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martes, 22 de septiembre de 2015

22 de septiembre: San Mauricio y compañeros máritres

(Fines del siglo III)

En un primer plano hacia la derecha nos salen al encuentro los oficiales de la legión Tebea. Destacándose su figura en el fino gesto de su mano con un dedo en alto, San Mauricio, el caudillo de la tropa "rebelde". En conversación con él, hablando con las manos ya que no pueden hacerlo con las palabras, los otros oficiales que sostuvieran la resistencia: Exuperio, Cándido y Víctor. Un niño, siempre los pajecillos en sus lienzos, sostiene un yelmo, porque todas las figuras aparecen destocadas. Y a la derecha del protagonista, un grupo de cabezas que en este caso hablan con los ojos, atentos al diálogo de sus jefes.

Todo es aquí contenido, sereno, helénico, salvo en las nerviosas piernas desnudas de estos soldados que parecen arder. Porque la llama es más bien interior, y el agitarse de los espíritus está expresado con música de fondo, en ese flamear de la amplia bandera carmesí, en las lanzas erectas y en el cielo atormentado que los cobija.

Con más intencionalidad en la escena de la izquierda, disimuladamente descrita en todo su horror de carnicería. Allí está el tormento como esquivado en su representación somera; pero allí está a la vez la clave para entender el coloquio de las cuatro figuras principales y adivinar su heroísmo y santidad.

Aunque la santidad nos la explica mejor la escena de arriba. Porque Dominico Theotocópuli gusta de establecer zonas contrapuestas, la terrenal, en que recoge el hecho y anécdota, y la sobrenatural, donde un coro de ángeles músicos y una pareja de ángeles con palmas y coronas, aparte de hacer del lienzo un maravilloso poema cromático, nos dicen que aquellos mílites no son héroes de Homero, sino mártires cristianos.

En esta obra, que puede clasificarse entre las mejores del Greco, palpita un poderoso acento sentimental, si bien, su autor, transido de brisas clásicas, ha querido diluir la emoción del conjunto, desparramándola en los colores insólitos —azules y amarillos— nunca vistos en él, y en su opulencia decorativa.

El Cretense, con esta composición de su primera época española —1582—, quiso ofrecer a Felipe II, que se la encargaba en 1579 para una de las capillas de El Escorial, una prueba de sus posibilidades de gran artista, por encima de todos los "manierismos". Mas el lienzo, dice el padre Sigüenza, "no contentó al monarca", y no llegó a ser colocado nunca en la capilla, pasando a las salas capitulares, donde todavía se exhibe. El rey en cierto modo tenía razón, porque el cuadro, por su asimetría y lo tripartito de la composición, no es devocional, aunque capte maravillosamente la psicología de los personajes y narre las tres fases del tema. Lo cierto es que Theotocópuli cobró los 800 ducados del contrato, y se volvió a Toledo. Nunca Felipe Il hizo mejor servicio a la ciudad imperial.

El joven artista encendió ya entonces la controversia. "Dicen (que el cuadro) es de mucho arte, y que su autor sabe mucho, y se ven cosas excelentes de su mano", vuelve a anotar el padre Sigüenza. El artista, para vengarse de sus émulos, firmó su obra en una hoja de papel que muerde una víbora, alusión patente a los envidiosos.

Si he traído aquí al pintor cretense es porque ha popularizado con aquel lienzo que no gustó a Felipe Il el martirio de San Mauricio y sus compañeros.

Pues lo que el Greco expresó con sus pinceles lo narra en una prosa llena de colorido el obispo de Lyón, San Euquero, muerto a mediados del siglo V. Este Santo es el autor de la "passio" de San Mauricio y la legión Tebea, donde pretendió recoger las tradiciones orales "para salvar del olvido las acciones de estos mártires".

Aunque cita testigos de su relato, ninguno de ellos puede ser contemporáneo, ni siquiera a través de tercero, de los hechos que narra, por haber transcurrido un hiato de siglo y medio.

Diocleciano había asociado a su Imperio a Maximiano Hércules. Ambos, feroces enemigos del nombre cristiano, decretaron la última y la más terrible de las persecuciones.

Maximiano hubo de acudir a las Galias para reprimir un intento de sublevación de aquellos pueblos, y entre las tropas que reunió se encontraba la legión Tebea, procedente de Egipto y toda compuesta de cristianos. Al ir a incorporarse a su destino, Mauricio, comandante de dicha legión, visita en Roma al papa Marcelo, Llegados a Octadura, la actual Martigny en el Valais, junto a los desfiladeros de los Alpes suizos, Maximiano ordena un sacrificio a los dioses para impetrar su protección en la campaña que pensaba emprender.

Los componentes de la legión Tebea rehusan sacrificar, apartándose del resto del ejército y yendo a acampar a Agauna, entre las montañas y el Ródano, no lejos del lado oriental del lago Lemán.

Maximiano monta en cólera cuando conoce el motivo de la deserción, dando orden de que los legionarios rebeldes sean diezmados y pasados a espada. Los sobrevivientes se reafirman en su fe y se animan a sufrir todos los tormentos antes que renegar de la verdadera religión.

Maximiano, cruel más que una bestia feroz, ordena diezmar por segunda vez a los soldados cristianos. Mientras se lleva a cabo la orden imperial, el resto de los tebanos se exhortan mutuamente a perseverar, sostenidos por sus jefes: Mauricio, a quien el narrador llama primicerius, o comandante en jefe de la legión, aunque en la terminología castrense romana no designara tal nombre esa función; Exuperio, campidoctor (término equivalente a lo que hoy llamaríamos un oficial de menor graduación) y Cándido, senator militum, también oficial. Encendidos con tales exhortaciones de sus jefes y oficiales, los soldados envían una delegación a Maximiano para exponerle su resolución.

Al describir tales incidentes, Euquero pone en las bocas de los protagonistas largos discursos, a la manera de Tito Livio y los historiadores clásicos. Los legionarios tebanos declaran que no pueden faltar al juramento prestado a Dios. Que obedecerán al emperador siempre que su fe no se lo impida, y que si determina hacerlos perecer, renuncian a defenderse, como tampoco lo hicieran sus camaradas, cuya suerte no temen seguir.

Viéndoles tan obstinados, Maximiano envía a sus tropas contra ellos, que se dejan degollar como mansos corderos, Corren arroyos de sangre como jamás se viera en las más cruentas batallas.

Víctor, veterano licenciado de otra legión, pasa casualmente por el lugar del suceso, mientras los verdugos festejaban su crueldad. Inquiere la causa, y al informarse lamenta no haber podido acompañar a sus hermanos en la fe. Entonces los verdugos le sacrifican juntamente con los demás.

Según Euquero, toda la legión Tebea, compuesta de 6.600 soldados, fue pasada por las armas, si bien de entre tantos mártires sólo se conoce el nombre de Mauricio, Exuperio, Cándido y Víctor. "Los restantes nombres, que nosotros ignoramos, están inscritos en el libro de la vida."

De la lectura de la pasión se destaca un dato incontrovertible: En el siglo V y aun en el IV se daba culto en Agauna a unos soldados mártires, y esto representa un testimonio de la mayor importancia.

Las circunstancias del martirio aparecen ya menos claras, y el sincronismo establecido por Euquero no concuerda con la historia general que conocemos.

