«Tras las huellas de santo Domingo de Guzmán, al que sucedió como maestro general de la Orden, este apóstol infatigable que evangelizó dentro y fuera de Europa, es considerado patrón de la obra de las vocaciones dominicanas»
Madrid, 13 de febrero de 2014 (Zenit.org)
Sería un error subestimar el juicio de las gentes sencillas cuando aclaman espontáneamente a una persona que refleja con su vida el Evangelio. El sentimiento popular no hace más que colocar en el candelero las virtudes que ratifican la autencidad de una entrega, esa que en numerosas ocasiones ha tenido en cuenta la Iglesia para encumbrar a los altares a los que el pueblo había canonizado previamente en su corazón. El olfato espiritual de los testigos contemporáneos de Jordán, que le hicieron acreedor de su veneración, era formidable. No hay más que examinar sus escritos para constatar su finura y sagacidad, la profundidad y capacidad de penetración mística que destilan. Gran parte de su existencia aparece ligada a la de santo Domingo, a quien sucedió como maestro general de la Orden. Pero este insigne teólogo alemán, como todos los que han dado respuesta a la llamada de Cristo, tuvo su particular trayectoria en el camino de la perfección. ¿Cómo llegó a la vida religiosa?, ¿qué factores influyeron en su decisión? Partía con multitud de prebendas humanas, pero tenía que conquistar el único tesoro: a Dios.
Había nacido en el castillo de Burgberg, Westfalia, hacia el año 1176, propiedad de su ilustre familia, los condes de Eberstein. Trasladado a París para cursar estudios cuando tenía alrededor de 30 años, el patrimonio vital y espiritual que llevaba consigo:«inteligencia viva, noble voluntad, corazón generoso y siempre dispuesto a la ayuda» fue significativo no solo en el camino que habría de tomar sino en sus estudios que le llevaron a convertirse en un afamado maestro en artes y bachiller en teología el año 1219. Justamente ese año, el fundador de los dominicos predicaba en el convento Saint-Jacques de París. Jordán pudo conversar con él en dos significativas ocasiones. Fue un momento propicio para su vida, absolutamente providencial, ya que su corazón andaba inquieto buscando la vía espiritual que debía seguir.
Dios escuchó sus súplicas y anhelos, y le respondió a través de Domingo que le explicó las características del carisma dominicano. Quedó seducido por sus palabras, y manifestó su deseo de ordenarse diácono. El fundador lo acogió con prudencia y respeto, cuidando con verdadero mimo esta pujante vocación. El paso definitivo del beato en su compromiso fue la prédica de Reinaldo de Orleáns en 1220, tras la cual ingresó en los dominicos abrazándose al ideal de pobreza y estudio del que se había enamorado. A partir de ese momento ya se le identifica en el capítulo general de la Orden, que tuvo lugar en Bolonia ese mismo año, dos meses más tarde de haber tomado el hábito. Allí le encomendaron la docencia de Sagradas Escrituras en París. Al año siguiente le responsabilizaron de la provincia de Lombardía. Es obvio que veían en él a un hombre íntegro, formado, piadoso, con rasgos dignos de confianza y signos de esperanza para el futuro de la fundación. Y de hecho, en 1222, tras la muerte de Domingo acaecida en agosto de 1221, pusieron bajo sus hombros la bellísima, y la par delicada misión, de seguir los pasos del fundador manteniendo vivo su carismacomo maestro general de la Orden.
Mientras se hallaba en Bolonia, ciudad en la que fundó el convento de santa Inés el año 1223, había instituido el rezo de la Salve Regina efectuado después de la oración de completas, que más tarde se haría extensivo a toda la Iglesia. La elección que había recaído sobre él fue ciertamente inspirada, porque con su fidelidad y amor al fundador dirigió la Orden «con sabiduría, equilibro y sagacidad poco comunes». La vivencia de la caridad, la alegría, la humildad, el amor al estudio, la unidad y colegialidad fueron algunos de sus rasgos característicos. Era un celoso defensor del Evangelio, apóstol infatigable que viajó incesantemente dentro y fuera de Europa. Los frutos de su apostolado se cuentan por un millar de vocaciones, muchas de ellas surgidas entre personas bien preparadas intelectualmente. Entre otros, se señala a san Alberto Magno. Es el primer biógrafo de santo Domingo de Guzmán, y promotor de su canonización. Es autor del Libellus, crónica sobre el origen de la Orden, de las Constituciones, de numerosas cartas, sermones y escritos de carácter doctrinal, además de comentarios al Apocalipsis y otros de carácter filosófico-teólogico; todo ello sin contar las obras que se perdieron. Fue un experto en el evangelio de san Lucas. Gregorio IX lo tuvo entre sus dilectos consejeros.
Mantuvo una importante correspondencia epistolar con religiosas de distintas órdenes. Es significativa la que dirigióa santa Inés de Bolonia, a santa Lutgarda de Aywières y a Diana de Andaló. Estas dos últimas fueron dirigidas por él. En una de sus cartas a Diana decía: «Quienes deseamos llegar a la inmortalidad futura, hemos de conformarnos de algún modo, ya en el presente, con aquella vida venidera, poner nuestros corazones en el poder de Dios y trabajar según nuestras posibilidades para afianzar en el Señor toda nuestra esperanza. De este modo imitaremos en lo posible a Dios en su estabilidad y quietud. Él es un refugio seguro que nunca falla y siempre permanece…». El Padre le llamó junto a sí al regreso de uno de sus múltiples viajes apostólicos. Justamente procedía de Tierra Santa, y se encaminaba a visitar a la comunidad de Nápoles, cuando el barco que lo traía naufragóen las costas de Siria frente a Ptolemaida (San Juan de Acre, actual Akko). Era el 13 de febrero de 1237. Junto a su vida, además de perderse la de 99 personas, murieron también otros dos frailes que le acompañaban. Sus restos, rescatados del mar, fueron enterrados en esa ciudad, siendo objeto de culto de forma inmediata, culto confirmado por el papa León XII el 10 de mayo de 1826. Desde 1955 es el patrón de la obra de las vocaciones dominicanas, determinado así por el capítulo general celebrado ese año.
(13 de febrero de 2014) © Innovative Media Inc.
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jueves, 13 de febrero de 2014
miércoles, 12 de febrero de 2014
12 de febrero: Beato Rizerio de Muccia
Sacerdote, discípulo de San Francisco, de la Primera Orden († 1236). Aprobó su culto Gregorio XVI el 14 de diciembre de 1838.
Nacido en Muccia, provincia de Macerata. Su vida está ligada en parte a la del Bto. Peregrino de Falerone: eran ambos de las Marcas, nobles y estudiantes en Bolonia, enviados a estudiar por sus padres para llegar a ser hombres de leyes, aptos para cumplir los oficios de jueces y de podestás.
Durante la permanencia en Bolonia Rizerio en compañía de Peregrino, el 5 de agosto de 1222 asistió a la llegada de San Francisco a la ciudad y bastaron su visita y su palabra evangélica para inducir a los dos jóvenes a seguirlo. A Peregrino, San Francisco le predijo una vida oculta y humilde, a Rizerio le señaló el oficio de servir a los hermanos, una expresión que en el lenguaje de San Francisco equivalía a regir y gobernar a los hermanos.
Un día se abatió sobre él una terrible prueba. Tomó la decisión de presentarse a San Francisco, no para comentarle su estado de ánimo, sino solamente para ver si la acogida que le reservaba era fraterna y gozosa o no. «Si Fray Francisco me muestra buena cara y me muestra familiaridad como de costumbre, creeré que Dios todavía tiene misericordia de mí; si lo contrario, será signo de que he sido abandonado de Dios». San Francisco, que en ese momento estaba enfermo en el palacio del obispo, iluminado por Dios sobre lo que estaba para suceder, envió a dos de sus compañeros, Fray León y Fray Maseo, al encuentro de Fray Rizerio, y en nombre de San Francisco oyó estas palabras: «Tú eres el más querido de los hermanos para fray Francisco»... Apenas oyó estas palabras, fue como si brillase una nueva luz en un cielo tempestuoso. San Francisco cuando lo tuvo cerca, aunque gravemente enfermo, lo abrazó tiernamente y le dijo: «Hijito mío carísimo, Fray Rizerio, entre todos los hermanos que hay en el mundo te amo de una manera singular». Le hizo la señal de la cruz en la frente y lo besó, diciéndole: «Hijito carísimo, esta tentación ha sido permitida por Dios para gran mérito y premio para ti». Rizerio se sintió libre, como quien se quita de sus espaldas un gran peso.
Los últimos años de su vida los pasó en Muccia, en el eremitorio situado en las faldas de los Apeninos, junto a la pequeña iglesia de Santiago Apóstol. Murió el 7 de febrero de 1236 y sepultado enla iglesita de Santiago.
Nacido en Muccia, provincia de Macerata. Su vida está ligada en parte a la del Bto. Peregrino de Falerone: eran ambos de las Marcas, nobles y estudiantes en Bolonia, enviados a estudiar por sus padres para llegar a ser hombres de leyes, aptos para cumplir los oficios de jueces y de podestás.
Durante la permanencia en Bolonia Rizerio en compañía de Peregrino, el 5 de agosto de 1222 asistió a la llegada de San Francisco a la ciudad y bastaron su visita y su palabra evangélica para inducir a los dos jóvenes a seguirlo. A Peregrino, San Francisco le predijo una vida oculta y humilde, a Rizerio le señaló el oficio de servir a los hermanos, una expresión que en el lenguaje de San Francisco equivalía a regir y gobernar a los hermanos.
