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domingo, 23 de agosto de 2015

23 de agosto: Beato Gabriel de Aróstegui (Lorenzo Ilarregui Goñi)

MADRID, 22 Abr. 13 / 05:34 pm (ACI/EWTN Noticias).- Gabriel de Aróstegui (Lorenzo Ilarregui Goñi), es uno de los miles de mártires españoles asesinados en España durante la Guerra Civil. Su historia de martirio comenzó con una paliza e insultos por negarse a blasfemar contra Dios. Será beatificado el próximo 27 de octubre en Tarragona (España).

En un diálogo con ACI Prensa el postulador de la causa de Canonización, H. Alfonso Ramírez Peralbo, religioso del convento de los Capuchinos de Sevilla, relató la estremecedora historia del futuro beato.

El Hermano Gabriel nació el 10 de agosto de 1880, en Aróstegui (Navarra). Tenía cuatro hermanos, Sus padres lo bautizaron como Lorenzo, pero eligió Gabriel para ingresar en el convento de los Hermanos Capuchinos de Monte Hano (Santander), donde el 31 de diciembre de 1910, vistió el hábito, y dos años más tarde hizo la profesión de fe.Luego fue destinado al convento de El Pardo (Madrid), donde, después de vivir grandes tormentos a causa de su fe, fue asesinado.

El 21 de julio de 1936, los milicianos asaltaron el convento. La excusa era acusar a los religiosos de posesión de armas. Los religiosos intentaron huir, entre ellos el H. Gabriel, quien saltó por las tapias de la huerta para huir, pero, apenas puso los pies en tierra, fue detenido por los milicianos.

Después de insultarlo y maltratarlo, bajo amenaza de muerte, le exigieron blasfemar, “si no lo hacía le matarían allí mismo”.El religioso fiel a su fe dio un no por respuesta: “Hagan de mí lo que quieran; mátenme, pero yo no blasfemo”.

“Aquí comenzó su martirio y aquí también su clara y valiente confesión de fe”, explica el postulador.

Unos días más tarde, el 25 de julio, fue puesto en libertad y se escondió en casa de unos amigos.

Diez días después, los milicianos lo encontraron y fue juzgado por un comité en el pueblo que lo sentenció a la muerte. Sin embargo, un guardia decidió que no se procediese a la ejecución y lo liberaron por segunda vez.

Gabriel volvió a su trabajo en el colegio del convento, siempre vigilado por milicianos con fusil. El 23 de agosto de ese mismo año, 1936, después de sus faenas, un miliciano lo invitó a salir. Apenas atravesó la puerta, tres milicianos del pueblo, dispararon contra él. Murió desangrado y su cuerpo fue enterrado en una fosa común que aún no ha sido localizada.

El postulador de la Causa de Canonización, que también se ha encargado de otros muchos martirios de la Guerra Civil Española, y actualmente prepara un libro: “Treinta y dos testigos de la Fe. Mártires Capuchinos de España en el Siglo XX”.

otros santos 23 de agosto:

- Beato Ladislao Findysz
- Santa Tidfil

sábado, 22 de agosto de 2015

22 de agosto: San Andrés de Fiesole

San Andrés nació en la primera mitad del siglo IX, probablemente en Irlanda, por lo que en muchos países europeos a cualquier peregrino se le daba el nombre de "Scotus", de donde debe haber salido la leyenda de un Andrea Scoto. Andrés, fue educado por Donato, irlandés y maestro de filosofía a quien luego sigue en una peregrinación a Roma. Llegado a Fiésole llamado por una voz sobrenatural, Donato es elegido obispo, y permanece allí cuarenta y siete años. Andrés es ordenado diácono y como archidiácono asistente de Donato, adquiere gran fama por la austeridad de vida y su caridad sin límites.

Restaurada la iglesia de San Martín, destruida por los húngaros, Andrés construye junto a ella un monasterio y se retira allí con algunos compañeros. Es dudoso que hayan abrazado la regla benedictina, en todo caso, el Mabillon, lo excluye del Catálogo de santos de la Orden.

Pocos años después de la muerte de Donato (876) también Andrés cayó gravemente enfermo. Antes de morir, expresó su ardiente deseo de ver a su hermana, Santa Brígida a quien muchos años antes había dejado en Irlanda, y ésta fue milagrosamente transportada a su cabecera. Rodeado de sus hermanos de congregación, entregó su alma al Señor, a fines del siglo IX.

Fue sepultado en la iglesia de San Martín en Mensola. Su tumba se descubrió en 1285 pues con numerosas apariciones, impidió que junto a ella fuera sepultada una pecadora. El obispo Leonardo Bonafede (m. 1545) transportó las reliquias de San Andrés a un nuevo altar de la iglesia. Su fiesta se celebra en Fiésole el 2de agosto y su culto es antiquísimo. Se tienen noticias de una hermandad que llevaba su nombre, fundada a fines de 1600, y la Compañía del Santísimo Sacramento bajo el Título de San Andrés de Escocia aún hoy existe y está activa en la iglesia de San Martín en Mensola.

Hay una vida de San Andrés escrita en italiano en el siglo XIV o XVI: la obra está precedida por una dedicatoria a un Leonardo Bonafede y el autor es Filippo Villani. Si ese Leonardo es el obispo que se ocupó de la traslación de las reliquias del santo, puede decirse que esta biografía fue escrita en el siglo XVI o, en el siglo XIV si el Leonardo de la dedicatoria no es el obispo de Fiésole.

Gougaud, partiendo de la constatación de que el nombre de San Andrés no figura en la vida de Donato, tiene fuertes dudas de que haya sido irlandés.

(fuente: www.geocities.ws/misa_tridentina01)

otros santos 22 de agosto:

- Beato Bernardo de Ofida
- San Felipe Benizi

viernes, 21 de agosto de 2015

21 de agosto: Beato Pedro Sadurní Raventós


Sacerdote y Mártir

Martirologio Romano: En diversos lugares de España, Beatos Jaime Puig Mirosa y 18 compañeros de la Congregación de los Hijos de la Sagrada Familia de Jesús, María y José, además de Sebastián Lorens Telarroja, laico, asesinados por odio a la fe. († 1936-1937)

Fecha de beatificación: 13 de octubre de 2013, durante el pontificado de S.S. Francisco.

