Buscar este blog

sábado, 2 de abril de 2016

02 de abril: Beata Isabel Vendramini

La beata Isabel, fundadora de las Religiosas Terciarias Franciscanas Isabelinas de Padua, familia religiosa consagrada a servir a los pobres, centró su vida en la contemplación de Cristo pobre y crucificado, al que reconocía y servía después en los pobres sus hermanos.

Isabel (Elisabetta) Vendramini nació en Bassano del Grappa (Italia) el 9 de abril de 1790. Era de índole dócil y muy caritativa. En las religiosas agustinas recibió la educación propia de aquel tiempo, con una intensa vida espiritual. Joven brillante, le gustaba vestir bien y era centro de interés. Era amante de la soledad y se retiraba a menudo al campo para orar. Después de seis años de noviazgo, en vísperas de la boda, el Señor le dio a conocer con claridad su llamada, y para Isabel constituyó una verdadera conversión. En el año 1821 vistió el hábito de Terciaria Franciscana con el nombre de Margarita, en Fassano. Luego fue a Padua y allí fundó, el 4 de octubre de 1830, una familia religiosa consagrada a Dios en la observancia de la Tercera Orden Franciscana para servir a los pobres. Al año siguiente hicieron la profesión las primeras religiosas. Se dedicaron a la educación de la juventud y a atender a las señoras ancianas, sanas y enfermas. Falleció en Padua el 2 de abril de 1860. La beatificó Juan Pablo II el 4 de noviembre de 1990.

********************

De la homilía de Juan Pablo II en la misa de beatificación (4-XI-1990)

6. La figura de la beata Isabel Vendramini se inserta en la dinámica espiritual, cuyo punto de apoyo central es la «unión» profunda con Jesús y el amor hacia los pobres, que son los protagonistas de tantas páginas del evangelio. Las palabras del Señor: «Siento compasión de esta gente, porque hace ya tres días que permanecen conmigo y no tienen qué comer» (Mc 8,2), marcaron profundamente el corazón de la beata Isabel ya desde su juventud, cuando advirtió que era fuerte la inspiración de consagrarse totalmente a Cristo y al servicio de los pobres. Dejó, sin titubear, las comodidades de la vida familiar y social para dedicarse a las jóvenes abandonadas y a los necesitados de los barrios más marginados.

La obra de Elisabetta sacaba su inspiración y su fuerza de lo Alto y de su fuerte espíritu de oración. Religiosa de refinada sensibilidad contemplativa, la beata se perdía en la meditación del misterio de la Santísima Trinidad, captando el dinamismo de la encarnación del Verbo, para llegar finalmente a la alabanza y la admiración de Cristo pobre y crucificado, al que reconocía y servía después en los pobres tan amados.

Desde el cielo hoy Isabel exhorta a todos aquellos que quieren ayudar eficazmente a los hermanos en el alma y en el cuerpo a sacar fuerzas de la fe en Dios y de la imitación de Cristo. En esto fue como un vástago fecundo de la espiritualidad franciscana. De san Francisco imitó sobre todo la vida pobre, la fe segura y sencilla y el amor a Cristo crucificado.

La beata Vendramini nos enseña además que, donde es más fuerte y segura la fe, allí será más audaz el impulso de la caridad hacia el prójimo. Donde más se percibe el sentido de Cristo, allí será más preciso y concreto el sentido de las necesidades de los hermanos.

[Cf. L'Osservatore Romano, edición semanal en lengua española, del 2 y del 9 de noviembre de 1990]

Textos de L'Osservatore Romano 
(fuente: www.franciscanos.org)

otros santos 02 de abril:

- San Francisco de Paula
- San Juan Payne
- Beata María de San José (Laura Alvarado Cardozo)

viernes, 1 de abril de 2016

01 de abril: San Celso

Arzobispo de Armagh

Significa “alto, elevado, excelso”. Viene de la lengua latina.

Este joven lleva en su sangre el amor por lo auténtico. Así lo confirma la historia en Irlanda. Una vez que lo eligieron obispo en el siglo XII, empezó la reforma de la Iglesia en esta bella isla.

De su rica vida apostólica no hay mucho escrito, a no ser que se acuda a los Anales irlandeses o a la “Vida de san Malaquías Ua Mohgair”, escrita por san Bernardo.

Este joven fue elevado al cargo de arzobispo de Armagh cuando era un simple seglar. Y estuvo muy bien hecho porque esta sede episcopal se había convertido en hereditaria de unas cuantas familias principescas de la región.

