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lunes, 23 de mayo de 2016

23 de mayo: Beatos José Kurzawa y Vicente Matuszewski

Presbíteros y Mártires

Martirologio Romano: En la ciudad de Witowo, en Polonia, beatos José Kurzawa y Vicente Matuszewski, presbíteros y mártires, asesinados por los perseguidores de la Iglesia cuando, en tiempo de guerra, su patria estuvo sometida por la fuerza a un poder extranjero. († 1940)

Fecha de beatificación: 13 de junio de 1999 por el Papa Beato Juan Pablo II como parte de un grupo de 108 mártires polacos.

En la madrugada del 23 de mayo de 1940 la policía nazi sacó de la casa rectoral en que dormían al párroco y al coadjutor de la parroquia de Osiecyni, Polonia, y los obligó a montar en un coche, que de inmediato tomó la carretera en dirección a Witowo. Cuando había recorrido unos cinco kilómetros, el coche paró, los sacerdotes fueron obligados a descender de él y fueron asesinados con tiros de pistola. Sus cuerpos quedaron en una fosa al borde de la carretera.

Este trágico final lo habían visto venir no pocas personas como consecuencia de la actitud valerosa que ambos sacerdotes venían mostrando desde la entrada de las tropas nazis en la población tras desencadenarse la II Guerra Mundial. Ellos no habían querido dejar el pueblo porque decían que su sitio estaba junto a los fieles, y seguían ejerciendo su ministerio con toda la normalidad que les era posible. Más aún, llegado el día del Corpus Christi decidieron sacar la tradicional procesión a la calle, acto al que los fieles acudieron, y que disgustó sobremanera a las autoridades de ocupación. El antiguo alcalde del pueblo acudió al párroco para decirle que era perentorio que ambos se marcharan. El párroco dijo que él de ningún modo se iba pero que el coadjutor era libre de hacerlo, a lo que éste igualmente se negó diciendo que no pensaba abandonar a su párroco. Su valentía y firmeza les costó la vida.

El párroco se llamaba Vicente Matuszewski y había nacido en Chruscienska Wola el 3 de marzo de 1869, ordenándose de sacerdote el 17 de febrero de 1895. Estuvo destinado en diferentes parroquias hasta que en 1918 se le nombró en la de Osiecyni, donde trabajó con gran entrega y mucho fruto. El obispo quiso premiar ese trabajo nombrándole canónigo de la colegiata de Kalisz sin por eso tener que dejar su parroquia.

El coadjutor se llamaba José Kurzawa y había nacido en Swierczyn el 6 de enero de 1910, ordenándose sacerdote el 14 de junio de 1936. Fue destinado a la parroquia de Osiecyni como primer encargo, siendo además de vicario parroquial el prefecto de las escuelas locales. Era muy apreciado por su mansedumbre y bondad.

AÑO CRISTIANO Edición 2004
Autores: Lamberto de Echeverría (†), Bernardino Llorca (†) y José Luis Repetto Betes
Editorial: Biblioteca de Autores Católicos (BAC)
Tomo V Mayo ISBN 84-7914-709-1
(fuente: catholic.net)

otros santos 23 de mayo:

- Beato Juan de Prado
- San Juan Bautista de Rossi
- San Guiberto de Gembloux

sábado, 21 de mayo de 2016

21 de mayo: San Paterno de Vannes

Obispo

Martirologio Romano: En Dariorige (hoy Vannes), en la Bretaña Menor (actualmente en Francia), conmemoración de san Paterno, obispo, de quien se cuenta que en este día fue ordenado obispo en el concilio provincial reunido por san Perpetuo de Tours en esta misma sede († c.460-490).

Etimológicamente: Paterno = Padre, es de origen latino.

San Paterno de Vannes nació probablemente en Poitiers, Francia, y llegó a ser obispo de Vannes, en ese mismo país.

A diferencia de los demás obispos fundadores de diócesis en Bretaña, San Paterno no era de origen bretón. Por su nombre, su origen quizás haya sido galo romano. Sin embargo se desconocen muchos detalles acerca de su vida.

