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martes, 8 de septiembre de 2015

08 de septiembre: Santo Tomás de Villanueva

Este inmenso predicador que fue llamado por sus oyentes "el divino Tomás", nació en España en 1488 y su sobrenombre le vino de la ciudad donde se educó y creció.

Sus padres no le dejaron riquezas materiales en herencia, pero sí una herencia mucho más importante: un profundo amor hacia Dios y una gran caridad hacia los demás.

Hizo sus estudios con gran éxito en la universidad de Alcalá y en 1516 pidió y obtuvo ser admitido en la comunidad de los padres agustinos, en Salamanca. En 1518 fue ordenado sacerdote y luego fue profesor de la universidad. Poseía una inteligencia excepcionalmente lúcida y un criterio muy práctico para dar opiniones sobre temas difíciles. Pero tuvo que ejercitarse continuamente para adquirir una buena memoria y luchar mucho para que las distracciones no le alejaran de los temas que quería tratar.

Sentía una predilección especial por atender a los enfermos y repetía que cada cama de enfermo es como la zarza ardiente de Moisés, en la cual se logra encontrar uno con Dios y hablar con Él, pero entre las espinas de incomodidad que lo rodean.

Fue nombrado Provincial de su comunidad y en 1533 envió a América los primeros Padres Agustinos que llegaron a México.

Frecuentemente mientras celebraba la Santa Misa o rezaba los Salmos, le sobrevenían los éxtasis y se olvidaba de todo lo que lo rodeaba y sólo pensaba en Dios.

En esos momentos el rostro le brillaba intensamente.

Cierto día mientras predicaba fuertemente en Burgos contra el pecado, tomó en sus manos un crucifijo y levantándolo gritó "¡Pecadores, mírenlo!", y no pudo decir más, porque se quedó en éxtasis, y así estuvo un cuarto de hora, mirando hacia el cielo, contemplando lo sobrenatural. Al volver en sí, dijo a la multitud que estaba maravillada: "Perdonen hermanos por esta distracción. Trataré de enmendarme".

El emperador Carlos V le había ofrecido el cargo de arzobispo de Granada pero él nunca lo había aceptado. Entonces un día el emperador le dijo a su secretario: Escriba: "Arzobispo de Valencia, será el Padre...", y le dictó el nombre de otro sacerdote de otra comunidad. Cuando fue a firmar el decreto leyó que el secretario había escrito: "Arzobispo de Valencia, el Padre Tomás de Villanueva". "¡Pero este no fue el que yo le dicté!", dijo el emperador. "Perdone, señor" – le respondió el secretario. "Me pareció haberle oído ese nombre. Pero enseguida lo borraré". "No, no lo borre, dijo Carlos V, el otro era el que yo pensaba elegir. En cambio este es el que Dios quiere que sea elegido". Y mandó que lo llamaran para dar el nombramiento.

Tomás se negó totalmente a obedecer al emperador en esto. El hijo del gobernante (el futuro Felipe II) le rogó que aceptara, pero tampoco quiso aceptar. Solamente cuando su superior de comunidad le mandó bajo voto de obediencia, entonces sí aceptó tan alto cargo.

Llegó a Valencia de noche, en medio de terrible aguacero, acompañado solamente por un religioso de su comunidad. Pidió hospedaje de caridad en el convento de los Padres Agustinos, diciendo que le bastaba una estera en el suelo para dormir (Cuando los frailes descubrieron quién era él se arrodillaron a pedirle su bendición). Antes de posesionarse del arzobispado hizo seis días de retiro de oración y penitencia en el convento. Quería empezar bien preparado para su difícil oficio.

Al posesionarse de su cargo de Arzobispo, los sacerdotes de la ciudad le obsequiaron 4,000 monedas de plata para hospital diciendo: "los pobres necesitan esto más que yo. ¿Qué lujos y comodidades puede necesitar un sencillo fraile y religioso como soy yo?".

Algunos lo criticaban porque usaba una sotana muy vieja y desteñida, y él respondía: "Lo importante o es una sepultura. Lo importante es embellecer el alma que nunca se va a morir".

El emperador Carlos V al oírle predicar exclamaba: "Este Monseñor conmueve hasta las piedras". Y cuando estaba en la ciudad, el emperador nunca faltaba a los sermones de Monseñor Tomás. Sus sermones producían cambios impresionantes en los oyentes, y aun hoy día conmueven profundamente a quienes los leen. La gente decía que Tomás de Villanueva era como un nuevo apóstol San Pablo, enviado por Dios para transformar a los pecadores.

Lo que más le interesaba era transformar a sus sacerdotes. A los menos cumplidores se los ganaba de amigos y poco a poco a base de consejos y peticiones amables los hacía volverse mejores. A uno que no quería cambiar, lo llamó a su palacio y le dijo: "Yo soy el que tengo la culpa de que usted o quiera enmendarse. Porque no he hecho penitencias por su conversión, por eso no ha cambiado". Y quitándose la camisa empezó a darse fuetazos a sí mismo hasta derramar sangre. El otro se arrodilló llorando y le pidió perdón y desde ese día mejoró totalmente su conducta.

Dedicaba muchas horas a rezar y a meditar, pero su secretario tenía la orden de llamarlo tan pronto como alguna persona necesitara consultarle o pedirle algo. A su palacio arzobispal acudían cada día centenares de pobres a pedir ayuda, y nadie se iba sin recibir algún mercado o algún dinero. Especial cuidado tenía el prelado para ayudar a los niños huérfanos. Y en los once años de su arzobispado no quedó ninguna muchacha pobre de la ciudad que en el día de su matrimonio no recibiera un buen regalo del arzobispo. A quienes lo criticaban por dar demasiadas ayudas aun a vagos, les decía: "mi primer deber es no negar un favor a quien lo necesita, si en mi poder está el hacerlo. Si abusan de lo que reciben, ellos responderán ante Dios".

