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sábado, 19 de marzo de 2016

19 de marzo: Beato Andrés Galleri

†: 1251 - país: Italia
otras formas del nombre: Andrés de Siena
canonización: Conf. Culto: Pío VI 13 may 1798

En Siena, de la Toscana, beato Andrés Gallerani, que visitó y consoló con esmerada solicitud a enfermos y afligidos, y congregó a los Hermanos de la Misericordia para que, como laicos sin votos, atendiesen a pobres y a enfermos.

Personajes como el de Fray Cristóforo, el capuchino en «Los novios» de Manzoni, se han repetido durante siglos, como el beato Andrés Gallerani de Siena, que de hecho fue anterior en el tiempo al personaje de Manzoni, pero sobre todo, realmente existió.

Andrés era de la noble familia sienesa de los Gallerani, nació precisamente en Siena en el siglo XIII, y de joven, por razones que se desconocen, mató a un hombre; la justicia de los gibelinos sieneses lo condenó al destierro. No sé sabe cuándo, pero apenas pudo volver a Siena, tal vez arrepentido de su impulsivo delito, se dedicó plenamente al servicio de los enfermos y necesitados. Disponiendo de propiedad y bienes de valor, los destinó a la fundación, o quizás refundación, de un hospital público, llamado «De la Misericordia»; reunió a su alrededor un grupo de conciudadanos que, siguiendo su ejemplo, se dedicaban a obras de caridad y asistencia, y al mismo tiempo llevaban una vida de pobreza.

Fueron llamados «Hermanos de la Misericordia», pero en realidad no fue una orden religiosa, sino una organización benéfica, donde cada miembro individualmente escogía una vida espiritual según sus propios deseos.

Esta forma de organizarse era característica de los terciarios franciscanos y dominicos, o de los «Humillados» (Umiliati); después de la muerte del beato Andrés, la Tercera Orden de los Umiliati, asociación laica parcialmente transformada en orden religiosa en 1201 y suprimida en 1571, tuvo en Siena más presencia que otras, por lo que se ha dicho que Gallerani perteneció a esa orden.

Ya en vida tuvo fama de santidad, reputación que aumentó considerablemente después de su muerte, ocurrida el 19 de marzo de 1251 en Siena; tanto que el obispo de la ciudad, Bandini, en 1274 concedió una indulgencia especial a aquellos que visitaran su tumba, colocada en la Iglesia de los Predicadores, el lunes santo. Luego por disposición del papa san Pío V (1504-1572), esta indulgencia se trasladó al lunes después de Pascua, y aún está en vigor. En Siena, surgió también una especial asociación que lleva su nombre, que unía como miembros a los nobles de la ciudad. Su culto fue confirmado el 13 de mayo de 1798 por el papa Pío VI. Su fiesta se celebra en Siena el 20 de junio.

Traducido para ETF de un artículo de Antonio Borrelli.
(fuentes: Santi e Beati; eltestigofiel.org)

otros santos 19 de marzo:

- San Frigidiano de Lucca
- San José
- Beata Sibilina (Sibila) Biscossi de Pavia

viernes, 18 de marzo de 2016

18 de marzo: San Braulio de Zaragoza

Obispo
(año 651)

Hay en Zaragoza un santuario donde no se puede entrar sin sentir la más profunda emoción. Es la cripta de Santa Engracia, alcázar de mártires y archivo de recuerdos heroicos. Allí existía, a principios del siglo VII, una de las escuelas más ilustres de la España visigoda. El maestro era el abad Juan, luego obispo de Zaragoza (619-631), «hombre sabiamente sencillo y simplemente sabio, tan insigne en todas las disciplinas, que la misma Grecia debía inclinarse ante su saber». Así dice Eugenio de Toledo, uno de sus discípulos. Otra lumbrera de aquellas aulas fue el propio hermano del maestro, Braulio, noble y hermosa figura, una de las más sugestivas de la España visigoda.