Pedro Sadurní era originario de la ciudad de Vilanova i La Geltrú. Nació el día 22 de abril de 1883. Vistió el hábito en la fecha del 2 de febrero de 1886, hizo su primera profesión el día 15 de abril de 1900. Su profesión perpetua fue el día 16 de agosto de 1903. Sus órdenes menores las recibió entre los años 1905 a 1910. El día 19 de septiembre de 1914 se ordena presbítero.

La mayor parte de su vida religiosa la consagro a la docencia, la cual desempeño en el colegio San Ramón de Vilafranca del Penedés. Fue muy elocuente en sus clases, y sus alumnos le guardaban gran admiración. Siempre vivió actualizado en los últimos avances científicos que se daban en su época, de los cuales se informaba con gran interés. Todos los alumnos lo buscaban para recibir su enseñanza.

El Padre Pedro Sadurní era delgado y de estatura alta. Su expresión daba la impresión de caracterizar a un hombre piadoso y reflexivo. Vivía fielmente unido a la oración de la liturgia de las horas, y celebraba la Eucaristía con gran espíritu de fe.

El padre Pedro Sadurní, fue asesinado en la noche del 21 de Agosto de 1936, tenía 53 años de edad y 36 de vida religiosa.

Integran el grupo:
(Nombre, Lugar y fecha del martirio)

01.- Jaime (Jaume) Puig Mirosa, Sacerdote- Blanes (Girona) el día 30 VII 1936;
02.- Sebastián Llorens Telarroja, Apóstol Laico- Blanes (Girona) el día 30 VII 1936;
03.- Narciso Sitjà Basté, Sacerdote- Barcelona el 9 VIII 1936;
04.- Juan Cuscó Oliver, Sacerdote- Lérida el 21 VIII 1936;
05.- Pedro Sadurní Raventós, Sacerdote- Lérida el 21 VIII 1936;
06.- Fermín Martorell Víes, Sacerdote- Vila-rodona, Tarragona, 25 VIII 1936;
07.- Francisco Llach Candell, Sacerdote- Vila-rodona, Tarragona, 25 VIII 1936;
08.- Eduardo Cabanach Majem, Sacerdote- Vila-rodona, Tarragona, 25 VIII 1936;
09.- Ramón Cabanach Majem, Sacerdote- Vila-rodona, Tarragona, 25 VIII 1936;
10.- Juan Franquesa Costa, Sacerdote- Cerveza, Lleida, 2 IX 1936;
11.- Segismundo Sagalés Vilà, Religioso Coadjutor- Múnter, Barcelona, 8 IX 1936;
12.- José Vila Barri, Sacerdote- Gurb de la Plana, Barcelona, 21 IX 1936;
13.- Pedro Verdaguer Saurina, Sacerdote- Barcelona, 15 X 1936;
14.- Roberto Montserrat Beliart, Sacerdote- Barcelona, 13 XI 1936;
15.- Antonio Mascaró Colomina, Religioso Escolar- Barcelona, 27 I 1937;
16.- Pedro Ruiz Ortega, Religioso Escolar- Barcelona, 4 IV 1937;
17.- Pedro Roca Toscas, Religioso Escolar- Barcelona, 4 IV 1937;
18.- Ramón Llach Candell, Sacerdote- Barcelona, 19 IV 1937;
19.- Jaime Llach Candell, Sacerdote- Barcelona, 19 IV 1937;
20.- Ramón Oromí Sullà, Sacerdote- Barcelona, 26 IV 1937.

(fuentes: patria-nazarena.blogspot.com; catholic.net)

otros santos 21 de agosto:

- San Sidon (Sidonio) Apolinar
- San Pio X, Papa

jueves, 20 de agosto de 2015

20 de agosto: San Bernardo Tolomei

Abad y Fundador de la Orden del Monte Olivete
(1272-1348)

Giovanni Tolomei era el ornato de la corte imperial. Los palatinos le llamaban el bravo sienés. Y bravo lo era en la guerra y en la paz; tal vez por eso le había preferido con sus favores el emperador Rodulfo; aunque demasiado sabía que la fidelidad del joven caballero le garantizaba el apoyo de una de las principales familias italianas. Tenía en su trato la gracia meridional; sus compañeros le amaban, a pesar de su carácter fuerte y dominante, y, tratándose de letras, reconocían fácilmente su superioridad. Y lo mismo sucedía en las justas y juegos de armas, donde era vigoroso y de fuerzas hercúleas. Había estudiado mucho y tenía un lenguaje fácil y lleno de luz. Sus compañeros le escuchaban respetuosamente cuando exponía las buenas cosas que le había ensenado su tio, el fraile dominico.

Apasionado, decidor y amable, era el ídolo de las damas. Servía, sobre todo, a una a quien, según la costumbre de la época, llamaba la señora de sus pensamientos. Por ella brindaba en los convites, por ella luchaba en los torneos, y pensando en su belleza caminaba a las empresas guerreras. Cantaba su amorosa esclavitud y las gracias de su dama en versos amatorios como los de Tibulo, o en sonetos exquisitos como los de Petrarca, su contemporáneo. Era de una hermosura varonil: estatura procer, miembros hercúleos, cabeza proporcionada al torso robusto, rostro bello y algo ovalado, color moreno, abrillantado por la luz de dos ojos negrísimos, negro también el cabello que sombreaba la espaciosa frente, nariz poderosa y alargada, labios un tanto salientes, cubriendo una boca menuda. Esto, con la belleza de su alma y la viveza de su inteligencia vibrante, le hicieron el ídolo de la corte germánica.

Es algo extraño observar cómo Dios deja con frecuencia que sus elegidos vivan en medio del hechizo de las frivolidades, entre el bullicio de la superficie, probando y aquilatando hasta dónde llegan las dulzuras que puede ofrecer el mundo, con lo cual quiere convencernos de que, cuando esos santos toman una resolución de desasimiento, saben muy bien lo que dejan, por haberlo visto de cerca y muchas veces por haberlo experimentado personalmente. Tal fue el joven Giovanni, que, como dicen sus biógrafos, llegó a olvidarse casi enteramente de las virtudes, de los estudios y hasta de sí mismo, entre las ligeras preocupaciones cortesanas. Y, sin embargo, había entrado en el mundo como un predestinado. Su madre, Fulvia, sabía por un ángel que aquel hijo sería un hombre extraordinario, y lo consideró como una cosa sagrada.