Un día se abatió sobre él una terrible prueba. Tomó la decisión de presentarse a San Francisco, no para comentarle su estado de ánimo, sino solamente para ver si la acogida que le reservaba era fraterna y gozosa o no. «Si Fray Francisco me muestra buena cara y me muestra familiaridad como de costumbre, creeré que Dios todavía tiene misericordia de mí; si lo contrario, será signo de que he sido abandonado de Dios». San Francisco, que en ese momento estaba enfermo en el palacio del obispo, iluminado por Dios sobre lo que estaba para suceder, envió a dos de sus compañeros, Fray León y Fray Maseo, al encuentro de Fray Rizerio, y en nombre de San Francisco oyó estas palabras: «Tú eres el más querido de los hermanos para fray Francisco»... Apenas oyó estas palabras, fue como si brillase una nueva luz en un cielo tempestuoso. San Francisco cuando lo tuvo cerca, aunque gravemente enfermo, lo abrazó tiernamente y le dijo: «Hijito mío carísimo, Fray Rizerio, entre todos los hermanos que hay en el mundo te amo de una manera singular». Le hizo la señal de la cruz en la frente y lo besó, diciéndole: «Hijito carísimo, esta tentación ha sido permitida por Dios para gran mérito y premio para ti». Rizerio se sintió libre, como quien se quita de sus espaldas un gran peso.
Los últimos años de su vida los pasó en Muccia, en el eremitorio situado en las faldas de los Apeninos, junto a la pequeña iglesia de Santiago Apóstol. Murió el 7 de febrero de 1236 y sepultado enla iglesita de Santiago.
(fuente: www.franciscanos.org)
martes, 11 de febrero de 2014
11 de febrero: San Gregorio Papa
Papa
(† 731)
Las crónicas de su tiempo están llenas de olas de sangre y fragor de batallas: revoluciones en Constantinopla, guerras en Italia entre bizantinos y lombardos, flamear de estandartes invasores en África y en España, y lento agonizar de una dinastía entre los guerreros francos. En el cielo, la luna se enrojece; en el mar, al norte de Creta, hierven las aguas, saltan torrentes de cenizas y escorias inflamadas; el rugir del abismo repercute en las costas de Grecia, llega hasta Campania la lluvia de granos encendidos, y en el archipiélago aparece una nueva isla—Santorín—, famosa por sus vinos. Sombrío horizonte el del mundo cuando este animoso Pontífice empuña el timón de la barquilla de Pedro (715). «Era—dice el Libro Pontifical—hombre de palabra fácil y elegante, de alma fuerte y generosa, de vida pura y noble, de saber profundo en las ciencias sagradas.»
Vigorosa y sabiamente, Gregorio empieza a poner en aquel caos la luz de su bondad y su prudencia. Su bendición acompaña a los soldados de Carlos Martel en Poitiers, y les asegura la victoria. También él tiene sus soldados, predicadores pacíficos de la fe, que, obedeciendo sus órdenes, pasan el Rin y buscan en sus bosques a los germanos idólatras. «Los piadosos designios de tu celo inflamado—escribía a uno de los más ardientes apóstoles—exigen que te llamemos a secundarnos para la dispensación de la palabra divina, cuyo depósito está confiado a nuestro santo ministerio. En el nombre de la Trinidad invisible, por la autoridad suprema del bienaventurado Pedro, príncipe de los Apóstoles, cuyo magisterio doctrinal tenemos en la tierra, te enviamos a anunciar el reino de Dios a todas las naciones infieles en que logres penetrar.» Gregorio sigue a Bonifacio en su apostolado, se llena de alegría por sus éxitos, le alienta en sus fatigas, le sostiene en los momentos difíciles y deshace con sus cartas las dificultades que surgen en la misión. Las soluciones del Pontífice están siempre inspiradas por un espíritu de amplitud y generosidad. Hablando de los sacerdotes y obispos irregulares, modera el celo del misionero con este sabio consejo: «No te niegues a conversar con ellos, no dejes de admitirlos a tu mesa; pues sucede muchas veces que los espíritus rebeldes a las correcciones de la verdad se dejan cautivar por el encanto de un trato bondadoso.»
Gregorio II creía en el poder de la bondad y de la inocencia más que en el de los escuadrones, y gracias a él pudo salir vencedor de los más atroces enemigos. Italia era en su tiempo teatro de ambiciones y perfidias. El Papa se halla rodeado de duques lombardos, todavía salvajes; algo más lejos está el exarca de Ravena, lugarteniente imperial, noble patricio acostumbrado a todas las artes de la intriga, como buen bizantino; y más lejos todavía, el emperador de Constantinopla, León el Isáurico, un pobre demente con ínfulas de teólogo y humos de reformador. Todos ellos se odian cordialmente, pero llegan a juntarse para despojar al Pontífice. Amenazado por todas partes, «el vicario de Cristo permanece firme en la esperanza, despertando la admiración de los hombres». La limosna, la oración y el ayuno son las armas que emplea; y a ellas junta la palabra, su palabra de apóstol, de pastor y de padre, aquella palabra con la cual conmueve los corazones, santifica los pueblos, deshace las intrigas y quebranta las conjuras. Hoy le arrebatan los castillos y ciudades de la Santa Sede, mañana los expoliadores caen de rodillas delante de su víctima. Su majestad desarma la fiereza de los lombardos y triunfa de la perfidia griega. El rey Luitprando está a punto de realizar la unidad de Italia. El exarca bizantino es un juguete en sus manos; se ha cansado de él y le va a enviar a Constantinopla. De pronto, un hombre, un anciano, el Papa, sin armas, sin más escolta que un clérigo, portador de la cruz apostólica, se presenta delante de él para hablar el lenguaje de la justicia y la verdad. El conquistador parece como herido por un rayo. Deja su manto real, su daga y su corona y cae a los pies del Pontífice. Una vez más estaba salvado el dominio imperial en Italia.
«Gregorio—dice la crónica pontificia—recomendaba sin cesar la fidelidad al Imperio.» No obstante, el Imperio estaba entonces gobernado por el enemigo más terrible de los Papas. El Isáurico se ponía furioso al pensar en la gloria de Roma y en el prestigio de sus obispos. Muchas veces sus sicarios habían cruzado los umbrales de Letrán; siempre inútilmente, porque la dulzura arrancaba el puñal de sus manos. Ahora el emperador la había emprendido contra las estatuas. Gregorio no pudo ver más que el principio de este largo conflicto; pero tuvo tiempo para decir la verdad desnuda al teólogo coronado: «Has escandalizado a todo el mundo—le escribía—; has obrado como si estuvieras libre de la muerte; has degollado a los inocentes, has alborotado la Iglesia, y no sabiendo el abecé de la doctrina, te has querido erigir en doctor. Te hablo así, porque sólo mereces el lenguaje de los ignorantes.»
Las crónicas de su tiempo están llenas de olas de sangre y fragor de batallas: revoluciones en Constantinopla, guerras en Italia entre bizantinos y lombardos, flamear de estandartes invasores en África y en España, y lento agonizar de una dinastía entre los guerreros francos. En el cielo, la luna se enrojece; en el mar, al norte de Creta, hierven las aguas, saltan torrentes de cenizas y escorias inflamadas; el rugir del abismo repercute en las costas de Grecia, llega hasta Campania la lluvia de granos encendidos, y en el archipiélago aparece una nueva isla—Santorín—, famosa por sus vinos. Sombrío horizonte el del mundo cuando este animoso Pontífice empuña el timón de la barquilla de Pedro (715). «Era—dice el Libro Pontifical—hombre de palabra fácil y elegante, de alma fuerte y generosa, de vida pura y noble, de saber profundo en las ciencias sagradas.»
Vigorosa y sabiamente, Gregorio empieza a poner en aquel caos la luz de su bondad y su prudencia. Su bendición acompaña a los soldados de Carlos Martel en Poitiers, y les asegura la victoria. También él tiene sus soldados, predicadores pacíficos de la fe, que, obedeciendo sus órdenes, pasan el Rin y buscan en sus bosques a los germanos idólatras. «Los piadosos designios de tu celo inflamado—escribía a uno de los más ardientes apóstoles—exigen que te llamemos a secundarnos para la dispensación de la palabra divina, cuyo depósito está confiado a nuestro santo ministerio. En el nombre de la Trinidad invisible, por la autoridad suprema del bienaventurado Pedro, príncipe de los Apóstoles, cuyo magisterio doctrinal tenemos en la tierra, te enviamos a anunciar el reino de Dios a todas las naciones infieles en que logres penetrar.» Gregorio sigue a Bonifacio en su apostolado, se llena de alegría por sus éxitos, le alienta en sus fatigas, le sostiene en los momentos difíciles y deshace con sus cartas las dificultades que surgen en la misión. Las soluciones del Pontífice están siempre inspiradas por un espíritu de amplitud y generosidad. Hablando de los sacerdotes y obispos irregulares, modera el celo del misionero con este sabio consejo: «No te niegues a conversar con ellos, no dejes de admitirlos a tu mesa; pues sucede muchas veces que los espíritus rebeldes a las correcciones de la verdad se dejan cautivar por el encanto de un trato bondadoso.»
