña supieron de su celo apostólico.
Cuando Don Sancho se hizo mercedario, la labor apostólica de Pedro se centró en lo propio del carisma de la fundación a la que pertenecía: el rescate de cautivos y la predicación. En 1262 Urbano IV lo designó obispo de Granada a petición de Don Sancho, que era ya arzobispo de Toledo. Humildemente aceptó la misión, contrariándose a sí mismo, ya que no deseaba dignidad alguna, y allí fundó el convento de Santa Catalina. Fruto de su celo apostólico vieron la luz nuevos conventos en Baeza, Jaén y Jerez de la Frontera. En 1275, tras los conflictos que se desataron en Granada, emprendió una peregrinación por distintos lugares de la geografía española, Francia y Portugal. Volvió a Granada y desde allí efectuó un viaje a Roma siendo pontífice Nicolás IV que se admiró, como todos los que iban conociendo a Pedro, de su ciencia y virtud. Tanto es así que lo designó legado suyo para Francia y España con la indicación de que predicase la cruzada.
Se hallaba en Francia en 1294 cumpliendo con este cometido cuando fue elegido prelado de Jaén, se cree que a propuesta del rey Don Jaime II de Aragón. Bonifacio VIII confirmó el nombramiento en 1296. Fue consagrado en la capilla de San Bartolomé por el cardenal Mateo de Acquasparta el 20 de febrero de ese año. Devoto de María, en 1295 ya había defendido la Concepción Inmaculada en su escrito Vida de Lázaro; fue un pionero al respecto.
En 1297 viajó a Granada y allí fue hecho prisionero por los musulmanes. Sin duda le precedía su vigorosa defensa de los cautivos a los que rescataba, y la instrucción y bautismo que impartía a los cristianos, así como su encendida predicación junto a sus dotes de pacificador. Además, su amigo el rey Jaime I, en 1294 no había tenido reparos en establecer un tratado de amistad con el rey nazarí Muhammad I Al-Ahmar (el Rojo), que en ese momento regía la ciudad de la Alhambra. Pero en 1297 el nuevo emir Muhammad II Al-Faqih, hijo del anterior, había roto el pacto dejando clausurado dramáticamente el periodo de paz del que transitoriamente gozaron los cristianos. Tras su captura, Pedro fue recluido en la torre granadina del Carmen de los Mártires.
Al saber la noticia, los fieles destinaron limosnas para rescatarlo, pero Pedro no las aceptó sino que con ellas liberó a otros esclavos necesitados. En prisión escribió varios tratados sobre la vida espiritual y diversas obras defendiendo la fe, en las que refutaba tesis de judíos y de musulmanes. Sus trabajos suscitaron la ira de sus captores, y le condenaron a muerte por decapitación. Padeció un momento de terror que solapó instantáneamente su gozo por el martirio. Cristo le consoló: «Pedro, no te asustes porque la naturaleza haga su oficio. Yo mismo estuve triste hasta la muerte la noche antes de mi Pasión, y por tu amor padecí aquella amarga agonía». Lleno de fortaleza se enfrentó a este martirio el 6 de diciembre de 1300. Clemente X confirmó su culto el 14 de agosto de 1670.
escrito por Isabel Orellana Vilches (06 de diciembre de 2014) © Innovative Media Inc.
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- San Nicolás de Bari
viernes, 5 de diciembre de 2014
05 de diciembre: Beato Felipe Rinaldi
Tercer sucesor de Don Bosco
Nacido el 28 de mayo de 1856 en Lu Monferrato (Alessandria), Felipe se sintió ganado por Don Bosco a la edad de veintidós. Como sacerdote, se le encomendó la formación de aspirantes y novicios. En 1899, el Padre Rua lo envió como Director a la comunidad de Sarriá, en España y más adelante como provincial principal. En ese rol contribuyó enormemente al desarrollo de los Salesianos en España.
Vicario General
Al ser designado Vicario General de la Congregación, se volvieron aún más evidentes su don como padre y la riqueza de sus iniciativas. Instauró centros de formación para ofrecer ayuda espiritual y social a las mujeres jóvenes trabajadoras; planificó trabajos de imprenta y guió y apoyó a las Hermanas Salesianas en un momento particularmente sensible de su historia. Dio mucho aliento a los Cooperadores, e instauró la Federación Mundial de ex alumnos, tanto masculina como femenina.
Rector Mayor
Trabajando con la Celadoras de María Auxiliadora, vislumbró las posibilidades de una nueva forma de vida consagrada en el mundo y lo hizo una realidad. El grupo se convertiría más adelante en los “Voluntarios de Don Bosco”. Fue elegido Rector Mayor en 1922. El Padre Francesia decía: “Lo único que le falta al Padre Rinaldi es la voz de Don Bosco: tiene todo lo demás”.
Un maestro de la vida espiritual
Utilizó todas sus energías en adaptar el espíritu de Don Bosco a todas las épocas. Hizo mucho para desarrollar los estudios salesianos y fue un maestro de la vida espiritual. Trabajó para renovar la vida espiritual de los Salesianos, tenía una fe total en Dios y una confianza ilimitada en María Auxiliadora. Le solicitó a Pío XI que concediera “indulgencias por el trabajo santificado”. Se interesó mucho en las misiones, enviando muchos jóvenes Salesianos a aprender idiomas y costumbres para que la evangelización fuera más eficiente.
Murió el 5 de diciembre de 1931. Sus restos son venerados en la cripta de la Basílica de María Auxiliadora. Es conmemorado el 5 de diciembre.
Fue beatificado el 29 de abril de 1990 por Juan Pablo II.
otros santos 05 de diciembre:
- Beato Bartolomé Fanti
Nacido el 28 de mayo de 1856 en Lu Monferrato (Alessandria), Felipe se sintió ganado por Don Bosco a la edad de veintidós. Como sacerdote, se le encomendó la formación de aspirantes y novicios. En 1899, el Padre Rua lo envió como Director a la comunidad de Sarriá, en España y más adelante como provincial principal. En ese rol contribuyó enormemente al desarrollo de los Salesianos en España.
Vicario General
Al ser designado Vicario General de la Congregación, se volvieron aún más evidentes su don como padre y la riqueza de sus iniciativas. Instauró centros de formación para ofrecer ayuda espiritual y social a las mujeres jóvenes trabajadoras; planificó trabajos de imprenta y guió y apoyó a las Hermanas Salesianas en un momento particularmente sensible de su historia. Dio mucho aliento a los Cooperadores, e instauró la Federación Mundial de ex alumnos, tanto masculina como femenina.
Rector Mayor
Trabajando con la Celadoras de María Auxiliadora, vislumbró las posibilidades de una nueva forma de vida consagrada en el mundo y lo hizo una realidad. El grupo se convertiría más adelante en los “Voluntarios de Don Bosco”. Fue elegido Rector Mayor en 1922. El Padre Francesia decía: “Lo único que le falta al Padre Rinaldi es la voz de Don Bosco: tiene todo lo demás”.
Un maestro de la vida espiritual
Utilizó todas sus energías en adaptar el espíritu de Don Bosco a todas las épocas. Hizo mucho para desarrollar los estudios salesianos y fue un maestro de la vida espiritual. Trabajó para renovar la vida espiritual de los Salesianos, tenía una fe total en Dios y una confianza ilimitada en María Auxiliadora. Le solicitó a Pío XI que concediera “indulgencias por el trabajo santificado”. Se interesó mucho en las misiones, enviando muchos jóvenes Salesianos a aprender idiomas y costumbres para que la evangelización fuera más eficiente.
Murió el 5 de diciembre de 1931. Sus restos son venerados en la cripta de la Basílica de María Auxiliadora. Es conmemorado el 5 de diciembre.
Fue beatificado el 29 de abril de 1990 por Juan Pablo II.