Pasados los primeros síntomas de la juventud, el afortunado caballero dejó la corte, llevado de más sólidas ambiciones, y volvió a su patria, a Siena; porque era de Siena, de la misma ciudad y del mismo siglo que Santa Catalina, la grande embajadora del Espíritu Santo, y San Bernardino, el apóstol infatigable.

Entonces Giovanni buscó el poder y lo obtuvo. Sus conciudadanos pusieron en él la primera magistratura de la ciudad. Giovanni no se contentó con eso. En torno suyo había muchos hombres ilustres por lo mucho que sabían y por lo bien que lo decían. Unos eran artistas, otros poetas, otros filósofos y pensadores. El dux de Siena quiso ser como ellos y se puso a estudiar los viejos manuscritos con el mismo afán que antes pusiera en los devaneos de la corte. Hízose maestro consumado en ambos derechos; profundizó los más enrevesados problemas de los números, y la filosofía no tenía secretos para él. Era ya un sabio, la gloria le mimaba y los discípulos se reunían a su alrededor y escuchaban con admiración su palabra fogosa y brillante. En Siena y cerca de Siena estaba de moda la filosofía del maestro Giovanni.

Quiso saber si alguien se atrevía a medirse con él. Día de regocijo fue para aquella ciudad, madre de sabios y artistas, aquel en que se supo que Giovanni defendería públicamente su doctrina contra todos los mantenedores de los sistemas contrarios. El reto audaz atrajo a Siena peregrinos ilustres de regiones apartadas que habían oído la fama del valiente profesor.

El maestro Giovanni presentóse en público prodigando amables sonrisas en que se adivinaba su íntima satisfacción. Estaba entonces en la plenitud de su varonil belleza, y de su inteligencia brotaban raudales de luz. Iba a cumplir cuarenta años. Una turba bulliciosa de discípulos le acompañaba vitoreándole y levantando al aire los ramos de laurel que traían para celebrar su triunfo. El maestro empezó a hablar. Uno a uno, iba confundiendo a sus adversarios. Éstos enrojecían. Hubo un instante en que Giovanni citó un texto antiguo. Los adversarios se lo negaron, tratándole de falsario. Giovanni tomó un códice. Iba a buscar la cita. Pasaba folios y folios...., pero nada veía. Solamente sentia un peso en su mano. Levantó los ojos y no pudo ver a aquella muchedumbre que esperaba ansiosa. Los abrió y los cerró una y otra vez; se los frotó fuertemente con las manos .., y entonces se dio cuenta de que se había muerto la luz de su mirada. Un drama negro pasó por su alma. Pálido y desfallecido, dejóse caer en el asiento.

Aquello no fue más que un segundo de desmayo. Al quedarse ciego, otro mundo se había iluminado en su interior. Se levantó más tranquilo, y dijo: «A casa.» Los discípulos le ayudaron a llegar hasta ella. Los demás se retiraron llenos de confusión, y los adversarios, dueños del campo, le declararon vencido. Era un vencido de Dios.

A diez millas de Siena se levanta un altisimo monte, mirando al ocaso. Su superficie puede tener un estadio de diámetro, aunque se extiende algo más por uno de los lados, describiendo la forma de una hoja de castaño... Por cualquier parte que se mire, no se encuentran más que rocas enormes y profundos precipicios. En una punta se alza una torre de ladrillo, y cerca un foso que recoge las aguas de las alturas. Sobre el foso hay un puente tendido. Cuando lo levantan, el lugar es inaccesible. En aquel lugar tenían los Ptolomei una villa de recreo.

Pero han pasado algunos años. En lugar de la villa hay un templo magnífico, y al lado un claustro hermoso, celdas, oficinas: todos los elementos que componen un gran monasterio. En torno, verdes olivos que dan al lugar el nombre de Olívete. Más lejos, bosques de encinas corpulentas y jardines de olorosas flores, porque las aguas brotan abundantes en la misma altura.

Habitan aquella soledad unos hombres hechos al silencio, que visten hábitos blanquísimos, que un día les pusiera el obispo de Arezzo por mandato de una Señora muy hermosa que se dijo Reina del Cielo. Siguen la Regla de San Benito, pero nunca prueban la carne ni el vino. En medio de ellos estaba el antiguo maestro de Siena. Nadie le reconocería. La negra cabellera ha desaparecido; en cuanto que le quedan los mechones suficientes para hacer resaltar el cerquillo monacal. La piel, pegada a los huesos, es indicio de grandes penitencias. El color, pálido. Grandes arrugas cercan su frente. Hasta el nombre ha cambiado: se llama Bernardo, y su maestro ya no es Platón, sino el suavísimo abad de Claraval. Tiene los ojos encendidos e hinchados por las lágrimas; pero, aunque hundidos en las órbitas profundas, ven como en los mejores días. Él mismo cuenta, con una voz que el amor hace vibrar, cómo poco tiempo después de aquella dolorosa escena en que Dios había querido confundir su vanidad, recobró la vista a los pies de una imagen de la Virgen, a quien desde entonces escogió para siempre por única Señora de sus pensamientos, Luego se recogió en aquel desierto; hizo durísimas penitencias, levantó aquella abadía de Monte Olívete, y tras ella, otras y otras en diversas partes de Italia.

Ya no se acordaba de las antiguas vanidades. Sólo pensaba en la muerte, y la buscaba y la llamaba como a su liberadora. La muerte le vino, al fin, mientras estaba cuidando a los apestados. Sus últimas palabras fueron: «Ya llega el instante deseado. Recíbeme, Jesús, dulcísimo amor de mi alma, dentro de esas tus entrañas.» Y se durmió en el Señor con el crucifijo en las manos. En su cara había, una sonrisa que parecía un reflejo de la felicidad de la gloria.