Al parecer, un concilio del año 465 celebrado por seis obispos resolvió la necesidad o la contingencia de nombrar un obispo para Vannes, y el cargo recayó en San Paterno.

Luego de fijar los límites del nuevo obispado, San Paterno enfrentó difíciles conflictos, tanto con los partidarios de un cristianismo local de tradición celta, como los de un cristianismo de corte más bien galo-romano.

Una inmigración de bretones que regresaba de la Gran Bretaña vino a complicarle la situación, pues tenía que conciliar a gente con ideas y experiencias distintas. Dentro de este contexto, San Paterno fue un artífice de la unidad, y durante un tiempo supo mantener el equilibrio con las distintas facciones en pugna.

Sin embargo, las intrigas y la incomprensión lo forzaron a dimitir y a exilarse, por lo que se retiró a la soledad de una ermita, donde murió en penitencia y en el olvido total.

En 1964, el papa Paulo VI declaró a San Paterno santo patrono de la diócesis de Vannes.

San Paterno de Vannes nos enseña la importancia de transmitir y mantener la unidad entre grupos con intereses distintos.

(fuente: catholic.net)
otros santos 21 de mayo:

viernes, 20 de mayo de 2016

20 de mayo: Beato Luis Talamoni

Luis Talamoni nació en Monza el 2 de octubre de 1848, segundo de seis hijos de un modesto sombrerero. Frecuentó el oratorio del Carrobiolo, guiado por el barnabita Luis M. Villoresi, y fue uno de los primeros alumnos del instituto para los clérigos pobres fundado por el mismo padre.

Ordenado sacerdote el 4 de marzo de 1871 y licenciado en ciencias históricas y filosóficas, don Luis enseñó en el Colegio San Carlos de Milano, del 1875 hasta su muerte, en el Seminario de bachillerato de Monza.

Sus alumnos, entre los cuales el papa Pío XI, le veían como a un gran maestro, ejemplo de activa vida sacerdotal.

Su frecuente predicación fue siempre fructuosa, porque en su corazón tuvo mucho amor por Dios y por los hombres.

En la catedral de Monza confesó por mucho tiempo, cada día, por 50 años; fue un verdadero mártir del confesionario.

Siempre acogió con admirable paciencia a personas afligidas que pedían consejo, consuelo; sus bendiciones obtuvieron gracias del Señor.

Quiso mucho a los enfermos, especialmente a los más necesitados espiritualmente. Su caridad fue inmensa: era el hombre de todos.

La pública opinión siempre lo consideró como el mejor de los ciudadanos monzesi.

De 1893 a 1916 y aún en el 1923 don Talamoni participó en el Consejo municipal de Monza porque la población lo estimó y lo quiso; también los adversarios reconocieron su superioridad moral. A él estaba confiado el bien de los conciudadanos: fue realmente «Padre del pueblo».

Mons. Luis Talamoni vivió en tiempos muy difíciles por la situación de la nación y por las luchas de pensamiento: fue clara y fuerte su fe, su comunión con el Papa y con el Arzobispo.

Fue incansable en procurar los intereses de las almas y los cuerpos de sus hermanos, fruto de la caridad de este beato sacerdote es la Congregación Delle Suore Misericordine que continúan su obra de misericordia en la asistencia a los enfermos y privilegiar al hombre en situaciones de necesidad y malestar.

La vivísima, fama de santidad de Mons. Luis Talamoni, muerto el 31 de enero de 1926, ha llevado en el 1952 al inicio del proceso de canonización.

El día 11 de julio de 1992 el Santo Padre Giovanni Paolo II proclama oficialmente la Venerabilidad y el 12 de abril 2003 promulga el decreto de reconocimiento del milagro para la Beatificación.

(fuente: www.vatican.va)

otros santos 20 de mayo:

- San Alcuino de York
- San Arcángel Tadini
- San Bernardino de Siena

jueves, 19 de mayo de 2016

19 de mayo: San Pedro Celestino V

Papa y ermitaño
(1215-1296)

Alguien ha llamado a San Pedro Celestino el Fénix de de la Iglesia. Y, efectivamente, es único, excepcional. Le pasan cosas que no le pasan a ningún otro santo. Casi sin darse cuenta, funda una nueva rama de la Orden benedictina. Sube al supremo honor del Pontificado desde una celda ignorada, y deja luego el Pontificado para encerrarse otra vez en esa celda.

