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domingo, 12 de abril de 2015

12 de abril: San Zenón de Verona

Nacido en Mauritania, pasó casi toda su vida en el Norte de Italia. Fue obispo de Verona, ciudad que hoy le venera corno Patrono, y se distinguió por la lucha llevada a cabo contra el ya decadente paganismo, contra la herejía arriana y contra ciertos abusos que se habían infiltrado entre los cristianos.

Dedicó todas sus energías al cuidado de sus fieles. Así lo atestiguan sus vibrantes sermones—recopilados después de su muerte, acaecida hacia el año 371—, en los que expone las verdades centrales de la fe y exhorta a la práctica de las virtudes cristianas. Muchos están dirigidos a los catecúmenos, como preparación inmediata al Bautismo. En estas homilías se revela gran orador, con un conocimiento profundo de las letras cristianas y paganas.

Entre los sermones breves—o tractatus—merece particular atención el dedicado a las tres virtudes teologales. Es una de las primeras obras sistemáticas de la literatura eclesiástica sobre la fe, la esperanza y la caridad. San Zenón enseña de manera clara y escueta que las virtudes teologales se hallan en la base de la vida cristiana y que no han de separarse unas de otras, pues constituyen la trama de nuestra unión con Dios.

escrito por Loarte

* * * * *

Virtudes-teologales
(Tratado sobre la fe, la esperanza y la caridad, I-IV)

Tres cosas son fundamentales para la perfección del cristiano: la fe, la esperanza y la caridad; y de tal modo se enlazan estas virtudes entre sí, que cada una de ellas es necesaria a las otras. Si la esperanza no va por delante, ¿a quién aprovechará la fe? Si la fe no existe, ¿cómo nacerá la esperanza? Y si a la fe y a la esperanza les quitas la caridad, una y otra quedarán inútiles, pues ni la fe obra sin la caridad, ni la esperanza sin la fe. Por consiguiente, el cristiano que desee ser perfecto ha de fundamentarse en las tres: si le falta alguna, no alcanzará la perfección de su obra.

EP/ZENON-DE-VERONA: En primer lugar se nos propone la esperanza de las cosas futuras, sin la que las mismas cosas presentes no pueden mantenerse en pie. Es más: quita la esperanza, y se paralizará la humanidad entera; quita la esperanza, y cesarán todas las artes y todas las virtudes; quita la esperanza, y todo quedará destruido. ¿Qué hace el niño junto al maestro, si no espera fruto de esas letras? ¿En qué barca se aventurará el navegante entre las olas del mar, si no espera una ganancia ni confía en llegar al puerto deseado? ¿Qué soldado menospreciará, no ya las injurias del cruel invierno o del tórrido verano, sino a sí mismo, si no abriga la esperanza de una gloria futura? ¿Qué agricultor esparcerá la semilla, si no piensa que recogerá la cosecha como premio de su sudor? ¿Qué cristiano se adherirá por la fe a Cristo, si no cree que ha de llegar el tiempo de la felicidad eterna que se le ha prometido? (...).

Por tanto, hermanos, abracemos con tenacidad la esperanza; custodiémosla entre todas las virtudes, dediquémonos a cultivarla constantemente. La esperanza es el fundamento inconmovible de nuestra vida, baluarte invicto y dardo contra los asaltos del demonio, coraza impenetrable de nuestra alma, ventajosa y verdadera ciencia de la ley, terror de los demonios, fortaleza de los mártires, esplendor y muralla de la Iglesia. La esperanza es sierva de Dios, amiga de Cristo, convidada del Espíritu Santo. El presente y el futuro le están sometidos: el presente, porque lo desprecia; el futuro, porque sabe de antemano que es suyo. No teme que no venga, pues siempre lo lleva consigo en el ámbito de su poder. Por esto, Abraham, esperando contra toda esperanza confió en Dios, que le haría padre de muchas gentes (/Rm/04/18). Contra toda esperanza, es decir, porque parece imposible y no es objeto de visión; pero se hace posible por esta esperanza cuando se confía en la palabra de Dios sin ninguna duda y con firmeza pues dice el Señor: todo es posible para el que cree (Mc 9, 22). Por eso Abraham creyó en Dios, y le fue reputado para justicia (Gn 15, 6). Es justo por haber sido fiel, pues el justo vive de la fe (Gal 3, 6); y es fiel por haber creído en Dios: si no hubiera tenido fe, no habría podido ser justo ni padre de los pueblos. Por esta razón es evidente que una e inseparable es la naturaleza de la esperanza y de la fe: si cualquiera de ellas falta en el hombre, mueren las dos.

La fe es lo más propiamente nuestro, pues dice el Señor: tu fe te ha salvado (Mc 10, 52). Por tanto, si es nuestra, conservémosla como nuestra, para que con motivo podamos esperar las cosas que aún no poseemos. Nadie recuenta los haberes de un dilapidador, ni honra al desertor con las recompensas del triunfo, más aún estando escrito: al que tiene se le dará y tendrá en abundancia; pero al que no tiene, ano eso que posee le sera quitado (Mt 13, 12).