Gregorio II creía en el poder de la bondad y de la inocencia más que en el de los escuadrones, y gracias a él pudo salir vencedor de los más atroces enemigos. Italia era en su tiempo teatro de ambiciones y perfidias. El Papa se halla rodeado de duques lombardos, todavía salvajes; algo más lejos está el exarca de Ravena, lugarteniente imperial, noble patricio acostumbrado a todas las artes de la intriga, como buen bizantino; y más lejos todavía, el emperador de Constantinopla, León el Isáurico, un pobre demente con ínfulas de teólogo y humos de reformador. Todos ellos se odian cordialmente, pero llegan a juntarse para despojar al Pontífice. Amenazado por todas partes, «el vicario de Cristo permanece firme en la esperanza, despertando la admiración de los hombres». La limosna, la oración y el ayuno son las armas que emplea; y a ellas junta la palabra, su palabra de apóstol, de pastor y de padre, aquella palabra con la cual conmueve los corazones, santifica los pueblos, deshace las intrigas y quebranta las conjuras. Hoy le arrebatan los castillos y ciudades de la Santa Sede, mañana los expoliadores caen de rodillas delante de su víctima. Su majestad desarma la fiereza de los lombardos y triunfa de la perfidia griega. El rey Luitprando está a punto de realizar la unidad de Italia. El exarca bizantino es un juguete en sus manos; se ha cansado de él y le va a enviar a Constantinopla. De pronto, un hombre, un anciano, el Papa, sin armas, sin más escolta que un clérigo, portador de la cruz apostólica, se presenta delante de él para hablar el lenguaje de la justicia y la verdad. El conquistador parece como herido por un rayo. Deja su manto real, su daga y su corona y cae a los pies del Pontífice. Una vez más estaba salvado el dominio imperial en Italia.
«Gregorio—dice la crónica pontificia—recomendaba sin cesar la fidelidad al Imperio.» No obstante, el Imperio estaba entonces gobernado por el enemigo más terrible de los Papas. El Isáurico se ponía furioso al pensar en la gloria de Roma y en el prestigio de sus obispos. Muchas veces sus sicarios habían cruzado los umbrales de Letrán; siempre inútilmente, porque la dulzura arrancaba el puñal de sus manos. Ahora el emperador la había emprendido contra las estatuas. Gregorio no pudo ver más que el principio de este largo conflicto; pero tuvo tiempo para decir la verdad desnuda al teólogo coronado: «Has escandalizado a todo el mundo—le escribía—; has obrado como si estuvieras libre de la muerte; has degollado a los inocentes, has alborotado la Iglesia, y no sabiendo el abecé de la doctrina, te has querido erigir en doctor. Te hablo así, porque sólo mereces el lenguaje de los ignorantes.»
(fuente: www.divvol.org)
lunes, 10 de febrero de 2014
10 de febrero: Beata Eusebia Palomino Yenes
Eusebia Palomino Yenes vio la luz en el crepúsculo del siglo XIX – el 15 de diciembre de 1899 – en Cantalpino, pequeño pueblo de la provincia de Salamanca (España) en una familia tan rica de fe como escasa de medios económicos. Agustín, el padre, que todos recuerdan por su aspecto humilde, hombre de gran bondad y dulzura, trabaja como bracero temporal al servicio de los propietarios terratenientes de los alrededores y su madre Juana Yenes atiende la casa con los cuatro hijos.
Cuando en el invierno el campo reposa y el trabajo falta, el pan escasea. Entonces el padre se ve obligado a pedir ayuda a la caridad de otros pobres en los pueblos de la zona. Algunas veces lo acompaña la pequeña Eusebia de apenas siete años, que ignorante de lo que cuestan algunas humillaciones, disfruta con aquellas caminatas por los senderos del campo y alegremente corretea y salta junto a su padre que le hace admirar la belleza de la creación, y la luminosidad del paisaje de Castilla dándole algunas catequesis que le encantan. Cuando llegan a los pueblos, sonríe a las personas buenas que lo acogen y pide «un poco de pan por amor de Dios».
El primer encuentro con Jesús Eucaristía a la edad de ocho años da a la niña una sorprendente percepción del significado de pertenecer y de ofrecerse totalmente al Señor como don.
Muy pronto tiene que dejar la escuela para ayudar a la familia y después de haber dado prueba de una madurez precoz en cuidar - aún siendo niña – a niños de algunas familias del pueblo mientras los padres van a trabajar. A los doce años va a Salamanca con su hermana mayor y se pone a servir como niñera.
Los domingos por la tarde va al oratorio festivo de las Hijas de Maria Auxiliadora, allí conoce a las hermanas, que deciden pedirle su colaboración para ayudar a la comunidad. Eusebia acepta con mucho gusto y enseguida se pone manos a la obra: ayuda en la cocina, acarrea la leña, ayuda en la limpieza de la casa, tiende la ropa en el patio grande, va a acompañar al grupo de las estudiantes a la escuela estatal y hace los mandados en la ciudad.
El deseo secreto de Eusebia, de consagrarse por entero al Señor, enciende y nutre cada vez más sus actos y su oración. Dice: «Si cumplo con diligencia mis deberes tendré contenta a la Virgen Maria y podré un día ser su hija en el Instituto». No se atreve a pedirlo, por su pobreza y falta de instrucción, no se cree digna de tal gracia: porque piensa, ¡es una congregación tan grande!.
La Superiora visitadora, con la que ella se confía, la acoge con bondad materna y le asegura: «No te preocupes de nada» y con gusto decide admitirla en nombre de la Madre General.
El 5 de Agosto empieza el Noviciado en preparación a la profesión. Se alternan horas de estudio de oración y de trabajo que constituye la jornada de Eusebia que la hacen plenamente feliz. Después de dos años – 1924 – se consagra totalmente al Señor con los votos religiosos que la vinculan mucho más a él.
Es destinada a la casa de Valverde del Camino una pequeña ciudad que en aquella época cuenta con 9.000 habitantes, está situada al extremo sudoeste de España, en la zona minera de Andalucía en los confines con Portugal. Las niñas del colegio y del oratorio, en el primer encuentro se quedan mas bien desilusionadas, la Hermana nueva tiene un aspectos más bien insignificante, pequeña y pálida, no es bonita, con las manos gruesas y además un nombre feo.
A la mañana siguiente, la pequeña Hermana está ya en su lugar de trabajo: un trabajo variado que la ocupa en la cocina, en la portería, en la ropería, en el cuidado del pequeño huerto y en la asistencia a las niñas del oratorio festivo. Es feliz de “estar en la casa del Señor por todos los días de su vida”. Es esta la situación “real”, por la que se siente honrado su espíritu, que habita las esferas más altas del amor.
Las pequeñas se sienten pronto atraídas por las narraciones de hechos misioneros, vidas de santos, episodios de la devoción mariana, o anécdotas de Don Bosco, que recuerda gracias a una feliz memoria y sabe hacerlas atractivas por su convencimiento y su fe sencilla.
Todo en Sor Eusebia, refleja el amor de Dios y el fuerte deseo de hacerlo amar. Sus jornadas de trabajo son una transparencia continua y lo confirman sus temas predilectos de conversación: el amor de Jesús a todos los hombres que ha salvado con su Pasión. Las Llagas santas de Jesús son el libro que Sor Eusebia lee todos los días y del cual saca apuntes de didascalia a través de un sencillo “rosario” que aconseja a todos, también lo hace a través de las cartas, se hace apóstol de la devoción al Amor misericordioso según las revelaciones de Jesús a la religiosa lituana – hoy santa – Faustyna Kowalska, divulgadas en España por el Padre dominico Juan Arintero.
El otro “polo” de la piedad vivida y de la catequesis de Sor Eusebia es la “verdadera devoción mariana” de San Luis Maria Grignion de Montfort. Esta será el alma y el arma del apostolado de Sor Eusebia durante su breve existencia: los destinatarios serán las niñas, los jóvenes, las madres de familia, los seminaristas los sacerdotes. «Quizá no haya párroco en toda España – se dice en los procesos – que no haya recibido una carta de Sor Eusebia a propósito de la esclavitud mariana»
Cuando, a principio de los años 30, España se está preparando a la revolución por la rabia de los sin-Dios votados para el exterminio de la religión, Sor Eusebia no duda en llevar hasta el extremo aquel principio de “disponibilidad”, pronta literalmente, a despojarse de todo. Se ofrece al Señor como víctima para la salvación de España, para la libertad de la religión.
Dios acepta la víctima. En agosto de 1932 un mal improviso es el primer aviso. Después el asma que en diversos momentos ya la había molestado, ahora llega a niveles extremos de intolerancia, se agrava con otros males que van apareciendo y atentan contra su vida.
En este tiempo, visiones de sangre afligen a Sor Eusebia aún más que los dolores físicos. El 4 de octubre de 1934, mientras algunas hermanas rezaban con ella en el lugar del sacrificio, interrumpe y empalidece diciendo: «rezad mucho por Cataluña». Es el principio de la sublevación operaria de Asturias y de la catalana en Barcelona (4-15 octubre 1934) que se llamarán «anticipo revelador». Visión de sangre también para su querida directora Sor Carmen Moreno Benítez, que será fusilada con otra hermana el 6 de septiembre de 1936: actualmente ha sido declarada beata, después del reconocimiento del martirio.
En tanto la enfermedad de Sor Eusebia se agrava: el médico que la asiste admite de no saber definir la enfermedad que, unida al asma le acartona todos los miembros convirtiéndola en un ovillo. Quien la visita siente la fuerza moral y la luz de santidad que irradian aquellos pobres miembros doloridos, dejando absolutamente intacta la lucidez del pensamiento, la delicadeza de los sentimientos y la gentileza del trato. A las hermanas que la asisten les promete: «Daré mis vueltecitas».
