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domingo, 15 de junio de 2014

15 de junio: Beata Albertina Berkenbrock

(1919-1931)

Albertina Berkenbrock nació el 11 de abril de 1919 en Saõ Luís, municipio de Imaruí, al norte de Brasil, y fue bautizada el 25 de mayo sucesivo. Recibió la Confirmación el 9 de marzo de 1925 y la primera Comunión el 16 de agosto de 1928. Su familia, profundamente católica, provenía de Westfalia (Alemania). Frecuentaban regularmente la iglesia y rezaban todos los días en el hogar. La sierva de Dios vivió en este ambiente propicio, donde sus padres pusieron los cimientos de su fe sencilla y pura. Su formación religiosa prosiguió con la catequesis de preparación para los sacramentos.

Su madre recordaba que Albertina fue siempre muy obediente, dócil y piadosa. Ayudaba mucho en los quehaceres del hogar así como en las labores del campo; en la escuela era amada tanto por sus maestros como por sus compañeros. Fue siempre muy sencilla, modesta en el vestir, serena y delicada. De su sentido cristiano de la vida nacía su inclinación a la bondad, a la piedad y a la virtud, en la medida en que una niña de 12 años podía comprenderlas y vivirlas.

La sierva de Dios tenía dos puntos de referencia espirituales: la Virgen Madre de Dios y san Luis Gonzaga. Su ambiente familiar, su sensibilidad de niña, su formación religiosa y su profunda devoción a san Luis constituyen los presupuestos para identificar en el alma de la sierva de Dios no sólo una honestidad natural, sino también la plena conciencia del sentido de pecado y de la custodia de su pureza.

Tres palabras son particularmente recurrentes en los testimonios de quienes conocieron a Albertina: "delicada", "modesta" y "reservada". Otro elemento que emerge con fuerza de los testimonios es su gran sentido de caridad, que manifestaba acompañando a las niñas más pobres, jugando y compartiendo con ellas su pan. Lo hacía, en particular, con los hijos de Idanlício, su asesino, que trabajaba para su familia; esto tenía un mérito especial porque eran de raza negra y en esa región, de colonización germánica e italiana, existía un fuerte sentimiento racista.

Idanlício Cipriano Martins tenía 33 años y vivía con su mujer y sus hijos cerca de la casa de los Berkenbrock. El 15 de junio de 1931, hacia las cuatro de la tarde, Albertina estaba apacentando el ganado de su familia cuando el padre le pidió que fuera a buscar un buey que se había alejado. En el camino encontró a Idanlício, que se ofreció a ayudarle. Con engaño, la condujo a un bosque cercano pidiéndole tener una relación sexual. Albertina se opuso con firmeza para salvaguardar su pureza, e Idanlício intentó violarla. Al no lograrlo, el hombre extrajo una navaja y le cortó la garganta, causándole la muerte en el acto. Albertina tenía doce años y medio.

Dos días después se celebró su funeral. Los habitantes de Saõ Luís y de muchas aldeas vecinas participaron con gran conmoción, no sólo por el modo trágico como había muerto, sino sobre todo por el heroísmo con el que había defendido su pureza. En el lugar del martirio se construyó posteriormente una capilla dedicada a santa Inés —otra virgen mártir de los primeros siglos del cristianismo—, a la que acudían sin cesar multitudes de peregrinos para pedir gracias a través de la sierva de Dios.

En 1952, en la misma capilla en la que Albertina había recibido la primera Comunión, se reunió el tribunal eclesiástico de la archidiócesis de Florianópolis para incoar el proceso de beatificación y canonización. Con la división de la archidiócesis y la creación de la diócesis de Tubarão, los pastores de esta nueva circunscripción eclesiástica se encargaron de promover la causa. El 16 de diciembre de 2006 Su Santidad Benedicto XVI firmó el decreto sobre el martirio de la sierva de Dios Albertina Berkenbrock.

(fuente: www.vatican.va)


otros santos 15 de junio:

- Santa Benilde
- Santa Germana Cousin

sábado, 14 de junio de 2014

14 de junio: Santos Digna, Anastasio y Félix

Mártires de Córdoba

Martirologio Romano: En Córdoba, en la región hispánica de Andalucía, santos mártires Anastasio, presbítero, Félix, monje, y Digna, virgen, que murieron el mismo día. Anastasio, por confesar su fe cristiana ante los jueces musulmanes, fue decapitado, y con él murió también Félix, originario de Getulia, en África del Norte, que había profesado la fe católica y la vida monástica en Asturias. Digna, aún joven, por haber reprendido al juez por la muerte de los dos anteriores, fue decapitada de inmediato. († 853)

San Anastasio era un sacerdote de Córdoba, hombre venerable que había sido elevado al sacerdocio después de largos años pasados en el estado monástico. Al día siguiente del martirio de san Fándilas, se presentó ante los cónsules de la ciudad y atacó también él, en términos vehementes, a los enemigos de la fe. Inmediatamente le cortaron la cabeza. Al mismo tiempo ejecutaron a un monje llamado Félix, originario de Getulia, en África, que había venido por azar a España; allí se había convertido y abrazado el estado monástico. Ambos cuerpos, decapitados, se exhibieron junto al río, como el de San Fándilas.

En la tarde de ese mismo día, martirizaron igualmente a una joven religiosa, llamada Digna. Esta que, a causa de su profunda humildad, se consideraba la última de todas sus hermanas, decía con frecuencia de la manera más emocionante: «No me llaméis Digna, sino Indigna, porque mi nombre debe expresar lo que soy». Durante un sueño vio a santa Ágata deslumbrante de belleza y con lirios y rosas en sus manos. La santa mártir le dio una rosa roja, exhortándola a combatir valerosamente por Cristo. Desde entonces, Digna sintió un vivo deseo de martirio y, cuando los rumores de la ejecución de Anastasio y de Félix llegaron hasta ella, comprendió que su hora había llegado. Salió secretamente del monasterio y se presentó ante el juez para reprocharle abiertamente los asesinatos que acababa de cometer con hombres sin más culpa que la de adorar al verdadero Dios y de confesar a la Trinidad Santísima. A su vez, Digna fue decapitada y colgada, como los mártires que le precedieron. La Iglesia ha reunido a estos tres mártires el día 14 de junio.

