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jueves, 28 de enero de 2016

28 de enero: San Julián de Cuenca

San Julián fue el segundo obispo de la diócesis de Cuenca. Sucedió en esta sede episcopal a D. Juan Yáñez, una vez creada ésta tras la fusión de las antiguas sedes visigodas de Segóbriga, Valeria y Ercávica.

Las fuentes históricas no nos ofrecen mucha la información a cerca de San Julián. Un documento prueba que en julio de 1197 era arcediano de Calatrava, su nombre era el de Julián Ben Tauro (que significa Julián hijo de Tauro). Su apellido denota su ascendencia mozárabe –es decir, cristianos que vivían en reinos musulmanes, por tanto, en una situación muy especial-. Este documento lleva a afirmar, para la mayoría de los historiadores, el origen toledano mozárabe de San Julián.

San Julián llega a Cuenca en 1198, en unas circunstancias muy singulares. Se trata de un período de consolidación progresiva después de la reciente reconquista de la ciudad. Todos sus esfuerzos del santo se volcaron en procurar la paz, el bienestar y la instrucción, tanto de cristianos como de judíos y musulmanes, que convivían pacíficamente en aquellos tiempos. Estuvo 10 años al frente de la diócesis conquense.

En 1201 dio un estatuto al cabildo de Cuenca, que fue acompañado posteriormente de la donación de bienes para que los canónigos pudieran acudir mejor a sus necesidades. Promovió la firma de acuerdos entre el Cabildo y el Concejo de la ciudad para regular las relaciones entre los familiares o criados del cabildo y los ciudadanos de Cuenca, así como entre el mismo cabildo y los clérigos de la ciudad y sus aldeas, tratando de suavizar el poder que los canónigos ejercían sobre éstos.

Podemos imaginar la preocupación de San Julián por la creación de parroquias rurales en los lugares recién conquistados y en los que se continuaban asentando sin parar grupos de cristianos venidos del norte.

Nuestro santo era poco aficionado a la vida cortesana, mientras que lo que sí amaba era el retiro y el trabajo entre sus diocesanos. Porque es mucho lo que había de hacer en una diócesis de reciente creación, de no fáciles comunicaciones, de suelo árido y de inseguro asentamiento todavía. Todo apunta a que eran frecuentes los viajes que hacía a esos lugares, acompañado de algunos canónigos.

La mayor parte de los detalles de la vida de San Julián que nos han llegado a nosotros se debe a la tradición (salteada en muchos casos por “historias” piadosas), escritos que se desarrollarán sobre todo a partir del siglo XVI. Estos escritos de la tradición nos muestran a un hombre santo, elegido por Dios desde el seno materno (como los profetas), hombre lleno de humildad y de celo apostólico, gran benefactor de los pobres, con gran espíritu de oración y muy devoto de la Virgen María.

En una lectura del Oficio de Maitines (Lectura IV) se afirma que nació en Burgos de honrados y piadosos padres. Su nacimiento estuvo acompañado de determinadas señales que daban a entender lo que sería su santidad y su dignidad episcopal: su belleza al nacer que a todos causaba admiración; la aparición en su bautismo de un jovencito ornado de las insignias episcopales de mitra y báculo, el cual manifestó a los presentes que debían imponer al niño el nombre de Julián.

En la lectura V de ese oficio se puede leer: “Fue un verdadero padre para los pobres, que ayudó, con su dinero y con su trabajo, las necesidades de los menesterosos, de las viudas y de los huérfanos. Empleó los réditos de su iglesia tanto en ayudar a los míseros como en instaurar y ordenar los templos; contentándose, para vivir con poco sustento que procuraba con sus propias manos. Era asiduo en la oración, con cuya fuerza, ardiendo en paterna caridad, consiguió de Dios muchas y grandes cosas a favor de su pueblo. De las cuales las principales fueron éstas; como toda la diócesis padeciese escasez de grano, y nada quedase ya en los graneros episcopales, compadecido de la calamidad popular, dirigió al Señor fervientes oraciones mezcladas con lágrimas. Entonces sucedió, que fue transportada una gran cantidad de trigo, hasta las puertas de palacio episcopal, por numerosos jumentos, los cuales, depuesta su carga desparecieron.

San Julián se ejercitaba, según la tradición, en sus ratos de soledad, acompañado por su criado Lesmes, en los trabajos manuales, concretamente en el trenzado del mimbre y la fabricación de cestillas, el producto de cuya venta, aumentaba las rentas del obispado, que se empleaban mayoritariamente en la manutención de los pobres. Testigo de estos afanes, espirituales y económicos a la vez, en bien de los demás, es el Tranquilo, en el Cerro del Majestad, donde había un pequeño manantial al borde del cual crecían los mimbres.