En el corazón de la noche entre el 9 y el 10 de febrero de 1935 Sor Eusebia parece dormir serenamente. Durante todo el día los restos mortales adornados con muchísimas flores, son visitados por toda la población de Valverde.
Todos repiten la misma expresión: «Ha muerto una santa»
(fuente: www.vatican.va)
Cuando en el invierno el campo reposa y el trabajo falta, el pan escasea. Entonces el padre se ve obligado a pedir ayuda a la caridad de otros pobres en los pueblos de la zona. Algunas veces lo acompaña la pequeña Eusebia de apenas siete años, que ignorante de lo que cuestan algunas humillaciones, disfruta con aquellas caminatas por los senderos del campo y alegremente corretea y salta junto a su padre que le hace admirar la belleza de la creación, y la luminosidad del paisaje de Castilla dándole algunas catequesis que le encantan. Cuando llegan a los pueblos, sonríe a las personas buenas que lo acogen y pide «un poco de pan por amor de Dios».
El primer encuentro con Jesús Eucaristía a la edad de ocho años da a la niña una sorprendente percepción del significado de pertenecer y de ofrecerse totalmente al Señor como don.
Muy pronto tiene que dejar la escuela para ayudar a la familia y después de haber dado prueba de una madurez precoz en cuidar - aún siendo niña – a niños de algunas familias del pueblo mientras los padres van a trabajar. A los doce años va a Salamanca con su hermana mayor y se pone a servir como niñera.
Los domingos por la tarde va al oratorio festivo de las Hijas de Maria Auxiliadora, allí conoce a las hermanas, que deciden pedirle su colaboración para ayudar a la comunidad. Eusebia acepta con mucho gusto y enseguida se pone manos a la obra: ayuda en la cocina, acarrea la leña, ayuda en la limpieza de la casa, tiende la ropa en el patio grande, va a acompañar al grupo de las estudiantes a la escuela estatal y hace los mandados en la ciudad.
El deseo secreto de Eusebia, de consagrarse por entero al Señor, enciende y nutre cada vez más sus actos y su oración. Dice: «Si cumplo con diligencia mis deberes tendré contenta a la Virgen Maria y podré un día ser su hija en el Instituto». No se atreve a pedirlo, por su pobreza y falta de instrucción, no se cree digna de tal gracia: porque piensa, ¡es una congregación tan grande!.
La Superiora visitadora, con la que ella se confía, la acoge con bondad materna y le asegura: «No te preocupes de nada» y con gusto decide admitirla en nombre de la Madre General.
El 5 de Agosto empieza el Noviciado en preparación a la profesión. Se alternan horas de estudio de oración y de trabajo que constituye la jornada de Eusebia que la hacen plenamente feliz. Después de dos años – 1924 – se consagra totalmente al Señor con los votos religiosos que la vinculan mucho más a él.
Es destinada a la casa de Valverde del Camino una pequeña ciudad que en aquella época cuenta con 9.000 habitantes, está situada al extremo sudoeste de España, en la zona minera de Andalucía en los confines con Portugal. Las niñas del colegio y del oratorio, en el primer encuentro se quedan mas bien desilusionadas, la Hermana nueva tiene un aspectos más bien insignificante, pequeña y pálida, no es bonita, con las manos gruesas y además un nombre feo.
A la mañana siguiente, la pequeña Hermana está ya en su lugar de trabajo: un trabajo variado que la ocupa en la cocina, en la portería, en la ropería, en el cuidado del pequeño huerto y en la asistencia a las niñas del oratorio festivo. Es feliz de “estar en la casa del Señor por todos los días de su vida”. Es esta la situación “real”, por la que se siente honrado su espíritu, que habita las esferas más altas del amor.
Las pequeñas se sienten pronto atraídas por las narraciones de hechos misioneros, vidas de santos, episodios de la devoción mariana, o anécdotas de Don Bosco, que recuerda gracias a una feliz memoria y sabe hacerlas atractivas por su convencimiento y su fe sencilla.
Todo en Sor Eusebia, refleja el amor de Dios y el fuerte deseo de hacerlo amar. Sus jornadas de trabajo son una transparencia continua y lo confirman sus temas predilectos de conversación: el amor de Jesús a todos los hombres que ha salvado con su Pasión. Las Llagas santas de Jesús son el libro que Sor Eusebia lee todos los días y del cual saca apuntes de didascalia a través de un sencillo “rosario” que aconseja a todos, también lo hace a través de las cartas, se hace apóstol de la devoción al Amor misericordioso según las revelaciones de Jesús a la religiosa lituana – hoy santa – Faustyna Kowalska, divulgadas en España por el Padre dominico Juan Arintero.
El otro “polo” de la piedad vivida y de la catequesis de Sor Eusebia es la “verdadera devoción mariana” de San Luis Maria Grignion de Montfort. Esta será el alma y el arma del apostolado de Sor Eusebia durante su breve existencia: los destinatarios serán las niñas, los jóvenes, las madres de familia, los seminaristas los sacerdotes. «Quizá no haya párroco en toda España – se dice en los procesos – que no haya recibido una carta de Sor Eusebia a propósito de la esclavitud mariana»
Cuando, a principio de los años 30, España se está preparando a la revolución por la rabia de los sin-Dios votados para el exterminio de la religión, Sor Eusebia no duda en llevar hasta el extremo aquel principio de “disponibilidad”, pronta literalmente, a despojarse de todo. Se ofrece al Señor como víctima para la salvación de España, para la libertad de la religión.
Dios acepta la víctima. En agosto de 1932 un mal improviso es el primer aviso. Después el asma que en diversos momentos ya la había molestado, ahora llega a niveles extremos de intolerancia, se agrava con otros males que van apareciendo y atentan contra su vida.
En este tiempo, visiones de sangre afligen a Sor Eusebia aún más que los dolores físicos. El 4 de octubre de 1934, mientras algunas hermanas rezaban con ella en el lugar del sacrificio, interrumpe y empalidece diciendo: «rezad mucho por Cataluña». Es el principio de la sublevación operaria de Asturias y de la catalana en Barcelona (4-15 octubre 1934) que se llamarán «anticipo revelador». Visión de sangre también para su querida directora Sor Carmen Moreno Benítez, que será fusilada con otra hermana el 6 de septiembre de 1936: actualmente ha sido declarada beata, después del reconocimiento del martirio.
En tanto la enfermedad de Sor Eusebia se agrava: el médico que la asiste admite de no saber definir la enfermedad que, unida al asma le acartona todos los miembros convirtiéndola en un ovillo. Quien la visita siente la fuerza moral y la luz de santidad que irradian aquellos pobres miembros doloridos, dejando absolutamente intacta la lucidez del pensamiento, la delicadeza de los sentimientos y la gentileza del trato. A las hermanas que la asisten les promete: «Daré mis vueltecitas».
En el corazón de la noche entre el 9 y el 10 de febrero de 1935 Sor Eusebia parece dormir serenamente. Durante todo el día los restos mortales adornados con muchísimas flores, son visitados por toda la población de Valverde.
Todos repiten la misma expresión: «Ha muerto una santa»
(fuente: www.vatican.va)
domingo, 9 de febrero de 2014
09 de febrero: Beata Anna Catalina Emmerick
Anna Katharina Emmerick nació a los 8 de setiembre de 1774 en los aldeanos de Flamschen cerca de la ciudad de Coesfeld. Se crió en unión de 9 hermanos. Desde niñez tenía que ayudar en la casa y en trabajo de campo. Su asistencia escolar era corta. Tanto más llamó la atención a que ella estaba bien instruida en cosas religiosas. Ya a una edad temprana los padres y todos que conocían a Anna Katharina se daban cuenta de que ésta se sentía atraída a la oración y a la vida religiosa en una forma extraordinaria.
Tres años pasó Anna Katharina en una casa grande campesina en la vecindad haciendo servicio. A continuación aprendió coser y estuvo en Coesfeld por la mejor formación. Le gustaba visitar las iglesias antiguas de Coesfeld y asistir a la misa. Muchas veces salía a sólo para rezar el gran vía crucis.
Anna Katharina abrigaba el anhelo de entrar en un convento. Por no poder hacerse realizar este deseo inmediatamente, volvió a su casa paternal. Trabajaba de costurera y por esta ocupación entró en muchos hogares.
Anna Katharina acudió a varios conventos pidiendo ser recibida. Mas bien fue rechazada por no poder traer el dote necesario. Finalmente las monjas clarisas de Münster estaban de acuerdo de aceptarla, si aprendiera tocar el órgano. Sus padres le permitieron ir al organista Söntgen in Coesfeld, para aprender tocar el órgano. Pero no llegó a tener la posibilidad de aprender tocar el órgano. La necesidad y la pobreza en ese hogar le movían trabajar con los familiares en este hogar. Hasta entregó lo poco que había ahorrado, para ayudar a la familia Söntgen.
Por fin en 1802 ella pudo entrar en el convento de Agnetenberg de Dülmen junto con su amiga Klara Söntgen. El año siguiente hizo el voto monástico. Con ahínco participó en la vida de la comunidad. Siempre estaba dispuesta a aceptar también labores difíciles y no apreciadas. Al principio fue estimada poco por su origen humilde en el convento. Algunas cohermanas se escandalizaron de ella, porque observaba estrictamente la regla, y la tenían por una hipócrita. Anna Katharina soportó esta aflicción sin quejarse y con espíritu de entrega callada.