Hoy, en Monte Olívete y en otros monasterios italianos, se guarda, como guarda el avaro su tesoro, la memoria y los consejos del bienaventurado fundador sienes.

(fuente: www.divvol.org)

otros santos 20 de agosto:

- San Bernardo de Claraval
- Santa María de Mattias

miércoles, 19 de agosto de 2015

19 de agosto: San Ludovico de Anjou

Obispo

Martirologio Romano: En Brignoles, en la Provenza, de Francia, muerte de san Luis, obispo. Sobrino del rey san Luis, prefirió la pobreza evangélica a las alabanzas y honores del mundo, y joven en años, pero maduro en virtud, fue elevado a la sede de Tolosa. Debido a su delicada salud, descansó piadosamente en el Señor (1297).

Fecha de canonización: El papa Juan XXII lo canonizó el año 1317.

San Luis de Anjou-Sicilia, que murió siendo obispo de Toulouse a los veintitrés años, nació el año 1274 en Brignoles, hermosa villa de Provenza. Su madre, María de Hungría, era sobrina de Santa Isabel y hermana de tres príncipes que también llegaron a ser reyes y santos: Esteban, Ladislao y Enrique. Su padre, Carlos II de Anjou, rey de Nápoles, Sicilia, Jerusalén y Hungría, era el propio sobrino de San Luis de Francia. El príncipe don Luis brilló desde su infancia por la seguridad de su juicio, su piedad sólida, el desprecio de los honores del siglo y una gravedad que le conciliaban el amor y el respeto de todos. Desde luego, Dios le llamaba para más alto destino que el que la historia política de su tiempo parecía reservarle.

Fue testigo, en sus primeros años, de las sangrientas luchas que oponían su familia a los reyes de Aragón. Su abuelo Carlos, al que el papa Inocencio IV había adjudicado el reino de Nápoles, había soñado con reinar en Italia entera. Fue víctima del odio de los sicilianos, sublevados contra su tiranía en las terribles matanzas ocurridas en Palermo conocidas en la historia por Vísperas Sicilianas, el 31 de marzo de 1282. Fracasados los planes de conquista de su abuelo, dos años más tarde, cuando don Luis no tenía más que diez años, su padre, que trataba de resistir en Nápoles, era hecho prisionero. Durante tres años iba a permanecer en Barcelona encarcelado en el castillo Siurana por orden del rey Don Pedro III. Cuando fue puesto en libertad le llegaba a don Luis la hora de los trabajos y sufrimientos más duros: Don Alfonso III de Aragón consentía en libertar a su padre, pero a condición de que sus tres hijos fuesen mandados a Barcelona como rehenes.

El cautiverio de los tres príncipes, don Luis, don Roberto y don Raimundo, hubo de durar siete años. El príncipe don Luis, el mayor de los hermanos, tenía entonces trece años; fue tratado con aspereza, tanto más cuanto que tuvo que pagar el rencor que animaba al rey de Aragón contra la política del Papa, que se negaba a revocar la donación e investidura de los reinos de Aragón, Valencia y condado de Barcelona a Carlos de Valois, el hijo segundo del rey de Francia, y acabó coronando al padre de los príncipes encarcelados como rey de Sicilia, absolviéndole de todas las garantías que había dado al rey de Aragón cuando le puso en libertad. El príncipe don Luis aguantó los sufrimientos de su larga prisión con admirable paciencia. Estaba acostumbrado desde hacía años a una vida penitente. La reina Doña María, su madre, declaró que desde la edad de siete años se salía de noche de su cama para echarse a dormir en el suelo de su habitación.

En los años transcurridos en Barcelona se acrisoló la santidad del joven príncipe. Sus guardianes le trataban duramente, pero él se estimaba feliz sobremanera en padecer algo a imitación de Jesucristo, su Señor. Les solía decir a sus hermanos que, según el espíritu del Evangelio, la adversa fortuna valía más que la próspera, y que tenían que amar su prisión y alegrarse de que Dios les proporcionara el medio de darle prueba del amor que le tenían sufriendo algo por Él. Palabras éstas de verdadero amor iluminado por el divino sentido de la cruz. Aprovechó su cautiverio para dedicarse también al estudio, aconsejándose con dos varones sabios y piadosos de la Orden de San Francisco, especialmente con el padre Jacques Deuze, que había de ser más tarde Papa bajo el nombre de Juan XXII. Frecuentaba la meditación de las cosas de Dios y los misterios de Cristo Nuestro Señor. Confesaba casi todos los días antes de oír misa y no dejaba de rezar el oficio divino. Era especialmente devoto de la cruz y de la Virgen Santísima. Cuando le concedían libertad la empleaba en visitar a los pobres enfermos de la Ciudad Condal. Cierto día reunió a los leprosos para lavarles los pies y servirles la comida; dicen que uno de éstos estaba tan llagado que a su vista se desmayaron los otros príncipes. Al día siguiente, queriendo volverle a ver, resultó imposible encontrarle en toda la ciudad, de donde se creyó que el mismo Señor se les había aparecido para recibir los amorosos servicios del joven don Luis, su fiel discípulo. Entre estas obras de misericordia se deslizaban los años de su adolescencia, dedicada al estudio y a la meditación divina, hasta que cayó gravemente enfermo. Entendió que el Señor le llamaba y le quería todo para sí en el momento en que se aproximaba el fin de su cautividad. Entonces hizo voto de ingresar en la seráfica Orden de San Francisco si se reponía.

Pronto Dios iba a permitir que realizara su voto. Después de una larga enfermedad curó como de milagro. Seguidamente llegó la hora de su liberación: Don Jaime II de Aragón, hijo y sucesor de Don Alfonso III, buscando la paz con el Papa y con las casas de Francia y Nápoles decidió poner en libertad a los hijos de Carlos II, a condición de que la hija de éste, doña Blanca, casase con él. Se habló igualmente en estas conversaciones de Anagni (junio de 1295) de casar al príncipe don Luis con la princesa Violante, hermana del aragonés. Pero Luis, deseoso de realizar su promesa de entrar en religión, se negó, a pesar de las instancias de su padre y de las dos cortes interesadas en que se cumpliera el enlace que robusteciera la unión y la paz entre los dos Estados. Entonces fue cuando pronunció estas palabras en las que se retrata su alma santa: «Jesucristo –dijo– es mi reino. Poseyéndole a Él, lo tengo todo. Desposeído de Él, lo pierdo todo».