A los ricos les insistía continua y fuertemente acerca del deber tan grave que cada uno tiene de gastar en dar limosnas todo lo que le sobre, es vez de gastarlo en lujos y cosas inútiles. Decía a la gente: "¿En qué otra cosa puedes gastar mejor tu dinero que en pagar tus culpas a Dios, haciendo limosna? Si quieres que Dios oiga tus oraciones, tienes que escuchar la petición de ayuda que te hacen los pobres. Debes anticiparte a repartir ayudas a los que no se atreven a pedir".

Algunos le decían que debía ser más fuerte y lanzar maldiciones contra los que vivían en unión libre. Él respondía: "Hago todo lo que me es posible por animarlos a que se pongan en paz con Dios y que no vivan más en pecado. Pero nunca quiero emplear métodos agresivos contra nadie". Si oía hablar de otro respondía: "Quizás lo que hizo fue malo, pero probablemente sus intenciones eran buenas".

En septiembre de 1555 sufrió una angina de pecho e inflamación de la garganta. Mandó repartir entre los pobres todo el dinero que había en su casa. Hizo que le celebraran la S. Misa en su habitación, y exclamó: "Que bueno es Nuestro Señor: a cambio de que lo amemos en la tierra, nos regala su cielo para siempre". Y murió. Tenía 66 años.

Este inmenso predicador que fue llamado por sus oyentes "el divino Tomás", nació en España en 1488 y su sobrenombre le vino de la ciudad donde se educó y creció. Sus padres no le dejaron riquezas materiales en herencia, pero sí una herencia mucho más importante: un profundo amor hacia Dios y una gran caridad hacia los demás.

Hizo sus estudios con gran éxito en la universidad de Alcalá y en 1516 pidió y obtuvo ser admitido en la comunidad de los padres agustinos, en Salamanca. En 1518 fue ordenado sacerdote y luego fue profesor de la universidad. Poseía una inteligencia excepcionalmente lúcida y un criterio muy práctico para dar opiniones sobre temas difíciles. Pero tuvo que ejercitarse continuamente para adquirir una buena memoria y luchar mucho para que las distracciones no le alejaran de los temas que quería tratar.

Sentía una predilección especial por atender a los enfermos y repetía que cada cama de enfermo es como la zarza ardiente de Moisés, en la cual se logra encontrar uno con Dios y hablar con Él, pero entre las espinas de incomodidad que lo rodean.

Fue nombrado Provincial de su comunidad y en 1533 envió a América los primeros Padres Agustinos que llegaron a México.

Frecuentemente mientras celebraba la Santa Misa o rezaba los Salmos, le sobrevenían los éxtasis y se olvidaba de todo lo que lo rodeaba y sólo pensaba en Dios.

En esos momentos el rostro le brillaba intensamente.

Cierto día mientras predicaba fuertemente en Burgos contra el pecado, tomó en sus manos un crucifijo y levantándolo gritó "¡Pecadores, mírenlo!", y no pudo decir más, porque se quedó en éxtasis, y así estuvo un cuarto de hora, mirando hacia el cielo, contemplando lo sobrenatural. Al volver en sí, dijo a la multitud que estaba maravillada: "Perdonen hermanos por esta distracción. Trataré de enmendarme".

El emperador Carlos V le había ofrecido el cargo de arzobispo de Granada pero él nunca lo había aceptado. Entonces un día el emperador le dijo a su secretario: Escriba: "Arzobispo de Valencia, será el Padre...", y le dictó el nombre de otro sacerdote de otra comunidad. Cuando fue a firmar el decreto leyó que el secretario había escrito: "Arzobispo de Valencia, el Padre Tomás de Villanueva". "¡Pero este no fue el que yo le dicté!", dijo el emperador. "Perdone, señor" – le respondió el secretario. "Me pareció haberle oído ese nombre. Pero enseguida lo borraré". "No, no lo borre, dijo Carlos V, el otro era el que yo pensaba elegir. En cambio este es el que Dios quiere que sea elegido". Y mandó que lo llamaran para dar el nombramiento.

Tomás se negó totalmente a obedecer al emperador en esto. El hijo del gobernante (el futuro Felipe II) le rogó que aceptara, pero tampoco quiso aceptar. Solamente cuando su superior de comunidad le mandó bajo voto de obediencia, entonces sí aceptó tan alto cargo.

Llegó a Valencia de noche, en medio de terrible aguacero, acompañado solamente por un religioso de su comunidad. Pidió hospedaje de caridad en el convento de los Padres Agustinos, diciendo que le bastaba una estera en el suelo para dormir (Cuando los frailes descubrieron quién era él se arrodillaron a pedirle su bendición). Antes de posesionarse del arzobispado hizo seis días de retiro de oración y penitencia en el convento. Quería empezar bien preparado para su difícil oficio.

Al posesionarse de su cargo de Arzobispo, los sacerdotes de la ciudad le obsequiaron 4,000 monedas de plata para hospital diciendo: "los pobres necesitan esto más que yo. ¿Qué lujos y comodidades puede necesitar un sencillo fraile y religioso como soy yo?".

Algunos lo criticaban porque usaba una sotana muy vieja y desteñida, y él respondía: "Lo importante o es una sepultura. Lo importante es embellecer el alma que nunca se va a morir".

El emperador Carlos V al oírle predicar exclamaba: "Este Monseñor conmueve hasta las piedras". Y cuando estaba en la ciudad, el emperador nunca faltaba a los sermones de Monseñor Tomás. Sus sermones producían cambios impresionantes en los oyentes, y aun hoy día conmueven profundamente a quienes los leen. La gente decía que Tomás de Villanueva era como un nuevo apóstol San Pablo, enviado por Dios para transformar a los pecadores.