En memoria y como homenaje a la caridad de San Julián, se instituyó por el Cabildo, a principios del siglo XV, la llamada Arca de San Julián o de la Limosna, que se convirtió en una institución benéfica, para atender a las necesidades más perentorias de los desheredados. Fundamentalmente se dio limosna de pan a diario, se procuró la crianza y acomodo de niños expósitos y se dotó para el matrimonio a aquellas jóvenes huérfanas, que de otro modo no hubieran podido casarse, dadas las costumbres y la mentalidad de la época. (Esta Arca se perpetuó en Cuenca hasta tiempos cercanos a nosotros).

Son muchas las incógnitas sobre su vida antes de ser arcediano de Calatrava. Cabe imaginar que, como cualquier muchacho de su época, estudiara Gramática y las demás disciplinar literarias del Trivio y del Cuadrivio en alguna escuela catedralicia, y después Teología y Cánones, adquiriendo así los conocimientos necesarios para ser sacerdote.

Atendiendo a la tradición burgalesa, que señala la casa donde nació y vivió con sus padres, habría realizado sus estudios superiores en la universidad de Palencia, de la cual habría sido a continuación catedrático. Hacia 1162, de repente se sintió con deseos e impulsos de soledad y de entrega directa al trato con Dios, coincidiendo con la muerte de su madre, por lo cual se preparó un retiro en la Vega de la Semella, junto al río Arlanzón de Burgos, en el cual encontraría suficiente tranquilidad para darse por completo a aquella vida. Allí aparece ya la figura de Lesmes, el fiel criado que ya no abandonaría la compañía de San Julián hasta su muerte.

Exponen después los biógrafos sus correrías apostólicas por toda España, una vez abandonado el retiro de la Semella. Tanto los reinos cristianos del Norte, como las tierras musulmanas, habrían sido testigos de su celo por la salvación de todos, y de sus afanes por reavivar o hacer nacer la fe de Cristo en todas partes y lugares que iba recorriendo como predicador ambulante. Creció su fama entonces, llegando a conocimiento del arzobispo de Toledo, que para cubrir la vacante del arcediano de Calatrava, ofreció el cargo a San Julián y hasta tuvo que vencer su resistencia para que lo aceptase.

Según los antiguos Obituarios del obispado de Cuenca, la muerte o tránsito de San Julián tuvo lugar el día 20 de enero de 1208 –según la tradición a la edad de 80 años-. Pero su fiesta se fijó el 28 del mismo mes, probablemente por conveniencias litúrgico-pastorales, y en esta fecha ha venido celebrando su fiesta durante siglos, en Cuenca y en los demás lugares en los que se le tiene un culto especial.

La iconografía posterior, a partir de finales del siglo XVI, nos ha presentado con frecuencia su tránsito, como una entrada triunfal en la gloria, vestido de pontifical, siendo recibido por la Virgen María, de la que él había sido muy devoto, entregándole una palma (como vemos, por ejemplo, en la Capilla del Transparente, donde está el arca de plata que contiene sus restos).

Como la Tradición pone de manifiesto y es fácil de imaginar, San Julián fue un gran apóstol, recorriendo muchos lugares de la geografía hispana predicando el evangelio de la salvación. Fue un gran misionero. También dentro de la misma diócesis de Cuenca, recientemente creada, que se fue repoblando con gentes venidas del norte, a raíz de la reconquista. A pesar de las grandes dificultades para desplazarse de un lugar para otro, él no escatimó esfuerzos para predicar el evangelio a toda criatura, como el Señor nos encomendó después de su resurrección.

(fuente: www3.planalfa.es/diocesiscuenca)

otros santos 28 de enero:

- Santo Tomás de Aquino
- Beato Moisés Tovini
- San José Freinademetz

miércoles, 27 de enero de 2016

27 de enero: Beato Manfredo Settala

Sacerdote y Eremita

Martirologio Romano: En Riva San Vitale (Suiza), poblado próximo a Como (Italia), beato Manfredo Settala, presbítero y eremita (1217).

Perteneció a la antigua familia milanesa de los Settala y al final del siglo XII fue párroco de Cuassoche que en aquel entonces comprendía las actuales parroquias de Cuasso al Piano, Cuasso al Monte, Brusimpiano Porto Ceresio y Besano, en la diócesis de Milán cerca de la rama sur-occidental del lago de Lugano.