En los años de 1802 hasta 1811 Anna Katharina se enfermó con más frecuencia y tenía que padecer dolores grandes.
1811 el convento de Agnetenburg fue levantado en consecuencia de la secularización. También Anna Katharina tenía que abandonar el convento. Un sacerdote refugiado de Francia, el Abbé Lambert, que vivía en Dülmen, la recibió como ama de casa. Pero poco después se enfermó. Ya no podía salir de la casa y se metió en cama. En acuerdo con el vicario Lambert ella hizo venir a su hermana menor Gertrud, que bajo su dirección cuidaba a la casa.
En este tiempo recibió Anna Katharina Emmerick los estigmas. Los dolores de los estigmas los había sufrido ya desde hace mucho tiempo. El hecho, de que llevaba los estigmas, no podía quedarse occulto. El dr. Franz Wesener, un joven médico, la visitó y estuvo tan impresionado de ella, que en los siguientes 11 años este se convirtió en un amigo fiel, desprendido y auxiliante de ella. Sobre sus encuentros con Anna Katharina Emmerick él ha llevado un diario, en que ha conservado una plenitud de detalles.
Un rasgo característico en la vida de Anna Katharina era su amor hacia los hombres. Dondequiera veía necesidad, intentó ayudar. Hasta postrada en la cama confeccionó todavía vestidos para niños indigentes y se alegró, si pudiese ayudarles con esto. A pesar de que a veces le podían estar pesados los numerosos visitantes, los acogió amablemente a todos.
Se recordó de las intenciones de esos en las oraciones, animándoles y consolándoles.
Muchos personajes, que en el movimiento eclesiástico de renovación al principio del siglo 19 eran de importancia, buscaban el encuentro con Anna Katharina Emmerick, entre otros: Clemens August, barón de Droste zu Vischering, Bernhard Overberg, Friedrich Leopold von Stolberg, Johann Michael Sailer, Christian y Clemens Brentano, Luise Hensel, Melchior y Apollonia Diepenbrock.
Una importancia especial la alcanzó el encuentro con Clemens Brentano. De su primera visita en 1818 surgió una permanencia de 5 años en Dülmen. Cada día visitó a Anna Katharina, para apuntar sus visiones, que publicó más tarde.
En el verano de 1823 Anna Katharina se debilitó más y más. Como en años anteriores unió sus sufrimientos con los sufrimientos de Jesús, ofreciéndolos para la salvación de los hombres. Falleció a los 9 de febrero de 1824.
Anna Katharina Emmerick fue sepultado en el cementerio de Dülmen. Mucha gente asistió al entierro. Por haber surgido el rumor de que se habían robado los restos mortales de Anna Katharina, la tumba fue reabierta dos veces en las siguientes semanas después del sepelio. El cajón con el cadáver fue encontrado en perfecto estado.
Clemens Brentano escribe de Anna Katharina Emmerick: «Ella está parada como una cruz en el lado de camino». Anna Katharina nos señala hacia el centro de nuestra fe cristiana, el misterio de la cruz.
La vida de Anna Katharina Emmerick está caracterizada por una profunda unión con Cristo. Le gustaba rezar ante el famoso crucifijo de Coesfeld. Muchas veces recorrió rezando el gran vía crucis. Personalmente ella tenía tanta participación en la pasión del Señor, que no sea ninguna exageración de decir: Ella vivió, sufrió y murió con Cristo. Un signo exterior para esto, que a la vez es más que una señal externa, son los estigmas que llevaba.
Anna Katharina Emmerick era una veneradora ardiente de la Virgen María. La festividad del nacimiento de María fue también su cumpleaños. La palabra en una oración mariana nos muestra otro aspecto en la vida de Anna Katharina. En esa oración se dice: «O Dios, haznos servir a la obra de la salvación según el modelo de la fe y del amor de María». Servir a la obra de la salvación: Esto es, lo que quería Anna Katharina.
En la carta a los Colosenses el apóstol San Pablo habla de dos formas del servicio en favor del evangelio, del servicio para la salvación. La primera forma consiste en la anunciación activa de la palabra y del hecho. Pero qué ocurre, si eso ya no es posible? Pablo que aparentemente se encontró en tal situación, escribe: «Ahora me alegro de mis padecimientos por vosotros, y suplo en mi carne lo que falta a las tribulaciones de Cristo por su cuerpo, que es la Iglesia» (Col 1, 24).
En ambas formas Anna Katharina sirvió a la salvación. Su palabra que salió de su habitación sencilla de Dülmen y por medio de los escritos de Clemens Brentano alcanzó a numerosos hombres en muchas lenguas, es una anunciación eminente del evangelio en el servicio en favor de la salvación hasta en los días modernos. A la vez Anna Katharina Emmerick consideró sus sufrimientos como un servicio en favor de la salvación. El dr. Wesener, el médico de ella, relata en el diario la pretensión de ella: «Siempre me he pedido a Dios como un don especial, que yo sufra y haga satisfacción, en cuanto es posible, para aquellos, que se hayan desviado del camino por error o por debilidad». Se relata, que Anna Katharina Emmerick había dado ayuda de fe y consuelo a muchos de sus visitantes. Su palabra contenía poder, porque ella había entregado sus padecimientos y su vida al servicio de la salvación.
Servir a la obra de la salvación por medio de la fe y del amor: Anna Katharina Emmerick nos puede ser a nosotros un modelo en esto.
El dr. Wesener nos relata el dicho de Anna Katharina Emmerick: «El servicio en favor del prójimo lo he tenido siempre por la mayor virtud. Ya en mi juventud más temprana pedí a Dios darme la fuerza de servir a mis semejantes y de serles útil. Y ahora sé, que ha cumplido mi súplica». Cómo era posible, que ella, que durante años postrada en la cama no podía salir de su cuarto, sirviese a los prójimos?
En una carta dirigida al conde Stolberg el entonces vicario general de Münster, Clemens August Droste zu Vischering, la llama a Anna Katharina Emmerick una amiga especial de Dios. Con una palabra de Hans Urs von Balthasar podemos decir: «Ella echó su amistad con Dios en el platillo de la balanza por la solidaridad con los hombres».
Echar la amistad con Dios en el platillo de la balanza por la solidaridad con los hombres: No se manifiesta aquí un deseo para la vida eclesiástica del tiempo actual? La fe cristiana ya no abarca a todos. En el mundo la comunidad cristiana está teniendo una función suplente para los hombres ante Dios. Debemos echar nuestra amistad con Dios en el platillo de la balanza por la solidaridad con los hombres.
Anna Katharina Emmerick nos está unida en la comunidad de los creyentes. Esta comunidad no termina con la muerte. Nosotros creemos en la comunidad permanente con todos, que Dios ha llevado a la perfección. Más allá de la muerte estamos unidos con ellos, y ellos tienen parte en nuestra vida. Nosotros podemos invocarles y pedirles por su intercesión. Rogamos a Anna Katharina Emmerick, la nueva beata, que eche su amistad con Dios en la balanza por la solidaridad con nosotros y con todos los seres humanos.
(fuente: www.vatican.va)
Tres años pasó Anna Katharina en una casa grande campesina en la vecindad haciendo servicio. A continuación aprendió coser y estuvo en Coesfeld por la mejor formación. Le gustaba visitar las iglesias antiguas de Coesfeld y asistir a la misa. Muchas veces salía a sólo para rezar el gran vía crucis.
Anna Katharina abrigaba el anhelo de entrar en un convento. Por no poder hacerse realizar este deseo inmediatamente, volvió a su casa paternal. Trabajaba de costurera y por esta ocupación entró en muchos hogares.
Anna Katharina acudió a varios conventos pidiendo ser recibida. Mas bien fue rechazada por no poder traer el dote necesario. Finalmente las monjas clarisas de Münster estaban de acuerdo de aceptarla, si aprendiera tocar el órgano. Sus padres le permitieron ir al organista Söntgen in Coesfeld, para aprender tocar el órgano. Pero no llegó a tener la posibilidad de aprender tocar el órgano. La necesidad y la pobreza en ese hogar le movían trabajar con los familiares en este hogar. Hasta entregó lo poco que había ahorrado, para ayudar a la familia Söntgen.
Por fin en 1802 ella pudo entrar en el convento de Agnetenberg de Dülmen junto con su amiga Klara Söntgen. El año siguiente hizo el voto monástico. Con ahínco participó en la vida de la comunidad. Siempre estaba dispuesta a aceptar también labores difíciles y no apreciadas. Al principio fue estimada poco por su origen humilde en el convento. Algunas cohermanas se escandalizaron de ella, porque observaba estrictamente la regla, y la tenían por una hipócrita. Anna Katharina soportó esta aflicción sin quejarse y con espíritu de entrega callada.
En los años de 1802 hasta 1811 Anna Katharina se enfermó con más frecuencia y tenía que padecer dolores grandes.
1811 el convento de Agnetenburg fue levantado en consecuencia de la secularización. También Anna Katharina tenía que abandonar el convento. Un sacerdote refugiado de Francia, el Abbé Lambert, que vivía en Dülmen, la recibió como ama de casa. Pero poco después se enfermó. Ya no podía salir de la casa y se metió en cama. En acuerdo con el vicario Lambert ella hizo venir a su hermana menor Gertrud, que bajo su dirección cuidaba a la casa.