Lo que más le interesaba era transformar a sus sacerdotes. A los menos cumplidores se los ganaba de amigos y poco a poco a base de consejos y peticiones amables los hacía volverse mejores. A uno que no quería cambiar, lo llamó a su palacio y le dijo: "Yo soy el que tengo la culpa de que usted o quiera enmendarse. Porque no he hecho penitencias por su conversión, por eso no ha cambiado". Y quitándose la camisa empezó a darse fuetazos a sí mismo hasta derramar sangre. El otro se arrodilló llorando y le pidió perdón y desde ese día mejoró totalmente su conducta.

Dedicaba muchas horas a rezar y a meditar, pero su secretario tenía la orden de llamarlo tan pronto como alguna persona necesitara consultarle o pedirle algo. A su palacio arzobispal acudían cada día centenares de pobres a pedir ayuda, y nadie se iba sin recibir algún mercado o algún dinero. Especial cuidado tenía el prelado para ayudar a los niños huérfanos. Y en los once años de su arzobispado no quedó ninguna muchacha pobre de la ciudad que en el día de su matrimonio no recibiera un buen regalo del arzobispo. A quienes lo criticaban por dar demasiadas ayudas aun a vagos, les decía: "mi primer deber es no negar un favor a quien lo necesita, si en mi poder está el hacerlo. Si abusan de lo que reciben, ellos responderán ante Dios".

A los ricos les insistía continua y fuertemente acerca del deber tan grave que cada uno tiene de gastar en dar limosnas todo lo que le sobre, es vez de gastarlo en lujos y cosas inútiles. Decía a la gente: "¿En qué otra cosa puedes gastar mejor tu dinero que en pagar tus culpas a Dios, haciendo limosna? Si quieres que Dios oiga tus oraciones, tienes que escuchar la petición de ayuda que te hacen los pobres. Debes anticiparte a repartir ayudas a los que no se atreven a pedir".

Algunos le decían que debía ser más fuerte y lanzar maldiciones contra los que vivían en unión libre. Él respondía: "Hago todo lo que me es posible por animarlos a que se pongan en paz con Dios y que no vivan más en pecado. Pero nunca quiero emplear métodos agresivos contra nadie". Si oía hablar de otro respondía: "Quizás lo que hizo fue malo, pero probablemente sus intenciones eran buenas".

En septiembre de 1555 sufrió una angina de pecho e inflamación de la garganta. Mandó repartir entre los pobres todo el dinero que había en su casa. Hizo que le celebraran la S. Misa en su habitación, y exclamó: "Que bueno es Nuestro Señor: a cambio de que lo amemos en la tierra, nos regala su cielo para siempre". Y murió. Tenía 66 años.

(fuente: www.ewtn.com)

otros santos 08 de septiembre:

- Santos Adrián y Natalia
- Beato Pascual Fortuño Almela

lunes, 7 de septiembre de 2015

07 de septiembre: Santa Regina


(S. III ) Hija de un ciudadano pagano de Alise, en Borgoña, la santa -cuya madre falleció al dar a luz- fue entregada a una nodriza que era cristiana y que la educó en la fe. Su belleza atrajo las miradas del prefecto Olybrius, quien, al saber que era de noble linaje, quiso casarse con ella, pero ella se negó a aceptarlo y no quiso atender los discursos de su padre, quien trataba de convencerla para que se casara con un hombre tan rico.

Ante su obstinación, su padre decidió encerrarla en un calabozo y, como pasaba el tiempo sin que Regina cediese, Olybrius desahogó su cólera haciendo azotar a la joven y sometiéndola a otros tormentos.

Una de aquellas noches, recibió en su calabozo el consuelo de una visión de la cruz al tiempo que una voz le decía que su liberación estaba próxima. En el momento de la ejecución (decapitación), apareció una paloma blanquísima que causó la conversión de muchos de los presentes.

La devoción a la santa aumentó a partir del siglo VII.

escrito por Natalia Knaap 
(fuente: www.iglesia.org)

otros santos 07 de septiembre:

- Beata Eugenia Picco
- Beato Ignacio Klopotowski

domingo, 6 de septiembre de 2015

06 de septiembre: Santos Donaciano y Leto, mártires

En el año 484, Humerico, rey arriano de los vándalos, ordenó que todas las iglesias cristianas del África fueran clausuradas y confiscados los bienes del clero para entregarlos al pueblo africano. Por mandato real, congregaron a los obispos en el palacio, siendo conducidos lejos de la ciudad, y ordenados a que marcharan solos hacia el destierro. Ante tal injusticia, Donaciano y otros cuatro obispos de la provincia de Bisaseno, reunieron a numerosos cristianos para protestar frente a las puertas de la ciudad; el rey Humerico furioso por la revuelta, ordenó a sus soldados a matar y «aplastar» a los quejosos. Donaciano y los cuatro obispos fueron brutalmente golpeados y, en estado lamentable, se les condujo al desierto, donde quedaron abandonados para morir de hambre y sed.

San Leto, Obispo de la Leptis Menor, considerado «un hombre celoso y muy sabio», y que se había ganado la enemistad de Humerico por su enérgica oposición al arrianismo, también fue encerrado en un calabozo estrecho, oscuro y pestilente, del cual lo sacaron al cabo de dos meses para quemarlo vivo.

(fuentes: aciprensa.com; www.iglesia.org)

otros santos 06 de septiembre:

- San Eleuterio
- Beato Bertrán de Garriga

sábado, 5 de septiembre de 2015

05 de septiembre: San Lorenzo Justiniano

(Arzobispo- Año 1455) Nació en Venecia (Italia) en 1381, en una familia de alta clase social. Su padre Bernardo murió y dejó a su esposa muy joven y con muchos hijos pequeños. Para librarlo de pensamientos de orgullo, un día la mamá le preguntó: "Hijo, ¿tú no tienes inútiles deseos de vanidad y de aparecer?" Y el jovencito le respondió: "Mamá, mi único deseo es ser un santo y tener siempre contento a Dios".


Sueño aleccionador.