(fuentes: "Vida de Santos" de Alban Butler; catholic.net)

otros santos 14 de junio:

- Beata Francisca de Paula de Jesús
- San Metodio

viernes, 13 de junio de 2014

13 de junio: San Fandila


Nacido en Guadix (Granada), fue enviado a Córdoba para recibir educación tomando el hábito en el monasterio Tabanense bajo la disciplina del abad Martín.

Por sus numerosos méritos fue traslado a Peña Melaria por una solicitud realizada por los mismos monjes, ordenándose en este monasterio sacerdote.

El 13 de junio del 853 se presentó ante el Dadí, mostrándole lleno de fe la verdad del Evangelio; con esto fue encarcelado en un calabozo lleno de cadenas, siendo condenado por Mohamed I a morir degollado y colgado a la orilla del río.

La Iglesia celebra este día en su honor.

(fuente: cordobapedia.wikanda.es)

otros santos 13 de junio:

- San Antonio de Padua

jueves, 12 de junio de 2014

12 de junio: Beata María Cándida de la Eucaristía

(1884-1949)

María Barba nació el 16 de enero de 1884 en Catanzaro (Italia), a donde la familia, oriunda de Palermo, se había trasladado momentáneamente por motivos de trabajo del padre, Pedro Barba, consejero del Tribunal Superior. Cuando la niña tenía dos años la familia regresó a la capital siciliana y allí vivió María Barba su juventud, en el seno de una familia profundamente creyente, pero que se opuso obstinadamente a su vocación religiosa, experimentada desde los quince años de edad. María, en efecto, tuvo que luchar casi veinte años hasta ver realizada su aspiración, demostrando, durante esos años de espera y de sufrimiento interior, una sorprendente fortaleza de ánimo y una fidelidad poco común a la inspiración inicial. En esta batalla, que se prolongó hasta su entrada en el Carmelo teresiano de Ragusa el 25 de septiembre de 1919, María Barba fue sostenida por una especialísima devoción al misterio eucarístico: en la Eucaristía veía ella el misterio de la presencia sacramental de Dios en el mundo, la muestra concreta de su amor infinito a los hombres, el motivo de nuestra plena confianza en sus promesas.

En ella, el amor a la Eucaristía se manifiesta desde la más tierna infancia. «Cuando era pequeñita —cuenta ella misma— y todavía no se me había dado Jesús, esperaba a mi madre, cuando volvía de la Santa Comunión, casi en el umbral de casa, y, de puntillas para llegar hasta ella, le decía: “A mí también el Señor!”. Mi madre se inclinaba con afecto y alentaba sobre mis labios; yo la dejaba en seguida y, cruzando y apretando las manos sobre el pecho, llena de alegría y de fe, repetía saltando: “Yo también tengo al Señor! yo también tengo al Señor”». Son señales de una vocación y de una llamada de Dios, cuya iniciativa comienza a preparar un regalo extraordinario para la Iglesia.

Desde que, a los 10 años, fue admitida a la Primera Comunión, su mayor alegría era poder comulgar. Desde entonces, privarse de la Santa Comunión, era para ella «una cruz y un tormento bien grande». En efecto, tras la muerte de su madre en 1914, no podía acercarse a la Comunión sino raramente, por no reñir con sus hermanos que no le permitían salir sola de casa.

Entrada en el Carmelo, donde tomó el nombre, en cierto modo profético, de María Cándida de la Eucaristía, quiso «acompañar a Jesús, en su condición de Eucaristía, lo más que pudiese». Prolongaba sus horas de adoración, y, sobre todo, la hora de las 23 a las 24 de cada jueves, la pasaba ante el Tabernáculo. La Eucaristía polarizaba verdaderamente toda su vida espiritual, no tanto por las manifestaciones devocionales, cuanto por la incidencia vital en la relación entre su alma y Dios. De la Eucaristía sacó fuerzas María Cándida para consagrarse a Dios como víctima el 1 de noviembre de 1927.

María Cándida desarrolló plenamente lo que ella misma define como su «vocación a la Eucaristía» ayudada por la espiritualidad carmelitana, a la que se había acercado a través de la lectura de la Historia de un alma de Santa Teresita. Son bien conocidas las páginas en que santa Teresa de Jesús describe su especialísima devoción a la Eucaristía y cómo, en la Eucaristía, experimentó la santa Fundadora el misterio fecundo de la Humanidad de Cristo.

Elegida priora del monasterio en 1924, lo fue, salvo una breve interrupción, hasta 1947, infundiendo en su comunidad un profundo amor a las Constituciones de santa Teresa de Jesús y contribuyendo de forma directa a la expansión del Carmelo teresiano en Sicilia, fundación de Siracusa, y al retorno de la rama masculina de la Orden.

A partir de la solemnidad del Corpus Domini de 1933, año santo de la Redención, María Cándida comienza a escribir lo que podríamos definir como su pequeña obra maestra de espiritualidad eucarística, La Eucaristía, «verdadera joya de espiritualidad eucarística vivida». Se trata de una larga, intensa meditación sobre la Eucaristía, siempre tensa entre el recuerdo de la experiencia personal y la profundización teológica de esa misma experiencia. En la Eucaristía ve sintetizadas, la Madre Cándida, todas las dimensiones de la experiencia cristiana. La fe: «Oh mi Amado Sacramentado, yo Te veo, yo Te creo!... Oh Santa Fe». «Contemplar con Fe redoblada a nuestro Amado en el Sacramento: vivir de Él que viene cada día». La esperanza: «Oh mi divina Eucaristía, mi querida esperanza, todo lo espero de ti... Desde niña fue grande mi esperanza en la Santísima Eucaristía». La caridad: «Jesús mío, cuánto Te amo! Es un amor inmenso el que nutro en mi corazón por Ti, oh Amor Sacramentado... Cuán grande es el amor de un Dios hecho pan por las almas! De un Dios hecho prisionero por mí».

