«Humilde franciscano, bendecido con numerosos dones sobrenaturales. Por sus constantes y públicas levitaciones es conocido como el santo de los vuelos. Es el patrón de los estudiantes»
Madrid, 18 de septiembre de 2013 (Zenit.org)
Este año 2013 se está celebrando el 410 aniversario del nacimiento y el 350 de la muerte de Giuseppe Desa, humilde franciscano, que a sí mismo se denominaba fray asno. Nació el 17 de junio de 1603 en Copertino, Italia, en un establo donde su padre que era carpintero, se ocultaba de la justicia; lo buscaba por deudas contraídas con personas sin escrúpulos que se aprovecharon de él. Franceschina, su madre, le puso bajo el amparo de María. De seis hermanos nacidos sobrevivieron dos.
La distracción fue una de sus grandes cruces, al menos durante una parte de su vida, debido seguramente al trato distante, severo en extremo, que recibió de su madre después de quedar viuda. La debilidad y la tristeza, más quizá por la falta de ternura que por la extrema pobreza en la que quedaron sumidos al morir su padre, fueron las constantes de su infancia, época feliz para la mayor parte de los niños, pero no para él. Nadie le tenía en cuenta. No contaba con la estima de su familia, (un tío suyo acaudalado le echó de casa), ni del vecindario, que le veía siempre ensimismado. Los franciscanos conventuales le cerraron las puertas de la comunidad. Le desestimaron también por su pésima preparación académica; no tenía cualidades para el estudio.
Padeció un grave tumor canceroso en una nalga que le mantuvo postrado durante seis años.Franceschina, terciaria franciscana, al ver fracasada su curación por una nefasta intervención quirúrgica, le llevó al santuario de Galàtone, donde se veneraba a la Virgen de las Gracias, le ungió con óleo de una lámpara, y el muchacho pudo volver a casa auxiliado por un bastón. Siempre devotísimo de María, acudió al santuario de laVirgen de la Grottella para agradecer su curación.Después intentó aprender el oficio de zapatero, pero era una persona a la que no se le podía encomendar nada; todo lo echaba a perder, y eso le fue aislando de cara a los demás, aunque en su intimidad oraba y se sentía acogido por Dios.
Rechazado por los Observantes reformados, logró ingresar como «lego» con los capuchinos. Y aunque tomó el hábito en 1620, de nuevo, y debido a su exagerada tendencia a la distracción, se vio en la calle. Además, había silenciado un nuevo tumor para que no le expulsaran, y sufrió en silencio hasta que tuvo la desdichada idea de querer solventar él mismo la lesión, con unos resultados funestos que condicionaron definitivamente su estancia en el convento. No desistió, y pasó grandes penalidades hasta que a través de un tío suyo capuchino conventual fue acogido por la comunidad de Martina Franca. Le encomendaron una humilde misión en el establo, y permaneció oculto inicialmente al resto de los frailes soportando la cruz de muchas desdichas con bondad y paciencia. En 1625 los religiosos unánimemente decidieron admitirle como capuchino. Alcanzó el sacerdocio de forma providencial, ya que primeramente al examinarse para el diaconado le pidieron que explicase en el examen justamente lo único que sabía, la frase: «Bendito sea el fruto de tu vientre», y salió bien parado. Después, el obispo, al ver la buena preparación que tenían otros aspirantes, consideró que todos la compartían, y se libró de la prueba.
Fue ordenado en 1628, una fecha que marcaba el inicio de una serie de éxtasis, carismas diversos y fenómenos místicos extraordinarios con los que sería adornado hasta el fin de sus días. Su fama de santidad crecía casi a la par que se incrementaba su oración, la mortificación, y sus constantes ayunos y penitencias. Muchos eran agraciados por sus milagros. A las personas que acudían a él, que consideraba «cruces vivas», les decía: «Rezar, no cansarse nunca de rezar. Que Dios no es sordo ni el cielo es de bronce. Todo el que pide, recibe». Una vez manifestó: «He encontrado un niño sobre la cruz y lo he abrazado y he sentido arder el corazón». Pero íntimamente escuchó: «deja estas cruces muertas y toma la cruz viva»; la halló en la obediencia.
Lo denunciaron en 1638 ante el Santo Oficio de Nápoles por sus inevitables y constantes levitaciones, que se producían en público; de ahí que se conociera como «el santo de los vuelos». El arcipreste Giovanni Perillo, aludiendo a raptos sufridos mientras oficiaba misas por obediencia a su provincial, fue implacable: «Si hubiera sido un santo, hubiera huido de darse publicidad y de llamar la atención». Durante un año obtuvo la gracia que pidió de que cesasen estoséxtasis. San Antonio de Padua se le apareció asegurándole que la Virgen y san Francisco le ayudarían.Mientras era sometido a interrogatorios, en presencia del tribunal se reprodujeron las experiencias. Fue absuelto de las acusaciones, pero al culparle de aprovecharse de la ingenuidad del pueblo fingiendo su virtud, abandonó el convento de la Grosella. Vivió en Asís catorce años. Después le enviaron a Pietrarubbia.
Le vetaron misa, novenas, predicación… En un momento dado, advirtió: «Si alguno pregunta por mí, respóndele que soy un hombre muerto. Los otros religiosos son felices porque van a la Iglesia, al coro y a cuanto pide la obediencia. Yo, sin embargo, soy inútil y no soy bueno para nada», añadiendo humildemente: «Mi voluntad es como un ciego guiado por el perrillo del querer de los superiores». Cuando los fieles dieron con él, y comenzaron las peregrinaciones, le enviaron a Fossombrone sometiéndole a un férreo aislamiento. Ese obligado encierro conllevó muchos sufrimientos. Ya no podía ni hablar, ni escribir carta alguna. Cuando el papa levantó el veto que pesaba sobre él, sus hermanos no quisieron que volviera a la Grosella. Fue enviado a Osimo. Recibió alegre la noticia: «¡Ahora muero contento, porque muero entre mis frailes!». Convivió con la comunidad siete años de gran fecundidad, hasta que el 18 de septiembre de 1663 entregó su alma a Dios. Además del don de milagros, entre otros, fue agraciado con los de bilocación, profecía, conocimiento y perfume sobrenaturales. Benedicto XIV lo beatificó el 24 de febrero de 1753. Clemente XIII lo canonizó el 16 de julio de 1767.
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miércoles, 18 de septiembre de 2013
martes, 17 de septiembre de 2013
17 de septiembre: San Segismundo Félix Felinski
Segismundo Félix Felinski (1822-1895) arzobispo de Varsovia y fundador de las Hermanas Franciscanas de la Familia de María, nació el 1 de noviembre de 1822 del matrimonio formado por Gerard Felinski y Eva Wendorff, en Wojutyn en Volinia (actualmente Ucrania), en lo que entonces era territorio ruso. Fue arzobispo de Varsovia por 16 meses, pasó 20 años en el exilio en Siberia, pasó 12 años en el semiexilio como tit. Arzobispo de Tarso y párroco en el país. Murió en Cracovia que entonces pertenecía a Austria, el 17 de septiembre de 1895. De hecho, pasó 58 de sus 73 años en un territorio que pertenecía al imperio ruso.
Figura nacional y espiritual
Él es venerado como Pastor en el exilio, un apóstol de la armonía nacional y la unidad en el espíritu del Evangelio, un modelo de dedicación sacerdotal. Como arzobispo de Varsovia y fundador de una congregación religiosa, ejerció sus funciones y obligaciones como un "Buen Pastor" con gran fortaleza, amor y coraje, manteniendo siempre una cuidadosa vigilancia sobre sí mismo. Escribió: "estoy convencido de que al mantener mi corazón incontaminado, que vive en la fe y de amor fraterno hacia mi prójimo, no estoy fuera del camino. Tan sólo ese es mi tesoro y él no tiene precio".
Familia
El tercero de seis hijos, dos de los cuales murieron a temprana edad, fue criado con la fe y la confianza en la Divina Providencia, el amor a la Iglesia y a la cultura polaca. Cuando Segismundo tenía 11 años su padre murió. Cinco años más tarde, en 1838, su madre fue detenida por los rusos y enviada al exilio en Siberia por su participación en actividades patrióticas. Aquella actividad patriótica consistía en trabajos para mejorar las condiciones sociales y económicas de los agricultores.
Educación y antecedentes
Segismundo tuvo una buena educación. Después de completar la escuela secundaria, estudió matemáticas en la Universidad de Moscú de 1840-1844. En 1847 se trasladó a París, donde estudió Literatura Francesa en la Sorbona y el Collège de France. Conocía a todas las figuras importantes de la emigración polaca, por ejemplo: Adam Mickiewicz. Fue amigo del poeta nacionalista Juliusz Slowacki quien murió después de la revuelta de Poznan. En 1848, participó en la revuelta de Poznan, misma que fracasó. Desde 1848-50 fue tutor de los hijos de Eliza y Zenon Brzozowski en Munich y París. En 1851 regresó a Polonia y entró en el seminario diocesano de Zytomierz. Estudió en la Academia Católica de San Petersburgo. El 8 de septiembre de 1855 el Arzobispo Ignacy Holowinski, Arzobispo de Mohilev lo ordenado. Fue asignado a la Parroquia de los Padres Dominicos de Santa Catalina de Siena en San Petersburgo hasta 1857, año en el que el obispo lo nombró director espiritual y profesor de filosofía de la Ecclesiastical Academy. En 1856 fundó la organización benéfica llamada "Rescate de los Pobres" y en 1857 fundó la Congregación de las Hermanas Franciscanas de la Familia de María.
Arzobispo de Varsovia
El 6 de enero de 1862, el Papa Pius IX designó a Segismundo Felinski Arzobispo de Varsovia. El 26 de enero de 1862 el Arzobispo Zylínski lo consagró en San Petersburgo. El 31 de enero partió hacia Varsovia ciudad a la que llegó el 9 de febrero de 1862. Los rusos, aniquilaron brutalmente el levantamiento Polaco contra Rusia que tuvo lugar en Varsovia el año 1861, dando lugar a un estado de sitio. Como respuesta a las bruscas medidas de los rusos, las autoridades eclesiásticas cerraron todas las iglesias durante cuatro meses. El 13 de febrero de 1862, el nuevo Arzobispo consagró nuevamente la catedral de Varsovia; el Ejército ruso lo había profanado el 15 de octubre de 1861. El 16 de febrero ordeno que se abrieran nuevamente todas las iglesias de la ciudad con la celebración solemne de la Exposición de Cuarenta Horas del Santísimo Sacramento.
Segismundo Felinski fue Arzobispo de Varsovia durante 16 meses, del 9 de febrero de 1862 al 14 de junio de 1863. Fueron tiempos difíciles dado los enfrentamientos diarios entre los usurpadores rusos que tenían el poder y el Partido Nacionalista. Desafortunadamente, él encontró una atmósfera de desconfianza de parte de algunos ciudadanos e incluso de una parte del clero, todo debido a que el gobierno ruso, mediante engaños, les hizo pensar que el Arzobispo Felinski colaboraba secretamente con el gobierno. El Arzobispo siempre dejó en claro que tan sólo estaba al servicio de la Iglesia. También trabajó por la supresión sistemática de toda interferencia gubernamental en los asuntos internos de la iglesia. Reformó la diócesis para lo cual hacía visitas regulares a las parroquias y a las organizaciones caritativas dentro de la diócesis de modo de poder entender y conocer sus necesidades. Modificó los programas de estudio de la Ecclesiastical Academy de Varsovia y de los seminarios diocesanos, dando un nuevo ímpetu al desarrollo espiritual e intelectual del clero. Hizo todos los esfuerzos posibles para liberar a los sacerdotes encarcelados. Los animó a proclamar el Evangelio abiertamente, a catequizar a sus feligreses, a iniciar escuelas parroquiales para así lograr que las nuevas generaciones sean más serias, devotas y honestas. Cuidó de los pobres y huérfanos, comenzando un orfanato en Varsovia que confió a las Hermanas de la Familia de María.
En la gestión política trató de impedir que su nación se lanzase precipitadamente en una visión imprudente y desconsiderada. Como una muestra de su protesta contra la sangrienta represión ejecutada por los rusos a la “Rebelión de enero” de 1863, el Arzobispo Felinski dimitió al Consejo de Estado y el 15 de marzo de 1863 escribió una carta al Emperador Alexander II, impulsándolo a acabar con la violencia. De la misma manera protestó contra el ahorcamiento del frayle capuchino Agrypin Konarski, “capellán de los rebeldes”. Su intrepidez e intervenciones rápidamente ocasionaron que Alexander II lo enviara al exilio.
Exiliado a Siberia durante 20 años
De hecho, el 14 de junio de 1863, él fue deportado de Varsovia a Jaroslavl, en Siberia, donde él pasó, por ordenes directas del Zar, los siguientes 20 años totalmente incomunicado de Varsovia. Encontró un modo de organizar los trabajos de caridad para ayudar a sus compañeros de prisión y sobre todo a los sacerdotes. A pesar de las restricciones de la policía rusa, logró recaudar fondos para construir una Iglesia católica que más tarde se convirtió en parroquia. La gente se sorprendía de su actitud espiritual y tarde o temprano comenzaron a llamarle “el santo obispo polaco”.
Semiexilio en la región de Cracovia
En 1883, después de negociaciones entre la Santa Sede y Rusia, el Arzobispo Felinski fue liberado y el 15 de marzo de 1883, el Papa Leo XIII lo transfirió de la Sede de Varsovia a ser Arsobispo titular en Tarso. Como clérigo de la capilla pública de la casa señorial de los Condes Keszycki y Koziebrodzki, proyectó una intensa actividad pastoral. De su propio peculio, estableció en el pueblo la primera escuela y un jardín de infancia. Construyó una iglesia y el convento para las Hermanas Franciscanas de la Familia de María.
Murió en Cracovia el 17 de septiembre de 1895 y donde fue enterrado el 20 de septiembre. Más tarde sus restos fueron trasladados a Dzwiniacza (el 10 de octubre de 1895). Finalmente en 1920 sus restos fueron llevados a Varsovia donde, el 14 de abril de 1921, fueron solemnemente enterrados en la cripta de la Catedral de San Juan donde actualmente son venerados.
Su Santidad Juan Pablo II lo beatificó el 18 de agosto de 2002. Fue canonizado el 11 de octubre de 2009.
Figura nacional y espiritual
Él es venerado como Pastor en el exilio, un apóstol de la armonía nacional y la unidad en el espíritu del Evangelio, un modelo de dedicación sacerdotal. Como arzobispo de Varsovia y fundador de una congregación religiosa, ejerció sus funciones y obligaciones como un "Buen Pastor" con gran fortaleza, amor y coraje, manteniendo siempre una cuidadosa vigilancia sobre sí mismo. Escribió: "estoy convencido de que al mantener mi corazón incontaminado, que vive en la fe y de amor fraterno hacia mi prójimo, no estoy fuera del camino. Tan sólo ese es mi tesoro y él no tiene precio".
Familia
El tercero de seis hijos, dos de los cuales murieron a temprana edad, fue criado con la fe y la confianza en la Divina Providencia, el amor a la Iglesia y a la cultura polaca. Cuando Segismundo tenía 11 años su padre murió. Cinco años más tarde, en 1838, su madre fue detenida por los rusos y enviada al exilio en Siberia por su participación en actividades patrióticas. Aquella actividad patriótica consistía en trabajos para mejorar las condiciones sociales y económicas de los agricultores.
