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sábado, 7 de febrero de 2015

07 de febrero: Beato Pío IX

«Este papa de la cruz, en su largo y fecundo pontificado fue ardiente defensor de María y José. Proclamó el dogma de la Inmaculada Concepción y declaró a José patrón de la Iglesia universal. Se ocupó de preservar la unidad eclesial»

Madrid, 07 de febrero de 2014 (Zenit.org) Giovanni María Mastai-Ferretti fue el noveno hijo de los condes Girolamo Mastai y Caterina Solazzi, y nació el 13 de mayo de 1792 en Senigallia, Marca de Ancona, Italia. La epilepsia puso freno a sus estudios durante unos años, hasta que en 1815, después de peregrinar a Loreto, desapareció la enfermedad. Previamente, y como su padre tenía el deseo de que formara parte de la Guardia Noble del papa, para complacerlo había presentado su solicitud, petición que le fue denegada al tener constancia de su enfermedad. No le importó. Lo que realmente quería era ser sacerdote, de modo que libre de la epilepsia pudo seguir la carrera eclesiástica, y en 1819 fue ordenado.

Ofició su primera misa en la iglesia de Santa Ana, colindante a un centro para jóvenes sin hogar, Tata Giovanni, donde iba a realizar una fecunda labor apostólica hasta 1823, ya que fue designado director del hospicio por el papa Pío VII. Además, el pontífice lo eligió también para una delicada misión: ser auditor del delegado apostólico ante Chile, monseñor Muzi, y de Perú. Su labor apostólica se polarizaba en la acción caritativa con los pobres y las sucesivas tareas pastorales de orden diverso que le fueron encomendando. Fue canónigo de Santa María en Via Lata, dirigió el gran hospital San Michele, fue arzobispo de Spoleto, cardenal presbítero titular de la iglesia de Santi Pietro e Marcellino, entre otras responsabilidades que le confiaron. Gran diplomático y estratega, logró que miles de desertores del ejército australiano depusieran las armas y que, al entregarse, les fuese condonada la pena por las autoridades.

Fue elegido pontífice el 16 de junio de 1846. Era el sucesor de Gregorio XVI. Se le ha denominado el «papa de la cruz». No en vano, su largo pontificado, que duró 32 años, transcurrió en una época histórica convulsa; la masonería internacional tenía en el punto de mira a la Iglesia. Luchas entre facciones políticas desencadenaron ataques y saqueos en iglesias italianas. La República Romana, proclamada por Giuseppe Mazzini, Carlo Armellini y Aurelio Saffi, se fue a pique gracias a la intervención de las tropas francesas. Y el papa, que tuvo que refugiarse en Gaeta, regresó a Roma. Había sido acogido con esperanza por su carácter abierto, pero se negó a claudicar ante las exigencias del poder laico y también se opuso frontalmente contra la masonería.

En 1845 proclamó el dogma de la Inmaculada Concepción, hito histórico eclesial de gran relevancia. En 1864 promulgó la encíclica «Quanta cura». El anexo «Sillabus» inserto en ella es una lista de enseñanzas prohibidas, con la que la Iglesia condenaba los errores del momento, así como conceptos liberales e iluministas. Como causas de los males que abatían a la Iglesia y a la sociedad de su tiempo, el clarividente pontífice apuntó al ateismo y al cientismo del siglo XVII, postulado por la masonería y exaltado por la Revolución Francesa. Atacado por los masones, permaneció incólume en la defensa de la verdad proclamada por Cristo, y prosiguió impulsando la unidad de la Iglesia. Designó a san José, Patrono de la Iglesia Universal, dio gran importancia a la espiritualidad popular, reconoció las apariciones de María en La Salette y en Lourdes, convocó el Concilio Vaticano I (1869-70), y dentro del mismo promulgó el dogma de la infalibilidad papal.

Cuando en 1870 fue tomada Roma por facciones piamontesas, se recluyó en el Vaticano. Pero nada podía terminar con la Iglesia y así lo lanzó a los cuatro vientos, diciendo: «Ninguna cosa es más fuerte que la Iglesia. La Iglesia es más fuerte que el mismo cielo, pues está la palabra de Jesús: El cielo y la tierra pasarán, pero mis palabras no pasarán». Su amor sin reservas por la Iglesia, la vivencia de la caridad, la fidelidad al sacerdocio y la tutela de los misioneros fueron las pasiones de este gran pontífice. Además, tuvo un sentido del humor extraordinario. Anecdóticamente se recuerda que cuando la anestesia de una operación no fue lo suficientemente efectiva, no se quejó. Pero al final, mientras agradecía al cirujano su labor, le dijo: «Es usted un astrónomo formidable. Me ha hecho usted ver más estrellas que el director del observatorio con su telescopio». Sencillo y cercano, gozó del cariño de las gentes.Murió el 7 de febrero de 1878.