Supremamente llamado a la vida eremítica dejó la vida pastoral y se apartó a las alturas del San Giorgio, solitaria montaña encajada entre los brazos meridionales del Ceresio.

Atraídos por la fama de su santidad, acudieron implorando consejo e intercesión las poblaciones de las regiones circundantes. En 1207 acudieron los habitantes de Olgiate Comasco qué, afligidos por mortal contagio, consultaron al beato que hacer para obtener su salvación y consuelo. El santo ermitaño los exhortó a ir en romería a la tumba de san Gerardo, que había muerto hacía poco en Monza, (6 de junio de 1207). Devotamente terminada la piadosa romería, la enfermedad súbitamente desapareció, y el pueblo de Olgiate por decisión unánime construyeron en la localidad una bonita iglesia en honor de san Gerardo, misma que se convirtió en destino de peregrinaciones; en 1938 la iglesia fue restaurada y re decorada y además el pueblo de Olgiate hizo voto perpetuo de acudir comunitariamente cada año al sepulcro de san Gerardo para recordar el antiguo prodigio.

La historiografía manfrediana, basada sobre antiguas tradiciones y respetables documentos, es rica en prodigios atribuidos a la intercesión del santo ermitaño.

Se sabe, por inequívocos testimonios, que el beato murió el 27 de enero de 1217.

El cuerpo del San fue enterrado en la capilla de Riva San Vitale, a los pies del monte San Giorgio. En 1387, por orden del obispo de cómo, Beltramo da Brossano, los restos del beato fueron colocados en un arca de mármol puesta en el área del altar para que los fieles cristianos le puedan brindar una adecuada devoción y reverencia.

En el 1633, el cuerpo fue trasladado a una urna preciosa, misma que fue instalada bajo la mesa del altar mayor, donde es venerado actualmente, lugar al que muchas parroquias de la región acuden en anual romería.

La fiesta litúrgica se celebra el 27 de enero, que en Riva es considerado día festivo; la festividad se revive el domingo siguiente, con la ingente participación de forasteros y la apropiada ornamentación de las calles, ya que la devoción al beato es todavía intensa en la región. La víspera de la fiesta todavía se acostumbra distribuir entre todas las familias el pan bendecido.

responsable de la traducción: Xavier Villalta 
(fuentes: santiebeati.it; catholic.net)

otros santos 27 de enero:

- San Julián de Mouras
- San Enrique de Ossó y Cervelló

martes, 26 de enero de 2016

26 de enero: Santa Paula

Patrona de las Viudas
347- 404
Su fiesta se celebraba el 26 de enero en el antiguo calendario.

Santa Paula nació el 5 de mayo de 347. Por parte de su madre, tenía parentesco con los Escipiones, con los Gracos y Paulo Emilio. Su padre pretendía ser descendiente de Agamenón. Paula tuvo un hijo, llamado Toxocio como su marido y cuatro hijas: Blesila, Paulina, Eustoquio y Rufina.

Paula era muy virtuosa como mujer casada y con su marido edificaron a Roma con su ejemplo. Sin embargo ella tenía sus defectos, particularmente el de cierto amor a la vida mundana, lo cual era difícil de evitar por su alta posición social. Al principio Paula no se daba cuenta de esta secreta tendencia de su corazón, pero la muerte de su esposo, ocurrida cuando ella tenía 33 años, le abrió los ojos. Su pena fue inmoderada hasta el momento en que su amiga Santa Marcela, una viuda romana que asombraba con sus penitencias, la persuadió de que se entregara totalmente a Dios. A partir de entonces, Paula vivió en la mayor austeridad.

Su comida era muy sencilla, y no bebía vino; dormía en el suelo, sobre un saco; renunció por completo a las diversiones y a la vida social; y repartió entre los pobres todo aquello que le pertenecía y evitó lo que pudiera distraerla de sus buenas obras.

En una ocasión ofreció hospitalidad a San Epifanio de Salamis y a San Paulino de Antioquía, cuando fueron a roma. Ellos le presentaron a San Jerónimo, con quien la santa estuvo estrechamente asociada en el servicio de Dios mientras vivió en Roma, bajo el Papa San Dámaso.