De vuelta a Italia con su padre, renunció a la corona de Nápoles a favor de su hermano Roberto (enero de 1296), con ganas de realizar cuanto antes sus deseos de vida retirada, después de recibir las sagradas órdenes. Pensaba vivir escondido en un convento de la Orden franciscana en Alemania. Pero la Providencia divina le tenía preparada otra prueba. Pronunció, efectivamente, sus votos en el convento de Ara Coeli, de los padres franciscanos de Roma, recibiendo seguidamente las sagradas órdenes en Nápoles (20 de mayo de 1296). Pero cuando volvió a Roma, el papa Bonifacio VIII le había designado para ocupar el obispado de Toulouse. El día de Santa Águeda, habiendo revestido el hábito de su Orden, atravesó las calles de Roma descalzo desde el Capitolio hasta San Pedro, donde predicó y fue consagrado. En Toulouse su administración fue cortísima, pero muy provechosa: reformó el clero, poniendo todo su cuidado en examinar con esmero a sus sacerdotes; predicaba a menudo dos veces al día y su palabra encendida, que convertía las almas, era acompañada de prodigios que curaban los cuerpos; llevaba una vida austera de ayunos y disciplinas; visitaba, por fin, a los pobres enfermos, recibiendo a diario veinticinco de ellos en su casa. A pesar de su santo celo apostólico, al joven obispo le atemorizaba la dignidad de su cargo. Llevado de su profunda humildad parece que pensó pedir su dimisión e implorar del Papa que le diera permiso para llevar una vida retirada lejos de los hombres. Otra vez tenían que cumplirse sus anhelos de perfección de manera impensada, por divina disposición de la Providencia.

Camino de Roma, donde iba a presenciar los solemnes actos de la canonización de su pariente San Luis de Francia, cayó enfermo en Brignoles, donde había nacido veintitrés años antes. Tuvo pronto la revelación de que allí mismo se le iban a abrir las puertas del cielo. Veía aproximarse la muerte sin temor, preparándose a rendir su alma al Señor, como suelen hacerlo los varones santos, por una profunda meditación de los misterios sagrados y un abandono total y confiado a la divina voluntad: «Voy a morir –decía a su compañero de viaje–, voy a morir, y me alegro como el marinero que vuelve a divisar la tierra y se prepara a abordar al puerto después de una larga navegación. Ya voy a dejar un cargo demasiado pesado para mis hombros, que no me permitía consagrarme a mí mismo y a Dios». El día de la Asunción recibió los santos óleos y, a pesar de que estaba muy débil por la enfermedad y las austeridades, cuando vio a su Señor que entraba a visitarle se levantó de su lecho y, adelantándose a él, puesto de rodillas, recibió por última vez al huésped amado que le tenía preparada una unión eterna en los cielos. Sus labios repetían sin parar: «Te adoramos, Jesucristo Señor nuestro, y te damos gracias por haber querido rescatar el mundo por tu santa cruz». Pronunciaba también las palabras de la salutación angélica, y contestaba a su compañero que le preguntaba por qué: «No tardaré en morir; la Virgen Santísima acudirá a mi amparo».

Murió el 19 de agosto de 1297. Su santidad, su pureza heroica fueron puestas de manifiesto por los milagros que acompañaron su tránsito: uno de los religiosos que le asistían vio a su alma subir al cielo en medio de los espíritus bienaventurados que cantaban: «Así suele tratar el Señor a los que han vivido con tanta inocencia y pureza». El prodigio más sonado fue el de la rosa que se le apareció en la boca para pública manifestación de su pureza y encendida caridad. Fue sepultado en el coro de la iglesia de los padres franciscanos de Marsella, multiplicándose los milagros en su sepulcro. Fueron tantos los enfermos curados por su intercesión, que el papa Juan XXII no tardó en canonizarle (1317). El día 11 de noviembre del año siguiente, los padres del convento de Marsella levantaron el cuerpo del Santo del coro de la iglesia, y lo depositaron en un relicario de plata puesto en el altar mayor. Presenciaba el acto el rey de Nápoles y Sicilia, su hermano menor Roberto, al que había cedido sus derechos a la corona. La devoción que el pueblo cristiano tributaba al santo príncipe se extendió a los mismos reinos de la casa de Aragón, secularmente enemistada con la suya. En 1443, don Alfonso V, que acababa de conquistar el reino de Nápoles, tomaba la ciudad de Marsella. Dicen que en ella no hizo ningún botín, contentándose con llevar en su galera las preciosas reliquias del Santo. Depositó su tesoro en Valencia, donde la memoria de San Luis de Anjou fue objeto de gran veneración. Por fin, el año 1862, el arzobispo de Valencia concedió a la Iglesia de Toulouse una reliquia del que había sido su obispo.

(fuentes: franciscanos.org; catholic.net)

otros santos 19 de agosto:

- San Ezequiel Moreno y Díaz
- San Juan Eudes

martes, 18 de agosto de 2015

18 de agosto: Beato Ángel María (José Sánchez Rodríguez)

Religioso y Mártir

Martirologio Romano: En territorio de la Arquidiócesis de Madrid, España, Beatos Alberto María Marco y Alemán y 8 compañeros de la Orden de los Carmelitas de la Antigua Observancia; Agustín María García Tribaldos y 15 compañeros del Instituto de los Hermanos de las Escuelas Cristianas, asesinados por odio a la fe. († 1936-1937)

Fecha de beatificación: 13 de octubre de 2013, durante el pontificado de S.S. Francisco.

Nació el 2 de agosto de 1918 en Pajares de la Lampreana (Zamora) y le bautizaron como José Sánchez Rodríguez. Es difícil encontrar un nombre más común en España. Al tomar el hábito carmelita asumió el nombre de fray Ángel María. Se hizo fraile acompañando a dos amigos del pueblo, que morirían junto a él, con 19 años. El carmelita Miguel M. Arribas, que murió en 2011, cuenta detalles de su biografía (P. Alberto Marco y compañeros mártires carmelitas, Salamanca, 2013, pp. 89-92), recogidos en la revista Ecclesia.