Educación y antecedentes
Segismundo tuvo una buena educación. Después de completar la escuela secundaria, estudió matemáticas en la Universidad de Moscú de 1840-1844. En 1847 se trasladó a París, donde estudió Literatura Francesa en la Sorbona y el Collège de France. Conocía a todas las figuras importantes de la emigración polaca, por ejemplo: Adam Mickiewicz. Fue amigo del poeta nacionalista Juliusz Slowacki quien murió después de la revuelta de Poznan. En 1848, participó en la revuelta de Poznan, misma que fracasó. Desde 1848-50 fue tutor de los hijos de Eliza y Zenon Brzozowski en Munich y París. En 1851 regresó a Polonia y entró en el seminario diocesano de Zytomierz. Estudió en la Academia Católica de San Petersburgo. El 8 de septiembre de 1855 el Arzobispo Ignacy Holowinski, Arzobispo de Mohilev lo ordenado. Fue asignado a la Parroquia de los Padres Dominicos de Santa Catalina de Siena en San Petersburgo hasta 1857, año en el que el obispo lo nombró director espiritual y profesor de filosofía de la Ecclesiastical Academy. En 1856 fundó la organización benéfica llamada "Rescate de los Pobres" y en 1857 fundó la Congregación de las Hermanas Franciscanas de la Familia de María.
Arzobispo de Varsovia
El 6 de enero de 1862, el Papa Pius IX designó a Segismundo Felinski Arzobispo de Varsovia. El 26 de enero de 1862 el Arzobispo Zylínski lo consagró en San Petersburgo. El 31 de enero partió hacia Varsovia ciudad a la que llegó el 9 de febrero de 1862. Los rusos, aniquilaron brutalmente el levantamiento Polaco contra Rusia que tuvo lugar en Varsovia el año 1861, dando lugar a un estado de sitio. Como respuesta a las bruscas medidas de los rusos, las autoridades eclesiásticas cerraron todas las iglesias durante cuatro meses. El 13 de febrero de 1862, el nuevo Arzobispo consagró nuevamente la catedral de Varsovia; el Ejército ruso lo había profanado el 15 de octubre de 1861. El 16 de febrero ordeno que se abrieran nuevamente todas las iglesias de la ciudad con la celebración solemne de la Exposición de Cuarenta Horas del Santísimo Sacramento.
Segismundo Felinski fue Arzobispo de Varsovia durante 16 meses, del 9 de febrero de 1862 al 14 de junio de 1863. Fueron tiempos difíciles dado los enfrentamientos diarios entre los usurpadores rusos que tenían el poder y el Partido Nacionalista. Desafortunadamente, él encontró una atmósfera de desconfianza de parte de algunos ciudadanos e incluso de una parte del clero, todo debido a que el gobierno ruso, mediante engaños, les hizo pensar que el Arzobispo Felinski colaboraba secretamente con el gobierno. El Arzobispo siempre dejó en claro que tan sólo estaba al servicio de la Iglesia. También trabajó por la supresión sistemática de toda interferencia gubernamental en los asuntos internos de la iglesia. Reformó la diócesis para lo cual hacía visitas regulares a las parroquias y a las organizaciones caritativas dentro de la diócesis de modo de poder entender y conocer sus necesidades. Modificó los programas de estudio de la Ecclesiastical Academy de Varsovia y de los seminarios diocesanos, dando un nuevo ímpetu al desarrollo espiritual e intelectual del clero. Hizo todos los esfuerzos posibles para liberar a los sacerdotes encarcelados. Los animó a proclamar el Evangelio abiertamente, a catequizar a sus feligreses, a iniciar escuelas parroquiales para así lograr que las nuevas generaciones sean más serias, devotas y honestas. Cuidó de los pobres y huérfanos, comenzando un orfanato en Varsovia que confió a las Hermanas de la Familia de María.
En la gestión política trató de impedir que su nación se lanzase precipitadamente en una visión imprudente y desconsiderada. Como una muestra de su protesta contra la sangrienta represión ejecutada por los rusos a la “Rebelión de enero” de 1863, el Arzobispo Felinski dimitió al Consejo de Estado y el 15 de marzo de 1863 escribió una carta al Emperador Alexander II, impulsándolo a acabar con la violencia. De la misma manera protestó contra el ahorcamiento del frayle capuchino Agrypin Konarski, “capellán de los rebeldes”. Su intrepidez e intervenciones rápidamente ocasionaron que Alexander II lo enviara al exilio.
Exiliado a Siberia durante 20 años
De hecho, el 14 de junio de 1863, él fue deportado de Varsovia a Jaroslavl, en Siberia, donde él pasó, por ordenes directas del Zar, los siguientes 20 años totalmente incomunicado de Varsovia. Encontró un modo de organizar los trabajos de caridad para ayudar a sus compañeros de prisión y sobre todo a los sacerdotes. A pesar de las restricciones de la policía rusa, logró recaudar fondos para construir una Iglesia católica que más tarde se convirtió en parroquia. La gente se sorprendía de su actitud espiritual y tarde o temprano comenzaron a llamarle “el santo obispo polaco”.
Semiexilio en la región de Cracovia
En 1883, después de negociaciones entre la Santa Sede y Rusia, el Arzobispo Felinski fue liberado y el 15 de marzo de 1883, el Papa Leo XIII lo transfirió de la Sede de Varsovia a ser Arsobispo titular en Tarso. Como clérigo de la capilla pública de la casa señorial de los Condes Keszycki y Koziebrodzki, proyectó una intensa actividad pastoral. De su propio peculio, estableció en el pueblo la primera escuela y un jardín de infancia. Construyó una iglesia y el convento para las Hermanas Franciscanas de la Familia de María.
Murió en Cracovia el 17 de septiembre de 1895 y donde fue enterrado el 20 de septiembre. Más tarde sus restos fueron trasladados a Dzwiniacza (el 10 de octubre de 1895). Finalmente en 1920 sus restos fueron llevados a Varsovia donde, el 14 de abril de 1921, fueron solemnemente enterrados en la cripta de la Catedral de San Juan donde actualmente son venerados.
Su Santidad Juan Pablo II lo beatificó el 18 de agosto de 2002. Fue canonizado el 11 de octubre de 2009.
(fuente: www.vatican.va)
lunes, 16 de septiembre de 2013
16 de septiembre: San Juan Macías
«El padre de los pobres y ladrón del purgatorio. Desempeñó su admirable acción caritativa en Lima como limosnero y portero del convento de los dominicos»
Madrid, 16 de septiembre de 2013 (Zenit.org) Nació en Ribera del Fresno, Badajoz, España, el 2 de marzo de 1585. Huérfano de padre y madre a los 4 años, se crió junto a unos tíos. Ella ya le había legado su mejor patrimonio enseñándole a rezar las primeras oraciones. Pasó la infancia cuidando el rebaño de un rico hacendado, dejándose arrebatar por la belleza del entorno en el que percibía la presencia de Dios. Los olivos daban cobijo a sus ardientes plegarias elevadas a la Virgen mientras desgranaba las cuentas del rosario. América era una voz que llamaba no solo a los intrépidos conquistadores extremeños, sino también a los misioneros. Y Juan sentía correr por sus venas esa vocación. Uno de esos días en los que trabajaba como pastor, un niño que decía llamarse Juan Evangelista había sembrado este afán en su corazón, diciéndole: «Téngote que llevar a unas tierras muy remotas y lejanas», y desde ese instante se dispuso interiormente a cumplir la voluntad divina. A los 20 años evocando este hecho singular, aunque ignoraba el alcance sobrenatural de esta visita, dejó a sus parientes.
Durante diecinueve años trabajó como agricultor en distintos puntos del Sur de España. Era un emigrante que buscaba serenamente ese lugar que Dios había destinado para él, mientras seguía rezando el Santo Rosario y dando testimonio a todos con su humildad, sencillez, generosidad y alegría; repartía entre los pobres casi todas las ganancias. Juan Evangelista continuaba siendo su ángel de la guarda particular y en Sevilla le rescató de ciertos peligros en los que pudo haber quedado atrapado debido a su ingenuidad. Partió a Jerez de la Frontera y trabó contacto con los dominicos quienes le invitaron a unirse a la comunidad. Pero él, que tenía singulares experiencias místicas, con toda rotundidad decía: «No está de Dios que yo lo sea aquí». En esta ciudad gaditana, en la que ya había dejado la huella de su caridad, entró al servicio de un adinerado marinero, y en 1619 desde Sanlúcar se embarcó con él al Nuevo Mundo.
Al llegar a Cartagena de Indias el armador le dio su salario, pero le abandonó a su suerte. Juan era un iletrado, y dado que no sabía ni leer ni escribir, ya no le servía para los negocios. Al verse desamparado, oró ante una imagen de María en la Iglesia de los dominicos. Y al día siguiente, después de haber constatado por sí mismo el trato ignominioso que recibían los esclavos y de sentir indecible compasión por ellos, buscó trabajo en el puerto. Después, viajó por Perú, pasando por Pasto y Quito, hasta que llegó a Lima en 1620, tras un viaje efectuado a pie y en mula de varios meses de duración. Le sostuvo la Eucaristía y el rezo diario del rosario. Lo primero que hizo fue buscar a los dominicos. Fray Martín de Porres le franqueó la entrada. Era el primer encuentro de dos santos que siguieron caminos casi paralelos. Durante un tiempo, Juan trabajó al servicio de un ganadero como pastor siempre sin dejar de rezar el rosario; solía pedir por los difuntos; por eso se le llama «el ladrón del purgatorio». Un día Juan Evangelista le dijo: «Tu puesto no es el de pastor. Vete al convento de la Magdalena, de la Orden de Predicadores, y pide el hábito de hermano».
Inserto como hermano lego en la comunidad de los dominicos de Santa María Magdalena, tomó los hábitos en 1622. Espiritualmente fue probado con diversas tentaciones. Defectos como la soberbia, la vanidad, acusaciones acerca de la intencionalidad que le guiaba a vivir en el convento (le acusaban de perseguir su comodidad), incitaciones contra la castidad, visión de los placeres que le aguardaban fuera..., todo ello pugnaba por apoderarse de su mente conminándole a abandonar su vocación. La gracia de Cristo le ayudó a purificarse fortaleciendo una decisión que emprendió en acto de fe y que no hizo sino robustecerse. Designado portero conventual, tuvo como guía a fray Pablo de la Caridad. Y de ese lugar recoleto hizo un paraíso particular para los pobres, los explotados y oprimidos, los enfermos, los abandonados, los que precisaban consuelo… Todos los que acudían allí hallaban lo preciso en este hombre humilde y desprendido, que pasaba las noches en oración, haciendo penitencia y dando incansables muestras de exquisita caridad, al punto de que grandes personalidades de la nobleza, incluido el virrey de Lima, le confiaban sus cuitas deseosos de recibir sus inspirados consejos. Entregó todo a Cristo, ofreciéndole su tendencia natural a pasar por la vida sin notoriedad alguna, íntimo afán que su pública misión como portero le impedía. Y eso justamente, al exigir de él gran esfuerzo, lo agradecía a Dios.
Cuando manifestó: «El portero de un convento es el espejo de la comunidad. Conforme es el portero, son los religiosos que moran en ella», sabía bien lo que decía. Las buenas y las pésimas acciones de una sola persona impregnan toda la convivencia y traspasan los muros del recinto. Cada una ha de saber que es testigo para el mundo. Y Juan estaba expuesto a ser examinado por las constantes visitas que recibían los religiosos de la Recoleta, a quienes franqueaba la puerta. Lo que veían en él fácilmente podían atribuirlo al resto de sus hermanos. Por tanto, lo que afirmó era una apreciación religiosa, profunda, que había brotado en su meditación. Iba llegándole el fin, y atrás dejaba también una vida entregada a los pobres en los que reconocía a Cristo; para ellos pidió por las calles de Lima, además de alentarlos en la fe. Su burrito, que había amaestrado, le traía las limosnas que recogía él solo cuando Juan no podía salir. En estos desvalidos pensaban sus hermanos de comunidad cuando vieron que iba helándose su aliento. Ante el comentario de lo que podría ser de ellos con su orfandad, Juan les tranquilizó: «Con que tengan a Dios, sobra todo lo demás». Fue agraciado, entre otros dones, con el de milagros. Murió el 16 de septiembre de 1645 mientras la comunidad honraba a María con la Salve Regina. Gregorio XVI lo beatificó el 22 de octubre de 1837. Pablo VI lo canonizó el 28 de septiembre de 1975.
(16 de septiembre de 2013) © Innovative Media Inc.
Madrid, 16 de septiembre de 2013 (Zenit.org) Nació en Ribera del Fresno, Badajoz, España, el 2 de marzo de 1585. Huérfano de padre y madre a los 4 años, se crió junto a unos tíos. Ella ya le había legado su mejor patrimonio enseñándole a rezar las primeras oraciones. Pasó la infancia cuidando el rebaño de un rico hacendado, dejándose arrebatar por la belleza del entorno en el que percibía la presencia de Dios. Los olivos daban cobijo a sus ardientes plegarias elevadas a la Virgen mientras desgranaba las cuentas del rosario. América era una voz que llamaba no solo a los intrépidos conquistadores extremeños, sino también a los misioneros. Y Juan sentía correr por sus venas esa vocación. Uno de esos días en los que trabajaba como pastor, un niño que decía llamarse Juan Evangelista había sembrado este afán en su corazón, diciéndole: «Téngote que llevar a unas tierras muy remotas y lejanas», y desde ese instante se dispuso interiormente a cumplir la voluntad divina. A los 20 años evocando este hecho singular, aunque ignoraba el alcance sobrenatural de esta visita, dejó a sus parientes.
Durante diecinueve años trabajó como agricultor en distintos puntos del Sur de España. Era un emigrante que buscaba serenamente ese lugar que Dios había destinado para él, mientras seguía rezando el Santo Rosario y dando testimonio a todos con su humildad, sencillez, generosidad y alegría; repartía entre los pobres casi todas las ganancias. Juan Evangelista continuaba siendo su ángel de la guarda particular y en Sevilla le rescató de ciertos peligros en los que pudo haber quedado atrapado debido a su ingenuidad. Partió a Jerez de la Frontera y trabó contacto con los dominicos quienes le invitaron a unirse a la comunidad. Pero él, que tenía singulares experiencias místicas, con toda rotundidad decía: «No está de Dios que yo lo sea aquí». En esta ciudad gaditana, en la que ya había dejado la huella de su caridad, entró al servicio de un adinerado marinero, y en 1619 desde Sanlúcar se embarcó con él al Nuevo Mundo.
Al llegar a Cartagena de Indias el armador le dio su salario, pero le abandonó a su suerte. Juan era un iletrado, y dado que no sabía ni leer ni escribir, ya no le servía para los negocios. Al verse desamparado, oró ante una imagen de María en la Iglesia de los dominicos. Y al día siguiente, después de haber constatado por sí mismo el trato ignominioso que recibían los esclavos y de sentir indecible compasión por ellos, buscó trabajo en el puerto. Después, viajó por Perú, pasando por Pasto y Quito, hasta que llegó a Lima en 1620, tras un viaje efectuado a pie y en mula de varios meses de duración. Le sostuvo la Eucaristía y el rezo diario del rosario. Lo primero que hizo fue buscar a los dominicos. Fray Martín de Porres le franqueó la entrada. Era el primer encuentro de dos santos que siguieron caminos casi paralelos. Durante un tiempo, Juan trabajó al servicio de un ganadero como pastor siempre sin dejar de rezar el rosario; solía pedir por los difuntos; por eso se le llama «el ladrón del purgatorio». Un día Juan Evangelista le dijo: «Tu puesto no es el de pastor. Vete al convento de la Magdalena, de la Orden de Predicadores, y pide el hábito de hermano».