Santa Blesila, la hija mayor de Santa Paula, murió súbitamente, cosa que hizo sufrir mucho a la piadosa viuda. San Jerónimo, que acababa de volver de Belén, le escribió una carta de consuelo, en la que no dejaba de reprenderla por la pena excesiva que manifestaba sin pensar que su hija había ido a recibir el premio celestial. Paulina, su segunda hija, estaba casada con San Pamaquio, y murió siete años antes que su madre. Santa Eustoquio, su tercera hija, fue su inseparable compañera. Rufina murió siendo todavía joven.

Cuanto mas progresaba Santa Paula en el gusto de las cosas divinas, mas insoportable se le hacía la tumultuosa vida de la ciudad. La santa suspiraba por el desierto, y deseaba vivir en una ermita, sin tener otra cosa en que ocuparse más que en pensar en Dios. Determinó, pues, dejar su casa, su familia y sus amigos y partir de Roma. Aunque era la más amante de las madres, las lágrimas de Toxocio y Rufina no lograron desviarla de su propósito. Santa Paula se embarcó con su hija Eustoquio, el año 385; visitó a San Epifanio en Chipre, y se reunió con San Jerónimo y otros peregrinos en Antioquía. Los peregrinos visitaron los Santos Lugares de Palestina y fueron a Egipto a ver a los monjes y anacoretas del desierto. Un año más tarde llegaron a Belén, donde Santa Paula y Santa Eustoquio se quedaron bajo la dirección de San Jerónimo.

Las dos santas vivieron en una choza, hasta que se acabó de construir el monasterio para hombres y los tres monasterios para mujeres. Estos últimos constituían propiamente una sola casa, ya que las tres comunidades se reunían noche y día en la capilla para el oficio divino, y los domingos en la Iglesia próxima. La alimentación era escasa y mala, los ayunos frecuentes y severos.

Todas las religiosas ejercían algún oficio y tejían vestidos para sí y para los demás. Todos vestían un hábito idéntico. Ningún hombre podía entrar en el recinto de los monasterios. Paula gobernaba con gran caridad y discreción. Era la primera en cumplir las reglas, y participaba, como Eustoquio, en los trabajos de la casa. Si alguna religiosa se mostraba locuaz o airada, su penitencia consistía en aislarse de la comunidad, colocarse la última en las filas, orar fuera de las puertas y comer aparte, durante algún tiempo. Paula quería que el amor a la pobreza se manifestase también en los edificios e iglesias, que eran construcciones bajas y sin ningún adorno costoso. Según la santa, era preferible repartir el dinero entre los pobres, miembros vivos de Cristo.

Paladio afirma que Santa Paula se ocupaba de atender a San Jerónimo, y le fue a éste de gran utilidad en sus trabajos bíblicos, pues su padre le había enseñado el griego y en Palestina había aprendido suficiente hebreo para cantar los salmos en la lengua original. Además, San jerónimo la había iniciado en las cuestiones exegéticas lo bastante para que Paula pudiese seguir con interés su desagradable discusión con el obispo Juan de Jerusalén sobre el origenismo. Los últimos años de la santa se vieron ensombrecidos por esta disputa y por las preocupaciones económicas que su generosidad había producido. Toxocio, el hijo de Santa Paula, se casó con Leta, la hija de un sacerdote pagano, que era cristiana. Ambos fueron fieles imitadores de la vida de su madre y enviaron a su hija Paula a educarse en Jerusalén al cuidado de su abuela. Paula, la joven, sucedió a Santa Paula en el gobierno de los monasterios. San Jerónimo envió a Leta algunos consejos para la educación de su hija, que todos los padres deberían leer. Dios llamó a sí a Santa Paula a los 56 años de edad. Durante su última enfermedad, la santa repetía incansablemente los versos de los salmos que expresaban el deseo del alma de ver la Jerusalén celestial y de unirse con Dios.

Cuando perdió el habla, Santa Paula hacía la señal de la cruz sobre sus labios. Murió en la paz del señor, el 26 de enero del año 404.

Santa Paula, ruega por nosotros.

(fuente: corazones.org)

otros santos 26 de enero:

- Beato Miguel Kozal
- San Tito

lunes, 25 de enero de 2016

25 de enero: Beato Enrique Suso

Heinrich Seuse, religioso dominico y escritor místico, es uno de los autores espirituales alemanes más conocidos del s. XIV. Su espiritualidad se caracteriza por su amabilidad y por su claro concepto de que la vida interior es accesible a todas las almas de buena voluntad.