Estaba un día en la puerta de su casa cuando vio pasar a dos muchachos que iban a visitar a doña Lucila Sánchez -la vocacionista-, a los que preguntó, de buenas a primeras: «¿Vais a casa de doña Lucila para iros de frailes?». Al responderle afirmativamente, añadió: «Pues decidle que yo también quiero ir». Y, pensándoselo mejor, se fue con ellos a decírselo personalmente. A sus catorce años de edad ingresaba en el seminario menor de Villarreal de los Infantes, el día 16 de enero de l932.


Buenas notas, hablaba bajo

Según sus profesores, era un talento extraordinario. En todos los cursos sacaba «sobresalientes» y para él solía ser la «matrícula de honor» del seminario. Dominaba de maravilla el latín, asignatura de la que era profesor el famoso latinista carmelita P. José Plana, también mártir, quien, caso raro en él, le dio un sobresaliente.

Tenía una sensibilidad exquisita y dones excepcionales de espíritu. Cuando se le corregía en algo, a veces lloraba compungido y, luego, iba al cuarto del superior a darle las gracias y a decirle: «Perdone, padre, no volverá a suceder».

Tomó el hábito del Carmelo en septiembre de 1934 en el noviciado de Onda. Caminaba siempre con recogimiento y las manos bajo el escapulario del hábito. Era un joven que llamaba la atención por su honda piedad. Su carácter era inalterable y hablaba siempre en voz baja.

Cuando se le buscaba por todo el convento sin resultado, se le hallaba siempre en la capilla.


Entrenando las virtudes

Un compañero de curso señala que durante los años de estudio se entrenaba con él en desafíos espirituales sobre el ejercicio de las virtudes, aprovechando para ello las fiestas del Señor y de la Virgen María. También tenían concertado acusarse mutuamente de los defectos más notorios.

Durante un largo año estuvo sometido a la acción del bisturí, sufriendo diversas operaciones quirúrgicas en la nariz, lo que sufría con una entereza que dejaba extrañado al mismo doctor que le atendía.


No quiso quedarse en el hospital

Profesó en la Orden el 15 de septiembre de 1935. Durante el año de Filosofía continuó en esa tesitura de vida espiritual y de formación seria. Había terminado el primer curso cuando fue apresado en Onda con toda la comunidad el 27 de julio de 1936. Llevado a Madrid con sus compañeros, sufrió allí altas fiebres, tanto que apenas podía hablar, pero cuando se le comunicó que sería trasladado a un hospital, no consintió separarse ni un momento de sus compañeros y hermanos, queriendo correr la misma suerte que ellos.

Enfermo como estaba, lo llevaron la noche del 18 de agosto de 1936 a las tapias del cementerio de Carabanchel Bajo, donde fue asesinado junto con todos sus hermanos de hábito. Tenía dieciocho años de edad. Sus restos se hallan en el Santuario del Henar.


La miliciana que le descubrió

Fray Ángel fue fusilado dos veces. Quedó mortalmente herido, pero, con el relente del amanecer, recobró vida y se arrastró por entre los cadáveres de sus compañeros hasta la pared del cementerio para recostarse en ella.

Al ver pasar por allí cerca a una mujer, le pidió socorro, pero ella -una miliciana- fue a dar cuenta a la ´casa del pueblo´. El jefe de guardia y alguno más fueron a rematarlo en la postura que tenía, sentado en el suelo y apoyado en la pared.

El novicio fray Ricardo Román oyó el relato al miliciano y cómo este decía que era un fraile del que no sabía el nombre, pero que era pequeño. Fray Ángel era el de más baja estatura del grupo de religiosos.


Cabeza cortada, fotos macabras

Posteriormente, el citado novicio vio una fotografía del grupo de los asesinados que rodeaban el cadáver del general López Ochoa, que tenía la cabeza cortada y colocada entre sus piernas. Todos los religiosos estaban en torno a este militar, excepto uno que se hallaba un poco detrás y recostado en la pared. Era el cadáver de fray Ángel Sánchez, asegura Ricardo Román.

Este grupo de mártires está integrado por:

1. EUGENIO GARCÍA TRIBALDOS (AGUSTÍN MARÍA), religioso profeso de los Hermanos de las Escuelas Cristianas (Hermanos de La Salle)
nacimiento: 13 Julio 1877 en Vellisca, Cuenca (España)
martirio: 30 Julio 1936 en Madrid (España)

2. MIGUEL SOLAS DEL VAL (ANSELMO PABLO), religioso profeso de los Hermanos de las Escuelas Cristianas (Hermanos de La Salle)
nacimiento: 08 Mayo 1890 en Briviesca, Burgos (España)
martirio: 30 Julio 1936 en Casa de Campo, Madrid (España)

3. ALEJANDRO GONZÁLEZ BLANCO (BRAULIO JOSÉ), religioso profeso de los Hermanos de las Escuelas Cristianas (Hermanos de La Salle)
nacimiento: 23 Julio 1890 en Villovieco, Palencia (España)
martirio: 30 Julio 1936 en Casa de Campo, Madrid (España)

4. PABLO DÍAZ DE ZÁRATE y ORTIZ DE ZÁRATE (NORBERTO JOSÉ), religioso profeso de los Hermanos de las Escuelas Cristianas (Hermanos de La Salle)
nacimiento: 21 Enero 1892 en MuruaCogoitia, Álava (España)
martirio: 30 Julio 1936 en Casa de Campo, Madrid (España)

5. GUILLERMO ÁLVAREZ QUEMADA (OSEAS), religioso profeso de los Hermanos de las Escuelas Cristianas (Hermanos de La Salle)
nacimiento: 10 Febrero 1890 en Sta. Cruz de la Salceda, Burgos (España)
martirio: 30 Julio 1936 en Casa de Campo, Madrid (España)

6. LUIS HERRERO ARNILLAS (ESTEBAN VICENTE), religioso profeso de los Hermanos de las Escuelas Cristianas (Hermanos de La Salle)
nacimiento: 22 Agosto 1893 en La Serna, León (España)
martirio: 30 Julio 1936 en Casa de Campo, Madrid (España)