En este tiempo recibió Anna Katharina Emmerick los estigmas. Los dolores de los estigmas los había sufrido ya desde hace mucho tiempo. El hecho, de que llevaba los estigmas, no podía quedarse occulto. El dr. Franz Wesener, un joven médico, la visitó y estuvo tan impresionado de ella, que en los siguientes 11 años este se convirtió en un amigo fiel, desprendido y auxiliante de ella. Sobre sus encuentros con Anna Katharina Emmerick él ha llevado un diario, en que ha conservado una plenitud de detalles.
Un rasgo característico en la vida de Anna Katharina era su amor hacia los hombres. Dondequiera veía necesidad, intentó ayudar. Hasta postrada en la cama confeccionó todavía vestidos para niños indigentes y se alegró, si pudiese ayudarles con esto. A pesar de que a veces le podían estar pesados los numerosos visitantes, los acogió amablemente a todos.
Se recordó de las intenciones de esos en las oraciones, animándoles y consolándoles.
Muchos personajes, que en el movimiento eclesiástico de renovación al principio del siglo 19 eran de importancia, buscaban el encuentro con Anna Katharina Emmerick, entre otros: Clemens August, barón de Droste zu Vischering, Bernhard Overberg, Friedrich Leopold von Stolberg, Johann Michael Sailer, Christian y Clemens Brentano, Luise Hensel, Melchior y Apollonia Diepenbrock.
Una importancia especial la alcanzó el encuentro con Clemens Brentano. De su primera visita en 1818 surgió una permanencia de 5 años en Dülmen. Cada día visitó a Anna Katharina, para apuntar sus visiones, que publicó más tarde.
En el verano de 1823 Anna Katharina se debilitó más y más. Como en años anteriores unió sus sufrimientos con los sufrimientos de Jesús, ofreciéndolos para la salvación de los hombres. Falleció a los 9 de febrero de 1824.
Anna Katharina Emmerick fue sepultado en el cementerio de Dülmen. Mucha gente asistió al entierro. Por haber surgido el rumor de que se habían robado los restos mortales de Anna Katharina, la tumba fue reabierta dos veces en las siguientes semanas después del sepelio. El cajón con el cadáver fue encontrado en perfecto estado.
Clemens Brentano escribe de Anna Katharina Emmerick: «Ella está parada como una cruz en el lado de camino». Anna Katharina nos señala hacia el centro de nuestra fe cristiana, el misterio de la cruz.
La vida de Anna Katharina Emmerick está caracterizada por una profunda unión con Cristo. Le gustaba rezar ante el famoso crucifijo de Coesfeld. Muchas veces recorrió rezando el gran vía crucis. Personalmente ella tenía tanta participación en la pasión del Señor, que no sea ninguna exageración de decir: Ella vivió, sufrió y murió con Cristo. Un signo exterior para esto, que a la vez es más que una señal externa, son los estigmas que llevaba.
Anna Katharina Emmerick era una veneradora ardiente de la Virgen María. La festividad del nacimiento de María fue también su cumpleaños. La palabra en una oración mariana nos muestra otro aspecto en la vida de Anna Katharina. En esa oración se dice: «O Dios, haznos servir a la obra de la salvación según el modelo de la fe y del amor de María». Servir a la obra de la salvación: Esto es, lo que quería Anna Katharina.
En la carta a los Colosenses el apóstol San Pablo habla de dos formas del servicio en favor del evangelio, del servicio para la salvación. La primera forma consiste en la anunciación activa de la palabra y del hecho. Pero qué ocurre, si eso ya no es posible? Pablo que aparentemente se encontró en tal situación, escribe: «Ahora me alegro de mis padecimientos por vosotros, y suplo en mi carne lo que falta a las tribulaciones de Cristo por su cuerpo, que es la Iglesia» (Col 1, 24).
En ambas formas Anna Katharina sirvió a la salvación. Su palabra que salió de su habitación sencilla de Dülmen y por medio de los escritos de Clemens Brentano alcanzó a numerosos hombres en muchas lenguas, es una anunciación eminente del evangelio en el servicio en favor de la salvación hasta en los días modernos. A la vez Anna Katharina Emmerick consideró sus sufrimientos como un servicio en favor de la salvación. El dr. Wesener, el médico de ella, relata en el diario la pretensión de ella: «Siempre me he pedido a Dios como un don especial, que yo sufra y haga satisfacción, en cuanto es posible, para aquellos, que se hayan desviado del camino por error o por debilidad». Se relata, que Anna Katharina Emmerick había dado ayuda de fe y consuelo a muchos de sus visitantes. Su palabra contenía poder, porque ella había entregado sus padecimientos y su vida al servicio de la salvación.
Servir a la obra de la salvación por medio de la fe y del amor: Anna Katharina Emmerick nos puede ser a nosotros un modelo en esto.
El dr. Wesener nos relata el dicho de Anna Katharina Emmerick: «El servicio en favor del prójimo lo he tenido siempre por la mayor virtud. Ya en mi juventud más temprana pedí a Dios darme la fuerza de servir a mis semejantes y de serles útil. Y ahora sé, que ha cumplido mi súplica». Cómo era posible, que ella, que durante años postrada en la cama no podía salir de su cuarto, sirviese a los prójimos?
En una carta dirigida al conde Stolberg el entonces vicario general de Münster, Clemens August Droste zu Vischering, la llama a Anna Katharina Emmerick una amiga especial de Dios. Con una palabra de Hans Urs von Balthasar podemos decir: «Ella echó su amistad con Dios en el platillo de la balanza por la solidaridad con los hombres».
Echar la amistad con Dios en el platillo de la balanza por la solidaridad con los hombres: No se manifiesta aquí un deseo para la vida eclesiástica del tiempo actual? La fe cristiana ya no abarca a todos. En el mundo la comunidad cristiana está teniendo una función suplente para los hombres ante Dios. Debemos echar nuestra amistad con Dios en el platillo de la balanza por la solidaridad con los hombres.
Anna Katharina Emmerick nos está unida en la comunidad de los creyentes. Esta comunidad no termina con la muerte. Nosotros creemos en la comunidad permanente con todos, que Dios ha llevado a la perfección. Más allá de la muerte estamos unidos con ellos, y ellos tienen parte en nuestra vida. Nosotros podemos invocarles y pedirles por su intercesión. Rogamos a Anna Katharina Emmerick, la nueva beata, que eche su amistad con Dios en la balanza por la solidaridad con nosotros y con todos los seres humanos.
(fuente: www.vatican.va)
09 de febrero: San Miguel Febres Cordero
En 1863 los Hermanos de las Escuelas Cristianas abren una escuela en Cuenca (Ecuador). Entre los primeros alumnos figura Francisco Febres Cordero, nacido el 7 de noviembre de 1854. La educación cristiana comenzada en la familia recibe en la escuela nuevo impulso y desarrollo, gracias sobre todo a la lección de catecismo y al ejemplo de los educadores, y así vemos cómo la estrella de la vocación lasaliana no tarda en despuntar en el espíritu abierto del joven ecuatoriano. La oposición que encuentra por parte de sus padres, que quisieran encaminarlo hacia el sacerdocio, no le desalienta. Francisco, que desde sus más tiernos años acostumbra confiar a la Virgen todas sus cuitas, encuentra en Ella la fuerza para seguir adelante en su propósito. Finalmente, el 24 de marzo de 1868, obtiene de su madre la autorización para ingresar en el noviciado de los Hermanos: es la víspera de la fiesta de la Anunciación. Al revestir el hábito lasaliano, Francisco recibe el nombre de Hermano Miguel.
Con ello no cesa sin embargo la lucha por la fidelidad a su vocación. El padre de Francisco, aun habiendo aceptado la decisión de su esposa, no escribe a su hijo una sola línea en cinco años. Entre tanto, el Hermano Miguel inicia su apostolado en las escuelas lasalianas de Quito. El joven profesor sobresale en la enseñanza de la lengua y literatura españolas y, ante la carencia de manuales y libros de texto apropiados, se decide a componerlos él mismo. El gobierno ecuatoriano no tardará en adoptarlos para todas las escuelas del país. Con el correr de los años el Hermano Miguel dará a la imprenta otras obras, sobre todo del campo de la lírica y de la filología, las cuales le abrirán las puertas de la Academia Nacional. Compondrá también catecismos para la infancia, siendo la catequesis el campo preferido de su actividad apostólica. De modo especial, reclamará y obtendrá siempre para sí el privilegio de preparar a los niños a la Primera Comunión, dedicándose a esta delicada labor hasta 1907, fecha de su viaje a Europa. Este asiduo contacto con los niños contribuirá a forjar una de las características más notables de su espiritualidad: la sencillez evangélica: «Sed sencillos como palomas». «Si no os hacéis como parvulitos no entraréis en el reino de los cielos». De esa sencillez será expresión su tierna devoción al Niño Jesús. Con la sencillez evangélica brillan también en él las virtudes propias de la vida religiosa: la pobreza, la pureza, la obediencia. Sobre todas ellas resplandece la caridad, que se nutre en la piedad eucarística y en la devoción a la Virgen. Una evidencia se impone pronto a sus contemporáneos: «El Hermano Miguel es un santo».
Su santidad irradiará también en el viejo continente. En 1904, como consecuencia, en Francia, de las leyes hostiles a las congregaciones religiosas, muchos Hermanos de La Salle, no pudiendo ejercer su apostolado en su propio país, deciden expatriarse. Numerosos son los que optan por España y los países de América latina. La necesidad de procurar a esos valerosos lasalianos el conocimiento indispensable de la lengua castellana, mueve a los Superiores a trasladar al Hermano Miguel a Europa para que pueda dedicarse a la composición de textos apropiados para un estudio acelerado de dicho idioma. Tras unos meses de estancia en París, el Hermano Miguel se traslada a la Casa Generalicia de los Hermanos en Lembecq-lez-Hal (Bélgica).