Vida

Nació en Constanza hacia 1295 y murió en Ulm el 25 en. 1366. A los 13 años ingresa como novicio dominico en el convento de Constanza y hace grandes progresos en la vida espiritual. A los 18 años se opera en él una conversión: su celo se traduce en un ascetismo más prudente; Dios le hace comprender que la mejor mortificación consiste en aceptar con resignación las pruebas enviadas por Él. Hace sus estudios, primero en Conslanza, luego en el Studium Generale de Estrasburgo y finalmente en Colonia. Hacia 1329 enseña Teología en el Colegio dominicano de Constanza. Entre 1329-36 compone sus dos obras más importantes: Libro de la sabiduría eterna y Libro de la verdad. A partir de 1336, se dedica al apostolado de la predicación por toda Alemania. En 1339 el convento de Constanza es clausurado, y Suso se traslada a Diessenhofen (Turgovia), donde es nombrado prior del convento en 1343. La comunidad vuelve a Constanza en 1346; pero en 1348 marcha a Ulm, donde pasa los últimos 18 años de su vida. El papa Gregorio XVI aprobó su culto en 1831. Su fiesta se celebra en la Orden dominicana el 2 de marzo.


Obras y valoración

Hacia 1362, reúne todas sus obras en un volumen titulado Exemplar, que encabeza con su autobiografía. La autenticidad de esta compilación y de la autobiografía, basada en las notas de Elisabeth Staglin, dominica del convento de Toss, han sido puestas en duda por los autores modernos (V. K. Bihlmeyer, «Theologische Revue», 1928, 84-88). Sus obras son: El libro de la sabiduría eterna, ya citado, escrito hacia 1335, y traducido al latín entre 1335 y 1338 por él mismo, bajo el título Horologium sapientiae; el Libro de la verdad y un Librito de cartas, ramillete de 11 epístolas de dirección espiritual escritas por Suso para Elisabeth Staglin y otros hijos espirituales suyos. Se le han atribuido igualmente: un Libro de sermones, El Librito del amor (Das Minnebüchlein) y el Libro de las nueve rocas, pero estos tres últimos son considerados por la crítica moderna como dudosos o apócrifos.

Sus dos obras más caracterizadas, El Libro de la sabiduría eterna y El Libro de la verdad, fueron concebidos por el autor en forma de diálogos entre el alma y Dios. En el primero, algo retocado en la ed. latina, contrapone la auténtica a la vana sabiduría de gran número de hombres de ciencia. La verdadera consiste en aprender a morir y esto comporta un estudio constante para convertir toda la existencia en alabanza de Dios. Los temas abordados especialmente son: la Pasión, la llamada del Señor, su amabilidad, su justicia, el valor de las pruebas en la vida espiritual. Hubiera bastado esta obra para inmortalizar a su autor. Tuvo una gran difusión antes de la invención de la imprenta. En Alemania ha compartido, durante largo tiempo, la popularidad con el libro de La imitación de Cristo (v. KEMPIS, TOMÁS DE) y ha servido de fuente de inspiración a los artistas que en el s. XV han tratado los temas de la Pasión.

El Libro de la verdad pretende principalmente refutar los errores místicos difundidos por los begardos heterodoxos (V. BEDUINAS Y BEGARDOS) y los hermanos del libre espíritu (V. LIBRE ESPÍRITU, SECTAS DEL). El Librito de las cartas perdió parte de su encanto y espontaneidad en la revisión que hizo Suso con vistas a su publicación, pero estas cartas son modelo de discreción y de discernimiento de espíritus.

Toda su obra ha sido influenciada indiscutiblemente por los maestros Eckhardt (v.) y Tauler (v.), pero aventaja a ambos en calor humano, en realismo y en comprensión de la naturaleza humana.

V. t.: ESPIRITUALIDAD; DOMINICOS I, 4 y III.

BIBL.: Para el estudio de la personalidad y obra de Suso: S. A. BIZET, Henri Suso et le déclin de la Scholastique, París 1946; R. ZELLER, Le serviteur de 1'éternelle sagesse. Le B. Henri Suso, París 1922.-Sus obras: en la ed. alemana, muy cuidada, de K. BIHLMEYER, Heinrich Seuse's deutsche Schritten, 2 vol., Stuttgart 1907; o en la ed. francesa de P. LAVAND, L'Oeuvre mystique de Henri Suso, 5 vol., París 1946-48; o en la de THIRRIOT, Oeuvres mystiques du Bienheureux Henri Suso, 2 vol., París 1899; A. WALZ, Suso, en Bibl. Sanct. 12,81-88.

