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viernes, 14 de noviembre de 2014

14 de noviembre: San José Pignatelli

Restaurador de los jesuitas

El mérito especial de este santo fue el de conservar lo que quedaba de la Compañía de Jesús (que es la Comunidad religiosa más numerosa en la Iglesia Católica) y tratar de que los religiosos de esa comunidad pudieran sobrevivir, a pesar de una terrible persecución.

De familia italiana, nació en Zaragoza (España) en 1737. Se hizo jesuita y empezó a trabajar en los apostolados de su Comunidad, especialmente en enseñar catecismo a los niños y a los presos.

En 1767 la masonería mundial se puso de acuerdo para pedir a todos los gobernantes que expulsaran de sus países a los Padres Jesuitas. El rey Carlos III de España obedeció las órdenes masónicas y declaró que de España y de todos los territorios de América que dependían de ese país quedaban expulsados los jesuitas. Con este decreto injusto le hizo un inmenso mal a muchas naciones y a la Santa Iglesia Católica.

El Padre José Pignatelli y su hermano, que eran de familia de la alta clase social, recibieron la oferta de poder quedarse en España pero con la condición de que se salieran de la Compañía de Jesús. Ellos no aceptaron esto y prefirieron irse al destierro. Se fueron a la Isla de Córcega, pero luego los franceses invadieron esa isla y de allá también los expulsaron.

En 1774 Clemente XIV por petición de los reyes de ese tiempo dio un decreto suprimiendo la Compañía de Jesús. Como efecto de ese Decreto 23,000 jesuitas quedaron fuera de sus casas religiosas.

El Padre Pignatelli y sus demás compañeros, cuando oyeron leer el terrible decreto exclamaron: "Tenemos voto de obediencia al Papa. Obedecemos sin más, y de todo corazón".

Durante los 20 años siguientes la vida del Padre José y la de los demás jesuitas será de tremendos sufrimientos. Pasando por situaciones económicas sumamente difíciles (como los demás jesuitas dejados sin su comunidad), pero siempre sereno, prudente, espiritual, amable, fiel.

Se fue a la ciudad de Bolonia y allí estuvo dedicado a ayudar a otros sacerdotes en sus labores sacerdotales, y a coleccionar libros y manuscritos relacionados con la Compañía de Jesús y a suministrar ayuda a sus compañeros de religión. Muchos de ellos estaban en la miseria y si eran españoles no les dejaban ni siquiera ejercer el sacerdocio. Un día al pasar por frente a una obra del gobierno, alguien le dijo que aquello lo habían construido con lo que les habían quitado a los jesuitas, y Pignatelli respondió: "Entonces deberían ponerle por nombre "Haceldama", porque así se llamó el campo que compraron con el dinero que Judas consiguió al vender a Jesús.

Cuando los gobiernos de Europa se declaraban en contra de los jesuitas, la emperatriz de Rusia, Catalina, prohibió publicar en su país el decreto que mandaba acabar con la Compañía de Jesús, y recibió allá a varios religiosos de esa comunidad. El Padre Pignatelli con permiso del Papa Pío VI se afilió a los jesuitas que estaban en Rusia y con la ayuda de ellos empezó a organizar otra vez a los jesuitas en Italia. Conseguía vocaciones y mandaba los novicios a Rusia y allá eran recibidos en la comunidad. El jefe de los jesuitas de Rusia lo nombró provincial de la comunidad en Italia, y el Papa Pío VII aprobó ese nombramiento. Así la comunidad empezaba a renacer otra vez, aunque fuera bajo cuerda y en gran secreto.

El Padre Pignatelli oraba y trabajaba sin descanso por conseguir que su Comunidad volviera a renacer. En 1804 logró con gran alegría que en el reino de Nápoles fuera restablecida la Compañía de Jesús. Fue nombrado Provincial. Con las generosas ayudas que le enviaban sus familiares logró restablecer casas de Jesuitas en Roma, en Palermo, en Orvieto y en Cerdeña.

Ya estaba para conseguir que el Sumo Pontífice restableciera otra vez la Compañía de Jesús, cuando Napoleón se llevó preso a Pío VII al destierro.

El Padre Pignatelli murió en 1811 sin haber logrado que su amada Comunidad religiosa lograra volver a renacer plenamente, pero tres años después de su muerte, al quedar libre de su destierro el Papa Pío VII y volver libre a Roma, decretó que la Compañía de Jesús volvía a quedar instituida en todo el mundo, con razón Pío XI llamaba a San José Pignatelli "el anillo que unió la Compañía de Jesús que había existido antes, con la que empezó a existir nuevamente". Los Jesuitas lo recuerdan con inmensa gratitud, y nosotros le suplicamos a Dios que a esta comunidad y a todas las demás comunidades religiosas de la Iglesia Católica las conserve llenas de un gran fervor y de grandísima santidad.

(fuente: www.ewtn.com)

otros santos 14 de noviembre:

- Beata María Merkert

jueves, 13 de noviembre de 2014

13 de Noviembre: San Leandro de Sevilla

Obispo
(† 600)

Hay hombres que con sólo nombrarlos nos traen a la mente una idea que revela toda su alma y condensa toda su vida. Todo lo demás es en ellos accesorio, o al menos así nos parece, y o lo confundimos con lo que forma el rasgo principal de su carácter, o nos olvidamos fácilmente de ello. Cuando decimos San Benito, pensamos en el legislador, y en sus manos ponemos el libro de su Regla; cuando nombramos a Gregorio VII, sin querer nos viene a los labios una palabra en que se resumen todos sus esfuerzos: Reforma. No nos pasa lo mismo con San Gregorio Magno, San Bernardo, San Anselmo. Son almas multiformes, verdaderos Proteos en su actividad, a quienes encontramos en todas partes y siempre sobre las cumbres.

San Leandro pertenece a los primeros, como su hermano Isidoro a los segundos. Diríase que el alma, la vida, toda la acción de Leandro no tienen más que una razón de ser; guiar a los hombres hacia la luz de la fe. La palabra que le cuadra es: Ortodoxia. A ella encaminó todos los pasos de su existencia. Al principio andaba tal vez inconscientemente; pero había otro que le guiaba y sabía el fin. Como a Moisés, Dios había escogido a Leandro para una gran misión: lo que pone a estos dos hombres en un mismo plano es que los dos son conductores de dos pueblos escogidos. Cada cual libraría al suyo del reino del mal, el uno sacándolo de las tinieblas de Egipto, el otro librándolo de las tinieblas de la herejía.