Inserto como hermano lego en la comunidad de los dominicos de Santa María Magdalena, tomó los hábitos en 1622. Espiritualmente fue probado con diversas tentaciones. Defectos como la soberbia, la vanidad, acusaciones acerca de la intencionalidad que le guiaba a vivir en el convento (le acusaban de perseguir su comodidad), incitaciones contra la castidad, visión de los placeres que le aguardaban fuera..., todo ello pugnaba por apoderarse de su mente conminándole a abandonar su vocación. La gracia de Cristo le ayudó a purificarse fortaleciendo una decisión que emprendió en acto de fe y que no hizo sino robustecerse. Designado portero conventual, tuvo como guía a fray Pablo de la Caridad. Y de ese lugar recoleto hizo un paraíso particular para los pobres, los explotados y oprimidos, los enfermos, los abandonados, los que precisaban consuelo… Todos los que acudían allí hallaban lo preciso en este hombre humilde y desprendido, que pasaba las noches en oración, haciendo penitencia y dando incansables muestras de exquisita caridad, al punto de que grandes personalidades de la nobleza, incluido el virrey de Lima, le confiaban sus cuitas deseosos de recibir sus inspirados consejos. Entregó todo a Cristo, ofreciéndole su tendencia natural a pasar por la vida sin notoriedad alguna, íntimo afán que su pública misión como portero le impedía. Y eso justamente, al exigir de él gran esfuerzo, lo agradecía a Dios.
Cuando manifestó: «El portero de un convento es el espejo de la comunidad. Conforme es el portero, son los religiosos que moran en ella», sabía bien lo que decía. Las buenas y las pésimas acciones de una sola persona impregnan toda la convivencia y traspasan los muros del recinto. Cada una ha de saber que es testigo para el mundo. Y Juan estaba expuesto a ser examinado por las constantes visitas que recibían los religiosos de la Recoleta, a quienes franqueaba la puerta. Lo que veían en él fácilmente podían atribuirlo al resto de sus hermanos. Por tanto, lo que afirmó era una apreciación religiosa, profunda, que había brotado en su meditación. Iba llegándole el fin, y atrás dejaba también una vida entregada a los pobres en los que reconocía a Cristo; para ellos pidió por las calles de Lima, además de alentarlos en la fe. Su burrito, que había amaestrado, le traía las limosnas que recogía él solo cuando Juan no podía salir. En estos desvalidos pensaban sus hermanos de comunidad cuando vieron que iba helándose su aliento. Ante el comentario de lo que podría ser de ellos con su orfandad, Juan les tranquilizó: «Con que tengan a Dios, sobra todo lo demás». Fue agraciado, entre otros dones, con el de milagros. Murió el 16 de septiembre de 1645 mientras la comunidad honraba a María con la Salve Regina. Gregorio XVI lo beatificó el 22 de octubre de 1837. Pablo VI lo canonizó el 28 de septiembre de 1975.
(16 de septiembre de 2013) © Innovative Media Inc.
domingo, 15 de septiembre de 2013
15 de septiembre: Beatos Juan Bautista y Jacinto de los Ángeles
Juan Bautista y Jacinto de los Ángeles, indígenas zapotecos de la Sierra Norte de Oaxaca, nacieron en el año de 1660 en S.Francisco Cajonos. Juan Bautista se casó con Josefa de la Cruz, con quien tuvo una hija llamada Rosa. Jacinto de los Ángeles se casó con Petrona de los Ángeles, con quien tuvo dos hijos llamados Juan y Nicolasa. Los dos pertenecían a la Vicaría de S. Francisco Cajonos, atendida por los padres dominicos Gaspar de los Reyes y Alonso de Vargas.
De los dos sabemos que fueron personas íntegras en su vida personal, matrimonial y familiar, así como en el cumplimiento de sus deberes ciudadanos, de modo que desempeñaron los diversos cargos civiles acostumbrados en su pueblo y en su tiempo como topil, juez de tequio, mayor de vara, regidores, presidente, síndico y alcalde, mostrando así el aprecio por las tradiciones culturales y la responsabilidad para el cumplimiento de los deberes ciudadanos.
Igualmente, consta que los dos fueron personas bautizadas, evangelizadas y catequizadas, desempeñando también los diversos cargos a los que tenían acceso los fieles en ese tiempo como acólito, sacristanes menor y mayor, y topilillo.
Finalmente desempeñaron el cargo civil y eclesiástico de Fiscal, que los misionersos introdujeron o fomentaron entre los indígenas. Quiere el III Concilio Provincial Mexicano celebrado en 1585 «que en cada pueblo se elija a un anciano distinguido por sus irreprochables costumbres, quien al lado de los párrocos sea perpetuo censor de las costumbres públicas» (P. Antonio Gay, Historia de Oaxaca, II.V.2) «Es su oficio principal inquirir los delitos y vicios que perturban la moralidad, descubriendo al cura los amancebamientos, adulterios, divorcios indebidos, perjurios, blasfemias, infidelidades, etc.» (Ibídem; Cfr. III Concilio Mexicano L I, Tít. IX, 1,23).
En la noche del 14 de septiembre de 1700, los dos Fiscales descubrieron que un buen grupo de personas del pueblo de S.Francisco Cajonos y de los pueblos vecinos estaban realizando en una casa particular un culto de religiosidad ancestral; los Fiscales avisaron a los padres dominicos; los Fiscales y los Padres acompañados del capitán Antonio Rodríguez Pinelo fueron al lugar de los hechos, sorprendieron a los autores, dispersando la reunión, recogiendo las ofrendas del culto y regresándose al convento.
Al día siguiente, el pueblo se amotinó, exigiendo la entrega de las ofrendas confiscadas y de los Fiscales. Refugiándose en el convento los Padres, los Fiscales y la Autoridad, se pasaron la tarde entre exigencias y negociaciones. Finalmente, ante las amenazas y el peligro crecientes de matar a todos e incendiar el convento, el capitán Pinelo decidió entregar a los Fiscales, bajo promesa de respetar sus vidas.
Los Padres no aceptaron la entrega. Pero los Fiscales depusieron sus armas aceptando la perspectiva de morir, se confesaron y recibieron la Comunión, diciendo Juan Bautista: «vamos a morir por la ley de Dios; como yo tengo a su Divina Majestad, no temo nada ni he de necesitar armas»; y al verse en manos de sus verdugos dijo: «aquí estoy, si me han de matar mañana, mátenme ahora». Cuando eran azotados en la picota de la plaza pública, dijeron a los Padres que observaban desde la ventana: «Padres encomiéndenos a Dios»; y cuando los verdugos se burlaban de ellos diciéndoles: «¿te supo bien el chocolate que te dieron los Padres?», ellos respondieron con el silencio.
El día 16 los verdugos condujeron a los Fiscales a S. Pedro, donde de nuevo los azotaron y los encarcelaron. Cuando los verdugos invitaban a los Fiscales a renunciar de la fe católica y les perdonarían, ellos contestaron «una vez que hemos profesado el Bautismo, continuaremos siempre a seguir la verdadera religión». Luego les llevaron bajando y subiendo por laderas, hasta el monte Xagacía antiguamente llamado «De las hojas», donde amarrados los despeñaron, casi los degollaron y los mataron a machetazos, les arrancaron los corazones y los echaron a los perros que no se los comieron. Los verdugos Nicolás Aquino y Francisco López bebieron sangre de los mártires, para recuperar ánimo y fortalecerse según costumbre de beber sangre de animales de caza, pero también como señal de odio y coraje, según un dicho ancestral que aún se escucha «me voy a tomar tu sangre». Y los sepultaron en el mismo monte, desde entonces llamado «Monte Fiscal Santos».
Algunos opinan que los Fiscales no son Mártires sino delatores de sus paisanos y traidores a su cultura; pero es claro que los Fiscales estaban designados civil y religiosamente para el ejercicio de un cargo público en el pueblo y en la comunidad religiosa. Más aún, desde el principio en el proceso civil que se llevó a cabo entre 1700-1703 y en el proceso eclesiástico hasta el día de hoy, viene la fama de martirio y de santidad, que finalmente la Iglesia reconoce con la Beatificación.
Queridos hermanos y hermanas:
1.“Dichosos los perseguidos por causa de la justicia, porque de ellos es el Reino de los cielos” (Mt 5,10). En el evangelio de las bienaventuranzas, esta última invita a no desalentarse ante las persecuciones que la Iglesia ha afrontado desde el inicio. En el Sermón de la Montaña Jesús promete la felicidad auténtica a quienes son pobres de espíritu, lloran o son mansos; también a los que buscan la justicia y la paz, actúan con misericordia o son limpios de corazón.
Ante el sufrimiento humano que acompaña el camino en la fe, san Pedro exhorta: “Alégrense de compartir ahora los padecimientos de Cristo, para que, cuando se manifieste su gloria, el júbilo de ustedes sea desbordante” (1 Pe 4, 13). Con esta convicción Juan Bautista y Jacinto de los Ángeles afrontaron el martirio manteniéndose fieles al culto del Dios vivo y verdadero y rechazando los ídolos.
Mientras sufrían el tormento, al proponerles renunciar a la fe católica y salvarse, contestaron con valentía: “Una vez que hemos profesado el Bautismo seguiremos siempre la religión verdadera”. Hermoso ejemplo de cómo no se debe anteponer nada, ni siquiera la propia vida, al compromiso bautismal, como hacían los primeros cristianos que, regenerados por el bautismo, abandonaban toda forma de idolatría (cf. Tertuliano, De baptismo, 12, 15).
2. Saludo con afecto a los Señores Cardenales y Obispos congregados en esta Basílica. En particular al Arzobispo de Oaxaca, Monseñor Héctor González Martínez, a los sacerdotes, religiosos, religiosas y fieles laicos, especialmente a los venidos desde Oaxaca, tierra natal de los nuevos Beatos, donde su recuerdo sigue tan vivo.
Vuestra tierra es una rica amalgama de culturas. Allí llegó el Evangelio en 1529 con los Padres Dominicos, sirviéndose de las lenguas nativas y los usos y costumbres de las comunidades locales. Entre los frutos de esta semilla cristiana destacan estos dos grandes mártires.
3. En la segunda lectura San Pedro nos ha recordado que si alguno "sufre por ser cristiano, que le dé gracias a Dios por llevar ese nombre" (1 Pe 4, 16). Juan Bautista y Jacinto de los Ángeles, derramando su sangre por Cristo, son auténticos mártires de la fe. Como el apóstol Pablo, podrían preguntarse en su interior: "¿Quién nos separará del amor de Cristo? ¿La tribulación?, ¿la angustia?, ¿la persecución?, ¿el hambre?, ¿la desnudez?, ¿los peligros?, ¿la espada?" (Rm 8, 35).
Estos dos cristianos indígenas, intachables en su vida personal y familiar, sufrieron el martirio por su fidelidad a la fe católica, contentos de ser bautizados. Ellos son ejemplo para los fieles laicos, llamados a santificarse en las circunstancias ordinarias de la vida.
4. Con esta beatificación, la Iglesia pone de relieve su misión de anunciar el Evangelio a todas las gentes. Los nuevos Beatos, fruto de santidad de la primera Evangelización entre los indios zapotecas, animan a los indígenas de hoy a apreciar sus culturas y sus lenguas y, sobre todo, su dignidad de hijos de Dios que los demás deben respetar en el contexto de la nación mexicana, plural en el origen de sus gentes y dispuesta a construir una familia común en la solidaridad y la justicia.
Los dos Beatos son un ejemplo de cómo, sin mitificar sus costumbres ancestrales, se puede llegar a Dios sin renunciar a la propia cultura, pero dejándose iluminar por la luz de Cristo, que renueva el espíritu religioso de las mejores tradiciones de los pueblos.
5. “Estábamos alegres, pues ha hecho cosas grandes por su pueblo el Señor” (Sal 125, 3). Con estas palabras del salmista nuestro corazón se llena de gozo, porque Dios ha bendecido a la Iglesia de Oaxaca y al pueblo mexicano con dos hijos suyos que hoy suben a la gloria de los altares. Ellos, con ejemplar cumplimiento de sus encargos públicos, son modelo para quienes, en las pequeñas aldeas o en las grandes estructuras sociales, tienen el deber de favorecer el bien común con esmero y desinterés personal.
Juan Bautista y Jacinto de los Ángeles, esposos y padres de familia de conducta intachable, como fue reconocido entonces por sus conciudadanos, recuerdan a las familias mexicanas de hoy la grandeza de su vocación, el valor de la fidelidad en el amor y de la aceptación generosa de la vida.
Se alegra, pues, la Iglesia porque con estos nuevos Beatos ha recibido muestras evidentes del amor que Dios nos tiene (cf. Prefacio II de los Santos). Se alegra también la comunidad cristiana de Oaxaca y de México entero porque el Todopoderoso ha puesto sus ojos en dos de sus hijos.
6. Ante el dulce rostro de la Virgen de Guadalupe, que ha dado aliento constante a la fe de sus hijos mexicanos, renovemos el compromiso evangelizador que distinguió también a Juan Bautista y a Jacinto de los Ángeles. Hagamos partícipes de esta tarea a todas las comunidades cristianas para que proclamen con entusiasmo su fe y la trasmitan íntegra a las nuevas generaciones. ¡Evangelizad estrechando los lazos de comunión fraterna y dando testimonio de la fe con una vida ejemplar en la familia, en el trabajo y en las relaciones sociales! ¡Buscad el Reino de Dios y su justicia ya aquí en la tierra mediante una solidaridad efectiva y fraterna con los más desfavorecidos o marginados! (cf. Mt 25,34-35) ¡Sed artífices de esperanza para toda la sociedad!
A nuestra Madre del cielo expresamos el gozo que nos embarga por ver subir a los altares a dos hijos suyos pidiéndole al mismo tiempo que bendiga, consuele y auxilie, como siempre ha hecho desde este Santuario del Tepeyac, al querido pueblo mexicano y a toda América.
Me recuerdo que durante mi primera visita, en 1979, he podido visitar Oaxaca. Me alegro que hoy he podido beatificar a dos hijos suyos. ¡Gracias a Dios!
Al final de la celebración el Santo Padre añadió las siguientes palabras:
Aquí he palpado vuestra estima, y volver me ha causado una profunda alegría espiritual de la que doy gracias a Dios y a su Santísima Madre.
Gracias también a todos los que habéis preparado mi visita cuidando todos los detalles. Gracias a los que, con tanto cariño, me habéis recibido en las calles de esta ciudad, a los que habéis venido desde lejos, a los que habéis escuchado y acogeréis el mensaje que os dejo, a los que rezáis tanto por mi ministerio de Sucesor de Pedro.
Al disponerme a dejar esta tierra bendita me sale de muy dentro lo que dice la canción popular en lengua española: "Me voy, pero no me voy. Me voy, pero no me ausento, pues, aunque me voy, de corazón me quedo".
¡México, México, México lindo, que Dios te bendiga!
De los dos sabemos que fueron personas íntegras en su vida personal, matrimonial y familiar, así como en el cumplimiento de sus deberes ciudadanos, de modo que desempeñaron los diversos cargos civiles acostumbrados en su pueblo y en su tiempo como topil, juez de tequio, mayor de vara, regidores, presidente, síndico y alcalde, mostrando así el aprecio por las tradiciones culturales y la responsabilidad para el cumplimiento de los deberes ciudadanos.
Igualmente, consta que los dos fueron personas bautizadas, evangelizadas y catequizadas, desempeñando también los diversos cargos a los que tenían acceso los fieles en ese tiempo como acólito, sacristanes menor y mayor, y topilillo.
Finalmente desempeñaron el cargo civil y eclesiástico de Fiscal, que los misionersos introdujeron o fomentaron entre los indígenas. Quiere el III Concilio Provincial Mexicano celebrado en 1585 «que en cada pueblo se elija a un anciano distinguido por sus irreprochables costumbres, quien al lado de los párrocos sea perpetuo censor de las costumbres públicas» (P. Antonio Gay, Historia de Oaxaca, II.V.2) «Es su oficio principal inquirir los delitos y vicios que perturban la moralidad, descubriendo al cura los amancebamientos, adulterios, divorcios indebidos, perjurios, blasfemias, infidelidades, etc.» (Ibídem; Cfr. III Concilio Mexicano L I, Tít. IX, 1,23).
En la noche del 14 de septiembre de 1700, los dos Fiscales descubrieron que un buen grupo de personas del pueblo de S.Francisco Cajonos y de los pueblos vecinos estaban realizando en una casa particular un culto de religiosidad ancestral; los Fiscales avisaron a los padres dominicos; los Fiscales y los Padres acompañados del capitán Antonio Rodríguez Pinelo fueron al lugar de los hechos, sorprendieron a los autores, dispersando la reunión, recogiendo las ofrendas del culto y regresándose al convento.