escrito por Carlos María López
Cortesía de Editorial Rialp. Gran Enciclopedia Rialp, 1991
(fuente: mercaba.org)

otros santos 25 de enero:

- Beato Manuel Domingo y Sol
- San Ananías

domingo, 24 de enero de 2016

24 de enero: Beata Paula Gambara Costa

(1463-1515)

Paula nació el 3 de marzo de 1463 en Brescia, al norte de Italia, de padres nobles y piadosos, Giampaolo Gambara y Catalina Bevilacqua. Con ocasión de su nacimiento, la familia repartió ayudas a instituciones benéficas y a familias pobres. La joven recibió una buena educación y fue orientada espiritualmente por el franciscano Andrés de Quinzano. Desde la adolescencia fue muy admirada por su belleza y sobre todo por el equilibrio y profundidad de sus virtudes cristianas. A pesar de su tendencia a la vida de oración y de recogimiento, sus padres la dieron en matrimonio, siendo muy joven, al conde Ludovico Antonio Costa, señor de Bene Vagienna (Cúneo). Después de unas nupcias principescas y de una entrada fastuosa en Piamonte, pues en Turín fueron acogidos por el mismo jefe del estado, el duque Carlos I de Saboya, establecieron su domicilio conyugal en el señorío del esposo. Pronto tuvieron un hijo a quien llamaron Juan Francisco.

Al principio, Paula siguió llevando el estilo de vida espiritual y piadosa del ambiente de su casa, aunque en un nuevo contexto de lujo y disipación. Pero, poco a poco, teniendo que participar en la vida de sociedad, se fue dejando conquistar por el fausto y la ostentación de los usos y costumbres del mundo que la envolvía. La Providencia, sin embargo, velaba por ella y no tardó en reconducirla al buen camino. En efecto, para su futuro espiritual fue decisivo el encuentro con el beato Ángel Carletti de Chivasso, sacerdote franciscano piamontés, figura eminente en su Orden y predicador afamado, a quien escuchó predicar y a quien confió la guía de su alma. Bajo su dirección, Paula, abandonando los usos y costumbres mundanos que había ido adoptando después de su matrimonio, volvió a la vida interior y devota de su adolescencia; pero, lejos de refugiarse en la huida o desprecio del mundo para hacer penitencia, se comprometió a vivir su conversión permaneciendo en el mundo, en el lugar a que la había llevado la Providencia y en medio de la gente de su clase y condición. Allí, según su director espiritual, tenía que demostrar que es posible vivir de manera coherente con la fe y el Evangelio en cualquier ambiente y circunstancias. Entró a formar parte de la Tercera Orden de San Francisco y desde entonces se consagró a cuidar más de los pobres y necesitados. Entre los años 1493-1503 hubo una hambruna que dio ocasión a Paula para ejercitar la generosidad con los muchos indigentes que acudían a sus puertas.

El esposo, que no comprendía ni aprobaba el cambio operado en su mujer, se volvió más soberbio, avaro, duro, disoluto; Paula estuvo como prisionera, y no pocas veces el conde la maltrataba a golpes, bofetadas e inclusive patadas; se volvió cruel hacia ella y la humilló hasta el extremo, dando pie a que la misma servidumbre no tuviera respeto alguno a su señora. Ludovico, que tenía una amante, acabó acogiéndola en su propia casa por más de diez años, a la vista de su mujer, de los domésticos y de la gente del entorno. Paula, aconsejada por el beato Ángel, no explotó ni simplemente se resignó; reaccionó, sí, pero no como enemiga o víctima, sino como esposa enamorada y preocupada por salvar a su marido de las redes pasionales que lo aprisionaban y lo llevaban a la perdición. En 1504 la amante del conde enfermó gravemente y todos la abandonaron. Solamente Paula se dedicó a cuidarla y la preparó para morir reconciliada con Dios.

Finalmente, el sacrificio y comportamiento de Paula dieron su fruto: el conde comprendió la calidad humana y espiritual tan elevada de su esposa, se convirtió de su vida disipada y le permitió a Paula llevar externamente el hábito franciscano y practicar libremente sus obras de piedad y de caridad. Sucedió que el conde cayó gravemente enfermo, y ella lo cuidó como esposa amante y enfermera suya; además, en sus oraciones lo encomendó al beato Ángel, que había fallecido en Cúneo. Ludovico se curó y fue en peregrinación a visitar la tumba del Beato; el relato de esta curación se incluyó en las actas para la beatificación del P. Ángel. Cuando más tarde Paula quedó viuda, se dedicó con total entrega a educar al hijo y a asistir a los pobres y enfermos. Muchas veces el Señor premió su caridad con prodigios. Murió en Bene Vagienna (Cúneo), donde había vivido de casada, el 24 de enero de 1515. El pueblo la veneró de inmediato, apreciando en ella sobre todo su modo de vivir el matrimonio con aquel marido; en su tierra natal subsiste el dicho: «Ha sido probada como la beata Paula». Su culto inmemorial fue confirmado por el papa Gregario XVI el 14 de agosto de 1845.