Sitúa el suceso durante la gran persecución de Maximiano, cuando ya la Galia estaba gobernada por Constancio Cloro, que no aplicó los decretos persecutorios. Además, resulta improbable que los soldados martirizados fuesen 6.600, pues ésta era la cifra teórica de los hombres de una legión, que por aquellas fechas se reducía en la práctica al millar de combatientes.

Sea lo que fuere de estos detalles, lo que no cabe dudar es que a finales del siglo III ocurrió en Agauna un martirio colectivo de soldados cristianos, hecatombe de la que existen casos parecidos, como los cuarenta mártires de Sebaste.

¿Procedían aquellos soldados de la Tebaida egipcia? Bien pudiera ser, aunque los legionarios tebanos no estuvieran normalmente de guarnición en la región del Valais. No veamos en ellos un puro simbolismo, como si hubieran sido calificados de tebanos por ser la Tebaida la tierra clásica de santos y ermitaños del primitivo cristianismo.

Acerca de los nombres de los oficiales que nos ha transmitido Euquero, corresponden perfectamente a soldados de entonces, y no hay por qué dudar de su autenticidad. Mauricio significa "negro" (moro), Cándido, "blanco"; Exuperio, "levantado en alto ", y Víctor, "victorioso".

Ya en el siglo IX la fiesta de San Mauricio y de sus compañeros mártires de la legio felix Agaunensis era celebrada en Roma y en toda la cristiandad. Merece destacarse el hecho de que el ceremonial de la coronación de los emperadores, compuesto hacia el siglo XI, determina que el Papa corone al emperador en la basílica de San Pedro, en el altar de San Mauricio, invocando su protección sobre el ejército "romano y teutónico".

Según refiere el citado Euquero, fue San Teodoro, obispo del Valais, quien hizo exhumar los restos de los mártires tebanos, levantando en su honor una pequeña basílica, de la cual se han encontrado huellas en excavaciones efectuadas en el pasado siglo, corno también de otros santuarios levantados en aquellos parajes.

El 22 de septiembre del 515 pronunció San Avito, obispo de Viena, una homilía para la inauguración de la abadía de Agauna, fundada por el piadoso rey Segismundo.

El abad Alteo, pariente de Carlomagno, hizo levantar una iglesia mayor a fines del siglo VIII, conservada cuando se construyó otra nueva basílica en el siglo XI.

Los canónigos regulares se establecieron en Agauna el año 1128, y allí han perdurado siempre. La actual abadía fue reconstruida en el siglo XVII.

Los mártires de la legión Tebea fueron venerados por todas partes, y de ellos hay reliquias en infinidad de iglesias, como Viena del Delfinado, San Cugat del Valles, El Escorial, catedral de Toledo, etc. En Francia sesenta y dos municipios llevan el nombre de Saint-Maurice.

Hasta las armas de este Santo fueron objeto de veneración. Carlos Martel quiso servirse de la lanza de San Mauricio y de su morrión cuando presentó batalla a los sarracenos en Poitiers. Los duques de Saboya, en cuyo territorio está comprendido el lugar de su martirio, llevaron siempre el anillo de este Santo como una de las más preciosas señales de su soberanía.

También hay una orden militar, fundada en 1434 por Amadeo VIII, primer duque de Saboya, que está encomendada a San Mauricio, gran protector de esta casa. Carlos Manuel la fundió posteriormente con la Orden de San Lázaro. La Orden del Toisón de Oro le tiene igualmente por patrono, lo que explicaría la devoción que le profesaba Felipe II.

Estos mártires gozaron de oficio con antífonas propias, de gran belleza musical literaria. He aquí algunas, aunque pierdan mucho color al ser traducidas:

"La santa legión de los mártires agaunenses, mientras resistía a los adversarios, merced a la intervención de San Mauricio, su general, alcanzó el premio de la inmortalidad."

"He aquí cómo por la intervención de estos santos se ha convertido Agauna en lugar sagrado que sirve de salud a los presentes y de defensa a los venideros."

En efecto, parece que la historia ha confirmado el voto de la liturgia, pues en la alta Edad Media la abadía de Agauna se hizo famosa por la santidad de sus monjes.

escrito por Casimiro Sánchez Aliseda
(fuente: www.mercaba.org)

otros santos 22 de septiembre:

- Beato Ignacio de Santhiá
- Beatos Mártires Salesianos en Valencia

lunes, 21 de septiembre de 2015

21 de septiembre: Beato José Vila Barri

Sacerdote y Mártir

Martirologio Romano: En diversos lugares de España, Beatos Jaime Puig Mirosa y 18 compañeros de la Congregación de los Hijos de la Sagrada Familia de Jesús, María y José, además de Sebastián Lorens Telarroja, laico, asesinados por odio a la fe. († 1936-1937)

Fecha de beatificación: 13 de octubre de 2013, durante el pontificado de S.S. Francisco.

Hijo de Juan y de Iluminada, nació el día 14 de abril de 1910 en Camprodón (Girona). Era el mayor de tres hijos y el único varón. Quedando huérfano de padre y en una difícil situación económica, le fue concedido el ingreso en el Colegio de Huérfanos de Sant Julià de Vilatorta a los 11 años por petición de su abuela. Allí completó la enseñanza primaria y fue cultivando una vocación religiosa y sacerdotal que unos años más tarde, con su ingreso al colegio Nazareno de Blanes el 25 de julio de 1925, asumiría en nuestro Instituto de Hijos de la Sagrada Familia. Vistió el hábito el 25 de septiembre de 1927 en el colegio Sagrada Familia de Les Corts, a manos del P. Luis Tallada, Superior General, e inició el año de noviciado junto con Pedro Ruiz, Francisco Saborit, Ramón Jordà y Bernardo Serra, entre otros. El día 26 de septiembre de 1928 hizo su primera profesión, frecuentando en los años siguientes sus estudios eclesiásticos en el escolasticado de Les Corts y siendo su prefecto el P. Ramón Oromí, Maestro suyo también durante el noviciado.

Profesó perpetuamente el 20 de septiembre de 1935. En Barcelona recibió la tonsura y las primeras órdenes y fue promovido sucesivamente el diaconado, que tuvo fecha el 17 de diciembre de 1935. El 7 de marzo de 1936 fue ordenado sacerdote, en Girona, junto con los padres Mariano Ruiz, Roberto Montserrat y José Pairó. Cantó su primera misa en la capilla del colegio de Loreto de Les Corts. Como minorista, había hecho las prácticas de enseñanza en los colegios de Huérfanos de Sant Julià y Santa María de Blanes. En los pocos años de su ministerio sacerdotal, manifestó una gran estima y gravedad en su porte, en el modo de hablar y, sobre todo, en la celebración de la eucaristía.

La revolución de 1936 le sorprendió haciendo las veces de superior y prefecto de escolares de 12 filósofos en la residencia de Mas Loreto, Mosqueroles, con el teólogo Pedro Ruiz como viceprefecto y el coadjutor Domingo García. Por el párroco del lugar y la radio se enteraron de lo que sucedía en varios puntos de la península. El día jueves, 22 de julio, por la mañana, tras el aviso de la llegada de un grupo de comunistas en el pueblo para saquear las casas y quemar la parroquia y la residencia, la mayoría se dispersó por el bosque, permaneciendo escondidos en casas amigas durante dos semanas. El padre Vila tuvo que proveer, en aquellas graves circunstancias y sin poder comunicarse con el P. Samá, Superior General por aquel entonces, a la seguridad y alojamiento de todos. Fue el último en abandonar la residencia cuando ya se habían dispersado los otros, estando dispuesto a ofrecerse el primero con tal de poner a salvo a los demás. El único pase que logró conseguir lo cedió al hermano Juan Sierra para que pudiera llegar hasta Barcelona y ampararse en el consulado norteamericano.