El beato José Baldo sintetizó su vida aseverando: «Dirá la historia que todo el mundo tuvo los ojos clavados en Pío IX. Dirá que tuvo la fuerza del león y al mismo tiempo la amabilidad, la ternura y la suavidad de una madre». Su causa de beatificación ha sido larga y compleja. Fue abierta por Pío X el 11 de febrero de 1907. El 7 de diciembre de 1954 Pío XII tomó el relevo de su predecesor y volvió a ocuparse del proceso. Con posterioridad, Pablo VI le dio un importante impulso. En 1986 la causa quedó clausurada tras el milagro de la inexplicable curación de una religiosa. Finalmente, Juan Pablo II lo beatificó el 3 de septiembre de 2000.

escrito por Isabel Orellana Vilches (07 de febrero de 2014) © Innovative Media Inc.

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- Beata Rosalía Rendu

viernes, 6 de febrero de 2015

06 de febrero: San Amando de Maastricht

Obispo

Martirologio Romano: En Elnon, también en la Galia Bélgica, sepultura de san Amando, obispo de Maastricht, que predicó la palabra de Dios por diversas regiones, llegando incluso a los eslavos, y finalmente, construido un monasterio, terminó allí su vida (c. 679).

Este gran misionero nació en el bajo Poitou, alrededor del año 584. A la edad de veinte años se retiró a un pequeño monasterio en la Isla de Yeu, cerca de la de Re. No había estado allí más de un año, cuando su padre lo descubrió y trató de persuadirlo para que regresara a su casa. Cuando lo amenazó con desheredarlo, el santo alegremente respondió, “Cristo es mi única herencia”.

Amando fue después a Tours, donde se ordenó, y luego a Bourges, donde vivió quince años bajo la dirección del obispo San Austregisilo, en una celda cerca de la catedral. Después de una peregrinación a Roma, retornó a Francia y fue consagrado obispo sin sede fija en 629, y recibió el encargo de enseñar la fe a los paganos. Predicó el Evangelio en Flandes y en el norte de Francia, e hizo una breve visita a los eslavos de Carinthia y tal vez en Gascuña.

Reprendió al rey Dagoberto I por sus crímenes y por ese motivo fue desterrado. Pero Dagoberto pronto lo llamó otra vez, y le pidió que bautizara a su hijo recién nacido, Sigeberto, que después, fue rey y santo. La gente de Gante era tan ferozmente hostil, que ningún predicador se aventuraba a ir entre ellos. Esto movió a Amando a tomar aquella misión, durante la cual fue golpeado varias veces y arrojado al río. No obstante, su labor perseverante, que por mucho tiempo pareció estéril, al fin logró que la gente acudiera en multitudes a recibir de sus manos el bautismo.

Además de ser un gran misionero, San Amando fue el padre del monasticismo en la antigua Bélgica; se dice que fue fundador de una veintena de monasterios de la región. De hecho, fundó casas en Elnone (Saint-Amand-les-Eaux), cerca de Tournai, que se convirtió en su centro de operaciones; fundó también San Pedro en Mont-Blandin en Gante, pero probablemente no fue el fundador de St. Bravo que también está allí. Fundó además el de Nivelles, para monjas con la Beata Ida y Santa Gertrudis; Brisis-au-Bois, y probablemente tres más, incluyendo Marchiennes.

Se dice, aunque no con certeza, que en 646 fue elegido obispo de Maestricht, pero que tres años más tarde presentó su renuncia a dicha sede en favor de San Remaclus y volvió a sus misiones, que siempre tuvieron su predilección. Continuó sus labores entre los paganos hasta avanzada edad, cuando, quebrantado por las enfermedades, se retiró a Elnone. Allí estuvo como abad por cuatro años, siempre preparándose para la muerte que le llegó al fin poco después de 676. Ningún historiador serio, pone en duda que San Amando haya sido una de las figuras más imponentes de la época merovingia; no era desconocido en Inglaterra, y la capilla de la familia Eyston de East Hendred anterior a la Reforma, en Berkshire, está dedicada en su honor.

