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domingo, 23 de junio de 2013

23 de junio: San José Cafasso

(† 1860)

En la trama biográfica de San José Cafasso no se echa de ver nada deslumbrador o complicado. Nacido el 15 de enero de 1811 en el seno de una familia profundamente cristiana, en Castelnuovo d'Asti —hoy Castelnuovo Don Bosco—, pareció predestinado ya desde los primeros años al ministerio sacerdotal. Niño dócil y piadoso, aficionado cual ninguno a la casa y a la iglesia, acabó por merecer el apelativo de santetto. En su juventud mantuvo fiel sus propósitos de bondad, recogimiento y oración, conservando el fulgor de la inocencia y el vivísimo anhelo de consagrarse a Dios. Lo hizo el 1 de julio de 1827, vistiendo con grande ilusión el hábito talar. Juan Bosco, a la sazón un muchacho de doce años, le vio por primera vez aquel mismo año en ocasión de una fiesta popular: ya entonces tuvo la impresión de haber encontrado un santo. Vivaracho como era, se ofreció a acompañar al seminarista para visitar los espectáculos de la ciudad. Años más tarde resonaban todavía intactas en los oídos de Don Bosco las palabras de respuesta del ejemplar seminarista: "Querido amigo, las diversiones de los sacerdotes son las funciones de la iglesia; cuanto más devotamente se celebran tanto más gustan. Nuestras novedades son las prácticas religiosas siempre renovadas y dignas, por tanto, de frecuentarse con la mayor diligencia”. Para persuadir al joven, que no parecía del todo convencido, añadió sonriendo: "Quien abraza el estado eclesiástico se vende al Señor; de ahí que nada hay en este mundo que le atraiga si no es la mayor gloria de Dios y el bien de las almas". He ahí una respuesta que da la talla del hombre.

Fiel a tales convicciones que inspiraban sus propósitos, pasó de los estudios de filosofía a los de teología, coronándolos finalmente con la ordenación sacerdotal el 21 de septiembre de 1833.

Ya sacerdote, rehusando ofertas tentadoras de diversos párrocos que se lo disputaban, no satisfecho de su formación espiritual y teológica, y libre, por otra parte, de preocupaciones económicas, prefirió continuar su preparación pastoral en el "Convitto” eclesiástico de San Francisco de Asís, de Turín, fundado precisamente para esos fines el año 1817, gracias al interés y acción coordinada de dos figuras altamente representativas en el clero piamontés de aquel entonces: el siervo de Dios Pío Brunone Lanteri y el teólogo Luis María Fortunato Guala, que ocupaba a la sazón el cargo de rector.

La divina Providencia velaba sobre sus pasos: aquel "Convitto” escogido por Cafasso como palestra de perfeccionamiento sacerdotal acabaría por ser su campo de apostolado más fecundo y el centro de su delicadísima misión hasta el fin de sus días. No tardó en destacarse a la vez que la solidez de su cultura teológica su madurez ascética. Por lo que muy pronto ocupó allí mismo la cátedra de maestro: primero como auxiliar, luego como suplente del teólogo Guala en sus clases, sobre todo de teología moral, y, finalmente, sucediéndole en su cargo de rector a su muerte, acaecida en 1848.

Esta tarea de perfeccionamiento y renovación del joven clero piamontés constituye el más alto timbre de gloria de nuestro Santo. Labor nada fácil: resentíase aún la vida religiosa del Piamonte, en medida no despreciable, del influjo de una situación madura en la segunda mitad del siglo XVIII y cristalizada en una práctica severa en plano pastoral y sacramental, que no excluía la inspiración de corrientes jansenistas del tiempo. Dejábanse sentir a la vez tendencias regalistas de volumen no despreciable. En uno y otro campo batalló victorioso San José Cafasso en su empresa de renovación, siguiendo las huellas de sus predecesores Lanteri y Guala, a la luz de la doctrina de San Alfonso María de Ligorio. Sintetizan con exactitud y autoridad la postura de nuestro Santo las apreciaciones de Su Santidad Pío XI en ocasión del decreto De tuto para la beatificación de Cafasso el 1º de noviembre de 1924: "Bien presto logró Cafasso sentar plaza de maestro en las filas del joven clero, inflamado de caridad y radiante de sanísimas ideas, dispuesto a oponer a los males del tiempo los oportunos remedios. Contra el jansenismo alzaba un espíritu de suave confianza en la divina bondad; frente al rigorismo colocaba una actitud de justa facilidad y bondad paterna en el ejercicio del ministerio, desbancaba, en fin, el regalismo, con una dignidad soberana y una conciencia respetuosa para con las leyes justas y las autoridades legítimas, sin claudicar jamás, antes bien dominada y conducida por la perfecta observancia de les derechos de Dios y de las almas, por la devoción inviolable a la Santa Sede y al Pontífice Supremo y por el amor filial a la Santa Madre Iglesia".

Gracias a esta labor suya nuestro Santo procuró a la Iglesia un plantel de sacerdotes que habían de fructificar presto en parroquias, seminarios, institutos religiosos, escuelas públicas, alcanzando muchos de ellos neta fama de santidad. Brilla con fulgores vivísimos la figura de San Juan Bosco, con quien Cafasso fue pródigo en extremo, pues a lo que ofrecía a los demás añadió su consejo iluminado, su palabra de aliento, su óbolo material incluso en los momentos críticos de la fundación de su obra prodigiosa.

Pero la misión apostólica y sacerdotal de nuestro Santo no se agotaba en el recinto del "Convitto" ni en la educación del clero. Desde su morada, su actividad benéfica inspirada en un ardentísimo celo por las almas. se irradiaba en todo el ambiente circundante. San Juan Bosco destaca en la biografía de su maestro varias facetas de su múltiple actividad: padre de los pobres, consejero de los vacilantes, consolador de los enfermos, auxilio de los agonizantes, alivio de los encarcelados, salud de los condenados a muerte. Dos calificativos merecen subrayarse entre ellos.

No había cárcel en Turín cerrada a la caridad del Santo. Amaba a los desgraciados allí recluidos y no acertaba a dejar aquellos lugares en que se le antojaba ver sufrir a Cristo más que en ningún otro. Los condenados a muerte, en particular, le requerían para tenerlo a su lado como ángel de consuelo en el momento del suplicio... Dios premió su efusión de caridad sincera: a pesar de que entre los sesenta y ocho condenados a pena capital, que a lo largo de más de veinte años hubo de asistir, encontrara auténticos monstruos de maldad, no hubo uno solo que resistiera a la gracia: todos se convirtieron, llegando en más de una ocasión a signos inequívocos de extraordinario arrepentimiento. Conocido ese misterioso influjo que ejercía para con esos pobrecitos condenados, fue muy solicitado en varias ciudades del Piamonte en ocasiones análogas. De ahí el mote popular con que se le conocía de "padre de las horcas". No deja de ser un título de gloria para quien había logrado convertir un horrible instrumento de muerte en auténtico medio de salvación y de vida eterna.

"Consejero de los inciertos" lo apellida Don Bosco, Otros prefieren calificarlo "oráculo del laicado y del clero". Efectivamente, de todos los rincones del Piamonte corrían a él gentes de toda clase y condición, ansiosos de su consulta y su consejo. Seglares y clérigos —incluso prelados y obispos—, doctos e ignorantes, abogados, militares, nobles y plebeyos, católicos fervientes, fríos en piedad y aun alejados de la práctica religiosa..., todos le hacían compañía en la calle, le consultaban en su cuarto de estudio, se le acercaban en la iglesia en largas e interminables horas de confesonario. No rechazaba jamás a ninguno. Aunque extenuado de tanta fatiga y cargado de preocupaciones gravísimas, sabía tratar a todos con idéntica cordialidad. Y todos tenían la persuasión de recibir de sus labios una palabra que, limpia de toda pasión humana, traía consigo el sello inequívoco de la verdad divina, admirablemente ajustada a las necesidades de cada cual.

El maestro, el consejero, el confesor, el predicador dejaba a las claras en el ejercicio de su ministerio las líneas maestras de su espiritualidad. Se la ve práctico-pastoral, sencilla y discreta, enraizada en los más sólidos y genuinos filones de la espiritualidad católica de todos los tiempos y, en particular de San Ignacio, de San Francisco de Sales, y de San Alfonso María de Ligorio. Sin cejar jamás en la tensión a metas ideales —pues sencillez para él no significa pobreza y menos aún raquitismo de vida interior—, nuestro Santo se preocupaba ante todo de asegurar a las almas lo estrictamente indispensable, es decir, el desarrollo completo de la vida cristiana, acentuando con trazos muy vivos el fin de esta vida, el valor del tiempo, la salvación del alma, la lucha contra el pecado, la necesidad de la gracia, las verdades eternas, el despego del mundo, la frecuencia de los sacramentos... Pero todo ello en un clima de bondad, de sano optimismo, de insinuante moderación. Se explica así que recalcara la facilidad de obtener la perfección a través de la práctica de las cosas pequeñas, puesta al alcance de la mano de todo el mundo; que hiciera resaltar la belleza de la religión, concebida como un ejercicio de amor hacia un Dios de bondad y de misericordia infinitas, y que, sin descuidar las verdades esenciales, pusiera el acento sobre todo en las más agradables y atrayentes y que, por ser tales, son capaces de engendrar una serena expansión del espíritu hacia su Dios. La piedad, revestida de formas simpáticas, resultaba agradable y, a su escuela, pasaba a ser una fuente perenne de alegría cristiana. Tendía directamente a la unión con Dios. Esquivaba el peligro de aquelosarse en prácticas y gestos exteriores, para insistir en la urgencia de cumplir con exactitud el propio deber entendido como servicio de Dios que ha de realizarse con intención de agradarle y procurarle mayor gloria. La misma mortificación, dirigida preferentemente al interior, más bien que al aspecto corporal, tiende a destacar la dimensión positiva que encierra la renuncia, su aspecto más amable, en cuanto que se la enfoca como liberación del amor y unificación más completa con Dios.

Sonó para Cafasso la hora suprema el 23 de junio de 1860, sin haber alcanzado los cincuenta años, pero agotado por un incesante trabajo apostólico cuyo motor fueron los que él llamara sus tres amores: Jesús Sacramentado, María Santísima y el Papa. Fue realidad gozosa para él un presentimiento suyo consignado en su testamento espiritual:

Non giá morte, ma dolce somno sará perte, o anima mía, se morendo, t'asiste Gesú, se sperando t'abbraccia María. La fama de santidad que lo acompañó durante su vida y a la hora de su muerte obtuvo presto la contraseña del milagro y más tarde la ratificación solemne de la Iglesia: el 3 de mayo de 1925 Pío XI le declaró beato; el 22 de junio de 1947 Pío XII le incluyó en el catálogo de los santos.

escrito por GlUSEPPE USSEGLIO, sdb 
(fuente: www.mercaba.org)

sábado, 22 de junio de 2013

22 de junio: San Paulino de Nola

Obispo (353-431)

Una granja opulenta a orillas del Garona, un cristianismo incoloro y difuso, una universidad floreciente y decadente a la vez: tal es el medio geográfico, religioso e intelectual en que se desarrolla la juventud de este amable rapsoda de Cristo. Meropio Poncio Anicio Paulino pertenecía a una de las más ilustres familias de Roma. Su padre, después de ejercer las funciones de prefecto del pretorio en las Gallas, había fijado su residencia en los alrededores de Burdeos. Y allí creció el hijo entre los fuertes muros de la villa paterna, que era a la vez centro agrícola, taller y residencia señorial; que empezaba ya a erizarse de torres y a tomar el aspecto de un castillo; que se animaba con el murmullo de una tropa innumerable de esclavos, libertos, colonos, clientes y locatarios. En los patios y los jardines se veían estatuas de dioses y héroes de la mitología helénica, pero el Dios de la casa era Cristo, desde que, medio siglo antes, aquellos aristócratas habían abandonado la religión de sus antepasados. Pero era aquél un cristianismo que se armonizaba perfectamente con una dulce tolerancia; un espiritualismo clásico que miraba con repugnancia el celo indiscreto y la virtud excesiva, y en el cual, paganos y cristianos se encontraban sin choques ni estridencias. Paulino se dejó llevar dulcemente de ese ideal risueño, en que todos los extremismos están templados por el sentido del gusto, por la filosofía del equilibrio y la mesura, y por el arte del buen parecer. Todo aquello, muy conforme con las tendencias de una sociedad que, en vísperas de morir, saboreaba el placer de la vida, estaba también de acuerdo con su naturaleza sensible y delicada.