(fuente: sdb.org)
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jueves, 4 de diciembre de 2014
04 de diciembre: San Juan Calabria
«Fundador de los Pobres Siervos y de las Pobres Siervas de la Divina Providencia. Calificado por Pío XII campeón de evangélica caridad al saber que había muerto ofreciendo su vida por él cuando se hallaba enfermo de gravedad»
Madrid, 04 de diciembre de 2014 (Zenit.org) «La Providencia existe, Dios es Padre y piensa en nosotros, siempre que nosotros pensemos en él y le correspondamos buscando en primer lugar el Santo Reino de Dios y su justicia». Fue la honda convicción de Juan que había experimentado claramente la Providencia en su vida y en ella sustentó el carisma de sus fundaciones. Era el séptimo hijo de una humilde y cristiana familia que rayaba en la pobreza y que le acogió gozosa en su seno cuando nació en Verona, Italia, el 8 de octubre de 1873. Su padre era zapatero y su madre se ganaba la vida como empleada doméstica. La muerte de aquél cuando Juan era un adolescente truncó su primera andadura académica ya que tuvo que ponerse a trabajar para ayudar a sostener el hogar, aunque le despedían de los trabajos por incompetente. Esta situación afectó a su rendimiento escolar.
El padre Scarpini, rector de San Lorenzo, constató que el muchacho mostraba unos rasgos de virtud que le hacían apto para iniciar los estudios eclesiásticos, y no escatimó ningún esfuerzo para que pudiera ingresar en el seminario. La situación económica familiar solo le permitía estudiar como alumno externo, y así permaneció tres años hasta que tuvo que cumplir el servicio militar. Tenía madera de santo y en el cuartel tuvieron ocasión de constatarlo. Cuando salió de allí, muchos, instados por él, habían abierto sus brazos a Dios.
Algunas de las circunstancias que concurrieron en su vida, especialmente la experiencia de precariedad en la que había discurrido su corta existencia, y el gesto generoso y atento del padre Scarpini, unido a sus entrañas de misericordia, se trenzaron en fecundo anillo una gélida noche de 1897 cuando, tras realizar la visita a los enfermos, halló un niño fugitivo que yacía en el umbral de su casa aterido de frío. Tenía 6 años y todo indicaba que había sido adiestrado para mendigar y posiblemente secuestrado en la región de Liguria. Por eso, aunque hizo las gestiones legales oportunas, aconsejado por Scarpini, nadie se preocupó de buscar al pequeño.
La pobreza, la soledad, la enfermedad, el abandono…, serían para siempre dramáticas realidades que jamás dejarían al santo impasible. Por el contrario, a ellas dedicó todo su quehacer buscando siempre el modo de paliarlas implicando a seminaristas, sacerdotes y laicos. Por de pronto, aquella inolvidable noche en la que descubrió la naturaleza de su verdadera vocación, cobijó al pequeño en su propia casa sin que su madre mostrara reparo alguno por ello. Y a los pocos meses ya había puesto en marcha la «Pía Unión para la asistencia de los enfermos pobres».
Desde 1901, año en el que fue ordenado sacerdote, junto a la labor pastoral que realizó en la parroquia de San Esteban y en la rectoría de San Benito del Monte, los enfermos, los ancianos, los pobres y cualquier persona necesitada, recibieron de él gestos de caridad ofrecida a manos llenas. Las fundaciones se iban multiplicando mientras la Providencia seguía acompañándole en su incansable labor. Recogía a los niños abandonados; mientras trataba de hallar un centro de acogida digno para ellos, sin lograrlo. En 1906 su madre se ocupaba de atenderlos con tanta intensidad que enfermó gravemente. Juan acudió al conde Francesco Perez. El aristócrata le miró. Nadie más que él podía ocuparse de los pequeños. Con su madre enferma, no veía cómo podía llevar a cabo su labor. Acudió a Dios. Si era su voluntad que se ocupase de los niños, el signo sería la curación de su madre al menos durante un año. Ella sanó repentinamente.
En noviembre de 1907 puso en marcha el Instituto «Casa Buoni Fanciulli», y a esta obra siguió la fundación de la «Congregación de los Pobres Siervos de la Divina Providencia», formada con un grupo personas que secundaron su acción apostólica compartiendo su vocación, y la rama femenina «Pobres Siervas de la Divina Providencia». Creó la «Cittadella della caritá», la «Familia de los Hermanos Externos» para los laicos, y fue impulsor de casas de acogida y hospitales.
Pensando en los «Parias» en 1934 extendió la fundación a Vijayavada (India). Además, promovió las vocaciones y el diálogo interreligioso dejando abierta una fecunda vía ecuménica con protestantes, ortodoxos y hebreos, fue un extraordinario confesor, y no dudó en exponer su vida salvando la de personas en peligro, como la de una doctora hebrea amenazada de muerte en la persecución nazi a la que rescató manteniéndola oculta entre las religiosas fundadas por él. Algunos de los agraciados por tan bondadoso corazón, como hizo esta mujer, enviaron cartas a Roma a la postulación pidiendo que fuese elevado a los altares.
Juan se ofreció a sí mismo por la santificación de la Iglesia y la unidad de los cristianos, y alentó a todos a la vivencia del rigor evangélico. Junto con su proverbial caridad, asentada en su oración, pervivió la gratuidad en todo lo que hizo. De hecho, quería que sus hijos realizaran su misión en «donde nada hay, humanamente, para recibir». Solo les pedía «humildad, escondimiento total, abandonada por entero y totalmente en la divina Providencia; no pedir nada, rezar mucho; que nadie pague; prohibido todo tipo de publicidad; no conferencias, no reuniones de beneficencia, no agradecimientos públicos, porque Dios no necesita estas cosas y Él se ocupa de esta Obra que es totalmente suya. Nosotros busquemos almas, solamente almas».
Enfermo de gravedad y sabedor de que Pío XII se hallaba agonizante, puso a los pies del Padre su vida por él. Dios le escuchó. Murió el 4 de diciembre de 1954, mientras el pontífice salía adelante y le sobrevivía cuatro años más. Al conocer el postrer gesto de caridad que había tenido, Pío XII lo calificó como «campeón de evangélica caridad». Por su parte, el cardenal Schuster ordenó cincelar este epitafio sobre la tumba de Juan que sintetiza su grandeza y el impacto de su admirable virtud y quehacer apostólico: «Resplandeció como un faro luminoso en la Iglesia de Dios». Juan Pablo II lo beatificó el 17 de abril de 1988, y él mismo lo canonizó el 18 de abril de 1999.
escrito por Isabel Orellana Vilches (04 de diciembre de 2014) © Innovative Media Inc.
otros santos 04 de diciembre:
- San Juan Damasceno
Madrid, 04 de diciembre de 2014 (Zenit.org) «La Providencia existe, Dios es Padre y piensa en nosotros, siempre que nosotros pensemos en él y le correspondamos buscando en primer lugar el Santo Reino de Dios y su justicia». Fue la honda convicción de Juan que había experimentado claramente la Providencia en su vida y en ella sustentó el carisma de sus fundaciones. Era el séptimo hijo de una humilde y cristiana familia que rayaba en la pobreza y que le acogió gozosa en su seno cuando nació en Verona, Italia, el 8 de octubre de 1873. Su padre era zapatero y su madre se ganaba la vida como empleada doméstica. La muerte de aquél cuando Juan era un adolescente truncó su primera andadura académica ya que tuvo que ponerse a trabajar para ayudar a sostener el hogar, aunque le despedían de los trabajos por incompetente. Esta situación afectó a su rendimiento escolar.
El padre Scarpini, rector de San Lorenzo, constató que el muchacho mostraba unos rasgos de virtud que le hacían apto para iniciar los estudios eclesiásticos, y no escatimó ningún esfuerzo para que pudiera ingresar en el seminario. La situación económica familiar solo le permitía estudiar como alumno externo, y así permaneció tres años hasta que tuvo que cumplir el servicio militar. Tenía madera de santo y en el cuartel tuvieron ocasión de constatarlo. Cuando salió de allí, muchos, instados por él, habían abierto sus brazos a Dios.
Algunas de las circunstancias que concurrieron en su vida, especialmente la experiencia de precariedad en la que había discurrido su corta existencia, y el gesto generoso y atento del padre Scarpini, unido a sus entrañas de misericordia, se trenzaron en fecundo anillo una gélida noche de 1897 cuando, tras realizar la visita a los enfermos, halló un niño fugitivo que yacía en el umbral de su casa aterido de frío. Tenía 6 años y todo indicaba que había sido adiestrado para mendigar y posiblemente secuestrado en la región de Liguria. Por eso, aunque hizo las gestiones legales oportunas, aconsejado por Scarpini, nadie se preocupó de buscar al pequeño.