Bajo la dirección de Juan, «el monje pío de corazón, plácido de rostro, bondadoso de alma y rico de doctrina», según rezaba su epitafio, Braulio aprendió las artes liberales, la Sagrada Escritura y la ciencia eclesiástica. Al lado de los Santos Padres, en aquella escuela se estudiaban también los autores clásicos. Braulio mostrará en sus escritos cierto desdén por la literatura antigua, llamándola vana palabrería, frivolidad halagadora de la inquietud humana, humo impalpable y viento de ostentación. Como escritor, su ideal es conseguir «la gravedad modesta y pomposa de la verdad».. . «He alcanzado—dice—el conocimiento de las profanas disciplinas, pero quiero hacerme comprender de los hombres de mi tiempo, y huyo de introducir la confusión en los campamentos de Israel con la lengua de Jericó.»

No obstante, hablando con los sabios, se complace en sacar a relucir sus vastos conocimientos de la bella literatura. A un amigo con quien sostuvo un torneo literario, que estuvo a punto de agriar la amistad, le escribía: «Si quisiera, podría replicar en tu mismo estilo, porque también yo aprendí las letras, como dice Horacio, y tuve que sustraer con frecuencia la palma al azote de la férula. También de mí se podría decir lo del poeta; «Huye lejos, que lleva hierba en el cuerno»; o el verso virgiliano: «No creáis que mi diestra es frágil para esgrimir las armas; también brota sangre de las heridas de mis dardos.» Pero soy un siervo del amor y no quiero perder el tuyo. No quiero poner en mis palabras burlas desagradables, íegún el consejo de Nasón, ni hacer alarde de una facundia canina, como diría Appio.»

Pero había entonces en España otra escuela más famosa que la de Santa Engracia: era la de Sevilla, donde enseñaba San Isidoro, el hombre más sabio que había entonces en la cristiandad. Braulio se presentó allí como un discípulo, pero bien pronto llegó a ser el amigo íntimo del maestro, el heredero de su espíritu. Una amistad profunda unió desde entonces a aquellos dos grandes hombres, tan grandes por su corazón como por su inteligencia. Aún la sentimos palpitar en el íntimo y delicioso abandono de sus cartas. «Ya que no puedo gozar de ti con los ojos—decía el sevillano al de Zaragoza—, quiero al menos tener la dicha de hablar contigo; y sea mi consuelo posible saber que está bueno aquel á quien desearía ver. Mejor sería lo uno y lo otro; pero me resignaré a verte únicamente con la imaginación.» Otra vez le decía: «Cuando recibas algún escrito de tu amigo, abrázale como si fuese el amigo mismo, pues éste es el único consuelo entre los ausentes. Te envío un anillo, prenda de mi afecto, y un manto que sirva como para proteger nuestra amistad. Tú no te olvides de rezar por mí. Que el Señor te inspire algún medio para que yo pueda verte y vuelva a alesrar otra vez a quien llenaste de tristeza con tu partida. Adiós, amadísimo señor mío y carísimo hijo.»

Braulio, para quien su maestro «era la columna de la Iglesia, el mejor de los hombres, y una luz esplendorosa que nunca se había de acabar», se aprovechaba de aquella confianza para alentar a Isidoro en sus empresas literarias. «¿Cómo así—le escribía—tardas tanto en distribuir esos talentos, que no son tuyos, sino de Dios y de todos sus servidores? Extiende ya la mano, compadécete de las muchedumbres, para que la necesidad no les haga perecer de hambre.» Gracias a estas importunaciones, nació la obra de las Etimologías, la que más leyó la Edad Media. Poco antes de morir, Isidoro se la envió a su amigo para que la ordenase, la corrigiese y le diese su forma definitiva.