San Bernardo condenó esta postura y les describió el estado de abandono en que se encontraba la iglesia de Irlanda.

Celso era para san Bernardo de Claraval un hombre honesto y con ganas de que la disciplina volviese a esta sede y a toda la isla.

Para darse cuenta de la realidad, visitó todas las ciudades entre 1106 y 1110. En el 1111 convocó un gran concilio general en Fiadh-Mic-Aengus. Asistieron unos cincuenta obispos, 300 sacerdotes,3000 eclesiásticos, el rey de Irlanda, los nobles y el legado papal.

Se promulgaron sabias y prudentes disposiciones concernientes a la reforma del clero y del pueblo. Había que lograr el florecimiento de la disciplina eclesiástica.

Malaquías ayudó a Celso en esta labor que emprendió con tanta ilusión, como los lindos atardeceres por las montañas de la isla.

Ejerció un papel muy digno en sus relaciones con las autoridades evitando disputas y rencillas entre algunas familias burguesas.


Restauró las catedrales e iglesias, fundó escuelas, introdujo a los Canónigos Regulares de san Agustín.

Agotado por el trabajo, murió el primero de abril del año 1129.

(fuente: www.churchforum.org)

otros santos 01 de abril:

- San Hugo
- Beato Ludovico Pavoni
- Santa María Egipciaca 

jueves, 31 de marzo de 2016

31 de marzo: San Renato de Mérida

El obispo Renovato cierra la época gloriosa de santidad y esplendor emeritense: fue un varón ecuánime, justo e ingenioso. Maestro acabado por su doctrina y ejemplaridad de vida.

Después de gobernar la Iglesia durante muchos años murió en la paz de Dios.

Su cuerpo, junto con los de sus obispos predecesores (Masona e Inocente), descansan sepultados con los mayores honores en una misma cripta, no lejos del altar de la santa virgen Eulalia. Ante sus sepulcros se dieron continuos signos de protección; de aquí que su culto se iniciara por asentimiento o aclamación de la iglesia local en la liturgia, al uso de la época.

Su fiesta se celebra el 31 de Marzo.

Es el último biografiado por el autor de las "Vitas" que dice: "El santo Renato, hombre adornado de todas las virtudes; godo de origen, nacido de rancia prosapia e insigne por el lustre de su familia. Era esbelto de cuerpo, de distinguidos modales, de singular estatura... era mayor aún por dentro su hermosura, inundado en la posesión del Espíritu Santo".

Antes había sido abad del monasterio de Cauliana. Se distinguió en las artes y en las ciencias eclesiásticas, especialmente en las Sagradas Escrituras. Su agudo ingenio le hizo maestro de no pocos discípulos.

Su cuerpo fue sepultado en Mérida, en la cripta de la Iglesia martirial de Santa Eulalia.

(fuente: cofrades.sevilla.abc.es)

otros santos 31 de marzo:

- Beata Natalia Tulasiewicz
- San Benjamín
- Santa Balbina de Roma

miércoles, 30 de marzo de 2016

30 de marzo: Beato Amadeo IX de Saboya

(† 1472)

El Beato Amadeo de Saboya fue el noveno de este nombre y el tercer duque de aquel Estado; vivió treinta y siete años (1435-1472); reinó solamente siete (1465-1472); y fue inscrito en el catálogo de los bienaventurados dos siglos más tarde bajo el pontificado del Beato Inocencio XI.

La Saboya fue siempre uno de los lugares más bellos de la región alpina; situada en el centro de Europa, en territorio francés, al occidente de la cadena de los Alpes, guarda dentro de sí las cumbres más elevadas desde el Monte Blanco hasta el monte Thabor. La magnificencia de sus costas, la grandiosidad de su paisaje, su infinita variedad, los contrastes de color y de vida, la melancólica belleza de las ruinas de castillos y monasterios, ofrecen un espectáculo estupendo, que arrebata la admiración. Sus habitantes son conocidos por la bondad de su carácter y por la sencillez de sus costumbres; defendidos del influjo y contacto con otras gentes por la aspereza de sus montañas, han sabido conservar sus primitivas tradiciones. El saboyano es fuerte y alegre; tiene pocas necesidades y sabe desde antiguo solucionárselas por sí mismo; es además religioso y amante de sus instituciones. Cada uno de los siete valles principales de las tierras saboyanas tiene su propia fisonomía en tipos y maneras, hablándose por este motivo de los "siete países saboyanos", variedades de un mismo tipo social montañés.