A los 19 años oyó en sueños que una voz como venida del cielo le decía: "No busques tus ideales en cosas materiales o en honores y dignidades. Busca sólo tener contento a Dios, y verás qué consuelo y qué paz llegarán a tu alma". Con esto se reafirmó más y más en su propósito de tener por único fin de su existencia el agradar a nuestro señor, en todo.


El consejo de su director.

Consultando con un santo sacerdote acerca de cómo debía comportarse, este le dijo: “Mire un crucifijo y dígase: Sí me domino a mi mismo y a mis pasiones e instintos, tendré aquí en la tierra una vida dura, como la tuvo Jesús, pero en la eternidad tendré alegría y gloria y paz como la tiene El". Desde que oyó ese Consejo, Lorenzo miraba frecuentemente a Jesús crucificado y se proponía vencerse en todo y llevarles la contraria a sus pasiones, y se dedicó a hacer fuertes penitencias.

Su madre, temerosa de que sus demasiadas penitencias dañaran su salud, le recomendó que se casara, pero él prefirió más adherirse a una asociación religiosa y pidió ser admitido como religioso en el monasterio de San Jorge en Venecia.


Pruebas de humildad.

En el monasterio le pusieron una prueba: salir por las casas pidiendo limosna. Debía Conseguir cada día cierta cantidad de víveres. Y esto era muy humillante para él que había pertenecido a una de las familias más prestigiosas de la ciudad. Y se dedicó con tal generosidad a este oficio que lo humillaba, que un día una señora, para que no tuviera que andar de casa en casa pidiendo, mandó que llenaran todo su morral con pan, pero él sólo aceptó tres panes, para tener así oportunidad de humillarse yendo a otras casas a pedir.


Dominio completo.

Recién llegado a la comunidad sentía una gran inclinación a defenderse y excusarse cuando lo regañaban injustamente. Pero después se convenció de que era necesario no defender su orgullo e imitar a Cristo Jesús que se callaba cuando lo acusaban injustamente, y empezó a callar cada vez que lo reprendían sin razón y sin causa, y muchas veces tuvo que morderse los labios, para no responder. Al fin obtuvo de Dios la gracia de no volver nunca a contestar a las ofensas ni a defenderse cuando lo regañaban.


Cazador cazado.

Un caballero rico dispuso ir al convento a persuadir a Lorenzo de que dejara esa vida de penitencias y volviera a la vida del mundo. Pero al verlo tan alegre y al oírle ponderar la gran paz que se goza en la vida religiosa, pidió él también entrar en el convento, y así Justiniano consiguió para la vida religiosa a uno que se había propuesto sacarlo a él de ese modo de vivir.


Sacerdote cien por cien.

En 1406 fue ordenado de sacerdote y en adelante su gran amor será la Sagrada Eucaristía, la Santa Misa. Frecuentemente estallaba en llanto de emoción mientras celebraba, o se quedaba en éxtasis. La gente se enfervorizaba con sólo verlo celebrar.


Consejo a los que mandan.

Nuestro santo tenía gran ascendiente sobre las gentes de Venecia, las cuales le escuchaban con especial admiración. En una ocasión en que la ciudad pasaba por situaciones en extremo difíciles, él reunió a los que gobernaban la ciudad y les dijo: “Lo primero que tienen que hacer para que Nuestro Señor se apiade y tenga misericordia de la ciudad en estas calamidades públicas, es convencerse cada uno de que no es nada, porque sin esta humildad de espíritu nunca podremos merecer las ayudas divinas". Y esta era la recomendación que repetía siempre a quienes le pedían consejos para tener contento a Dios y conseguir sus bendiciones: ser humildes, muy humildes, siempre y en todo.


Arzobispo ejemplar.

En 1433 el Papa Eugenio IV nombró a San Lorenzo como Arzobispo Patriarca de Venecia. El hizo cuanto pudo para que no lo nombraran, pero al fin tuvo que aceptar. Y en su nuevo cargo siguió siendo el mismo de siempre: humilde, mortificado, silencioso, limosnero, servidor de todos. La gente decía que era tanto el fervor que inculcaba a sus sacerdotes y a los fieles, que su ciudad parecía un convento.

Algunos le recomendaban que siendo de familia tan importante y ocupando un cargo tan elevado debía usar ciertos lujos y tener muchos servidores. Y él respondía: "el mejor adorno de un obispo es tener mucho amor a Dios y una gran caridad para con todos". Y en esto sí que era admirable. A todos amaba y todos lo querían.


Palacio concurrido.

Su palacio arzobispal era visitado cada día por centenares de personas. Unos para pedirle consejos y otros para recibir sus limosnas. Casi nunca daba limosnas en dinero, por temor a que lo gastaran mal. Pero en cambio repartía mercados, ropas, medicinas, y demás ayudas, en cantidades impresionantes. Casi no llevaba cuentas de los gastos que hacía. Y repetía que era indigno de un obispo el gastar su tiempo en hacer cuentas de dineros. Los Papas lo admiraban. Eugenio IV lo saludaba diciendo: "Salve modelo de obispos". Nicolás V decía en público que el Arzobispo Lorenzo era un verdadero imitador de los apóstoles.

Un santo religioso que tenía fama de recibir mensajes del cielo, proclamó que la ciudad de Venecia se había librado de muchos castigos que le iban a llegar y que se había visto libre de esos males por las oraciones de su Santo Arzobispo.


Concurrida despedida.

Al terminar de escribir su último libro titulado “Los grados de la perfección", fue invadido por la fiebre y sintió que se iba a morir. Se recostó sobre una cama dura, diciendo que Jesús también había muerto sobre un duro leño. Al saber que su Arzobispo se moría, empezó a desfilar por frente a él toda la gente de Venecia. Ricos y pobres, sabios e ignorantes. Todos querían despedirse de quien los había tratado como un padre cariñoso.

A su secretario que lloraba por tener que separarse de él, le dijo: "No te afanes que en la próxima Pascua nos volveremos a ver". Y así sucedió. En la cuaresma el joven se enfermó y en la pascua se murió.