(fuentes: misa_tridentina.t35.com; catholic.net)

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- Beato Alfonso María Fusco

jueves, 5 de febrero de 2015

05 de febrero: San Jesús Méndez Montoya

«Custodiar el Cuerpo de Cristo fue su prioridad absoluta. Podría decirse que estamos ante un nuevo Tarsicio ya que en el umbral de su muerte, al igual que hizo este mártir, lo único que le preocupó fue poner a salvo la Eucaristía»

Madrid, 05 de febrero de 2014 (Zenit.org) Hay un rasgo en la vida de este mártir que recuerda al inocente san Tarsicio quien, según la tradición, derramó su sangre en el siglo III de nuestra era abrazado al Cuerpo de Cristo, custodiado tan férreamente, que los paganos no lograron separar sus manos del lienzo en el que lo protegía, ni siquiera cuando ya había expirado. Impedir la profanación de la Eucaristía fue la gran preocupación de Jesús cuando se vio acosado por quienes iban a abrirle la puerta de la gloria.

Vino al mundo en Tarímbaro, Michoacán, México, el 10 de junio de 1880 en el seno de una humilde familia que supo transmitirle su piedad y hacer de él un muchacho sensible y dispuesto siempre a volcarse en los demás. Creció habituado a rezar el rosario y a buscar el bien del prójimo. Tenía 14 años cuando ingresó en el seminario y tuvo que compaginar su formación con el trabajo para contribuir al sostenimiento del hogar. De todas formas, sus bondadosos padres eran tan estimados por el vecindario, que muchos generosamente se prestaban a paliar sus carencias con lo que estaba a su mano. Tenía tres hermanas y un hermano que le siguieron junto a su madre en su misión sacerdotal, cuando en 1906 partió a su primer destino en Huetamo, Michoacán. Problemas de salud, de índole nerviosa, aconsejaron su traslado a Pedernales en 1907, pero en los seis años que permaneció en esta parroquia la enfermedad afloró, de modo que fue enviado a Valtierrilla, Guanajuato, parroquia perteneciente a la Arquidiócesis de Morelia.

Los feligreses pudieron constatar que actuaba movido por la oración y un profundo amor a la Eucaristía ya que era palpable cuando oficiaba la misa así como en otras acciones que emprendió encaminadas a suscitar en todos ellos ese amor que inflamaba su corazón. Fue un gran confesor y catequista. En medio de su quehacer siempre encontraba tiempo para visitar a los que menos tenían, consolarles y asistirles en todo lo que podía. El mundo del trabajo tampoco se le resistió ya que fuera en el campo o en industrias diversas los labradores y operarios hallaban en él palabras de aliento; era un referente para todos. Puso en marcha diversas obras de acción social, una caja de ahorros y una cooperativa. Además, aprovechó sus conocimientos musicales para impulsar un coro parroquial. Se ha subrayado la servicialidad, rasgo distintivo de su acción pastoral, diciendo que «supo hacerse todo a todos».

El devenir cotidiano seguía su curso sin mayores contratiempos, aunque en el ambiente eclesial latía una gran preocupación por las presiones ejercidas por las fuerzas gubernamentales, hostiles a la fe. En un momento dado, Jesús fue directamente afectado por la persecución. No se echó atrás y, como una de las notas comunes a todos los mártires es su celo apostólico, fidelidad absoluta a su vocación y una valentía que los encumbra ante los ojos de los demás humanos, como si estuvieran hechos de una pasta especial, prosiguió realizando su misión. Modificó sus horarios y el alba le sorprendía oficiando la misa y administrando los sacramentos. No varió la atención a sus fieles y los enfermos no percibieron el cerco que se había cernido sobre él porque seguía asistiéndoles. La valerosidad de los clérigos era compartida por numerosos católicos que no estaban dispuestos a que pisotearan la fe, y se alzaron contra los políticos. A estos «cristeros» perseguían los federales cuando dieron con Jesús. Convecinos, que no eran leales precisamente, les delataron en febrero de 1928 y fueron apresados y acusados de traición. Enfurecidos los militares destruyeron todo lo que encontraron a su paso por Valtierrilla.