No era letrado, pero nos dejó las Memorias de una parte de su vida. En ellas no encontraremos vanidad literaria, pero sí un delicioso encanto de sencillez. San Pedro Celestino miraba las cosas más estupendas como si fuesen las más naturales del mundo. Que las estatuas hablasen, le parecía tan sencillo como que las aguas de los ríos corriesen por su cauce. Para dar a conocer su figura, vamos a sacar los rasgos más salientes de su narración:

«Venid los que teméis al Señor; escuchad y os contaré las cosas grandes que Dios hizo en mi alma. Cuanto digo, sea para la gloria de Dios y edificación del prójimo.

»Mis padres se llamaban Angelarlo y María. Eran justos delante de Dios y honrados de los hombres. Como Jacob, tuvieron doce hijos. Su mayor deseo era que alguno de ellos se consagrase a Dios; y con ese fin determinaron que el segundo aprendiese las letras; pero resultó que era un joven muy hermoso y más apto para las promesas del mundo que para las cosas del Señor. En esto murió mi padre, y Dios puso en mi madre la idea de educar para la carrera eclesiástica al undécimo de sus hijos. Tendría éste cinco o seis años. El Señor manifestaba en él su gracia de una manera maravillosa. Cuanto de bueno oía, lo guardaba en el corazón y se lo refería luego a su madre, y le decía con frecuencia: «Quiero ser un buen siervo de Dios.» Conformábase su madre con este proyecto, recordando que, al nacer, había salido aquel niño vestido de una sutilísima veste monacal. No faltaron obstáculos. Un demonio se vistió de ángel y se presentó a la buena mujer, diciéndole: «Nunca podrás sacar nada de ese chico.» «Creo que era un demonio—dice Pedro—, aunque yo era entonces muy pequeño.» Otro demonio arredraba al niño con dificultades de los estudios. Los demás hermanos decían a la madre, refiriéndose al que ya había empezado a estudiar: «Nos basta un holgazán en casa.» Y un señor rico de su pueblo (el pueblo se llama Isernia, en los Abruzzos, Italia), le decía: «Si no te haces clérigo, te heredaré con todos mis bienes.»

A pesar de todo esto, la madre tomó la hijuela del niño y se la dio a su maestro para que le enseñase; y Dios le dio tanta gracia, que poco después leía el Salterio. Pero tan pequeño era entonces y tan simple, que no conocía a la Virgen Bienaventurada ni a San Juan viéndolos pintados junto a la cruz, y, sin embargo, los veía bajar de la cruz y coger el libro en que él leía y leer también en él, cantar con extremada dulzura. El niño se lo contaba a la madre con mucho gozo, y ella le decía: «Hijo mío, ten cuidado de no decírselo a nadie.» Pero iba luego a jugar con los demás muchachos y no le era posible resistir a la tentación; al llegar la noche, los ángeles le reprendían severamente. Estas visiones y otras parecidas le sucedían continuamente. Ya a los tres años la Virgen Bienaventurada le dio claras señales de su cariño; porque, habiendo quedado tuerto del ojo derecho, su madre le tomó en sus brazos y lo llevó a la capilla de María. Allí pasó con él toda la noche, y a la mañana siguiente estaba completamente sano.

Estudiando, estudiando, el niño se había hecho un joven. Su gran afán era seguir la vida eremítica; pero no se determinó a abrazarla, porque creía que un monje ermitaño había de vivir solo, y él temía mucho a los duendes. Dijéronle que podía muy bien llevar un compañero consigo; y entonces se resolvió a salir de su tierra. Tenía veinte años. Al poco tiempo le abandonó el que le acompañaba; pero él siguió adelante, porque Dios le había quitado milagrosamente aquel miedo natural.