Este ambiente es el que se respiraba en la vida de Hebromago y en las escuelas de la ciudad cercana, Burdeos. El rey en ellas era el profesor Ausonio, retórico y poeta, de quien se ha podido dudar si era un bautizado o uno de aquellos espiritualistas del paganismo que veían en las fábulas de la mitología simples símbolos y personificaciones de los atributos de Dios. Este hombre frívolo y superficial, que gozaba jugando con las palabras, sin llegar jamás al fondo de las cosas; que si había dado su nombre, como parece, a la nueva religión, estaba, por sus gustos y afinidades espirituales, unido estrechamente al pasado, fue el maestro, el guía, el consejero del joven patricio. Toda su gloria la puso en la formación de aquel discípulo, brillante y dócil, en quien veía despuntar sus mismas cualidades. Paulino empezaba a distinguirse en la poesía y en la elocuencia. En sus primeros ensayos se nos revela como un versificador ágil, ingenioso y diestro para tratar con gracia y agudeza temas sin importancia. El sentimiento poético del maestro no conocía mayores exigencias. Al mismo tiempo, Paulino estudiaba la jurisprudencia, que ningún romano de alta alcurnia podía desconocer. Como San Agustín, aprendió el griego, pero sin llegar a ser un verdadero helenista. Movido ya por aquella inquietud que debía llevarle a tomar resoluciones definitivas, se apasionaba también por los estudios filosóficos, penetrando primero en el mundo de las ideas platónicas, que eran en Burdeos la enseñanza oficial, y recorriendo luego, uno tras otro, todos los sistemas, sin que ninguno llegase a satisfacerle; con el estudio de la filosofía junta el de las ciencias naturales, hacia las cuales se inclinaban su curiosidad de sabio y su naturaleza de artista. Tal es la adolescencia de aquel ilustre heredero de una regia fortuna; años fáciles y venturosos, alegrados por los éxitos y los aplausos, iluminados por el encanto de la amistad, sostenidos por el afecto de los maestros y la admiración de los condiscípulos. De piedad. Paulino aún no sabe nada. Ni piensa siquiera en recibir el bautismo. Toda su vida está orientada hacia el mundo, hacia los triunfos de las letras y las esperanzas de la política. A los veinte años, hereda un patrimonio inmenso: granjas, bosques, minas, esclavos, vías y ciudades enteras, derramadas por las provincias de Italia y las Galias. Se presenta en Roma, donde ya es considerado como uno de los más grandes personajes del Imperio; entra a formar parte del cuerpo del Senado, se distingue entre sus compañeros por su elocuencia, por su fastuosidad y por su talento práctico; y, nombrado cónsul en 378, consigue realizar el sueño de todos los grandes patricios de Roma. San Paulino de NolaEl consulado había perdido ya toda su importancia efectiva; pero Roma, ciudad de la tradición, seguía adornando la sombra con una pompa incomparable. Paulino conoció la embriaguez de aquel cortejo triunfal, que antaño se reservaba únicamente para los generales vencedores. Vistió la púrpura consular; recibió los dípticos de marfil donde estaba esculpido su retrato y grabado su nombre; recibió los saludos estruendosos de la multitud en un amanecer primaveral: atravesó las calles engalanadas de la ciudad sobre un carro de chapas de oro, que arrastraban blancos corceles, rodeado de los 600 senadores, precedido por los lictores con sus hachas adornadas de cintas rojas, seguido de sus criados, que avanzaban sembrando las calles de monedas de oro; de los colegios de artesanos, que se agrupaban en torno de sus banderas; del grupo de los magistrados, envueltos en sus níveas togas; de las facciones del circo, que se distinguían por sus brillantes colores, y de un público inmenso, que le aclamaba frenético y le aplaudía y llenaba el carro triunfal de rosas, de siemprevivas y de ramos de mirto y de laurel. Así, hasta el Capitolio. A la puerta del templo de Júpiter, Paulino recibió la silla curul, pero no quiso sacrificar al dios, ni consultar las observaciones de los augures. Entró en posesión de sus funciones; las inauguró con la más dulce de sus prerrogativas: la liberación de esclavos; y, habiéndose dirigido al circo, tomó asiento en el estrado consular, agitó un lienzo de seda, y así dio a entender que comenzaban los juegos.

Aquel consulado dejó en el pueblo de Roma una impresión de magnificencia que duraba aún cuando, tres lustros más tarde, el ilustre patricio volvía a atravesar el Foro con el bastón de peregrino en la mano y a la espalda el manto de la humildad. Sólo Paulino parece haber quedado descontento. Lo mismo que los sistemas filosóficos, las dignidades más ambicionadas dejaban su alma insatisfecha. Cuando, al dejar las fasces consulares, recibe el gobierno de la provincia de Campania, su único anhelo es descansar, meditar, entrar dentro de sí mismo. No quiere residir en Capua, capital de su provincia, sino en Nola, pequeña ciudad que formaba parte de su patrimonio familiar. Y es que en Nola estaba el sepulcro del mártir San Félix, cuya leyenda le atrae, cuyos milagros le impresionan vivamente. Allí empieza a encenderse su devoción; allí, como él mismo dice, germina en su alma la primera simiente de las cosas divinas. «A las puertas de aquella iglesia—dirá más tarde—sentí que mi alma se volvía hacia la fe y que una luz nueva abría mi corazón al amor de Cristo.» Al abandonar su gobierno, «sin que la espada de la autoridad se hubiera tenido ron sangre de humanas cabezas», quiso sellar la nueva orientación de su vida con una ceremonia extraña. Cuenta Suetonio que Nerón consagró a Júpiter Capitolino su barba, encerrada en una caja de oro con engastes de perlas. Siguiendo este rito de origen pagano, Paulino hizo a San Félix la ofrenda de su primera barba.

Aquello era sólo el principio de una conversión. El joven patricio no piensa aún en dejar el mundo, y menos en recibir el bautismo. Al volver a su tierra, se encuentra en España a una joven de gran familia y rara virtud, y hace de ella su mujer. La figura de esta ilustre matrona, cuyo nombre fue inmortalizado muchos siglos después por la mística de ávila, nos recuerda uno de esos retratos antiguos que el tiempo ha llegado a borrar y oscurecer, pero que aún nos ofrecen algunos rasgos nobles y graciosos, reveladores de un alma privilegiada. Una esposa buena y dulce es ya una de las obras maestras salidas de la mano del Criador. Y esta obra maestra era Teresa, la compañera de Paulino; pero en ella había algo más todavía: su puesto estaba entre ese grupo selecto de almas grandes, sin desfallecimiento, altivas en la humildad, generosas sin ostentación, que realizan el tipo perfecto del ideal cristiano. Paulino encontraba en ella un modelo de vida cristiana, y al mismo tiempo toda la gracia y la ternura de la esposa más amante. «Extranjero —dice Paulino, hablando con Dios—, llegué; guiado por Ti, al país de los iberos; allí tomé una esposa según las leyes humanas; ganaste dos vidas al mismo tiempo; te aprovechaste del yugo de la carne para poner en salvo a dos almas, compensando con los méritos de la una las dudas e inquietudes de la otra.»

Tal era la nueva influencia que se cruzaba en la vida del opulento consular. Las dudas desaparecieron, los recuerdos paganos empezaron a desvanecerse en la lejanía, y el bautismo vino a consagrar aquella evolución lenta y casi imperceptible. Sin embargo, ni Paulino ni Teresa se acuerdan todavía del sacrificio supremo. Ella dirige la casa, dulce, grave y austera; él llena sus días con la administración de sus bienes, las relaciones de sociedad, las arengas del foro y el ejercicio de los cargos públicos. Una oración poética, que compone por este tiempo, nos descubre la discreción excesiva de su ideal: vivir felizmente y sin reproche, no despertar ni sentir la envidia, ser accesible a los desgraciados, gozar del cariño fiel de su esposa y de las delicias de la amistad, tener una mesa bien abastecida y conseguir el paraíso sin sacudidas ni estremecimientos. Por esta época conoció Paulino a San Martín de Tours. El apóstol de la Galia le recibió bondadosamente, le distinguió con su amor, y habiendo visto sus ojos enfermos, se los ungió con aceite y se los curó. Más íntimo parece haber sido el trato con San Ambrosio. «Al venerable Ambrosio—decía Paulino más tarde—yo le considero como mi padre espiritual, puesto que él me ha instruido en los misterios de la fe, y su consejo me ayuda todavía a cumplir con los deberes del sacerdocio.» Todo parecía conjurarse para acercar aquel corazón al ideal evangélico, cuando vino el golpe definitivo: la intervención de la familia en la política revuelta de aquel tiempo; la muerte violenta de su hermano, y para él la perspectiva de la misma suerte. La espada estaba ya suspendida sobre su cabeza, y se hablaba de confiscar sus bienes. «¡Oh Padre celeste!—dirá luego—. Tú arrancaste mi vida al suplicio, y al fisco mis riquezas. Tú me reservaste con ellas para el Cristo mi Señor. Entonces toda mi vida cambió; por la fe dejé el mundo, mi patria, mi hogar y huí a una tierra lejana; con el precio de todas las riquezas compré el derecho de llevar mi cruz; con todos mis bienes de la tierra pagué la esperanza del Cielo, porque la esperanza y la fe valen más que todos los bienes de la carne.»

San Paulino de Nola, pastor de la Iglesia

Esto era en 390. Los dos esposos pasan los Pirineos y se establecen en España, no sobre las rocas escarpadas de Calahorra, ni bajo los peñascos imponentes de Bílbilis, como decía Ausonio, sino al abrigo de quintas deliciosas, situadas en las cercanías de Barcelona y Zaragoza. Si no son todavía unos ascetas, caminan poco a poco hacia la existencia monacal. Paulino, ahora estudia los libros santos, se entrega con insistencia a la oración, parafrasea los salmos de David en armoniosos hexámetros y compone sentidos poemas de inspiración cristiana. El advenimiento de un hijo al hogar parece alejarle un momento del camino emprendido; pero el niño muere al. poco tiempo de nacer, y sus padres le entierran en Compluto, junto a las reliquias de los niños mártires Justo y Pastor. «Largo tiempo—canta el poeta—le hablamos deseado, pero se apresuró a marchar a las moradas celestes. En otro tiempo yo fui pecador; tal vez esta pequeña gota de mi sangre sea mi luz.» Iban a dar el último paso. Desde entonces Paulino y Teresa se miraron como dos hermanos, dieron el último adiós al mundo y empezaron a desprenderse de sus riquezas.

