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martes, 15 de septiembre de 2015

15 de septiembre: Santa Catalina de Génova

Viuda
(1447-1510)

Una tragedia doméstica, un conflicto psicológico, y, como solución, un idilio místico: he aquí las tres etapas de la vida de Santa Catalina de Genova. Casada a los dieciséis años, sin vocación para el matrimonio, se abre para ella un período de desolación interior. Había cedido a una conveniencia de familia. Los Flisci y los Adurni, las dos casas que se disputaban el predominio en la ciudad, eran eternos rivales. Siglo tras siglo se transmitían el odio, y con el odio la lucha, como los Capuletos y Mónteseos en Verona. Pero, cansados de sangre, buscaron una reconciliación, y el sacrificio ofrecido a la paz fue Catalina. Catalina era una Flisci, su marido un Adurni, un Adurni rudo, bárbaro, violento, mundano, pendenciero y derrochador. Pocas veces se han juntado en un hogar dos caracteres tan diversos. Catalina era dulce, concentrada, sensitiva, nerviosa, viva de ingenio y profundamente apasionada. Educada en una atmósfera de piedad, comprendió inmediatamente que la compañía de su marido iba a ser el tormento de su vida. No tardó en establecerse un divorcio tácito entre ambos. Pensaba él que le habían casado con una monja; lloraba ella porque la habían unida a un demonio. Él se pasaba la vida en los afanes de la política, en aventuras guerreras, en azares de juego y en casas de placer. Gozaba, brillaba en la sociedad, malgastaba su hacienda y la de su mujer. Ella, entre tanto, se pasaba los días recluida en el palacio, silenciosa, resignada, olvidando su dolor en la lectura de libros piadosos, y llorando delante de una Pietá, que era su única confidente.

Pasaban los años, y el abismo que separaba a los dos esposos se hacía cada vez más profundo. «Pero no es da él toda la culpa, decían a Catalina. ¿Por qué no te esfuerzas en atraerle? ¿Por qué no dejas de llorar? Sonríe, acaricia, vístele tus galas, sal con él a la calle, cubre con carmines la palidez de tus mejillas. Acércate un poco, él se acercará otro poco, y acabaréis por encontraros.» Estos consejos hicieron mella en el alma de la joven esposa. No tardó en pensar que tenían razón los que la hablaban de aquella manera, y sus venenosos argumentos repercutían en el fondo de su alma. En aquel admirable Diálogo entre el cuerpo y el alma, que escribió más tarde, refleja la actitud de su espíritu con estas palabras de la prudencia de la carne: «¡Oh alma mía! Es menester templar un poco tu fervor excesivo y procurar las cosas necesarias al prójimo. ¿Crees que Dios hubiera dado la existencia a las cosas creadas, si tuviésemos que renunciar a ellas?»

De pronto, vióse a Catalina brillar en los salones y frecuentar el trato de la aristocracia genovesa. Reía, conversaba, danzaba, lucia sus sedas y sus collares, recibía visitas y las devolvía, asistía a las reuniones galantes; donde se jugaba, se tocaba el laúd, se contaban cuentos picantes y se decían versos de amor. Su belleza, su talle grácil y esbelto, su aire majestuoso, su ingenio penetrante y la gracia de su conversación le merecieron los mayores éxitos en aquel campo nuevo para ella. De todas partes le llovían felicitaciones, atenciones y cumplimientos. Su mismo marido empezaba a estar orgulloso de ella. Pero ella no era feliz. «En vano—dice—se unían todos los placeres del mundo para contentar mis apetitos. Pronto comprendí que todas las cosas criadas eran incapaces de tranquilizarme, y menos de satisfacerme. Y hay que dar gracias a Dios, que así ha dispuesto las cosas, pues si el hombre pudiese encontrar descanso en la tierra, habría muy pocas almas que se salvasen.»

No obstante, aquella vida mundana se prolongó por espacio de cinco años, cinco años que llenaron de amargura la vida de Catalina. Más tarde no podrá pensar en ellos sin estremecerse, sin sentir angustias mortales y verse en trance de desesperación. «¡Oh amor mío!—exclamaba—; yo no puedo sufrir todo lo que queráis, pero el haberos ofendido es para mí una cosa tan espantosa y tan intolerable, que os pido otra pena que no sea la vista de mis pecados.» Y en otra parte decía: «Yo no sé cómo no he muerto cuando he visto el mal que encierra el más ligero pecado. Yo he visto lo que es una falta leve, y lo he visto un solo instante; sin embargo, mi sangre empezaba a helarse en mis venas, me sentía desfallecer, y creo que la menor prolongación de aquella visión horrible habría despedazado mi cuerpo, aunque hubiese sido de diamante.» Tal vez esto nos permita dar el verdadero valor a aquellas frases en que nos dice Catalina que había perdido la inocencia de su alma, que se había encadenado con lazos vergonzosos, que se había visto abatida por un peso insoportable de pecados.