[Cf. Ferrini-Ramírez, Santos franciscanos para cada día. Asís, Ed. Porziuncola, 2000, pp. 30-31] (fuente: www.franciscanos.org)

otros santos 24 de enero:

- Beato Timoteo Giaccardo
- San Francisco de Sales

sábado, 23 de enero de 2016

23 de enero: San Mainbodo

†: c. s. IX - país: Francia
otras formas del nombre: Mainboeuf, Maimbaldus


En Dampierre, cerca de Besançon, en Borgoña, san Mainbodo, oriundo de Irlanda, el cual, peregrino y eremita, fue asesinado por unos ladrones.

Hacia el año 900, el obispo de Besançon, llamado Berengario, hace trasladar desde la iglesia de San Pedro en Dampierre a la ciudad las reliquias de un santo -Maimbodo, Maimboldo, y muchas otras formas-, cuya fiesta se celebraba localmente el 23 de enero, al cual el propio obispo debía una milagrosa cura de la vista, ya que sus enemigos lo habían cegado.

Es este el núcleo desde el que nos ha llegado la tradición puramente oral y cúltica de este santo, cuya vida se desconoce por completo. En el traslado de reliquias era normal relatar alguna forma de "vida" del santo, por lo que fue tomando cuerpo una noticia que en esencia dice: un peregrino irlandés llega a Dampierre predicando el evangelio, sin embargo va vestido con ropas -especialmente con unos guantes- que podrían indicar cierta fortuna; unos ladrones, creyéndolo rico, lo apalean hasta la muerte, y esconden su cuerpo. No obstante en la tumba se comenzaron a obrar milagros, y el peregrino comenzó a ser venerado como santo, y puesto que predicaba el evangelio, y es de suponer que también se los proclamó a los malhechores, también como mártir. Sobre la tumba se construyó luego una iglesia.

Tradicionalmente se supuso que los hechos correspondían al siglo V, hacia el año 480, e incluso así está inscripto en muchos martirologios; sin embargo no hay ninguna razón para fecharlo más en ese siglo que en otro, ya que la leyenda local no contiene ningún dato que pudiera verificar una cronología. Por este motivo en la inscripción actual se lo coloca en el siglo IX, no porque sepamos cuándo ocurrió, sino por el límite lógico del traslado realizado por Berengario.

Que el culto ya existía en ese tiempo es evidente, ya que precisamente el traslado se produce como agradecimiento ante un milagro del santo, pero de allí no es posible avanzar más; y desde luego que no se lo inscribe en la actualidad como mártir, siendo que murió como consecuencia de una fechoría simple, y no como defensor de la fe o de la justicia o de la verdad, que son los criterios -ya de por sí muy amplios- en la catalogación de los mártires medievales.

La vida tradicional y las circunstancias del traslado las cuenta un historiador de la diócesis del siglo XVII, el P. Chifflet, SJ, en Acta Sanctorum, enero, II, pág. 542ss. En Duchesne, Fastes Episcopaux, III, 198ss puede leerse la sucesión episcopal de la sede de Besançon, con la complicada cuestión de Berengario, ya que no figura en al actual lista episcopal oficial. En Petits Bollandistes, de Guerin, tomo I, pág 582 puede leerse la leyenda tradicional, armonizada para hacer posible la inscripción en el 480. La imagen -reconocible por el bastón de peregrino y los guantes- se encuentra en un altar de la iglesia dedicada al santo en Dampierre.

(fuente: eltestigofiel.org)

otros santos 23 de enero:

- San Ildefonso
- Santa Marianne Cope

viernes, 22 de enero de 2016

22 de Enero: San Vicente

Mártir
Año 304

San Vicente: ¡que nos consigas del cielo la gracia de Dios que nos vuelva muy valientes para proclamar nuestra fe!

Vicente significa: "Vencedor, victorioso".