Los dos amigos se vieron por última vez en el cuarto concilio de Toledo (633). Braulio era ya obispo de Zaragoza. Había sucedido a su hermano en el gobierno de la diócesis y en la dirección de la escuela. Tres años más tarde volvía a Toledo para celebrar una nueva asamblea. Isidoro ya no estaba allí; había muerto unos meses antes, pero Braulio es el representante de su enseñanza y de su espíritu. Así lo reconoce todo el episcopado. Sobreviene entonces un accidente desagradable. El Papa Honorio, descontento por la suavidad con que se lleva en España la lucha antisemita, escriba una carta llena de durezas e impaciencias. Los obispos españoles reciben en ella el calificativo de perros mudos que no saben ladrar. La humillación era grande, profunda la pena. Además, no había motivo para amonestación tan severa. Ninguna Iglesia de la cristiandad obraba entonces tan sabiamente, con tanto respeto a la disciplina cañonea, como la Iglesia española. Era preciso sincerarse, y los obispos, reunidos en la ciudad regia (638), encomendaron esta difícil tarea al obispo de Zaragoza. Nada tan noble, tan digno, tan respetuoso y tan valiente como la exposición que Braulio envió a Roma con este motivo. Sin olvidar un instante, según su expresión, «aquella caridad que es el don principal que de Dios nos viene», sin faltar a la «veneración que se debe a la sede apostólica y a la santidad y honor del pontífice»; reconociendo expresamente «que la piedra de Pedro ha sido fundada con la estabilidad misma de nuestro Señor Jesucristo», defiende con energía el honor de aquel episcopado, en que brillaban hermosas figuras aureoladas de ciencia y de virtud. «No—exclama—, jamás se podrá decir de nosotros que hayamos sido envueltos por tan grande tibieza, o que, rebeldes a la instigación de la celeste gracia y a la luz de su régimen adorable, hayamos olvidado nuestro deber.» Expone el programa de suavidad y persuasión que les ha parecido seguir en la cuestión de los judíos, mucho más conforme al espíritu evangélico que la coacción y la violencia, «pues ningún daño puede haber en acrecentar con la dilación la victoria, y no hay fuerza para doblegar los espíritus como el fuego del amor y los maternales cariños de la religión cristiana».

Es la santa libertad de una vida inmaculada lo que nos refleja este documento famoso, y al mismo tiempo la majestad serena de una vejez gloriosa y universalmente respetada. De toda España los ojos se volvían hacia el eximio continuador de la tradición isidoriana. Llovían consultas y peticiones, se acumulaban los cuidados y los compromisos, y el buen obispo, molestado por achaques prematuros, casi ciego de tanto leer manuscritos de letra enrevesada, sufría valientemente las consecuencias de su autoridad indiscutible. Gobernaba su diócesis con sabiduría, seguía dirigiendo la escuela zaragozana, corregía los manuscritos de la biblioteca real, intervenía en la vida religiosa y política de su tiempo, influía en la corte para hacer triunfar el principio de la sucesión hereditaria a la corona, escribía su Vida de San Miltán, componía bellos himnos que no tardaron en incorporarse a la liturgia mozárabe, y mantenía una correspondencia, según él mismo dice, abrumadora, que aunque sólo fragmentariamente conservada, es una de las más interesantes que hoy tenemos de aquel siglo.

De todas partes acuden a su saber y a su prudencia. Le escriben los reyes, los obispos, los condes y los abades. Se solicita su intervención en materias de interés nacional, se le piden libros o reliquias y se le encomiendan trabajos literarios. Discute y resuelve toda suerte de cuestiones canónicas. litúrgicas, escriturísticas y gramaticales; charla íntimamente con sus amigos, les cuenta las penas que le embargan, y llora sobre los despojos que la muerte va dejando en su camino. «Confiésete, señora mía—escribe a la abadesa Pomponia—, que cuantas veces quise escribirte sobre el tránsito de nuestra hermana, de santa memoria, otras tantas me he visto impedido por la amargura que entorpecía mi alma, y embotaba mis sentidos, y paralizaba mi lengua, y llevaba el luto hasta lo más profundo de mi espíritu. ¡ Oh, qué mísera es esta nuestra vida, esta vida que debiéramos llorar con amargura, no abrazar con alegría, odiar, no apetecer! Los bienes pasan ligeros, los males se encadenan unos a otros, y nosotros nos deslizamos también en ese incesante fluir de las cosas. Y, sin embargo, estamos locos, las apariencias embriagan nuestro espíritu y nos juzgamos inconmovibles. El tiempo huye insensiblemente, la muerte se acerca sigilosa, y nuestra ciega esperanza no ve más que las alegrías de la vida. ¡Felices aquellos cuya alegría es Dios, y cuyo gozo reposa en la futura bienaventuranza!»