Al día siguiente, el pueblo se amotinó, exigiendo la entrega de las ofrendas confiscadas y de los Fiscales. Refugiándose en el convento los Padres, los Fiscales y la Autoridad, se pasaron la tarde entre exigencias y negociaciones. Finalmente, ante las amenazas y el peligro crecientes de matar a todos e incendiar el convento, el capitán Pinelo decidió entregar a los Fiscales, bajo promesa de respetar sus vidas.
Los Padres no aceptaron la entrega. Pero los Fiscales depusieron sus armas aceptando la perspectiva de morir, se confesaron y recibieron la Comunión, diciendo Juan Bautista: «vamos a morir por la ley de Dios; como yo tengo a su Divina Majestad, no temo nada ni he de necesitar armas»; y al verse en manos de sus verdugos dijo: «aquí estoy, si me han de matar mañana, mátenme ahora». Cuando eran azotados en la picota de la plaza pública, dijeron a los Padres que observaban desde la ventana: «Padres encomiéndenos a Dios»; y cuando los verdugos se burlaban de ellos diciéndoles: «¿te supo bien el chocolate que te dieron los Padres?», ellos respondieron con el silencio.
El día 16 los verdugos condujeron a los Fiscales a S. Pedro, donde de nuevo los azotaron y los encarcelaron. Cuando los verdugos invitaban a los Fiscales a renunciar de la fe católica y les perdonarían, ellos contestaron «una vez que hemos profesado el Bautismo, continuaremos siempre a seguir la verdadera religión». Luego les llevaron bajando y subiendo por laderas, hasta el monte Xagacía antiguamente llamado «De las hojas», donde amarrados los despeñaron, casi los degollaron y los mataron a machetazos, les arrancaron los corazones y los echaron a los perros que no se los comieron. Los verdugos Nicolás Aquino y Francisco López bebieron sangre de los mártires, para recuperar ánimo y fortalecerse según costumbre de beber sangre de animales de caza, pero también como señal de odio y coraje, según un dicho ancestral que aún se escucha «me voy a tomar tu sangre». Y los sepultaron en el mismo monte, desde entonces llamado «Monte Fiscal Santos».
Algunos opinan que los Fiscales no son Mártires sino delatores de sus paisanos y traidores a su cultura; pero es claro que los Fiscales estaban designados civil y religiosamente para el ejercicio de un cargo público en el pueblo y en la comunidad religiosa. Más aún, desde el principio en el proceso civil que se llevó a cabo entre 1700-1703 y en el proceso eclesiástico hasta el día de hoy, viene la fama de martirio y de santidad, que finalmente la Iglesia reconoce con la Beatificación.
HOMILÍA DEL SANTO PADRE JUAN PABLO II
Ciudad de México, Jueves 1 de agosto de 2002
Queridos hermanos y hermanas:
1.“Dichosos los perseguidos por causa de la justicia, porque de ellos es el Reino de los cielos” (Mt 5,10). En el evangelio de las bienaventuranzas, esta última invita a no desalentarse ante las persecuciones que la Iglesia ha afrontado desde el inicio. En el Sermón de la Montaña Jesús promete la felicidad auténtica a quienes son pobres de espíritu, lloran o son mansos; también a los que buscan la justicia y la paz, actúan con misericordia o son limpios de corazón.
Ante el sufrimiento humano que acompaña el camino en la fe, san Pedro exhorta: “Alégrense de compartir ahora los padecimientos de Cristo, para que, cuando se manifieste su gloria, el júbilo de ustedes sea desbordante” (1 Pe 4, 13). Con esta convicción Juan Bautista y Jacinto de los Ángeles afrontaron el martirio manteniéndose fieles al culto del Dios vivo y verdadero y rechazando los ídolos.
Mientras sufrían el tormento, al proponerles renunciar a la fe católica y salvarse, contestaron con valentía: “Una vez que hemos profesado el Bautismo seguiremos siempre la religión verdadera”. Hermoso ejemplo de cómo no se debe anteponer nada, ni siquiera la propia vida, al compromiso bautismal, como hacían los primeros cristianos que, regenerados por el bautismo, abandonaban toda forma de idolatría (cf. Tertuliano, De baptismo, 12, 15).
2. Saludo con afecto a los Señores Cardenales y Obispos congregados en esta Basílica. En particular al Arzobispo de Oaxaca, Monseñor Héctor González Martínez, a los sacerdotes, religiosos, religiosas y fieles laicos, especialmente a los venidos desde Oaxaca, tierra natal de los nuevos Beatos, donde su recuerdo sigue tan vivo.
Vuestra tierra es una rica amalgama de culturas. Allí llegó el Evangelio en 1529 con los Padres Dominicos, sirviéndose de las lenguas nativas y los usos y costumbres de las comunidades locales. Entre los frutos de esta semilla cristiana destacan estos dos grandes mártires.
3. En la segunda lectura San Pedro nos ha recordado que si alguno "sufre por ser cristiano, que le dé gracias a Dios por llevar ese nombre" (1 Pe 4, 16). Juan Bautista y Jacinto de los Ángeles, derramando su sangre por Cristo, son auténticos mártires de la fe. Como el apóstol Pablo, podrían preguntarse en su interior: "¿Quién nos separará del amor de Cristo? ¿La tribulación?, ¿la angustia?, ¿la persecución?, ¿el hambre?, ¿la desnudez?, ¿los peligros?, ¿la espada?" (Rm 8, 35).
Estos dos cristianos indígenas, intachables en su vida personal y familiar, sufrieron el martirio por su fidelidad a la fe católica, contentos de ser bautizados. Ellos son ejemplo para los fieles laicos, llamados a santificarse en las circunstancias ordinarias de la vida.
4. Con esta beatificación, la Iglesia pone de relieve su misión de anunciar el Evangelio a todas las gentes. Los nuevos Beatos, fruto de santidad de la primera Evangelización entre los indios zapotecas, animan a los indígenas de hoy a apreciar sus culturas y sus lenguas y, sobre todo, su dignidad de hijos de Dios que los demás deben respetar en el contexto de la nación mexicana, plural en el origen de sus gentes y dispuesta a construir una familia común en la solidaridad y la justicia.
Los dos Beatos son un ejemplo de cómo, sin mitificar sus costumbres ancestrales, se puede llegar a Dios sin renunciar a la propia cultura, pero dejándose iluminar por la luz de Cristo, que renueva el espíritu religioso de las mejores tradiciones de los pueblos.
5. “Estábamos alegres, pues ha hecho cosas grandes por su pueblo el Señor” (Sal 125, 3). Con estas palabras del salmista nuestro corazón se llena de gozo, porque Dios ha bendecido a la Iglesia de Oaxaca y al pueblo mexicano con dos hijos suyos que hoy suben a la gloria de los altares. Ellos, con ejemplar cumplimiento de sus encargos públicos, son modelo para quienes, en las pequeñas aldeas o en las grandes estructuras sociales, tienen el deber de favorecer el bien común con esmero y desinterés personal.
Juan Bautista y Jacinto de los Ángeles, esposos y padres de familia de conducta intachable, como fue reconocido entonces por sus conciudadanos, recuerdan a las familias mexicanas de hoy la grandeza de su vocación, el valor de la fidelidad en el amor y de la aceptación generosa de la vida.
Se alegra, pues, la Iglesia porque con estos nuevos Beatos ha recibido muestras evidentes del amor que Dios nos tiene (cf. Prefacio II de los Santos). Se alegra también la comunidad cristiana de Oaxaca y de México entero porque el Todopoderoso ha puesto sus ojos en dos de sus hijos.
6. Ante el dulce rostro de la Virgen de Guadalupe, que ha dado aliento constante a la fe de sus hijos mexicanos, renovemos el compromiso evangelizador que distinguió también a Juan Bautista y a Jacinto de los Ángeles. Hagamos partícipes de esta tarea a todas las comunidades cristianas para que proclamen con entusiasmo su fe y la trasmitan íntegra a las nuevas generaciones. ¡Evangelizad estrechando los lazos de comunión fraterna y dando testimonio de la fe con una vida ejemplar en la familia, en el trabajo y en las relaciones sociales! ¡Buscad el Reino de Dios y su justicia ya aquí en la tierra mediante una solidaridad efectiva y fraterna con los más desfavorecidos o marginados! (cf. Mt 25,34-35) ¡Sed artífices de esperanza para toda la sociedad!
A nuestra Madre del cielo expresamos el gozo que nos embarga por ver subir a los altares a dos hijos suyos pidiéndole al mismo tiempo que bendiga, consuele y auxilie, como siempre ha hecho desde este Santuario del Tepeyac, al querido pueblo mexicano y a toda América.
Me recuerdo que durante mi primera visita, en 1979, he podido visitar Oaxaca. Me alegro que hoy he podido beatificar a dos hijos suyos. ¡Gracias a Dios!
Al final de la celebración el Santo Padre añadió las siguientes palabras:
Aquí he palpado vuestra estima, y volver me ha causado una profunda alegría espiritual de la que doy gracias a Dios y a su Santísima Madre.
Gracias también a todos los que habéis preparado mi visita cuidando todos los detalles. Gracias a los que, con tanto cariño, me habéis recibido en las calles de esta ciudad, a los que habéis venido desde lejos, a los que habéis escuchado y acogeréis el mensaje que os dejo, a los que rezáis tanto por mi ministerio de Sucesor de Pedro.
Al disponerme a dejar esta tierra bendita me sale de muy dentro lo que dice la canción popular en lengua española: "Me voy, pero no me voy. Me voy, pero no me ausento, pues, aunque me voy, de corazón me quedo".
¡México, México, México lindo, que Dios te bendiga!
(fuente: www.vatican.va)
sábado, 14 de septiembre de 2013
14 de septiembre: San Alberto de Jerusalén
No es carmelita en sentido estricto, pero sí lo celebra la Orden del Carmen con toda propiedad como a hijo querido por haber sido su Legislador.
Nació en Castel Gualtien, diócesis de Reggio Emilia (Italia), a mediados del siglo XII de la familia Avogadro o de los condes Sabbioneta.
En 1180 fue elegido Prior de los Canónigos Regulares de Santa Cruz de Mortara (Pavía). En 1184 es elegido obispo de Bobbio y al año siguiente de Vercelli, diócesis que gobernó por espacio de veinte años.
Durante este tiempo desempeñó, con gran acierto, delicadas misiones nacionales e internacionales, encargado por papas y emperadores. Todos acudían a él, sabedores de su prudencia, firmeza e independencia.
Fue lo que suele llamarse "experto árbitro" de los más intrincados litigios que tenían relación con la Iglesia.
Dadas sus cualidades y mirando el bien de la Iglesia universal, el papa Inocencio III lo nombró Patriarca de Jerusalén , aunque le dolió perder este sujeto, del que dijo en 17.2.1205:"... aunque nos eres muy necesario en la región de Lombardía, pues confiamos plenamente en ti para que nos representes incluso en los más dificiles asuntos"...
El 16.6.1205 anunciaba este mismo papa a los prelados de Tierra Santa que les enviaba a Alberto, "varón probado, discreto y prudente como legado suyo para la provincia eclesiástica de Jerusalén".
Llegó a Palestina a principios de 1206 y fijó su residencia en Accón (San Juan de Acre) porque Jerusalén estaba ocupada por los sarracenos.
Sus extraordinarias cualidades de experto mediador también las ejercitó con fruto durante los nueve años que duró su patriarcado.
Para nosotros - los carmelitas - su obra más benemérita fue la entrega de la Regla o Norma de vida que lleva su nombre y que aún hoy observa el Carmelo en todas sus múltiples Ramas.
El 14.9.1214, en Accón, mientras participaba San Alberto en una procesión, fue asesinado a puñaladas por el Maestro del Hospital del Espíritu Santo, al cual había reprendido y depuesto de su cargo a causa de su mala vida.
Su recuerdo, que comenzó a celebrarse en la Orden en 1504, celebramos ahora el 17 de septiembre con la categoría de fiesta.
Su espiritualidad
Por los años 1206-1209, a petición de los eremitas que moraban en el Monte Carmelo, entregó al "hermano e (rocardo) y compañeros" una Norma de vida o Regla, que llamamos "Regla de San Alberto".
Alberto codificó en breves trazos, ricos en citas bíblicas, la tradición monástica del Carmelo. Son normas concretas y prescripciones disciplinares. insiste, sobre todo, en la meditación de la Palabra de Dios para mejor servir a Jesucristo, en la oración, silencio,' mortificación y trabajo.
La entregó en un solo cuerpo, pero hoy la tenemos dividida en un prólogo, dieciocho capitulillos y un epílogo.
Cantidad enorme de autores de dentro y fuera de la Orden han comentado durante estos más de siete siglos que cuenta de vida, este maravilloso documento legistavio-espiritual.
Muchos hombres y mujeres se santificaron observando esta Regla, que fue aprobada y transforada por varios Pontífices.
El himno del Oficio de Lecturas de su fiesta sintetiza su espiritualidad:
Alberto, sol refulgente, / pastor y legislador, / tus hijos hoy te celebran, / escucha su invocación./ De la paz y la concordia, Imensajero sembrador,/ eres faro que nos das / en fe y costumbres fulgor. / Patrias fronteras rebosa / de tu virtud el olor; / y llena Jerusalén / tu dignidad y tu honor./ Resplandeciendo en la Iglesia/santo y prudente rector, len santa Regla al Carmelo / guias por sendas de amor. / Haz que en nosotros aumenten / caridad, gracia, oración; / y contigo a Dios rindamos / sempiterna adoración. Amén.
Su mensaje
que amemos a la Iglesia hasta morir por ella. que nuestra maravillosa Relga sea 'trampolín" para el cielo. que gastemos nuestra vida "en obsequio de Jesucristo." que nuestra ilusión y meta sea: "Servir fielmente a Jesucristo."
Su oración
Oh Dios, que, por medio de San Alberto, nos diste una regla de vida evangélica para alcanzar la perfecta caridad; concédenos vivir generosamente nuestra consagración a Jesucristo, y servirle fielmente hasta la muerte. Amén.
Nació en Castel Gualtien, diócesis de Reggio Emilia (Italia), a mediados del siglo XII de la familia Avogadro o de los condes Sabbioneta.
En 1180 fue elegido Prior de los Canónigos Regulares de Santa Cruz de Mortara (Pavía). En 1184 es elegido obispo de Bobbio y al año siguiente de Vercelli, diócesis que gobernó por espacio de veinte años.
Durante este tiempo desempeñó, con gran acierto, delicadas misiones nacionales e internacionales, encargado por papas y emperadores. Todos acudían a él, sabedores de su prudencia, firmeza e independencia.
Fue lo que suele llamarse "experto árbitro" de los más intrincados litigios que tenían relación con la Iglesia.
Dadas sus cualidades y mirando el bien de la Iglesia universal, el papa Inocencio III lo nombró Patriarca de Jerusalén , aunque le dolió perder este sujeto, del que dijo en 17.2.1205:"... aunque nos eres muy necesario en la región de Lombardía, pues confiamos plenamente en ti para que nos representes incluso en los más dificiles asuntos"...
El 16.6.1205 anunciaba este mismo papa a los prelados de Tierra Santa que les enviaba a Alberto, "varón probado, discreto y prudente como legado suyo para la provincia eclesiástica de Jerusalén".
Llegó a Palestina a principios de 1206 y fijó su residencia en Accón (San Juan de Acre) porque Jerusalén estaba ocupada por los sarracenos.
Sus extraordinarias cualidades de experto mediador también las ejercitó con fruto durante los nueve años que duró su patriarcado.
Para nosotros - los carmelitas - su obra más benemérita fue la entrega de la Regla o Norma de vida que lleva su nombre y que aún hoy observa el Carmelo en todas sus múltiples Ramas.