La casa de Saboya es una de las familias más antiguas e ilustres, que han reinado en Europa casi hasta nuestros días. Parece ser que su fundador fue Humberto I Blancamano, descendiente de la casa de Sajonia, que vivió en los años 985 al 1048; prestó buenos servicios al rey de Arles Rodolfo III, y al emperador Conrado el "Sálico", recibiendo en recompensa numerosas tierras y privilegios. A través de los siglos el Estado saboyano fue ensanchando sus límites geográficos; las guerras entre los señores feudales, las alianzas, las capitulaciones matrimoniales y las herencias de nobles, fueron abriendo camino al esplendor de la casa de Saboya. En el siglo XV, durante el largo gobierno de Amadeo VIII, los dominios saboyanos alcanzaron la máxima extensión, comprendiendo entre otros territorios la Saboya, el Piamonte y el País de Vaud. Aunque se había avanzado notablemente en el sentido de sustituir el antiguo régimen feudal por un Estado moderno, sin embargo, aún no había desaparecido la organización feudal, que se desarrolló más en la Saboya que en el Piamonte, con grandes y poderosas casas señoriales, afincadas en los cerrados valles alpinos con escasos centros urbanos.

Amadeo VIII de Saboya, de sobrenombre "el Pacífico", consiguió en 1416 del emperador Segismundo la transformación del condado en ducado, recibiendo la solemne investidura. Destacaron en este príncipe sus inquietudes espirituales y su amor por la vida ascética, llegando a crear en la corte un acentuado ambiente de religiosidad, dentro del cual discurrieron los primeros años de vida de su nieto el Beato Amadeo IX de Saboya. Amadeo VIII "el Pacífico", después de haber llevado su casa a una altura jamás soñada en tiempos atrás, se dedicó a dejar el gobierno en manos de su hijo Luis II de Saboya y a retirarse a la vida eremítica con algunos de sus mejores amigos y fieles consejeros; fundó la Orden Militar de San Mauricio, a la que señaló como residencia un nuevo monasterio levantado por su mandato en Ripaglia, cerca de Tournon, y entró en el retiro con sus amigos el día 16 de octubre de 1434, vistiendo todos una túnica y capucha grises, llevando como distintivo un cinturón dorado y una cruz también dorada sobre el pecho. La decisión del duque de Saboya causó honda impresión en Europa, y llamó la atención de los Padres del concilio de Basilea, quienes, después de haber depuesto al papa de Roma Eugenio IV, lo eligieron como sucesor de San Pedro. El duque aceptó la tiara y fue consagrado y coronado el 24 de julio de 1440 con el nombre de Félix V; nueve años más tarde, en bien de la paz de la lglesia, el antipapa Félix renunció al papado en el concilio de Lausana de 1449; el nuevo pontífice Nicolás V lo preconizó cardenal obispo de Saboya y delegado apostólico en Saboya y parte de Suiza; murió en 1451 y sus huesos hallaron descanso en un magnífico monumento erigido en su nombre en la catedral de Turín.

Su nieto, el Beato Amadeo IX de Saboya, nació en Tournon el 1 de febrero de 1435, habiendo sido el hijo primogénito de Luis II de Saboya y de Ana de Lusiñán, hija del rey de Chipre. La dulcedumbre del lago de Ginebra, al pie de cuyas colinas se alza el pequeño pueblo de Tournon, comunicó al joven Amadeo su encanto y su poesía, y las cimas nevadas del San Bernardo Y del Monte Blanco infundieron en su alma el amor por todo lo cándido y puro. Sus cristianos padres lo educaron en el santo temor de Dios, juntamente con sus otros diecisiete hermanos. Muy pronto se manifestaron en el príncipe los piadosos sentimientos y una natural inclinación hacia la virtud; de niño, cuando jugaba y paseaba por los jardines de su palacio, gustaba de hincarse de rodillas y elevar sus manos y sus ojos al cielo, dirigiendo a Dios fervorosas jaculatorias; de joven, se apartaba del fastuoso brillo de la corte, prefiriendo la conversación con los pastores y la meditación en la pasión de Jesucristo, arrasándosele los ojos de lágrimas al contemplar el crucifijo. Su semblante siempre risueño, sus maneras apacibles, su estilo a la vez humano y majestuoso, le hicieron muy pronto dueño de todos los corazones. El Beato Amadeo de Saboya tuvo desde los primeros años de su juventud aquella dulzura, aquel encanto e irresistible simpatía que desprende la santidad verdadera; sin votos de religión, sin hábitos sacerdotales, en medio del bullicio de una corte europea del medievo, supo llevar a la práctica aquel mandamiento de Jesucristo: "Sed perfectos como vuestro Padre celestial es perfecto"; porque la santidad puede y debe hacerse en todos los lugares y tiempos, y en todos los modos de vida, acomodando nuestra voluntad a la voluntad de Dios y guardando sus santos preceptos.