En la madrugada del 2 de agosto, el padre Vila, con los hermanos Casimiro Roca y Pedro Ruiz, emprendió viaje, a pie, hacia Vic. Allí se hospedaron en casa de su hermana Isabel, mientras les obtuvo nuevos pases y pasaje hasta Manresa, quedando el padre Vila en su casa hasta el día 20 de septiembre, en que fue detenido. Desde primeros de aquel mes, había acudido también a refugiarse allí el padre Buenaventura Belart, escolapio, pariente suyo, que también fue detenido aquel mismo día. Días más tarde, luego de haber sido informada del desenlace, su hermana misma precisó que ambos sacerdotes habían sido asesinados en la noche del 21 al 22 del mismo mes de septiembre. El padre Vila contaba con 26 años de edad y 8 de profesión religiosa. En 1942, en el Juzgado de Barcelona, se inscribió su desaparición.

Integran el grupo: (Nombre, Lugar y fecha del martirio)

01.- Jaime (Jaume) Puig Mirosa, Sacerdote- Blanes (Girona) el día 30 VII 1936;
02.- Sebastián Llorens Telarroja, Apóstol Laico- Blanes (Girona) el día 30 VII 1936;
03.- Narciso Sitjà Basté, Sacerdote- Barcelona el 9 VIII 1936;
04.- Juan Cuscó Oliver, Sacerdote- Lérida el 21 VIII 1936;
05.- Pedro Sadurní Raventós, Sacerdote- Lérida el 21 VIII 1936;
06.- Fermín Martorell Víes, Sacerdote- Vila-rodona, Tarragona, 25 VIII 1936;
07.- Francisco Llach Candell, Sacerdote- Vila-rodona, Tarragona, 25 VIII 1936;
08.- Eduardo Cabanach Majem, Sacerdote- Vila-rodona, Tarragona, 25 VIII 1936;
09.- Ramón Cabanach Majem, Sacerdote- Vila-rodona, Tarragona, 25 VIII 1936;
10.- Juan Franquesa Costa, Sacerdote- Cerveza, Lleida, 2 IX 1936;
11.- Segismundo Sagalés Vilà, Religioso Coadjutor- Múnter, Barcelona, 8 IX 1936;
12.- José Vila Barri, Sacerdote- Gurb de la Plana, Barcelona, 21 IX 1936;
13.- Pedro Verdaguer Saurina, Sacerdote- Barcelona, 15 X 1936;
14.- Roberto Montserrat Beliart, Sacerdote- Barcelona, 13 XI 1936;
15.- Antonio Mascaró Colomina, Religioso Escolar- Barcelona, 27 I 1937;
16.- Pedro Ruiz Ortega, Religioso Escolar- Barcelona, 4 IV 1937;
17.- Pedro Roca Toscas, Religioso Escolar- Barcelona, 4 IV 1937;
18.- Ramón Llach Candell, Sacerdote- Barcelona, 19 IV 1937;
19.- Jaime Llach Candell, Sacerdote- Barcelona, 19 IV 1937;
20.- Ramón Oromí Sullà, Sacerdote- Barcelona, 26 IV 1937.



(fuentes: patria-nazarena.blogspot.com; catholic.net)

otros santos 21 de septiembre:

- San Mateo, apóstol
-  Santos Lorenzo Imbert y compañeros

domingo, 20 de septiembre de 2015

20 de septiembre: San Agapito I, Papa

Su pontificado duró de 535-536. Su fecha de nacimiento es incierta; murió el 22 de abril de 536. Fue hijo de Gordiano, un sacerdote romano que había sido asesinado durante los disturbios en los días del Papa Simaco.

Su primer acto oficial fue quemar en presencia de la asamblea del clero, el anatema que Bonifacio II había pronunciado en contra de su rival Dióscoro, y que había ordenado que fuera conservado en los archivos romanos. Confirmó los decretos del concilio realizado en Cartago, después de la liberación de África del yugo de los vándalos, según los cuales los conversos (v. conversión) del arrianismo fueron declarados inelegibles a los Órdenes Sagrados y aquellos ya ordenados fueron admitidos solamente a la comunión de los laicos. Aceptó una apelación de Contumelioso, Obispo de Riez, a quien un concilio en Marsella había condenado por inmoralidad, y le ordenó a San Caesario de Arles otorgar al acusado un nuevo juicio ante los legados papales. Mientras tanto, Belisario, después de la muy fácil conquista de Sicilia, se preparaba para una invasión a Italia.

El rey gótico, Theodehad, como último recurso, suplicó al viejo pontífice dirigirse a Constantinopla y traer su influencia para convencer al Emperador Justiniano I. Para sufragar los costos de la embajada, Agapito se vio obligado a empeñar las sagradas vasijas del altar de la Iglesia de Roma. Se embarcó en pleno invierno con cinco obispos y un séquito imponente.

En febrero del 536 apareció en la capital de Oriente y fue recibido con todos los honores dignos de la cabeza de la Iglesia Católica. Como él había previsto sin duda, el objetivo aparente de su visita fue condenado al fracaso. Justiniano no pudo ser desviado de su resolución para restablecer los derechos del Imperio en Italia. Pero desde el punto de vista eclesiástico, la visita del Papa a Constantinopla marcó un triunfo escasamente menos memorable que las campañas de Belisario. El entonces ocupante de la sede bizantina era un cierto Antimo, quien sin la autoridad de los cánones había dejado su sede episcopal en Trebizondo para unirse a los cripto-monofisitas (v. monofisitas y monofisismo) que, en unión con la Emperatriz Teodora, intrigaban para socavar la autoridad del Concilio de Calcedonia.

Contra las protestas de los ortodoxos, la Emperatriz finalmente sentó a Antimo en la silla patriarcal (v. patriarca y patriarcado). No bien hubo llegado el Papa, la mayoría prominente del clero radicaron cargos en contra del nuevo patriarca como un intruso y un herético. Agapito le ordenó hacer una profesión de fe escrita y volver a su sede abandonada; después de su negativa, rechazó tener cualquier relación con él. Esto enfadó al Emperador, que había sido engañado por su esposa en cuanto a la ortodoxia de su favorito, llegando al punto de amenazar al Papa con el destierro. Agapito contestó con espíritu: "Con deseo entusiasta vengo a mirar al Muy Cristiano Emperador Justiniano. En su lugar encuentro a un Diocleciano, cuyas amenazas, sin embargo, no me aterrorizan." Este atrevido lenguaje hizo que Justiniano tomara una pausa; siendo convencido finalmente de que Antimo era poco sólido en la fe, no hizo ninguna objeción a que el Papa ejerciera la plenitud de sus poderes al deponer y suspender al intruso, y, por primera vez en la historia de la Iglesia, consagrar personalmente a su sucesor legalmente electo, Menas. Los orientales no olvidaron pronto este memorable ejercicio de la prerrogativa papal, que, junto con los latinos, lo veneran como un santo. Para limpiarse a sí mismo de cualquier sospecha de favorecer la herejía, Justiniano entregó al Papa una confesión de fe escrita, que el último aceptó con la juiciosa estipulación que, "aunque no podía admitir en un laico el derecho de enseñar la religión, observaba con placer que el celo del Emperador estaba en perfecto acuerdo con las decisiones de los Padres". Poco después Agapito cayó enfermo y murió, después de un glorioso reinado de diez meses. Sus restos fueron traídos a Roma en un ataúd plomizo y depositados en la Basílica de en San Pedro.