Por la fe, hermanos, Henoch mereció que Dios le trasladase de lugar con su cuerpo, contra la ley de la naturaleza. Por la fe, salvándose, Noé no halló a nadie con quien hablar que había habido un diluvio. Por la fe llegó Abraham a la amistad con Dios, Isaac se distinguió más que los restantes (cfr. Heb 11, 5, 7, 8, 20), y José sometió a Egipto bajo su autoridad (cfr. Gn 32, 41). Esta fe le hizo a Moisés un muro de cristal en el Mar Rojo (cfr. Ex 14, 22); puso sus frenos al sol y a la luna para que, abandonando su curso acostumbrado, se sometieran al deseo de Josué (Jos 10, 13); ofreció al inerme David el triunfo sobre el armado Goliat (cfr. I Sam 17) y no desmayó en Job, asaltado de frecuentes y graves males (Job 1 y 2). Ella fue medicina en la ceguera de Tobías (cfr. Tob 11); en Daniel, ató las fauces a los leones (cfr. Dan 6); y convirtió para Jonás la ballena en barca (cfr. Jon 2). Ella sola venció en el ejército de los hermanos Macabeos (cfr. 2 Mac 7) e hizo agradables los fuegos a los tres jóvenes (cfr. Dan 3). Esta fe hizo que Pedro se atreviera a caminar sobre el mar (cfr. Mt 24, 29), y fue la causa de que los Apóstoles curaran a muchos de sus contagiosas úlceras y enfermedades, cambiando la lepra deforme en limpia piel. Por esta fe, añadiré, mandaron ver a los ciegos, oír a los sordos, hablar a los mudos, correr a los cojos, fortalecer a los paralíticos, huir de los posesos a los demonios y, con frecuencia, volver de los sepulcros en sus propios funerales a los mismos muertos, para que todos vieran convertirse en lágrimas de alegría las que hasta entonces lo habían sido de tristeza.

Pero es largo, hermanos, ir detallando los hechos de la fe; sobre todo, porque la caridad presenta unos hechos aún más portentosos. Y es lógico que sea así, pues de tal modo se eleva la caridad por encima de todas las virtudes, que por derecho propio es la reina de todas ellas.

Aunque triunfe la fe con todo género de hechos prodigiosos, y la esperanza proponga muchas y grandes cosas, ni una ni otra podrán sostenerse sin la caridad: ni la fe, si no se ama a sí misma; ni la esperanza, si no es amada. Además, la fe aprovecha sólo a uno mismo; la caridad a todos. La fe no lucha gratis; la caridad, en cambio, se suele dar incluso a los ingratos. La fe no pasa a otro; la caridad, poco es decir que alcanza a otro, pues beneficia al pueblo. La fe es de unos pocos, la caridad de todos.

Añade a todo esto que la esperanza y la fe tienen un tiempo, mientras que la caridad no conoce fin (cfr. 1 Cor 13), crece en cada momento, y cuanto más es practicada por los que se aman mutuamente, tanto más es debida entre ellos. La caridad no hace distinción de personas, porque no sabe adular; no busca conseguir honores, porque no es ambiciosa; no se fija en el sexo, porque para ella los dos son uno; no se ejercita según el tiempo, porque no es caprichosa; no tiene envidia, porque desconoce qué es la envidia; no se hincha, porque cultiva la humildad; no piensa mal, porque es sencilla; no se deja llevar por la ira, porque también abraza gustosamente las injurias; no engaña, porque es la guardiana de la fe; de nada se muestra indigente, porque—fuera de lo que es—no experimenta ninguna necesidad.

La caridad conserva los campos, las ciudades y pueblos, y los tratados de paz. Hace seguras las espadas en torno a los flancos de los reyes. Suprime las guerras, borra las riñas, vacía los privilegios, evita los tribunales, erradica los odios, apaga las iras. La caridad traspasa el mar, circunda el orbe, suministra lo necesario a las naciones por medio del mutuo intercambio. Proclamaré, hermanos, su poder con brevedad. Lo que la naturaleza ha negado a unos lugares, la caridad lo otorga. La caridad del afecto conyugal une en una sola carne a dos personas con un venerable sacramento. Ella da a la humanidad que exista lo que nace. Por la caridad es amada la propia mujer, los hijos se muestran orgullosos de su origen, y los padres son verdaderos padres. A ella se debe que los demás sean para nosotros prójimos y amigos, tan cercanos o más que nosotros mismos. A la caridad se debe que amemos a los siervos como a hijos, y que ellos nos sirvan gustosamente como a señores. La caridad hace que amemos, no sólo a los conocidos o amigos, sino incluso a los que nunca hemos visto. A la caridad se debe, en fin, que reconozcamos las virtudes de los antiguos por los libros, o a los libros por sus virtudes.