En la frente de San Leandro vemos claramente el signo de la vocación divina; y en su destino admiramos y adoramos los designios de la Providencia. Dios lo dispone, lo prepara, lo lleva a cumplir su gran misión; pero las sendas que escoge nos desconciertan. Leandro pertenecía a una gran familia. Su padre era uno de los grandes magnates del reino visigodo; rico, poderoso, influyente, duque o gobernador de la provincia levantina, que tenía su capital en Cartagena. Cualquiera hubiera pensado que Dios iba a utilizar el poder del padre para realizar la misión del hijo. Un duque de Cartagena podía aspirar al trono de Toledo, y, una vez en el trono, establecer la unidad religiosa. Pero un día los bizantinos entran en España, se apoderan de todo Levante, desde Murcia hasta Málaga, y establecen en Cartagena el centro de su poderío ibérico (554). La familia de Leandro se destierra a Sevilla, y en Sevilla abraza su madre la fe católica. «Muchas veces—dice el hijo—le preguntaba yo si quería que volviésemos a nuestra patria, y ella, sabiendo que había salido de allí por voluntad de Dios, decía, y lo juraba, que no la volvería a ver, y añadía llorando: El destierro me hizo conocer a Dios, moriré desterrada; donde llegué al conocimiento de Dios, allí estará mi sepulcro.»

Entre tanto, Leandro se hace monje. Vive pobre y desconocido. Diríase que va alejándose de su fin en este mundo. Ya no tiene las armas, ni el dinero, ni el prestigio de la nobleza, ni el poder. Pero hay en el mundo algo más fuerte que todas esas cosas: es la palabra, sin la cual no existiría ni el relámpago de la espada, ni el trueno del cañón. Ella arma a los reyes, cambia las riquezas de unas manos a otras, y derrueca los poderes. Leandro tenía esa fuerza irresistible, y en el monasterio la empleaba para el combate, trabajaba, estudiaba, meditaba, abrasaba su corazón en la contemplación de la verdad, con aquel fuego que luego iba a derramar su voz. El monasterio era en aquel tiempo la fragua de los hombres: Leandro, Gregorio, Isidoro, Eugenio, Ildefonso, Braulio..., todos los grandes prelados de entonces se criaron en el monasterio. Sin embargo, el monje sigue recordando a su ciudad, pero con el dolor altivo de quien la ve hollada por la planta del extranjero. «Feliz de ti—dice escribiendo a su hermana Santa Florentina—, porque ignoras lo que tendrías que lamentar. Pero yo, que soy testigo de vista, puedo decirte que de tal manera ha perdido nuestra patria su primera hermosura, que no hay ya en ella ni un hombre libre, quedando, contra lo que solía, completamente estéril, y esto no sin justo juicio de Dios, pues la tierra a quien han sido arrebatados los ciudadanos para cederlos el enemigo, al perder el honor, perdió también la fecundidad.»

Un día, el silencio de la celda donde Leandro leía, vióse repentinamente turbado. Los sevillanos entraron, se apoderaron de él, y, llevándolo a la basílica de San Vicente, lo sentaron en la cátedra episcopal. Esto era alrededor del año 578. Poco después llega a Sevilla Hermenegildo, que debía gobernar la Bética, en nombre de su padre Leovigildo, con el título de rey. Hermenegildo era arriano; pero tenía un alma buena, una mujer también buena, que era católica, y en los brazos de esa mujer una criatura que le sonreía y que había sido bautizada en el nombre del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo. Además, la casualidad, o, mejor dicho la Providencia, había puesto al príncipe al lado de San Leandro. La vida del hombre y la Historia entera están llenas de estos sucesos, al parecer enteramente accidentales. San Leandro se encontró con San Hermenegildo inopinadamente. Llegaron a Sevilla con otros fines muy distintos, pero Dios había sacado al uno de Cartagena y al otro de Toledo principalmente para que se encontrasen. ¡Encuentros misteriosos y cotidianos, de los cuales depende muchas veces la salvación de un alma, de muchas almas, de un pueblo entero, y hasta el cambio del eje del mundo!

Así era en esta ocasión. El obispo hablaba a su pueblo, y como hablaba bien, el príncipe iba a escucharlo, como fue antaño Agustín a escuchar a Ambrosio. Luego, el obispo empezó a entrar en el palacio del príncipe, y el príncipe empezó a ir a la celda del obispo, y un día el príncipe acabó por confesar que la fe de Leandro era la suya, y el obispo Leandro le admitió en la Iglesia, le puso por nombre Juan y lo asoció a su misión de defensor de la verdad.

No tardó en desenvainar la espada. Su padre era un arriano convencido; su madrastra, una mala hembra que, a las tinieblas del error, juntaba un corazón de hiena. Muchas veces el pavimento del palacio se había enrojecido con la sangre de Ingunda, la mujer del príncipe, maltratada por aquella víbora. Hermenegildo se declaró en Sevilla campeón de la ortodoxia. Su padre fue con un ejército contra él. El reino hético fue asolado; Sevilla, saqueada; Hermenegildo, preso, y Leandro, desterrado. Parecía destruido el plan de Dios por el genio del hombre; pero las vías divinas están llenas de sorpresas.

A nosotros nos parece natural que cuando Dios escoge a un hombre como brazo de su sabiduría, Él, que es todopoderoso, debería allanarle los caminos y conducirle rectamente hacia el fin. Por eso no acertamos a comprender los rodeos que con frecuencia tienen que dar los santos en la realización de su obra. Hay titubeos, dificultades, desalientos, que una vez y otra obligan a empezar. Y, sin embargo, así son las cosas. Suelen decir los santos que el fruto y la bondad de una empresa pueden medirse por las contradicciones que levanta.

Leandro salió de España con la aureola del perseguido, y mientras su neófito daba la vida por guardar la fe, él aguardaba en el estudio y la oración la hora de la Providencia. Fueron sólo dos años de espera. Leovigildo, que llevaba el alma envenenada por la muerte de su hijo, comprendió su error entre las tristezas de la vejez. Leandro fue llamado a Toledo, y aquel rey, grande hasta en sus extravíos, renunció en su presencia a la herejía. La palabra del monje había vencido a la espada del guerrero. La palabra predicada por Leandro, el Verbo divino, igual y consustancial al Padre desde toda la eternidad, triunfaba sobre la palabra impuesta por los ejercicios, un verbo creado en el tiempo, que no tiene la sustancia divina, y por una extraña aberración es llamado Dios. El arrianismo tenía que caer en esa contradicción, y, por tanto, tenía que morir.