Después del tratado de Cleppié (1453), a los diecisiete años de edad, Amadeo IX de Saboya contrajo matrimonio con Violante de Valois, también conocida con el nombre de Yolanda de Saboya, hija del rey de Francia Carlos VII y hermana del más tarde también rey de Francia Luis XI, de la cual estaba prometido desde la cuna (1436). Fue Violante una mujer afectuosa, fiel y amante de su casa y familia; ambos esposos estuvieron desde un principio muy unidos, no sólo en la comunidad de vida, sino principalmente en la rectitud de conciencia y en idénticos sentimientos. La castidad matrimonial fue fecunda, habiendo nacido del amor conyugal nueve hijos, a los que sus padres supieron legar, además de los bienes de fortuna, su religión y virtud; una de sus hijas subió a los altares con el nombre de Beata Luisa de Saboya, la cual, muerto su marido, se encerró en un convento de clarisas, siendo autorizado su culto por el papa Gregorio XVI.

En el año 1465 el Beato Amadeo IX de Saboya sucedió a su padre en el trono, y con este motivo las virtudes que adornaron al príncipe alcanzaron mayor brillo con la diadema. Desde un primer momento, sabedor de que toda autoridad y poder viene de Dios, se esforzó en imponer en la corte sus piadosas tendencias, volviendo la vida cortesana a lograr el mismo o mayor nivel de religiosidad que tuvo en los tiempos de su abuelo Amadeo VIII "el Pacífico". El ejemplo de los príncipes es siempre poderoso y eficaz en la mejoría de las costumbres; el modo de vida del Beato Amadeo de Saboya impuso en todos sus vasallos un sello tan fuerte de honradez, que por mucho tiempo se vio el vicio desamparado en todos sus Estados. La falta de compostura en el templo, el hablar con menosprecio de la religión, las conversaciones licenciosas en la corte, eran motivo suficiente para incurrir en la desgracia del príncipe, quien siempre se mostró resoluto e intransigente cuando estuvieron por medio los intereses de Dios. Fue norma constante en su vida de gobierno el anteponer el servicio de Dios a todas las restantes cosas. No hubo a la sazón corte más brillante ni mejor arreglada en toda Europa; reinando la paz y la justicia con todos sus derechos, y extendiéndose la vigilancia del príncipe a todos sus Estados con segura política interior.

Argumento singular de santidad en el Beato Amadeo de Saboya fue su amor a los pobres; teniendo delante de los ojos aquellas palabras de Jesucristo: "Lo que hiciereis con los necesitados, conmigo lo hacéis", solía repetir, para justificar sus afanes en favor de los desvalidos: "Me conduelo tanto de los pobres, que al verlos no puedo contenerlas lágrimas. Si no amase a los pobres, me parecería que no amaba a Dios". Empleó mucha parte de sus riquezas en fundar hospitales y en dotar los ya existentes con mayores rentas, conservándose todavía en el Piamonte y en la Saboya numerosos vestigios de la magnificencia del caritativo príncipe. Con su propia mano atendía a los necesitados, gozando al distribuirles personalmente las limosnas, visitaba a los enfermos en sus humildes viviendas, socorriéndoles con tanto cariño y solicitud, que alguno de ellos llegó a decir, que sólo por haber sido asistido por el santo duque bendecía la hora en que Dios le había postrado en el lecho víctima de penosa enfermedad; llamábanle el padre de los necesitados, y a su palacio, el jardín de los pobres.