(fuente: mercaba.org)

otros santos 12 de abril:

- San Julio I
- Santa Teresa de Jesús de los Andes

sábado, 11 de abril de 2015

11 de abril: Santa Elena Guerra

Alma víctima de amor por el triunfo del Espíritu Santo.
Ofreció su vida por el Papa Pio IX

Elena Guerra nace en Lucca, Italia, de familia con recursos, el 23 de junio de 1835. Desde temprana edad, Elena se dedica al estudio de la Palabra de Dios y a la Patrística, manteniéndose siempre envuelta en actividades apostólicas junto a los pobres.

En abril de 1870, realiza una peregrinación pascual a la ciudad de Roma, junto a su padre don Antonio Guerra. Al visitar las catacumbas de los Mártires, Elena vive una profunda experiencia de Dios, despertándose así en ella el deseo de una vida enteramente consagrada al Señor. Después de hacer una visita al Papa Pío IX, toma la decisión de ofrecer su vida por el buen éxito del pontificado de dicho Papa.

Elena siente crecer día a día en su corazón una profunda devoción al Espíritu Santo. Algunas experiencias místicas como locuciones y llamadas interiores, van colocando en su corazón una acentuada inquietud en relación a la condición bastante precaria que se podía notar en la Iglesia, en relación a la devoción y al culto a la persona del Espíritu Santo. El Señor la inspiraba y le pedía tomar alguna iniciativa; pero ella dudaba…

Después de casi dos años, Elena cede a esas llamadas. Monseñor Giovanni Volpi, quien hacía algunos años frecuentaba la Comunidad de las hermanas como Padre espiritual, comenta con el Papa León XIII, en una visita hecha a Roma en 1894 sobre su intención. El Papa no refutó la idea de hacer cualquier cosa en ese sentido y, así el 17 de abril de 1895, Elena envía al Papa León XIII, por medio del Padre Bertini, prior de Santa María del Pueblo – su primera carta, donde manifiesta su agonía por la poca atención dada por la Iglesia a la persona del Espíritu Santo. En un pasaje, dice así:

"Santo Padre, el mundo es perverso, el espíritu de Satanás triunfa en nuestra sociedad pervertida y arranca del Corazón de Jesús una multitud de almas; y en este terrible estado de cosas los cristianos no dedican ningún pensamiento a dirigir súplicas unánimes a Aquel que puede ‘renovar la faz de la tierra’... Las personas recomiendan todo tipo de devociones, pero mantienen silencio sobre esa única devoción que, según el Espíritu Santo de la Iglesia, debería ser la primera y principal. Las personas recitan tantas novenas, pero esa única novena, que por mandato de Nuestro Salvador en persona, fue recitada incluso por la Santísima María y por todos los Apóstoles, está ahora casi olvidada. Los predicadores alaban a todos los santos, pero ¿cuándo escuchamos alguna vez un sermón en honor del Espíritu Santo, Aquel que modela a los santos? … Por lo tanto, oh Santo Padre, sólo usted puede hacer que los cristianos vuelvan al Espíritu Santo, de modo que el Espíritu Santo pueda volver a nosotros; derrote el reino maligno del diablo, y concédanos la largamente ansiada renovación de la faz de la tierra"

De este periodo de correspondencia de cartas con Elena Guerra, León XIII destina a la Iglesia 3 documentos sobre ese asunto relacionado al culto al Espíritu Santo: 1º El Rescripto "Provida Matris Charitate" del 5 de mayo de 1895, donde invitaba a los fieles a invocar al Espíritu Santo, recomendando hacer una novena en ocasión de Pentecostés; 2º La primera encíclica sobre el Espíritu Santo, "Divinum illud munus" del 9 de mayo de 1897, de la cual hablaremos más adelante con más detalles; 3º La Carta a los Obispos, "Ad fovendum in cristiano populo", en que refuerza las recomendaciones anteriores.

Por su parte, Elena prosigue trabajando intensamente por la difusión de la devoción al Espíritu Santo. Escribe diversos libros sobre el asunto, y envía al Papa León XIII una Novena de Pentecostés de su autoría, titulada "El Nuevo Cenáculo". Tanto hizo por la devoción al Espíritu Santo que, una vez atacada por una enfermedad mortal, dejó brotar del corazón hacia sus labios esta apasionada y significativa oración: "Señor, te ofrezco mi vida y mi muerte por el triunfo del Espíritu Santo".

El 18 de octubre de 1897 fue recibida por el Papa en una audiencia especial, recibiendo de él un gran estímulo para continuar en su apostolado por causa del Espíritu Santo. En esa ocasión, también la autorizó a dar a las religiosas de su Congregación el nombre de Oblatas del Espíritu Santo, identificándolas así, de modo más adecuado, al carisma que le es propio en la Iglesia.