En 1474 se realiza un nuevo vuelco en aquella existencia agitada. Fue una transformación repentina, un rayo súbito como el que cayó sobre Saulo en el camino de Damasco. Se hallaba en una iglesia, cuando vino la iluminación. Quiso confesarse, pero no pudo hablar, y poco faltó para que cayese en tierra sin vida. Fue una llama de amor que la arrebató fuera de sí misma; quitándole de una vez el uso de la inteligencia, del sentido y de la palabra. Catalina hubiera querido realizar entonces un desdoblamiento de su personalidad para arrojarse sobre sí misma, ultrajarse y pisotearse. Tal era el desprecio y el odio que había concebido contra su vida mundana. De vuelta en su casa, gritaba como fuera de sí: «Yo he merecido el infierno y estoy llena de pecados; y ahora no sé qué hacer. Huiré del mundo; ya no quiero nada con él; pero, ¿dónde esconderé mi vergüenza?»

Y empezó la época de las penitencias, de las oraciones largas e inflamadas, de las cuaresmas enteras pasadas sin probar un solo bocado, de los raptos y las visiones de todos los fenómenos que suelen acompañar a la vida de íntima unión con Dios. El temor había cedido el puesto al amor. «De todos los libros santos—habíala dicho Jesús—, escoge una sola palabra; ella será para ti fuente de integridad, de pureza, de entusiasmo, de alegría: escoge la palabra amor.» «Era—dice ella misma—un torrente de amor tan fuerte, tan violento, tan dulce, tan embriagador, que apenas podía tenerme en pie.» «No encuentro—añadía—expresiones para describirle. Solamente puedo decir que si cayese en el infierno una chispa del fuego que me consume, vendría a ser para sus desgraciados habitantes la vida eterna, transformando la noche en día, las penas en consuelos, los demonios en ángeles.» No exageraba. Agitado por aquella pasión divina, su corazón palpitaba tan furiosamente, que acabó por romper el pecho; y aspirando el aire a través de la abertura, amortiguaba el fuego que le consumía. El cuerpo de Catalina se tornaba incandescente, saltaban chispas de su boca y de sus ojos, y el contacto de sus manos calentaba el agua. «¡Oh amor!, no puedo más», decía ella a veces, postrada en tierra y desfallecida. Y añadía: «Me costaría menos poner la mano en un brasero que tener el corazón en esta hoguera celestial.» Pero si el cuerpo desmayaba, el alma decía siempre: más, más. A un fraile, que veía en el estado del matrimonio un obstáculo para amar a Dios, le decía con furia de celos divinos: «Si yo estuviese persuadida que ese hábito que lleváis pudiese añadir la menor chispa a mi amor, lo arrancaría de vuestras espaldas y lo haría pedazos.» Y dirigiéndose hacia Dios, clamaba enajenada: «¡Oh amor! ¿Quién será capaz de impedirme amaros cuanto quiera?»

Todos cuantos la rodeaban estaban maravillados de aquel sagrado torbellino; pero todos habían quedado más o menos envueltos en él. Su mismo marido ya no era el antiguo jugador, el hombre de la espada al cinto y el juramento en la boca, sino el ciudadano honrado, el esposo amante, el cristiano fervoroso. La vida de Catalina es ahora una vida de seguridad, de confianza ciega, de alegría frenética. No concibe que el dolor pueda convivir con el amor. «El alma que ama—dice ella misma—no puede decir que las penas que padece sean penas. Las persecuciones, el infierno, el martirio, todo es tolerable para ella.» De aquí una doctrina consoladora acerca del eslado de las almas benditas en el purgatorio. Catalina bajó al purgatorio, vio que el purgatorio era una mezcla inefable de tormento y de amor, como su propia vida, el exceso del dolor y el amor sin medida, y con el amor el júbilo íntimo, el contentamiento supremo, que sólo con el del paraíso se puede comparar, la inmensa alegría de cumplir la voluntad del Dios amado y adorado sin desmayo, sin vacilación.

«Al salir las almas de esta vida—dice la santa—ven de una vez para siempre las causas del purgatorio, que ellas llevan consigo, para no volver a recordarlas jamás. Y no descubriendo en sí mismas toda la pureza necesaria para ver a Dios, y viéndose con un impedimento que sólo el purgatorio puede hacer desaparecer, arrójanse al punto en sus llamas, y si no encontrasen este lugar del purgatorio, sufrirían allí instantáneamente un infierno mucho más cruel, al ver que se les quitaba toda esperanza de vivir en compañía de Dios, su último fin. Y si pudiesen dar con otro purgatorio más terrible y que obrase con más rapidez, se lanzarían a él con todo el ímpetu del amor.»

(fuente: www.divvol.org)

otros santos 15 de septiembre:

- Beato Paolo Manna
- Beatos Juan Bautista y Jacinto de los Ángeles

lunes, 14 de septiembre de 2015

14 de septiembre: Santa Notburga de Rottemburgo

Viuda
(1313 d.C.)

Santa Notburga de Rottemburgo, hija de una familia de labradores sin fortuna del Tirol, fue educada muy cristianamente. A los diecisiete años entró a servir como cocinera en el palacio del conde Enrique de Rottemburgo. Enrique y Jutta, su esposa, grandes limosneros, hicieron a Notburga su despensera para con los pobres que llegaban a todas horas a su palacio.

Seis años vivió con los condes; muertos éstos, todo cambió para Notburga. Otilia, la nueva condesa, la maltrató de mil modos, y por fin la arrojó de su casa, teniendo que refugiarse en una pequeña choza en el valle de Eben, Innthal (Tirol).