El 14.9.1214, en Accón, mientras participaba San Alberto en una procesión, fue asesinado a puñaladas por el Maestro del Hospital del Espíritu Santo, al cual había reprendido y depuesto de su cargo a causa de su mala vida.
Su recuerdo, que comenzó a celebrarse en la Orden en 1504, celebramos ahora el 17 de septiembre con la categoría de fiesta.
Su espiritualidad
Por los años 1206-1209, a petición de los eremitas que moraban en el Monte Carmelo, entregó al "hermano e (rocardo) y compañeros" una Norma de vida o Regla, que llamamos "Regla de San Alberto".
Alberto codificó en breves trazos, ricos en citas bíblicas, la tradición monástica del Carmelo. Son normas concretas y prescripciones disciplinares. insiste, sobre todo, en la meditación de la Palabra de Dios para mejor servir a Jesucristo, en la oración, silencio,' mortificación y trabajo.
La entregó en un solo cuerpo, pero hoy la tenemos dividida en un prólogo, dieciocho capitulillos y un epílogo.
Cantidad enorme de autores de dentro y fuera de la Orden han comentado durante estos más de siete siglos que cuenta de vida, este maravilloso documento legistavio-espiritual.
Muchos hombres y mujeres se santificaron observando esta Regla, que fue aprobada y transforada por varios Pontífices.
El himno del Oficio de Lecturas de su fiesta sintetiza su espiritualidad:
Alberto, sol refulgente, / pastor y legislador, / tus hijos hoy te celebran, / escucha su invocación./ De la paz y la concordia, Imensajero sembrador,/ eres faro que nos das / en fe y costumbres fulgor. / Patrias fronteras rebosa / de tu virtud el olor; / y llena Jerusalén / tu dignidad y tu honor./ Resplandeciendo en la Iglesia/santo y prudente rector, len santa Regla al Carmelo / guias por sendas de amor. / Haz que en nosotros aumenten / caridad, gracia, oración; / y contigo a Dios rindamos / sempiterna adoración. Amén.
Su mensaje
que amemos a la Iglesia hasta morir por ella. que nuestra maravillosa Relga sea 'trampolín" para el cielo. que gastemos nuestra vida "en obsequio de Jesucristo." que nuestra ilusión y meta sea: "Servir fielmente a Jesucristo."
Su oración
Oh Dios, que, por medio de San Alberto, nos diste una regla de vida evangélica para alcanzar la perfecta caridad; concédenos vivir generosamente nuestra consagración a Jesucristo, y servirle fielmente hasta la muerte. Amén.
(fuente: carmelnet.org)
viernes, 13 de septiembre de 2013
13 de septiembre: San Juan Crisóstomo
Obispo y doctor de la Iglesia
(344-407)
Patriarca de Constantinopla.
El hombre de la palabra sublime como fulgurante espada, que salvó a Antioquía, desarmó a los jefes bárbaros y dominó a los reyes y a los tíranos, fue hijo de un guerrero. Su padre tenía a sus órdenes la caballería de Siria; su madre, tipo de la mujer fuerte, es la que, viuda a los veinte años, hacía exclamar al retórico Libanio: «¡Dioses de la Grecia, qué mujeres hay entre los cristianos! » Fue este sofista, pagano empedernido, amigo fiel de Juliano el Apóstata, el que guió los primeros pasos del joven por el mundo de las letras. El genio del discípulo le llenaba de orgullo—aún queda una carta en que lo confiesa—, pero sus tendencias religiosas le entristecían. «¡Ay!—decía poco antes de morir—; hubiera dejado a ese muchacho al frente de mi escuela, pero los cristianos me lo han arrebatado.»
Juan dio comienzo a su vida de orador en el Foro. Tenía veinte años cuando sus conciudadanos empezaban a compararle con Demóstenes. Pero un día, en medio de la embriaguez del triunfo, deja la tribuna y se presenta al obispo de Antioquía pidiéndole el Bautismo. Esto es poco; necesita practicar el Evangelio integral; quiere seguir el ejemplo de dos anacoretas, y se dispone a internarse en el desierto de Siria. «Cuando mi madre—dice él mismo—supo mi resolución, tomóme de la mano, llevóme a su habitación, y habiendo hecho que me sentase junto a la cama donde me había dado el ser, rompió a llorar y a decirme cosas más amargas que su llanto.» Juan no tuvo valor para afligir a su madre; pero, algo más tarde, un suceso inesperado vino a empujarle nuevamente hacia la soledad. Juan tenía un santo amigo que se llamaba Basilio. «Uníame a él—nos dice—una amistad sagrada, de esas que nacen en los bancos de la escuela, y que no puede extinguir el viento de las solicitudes de la vida. Éramos inseparables. La aplicación a los mismos estudios, bajo los mismos maestros, un ardor, una emulación iguales en las aulas, todo concurría a darnos la misma aptitud y los mismos gustos.»
Un día Basilio vino a anunciar a Juan que el pueblo les quería hacer obispos. Pero aquellos hombres eran tan dignos de esa dignidad sublime, que temblaban antes de aceptarla. Un sentimiento profundo, como de espanto ante la majestad episcopal, hacía que se apartasen de ella. «¿Qué piensas hacer tú?», preguntó Basilio a su amigo. «Lo que tú hagas», respondió Juan. «Seguro—refiere él mismo—de lo mucho que perjudicaría a la Iglesia si por mi culpa se viese privada de tal pastor, yo, que tenía acostumbrado a Basilio a leer en el fondo de mi alma, le oculté entonces mi pensamiento, y aun le dije que en todo caso haría lo mismo que él.» Llegó a poco el día de la consagración; apoderáronse de Basilio, y tuvo que doblegarse al yugo; buscaron a Juan y fue imposible encontrarle: había huido. El pueblo, que esperaba dos víctimas, se amotinó en la basílica, y el consagrado, dándose cuenta del engaño que había sufrido, fue en busca de su amigo para echarle en cara su despiadada astucia. «Sentado junto a mí—dice el fugitivo—, me hablaba, entre sollozos, de aquella violencia sin precedentes. Pero el dolor le ahogaba y las palabras expiraban en su garganta. Viéndole anegado en llanto y presa de tal turbación, y, que sabía la causa de todo, no pude contener la risa, y, tomándole la mano, quise besársela, dando gracias a Dios por el éxito de mi estratagema. Al ver mi alegría, su dolor se aumentó con la indignación.» Juan le consoló enviándole el primero de sus libros, el Diálogo sobre el sacerdocio, obra llena de gravedad y de imaginación, que nos revela en el joven escritor todas las dotes del orador futuro.
El Diálogo fue escrito en una caverna. En su retiro, el solitario mezclaba con el estudio el trabajo, la oración y la meditación. Los grandes hombres de aquel tiempo venían del desierto. La soledad, que es la madre de las ideas que transforman al mundo, les preparaba para su reaparición en la ciudad. Juan vuelve a Antioquía guiado por Dios. La enfermedad le ha hecho imposible aquella vida de penitencia. También Dios tiene sus pretextos. En realidad, viene para cumplir entre los hombres sus grandes destinos. Aquella voz no estaba hecha para clamar en el desierto. El patriarca Flaviano la aprisionó, vinculándola a la iglesia de Antioquía, donde resonó con magníficos acentos por espacio de veinte años.
Sacerdote y ayudante de su obispo, Juan se entregó desde entonces a su pueblo de Antioquía; se entregó por el ministerio, por la limosna, por el sacrificio, por la palabra. Por la palabra, sobre todo. Ya se ha convertido en Juan Crisóstomo, «el de la boca de oro». Predica constantemente, interpreta con llamaradas de imágenes las Sagradas Escrituras, expone con elocuencia los deberes de la moral, ataca los vicios, describe los desórdenes de los magnates, sus palacios de cedro y de pórfido, sus despilfarros en las carreras del circo, el lujo de las mujeres, que llenan las calles con su cortejo de eunucos y esclavas; el orgullo de los filósofos que se pasean bajo los pórticos antioquenos con su larga barba, su manto y su bastón. Es más moralista que teólogo, analiza más que profundiza. No le gusta el vuelo del águila; quiere vivir en contacto con los miserables que se arrastran en la tierra: examina, sondea, exhorta, anima, consuela y aconseja. No hay en el alma humana repliegues que se oculten a su mirada. Es íntimo y familiar; es actual y preciso. Su elocuencia no es aquella que abruma al oyente sin conmoverle, sino que penetra en el fondo del corazón y se apodera de él, sin que apenas se dé cuenta, deslumbrado por la magia del decir. Con frecuencia reprende a sus oyentes, porque no le miran como un apóstol, como un hermano, como un padre. Más que por la magnificencia, triunfa por la familiaridad, por la sencillez, por la gracia casera y popular. Se adapta hasta a las más ínfimas condiciones sociales e intelectuales, y sigue personalmente, directamente, a los que en ellas viven, para hacer penetrar en sus almas las más altas verdades. Diríase que conoce a todos sus oyentes y que se dirige a cada uno personalmente, según la variedad de exhortaciones y consejos. No hay nada en su lenguaje de hueco, de vago, de impersonal, de teórico; no hay nada que no tenga una dirección práctica y bien determinada.
Esta intimidad del orador con su auditorio le permite ingenuas audacias, que hoy nos llenarían de extrañeza, tal vez porque hoy no tenemos el robusto sentido de humanidad para comprender el encanto de esos atrevimientos. Penetrando en lo más sagrado del hogar, el Crisóstomo aconseja al esposo que no oculte su cariño, sino que le descubra con viveza y naturalidad. Hasta le indica la manera de entablar la primera conversación con su joven esposa: «Puedes decirle graciosamente: Niña mía, he juntado mi existencia a la tuya en lo más importante y necesario de la tierra. Podía haberme casado con una mujer más rica, y no he querido. Todo lo he desdeñado para no ver más que las necesidades de tu alma, que estimo por encima de todos los tesoros del mundo.» Habla luego de las relaciones de los esposos. ¡Y con que gracia recomienda la gracia! ¡Con qué dulzura la dulzura! ¡Cuan tiernamente vela sobre la fragilidad del amor! Supongamos que a una mujer se le antoja alguna cosa. ¿Qué ha de hacer el marido? ¿Negársela? ¿Irritarse? «No—dice Juan—, demostrarás a tu mujer el error, pero con una gran bondad. La exhortación a la virtud tiene en sí misma algo de severidad excesiva, sobre todo cuando se dirige a una joven tímida y delicada. Si ella dice: «Esto es mío», contesta en seguida: «¿Qué es lo que reclamas por tuyo? Yo no lo sé, porque para mí nada hay propio; y no esto o aquello, sino todo te pertenece, y yo el primero.» Y no temas, amigo mío, no temas que este lenguaje envanezca demasiado a tu mujer.»
En esta comunicación constante del pastor con su pueblo, hay un momento dramático en que la voz del Crisóstomo vibra con más ternura que nunca, y su idea fulgura con más poderosa eficacia. En 387, con motivo de un impuesto extraordinario, una sedición acababa de ensangrentar las calles de Antioquía: la curia, asaltada; arrastrado y maltratado el prefecto; destruidas entre salvaje gritería las estatuas del emperador, de la emperatriz y de sus hijos. El emperador era el español Teodosio, tan grande como violento y justiciero. En Constantinopla se hablaba de incendiar la ciudad. Teodosio rechazó el consejo, pero dio orden de hacer una investigación severa y proceder con rigor a la ejecución del castigo. Entretanto, el patriarca se dirige a la corte en demanda de perdón. En la expectación de una justicia despiadada, el pueblo gime aterrado. Muchos quieren huir, otros se exaltan hasta la desesperación. Crisóstomo, que ha quedado al frente de la Iglesia, acude al poder soberano de su palabra: conjura el peligro, que renace cada día; tranquiliza a la población, exasperada hasta la locura; la defiende contra insinuaciones malsanas de los agitadores, reanima sus esperanzas en la clemencia, la distrae de sus preocupaciones obsesionantes con la exposición de las verdades de la fe, y la exhorta a la penitencia para hacerla digna del perdón divino. Así durante veinte días, pronunciando los veinte discursos que se llaman de las Estatuas, monumento de historia y elocuencia, que no tiene otro igual en la antigüedad. Cicerón es más grandilocuente, Démostenes cautiva más; pero ninguna otra palabra humana produce la impresión de una comunicación más íntima entre el que habla y los que escuchan. Crisóstomo conjura, amenaza, suplica, según los movimientos de la muchedumbre, colérica y voluble, que de la postración pasaba a la rebelión. Durante unos días, la enfermedad le obliga a ausentarse. El terror del pueblo llega entonces al paroxismo. Sólo la intervención de un magistrado pagano puede contener el movimiento irreflexivo. Cuando el presbítero reaparece en la tribuna de la iglesia, sus primeras palabras son éstas: «Me sonrojo de vergüenza al pensar que ha sido necesaria la palabra de un infiel para reanimar el valor de los cristianos.»
Al fin, Flaviano llegó con la más completa amnistía. La crisis sólo había servido para estrechar más el alma del Crisóstomo con la del pueblo. La simpatía entre ambos es tal desde entonces, que el uno va a tener autoridad para decirlo todo, y el otro disposición para escucharlo todo. La elocuencia del orador se extiende por todo el Oriente; los sofistas paganos vienen a oírle desde lejanas tierras; los judíos se apiñan en torno a su cátedra.
San Juan Crisóstomo, obispo y doctor de la IglesiaNo obstante, él es siempre el predicador del Evangelio, el amigo, el consolador y el confesor. A veces creemos oírle hablar en el foro, pero pronto el celo de la casa de Dios le arrebata. Combina la acción del tribuno y del director de conciencia. No calla ni disimula. Predica durante lustros enteros, casi sin interrupción, combatiendo todas las debilidades y todas las supersticiones. Domina por la imaginación más que por el raciocinio; más por la pasión que por la lógica, más por la figura que por el argumento. Es un oriental que comprende la psicología oriental. Lo que le importa es mover, inspirar el deseo de la virtud. Cuando el público aplaude, él se interrumpe diciendo: «¿De qué sirven vuestras alabanzas, si no veo el progreso de vuestra virtud? ¿Perdería acaso algo con vuestro silencio, si viese que crece vuestra piedad?» Exhortando, particularmente la limosna, no ha habido orador que le haya igualado en fuerza persuasiva. Un día empezó su homilía con estas palabras: «Vengo hoy para comunicaros una embajada. Y no es un decreto del Senado lo que me envía, sino el espectáculo de los más crueles sufrimientos. Cuando atravesaba la plaza, he visto yaciendo en tierra los desgraciados que tiritaban de frío y padecían hambre...» Sigue la pintura desgarradora de la miseria, y, como contraste, la descripción del palacio opulento, con los jardines olorosos, las fuentes elegantes y los pórticos frescos y sombreados; y el recuerdo de las telas bordadas, los vestidos suntuosos, que se llevan al ágora para que sean la admiración de las gentes, y los calzados de seda, que los jóvenes cuidaban de tal modo, que en los momentos de impaciencia familiar solía decirse: «Es preferible que los colguéis de vuestro cuello.» En 397 cambia de rumbo la vida del presbítero antioqueno y su elocuencia empieza a revelarnos un aspecto nuevo. Nombrado patriarca de Constantinopla, va a manifestar frente a la corte, frente a la injusticia de los poderosos de la tierra, toda la audacia, toda la heroica altivez de que darán más tarde ejemplo un Hildebrando o un Tomás Becket. La situación en que a la sazón se encuentra el Imperio, parece el marco providencial para presentárnoslo con toda su grandeza. No obstante, en el Bósforo, lo mismo que en el Orontes, es siempre el hombre sencillo, el consejero íntimo y tierno. El pueblo le rodeaba con un entusiasmo que rayaba en la idolatría. Amaba hasta sus censuras y sus reproches indignados. Los vicios asiáticos se agravaban allí con la presencia de una corte afeminada y de un emperador, Arcadio, que no aparecía en público sino rodeado de un cortejo de guardias que llevaban vestidos de seda, escudos y lanzas de oro, adornado de ricos brazaletes, de pendientes y diademas de diamantes, de sandalias de una riqueza escandalosa, sentado en un carro que arrastraban mulas blancas y estaba revestido de láminas de oro y de piedras preciosas. El Crisóstomo exhortaba a moderar estos despilfarros, tronaba contra los juegos del circo, reprimía la licencia hipócrita de ciertos sacerdotes que guardaban en sus casas vírgenes consagradas a Dios con el nombre de hermanas espirituales, anatematizaba las escenas infames de los teatros, atacaba el afeminamiento de los magnates, condenaba la ociosidad del pueblo, y todos los vicios se encontraban frente a la protesta vibrante de su palabra apostólica. Pocas cosas hay más grandes en la historia humana que esta actitud del gran patriarca ante la corrupción de un mundo decadente, ante el emperador y ante el Imperio.