Después de algunos años, grandes sufrimientos se presentan en la vida de la madre fundadora Elena Guerra. Elena también necesitó tomar con coraje su cruz y emprender el camino del calvario. Fue depuesta de su autoridad por vulgar conspiración de algunas personas soberbias, pero sobre todo ingratas. Por imposición de la autoridad eclesial local, tuvo que renunciar públicamente al cargo de Superiora de la Congregación. Vivió los últimos 7 años de su vida en un verdadero desierto, aislada de las actividades y de la compañía de sus hijas. Después de su muerte, se reveló la tremenda injusticia cometida contra la superiora y fueron presentadas diversas reparaciones.

El Cardenal Lorenzelli, al final de los trabajos y de la tempestad, exclamó: "Encontramos oro donde creíamos que había basura, y basura donde creíamos que había oro…"

Elena Guerra fue maestra de Sta. Gemma Galgani.

El Papa Leon XIII, en la Celebración Eucarística que marcaba el paso del siglo XIX al siglo XX (noche del 31 de diciembre de 1900 para el 1º de enero de 1901), entonó el Veni Creator Spiritus, y consagró el siglo XX a la persona del Espíritu Santo, motivado por la Beata Elena Guerra.

Elena Guerra falleció en Lucca el 11 de abril de 1914, habiendo convivido con 4 Papas:Gregorio XVI (1831-1846), Pío IX (1846-1878), León XIII (1878-1903) y Pío X (1903-1914).

El 26 de abril de 1959, Juan XXIII declara Beata a Elena Guerra.

(fuente: catolico.org)

otros santos 11 de abril:

- Santa Gemma Galgani
- San Estanislao de Cracovia

viernes, 10 de abril de 2015

10 de abril: San Fulberto de Chartres

Obispo, nacido ente 952 y 962, muerto el 10 de abril de 1028 ó 1029. Mabillon y otros creen que nació en Italia, probablemente en Roma, pero Pfister, su último biógrafo, dice que su lugar de nacimiento es la diócesis de Laudun en el departamento francés de Gard. De humilde origen, estudió en la escuela de Reims, donde tuvo como maestro al famoso Gerberto que en 999 ascendió al trono papal como Silvestre II. En 990 abrió una escuela en Chartres que pronto se convirtió en el centro del saber más famoso de Francia al que llegaban profesores no solo de los más remotos lugares de Francia sino de Italia, Alemania e Inglaterra También fue Fulberto canciller de la iglesia de Chartres y tesorero de S. Hilario de Poitiers.

Su fama como maestre era tan grande que sus discípulos le llamaban “venerable Sócrates”. Se oponía decididamente a las tendencias racionalistas que habían infectado a algunos dialécticos de su tiempo y con frecuencia advertía a sus discípulos sobre la alabanza de la dialéctica por encima de las enseñanzas de la iglesia y el testimonio de la Biblia. Sin embargo debemos a uno de sus discípulos, Berengario de Tours, que aún fue más allá en el someter la fe a la razón. En 1007 Fulberto sucedió al fallecido Rodolfo como obispo de Chartres y fue consagrado por su metropolitano, el arzobispo Leutheric de Sens. Debí ala dignidad episcopal principalmente a la influencia del rey Roberto de Francia, pues ambos habían estudiado en Reims. Como obispo continuó enseñando en su escuela y mantuvo la tesorería de S. Hilario.

Hacia 1020 la catedral de Chartres se quemó y Fulberto comenzó inmediatamente a reconstruirla con gran esplendor, ayudado económicamente por el rey Canuto de Inglaterra, el duque Guillermo de Aquitania o otros soberanos europeos. Aunque no fue abad ni monje como han dicho erróneamente algunos historiadores, mantuvo buenas relaciones con Odilón de Cluny, Ricardo de S Vannes, Abbo de Fleury y otras celebridades monásticas de su tiempo. Defendía la reforma del clero, abominaba de los obispos que pasaban la mayor parte de su tiempo en expediciones militares e influyó contra la concesión de beneficios eclesiásticos a los laicos.