La palabra del apóstol salía empapada en la sangre del mártir. Era una semilla divinamente fecundada, que, cayendo con el corazón del hijo de Leovigildo, Recaredo, y de todos sus vasallos, produjo por toda España una floración de fe, una epifanía de vida católica, que estalló delirante en el tercer concilio de Toledo. Era el 4 de mayo del año 589; una de las fechas más gloriosas de la Historia de España. Los reyes, los obispos, los grandes y el pueblo se reunieron para dar gracias a Dios Padre, Hijo y Espíritu Santo, que se había dignado conceder a su Iglesia la paz y la unión, haciendo de todos un solo rebaño y un solo pastor, por medio del apostólico Recaredo, que maravillosamente glorificó a Dios en la tierra. San Leandro, alegre a tan rica mies, habló en aquella ocasión como hubiera hablado San Crisóstomo. Fue el inspirado cantor de la unidad, el profeta del nuevo orden de cosas, el primer pregonero de una idea imperial, que llevaba dentro de sí un germen de vitalidad profunda.

«Nuevos pueblos—decía—han nacido de repente para la Iglesia. ¡Regocíjate, santa Iglesia de Dios! Sabiendo cuan dulce es la caridad y cuan agradable la unidad, tú no predicas sino la alianza de las naciones, no suspiras sino por la unidad de los pueblos. El orgullo ha dividido las razas con la diversidad de las lenguas; es menester que la caridad los vuelva a unir. Procedentes de un mismo hombre, unidas por el mismo origen, el orden natural pide que todas las naciones vivan unidas por la fe y la caridad. Uno es el poseedor del Universo, y las cosas poseídas deben también congregarse en la unidad.»

Después, acordándose de aquel pueblo a quien él introducía en el templo de la fe, añadía: «Alégrate y regocíjate, Iglesia de Dios, que formas un solo cuerpo con Cristo; vístete de fortaleza, llénate de júbilo, porque han cesado tus lágrimas, has logrado tus deseos, has depuesto los vestidos de luto; entre gemidos y oraciones concebiste, y después de los hielos, las lluvias y las nieves, contemplas en dulce primavera los campos llenos de flores y pendientes de la vid los racimos. Los que antes nos atribulaban con su fiereza, ahora nos consuelan con su fervor. Gemíamos cuando nos oprimían; pero aquellos gemidos son hoy nuestra corona...»

Antes de terminar, el genial orador, hombre de la estirpe de los grandes maestros de la palabra, vuelve a su gran idea de la fraternidad universal, y pregunta con generoso optimismo: «¿Cómo dudar que todo el mundo habrá de convertirse a Cristo? La caridad juntará lo que separó la discordia de Babel. No habrá parte alguna del orbe adonde no llegue la luz de Cristo. ¡Un solo corazón, una sola alma! De un solo hombre procedió todo el linaje humano, para que pensase lo mismo y amase y siguiese la unidad.»

Una nueva España salía de aquella asamblea: la España convertida en pueblo de Dios, la triunfadora secular de los infieles, la descubridora de nuevos mundos, la sembradora de la unidad, la civilizadora incansable, la propagadora inmortal de la verdadera civilización de los pueblos. Diríase que, al regenerarla en Cristo, el santo apóstol puso en ella su fe entusiasta e intrépida y aquel amor a la unidad que tan bellamente le hizo hablar en el tercer concilio de Toledo.

El resto de su vida consagrólo San Leandro a confirmar su obra con el ardor de su palabra, con el prestigio de su vida y con sus libros ascéticos y teológicos, libros notables por la grandeza de los conceptos, por la profundidad en el sentir y por la suavidad del estilo. El que se intitula De la institución de las vírgenes es tan bello, tan original, tan natural y enjundioso en su contenido, tan férvido y puro en su lenguaje, que puede considerarse como uno de los frutos más sazonados de la literatura ascética.

En la realización de su obra encuentra Leandro el apoyo de dos hombres superiores. Desde Toledo le ayuda Recaredo, modelo de reyes; desde Roma le anima San Gregorio Magno, ejemplar de Papas. Gregorio era su amigo. Los dos monjes se habían conocido en Constantinopla, se habían comprendido, y mutuamente se habían consagrado una amistad entrañable. El Papa escribía al obispo cartas de una deliciosa intimidad, en que aún sentimos palpitar su gran corazón: «Cuan grandes ansias tengo de verte—le decía—, puedes leerlo, puesto que me amas, en el libro de tu corazón. Pero como la distancia me impide realizar mi deseo, el amor me ha inspirado enviarte y dedicarte, para que te acuerdes de mí los «Comentarios» que he puesto sobre Job, y el Libro de la Regla Pastoral, que compuse al principio de mi pontificado.»

Otra vez le escribía San Gregorio: «Al recibir tu carta, he visto que realmente estaba escrita con la pluma de la caridad. Todos aquellos que la oyeron leer se han sentido atraídos hacia ti con los lazos del amor. Por ella he conocido cuan grande es el que abrasa tu alma, pues tanta fuerza tiene para encender a los demás. De mí puedo decirte que, aunque ausente en el cuerpo, ni un instante dejas de estar presente en mi memoria, pues llevo la imagen de tu rostro impresa en mi corazón.»

Alaba el gran Pontífice la eficacia de aquella palabra apostólica. Grande debía de ser, efectivamente, a juzgar por sus frutos maravillosos. Ella encendió en el amor de Cristo el corazón de la virgen Florentina; ella produjo la santidad heroica del obispo de Écija, San Fulgencio; ella formó al gran doctor de aquel siglo, San Isidoro; ella conquistó suavemente el alma del joven príncipe visigodo, y dominó la pertinacia rebelde de su padre y transformó la historia de todo un pueblo. Algo de aquella virtud penetrante y de aquel ardor comunicativo lo sentimos todavía en el libro que, con el título de Instrucción de las vírgenes y desprecio del mundo, dedicó Leandro a su hermana Florentina. Es lo que nosotros llamamos su Regla, joya excelsa de la ascesis cristiana, monumento precioso de discreción, de experiencia, de íntima elocuencia y de bondad cautivadora.

otros santos 13 de noviembre:

- Beata Maria Teresa Scrilli

miércoles, 12 de noviembre de 2014

12 de noviembre: San Diego de Alcalá

«Franciscano aclamado por su virtud y prodigios. Dio nombre a la misión, ciudad y condado de California, y ostenta el patronazgo de numerosas localidades españolas. Se le festeja en diversos estados de México y Colombia»

Madrid, 12 de noviembre de 2014 (Zenit.org) Aunque los franciscanos conmemoran su día el 13 de noviembre, fecha de su fiesta más extendida, el Martirologio Romano lo incluye el 12 de noviembre, criterio que se sigue en este santoral de ZENIT.