Enteramente dedicado a su nueva tarea, su virtud no deja de irradiarse en su nuevo ambiente. Pero el clima belga, tan diferente del de su propio país, no le favorece, y los Superiores juzgan conveniente trasladarlo a España, asignándole como residencia el Centro internacional lasaliano de Premiá de Mar, en la provincia de Barcelona. Los jóvenes formandos admiran la cultura y la sencillez del Hermano Miguel no menos que su gran amor de Dios.
En el mes de julio de 1909 ráfagas de viento revolucionario llegan hasta Premiá de Mar y poco después sobreviene la "Semana Trágica". Ante la frecuencia de actos de violencia anticlerical, los Superiores se ven precisados a trasladar a Barcelona a formandos y formadores hallándoles un refugio en el embarcadero del puerto y luego en el colegio N.S. de la "Bonanova". En esos momentos trágicos el Hermano Miguel se hace custodio de las formas consagradas de la capilla de Premiá.
Pasada la borrasca revolucionaria los Hermanos regresan a Premiá de Mar. Mas ahora es el Señor quien llama a Sí a su fiel siervo. A finales de enero de 1910 contrae una pulmonía que su débil organismo no llega a superar. Tras una agonía de tres días y confortado con los santos sacramentos, el Hermano Miguel entrega su alma a Dios el 9 de febrero de 1910. La noticia de su muerte es acogida con emoción y llanto. La República del Ecuador proclama un duelo nacional.
Hermanos y exalumnos del Hermano Miguel rivalizan en admiración y encomio por sus virtudes. Los favores atribuidos a su intercesión no tardan en multiplicarse. En 1923 se inicia en Quito y en Cuenca el proceso informativo en vistas a la beatificación. Sigue en 1924 el de Barcelona. En 1936, durante la revolución española, se lleva a cabo el traslado al suelo patrio de los restos mortales del siervo de Dios, que reciben una acogida triunfal. La tumba del Hermano Miguel se convierte en centro de continuas peregrinaciones.
Siguen obteniéndose gracias y favores celestiales por la intercesión del Hermano Miguel; pero el milagro que ha obrado la curación de Sor Clementina Flores Cordero pone en buen camino la causa del santo Hermano hacia la Beatificación.
Llevados a término todos los requisitos acostumbrados, el Papa Pablo VI, el 30 de octubre de 1977 procede a la Beatificación del Hermano Miguel y a la del Hermano belga, Hermano Mutien-Marie. La grande asistencia de peregrinos venidos de Bélgica, del Ecuador y de Italia, la acertada ceremonia y las palabras inspiradas de Pablo VI en la homilía y en el Angelus, han hecho inolvidable ese día para todos los afortunados participantes en la solemne celebración de la Piazza San Pietro.
El mismo día de la Beatificación, precisamente durante el desarrollo del sugestivo rito, se realizaba otro milagro: la Señora Beatriz Gómez de Núñez, afectada de incurable "miastenia gravis", se sintió completamente curada. Ya antes, con toda la familia, se había confiado a la intercesión del santo Hermano, y, como coronamiento de sus oraciones, había querido venir a Roma para la Beatificación.
Esta curación, reconocida como milagrosa, conlleva la reapertura de la causa, y, en el Consistorio del 25 de junio de 1984, el Pontífice Juan Pablo II fija para el 21 de octubre del mismo año la fecha de la Canonización.
Hoy, el Papa Juan Pablo II, poniendo entre los Santos a este religioso ecuatoriano, ofrece a la Iglesia entera y particularmente a la del Ecuador el modelo de un religioso culto, pero sencillo y humilde, de un catequista totalmente entregado a la obra de la evangelización, de un educador que ha ayudado a tántos jóvenes y niños a encontrar el sentido de su vida en Jesús y a vivir su fe como don y compromiso.
(fuente: www.vatican.va)
Con ello no cesa sin embargo la lucha por la fidelidad a su vocación. El padre de Francisco, aun habiendo aceptado la decisión de su esposa, no escribe a su hijo una sola línea en cinco años. Entre tanto, el Hermano Miguel inicia su apostolado en las escuelas lasalianas de Quito. El joven profesor sobresale en la enseñanza de la lengua y literatura españolas y, ante la carencia de manuales y libros de texto apropiados, se decide a componerlos él mismo. El gobierno ecuatoriano no tardará en adoptarlos para todas las escuelas del país. Con el correr de los años el Hermano Miguel dará a la imprenta otras obras, sobre todo del campo de la lírica y de la filología, las cuales le abrirán las puertas de la Academia Nacional. Compondrá también catecismos para la infancia, siendo la catequesis el campo preferido de su actividad apostólica. De modo especial, reclamará y obtendrá siempre para sí el privilegio de preparar a los niños a la Primera Comunión, dedicándose a esta delicada labor hasta 1907, fecha de su viaje a Europa. Este asiduo contacto con los niños contribuirá a forjar una de las características más notables de su espiritualidad: la sencillez evangélica: «Sed sencillos como palomas». «Si no os hacéis como parvulitos no entraréis en el reino de los cielos». De esa sencillez será expresión su tierna devoción al Niño Jesús. Con la sencillez evangélica brillan también en él las virtudes propias de la vida religiosa: la pobreza, la pureza, la obediencia. Sobre todas ellas resplandece la caridad, que se nutre en la piedad eucarística y en la devoción a la Virgen. Una evidencia se impone pronto a sus contemporáneos: «El Hermano Miguel es un santo».
Su santidad irradiará también en el viejo continente. En 1904, como consecuencia, en Francia, de las leyes hostiles a las congregaciones religiosas, muchos Hermanos de La Salle, no pudiendo ejercer su apostolado en su propio país, deciden expatriarse. Numerosos son los que optan por España y los países de América latina. La necesidad de procurar a esos valerosos lasalianos el conocimiento indispensable de la lengua castellana, mueve a los Superiores a trasladar al Hermano Miguel a Europa para que pueda dedicarse a la composición de textos apropiados para un estudio acelerado de dicho idioma. Tras unos meses de estancia en París, el Hermano Miguel se traslada a la Casa Generalicia de los Hermanos en Lembecq-lez-Hal (Bélgica).
Enteramente dedicado a su nueva tarea, su virtud no deja de irradiarse en su nuevo ambiente. Pero el clima belga, tan diferente del de su propio país, no le favorece, y los Superiores juzgan conveniente trasladarlo a España, asignándole como residencia el Centro internacional lasaliano de Premiá de Mar, en la provincia de Barcelona. Los jóvenes formandos admiran la cultura y la sencillez del Hermano Miguel no menos que su gran amor de Dios.
En el mes de julio de 1909 ráfagas de viento revolucionario llegan hasta Premiá de Mar y poco después sobreviene la "Semana Trágica". Ante la frecuencia de actos de violencia anticlerical, los Superiores se ven precisados a trasladar a Barcelona a formandos y formadores hallándoles un refugio en el embarcadero del puerto y luego en el colegio N.S. de la "Bonanova". En esos momentos trágicos el Hermano Miguel se hace custodio de las formas consagradas de la capilla de Premiá.
Pasada la borrasca revolucionaria los Hermanos regresan a Premiá de Mar. Mas ahora es el Señor quien llama a Sí a su fiel siervo. A finales de enero de 1910 contrae una pulmonía que su débil organismo no llega a superar. Tras una agonía de tres días y confortado con los santos sacramentos, el Hermano Miguel entrega su alma a Dios el 9 de febrero de 1910. La noticia de su muerte es acogida con emoción y llanto. La República del Ecuador proclama un duelo nacional.
Hermanos y exalumnos del Hermano Miguel rivalizan en admiración y encomio por sus virtudes. Los favores atribuidos a su intercesión no tardan en multiplicarse. En 1923 se inicia en Quito y en Cuenca el proceso informativo en vistas a la beatificación. Sigue en 1924 el de Barcelona. En 1936, durante la revolución española, se lleva a cabo el traslado al suelo patrio de los restos mortales del siervo de Dios, que reciben una acogida triunfal. La tumba del Hermano Miguel se convierte en centro de continuas peregrinaciones.
Siguen obteniéndose gracias y favores celestiales por la intercesión del Hermano Miguel; pero el milagro que ha obrado la curación de Sor Clementina Flores Cordero pone en buen camino la causa del santo Hermano hacia la Beatificación.
Llevados a término todos los requisitos acostumbrados, el Papa Pablo VI, el 30 de octubre de 1977 procede a la Beatificación del Hermano Miguel y a la del Hermano belga, Hermano Mutien-Marie. La grande asistencia de peregrinos venidos de Bélgica, del Ecuador y de Italia, la acertada ceremonia y las palabras inspiradas de Pablo VI en la homilía y en el Angelus, han hecho inolvidable ese día para todos los afortunados participantes en la solemne celebración de la Piazza San Pietro.
El mismo día de la Beatificación, precisamente durante el desarrollo del sugestivo rito, se realizaba otro milagro: la Señora Beatriz Gómez de Núñez, afectada de incurable "miastenia gravis", se sintió completamente curada. Ya antes, con toda la familia, se había confiado a la intercesión del santo Hermano, y, como coronamiento de sus oraciones, había querido venir a Roma para la Beatificación.
Esta curación, reconocida como milagrosa, conlleva la reapertura de la causa, y, en el Consistorio del 25 de junio de 1984, el Pontífice Juan Pablo II fija para el 21 de octubre del mismo año la fecha de la Canonización.