La producción literaria de Fulberto duró 40 años e incluye 140 epístolas, 2 tratados, 27 himnos y partes del oficio eclesiástico. Sus epístolas son de gran valor histórico, especialmente porque arrojan luz sobre la liturgia y disciplina de la iglesia en el siglo once. Sus dos tratados están en forma de homilía: la primera trata del tema Misit Herodes rex manus, ut affligeret quosdam de ecclesia, etc. (Acts 12:50); la segunda titulada "Tractatus contra Judaeos" prueba que la profecía de Jacob "Non auferetur sceptrum de Juda", etc. (Genesis 49:10), se ha cumplido en Cristo. Cinco de los nueve sermones que existen son sobre la Virgen María a la que profesaba una gran devoción. La vida de S. Aubert, obispo de Cambrai (m 667) que a veces se le atribuye probablemente no fue escrita por él. Las partas fueron publicadas por primera vez por Papire le Masson (Paris,1585). Sus obras completas fueron editadas por Charles de Villiers (Paris, 1608), más tarde incluidas en "Bibl. magna Patrum" (Cologne,16l8) XI, en "Bibl. maxima Patri." (Lyons, 1677), XVIII, en Migne, P.L., CXLI, 189-368.

escrito por MICHAEL OTT.
Transcrito por Joseph P. Thomas.
Traducido por Pedro Royo
(fuente: ec.aciprensa.com)

otros santos 10 de abril:

- Santa Magdalena de Canossa
- San Miguel de los Santos

jueves, 9 de abril de 2015

09 de abril: Beata Celestina (Catalina) Faron

«Ofreció su vida por una vocación sacerdotal, esperando que el díscolo prelado porque el que oraba incesantemente se reconciliara con la Iglesia, como así fue. Fue masacrada en el campo de concentración de Auschwitz-Birkenau»

Madrid, 08 de abril de 2015 (Zenit.org) Celestina, nombre tomado al profesar en la congregación de las Pequeñas Siervas de la Inmaculada Concepción, fue beatificada junto a Natalia Tulasiewicz por Juan Pablo II el 13 de junio de 1999. Fueron las dos únicas mujeres que componían el grupo de 109 mártires. ¡Quién le iba a decir a la religiosa que compartiría ese altísimo honor con su fundador, Edmundo Bojanowski! Pero así lo determinó la divina Providencia que fue conduciéndola desde pequeña al camino de la plena consagración.

Nació en la ciudad polaca de Zabrzeży el 24 de abril de 1913. A los 5 años perdió a su madre y se trasladó al domicilio de unos familiares que cuidaron de ella con verdadera ternura. En este nuevo hogar alumbrado por la fe se impregnó del amor de Dios sintiéndose cada vez más cerca de María, a la que había elegido como Madre en su corazón. Su afecto por Teresa del Niño Jesús iba a tener gran trascendencia espiritual en su vida. A los 16 años dispuesta a ofrendar pobreza, obediencia y castidad, particularmente ésta última hasta la muerte, pidió ser admitida en la congregación de las Pequeñas Siervas. Y en 1930 inició el noviciado en la casa madre. Una de las líneas de este carisma se halla en el entorno rural donde proporcionan educación a los campesinos y a sus hijos a través de escuelas gratuitas y talleres de formación profesional. Al tiempo inculcan los principios de la fe. Así que la beata realizó cursos en Lviv, Poznań y Przemyśl que le permitían ayudar a los demás con el rigor debido, sin descuidar la catequesis.

En 1936 obtuvo la capacitación en jardinería. Iba dejando el poso de su delicadeza con su forma de trato dispensado a los demás, siempre colmado de atenciones. En 1938 fue destinada a Brzozow donde tenían un jardín de infancia. Se puso al frente del mismo. Los niños fueron «sus grandes tesoros». Compartían su corazón junto a los enfermos, otra de sus debilidades. Por su excelente quehacer con ellos fue reconocida y respetada en la ciudad. Era una mujer inteligente, discreta y valerosa. Estaba al tanto de las vicisitudes de la historia y, cómo no, de lo que acontecía en la Iglesia. Le animaba el celo apostólico con ese visible afán de conquistar a las personas para Cristo.

Hallándose en Lviv aconteció un hecho doloroso al que dio una respuesta similar a la ofrecida por Teresa de Lisieux. Supo que un antiguo obispo católico, Władysław Marcin Faron, cuyo apellido coincidía con el suyo aunque no les unía parentesco alguno, había apostatado de la Iglesia. Y ante sus hermanas de comunidad ofreció su vida por la conversión del prelado. De forma taxativa, consciente de las consecuencias de tan magnánimo gesto, confesó que se disponía a morir por él. En 1938 había sido elegida superiora de la comunidad. Y su gran labor fue más que ostensible en el orfanato que dirigía. Durante unos años trató de paliar las graves carencias que trajo consigo el nazismo y de infundir esperanza en los corazones atemorizados de tantos. En 1942 fue delatada a la Gestapo. El propietario del edificio que ocupaban era un activista político que había prestado una de las habitaciones a miembros principales de la organización y la labor que llevaban a cabo quedó al descubierto. Una de las hermanas le aconsejó huir, pero ella pensó en los que no tuvieron posibilidad de escapar y en la repercusión que su desaparición podría tener para el resto de su comunidad. Y se dispuso a materializar la promesa que hizo abrazándose a la cruz. Sin dudarlo, se presentó ante la Gestapo.