Pero cuando Juan entró en Constantinopla, más que el emperador, mandaba el ambicioso Eutropio. Este eunuco, este esclavo, convertido en cónsul, amenazaba ya eclipsar a la emperatriz. Él proveía los cargos y deponía a los gobernadores. Desterraba, confiscaba, asesinaba. Su codicia entregaba las provincias al mejor postor. Hubo quien compró la de Siria por las alhajas de su mujer. Lo noble, lo rico, lo honrado que aún quedaba en el Imperio iba a parar a las montañas del Cáucaso o a las arenas de Libia. Allí murió, víctima del puñal, el cónsul Primasio, vencedor de los godos y amigo de Teodosio. Pero Primasio tenía un hijo, y también se le mató. Había que inmolar también a la viuda, pero ella se refugió al pie de los altares e invocó el derecho de asilo. Eutropio reclamó a la víctima, pero se encontró frente a frente con el patriarca. Tuvo que retroceder. Sigue la abolición del derecho de asilo. Todo el mundo se prosterna ante el tirano, sólo el obispo se yergue ante él sin debilidad y sin ostentación.
Todo cambia repentinamente: la emperatriz, de rodillas ante su esposo, pidiendo venganza; una revolución palaciega; un motín popular. Voces de odio, de ira, de muerte contra el valido. Empieza un drama sublime. Echado del palacio, Eutropio huye; todas las salidas se le obstruyen, todas las puertas se le cierran. Sólo hay una abierta para él, la del templo; entra e invoca el derecho de asilo. El emperador le reclama, como él había reclamado a la viuda. El emperador y el eunuco tienen que retroceder delante del patriarca. Siempre altivo, siempre humilde, siempre grande, Crisóstomo invoca el derecho de la libertad y de la misericordia. La lucha es ahora más terrible; el pueblo, furioso, llena la iglesia, pidiendo la muerte del criminal; el tumulto se alza como un mar alborotado; pero sobre la tempestad de las pasiones suena la voz de la justicia, increpando unas veces a los perseguidores, otras veces al perseguido; echando en cara, a los unos, sus adulaciones pasadas y sus cóleras presentes; al otro, su soberbia y su bajeza.
«¡Vanidad de vanidades!—exclama—. ¿Dónde está ahora el ilustre esplendor del consulado? ¿Dónde las hachas encendidas que precedían siempre a este hombre en su camino, las danzas y aclamaciones, los banquetes y las fiestas? ¿Qué se hicieron las coronas y ornatos de su cabeza, el ruidoso entusiasmo de la ciudad y los vítores en el circo?» Este fue el comienzo. Después, volviéndose con transición magnífica al eunuco, asido de las columnas del altar, pregunta el orador: «¿No te dije muchas veces que la riqueza es cosa fugitiva? Eras un rey, y no podías soportar mis palabras. ¿No te decía que la riqueza es un servidor ingrato? Eras un rey, y no querías creerme; y ahora la experiencia te enseña que la riqueza es no sólo fugitiva e ingrata, sino también homicida, pues ya ves a qué estado te reduce. ¿No te decía que las heridas causadas por un amigo valen más que las caricias del enemigo?...» Al oír estas imprecaciones, la multitud ruge indignada; pero el orador la conmueve pintando el estado lastimoso del caído; su humillación, su angustia mortal, su palidez cadavérica, el rechinar de sus dientes, el temblar de su cuerpo, el sollozo de su garganta; y añade, viéndose ya triunfante: «Dios permite que un hombre tal demuestre con sus desdichas el poder y la clemencia de la Iglesia. ¡He aquí cómo se confunde a los judíos y a los gentiles! Para salvar al enemigo que se refugia a su sombra, la Iglesia se expone al enojo del emperador. Este es el mejor ornato al altar. —¿Ese avaro, diréis, ese ladrón, ese malvado, el que se agarra a la sagrada mesa? ¡Vaya un ornato!— No habléis así. Una prostituta enjugó los pies de Cristo, ¿y empañó a caso su gloria?» El auditorio, antes frenético de cólera, ha caído de rodillas, prorrumpe en llanto, perdona. «Vamos—dice entonces San Juan—, vamos a echarnos a los pies del príncipe; o mejor, roguemos a Dios que le dé un corazón que sepa compadecer.»
El triunfo fue completo: hubo calma, hubo perdón, se respetó el derecho de asilo, y el eunuco, protegido por la fuerza que le había salvado, se retiró a terminar sus días en Chipre. No obstante, sobre la cabeza del patriarca se cernía otra tempestad. El pueblo le idolatraba, pero la corte le consideraba como un obstáculo. Y, sin embargo; él la había salvado más de una vez deteniendo en la frontera a los jefes bárbaros que la amenazaban. Pero aquel campo donde había triunfado Eutropio no era más que intriga, frivolidad, bajeza e hipocresía. Ahora se conjuraba contra el Crisóstomo. En la liga entraban cortesanos, sacerdotes envidiosos, ricas matronas ofendidas por las censuras del orador, la misma emperatriz y el emperador, que iba donde le llevaban. Un concilio, presidido por el patriarca de Alejandría, que consideraba como rival suyo al de Constantinopla, se encargó de saciar la sed de venganza, deponiendo al acusado. Entretanto, Crisóstomo hablaba al pueblo con vehemencia nueva: «¿Qué voy a temer?—decía—. ¿La muerte? Ya sabéis que Cristo es mi vida, y el morir una ganancia. ¿El destierro? ¡Pero si la tierra toda es del Señor! ¿La pérdida de los bienes? Nada hemos traído a este mundo y nada llevaremos de él. Desprecio todos los terrores, me río de los bienes; ni temo la pobreza, ni deseo la riqueza, ni me aterra la muerte; y si deseo vivir, es por el bien de vuestras almas.» Y añadía, terminando su arenga con unas palabras que fueron consideradas como una alusión a la emperatriz: «¿Pero sabéis, amigos míos, la verdadera causa de mi ruina? Es que no he tenido en mi casa ricos tapices, ni me he puesto vestidos de oro y de seda, ni he halagado la molicie y la sensualidad de las gentes. Algo queda aún de la raza de Jezabel, y la gracia combate todavía en favor de Elías. Herodías sigue pidiendo la cabeza de Juan, y por eso danza.»
Hubieran deseado la cabeza, pero tuvieron que contentarse con el destierro. Juan fue arrebatado y arrojado en un navío. Era de noche, pero la población entera lo despidió llorando. Al día siguiente hubo un temblor de tierra, que fue considerado como un signo de cólera divina. La emperatriz era muy supersticiosa, y se apresuró a llamar al desterrado. Fue una vuelta triunfal: el Bósforo, cubierto de navíos empavesados, iluminado de antorchas, alegrado por las aclamaciones y los cantos populares; Juan, arrastrado hasta la basílica, colocado en la cátedra y vitoreado frenéticamente. Se hizo el silencio, y empezó a hablar con estas frases sencillas y sublimes a la vez: «¡Bendito sea el Señor! Lo decía al marchar, lo digo al volver, y nunca me cansaré de decirlo. Recordáis que el último día os propuse la imagen de Job y sus palabras; es la prenda que os dejé; es la acción de gracias que ahora traigo. La situación es diferente, el himno de gratitud es el mismo. Desterrado, bendecía; vuelto del destierro, sigo bendiciendo. El invierno y el estío tienen un mismo fin: la fertilidad de la tierra. Bendito sea el Señor que desencadena la tormenta. Bendito sea el Señor que restablece la calma.»
La reconciliación no podía ser duradera; mejor dicho, no había habido reconciliación. Eudosia pensaba en su derrota, y, para consolarla, los cortesanos imaginaron una gran fiesta en su honor. Se le erigió una estatua de plata; se la inauguró solemnemente; hubo juegos, cantos, danzas y libaciones. Todo con exceso. Crisóstomo censura aquella fiesta profana, y esto fue el pretexto del nuevo rompimiento. Ochenta obispos se reunieron en concilio. La elocuencia del patriarca se equilibraba con el poder imperial. Cuarenta obispos le defendían, otros cuarenta le condenaban. A la de éstos unió su autoridad el emperador con un decreto de destierro. El pueblo defendía a su pastor; como las iglesias estaban tomadas por la fuerza, la asamblea religiosa celebróse en los baños públicos. Entraron los soldados, corrió la sangre, y el patriarca fue llevado a la frontera de Armenia.
Relegado en una mísera aldea, sigue siendo el Crisóstomo. Entra en contacto con las hordas errantes de la región, les dice las cosas que él sólo sabía decir, y las trae a la fe. El tugurio del cautivo se convierte en centro de vida cristiana. Llegan diputaciones de obispos, legiones de anacoretas, saludos y felicitaciones de Oriente y Occidente. Crisóstomo mantiene correspondencia con todas las iglesias: Jerusalen, Cesarea, Adana, Corinto, Roma, Cartago, Milán, Aquilea. Exhorta, aconseja, vigila las misiones que algo antes había organizado entre los godos, los árabes y los persas. Sus cartas son elocuentes como sus discursos. No hay en ellas ni asomo de odio, ni ráfaga de desaliento. Sabe que el obispo de Roma trabaja por rehabilitarle, y él escribe al Papa Inocencio: «El cuerpo habita en un punto del mundo, pero la caridad está en todas partes. Aunque separado por tantas tierras, estoy al lado de Vuestra Santidad. Por mi parte, os agradezco que aumentéis vuestro afecto hacia mí, puesto que es tan fuerte la tempestad. Entre el hambre, la guerra, el contagio, los asaltos continuos, la soledad sin fin, la espada de los bárbaros, es para mí el mayor de los consuelos el que Vuestra Santidad se acuerde de mí, me ame y me bendiga. Con semejante protección, iría sin pena al lugar más desolado de la tierra.»
Aquella actividad en torno a la vivienda del gran proscrito alarmó a la emperatriz; además, el pueblo de Constantinopla pedía a su obispo, y los juanistas se movían en todo el Oriente. A los tres años de destierro, Juan iba a ser trasladado a la costa oriental del mar Negro; pero sus fuerzas estaban agotadas. A causa de la fiebre, el viaje era lento. Habiendo llegado al pueblo de Coman, hizo que le introdujeran en una ermita que había junto al camino, y allí expiró pronunciando estas palabras: «Gloria a Dios por todas las cosas.»
(344-407)
Patriarca de Constantinopla.
El hombre de la palabra sublime como fulgurante espada, que salvó a Antioquía, desarmó a los jefes bárbaros y dominó a los reyes y a los tíranos, fue hijo de un guerrero. Su padre tenía a sus órdenes la caballería de Siria; su madre, tipo de la mujer fuerte, es la que, viuda a los veinte años, hacía exclamar al retórico Libanio: «¡Dioses de la Grecia, qué mujeres hay entre los cristianos! » Fue este sofista, pagano empedernido, amigo fiel de Juliano el Apóstata, el que guió los primeros pasos del joven por el mundo de las letras. El genio del discípulo le llenaba de orgullo—aún queda una carta en que lo confiesa—, pero sus tendencias religiosas le entristecían. «¡Ay!—decía poco antes de morir—; hubiera dejado a ese muchacho al frente de mi escuela, pero los cristianos me lo han arrebatado.»
Juan dio comienzo a su vida de orador en el Foro. Tenía veinte años cuando sus conciudadanos empezaban a compararle con Demóstenes. Pero un día, en medio de la embriaguez del triunfo, deja la tribuna y se presenta al obispo de Antioquía pidiéndole el Bautismo. Esto es poco; necesita practicar el Evangelio integral; quiere seguir el ejemplo de dos anacoretas, y se dispone a internarse en el desierto de Siria. «Cuando mi madre—dice él mismo—supo mi resolución, tomóme de la mano, llevóme a su habitación, y habiendo hecho que me sentase junto a la cama donde me había dado el ser, rompió a llorar y a decirme cosas más amargas que su llanto.» Juan no tuvo valor para afligir a su madre; pero, algo más tarde, un suceso inesperado vino a empujarle nuevamente hacia la soledad. Juan tenía un santo amigo que se llamaba Basilio. «Uníame a él—nos dice—una amistad sagrada, de esas que nacen en los bancos de la escuela, y que no puede extinguir el viento de las solicitudes de la vida. Éramos inseparables. La aplicación a los mismos estudios, bajo los mismos maestros, un ardor, una emulación iguales en las aulas, todo concurría a darnos la misma aptitud y los mismos gustos.»
Un día Basilio vino a anunciar a Juan que el pueblo les quería hacer obispos. Pero aquellos hombres eran tan dignos de esa dignidad sublime, que temblaban antes de aceptarla. Un sentimiento profundo, como de espanto ante la majestad episcopal, hacía que se apartasen de ella. «¿Qué piensas hacer tú?», preguntó Basilio a su amigo. «Lo que tú hagas», respondió Juan. «Seguro—refiere él mismo—de lo mucho que perjudicaría a la Iglesia si por mi culpa se viese privada de tal pastor, yo, que tenía acostumbrado a Basilio a leer en el fondo de mi alma, le oculté entonces mi pensamiento, y aun le dije que en todo caso haría lo mismo que él.» Llegó a poco el día de la consagración; apoderáronse de Basilio, y tuvo que doblegarse al yugo; buscaron a Juan y fue imposible encontrarle: había huido. El pueblo, que esperaba dos víctimas, se amotinó en la basílica, y el consagrado, dándose cuenta del engaño que había sufrido, fue en busca de su amigo para echarle en cara su despiadada astucia. «Sentado junto a mí—dice el fugitivo—, me hablaba, entre sollozos, de aquella violencia sin precedentes. Pero el dolor le ahogaba y las palabras expiraban en su garganta. Viéndole anegado en llanto y presa de tal turbación, y, que sabía la causa de todo, no pude contener la risa, y, tomándole la mano, quise besársela, dando gracias a Dios por el éxito de mi estratagema. Al ver mi alegría, su dolor se aumentó con la indignación.» Juan le consoló enviándole el primero de sus libros, el Diálogo sobre el sacerdocio, obra llena de gravedad y de imaginación, que nos revela en el joven escritor todas las dotes del orador futuro.
El Diálogo fue escrito en una caverna. En su retiro, el solitario mezclaba con el estudio el trabajo, la oración y la meditación. Los grandes hombres de aquel tiempo venían del desierto. La soledad, que es la madre de las ideas que transforman al mundo, les preparaba para su reaparición en la ciudad. Juan vuelve a Antioquía guiado por Dios. La enfermedad le ha hecho imposible aquella vida de penitencia. También Dios tiene sus pretextos. En realidad, viene para cumplir entre los hombres sus grandes destinos. Aquella voz no estaba hecha para clamar en el desierto. El patriarca Flaviano la aprisionó, vinculándola a la iglesia de Antioquía, donde resonó con magníficos acentos por espacio de veinte años.