Volvió de nuevo al palacio de los Rottemburgo, que a la muerte de Otilia heredaron sus hijos, piadosísimos cristianos. Nuevamente despensera para con los pobres, en este oficio la sorprendió la muerte la muerte en 1313.

Sus restos, muy venerados en la región, descansan en una capilla de Eben. Es la patrona del servicio doméstico en el Tirol y la Baviera y se suele representar vestida de campesina tirolesa, y sus atributos son la gavilla, la hoz y un cántaro de leche.

(fuente: www.geocities.ws/misa_tridentina01)

otros santos 14 de septiembre:

- San Gabriel Taurino Dufresse
- San Alberto de Jerusalén

domingo, 13 de septiembre de 2015

13 de septiembre: San Maurilio

Obispo de Angers (Francia)
(336-426)

Maurilio, natural de Milán, se estableció en la ciudad francesa de Touraine, donde se convirtió en discípulo de San Martín, quien le confirió las órdenes sacerdotales. Fue un misionero entusiasta y vigoroso que sabía sacar el máximo provecho de las oportunidades; por ejemplo, cuando un rayo cayó sobre un templo pagano, Maurilio convocó al pueblo para indicarle que aquel había sido un acto de la cólera de Dios y, al momento, con la ayuda voluntaria de todos, inició la construcción de una iglesia cristiana sobre los escombros del templo pagano.

Fue nombrado obispo de Angers, y gobernó su sede con virtud y prudencia durante treinta años. En tiempos posteriores a este santo, ciertos escritores adornaron su existencia con una serie de fábulas absurdas. Ahí está, sin ir más lejos, el caso de un joven agonizante que solicitó al obispo los últimos sacramentos, pero éste tardó en acudir y encontró al joven ya muerto. Acongojado por los remordimientos, el prelado abandonó su sede y huyó hacia las costas bretonas. A la orilla del mar se detuvo junto a una roca en la que escribió estas palabras: "Yo, Maurilio de Angers, pasé por aquí". Después, tomó un barco y se trasladó a las islas británicas, pero al cruzar el canal, la llave de su catedral se cayó por accidente al mar. Entretanto, la población de Angers no podía sobreponerse a la tristeza por haber perdido a su obispo y se propuso encontrar su paradero. Un grupo de ciudadanos siguió sus huellas hasta Bretaña y descubrió la inscripción en la roca. Varios de los hombres de Angers decidieron ir a buscarlo a las islas y, en consecuencia, tomaron una barca para cruzar el canal; cuando navegaban, un pez saltó dentro de la barca; en el vientre del pez se encontró la llave de la catedral de Angers.

Tras algunas investigaciones infructuosas, encontraron a Maurilio que trabajaba como jardinero, y le rogaron que regresara a ocupar su sede. "No puedo regresar nunca a Angers", dijo el prelado, "porque he perdido la llave de mi iglesia". Sin embargo, cuando los ciudadanos le mostraron la llave que habían encontrado en el vientre del pez, el obispo les siguió de buen grado y, al llegar a la sede, se encaminó directamente a la tumba del joven que, por culpa suya, había muerto sin confesión.

Ante el sepulcro llamó al muerto por su nombre, y el joven salió de la tumba vivo, por lo que se le dio el nombre de Renatus (René) y se quedó a morar junto a San Maurilio y le sucedió en la sede episcopal de Angers. A René se le venera como santo lo mismo en Angers, con ese nombre, que en Sorrento, con el de Renato, y se afirma que también fue obispo de aquella ciudad italiana.

La fábula del obispo que se vuelve a encontrar en el vientre de un pez, figura en las leyendas de San Ambrosio de Cahors, San Kentingern, San Maglorio y otros, así como en diversos personajes no cristianos, como en la historia del anillo de Policrates. En Angers existe la tradición de que fue San Maurilio quien estableció en la diócesis la festividad del Natalicio de Nuestra Señora, como consecuencia de que uno de sus fieles tuvo una visión de ángeles músicos en la noche de setiembre; pero este caso merece tan poco crédito como otras muchas de las historias que se cuentan sobre el santo obispo. El día 3 de este mismo mes de setiembre, se celebra la fiesta de otro San Maurilio, un obispo de Cahors que murió en el año de 580.

Texto de: Ayuda Católica Feliz 
 Fuente: BUTLER, Alban. Vida de los santos. Editorial C.I. Jhon W. Clute, S.A. México. 1965 (fuente: www.manificat.ca)

otros santos 13 de septiembre:

- San Juan Crisóstomo
- Santa Ketevan de Georgia

sábado, 12 de septiembre de 2015

12 de septiembre: Beata María Victoria de Fornari-Strata

Poco después de su muerte, la Beata María Victoria de Fornari-Strata se apareció a una devota suya usando tres vestidos: el primero era de color oscuro, pero adornado con oro y plata; el segundo también era oscuro, pero adornado con joyas brillantes; el tercero era blanco?azul reluciente. Esta visión, prescindiendo de su historicidad, sintetiza los tres estados de vida (conyugal, viudez y religioso) por los que ella pasó: fue, efectivamente, hija, esposa, madre, viuda y religiosa (fundadora, superiora y simple monja). Su vida ejemplar dio testimonio de las más variadas virtudes.