Le esperaba un camino de atroces sufrimientos. Desde que se produjo su detención a finales de agosto de 1942 pasó por las prisiones de Jaslo y de Tarnow hasta que el 6 de enero de 1943 fue trasladada a Auschwitz-Birkenau. Condenada a ser menos que un número –el que le tatuaron fue el 27989–, quedó recluida en el bloque 7. La muerte iría llegándole lentamente, aunque el acero del odio que acompañaba a sus hostigadores no logró penetrar en su corazón. El látigo, el barro, el frío, la inanición, nauseabundos roedores e insectos en medio de un inmundo espacio habitado por el terror y la angustia eran compartidos por otros congéneres injustamente atrapados en el lúgubre campo de concentración. Contrajo el tifus, la sarna, y vio como se abría la cicatriz de una antigua intervención dejando al descubierto en la ingle una llaga supurante que no podía cerrarse y que apenas le permitía mantenerse en pie.

Conducida al bloque 24, abandonada en su dolor por los crueles carceleros, afrontó una tuberculosis con hemorragias recurrentes que se unían a la peste, la falta de alimentos y de agua acentuando su calvario. Los más afectados por las plagas eran los que se hallaban en las literas a ras de tierra, como la suya. Pero ella, en medio de tanto sufrimiento, se esforzaba por animar a los que tenía al lado y agradecía las muestras de solidaridad y bondad que recibía de sus desdichados compañeros. Los que sobrevivieron, impresionados por su conformidad, confianza, mansedumbre, humildad y fortaleza ante tanta calamidad, serían testigos de su causa. Agradecía a Dios poder ofrecerle su infortunio. Consideraba que estaba cumpliendo su voluntad.

Solía rezar el rosario que había realizado con migas de pan, y ofrecía sus oraciones por la conversión de los pecadores, su congregación, su país y los sacerdotes del campamento que eran torturados y llevados al crematorio; se afligía de que no pudieran oficiar la misa. Además, oraba por el artífice de tanta tragedia: Hitler. Lo más importante para ella era recibir la comunión. Un sacerdote que la llevó clandestinamente se la dio el día 8 de diciembre 1943. La consideró su viático. Y movida por una antigua convicción de que no moriría antes de tomarla, al comulgar supo que su fin estaba cerca. Falleció el 9 de abril de 1944. El prelado por el que dio su vida, más tarde se reconcilió con la Iglesia.

escrito por Isabel Orellana Vilches (08 de abril de 2015) © Innovative Media Inc.

otros santos 09 de abril:

- Santa Casilda de Toledo
- Beato Antonio Pavoni

miércoles, 8 de abril de 2015

08 de abril: Santa María Rosa Julia Billiart

«La fundadora de la congregación de Nuestra Señora es un ejemplo de fe en la tribulación. Al no hallar posada en la tierra, esperaba contar con un rinconcito en el cielo y nunca se cansó de alabar a Dios del que estaba enamorada»

Madrid, 08 de abril de 2015 (Zenit.org) Nació el 12 de julio de 1751 en Cuvilly, Francia. Era hija de agricultores que poseían también un comercio, y gozaban de una buena posición económica. Tuvo siete hermanos; ella fue la penúltima. Hizo su primera comunión a los 9 años, edad infrecuente en la época para recibir este sacramento, pero el párroco M. Dangicourt tomó la decisión de permitírselo al ver que se sabía el catecismo de memoria. En ese periodo consagró su castidad. A los 16 años comenzó a trabajar en el campo para ayudar a su familia que había venido a menos. Se fortalecía en la oración y hacía todo el bien que estaba en sus manos, visitando a los enfermos. Algunos comenzaron a denominarla «la santa de Cuvilly».

Entrada en la veintena fue testigo de un hecho trágico que marcó su vida. Se hallaba junto a su padre cuando un desalmado atentó contra él y falleció de un disparo. No está claro si ella fue herida también o simplemente quedó presa de un shock traumático. La cuestión es que el impacto fue tal que perdió por completo la movilidad de sus miembros inferiores. Se enfrentó a la terrible pérdida, y las consecuencias que llevó anejas, con admirable fortaleza. Siguió haciendo su apostolado en tan penosas condiciones de limitación y no se cansaba de alabar a Dios en sus penalidades, diciendo: «Qu'il est bon le bon Dieu!» (¡Qué bueno es el buen Dios!). En torno a su lecho se reunían los niños para recibir el catecismo. Bordaba manteles para la parroquia y sobre todo, rezaba. Allí tuvieron lugar muchos de sus éxtasis. Todos los días le llevaban la comunión.