En la Eucaristía, la Madre Cándida, entonces priora de su comunidad, descubre también el sentido profundo de los tres votos religiosos, que en una vida intensamente eucarística hallan, no sólo su plena expresión, sino también un ejercicio concreto de vida, una especie de profunda ascesis y de progresiva conformación al único modelo de toda consagración, Jesucristo muerto y resucitado por nosotros: «¿Qué himno no debería entonarse a la obediencia de nuestro Dios Sacramentado? Y ¿qué es la obediencia de Jesús en Nazareth, comparada con su obediencia en el Sacramento desde hace veinte siglos?». «Después de instruirme sobre la obediencia, cuánto me hablas, cuánto me instruyes en la pobreza, oh blanca Hostia! Quién más despojada, más pobre que Tú...No tienes nada, no pides nada!... Divino Jesús, haz que las almas religiosas estén sedientas de desprendimiento y de pobreza sincera!».«Si me hablas de obediencia y de pobreza..., qué fascinación de pureza no suscitas Tú con solo mirarte! Señor, si tu descanso lo encuentras en las almas puras, ¿qué alma, tratando contigo, no se hará tal?». De ahí el propósito: «Quiero permanecer junto a Ti por pureza y amor».

Pero es sin duda la Virgen María el verdadero modelo de vida eucarística, Ella que llevó en su seno al Hijo de Dios y que continuamente lo engendra en el corazón de sus discípulos: «Quisiera ser como María — escribe la María Cándida en una de las páginas más intensas y profundas de La Eucaristía —, ser María para Jesús, ocupar el puesto de su madre. En mis Comuniones, María la tengo siempre presente. De sus manos quiero recibir a Jesús, ella debe hacerme una sola cosa con Él. Yo no puedo separar a María de Jesús. Salve! Oh Cuerpo nacido de María!. Salve María, aurora de la Eucaristía!».

Para María Cándida, la Eucaristía es alimento, es encuentro con Dios, es fusión de corazón, es escuela de virtud, es sabiduría de vida. «El Cielo mismo no posee más. Aquel único tesoro está aquí, es Dios! Verdaderamente, sí verdaderamente: mi Dios y mi Todo». «Le pido a mi Jesús ser puesta como centinela de todos los sagrarios del mundo hasta el fin de los tiempos».

El Señor la llamó, después de algunos meses de agudos sufrimientos físicos, el 12 de junio de 1949, Solemnidad de la Santísima Trinidad.

(fuente: www.vatican.va)

miércoles, 11 de junio de 2014

11 de junio: Santa Paula Frassinetti

(1809-1882)
virgen, fundadora de la Congregación de Santa Dorotea

Paula Frassinetti es hija de Dios desde el día de su nacimiento, el 3 de marzo de 1809, recibiendo el Bautismo este mismo día en la Parroquia de San Esteban de Génova, su ciudad natal.

Nace después de José y Francisco. Paula crece serena en la casa paterna, que se verá alegrada después con el nacimiento de Juan y Rafael. Su madre es el ejemplo más vivo de virtud y la pequeña se abre delicadamente a la gracia divina que obra en ella maravillas. Según el plan de Dios, Angela, su buena madre no tendrá tiempo de ver los proyectos de Dios sobre su hija. Morirá dejando a Paula, todavía en la edad del juego, al cuidado de la casa. Son días de desorientación y dolor. Paula tiene 9 años.

No se ahorra fatigas y tiene con su padre, Juan Bautista, y con sus hermanos atenciones amorosas y delicadas, que le exigen no pocas renuncias y sacrificios.

Su Primera Comunión y el sacerdocio de su hermano José son momentos de profunda reflexión para ella, que ya siente en su corazón la llamada divina.

En la familia aprende a leer y a escribir y recibe la base de su formación. Su hermano José, avanzado ya en los estudios de Teología, le habla de las cosas de Dios y Paula escucha y acoge la palabra de Dios que penetra en su corazón. Percibe la llamada para seguir más de cerca al Señor y en ella resuenan profundamente las palabras del Maestro: «Quién ama a su padre y a su madre más que a mí, no es digno de mí».

Pero... hay un pero. Su padre no está de acuerdo: ¿Qué hará sin su Paulina? Y Paula se ve obligada a acallar ese deseo, esperando la hora de Dios. Y llega la ocasión.

A los 19 años experimenta un momento de cansancio dado el ritmo de vida agobiante al tener que desempeñar el papel de madre en la familia.

Su hermano Don José, ya Párroco de un pueblecito de la costa ligur la hospeda durante algún tiempo. El aire puro de Quinto es un buen remedio para su salud delicada. La vida en la parroquia es para ella un campo de aprendizaje de obras de bien, y poco a poco, con su cordial afabilidad atraerá a las jóvenes de aquel lugar. Todos los domingos van al campo a hablar de Dios. Los encuentros se repiten con frecuencia y el diálogo se extiende a otras jovencitas. Paula les revela el secreto de una vida dedicada totalmente al Señor y descubre sus aptitudes y su vocación de educadora. En torno a ella se forma un grupo comprometido que vive en comunión de amor. En su mente se clarifica la idea de un nuevo Instituto: así se lo confía a su hermano D. José.

Pronto, a pesar de los obstáculos y sufrimientos, el ideal será realidad. Son seis las compañeras que superan los primeros momentos, tan difíciles. Paula está decidida. En el signo de la cruz está el comienzo de su obra, aquella cruz que ella amará durante toda su vida y que le hará exclamar: «Quien más se sacrifica, más ama».

Así, el 12 de agosto de 1834, en el Santuario de San Martino in Albaro, siete jóvenes ofrecen su vida a Dios. La Misa la celebra su hermano D. José que las había preparado para ese paso tan importante. Son felices; pocas horas después, pondrían la primera piedra de su Instituto; comenzarían a vivir en comunidad, apoyándose en la única riqueza: Jesucristo. En realidad, no tienen nada, son pobres en la casita de Quinto que han elegido como primera morada.

Abren una Escuela para las niñas más pobres y así tienen que trabajar aún de noche, para sobrevivir. No falta el entusiasmo, y de ahí los primeros éxitos de la Escuela. Pero los caminos del Señor no son nuestros caminos: los sufrimientos representan para Paula la prueba de la Voluntad de Dios. El cólera infecta Génova y sus hijas están en primera fila para llevar ayuda y consuelo.