Su memoria se mantiene el 20 de septiembre, el día de su deposición. Los griegos lo conmemoran el 22 abril, día de su muerte.

Fuente: Liber Pontificalis (ed. Duchesne), I, 287-289; Cleus in Acta SS., Sept., VI, 163-179; Artaud de Montor, Lives of the Popes (New York, 1867), I, 123, 124. Loughlin, James. "Pope St. Agapetus I." The Catholic Encyclopedia. Vol. 1. New York: Robert Appleton Company, 1907. Traducido por Alonso Teullet Revisado y corregido por Luz María Hernández Medina.
(fuente: aciprensa.com)

otros santos 20 de septiembre:

-
Santa Madre María Teresa de San José
-  Beato Francisco de Posadas

sábado, 19 de septiembre de 2015

19 de septiembre: San Jenaro de Nápoles


muere aprox. 305 A.D.
Obispo de Benevento, Mártir, Patrón de Nápoles

Breve: San Jenaro fue obispo de Benevento; durante la persecución de Diocleciano, sufrió el martirio, juntamente con otros cristianos, en la ciudad de Nápoles, en donde se le tiene una especial veneración.


Historia de San Jenaro

San Jenaro, patrón de Nápoles, es famoso por el milagro que generalmente ocurre cada año desde hace siglos, el día de su fiesta, el 19 de septiembre. Su sangre, se licua ante la presencia de todos los testigos que deseen asistir.

Nápoles y Benevento (donde fue obispo) se disputan el nacimiento de San Jenaro y Benevento.

Durante la persecución de Diocleciano, fueron detenidos en Pozzuoli, por orden del gobernador de Campania, Sosso, diácono de Miseno, Próculo, diácono de Pozzuoli, y los laicos Euticio y Acucio. El delito era haber públicamente confesado su fe.

Cuando San Jenaro tuvo noticias de que su amigo Sosso y sus compañeros habían caído en manos de los perseguidores, decidió ir a visitarlos y a darles consuelo y aliento en la prisión. Como era de esperarse, sus visitas no pasaron inadvertidas y los carceleros dieron cuenta a sus superiores de que un hombre de Benevento iba con frecuencia a hablar con los cristianos. El gobernador mandó que le aprehendieran y lo llevaran a su presencia. El obispo Jenaro, Festo, su diácono y Desiderio, un lector de su iglesia, fueron detenidos dos días más tarde y conducidos a Nola, donde se hallaba el gobernador.

Los tres soportaron con entereza los interrogatorios y las torturas a que fueron sometidos. Poco tiempo después el gobernador se trasladó a Pozzuoli y los tres confesores, cargados con pesadas cadenas, fueron forzados a caminar delante de su carro. En Pozzuoli fueron arrojados a la misma prisión en que se hallaban sus cuatro amigos. Estos últimos habían sido echados a las fieras un día antes de la llegada de San Jenaro y sus dos compañeros, pero las bestias no los atacaron. Condenaron entonces a todo el grupo a ser echados a las fieras. Los siete condenados fueron conducidos a la arena del anfiteatro y, para decepción del público, las fieras hambrientas y provocadas no hicieron otra cosa que rugir mansamente, sin acercarse siquiera a sus presuntas víctimas.

El pueblo, arrastrado y cegado por las pasiones que se alimentan de la violencia, imputó a la magia la mansedumbre de las fieras ante los cristianos y a gritos pedía que los mataran. Ahí mismo los siete confesores fueron condenados a morir decapitados. La sentencia se ejecutó cerca de Pozzuoli, y en el mismo sitio fueron enterrados.

Los cristianos de Nápoles obtuvieron las reliquias de San Jenaro que, en el siglo quinto, fueron trasladadas desde la pequeña iglesia de San Jenaro, vecina a la Solfatara, donde se hallaban sepultadas. Durante las guerras de los normandos, los restos del santo fueron llevados a Benevento y, poco después, al monasterio del Monte Vergine, pero en 1497, se trasladaron con toda solemnidad a Nápoles que, desde entonces, honra y venera a San Jenaro como su patrono principal.

Muchos se cuestionan la autenticidad de los hechos arriba mencionados y de la misma reliquia porque no hay registros sobre el culto a San Jenaro anteriores al año 431. Pero es significante que ya en esa época el sacerdote Uranio relata sobre el obispo Jenaro en términos que indican claramente que le consideraba como a un santo reconocido. Los frescos pintados en el siglo quinto en la "catacumba de san Jenaro", en Nápoles, lo representan con una aureola. En los calendarios más antiguos del oriente y el occidente figura su nombre.


El milagro continúa

Mientras que muchos se cuestionan sobre la historicidad de San Jenaro, nadie se puede explicar el milagro que ocurre con la reliquia del santo que se conserva en la Capilla del Tesoro de la Iglesia Catedral de Nápoles, Italia. Se trata de un suceso maravilloso que ocurre periódicamente desde hace cuatrocientos años. La sangre del santo experimenta la licuefacción (se hace líquida). Ocurre cada año en tres ocasiones relacionadas con el santo: la traslación de los restos a Nápoles, (el sábado anterior al primer domingo de Mayo); la fiesta del santo (19 de septiembre) y el aniversario de su intervención para evitar los efectos de una erupción del Vesubio en 1631 (16 de diciembre)

El día señalado, un sacerdote expone la famosa reliquia sobre el altar, frente a la urna que contiene la cabeza de san Jenaro. La reliquia es una masa sólida de color oscuro que llena hasta la mitad un recipiente de cristal sostenido por un relicario de metal. Los fieles llenan la iglesia en esas fechas. Es de notar entre ellos un grupo de mujeres pobres conocidas como zie di San Gennaro (tías de San Jenaro). En un lapso de tiempo que varía por lo general entre los dos minutos y una hora, el sacerdote agita el relicario, lo vuelve cabeza abajo y la masa que era negra, sólida, seca y que se adhería al fondo del frasco, se desprende y se mueve, se torna líquida y adquiere un color rojizo, a veces burbujea y siempre aumenta de volumen. Todo ocurre a la vista de los visitantes. Algunos de ellos pueden observar el milagro a menos de un metro de distancia. Entonces el sacerdote anuncia con toda solemnidad: "¡Ha ocurrido el milagro!", se agita un pañuelo blanco desde el altar y se canta el Te Deum. Entonces la reliquia es venerada por el clero y la congregación.

El 5 de mayo del 2008, reporteros de 20 canales de TV, entre ellos CNN estaban presentes en la catedral cuando ocurrió el milagro.

El milagro ha sido minuciosamente examinado por personas de opiniones opuestas. Se han ofrecido muchas explicaciones, pero en base a las rigurosas investigaciones, se puede afirmar que no se trata de ningún truco y que tampoco hay, hasta ahora, alguna explicación racional satisfactoria. En la actualidad ningún investigador honesto se atreve a decir que no sucede lo que de hecho ocurre a la vista de todos. Sin embargo, antes de que un milagro sea reconocido con absoluta certeza, deben agotarse todas las explicaciones naturales, y todas las interrogantes deben tener su respuesta. Por eso la Iglesia favorece la investigación.