Estas expresiones estaban inspiradas por un dolor sincero, pero no procedían de un pesimismo enervante y desmoralizador. En sus últimos días, Braulio seguía trabajando con el ardor de su juventud, «y ennobleciendo—según expresión de un contemporáneo suyo—a la ciudad de Zaragoza, cada vez más floreciente por su altísima predicación, más abundante en el estudio de la divina ley, y mejor castillada con los baluartes de una santa predicación». Una de las últimas cartas que recibió fue aquella en que Fructuoso le escribió desde las rías gallegas: «Yo alabo sin cesar al Señor, Rey y Creador nuestro, porque al acercarse el fin de los tiempos, nos ha dado un pontífice como vos, que por vuestra vida y nuestra enseñanza camináis en pos de los Apóstoles, con los cuales habéis de recibir la gloria inefable de la patria, ya que imitáis, viviendo en este mundo, su conducta inmaculada.»

(fuente: www.divvol.org)

otros santos 18 de marzo:

- Cirilo de Jerusalén
- San Frigidiano de Lucca
- San Salvador de Horta

jueves, 17 de marzo de 2016

17 de marzo: Beato Conrado de Baviera

Eremita

Martirologio Romano: En Modugno, cerca de Bari (Italia), beato Conrado, que en Palestina llevó vida eremítica, habitando en una mísera cueva hasta la muerte († c.1154)


Breve Biografía

Desde la muerte de Conrado, se le venera en la diócesis de Molfetta, en Apulia, donde acabó sus días. También es venerado por sus hermanos cistercienses. Su culto fue confirmado en 1832.

Conrado fue hijo de Enrique el Negro, duque de Baviera, y debió haber nacido alrededor del año 1105. Fue a Colonia a hacer sus estudios, pero deseando tener un modo de vida más perfecto, se hizo cisterciense en Clairvaux. Poco después, con el permiso de san Bernardo, hizo un viaje a Palestina, donde deseaba establecerse como ermitaño en el mismo escenario que nuestro Salvador santificó con su presencia. Después de algún tiempo sin embargo, los disturbios del país y su salud quebrantada lo indujeron a regresar a Europa.

No alcanzó a llegar a su tierra, pues fue desembarcado en un lugar cercano a Bari o Molfetta, no se tiene la certeza del sitio exacto, ni de la duración de su estancia, y no pudo reanudar su viaje. Allí, sea como fuere, gastado por sus austeridades y trabajos de caridad, se dice que murió el 15 de marzo de 1154. Su santidad se reveló por las maravillas que ocurrían en su tumba. Entre otras cosas, se nos dice que los corderos le rendían homenaje, yendo a arrodillarse junto a su sepultura.

escrito por Alban Butler
(fuentes: Vida de los Santos; catholic.net)

otros santos 17 de marzo:

- Santa Gertrudis de Nivelles
- San Patricio
- Beato Juan Nepomuceno Zegrí y Moreno

miércoles, 16 de marzo de 2016

16 de marzo: San Juan de Brébeuf

(† 1646-1649)

«Mártir jesuita. Evangelizador de Canadá»

«No moriré sino por ti Jesús, que te dignaste morir por mí […]. Prometo ante tu eterno Padre y el Espíritu Santo, ante tu santísima Madre y su castísimo esposo, ante los ángeles, los apóstoles y los mártires y mi bienaventurado padre Ignacio y el bienaventurado Francisco Javier, y te prometo a ti, mi Salvador Jesús, que nunca me sustraeré, en lo que de mi dependa, a la gracia del martirio, si alguna vez, por tu misericordia infinita me la ofreces a mí, indignísimo siervo tuyo…».

Ardientemente suplicó y recibió Juan esta gracia del martirio a la que fue fidelísimo, sufriendo uno de los más espantosos que se conocen.