En 1835, un sacerdote de la región de Bérgamo, D. Lucas Passi, amigo de D. José, conociendo el celo apostólico de Paula, le propone acoger en su Instituto la Pía Obra de Santa Dorotea, fundada por él con el fin de acercarse a los jóvenes más pobres y necesitados en su ambiente de vida y trabajo. Paula percibe en la originalidad de esa obra su linea educativa y la dimensión apostólica de su consagración y por eso no duda en integrarla en las actividades de su Instituto. Sus hijas no se llamaran ya «Hijas de la Santa Fe» sino Hermanas de Santa Dorotea.

Es un momento importante para la vida de aquella comunidad que ve concretarse su inspiración original: «estar planamente disponibles en las manos de Dios para evangelizar a través de la educación, dando preferencia a los jóvenes y a los más pobres».

Surgen nuevas casas en Génova y después en el centro de la cristianidad. Apenas siete años después de la fundación, el 19 de mayo de 1841, Paula se encuentra en Roma, acompañada de dos novicias. También aquí surgen nuevas dificultades: la primera casa tiene dos pequeñas habitaciones situadas sobre un establo en el callejon de los Santos Apóstoles. Paula acepta todo, le espera una gran recompensa: será recibida por el Papa Gregogio XVI que se complace en la labor de sus Doroteas. Es feliz: le ha hablado el Señor.

Las incomodidades y los sufrimientos aumentan: pobreza y enfermedades afligen a aquellas heróicas hermanas que no tienen una moneda para sus necesidades.

En 1844 el Papa confía a Paula la dirección del Conservatorio de Santa María del Refugio, en San Onofrio. La madre con dulzura y caridad da al ambiente un nuevo aspecto y una orientación decisiva para el futuro de la Institución. Por su presencia en ella, la casa de San Onofrio será la sede generalicia.

El 1846, un espíritu antirreligioso, más que un pensamiento político invade Italia. En Génova son perseguidas también las Doroteas. Las hijas de Paula viven momentos de fuerte persecución. La tempestad llega también a Roma: Pío IX, sucesor de Gregorio XVI, se ve obligado a refugiarse en Gaeta. Cardenales, Obispos y Prelados se alejan de la capital. Paula permanece sóla al frente de una comunidad numerosa y con fe intrépida supera aquellos momentos dramáticos.

La borrasca se calma. Es el año 1850. Paula obtiene la tan deseada audiencia con Pío IX, que para ella es como un padre. Va a Gaeta empujada por el gran amor al Papa y a la Iglesia, recordando así el gesto de Santa Catalina de Siena.

Comienza la última etapa de la vida de la Fundadora, que podemos definir como el periodo de la gran expansión, puesto que el Instituto, además de consolidarse en Liguria y en los Estados Pontificios, extiende su obra al resto de Italia y del mundo. De hecho surgen en Roma varios Centros educativos y Paula inicia los trámites para abrir una casa en Nápoles, un internado en Bolonia y un orfanato en Recanati.

En 1866 marchan las primeras hermanas misioneras a Brasil. En el mismo año otra meta prometedora: Portugal.

Paula anima a sus hijas: «El Señor os llene de su Espíritu y os convierta en otras tantas llamas ardientes que donde tocan encienden el fuego del amor de Dios», les dice.

Las dificultades no cesan en el camino de los santos. Paula es una mujer de gran fe «El Señor nos quiere apoyadas sólo en El y si tuviéramos un poco más de fe, cuanto más tranquilas estaríamos en medio de las tribulaciones».

Vive el abandono completo a la Voluntad de Dios «única perla que debemos buscar» - dice ella - y que constituye su paraiso: «Voluntad de Dios, eres mi paraiso».

En 1878 muere Pío IX, el Papa que en sus numerosos encuentros con la Fundadora, tuvo siempre palabras de estima y de aliento para su obra apostólica.

Paula siente que su ajetreada vida terrena va a acabar. Son las primeras horas del día 11 de junio de 1882. Está serena.

Su muerte es dulce, tranquila y deja entrever los tesoros de su vida. Invoca a la Santísima Virgen a quien tanto ha amado siempre: «Señora mia, recuerda que soy tu hija».

8 de Junio de 1930, Paula es Beatificada!

11 de Marzo de 1984: hoy las campanas de San Pedro repiten su toque festivo para anunciar que Paula es Santa.

El himno de fiesta llega a los confines del mundo donde las Doroteas trabajan por la gloria de Dios y la expansión de su Reino:

- Europa: España, Inglaterra, Italia, Malta, Portugal y Suiza.
- América del Norte: Estados Unidos.
- América latina: Brasil y Perú.
- Africa: Angola y Mozambique.
- Asia: Taiwan.

Y Paula «permanece viva en la Congregación a través del espíritu profundo que la anima: buscar siempre y en todo la mayor gloria de Dios en el mayor servicio a los hombres». (Cons. l).

(fuente: www.vatican.va)

otros santos 11 de junio:

- San Bernabé
- Santa María Rosa Molas y Vallvé

martes, 10 de junio de 2014

10 de junio: Beato Eduardo Juan María Poppe

«Pedagogo de la Eucaristía»

Madrid, 10 de junio de 2013 (Zenit.org) A veces, en el camino de la santidad emerge el sentimiento de desánimo. Puede ser fruto de una oración deficiente, una apreciación que devela una conciencia de indigencia mal enfocada, una de las tantas manifestaciones del orgullo que se escuda en la sensación de incapacidad para asumir una misión, la impresión de derrota ante la falta de los frutos que se aguardan, entre otras causas. Aunque sea una de las pruebas que forman parte de la vida espiritual, revela una falta de fe y de confianza en la providencia. Además, pone de relieve que el maligno anda haciendo de las suyas porque algo hay que no se ha purificado. Y es que, aunque influyan situaciones anímicas que dan lugar al decaimiento, las verdaderas raíces del desaliento son las deficiencias personales, las flaquezas, el conjunto de debilidades que no se han depurado y de las cuales se aprovecha el diablo. Con independencia de su origen, cuando aquél se presenta solo cabe pedir auxilio a Cristo. Eso hizo este beato cuando pasó por esta experiencia.