La pobreza, la soledad, la enfermedad, el abandono…, serían para siempre dramáticas realidades que jamás dejarían al santo impasible. Por el contrario, a ellas dedicó todo su quehacer buscando siempre el modo de paliarlas implicando a seminaristas, sacerdotes y laicos. Por de pronto, aquella inolvidable noche en la que descubrió la naturaleza de su verdadera vocación, cobijó al pequeño en su propia casa sin que su madre mostrara reparo alguno por ello. Y a los pocos meses ya había puesto en marcha la «Pía Unión para la asistencia de los enfermos pobres».
Desde 1901, año en el que fue ordenado sacerdote, junto a la labor pastoral que realizó en la parroquia de San Esteban y en la rectoría de San Benito del Monte, los enfermos, los ancianos, los pobres y cualquier persona necesitada, recibieron de él gestos de caridad ofrecida a manos llenas. Las fundaciones se iban multiplicando mientras la Providencia seguía acompañándole en su incansable labor. Recogía a los niños abandonados; mientras trataba de hallar un centro de acogida digno para ellos, sin lograrlo. En 1906 su madre se ocupaba de atenderlos con tanta intensidad que enfermó gravemente. Juan acudió al conde Francesco Perez. El aristócrata le miró. Nadie más que él podía ocuparse de los pequeños. Con su madre enferma, no veía cómo podía llevar a cabo su labor. Acudió a Dios. Si era su voluntad que se ocupase de los niños, el signo sería la curación de su madre al menos durante un año. Ella sanó repentinamente.
En noviembre de 1907 puso en marcha el Instituto «Casa Buoni Fanciulli», y a esta obra siguió la fundación de la «Congregación de los Pobres Siervos de la Divina Providencia», formada con un grupo personas que secundaron su acción apostólica compartiendo su vocación, y la rama femenina «Pobres Siervas de la Divina Providencia». Creó la «Cittadella della caritá», la «Familia de los Hermanos Externos» para los laicos, y fue impulsor de casas de acogida y hospitales.
Pensando en los «Parias» en 1934 extendió la fundación a Vijayavada (India). Además, promovió las vocaciones y el diálogo interreligioso dejando abierta una fecunda vía ecuménica con protestantes, ortodoxos y hebreos, fue un extraordinario confesor, y no dudó en exponer su vida salvando la de personas en peligro, como la de una doctora hebrea amenazada de muerte en la persecución nazi a la que rescató manteniéndola oculta entre las religiosas fundadas por él. Algunos de los agraciados por tan bondadoso corazón, como hizo esta mujer, enviaron cartas a Roma a la postulación pidiendo que fuese elevado a los altares.
Juan se ofreció a sí mismo por la santificación de la Iglesia y la unidad de los cristianos, y alentó a todos a la vivencia del rigor evangélico. Junto con su proverbial caridad, asentada en su oración, pervivió la gratuidad en todo lo que hizo. De hecho, quería que sus hijos realizaran su misión en «donde nada hay, humanamente, para recibir». Solo les pedía «humildad, escondimiento total, abandonada por entero y totalmente en la divina Providencia; no pedir nada, rezar mucho; que nadie pague; prohibido todo tipo de publicidad; no conferencias, no reuniones de beneficencia, no agradecimientos públicos, porque Dios no necesita estas cosas y Él se ocupa de esta Obra que es totalmente suya. Nosotros busquemos almas, solamente almas».
Enfermo de gravedad y sabedor de que Pío XII se hallaba agonizante, puso a los pies del Padre su vida por él. Dios le escuchó. Murió el 4 de diciembre de 1954, mientras el pontífice salía adelante y le sobrevivía cuatro años más. Al conocer el postrer gesto de caridad que había tenido, Pío XII lo calificó como «campeón de evangélica caridad». Por su parte, el cardenal Schuster ordenó cincelar este epitafio sobre la tumba de Juan que sintetiza su grandeza y el impacto de su admirable virtud y quehacer apostólico: «Resplandeció como un faro luminoso en la Iglesia de Dios». Juan Pablo II lo beatificó el 17 de abril de 1988, y él mismo lo canonizó el 18 de abril de 1999.
escrito por Isabel Orellana Vilches (04 de diciembre de 2014) © Innovative Media Inc.
otros santos 04 de diciembre:
- San Juan Damasceno
miércoles, 3 de diciembre de 2014
03 de diciembre: Beato Juan Nepomuceno de Tschiderer
Obispo
Martirologio Romano: En Trento, de la región del Véneto, beato Juan Nepomuceno De Tschiderer, obispo, el cual administró aquella Iglesia con el ardor evangélico de la fe, pero con comprensión, y en tiempo de aflicción dio a su grey un admirable testimonio de amor (1860).
Hijo de Joseph Joachim y Caterina de Giovanelli. nació el 15 de Abril de 1777 en Bolzano, Diócesis de Trento, Italia
Realizó sus estudios de enseñanza secundaria en un colegio franciscanos.
En 1792 su familia se mudó a Innsbruck, Austria, donde estudió filosofía y teología en la universidad.
Fue ordenado sacerdote el 27 de julio de 1800.
Aunque no era un benedictino, Juan en un ejemplo viviente del lema de aquellos "oración y rabajo."
Fue párroco de varias parroquias de las montañas tirolesas. fue profesor en el seminario teológico de Trento, y decano de las escuelas en Sarentino y Merano.
Retornó a Trento en 1827 como miembro de la Catedral de San Vigilio, Fue Pro Vicario General de la diócesis. Obispo Auxiliar de Bressanone de Vorarlberg en 1832. Obispo en Innsbruck el 20 de mayo de 1832. Obispo de Innsbruck, el 3 de mayo de 1835.
Juan nunca dejó que sus tareas administrativas eclipsaran sus labores pastorales, y pasó gran parte de su tiempo en la predicación, la escritura, como catequista, la reactivación de las misiones, ayudando a los pobres y enfermos, la celebración de la Santa Misa, escuchando confesiones, y administrando los sacramentos de la Confirmación y de la Ordenación Sacerdotal, incluyendo a veces a candidatos de otras diócesis cuyos obispos no estaban disponibles.
Supervisó la construcción y restauración de más de 60 iglesias, mantuvo buenas relaciones con los sacerdotes, preocupandose por su formación permanente. Promueve la educación cristiana de los niños y niñas para la vida religiosa, con el apoyo seminaristas, aseguradose que las enseñanzas en el seminario fueran estrictamente apegadas a la doctrina. Ayudó en la fundación de un instituto de audición y lenguaje, y motivaba a todos a rezar el Rosario cada día.
Trabajó y proporcionó fondos para la atención de las víctimas de las epidemias de cólera de 1836 y 1855, y en la guerra de 1859.
Trabajó para superar aquellos obstáculos entre la Iglesia y el Estado que fueron creadas por la legislación de aquella época.
A finales de la vida tenía previsto una peregrinación a Roma para asistir a la proclamación del dogma de la Inmaculada Concepción, pero la enfermedad se lo impidió.
El 31 de diciembre de 1854, ordenó como sacerdote a San Daniel Comboni.
Murió el 3 de Diciembre de 1860 en Trento.
Beatificado por Juan Pablo II el 29 de Abril de 1995.
(fuente: catholic.net)
otros santos 03 de diciembre:
- San Francisco Javier
martes, 2 de diciembre de 2014
02 de diciembre: Beata María Ángela Astorch
«Cuando Juan Pablo II beatificó a esta capuchina, la denominó la mística del breviario. En vida, su portentoso dominio de la sagrada Escritura y de la Patrística suscitó ciertos recelos, y tuvo que comparecer ante un tribunal»
Madrid, 02 de diciembre de 2014 (Zenit.org) Esta religiosa capuchina española cuya existencia discurrió entre Barcelona, Zaragoza y Murcia estuvo agraciada con singulares favores místicos. Nació el 1 de septiembre de 1592 en Barcelona, en el seno de una familia adinerada. Creció sin la presencia y tutela de sus virtuosos padres que perdió prematuramente. Su madre murió antes de que ella cumpliera su primer año de vida. Y cuanto tenía 4, falleció su padre. Arropada por su aya, que la colmó de cariño, Ángela (Jerónima de nombre de pila) no experimentó añoranzas por la ternura de sus progenitores que prácticamente no llegó a saborear.