San Jerónimo, a quien habían consultado, les respondía: «No dudéis un momento: romped el cable que sujeta la barca a la orilla, no perdáis tiempo en desatarle.» San Paulino había preguntado, además, qué ocupaciones serían convenientes para su nueva vida, pues había resuelto renunciar a las letras profanas, y, por otra parte, el estudio de la Biblia se le presentaba lleno de dificultades. Como era de esperar, el solitario de Belén le aconseja el trabajo intelectual. «La santidad en la ignorancia—decía—sólo es útil para sí misma; edifica la Iglesia de Dios; pero puede también perjudicarla, puesto que no sabe defenderla.» Y empezó la venta de tierras, la manumisión de esclavos, las donaciones a las iglesias, las limosnas, las liberalidades, las recompensas inverosímiles. «Paulino—escribe un contemporáneo—abrió sus graneros a todos los que venían a él, y venían de las últimas regiones del Imperio. Sacó a muchos de la prisión, dio libertad a muchos cautivos y pagó las deudas a muchas personas que gemían en la cárcel.» Así quedaron despedazados sus reinos —como decía Ausonio—; así alcanzó la verdadera riqueza, según su propia expresión, «porque, aunque poseyese el mundo entero—añadía—, ¿es que todo ello valdría algo comparado con el Señor Jesús?» En el gran mundo se le trató de loco, de necio, de cobarde; sus parientes se reían de él, y sus amigos le abandonaron: «Se diría que tienen vergüenza de conocerme—decía él mismo—; los que antes me adulaban son ahora mis perseguidores.» Hay uno, sin embargo, que no puede olvidarle: es el viejo maestro. Ausonio no comprende nada de todas aquellas cosas, que él considera como hazañas de un demente. No obstante, se acuerda de su discípulo, «prisionero de los celtíberos», le escribe largos poemas y le invita a volver a su patria para cantar juntos a las musas y recordar los años pasados. Ni sus versos ni sus cartas logran romper el .silencio; pero él no se desalienta: vuelve a escribir, manejando nuevos argumentos y prorrumpiendo en los gemidos desgarradores de la amistad despreciada. «Los mismos enemigos—dice—se saludan cuando van a matarse; nada mudo hay en la Naturaleza. No necesitas decirme muchas cosas: Buenos días y adiós; un saludo, un deseo de felicidad en el papel.» La culpa era de los correos. Cuatro años tardaron las tres primeras cartas del profesor Aquitano en llegar a su destino. Paulino se llenó de alegría al recibirlas, pero no pudo aceptar la invitación de su maestro: «¡Oh padre! —le decía—, ¿por qué me mandas que me acuerde de las musas, a las cuales he renunciado para siempre? Dios no sufre rivales, y están cerrados para Apolo los corazones consagrados a Cristo.»

Reconoce que todo en su vida pasada se lo debe a su maestro; los estudios, las dignidades, el saber, la gloria de la palabra, de la toga y del nombre; pero eso le importa ya muy poco: «Toda mi angustia ahora, todo mi afán, es librarme de mis pecados antes de la muerte. Con el pensamiento de este día, las fibras de mi corazón se estremecen de terror; mi alma tiembla en la previsión del porvenir y gime al verse encadenada a un cuerpo miserable y de no poder levantarse con ala ligera al encuentro del Rey. Mi temor y mi tormento es que el último día no me sorprenda dormido en las tinieblas, ocupado en cosas estériles y derrochando mi vida en inútiles cuidados, a fin de aguardar la muerte terrible con un corazón tranquilo. Si esto te parece bien, felicita a tu amigo de su magnífica esperanza; si lo repruebas, me basta ser aprobado por Cristo.»

Al despojarse de sus bienes, Paulino sólo tenía un pensamiento: retirarse a Nola para hacer vida ascética junto al sepulcro de San Félix. Mas he aquí que en 392, asistiendo en Barcelona a las funciones de Navidad, el pueblo se arrojó sobre él, le arrastró hasta el altar y obligó al obispo a que le ordenase. Paulino se resistía, pero hubo de contentarse con imponer una condición: que no se le obligase a adscribirse a ninguna Iglesia. Era una ordenación anticanónica; las leyes de la Iglesia empezaban a condenar estos piadosos tumultos; aunque hay que reconocer que el pueblo tenía un instinto maravilloso para escoger sus sacerdotes: San Agustín, San Ambrosio, San Basilio y San Gregorio de Nacianzo habían subido de esta manera a las órdenes sagradas. Poco canónica era también aquella libertad que Paulino reclamaba, pero el santo mártir de Campania le atraía invenciblemente. Dos años más tarde tomaba el camino de Italia juntamente con su mujer, que ahora era su hermana. En Roma su paso despertó curiosidad y contradicción. El pueblo aclamó en hábito de monje al cónsul que años antes había conducido al Capitolio. Pero entre una porción del clero y la aristocracia, su presencia fue recibida con sarcasmos y desprecios. Hasta el Pontífice Siricio, «hombre simple, que juzgaba a los otros según su propia condición», se mantuvo con él en una actitud de reserva y desconfianza. En cambio, el grupo de ascetas que había dirigido San Jerónimo le recibió con entusiasmo y admiración, y desde Milán le llegaban las felicitaciones amistosas de San Ambrosio. «¿Qué dirán los senadores cuando sepan estas cosas?—había dicho ya antes el gran obispo—. ¡Un hombre de su nacimiento, de su familia, de su carácter, de su elocuencia, abandonar el Senado! ¡Interrumpir la sucesión de su casa! Eso no se puede tolerar. Los hombres que se rapan los cabellos y las cejas al ser iniciados en los misterios de Isis, rasgan indignados sus vestidos si alguno, por el celo de la religión de Cristo, cambia la toga por la túnica monacal. ¿No es triste ver tanta consideración por la mentira y tanto desdén por la verdad?»

Paulino se apresuró a refugiarse en su retiro de Nola. Allí va a pasar el resto de su vida, bajo la claridad del cielo napolitano, entre una Naturaleza riente, poblada de limoneros y geranios gigantes, perfumada por hálitos de jardines y viñedos, animada por sinfonías de cantos y colores, y enriquecida por el tesoro de un cuerpo santo, en torno del cual se multiplican los milagros y las bendiciones del Cielo. Vive como un monje, y su vida sigue siendo la misma, cuando en 409 los habitantes de Nola ponen sobre sus hombros el peso del episcopado. Algunos amigos le acompañan, y allí está también Teresa, su mujer. Come pan y legumbres en escudillas de madera; su cocinero es un asceta venido de Aquitania, más rico en virtudes que en habilidades profesionales; su vestido, un cilicio de pelos de camello, regalo de un antiguo condiscípulo suyo, Sulpicio Severo, que ahora es monje en un monasterio de San Martín. «Haces muy bien—le contestaba Paulino—en enviar a un pecador como yo un vestido semejante. Cuando esté prosternado en la presencia divina, la aspereza de este tejido servirá para recordarme que debo estremecerme de horror con el pensamiento de mis pecados; que la contrición debe desgarrar mi alma al mismo tiempo que el cilicio atormenta y crucifica mi carne.» Su morada es un hospital que ha hecho construir junto a la iglesia. Vive con sus amigos en el piso superior; debajo tiene a los pobres, a los enfermos y a los peregrinos. Él les visita, les consuela, les lava los pies, les lleva la comida, les hace olvidar el sufrimiento con su bondadosa solicitud, y en estos oficios de caridad se pasa una buena parte del día. A medianoche, la pequeña comunidad se reúne en la iglesia para rezar maitines. Después Paulino reza, estudia las Sagradas Escrituras, cultiva un pequeño trozo de tierra, que llama «jardín de San Félix»; medita, combate a los pelagianos y escribe sus bellas cartas en prosa y verso. Sus corresponsales son San Delfín de Burdeos, Sulpicio Severo, San Ambrosio, San Jerónimo, Alipio y San Agustín. Cada año abandona una vez su retiro para celebrar la fiesta de San Pedro en Roma. Hijo de patricios, Paulino conserva el gusto del arte y de la suntuosidad. Su vida es sencilla y pobre, pero todas las magnificencias le parecen pocas para su mártir: amplía su templo, construye junto a él otras dos basílicas, las rodea de pórticos, las llena de alhajas preciosas, las adorna de pinturas y las decora de versos.

La poesía sigue siendo para él una ocupación, un arma y un juego. Pero ya no vuelve a acordarse del Helicón ni del coro sagrado de las musas. Canta la vida de San Félix, relata los milagros que se obran en su sepulcro, describe las multitudes pintorescas y ruidosas de los peregrinos, celebra las dulzuras de la vida interior y exhala sus temores, sus ansiedades, sus esperanzas y sus más íntimas preocupaciones. Su estro se remonta a veces hasta las alturas del orden teológico, y se detiene complacido en la pintura de las maravillas celestes. No es propiamente un lírico, pero no es raro encontrar en sus composiciones acentos de un alto lirismo. Algunos de sus relatos milagrosos anuncian el estilo de los fabliaux, como ciertas escenas dialogadas de Prudencio hacen pensar en los misterios de la Edad Media. Paulino posee las dos cualidades, al parecer contradictorias, del observador y el moralista humorístico: la simpatía en la ironía. Se deleita contemplando a los paisanos sencillos y ruidosos que rezan, lloran, amenazan y negocian cerca del sepulcro de San Félix, y al mismo tiempo se ríe bondadosamente de sus maneras pintorescas. Hasta se siente conmovido ante los ladrones, a causa de la gloria que su arrepentimiento y confesión añaden al santo. Tiene el sentido de lo popular y goza en la familiaridad con las cosas humildes de la Naturaleza y del campo. Sabe trazar con pocas palabras siluetas inolvidables, animar sus figuras, comunicarlas una fisonomía propia con un arte que ha heredado de los grandes historiadores latinos. Sabe crear; se inspira en el corazón más que en el espíritu; ama lo que canta, y hace del canto una íntima efusión. En cuanto al mundo exterior, su concepto poético es enteramente nuevo: nada de vaguedad ni de sentimentalismo panteísta; ni la criatura se confunde con el Criador, ni puede prescindir de Él, y en este contraste se encuentra su mayor grandeza. Es el concepto cristiano de las cosas y de la vida. Del clasicismo pagano sólo quedan las formas: ritmos, reminiscencias, giros, frases consagradas. Peca por exceso de facilidad; es poco preciso, y él mismo reconoce que su pluma es demasiado prolija y abundante. Sin embargo su humildad le hace presentarnos sus poemas, «más bien como señales de su pereza y su imprudencia que como fruto de un espíritu iluminado por las claridades del Cielo y cultivado por el estudio de las ciencias humanas». San Jerónimo era más justo cuando, después de alabar su facilidad, la naturalidad de su palabra y la pureza de su estilo, le decía: «Si consigues un conocimiento más profundo de la Escritura y te decides a dar la última mano a tus obras, no tendremos nada más bello, más sabio, más suave y más elegante.» Y añadía: «Como brillaste en el Senado, debes brillar también en la Iglesia. No puedo sufrir en ti nada mediocre; lo quiero todo perfecto, impecable.» Sin duda, Jerónimo hallaba deleite en aquellos deliciosos poemas, pero quería algo más preciso, más fuerte, más saturado de ciencia bíblica.

San Paulino de Nola, bondadosoPero más que sus versos, lo que llevaba el nombre de Paulino por todo el mundo romano era su conversión, su vida ascética, su celo y su caridad. «¿Qué provincia, qué desierto—preguntaba un discípulo suyo—no debe algún beneficio a Paulino? ¿Quién salió triste de su presencia? ¿Quién cayó, sin que su mano piadosa le ayudase a levantarse? Fue bueno para todos, y a nadie despreció jamás; alentaba a los tímidos, calmaba a los violentos, edificaba a unos con sus palabras y a otros con sus acciones. Era caritativo y portador de la paz; mendigaba para hacer ricos a los demás; servía a los pobres y trabajaba por la salvación de los poderosos. En su tribunal nunca se olvidaba de la misericordia. No quiso pertenecer a esa clase de obispos que inspiran el miedo a las gentes, sino que trabajó por hacerse amar de todos. Por eso todos querían verle y hablarle, y los que no podían contemplarle con sus ojos, querían al menos gozar de su trato por medio de sus cartas, siempre dulces y amables, y de sus versos llenos de encanto y suavidad.» Su amigo Sulpicio Severo quiso poner su retrato al lado del de San Martín, en una iglesia que acababa de levantar, y encargó a un pintor que reprodujese su figura. Asustado del proyecto, Paulino le escribía: «La humildad te ha vuelto loco. ¿Qué figura es la que quieres? Sin duda, la del hombre espiritual; pues bien: me avergonzaría de dejarme pintar como soy, y no quisiera que me representasen como no soy. Odio lo que soy y amo lo que no soy.» Severo despreció estos escrúpulos, y consiguió el retrato; pero Paulino se vengó enviándole unos versos, que debía poner debajo de las dos imágenes. La malignidad no hubiera podido imaginar una sátira más picante: «Vosotros los que entráis para purificar a la vez vuestras almas y vuestros cuerpos, mirad aquí los dos caminos abiertos a la santidad: Martín os ofrece el modelo de la vida perfecta; Paulino os enseña cómo se consigue el perdón. Pecadores, aquí tenéis vuestro retrato; justos, contemplad el espejo de la justicia.»