Sacerdote y ayudante de su obispo, Juan se entregó desde entonces a su pueblo de Antioquía; se entregó por el ministerio, por la limosna, por el sacrificio, por la palabra. Por la palabra, sobre todo. Ya se ha convertido en Juan Crisóstomo, «el de la boca de oro». Predica constantemente, interpreta con llamaradas de imágenes las Sagradas Escrituras, expone con elocuencia los deberes de la moral, ataca los vicios, describe los desórdenes de los magnates, sus palacios de cedro y de pórfido, sus despilfarros en las carreras del circo, el lujo de las mujeres, que llenan las calles con su cortejo de eunucos y esclavas; el orgullo de los filósofos que se pasean bajo los pórticos antioquenos con su larga barba, su manto y su bastón. Es más moralista que teólogo, analiza más que profundiza. No le gusta el vuelo del águila; quiere vivir en contacto con los miserables que se arrastran en la tierra: examina, sondea, exhorta, anima, consuela y aconseja. No hay en el alma humana repliegues que se oculten a su mirada. Es íntimo y familiar; es actual y preciso. Su elocuencia no es aquella que abruma al oyente sin conmoverle, sino que penetra en el fondo del corazón y se apodera de él, sin que apenas se dé cuenta, deslumbrado por la magia del decir. Con frecuencia reprende a sus oyentes, porque no le miran como un apóstol, como un hermano, como un padre. Más que por la magnificencia, triunfa por la familiaridad, por la sencillez, por la gracia casera y popular. Se adapta hasta a las más ínfimas condiciones sociales e intelectuales, y sigue personalmente, directamente, a los que en ellas viven, para hacer penetrar en sus almas las más altas verdades. Diríase que conoce a todos sus oyentes y que se dirige a cada uno personalmente, según la variedad de exhortaciones y consejos. No hay nada en su lenguaje de hueco, de vago, de impersonal, de teórico; no hay nada que no tenga una dirección práctica y bien determinada.
Esta intimidad del orador con su auditorio le permite ingenuas audacias, que hoy nos llenarían de extrañeza, tal vez porque hoy no tenemos el robusto sentido de humanidad para comprender el encanto de esos atrevimientos. Penetrando en lo más sagrado del hogar, el Crisóstomo aconseja al esposo que no oculte su cariño, sino que le descubra con viveza y naturalidad. Hasta le indica la manera de entablar la primera conversación con su joven esposa: «Puedes decirle graciosamente: Niña mía, he juntado mi existencia a la tuya en lo más importante y necesario de la tierra. Podía haberme casado con una mujer más rica, y no he querido. Todo lo he desdeñado para no ver más que las necesidades de tu alma, que estimo por encima de todos los tesoros del mundo.» Habla luego de las relaciones de los esposos. ¡Y con que gracia recomienda la gracia! ¡Con qué dulzura la dulzura! ¡Cuan tiernamente vela sobre la fragilidad del amor! Supongamos que a una mujer se le antoja alguna cosa. ¿Qué ha de hacer el marido? ¿Negársela? ¿Irritarse? «No—dice Juan—, demostrarás a tu mujer el error, pero con una gran bondad. La exhortación a la virtud tiene en sí misma algo de severidad excesiva, sobre todo cuando se dirige a una joven tímida y delicada. Si ella dice: «Esto es mío», contesta en seguida: «¿Qué es lo que reclamas por tuyo? Yo no lo sé, porque para mí nada hay propio; y no esto o aquello, sino todo te pertenece, y yo el primero.» Y no temas, amigo mío, no temas que este lenguaje envanezca demasiado a tu mujer.»
En esta comunicación constante del pastor con su pueblo, hay un momento dramático en que la voz del Crisóstomo vibra con más ternura que nunca, y su idea fulgura con más poderosa eficacia. En 387, con motivo de un impuesto extraordinario, una sedición acababa de ensangrentar las calles de Antioquía: la curia, asaltada; arrastrado y maltratado el prefecto; destruidas entre salvaje gritería las estatuas del emperador, de la emperatriz y de sus hijos. El emperador era el español Teodosio, tan grande como violento y justiciero. En Constantinopla se hablaba de incendiar la ciudad. Teodosio rechazó el consejo, pero dio orden de hacer una investigación severa y proceder con rigor a la ejecución del castigo. Entretanto, el patriarca se dirige a la corte en demanda de perdón. En la expectación de una justicia despiadada, el pueblo gime aterrado. Muchos quieren huir, otros se exaltan hasta la desesperación. Crisóstomo, que ha quedado al frente de la Iglesia, acude al poder soberano de su palabra: conjura el peligro, que renace cada día; tranquiliza a la población, exasperada hasta la locura; la defiende contra insinuaciones malsanas de los agitadores, reanima sus esperanzas en la clemencia, la distrae de sus preocupaciones obsesionantes con la exposición de las verdades de la fe, y la exhorta a la penitencia para hacerla digna del perdón divino. Así durante veinte días, pronunciando los veinte discursos que se llaman de las Estatuas, monumento de historia y elocuencia, que no tiene otro igual en la antigüedad. Cicerón es más grandilocuente, Démostenes cautiva más; pero ninguna otra palabra humana produce la impresión de una comunicación más íntima entre el que habla y los que escuchan. Crisóstomo conjura, amenaza, suplica, según los movimientos de la muchedumbre, colérica y voluble, que de la postración pasaba a la rebelión. Durante unos días, la enfermedad le obliga a ausentarse. El terror del pueblo llega entonces al paroxismo. Sólo la intervención de un magistrado pagano puede contener el movimiento irreflexivo. Cuando el presbítero reaparece en la tribuna de la iglesia, sus primeras palabras son éstas: «Me sonrojo de vergüenza al pensar que ha sido necesaria la palabra de un infiel para reanimar el valor de los cristianos.»
Al fin, Flaviano llegó con la más completa amnistía. La crisis sólo había servido para estrechar más el alma del Crisóstomo con la del pueblo. La simpatía entre ambos es tal desde entonces, que el uno va a tener autoridad para decirlo todo, y el otro disposición para escucharlo todo. La elocuencia del orador se extiende por todo el Oriente; los sofistas paganos vienen a oírle desde lejanas tierras; los judíos se apiñan en torno a su cátedra.
San Juan Crisóstomo, obispo y doctor de la IglesiaNo obstante, él es siempre el predicador del Evangelio, el amigo, el consolador y el confesor. A veces creemos oírle hablar en el foro, pero pronto el celo de la casa de Dios le arrebata. Combina la acción del tribuno y del director de conciencia. No calla ni disimula. Predica durante lustros enteros, casi sin interrupción, combatiendo todas las debilidades y todas las supersticiones. Domina por la imaginación más que por el raciocinio; más por la pasión que por la lógica, más por la figura que por el argumento. Es un oriental que comprende la psicología oriental. Lo que le importa es mover, inspirar el deseo de la virtud. Cuando el público aplaude, él se interrumpe diciendo: «¿De qué sirven vuestras alabanzas, si no veo el progreso de vuestra virtud? ¿Perdería acaso algo con vuestro silencio, si viese que crece vuestra piedad?» Exhortando, particularmente la limosna, no ha habido orador que le haya igualado en fuerza persuasiva. Un día empezó su homilía con estas palabras: «Vengo hoy para comunicaros una embajada. Y no es un decreto del Senado lo que me envía, sino el espectáculo de los más crueles sufrimientos. Cuando atravesaba la plaza, he visto yaciendo en tierra los desgraciados que tiritaban de frío y padecían hambre...» Sigue la pintura desgarradora de la miseria, y, como contraste, la descripción del palacio opulento, con los jardines olorosos, las fuentes elegantes y los pórticos frescos y sombreados; y el recuerdo de las telas bordadas, los vestidos suntuosos, que se llevan al ágora para que sean la admiración de las gentes, y los calzados de seda, que los jóvenes cuidaban de tal modo, que en los momentos de impaciencia familiar solía decirse: «Es preferible que los colguéis de vuestro cuello.» En 397 cambia de rumbo la vida del presbítero antioqueno y su elocuencia empieza a revelarnos un aspecto nuevo. Nombrado patriarca de Constantinopla, va a manifestar frente a la corte, frente a la injusticia de los poderosos de la tierra, toda la audacia, toda la heroica altivez de que darán más tarde ejemplo un Hildebrando o un Tomás Becket. La situación en que a la sazón se encuentra el Imperio, parece el marco providencial para presentárnoslo con toda su grandeza. No obstante, en el Bósforo, lo mismo que en el Orontes, es siempre el hombre sencillo, el consejero íntimo y tierno. El pueblo le rodeaba con un entusiasmo que rayaba en la idolatría. Amaba hasta sus censuras y sus reproches indignados. Los vicios asiáticos se agravaban allí con la presencia de una corte afeminada y de un emperador, Arcadio, que no aparecía en público sino rodeado de un cortejo de guardias que llevaban vestidos de seda, escudos y lanzas de oro, adornado de ricos brazaletes, de pendientes y diademas de diamantes, de sandalias de una riqueza escandalosa, sentado en un carro que arrastraban mulas blancas y estaba revestido de láminas de oro y de piedras preciosas. El Crisóstomo exhortaba a moderar estos despilfarros, tronaba contra los juegos del circo, reprimía la licencia hipócrita de ciertos sacerdotes que guardaban en sus casas vírgenes consagradas a Dios con el nombre de hermanas espirituales, anatematizaba las escenas infames de los teatros, atacaba el afeminamiento de los magnates, condenaba la ociosidad del pueblo, y todos los vicios se encontraban frente a la protesta vibrante de su palabra apostólica. Pocas cosas hay más grandes en la historia humana que esta actitud del gran patriarca ante la corrupción de un mundo decadente, ante el emperador y ante el Imperio.
Pero cuando Juan entró en Constantinopla, más que el emperador, mandaba el ambicioso Eutropio. Este eunuco, este esclavo, convertido en cónsul, amenazaba ya eclipsar a la emperatriz. Él proveía los cargos y deponía a los gobernadores. Desterraba, confiscaba, asesinaba. Su codicia entregaba las provincias al mejor postor. Hubo quien compró la de Siria por las alhajas de su mujer. Lo noble, lo rico, lo honrado que aún quedaba en el Imperio iba a parar a las montañas del Cáucaso o a las arenas de Libia. Allí murió, víctima del puñal, el cónsul Primasio, vencedor de los godos y amigo de Teodosio. Pero Primasio tenía un hijo, y también se le mató. Había que inmolar también a la viuda, pero ella se refugió al pie de los altares e invocó el derecho de asilo. Eutropio reclamó a la víctima, pero se encontró frente a frente con el patriarca. Tuvo que retroceder. Sigue la abolición del derecho de asilo. Todo el mundo se prosterna ante el tirano, sólo el obispo se yergue ante él sin debilidad y sin ostentación.
Todo cambia repentinamente: la emperatriz, de rodillas ante su esposo, pidiendo venganza; una revolución palaciega; un motín popular. Voces de odio, de ira, de muerte contra el valido. Empieza un drama sublime. Echado del palacio, Eutropio huye; todas las salidas se le obstruyen, todas las puertas se le cierran. Sólo hay una abierta para él, la del templo; entra e invoca el derecho de asilo. El emperador le reclama, como él había reclamado a la viuda. El emperador y el eunuco tienen que retroceder delante del patriarca. Siempre altivo, siempre humilde, siempre grande, Crisóstomo invoca el derecho de la libertad y de la misericordia. La lucha es ahora más terrible; el pueblo, furioso, llena la iglesia, pidiendo la muerte del criminal; el tumulto se alza como un mar alborotado; pero sobre la tempestad de las pasiones suena la voz de la justicia, increpando unas veces a los perseguidores, otras veces al perseguido; echando en cara, a los unos, sus adulaciones pasadas y sus cóleras presentes; al otro, su soberbia y su bajeza.
«¡Vanidad de vanidades!—exclama—. ¿Dónde está ahora el ilustre esplendor del consulado? ¿Dónde las hachas encendidas que precedían siempre a este hombre en su camino, las danzas y aclamaciones, los banquetes y las fiestas? ¿Qué se hicieron las coronas y ornatos de su cabeza, el ruidoso entusiasmo de la ciudad y los vítores en el circo?» Este fue el comienzo. Después, volviéndose con transición magnífica al eunuco, asido de las columnas del altar, pregunta el orador: «¿No te dije muchas veces que la riqueza es cosa fugitiva? Eras un rey, y no podías soportar mis palabras. ¿No te decía que la riqueza es un servidor ingrato? Eras un rey, y no querías creerme; y ahora la experiencia te enseña que la riqueza es no sólo fugitiva e ingrata, sino también homicida, pues ya ves a qué estado te reduce. ¿No te decía que las heridas causadas por un amigo valen más que las caricias del enemigo?...» Al oír estas imprecaciones, la multitud ruge indignada; pero el orador la conmueve pintando el estado lastimoso del caído; su humillación, su angustia mortal, su palidez cadavérica, el rechinar de sus dientes, el temblar de su cuerpo, el sollozo de su garganta; y añade, viéndose ya triunfante: «Dios permite que un hombre tal demuestre con sus desdichas el poder y la clemencia de la Iglesia. ¡He aquí cómo se confunde a los judíos y a los gentiles! Para salvar al enemigo que se refugia a su sombra, la Iglesia se expone al enojo del emperador. Este es el mejor ornato al altar. —¿Ese avaro, diréis, ese ladrón, ese malvado, el que se agarra a la sagrada mesa? ¡Vaya un ornato!— No habléis así. Una prostituta enjugó los pies de Cristo, ¿y empañó a caso su gloria?» El auditorio, antes frenético de cólera, ha caído de rodillas, prorrumpe en llanto, perdona. «Vamos—dice entonces San Juan—, vamos a echarnos a los pies del príncipe; o mejor, roguemos a Dios que le dé un corazón que sepa compadecer.»
El triunfo fue completo: hubo calma, hubo perdón, se respetó el derecho de asilo, y el eunuco, protegido por la fuerza que le había salvado, se retiró a terminar sus días en Chipre. No obstante, sobre la cabeza del patriarca se cernía otra tempestad. El pueblo le idolatraba, pero la corte le consideraba como un obstáculo. Y, sin embargo; él la había salvado más de una vez deteniendo en la frontera a los jefes bárbaros que la amenazaban. Pero aquel campo donde había triunfado Eutropio no era más que intriga, frivolidad, bajeza e hipocresía. Ahora se conjuraba contra el Crisóstomo. En la liga entraban cortesanos, sacerdotes envidiosos, ricas matronas ofendidas por las censuras del orador, la misma emperatriz y el emperador, que iba donde le llevaban. Un concilio, presidido por el patriarca de Alejandría, que consideraba como rival suyo al de Constantinopla, se encargó de saciar la sed de venganza, deponiendo al acusado. Entretanto, Crisóstomo hablaba al pueblo con vehemencia nueva: «¿Qué voy a temer?—decía—. ¿La muerte? Ya sabéis que Cristo es mi vida, y el morir una ganancia. ¿El destierro? ¡Pero si la tierra toda es del Señor! ¿La pérdida de los bienes? Nada hemos traído a este mundo y nada llevaremos de él. Desprecio todos los terrores, me río de los bienes; ni temo la pobreza, ni deseo la riqueza, ni me aterra la muerte; y si deseo vivir, es por el bien de vuestras almas.» Y añadía, terminando su arenga con unas palabras que fueron consideradas como una alusión a la emperatriz: «¿Pero sabéis, amigos míos, la verdadera causa de mi ruina? Es que no he tenido en mi casa ricos tapices, ni me he puesto vestidos de oro y de seda, ni he halagado la molicie y la sensualidad de las gentes. Algo queda aún de la raza de Jezabel, y la gracia combate todavía en favor de Elías. Herodías sigue pidiendo la cabeza de Juan, y por eso danza.»