Fruto de las investigaciones

Entre los elementos positivamente ciertos en relación con esta reliquia, figuran los siguientes:

1 -La sustancia oscura que se dice es la sangre de San Jenaro (la que, desde hace más de 300 años permanece herméticamente encerrada dentro del recipiente de cristal que está sujeta y sellada por el armazón metálico del relicario) no ocupa siempre el mismo volumen dentro del recipiente que la contiene. Algunas veces, la masa dura y negra ha llenado casi por completo el recipiente y, en otras ocasiones, ha dejado vacío un espacio equivalente a más de una tercera parte de su tamaño.

2 -Al mismo tiempo que se produce esta variación en el volumen, se registra una variante en el peso que, en los últimos años, ha sido verificada en una balanza rigurosamente precisa. Entre el peso máximo y el mínimo se ha llegado a registrar una diferencia de hasta 27 gramos.

3 -El tiempo más o menos rápido en que se produce la licuefacción, no parece estar vinculado con la temperatura ambiente. Hubo ocasiones en que la atmósfera tenía una temperatura media de más de 30º centígrados y transcurrieron dos horas antes de que se observaran signos de licuefacción. Por otra parte, en temperaturas mas bajas, de 5º a 8º centígrados, la completa licuefacción se produjo en un lapso de 10 a 15 minutos.

4 -No siempre tiene lugar la licuefacción de la misma manera. Se han registrado casos en que el contenido líquido burbujea, se agita y adquiere un color carmesí muy vivo, en otras oportunidades, su color es opaco y su consistencia pastosa.

Aunque no se ha podido descubrir razón natural para el fenómeno, la Iglesia no descarta que pueda haberlo. La Iglesia no se opone a la investigación porque busca la verdad. La fe católica enseña que Dios es todopoderoso y que todo cuanto existe es fruto de su creación. Pero la Iglesia es cuidadosa en determinar si un particular fenómeno es, en efecto, de origen sobrenatural.

La Iglesia pide prudencia para no asentir ni rechazar prematuramente los fenómenos. Reconoce la competencia de la ciencia para hacer investigación en la búsqueda de la verdad, cuenta con el conocimiento de los expertos.

Una vez que la investigación establece la certeza de un milagro fuera de toda duda posible, da motivo para animar nuestra fe e invitarnos a la alabanza. En el caso de los santos, el milagro también tiene por fin exaltar la gloria de Dios que nos da pruebas de su elección y las maravillas que El hace en los humildes.

El Cardenal Crescenzio Sepe de Nápoles anunció que en el 2009 un grupo de científicos investigará la milagrosa reliquia.

Bibliografía
1-Acta Sanctorum, sept. vol. VI 
2- Butler, Vida de los Santos
(fuente: www.corazones.org)

otros santos 19 de septiembre:

- San Alonso de Orozco
- San José María de Yermo y Parres

viernes, 18 de septiembre de 2015

18 de septiembre: Santa Ricarda

Emperatriz
 (895 d. C.)

Santa Ricarda hija de Erchanger, conde de Alsacia, se había casado con el biznieto de Carlomagno, Carlos el Gordo, quien era entonces rey de los francos de Renania y luego se convirtió en emperador de Occidente, rey de Alemania y Francia y protector titular del papado. El nuevo emperador era instruido y devoto pero eso no fue obstáculo para que permitiera a los bárbaros saquear Francia y para que abandonara a Juan VIII que le pedía auxilio desde el palacio de Letrán, donde fue finalmente asesinado. Acabó con el imperio carolingio y murió poco después. Algunos años antes, Ricarda había sido repudiada por su marido, quien la hizo condenar por adulterio. La reina se defendió, y, sometida a la prueba del fuego, Dios demostró con un patente milagro su inocencia. La Reina perdonó a su marido, abdicó su corona y se retiró a la abadía de Andlau, en el bajo Rin, que había fundado poco antes, donde murió santamente en 894. En 1049, el Papa León IX fue a venerar sus reliquias y la elevó a los altares.

(fuente: www.geocities.ws/misa_tridentina01)

otros santos 18 de septiembre:

- Beatos David Okelo y Gildo Irwa
- San José de Cupertino

jueves, 17 de septiembre de 2015

17 de septiembre: Santa Hildegarda de Bingen

Abadesa benedictina
(1098-1180)
Doctora de la Iglesia

La sabiduría me iluminó, consumándome con las llamas de caridad. Desde mi formación primera, cuando Dios me despertó en el seno de mi madre, por el soplo de la vida, sentí que la visión se grababa en el fondo de mi alma. Nací cuando se resfriaba y languidecía la doctrina que los Apóstoles habían hecho florecer en los espíritus. A los tres años vi una gran luz que penetró todo mi ser, pero los impedimentos de la infancia hicieron que no pudiese contar con aquellas maravillas. A los ocho años me ofrecí a Dios en un contrato espiritual, y hasta los quince vi muchas cosas extrañas, que llenaban de admiración a cuantos me las oían contar.»

Este relato desconcertante nos refiere el principio de una existencia más desconcertante todavía. Desde el primer momento, esta mujer, en que se realizarán las más raras experiencias de la vida mística, se nos presenta transportada al reino de lo maravilloso. Ya en su casa de Bécklheim, la casa de unos ricos caballeros renanos, Hildegarda, empieza a ver luces interiores y a oír palabras que no se sabe de dónde vienen; colegiala a los ocho años en el monasterio de Disenberg, se atrae la atención curiosa de sus compañeras y la inquieta solicitud de sus maestras; cuando a los quince años toma allí mismo el hábito de San Benito, los prodigios, «las excentricidades» siguen alborotando el monasterio. Tiene una salud frágil, que la impide consagrarse con seriedad a los libros. Por otra parte, en la comnunidad se la trata con la delicadeza que exige la nobleza de su nacimiento. Aprende a leer y a cantar salmos, y esta fue toda su instrucción. Nunca sabrá escribir. Sin embargo, se muestra dotada de una sensibilidad exquisita, de una imaginación ardiente y de un gran sentido poético. Entre tanto, sigue viendo cosas extrañas, que llenan de admiración a sus compañeras. Aquello le parece tan normal, que en su ingenuidad, cree que a todas les pasa lo mismo. «Pregunté a una de mis maestras—dice ella misma—si veía también alguna cosa fuera de estos fenómenos exteriores; pero como ella no me respondiese, pensé que era porque no veía nada.» Desde entonces Hildegarda empieza a desconfiar. Aquellos fenómenos le aterran y ya no quiere decir nada de ellos. Sabía que los santos habían tenido visiones y revelaciones, pero durante sus éxtasis, o bien en las horas del sueño; ella en cambio, las tenía a cualquier hora, sin perder por eso la vista ordinaria de las cosas exteriores. «Con los ojos abiertos—dice—, y perfectamente despierta, veo claramente, noche y día, en lo más profundo de mi alma.»