Cuando le tocó el turno a Jesús, su única prioridad fue proteger la Sagrada Eucaristía. Si lo comparamos con san Tarsicio en esos umbrales de su martirio, los verdugos aún tuvieron una deferencia por el padre Méndez que al santo adolescente se le vetó. Porque al ver que no tenía salida, logró una brevísima moratoria de quienes le iban a dar muerte para poder consumir las Sagradas Formas. El momento dramático tuvo ese punto sublime que dan los santos a estos preámbulos de su ingreso en la gloria. Primeramente, Jesús había ocultado bajo sus prendas el copón, pero juzgando que aún así peligraba, se lanzó por la ventana de una notaria donde había oficiado misa, de modo que quedó a la vista de los soldados que oteaban la calle desde el campanario de la iglesia, y pensando que era otro de los cristeros, le detuvieron. Lo demás sucedió con inusitada rapidez. Al ver el tesoro que custodiaba en su pecho, que oprimía con fuerza con sus brazos, quedó al descubierto su condición sacerdotal que, por supuesto, no negó firmando su sentencia de muerte. Sin que le temblara la voz, les dijo: «A ustedes no les sirven las hostias consagradas, dénmelas». Le concedieron unos instantes para orar y consumir parte de la Eucaristía, tras lo cual afrontó el instante supremo: «Ahora, hagan de mí lo que quieran. Estoy dispuesto».

Los violentos, cegados al mínimo rasgo de humanidad, decidieron el destino del copón: «Deles esa joya a las viejas», aludiendo a la hermana del santo y una vecina que se encontraban allí y que lo recibieron de sus manos al tiempo que acogían su última petición: «Cuídenlo y déjenme. Es la voluntad de Dios».Después, perdonando a los soldados, en un callejón cercano depositaba a los pies del Padre Celestial vida y, con ella, incontables sueños. La inicial falta de destreza del capitán hizo más penosos esos instantes. Falló éste el tiro y los soldados no quisieron asesinarle, de modo que aunque le encañonaron, los disparos silbaron por encima de su cabeza. Y fue el cabecilla quien le disparó el 5 de febrero de 1928, después de arrebatarle sus prendas, crucifijo y medalla. Juan Pablo II lo beatificó el 22 de noviembre de 1992, y también lo canonizó el 21 de mayo del 2000.

escrito por Isabel Orellana Vilches (05 de febrero de 2014) © Innovative Media Inc.

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- San Felipe de Jesús

miércoles, 4 de febrero de 2015

04 de febrero: Santa Juana de Valois


«El desprecio fue llave de libertad para esta santa tan maltratada por la naturaleza y por su propia familia. Las flaquezas de los suyos envolvieron gran parte de su vida, aunque para ella fueron un pedestal que le procuró la gloria»

Madrid, 04 de febrero de 2014 (Zenit.org) Esta mujer pareció haber nacido para sufrir. Examinando su acontecer, de nuevo la vida santa ofrece hoy una gran lección salpicada de múltiples matices, entre los cuales cabe destacar cómo fluye el amor divino en medio de las desdichas. Se puede afirmar, sin riesgo a equivocarse, que por sus circunstancias bien pudo dejarse envolver por el resentimiento. Durante décadas fueron escasísimos los instantes de respiro. Ciertamente, la naturaleza no se portó bien con ella. Nada agraciada en sus facciones y con el cuerpo marcado por una incipiente discapacidad, considerada culpable de su condición femenina y subestimada al extremo, sufrió el desprecio de los suyos.

Uno de sus puntos álgidos fue el alejamiento de su madre, Carlota de Saboya, que se le impuso a temprana edad. Por si fuera poco, cuando creó un hogar supo lo que era la prepotencia y la infidelidad. En suma, apenas conoció el lenguaje de la ternura. Pero no se dejó atrapar por esa pérfida red devolviendo mal por mal; no alimentó rencores, sino que se alzó poderosamente sobre el pedestal de la fe y de la confianza en Dios, se refugió en María, y lo que pudo haber sido su ruina humana y espiritual, se convirtió en su corona de gloria. Es la respuesta de los santos. Saben que el mal se combate con el bien.

Nació en la localidad francesa de Nogent-le-Roi el 23 de abril de 1464 y, desde ese mismo momento, su padre, Luís XI de Francia, no ocultó una profunda contrariedad que hizo patente sin conmiseración alguna el resto de su vida, defraudado por no haber tenido un heredero. Su madre, que la mantuvo a su lado en el castillo de Amboise, la trató con cariño y le proporcionó una profunda instrucción en la fe. A su padre no le agradaban lo más mínimo las expresiones de este sentimiento maternal. De forma autoritaria amenazó a la niña con severos castigos si osaba elevar sus rezos al Altísimo y a María, en la que había aprendido a buscar consuelo. La separó de Carlota para siempre, enviándola a la fortaleza de Linieres donde crecería al amparo de los dueños de la misma, contando con las atenciones que en su hogar no le dispensaron. Éstos bienhechores nunca pusieron veto a su inclinación hacia lo religioso. Por el contrario, se ocuparon de su formación espiritual. Pero ese pequeño impasse del que pudo disfrutar unos años conociendo lo que era vivir en un clima de paz, se terminó de un plumazo en 1476 cuando se vio obligada a casarse con Luís, duque de Orleáns, por razones de Estado.