San Lorenzo Justiniano murió en 1455, a los 74 años. Fue canonizado en 1690.

Quiera Dios enviarnos muchos obispos tan santos como San Lorenzo Justiniano.

(fuentes: Vida de Santos del P. Eliécer Sálesman; www.iglesia.org)

otros santos 05 de septiembre:

- San Bertín o Bertino de Sithin
- Beata Madre Teresa de Calcuta

viernes, 4 de septiembre de 2015

04 de septiembre: San Bonifacio I, Papa

Elegido el 28 diciembre de 418; falleció en Roma, el 4 de septiembre de 422. Poco se conoce de su vida previa a su elección. El "Liber Pontificalis" lo llama un romano, e hijo del presbítero Jocundo. Se cree que fue ordenado por el Papa San Dámaso I (366-384) y que fue representante del Papa San Inocencio I en Constantinopla (c. 405).

A la muerte del Papa San Zósimo, la Iglesia Romana entró en el quinto de los cismas, con el resultado de dobles elecciones papales que perturbaron su paz durante las primeras centurias. Poco después de las exequias de Zósimo, el 27 diciembre de 418, una facción del clero romano formada principalmente por diáconos, tomó la Basílica de Letrán y eligió como Papa al archidiácono Eulalio. El alto clero intentó entrar, pero fueron violentamente rechazado por una turba de partidarios del partido eulaliano. Al día siguiente, se reunieron en la iglesia de Teodora y eligieron como Papa, contra su voluntad, al anciano Bonifacio, un sacerdote muy estimado por su caridad, conocimientos y buen carácter. El domingo 29 de diciembre fueron consagrados los dos, Bonifacio en la Basílica de San Marcelo, apoyado por nueve obispos provinciales y unos setenta sacerdotes; Eulalius en la Basílica de Letrán en presencia de los diáconos, unos pocos sacerdotes y el Obispo de Ostia que fue convocado desde su lecho de enfermo para ayudar en la ordenación. Los dos procedieron a actuar como Papa, y Roma fue lanzada a una tumultuosa confusión por el ruido de las facciones rivales. El prefecto de Roma, Símaco, hostil a Bonifacio, informó el problema al emperador Honorio en Ravena, y aseguró la confirmación imperial de la elección de Eulalio.

Bonifacio fue expulsado de la ciudad. Sus partidarios, sin embargo, consiguieron una audiencia con el el emperador que convocó a un sínodo de obispos italianos en Ravena para reunir a los Papas rivales y discutir la situación (febrero, marzo, 419). Incapaz de alcanzar una decisión, el sínodo tomó unas pocas decisiones prácticas pendientes hasta un concilio general de obispos italianos, galos y africanos, a ser convocados en mayo para solucionar la dificultad. Pidió que ambos demandantes dejaran Roma hasta que se alcanzara una decisión, y les prohibió el retorno bajo pena de condenación. Como se acercaba la Pascua, el 30 de marzo, Aquileo, obispo de Espoleto, fue delegado para oficiar los servicios pascuales en la vacante Sede Romana. Bonifacio fue enviado, aparentemente, al cementerio de Santa Felícita en la Vía Salaria, y Eulalio, a Antium.

El 18 marzo, Eulalio volvió audazmente a Roma, reunió a sus partidarios avivando nuevamente la disputa, y rechazó con desprecio las órdenes del prefecto para dejar la ciudad; tomó la basílica de Letrán el Sábado Santo (29 marzo), decidido a presidir las ceremonias pascuales. Las tropas imperiales fueron convocadas para deponerlo y hacer posible para Aquileo dirigir los servicios. El emperador, profundamente indignado con estos procedimientos, se negó a considerar nuevamente las demandas de Eulalio y reconoció a Bonifacio como papa legítimo (3 de abril de 418). Este último volvió a Roma el 10 abril y fue aclamado por el pueblo. Eulalio fue designado obispo de Nepi en Toscana o de alguna sede en Campania, según la discrepante información del "Liber Pontificalis". El cisma había durado quince semanas.

A comienzos de 420, la crítica enfermedad del Papa animó a los partidarios de Eulalio a hacer otro intento. Ya recuperado, Bonifacio pidió al emperador (1 de de julio de 420) a hacer alguna provisión contra la posible reanudación del cisma en caso de su muerte. Honorio promulgó una ley estableciendo que, en el caso de elecciones Papales disputadas, no debe reconocerse ningún candidato, y debe efectuarse una nueva elección.

El pontificado de Bonifacio fue marcado por el gran celo y actividad en la organización y control de la disciplina. Revirtió la política de su predecesor de dotar a ciertos obispos occidentales con poderes vicariales papales extraordinarios. Zósimo le había dado a Patroclo, Obispo de Arles, extensa jurisdicción en las provincias de Viena y Narbone, y lo había hecho intermediario entre estas provincias y la Sede Apostólica. Bonifacio disminuyó estos derechos primaciales y restauró los poderes metropolitanos de los obispos principales de provincias. Así él respaldó a Hilario, Arzobispo de Narbonne, en su elección de un obispo de la sede vacante de Lodeve, contra Patroclo que intentó designar a otro (422). Así, también, insistió para que Maximo, Obispo de Valencia, fuera juzgado por sus supuestos crímenes, no por un primado, sino por un sínodo de obispos de Galia, y prometió apoyar su decisión (419). Bonifacio tuvo éxito en las dificultades de Zosimo con la Iglesia africana con respecto a las apelaciones a Roma y, en particular, en el caso de Apiario.