Pertenecía a una acomodada familia de terratenientes. En la Normandía oriental, donde nació el 25 de marzo de 1593, imperaba el calvinismo, pero ellos profesaban la fe católica. Cursó estudios de filosofía y teología en la universidad de Caen. A los 21 años entró en una vía de discernimiento vocacional. Se dispuso a ingresar en la Compañía de Jesús, pero asuntos familiares le obligaron a posponer su incorporación hasta 1617. Tenía 24 años. Realizó el noviciado en Rouen donde se le consideró como una vocación tardía. Su dificultad para asimilar las materias se contrarrestó con una formación personalizada. Profesó en 1619 y fue destinado a la docencia. Contrajo la tuberculosis y tuvo que abandonar las aulas. Su estado era tan grave que, ante el riesgo de muerte, el provincial propició su ordenación en 1622. La mejoría fue tal que ese mismo año reanudó con brío las misiones que le encomendaron: ayudante de ecónomo del colegio y después ecónomo titular. Bajo su responsabilidad tenía 600 alumnos. Más tarde, por indicación del provincial de Francia, asumió las misiones de la Nueva Francia. La noticia, tan querida como inesperada, le llenó de alegría. Porque sabiendo que los franciscanos requerían la presencia de jesuitas para atender las fundaciones de Canadá, aún pensando que su ofrecimiento no sería acogido, se prestó para viajar a ese país.

En 1625 partió a la misión de Quebec acompañado de dos religiosos. Unos meses más tarde, después de haberse familiarizado con la lengua de los algonquines, se apresuró a evangelizar a los hurones. Informado de la alta peligrosidad de la zona, no temió por su vida y se estableció en el lugar. Desde allí extendió su radio de acción a otros lugares habitados también por los hurones. Fue una etapa de profunda actividad y esfuerzo que le permitió asimilar sus condiciones de vida y costumbres, acogidas por él como si fuera uno de ellos. Realizó viajes extenuantes por bosques y lagos, soportó inclemencias, plagas, falta de higiene de los indios, y muchos problemas de distinta índole. Otros religiosos no fueron capaces de integrarse y regresaron. Al final se encontró solo, pero se mantuvo firme en su misión. Sus ansias martiriales, vinculadas a su celo apostólico, seguían intactas:«Dios mío, ¡cuánto me duele el que no seas conocido, el que esta región extranjera no se haya aún convertido enteramente a ti, el hecho de que el pecado no haya sido aún exterminado de ella! Sí, Dios mío, si han de caer sobre mí todos los tormentos que han de sufrir, con toda su ferocidad y crueldad, los cautivos en esta región, de buena gana me ofrezco a soportarlos yo solo». En 1629 tuvo que retornar a Francia, momento en el que emitió sus votos perpetuos. Develan irrevocable fidelidad: «Sea yo destrozado antes de violar voluntariamente una disposición de las Constituciones. Nunca descansaré, jamás he de decir: basta».

En 1633 regresó junto a los hurones de Ihonatiria. Fundó la Misión de San José y emprendió otra intensa labor apostólica. Tres años más tarde, los frutos eran visibles. Pudo enviar a 12 jóvenes hurones a Quebec para ser educados en la Misión de Nuestra Señora de los Ángeles. Pero se desencadenaron varias epidemias, que una parte de los hurones achacaron a la presencia de los misioneros, por lo que fueron amenazados y Juan pensó que podría morir. Cuando se desató una de ellas en San José, el único que se mantuvo indemne fue él, que había desafiado a los hechiceros. En 1637 fundó en Ossosané, la capital hurona. Nueva plaga, en este caso de viruela, contribuyó a incrementar la hostilidad. El convencimiento de la gente era que los «sotanas negros» ocasionaban tales desgracias. Juan escribió su voto de martirio que recitaba todos los días en la misa. Parte de la población le quería. Por eso, en febrero de 1638 fue nombrado jefe hurón. Siguió un periodo de altibajos en lo que concierne a las bendiciones apostólicas hasta que en una de sus misiones sufrió una caída y regresó a Quebec.

En 1641 fue nombrado superior de Sillery. Hasta allí llegaron evidencias de los atroces martirios contra los hermanos que había enviado a evangelizar. Las huellas de las torturas de los que regresaban con vida eran estremecedoras. Juan, vertiendo sus lágrimas por ellos, siguió incansable, impulsando las misiones. Diez intensos años de entrega entre los indígenas en los que había administrado el bautismo a 50 personas le permitían trasladar con propiedad a sus superiores esta impresión: «Este campo de misión tendrá su fruto más tarde, pero solo mediante una paciencia casi sobrehumana». Volvió con los hurones en 1644. Y cuando llevaba veinte años en la región, encontró la palma del martirio. Sucedió en 1649. Después de fundar en el territorio de los iroqueses, muchos de los cuales le perseguían a él y a la comunidad, un grupo de ellos le apresó en la Misión de San Luís. Los suplicios fueron terribles. Él oraba: «Jesús, ten misericordia»; mientras, los hurones respondían: «Echon (era el nombre que le daban), ruega por nosotros». Su valentía ante tanta crueldad hizo creer a los feroces verdugos que estaban frente a alguien que excediendo con creces lo humano se hallaba cerca de lo sobrenatural.