Era el mes de enero, y nevaba mucho. Dijéronle que en una cueva del monte Sangro se hallaba un ermitaño, y se dispuso a ir en su busca, después de haber comprado dos panes y algunos peces. Dos mujeres muy hermosas le interceptaron el camino; pero él siguió adelante sin hacer caso de ellas. Entrando en la cueva no halló a nadie; y en ella vivió diez días solo... La primera noche los ángeles le agasajaron con un delicioso concierto.

Vivió después varios años bajo una peña de un monte cercano. Allí le manifestó el Señor muchas cosas buenas. Todas las noches oía el sonido de una gran campana que lo llamaba a maitines.

En cierta ocasión le dijo un caminante: «Cerca de aquí hay una ermita que tiene un gallo que canta de noche; ¿por qué no lo tienes tú? Una matrona que estaba presente repuso: «Yo tengo un hermosísimo gallo; si quieres, te lo traigo.» Y él, que era simple, respondió: «Tráemelo.» Así se hizo, pero desde aquel momento la campana cesó de sonar, y Pedro nunca pudo saber qué voz tenía aquel gallo.

Remitió el gallo a su dueña, mas nunca pudo recobrar la gracia perdida.

Al principio de su vida solitaria tuvo mucho que sufrir. Había dos demonios que tomaban forma de mujer y venían a molestarlo por las noches en su pobre lecho de hierbas. Además, era aquel lugar muy abundante en sapos, culebras, escorpiones y otros animales dañinos. Muchas veces entraban en su pecho y se agarraban a sus carnes, porque no tenía más vestido que la túnica y el capucho con que se cubría la cabeza.

Al cabo de tres años fue a Roma, donde le ordenaron de sacerdote. Entonces empieza su vida en el monte Morón, que le ha dado el nombre. Allí le asaltó una fuerte duda. Resistíase a celebrar la santa misa. San Benito y otros muchos santos, decía, rehusaron tocar tan alto ministerio; ¿Cómo seré yo, miserable pecador, digno de hacerlo? «¿Digno, hijo mío?—le dijo una blanca visión—. ¿Y quién será digno? Di la misa, hijo mío; dila con temor y con temblor.»

La soledad de Morón le pareció un poco alejada del mundo. Saliendo de ella, caminó algún tiempo hacia el Oriente, hasta encontrar una ancha cueva en el monte Majella. Allí se estableció con algunos compañeros. El Espíritu Santo habitaba entre ellos visiblemente en forma de paloma. Renováronse los conciertos angélicos y los sonidos melodiosos de campanas. Muchos hombres venían buscando la dirección de Pedro; y aunque los rechazaba al principio, porque decía que nada podía sacarse de un hombre simple como él, acababa recibiéndolos por caridad. Así nació la Orden de los Celestinos, bajo la Regla de San Benito, con nuevos estatutos llenos de rigor. Hubo necesidad de levantar un templo. Los mismos ángeles lo dedicaron, después de recorrerlo en todas las direcciones y de cantar el Oficio de la Dedicación. El Hermano Pedro cantaba con ellos; y entonces ya empezó a maravillarse. «¿Qué es esto?—se decía—. Ahora no duermo.» Y miraba al libro y ponía sus manos en las letras, porque ya era de día. Y al terminar el Oficio sintió que le quitaban un vestido finísimo.

Fray Pedro había vuelto al desierto de Morón cuando escribía estas cosas. Una extraña nueva vino a interrumpir su trabajo. Era una tarde de julio de 1294. El abad de Morón se acercó a su retiro para decirle que en la próxima ciudad de Sulmona había un cardenal y cuatro obispos que querían hablarle. El solitario no se inmutó, como se inmutaba al recibir las visitas de los dignatarios del Cielo. Suspendióse la audiencia hasta el día siguiente.

«En cuanto amaneció—dice uno de los que iban en la caravana—empezamos la subida. La celda del Hermano Pedro estaba suspendida en la altura; la cuesta era muy escarpada. Sudábamos a ríos. Sobre nuestras cabezas volaban bandadas de grullas. Al llegar cerca de la gruta, el trabajo se aumenta; teníamos que andar uno a uno. La cueva parecía una cárcel. En la boca se alzaba un muro, y en el muro se abría una puertecilla, por donde el anacoreta podía extender muy lejos la mirada.»