Nuevamente, y como se ha visto hace unos días con otras misiones californianas fundadas por fray Junípero Serra, san Diego de Alcalá da nombre a la primera de todas las que aquél admirable apóstol mallorquín erigió, hecho que se produjo el 16 de julio de 1769. Diego nunca salió de los confines de la España peninsular e insular, exceptuando un corto periodo que pasó en Roma, pero su nombre, virtud y milagros se respiran en el aire del continente americano y el de otros muchos lugares del mundo, gracias a que su intrépido hermano, tres siglos después de su muerte, pensó en él al hender la cruz en tierra marcando su fundación, como hizo en todas sus misiones. Ésta de san Diego fue asediada por contratiempos y entonces, otro mallorquín, fray Luís Jaume, primer mártir de California, aconsejó su desplazamiento a nuevo lugar. Erró en su idea, por lo cual más tarde fray Junípero la devolvió a su emplazado original.

Diego nació en la localidad sevillana de San Nicolás del Puerto, España, hacia finales del siglo XIV; se desconoce la fecha exacta. La modestísima condición de sus piadosos y humildes progenitores le impidió recibir adecuada formación académica. El santo fue una de las tantas personas iletradas que había en ese momento en España, una circunstancia que no influyó en absoluto en su virtud, ya que su excelsa ciencia y sabiduría se la debía únicamente a Dios. Cinceló sus rasgos de perfección muy pronto llevando una intensa vida de oración y penitencia con espíritu monacal, y bajo la dirección de un ermitaño, cerca de la iglesia del pueblo. Para su supervivencia y asistencia a los pobres, labraba una huerta y se dedicaba a la artesanía realizando diversos utensilios para uso doméstico.

Las noticias que tuvo acerca de la vivencia del carisma franciscano llamaron su atención, y a los 30 años solicitó ingresar en el convento de Arrizafa, Córdoba. Al tratarse de una persona sin formación, no pudo profesar más que como lego. Fue destinado a oficios que bien conocía, como el de hortelano, y en el tramo último de su existencia, a la delicada, aunque humilde misión de portero, en la que desplegó sus grandes virtudes, especialmente la paciencia, caridad, prudencia y amabilidad que le caracterizaron.

Su vida estuvo plagada de prodigios. Y no siempre fueron comprendidas las gracias que recibía. Cuando dentro de la comunidad censuraban su desprendimiento con los desfavorecidos, sin inmutarse su ánimo, respondía: «No teman, Dios no puede dejar de bendecir esta clase de abusos, lejos de arruinar a la comunidad, esas limosnas atraerán hacia ella las gracias del cielo, pues el bien hecho a los pobres es caridad hecha a Jesucristo». Rezumando caridad, y abrasado en el amor a Cristo crucificado, muchas veces se quedaba sumido en raptos de los que «regresaba» con tal sabiduría que sin pretenderlo se convertía en maestro de versados teólogos que escuchaban atónitos la profundidad y clarividencia de sus respuestas. Era un religioso que sentía pasión por la Eucaristía, obediente, hombre de oración y mortificación, sencillo y servicial, virtudes que vivió de forma heroica y que admiraban a santa Teresa de Jesús.

Su devoción a María fue inmensa; se sentía amparado por Ella, a la que atribuyó sus muchos milagros. Pasó por Sevilla y Canarias donde fue guardián del convento de Fuerteventura, lugar en el que evangelizó durante ocho años a muchos nativos. Las trabas que le pusieron por esta acción apostólica marcaron su regreso a la Península en 1449. Otra de sus misiones discurrió en Sanlúcar de Barrameda, Cádiz. En 1450 viajó a Roma junto a su superior, fray Alonso de Castro, con objeto de participar en el año jubilar. Además, se canonizaba a san Bernardino de Siena. Su estancia en el convento de Santa María in Ara Coeli coincidió con una epidemia de peste que afectó a una parte de los religiosos. El convento acogió a muchos damnificados, y Diego fue el encargado de llevar las riendas del entramado sanitario que tuvo que ponerse en marcha de manera imprevista. Durante tres meses heroicamente asistió y consoló a los contagiados y a tantos otros que tocaban las puertas del religioso recinto por carecer de todo para su sustento y vestido, realizando diversos milagros entre ellos.

Vuelto a España, pasó por Sevilla y Castilla, en su convento de la Salceda. Su último destino fue el de Santa María de Jesús, de Alcalá de Henares. Durante más de diez años se dedicó a la horticultura y, finalmente, a la portería, misión que ejerció admirablemente y lugar en el que continuaron manifestándose los prodigios. Uno de ellos se produjo al ser recriminado por un religioso que censuraba su generosidad. Al descubrirse el hábito, los panes que había escondido se convirtieron en flores. El 12 de noviembre de 1463, cuando tenía 63 años, murió. Previamente, había sostenido en sus brazos el crucifijo de madera que había sido su más preciado compañero toda la vida, recitando ante él esta estrofa del himno litúrgico a la cruz: Dulce lignum, dulces clavos, dulcia ferens pondera (Dulce madero, que sostienes tan dulces clavos y tan dulce peso). Aclamado en vida por altos miembros de la Iglesia, reyes y plebeyos, fue inmortalizado por Lope de Vega, y su figura plasmada en lienzos por artistas de la talla de Zurbarán, Murillo y Gregorio Hernández, entre otros. Sixto V lo canonizó el 2 de julio de 1588. Felipe II, que fue agraciado por el santo una vez fallecido, obteniendo la curación de su hijo, había instado al pontífice Pío IV a que iniciara su causa.