Tenía 12 años y el duque 14, quien afrontó forzadamente este matrimonio que le impuso el padre de Juana, tío segundo suyo, bajo cuyo amparo vivía después de quedar huérfano a temprana edad. Así que, profundamente disgustado, no disimuló su animadversión hacia su esposa. Sin embargo, Juana intercedió por él ante su hermano, el rey Carlos VIII, cuando fue encarcelado y condenado a muerte. No es difícil imaginar cuántos sufrimientos debieron producirle los desaires y humillaciones cotidianas, privadas y públicas, de su marido. Ella respondía con paciencia, silencio y humildad. Concebía en su mente virtudes que su esposo estaba lejos de encarnar, amándole desde el corazón del Padre; era uno de los signos de su inocencia.

En su espíritu conservaba el vaticinio de María anunciándole la fundación de una congregación religiosa en su honor. La Madre del cielo le había hecho saber: «Hija mía, seca tus lágrimas; un día tú huirás de este mundo de cuyos peligros temes, y darás nacimiento a una Orden de santas religiosas ocupadas en cantar las alabanzas a Dios, y fieles en seguir mis pasos». Preso de una grave enfermedad, el rey Luís XI reclamó la presencia de san Francisco de Paula. El milagro que esperaba del santo no se produjo. Pero murió arrepentido y dejó para su hija el único signo de ternura y comprensión que se conoce: la dirección espiritual a cargo de aquél. Francisco recibió el apoyo y gratitud de Carlos VIII, hijo y sucesor del rey fallecido, y permaneció en la corte.

A la muerte de Carlos, el duque de Orleáns subió al trono como Luís XII y decidido a contraer nuevas nupcias con Ana de Bretaña, repudió a Juana. Ésta pudo haberse opuesto, pero no lo hizo. Esa determinación, que conllevó anulación de su matrimonio, en juicio harto embarazoso y ruin para ella, la dejaba libre para consagrarse por entero a Dios. San Francisco de Paula la dirigía por carta y a él le confió el tema de la fundación que la Virgen le había rogado que pusiese en marcha. Después de efectuar otras consultas sin que viesen claro su empeño, Juana persistió y, al final, en su refugio de Bourges, donde llevaba una vida de penitencia y se dedicaba a socorrer a los pobres, fundó la Orden de la Santísima Anunciación de la Santa Virgen María con la ayuda de su confesor, el franciscano Gabriel Mary (Gilberto Nicolás).

El proceso de aprobación no fue fácil, pero en 1501 el papa Alejandro VI dio su beneplácito. Juana emitió los votos en 1504. Tantos sufrimientos, unidos a sus intensos ayunos y penitencias, acabaron con su vida el 4 de febrero de 1505. El que había sido su esposo se ocupó de que fuese enterrada con los altos honores que le correspondían por su rango. Fue beatificada por Benedicto XIV en 1742, y canonizada por Pío XII el 28 de mayo de 1950.

escrito por Isabel Orellana Vilches (04 de febrero de 2014) © Innovative Media Inc.

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- San Gilberto de Sempringham

martes, 3 de febrero de 2015

03 de febrero: Santa María de San Ignacio (Claudine Thévenet)

«Viendo a Dios en todas las cosas, se sobrepuso a la trágica ejecución de dos hermanos, de la que fue testigo. Y cumpliendo la postrera petición que le hicieron, imitándoles en su generosidad, perdonó al delator, culpable de su muerte»

Madrid, 03 de febrero de 2014 (Zenit.org) El perdón, ese acto sublime de amor con el que Dios signa nuestra vida, virtud imprescindible para todos, fue el detonante de la consagración de esta fundadora. Había nacido en Lyon, Francia, el 30 de marzo de 1774, en un momento histórico difícil marcado por la Revolución Francesa. Dos de sus siete hermanos, que no compartían los principios sustentados por este movimiento, luchando por preservar a Lyon de su hegemonía, fueron delatados por alguien y los detuvieron. Claudine iba a visitarlos cotidianamente a la prisión, y en enero de 1794 fueron ejecutados en presencia suya. Las últimas palabras que le dirigieron, en emocionado ruego, fueron explícita confesión de la fe que sus padres habían inculcado a todos sus hijos: «¡Ánimo Gladdy! Perdona, como nosotros perdonamos».