La tradición nos ha conservado una simpática anécdota, que nos descubre hasta dónde llegó la caridad del corazón del Beato Amadeo de Saboya. En cierta ocasión, habiéndole preguntado un embajador de un príncipe extranjero si tenía jauría de perros y si le gustaba la caza como entretenimiento, el duque le contestó: "Tengo otros entretenimientos, en los que me ocupo con mayor placer; deseo que vea el señor embajador con sus propios ojos el, objeto de mis distracciones". Seguidamente el príncipe abrió el balcón de la sala, descubriéndose un gran patio, en el cual iban y tornaban numerosos criados atendiendo y dando de comer a más de quinientos pobres. "Ved ahí señor embajador, mis divertimientos, con los que intento conseguir el reino de los cielos". El embajador intentó diplomáticamente censurar la conducta del santo duque, y le dijo: "Muchas gentes se echan a mendigar por pereza y holgazanería". A lo que respondió el caritativo príncipe: "No permita el cielo que entre yo a investigar con demasiada curiosidad la condición de los pobres que acuden a mi puerta; porque si el Señor mirase de igual manera nuestras acciones, nos hallaría con mucha frecuencia faltos de rectitud". Replicó el embajador: "Si todos los príncipes fuesen de semejante parecer, sus súbditos buscarían más la pobreza que la riqueza". A lo que contestó el Beato Amadeo, de Saboya: "¡Felices los Estados en los que el apego a las riquezas se viera por siempre desterrado! ¿Qué produce el amor desordenado de los bienes materiales, sino orgullo, insolencia, injusticia y robos? Por el contrario, la pobreza tiene un cortejo formado por las más bellas virtudes". Añadió el embajador: "En verdad que vuestra ciencia, en relación con los restantes príncipes de este mundo, es totalmente distinta; porque en todas partes es mejor ser rico que pobre, pero en vuestros Estados los pobres son los preferidos". Continuó el santo duque: "Así lo he aprendido de Jesucristo. Mis soldados me defienden de los hombres; pero los pobres me defienden delante de Dios". Ningún otro príncipe rayó a tanta altura en el ejercicio de la caridad; un día sus ministros le advirtieron que el tesoro se hallaba exhausto a causa de tantas limosnas, y el santo no dudó un momento en entregarles el rico collar de la orden militar que llevaba sobre su pecho, para remediar las necesidades más urgentes de los pobres que acudían a su palacio. Fue siempre clemente y compasivo, sin que estas cualidades le desviaran en ningún caso de la justicia, que administraba con entera rectitud.

Pero quiso Dios probar su virtud con diferentes y graves adversidades, purificando el alma de su siervo como oro en crisol, para que resplandeciera mayormente su santidad. Porque la virtud tanto más vale, cuanto mayor esfuerzo significa; por ello la santidad es patrimonio de almas heroicas, aunque ayudadas siempre de la gracia divina. Durante toda la vida se vio el Beato Amadeo de Saboya atormentado por frecuentes ataques de epilepsia; esta enfermedad, tan sensible como vergonzosa por los impropios movimientos que causan las contorsiones, le sirvió para ejercitarse en la paciencia cristiana, aceptando con alegría la voluntad del cielo. Solía repetir: "Nada más útil para los grandes y poderosos, que las dolencias habituales, que les sirven de freno para reprimir la vivacidad de las pasiones y templan las dulzuras de esta vida con una amargura saludable". Por razón de esta dolencia, los enfermos atacados de epilepsia vienen acudiendo en sus súplicas al Beato Amadeo de Saboya, desde el momento de su muerte, como a especial abogado, encontrando eficaz ayuda y remedio para su mal.