Siempre bondadoso, Paulino, al ver que se le acercaba la muerte, admitió en el seno de la Iglesia a todos aquellos que había tenido que excluir por motivos de disciplina. Después, dice un testigo de vista, sintiendo que volvía a Dios, pidió que celebrasen los divinos misterios junto a su lecho. Todos pudimos verle inundado de un espíritu angélico y divino. De repente, preguntó en alta voz: «¿Dónde están mis hermanos?» Creyeron que se refería a dos obispos que le asistían; pero él continuó: «Quiero hablar de mis hermanos Jenaro y Martín, que conversaban ahora conmigo y me dijeron que no tardarían en volver.» Alguien le recordó que debía cuarenta monedas para los pobres, y él sonrió, diciendo: «No te inquietes por eso; ya llega el que nos trae ese dinero.» Poco después entró en la habitación un sacerdote con un saquito de oro. A medianoche se levantó a maitines, como los demás días, y volvió a acostarse de nuevo. Repentinamente, una sacudida conmovió la celda en que agonizaba. Todos en torno suyo caían instintivamente de rodillas; él, entre tanto, levantaba los ojos, extendía los brazos y cantaba lentamente: «He preparado una lámpara para mi Cristo.» Y la última nota fue su postrer suspiro. «Hemos presenciado—dice su biógrafo— la muerte de un justo; la hemos presenciado con lágrimas y sollozos, y al mismo tiempo con alegría; hemos visto a los hombres lamentándose por la pérdida del más bondadoso de todos los sacerdotes; y hemos oído a los judíos y a los paganos que decían entre sollozos: «También nosotros hemos perdido un padre; también nosotros hemos perdido un protector.»

(fuente: ww.divinavolonta.org)

viernes, 21 de junio de 2013

21 de junio: San Luis de Gonzaga

(1568-1591)
Patrón de la juventud cristiana.

Se crió entre soldados

San Luis Gonzaga, nació el 9 de marzo, de 1568, en el castillo de Castiglione delle Stivieri, en la Lombardia. Hijo mayor de Ferrante, marqués de Chatillon de Stiviéres en Lombardia y príncipe del Imperio y Marta Tana Santena (Doña Norta), dama de honor de la reina de la corte de Felipe II de España, donde también el marqués ocupaba un alto cargo. La madre, habiendo llegado a las puertas de la muerte antes del nacimiento de Luis, lo había consagrado a la Santísima Virgen y llevado a bautizar al nacer. Por el contrario, a don Ferrante solo le interesaba su futuro mundano, que fuese soldado como el.

Desde que el niño tenía cuatro años, jugaba con cañones y arcabuces en miniatura y, a los cinco, su padre lo llevó a Casalmaggiore, donde unos tres mil soldados se ejercitaban en preparación para la campaña de la expedición española contra Túnez. Durante su permanencia en aquellos cuarteles, que se prolongó durante varios meses, el pequeño Luis se divertía en grande al encabezar los desfiles y en marchar al frente del pelotón con una pica al hombro.

En cierta ocasión, mientras las tropas descansaban, se las arregló para cargar una pieza de la artillería, sin que nadie lo advirtiera, y dispararla, con la consiguiente alarma en el campamento. Rodeado por los soldados, aprendió la importancia de ser valiente y del sacrificio por grandes ideales, pero también adquirió el rudo vocabulario de las tropas. Al regresar al castillo, las repetía cándidamente.

Su tutor lo reprendió, haciéndole ver que aquel lenguaje no sólo era grosero y vulgar, sino blasfemo. Luis se mostró sinceramente avergonzado y arrepentido de modo que, comprendiendo que aquello ofendía a Dios, jamás volvió a repetirlo.


Despierta su vida espiritual

Apenas contaba siete años de edad cuando experimentó lo que podría describirse mejor como un despertar espiritual. Siempre había dicho sus oraciones matinales y vespertinas, pero desde entonces y por iniciativa propia, recitó a diario el oficio de Nuestra Señora, los siete salmos penitenciales y otras devociones, siempre de rodillas y sin cojincillo. Su propia entrega a Dios en su infancia fue tan completa que, según su director espiritual, San Roberto Belarmino, y tres de sus confesores, nunca, en toda su vida, cometió un pecado mortal.

En 1577 su padre lo llevó con su hermano Rodolfo a Florencia, Italia, dejándolos al cargo de varios tutores, para que aprendiesen el latín y el idioma italiano puro de la Toscana. Cualesquiera que hayan sido sus progresos en estas ciencias seculares, no impidieron que Luis avanzara a grandes pasos por el camino de la santidad y, desde entonces, solía llamar a Florencia, "la escuela de la piedad".

Un día que la marquesa contemplaba a sus hijos en oración, exclamó: «Si Dios se dignase escoger a uno de vosotros para su servicio, "¡qué dichosa sería yo!". Luis le dijo al oído: «Yo seré el que Dios escogerá.». Desde su primera infancia se había entregado al la Santísima Virgen. A los nueve años, en Florencia, se unió a Ella haciendo el voto de virginidad. Después resolvió hacer una confesión general, de la que data lo que él llama «su conversión».

A los doce años había llegado al más alto grado de contemplación. A los trece, el obispo San Carlos Borromeo, al visitar su diócesis, se encontró con Luis, maravillándose de que en medio de la corte en que vivía, mostrase tanta sabiduría e inocencia, y le dio él mismo la primera comunión.


Fue muy puro y exigente consigo mismo

Obligado por su rango a presentarse con frecuencia en la corte del gran ducado, se encontró mezclado con aquellos que, según la descripción de un historiador, "formaban una sociedad para el fraude, el vicio, el crimen, el veneno y la lujuria en su peor especie". Pero para un alma tan piadosa como la de Luis, el único resultado de aquellos ejemplos funestos, fue el de acrecentar su celo por la virtud y la castidad.

A fin de librarse de las tentaciones, se sometió a una disciplina rigurosísima. En su celo por la santidad y la pureza, se dice que llegó a hacerse grandes exigencias como, por ejemplo, mantener baja la vista siempre que estaba en presencia de una mujer. Sea cierto o no, hay que cuidarse de no abusar de estos relatos para crear una falsa imagen de Luis o de lo que es la santidad. No es extraño que en los primeros años, después de una seria desición por Cristo, se cometan errores al quererse encaminar por la entrega total en una vida diferente a la que lleva el mundo. El mismo fundador de los Jesuitas explica que en sus primeros años cometió algunos excesos que después supo equilibrar y encausar mejor. Lo admirable es la disponibilidad de su corazón, dispuesto a todo para librarse del pecado y ser plenamente para Dios. Además, hay que saber que algunos vicios e impurezas requieren grandes penitencias. San Luis quiso, al principio, imitar los remedios que leía de los padres del desierto.

Algunos hagiógrafos nos pintan una vida del santo algo delicada que no corresponde a la realidad. Quizás, ante un mundo que tiene una falsa imagen de ser hombre, algunos no comprenden como un joven varonil pueda ser santo. La realidad es que se es verdaderamente hombre a la medida que se es santo. Sin duda a Luis le atraían las aventuras militares de las tropas entre las que vivió sus primeros años y la gloria que se le ofrecía en su familia, pero de muy joven comprendió que había un ideal mas grande y que requería mas valor y virtud.


Fue en Montserrat donde se decidió la vocación de Luis.

Hacía poco más de dos años que los jóvenes Gonzaga vivían en Florencia, cuando su padre los trasladó con su madre a la corte del duque de Mántua, quien acababa de nombrar a Ferrante gobernador de Montserrat. Esto ocurría en el mes de noviembre de 1579, cuando Luis tenía once años y ocho meses. En el viaje Luis estuvo a punto de morir ahogado al pasar el río Tessin, crecido por las lluvias. La carroza se hizo pedazos y fue a la deriva. Providencialmente, un tronco detuvo a los náufragos. Un campesino que pasaba vio el peligro en que se hallaban y les salvó.

Una dolorosa enfermedad renal que le atacó por aquel entonces, le sirvió de pretexto para suspender sus apariciones en público y dedicar todo su tiempo a la plegaria y la lectura de la colección de "Vidas de los Santos" por Surius. Pasó la enfermedad, pero su salud quedó quebrantada por trastornos digestivos tan frecuentes, que durante el resto de su vida tuvo dificultades en asimilar los diarios alimentos.

Otros libros que leyó en aquel período de reclusión son , Las cartas de Indias, sobre las experiencias de los misioneros jesuitas en aquel país, le suscitó la idea de ingresar en la Compañía de Jesús a fin de trabajar por la conversión de los herejes y Compendio de la doctrina espiritual de fray Luis de Granada. Como primer paso en su futuro camino de misionero, aprovechó las vacaciones veraniegas que pasaba en su casa de Castiglione para enseñar el catecismo a los niños pobres del lugar.

En Casale-Monferrato, donde pasaba el invierno, se refugiaba durante horas enteras en las iglesias de los capuchinos y los barnabitas; en privado comenzó a practicar las mortificaciones de un monje: ayunaba tres días a la semana a pan y agua, se azotaba con el látigo de su perro, se levantaba a mitad de la noche para rezar de rodillas sobre las losas desnudas de una habitación en la que no permitía que se encendiese fuego, por riguroso que fuera el tiempo.

Fue inútil que su padre le combatiese en estos deseos. En la misma corte, Luis vivía como un religioso, sometiéndose a grandes penitencias. A pesar de que ya había recibido sus investiduras de manos del emperador, mantenía la firme intención de renunciar a sus derechos de sucesión sobre el marquesado de Castiglione en favor de su hermano.


Madrid

En 1581, se dio a Ferrante la comisión de escoltar a la emperatriz María de Austria en su viaje de Bohemia a España. La familia acompañó a Ferrante y, al llegar a España, Luis y su hermano Rodolfo fueron designados pajes de Don Diego, príncipe de Asturias. A pesar de que Luis, obligado por sus deberes, atendía al joven infante y participaba en sus estudios, nunca omitió o disminuyó sus devociones.

Cumplía estrictamente con la hora diaria de meditación que se había prescrito, no obstante que para llegar a concentrarse, necesitaba a veces varias horas de preparación. Su seriedad, espiritualidad y circunspección, extrañas en un adolescente de su edad, fueron motivo para que algunos de los cortesanos comentaran que el joven marqués de Castiglione no parecía estar hecho de carne y hueso como los demás.


Resuelto a unirse a la Compañía de Jesús

El día de la Asunción del año 1583, en el momento de recibir la sagrada comunión en la iglesia de los padres jesuitas, de Madrid, oyó claramente una voz que le decía: «Luis, ingresa en la Compañía de Jesús.»

Primero, comunicó sus proyectos a su madre, quien los aprobó en seguida, pero en cuanto ésta los participó a su esposo, este montó en cólera a tal extremo, que amenazó con ordenar que azotaran a su hijo hasta que recuperase el sentido común. A la desilusión de ver frustrados sus sueños sobre la carrera militar de Luis, se agregaba en la mente de Ferrante la sospecha de que la decisión de su hijo era parte de un plan urdido por los cortesanos para obligarle a retirarse del juego en el que había perdido grandes cantidades de dinero.