Era una niña alegre y espontánea. Llevada de esos descuidos propios de la infancia hacia los 7 años estuvo a punto de morir por haber ingerido almendras verdes. Atribuyó su curación a la Virgen María y a la intercesión de la Madre Ángela Serafina, fundadora de las capuchinas. El hecho supuso un punto de inflexión en su vida; marcó el límite de su infancia y le abrió el camino hacia otra etapa de madurez. Es lo que manifestó en su Autobiografía: «Mi niñez no fue sino hasta los siete años: de éstos en adelante fui ya mujer de juicio y no poco advertida, y así sufrida, compuesta, callada y verdadera». Siempre al abrigo de tutores fue formándose humana e intelectualmente. En la adolescencia su prodigiosa memoria comenzó a llamar la atención de los preceptores. Familiarizada con los libros –su padre había estado vinculado al gremio de los libreros y seguramente le habría legado una selecta biblioteca–, tuvo en la lectura una de sus aficiones predilectas, y de manera especial, los textos latinos.
Al final del estío de 1603 ingresó en el convento de las capuchinas de Barcelona donde le había precedido su hermana mayor, Isabel, una de las primeras integrantes del mismo que acababa de constituirse como tal en febrero de ese mismo año. Allí se curtió en la oración y la mortificación, atenta a los rasgos de virtud que apreciaba a su alrededor, bajo la dirección espiritual de un sacerdote aragonés que tenía detrás una importante experiencia eremítica. A su lado comenzó a familiarizarse con la oración y la contemplación. En su trayectoria espiritual encontró ásperos momentos caracterizados por las humillaciones y maltrato concreto de una religiosa atrapada por sus celos que hubiera querido asemejarse a la beata en su delicadeza, elegancia, cualidades para el canto y su gran formación, además de los gestos de virtud que veía en ella.
Todo desaire sirvió a Ángela para crecer en caridad y humildad máxime cuando era consciente del antagonismo que existía entre ambas, sentimiento que le ocasionaba gran aflicción. En un momento dado, por indicación de su confesor se vio privada de los textos latinos bíblicos y litúrgicos que llevó consigo al convento, añadiendo la prohibición de tenerlos como soporte en su día a día, así como de entonar versículos fuera del coro cuando realizaba las labores que tenía encomendadas. Y eso que el breviario era el sustento de su intensísima y singular vida mística: «Me acontece muchas veces que, cantando los salmos, me comunica su Majestad, por efectos interiores, lo propio que voy cantando, de modo que puedo decir con verdad que canto los efectos interiores de mi espíritu y no la composición y versos de los salmos». Como maestra de novicias tampoco se libró del retintín con que algunas de ellas acogían sus enseñanzas. Con oración y penitencia superó todas las tentaciones, incluida la de integrarse en otra Orden donde tuviera libertad para hacer su voluntad: orar y leer textos de espiritualidad. Y creció exponencialmente en su amor a Dios de manera admirable.
En 1614 se trasladó a Zaragoza siendo componente de la primera comunidad que se establecía allí. Y siguió formando a las religiosas con sabiduría y virtud. En 1626 fue designada abadesa, y en 1645 puso en marcha la fundación de Murcia. Desde 1620 percibía gracias sobrenaturales que no cesaron. Por su sorprendente dominio de la Sagrada Escritura, así como de la Patrística, fue sometida a examen en Zaragoza por cinco expertos y en Murcia por un deán y un canónigo impresionados de su capacidad para señalar con exactitud los lugares donde se hallaban las citas escriturarias en lengua latina que le plantearon. A lo largo de su vida saboreó las numerosas gracias místicas que recibió –de las que se sentía indigna y que no pudo impedir aunque le ordenaron que las evitara–, y se afligió en las «ausencias» divinas. Ha sido denominada «mística del breviario».
Fue particularmente devota del Sagrado Corazón de Jesús: «Mi incomparable tesoro, toda mi riqueza, única esperanza cierta de todo lo que espero, claridad y sosiego de mis dudas, aliento de mis ahogos, centro íntimo de mi alma, propiciatorio de oro de mi espíritu..., escuela y cátedra donde leo ciencia y finezas de tu inmensa caridad...». A Él se ofrecía en reparación de las ofensas que recibía. Amó profundamente a la Iglesia. Tuvo como consigna de vida «callar y sufrir, y llevar el peso que las cosas de gobierno traen consigo, como sierva de la casa de Dios». Siendo abadesa consiguió que las religiosas pudieran recibir la comunión diariamente. Actuó de forma admirable en la epidemia de 1648 y en la inundación de 1651 que arrasó por completo el convento. En 1654 regresó junto con el resto de la comunidad, y seis años más tarde comenzó su declive físico con una merma tal de sus facultades mentales que le llevó a renunciar a su cargo; las recuperó en noviembre de 1665 tras un ataque de hemiplejía. Falleció con fama de santidad el 2 de diciembre de ese mismo año. Juan Pablo II la beatificó el 23 de mayo de 1982.
escrito por Isabel Orellana Vilches (02 de diciembre de 2014) © Innovative Media Inc.
otros santos 02 de diciembre:
- Beata Liduina Meneguzzi
Madrid, 02 de diciembre de 2014 (Zenit.org) Esta religiosa capuchina española cuya existencia discurrió entre Barcelona, Zaragoza y Murcia estuvo agraciada con singulares favores místicos. Nació el 1 de septiembre de 1592 en Barcelona, en el seno de una familia adinerada. Creció sin la presencia y tutela de sus virtuosos padres que perdió prematuramente. Su madre murió antes de que ella cumpliera su primer año de vida. Y cuanto tenía 4, falleció su padre. Arropada por su aya, que la colmó de cariño, Ángela (Jerónima de nombre de pila) no experimentó añoranzas por la ternura de sus progenitores que prácticamente no llegó a saborear.
Era una niña alegre y espontánea. Llevada de esos descuidos propios de la infancia hacia los 7 años estuvo a punto de morir por haber ingerido almendras verdes. Atribuyó su curación a la Virgen María y a la intercesión de la Madre Ángela Serafina, fundadora de las capuchinas. El hecho supuso un punto de inflexión en su vida; marcó el límite de su infancia y le abrió el camino hacia otra etapa de madurez. Es lo que manifestó en su Autobiografía: «Mi niñez no fue sino hasta los siete años: de éstos en adelante fui ya mujer de juicio y no poco advertida, y así sufrida, compuesta, callada y verdadera». Siempre al abrigo de tutores fue formándose humana e intelectualmente. En la adolescencia su prodigiosa memoria comenzó a llamar la atención de los preceptores. Familiarizada con los libros –su padre había estado vinculado al gremio de los libreros y seguramente le habría legado una selecta biblioteca–, tuvo en la lectura una de sus aficiones predilectas, y de manera especial, los textos latinos.
Al final del estío de 1603 ingresó en el convento de las capuchinas de Barcelona donde le había precedido su hermana mayor, Isabel, una de las primeras integrantes del mismo que acababa de constituirse como tal en febrero de ese mismo año. Allí se curtió en la oración y la mortificación, atenta a los rasgos de virtud que apreciaba a su alrededor, bajo la dirección espiritual de un sacerdote aragonés que tenía detrás una importante experiencia eremítica. A su lado comenzó a familiarizarse con la oración y la contemplación. En su trayectoria espiritual encontró ásperos momentos caracterizados por las humillaciones y maltrato concreto de una religiosa atrapada por sus celos que hubiera querido asemejarse a la beata en su delicadeza, elegancia, cualidades para el canto y su gran formación, además de los gestos de virtud que veía en ella.
Todo desaire sirvió a Ángela para crecer en caridad y humildad máxime cuando era consciente del antagonismo que existía entre ambas, sentimiento que le ocasionaba gran aflicción. En un momento dado, por indicación de su confesor se vio privada de los textos latinos bíblicos y litúrgicos que llevó consigo al convento, añadiendo la prohibición de tenerlos como soporte en su día a día, así como de entonar versículos fuera del coro cuando realizaba las labores que tenía encomendadas. Y eso que el breviario era el sustento de su intensísima y singular vida mística: «Me acontece muchas veces que, cantando los salmos, me comunica su Majestad, por efectos interiores, lo propio que voy cantando, de modo que puedo decir con verdad que canto los efectos interiores de mi espíritu y no la composición y versos de los salmos». Como maestra de novicias tampoco se libró del retintín con que algunas de ellas acogían sus enseñanzas. Con oración y penitencia superó todas las tentaciones, incluida la de integrarse en otra Orden donde tuviera libertad para hacer su voluntad: orar y leer textos de espiritualidad. Y creció exponencialmente en su amor a Dios de manera admirable.