Otra fuente de numerosos sinsabores y grandes amarguras para el Beato Amadeo de Saboya fue la defensa de sus Estados, en tiempos en que la ambición de los príncipes multiplicaba las guerras. Rico de virtudes personales, pero pobre de salud, el santo duque hubiera abdicado si la duquesa Yolanda, mujer de gran energía, no se lo hubiera impedido, para asegurar la sucesión de sus hijos, ocupándose ésta directamente del gobierno de Estado por encomienda de su esposo. Conocedores de esta situación de aparente debilidad, algunos príncipes de los Estados colindantes intentaron incrementar sus dominios a costa de la casa de Saboya, e incluso algún familiar del santo duque pretendió destronarlo para ceñirse la corona ducal; unos y otros tropezaron con la entereza del Beato Amadeo de Saboya en la defensa de sus derechos, quien supo poner remedio pacífico a violentas situaciones con la magnanimidad de su corazón. Concedió inmediatamente la libertad al duque Galeazzo María Sforcia, tan pronto como supo que sus soldados lo habían arrestado, sorprendiéndolo al atravesar disfrazado las tierras de Saboya, cuando regresaba desde Francia a sus Estados; sin embargo, no pudo conseguir la amistad del duque, desde antiguo enemigo de la casa de Saboya. Años más tarde, cuando el marqués de Monferrato rechazó el derecho del Beato Amadeo IX de Saboya al homenaje, reclamado en conformidad con el tratado de 1412, dando con ello origen a la guerra en el Piamonte, el duque de Milán, Galeazzo María Sforcia, intervino a favor del marqués; la duquesa Yolanda se alió con Borgoña y Venecia, nombró capitán general de sus tropas a Felipe de Bressa, hermano del duque de Saboya, y logró ayuda de su hermano Luis XI de Francia; mas otra vez el bondadoso corazón del Beato Amadeo se interpuso a favor del duque de Milán, firmó con él nuevos tratados, le dio como esposa a su hermana menor Bona de Saboya, logrando una paz definitiva en 1468. Felipe de Bressa, de carácter levantisco e inquieto, apoyado por el duque de Borgoña, intentó apoderarse del Estado, asediando a Montmélian en 1471, donde se encontraba la corte; pero tan sólo pudo hacer prisionero a su hermano Amadeo, mientras Yolanda se refugiaba en Grenoble, salvando a sus hijos en Francia; la intervención de Luis XI de Francia y la presión diplomática de Milán y Suiza hicieron el acuerdo; Felipe de Bressa dejó que Amadeo retornase con su mujer, devolvió las fortalezas, y obtuvo para sí la lugartenencia por benigna concesión de su hermano ya enfermo de muerte. Yolanda de Saboya condujo ahora al príncipe al Piamonte, estableciéndose en la ciudad de Verceli, en otros tiempos de la corona de Saboya, pero a la sazón en poder del duque de Milán, amparándose en la protección del duque.

Rodeado de tantas desventuras, el Beato Amadeo de Saboya fortalecía la entereza de su carácter y la bondad de su corazón con los consuelos de la religión; muchas veces fue a pie, acompañado de su esposa, a Chambery, para tributar culto al Santo Sudario, que se venera en aquella ciudad; fue muy devoto de la Santísima Virgen, a la que llamaba su Señora y a la que honraba con frecuentes devociones; hizo a Roma de incógnito una visita, encontrando en aquellos santos lugares paz para su alma e incremento de su piedad, dejando en la iglesia de San Pedro y en otras de la Ciudad Eterna ricos presentes.

Consumido, en fin, a violencias de tantos rigores, conociendo cercano su acabamiento, llamó a su presencia a los principales señores de su corte, nombró regente de sus Estados a la duquesa, su mujer, fiel compañera, e hizo testamento político con estas palabras: "Mucho os recomiendo a los pobres, derramad sobre ellos liberalmente vuestras limosnas, y el Señor derramará abundantemente sobre vosotros sus bendiciones; haced justicia a todos sin acepción de personas; aplicad todos vuestros esfuerzos para que florezca la religión y para que Dios sea servido". Este fue su testamento, y también el programa de su política durante los pocos años de su reinado. Murió en Verceli en el año 1472 en el día 31 de marzo, fecha en que la Iglesia celebra su fiesta. La noticia de su muerte puso fin a las procesiones públicas rogativas, llevando el luto a todos los lugares de la Saboya y el Piamonte. Fue sepultado en la románica iglesia de San Eusebio de Verceli, debajo de las gradas del altar mayor, confirmando el cielo con numerosos milagros la fama de santidad que ya en vida gozaba Amadeo IX de Saboya.

Su compaisano San Francisco de Sales un siglo más tarde, haciendo viaje a Roma, quiso pasar por Verceli, para rezar delante de las reliquias del siervo de Dios Amadeo, encontrando alegría para su alma en la iglesia de San Eusebio; y testigo del vivo culto popular, alimentado con los muchos prodigios acaecidos junto a su sepulcro, rogó al papa Paulo V que fuese canónicamente reconocido; pero fue otro siglo después cuando el papa Beato Inocencio XI concedió a Amadeo IX de Saboya los honores de la beatificación, y dio licencia para que se rezase oficio y se dijese misa en su honra dentro de los dominios del duque de Saboya y dentro de Roma en la iglesia de la nación. En el largo espacio de cinco siglos no se ha entibiado la devoción de los pueblos hacia el santo duque, existiendo en la actualidad en casi todos los lugares del antiguo ducado de Saboya numerosos testimonios del culto popular.