A través de ella vieron y hablaron los prelados a Fray Pedro. Fray Pedro era ya un anciano de barba hirsuta y prolongada; los ojos, hinchados de llorar, y en ellos unas pupilas muy negras y profundas; el sayal rígido y tosco; el color, pálido y macilento, de los ayunos, pues observaba seis cuaresmas anuales a pan y agua.

Los visitantes se postraron en tierra y le contaron cómo el Colegio Cardenalicio, después de más de dos años de intrigas y tanteos inútiles, lo había nombrado a él, Pedro Morón, sucesor de Pedro el Pescador y Vicario de Cristo. Leyéronle la Bula por la que se le elegía unánimemente: una Bula autorizada con los sellos colgantes de cera; y le mostraron una carta en que el Colegio Cardenalicio le conjuraba, por el bien de la paz, que apartase con su aceptación el escándalo de tan larga vacante. Poco después llegaban los reyes de Hungría y de Nápoles, redoblando los mismos ruegos. El santo pidió una tregua para consultarlo con Dios. Luego, tomando los pergaminos, se encerró largo rato en lo más profundo de su cueva. Al salir, dijo sencillamente que aceptaba el Pontificado.

Bajó de la montaña para coronarse en Aquila. Pasaba por los pueblos y ciudades montado en un borriquillo, y los pueblos le aclamaban como a Jesús cuando entraba en Jerusalén. Como no tenía dinero para hacer liberalidades, según costumbre de los Papas en su elección, iba derramando milagros. Bastaba que una mujer pusiese su niño sobre el asnillo del Papa para que el niño quedase sano. Muchas cosas por el estilo sucedieron en aquel viaje triunfal.

Tomó Pedro Celestino el gobierno como una imposición de Dios. No sentía ningún gusto por él; y aun le parecía que con el bullicio de la corte iba desapareciendo en su alma aquella profundidad hija del desierto. Dolíanle las intrigas y envidias de los cortesanos, en quienes había creído encontrar hombres desnudos de toda ambición, como los monjes. La gloria le pesaba enormemente. Su única gloria consistía en carecer de ella. No sabía de cortesanas delicadezas; no conocía el habla pulida y afectada a que estaban acostumbrados los que le rodeaban; y por eso hablaba muy poco, y en ocasiones solemnes encargaba a otros que hablasen en su lugar. Muchos se aprovecharon de su candor y desconocimiento de los hombres para amontonar beneficios, y los demás le criticaban acerbamente.

Comprendió que el tumulto de los hombres no estaba hecho para él. A los cinco meses de su elección, estaba resejo. Los ambiciosos le aconsejaron la abdicación; el rey de Nápoles combatía obstinadamente este parecer, y el pueblo lloraba.

A principios de diciembre dio una Bula en la que declaraba que un Papa que no se sentía con disposición para el supremo Pontificado tenía derecho a abdicar. Luego encomendó el gobierno a una comisión de cardenales, y él se retiró a un rincón de su palacio. Un poco después de Navidad salía de nuevo, reunía el Colegio Cardenalicio, y, de rodillas ante él, leía esta fórmula de renuncia: «Yo, Celestino V, Papa, movido por muchas legítimas razones: por el deseo de un estado más humilde y de una vida más perfecta; por el temor de comprometer mi conciencia; por la consideración de mi debilidad y de mi incapacidad; considerando también la malicia de los hombres y mi flaqueza, y deseando el consuelo y reposo espiritual de que gozaba antes de mi elevación, renuncio espontáneamente y libremente al Sumo Pontificado, juntamente con todos los honores y dignidades a él anejos, y doy desde ahora plena y libre facultad al Colegio Cardenalicio para que elija y provea de Pastor a la Iglesia universal de una manera canónica.»