Imposible borrar esta petición cursada in extremis por sus queridos hermanos, en un instante tan dramático como aquél, y éste sería un preciado legado que orientó los pasos de la santa. Conocía el nombre del culpable de su muerte, pero se llevó ese secreto a la tumba. Perdonó, aunque el impacto del suceso le provocó una enfermedad de tipo nervioso. Era la segunda de los hermanos por orden de nacimiento, y tuvo que madurar pronto. Después de este terrible suceso su familia había quedado diezmada, como tantas otras. Y sus ojos no eran insensibles a la calamidad que veía en derredor suyo. Entonces se sintió llamada a socorrer a tantas personas que se habían quedado destrozadas por la barbarie; quería consolarlas y compartir con ellas la paz que emana de la oración continua. Tenia la experiencia de haber defendido su fe junto a otras jóvenes aún en medio de la revolución. Y ese sentimiento de amor, anclado en Cristo, guiaría sus pasos. Los niños y los jóvenes recibirían de ella esta catequesis; les enseñaría a amar a Jesús y a la Virgen María.

En el umbral del discernimiento se encontró con el padre André Coindre, fundador de los «Hermanos del Sagrado Corazón», que fue quien la ayudó a vislumbrar la voluntad divina. Él le expresó su convicción de que debía formar una comunidad por haber sido elegida por Dios para ello. Sucedió que el sacerdote se encontró en el atrio de la iglesia de Saint Nizier con dos pequeñas ateridas de frío que no tenían a nadie en el mundo, y Claudine, a petición suya, se ocupó de asistirlas. Creó una «Providencia del Sagrado Corazón» en 1815 encaminada a darles no solo cobijo sino también formación espiritual, una obra que se fue incrementando con otras niñas. Fue también presidenta de la «Asociación del Sagrado Corazón» hasta octubre de 1818, fecha en la que dejó su hogar y se instaló en una casa contando con lo justo para vivir junto a una huérfana, otra compañera, y un telar de seda. Y con ellas nació la Congregación de las Hermanas de Jesús y María teniendo la finalidad de dar formación espiritual a las jóvenes, en particular las que no tenían medios para procurársela.

El padre Coindre nuevamente la alentó a formar esta comunidad. Obedeció, aún con cierto temor: «Me parecía haberme lanzado a una empresa loca sin ninguna garantía de éxito». La Congregación se inició con niñas pobres y abandonadas menores de 20 años. Después acogió también a las de clases acomodadas. Decía: «hace falta ser madres de estos niños, sí, verdaderas madres tanto del alma como del cuerpo». La única deferencia que permitía era con los desfavorecidos: «A los únicos que permito son a los más pobres, a los más miserables, a quienes tienen los más grandes defectos, a ellos, sí, ámenlos mucho».

Al profesar en 1823 tomó el nombre de María de san Ignacio porque la transición entre la Asociación y la comunidad que puso en marcha se produjo el 31 de julio, efeméride del santo. En 1826 falleció el padre Coindre, y dos años más tarde murieron las primeras religiosas. Era un nuevo golpe para Claudine que, además, tuvo que luchar duramente para mantener incólume su fundación, ya que querían fusionarla con otra que acababa de ver la luz. Mujer valerosa, sensible, abnegada y atenta a las necesidades de cualquiera, era también emprendedora. A ella se debe la construcción de la capilla de la Casa Generalicia. El leitmotiv de su vida fue: «Hacer todas las cosas con el único deseo de agradar a Dios», «llevar una vida digna del Señor agradándole en todo». Falleció a los 63 años, tras una vida signada por el celo apostólico, la delicadeza y el olvido de sí, diciendo: «¡Qué bueno es Dios!». Había logrado «encontrar a Dios en todas las cosas y todas las cosas en Dios», como deseó. Fue beatificada por Juan Pablo II el 4 de octubre de 1981. Él mismo la canonizó el 21 de marzo de 1993.

escrito por Isabel Orellana Vilches (03 de febrero de 2014) © Innovative Media Inc.