Uno de sus sucesores, Carlos Manuel I (1580-1630), durante su reinado mandó acuñar algunas monedas de plata con la efigie del Beato Amadeo, rodeada de la siguiente inscripción: "Bendice a tu descendencia"; el pueblo llamó a las monedas mayores de nueve florines "Beatos Amadeos", y a las monedas más pequeñas de tres florines simplemente "beatas", nombre que sirvió durante mucho tiempo para designar en general a todas las monedas de plata de pequeño tamaño en los países de Europa.

escrito por Doroteo Fernández Ruiz
(fuente: www.mercaba.org)

otros santos 30 de marzo:

- San Pedro Regalado
- San Juan Climaco 
- San Zósimo de Siracusa

martes, 29 de marzo de 2016

29 de marzo: San Guillermo Tempier

Obispo

Martirologio Romano: En Poitiers, en Aquitania, en Francia, san Guillermo Tempier, obispo, que, prudente y firme, defendió contra los nobles la Iglesia a él encomendada, ofreciendo en su persona un integérrimo ejemplo de vida. (1197)

No tenemos muchas noticias acerca de san Guillermo Tempier, pero su memoria estuvo desde el origen ligada al 29 de marzo y así la reporta el Martirologio Romano.

Se desconoce cuándo y dónde nació, se cree que en Poitiers (Francia), porque era Canónigo Regular en San Hilario de Poitiers, fue elegido obispo de esa ciudad en 1184, como lo prueba un documento de ese año.

Es recordado por su valentía en la defensa de los derechos y bienes de su diócesis; esto también se sustenta en un documento de 1185, que lo señala como defensor contra los perseguidores de la Diócesis, y dotado de viril paciencia.

En 1191 aparece como «Guillermo el fuerte», en ese año obligó a una de sus vasallos a prestarle el debido homenaje; no hay que olvidar que era la Edad Media, y las costumbres generales de la época obligaban a asumir actitudes, para nosotros hoy incomprensibles.

Después de trece años de intenso episcopado, murió el 29 de marzo de 1197, y fue enterrado en la iglesia de San Cipriano. Guillermo Tempier, el obispo que en vida fue fuertemente confrontado por los notables de la diócesis, de muerto fue honrado como santo; señal de que, además de la energía expresada en la conducción administrativa y política de la diócesis, en el campo pastoral fue un gran obispo, atento a la vida espiritual de sus fieles, para quienes era un ejemplo íntegro.

El pueblo de Poitiers se dirigía a su tumba para ser curados de hemorragias.

responsable de la traducción: Xavier Villalta


(fuente: catholic.net; santiebeati.it)

otros santos 29 de marzo:

- Santa Gladys
- Beato Bertoldo del Monte Carmelo
- San Gundleus (Gundleius o Gwynnllyw)

lunes, 28 de marzo de 2016

28 de marzo: Beata Juana María de Maillé

n.: 1331 - †: 1414 - país: Francia
canonización: Conf. Culto: Pío IX 27 abr 1871

En Tours, ciudad de Francia, beata Juana María de Maillé, la cual, al morir su esposo en la guerra, quedó reducida a la miseria y, desalojada por los suyos de su casa, vivió abandonada de todos y recluida en una pequeña celda cerca del convento de los Hermanos Menores, mendigando el pan, mas llena de confianza en el Señor.

Juana María de Maillé nació el 14 de abril de 1331 en el castillo de La Roche, en la diócesis de Tours. Tuvo una primera visión de la Virgen María y del Niño Jesús en 1342 y se consagró a honrar la Pasión de Cristo. Recibió la primera educación religiosa de un padre franciscano, confesor de la familia; él le enseñó el amor ardiente a Cristo muerto por la salvación de la humanidad, a nuestra Señora, Madre de Dios y Madre de los hombres, y al Seráfico Pobrecillo San Francisco. Ella se empeñó en imitar sus virtudes, especialmente el amor a la pobreza, a la humildad y a la oración, y se hizo hija suya militando entre los hermanos y las hermanas de la Penitencia de la Tercera Orden Franciscana.

Cuando la joven creció su padre había muerto, y su tutor, el abuelo paterno, decidió en 1347 casarla con Roberto de Silly, un noble vecino. Sin embargo los dos jóvenes esposos, que se conocían desde niños, no pudiendo evitar cumplir con lo pactado por sus familias, decidieron de común acuerdo conservar la virginidad y se dedicaron a socorrer a los desventurados durante la gran epidemia de peste negra en los años 1346-1353; adoptaron como hijos a tres huérfanos. Roberto, capturado por los ingleses y rescatado a precio de su fortuna, murió en 1362.