María Victoria nació en Génova en 1562, séptima de nueve hijos de Jerónimo y Bárbara Veneroso. Como creció en un ambiente de amor y de piedad bastante austero, probablemente quiso entrar en la vida religiosa, pero cuando los padres le encontraron un pretendiente en la persona de Angel Strata, se unió a él en matrimonio a los 17 años. Pronto llegaron los hijos. Cuando Angel murió, sólo ocho años y ocho meses después del matrimonio, cinco muchachitos se agarraban a las faldas de la joven madre (tenía 25 años) y un sexto nacería un mes después.

A pesar de sus hijos, María Victoria se sintió de repente sola y abandonada y pasó por una tremenda crisis, durante la cual pidió varias veces la muerte: una experiencia humana que después le ayudaría a comprender y a ayudar mejor a las jóvenes desorientadas por alguna amarga prueba. Pasada la crisis, hizo tres votos: de castidad, de no llevar nunca joyas ni vestidos de seda, y de no participar en fiestas mundanas.

Después que las hijas se hicieron canónigas lateranenses y los hijos entraron con los mínimos, ella se unió a Vicentina Lomellini-Centurione, a María Tacchini, a Clara Spinola y a Cecilia Pastori en la Orden de las Hermanas Anunciatas Celestes, en el monasterio preparado para ellas en el Castillito de Génova de Esteban Centurione, el esposo de Vicentina, que también se hizo religioso y sacerdote. Por su hábito las religiosas fueron llamadas “turquinas” o “celestes”.

La Regla, redactada por el jesuita Bernardino Zanoni, padre espiritual de María Victoria, estimulaba a las religiosas a una íntima devoción hacia la Santisima Virgen de la Anunciación, y establecía una intensa vida de piedad, de pobreza genuina y una rigurosa clausura. Fundadora y superiora, María Victoria pasó los últimos cinco años como simple religiosa, dando ejemplo de humildad y obediencia.

Murió el 15 de diciembre de 1617, y fue beatificada por León XII en 1828.

escrito por P. Ángel Amo. 
(fuente: catholic.net)

otros santos 12 de septiembre:

- San Guido
-  Beata María Luisa Angélica (Gertrude) Prósperi

viernes, 11 de septiembre de 2015

11 de septiembre: San Juan Gabriel Perboyre

Presbítero y mártir
(1802-1840)

Nació en Puech (Francia) en 1802. Desde temprana edad se manifestó su vocación y su destino. Frecuentaba las iglesias del lugar y, al parecer, uno de los sermones que escuchó le impresionó de tal manera que anheló desde aquel instante ser misionero y sufrir el martirio.

Poco después de cumplir quince años de edad ingresó en la congregación de san Vicente de Paul. En el transcurso del noviciado manifestó una conducta ejemplar; dedicaba todo el tiempo libre al estudio de los textos sagrados, la penitencia y la oración. A partir de 1823 insistió ante sus superiores en el deseo de dedicarse a las misiones de China.

En aquel tiempo el territorio de dicho país estaba vedado a los sacerdotes cristianos. Aquel que fuera descubierto tenía por delante la cárcel, las torturas y la muerte. Y aunque a Juan Gabriel Perboyre no le arredraba esta perspectiva, sus superiores no le otorgaron el ansiado permiso.

Después de cursar brillantemente los estudios de teología, se lo destinó como profesor al seminario de Saint-Flour. Tanto sobresalió en esta tarea, que años después, en 1832, fue designado subdirector del noviciado que los lazaristas tenían en París. Doce años tuvo que esperar para ver cumplidos sus deseos. En 1835 partió para Macao. Durante cuatro meses se aplicó al estudio del idioma chino, en el que alcanzó sorprendentes progresos con rapidez. Tuvo que disfrazarse y vestir a la usanza de los naturales del país; se hizo rapar la cabeza y se dejó crecer la coleta y los bigotes.

Le destinaron la misión de Honán. En el ejercicio de esta actividad se dedicó preferentemente a la salvación de los niños abandonados, de los que había gran número; los recogía, los alimentaba y educaba, instruyéndolos como podía en la doctrina. Viajaba a pie, a veces en lentos carros tirados por bueyes. Muchas veces se quedó sin comer, pasando las noches al descubierto, padeciendo el frío, el viento y la lluvia que lo calaba hasta los huesos; pero siempre con alegría, respirando el aire de la libertad, de la vocación conseguida y realizada, con la sangre ardiendo en el sacrificio y en la fe.

Dos años después fue enviado a la provincia de Hupeh, que sería el lugar de su martirio. En el año 1839 había irrumpido un violento brote de persecución. Por orden del gobernador la misión fue ocupada por las tropas. Los padres lazaristas que lograron escapar anduvieron errantes al sur del Yang-Tse Kiang, por los montes y las plantaciones de té y algodón. Deshecho de cansancio, Juan Gabriel Perboyre se detuvo en una choza, ocupada por un chino convertido que lo recibió con amabilidad. Mientras nuestro santo dormía, aquél lo delató a un mandarín, recibiendo en pago treinta monedas de plata. De aquí en más, el padre Perboyre recorrió un itinerario de sufrimientos. Fue llevado interminablemente de tribunal en tribunal, siendo azotado, escarnecido y torturado, puesto en prisión junto a malhechores comunes; con hierros candentes grabaron en su rostro caracteres chinos, pero fracasaron al querer que pisoteara un crucifijo.