De todas maneras, Ferrante persistía en su negativa hasta que, por mediación de algunos de sus amigos, accedió de mala gana a dar consentimiento provisional. La temprana muerte del infante Don Diego vino entonces a librar a los hermanos Gonzaga de sus obligaciones cortesanas y, luego de una estancia de dos años en España, regresaron a Italia en julio de 1584.

Al llegar a Castiglione se reanudaron las discusiones sobre el futuro de Luis y éste encontró obstáculos a su vocación, no sólo en la tenaz negativa de su padre, sino en la oposición de la mayoría de sus parientes, incluso el duque de Mántua. Acudieron a parlamentar eminentes personajes eclesiásticos y laicos que recurrieron a las promesas y las amenazas a fin de disuadir al muchacho, pero no lo consiguieron.

Ferrante hizo los preparativos para enviarle a visitar todas las cortes del norte de Italia y, terminada esta gira, encomendó a Luis una serie de tareas importantes, con la esperanza de despertar en él nuevas ambiciones que le hicieran olvidar sus propósitos. Pero no hubo nada que pudiese doblegar la voluntad de Luis. Luego de haber dado y retirado su consentimiento muchas veces, Ferrante capituló por fin, al recibir el consentimiento imperial para la transferencia de los derechos de sucesión a Rodolfo y escribió al padre Claudio Aquaviva, general de los jesuitas, diciéndole: «Os envío lo que más amo en el mundo, un hijo en el cual toda la familia tenía puestas sus esperanzas.»


El Noviciado

Inmediatamente después, Luis partió hacia Roma y, el 25 de noviembre de 1585, ingresó al noviciado en la casa de la Compañía de Jesús, en Sant'Andrea. Acababa, de cumplir los dieciocho años. Al tomar posesión de su pequeña celda, exclamó espontáneamente: "Este es mi descanso para siempre; aquí habitaré, pues así lo he deseado" (Salmo cxxxi-14). Sus austeridades, sus ayunos, sus vigilias habían arruinado ya su salud hasta el extremo de que había estado a punto de perder la vida.

Sus maestros habían de vigilarlo estrechamente para impedir que se excediera en las mortificaciones. Al principio, el joven tuvo que sufrir otra prueba cruel: las alegrías espirituales que el amor de Dios y las bellezas de la religión le habían proporcionado desde su más tierna infancia, desaparecieron.

Seis semanas después murió Don Fernante. Desde el momento en que su hijo Luis abandonó el hogar para ingresar en la Compañía de Jesús, había transformado completamente su manera de vivir. El sacrificio de Luis había sido un rayo de luz para el anciano

No hay mucho más que decir sobre San Luis durante los dos años siguientes, fuera de que, en todo momento, dio pruebas de ser un novicio modelo. Al quedar bajo las reglas de la disciplina, estaba obligado a participar en los recreos, a comer más y a distraer su mente. Además, por motivo de su salud delicada, se le prohibió orar o meditar fuera de las horas fijadas para ello: Luis obedeció, pero tuvo que librar una recia lucha consigo mismo para resistir el impulso a fijar su mente en las cosas celestiales.

Por consideración a su precaria salud, fue trasladado de Milán para que completase en Roma sus estudios teológicos. Sólo Dios sabe de qué artificios se valió para que le permitieran ocupar un cubículo estrecho y oscuro, debajo de la escalera y con una claraboya en el techo, sin otros muebles que un camastro, una silla y un estante para los libros.

Luis suplicaba que se le permitiera trabajar en la cocina, lavar los platos y ocuparse en las tareas más serviles. Cierto día, hallándose en Milán, en el curso de sus plegarias matutinas, le fue revelado que no le quedaba mucho tiempo por vivir. Aquel anuncio le llenó de júbilo y apartó aún más su corazón de las cosas de este mundo.

Durante esa época, con frecuencia en las aulas y en el claustro se le veía arrobado en la contemplación; algunas veces, en el comedor y durante el recreo caía en éxtasis. Los atributos de Dios eran los temas de meditación favoritos del santo y, al considerarlos, parecía impotente para dominar la alegría desbordante que le embargaba.


Una epidemia

En 1591, atacó con violencia a la población de Roma una epidemia de fiebre. Los jesuitas, por su cuenta, abrieron un hospital en el que todos los miembros de la orden, desde el padre general hasta los hermanos legos, prestaban servicios personales.

Luis iba de puerta en puerta con un zurrón, mendigando víveres para los enfermos. Muy pronto, después de implorar ante sus superiores, logró cuidar de los moribundos. Luis se entregó de lleno, limpiando las llagas, haciendo las camas, preparando a los enfermos para la confesión.

Luis contrajo la enfermedad. Había encontrado un enfermo en la calle y, cargándolo sobre sus espaldas, lo llevó al hospital donde servía.

Pensó que iba a morir y, con grandes manifestaciones de gozo (que más tarde lamentó por el escrúpulo de haber confundido la alegría con la impaciencia), recibió el viático y la unción. Contrariamente a todas las predicciones, se recuperó de aquella enfermedad, pero quedó afectado por una fiebre intermitente que, en tres meses, le redujo a un estado de gran debilidad.

Luis vio que su fin se acercaba y escribió a su madre: «Alegraos, Dios me llama después de tan breve lucha. No lloréis como muerto al que vivirá en la vida del mismo Dios. Pronto nos reuniremos para cantar las eternas misericordias.» En sus últimos momentos no pudo apartar su mirada de un pequeño crucifijo colgado ante su cama.

En todas las ocasiones que le fue posible, se levantaba del lecho, por la noche, para adorar al crucifijo, para besar una tras otra, las imágenes sagradas que guardaba en su habitación y para orar, hincado en el estrecho espacio entre la cama y la pared. Con mucha humildad pero con tono ansioso, preguntaba a su confesor, San Roberto Belarmino, si creía que algún hombre pudiese volar directamente, a la presencia de Dios, sin pasar por el purgatorio. San Roberto le respondía afirmativamente y, como conocía bien el alma de Luis, le alentaba a tener esperanzas de que se le concediera esa gracia.

En una de aquellas ocasiones, el joven cayó en un arrobamiento que se prolongó durante toda la noche, y fue entonces cuando se le reveló que habría de morir en la octava del Corpus Christi. Durante todos los días siguientes, recitó el "Te Deum" como acción de gracias.

Algunas veces se le oía gritar las palabras del Salmo: "Me alegré porque me dijeron: ¡Iremos a la casa del Señor!" (Salmo Cxxi - 1). En una de esas ocasiones, agregó: "¡Ya vamos con gusto, Señor, con mucho gusto!" Al octavo día parecía estar tan mejorado, que el padre rector habló de enviarle a Frascati. Sin embargo, Luis afirmaba que iba a morir antes de que despuntara el alba del día siguiente y recibió de nuevo el viático. Al padre provincial, que llegó a visitarle, le dijo:

-¡Ya nos vamos, padre; ya nos vamos ...!
-¿A dónde, Luis?
-¡Al Cielo!
-¡Oigan a este joven! -exclamó el provincial- Habla de ir al cielo como nosotros hablamos de ir a Frascati.

Al caer la tarde, se diagnóstico que el peligro de muerte no era inminente y se mandó a descansar a todos los que le velaban, con excepción de dos. A instancias de Luis, el padre Belarmino rezó las oraciones para la muerte, antes de retirarse. El enfermo quedó inmóvil en su lecho y sólo en ocasiones murmuraba: "En Tus manos, Señor. . ."

Entre las diez y las once de aquella noche se produjo un cambio en su estado y fue evidente que el fin se acercaba. Con los ojos clavados en el crucifijo y el nombre de Jesús en sus labios, expiró alrededor de la medianoche, entre el 20 y el 21 de junio de 1591, al llegar a la edad de veintitrés años y ocho meses.

Los restos de San Luis Gonzaga se conservan actualmente bajo el altar de Lancellotti en la Iglesia de San Ignacio, en Roma.

Fue canonizado en 1726.

El Papa Benedicto XIII lo nombró protector de estudiantes jóvenes.
El Papa Pio XI lo proclamó patrón de la juventud cristiana.


Bibliografía:

Benedictinos, monjes de la abadía de San Agustin en Ramsgate. The Book of Saints. VI edition. Wilton: Morehouse Publishing, 1989
Butler, Vida de Santos, vol. IV. México, D.F.: Collier’s International - John W. Clute, S.A., 1965.
Sgarbossa, Mario y Giovannini, Luigi. Un Santo Para Cada Dia. Santa Fe de Bogota: San Pablo. 1996.

(fuente: www.corazones.org)

jueves, 20 de junio de 2013

20 de junio: Mártires Ingleses

Cuando se habla de los mártires ingleses, se entiende aquellos héroes, sacerdotes y seglares, hombres y mujeres, que dieron sus vidas durante la Reforma en Inglaterra, en un esfuerzo supremo para conservar la fe, la misa y los sacramentos en aquella isla.

 Para entender mejor lo que les llevó a la muerte por su religión será menester hacer un pequeño resumen de la historia de aquella Reforma tal como se desarrolló en Inglaterra. Es decir, es necesario comprender el origen, naturaleza y tendencias de la causa en que perdieron la vida. Si no, nunca podremos comprender por qué se les acusó de traición, por qué fueron tan vanas las acusaciones lanzadas contra ellos y por qué fueron aceptadas dichas acusaciones tantas veces juntamente con pruebas ridículas contra su causa delante de los tribunales.

El protestantismo no logró tener éxito en Inglaterra hasta el reinado de Eduardo VI. Todo lo contrario, al rey Enrique VIII le fue concedido por el Papa el título de defensor de la fe por sus escritos contra aquella herejía. Sin embargo, la semilla de la separación entre Inglaterra y la Iglesia católica había sido sembrada hacía años, puesto que el poder de la Corona y el del monarca se habían aumentado mucho desde las guerras de las Rosas, de tal manera que la Iglesia en Inglaterra llegó a ser un instrumento más en las manos del rey. Por tanto, cuando Enrique VIII decidió casarse con Ana Bolena, divorciándose de su legítima esposa, Catalina de Aragón, pocas fueron las voces levantadas en contra, sí dejamos aparte la de Tomás Moro y Juan Fisher. Así llegó el cisma; pero todavía no había entrado la herejía.

El protestantismo empezó su trabajo nefasto en el reinado del joven Eduardo VI, introduciéndose primero entre los ministros del rey y, más tarde, apoderándose, sin mucha oposición, de las grandes ciudades, tanto como de los condados del este del país. Cuando llegó al trono la reina María, hija legítima de Enrique VIII y Catalina de Aragón, defensora de la verdadera religión y ferviente católica, el protestantismo tenía mucha fuerza en todo el país. Por esta razón el renacimiento del catolicismo durante su reinado duró muy poco, escasamente cuatro años desde su proclamación oficial hecha por el Parlamento.

Después de la muerte de María heredó el trono Isabel I, en el año 1558, y ésta, olvidando enseguida su solemne promesa de mantener en el reino la fe católica, se rodeó de consejeros y ministros protestantes, de los cuales Guillermo Cecil puede considerarse el jefe y prototipo. Entonces empezó la verdadera lucha entre la herejía y las fuerzas de la Contrarreforma, tanto que la mayoría de los mártires fueron ejecutados durante estos años, siendo relativamente pocos los que murieron durante el período de Carlos I, Jaime I y el protector CronweIl. Sin embargo, la persecución no empezó de una manera abierta y violenta, debido a que Isabel I y sus ministros habían condenado de una manera tan rotunda las ejecuciones de protestantes durante el reinado de María que sería demasiado ingenuo lanzarse en seguida, a su vez, a asesinar a los católicos.