En 1141, estando la vidente en oración, ve súbitamente que el Cielo se abre para dejar paso a una flecha de fuego que le atraviesa el cerebro y el corazón. «En el mismo instante adquirió la inteligencia del sentido de los libros santos, es decir, del Salterio, del Evangelio y de los otros libros canónicos del Antiguo y del Nuevo Testamento.» Y de lo alto llega una voz que dice: «Ceniza de ceniza, podredumbre de podredumbre, di y escribe lo que ves y lo que oyes.» Ella tiembla y se resiste. Sabe que todo aquello es de Dios, pero piensa en las burlas de las gentes, y tal vez en las persecuciones. La voz insiste, urge, amenaza; se ve obligada a obedecer. Se declara primero a un monje. Intervienen luego los abades de la Orden benedictina; el caso es llevado al capítulo de los canónigos de Maguncia; le examinan los prelados reunidos en concilio y se le discute en el mismo tribunal de los romanos Pontífices. San Bernardo está allí también para guiar, consolar y alentar a la vidente prodigiosa. Pronto, sin embargo, se oyeron voces discordantes. Muchos trataban a Hildegarda de ilusa; otros, dice ella, «me consideraban movida por la vanidad, y el antiguo engañador me envolvió en el ridículo, poniendo en boca de las gentes éstas o parecidas palabras: «¿Para qué se revelan tales misterios a una mujer necia e ignorante, cuando hay tantos hombres sabios y poderosos?» Al oír estas cosas, mi corazón se encogió, mis venas y mi carne se secaron, y yo no cesaba de derramar lágrimas y de gritar: «¡Ay, ay! Dios no confunde a los que confían en Él.»

Tal vez una parte de la comunidad estaba en contra, haciéndole difícil la vida, y entonces fue cuando, movida por una visión y seguida por una veintena de compañeras se dirige a Bingen, en la orilla izquierda del Rhin, y allí funda en 1147 el monasterio de Rupertsberg. Desde entonces nadie dudó de la sinceridad de su alma ni de la pureza de su vida. «La santa virgen—dice su biógrafo—crecía de virtud en virtud, pasmando y regocijando a todos; porque su corazón estaba consumido por esa llama de la caridad que se extiende a todo el mundo, y la fortaleza de su humildad guardaba el alcázar inaccesible de su virginidad. La escasez de su alimento y su bebida y la pobreza de sus hábitos favorecían su alta perfección: la tranquilidad de su corazón, el pudor de su silencio, la rareza de sus palabras, la manifestaban; y la paciencia, que es el centinela, conservaba, para adorno de la esposa de Cristo, todos los joyeles de las santas virtudes, engastados por la mano del divino joyero.»

Aunque consagrada a una vida de contemplación y de retiro por su profesión religiosa, y por sus mismos gustos, desde su llegada a Rupertsberg, Hildegarda se convierte en un apóstol. Dios la había encomendado un ministerio público; la había hecho su mensajera, su enviada a través de las conciencias y los pueblos, la enderezadora de los entuertos cometidos contra Él, la que debía despertar a las almas de los grandes olvidos y de los sueños profundos. Casi siempre enferma, consumida por la fiebre, viaja por uno y otro lado del Rhin, va de monasterio en monasterio, llega a la corte, habla con el emperador, dice su mensaje a los pueblos y pasa por todas partes intimando la voluntad divina, y vuelve luego a su celda de Rupertsberg para dirigir a sus monjas en la vida interior y explicarles las Sagradas Escrituras. Rupertsberg se había convertido en un centro de peregrinación. «Allí llegaban—dice el biógiafo—enjambres de pueblos procedentes de las tres partes de la Galia y la Germania; y por la gracia de Dios, ella tenía para cada uno la exhortación que le convenía, lo mismo para su cuerpo que para su alma. Y como, en virtud del espíritu profético, conocía las intenciones de los hombres, reprendía a los que se acercaban para probarla movidos por un espíritu perverso y frívolo. Entre ellos había muchos judíos, a quienes ella llevaba de las tinieblas de su error a la claridad de la fe de Cristo. Y como toda cosa ha sido hecha para todos a todos, aun a los que eran reprensibles, les hablaba con indulgencia y con suavidad.»

Y a donde no llegaba el poder de su voz y la magia de su figura pálida, ascética y extenuada, llegaba la influencia de sus escritos, y ante todo de sus cartas, aquellas cartas que nos la muestran en relación con los Papas, los cardenales, los arzobispos, los obispos, los abades, los monjes, los reyes, los duques y las gentes de todo sexo, de toda condición y de todo país. La reforma del pueblo cristiano, la edificación de las almas, el provecho de sus hermanos y el amor de la Iglesia de Dios, son los temas constantes de esta voluminosa correspondencia y los motivos que la inspiran: aquí un consejo a un príncipe, allí una amenaza a un monasterio relajado, o una orden del Cielo para un obispo, o una palabra de dirección para un alma santa, que, como Isabel de Schonau, ha abierto su corazón a la vidente. A un sacerdote le escribe: «La luz viviente me ha hablado y me ha dicho: Di a ese hombre: He visto la forma bellísima de una virtud, que era la ciencia pura. Su rostro resplandecía como el sol; sus ojos semejaban al jacinto, y su vestido como manto de seda. Un chal de color de cornalina colgaba de sus hombros. Esta llamó a la amiga hermosísima del Rey, la Caridad, y le dijo: Ven conmigo. Y las dos juntas vinieron a dar aldabonazos en la puerta de tu corazón, diciéndote: Queremos habitar contigo. Cuida de darles hospedaje en tu alma, y ellas te le darán en el palacio del Rey.»

Amiga de las semejanzas, Hildegarda encontraba siempre alguna para hacer más visibles sus ideas. El tropel de sus visiones sobrenaturales se agolpaba en sus labios cuando se disponía a hablar: «Guárdate de las faltas menudas, que son las que minan la observancia—decía a un monje—. Estás lejos del veneno de la serpiente y de las garras del león, pero sería para ti más vergonzoso morir de las picaduras de las moscas. El monasterio es semejante a un vivero donde se crían los peces que han de ser presentados a la mesa del Rey celestial. Si en ese vivero hay un pequeño resquicio por donde pueda marcharse el agua, moriránse los peces sin remedio.» Las gentes amaban esta palabra grave y luminosa, la admiraban y la buscaban. Los mismos doctores no dudaban en enriquecerse con sus tesoros. Escribiendo a «Hildegarda, maestra y madre venerable, esposa a quien Cristo debe de amar con un amor ardiente, hija del soberano Rey», un abad le decía: «La fama ha traído hasta nuestra tierra el conocimiento de las maravillas que el Señor ha realizado en vos. Y el número y la grandeza de los milagros por los cuales la fuente de las luces vivas resplandece en nuestra alma, son conocidos de todo el mundo. Porque en vos se revela, no la obra humana, sino la obra de Dios; la gracia eminente, el fin superior, que no puede dar la razón humana y que procede de una fuente más alta.»