Es patrón de los franciscanos legos, y ostenta también el patronagzo de numerosas localidades españolas, pero también se celebra su festividad en diversos estados de México y Colombia, además de la mencionada California.

escrito por Isabel Orellana Vilches (12 de noviembre de 2014) © Innovative Media Inc.

otros santos 12 de noviembre:

- San Millán de la Cogolla

martes, 11 de noviembre de 2014

11 de Noviembre: San Martín de Tours

Obispo
Año 397

Que el simpático San Martín nos obtenga de Dios la gracia de recordar siempre que todo favor que hacemos al prójimo lo recibe y lo paga Jesucristo, como si se lo hubiéramos hecho a Él en persona.

Si tenéis fe, nada será imposible para vosotros (Jesucristo. Mt. 17,20).

Martín significa: "el batallador". (De Mart = batalla).

San Martín es un gran santo queridísimo para los franceses, y muy popular en todo el mundo.

Nació en Hungría, pero sus padres se fueron a vivir a Italia. Era hijo de un veterano del ejército y a los 15 años ya vestía el uniforme militar.

Durante más de 15 siglos ha sido recordado nuestro santo por el hecho que le sucedió siendo joven y estando de militar en Amiens (Francia). Un día de invierno muy frío se encontró por el camino con un pobre hombre que estaba tiritando de frío y a medio vestir. Martín, como no llevaba nada más para regalarle, sacó la espada y dividió en dos partes su manto, y le dio la mitad al pobre. Esa noche vio en sueños que Jesucristo se le presentaba vestido con el medio manto que él había regalado al pobre y oyó que le decía: "Martín, hoy me cubriste con tu manto".

Sulpicio Severo, discípulo y biógrafo del santo, cuenta que tan pronto Martín tuvo esta visión se hizo bautizar (era catecúmeno, o sea estaba preparándose para el bautismo). Luego se presentó a su general que estaba repartiendo regalos a los militares y le dijo: "Hasta ahora te he servido como soldado. Déjame de ahora en adelante servir a Jesucristo propagando su santa religión". El general quiso darle varios premios pero él le dijo: "Estos regalos repártelos entre los que van a seguir luchando en tu ejército. Yo me voy a luchar en el ejército de Jesucristo, y mis premios serán espirituales".

En seguida se fue a Poitiers donde era obispo el gran sabio San Hilario, el cual lo recibió como discípulo y se encargó de instruirlo.

Como Martín sentía un gran deseo de dedicarse a la oración y a la meditación, San Hilario le cedió unas tierras en sitio solitario y allá fue con varios amigos, y fundó el primer convento o monasterio que hubo en Francia. En esa soledad estuvo diez años dedicado a orar, a hacer sacrificios y a estudiar las Sagradas Escrituras. Los habitantes de los alrededores consiguieron por sus oraciones y bendiciones, muchas curaciones y varios prodigios. Cuando después le preguntaban qué profesiones había ejercido respondía: "fui soldado por obligación y por deber, y monje por inclinación y para salvar mi alma".

Un día en el año 371 fue invitado a Tours con el pretexto de que lo necesitaba un enfermo grave, pero era que el pueblo quería elegirlo obispo. Apenas estuvo en la catedral toda la multitud lo aclamó como obispo de Tours, y por más que él se declarara indigno de recibir ese cargo, lo obligaron a aceptar.

En Tours fundó otro convento y pronto tenía ya 80 mojes. Y los milagros, la predicación, y la piedad del nuevo obispo hicieron desaparecer prontamente el paganismo de esa región, y las conversiones al cristianismo eran de todos los días. A los primeros que convirtió fue a su madre y a sus hermanos que eran paganos.

Un día un antiguo compañero de armas lo criticó diciéndole que era un cobarde por haberse retirado del ejército. Él le contestó: "Con la espada podía vencer a los enemigos materiales. Con la cruz estoy derrotando a los enemigos espirituales".

Recorrió todo el territorio de su diócesis dejando en cada pueblo un sacerdote. Él fue fundador de las parroquias rurales en Francia.

Dice su biógrafo y discípulo, que la gente se admiraba al ver a Martín siempre de buen genio, alegre y amable. Que en su trato empleaba la más exquisita bondad con todos.

Un día en un banquete San Martín tuvo que ofrecer una copa de vino, y la pasó primero a un sacerdote y después sí al emperador, que estaba allí a su lado. Y explicó el por qué: "Es que el emperador tiene potestad sobre lo material, pero al sacerdote Dios le concedió la potestad sobre lo espiritual". Al emperador le agradó aquella explicación.

En los 27 años que fue obispo se ganó el cariño de todo su pueblo, y su caridad era inagotable con los necesitados. Los únicos que no lo querían eran ciertos tipos que querían vivir en paz con sus vicios, pero el santo no los dejaba. De uno de ellos, que inventaba toda clase de cuentos contra San Martín, porque éste le criticaba sus malas costumbres, dijo el santo cuando le aconsejaron que lo debía hacer castigar: "Si Cristo soportó a Judas, ¿por qué no he de soportar yo a este que me traiciona?".

Con varios empleados oficiales tuvo fuertes discusiones, porque en ese tiempo se acostumbraba torturar a los prisioneros para que declararan sus delitos. Nuestro santo se oponía totalmente a esto, y aunque por ello se ganó la enemistad de altos funcionarios, no permitía la tortura.

Supo por revelación cuándo le iba a llegar la muerte y comunicó la noticia a sus numerosos discípulos. Estos se reunieron junto a su lecho de enfermo y le suplicaban llorando: "¿Te alejas padre de nosotros, y nos dejas huérfanos y solos y desamparados?". El santo respondió con una frase que se ha hecho famosa: "Señor, si en algo puedo ser útil todavía, no rehuso ni rechazo cualquier trabajo y ocupación que me quieras mandar".

Pero Dios vio que ya había trabajado y sufrido bastante y se lo llevó a que recibiera en el cielo el premio por sus grandes labores en la tierra.

El medio manto de San Martín (el que cortó con la espada para dar al pobre) fue guardado en una urna y se le construyó un pequeño santuario para guardar esa reliquia. Como en latín para decir "medio manto" se dice "capilla", la gente decía: "Vamos a orar donde está la capilla". Y de ahí viene el nombre de capilla, que se da a los pequeños salones que se hacen para orar.