San Vicente era un diácono español, y su martirio se hizo tan famoso que San Agustín le dedicó cuatro sermones y dice de él que no hay provincia donde no le celebren su fiesta. Roma levantó tres iglesias en honor de San Vicente y el Papa San León lo estimaba muchísimo. El poeta Prudencio compuso en honor de este mártir un himno muy famoso.

Era diácono o ayudante del obispo de Zaragoza, San Valerio. (Diácono es el grado inmediatamente inferior al sacerdocio). Como el obispo tenía dificultades para hablar bien, encargaba a Vicente la predicación de la doctrina cristiana, lo cual hacía con gran entusiasmo y consiguiendo grandes éxitos por su elocuencia y su santidad.

El emperador Diocleciano decretó la persecución contra los cristianos, y el gobernador Daciano hizo poner presos al obispo Valerio y a su secretario Vicente y fueron llevados prisioneros a Valencia. No se atrevieron a juzgarlos en Zaragoza porque allí la gente los quería mucho. En la cárcel les hicieron sufrir mucha hambre y espantosas torturas para ver si renegaban de la religión. Pero cuando fueron llevados ante el tribunal, Vicente habló con tan grande entusiasmo en favor de Jesucristo, que el gobernador regañó a los carceleros por no haberlo debilitado más con más atroces sufrimientos. Les ofrecieron muchos regalos y premios si dejaban la religión de Cristo y se pasaban a la religión pagana. El obispo encargó a Vicente para que hablara en nombre de los dos, y éste dijo: "Estamos dispuestos a padecer todos los sufrimientos posibles con tal de permanecer fieles a la religión de Nuestro Señor Jesucristo". Entonces el perseguidor Daciano desterró al obispo y se dedicó a hacer sufrir a Vicente las más espantosas torturas para tratar de hacerlo abandonar su santa religión.

El primer martirio fue un tormento llamado "el potro", que consistía en amarrarles cables a los pies y a las manos y tirar en cuatro direcciones distintas al mismo tiempo. Este tormento hacía que se desanimaran todos los que no fueran muy valientes. Pero Vicente, fiel a su nombre, que también significa "valeroso", aguantó este terrible suplicio rezando y sin dejar de proclamar su amor a Jesucristo.

El segundo tormento fue apalearlo. El cuerpo de Vicente quedó masacrado y envuelto en sangre. Pero siguió declarando que no admitía más dioses que el Dios verdadero, ni más religión sino la de Cristo. El mismo jefe de los verdugos se quedó admirado ante el valor increíble de este mártir.

Entonces el gobernador le pidió que ahora sí le dijera dónde estaban las Sagradas Escrituras de los cristianos para quemarlas. Vicente dijo que prefería morir antes que decirle este secreto.

Y vino el tercer tormento: la parrilla al rojo vivo. Lo extendieron sobre una parrilla calientísima erizada de picos al rojo vivo. Los verdugos echaban sal a sus heridas y esto le hacía sufrir mucho más. Y en todo este feroz tormento, Vicente no hacía sino alabar y bendecir a Dios.

San Agustín dice: "El que sufría era Vicente, pero el que le daba tan grande valor era Dios. Su carne al quemarse le hacía llorar y su espíritu al sentir que sufría por Dios, le hacía cantar". Si no hubiera sido porque Nuestro Señor le concedió un valor extraordinario, Vicente no habría sido capaz de aguantar tantos tormentos. Pero Dios cuando manda una pena, concede también el valor para sobrellevarla.

El tirano mandó que lo llevaran a un oscuro calabozo cuyo piso estaba lleno de vidrios cortantes y que lo dejaran amarrado y de pie hasta el día siguiente para seguirlo atormentando para ver si abandonaba la religión de Cristo. El poeta Prudencio dice: "El calabozo era un lugar más negro que las mismas tinieblas; un covacho que formaban las estrechas piedras de una bóveda inmunda; era una noche eterna donde nunca penetraba la luz".

Interviene Dios. Pero a medianoche el calabozo se llenó de luz. A Vicente se le soltaron las cadenas. El piso se cubrió de flores. Se oyeron músicas celestiales. Y una voz le dijo: "Ven valeroso mártir a unirte en el cielo con el grupo de los que aman a Nuestro Señor". Al oír este hermoso mensaje, San Vicente se murió de emoción. el carcelero se convirtió al cristianismo, y el perseguidor lloró de rabia al día siguiente al sentirse vencido por este valeroso diácono.

(fuente: ewtn.com)

otros santos 22 de enero:

- Beato Ladislao Batthyány-Strattmann
- Beata Laura Vicuña
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