En 1614 se trasladó a Zaragoza siendo componente de la primera comunidad que se establecía allí. Y siguió formando a las religiosas con sabiduría y virtud. En 1626 fue designada abadesa, y en 1645 puso en marcha la fundación de Murcia. Desde 1620 percibía gracias sobrenaturales que no cesaron. Por su sorprendente dominio de la Sagrada Escritura, así como de la Patrística, fue sometida a examen en Zaragoza por cinco expertos y en Murcia por un deán y un canónigo impresionados de su capacidad para señalar con exactitud los lugares donde se hallaban las citas escriturarias en lengua latina que le plantearon. A lo largo de su vida saboreó las numerosas gracias místicas que recibió –de las que se sentía indigna y que no pudo impedir aunque le ordenaron que las evitara–, y se afligió en las «ausencias» divinas. Ha sido denominada «mística del breviario».
Fue particularmente devota del Sagrado Corazón de Jesús: «Mi incomparable tesoro, toda mi riqueza, única esperanza cierta de todo lo que espero, claridad y sosiego de mis dudas, aliento de mis ahogos, centro íntimo de mi alma, propiciatorio de oro de mi espíritu..., escuela y cátedra donde leo ciencia y finezas de tu inmensa caridad...». A Él se ofrecía en reparación de las ofensas que recibía. Amó profundamente a la Iglesia. Tuvo como consigna de vida «callar y sufrir, y llevar el peso que las cosas de gobierno traen consigo, como sierva de la casa de Dios». Siendo abadesa consiguió que las religiosas pudieran recibir la comunión diariamente. Actuó de forma admirable en la epidemia de 1648 y en la inundación de 1651 que arrasó por completo el convento. En 1654 regresó junto con el resto de la comunidad, y seis años más tarde comenzó su declive físico con una merma tal de sus facultades mentales que le llevó a renunciar a su cargo; las recuperó en noviembre de 1665 tras un ataque de hemiplejía. Falleció con fama de santidad el 2 de diciembre de ese mismo año. Juan Pablo II la beatificó el 23 de mayo de 1982.
escrito por Isabel Orellana Vilches (02 de diciembre de 2014) © Innovative Media Inc.
otros santos 02 de diciembre:
- Beata Liduina Meneguzzi
lunes, 1 de diciembre de 2014
01 de diciembre: San Eloy (o Eligio)
Obispo
(588-660)
Patrono de los orfebres y joyeros
Una morada opulenta con tapices de Oriente, joyas de plata y pieles de oso y de lobo. En una silla dorada, el dueño, un magnate franco de larga cabellera, túnica breve y espada al cinto. Delante del magnate, un mancebo, como de veinte años, al pie, en actitud humilde, pero desembarazada y hasta elegante. El franco termina de leer un pergamino, le vuelve a enrollar, le deja caer sobre la mesa, y pregunta:
—¿Cómo está el señor Abbón?
—Bien está, señor—respondió el joven—; pero de viejos no podemos pasar.
—¿Y tú has trabajado con él?
—Sí, de pequeño me pusieron mis padres a su lado.
—¿Y ahora?
—Ahora, si mi señor el tesorero quisiese tomarme a su servicio, pondría a su disposición la industria de mi arte.
—¿Y qué sabes hacer?
—Trabajo el mármol, la madera, el metal; aquí tiene mi señor algunas muestras.
El joven las sacó de su cartera y se las entregó al magnate. Este las observó ligeramente, y preguntó:
—¿Tu tierra?
—La Aquitania; nací en Chaptelac, una villa cercana a Limoges.
—¿Tu nombre?
—Eligio.
—¿Siervo o libre?
—Mis padres, aunque no ricos, son de condición ingenua.
—Bueno—dijo el prócer, poniendo fin al interrogatorio—, puedes quedarte en mi casa; te tomo bajo mi protección y ya te señalaré trabajo.
Así entró Eligio en la ciudad de París, residencia de los reyes de Neustria. El tesorero real le daba su mainbour, su tutela, y la nave de sus sueños bogaba por tranquilos mares. Era un verdadero artista. Lleno de fe en su vocación, había dejado la casa humilde de sus padres para ponerse bajo la dirección de Abbón, monedero de Limoges, buen dibujante y mejor corazón. En el taller se afinó su espíritu y se despertó su ambición. ¡Si pudiese estar junto a los poderosos para tener oro, plata, camafeos, piedras preciosas! El maestro le preparó el camino, dándole una carta de recomendación para el tesorero del reino; y he aquí que se van realizando todos sus deseos. Por sus manos pasan todas las joyas del palacio: coronas espléndidas, cofres de perfumes y de reliquias, pulseras, prendedores, collares, que es preciso reengarzar y recomponer. Él examina y estudia aquellos restos de la antigua civilización de Roma, y sus gustos de orfebre se van perfeccionando al contacto de las obras maestras. El tesorero queda admirado de las habilidades del joven, y al mismo tiempo edificado de su honradez a carta cabal. Los objetos vuelven a sus manos como nuevos; ni el oro baja de peso, ni se pierde una amatista; ni falta un engarce. Un día, el tesorero dice a su cliente:
—¿Te comprometerías a fabricar un trono real?
—Señor—respondió el joven artista—, aunque es imposible hacer nada digno de nuestro señor el rey, pondría en ello cuanto puede hacer mi arte.
Trajéronle muchas libras de oro y de plata, bellos zafiros, granates, esmeraldas, marfiles y perlas orientales, algo de los inmensos tesoros acumulados por los reyes francos en un siglo de botín y conquistas. Eligio empezó a trabajar con entusiasmo y con amor, comprendiendo que aquella obra podía servir de nuevo peldaño en su fortuna. Fueron muchas horas de retoques, de incertidumbres y de esperanzas. Al fin, pudo comunicar al tesorero que la obra estaba terminada. Pocos días después el rey mismo entraba en su taller. Aunque seguro de su talento, Eligio le enseñó el trono con timidez. ¿Cómo podía adivinar los gustos de un rey semibárbaro? Sin embargo, el éxito fue completo. El rey y sus leudes examinaron la obra, y después de decir de ella mil alabanzas y de felicitar al artista, disponíanse a salir, cuando Eligió, descorriendo una cortina, les detuvo, diciendo al monarca:
—Señor: mandasteis hacer un trono, pero como sobraba bastante metal, os he hecho, además, esta silla.
El golpe, preparado con habilidad, surtió el efecto apetecido. Comprendió el rey que no sólo había encontrado un artista, sino también un hombre, y desde aquel momento le hizo del número de sus palatinos.
Todos los funcionarios de la corte, al entrar en el palacio, debían prestar el juramento de fidelidad; pero al joven artista le pareció tan grave este solemne acto, que por no someterse a él, hubiera dejado de buena gana todos sus sueños cortesanos. Sobrecogido de un profundo respeto religioso, temblaba de pies a cabeza en el momento de anunciarle que debía pronunciar su promesa poniendo la mano sobre las reliquias. Las lágrimas rodaban por su rostro, y sus ojos dirigían una mirada tan leal y tan suplicante hacia el rey, que éste, conmovido, le dispensó de aquella costumbre. De este modo el humilde artista limosín se convertía en uno de los dignatarios de la corte, con tierras, siervos, casas y servidores. Primero se le dio la dirección de la ceca del palacio; llega a ser consejero regio, y al desaparecer su amo, se le confía la superintendencia de todos los centros monetarios del reino. Hay piezas de oro, acuñadas en París, Arlés, Marsella y el palacio, que llevan el monograma de su nombre, y en las efigies la huella de su mano de artista.