(fuente: www.ewtn.com)

otros santos 11 de noviembre:

- Santa Marina Omura

lunes, 10 de noviembre de 2014

10 de noviembre: San Andrés Avelino

«Alcance espiritual del arrepentimiento. Este teatino, cuando era sacerdote secular cometió un desliz en el ejercicio de la abogacía, y al reparar en su debilidad, impulsado por su aflicción, no cejó en su búsqueda de la santidad»

Madrid, 10 de noviembre de 2014 (Zenit.org) El reconocimiento de las propias debilidades conlleva siempre una cascada de bendiciones. Lacenllotto, que era su nombre de pila, nació en la localidad italiana de Castronuovo di Sant’Andrea, Basilicata, el año 1521. La infancia y adolescenciade Andrés Avelino, o Andrea di Avellino, discurrió sin mayores contratiempos. Generoso e inclinado a la piedad, gozosamente compartía con otros muchachos de su entorno la fe que había recibido en su hogar a través de sus piadosos padres, Giovanni y Margherita. En ese gesto ya se adivinaban los rasgos de un gran apóstol. También su responsabilidad y madurez, en cuyo desarrollo contribuyó un tío arcipreste. Estas características le hicieron propicio para dejar en sus manos la administración del hogar cuando tenía 16 años.

En la juventud se aferró a la gracia divina para mantenerse indemne ante las tentaciones que le asaltaban. Quería ser sacerdote, y sin duda en su ánimo –aunque fuese de forma inconsciente– añadiría el calificativo rotundo, definitorio, de un camino al que se sentía llamado en medio de las turbulencias juveniles: ser sacerdote santo. Ahora bien, aunque ese anhelo alentó su carrera sacerdotal, no se hizo manifiesto en un primer momento, como él mismo manifestó. En 1545 ya ordenado, inició en Nápoles la carrera de derecho. En 1548 realizó provechosamente los ejercicios espirituales que predicó el jesuita Santiago Laínez, pero las expectativas de ciertas glorias y honores efímeros, que fenecen cuando culmina nuestra peregrinación en la tierra, invadían su mente y quedaba atrapado por ellas. Vanagloria, dignidades, ambiciones, fama, etc., eran caldo de cultivo en un ambiente que no propiciaba precisamente la radicalidad evangélica, elemento indispensable y esencial para llegar a la santidad.

Sabemos que todavía no se había propuesto formalmente escalar las cumbres de la perfección en esos años, porque él mismo lo confesó a Hippolita Caracciola en 1595. Además, en 1597 a la condesa de Altavilla le decía que hasta los 27 años había estado devaneando. En síntesis, ante ambas reconoció haber vivido «hinchado de soberbia y ambición, deseando ser superior a todos y a nadie sujeto, lleno de presunción y de vana gloria, porque no conocía la verdadera», «deseando y buscando estas vanas grandezas, riquezas, honores y dignidades». Se sintió arrastrado por tendencias que veía a su alrededor: «Yo creía obrar bien viendo a los demás, tanto eclesiásticos como seglares, buscar estas cosas», «no habiendo encontrado nunca confesor que me reprendiese y me encaminase por el seguro camino de la humildad».

Echaba en falta la necesidad de dirección espiritual, clave para iniciar el camino y sostenerse en él con la gracia de Cristo. Entonces el padre Laínez le instó a meditar en la vida y Pasión de Cristo. Pero ello no doblegó enseguida su ánimo, hasta que siendo un reputado jurista mintió en el fragor de la defensa de una causa que tenía entre manos por recomendación del arzobispado de Nápoles. Una página concreta de las Sagradas Escrituras tuvo en él un efecto taumatúrgico definitivo. Porque esa misma noche, al abrir el texto sagrado, quedó impresionado. El Libro de la Sabiduría sacudió su conciencia con este pasaje: «Os quod mentitur occidit animam (una boca mentirosa da muerte al alma)» (Sap. 1,11). Inundado de amargura, con auténtico espíritu de aflicción por su debilidad, abandonó el ejercicio de la abogacía y tomó el rumbo debido: «Reflexioné sobre mí mismo diciendo: ¿Por ayudar a otros he amenazado a mi alma? Y llorando la falta cometida, resolví dejar mi oficio y hacerme religioso». Por fin había entendido que Cristo ha venido a sanar a los pecadores, y volvió hacia Él sus ojos.

Ya había renunciado a sus bienes, y abandonado su actividad profesional, cuando desde la curia le rogaron que regresara a Nápoles a fin de ocuparse de la delicada tarea de reformar diversos conventos de religiosos y de religiosas. Su celo le atrajo muchos sinsabores, y no segó su vida porque Dios lo impidió, pero en 1556 le asestaron varias cuchilladas y fue conducido a la casa de los padres teatinos donde se restableció sin develar nunca la identidad de su agresor. El beato Juan Marinoni le sugirió que se integrase en esa Orden de Clérigos Regulares. Y el 30 de noviembre de ese año 1556 tomó el hábito y nombre de Andrés, celebración del día, que le evocaba, además, el amor a la Cruz compartido con el santo apóstol. Al profesar dos años más tarde, se propuso «no hacer nunca su propia voluntad, y no dejar pasar ni un solo día sin progresar en la perfección».

Fue admirable en la vivencia de su consagración, y ejemplar en la entrega debida a la misión que le confiaron. Se convirtió en un gran predicador y confesor, maestro de novicios, director espiritual del seminario, profesor de teología y filosofía, visitador y superior de varias casas de la Orden, etc. Instruía con esa sabiduría que brota de dentro del corazón, alimentada por la Eucaristía, la oración y la penitencia. Desarrolló su ministerio siendo fiel a la vivencia de su regla de la que fue estricto observante, fidelidad que infundió a los religiosos. Humildemente declinó convertirse en obispo, dignidad que quisieron para él los pontífices. Fue caritativo con todos, desviviéndose por los necesitados, como se constató especialmente durante la peste que asoló Milán en 1576.