Al año de ser capturado se dio fin a su martirio, en la capital, Wuchangfú, ahorcándolo en un madero con forma de cruz, el 11 de septiembre de 1840, junto con el padre Francisco Regis Clet, lazarista como él, después también beatificado.

Texto de: La Palabra Binaria
(fuente: www.magnificat.ca)

otros santos 11 de septiembre:

- San Pafnucio
- San Juan Perboyre

jueves, 10 de septiembre de 2015

10 de septiembre: Beatos Sebastián Kimura, Francisco Morales y 50 compañeros mártires

Santos Mártires de Japón
(1622)

Mientras el mikado se divertía en su palacio de Tokio, Jeyasi Tokugawa gobernaba el Imperio. Guerrero afortunado, administrador inteligente y gran patriota, había logrado en poco tiempo inaugurar una era de esplendor para la nación nipona. Los daimios de los señoríos diversos acataban el poder central, la unidad estaba restablecida, empezaba a florecer la industria de la seda y prosperaba el estudio de las ciencias y las artes, y Jeyasi, canciller, regente, alto y poderoso señor—Daifusama—, aparecía rodeado de sabios y de artistas. Aquel despertar nacional trajo el odio contra lo extranjero, contra lo europeo, lo español, lo cristiano. Los misioneros empezaron a ser mirados con prevención, como espías de España, como agentes del gobierno de las Filipinas; la predicación del Evangelio apareció como un instrumento de los occidentales para dominar el Oriente, y la religión cristiana, que en medio del siglo había ido infiltrándose en todas las clases de la sociedad japonesa, fue presentada por los bonzos como la muerte del espíritu racial.

La persecución se mascaba en el ambiente, y acabó por estallar a principios de 1613. Fue larga, tenaz, metódica y porfiada. Durante diecisiete años, los cristianos japoneses dieron testimonio de su fe con una constancia heroica, con una fidelidad emocionante. Su generosa actitud forma un drama religioso, cuyos episodios principales pueden compararse a los más bellos de las persecuciones romanas. Los neófitos indígenas compiten en grandeza de alma con sus catequistas, los frailes europeos; los niños se muestran tan heroicos como los ancianos cansados de vivir. En lo alto de las colinas se veían bosques de cruces sangrientas; en las plazas humeaban las hogueras donde expiraron los confesores. Se contaban por miles los quemados, crucificados, mutilados y desterrados. Eran príncipes, doctores, industriales, oficiales de la guardia y soldados; gentes del pueblo, de la nobleza y de la Universidad. Tampoco faltaron bonzos, aunque fueron ellos, los sacerdotes de los ídolos, los mayores enemigos de los misioneros y los causantes de la persecución.

En Meaco se decretó que los que no abjurasen la religión de los europeos serían quemados vivos. Por burla, el pregonero añadió que los refractarios debían aprontar los postes del suplicio, y sucedió que, al día siguiente, a las puertas de las casas aparecieron tantos postes cuantos eran los cristianos que vivían dentro. Para poder imitar aquel ejemplo, un hombre vendió sus vestidos, y una mujer su cinturón. Asustado de aquel entusiasmo, el perseguidor eligió sólo a treinta de los más principales, los metió desnudos en sacos de esparto llenos de agudas puntas, y después de haberlos rodado por las calles, mandó que lo amontonasen unos sobre otros, como si estuviesen llenos de trigo. Así estuvieron un día entero, oyendo indiferentes las exhortaciones de los bonzos. Doce mujeres, de las más nobles y hermosas, encerradas en un lugar de prostitución, pidieron unas tijeras para cortarse los cabellos, y se desfiguraron la cara de una manera tan horrible, que nadie se atrevió a atentar contra su virtud. Los condenados a la hoguera caminaron al suplicio en nueve carretas. Delante caminaba un pregonero anunciando que se les quemaba por ser cristianos. Y ellos gritaban: «¡Viva Jesús, el que murió por nosotros!» Al llegar a la plaza, les ataron a los postes de dos en dos, y fueron consumidos a fuego lento.