La época del Terror que trajo consigo la Revolución Francesa y el régimen de Napoleón hicieron de ella una fugitiva; debía trasladarse de un lugar a otro. Y es que valerosamente había defendido a su párroco, suplantado impunemente por otro sacerdote impío, y buscó cobijo para otros perseguidos. Un grupo que admiraba su virtud, en 1790 se ocupó de ponerla a salvo transportándola en un carro de heno a Compiègne. Un día manifestó: «Señor, en la tierra no hay posada para mí. ¿Quieres reservarme un rinconcito en el paraíso?». Como consecuencia de tantas dificultades y trasiegos, durante unos meses enmudeció. Únicamente podía hacerse entender mediante gestos mímicos. Recobró el habla en Amiens al término de ese trágico periodo, en casa del vizconde Blin de Borbón, y trabó allí estrecha amistad con Francisca Blin, vizcondesa de Gézaincourt, un alma caritativa y luego colaboradora, que le prestó su ayuda.

Las personas que se aglutinaron en torno a Julia en ese tiempo se impregnaron de su espíritu religioso, y regidas por su testimonio hicieron una gran labor apostólica entre la gente del entorno. En 1793 tuvo una visión. A los pies de una cruz había un grupo de mujeres con vestiduras desconocidas para ella. Al tiempo en una locución divina se le hizo saber que serían las hijas que integrarían un Instituto que iba a estar marcado con la cruz.

Durante un tiempo, y como de nuevo estalló la persecución, convivió con la familia Doria en Bettencourt. Entonces conoció al padre Varin. Con su apoyo, Francisca y ella fundaron la congregación de Nuestra Señora (primeramente Instituto) orientada a la formación espiritual de niños y catequistas. Los quería para Cristo. No había distinción entre las religiosas y las legas, lo cual constituyó una novedad en la época. Con el primer grupo de postulantes interesadas abrieron el orfanato y comenzaron a formar a los catequistas. A Julia se le oía decir: «Hijas mías, pensad cuán pocos sacerdotes hay actualmente y cuántos niños pobres se debaten en la ignorancia. Tenemos que luchar por ganarlos para Cristo». En 1804, cuando llevaba veintidós años paralítica, acudió a una misión popular. El padre Enfantin le pidió que realizara junto a él una novena que quería efectuar por una intención particular. Al quinto día, coincidiendo con la festividad del Sagrado Corazón, el sacerdote le dijo: «Madre, si tiene fe, dé un paso en honor al Sagrado Corazón de Jesús». Lo hizo y vio que podía caminar.

Con otras condiciones de salud, pudo dedicarse a viajar y extender la obra abriendo nuevos conventos en Namur, Gante y Tournai. También ayudó a los «Padres de la Fe» en su labor misionera por diversas localidades hasta que su acción fue vetada por el gobierno. Las fundaciones florecían cuando llegó la discordia de mano del sacerdote sustituto del padre Varin, el abad de Sambucy de St. Estève, quien primeramente pretendió reformular las constituciones, algo a lo que Julia se opuso, por lo cual alejó de ella a muchas personas y comenzó a sembrar dudas respecto a la Orden. El obispo de Amiens, monseñor Demandolx, influenciado por el abad instó a la fundadora a abandonar la diócesis, y se retiraron al convento de Namur, donde el prelado de la ciudad Pisani de la Gaude las acogió. Después, aunque el de Amiens reclamó su presencia, y Julia intentó reconstruir la fundación, al no hallar quien la secundase regresó a Namur para siempre. Los últimos años de su vida siguió fundando nuevas casas y formando a las religiosas. 1816 constituyó el declive de su salud. Y el 8 de abril de ese año falleció recitando el Magnificat. Pío X la beatificó el 13 de mayo de 1906. Pablo VI la canonizó el 22 de julio de 1969.

escrito por Isabel Orellana Vilches (08 de abril de 2015) © Innovative Media Inc.

otros santos 08 de abril:

- Beato Augusto Czartoryski
- San Dionisio de Alejandría

martes, 7 de abril de 2015

07 de abril: Beata María Assunta Pallota

Nació el año 1878 en Force (Marcas, Italia), de una familia campesina, pobre, religiosa.

Era la mayor de cinco hermanos y pronto tuvo que dejar la escuela y ponerse a trabajar para contribuir al sustento de su familia.

Fue siempre laboriosa, sencilla, amable, muy devota. En 1898, con la ayuda de personas buenas, ingresó en las Franciscanas Misioneras de María. Dos años después eran martirizadas en China siete Misioneras.

No tardó nuestra beata en pedir a la Fundadora que la enviara allí, petición que le fue aceptada. Tras recibir la bendición de san Pío X, emprendió el viaje con otras hermanas y llegó a Shansi (China) en junio de 1904. Fue destinada como cocinera al orfanato de un pueblo pequeño, Donger-kou. De nuevo aquí fue la monjita sencilla, dócil, generosa, sacrificada, entregada a trabajos humildes en los que prodigaba el amor que bebía en su vida con Dios.