Después de esta escena, única en la Historia, grandiosa y humilde a la vez, los cardenales se quedaron llorando, y San Pedro se marchó haciendo prodigios. Iba a pie, apoyando su vejez sobre un tosco cayado, cuando fue sorprendido por los emisarios del nuevo Papa, Bonifacio VIII, quien lo encerró en una fortaleza por temor a un cisma. Allí murió a los dos años; y tres lustros más tarde lo canonizaba Clemente V.

El Petrarca pudo decir de él en un magnífico elogio:

«No ha mucho presenció el mundo un ejemplo sublime, al ver a Pedro Celestino descender del trono del Apóstol Pedro para esconderse en su antigua soledad. No ha faltado quien ha visto en este suceso señales de un espíritu pobre y cobarde... Para mí, eso es la mayor prueba de un ánimo altísimo, libérrimo; celestial y desconocedor del yugo, y juzgo que nadie puede hacer cosa semejante sino el que sabe estimar en su justo valor las cosas humanas, y poner bajo sus pies la túmida cabeza de la fortuna.... Otros dejaron sus naves, sus redes, sus posesiones, su telonio, tal vez los reinos o la esperanza de reinar, y siguieron a Cristo y se hicieron apóstoles, se hicieron santos y amigos de Dios; pero, ¿cuándo se oyó que alguien dejase el Papado, la cosa más alta y apetecida y admirable que hay en la tierra? He oído contar a algunos que lo vieron, que lo dejó con tanta alegría y se veían en sus ojos y en su frente tales muestras de gozo al salir de la presencia del Concilio, como si no sacudiese de la espalda un dulce peso, sino la más cruel de las espadas. Tal era el resplandor angelical que brillaba en su rostro. Y tenía razón; sabía lo que dejaba y lo que volvía a tomar...

«¡Ojalá nos hubiera sido dado vivir con él, o ser uno de tantos y tantos solitarios como tienen la dicha de llamarse sus discípulos! Su bendición les sigue por dondequiera que van. Se han extendido por toda Italia, y han pasado los Alpes; su religión se aumenta y vivirá para siempre. Los hijos que engendró en la soledad viven todavía; los que engendró en palacio por los honores y las dignidades, todos desaparecieron. ¡Cuánto más firmes son los fundamentos del desierto sagrado que los del siglo!»

(fuente: www.divvol.org)

otros santos 19 de mayo:

- San Teófilo de Corte 
- Santa María Bernarda Bütler
- San Dunstán  

miércoles, 18 de mayo de 2016

18 de mayo: San Juan I, Papa

Papa y Mártir

Nació en Toscana, y en el año 523 fue elegido Sumo Pontífice. En Italia gobernaba el rey Teodorico que apoyaba la herejía de los arrianos. Asimismo, el emperador Justino de Constantinopla decretó cerrar todos los templos de los arrianos de esa ciudad y prohibió que los que pertenecían a la herejía arriana ocuparan empleos públicos. El rey Teodorico obligó entonces al Papa a que fuera a Constantinopla a convencer al emperador de derogar las últimas leyes, pero el Papa Juan I se negó rotundamente.

El Sumo Pontífice realizó una visita pastoral a Constantinolpla donde fue recibido por más de 15,000 fieles con velas encendidas en las manos, y estandartes. El Papa presidió solemnemente las fiestas de Navidad, y luego exhortó a los feligreses a mantenerse firmes en la fe, evitando caer en las herejías. Paralelamente, el emperador Justino se mantuvo firme en su decisión, lo cual enfureció al rey italiano quien mandó a llamar al Papa Juan y lo encerró en un oscuro calabozo. Los constantes maltratos y suplicios sufridos por el santo Papa en la cárcel, junto con otros mártires más, provocó su muerte a los pocos meses de haber sido tomado prisionero.

(fuente: acioprensa.com) 

otros santos 18 de mayo:

martes, 17 de mayo de 2016

17 de mayo: Beata Antonia Mesina

Mártir de la pureza

Antonia Mesina nació en Cerdeña, el 21 de junio de 1919, la segunda de una familia de diez hijos. Era prima del famoso bandolero sardo de los años 60, Graziano Mesina.

Era muy devota de María Goretti. Dala la debil salud de su madre enferma, ella tenía que multiplicarse para atender a todos sus hermanos.