La provincia de Arima fue una de las más castigadas por el azote de la persecución, tal vez porque el daimio era un apóstata y quería hacer olvidar sus antiguos fervores cristianos. Él mismo se encargo de acabar con dos de los más distinguidos cristianos de la provincia: Tomás Ferboya y Matías Xocuro. Invitado a presentarse en el palacio para asistir a un banquete, Tomás bendijo a sus hijos, y se presentó tranquilo al gobernador. Mientras se hacían los preparativos de la comida, el renegado hizo traer un sable, lo desenvainó, y enseñándolo a su huésped, preguntóle qué le parecía. «He aquí un arma—dijo Tomás—muy buena para cortar la cabeza de un hombre que sabe que no le habéis de ofrecer otro plato.» Nada contestó el gobernador; pero aprovechando un momento en que Tomás parecía distraído, descargó sobre su cabeza tan recio golpe, que le dejó muerto a sus pies. Algunos momentos después hacia otro tanto con Matías Xocuro. Ocho individuos de la mejor sociedad de Arima fueron condenados al fuego. Se llamaban Adriano Mondo, León Faiuxida, León TaquenDoni, la mujer de Mondo, llamada Juana; una hija, que se llamaba Magdalena; un hermano de Magdalena, de nombre Diego, que sólo tenía doce años, y la mujer y un hijo de TaquenDoni, llamados Marta y Pablo. Cuando se divulgó la nueva de su martirio, acudieron de toda la región más de veinte mil cristianos, deseosos de morir también. Venían en orden perfecto, coronados de guirnaldas, cantando himnos y agitando rosarios. A su encuentro salen todos los cristianos de la ciudad, llevando en las manos y en las frentes ramos y coronas de flores. Todos ellos formaban un cinturón triunfal en torno a los mártires y les acompañan hasta la hoguera. Allí se veían ocho columnas, que sujetaban un techo de madera. Antes de comenzar la sangrienta tragedia. TaquenDoni se puso en pie sobre su columna, y, reclamando silencio con la mano, dijo a la multitud: «Hermanos míos, admirad la fuerza de la fe: estos preparativos nos llenan de alegría, y en medio de las llamas estaremos más alegres aún; ellas acelerarán nuestra victoria y nos darán el gozo de la inmortalidad.» Algo después, los ocho héroes, sujetos a los postes, desaparecían en medio de un torbellino de humo. El fuego parecía respetar al niño Diego. Consumidas sus ligaduras por las llamas, seguía cantando jubilosamente. De repente se le vio dejar su columna y caminar a través de las brasas. Creyendo que intentaba escaparse, de todas parles le gritaban: «Ten valor, mártir de Cristo.» Pronto se dieron cuenta de que iba a reunirse con su madre, para exhalar entre sus brazos el último suspiro. Magdalena, su hermana, quedaba también en pie, y aunque enteramente chamuscada, parecía llena de vigor. Se la veía inmóvil, con los ojos clavados en el Cielo, transfigurada por el éxtasis más que por la llama. Todos pensaban que el alma había volado ya al Cielo, cuando observaron con admiración que recogía un puñado di ascuas encendidas, las colocaba sobre su cabeza y, como si fuese una corona nupcial, decía: Itindaqui Marasuru, que significa: «Las estimo tanto, que las pongo sobre mi cabeza.»

Entre tanto, legiones de fieles eran llevados como rebaños a los arenales de las provincias del Norte o encerrados en calabozos inmundos y desmantelados. Entre los condenados sufrían los frailes españoles, que, arrojados del Impelió en el primer momento de la persecución, habían vuelto a entrar vestidos de mercaderes, de soldados, de Mártires de Japónesclavos, de marineros. Indiferentes a todos los peligros, caminaban de provincia en provincia fortaleciendo a los vacilantes, preparando a los confesores, celebrando y administrando los sacramentos en las casas particulares, instruyendo a los catecúmenos y ganando nuevos neófitos a Cristo. «Lo que más me consolaba—dice uno de ellos—era ver que los fieles venían de veinte, de treinta y de cuarenta leguas para recibir los auxilios de la religión. Entre los que yo confesé había algunos que en tres o cuatro años no lograron recibir la Sagrada Eucaristía, y, sin embargo, estaban libres de todo pecado venial. Habiéndoles preguntado yo cómo habían logrado vivir con tal perfección durante tanto tiempo, ellos me respondían: «Padre, bien sabeis que no teníamos confesores; ¿qué hubiera sido de nosotros si hubiésemos caído en alguna infidelidad?»

Quien así hablaba era el Padre Diego de San Francisco, comisario de los franciscanos, que padeció inmensas penalidades y estuvo a punto de morir por la fe. Su pluma nos hace una viva pintura de las cárceles infectas, donde se amontonaban los confesores de la fe. La de Jendo, en que él vivió muchos meses, juntamente con más de un centenar de detenidos, tenía doce brazas de largo por cinco de ancho. Era tan baja y oscura, que los prisioneros apenas podían verse unos a otros. Se les pasaba el alimento por un agujero, y veinticuatro guardias vigilaban la puerta. «Antes de introducirnos en aquel lugar—dice fray Diego—, se nos despojó de nuestros vestidos por si guardábamos alguna cosa de valor. A mis compañeros les cogieron el rosario que llevaban al cuello. Se esforzaron por quitérmelo también a mí, pero el jefe se lo prohibió. En el mismo encierro se encontraban otros ciento cincuenta penados, diez de ellos cristianos. Mi presencia les llenó de consuelo, y al punto me pidieron que les confesase. Empecé a predicar el Evangelio, y a los pocos días pude bautizar a sesenta. Es imposible decir lo que sufríamos. Estábamos tan juntos unos a otros, que apenas podíamos movernos. Inútil pensar en echarnos en el suelo. No quiero hablar de los millones de insectos que nos devoraban. Nuestro alimento era tan insuficiente y tan malo, que más de cuarenta sucumbieron. Un cristiano que había conseguido introducir un poco de arroz, ganando a los guardias a precio de oro, fue castigado a sufrir nuestra misma condena. Era muy piadoso. En el arrebato de su fervor, me decía con frecuencia: «Padre, sólo sentiría que me dejasen en libertad. ¡Qué pena para mi si, en medio de estos peligros, llegase a caer en alguna falta!» ¡Pobrecillo! La violencia de los sufrimientos fue tal, que al poco tiempo se quedó ciego, y, sin embargo, seguía tan alegre como si se encontrase en el paraíso.