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- San Blas

lunes, 2 de febrero de 2015

02 de febrero: San Jean Théophane Vénard

«Théophane aprendió a sublimar lo ordinario para convertirlo en extraordinario. Fue por ello un referente inequívoco para Teresa de Lisieux. Ella vio en el joven una persona sin aparente brillantez que, sin embargo, conquistó la santidad»

Madrid, 02 de febrero de 2014 (Zenit.org) Las alas de la indecisión son los miedos. Los santos las cercenan. A la doctora de la infancia espiritual, Teresa de Lisieux, que se había propuesto sobrenaturalizar lo ordinario adentrándose con paso firme en este sendero de la perfección, le impactó sobremanera el gesto valiente de un niño que a sus 9 años tuvo claro que quería ser mártir, determinación que llevó hasta el final. Era Théophane, cuya festividad celebra la Iglesia junto a la de otros santos y beatos en este día de la Presentación del Señor. Y lo que especialmente llamó la atención de la santa al leer su vida, fue que, a diferencia de Luís Gonzaga -cuya trayectoria también conocía-, que había sido un prodigio de virtud, Théophane encarnaba a esa persona que sin brillantez especial alguna, al menos en apariencia, alcanza la santidad. Se sentía identificada con él y quiso emularle partiendo a las misiones. No pudiendo marchar, en su clausura se ofreció por estos misioneros.

Théophane nació en Saint-Loup-sur-Thouet, Francia, el 21 de febrero de 1829. De familia creyente, que le acompañó espiritualmente y apoyó en su vocación, a esa edad en la que los niños hacen de los juegos su principal ocupación, él ya centraba sus ojos escrutadores en todo lo que tuviera que ver con la fe. En particular le conmovían las noticias que los «Anales de la Propagación de la Fe» traían de las misiones, mientras pastoreaba un rebaño junto a su hermana Melania. Su tierna psicología no quedó dañada por los crueles martirios que conocía a través de este medio. Por el contrario, insufló en su ánimo el deseo de derramar su sangre por Cristo: «¡Yo también quiero ir a Tonkín, yo también quiero ser un mártir!». Tras una primera etapa académica, ingresó en el seminario de Montmorillon y prosiguió estudios en el seminario mayor de Poitiers. Luego se incardinó en la Sociedad de Misiones Extranjeras de París con la venia de su obispo y la previa autorización de su padre, que, aún con dolor, no dudó en desprenderse del hijo al que amaba de forma singular, prestándole incondicional apoyo: «Si sientes la llamada de Dios, cosa que no dudo, obedece sin vacilar. ¡Que nada te retenga! ni siquiera la idea de dejar a un padre afligido».

En esa época Théophane había cambiado radicalmente. Cuando era colegial no estaba adornado de un carácter modélico; más bien cedía a la contrariedad fácilmente predominando en ciertos momentos su tendencia a la ira, al tiempo que exhibía alguna forma de rudeza en los gestos. La oscilación que sufría su conducta ponía de manifiesto una falta de madurez, y ello, unido a su facilidad para la réplica, suscitaba la preocupación del profesorado que le reconvenía. Luego, él mismo se percató de la urgencia de su conversión. Se habituó a rezar el rosario completo, hacía oración, se extremaba en la entrega cotidiana, y fue dando pasos hacia la perfección sin apenas darse cuenta. La muerte de su madre, que se produjo cuando tenía 13 años, lo encontró dispuesto a afrontar con fortaleza esa difícil separación: «Revistámonos del escudo de la fe en esta ocasión; recurramos a la religión, pues ella sola puede consolarnos en nuestras penas… Y creo poder aseguraros que nuestra buena madre está en el cielo». Parecían las palabras de una persona adulta más que de un adolescente. Ello muestra el paso espiritual que había dado. Después, en el seminario se había caracterizado, sobre todo, por su alegría: «Es menester ánimo en la vida». «A pesar de todo: ¡Viva la alegría!».

En el Seminario de Misiones Extranjeras de París le encomendaron la schola, donde disfrutaba del canto gregoriano por el que sentía predilección. Cuando estaba a punto de ser ordenado enfermó. Encomendándose a la Virgen superó un trance que había estado revestido de cierta seriedad, pero dejó su organismo minado para siempre. En 1851 recibió el sacerdocio, y al año siguiente se embarcó a Hong Kong. En 1854 se hallaba en su ansiado destino: Tonkín, lugar que consideraba «el camino más corto para ir al cielo». Antes de llegar ya sabía que su vida corría peligro. Durante seis años desarrolló su misión apostólica en la sombra, en medio de numerosos contratiempos, sin tener una morada fija, y soportando problemas de salud, como un asma persistente que le agotaba. El estudio de la lengua se le hacía cuesta arriba y así lo reconocía, pero sabía que era un instrumento necesario para poder evangelizar. Incluso tradujo dos libros del Nuevo Testamento.