Nació en la localidad belga de Moerzeke el 18 de diciembre de 1890. Aparentemente, la profesión de su padre, que fue panadero, pudo condicionar su vida. Pero, sin duda, Dios lo había signado desde toda la eternidad para que estuviese vinculado estrechamente al Santísimo Sacramento, amasando el Pan de la Eucaristía durante ocho años, y difundiendo su amor por ella a través de escritos y predicaciones. Cuando tenía 16 años perdió a su progenitor. Él y su cristiana madre habían dado a la Iglesia siete de sus once hijos de los cuales algunos apenas sobrevivieron. La influencia materna fue determinante para que Eduardo ingresara en el seminario de San Nicolás, de Waas, en 1909. Al año siguiente tuvo que cumplir con obligaciones civiles en el ejército, aunque siguió estudiando. Al estallar la Primera Guerra Mundial fue reclutado y desempeñó labores de enfermería. Allí tuvo ocasión de mostrar en qué grado deseaba realizar la voluntad de Dios ejercitando la caridad hasta quedar extenuado en circunstancias poco amables para una persona sensible como él. Tuvo que compartir la rudeza, malos modos, y pésimas chanzas de soldados entregados obligatoriamente al sinsentido de la batalla. Entonces aprendió aspectos importantes de la psicología humana que luego iban a servirle pastoralmente.

La lectura de la autobiografía de Teresa de Lisieux le dejó profunda huella y experimentó gran sintonía con ella en su forma de vivir la oración. Por su amor a la cruz redentora elegía a san Francisco de Asís, aunque también se sentía cercano a san Luis María Grignon de Montfort en su devoción a María. Pensando en la misión sacerdotal, tuvo claro que la santidad se transmite si se vive en primera persona: «Santificarse para santificar a los demás». Este hecho indiscutible que viene avalado por el mismo Evangelio, donde queda claro que nadie puede dar lo que no tiene, no fue entendido por algunos. Le dijeron que esa apreciación era fruto de una visión idealista, lo cual introdujo en su ánimo la duda respecto a la viabilidad de su santidad personal. Todo ello en medio de un proceso de aridez que no se disipaba ni siquiera al encomendarse a María. Con la puerta abierta al desánimo, se sentía tan poca cosa que no entendía cómo Dios podía amarle. Su confesor le ayudó: «Diga con frecuencia: ‘Señor, yo creo, pero ayúdame’. Sobre todo, no se desanime. Mire el crucifijo; en él encontrará la paz gozosa del sacrificio». Siguiendo este consejo, con ayuda de la gracia salió adelante.

En 1914 otro sacerdote que le asistió en un instante en el que lo recogieron casi moribundo, le infundió la devoción a san José. Dos años más tarde fue ordenado sacerdote y destinado como vicepárroco a Santa Coleta en Gante, iglesia erigida en un barrio marginal. En el dintel de su casa escribió «Porta patet, cor autem magis» (la puerta está abierta, pero más el corazón). No fue una bella frase o una simple consigna. Como había hecho antes, prodigó la misericordia a manos llenas: socorría a todas las personas que vivían situaciones de marginación, pobreza, enfermedad, a los niños y moribundos. Sorprendentemente, multiplicaba las horas de adoración delante de la Eucaristía. De ella brotaba el manantial de bondad que derramaba a manos llenas. A un sacerdote que se interesó por él al verlo ante el altar, le respondió: «...le estoy haciendo compañía a Nuestro Señor. Me encuentro demasiado cansado para hablarle, así que estoy descansando a su lado». Difundió entre los niños su profunda devoción por la Eucaristía a través del semanario ilustrado «Zonneland» (País del Sol), de su autoría. Y su «Método educativo eucarístico» fue calificado por el cardenal Mercier como una obra maestra.

Es considerado por muchos «pedagogo de la Eucaristía». Promovió asociaciones seglares y sacerdotales, incluyendo la renovación litúrgica y catequética. Creó el Círculo del Catecismo y una Liga de Comunión. Sufrió mucho cuando le indicaban que se alejara de sus campos de acción apostólica, y siempre obedeciendo, rogaba a Cristo que le ayudase. «¡Sufrir y obedecer!», escribía tomando como modelo al Salvador y a san José. Los frutos apostólicos se multiplicaban. Casi al final de su vida fue capellán de una comunidad religiosa en Moerzeke. Se dedicó a la contemplación, al estudio y a la predicación. Escribió contra el marxismo, el materialismo y la secularización. Fue de salud débil toda su vida y tuvo periodos largos en los que se vio obligado a permanecer en cama. Según confió en su última carta a su director espiritual, se ofreció a Cristo por las vocaciones, especialmente las sacerdotales.

La muerte le sorprendió paralizando su corazón, después de tres crisis cardíacas, el 10 de junio de 1924 mientras se hallaba en Leopoldsburgo. Había llegado en 1922 para asistir a los sacerdotes que cumplían servicio militar. Tenía 34 años. Juan Pablo II lo beatificó el 3 de octubre de 1999.

(10 de junio de 2013) © Innovative Media Inc.

otros santos 10 de junio:

- San Bogumilo de Gniezno
- Beato Enrique de Bolzano

lunes, 9 de junio de 2014

09 de junio: San Efrén de Siria

Diácono y doctor de la Iglesia
(300-375?)
Llamado "El harpa del Espíritu Santo".

San Juan Crisóstomo es el sirio de la ciudad, helenizado, transformado por la cultura clásica, iluminado por los resplandores de las escuelas atenienses; San Efrén es un sirio del campo, un representante genuino de la raza bíblica, de aquellos labradores que cultivaban las fértiles campiñas del Orontes y de aquellos pastores que guiaban sus rebaños por las llanuras donde florecieron las más antiguas civilizaciones. Aunque convertidos al cristianismo, estos campesinos conservaban con amor su lengua, sus costumbres y el sello de la raza. Bastaba salir de Antioquía para encontrarse en un mundo distinto, un mundo que el Crisóstomo admiraba por las virtudes de trabajo y honradez de sus habitantes, por la tenacidad de la fe de los rudos aldeanos, por la fuerza vibrante de su elocuencia bárbara y por la solidez de su rústica filosofía, que el sacerdote antioqueno prefería a la ciencia brillante de Grecia.