De ordinario, la corte es un mar donde se pesca la fortuna, pero naufraga la virtud. Aquella corte de los sucesores de Clodoveo ofrecía de todo: violencias y generosidades, barbarie y heroísmo. El rey, Clotario II (+ 628), era débil y sanguinario a la vez, de costumbres desenfrenadas, pero generoso con las iglesias. Eguinoaldo, el mayordomo de palacio, ponía en él un sello de gracia y generosidad, que le captaba las simpatías de todo el mundo. Funcionaba una escuela palatina, en la cual se formaban los jóvenes de la aristocracia que habían de ser más tarde condes, duques, obispos y gobernadores. Rústico, clérigo de ilustre raza, la dirigía, y entre sus discípulos hay jóvenes que juntarían luego las mitras episcopales con el brillo inmaculado de la santidad. Dos, sobre todo, gozan de la intimidad del artista aquitano: el refrendario Audoeno y Desiderio, el limosnero. «Eligió—cuenta el biógrafo—amaba a Audoeno como a su propia vida. Eran un solo corazón, una sola alma; fuertes por la fe cristiana, llenos de la doctrina evangélica, modelos vivos de todos los nobles francos, se levantaban en medio del brillo cortesano como dos olivos fecundísimos o como dos candelabros de oro iluminados por el sol de justicia.» Afable, humilde, modesto, Desiderio era algo más reservado en su trato, a pesar de su ingenio vivo y de su palabra elegante. Había prometido a su madre ser casto, a pesar de los peligros de que estaba rodeado, y cumplía su palabra. Eligio se acordará siempre de esta dulce amistad, y, ya viejo, escribirá a su santo amigo: «Al obispo Desiderio, Eligio, siervo de los siervos de Dios: Cada vez que tengo ocasión de escribirte, se aumenta el gozo de mi corazón. Por eso, al mismo tiempo que te saludo, vengo a decirte que no te olvides de mí cuando logres sacar tu espíritu de las solicitudes del mundo al reposo de la oración. Y así, mientras las tierras nos separan, podremos juntarnos en Cristo, haciendo lo posible para que después de estos breves días nos juntemos nuevamente en cuerpo y alma, no ya para vivir en la corte de un rey mortal, sino en la del Rey del Cielo. ¡Oh dulcísimas entrañas de Desiderio, no os olvidéis nunca de vuestro Eligio!» Por su parte, Desiderio escribía: «Que nunca se aparte de mí ese amigo, ese dulce Audoeno, a quien amaba con amor único en la flor de la juventud; y entre los dos conservemos siempre con nuestro Eligio aquella caridad inviolable, aquella inseparable fraternidad que siempre nos ha unido. Ayudémonos con nuestras oraciones, a fin de que, habiendo estado reunidos en los palacios de la tierra, logremos vernos un día en el alcázar del Rey de la gloria.»
El trato con estos santos amigos ejerció una saludable influencia en el nuevo cortesano. A pesar de todos sus éxitos y del favor creciente de que gozaba en el corazón del monarca, la vida empezó a presentársele con toda su seriedad. Vida nueva, cuenta nueva, parece haberse dicho al poco tiempo de entrar en el palacio; y obrando en consecuencia, hizo una confesión general y se entregó a una existencia más propia de la austeridad monacal que del bullicio palatino. Recordando la palabra bíblica que dice: «Redime con limosnas tus pecados», gozaba viéndose rodeado de pordioseros y necesitados. «Como las abejas en el panal—dice su biógrafo—, así estaban con él los pobres.» A ellos pasaban todas las riquezas que recibía en palacio, y en tal cantidad llegaban a él, que cuando algún extranjero preguntaba por Eligió en la corte, solían señalar su casa con estas palabras: «Id a los alrededores del palacio real, y cuando veáis una cola de gente sucia y andrajosa, es que habéis llegado a la morada del tesorero.» «Nunca salía de casa sin llevar una bolsa llena de sueldos de oro, y cuando la vaciaba, echaba mano de su ceñidor de plata, de su manto de seda, o de las fíbulas adornadas de pedrería.» Más de una vez, el rey, viéndole ceñido de una cuerda grosera, le regaló su cinturón de brillantes. Tanto como los pobres, movían su compasión los cautivos. Constantemente se le veía en el mercado de esclavos rescatando cuantos podía, treinta, cincuenta y a veces un centenar. Estaba al corriente de los barcos que, cargados de esta mercancía humana, llegaban a los puertos de Francia, para redimir a los pobres cautivos antes que se diseminasen por el reino, y a su influencia probablemente se debe la ley promulgada por aquellos días prohibiendo que en el territorio de Francia se hiciese comercio de esclavos cristianos. Los libertados recibían opción para volverse a su tierra, para entrar en un monasterio o para quedarse a su servicio, en sus tierras, en sus casas o en su taller. Pero este misericordioso libertador de cautivos era un esclavizador poderoso de almas. En su conversación, lo mismo que en la gracia de su persona, había un atractivo irresistible. Las gentes se sentían arrastradas por su aspecto sereno, por su palabra suave, por la alegría de su espíritu y hasta por su prestancia exterior. «Tenía un rostro angélico; sencillo y noble, una cabellera espléndida y rizada, manos hermosas con dedos largos, detalle muy apreciado entre los merovingios; estatura elevada y color de oro.» Aunque mortificaba su carne llevando constantemente un cilicio, sabía encubrirle con vestidos preciosos, cintos de oro, bolsas adornadas de brillantes, y en las armas, ricas empuñaduras guarnecidas de gemas y metales. Era un sacrificio que debía hacer a su representación, cada vez más importante, al lado de los reyes. El rey Dagoberto le confirmó el favor de que había gozado durante el reinado de su padre, y Clovis II siguió distinguiéndole con su confianza y encomendándole misiones diversas en la corte y en las provincias. Enviado en 363 como embajador a Bretaña, se revela como hombre de Estado, no sólo evitando una guerra, sino también haciendo venir ante su rey al duque de los bretones. Aunque simple laico, trabaja con ardor por la pureza de la Iglesia, persigue a los simoniacos, confunde a los herejes, reúne asambleas de obispos, construye iglesias, levanta y organiza monasterios, detiene la propaganda monotelita de los emisarios bizantinos, y peregrina de santuario en santuario y de abadía en abadía, llevándose como reliquias mendrugos del pan negro que comían los monjes.
Pero ni sus tareas políticas ni sus ocupaciones religiosas logran hacerle olvidar su querido taller. El arte es para él una necesidad de instinto y a la vez una obra de piedad. Trabaja en mármol y en metal, anda entre los hornillos y los crisoles, maneja los cinceles y los martillos, dora, repuja, bruñe, introduce finos esmaltes en chapas de cobre, reproduce escenas de la Escritura y de la hagiografía, engasta cornalinas y camafeos en plata dorada, teje hilos de oro y con fuego lento los adhiere a las joyas figurando flores y follajes, hace cálices, patenas, candelabros, arquetas para guardar cuerpos de mártires, cruces, relicarios y palomas eucarísticas. Dentro del palacio tiene una habitación llena de libros y de reliquias, contigua a la de su amigo San Audoeno; pero su taller está en una casa de enfrente, que le ha regalado el rey. Allí trabaja, teniendo siempre un códice abierto delante de los ojos, rodeado de un grupo de aprendices, jóvenes godos, italianos y sajones, que le deben la libertad y el conocimiento de su arte.
En 640 la voz divina viene a interrumpir esta carrera política y artística, llamando a Eligió a ocupar la sede episcopal de Noyon. Durante un año entero se prepara en la oración y el estudio para recibir las órdenes sagradas y empezar su vida episcopal. Es una vida de apostolado, de predicación de viajes continuos de un pueblo a otro pueblo y de una provincia a otra, de celo por el acrecentamiento de la fe, de lucha encarnizada contra los últimos restos de la idolatría. Su ardor apostólico tiene una fuerza grave y firme que le atrae la cólera de los rebeldes; pero en su acento hay un calor paternal que reúne a las muchedumbres sencillas en torno suyo. Aún conservamos ecos de aquella predicación popular, algunos sermones de los que predicaba en sus peregrinaciones apostólicas. Era mejor orfebre que orador; pero es evidente que los fieles debían escuchar conmovidos cuanto el santo les decía al empezar así su comentario de la parábola del Samaritano: «Vulnerados os veo, hermanos míos; vulnerados os veo, y lo que es más triste, no con heridas corporales, sino con llagas del alma.» Otra vez iniciaba su homilía con estas humildes palabras: «Hermanos, tengo una deuda terrible con vosotros: debo dar el alimento a vuestras almas. Pero ¿cómo? ¿De dónde os alimentaré? Soy pobre, tardo en elegancias retóricas, vivo en una tierra árida y desierta, estoy rodeado de una noche de tinieblas y contradicciones. ¿Cómo voy a repartir entre los amigos lo que no tengo siquiera para esta pobre alma mía, que perdida en los vastos arenales de este mundo vuelve ahora hacia mí muerta de hambre y de cansancio?»