La tarde del 16 de marzo de 1649 expiró. Pío XI lo canonizó el 29 de junio de 1930 junto a varios misioneros jesuitas. Fueron declarados patronos de la evangelización de América del Norte.

escrito por Isabel Orellana Vilches
(fuente: zenit.org)

otros santos 16 de marzo:

- San Heriberto de Colonia
- Beata Benedicta de Asís
- San Clemente Hofbauer

martes, 15 de marzo de 2016

15 de marzo: Beato Pío Conde Conde

(1887-1937)

Nació en Portela-Allariz, Orense. A los 15 años ingresó en las escuelas salesianas de Sarriá-Barcelona. Allí mismo hizo el noviciado y profesó como salesiano en 1906. Recibió el presbiterado en Orihuela en 1914.

Estrenó su sacerdocio en Valencia. De allí pasó a Béjar y, en 1923, al colegio María Auxiliadora de Santander. En 1927 fue destinado a Vigo-San Matías, y por último, en 1933, llegó a la casa madrileña de Estrecho, como encargado de la iglesia.

El 19 de julio de 1936 sufrió con su comunidad el asalto al colegio y los vejámenes de la multitud que, a él personalmente, le alcanzaron hasta causarle algunas heridas con derramamiento de sangre incluido. Al concedérsele la libertad en la Dirección General de Seguridad, unos amigos le acogieron en su casa en donde permaneció unos meses escondido. Por el mes de octubre de 1936, se le procuró refugio diplomático en la embajada de Finlandia. Pero ésta fue asaltada el día 3 diciembre y las personas allí acogidas trasladadas en bloque a la cárcel de San Antón. La presión internacional provocó que las autoridades republicanas liberaran a estos detenidos. Don Pío, al salir, se instaló en una pensión pero, aún con la identidad de un sobrino suyo, fue detenido de nuevo y llevado a la comisaría de Estrecho, de donde había partido la denuncia contra él por ser sacerdote salesiano.

Al ser mayor de cuarenta y cinco años, se le aplicó la ley de Evacuación, y se le condujo al Refugio de Evacuados de la calle García de Paredes. Estaba bien entrado ya el mes de marzo de 1937. Entre el 16 y el 20 de este mes, parece ser que don Pío fue “evacuado a Valencia”. Se ignora el lugar y el momento en que le asesinaron. “Entre los casos semejantes que se cuentan, a unos los hacían bajar del coche en Alcázar de San Juan, y allí los asesinaban; a otros los llevaban a Valencia, y allí se deshacían de ellos.” Beatificado por Su Santidad Benedicto XVI el 28 de Octubre de 2007, junto a otros 497 mártires de la persecución contra la fe en Madrid y Sevilla.

(fuente: hagiopedia.blogspot.com.ar)

otros santos 15 de marzo:

- Beato Artémides Zatti
- San Raimundo de Fitero
- Santa Luisa de Marillac

lunes, 14 de marzo de 2016

14 de marzo: Santa Paulina de Fulda

religiosa
†: 1107 - país: Alemania
otras formas del nombre: Paulina de Thüringen, Paulina de Turingia

En la Crónica Hirsauqiense (es decir, del monasterio benedictino de Hirsau) se menciona a Paulina como una «venerable y santa mujer», y en el conjunto de los hagiógrafos benedictinos es llamada con el título de santa. Pero lamentablemente es escasísimo lo que sabemos de ella, y mucho más puesto que los Bolandistas rehusaron tratar sus documentos por considerar que no hay trazas de culto como santa, lo que no es del todo cierto, como veremos.