En este ambiente nació San Efrén, en una casa modesta de aquella ciudad de Nisibe, que, situada en la frontera del Imperio romano, tan pronto veía pasar por sus calles las águilas de los cesáres como los leones heráldicos de los persas.

Dotado de un temperamento poético y soñador, Efrén tenía la inquietud de una llama. El mismo nos habla de su condición antojadiza y aventurera. Era uno de esos hombres que los espíritus prácticos y excesivamente equilibrados consideran con olímpico desdén. Y algo de eso debía de tener el padre del joven. Pero había, además, otro motivo de disentimiento: en la casa de Efrén todos eran paganos, adoradores de Ormuz o devotos de los antiguos dioses asirios. El mismo jefe de la familia llevaba las ínfulas sacerdotales y sacrificaba al fuego y al sol. Pero cuando el viejo recordaba las teorías del Zend-Avesta o las genealogías de Istar y Bel, su hijo meneaba la cabeza o dejaba escapar una risa burlona. Entonces el sacerdote se llenaba de cólera, y su fanatismo se traducía en injurias, amenazas y golpes. «Los cristianos—decía—me han envenenado a este chico.» Y, efectivamente, la doctrina evangélica se había presentado a la mente del mancebo como la única religión capaz de saciar sus ansias contemplativas.

Una tarde, Efrén encontró cerrada la casa paterna. No lo sintió mucho; sin llamar tres veces, volvió la espalda y salió de la ciudad, encomendándose al ángel San Rafael, que no lejos de allí había guiado los pasos del joven Tobías. Caminó incierto a donde su humor le llevaba, de aldea en aldea y de desierto en desierto. Pero aquella vida errante era una escuela para su espíritu observador. Aprendía las lecciones de los anacoretas, lo mismo que los cantos de los aldeanos; se entrenaba en aquella poesía popular, que después manejará con tanta maestría. Vivía en las chozas y en las ermitas, hoy en compañía de los clérigos, mañana guardando rebaños de ovejas. Una noche su ganado fue asaltado y robado por una tropa de beduinos. Esto era en las riberas del Éufrates. Se le creyó cómplice de los ladrones, se le llevó a los tribunales en medio de una gritería espantosa y se le arrojó en un calabozo. Allí su mayor tristeza era pensar que, acaso sin él saberlo, había cometido algún crimen merecedor de la justicia divina; pero cuando más apretado estaba por esta inquietud, vinieron a anunciarle su libertad y el triunfo de su inocencia. Y continuó peregrinando, ayunando en las soledades, regando con sus lágrimas los santuarios, callando meses enteros y, después, animando con su charla inagotable, con su musa pintoresca y llena de imágenes, con sus recuerdos bíblicos y ascéticos, los grupos de los aldeanos y el público abigarrado de las caravanas.

En sus peregrinaciones, penetra dentro del mundo helénico y llega hasta Cesárea, atraído por el prestigio de San Basilio. Él mismo nos cuenta su encuentro con el gran doctor de Capadocia. «Un día—dice—, cuando Dios se compadeció de mí, oí una voz que me decía: Levántate, Efrén, y aliméntate de pensamientos. Yo respondí, turbado: Y ¿dónde los encontraré, señor? Entonces Dios me dijo: Ve a mi casa: allí hay un vaso de oro lleno de maravillas. Empujado por estas palabras, me levanté, dirigíme al templo del Altísimo, y habiendo llegado al peristilo, como inclinase mi cabeza bajo los propíleos, vi en el santuario un vaso de elección, que brillaba delante de la grey de Dios y, adornado de santas máximas, atraía las miradas de todos. He visto el templo penetrado de este divino espíritu, lleno de compasión por la viuda y el huérfano. He visto olas de llanto, y al pastor, bajo las alas de la paloma celeste, levantando al Cielo su oración por el pueblo.»

De esta manera simbólica, muy propia del genio del Oriente, nos cuenta Efrén el principio de aquella entrevista famosa. Su impresión fue tan profunda, que le parecía estar en las antesalas del paraíso. Vuelto del éxtasis, se halló delante del obispo, que, rodeado de sus clérigos, le sonreía y le decía: «¿Eres tú, Efrén, el que ha inclinado noblemente la cabeza y llevado el yugo del Verbo salvador?» Y le respondí: «Yo soy Efrén, corredor perezoso del hipódromo celeste.» Entonces aquel hombre divino, poniendo la mano sobre mí, me confirmó con un santo abrazo y me dio los alimentos de su alma fiel, comida de doctrina incorruptible y de pensamientos inmortales, y le dije, llorando: «¡Oh padre mío, guárdame de mi debilidad y de mis negligencias; dirígeme por el camino recto; el Dios de las inteligencias me ha traído hasta ti para que seas mi médico. Detén mi navío en la onda del reposo.»