Le sobrevino la muerte el 10 de noviembre de 1608 cuando se hallaba a punto de oficiar la santa misa. Después, su cuerpo fue expoliado por la gente que acudió en masa a venerarle. De sus heridas manó sangre fresca dos días más tarde, prodigio que se repitió durante años en el aniversario de su muerte. Fue beatificado por Urbano VIII el 14 de octubre de 1624, y canonizado por Clemente XI el 22 de mayo de 1712.

escrito por Isabel Orellana Vilches (10 de noviembre de 2014) © Innovative Media Inc.

otros santos 10 de noviembre:

- San León Magno

domingo, 9 de noviembre de 2014

09 de noviembre: Beato Luigi Beltrame Quattrocchi

esposo de la beata María Corsini

«Ejemplo de dos esposos, modelos para las familias. Juntos compartieron un fecundo proyecto de vida, afrontando graves decisiones con inalterable confianza en la Providencia, como seguir adelante con un embarazo de alto riesgo»

Madrid, 09 de noviembre de 2014 (Zenit.org) Hoy se celebra la Dedicación de la basílica de Letrán y, entre otros santos y beatos, la vida de Luigi y María que fueron beatificados por Juan Pablo II el 21 de octubre de 2001. El Martirologio Romano los recuerda por separado el 9 de noviembre y el 26 de agosto, respectivamente, y la diócesis de Roma los celebra unidos el 25 de noviembre que fue la fecha de su matrimonio. Pero dado que su historia está cincelada por un vínculo que ocupó gran parte de su existencia, y que fueron elevados a los altares precisamente por el ejemplo de santidad que dieron en la cotidianeidad de su vida familiar, parece oportuno respetar esa conjunción de la biografía de ambos. Y así se ofrece en este santoral de ZENIT.

Luigi nació en Catania, Italia, el 12 de enero de 1880. Al ser acogido por un tío paterno que no tenía descendencia, de acuerdo con los padres del beato, éste tomó de él su apellido Quattrocchi sin dejar de mantener un vínculo con sus padres, Carlo y Francesca. En 1890 se trasladó a Roma por motivos profesionales de su tío. Y en 1898 se matriculó en derecho en la Sapienza. Mientras estudiaba, en 1901 conoció a María, hija del coronel Corsini y, por tanto, perteneciente a una familia acomodada. Residía en Roma desde 1893. Había mostrado fuerte carácter y ciertas desavenencias con sus padres propias de la adolescencia, y en ese momento estudiaba empresas y contabilidad, aunque al mismo tiempo se sentía atraída por la literatura y el arte. Fue autora de un trabajo sobre el pintor Rossetti.

La diferencia de edad entre Luigi y María no era excesiva, puesto que ella había nacido en Florencia el 24 de junio de 1884. Ambos compartían similares intereses artísticos y culturales. De hecho, les vinculó inicialmente el afán literario. Pero María añadía un plus: su compromiso espiritual. Era una mujer culta, amante de la música, que se convertiría a partir de 1912 en escritora y profesora experta en temas pedagógicos. Ya estaba vinculada a la Acción Católica y colaboraba con los scouts. Luigi tenía entonces un horizonte prometedor que se materializó enseguida dadas sus excelentes cualidades personales e intelectuales. Defendió la tesis doctoral en 1902 y después se convertiría en un reputado abogado del Estado.

La pareja no tuvo dudas de la fortaleza de sus sentimientos porque, también amparados por la amistad que vinculaba a las familias de ambos, intensificaron la correspondencia, solidificando un sentimiento profundo que fue desembocando en la clamorosa necesidad de compartir un mismo proyecto de vida. Se comprometieron en marzo de 1905 y el 25 de noviembre de ese año contrajeron matrimonio en la basílica de Santa María la Mayor. En lo concerniente a la fe, Luigi era creyente y su conducta personal y profesional era la de un hombre con principios, intachable, honesto y bondadoso, pero no iba mucho más allá en la práctica religiosa. Sin embargo, el vínculo matrimonial le condujo a una mayor entrega en el amor a Dios, alentado por el ejemplo de su esposa y con la ayuda de su director espiritual, en una progresión exponencial encomiable que iba a llevarle a los altares junto a ella.

Su residencia, la misma de su familia política, los Corsini, sita en Vía Depretis, le permitía acudir a misa diariamente junto a su esposa a Santa María la Mayor; así abrían su apretada agenda cotidiana. En lo demás, aparentemente se asemejaban a una familia normal dentro de su clase que le permitía acceder a círculos sociales selectos vedados para otros. Pero el escenario en el que transcurría su feliz existencia lo llenaba Dios. En el centro de sus vidas se hallaba la Eucaristía, el amor a la Virgen, la recitación del rosario, el rezo de otras oraciones, etc., además de retiros y la formación espiritual que se procuraban. Todo ello vivido en un clima de fe y de alegría, sin estridencias, de forma sencilla y natural, y eso lo percibieron sus hijos y sus familiares antes que nadie. Cuando en un hogar rezuma la felicidad, un gesto tan simple como introducir la llave en la cerradura comporta un indescriptible gozo porque se ansía volver a reunirse con los seres más queridos; es uno de los sentimientos que narraba María poniendo de manifiesto la riqueza de su convivencia.

A los hijos les enseñaron a afrontar las dificultades del día a día con la confianza en la Providencia, buscando la perspectiva divina con su oración: «desde el techo hacia arriba» era el consejo que dieron a todos. El ejercicio de su caridad alentó su vida, y tres de ellos fueron religiosos; uno sacerdote en la diócesis de Roma, otro trapense, y una hija benedictina. El último de los hijos, una niña, sembró la zozobra en sus vidas antes de nacer. Varios médicos no auguraron nada bueno para la madre y la hija. María fue informada del altísimo peligro que corría si determinaba seguir adelante con el embarazo y le sugirieron deshacerse del bebé para conservar su propia vida. Ni Luigi ni ella vacilaron en la decisión de continuar con el embarazo, aventando el riesgo, y todo se resolvió sin contratiempos.

La oración que impregnaba su hogar se hizo palpable también en el entorno exterior con sus amigos y en las numerosas acciones que realizaron. Porque los esposos desplegaron su apostolado social en diversas vertientes, atendiendo a los pobres, involucrándose en actividades del grupo scouts que organizaron para los niños durante la posguerra, aunque anteriormente habían abierto las puertas de su domicilio a refugiados de la guerra, en el ámbito catequético y su decidido compromiso con la Acción Católica. Luigi realizaba su apostolado en su casa, entre compañeros y amigos, y llevó a muchos de ellos a la fe. Con uno de éstos en 1919 fundó un oratorio festivo para los chicos de la favela. Cuando estalló el fascismo tuvo que esconderse para salvar la vida. Después fue nombrado asesor general adjunto del estado italiano. Murió el 9 de noviembre de 1951 de un infarto de miocardio. María, que en 1917 se hizo terciaria franciscana, le sobrevivió hasta el 26 de agosto de 1965, dejando atrás, al penetrar en la gloria, una admirable labor apostólica.

escrito por Isabel Orellana Vilches (09 de noviembre de 2014) © Innovative Media Inc.