Poco vivió Antonia, pues el 17 de mayo de 1935, faltando poco para cumplir los 16 años, después de haber ido a Misa, como todos los días, fue a recoger leña al campo. Un hombre la agredió para violarla. Se resistió, y el agresor se ensañó con ella. Con una piedra enorme despedazó ferozmente el cuerpo de la joven virgen. Fue un crimen atroz, que causó un gran impacto en toda la isla.

El asesino fue fusilado. El proceso de beatificación fue una de las escasas decisiones que pudo autorizar en su breve pontificado el Papa Juan Pablo I.

Fue beatificada el 4 de octubre de 1987 por S.S. Juan Pablo II, junto a Marcel Callo y Pierina Morosini, jóvenes y mártires del siglo XX.

Destacaba Juan Pablo II en la homilía de beatificación que los tres nuevos Beatos se habían santificado "sin ir al convento", a través del trabajo en casa y en la fábrica, en su ambiente normal, en la familia, en las asociaciones eclesiales. Son laicos, son jóvenes, son mártires, decía el Papa. Hijos de nuestro siglo, difícil, pero apasionado.

Han sabido cumplir su deber como cristianos, tanto en la vida como en !a muerte. Nos muestran que la santidad no es un monopolio de obispos y sacerdotes, de fundadores y fundadoras, de religiosos y religiosas, ni de reyes o nobles del pasado. Su vida nos recuerda que más allá de la vocación específica de cada uno, hay una vocación común a todos, la vocación a la santidad. Es la vocación que tiene la primacía sobre todas.

En la ceremonia estaban presentes la madre y los hermanos de Pierina, como sucedió cuando María Goretti. También había muchos parientes de Antonia. Un caso curioso ha sido el de su primo Graziano Mesina. Condenado a cadena perpetua, ha declarado que estaba orgulloso de su pariente, y que le hubiera gustado asistir a la ceremonia de beatificación.

(fuente: catholic.net)

otros santos 17 de mayo:

- Santa Julia Salzano
- San Pascual Bailón
- Santa Restituta

lunes, 16 de mayo de 2016

16 de mayo: San Honorato de Amiens

San Honorato es el patrón de los panaderos.

Fue obispo de la localidad francesa de Amiens en el siglo VI. Nació en Port-leGrand, en Pothieu. No se conoce con exactitud la fecha concreta. Murió en la misma localidad un 16 de mayo en la primera mitad del siglo VII (alrededor del 650).

Era miembro de una de las familias más importantes del país y practicó desde la infancia la virtud. Según cuenta la tradición, durante su consagración, Dios quiso confirmarle con un prodigio, y los asistentes vieron descender sobre su cabeza un rayo divino y un aceite misterioso.

Cuando se supo en Port-leGrand que había sido consagrado Obispo, su ama, que estaba en esos momentos cociendo pan en la casa paterna, no se lo creía, y dijo que sólo se lo creería si la requemada pala para hornear que tenía en la mano echase raíces y se convirtiese en árbol. Plantó en el patio de la casa la pala, convirtiéndose en una morera que pronto dio flores y frutos. Todavía en el siglo XVI se seguía enseñando este árbol en la casa paterna de San Honorato. Desde entonces, floristas y panaderos se disputaron el santo patrón.

La leyenda le atribuye a este santo numerosos milagros durante su vida y después de su muerte. En 1202, el panadero Renold Theriens, regaló en París unos terrenos para construir una capilla en honor al santo y en 1400, los panaderos de París establecieron su cofradía en la iglesia de San Honorato, celebrando desde entonces su fiesta patronal el 16 de mayo y propagando esta devoción y patronazgo por todo el mundo.

Era tan grande esta devoción, que en 1659, Luis XIV precisa que cada panadero "debe observar la fiesta de San Honorato, asistir el día 16 de mayo al servicio divino y pagar todos los domingos una retribución para subvenir a las expensas de la comunidad".

(fuente: www.diocesisciudadreal.es)

otros santos 16 de mayo:

- San Ubaldo Baldassini de Gubbio
- Beato Vladimir Ghika
- San Simon Stock
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