Este último ruego parece haber sido escuchado: en adelante, el vendaval de inquietudes que agitaba aquella vida, se calma; el sembrador de imágenes y luces de palabras encuentra un campo fértil para su semilla; el peregrino se fija en la ciudad de Edesa, famosa por sus santuarios y sus fabulosas tradiciones. Sin embargo, dos sentimientos contrarios siguen luchando en su vida. Por una parte le atrae la soledad: «Mirad al onagro—decía—; vedle saltar por los bosques. Y ¿quién podrá igualar la ligereza del corzo cuando corre en el monte? Pero si baja a la llanura, pronto cae la corona que adorna su frente. ¡Oh cristiano, imítale!; busca como él la soledad, porque entre la multitud se encuentra la muerte.» Muchas veces Efrén siente el aguijón de este anhelo anacorético; pero el bien de sus hermanos le detiene; la caridad es el áncora de su navío. Desde el día en que San Basilio puso las manos sobre su cabeza, tiene la orden del diaconado; pero esta dignidad le abruma y le hace palidecer de terror. Rehúsa el sacerdocio y se finge loco para evitar los honores episcopales. No obstante, logra encontrar un medio de conciliar aquellos dos anhelos contradictorios. A un lado de la ciudad se alza una montaña que ofrece sus cavernas a los solitarios. En una de aquellas cavernas vive Efrén. Allí ayuna, medita, escribe, comenta la Sagrada Escritura, compone sus poemas místicos y ascéticos y construye sus himnos doctrinales, que deben ser máquinas de guerra contra los herejes. Su proyecto es enviar todas aquellas cosas a las escuelas y las basílicas de la ciudad, para que luego se extiendan por el campo y se canten en las plazas y hagan más llevadera la soledad de los pastores en el destierro. Pero eso más tarde, cuando él goce ya de la paz definitiva, cuando nadie se acuerde de Efrén el poeta. Y he aquí que un día los manuscritos desaparecen, llegan a la ciudad, corren de mano en mano y suben a las cátedras sagradas. Cuando el diácono va a entrar en el templo, sus versos resuenan en las naves y la muchedumbre fija en él sus miradas. Huye aterrado, pero el ángel de Dios le detiene, diciendo: «¿Adonde vas?» «Voy—responde el poeta—a buscar la paz, a esconderme de las tempestades del siglo.» «Ten cuidado—replicó la voz angélica—de que no se te pueda aplicar lo que está escrito: Efraín es una becerra rebelde; ha sacudido el yugo de su cabeza.»

Desde este momento, Efrén se entrega definitivamente; se resigna a ser el poeta religioso y popular de su tierra, el profeta, el apóstol, la gloria más pura de la Iglesia de Siria. Reúne en torno suyo a los solitarios para instruirles en la vida espiritual, dirige los coros de las vírgenes, predica al pueblo, le ilumina con sus poemas, le enardece, le excita a la lucha, le consuela y le sostiene en las horas del peligro. Va de la montaña a la ciudad y luego deja a la multitud para recogerse solo con Dios. Vive en días de terror y de llanto. Romanos y persas atraviesan su patria en son de guerra; el hambre hace estragos en Edesa y la peste diezma a la población. El desaliento encoge los corazones; cuando aparece San Efrén, reanima a los ciudadanos; con su palabra, como con una llave de oro, según la expresión de San Gregorio Niseno, abre las arcas de los ricos, organiza un vasto hospital bajo los pórticos de la plaza, ordena el servicio de los enfermos, y gracias a él en Edesa vuelve a renacer la confianza, el orden, la alegría.

Pero este organizador era, ante todo, un poeta; un poeta místico y popular a la vez, cuyo genio llegamos a comprender difícilmente. Pertenece a un mundo distinto del nuestro, a un mundo oriental, asiático, en que dominan la imaginación y el símbolo. Es a la vez antiguo y moderno, espontáneo y solemne. Carece de cultura clásica. Sus escuelas han sido la iglesia, el campo y luego la celda; sus dos libros, la Naturaleza y la Biblia. Ha leído y releído y meditado las Sagradas Escrituras; y sus interpretaciones, si a veces recuerdan el sistema de la escuela de Antioquía, son siempre personales y llenas de originalidad. No obstante, su estilo no tiene la concisión y rapidez del estilo bíblico; es difuso, hiperbólico, imaginativo, y con frecuencia nos recuerda las formas refinadas de la poesía islámica. Al leerle nos figuramos al narrador de cuentos y hadices bajo la tienda, más que al profeta que amenaza en el pórtico del templo. Escribe en prosa cuando interpreta los santos libros, pero el verso es la forma ordinaria y natural con que se viste su pensamiento. Ya sea que reprenda a los monjes, o cante la vida de los santos anacoretas, o celebre a los patriarcas del Antiguo Testamento, o predique al pueblo, o levante su voz contra las herejías, o se extasíe ante los misterios de Cristo y las grandezas de su Madre, es siempre la forma poética la que recoge su inspiración, más afectuosa que dogmática, más patética que discursiva. Tiene el don de lágrimas; llora y hace llorar. Sus discursos, inflamados por súbitas oraciones, son diálogos entre el alma y Dios, donde a veces se intercalan relatos de visiones, que no sabemos si son alegóricas, o si se ofrecen realmente presentes a sus ojos por el ardor de su imaginación y de su fe. Ve la suprema belleza, hacia la cual aspira su alma; habla con ella, recoge sus respuestas en raptos jubilosos, para caer luego tembloroso, abrumado por un terror tan grande como su entusiasmo. Cuando habla con el pueblo, es piadoso y lleno de ternura; con los monjes es severo y amenazador; pero su lira tiene siempre el poder mágico de hacer amable la virtud, aunque la revista con el gran manto de la austeridad.