Juana María, como en otro tiempo santa Isabel de Hungría, fue expulsada brutalmente por la familia de Silly, quienes le reprochaban a Juana haber empobrecido a su marido con las limosnas que daba. Ella perdonó generosamente a cuantos le habían procurado tanto dolor y bendijo a Dios en el momento de la prueba. Se retiró a Tours para dedicarse a la oración y a las buenas obras. Hizo voto de perpetua castidad en las manos del arzobispo de Tours y entró en el hospicio de los enfermos, decidida a llevar una vida sacrificada por el bien de los hermanos pobres, enfermos y necesitados, como hacían los primeros terciarios franciscanos. Perseguida por la malevolencia de los que la rodeaban, se retiró al eremitorio de Planche de Vaux, donde llevó vida contemplativa.

Una vez que rezaba en una iglesia una loca le tiró una piedra en la cabeza, y los cirujanos no pudieron cerrarle la herida, pero milagrosamente se le curó, aunque llevó de por vida la marca. Obligada por las condiciones de salud a regresar a Tours en 1386, se fue a vivir junto al convento de los Cordígeros, nombre popular de los Franciscanos, y se puso bajo la dirección del padre Martín de Bois Gaultier. Su celo la llevó varias veces a la corte de Carlos VI, el rey loco, ya a Tours, ya a París, para intentar que corrigiera sus costumbres. Fue favorecida con carismas místicos, era consultada en todas partes y admirada por sus penitencias y por su santidad.

Murió el 28 de marzo de 1414, a los 82 años. Su cuerpo fue sepultado con la túnica de las Clarisas. Se conservan las actas del proceso informativo acerca de sus virtudes y milagros, abierto en 1414 con vistas a la canonización, aunque nunca se llegó a concluir. Su culto fue confirmado por SS. Pío IX el 27 de abril de 1871. Su memoria se celebra a veces el 6 de noviembre, aniversario de una traslación de reliquias.

Noticia de «Franciscanos para cada día», de Fr. G. Ferrini O.F.M., cotejada y mejorada con la biografía en inglés de «Butler's Lives of Saints» de Thurston, ed. 1990. Acta de confirmación de culto en Actae Sanctae Sedis 6, 1871, pág 365. Ver Acta Sanctorum, marzo III, pág 735ss; y Leon, Aureole Seraphique, vol. II; también la vida de la beata por A. de Crisenoy (1948). La autoría de este artículo se refiere a la combinación de fuentes.

escrito por Abel Della Costa
(fuente: eltestigofiel.org)

otros santos 28 de marzo:

- San José Sebastián Pelczar
- San Proterio de Alejandría 
- San Guntrano

domingo, 27 de marzo de 2016

27 de marzo: San Alejandro de Drizipara

Legionario y Mártir

En Drisípara de Panonia, san Alejandro, soldado, el cual, imperando Maximiano, después de haber tolerado por Cristo muchos suplicios y hecho muchos milagros, cortada la cabeza consumó el martirio.

NOTA: Su nombre no consta en el actual Martirologio Romano, pero si en la edición de 1956.

Etimológicamente: Alejandro = Aquel que protege al hombre, es de origen griego.

Este joven mártir romano dio muestras fehacientes de lo que significa el perdón para todo ser humano y, para el creyente – con mayor razón todavía.

Era un militar a las órdenes del tribuno Tiberio, en tiempos del emperador Maximiliano (286-305).

Se celebraban en la ciudad imperial unas grandes fiestas dedicadas al honor de Júpiter, el dios de los dioses.

Sabían que era cristiano. Entonces quisieron obligarle a que hiciera los sacrificios al dios.

Como era natural y consecuente con su fe en el Resucitado, se negó en rotundo.

Como era un militar afamado, lo llevaron ante el emperador. En su presencia profesó abiertamente su fe. Consecuencia: le torturaron y le enviaron a Tracia, en donde le dieron fuertes castigos. Pero todo lo soportó con alegría por Jesús, perdonando a sus verdugos.

Lo trasladaron de una sitio para otro. Los interrogatorios continuos lo indignaban.

Cansados, lo transfirieron a Drizipara (actual Karistiran) en donde lo decapitaron.

Arrojaron su cuerpo al río y cuatro perros lo rescataron en presencia de su madre Pemenia.

El culto a Alejandro comenzó con mucho fervor en el siglo VI. Exaltaban el valor de la madre dando sepultura a su hijo.

escrito por P. Felipe Santos 
(fuente: catholic.net)

otros santos 27 de marzo:

- San Ruperto de Salzburgo
- Beato Francisco Faà di Bruno 
- Beata Panacea de'Muzzi
Related Posts Plugin for WordPress, Blogger...