Así, por lo menos, pensó Cecil, el primer ministro de Isabel. Primero sería necesario consolidar la posición del protestantismo y preparar el terreno. Esto lo hizo con dos leyes, el decreto de Supremacía y el acta de Uniformidad, en el año 1559. Con estos decretos se planteó un grave problema que hasta entonces no había surgido, y por tanto, frente a él los mismos católicos se encontraron desconcertados.

Antes se había discutido mucho la relación entre el poder de la Iglesia y el del Estado, siendo mantenido firme el derecho de la Iglesia de nombrar a los obispos y de concederles sus poderes jurisdiccionales, mientras el Estado había conseguido en Inglaterra el derecho de exigir contribuciones del clero y de juzgarles. Ahora se planteó un problema muy distinto, puesto que el rey se declaró monarca, no solamente en cuanto a las cosas civiles del país, sino también de las espirituales y religiosas dentro de su reino. Algunos de sus súbditos —la mayoría— resolvieron el problema aceptando con sumisión los decretos reales, viendo en ellos solamente los deseos del rey de enriquecerse mediante una confiscación de los bienes de la Iglesia en el país, especialmente de los grandes monasterios. Otros, y al principio fueron muy pocos, dieron sus vidas antes de ceder al monarca lo que consideraban una prerrogativa del Romano Pontífice. Es decir, éstos vieron en el problema su aspecto teológico, mientras los otros no vieron más que el aspecto político-social. Pero vamos a continuar con nuestra historia.

El levantamiento en el norte de Inglaterra en el año 1569, por motivos puramente religiosos, hizo a Cecil cambiar su política, y desde entonces la persecución de los católicos fue más dura, tanto que, en el año 1570, el papa San Pío V excomulgó a la reina Isabel. En seguida Cecil tomó su revancha. Identificando el protestantismo con el espíritu nacional, empezó a calificar de traidores a todos los que propagaron las noticias de la sentencia papal, a todos los sacerdotes que continuaron en la verdadera fe, juntamente con los que les ayudaran con dinero y les hospedaran en sus casas. Pero, al mismo tiempo, había empezado aquel movimiento espiritual que llamamos la Contrarreforma

Sus ojos abiertos por la sentencia papal lanzada contra la reina, muchos católicos se marcharon de Inglaterra al extranjero, formándose así verdaderas colonias en muchos países entre estos jóvenes dispuestos a dar sus vidas para conservar la fe en Inglaterra. En 1556 el cardenal Allen abrió su famoso seminario en Douai mandando desde allí los primeros misioneros en el año 1574. Un poco más tarde abrió otro seminario en Roma, en 1578, y en 1589 todavía otro en Valladolid. El de Roma, como el de Valladolid, perduran aún y continúan su trabajo de educar y mandar sacerdotes a todas partes de Inglaterra. Tanto como la oposición, la resistencia de los católicos se había endurecido. La persecución continuó bastantes años todavía, hasta el fin del gobierno del protector CronweIl; pero llegó a su punto más feroz después del decreto del año 1585 contra la misa y los sacerdotes.

Según este decreto todos los sacerdotes de la isla tendrían que salir de ella en un plazo de cuarenta días; el mero hecho de ser sacerdotes era un acto de traición a la nación; los que estaban estudiando en seminarios fuera del país tendrían que volver a él dentro de un período de seis meses y prestar un juramento de fidelidad a la reina como cabeza de la nación y de la Iglesia. Los que rehusaron cumplir estas condiciones fueron declarados traidores, juntamente con todos los que les ayudaron en cualquiera forma. Les esperaba la pena de muerte. Esta, en general, fue la situación política y religiosa de aquellos tiempos. Ahora examinemos con más detalle la vida de aquellos gloriosos mártires y su muerte.

Al terminarse la persecución 316 personas habían dado sus vidas para conservar los restos de la fe en Inglaterra. De éstas 79 fueron seglares y 237 sacerdotes, de los cuales 85 eran religiosos de distintas Ordenes religiosas, entre ellas jesuitas, dominicos, benedictinos y franciscanos. Al leer estas cifras nuestra primera reacción es: ¿por qué fueron tan pocos? La contestación a esta pregunta no es sencilla, pero podemos resumirla diciendo que, al principio, no se vio claramente el peligro que encerró el cisma en tiempos de Enrique VIII, siendo solamente cincuenta los que murieron por la fe durante su reinado. Pero entre ellos encontramos aquellos dos santos, Santo Tomás Moro y San Juan Fisher, obispo de Rochester y gran defensor de la reina Catalina de Aragón. Además, la supresión de los monasterios y la flaqueza de los obispos en tiempos de Enrique planteó un problema para los fieles y para los sacerdotes. No tuvieron más remedio que seguir el ejemplo de sus obispos. En tiempos de Isabel I, como hemos indicado, se endureció la resistencia, pero ya era demasiado tarde para conseguir la completa conversión de la isla. Sin embargo, tenemos que decir que, si hoy día la misa se celebra en Inglaterra y si hay cuatro millones de católicos fervorosos allí, este hecho es debido, en gran parte, al sacrificio de aquellos católicos que murieron entre 1535 y 1679.

No podemos escribir aquí las vidas de cada uno de los mártires, puesto que no disponemos de espacio suficiente para ello. Por tanto, los vamos a dividir en dos grupos: los seglares y los sacerdotes. Entre los seglares encontramos todas las clases sociales desde lo más alto hasta lo más bajo, desde un canciller del reino hasta un simple obrero. Entre ellos hay tres mujeres. Cada uno dio su vida en circunstancias muy distintas, pero todos murieron por la misma causa: su fe. Entre ellos se destaca, tanto por su carácter como por las circunstancias de su muerte, el canciller Santo Tomás Moro. Intimo compañero y amigo del rey Enrique VIII, abogado distinguido, de mucha cultura general, amigo de Erasmo, cariñoso padre de familia, era un hombre muy simpático por razón de su buen humor y, además, era un católico fervoroso. Cuando vio que no era compatible con su religión aceptar el juramento de sumisión a Enrique como cabeza de la Iglesia en Inglaterra, presentó su dimisión, tratando de vivir una vida tranquila en su casa sin más complicaciones. Pero por fin fue arrestado e interrogado en la Torre de Londres. A todos los esfuerzos para convencerle de que debía prestar el juramento contestó sencillamente que no podía reconciliarlo con su conciencia. Cuando su propia mujer añadió sus esfuerzos a los de sus amigos, le contestó, "¿Cuántos años crees que podía vivir en mi casa?" "Por lo menos veinte, porque no eres viejo", le dijo ella. "Muy mala ganga, puesto que quieres que cambie por veinte años toda la eternidad.” Por fin murió después de quince meses en la cárcel. Su catolicismo se demuestra en la pequeña obra Diálogo en tiempos de tribulación, que escribió en la cárcel; mientras su buen humor se reveló en los últimos momentos de su vida cuando, al agachar la cabeza sobre la madera para recibir el hachazo, dijo, quitando su barba de la madera: "Dejadme quitar la barba de aquí; ésa no ha cometido ninguna traición".

La mayoría de los otros murieron porque ayudaron a los sacerdotes en su trabajo como misioneros, ocultándoles en sus casas, preparándoles escondites donde podían refugiarse con sus hábitos y con todo lo que podía demostrar que se había celebrado misa en aquel lugar. Entre ellos encontramos a tres mujeres. Una, Ana Line, fue condenada por tener sacerdotes en su casa. Antes de ser ahorcada dijo a la muchedumbre: "Me han condenado por recibir en mi casa a sacerdotes. Ojalá donde recibí uno pudiera haber recibido a miles y no me arrepiento por lo que he hecho". Las últimas palabras de Margarita Clitheroe fueron: "Este camino al cielo es tan corto como cualquier otro”. Margarita Ward perdió la vida porque llevó en una cesta la cuerda con que se escapó de la cárcel el padre Watson, sabiendo que, de ser descubierta, nada la podría salvar de la horca. Los jueces hicieron lo posible para que prometiese ir a la iglesia protestante, pero su contestación fue sencilla y clara: "Eso no me lo permite la conciencia".

La vida de los sacerdotes es más fácil de describir por la semejanza que existe entre ellas.

Se educaron en seminarios y colegios en el extranjero (en España había tres en Valladolid, Madrid y Sevilla), cursando sus años de filosofía y teología. Después de ordenarse marchaban a Inglaterra, disfrazados de comerciantes, soldados, criados, etc., sabiendo que la muerte les acechaba a cada paso. Algunos fueron hechos prisioneros nada más llegar, mientras otros consiguieron pasar muchos años desapercibidos, sin despertar las sospechas de las autoridades civiles. Pero, más tarde o más temprano, para todos llegó el momento de la prueba. Generalmente debido a informes de algún traidor o espía, los guardias les buscaban, encontrándoles a veces en el acto de celebrar la misa o escondidos con sus hábitos sacerdotales en una casa. Encadenados, pasaban un periodo indefinido en la cárcel, donde eran interrogados repetidas veces para conseguir las pruebas necesarias contra ellos y los nombres de aquellos que les habían dado alojamiento o ayuda, tanto como los sitios donde habían celebrado la misa. Pero, fieles a su fe y su vocación, en ningún caso revelaban datos importantes. Por lo que eran sometidos a la tortura para conseguir por la fuerza lo que no quisieron decir libremente. Esta tortura fue tan dura a veces que, al llegar al juicio público, había que dejarles sentar, porque no tenían fuerza bastante para mantenerse de pie. Las condiciones en la cárcel fueron tan miserables que algunos murieron allí sin llegar a la horca. Un alumno del Colegio Inglés de Valladolid fue traicionado por su propio padre, quien, después de la muerte de su hijo en la cárcel, rehusó darle entierro cristiano.

Después del interrogatorio oficial venían las disputas con los pastores protestantes, quienes trataban de conseguir la apostasía de los misioneros mediante sus argumentos, sin éxito, saliendo vencidos por la sabiduría y la paciencia de los mártires, debidamente preparados durante sus estudios para este momento. Luego venía el juicio, del cual sabemos todos los detalles, puesto que los documentos oficiales y deposiciones se encuentran en los archivos del Estado todavía. Un estudio de estos documentos nos revela que la causa principal fue siempre religiosa, disfrazada bajo acusación de traición. Los documentos del juicio del Beato Edmundo Campion, uno de los más renombrados mártires de la Compañía de Jesús, también demuestran la insuficiencia de las pruebas admitidas por el juez, tanto como el truco principal que utilizaron los jueces para conseguir la condena cuando otras pruebas les fallaron.

Este método consistió en una serie de preguntas tales como las siguientes: "¿Aceptaría usted la libertad, tanto para usted como para su Iglesia, si esto fuese posible?". Dada la contestación afirmativa, el juez continuó: "¿La aceptaría de manos de una fuerza papal? En caso de una invasión de este reino por las fuerzas papales, ¿qué debe hacer un buen católico?". Como ningún católico de aquellos tiempos podía dar una contestación satisfactoria a estas preguntas, no había dificultad en condenarles como traidores al reino. Campion denunció con toda su elocuencia la injusticia de este truco en su juicio.

Después de la sentencia condenatoria les dejaban en la cárcel unos días más, sacándoles solamente para llevarles a la horca atados a una especie de trineo arrastrado por un caballo, siendo acompañados siempre por el pastor protestante discutiendo con ellos, sin duda para que no tuviesen oportunidad para hablar con amigos o rezar en paz. Al llegar al sitio de su martirio les quitaban la ropa, dejándoles solamente la camisa, así facilitaban el cumplimiento de los últimos detalles de la sentencia brutal. Ataban la cuerda al palo y el mártir subía las escaleras de la horca. La gente alrededor esperaba un discurso del condenado, y muchos de los mártires aprovecharon esta ocasión para hacer su última predicación de la verdadera fe a la gente ignorante que les rodeaba. Después de rezar una oración, sin miedo alguno y muchas veces con visible alegría, se preparaban para el supremo sacrificio. Quitando las escaleras o el carro debajo de sus pies el verdugo les dejaba congestionarse hasta casi perder el conocimiento. En este momento les echaba al suelo, donde les quitaban las entrañas y el corazón. A muy pocos, como favor especial, les dejaron en la horca hasta morir, y la mayoría tuvieron bastantes fuerzas para elevar una última oración al cielo en el momento de quitarles el corazón. Luego les cortaban la cabeza y les descuartizaban con el fin de exponer sus restos en un lugar público.