Hacia 1102 murió su segundo marido, un noble sajón (parece que de nombre Ulrico de Scharaplan), y la santa decidió ingresar en religión. Reunió a varias compañeras, y se establecieron en los bosques de Turingia como ermitañas. Pronto fundó un monasterio, que luego tomo el nombre de Paulinzella, pero para monjes, mientras que ella siguió llevando vida ermitaña.

Hacia el 1107 Paulina viajó hasta el monasterio de Hirsau (su padre había sido hermano lego allí), y en el camino murió. Entre 1112 y 1132 se construyó en su monasterio una basílica, y en 1123 se trasladó allí el cuerpo de Paulina, que recibió veneración como santa. La fecha de 14 de marzo es precisamente la del traslado de sus reliquias. En 1534, en el conflicto de la Reforma, el monasterio fue disuelto y la iglesia destruida.

Se conservan aun algunos restos edilicios (ver foto), y en el lugar hay ahora también un monasterio, moderno, heredero del de Paulina. Ver Acta sanctorum, marzo II, pág 337, praetermissi del día 14. Los escasos datos los he tomado de Ökumenisches Heiligenlexikon y Santi e Beati.

escrito por Abel Della Costa
(fuente: eltestigofiel.org)

otros santos 14 de marzo:

- Santa Matilde de Halberstadt
- Beata Josefina Gabriela Bonino
- San Arnaldo

domingo, 13 de marzo de 2016

13 de marzo: Beata Francisca Tréhet

Religiosa y Mártir

Martirologio Romano: En Ernée, en la región de Mayenne en Francia, Beata Francisca Tréhet, virgen de la Congregación de la Caridad y mártir, que, entregada con toda diligencia a la instrucción de los niños y al cuidado de los enfermos, durante la Revolución Francesa fue guillotinada, y completó así su glorioso martirio por Cristo. († 1794)

Fecha de beatificación: 19 de junio de 1955 por el Papa Pío XII.

Nacló en Salnt-Mars-sur-la-Futale (FranCla) el 8 de abril de 1756 en el seno de una familia de granjeros. Llegada a la Juventud ingresó en la Congregación de Hermanas de la Candad, que se dedicaban a la enseñanza de la niñez y a obras de misericordia y a las que por su hábito gris las llamaban las "Hermanas Grises". Fue destinada a Samt-Pierre-des-Landes, y se acreditó muy pronto por sus virtudes. Era de carácter enérgico y organizaba muy bien las cosas.

Llegada la Revolución, una ley del 17 de abril de 1791 impuso que todos los maestros y maestras tenían que jurar la constitución civil del clero. Francisca se negó, y perdió su cargo de maestra. Pero continuó ejerciendo como catequista y siguió visitando a los enfermos. En la escuela tenía como compañera a la Beata Juana Véron, que sería martinzada poco después que ella. Ambas fueron detenidas a finales de febrero de 1794 y llevadas a Ernée. Francisca pasó a la cárcel y Juana al hospital por estar gravemente enferma.

El día 13 de marzo siguiente compareció ante la Comisión Revolucionaria formada por los representantes del pueblo en el departamento de «La Mayenne», la llamada Comisión Clément por el nombre de su presidente. La sesion pública tuvo lugar en Ernée en el «templo de la Razón», un 23 Ventoso del año II de la República (13 de marzo de 1794). Las acusaciones fueron tres• haber acogido a sacerdotes refractarios, haberse negado a Jurar fidelidad a la patria y haber alimentado y protegido a los "chouans", es decir, a los soldados vandeanos. Francisca rechazó dar vivas a la República y dijo que como cristiana ella ayudaba a todos, porque todos eran sus hermanos en Cristo. Fue condenada a muerte y guillotinada aquel mismo día.

NOTA: Ventoso, en francés Ventôse, es el nombre del sexto mes del calendario republicano francés.

AÑO CRISTIANO Edición 2003
Autores: Lamberto de Echeverría (†), Bernardino Llorca (†) y José Luis Repetto Betes
Editorial: Biblioteca de Autores Católicos (BAC)
Tomo III Marzo ISBN 84-7914-663-X
(fuente: catholic.net)

otros santos 13 de marzo:

- Beata Dulce Lopes Pontes
- San Nicéforo
- San Rodrigo de Córdoba
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