otros santos 09 de noviembre:

- Beata María del Carmen del Niño Jesús

sábado, 8 de noviembre de 2014

08 de noviembre: Beato Juan Duns Scoto

«Excelso franciscano, virtuoso y brillante teólogo, aclamado como doctor subtilis, es también conocido como doctor mariano y doctor del Verbo Encarnado por su encendida defensa de la Inmaculada Concepción»

Madrid, 08 de noviembre de 2014 (Zenit.org) Eminente filósofo y teólogo del medioevo, uno de los máximos exponentes de la escuela escolástica, inteligentísimo y ardiente defensor de María, reconocido como Doctor subtilis («Doctor sutil») pudo nacer en la localidad escocesa de Duns, condado de Berwick hacia 1266. En su familia, dedicada al pastoreo, estaba intensamente afianzada la espiritualidad franciscana. De hecho, un hermano de su padre era vicario del convento que los frailes menores tenían en Dumfries. Parece que aunque rondó por su cabeza la idea de convertirse en soldado, renunciaría a este futuro movido por el alto ideal de consagrar su vida a Dios, que percibió cuando despuntaba su juventud, y no dudó en ofrecérsela a Él. Así cuando dos avezados apóstoles franciscanos de aquélla comunidad pasaron por su ciudad natal y repararon en su sensibilidad espiritual, apreciando su valía, le invitaron a seguir a Cristo. Hacia 1280, sin rastro de nubes en su horizonte existencial que lo impidiera, secundó a los religiosos.

Después de ser ordenado en 1291 en Northampton le encomendaron la delicada tarea de confesar, misión muy reputada en la época que se ofrecía a personas de probada virtud, hasta que llegó el momento de iniciar estudios de teología en los prestigiosos paraninfos universitarios de Cambridge y Oxford. Sus dotes intelectuales eran tan excepcionales que en 1293 fue enviado a completar su formación en la célebre universidad de París, aunque en esta decisión pesaron de forma singular sus cualidades espirituales. En él vieron sus superiores los rasgos de un gran franciscano cuya convivencia, por su virtud, era sin duda ejemplar. Y es que Juan era un hombre de oración, obediente, humilde, sencillo, abnegado, devotísimo de la Eucaristía y de María, fiel a la Iglesia. Un místico y contemplativo, pero no teórico; lo que escribía y decía estaba encarnado en su amor y entrega a Cristo. Bebía de la tradición de la Iglesia nutriendo con ella las enseñanzas filosófico-teológicas.

Se convirtió no sólo en un reputado profesor universitario, aclamado en Cambridge y en París, ciudades donde ejerció la docencia, sino en un apóstol singular que defendía la verdad y actuaba coherentemente en todo instante. Por su testimonio muchos de sus discípulos se sintieron alentados a emprender el camino de la santidad, y su influjo no ha cesado en todos estos siglos. Durante el curso 1297-98, las Sentencias de Pedro Lombardo fueron uno de los textos fundamentales que alumbraron su reflexión intelectual; constituyeron la base de su Lectura I, II y III, y materia para su labor académica en Cambridge. Por cierto, que estos trabajos, que en realidad pretendían ser apuntes sobre las Sentencias de Lombardo, revelaron sus altas cualidades para la teología, disciplina que enseñó en París, Oxford y Colonia.

En sus clases ya se ponía de manifiesto su espíritu religioso puesto que daba inicio a las mismas con una oración que incluía después en sus obras. En 1302 se hallaba en París por segunda vez, pero la estancia fue breve. Se produjo un gravísimo enfrentamiento entre el papa Bonifacio VIII y el monarca francés Felipe IV, y Juan se negó a firmar una apelación promovida por éste contra el pontífice, por lo cual tuvo que abandonar la capital gala. En 1305 regresó por tercera y última vez a París como profesor de filosofía y de teología, en calidad de Magíster regens. Hallándose en esta ciudad, impulsó la disputa en torno a la Inmaculada Concepción.

La situación planteada era compleja, especialmente por el peso de cierta tradición al respecto sosteniendo que la Virgen no había sido «concebida inmaculada» desde el principio. Pero Juan se encomendó a María: «Te alabaré, oh Virgen sacrosanta; dame valor contra tus enemigos». Poseía una inteligencia excepcional, gran agudeza y sentido crítico. Sin duda, sus cualidades intelectuales, vinculadas a las espirituales, hicieron de él la persona idónea para defender a la Inmaculada. Fue capaz de memorizar doscientos argumentos contrarios a esta doctrina y refutarlos sistemáticamente y por el mismo orden que fueron expuestos, uno por uno. Es bien conocido el axioma de Eadmer inspirado en San Anselmo: «Potuit, decuit, ergo fecit (Podía, convenía, luego lo hizo)», que Scoto desarrolló dejando claro que la Madre de Dios había sido preservada del pecado original desde el mismo instante de su concepción. Ella fue agraciada por la redención de Cristo antes de ver la luz del mundo.

El argumento del beato fue tenido en cuenta por Pío IX para definir este dogma mariano proclamado el 8 de diciembre de 1854 en la Constitución Ineffabilis Deus. La encendida defensa de María y de la Encarnación efectuada por Scoto le han merecido el título de «doctor mariano» y «doctor del Verbo encarnado». Su devoción por la Madre del cielo rubricaba el genuino espíritu franciscano al que se había abrazado.

En 1307 sus superiores le destinaron a Colonia para impartir clases en el Studium teológico franciscano. Y allí murió el 8 de noviembre de 1308. Estaba en el esplendor de su madurez; tenía 43 años. Su excepcional legado intelectual comprende obras de gran envergadura como Ordinatio (Opus oxoniense) y Reportata parisiensa (Opus parisiense), así como el Tratado del Primer Principio. Había inducido a sus numerosos alumnos, algunos de ellos insignes, así como a los incontables que le siguieron, a transitar por el camino de la perfección. Juan Pablo II lo beatificó el 20 de marzo de 1993, aunque ya había confirmado su culto ab inmemorabili tempore el 6 de julio de 1991. Al elevar a Scoto a los altares, el pontífice lo denominó «cantor del Verbo encarnado y defensor de la Inmaculada Concepción».

escrito por Isabel Orellana Vilches (08 de noviembre de 2014) © Innovative Media Inc.

otros santos 08 de noviembre:

- Beata Isabel de la Trinidad
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