Donde el fervor religioso de San Efrén tiene sus momentos más inspirados, es en sus himnos teológicos y apologéticos. Pueblo primitivo y patriarcal, el de Siria, miraba la poesía y el canto como un instrumento de enseñanza doctrinal y de lucha de ideas. No le bastaba la predicación ni la controversia. Muchas veces, en los campos y en los caminos, había oído Efrén las canciones heréticas con que Harmonio, discípulo de la escuela de Atenas, esparcía entre los sirios los errores gnósticos de su padre, bardesanes. La vehemencia de sus convicciones le lleva a emplear el mismo sistema para defender la verdad. Sus enemigos son Marción, Manes, el mismo Harmonio, Arrio y Juliano el Apóstata. Su palabra es una espada: hiere y relampaguea, movida por la violencia del amor: «Juntaos, judíos y herejes—grita el guerrero de la fe—, juntaos con los bárbaros y los idólatras, dadme la muerte por Jesucristo. Vuestro crimen me llenará de horror, pero seré dichoso muriendo.» El genio de Efrén no se complace en remontarse a las esferas de la especulación metafísica; acepta el razonamiento cuando se le ofrece la ocasión, pero de ordinario se contenta con cantar la belleza y la sublimidad de la verdad. Tiene su teología, pero esa teología es popular como su poesía. Lo mismo que en sus poemas ascéticos, también aquí tiende al soliloquio, haciendo de su poema una efusión del alma delante de Dios, una meditación, una elevación sobre los misterios cristianos. Las cuerdas de su alma vibran con más suavidad cuando celebran las glorias de María, y sus cantos de Navidad tienen la misma frescura inmarcesible de nuestros villancicos clásicos. Pero si en ellos saludamos complacidos al primer trovero de la Virgen, en sus elegías, en aquellos fúnebres lamentos con que llora la muerte de sus conciudadanos más ilustres, desde el obispo hasta el niño agotado en la cuna, se nos presenta como el cantor doliente de las efímeras alegrías del mundo. Con rigor inexorable persigue las obras de la vanidad en todos los momentos de la gloria humana, en todos los trofeos da la ambición. La nada de la vida le pone en los labios expresiones geniales; nada le deslumbra sobre la tierra; tiene el corazón en la altura, agitado entre las esperanzas y los terrores del mundo invisible. Las escenas espeluznantes del juicio último se mueven delante de sus ojos con tal viveza, que le turban, le hacen palidecer y prorrumpir en crisis de llanto. He aquí cómo nos describe uno de estos accesos de angustia: «Antes de amanecer, levantéme, y salí con dos hermanos de la ciudad de Edesa, la muy amada. Había levantado los ojos al Cielo como a un límpido espejo que reflejaba el brillo de los astros sobre la tierra. Lleno de admiración, me decía: «Si estas cosas resplandecen con tanta gloria, ¿cómo no brillarán los santos en el advenimiento del Señor?» Y empecé a pensar en esta venida terrible. Mi cuerpo temblaba, mi alma se estremecía y yo lloraba diciendo: «¿En qué estado será sorprendido, al llegar aquella hora, este pobre pecador?» Los dos hermanos que me acompañaban se volvieron a mí y me preguntaron: «¡Oh Padre!, ¿por qué gimes de esta manera?» Yo les dije: «Lloro por mi cobarde indolencia, hijos míos; Dios, en su bondad, nos ha dado la luz y yo la rechazo cada día; constantemente la gracia visita nuestros corazones; si los encuentra en paz, penetra y habita en ellos; pero si no los encuentra limpios, se aleja, dejándolos en la oscuridad.» Y he aquí que en nosotros encuentra siempre una habitación llena de soberbia y de cobardía, un verdadero lodazal de malos deseos y pensamientos vergonzosos.»

Sin embargo, los últimos momentos de aquella vida hermosa fueron serenos y luminosos, como el agonizar de una tarde en Oriente. El último canto del poeta respira confianza y aun alegría. Es su «Testamento», resumen poético y encantador de su existencia, retrato de su alma, postrer destello de una llama pura y ardiente. Se le ve satisfecho, como el labrador que ha terminado su jornada, como el jornalero que ha consumado su tarea. «Yo muero—exclama—; el tejido se ha terminado; falta aceite en la lámpara; mis días y mis horas han volado hacia la eternidad. Jesús, júzgame Tú, pues aquel a quien Dios juzgare, necesariamente alcanzará misericordia. Pasé largas horas en las asambleas disputando con los infieles; nunca me separé de la Iglesia, ni dudé del poder de Dios, ni hice al Espíritu Santo menor que el Padre y el Hijo.» Se despide emocionado de la ciudad que le ha dado hospitalidad, que le ha aplaudido sus versos y se ha estremecido al oírle en las grandes solemnidades. «Bendita sea—dice—, por siempre bendita la ciudad en que habitáis, Edesa, madre de sabios.» A sus hermanos y discípulos sólo les deja el ejemplo de su fe y su doctrina, «porque Efrén nunca tuvo bolsa, ni bastón, ni oro, ni plata, ni posesión alguna». Pide una sepultura humilde; teme la admiración de sus compatriotas y se dirige a ellos diciendo: «No me enterréis, oh edesanos, en vuestros monumentos, ni cerca del altar, ni a la sombra de la casa del Señor. ¿Qué tiene que ver un gusano con la morada de la santidad? He hecho un pacto con Dios para ser colocado entre los extranjeros; porque soy, como ellos, un extranjero y peregrino. Llevadme con la túnica y el manto que usaba ordinariamente; acompañadme con himnos y salmos y haced ofrendas por mi alma.»

Tal fue el doctor de Siria. Muchas de sus obras han desaparecido; otras sólo se conservan en traducciones griegas, que son verdaderas paráfrasis; pero aun así, la admiración nos sobrecoge ante la figura nobilísima y la obra espléndida, y los arrebatos líricos, y las brillantes fantasías, y la exaltación religiosa del gran poeta místico, a quien sus compatriotas llaman la columna de la Iglesia y la cítara del Espíritu Santo. «Grande es Efrén—decía San Juan Crisóstomo—, despertador de espíritus pusilánimes, consuelo de los afligidos, disciplina y enseñanza dé la juventud, espejo de los monjes, maza poderosa de la fe, aposento de las virtudes y morada del Paráclito.» Cuando los edesanos llevaron su cuerpo al cementerio de los extranjeros, pudieron muy bien recoger aquellas estrofas con que él había llorado a uno de sus amigos: «¡Oh río de vida, cómo se ha secado tu lecho! ¡Oh talento generoso y fructuoso!, ¿quién nos ha robado tu amable fulgor? ¡Oh árbol magnífico!, ¿qué mano atrevida ha sacudido tus ramas y hecho caer tus frutos? Tesoro opulento de sabiduría, arca de las divinas riquezas, fuente de erudición, ¿quién te oculta a nuestras miradas? Tú has sido el honor de la Iglesia, la trompeta de la profecía, el heraldo de los Apóstoles, el oráculo de los dos Testamentos, el intérprete de la doctrina inspirada, el mensajero enviado del Cielo para anunciar la vuelta de la naturaleza y una vida nueva, el cultivador feliz de nuestro campo, el guarda vigilante de nuestra viña, el que multiplicaba nuestras cosechas. ¡Las tierras que tú cultivaste lloran tu muerte y no pueden consolarse por tu ausencia! Hombre excelente, que te has levantado sobre nuestra región como estrella de la mañana, ¿por qué se ha extinguido tu luz? ¿Por qué tu brazo no se alza ya en medio del combate?»

(fuente: www.divvol.org)

otros santos 09 de junio:

- San Plácido de Amiterno
- Beato José de Anchieta
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