Así murieron por su fe, sabiendo que otros vendrían detrás de ellos para continuar su trabajo. En efecto, al recibir las noticias del martirio los estudiantes, todavía en sus colegios en el extranjero, solían acudir a la capilla para cantar el Te Deum y la Salve, En el Colegio de Valladolid esta ceremonia tenía lugar delante de una estatua de la Virgen mutilada por las tropas inglesas durante el saqueo de Cádiz. Como siempre, de la sangre de los mártires brotó una resistencia cada día más fuerte y más eficaz. España puede tener el merecido orgullo de haber dado refugio a muchos de aquellos sacerdotes, puesto que el Colegio de Valladolid cuenta entre sus alumnos de aquellos tiempos veintitrés mártires, diecinueve de ellos ya beatificados por la Iglesia. El país tendrá su recompensa por ese acto de generosidad y verdadero espíritu católico.

Quizá sea verdad que la resistencia a la Reforma fue menos dura y eficaz en Inglaterra que en otros países de Europa; pero también es cierto que el heroísmo de los pocos que lucharon tanto, perdiendo sus vidas por la causa de la fe, es un ejemplo, no solamente para los católicos ingleses, sino también para el mundo entero. De aquellos esfuerzos y de aquella sangre ha brotado la fe de nuevo en la isla, tanto que podemos afirmar que no fue derramada en vano. Lo mismo se dirá de todos los mártires de la Santa Iglesia, y mientras existan hombres y mujeres que estén dispuestos a sacrificar todo, incluso sus vidas, por la causa de la verdad, aquella verdad triunfará sobre todos los obstáculos y todos los perseguidores.

DAVID LIONEL GREENSTOCK 
(fuente: www.mercaba.org)

miércoles, 19 de junio de 2013

19 de junio: Santa Juliana de Falconieri

(† 1341)

Santa Juliana de Falconieri es la fundadora de las religiosas terciarias servitas, organizadas en 1306 en Florencia y designadas comúnmente en Italia con el nombre de Mantellate, o de la mantilla. Deben, pues, distinguirse bien, por un lado, de los servitas, o siervos de María, insigne Orden mendicante que debe su origen a los célebres siete santos fundadores florentinos, y, por otro, de las religiosas servitas, fundadas por San Felipe Benicio, de carácter puramente contemplativo. Sin embargo, Santa Juliana está, en cierto modo, emparentada con ambas Ordenes, pues, por una parte, pertenece a la familia de los Falconieri, de la que procedía su tío, San Alejo Falconieri, uno de los siete fundadores de los servitas, y, por otra, se inició en la vida religiosa con las religiosas servitas y bajo la dirección de su fundador, San Felipe Benicio.

Nacida del hermano de San Alejo Falconieri, llamado Carisino, recibió en Florencia una educación profundamente cristiana. Su padre, que había reunido con su comercio grandes riquezas, levantó a sus expensas la magnífica iglesia de Nuestra Señora de la Anunciata, y no mucho después murió. Juliana, por su parte, según refieren sus antiguos biógrafos, dio desde sus primeros años las más expresivas muestras de eximia piedad y, sobre todo, de su predilección por la Santísima Virgen y por la virginidad cristiana. Por esto se refiere que San Alejo, su tío, llegó a decir a la madre de Juliana que había traído al mundo, no una niña, sino un ángel.

Efectivamente, cuando contaba sólo catorce años, en 1284, renunciando al ventajoso matrimonio que se le ofrecía y ansiando consagrar a Dios su virginidad, recibió de San Felipe Benicio el hábito de terciaria de las religiosas servitas por él fundadas, y hasta la muerte de su madre vivió en su propia casa conforme a las normas recibidas del Santo. Su ejemplo fue imitado por algunas damas de la buena sociedad florentina, y aun su propia madre se puso bajo su dirección en la vida de piedad. Un año más tarde recibía San Benito Benicio su profesión religiosa, y al morir poco después confió a Juliana la Orden por él fundada y la alentó de un modo especial en la Congregación de terciarias servitas iniciada por ella, que bien pronto, a causa de la mantilla que todas ellas llevaban, fueron vulgarmente designadas con el epíteto de Mantellate.

Después de la muerte de su madre su vida de consagración a Dios fue tomando una forma más rigurosa y definitiva. Se impuso ayuno riguroso los miércoles y viernes, no tomando en estos días más que un poco de pan y agua. El sábado lo empleaba entregándose por completo a la contemplación de los dolores de la Virgen, y el viernes lo dedicaba por entero a la meditación de la Pasión, en cuyo obsequio tomaba una sangrienta disciplina. De este modo fue creciendo rápidamente la fama de sus virtudes y de la sublimidad de la vida que llevaba, por lo cual fue aumentando el número de las mujeres que se le iban juntando. Todas ellas llevaban, como ella, en sus propias casas una vida de piedad y de la más absoluta consagración a Dios, sobre todo por medio de su virginidad. Entre las que ya entonces se le juntaron en este genero de vida merecen especial mención una de sus primas, llamada Juana, que se distinguió por su eximia virtud, y una hermana del mismo San Felipe Benicio.

Sin embargo, todo este significaba únicamente una vida de consagración al Señor puramente individual o privada. Ella y sus compañeras deseaban algo más, es decir, convertirse en Congregación religiosa canónicamente reconocida por la Iglesia. Así, pues, cuando ya estaban todas ellas, habituadas a aquella vida de consagración y penitencia, el año 1306 se establecieron en vida común en una casa preparada para ello en Florencia. Por esto se considera esta fecha como la de la fundación de la Congregación. Ya los papas Honorio IV (1285-1287), Nicolás IV (1288-1292), Bonifacio VIII (1294-1303) y Benedicto XI (1303-1304) habían aprobado su primer género de vida; pero la aprobación definitiva de la Congregación propiamente tal de las servitas terciarias de Santa Juliana de Falconieri se la concedió el papa Martín V (1417-1431) por medio de la bula Sedis Apostolicae providentia.

La vida de la nueva Congregación, conforme al contenido de la misma bula, se distinguía por un conjunto de prescripciones de una alta perfección y por su austeridad en los ayunos y en otras penitencias. Sin embargo, estas constituciones de las servitas terciarias ya no tienen valor en nuestros días. Las diversas ramas de dicho Instituto tienen actualmente reglas particulares, canónicamente establecidas y acomodadas a los tiempos presentes.

Una vez, pues, organizada y canónicamente establecida la Congregación, Juliana se vio forzada, bien contra su inclinación natural, a admitir el cargo de superiora general, que mantuvo durante treinta y cinco años, hasta su muerte. Bien persuadida de que, precisamente por ser la organizadora y por estar al frente de la Congregación, tenía más obligación que nadie de observar sus constituciones, procuró desde el principio ser modelo de observancia aun de las más mínimas prescripciones de la regla, pues, como para las demás, también para ella constituía la voluntad de Dios. Por otra parte, sintiendo en su interior un ansia, cada día más intensa, de corresponder a las gracias que había recibido del cielo, entregábase de lleno a la oración y a la práctica de las mayores austeridades. De un modo muy especial se pondera el empeño con que procuró ejercitar la humildad y caridad con los demás, buscando siempre los empleos más humildes y siendo la esclava de todas sus hermanas.

En estos puntos son interesantes los datos concretos que nos comunican las biografías e historias antiguas de la Orden de los servitas, de la que esta Congregación es considerada como una rama femenina. Algunas de estas prácticas, que en nuestros días nos parecen excesivas y aun extravagantes y desde luego no aconsejables, responden al espíritu de religiosidad y austeridad propios de la Edad Media. Así se refiere que pasaba a veces veinticuatro horas seguidas en oración, sea porque se sentía arrebatada por el espíritu interior, sea porque quería por este medio librarse de graves tentaciones. Por otro lado, dormía con frecuencia sobre la tierra desnuda, y para mortificar su carne usaba disciplinas, cuerdas, cilicios en la cintura; ordinariamente no tomaba más que un poco de alimento cuatro veces por semana. Los demás días solamente la comunión.

En medio de una vida tan austera, entregada por entero a la contemplación y a la penitencia, es admirable lo que se refiere sobre el influjo que llegó a tener sobre el mundo que la rodeaba. La fama y el aroma de su santidad había trascendido de tal manera fuera de la casa donde habitaba, que producía más provecho espiritual que muchas predicaciones. Así consta que en varias ocasiones obtuvo la conversión de grandes pecadores, y, sobre todo, que logró poner término a enconadas enemistadas, discordias y odios individuales y aun públicos.

Tanta penitencia y austeridad llegaron, por fin, a causar trastornos en su estómago y producirle agudas enfermedades. Pero ella supo sobrellevarlo todo con la mayor resignación. Próxima ya a morir, según refieren antiguos testimonios más o menos fidedignos, no pudiendo recibir el viático, rogó ella que, al menos, le trajeran el copón y lo depositaran sobre su pecho, sobre el cual se extendieron los corporales. Así se hizo; pero al punto desapareció la Sagrada Forma que en él se contenía. Y añaden las mismas crónicas que, después de su muerte, se encontró grabado sobre el pecho, encima del corazón, un sello a manera de hostia. Precisamente como recuerdo de esta tradición, sus religiosas, las Mantellate, llevan sobre el lado izquierdo de su escapulario la imagen de una hostia. Murió el 19 de junio de 1341 y desde un principio fue sumamente venerada por su eximia santidad.

escrito por BERNARDINO LLORCA, S. I.
(fuente: www.mercaba.org)

martes, 18 de junio de 2013

18 de junio: Santa Isabel de Schönau

Tres monasterios alemanes han llevado el nombre de Schönau: la comunidad de monjes cistercienses vecina a Heidelberg; un convento de monjas en Franconia; y una doble casa de benedictinos, no lejos de Bonn, cuyos dos edificios fueron construidos a expensas de Hildelino, quien fue su primer abad, en 1125. En el gran convento para monjas ingresó, a la edad de doce años, una chiquilla humilde llamada Isabel. Unos seis años después, en 1147, hizo su profesión. Desde entonces se entregó con gran fervor a las actividades religiosas del convento y, a pesar de su mala salud, usaba una camisa de cerdas, se disciplinaba con cadenas y practicaba otras mortificaciones. Al referirse a sí misma en uno de sus libros, dice: «La más vil de Sus pobres creaturas, agradece a Dios que, desde el momento en que entró a la orden hasta hoy, Sus manos la han empujado con tanta insistencia, que nunca dejó de sentir sus dardos en el cuerpo». Desde que cumplió ventitrés años en adelante, estuvo sujeta a extraordinarias manifestaciones sobrenaturales, visiones celestiales y persecuciones diabólicas. En una carta dirigida a su amiga santa Hildegarda, describe Isabel la forma en que un ángel le mandó que anunciara la serie de calamidades que habrían de afligir a las gentes, a menos que hiciesen penitencia, y como ella tardó en cumplir con el mandato, el ángel se presentó de nuevo y la golpeó con un látigo, tan furiosamente, que estuvo enferma tres días. Pero algunas de las profecías hechas por boca de Isabel no se cumplieron y entonces volvió a aparecer el mensajero celestial para indicar que las gentes habían hecho penitencia y así se habían evitado las calamidades.