El Concilio de Cartago, habiendo escuchado las presentaciones de los legados de Zósimo, envió a Bonifacio el 31 mayo de 419 una carta en respuesta al commonitorium de su predecesor. Declaraba que el concilio había sido incapaz de verificar los cánones que los legados habían citado como de Nicea, pero que más tarde resultaron ser de Sárdica. Estaba de acuerdo, sin embargo, en observarlos hasta que pudiera efectuarse la comprobación. Esta carta se cita a menudo para ilustrar la actitud desafiante de la Iglesia africana ante la Sede Romana. Un estudio imparcial de la misma, sin embargo, debe llevar a una conclusión no más extrema que la de Dom Chapman: "fue escrita con considerable irritación, aunque en un muy estudiado tono moderado"(Revista de Dublín. julio, 1901, 109-119). Los africanos estaban irritados ante la insolencia de los legados de Zosimus y se indignaron por ser instados a obedecer leyes que pensaron no se hacían cumplir consistentemente en Roma. Esto ellos se lo manifestaron a Bonifacio directamente; todavía, lejos de repudiar su autoridad, le prometieron obedecer las leyes sospechosas, mientras que reconocieron la función del Papa como guardián de la disciplina eclesiástica.

En 422 Bonifacio recibió la apelación de Antonio de Fussula que, a través de los esfuerzos de San Agustín, había sido depuesto por un sínodo provincial de Numidia, y decidió que debía ser reinstalado si se establecía su inocencia. Bonifacio apoyó ardientemente a San Agustín en su combate contra el pelagianismo. Habiendo recibido dos cartas pelagianas que calumniaban a Agustín, se las envió a éste. En reconocimiento de esta lealtad Agustín le dedicó a Bonifacio su respuesta, contenida en "Contra duas Epistolas Pelagianoruin Libri quatuor".

En Oriente mantuvo celosamente su jurisdicción sobre las provincias eclesiásticas de Ilírico, sobre las que el Patriarca de Constantinopla estaba intentando afianzar el mando a causa de volverse una parte del imperio Oriental. El obispo de Tesalónica había sido constituido vicario papal en este territorio, ejerciendo jurisdicción sobre los metropolitanos y obispos. Por las cartas a Rufo, el titular contemporáneo de la sede, Bonifacio vigiló estrechamente los intereses de la iglesia ilírica e insistió en la obediencia a Roma. En 421 el descontento expresado por ciertos obispos, a causa de la negativa del Papa para confirmar la elección de Perígenes como Obispo de Corinto a menos que el candidato fuera reconocido por Rufo, sirvió como pretexto para que el joven emperador Theodosius II concediera el dominio eclesiástico de Iliríco al Patriarca de Constantinopla (14 de julio de 421). Bonifacio protestó ante Honorio por la violación de los derechos de su sede, y lo convenció para que instara a Teodosio para que rescindiera su promulgación. La ley no fue promulgada, pero permaneció en los códigos de Teodosio (439) y Justiniano (534) y causó muchos problemas a los Papas subsiguientes.

Por una carta del 11 de marzo de 422, Bonifacio prohibió la consagración en Illyricum de cualquier obispo que Rufo no hubiera reconocido. Bonifacio renovó la legislación del Papa San Sotero, prohibiendo a las mujeres tocar los sagrados linos o intervenir en la quema de incienso. Hizo cumplir las leyes que prohibían a los esclavos ser clérigos. Fue enterrado en el cementerio de Maáimo en la Vía Salaria, cerca de la tumba de su favorita, Santa Felícita en cuyo honor y en gratitud por su ayuda, le había erigido un oratorio encima del cementerio que lleva su nombre. La Iglesia guarda su fiesta el 25 de octubre.

Bibliografía: Liber Pontificalis, ed. DUCHESNE (Paris, 1886), 1, pp. LXII, 227-229; JAME, Regesta Romanorum Pontificum (Leipzig, 1885), 1, 51-54; Acta SS., XIII, 62*; LIX, 605--616; BARONIUS, Annales (Bar-le-Duc, 1866), VII, 152-231; TILLEMONT, Mémoires (Venice, 1732), XII, 385-407; 666-670; P.L., XVIII, 397-406; XX, 745-792; HEFELE, Conciliengeschichte and translation, §§ 120, 122; DUCHESNE, Fastes Episcopaux de l'Ancienne Gaul (Paris, 1894), I 84-109; Les Eglíses Séparées (Paris, 1905), 229-279; BUCHANAN in Dict. Christ. Biog., s.v.; GREGORIUS-HAMILTON, Hist. of Rome in the Middle Ages (London, 1894), I, 180-181. Peterson, John Bertram. "Pope St. Boniface I." The Catholic Encyclopedia. Vol. 2. New York: Robert Appleton Company, 1907. .
Transcrito por Bob Mathewson. Traducido por Beatriz N. Prestamo. Rev Corr L H M.
(fuente: www.aciprensa.com)

otros santos 04 de septiembre:

-
Beata María de santa Cecilia Romana (Dina Bélanger)
- San Moisés

jueves, 3 de septiembre de 2015

03 de septiembre: San Martín de Hinojosa

Abad y Obispo
(† 1213)

En tierras de Soria hay un valle exuberante y risueño, ameno con la frondosidad de los árboles y alegre con el canto de las aguas. El Jalón le riega y le fecunda; el soplo del Moncayo le da transparencias cristalinas. Un día de otoño de 1164 penetraba en él, caminando al compás de la salmodia, una procesión extraña. Delante, un clérigo con la cruz; siguiendo a la cruz, dos largas filas de monjes; los niños, los jóvenes, los ancianos, todos vestidos de blanco; el último, el abad, apoyando el peso de su larga vida en un bastón de espino. Más atrás venían los hermanos legos, arreando los rebaños de ovejas, de cabras y de bueyes, y las mulas y los jumentos que llevaban la impedimenta de muebles, vestidos y vajilla. La pequeña hueste se detuvo a orilla del río, entre plantaciones de álamos y nogales; después se oyó el rumor de un canto litúrgico, y así quedó inaugurada la gran abadía cisterciense de Santa María de Huerta.