7. JUAN LANZ PALANCA (CRISÓLOGO), religioso profeso de los Hermanos de las Escuelas Cristianas (Hermanos de La Salle)
nacimiento: 11 Agosto 1880 en Pamplona, Navarra (España)
martirio: 30 Julio 1936 en Casa de Campo, Madrid (España)

8. ELEUTERIO MANCHO LÓPEZ (ELEUTERIO ROMÁN), religioso profeso de los Hermanos de las Escuelas Cristianas (Hermanos de La Salle)
nacimiento: 20 Febrero 1898 en Fuentes de Valdepero, Palencia (España)
martirio: 03 Agosto 1936 en Puente Vallecas, Madrid (España)

9. JUAN LUCAS MANZANARES (BRAULIO CARLOS), religioso profeso de los Hermanos de las Escuelas Cristianas (Hermanos de La Salle)
nacimiento: 10 Diciembre 1913 en Campillo Lorca, Murcia (España)
martirio: 23 Febrero 1937 en Puente Vallecas, Madrid (España)

10. IGNACIO GONZÁLEZ CALZADA (ROGACIANO), religioso profeso de los Hermanos de las Escuelas Cristianas (Hermanos de La Salle)
nacimiento: 31 Julio 1885 en Terrazos de Bureba, Burgos (España)
martirio: 24 Julio 1936 en Madrid (España)

11. JOAQUÍN RODRÍGUEZ BUENO (IRENEO JACINTO), religioso profeso de los Hermanos de las Escuelas Cristianas (Hermanos de La Salle)
nacimiento: 20 Agosto 1910 en Mazuelo de Muñó, Burgos (España)
martirio: 22 Julio 1936 en Almudena, Madrid (España)

12. VICENTE LÓPEZ y LÓPEZ (VIRGINIO PEDRO), religioso profeso de los Hermanos de las Escuelas Cristianas (Hermanos de La Salle)
nacimiento: 27 Octubre 1884 en Miraveche, Burgos (España)
martirio: 22 Julio 1936 en Almudena, Madrid (España)

13. PEDRO BRUCH COTACÁNS (ANASTASIO PEDRO), religioso profeso de los Hermanos de las Escuelas Cristianas (Hermanos de La Salle)
nacimiento: 30 June 1869 en Gerona (España)
martirio: 14 Septiembre 1936 en Hortaleza, Madrid (España)

14. ALBERTO JOSÉ LARRAZÁBAL MICHELENA (JUNIÁN ALBERTO), religioso profeso de los Hermanos de las Escuelas Cristianas (Hermanos de La Salle)
nacimiento: 04 Febrero 1893 en Irún, Guipúzcoa (España)
martirio: 7 Septiembre 1936 en Arganzuela, Madrid (España)

15. EUSEBIO ANGULO AYALA (LUIS VICTORIO), religioso profeso de los Hermanos de las Escuelas Cristianas (Hermanos de La Salle)
nacimiento: 14 Diciembre 1894 en QuintanillaValdegovia, Álava (España)
martirio: 7 Septiembre 1936 en Arganzuela, Madrid (España)

16. RAMIRO FRÍAS GARCÍA (VIDAL ERNESTO), religioso profeso de los Hermanos de las Escuelas Cristianas (Hermanos de La Salle)
nacimiento: 13 Marzo 1906 en Villajimena, Palencia (España)
martirio: 28 Noviembre 1936 en junto al cementerio de Vicalvaro, Madrid (España)

17. DANIEL GARCÍA ANTÓN (DANIEL MARÍA), clérigo profeso de los Carmelitas de la Antigua Observancia
nacimiento: 11 Deciembre 1913 en Navacepeda de Tormes, Ávila (España)
martirio: 18 Agosto 1936 en Carabanchel Bajo, Madrid (España)

18. SILVANO VILLANUEVA GONZÁLEZ (SILVANO MARÍA), clérigo profeso de los Carmelitas de la Antigua Observancia
nacimiento: 06 Febrero1916 en Huérmeces, Burgos (España)
martirio: 18 Agosto 1936 en Carabanchel Bajo, Madrid (España)

19. ADALBERTO VICENTE MUÑOZ (ADALBERTO MARÍA), clérigo profeso de los Carmelitas de la Antigua Observancia
nacimiento: 23 Abril 1916 en Cuéllar, Segovia (España)
martirio: 18 Agosto 1936 en Carabanchel Bajo, Madrid (España)

20. AURELIO GARCÍA ANTON (AURELIO MARÍA), clérigo profeso de los Carmelitas de la Antigua Observancia
nacimiento: 14 Agosto 1916 en Navacepeda de Tormes, Ávila (España)
martirio: 18 Agosto 1936 en Carabanchel Bajo, Madrid (España)

21. FRANCISCO PÉREZ Y PÉREZ (FRANCISCO MARÍA), clérigo profeso de los Carmelitas de la Antigua Observancia
nacimiento: 30 Enero 1917 en Ros, Burgos (España)
martirio: 18 Agosto 1936 en Carabanchel Bajo, Madrid (España)

22. ÁNGELO REGUILÓN LOBATO (ÁNGEL MARÍA), clérigo profeso de los Carmelitas de la Antigua Observancia
nacimiento: 01 June 1917 en Pajares de la Lampreana, Zamora (España)
martirio: 18 Agosto 1936 en Carabanchel Bajo, Madrid (España)

23. NICOMEDES ANDRÉS VECILLA (BARTOLOMÉ FANTI MARÍA), clérigo profeso de los Carmelitas de la Antigua Observancia
nacimiento: 26 Agosto 1917 en Pajares de la Lampreana, Zamora (España)
martirio: 18 Agosto 1936 en Carabanchel Bajo, Madrid (España)

24. JOSÉ SÁNCHEZ RODRÍGUEZ (ÁNGEL MARÍA), clérigo profeso de los Carmelitas de la Antigua Observancia
nacimiento: 02 Agosto 1918 en Pajares de la Lampreana, Zamora (España)
martirio: 18 Agosto 1936 en Carabanchel Bajo, Madrid (España)