El obispo reaparecía de cuando en cuando en la corte, sobre todo desde que brilla en ella la santa y bella figura de Batildis, la mujer de Clovis II. Ella, que había sido esclava antes de ser reina, supo comprender mejor que nadie el corazón generoso de aquel gran libertador de esclavos. En 652 Batildis va a ser madre. Tiembla al pensar que será una hija el don que va a hacer al rey, pero el obispo de Noyon llega a su lado, habla alegremente con ella y, al despedirse, le dice:
—Desde ahora os felicito, señora, por el hijo que os va a nacer. Yo seré su padrino; le llamaremos Clotario, como su abuelo.
De repente, bajo el profeta reaparece el artista: «Hizo fabricar un juguete lindísimo para su ahijado y se lo ofreció a la reina.» A veces, las ocupaciones de su cargo le impiden dejar su diócesis, pero aun entonces resuenan en el palacio sus nobles consejos: «Teme a Dios siempre, dulcísimo hijo—escribía al rey franco—, ámale; no olvides que está siempre a tu lado. Conserva la castidad de un solo lecho; ama al que te dice la verdad, honra a los sacerdotes, acuérdate del pasado, piensa en el porvenir y cuida de no pisar los huevos del áspid con el pie desnudo.»
otros santos 01 de diciembre:
- Beato Carlos de Foucauld
(588-660)
Patrono de los orfebres y joyeros
Una morada opulenta con tapices de Oriente, joyas de plata y pieles de oso y de lobo. En una silla dorada, el dueño, un magnate franco de larga cabellera, túnica breve y espada al cinto. Delante del magnate, un mancebo, como de veinte años, al pie, en actitud humilde, pero desembarazada y hasta elegante. El franco termina de leer un pergamino, le vuelve a enrollar, le deja caer sobre la mesa, y pregunta:
—¿Cómo está el señor Abbón?
—Bien está, señor—respondió el joven—; pero de viejos no podemos pasar.
—¿Y tú has trabajado con él?
—Sí, de pequeño me pusieron mis padres a su lado.
—¿Y ahora?
—Ahora, si mi señor el tesorero quisiese tomarme a su servicio, pondría a su disposición la industria de mi arte.
—¿Y qué sabes hacer?
—Trabajo el mármol, la madera, el metal; aquí tiene mi señor algunas muestras.
El joven las sacó de su cartera y se las entregó al magnate. Este las observó ligeramente, y preguntó:
—¿Tu tierra?
—La Aquitania; nací en Chaptelac, una villa cercana a Limoges.
—¿Tu nombre?
—Eligio.
—¿Siervo o libre?
—Mis padres, aunque no ricos, son de condición ingenua.
—Bueno—dijo el prócer, poniendo fin al interrogatorio—, puedes quedarte en mi casa; te tomo bajo mi protección y ya te señalaré trabajo.
Así entró Eligio en la ciudad de París, residencia de los reyes de Neustria. El tesorero real le daba su mainbour, su tutela, y la nave de sus sueños bogaba por tranquilos mares. Era un verdadero artista. Lleno de fe en su vocación, había dejado la casa humilde de sus padres para ponerse bajo la dirección de Abbón, monedero de Limoges, buen dibujante y mejor corazón. En el taller se afinó su espíritu y se despertó su ambición. ¡Si pudiese estar junto a los poderosos para tener oro, plata, camafeos, piedras preciosas! El maestro le preparó el camino, dándole una carta de recomendación para el tesorero del reino; y he aquí que se van realizando todos sus deseos. Por sus manos pasan todas las joyas del palacio: coronas espléndidas, cofres de perfumes y de reliquias, pulseras, prendedores, collares, que es preciso reengarzar y recomponer. Él examina y estudia aquellos restos de la antigua civilización de Roma, y sus gustos de orfebre se van perfeccionando al contacto de las obras maestras. El tesorero queda admirado de las habilidades del joven, y al mismo tiempo edificado de su honradez a carta cabal. Los objetos vuelven a sus manos como nuevos; ni el oro baja de peso, ni se pierde una amatista; ni falta un engarce. Un día, el tesorero dice a su cliente:
—¿Te comprometerías a fabricar un trono real?
—Señor—respondió el joven artista—, aunque es imposible hacer nada digno de nuestro señor el rey, pondría en ello cuanto puede hacer mi arte.
Trajéronle muchas libras de oro y de plata, bellos zafiros, granates, esmeraldas, marfiles y perlas orientales, algo de los inmensos tesoros acumulados por los reyes francos en un siglo de botín y conquistas. Eligio empezó a trabajar con entusiasmo y con amor, comprendiendo que aquella obra podía servir de nuevo peldaño en su fortuna. Fueron muchas horas de retoques, de incertidumbres y de esperanzas. Al fin, pudo comunicar al tesorero que la obra estaba terminada. Pocos días después el rey mismo entraba en su taller. Aunque seguro de su talento, Eligio le enseñó el trono con timidez. ¿Cómo podía adivinar los gustos de un rey semibárbaro? Sin embargo, el éxito fue completo. El rey y sus leudes examinaron la obra, y después de decir de ella mil alabanzas y de felicitar al artista, disponíanse a salir, cuando Eligió, descorriendo una cortina, les detuvo, diciendo al monarca:
—Señor: mandasteis hacer un trono, pero como sobraba bastante metal, os he hecho, además, esta silla.
El golpe, preparado con habilidad, surtió el efecto apetecido. Comprendió el rey que no sólo había encontrado un artista, sino también un hombre, y desde aquel momento le hizo del número de sus palatinos.
Todos los funcionarios de la corte, al entrar en el palacio, debían prestar el juramento de fidelidad; pero al joven artista le pareció tan grave este solemne acto, que por no someterse a él, hubiera dejado de buena gana todos sus sueños cortesanos. Sobrecogido de un profundo respeto religioso, temblaba de pies a cabeza en el momento de anunciarle que debía pronunciar su promesa poniendo la mano sobre las reliquias. Las lágrimas rodaban por su rostro, y sus ojos dirigían una mirada tan leal y tan suplicante hacia el rey, que éste, conmovido, le dispensó de aquella costumbre. De este modo el humilde artista limosín se convertía en uno de los dignatarios de la corte, con tierras, siervos, casas y servidores. Primero se le dio la dirección de la ceca del palacio; llega a ser consejero regio, y al desaparecer su amo, se le confía la superintendencia de todos los centros monetarios del reino. Hay piezas de oro, acuñadas en París, Arlés, Marsella y el palacio, que llevan el monograma de su nombre, y en las efigies la huella de su mano de artista.
De ordinario, la corte es un mar donde se pesca la fortuna, pero naufraga la virtud. Aquella corte de los sucesores de Clodoveo ofrecía de todo: violencias y generosidades, barbarie y heroísmo. El rey, Clotario II (+ 628), era débil y sanguinario a la vez, de costumbres desenfrenadas, pero generoso con las iglesias. Eguinoaldo, el mayordomo de palacio, ponía en él un sello de gracia y generosidad, que le captaba las simpatías de todo el mundo. Funcionaba una escuela palatina, en la cual se formaban los jóvenes de la aristocracia que habían de ser más tarde condes, duques, obispos y gobernadores. Rústico, clérigo de ilustre raza, la dirigía, y entre sus discípulos hay jóvenes que juntarían luego las mitras episcopales con el brillo inmaculado de la santidad. Dos, sobre todo, gozan de la intimidad del artista aquitano: el refrendario Audoeno y Desiderio, el limosnero. «Eligió—cuenta el biógrafo—amaba a Audoeno como a su propia vida. Eran un solo corazón, una sola alma; fuertes por la fe cristiana, llenos de la doctrina evangélica, modelos vivos de todos los nobles francos, se levantaban en medio del brillo cortesano como dos olivos fecundísimos o como dos candelabros de oro iluminados por el sol de justicia.» Afable, humilde, modesto, Desiderio era algo más reservado en su trato, a pesar de su ingenio vivo y de su palabra elegante. Había prometido a su madre ser casto, a pesar de los peligros de que estaba rodeado, y cumplía su palabra. Eligio se acordará siempre de esta dulce amistad, y, ya viejo, escribirá a su santo amigo: «Al obispo Desiderio, Eligio, siervo de los siervos de Dios: Cada vez que tengo ocasión de escribirte, se aumenta el gozo de mi corazón. Por eso, al mismo tiempo que te saludo, vengo a decirte que no te olvides de mí cuando logres sacar tu espíritu de las solicitudes del mundo al reposo de la oración. Y así, mientras las tierras nos separan, podremos juntarnos en Cristo, haciendo lo posible para que después de estos breves días nos juntemos nuevamente en cuerpo y alma, no ya para vivir en la corte de un rey mortal, sino en la del Rey del Cielo. ¡Oh dulcísimas entrañas de Desiderio, no os olvidéis nunca de vuestro Eligio!» Por su parte, Desiderio escribía: «Que nunca se aparte de mí ese amigo, ese dulce Audoeno, a quien amaba con amor único en la flor de la juventud; y entre los dos conservemos siempre con nuestro Eligio aquella caridad inviolable, aquella inseparable fraternidad que siempre nos ha unido. Ayudémonos con nuestras oraciones, a fin de que, habiendo estado reunidos en los palacios de la tierra, logremos vernos un día en el alcázar del Rey de la gloria.»