Esta actividad religiosa, comparable, en cierto aspecto, con la de San Bernardo, se alimentaba en una vida interior intensa y continua, cuyo principal apoyo era la oración misma de la Iglesia. La liturgia introdujo a Hildegarda en los caminos de la perfección, y la liturgia la levantó a las más altas realidades. Fue, como Santa Gertrudis, una monja verdadera de la verdadera tradición; vivió del breviario y de la misa cantada conventualmente; y del rezo oficial hizo la expresión viva de sus ardientes anhelos, y la fuerza eficaz de su acción exterior. Allí estaba el deleite supremo de su alma; todo lo demás era en ella como arrancado por las voces misteriosas que sin cesar resonaban en el fondo de su ser. Hablar, escribir, viajar, negociar: tal era la orden de arriba: una orden violenta, apremiante, amenazante. A veces, la naturaleza se encabritaba: miedo de las palabras y las risas de los hombres, cobardía, timidez, humildad mal entendida- apego desordenado a los regalos interiores. Entonces a la voz seguía el castigo: aquella enfermedad que maceró su cuerpo desde su infancia, y que era como el látigo con que la guiaba el Auriga celeste. «Era una cosa muy extraña lo que le sucedía a la enferma—dice el hagiógrafo—; desde el instante en que recibía una orden del Cielo, siempre que se proponía realizarla, sentía el alivio del dolor; siempre que resistía, empeoraba. A veces, levantándose súbitamente del lecho, recorría todo el monasterio sin poder decir una sola palabra; después, debilitada por el esfuerzo, volvía a acostarse y hablaba como antes. Y esta especie de languidez se apoderaba de ella siempre que por temor femenino tardaba en cumplir la voluntad divina.» Aquellas crisis la privaban unas veces de la vista, otras la dejaban sin movimiento, y en más de una ocasión sus monjas la creyeron muerta. Un día, creyendo llegada su última hora, empezaron a rezar junto a ella las preces de los moribundos, la rociaron de ceniza, y entre lágrimas y sollozos le vistieron la mortaja. Pero, mientras el cuerpo yacía inmóvil en el suelo, su espíritu recorría las regiones de los seres imponderables, sorprendiendo las conversaciones de los bienaventurados acerca de ella, y, asistiendo a la lucha que con motivo de su vida se libraba entre los ángeles y los demonios: « ¿Vendrá ella con nosotros?», se preguntaba un coro de santos; y otro grupo respondía: «El presente, el pasado y el porvenir no lo permiten todavía; pero cuando acabe su obra iremos a buscarla.» Y luego lodos ellos continuaron: «Oh alma dichosa, levántate, levántate como el águila; porque, sin tú saberlo, el sol de la luz te ha engendrado.» Y de entre la muchedumbre salió una voz poderosa, que decía: « ¡Valor, oh águila! ¿Por qué no duermes en la ciencia? Sal de la inquietud. Brillarás en tu esplendor, oh margarita; te verán las águilas; llorará el mundo, pero la vida eterna se alegrará. Levántate, aurora, y avanza en dirección al sol. Levántate, come y bebe.» «En un instante—dice la santa— mi cuerpo y mis sentidos fueron restaurados a la vida presente; y mis hijas, que lloraban en torno mío, me levantaron de la tierra y me pusieron en el lecho.»

Los biógrafos de Hildegarda nos cuentan un gran número de prodigios por ella realizados; pero todos ellos palidecen ante el milagro permanente de su existencia de apóstol, que vive y obra según las inspiraciones directas del Cielo. Esta es la forma propia de su santidad. La visión interior brillaba constantemente para ella, con mayor o menor intensidad. «Cuando estaba plenamente penetrada—confiesa ella misma—decía muchas cosas extrañas para los que me oían, y anunciaba el porvenir; pero cuando la fuerza de la visión disminuía, yo me llenaba de vergüenza y hasta me echaba a llorar.» Al fin de su vida, escribiendo a un monje algo incrédulo, le pintaba de este modo lo que pasaba en su interior: «Dios obra donde quiere por la gloria de su nombre, no por la del hombre terrestre. Y transida de terror, porque no hay en mí seguridad ninguna, yo tiendo mis manos hacia Dios para que me sostenga como por alas cuyo vuelo nadie puede impedir, y que cruzan los aires a pesar de los vientos. Lo que yo veo no puedo conocerlo perfectamente mientras estoy sujeta a un cuerpo mortal y a un alma invisible, doble defecto del hombre. Desde mi infancia, antes que mis huesos, mis músculos y mis nervios hubiesen adquirido su vigor, hasta el tiempo presente, en que cuento cerca de ochenta años, veo esta visión en mi alma, según que le place a Dios, y mi alma se lanza hacia esta visión en las alturas del firmamento, o en las diferentes regiones del aire, o en los países más remotos y diversos.» Sumergida en esta luz, que ella llama la sombra de la luz viva, Hildegarda llega a veces a ver otra luz más alta, «que, según se me dijo, era luz viviente, pero no me es posible decir cuándo y cómo la veo; sólo sé que mientras ella está presente, toda tristeza y toda angustia desaparecen de mí; de suerte que soy entonces como una simple muchacha, no como una mujer vieja».

Se trata evidentemente de visiones-imágenes. Sobre la luz que brilla en la vidente, como sobre una pantalla, aparece una imagen de forma material: una montaña, una parte del firmamento, un abismo, un jardín, un edificio, una o varias torres, un querubín, una silueta de bestia, de hombre o de monstruo, o una gran multitud de personas y figuras. La santa ve, pero no siempre llega a comprender desde el primer momento. Entonces del foco luminoso sale una voz que explica el sentido simbólico o místico de la proyección, y el enigma se convierte en un cuadro, del cual resulta una enseñanza doctrinal, histórica, profética o moral, en la cual se utilizan ampliamente los Libros Santos, sin que Hildegarda deje de ser original en el giro de sus expresiones y en la forma de sus alegorías. Describe y explica lo que ha visto, teniendo en cuenta el gusto de sus contemporáneos, amigos de sutilezas y simbolismos. Hildegarda resume todo el espíritu religioso y toda la mística de su tiempo, y al juzgarla, debemos tener en cuenta que Dios utiliza sus instrumentos humanos respetando su temperamento y sus aptitudes, aunque pudiera desnaturalizarlos y deslocalizarlos. Pero, lejos de ser una sombra, estas metáforas, estos símbolos, estas imágenes que se mueven en los escritos de la profelisa de Bingen, aumentan su valor, los iluminan, los llenan de un encanto juvenil, vivo y espléndido, que nos hace olvidar los detalles demasiado infantiles y los conceptos de una ciencia superada por los siglos.

Entre estas obras, figura, en primer lugar, la trilogía de la Scivias, del Libro de las mentes de la vida y del Libro de las obras de Dios. El primero es de orden dogmático; el segundo nos revela al moralista y el tercero tiene, sobre todo, un carácter científico. Científicos son también los Libros de la medicina simple y de la medicina compuesta, que abarcan toda la Historia Natural desde el punto de vista de la medicina práctica. Y aquí se nos presenta otro de los aspectos más desconcertantes de esta gran figura medieval. Es algo que no acertamos a comprender, que una mujer ignorante, que apenas sabe leer, que nunca aprendió a escribir, que llegó con dificultad a chapurrear la lengua latina, después de ser la consejera y la directora de los más ilustres de sus contemporáneos, publique una serie de trabajos que son como la suma de toda la ciencia de la Edad Media. Y es pasmoso ver con qué seguridad resuelve las más difíciles cuestiones de la Sagrada Escritura y con qué precisión enfoca los problemas que discuten los teólogos de su tiempo. Gilberto de la Porree enseña que la divinidad no es Dios. Esta doctrina tiene divididas a las escuelas y perplejos a los sabios. Entonces un maestro famoso de la Universidad de París se dirige a la vidente pidiéndola su parecer. La respuesta se conserva todavía: es perfecta, magistral; su doctrina será sancionada unos años más tarde por la Iglesia. Hildegarda discute siempre con maestría acerca de los más arduos problemas del dogma. Habla de la unidad y de la trinidad de Dios de los ángeles, del hombre, de la caída y la redención, de la inspiración bíblica, de la Eucaristía, de los sacramentos, de la Iglesia y de los fines últimos, y en todas partes estas materias se desenvuelven con la misma exactitud en la doctrina y con la misma originalidad en la expresión. De cuando en cuando, entre el tejido de las ideas saltan chispas fulgurantes y frases misteriosas que nos maravillan y nos sobrecogen. Son las intuiciones proféticas, especie de relámpagos, que iluminan las tinieblas de los tiempos, que descorren ante los ojos de la vidente la cortina de los siglos y la permiten anunciar los odios protervos de la reforma protestante. Son las intuiciones científicas, en las cuales se adelanta a los espíritus más sabios de su tiempo, y aun de toda la Edad Media. En sus disertaciones de física y de medicina hay, ciertamente, muchas puerilidades, muchas recetas ridiculas, muchos razonamientos absurdos. El defecto no es suyo: es de la ciencia de su tiempo. Tiene, en cambio, muchas ideas nuevas, muchos aspectos fecundos y originales y una gran cantidad de hechos y fenómenos observados con gran sagacidad, que le dan un puesto importante en la historia de los conocimientos humanos. Conoció muchas cosas que los doctores Siguieron ignorando durante mucho tiempo, y que los investigadores modernos han presentado como nuevas. En sus escritos se hallan insinuados muchos descubrimientos de ayer, como la teoría heliocéntrica, las leyes de la atracción universal, el hecho de la circulación de la sangre, y la doctrina sobre la acción química y magnética de las diferentes sustancias en los órganos del cuerpo humano. Cuando en la Scivias nos dice que, terminado el mundo, los astros permanecerán inmóviles, parece haber tenido un lejano presentimiento de la conclusión que parece encerrar la ley de la degradación de la energía; es decir, que el mundo no tiende a la nada, sino al reposo.