25 FRANCISCO MARCO ALEMÁN (ALBERTO MARÍA), sacerdote profeso de los Carmelitas de la Antigua Observancia
nacimiento: 23 Mayo 1894 en Caudete, Albacete (España)
martirio: 28 Noviembre 1936 en Paracuellos de Jarama, Madrid (España)



(fuentes: Religión en Libertad; catholic.net)

otros santos 18 de agosto:

- Santa Elena
- San Alberto Hurtado

lunes, 17 de agosto de 2015

17 de agosto: San Carlomán

Rey
(714-755)

Dos hombres subían tranquilamente la pendiente de Montecasino. El uno era gigante y fuerte, pero de cara apacible y bondadosa; el otro, más bajo de estatura y de rasgos menos finos, tenía aires de ser su criado. Vestian igual: calzas militares, túnica corta y sencillo tahalí. Distinguía al más alto la opulenta cabellera blonda que le caía por la espalda y estaba apresada por una cinta roja alrededor de la cabeza. Parecía tener unos treinta y cinco años.

Detuviéronse frente al monasterio, admirando la mole blanca que acababa de levantar con gran riqueza el abad Petronax. Luego, se sentaron para cobrar aliento y prepararse al instante definitivo.

— Alardo—dijo el gigante—, ya salimos del bullicio y de la sangre. Desde hoy en adelante no seremos más que hermanos. Pero voy a pedirte una cosa.
—¿Cuál es, señor? Haréla con la misma fidelidad de siempre.
—Hermano mío, sólo quiero que nunca digas quién soy. O si algo quieres decir, di que soy un homicida, un ladrón, un hombre que ha hecho derramar muchas lágrimas.
Los dos viajeros se quedaron pensativos. Alardo tenía los ojos fijos en la cabellera dorada de su amigo, sobre la cual caía el polvo de oro del sol muriente.

Poco después sonaba un campanillo.

—Benedicite—respondía dentro una voz suave.
—¿Podrían dos francos hallar refugio en el monasterio de San Benito?

Habían pasado muchos días. Alardo cavaba y su companero regaba. Ya no vestian las túnicas cortas del soldado, sino la túnica larga del monje, y en los hombros el escapulario del trabajo. La rica cabellera había desaparecido también.

—Allá teníamos la guerra; aquí, la paz—decía Alardo a su companero, interrumpiendo el trabajo.

Pero ni el uno ni el otro estaban acostumbrados a aquellos menesteres. Los pobres trabajaban mucho, pero la huerta estaba mal cultivada. Entonces el abad envió a Alardo a la panadería para que aprendiese a hacer pan, y encomendó al gigante—así llamaban al otro franco muchos monjes—el cuidado de las ovejas del monasterio.

El gigante pasaba los días en las cumbres y en las faldas del Casino guardando su rebaño. A todas las ovejas las conocía por su nombre, las quería como hermanas, y cuando alguna estaba fatigada o coja, llevábala a casa en sus hombros. Aquellos animalitos mansos le recordaban días antiguos que le ensombrecían el alma, un alma dulce y evangélica, que había caído herida en medio del mundo bávaro en las orillas del Rin. Ante sus ojos pasaban, llenándole de turbación, escenas de combates, de robos, de incendios, de invasiones, y lloraba y araba y hacía penitencia entre los viejos árboles, entre las altas rocas…

Cierto día vio venir a unos ladrones y se acordó de su antiguo heroísmo. Defendió rabiosamente a sus ovejas con el cayado y los puños; pero al fin cayó rendido, y aquellos hombres, además de muchas ovejas, le quitaron el hábito. El se volvió a casa desnudo, malherido y triste, con el resto del rebaño. El abad le reprendió porque sentia mucho la pérdida, y los monjes le consideraron como un hombre completamente inútil.

Después de esta aventura, le pusieron en la cocina. Pero, ¿qué iba a saber él de la ciencia de los cazos y los peroles? Si le hubieran mandado adobar la cabeza de un jabalí, tal vez acertara. El gigante hacía lo que sabía y podía, con la mejor voluntad; pero, aunque se susurraba que ángeles rubios como él habían bajado para enseñarle a quitar los hilos de las habas y cosas semejantes, no tomaba el tino para condimentar la sencilla comida monacal, Todos los hermanos estaban de acuerdo en que sus potingues eran insoportables. El cocinero mayor rabiaba y maltrataba al pobre franco de mil maneras. Un día llegó a abofetearle repetidas veces. El gigante callaba, con extraña mansedumbre; pero Alardo, el panadero, que presenciaba la escena, no se pudo contener. Cogió furioso un badil y le molió las costillas al verdugo de su compatriota.

Aquello fue un verdadero escándalo. Al día siguiente, Alardo comparecía en el capítulo delante del abad y de la comunidad entera. Preguntado por qué se había descompuesto de manera tan indigna de un monje, respondió: «Porque vi a un vil esclavo, al más perverso de todos los hombres, injuriar y maltratar al hombre mejor y más noble del mundo.» Y contó cómo aquel monje, a quien llamaban el gigante, era Carlomán, antiguo duque de Austria, que había dejado el reino y la gloria por amor de Cristo y para hacer penitencia de la sangre derramada en unas expediciones que se habían visto obligados a hacer contra los enemigos de sus subditos, los francos orientales.

Desde entonces se oscureció la alegría de los ojos azules del príncipe cocinero. Ya no le despreciaban ni le golpeaban; al contrario, desde el abad hasta el último monje, le distinguían con su respeto y cariño. Hasta le quitaron de la cocina. Estaba muy triste. Pero se puso más triste todavía cuando su abad le dijo, de parte del Papa, que tenía que ir a la corte de su hermano Pipino, rey de todos los francos, para animarle que pasase a Italia a reprimir las demasías de los lombardos. En la corte le era imposible vivir. Lloraba de ternura recordando los días de los bosques, del huerto y de la cocina. Al poco tiempo de llegar enfermó de pena, y, apartado de su querido remanso claustral, se fue a buscar remanso más seguro en el Cielo.

(fuente: www.divvol.org)

otros santos 17 de agosto:

- Beato Ángel Agustín Mazzinghi
- San Jacinto de Cracovia
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