»Con el hambre, la sed y los insectos, teníamos que soportar un calor sofocante. Y lo peor de todo es que cuando uno moría, su cadáver quedaba entre nosotros, a veces durante ocho días. La aparición de la lepra nos llenó de terror; y yo mismo me vi cubierto de los pies a la cabeza. Hubiera querido que el mundo entero presenciase aquel martirio, de un género nuevo: hubiera sido una imagen del infierno muy propia para despertar el horror del pecado. No faltaban tampoco los demonios. Eran seis criminales famosos, condenados a morir de hambre. Eran terribles, y cada día nos amenazaban con la muerte para que les diésemos el alimento que nos traían. ¡Ay de aquellos que osaban resistirles! Gritos, blasfemias, horrores espeluznantes, odio, rabia, violencia y desesperación. A éstos se Juntaron algo más tarde oíros treinta bandidos, cargados de lepra y de crímenes, que nos impidieron, bajo las más terribles amenazas, todo ejercicio religioso. Hasta que ellos llegaron, nos consolábamos siguiendo un régimen casi de comunidad. Al despuntar el día, todos nos levantábamos al mismo tiempo y nos poníamos de rodillas para rezar la oración de la mañana, con edificación de los mismos paganos. Terminada la oración, nos reuníamos en torno a los enfermos, para consolarles y animarles. A mediodía, yo daba una conferencia y dirigía el rezo del rosario, que terminábamos invocando los dulces nombres de Jesús y de María. Por la tarde, hacíamos la meditación, y con ella terminábamos el día.»

Uno de los momentos más memorables de aquella persecución fue la muerte de los mártires de Nangasaki. Eran veinticinco. Entre ellos había varios frailes españoles: dos franciscanos. Pedro de Avila y Vicente de San José; un jesuíta, el Padre Carlos Spínola, y cinco Doninicos: Francisco de Morales, Alonso de Mena, Ángel Ferrer, Jacinto Orfanel y José de San Jacinto. Después de largos y dolorosos padecimientos, se les leyó la sentencia, que les condenaba a sufrir el fuego. Recibieron la noticia cantando salmos. El campo de la ejecución estaba a la orilla del mar. A él se dirigieron los condenados, atados a la cola de un caballo y seguidos de una multitud innumerable. El Padre De Avila, que tenía una voz potente y hablaba el japonés como el castellano, arengaba desde su bestia a los que le rodeaban. Vicente de San José rompía la marcha, llevando un estandarte de damasco en el cual se leía el nombre da Jesús; los demás oprimían la cruz entre sus brazos y cantaban.

En el cadalso, y clavadas en tierra, se veían veinticinco columnas de madera formando una circunferencia, con la pira en el centro. A cada uno de los postes fue atado un mártir, pero de tal modo, que a la primera sensación dolorosa de la llama pudiese desatarse y huir, declarando de este modo que abandonaba la religión de Cristo. Frente a ellos había otros treinta y cuatro condenados a la decapitación, colocados en orden, y cada uno con el verdugo al lado. Los asistentes no bajaban de setenta mil. Era un espectáculo grandioso. Relumbraban las armas, sonreían los mártires, sollozaban los fieles, y los paganos se estremecían ante aquel heroísmo, declarando que una religión capaz de producir tales maravillas debe de ser divina y celestial. El tambor levantó su lúgubre sonido, y en el mismo instante treinta y cuatro cabezas de hombres, mujeres y niños rodaron por el suelo. Los guardias las recogieron, colocándolas en una mesa delante de los veinticinco atletas que debían morir en las llamas. Algunas parecían moverse y pestañear todavía. Los clarines dieron la señal de encender la hoguera, y, agitadas por el viento, las llamas iban y venían, se retorcían, silbaban y restallaban, acariciando ora a unos, ora a otros de los confesores. Y entre las chispas saltaban las palabras de los veinticinco héroes, gritos de aliento, versos de salmos, albricias, jaculatorias, voces de júbilo, de alabanza y de victoria. Las llamas obraban lentamente. El drama sublime, comenzado a mediodía, se prolongaba horas y horas, y al día siguiente, por la mañana, aún se oían los suspiros de las víctimas pronunciando los nombres de Jesús y de María. Entre el coro luminoso se distinguía una mujer, Lucía Fleitey. Sonriente en medio de las llamas, parecía un ángel bajado del Cielo. Su único sentimiento era ver que el fuego había consumido sus vestiduras. Más que verse atada, la atormentaba verse desnuda. Pero hubo un momento en que lo olvidó todo: fue cuando un joven japonés, vencido por la violencia del dolor, rotas las cuerdas, abandonó la estaca. «¿Qué haces, desgraciado?—le gritó Lucía.—¿Abandonas el campo en el momento de vencer?» Avergonzado por este varonil apostrofe, el desertor se echó a los pies de los soldados, pidiendo que acabasen con él, y, casi agonizante, fue arrojado a la hoguera. Ni uno solo de aquel brillante escuadrón faltó a la cita de Cristo, Veinticinco palmas, veinticinco coronas, veinticinco frentes victoriosas.