Entre los emigrantes figuraba un joven de alto linaje, llamado Martín de Hinojosa. Los Hinojosas eran famosos en Castilla desde los días del Cid. Todo el mundo conocía la gesta de Muño Sancho, el valiente caballero a quien se vio delante del sepulcro del Señor después de haber muerto a manos de los moros. Un nieto de estos héroes de la leyenda de oro, cuyo nombre cantaban los juglares en las plazas, era el joven Hinojosa, que llevaba el hábito de San Bernardo con la misma dignidad que su abuelo la cota de malla. Un día, su madre le había guiado hasta el altar, había envuelto sus manos en los sagrados lienzos y había pronunciado la fórmula de donación: «Yo, doña Sancha, mujer de Miguel de Finojosa, entrego a Dios y a Santa María y al abad Blas y a la Orden del Císter éste mi hijo Martín para que sirva a Dios y a sus santos, siguiendo la Regla del abad San Benito, en remisión de sus pecados, de los míos y de todos sus parientes.»

A los veinticinco años, Martín era un abad cumplido, dulce y severo, humilde y magnífico. Con prudencia de anciano y bondad de padre, guiaba a sus monjes por la senda estrecha de la perfección. Todavía se conserva el báculo que llevaba en las procesiones y en el cual se apoyaba hablando a sus discípulos de los caminos de Dios. En él supo hermanar tres cosas que parecen resumir su carácter: la sencillez, la piedad y la elegancia. Es un báculo de cobre, pero finamente labrado; se ven restos de esmaltes diminuios, figuras de apóstoles grabadas, delicados roleos, cabujones de cristal de roca, y en el centro de la voluta, la escena de la Anunciación.

Vástago de magnates, supo Martín hacer de su monasterio urna de recuerdos patrios, solar de héroes, panteón de obispos y fragua de santos. Era un hijo auténtico de Soria, mística y guerrera. Al salir de los estremecimientos de la contemplación, parece como si sus carnes estuviesen pidiendo la loriga de los que luchan contra los moros allí cerca de él. Desde la torre de su abadía descubre la línea fronteriza y el polvo de las batallas. Pero detiene sus ímpetus; no se encontrará frente a los escuadrones almohades como su amigo Jiménez de Rada. Su blanca cogulla no se teñirá de rojo como la cogulla de San Raimundo de Fitero. No obstante, sigue nervioso la lucha, asiste en espíritu a la toma de Cuenca; Alfonso VIII le ve a su lado en los combates, y los guerreros piensan en él cuando les amenaza el peligro. El tropel de los valientes se agolpa en torno suyo antes de salir al campo; llegan a pedir su bendición y a escuchar aquella palabra que infunde coraje a los pechos y da presagios de victoria. Él los lleva al altar de Santa María, los encomienda a Dios diciendo la misa de la Santísima Trinidad, les da la comunión del Cuerpo de Cristo, les ciñe la espada y les despide con una arenga en que el amor de la religión se junta al entusiasmo patriótico. Al pasar por el claustro, la última palabra, siempre la misma, propia para hacer estremecer aquellos corazones fuertes de la Reconquista: «Muertos o vencedores, os aguardo: aquí tenéis vuestra sepultura.»

En el claustro de Huerta se ven todavía los sepulcros de aquellos valientes: Manriques y Medianos, Hinojosas y Medinacelis. Ingeniosos versos leoninos nos dicen sus nombres y sus hazañas; graves estatuas yacentes adornan los sarcófagos, las frentes serenas, las manos apoyadas en el pomo de la espada, y a los pies, el can, símbolo de la fidelidad. Aquel claustro lleva todavía el nombre de Claustro de los Caballeros.

Durante siete años, San Martín vive lejos de su abadía, caminando de pueblo en pueblo, consolando a los pobres, repartiendo el pan de la doctrina y la gracia de la confirmación, administrando, discutiendo y pleiteando (1815-1192). Ha sido nombrado obispo de Sigüenza y cumple animosamente su deber. Restablece la disciplina, defiende los intereses de su iglesia, se sienta en los Concilios y pasa por su diócesis dando franquicias y libertades. Pero, con el alma, está en su abadía, y no para hasta dejar su sede para refugiarse de nuevo a la sombra de Santa María y vivir en el olvido, libre de cuidados, de envidias y de adulaciones. Y vuelve a ser otra vez guía y director de espíritus, alma de la vida monacal y predicador de la cruzada contra los africanos. Bajo su mirada vigilante, siguiendo las normas de su gusto aristocrático, continúan los monjes la construcción del monasterio. Surge aquel refectorio único, cumbre gloriosa de nuestro arte de la Edad Media. Todo allí es admirable: el efecto mágico de la inmensa mole que parece huir de nuestras miradas; los rasgados ventanales, hermoseados por una ornamentación donde se junta la más exquisita elegancia con la más exquisita sencillez; las bóvedas gráciles y aéreas que saltan con la explosión espontánea de un ideal artístico, y cuyas delgadas nervaduras parecen cordones sosteniendo el fantástico edificio colgado del Cielo; la esbeltez de las columnas, la gracia y sobriedad en el adorno y lo gigantesco de las proporciones en medio de una armonía maravillosa. De los días de San Martín es también la iglesia, de un genuino estilo cisterciense, el de los primeros días, el que no ha podido deshacerse aún de la influencia del románico, ni se ha contagiado todavía con las complicaciones ornamentales; el estilo que quería San Bernardo, noble, sencillo y austero. Allí, en un hueco de la capilla mayor, entre brillo de mármoles y bronces, descansan los restos del abad santo y patriota. Un discípulo suyo le consagró ese epitafio: «El obispo Martín, escudo de la fe y margarita de todas las virtudes, descansa aquí libre de toda mancha de vicio. Desde niño entró en el claustro, sediento de silencio, y Dios le adornó con la claridad de su gloria.»