En 1905 azotó la región una epidemia de tifus y María Assunta fue una de sus víctimas. Murió el 7 de abril de 1905. María Assunta Pallotta nació en Force (Ascoli Piceno) el 20 de agosto de 1878, primogénita entre cinco hermanos. Vivió los primeros años en Castel di Croce hasta que su familia se trasladó definitivamente a Force. No pudo seguir estudios regulares pues muy pronto tuvo que dedicarse al trabajo. La determinación de abandonar el mundo surgió en ella de una manera súbita e imperiosa, por lo cual, ayudada de personas buenas, dada la pobreza de su familia, se dirigió a la casa de probación de las religiosas Franciscanas Misioneras de María el 4 de mayo de 1898. Vivió en Roma, Grottaferrata y Florencia, distinguiéndose por la sencillez, la humildad, la prontitud para realizar los servicios más modestos y los trabajos más pesados.

El Instituto de las Franciscanas Misioneras de María recibía su bautismo de sangre el 7 de julio de 1900, al ser martirizadas por los Boxers siete misioneras en Shansi, China. La fundadora les comunicó a las hermanas de la joven Congregación la noticia entre dolorida y orgullosa. Hacia 1903 María Assunta pidió a la fundadora ser enviada a China, para dar la vida por Cristo y por la fe. La petición fue aceptada y el 19 de marzo del año siguiente, después de recibir la bendición de San Pío X, junto con otras nueve hermanas, se embarcaba en Nápoles para el Shansi, la misma misión de las mártires, donde llegó tres meses más tarde. Su deseo era el de entregarse al apostolado, en cambio fue destinada a la cocina.

El invierno fue rigurosísimo; en los primeros meses del año siguiente, 1905, en todo Shansi cundió una terrible epidemia de tifo, y, además de varias huérfanas, murieron cuatro religiosas, la tercera de las cuales fue sor María Assunta. Había caído enferma el 19 de marzo, aniversario de su partida de Italia. La tarde del 7 de abril recibió los últimos sacramentos y veinte minutos antes de morir, un perfume misterioso inundó las habitaciones donde ella había vivido. En 1913, al exhumarla, su cuerpo fue hallado en perfecto estado de conservación. Los chinos la llamaron «la santa de los perfumes». Es la primera Franciscana Misionera de María que llegó a la santidad sin pasar por el martirio. Ella hubiera querido convertir a todos los habitantes de China, pero su apostolado fue fugaz: se extinguió antes de cumplir los 27 años de edad. Dedicada a cargos humildes, trabajó sencilla y desconocida por el reino de 1905).

beatificación: 7 de noviembre de 1954 por el Papa Pío XII.

(fuente: www.pzumbandodigital.com)

otros santos 07 de abril:

- San Juan Bautista de La Salle
- San Enrique Walpole

lunes, 6 de abril de 2015

06 de abril: Beato Ceferino Agostini

Presbítero y Fundador de la Congregación de Ursulinas Hijas de María Inmaculada

Martirologio Romano: En Verona, en Italia, beato Ceferino Agostini, presbítero, que se dedicó al ministerio de la predicación, catequesis e instrucción cristiana, y trabajó para ayudar a la juventud, a los pobres y a los enfermos, instituyendo la Congregación de Ursulinas Hijas de María Inmaculada († 1896).

Etimológicamente: Ceferino = Viento suave, es de origen latino.

Fecha de beatificación: 25 de octubre de 1998 por el Papa Juan Pablo II. Ceferino Agostini nació en Verona el 24 de setiembre de 1813. Fue el mayor de los dos hijos del matrimonio formado por Antonio Agostini y Angela Frattini. Su padre era un buen cristiano, médico de profesión.

Ceferino fue bautizado el 28 de septiembre de 1813.

Llamado al sacerdocio, se distinguió en el Seminario por la piedad y el buen éxito en los estudios. Ordenado Sacerdote el 11 de marzo de 1837, se dedicó enseguida al ministerio como cooperador en su Parroquia de los Santos Nazario y Celso, fue nombrado Párroco de la misma el 29 de junio de 1845 y permaneció allí hasta la muerte.

Grabando en si mismo la imagen del Buen Pastor, dirigió su empeño hacia las personas más pobres y descuidadas, en particular hacia la juventud de su Parroquia, ayudado en esto por sus dos primeras colaboradoras, nombradas luego por él, en el año 1869, Ursulinas Hijas de María Inmaculada.

Fundador de la Compañía de Santa Úrsula en Verona, les indicó a sus hijas como madre y modelo de Santa educadora a Santa Ángela Merici; las quiso atentas y fieles herederas de su espíritu acerca de la educación humana y cristiana de la juventud.

Rico de virtudes murió el 6 de abril de 1896, a la edad de 83 años.

El 25 de octubre de 1998, en la Basílica de San Pedro, Juan Pablo II lo proclamaba "Beato" y establecía el 24 de setiembre día de su fiesta litúrgica.

(fuente: catholic.net)

otros santos 06 de abril:

- San Eutiquio de Constantinopla
- San Pedro de Verona
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