Por aquel entonces y durante largo tiempo, asaltaron a la santa terribles tentaciones; la mantenían en continuo sobresalto las súbitas apariciones en su celda o en otras partes del convento, de los demonios con hábitos de monjes, que se burlaban de ella y proferían horribles amenazas. En cierta ocasión vio al diablo en la forma de un gran toro negro que, al arrojarse sobre ella, se transformó en un haz de llamas de las que surgió un rebaño de cabras pestilentes. Pero aquel período de prueba sólo fue el preludio a una época de grandes consuelos y visitas de seres celestiales. Especialmente los domingos y fiestas de guardar, Isabel entraba en éxtasis durante la celebración de la misa. Según sus confesiones, durante los arrobamientos recibía admoniciones y mensajes de un ángel o del santo cuya fiesta se conmemoraba. Veía a sus visitantes celestiales con tanta claridad que, pasado el éxtasis, describía con lujo de detalles su aspecto, su vestimenta y la forma en que aparecían. De la misma manera, como si se representaran ante sus ojos corporales, presenciaba escenas de la Pasión, la Resurrección y la Ascensión del Señor. Algunas de sus visiones las reprodujo en cera, sobre tablillas y, a pedido del abad Hildelino, las enviaba a su hermano Egberto, un canónigo de Bonn, que posteriormente tomó el hábito en Schönau y sucedió a Hildelino en el cargo de abad. Esas notas, complementadas con sus explicaciones orales, aparecen en tres libros sobre las visiones de Isabel, compilados y publicados por Egberto, con un prefacio propio y una lista cronológica de las experiencias religiosas de su hermana.

El primero de esos libros está escrito con un estilo sencillo, como el que hubiera podido usar la propia Isabel; pero los otros tienen mayores complicaciones, tanto en el lenguaje como en las ideas y, en ocasiones, se pone en evidencia cierta inclinación a la teología que, sin duda pertenece a Egberto y no a Isabel. El caso se pone todavía en mayor evidencia en otro de sus trabajos: «El Libro de los Caminos de Dios», que fue escrito, al parecer, como una imitación al «Scivias» de santa Hildegarda. En él aparecen advertencias muy severas y rigurosas, dirigidas a varias clases del clero y a los laicos; contiene una advocación del antipapa «Víctor IV», a quien favorecían los amigos de Egberto; y de acuerdo con los términos de la denuncia contra el Cathari y de las invectivas contra los prelados mundanos y los sacerdotes infieles, se ponen claramente de manifiesto la mente y la pluma de Egberto. El último de los libros de Isabel y el más famoso, fue una contribución suya a la Leyenda Ursulina. El libro tiene una historia singular. Las excavaciones practicadas en diversas ocasiones desde los principios del siglo doce, en uno de los distritos de Colonia, dieron como resultado el descubrimiento de una cantidad considerable de restos humanos. El sitio recibió el nombre de "Ager Ursulinus" y se creyó que, entre las osamentas, se encontraban los restos de santa Úrsula y de sus once mil vírgenes. Sin embargo, entre los huesos había esqueletos masculinos, así como gran número de tablillas (ahora se ha comprobado que todas eran falsificadas), que ostentaban los nombres de supuestos mártires. Gerlac, el abad de Deutz, quien tomó parte activa en el traslado de las supuestas reliquias de santa Úrsula, en 1142, y que pasó nueve años buscando los restos de las vírgenes, sus compañeras, recurrió a Egberto con la esperanza de que por medio de las visiones de su hermana Isabel, se aclarase el asunto que tanto le preocupaba.

Parece ser que Egberto insistió tenazmente para que su hermana accediera a ayudarlo y, presionada de esta manera, escribió una nueva versión fabulosa de la ya fantástica historia de santa Úrsula y la de todos los mártires recientemente «descubiertos» con la introducción de un tal papa Ciríaco, que nunca existió. Que esta fábula extravagante, plagada de datos históricos, que con toda facilidad podía haberse comprobado que eran falsos, conquistase inmediatamente una amplia aceptación, ilustra de nuevo la inmensa e infortunada credulidad de la época. Por otra parte, esa rápida aceptación es también una prueba de la estima que se tenía por Isabel.

Sin duda que fue, en realidad, una mujer de buen juicio para los asuntos de la vida diaria, puesto que, de lo contrario, no habría podido soportar, como lo hizo, el cargo de superiora de su comunidad durante los últimos siete años de su vida. Su cargo era el principal, después del abad, quien gobernaba la doble comunidad. Isabel murió el 18 de junio de 1164, a los treinta y ocho años de edad. Una confusión entre las abadías con el mismo nombre de Schönau, motivó que se considerase a Isabel como una monja del Císter y como a tal la registrase Molanus, en 1568, en la nueva edición del Usuardo. De ahí se trasladó su nombre al Martirologio Romano en 1584 y, desde entonces, sigue en su lugar, sin referencia alguna a sus escritos. Nunca se ha llagado a canonizar o siquiera a beatificar formalmente a Isabel, y hay muchos puntos de vista divergentes en cuanto a la naturaleza de sus visiones. Sin embargo, todos los críticos admiten que la propia Isabel, su hermano y quienes la conocieron bien, estaban firmemente convencidos de que aquellas experiencias espirituales procedían de lo alto.

Lo que sabemos sobre la vida de Isabel procede, sobre todo, de unas memorias que su hermano Egberto escribió y agregó a la mencionada colección de sus visiones. Este material biográfico, junto con una carta del propio Egberto, se halla impreso en Acta Sanctorum, junio, vol. IV. La mejor de las ediciones sobre sus escritos y visiones, es la de F. W. E. Roth (1884). Este mismo editor sacó a la luz en 1886, lo que él llama Libro de Oraciones (Gebetbuch) de Isabel.

N.ETF: Aunque en algunos sitios figura como canonizada en 1584, en realidad sigue siendo cierto lo que señala el Butler: nunca lo ha sido formalmente, sino que en esa fecha lo que se hizo fue inscribirla en el Martirologio, lo cual implica -en los casos en que no hay una canonización formal- un cierto reconocimiento oficial. Se ha hecho recientemente (2006) una edición de las obras (aunque aparentemente no completas) de Isabel en alemán a cargo de Pedro Dinzelbacher, de la Abadía de Schönau, editorial Fernando Schöningh, Paderborn. Hay información sobre la santa (en alemán) en el sitio del monasterio de Schönau. La imagen mostrada corresponde al altar y relicario de la santa en la iglesia claustral.

fuente: «Vidas de los santos de A. Butler», Herbert Thurston, SI
(fuente: www.eltestigofiel.org)

lunes, 17 de junio de 2013

17 de junio: Beato José María Cassant

Joseph-Marie Cassant nació el 6 de marzo de 1878 en Casseneuil, en el Lot-et-Garonne (diócesis de Agen, Francia) en una familia de agricultores que ya contaba con un hijo varón de nueve años. Estudió en el internado de los hermanos de San Juan Bautista de la Salle de Casseneuil, donde tuvo dificultades debido a su falta de memoria. Tanto en su casa como en el internado recibió una sólida formación cristiana y, poco a poco, creció en él el deseo profundo de ser sacerdote. Su párroco, D. Filhol, le apreciaba mucho y le ayudó en sus estudios por medio de un vicario, pero su poca memoria siguió siendo un obstáculo para su ingreso en el seminario menor. Mientras tanto, el adolescente fue introduciéndose en el silencio, el recogimiento y la oración. El párroco Filhol le sugirió que se dirigiera a la Trapa: el joven de 16 años aceptó sin dudarlo. Tras un tiempo de prueba en la casa parroquial, Joseph entró en la abadía cisterciense de Santa María del Desierto (diócesis de Toulouse, Francia) el 5 de diciembre de 1894.

En ese momento el maestro de novicios era el Padre André Malet. Él sabia captar las necesidades de las almas y responder a ellas con humanidad. Desde el primer encuentro manifestó su benevolencia: «!Confía! yo te ayudaré a amar a Jesús». Los hermanos del monasterio no tardaron en mostrar aprecio por el recién llegado: Joseph no era ni discutidor ni gruñón, sino que siempre estaba contento y sonriente.

Contemplando frecuentemente a Jesús en su pasión y en la cruz, el joven monje se impregnó del amor a Cristo. El «camino del Corazón de Jesús», que le enseñó el Padre André, es una llamada incesante a vivir el instante presente con paciencia, esperanza y amor. El Hermano Joseph-Marie es consciente de sus lagunas y su debilidad. Pero se fía cada vez más de Jesús que es su fuerza. No le gustan las medias tintas. Quiere darse totalmente a Cristo. Su divisa lo atestigua: «Todo por Jesús, todo por María». Fue admitido a pronunciar sus votos definitivos el 24 de mayo del 1900, en la fiesta de la Ascensión.

A partir de entonces comenzó su preparación al sacerdocio. El Hermano Joseph-Marie lo deseaba sobre todo en función de la Eucaristía. Ésta es para él la realidad presente y viviente de Jesús: el Salvador entregado totalmente a los hombres, cuyo corazón traspasado en la cruz, acoge con ternura a los que acuden a Él con confianza. Los cursos de teología que le dio un hermano poco comprensivo causaron afrentas muy dolorosas en la viva sensibilidad del joven monje. En todas las contradicciones él se apoya en Cristo presente en la Eucaristía, «la única felicidad en la tierra», y confía su sufrimiento al Padre André que lo ilumina y reconforta. Finalmente, habiendo aprobado los exámenes, tiene la inmensa alegría de recibir la ordenación sacerdotal el 12 de octubre de 1902.

Pronto constatan que está afectado de tuberculosis. El mal está muy avanzado. El joven sacerdote no revela sus sufrimientos hasta el momento en que no puede ocultarlos más: por qué quejarse cuando se medita frecuentemente el Vía Crucis del Salvador? A pesar de su estancia de siete semanas con su familia, a petición del Padre Abad, sus fuerzas declinan cada vez más. A su regreso al monasterio, lo mandan a la enfermería donde tuvo una nueva ocasión de ofrecer, por Cristo y la Iglesia, sus sufrimientos físicos cada vez más intolerables, agravados por las negligencias de su enfermero. Más que nunca, el Padre André le escucha, le aconseja y le sostiene. Joseph-Marie dijo: «Cuando no pueda celebrar más la Misa, Jesús podrá retirarme de este mundo». El 17 de Junio de 1903, por la mañana, tras comulgar, el Padre Joseph-Marie alcanzó para siempre a Cristo Jesús.

El 9 de junio de 1984, el Santo Padre Juan Pablo II reconoció la heroicidad de sus virtudes.

A veces se ha subrayado la banalidad de esta corta existencia: dieciséis años discretos pasados en Casseneuil y nueve años en la clausura de un monasterio, haciendo cosas simples: oración, estudios, trabajo. Cosas simples, sí, pero supo vivirlas de forma extraordinaria; pequeñas acciones, pero realizadas con una generosidad sin límites. Cristo puso en su espíritu, limpio como agua de manantial, la convicción de que sólo Dios es la suprema felicidad, que su Reino es semejante a un tesoro escondido y a una perla preciosa.

El mensaje del Padre Joseph-Marie es muy actual: en un mundo de desconfianza, a menudo víctima de la desesperación, pero sediento de amor y de ternura, su vida puede ser una respuesta, sobre todo para los jóvenes que buscan un sentido a la propia vida. Joseph-Marie fue un adolescente sin relieve ni valor a los ojos de los hombres. Debe el acierto de su vida al encuentro impresionante con Jesús. Supo seguirle en una comunidad de hermanos, con el apoyo de un Padre espiritual que fue al mismo tiempo testimonio de Cristo y capaz de acoger y comprender.

Él es para los pequeños y humildes un magnífico modelo. Les enseña cómo vivir, día tras día, para Cristo, con amor, energía y fidelidad, aceptando ser ayudados por un hermano o una hermana experimentados, capaces de conducirlos tras las huellas de Jesús.

(fuente: www.vatican.va)
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