Era una persona realista y valerosa, que dio pruebas de una fortaleza poco común cuando después de ser capturado a finales de noviembre de 1860 quedó apresado en una minúscula y opresiva jaula de bambú. En ella fue conducido a Hanoi donde fue condenado a muerte. Se liberó de tan inhumano encierro cuando fue ajusticiado. Dos largos e intensos meses que le sirvieron para trazar en la historia esas líneas magistrales de la santidad que rubrican la grandeza de un ser humano, contrapunto también a la barbarie de otros congéneres. Lejos de esta esclavitud atrozmente impuesta, cada día conquistaba palmo a palmo esa morada que le aguardaba en la vida eterna. Llevaba a cabo una apasionada labor evangelizadora, y en ella incluía una correspondencia epistolar de gran riqueza. Teresa de Lisieux, al conocerla, dedicó su oración a las misiones.

Gozosamente aguardó su muerte creyendo que un solo golpe certero bastaría para cercenar el último eslabón que le separaba de la gloria, y así lo comunicó por carta a su padre: «Un ligero sablazo separará mi cabeza, como una flor primaveral que coge el dueño del jardín para su agrado». Se equivocó. El 2 de febrero de 1861 después de negarse a pisotear la cruz de Cristo, un guardia beodo tuvo que asestarle nada menos que cinco golpes de espada para consumar la decapitación. Pío X lo beatificó el 2 de mayo de 1909, y Juan Pablo II lo canonizó el 19 de junio de 1988.

escrito por Isabel Orellana Vilches (02 de febrero de 2014) © Innovative Media Inc.

otros santos 02 de febrero:

- Beata María Domenica Mantovani

domingo, 1 de febrero de 2015

01 de febrero: Santa Viridiana

Virgen y Reclusa

Martirologio Romano: En Castro Fiorentino, en la Toscana, santa Viridiana, virgen, que vivió como reclusa desde la juventud hasta la ancianidad (1236/1242).

Fecha de beatificación: El culto fue confirmado en 1533 por el Papa Clemente VII.

Santa Viridiana nació en Castelfiorentino en el año 1182 y, por tanto, es coetánea de San Francisco de Asís. Se cuenta que en el 1221 él le hizo una visita y la admitió en la tercera orden Franciscana. Pertenecía a la noble familia de los Attavanti, que estaba en decadencia pero todavía gozaba de un cierto prestigio.

Un rico pariente la nombró su administradora, pero como desde la infancia se sentía llevada a la oración y a la abstinencia, concibió siempre su cargo como una gran posibilidad para hacer la caridad.

A veces la Providencia tuvo que intervenir con prodigios. Se cuenta que un día su tío había reunido y revendido una cierta cantidad de mercancía, cuyo precio estaba por las nubes por la carestía. Cuando el comprador se presentó a retirar la mercancía, el depósito estaba completamente vacío, porque Viridiana había regalado todo a los pobres. Ante la airada reacción del tío, la santa sólo le pidió que esperara veinticuatro horas: en efecto, al día siguiente Dios premiaba la caridad y la confianza de la joven haciendo que apareciera intacto todo lo que había regalado.

Viridiana fue en peregrinación a Compostela, a la tumba del apóstol Santiago, que junto con Roma era la gran meta de los peregrinos, sobre todo después de la pérdida definitiva de la Tierra Santa. De regreso a Castelfiorentino, como sus paisanos veían su vivo deseo de soledad y de penitencia, para tenerla cerca, le construyeron una celda a orillas del río Elsa. Allí permaneció Santa Viridiana 34 años. Como la celda quedaba contigua al oratorio de San Antonio, asistía a la Misa desde una ventanita, desde donde hablaba también con los visitantes y recibía la escasa comida con la que se alimentaba. Por esa misma ventana, según la tradición, entraron dos serpientes que mortificaron mucho a la santa en los últimos años de su vida. Pero ella nunca dijo nada de esto.

Se cuenta que su muerte, el l de febrero de 1242, fue anunciada por el toque improvise y simultáneo de las campanas de Castelfiorentino, sin intervención de mano humana. El culto de Santa Viridiana fue aprobado por Clemente VII en 1533.

(fuente: catholic.net)

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- Beato Luis Variara
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