El trato con estos santos amigos ejerció una saludable influencia en el nuevo cortesano. A pesar de todos sus éxitos y del favor creciente de que gozaba en el corazón del monarca, la vida empezó a presentársele con toda su seriedad. Vida nueva, cuenta nueva, parece haberse dicho al poco tiempo de entrar en el palacio; y obrando en consecuencia, hizo una confesión general y se entregó a una existencia más propia de la austeridad monacal que del bullicio palatino. Recordando la palabra bíblica que dice: «Redime con limosnas tus pecados», gozaba viéndose rodeado de pordioseros y necesitados. «Como las abejas en el panal—dice su biógrafo—, así estaban con él los pobres.» A ellos pasaban todas las riquezas que recibía en palacio, y en tal cantidad llegaban a él, que cuando algún extranjero preguntaba por Eligió en la corte, solían señalar su casa con estas palabras: «Id a los alrededores del palacio real, y cuando veáis una cola de gente sucia y andrajosa, es que habéis llegado a la morada del tesorero.» «Nunca salía de casa sin llevar una bolsa llena de sueldos de oro, y cuando la vaciaba, echaba mano de su ceñidor de plata, de su manto de seda, o de las fíbulas adornadas de pedrería.» Más de una vez, el rey, viéndole ceñido de una cuerda grosera, le regaló su cinturón de brillantes. Tanto como los pobres, movían su compasión los cautivos. Constantemente se le veía en el mercado de esclavos rescatando cuantos podía, treinta, cincuenta y a veces un centenar. Estaba al corriente de los barcos que, cargados de esta mercancía humana, llegaban a los puertos de Francia, para redimir a los pobres cautivos antes que se diseminasen por el reino, y a su influencia probablemente se debe la ley promulgada por aquellos días prohibiendo que en el territorio de Francia se hiciese comercio de esclavos cristianos. Los libertados recibían opción para volverse a su tierra, para entrar en un monasterio o para quedarse a su servicio, en sus tierras, en sus casas o en su taller. Pero este misericordioso libertador de cautivos era un esclavizador poderoso de almas. En su conversación, lo mismo que en la gracia de su persona, había un atractivo irresistible. Las gentes se sentían arrastradas por su aspecto sereno, por su palabra suave, por la alegría de su espíritu y hasta por su prestancia exterior. «Tenía un rostro angélico; sencillo y noble, una cabellera espléndida y rizada, manos hermosas con dedos largos, detalle muy apreciado entre los merovingios; estatura elevada y color de oro.» Aunque mortificaba su carne llevando constantemente un cilicio, sabía encubrirle con vestidos preciosos, cintos de oro, bolsas adornadas de brillantes, y en las armas, ricas empuñaduras guarnecidas de gemas y metales. Era un sacrificio que debía hacer a su representación, cada vez más importante, al lado de los reyes. El rey Dagoberto le confirmó el favor de que había gozado durante el reinado de su padre, y Clovis II siguió distinguiéndole con su confianza y encomendándole misiones diversas en la corte y en las provincias. Enviado en 363 como embajador a Bretaña, se revela como hombre de Estado, no sólo evitando una guerra, sino también haciendo venir ante su rey al duque de los bretones. Aunque simple laico, trabaja con ardor por la pureza de la Iglesia, persigue a los simoniacos, confunde a los herejes, reúne asambleas de obispos, construye iglesias, levanta y organiza monasterios, detiene la propaganda monotelita de los emisarios bizantinos, y peregrina de santuario en santuario y de abadía en abadía, llevándose como reliquias mendrugos del pan negro que comían los monjes.
Pero ni sus tareas políticas ni sus ocupaciones religiosas logran hacerle olvidar su querido taller. El arte es para él una necesidad de instinto y a la vez una obra de piedad. Trabaja en mármol y en metal, anda entre los hornillos y los crisoles, maneja los cinceles y los martillos, dora, repuja, bruñe, introduce finos esmaltes en chapas de cobre, reproduce escenas de la Escritura y de la hagiografía, engasta cornalinas y camafeos en plata dorada, teje hilos de oro y con fuego lento los adhiere a las joyas figurando flores y follajes, hace cálices, patenas, candelabros, arquetas para guardar cuerpos de mártires, cruces, relicarios y palomas eucarísticas. Dentro del palacio tiene una habitación llena de libros y de reliquias, contigua a la de su amigo San Audoeno; pero su taller está en una casa de enfrente, que le ha regalado el rey. Allí trabaja, teniendo siempre un códice abierto delante de los ojos, rodeado de un grupo de aprendices, jóvenes godos, italianos y sajones, que le deben la libertad y el conocimiento de su arte.
En 640 la voz divina viene a interrumpir esta carrera política y artística, llamando a Eligió a ocupar la sede episcopal de Noyon. Durante un año entero se prepara en la oración y el estudio para recibir las órdenes sagradas y empezar su vida episcopal. Es una vida de apostolado, de predicación de viajes continuos de un pueblo a otro pueblo y de una provincia a otra, de celo por el acrecentamiento de la fe, de lucha encarnizada contra los últimos restos de la idolatría. Su ardor apostólico tiene una fuerza grave y firme que le atrae la cólera de los rebeldes; pero en su acento hay un calor paternal que reúne a las muchedumbres sencillas en torno suyo. Aún conservamos ecos de aquella predicación popular, algunos sermones de los que predicaba en sus peregrinaciones apostólicas. Era mejor orfebre que orador; pero es evidente que los fieles debían escuchar conmovidos cuanto el santo les decía al empezar así su comentario de la parábola del Samaritano: «Vulnerados os veo, hermanos míos; vulnerados os veo, y lo que es más triste, no con heridas corporales, sino con llagas del alma.» Otra vez iniciaba su homilía con estas humildes palabras: «Hermanos, tengo una deuda terrible con vosotros: debo dar el alimento a vuestras almas. Pero ¿cómo? ¿De dónde os alimentaré? Soy pobre, tardo en elegancias retóricas, vivo en una tierra árida y desierta, estoy rodeado de una noche de tinieblas y contradicciones. ¿Cómo voy a repartir entre los amigos lo que no tengo siquiera para esta pobre alma mía, que perdida en los vastos arenales de este mundo vuelve ahora hacia mí muerta de hambre y de cansancio?»
El obispo reaparecía de cuando en cuando en la corte, sobre todo desde que brilla en ella la santa y bella figura de Batildis, la mujer de Clovis II. Ella, que había sido esclava antes de ser reina, supo comprender mejor que nadie el corazón generoso de aquel gran libertador de esclavos. En 652 Batildis va a ser madre. Tiembla al pensar que será una hija el don que va a hacer al rey, pero el obispo de Noyon llega a su lado, habla alegremente con ella y, al despedirse, le dice:
—Desde ahora os felicito, señora, por el hijo que os va a nacer. Yo seré su padrino; le llamaremos Clotario, como su abuelo.
De repente, bajo el profeta reaparece el artista: «Hizo fabricar un juguete lindísimo para su ahijado y se lo ofreció a la reina.» A veces, las ocupaciones de su cargo le impiden dejar su diócesis, pero aun entonces resuenan en el palacio sus nobles consejos: «Teme a Dios siempre, dulcísimo hijo—escribía al rey franco—, ámale; no olvides que está siempre a tu lado. Conserva la castidad de un solo lecho; ama al que te dice la verdad, honra a los sacerdotes, acuérdate del pasado, piensa en el porvenir y cuida de no pisar los huevos del áspid con el pie desnudo.»
(fuente: www.divvol.org)
otros santos 01 de diciembre:
- Beato Carlos de Foucauld
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