(fuente: www.divvol.org)

otros santos 10 de septiembre:

- Santa Pulqueria
- San Nicolás de Tolentino

miércoles, 9 de septiembre de 2015

09 de septiembre: Beata Maria Euthymia (Emma) Üffing

1914-1955

Sor María Euthymia (en el mundo: Emma Uffing) nació el 8 de abril 1914 en Halverde, Alemania. Ella era la hija de Augusto Uffing y Maria Schmidt, y se crió con 10 hermanos y hermanas en un entorno de ciudad pequeña. Su familia era muy religiosa y paricipaban activamente en la parroquia de su pueblo, lo cual la influyó desde su infancia. Con tan solo 18 meses padeció una forma de raquitismo que la dejó con una mala salud por el resto de su vida; también complicó su desarrollo físico. A pesar de esto, ella nunca se quejó, pero se dedicó a ayudar en la granja; ella no se indignaba cuando fue tratada injustamente y, siempre que podía, ella perdonó a sus hermanos y hermanas cualquier trabajo desagradable.

El 27 de abril 1924 Emma hizo su Primera Comunión y el 3 de septiembre 1924 recibió el Sacramento de la Confirmación. A la edad de 14 años, Emma expresó su deseo de convertirse en una hermana religiosa. El 1 de noviembre de 1931, comenzó su formación como aprendiz de administración del hogar en el hospital cercano de St Ann en Hopsten, que se completó en mayo de 1933. Aquí conoció a las Hermanas de la Caridad de Münster. La madre superiora de la casa, Sor Euthymia Linnenkämper, agradeció la actitud de Emma de servicio constante y disponibilidad.

Pero, poco antes de la muerte de su padre en 1932, regresó a su casa para cuidar de él. Con el permiso de su madre en marzo de 1934, Emma envió una carta a la Casa Madre en Münster pidiendo ser admitida en la Congregación de las Hermanas de la Caridad. Después de una vacilación inicial por los Superiores de la Orden, debido a su delicada salud, aceptaron la petición de Emma. El 23 de julio, Emma Uffing entró en la Congregación de las Hermanas de la Caridad en Münster como uno de las 47 postulantes. Ella tomó el nombre de "Euthymia", como ella había deseado fuertemente en memoria de la madre superiora en Hopsten, Euthymia Linnenkämper.

Durante su formación, se preparó intensamente y concienzudamente para cumplir su gran deseo de estar al servicio de Dios y de la humanidad, que se cumplió el 11 de octubre de 1936, cuando hizo su votos simples. En una carta a su madre ella felizmente escribió: "Encontré al Señor que ama mi corazón, quiero abrazarlo y nunca dejarlo ir" (cf. Canción 3,4).

En octubre de 1936 Sor M. Euthymia fue destinada al Hospital de San Vicente, en Dinslaken. El 3 de septiembre de 1939, después de pasar sus exámenes con distinción, recibió un diploma de enfermería. Un año después, el 15 de septiembre de 1940, Sor M. Euthymia hizo su profesión perpetua.

En tiempos de guerra, la pobreza hizo el trabajo de asistencia a los enfermos más difícil. En 1943, Sor M. Euthymia se encargó de ayudar a los presos enfermos de guerra y de los trabajadores extranjeros, especialmente los británicos, francés, ruso, polaco y nacionalidad ucraniana que tenían enfermedades infecciosas. Se dedicó a ellos con cuidado incansable y cordialidad. El sacerdote francés, el P. Emilio Esche, que vivió como prisionero de guerra en el hospital de Dinslaken hace varios años, a condición de un testigo extraordinario: Cuando está en contacto con los enfermos (Sr M. Euthymia) estaba lleno de una obra de caridad y bondad que entró de su corazón, nada era demasiado para ella. Ella sabía que al permanecer junto a los presos enfermos debería lidiar con sus sufrimientos físicos. A través de su cálida simpatía y cercanía, ella les brindó seguridad y protección. Rezó con los enfermos y se aseguró de que pudieran recibir los Santos Sacramentos .... "la vida de Sor Euthymia era un canto de esperanza en medio de la guerra", dijo el P. Emile Esche.

Después de la guerra, Sor M. Euthymia, que había trabajado anteriormente con tanta dedicación a los enfermos, se encargó de trabajar en Dinslaken y, tres años más tarde, se dirigió a la Casa Madre y de la Clínica San Rafael en Münster. Aunque ella había querida ayudar a los enfermos, se adaptó a esta nueva tarea sin dificultad. "Todo es para Dios Todopoderoso", fue su respuesta.

A pesar de que había una enorme cantidad de trabajo que era muy exigente, ella siempre mantuvo una clase y disposición religiosa, que tenía una sonrisa amable y una buena palabra y estaba dispuesta a ayudar a cualquier persona que se lo solicitaba. Ella vivió cada día de su vida de una manera extraordinaria. Todo su tiempo libre, que era por lo general poco, ella lo pasaba orando ante el Sagrario. Muchos de los que la conocieron, le pedían que intercediera por ellos en sus oraciones.

Tiempo después enfermó de cáncer, lo que trajo a Sor M. Euthymia una muerte prematura después de largas semanas de enfermedad. Ella murió en la mañana del 09 de septiembre 1955.

traducido por mallinista 
(fuente: vatican.va)

otros santos 09 de septiembre:

- Beato Pedro Bonhomme
- San Pedro Claver
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