(fuente: www.divvol.org)

otros santos 03 de septiembre:

- Beatos Antonio Ixida
- San Gregorio Magno

martes, 1 de septiembre de 2015

01 de septiembre: Beata Juana Soderini de Florencia

«Terciaria Servita. Discípula de santa Juliana Falconieri, a quien sucedió en el gobierno de la Orden»

Madrid, 01 de septiembre de 2013 (ZENIT.org) Pertenecía a una de las familias de la alta nobleza florentina: los Soderini, que influyeron notablemente en la sociedad entre los siglos XIV y XVI. Culminaron su hegemonía entonces al ser expulsados por haber mostrado su oposición a otra poderosa estirpe, la de los Medici, en un conflicto de bandos que enrarecieron la paz ciudadana. Pero los Soderini se hallaban en pleno apogeo cuando en 1301 en Florencia nació Juana. Y también coincidió que en ese momento se iniciaba una época caracterizada por disensiones políticas con el enfrentamiento de grupos rivales encabezados por los Bianchi (Blancos) y los Neri (Negros). Hasta el pontífice Bonifacio VIII tuvo que mediar en 1300 a través del cardenal Matteo d’Acquasparta, a quien envió con la misión de apaciguar los ánimos. No prosperaron sus intentos; los conflictos se dilataron en el tiempo, y encima lo que se juzgó inadmisible injerencia del papa tuvo una repercusión negativa para él. En mayo de 1300 Bonifacio VIII remitió una carta al prelado de Florencia recordando que tenía facultades para actuar a través de un vicariato al que quedaría sometido la Toscana. Ni éste ni otros escritos dirigidos a gobernantes europeos tuvieron efecto alguno. Por otro lado, los enfrentamientos ya habían calado en el ambiente con las consiguientes repercusiones económicas, agravadas por la epidemia de «peste negra» que asoló gran parte de Europa y que afectó a los florentinos.

Este era el ambiente que acogió a Juana, única hija que colmó de gozo el hogar. Creció, como era usual para los de su estirpe, bajo el amparo de una niñera, Felicia Tonia, que debió llenarla de mimos y atenciones. La pequeña, que fue agraciada con dones diversos, muy tempranamente supo por revelación de la pronta muerte de su aya, y así se lo dio a conocer, con la inocencia y claridad propias de la infancia, y más en ella que mostraba su amor a Dios y recitaba fervorosamente las oraciones que le habían enseñado. Esta advertencia de la niña acerca del fin de sus días, ayudó a Felicia a prepararse para ese momento. Llegada a la adolescencia, lo que menos pensaron sus padres es que Juana elegiría la vida religiosa. En sus planes entraba desposarla con un caballero de alcurnia y buena posición, como correspondía a una aristócrata, pero se encontraron con la negativa radical de la joven. Les costó lo suyo, pero no les quedó más remedio que dar su beneplácito para que Juana ingresase en una comunidad, como era su deseo.

Contemporánea de santa Juliana Falconieri, que en esa época impulsaba la «Orden de las Siervas de María», aglutinando en torno a sí jóvenes deseosas de seguir a Cristo según el carisma de los servitas, la beata se unió a ellas. Al igual que Juliana, también la primogénita de los Soderini, se entregó a mortificaciones y severas penitencias. Deliberadamente elegía las tareas domésticas más humildes y pesadas, y se ocupaba de los enfermos que solicitaban la ayuda de la comunidad. En su itinerario espiritual no faltaron las pruebas y tentaciones que afrontó con su oración. Era obediente y dócil; una persona digna de confianza porque testificaba con su virtud la autenticidad de su vocación. Juliana se fijó especialmente en ella; mostraba los rasgos que convenían a una persona de gobierno: era abnegada, vivía desasida de sí misma, atenta a las necesidades de los demás, y se convirtió en el brazo derecho de la santa. Junto a ella permaneció fielmente, auxiliándola y proporcionándole consuelo en la enfermedad.

Juana fue testigo directo de las lesiones que las extremas mortificaciones de la fundadora causaron en su organismo. Veló para que sufriera lo mínimo, de forma respetuosa, tratando de paliar su dolor, edificada por el testimonio que cercanamente constataba día tras día. El aparato digestivo de Juliana estaba gravemente afectado; hubo un momento en el que al no poder deglutir los alimentos cayó sumida en gran debilidad y precisaba continua asistencia. Ni siquiera podía trasladarse de un lado a otro por sí misma. Entonces Juana se convertía en su «bastón». Por eso es creíble, tal como suele afirmarse, que fuese ella la que descubrió el prodigio obrado en el pecho de la santa antes de morir al apreciar en él la huella de la hendidura por la que debió penetrar la Sagrada Forma. Y es que, antes de exhalar el postrer aliento, Juliana deseó ardientemente recibir la Eucaristía. Como era previsible que en sus condiciones no pudiera contener el Cuerpo de Cristo, su anhelo se cumplió milagrosamente. Y Juana, que la amortajaría, debió ver el hecho sobrenatural en la visible cicatriz que éste dejó en la santa.

Después de la muerte de la fundadora, ella le sucedió en el gobierno de la comunidad. Permaneció al frente de la misma más de veinte años, hasta el fin de sus días. Juana fue bendecida con dones singulares, entre otros el de profecía. Murió el 1 de septiembre de 1367. Su cuerpo fue sepultado en la iglesia de la Annunziata de Florencia, y numerosos peregrinos lo veneraron durante largo tiempo. Pasados varios siglos, la sombra de los Soderini seguía siendo alargada. Y en 1828 uno de los descendientes, el conde Soderini, influyente y poderoso como sus antepasados, obtuvo del papa León XII la confirmación del culto. En la iconografía la beata suele aparecer al lado de san Felipe Benizi o bien en solitario portando a veces en sus manos un lirio y otras un libro.

escrito por Isabel Orellana Vilches
(01 de septiembre de 2013) © Innovative Media Inc.

otros santos 01 de septiembre:

- San Josué
- San Gil o Egidio
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