Hildegarda no es una escritora fácil; tiene su estilo personal, su terminología propia. Escarbando en sus conceptos con paciencia, llegaríamos a valorar la importancia de sus escritos en el desenvolvimiento de la ciencia. Poco a poco lo van realizando los sabios, al par que los músicos nos revelan la artista, la poetisa, la compositora. Todo lo fue Hildegarda apasionadamente. Con ella, la poesía invade la teología, y la música del templo irrumpe en la plaza pública. Su teoría del arte es bella y original. Sería sencillamente la reminiscencia borrosa de una condición primitiva y más noble, un recuerdo lejano de nuestra estancia en el paraíso. Antes de su caída, Adán tomaba parte en los conciertos de los ángeles. El pecado disipó el hechizo, rompió las cuerdas; pero de aquellas armonías angélicas quedó esa cosa vaga, imprecisa, que tenemos al despertar de nuestros sueños más dulces. El alma humana es esencialmente musical, sinfoníal, por un soplo que puso en ella el Espíritu Santo. Por eso, el demonio es hostil al canto; por eso en Babel todo es confusión; por eso en infierno no existe la armonía.

Esta amable y elevada estética se refleja en un conjunto de composiciones bellísimas, que parecen traídas de aquellos mundos a donde la trasladaban sus visiones. San Hildegarda compuso antífonas, responsos y secuencias, cuyas melodías, si no son tan sencillas como la de San Gregorio, son sumamente bellas, y, sobre todo, muy expresivas. Canta los grandes misterios divinos: la Creación, la Encarnación y la Redención; celebra las maravillas del Espíritu santificador y la gloria de María, corredentora del género humano, y ensalza las grandezas de los santos, de los patriarcas, de los apóstoles y de las vírgenes. Como siempre, su letra está llena de majestad, de oscuridad y de imágenes; sugiere siempre un pensamiento fuerte y profundo, en que se pierde nuestra mirada. Su música es hermana de su literatura y de su teología. Como en sus arrebatos místicos como en sus elevaciones dogmáticas, se lanza hasta las nubes en vuelos maravillosos. Los límites del decacordio no pueden contener el ímpetu de su melodía. Los compositores de San Galo hubieran considerado indiscretas y desordenadas estas composiciones, llenas de sentimiento y de pasión. Sin embargo, por muy alto que suba en el vuelo de su inspiración, Hildegadis no se extravía nunca. El ritmo y la melodía conservan su pureza perfecta, y, al mismo tiempo, se revisten de un dramatismo y de una grandiosidad incomparables. Diríamos a veces, asi en un Kyrie famoso, esos amplios y bellos motivos de Bach, que se hacen más impresionantes a medida que el artista los comenta con las ingeniosas ampliaciones de su genio fecundo. Entre esta obra musical hay verdaderos dramas. Hildegarda tiende a formar en su claustro un verdadero teatro religioso y litúrgico. Su Ordo virtutum es un drama lírico en que salen a escena los patriarcas y los profetas, las virtudes y los vicios, el alma inocente y el alma arrepentida. Aparece también el diablo, pero él no canta; su voz es un ruido ronco y desagradable, pues, siendo el canto una perfección, la perfección del Verbo, su enemigo no puede tener nada de común con la armonía.

(fuente: www.divvol.org)

otros santos 17 de septiembre:

- San Segismundo Félix Felinski
- Beato Estanislao de Jesús y María

miércoles, 16 de septiembre de 2015

16 de septiembre: Santos Abundio, Abundancio y compañeros

Mártires
(304 d. C.)

En el museo de Letrán se encuentra parte de un epitafio que fue descubierto en Rignano, ciudad situada a unos ochenta y cuatro kilómetros de Roma, que, según la opinión del arqueólogo de Rossi, perteneció al sepulcro del mártir Abundio al que se refiere el Martirologio Romano en este día. "En Roma, sobre la Vía Flaminia, los santos mártires Abundio, el sacerdote, y Abundancio, el diácono, quienes, junto con un hombre distinguido llamado Marciano y su hijo, Juan, que había sido resucitado de entre los muertos por Abundio, sufrieron la muerte por la espada, según órdenes del emperador Diocleciano, en la décima piedra miliaria de la ciudad." Las actas de estos mártires, sin valor histórico alguno, relatan que San Abundio y su diácono recibieron órdenes de adorar a Hércules, a lo que se negaron rotundamente. En seguida, se les arrojó en la cárcel Mamertina, de la que fueron sacados un mes después para torturarlos y condenarlos a muerte. En el camino al lugar de su ejecución se encontraron con el senador Marciano, quien marchaba anegado en llanto tras el féretro de su hijo Juan, que había muerto. San Abundio pidió permiso para ver el cadáver y, cuando estuvo junto al ataúd, se puso en oración y el joven Juan resucitó. Ante aquel milagro, Marciano y Juan confesaron a Cristo y, en consecuencia, fueron decapitados aquel mismo día y en el mismo lugar que Abundio y Abundancio. Los cuatro fueron sepultados en el cementerio de la matrona Teodora, cerca de Rignano, sobre la Vía Flaminia. Sus reliquias, junto con las de Santa Teodora (a la que el Martirologio Romano nombra el 17 de sept.) fueron trasladadas posteriormente a Roma. Los restos de los santos Abundio y Abundancio fueron sepultados definitivamente en la iglesia del Santo Nombre de Jesús, en 1583. Fue ante su santuario donde, dos años más tarde, San Luis Gonzaga asistió a la misa, antes de entrar a la Compañía de Jesús.

La biografía resumida y el relato sobre las traslaciones de las reliquias, se halla en el Acta Sanctorum sept. vol. V. Más interesante que estos datos es la inscripción que se conserva en el Museo Cristiano de Letrán; de Rossi acepta su autenticidad, pero Mons, Wilpert la rechaza. Ver a Delehaye, en Origines du culte des martyrs, p. 322.

(fuente: www.geocities.ws/misa_tridentina01)

otros santos 16 de septiembre:

- San Juan Macías
- San Cornelio y San Cipriano
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