Hubieran deseado la cabeza, pero tuvieron que contentarse con el destierro. Juan fue arrebatado y arrojado en un navío. Era de noche, pero la población entera lo despidió llorando. Al día siguiente hubo un temblor de tierra, que fue considerado como un signo de cólera divina. La emperatriz era muy supersticiosa, y se apresuró a llamar al desterrado. Fue una vuelta triunfal: el Bósforo, cubierto de navíos empavesados, iluminado de antorchas, alegrado por las aclamaciones y los cantos populares; Juan, arrastrado hasta la basílica, colocado en la cátedra y vitoreado frenéticamente. Se hizo el silencio, y empezó a hablar con estas frases sencillas y sublimes a la vez: «¡Bendito sea el Señor! Lo decía al marchar, lo digo al volver, y nunca me cansaré de decirlo. Recordáis que el último día os propuse la imagen de Job y sus palabras; es la prenda que os dejé; es la acción de gracias que ahora traigo. La situación es diferente, el himno de gratitud es el mismo. Desterrado, bendecía; vuelto del destierro, sigo bendiciendo. El invierno y el estío tienen un mismo fin: la fertilidad de la tierra. Bendito sea el Señor que desencadena la tormenta. Bendito sea el Señor que restablece la calma.»
La reconciliación no podía ser duradera; mejor dicho, no había habido reconciliación. Eudosia pensaba en su derrota, y, para consolarla, los cortesanos imaginaron una gran fiesta en su honor. Se le erigió una estatua de plata; se la inauguró solemnemente; hubo juegos, cantos, danzas y libaciones. Todo con exceso. Crisóstomo censura aquella fiesta profana, y esto fue el pretexto del nuevo rompimiento. Ochenta obispos se reunieron en concilio. La elocuencia del patriarca se equilibraba con el poder imperial. Cuarenta obispos le defendían, otros cuarenta le condenaban. A la de éstos unió su autoridad el emperador con un decreto de destierro. El pueblo defendía a su pastor; como las iglesias estaban tomadas por la fuerza, la asamblea religiosa celebróse en los baños públicos. Entraron los soldados, corrió la sangre, y el patriarca fue llevado a la frontera de Armenia.
Relegado en una mísera aldea, sigue siendo el Crisóstomo. Entra en contacto con las hordas errantes de la región, les dice las cosas que él sólo sabía decir, y las trae a la fe. El tugurio del cautivo se convierte en centro de vida cristiana. Llegan diputaciones de obispos, legiones de anacoretas, saludos y felicitaciones de Oriente y Occidente. Crisóstomo mantiene correspondencia con todas las iglesias: Jerusalen, Cesarea, Adana, Corinto, Roma, Cartago, Milán, Aquilea. Exhorta, aconseja, vigila las misiones que algo antes había organizado entre los godos, los árabes y los persas. Sus cartas son elocuentes como sus discursos. No hay en ellas ni asomo de odio, ni ráfaga de desaliento. Sabe que el obispo de Roma trabaja por rehabilitarle, y él escribe al Papa Inocencio: «El cuerpo habita en un punto del mundo, pero la caridad está en todas partes. Aunque separado por tantas tierras, estoy al lado de Vuestra Santidad. Por mi parte, os agradezco que aumentéis vuestro afecto hacia mí, puesto que es tan fuerte la tempestad. Entre el hambre, la guerra, el contagio, los asaltos continuos, la soledad sin fin, la espada de los bárbaros, es para mí el mayor de los consuelos el que Vuestra Santidad se acuerde de mí, me ame y me bendiga. Con semejante protección, iría sin pena al lugar más desolado de la tierra.»
Aquella actividad en torno a la vivienda del gran proscrito alarmó a la emperatriz; además, el pueblo de Constantinopla pedía a su obispo, y los juanistas se movían en todo el Oriente. A los tres años de destierro, Juan iba a ser trasladado a la costa oriental del mar Negro; pero sus fuerzas estaban agotadas. A causa de la fiebre, el viaje era lento. Habiendo llegado al pueblo de Coman, hizo que le introdujeran en una ermita que había junto al camino, y allí expiró pronunciando estas palabras: «Gloria a Dios por todas las cosas.»
(fuente: www.divvol.org)
jueves, 12 de septiembre de 2013
12 de septiembre: Beata María Luisa Angélica (Gertrude) Prósperi
«Mística benedictina, agraciada con experiencias sobrenaturales, padeció la incomprensión de uno de sus directores espirituales. Fue una gran abadesa que rigió santamente a la comunidad hasta el fin de sus días»
Madrid, 12 de septiembre de 2013 (Zenit.org) Hoy festividad del Santísimo Nombre de María, entre otros santos y beatos, se celebra la vida de Gertrude Prosperi. El 10 de noviembre de 2012 era elevada a los altares en la catedral de Spoleto. Desde 1232, ocasión en que la ciudad se vistió de gala para la canonización de san Antonio de Padua, no tenía lugar allí una ceremonia de tal solemnidad. El insondable amor a Dios y al prójimo compartido por el venerado capuchino y esta benedictina, junto a todos los que integran la vida santa tiene en cada caso su matiz, aunque existen siempre confluencias porque el itinerario espiritual está amasado de ofrenda y oración rodeando una cruz que invita a sumergirse en los brazos del Padre.
Gertrude era una italiana que vino al mundo en una familia de procedencia aristocrática, aunque económicamente no se hallara en su mejor momento. Vio la luz por vez primera en Fogliano, el 19 de agosto de 1799. Cuando a sus 20 años ingresó en el monasterio benedictino de Santa Lucía en Trevi estaba más que vinculada a la fe que le transmitieron sus padres. No llegó a cumplir ni tres décadas en él porque su destino, el que se labró con su heroica entrega en la vida religiosa, era el cielo. Su existencia culminó cuando tenía 47 años.
Casi desde que inició su andadura como consagrada, su trayectoria espiritual fue un compendio de experiencias místicas en medio de las cuales no faltaron las insidias del diablo. A ello se unió el juicio precipitado y erróneo de un director espiritual. Paralelamente gobernó con rigor y sabiduría la comunidad. Al incoarse el proceso de beatificación estuvieron presentes los pilares en los que sustentó su heroica vida. No fueron otros que la adoración del Santísimo Sacramento, la contemplación de Cristo crucificado, que le infundía plena confianza en su infinita misericordia y la certeza de que si seguía sus pasos obtendría la gracia de estar junto la Santísima Trinidad eternamente, así como con María, José y los bienaventurados.
El desenvolvimiento de este camino emprendido con plena conciencia, libertad y la voluntad de no volver la vista atrás fue sencillamente el propio de una persona consagrada que es fiel a Cristo en las pequeñas cosas de cada día. Ella desempeñó las misiones de enfermera, sacristana, camarlenga en cuatro ocasiones, y fue también instructora de huéspedes. No hay que dudar de su empeño para ejercitarlas con eficacia y hacerlo impregnándolas de caridad porque de otro modo no habría sido tan estimada por sus hermanas y por personas ajenas al monasterio, como fue el caso. Porque Gertrude era una mujer de intensa oración y animaba a todas a vivir con ese espíritu evangélico indicado por Cristo. Era sencilla, humilde y caritativa, prudente y cabal observante de la regla benedictina; amaba la pobreza y detestaba las alabanzas dirigidas a ella. Siempre elegía para sí lo que no era valorado por las demás. Gran asceta, con el fin de doblegar su cuerpo, había adoptado mortificaciones y severas disciplinas que eran usuales en la época. Nadie pudo sospechar inicialmente que convivían con una religiosa agraciada con tantos favores celestiales, ni el tormentoso acecho del diablo que padecía. Fue consciente de que los episodios que le acontecían de haber salido a la luz hubieran perturbado el ritmo de la comunidad.
En octubre de 1837 fue designada abadesa, misión encarnada con celo y fidelidad a las constituciones logrando en poco tiempo que las dificultades comunitarias diesen paso a una vital y fecunda convivencia entre todas, unidas por el amor y cumplimiento de la regla que habían heredado. Fue por esta época cuando uno de sus cuatro directores espirituales, Mons. Ignazio Giovanni Cadolini, arzobispo de Spoleto, le indicó que pusiese por escrito sus experiencias místicas. En una de las visiones que tuvo, Cristo advirtió a Gertrude de la procedencia de sus sufrimientos. El Redentor portaba la cruz cuando le dijo: «así es como te quiero, serás la vergüenza de todos. Te verás oprimida, y a pesar de ser acosada por los demonios, sufrirás por causa de los confesores. Desearán ayudarte, pero no podrán…». Pues bien, Mons. Cadolini durante cinco años juzgó que las visiones eran fruto de su orgullo, instigadas por el diablo. Le fue impuesta una pena y sufrió la incomprensión de la comunidad. Pero ella seguía viviendo cautiva de ese amor al Sacratísimo Corazón de Jesús. Y en los celestiales coloquios recibía grandes consuelos: «Aquí hija está tu hogar, aquí descansarás, pide lo que quieras, pon aquí todo corazón que yo lo aceptaré, los de los justos por amarme, los de los pecadores para convertirlos, los de los incrédulos para que puedan regresar a mi Iglesia». Entretanto, el demonio atentaba contra ella golpeándola con saña además de infligirle otros atentados varios.
En un momento dado, Mons. Cadolini quiso trasladarla a Ferrara, de cuya sede ya era cardenal, para que se integrase en una fundación que él quería poner en marcha. La salida del monasterio era costosa, pero la beata antepuso la obediencia, respondiendo: «Yo nada decido, sólo quiero lo que quiere Dios». Y se ve que Él quiso que permaneciera en Spoleto. Lo que sí culminó fue su relación con el prelado. El jesuita P. Paterniani, confesor y biógrafo suyo, ha narrado la extraordinaria vida de esta mujer que, aún enferma desde 1847, hallándose en su lecho dirigía a la comunidad y tenía bríos para alentarla en la observancia rigurosa del carisma que la congregaba. En la Semana Santa de ese año vivió la Pasión de Cristo como manifestó la novicia Pellegrini: «alrededor de la cabeza tiene como señales en forma de corona de espinas, cerca del corazón tiene una herida abierta y llena de sangre viva, apareció una señal sonrojada en el medio de las manos...». Tras una ligera mejoría, al llegar la Pascua Gertrude empeoró de nuevo aunque siguió rigiendo el monasterio hasta que falleció el 12 de septiembre de 1847.
(12 de septiembre de 2013) © Innovative Media Inc.
Madrid, 12 de septiembre de 2013 (Zenit.org) Hoy festividad del Santísimo Nombre de María, entre otros santos y beatos, se celebra la vida de Gertrude Prosperi. El 10 de noviembre de 2012 era elevada a los altares en la catedral de Spoleto. Desde 1232, ocasión en que la ciudad se vistió de gala para la canonización de san Antonio de Padua, no tenía lugar allí una ceremonia de tal solemnidad. El insondable amor a Dios y al prójimo compartido por el venerado capuchino y esta benedictina, junto a todos los que integran la vida santa tiene en cada caso su matiz, aunque existen siempre confluencias porque el itinerario espiritual está amasado de ofrenda y oración rodeando una cruz que invita a sumergirse en los brazos del Padre.
Gertrude era una italiana que vino al mundo en una familia de procedencia aristocrática, aunque económicamente no se hallara en su mejor momento. Vio la luz por vez primera en Fogliano, el 19 de agosto de 1799. Cuando a sus 20 años ingresó en el monasterio benedictino de Santa Lucía en Trevi estaba más que vinculada a la fe que le transmitieron sus padres. No llegó a cumplir ni tres décadas en él porque su destino, el que se labró con su heroica entrega en la vida religiosa, era el cielo. Su existencia culminó cuando tenía 47 años.
Casi desde que inició su andadura como consagrada, su trayectoria espiritual fue un compendio de experiencias místicas en medio de las cuales no faltaron las insidias del diablo. A ello se unió el juicio precipitado y erróneo de un director espiritual. Paralelamente gobernó con rigor y sabiduría la comunidad. Al incoarse el proceso de beatificación estuvieron presentes los pilares en los que sustentó su heroica vida. No fueron otros que la adoración del Santísimo Sacramento, la contemplación de Cristo crucificado, que le infundía plena confianza en su infinita misericordia y la certeza de que si seguía sus pasos obtendría la gracia de estar junto la Santísima Trinidad eternamente, así como con María, José y los bienaventurados.
El desenvolvimiento de este camino emprendido con plena conciencia, libertad y la voluntad de no volver la vista atrás fue sencillamente el propio de una persona consagrada que es fiel a Cristo en las pequeñas cosas de cada día. Ella desempeñó las misiones de enfermera, sacristana, camarlenga en cuatro ocasiones, y fue también instructora de huéspedes. No hay que dudar de su empeño para ejercitarlas con eficacia y hacerlo impregnándolas de caridad porque de otro modo no habría sido tan estimada por sus hermanas y por personas ajenas al monasterio, como fue el caso. Porque Gertrude era una mujer de intensa oración y animaba a todas a vivir con ese espíritu evangélico indicado por Cristo. Era sencilla, humilde y caritativa, prudente y cabal observante de la regla benedictina; amaba la pobreza y detestaba las alabanzas dirigidas a ella. Siempre elegía para sí lo que no era valorado por las demás. Gran asceta, con el fin de doblegar su cuerpo, había adoptado mortificaciones y severas disciplinas que eran usuales en la época. Nadie pudo sospechar inicialmente que convivían con una religiosa agraciada con tantos favores celestiales, ni el tormentoso acecho del diablo que padecía. Fue consciente de que los episodios que le acontecían de haber salido a la luz hubieran perturbado el ritmo de la comunidad.
En octubre de 1837 fue designada abadesa, misión encarnada con celo y fidelidad a las constituciones logrando en poco tiempo que las dificultades comunitarias diesen paso a una vital y fecunda convivencia entre todas, unidas por el amor y cumplimiento de la regla que habían heredado. Fue por esta época cuando uno de sus cuatro directores espirituales, Mons. Ignazio Giovanni Cadolini, arzobispo de Spoleto, le indicó que pusiese por escrito sus experiencias místicas. En una de las visiones que tuvo, Cristo advirtió a Gertrude de la procedencia de sus sufrimientos. El Redentor portaba la cruz cuando le dijo: «así es como te quiero, serás la vergüenza de todos. Te verás oprimida, y a pesar de ser acosada por los demonios, sufrirás por causa de los confesores. Desearán ayudarte, pero no podrán…». Pues bien, Mons. Cadolini durante cinco años juzgó que las visiones eran fruto de su orgullo, instigadas por el diablo. Le fue impuesta una pena y sufrió la incomprensión de la comunidad. Pero ella seguía viviendo cautiva de ese amor al Sacratísimo Corazón de Jesús. Y en los celestiales coloquios recibía grandes consuelos: «Aquí hija está tu hogar, aquí descansarás, pide lo que quieras, pon aquí todo corazón que yo lo aceptaré, los de los justos por amarme, los de los pecadores para convertirlos, los de los incrédulos para que puedan regresar a mi Iglesia». Entretanto, el demonio atentaba contra ella golpeándola con saña además de infligirle otros atentados varios.
En un momento dado, Mons. Cadolini quiso trasladarla a Ferrara, de cuya sede ya era cardenal, para que se integrase en una fundación que él quería poner en marcha. La salida del monasterio era costosa, pero la beata antepuso la obediencia, respondiendo: «Yo nada decido, sólo quiero lo que quiere Dios». Y se ve que Él quiso que permaneciera en Spoleto. Lo que sí culminó fue su relación con el prelado. El jesuita P. Paterniani, confesor y biógrafo suyo, ha narrado la extraordinaria vida de esta mujer que, aún enferma desde 1847, hallándose en su lecho dirigía a la comunidad y tenía bríos para alentarla en la observancia rigurosa del carisma que la congregaba. En la Semana Santa de ese año vivió la Pasión de Cristo como manifestó la novicia Pellegrini: «alrededor de la cabeza tiene como señales en forma de corona de espinas, cerca del corazón tiene una herida abierta y llena de sangre viva, apareció una señal sonrojada en el medio de las manos...». Tras una ligera mejoría, al llegar la Pascua Gertrude empeoró de nuevo aunque siguió rigiendo el monasterio hasta que falleció el 12 de septiembre de 1847.
(12 de septiembre de 2013) © Innovative Media Inc.
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