Hoy, el Papa Juan Pablo II, poniendo entre los Santos a este religioso ecuatoriano, ofrece a la Iglesia entera y particularmente a la del Ecuador el modelo de un religioso culto, pero sencillo y humilde, de un catequista totalmente entregado a la obra de la evangelización, de un educador que ha ayudado a tántos jóvenes y niños a encontrar el sentido de su vida en Jesús y a vivir su fe como don y compromiso.
(fuente: www.vatican.va)
sábado, 8 de febrero de 2014
08 de febrero: Santa Eugenia Smet
Se llama "Divina Providencia" el cuidado amoroso que Dios tiene de cada uno de nosotros.
Su nombre era María Eugenia Smet. Y nació en Lila, Francia, en marzo de 1825. Sus estudios los hizo interna en un colegio de religiosas; y allí adquirió una sólida formación religiosa, cuyas características principales fueron una confianza total en la Divina Providencia, un gran amor y devoción por las benditas almas del purgatorio, y una fuerte inclinación hacia la vida religiosa.
Al volver a su casa después de terminar sus estudios de bachillerato se propuso estar siempre ocupada y ayudar en lo más posible a los pobres. Cada día cocinaba una enorme olla de sopa y la repartía entre los más indigentes. Y a los que no podían salir de su casa por estar enfermos, les llevaba alimentos a sus propios hogares. Le encantaba ayudar a barrer y adornar los templos.
Cuando ya llevaba 7 años dedicada a estas obras, un día asistió a un retiro predicado por un misionero y salió llena de entusiasmo por las Misiones. En adelante se dedicó a recoger ayudas para los misioneros y a hacer rifas para conseguir dinero para las misiones. Los misioneros se quedaban admirados de las cantidades de ayudas que esta joven les conseguía.
A los 27 años, con permiso del confesor, hizo voto de castidad.
En 1855, por consejo del Santo Cura de Ars y de otros santos sacerdotes, se unió con otras jóvenes piadosas en París y fundó la comunidad de las "Auxiliadoras de las Almas del Purgatorio".
María era terca y no le gustaba hacer mucho caso de los consejos de sus directores. Por ello los capellanes de su comunidad no duraban sino muy poco tiempo y le Comunidad no lograba progresar. Pero Dios le concedió el remedio que necesitaba. Le envió un sabio Padre Jesuita que con diplomacia pero con energía fue logrando que la hermana María le hiciera caso y siguiera sus consejos. Ella, que era tan dominante, ahora tenía frente a sí a uno de su talla. Al fin un día le confesó claramente: ¡Padre, Ud. ha logrado dominar mi altanería y mi terquedad! El sacerdote le respondió: "Quiera el cielo que de ahora en adelante lo que Ud. busque sea hacer siempre no lo que sus impulsos y sus caprichos le aconsejes, sino lo que más le parezca que es la voluntad de Dios".
Otro día ella le decía al santo jesuita: "Padre, estoy totalmente disgustada de mí misma y del modo como me comporto". Y él le respondió: "Me alegra que no esté contenta de cómo es y de su modo de comportarse. Si estuviera contenta, eso sería una mala señal".
El Padre jesuita les redactó las Reglas o Constituciones de la nueva comunidad, las cuales fueron adoptadas, y aceptadas en 1859, y en aquel mismo años, 28 señoritas, ante el Arzobispo de París, juraron cumplir las Reglas de la nueva Congregación. La fundadora se llamó en adelante Madre María de la Providencia.
Cuando se desanimaba, le decía su director espiritual: "Usted es una preferida de la Divina Providencia. Si después de todas las maravillas que la Divina Providencia ha hecho en su favor, todavía desconfiara de las ayudas de Dios, esto sería una verdadera infidelidad. Confíe en Dios y vencerá".
Fundó casas de su Comunidad en varios sitios de Francia y envió a sus religiosas como misioneras a China.
La Divina Providencia permitió que le llegara un dolorosísimo cáncer que la atormentó por bastante tiempo, y que la obligaba frecuentemente a guardar quietud (lo cual le servía para crecer mucho en santidad por medio de la oración y la medft">La Divina Providencia permitió que le llegara un dolorosísimo cáncer que la atormentó por bastante tiempo, y que la obligaba frecuentemente a guardar quietud (lo cual le servía para crecer mucho en santidad por medio de la oración y la meditación).
En 1871, devorada por el cáncer, murió santamente, el 7 de febrero. Y su rostro, que poco antes de la muerte estaba crispado por los terribles dolores, recobró al morir una muy agradable presencia.
Sus religiosas tienen 119 casas en el mundo con 1,100 religiosas, y se dedican a la pastoral de la salud y a la pastoral social.
Que como esta santa fundadora, también nosotros logremos dominar nuestros impulsos, nuestras inclinaciones, y dejarnos guiar por las luces e inspiraciones de quienes nos quieren guiar hacia la santidad.
La fundadora, Eugenia Smet (nombre religioso, María de la Providencia), fue beatificada en Roma el 26 de mayo de 1957 por el Papa Pío XII. Su fiesta se celebra el 8 de febrero.
Su nombre era María Eugenia Smet. Y nació en Lila, Francia, en marzo de 1825. Sus estudios los hizo interna en un colegio de religiosas; y allí adquirió una sólida formación religiosa, cuyas características principales fueron una confianza total en la Divina Providencia, un gran amor y devoción por las benditas almas del purgatorio, y una fuerte inclinación hacia la vida religiosa.
Al volver a su casa después de terminar sus estudios de bachillerato se propuso estar siempre ocupada y ayudar en lo más posible a los pobres. Cada día cocinaba una enorme olla de sopa y la repartía entre los más indigentes. Y a los que no podían salir de su casa por estar enfermos, les llevaba alimentos a sus propios hogares. Le encantaba ayudar a barrer y adornar los templos.
Cuando ya llevaba 7 años dedicada a estas obras, un día asistió a un retiro predicado por un misionero y salió llena de entusiasmo por las Misiones. En adelante se dedicó a recoger ayudas para los misioneros y a hacer rifas para conseguir dinero para las misiones. Los misioneros se quedaban admirados de las cantidades de ayudas que esta joven les conseguía.
A los 27 años, con permiso del confesor, hizo voto de castidad.
En 1855, por consejo del Santo Cura de Ars y de otros santos sacerdotes, se unió con otras jóvenes piadosas en París y fundó la comunidad de las "Auxiliadoras de las Almas del Purgatorio".
María era terca y no le gustaba hacer mucho caso de los consejos de sus directores. Por ello los capellanes de su comunidad no duraban sino muy poco tiempo y le Comunidad no lograba progresar. Pero Dios le concedió el remedio que necesitaba. Le envió un sabio Padre Jesuita que con diplomacia pero con energía fue logrando que la hermana María le hiciera caso y siguiera sus consejos. Ella, que era tan dominante, ahora tenía frente a sí a uno de su talla. Al fin un día le confesó claramente: ¡Padre, Ud. ha logrado dominar mi altanería y mi terquedad! El sacerdote le respondió: "Quiera el cielo que de ahora en adelante lo que Ud. busque sea hacer siempre no lo que sus impulsos y sus caprichos le aconsejes, sino lo que más le parezca que es la voluntad de Dios".
Otro día ella le decía al santo jesuita: "Padre, estoy totalmente disgustada de mí misma y del modo como me comporto". Y él le respondió: "Me alegra que no esté contenta de cómo es y de su modo de comportarse. Si estuviera contenta, eso sería una mala señal".
El Padre jesuita les redactó las Reglas o Constituciones de la nueva comunidad, las cuales fueron adoptadas, y aceptadas en 1859, y en aquel mismo años, 28 señoritas, ante el Arzobispo de París, juraron cumplir las Reglas de la nueva Congregación. La fundadora se llamó en adelante Madre María de la Providencia.
Cuando se desanimaba, le decía su director espiritual: "Usted es una preferida de la Divina Providencia. Si después de todas las maravillas que la Divina Providencia ha hecho en su favor, todavía desconfiara de las ayudas de Dios, esto sería una verdadera infidelidad. Confíe en Dios y vencerá".
Fundó casas de su Comunidad en varios sitios de Francia y envió a sus religiosas como misioneras a China.
La Divina Providencia permitió que le llegara un dolorosísimo cáncer que la atormentó por bastante tiempo, y que la obligaba frecuentemente a guardar quietud (lo cual le servía para crecer mucho en santidad por medio de la oración y la medft">La Divina Providencia permitió que le llegara un dolorosísimo cáncer que la atormentó por bastante tiempo, y que la obligaba frecuentemente a guardar quietud (lo cual le servía para crecer mucho en santidad por medio de la oración y la meditación).
En 1871, devorada por el cáncer, murió santamente, el 7 de febrero. Y su rostro, que poco antes de la muerte estaba crispado por los terribles dolores, recobró al morir una muy agradable presencia.
Sus religiosas tienen 119 casas en el mundo con 1,100 religiosas, y se dedican a la pastoral de la salud y a la pastoral social.
Que como esta santa fundadora, también nosotros logremos dominar nuestros impulsos, nuestras inclinaciones, y dejarnos guiar por las luces e inspiraciones de quienes nos quieren guiar hacia la santidad.
La fundadora, Eugenia Smet (nombre religioso, María de la Providencia), fue beatificada en Roma el 26 de mayo de 1957 por el Papa Pío XII. Su fiesta se celebra el 8 de febrero.
(fuente: churchforum.com)
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