Etimológicamente significa “vencedora de los pueblos”. Viene de la lengua alemana.
Esta joven, a la que también llaman Nicolette o Coleta nació en Calcye, Francia en enero de 1381, y murió en Flandes en 1447. La hicieron santa en 1807.
Nació en Calcye Francia, el 13 de enero de 1381. Su padre, De Boylet, era un humilde carpintero de la abadía de Carbia (Francia).
Sus padres la nombraron Nicoleta, en honor a San Nicolás. Ellos murieron cuando ella tenía 17 años, dejándola al cuidado del abad. Era pequeña y muy hermosa.
Trató de ser benedictina pero no pudo. Regaló sus posesiones a los pobres y entró en la Tercera Orden Franciscana. A los 21 años, el abad le entregó una pequeña ermita junto a la iglesia de Corbia, donde vivió en gran austeridad en oración y contemplación. Muchos venían a recibir sus consejos.
Tuvo sueños y visiones en los que San Francisco se le apareció y le pidió que restaure la primera observancia de la regla de Santa Clara. Esto le causó dudas. Se quedo entonces ciega por tres días y muda por tres otros. Esto ella lo interpretó como un signo. Animada por su director espiritual, el Padre Enrique de Baume, dejó la ermita en 1406. Trató de explicar su misión en dos conventos y comprendió que necesitaba de alguna autoridad que avalara su misión. Fue descalza y vestida con un habito con parches hasta Nisa para apelar a Pedro de Luna, reconocido por los franceses como papa durante el gran cisma, bajo el nombre de Benedicto XIII. El la recibió y la profesó como Clarisa. Estaba el tan impresionado con ella que la hizo superiora de todos los conventos menores para que los reforme o funde. Tambien la nombró misionera a los frailes y terciarios de San Francisco.
Viajó de convento en convento por las regiones francesas de Picardy y Savoya. Al principio sufrió fuerte oposición y fue tratada como una fanática. Con el tiempo se le unieron algunos sobre todo en Savoya desde donde la reforma se propagó.
Con la ayuda de Enrique de Baume, en 1410, la primera casa que acepto la reforma de las Clarisas Pobres. Ella ayudo a San Vicente Ferrer en sus esfuerzos para sanar el cisma.
Coleta fundó un total de 17 nuevos conventos y reformó muchos mas, incluso varias casas de frailes franciscanos. Su convento mas famoso es Le Puy-en-Velay (Haute-Loire), el cual se ha sostenido en continuidad hasta el presente, aun durante la revolución francesa.
Santa Coleta no fue entrenada ni preparada para la misión que recibió sino por Dios. Ella le respondió con gran fe y santidad. Ninguna oposición pudo vencer su determinación. Impresionados por su bondad, muchas personas de sociedad fueron influenciados por ella, entre ellos, Santiago de Borbón y Felipe el Bueno de Burgundy.
Como San Francisco, Colta tenía una profunda devoción por la Pasión de Cristo y amaba la naturaleza. Los viernes ayunaba de 6 a.m. a 6 p.m., meditando la Pasión. Casi siempre, después de recibir la comunión, se iba en horas de éxtasis.
Se dice que Santa Coleta conoció a Santa Juana de Arco en camino con el ejército para sitiar La Charite-sur-Loire en 1429, pero no se hay pruebas de ello.
En Flandes, donde había establecido varias casas, Coleta se enfermó y predijo su muerte. Recibió la unción de los enfermos y murió en su convento en Gante a la edad de 67 años. Su cuerpo fue llevado por las Clarisas al convento de Poigny, 32 millas de Besancon, cuando el Emperador José II suprimió las casas religiosas en Flandes.
Una rama de las Clarisas aún se conoce como las Coletinas.
Murió en Gante, Francia, 1447. Canonizada en 1807.
(fuente: www.corazones.org)
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miércoles, 6 de marzo de 2013
martes, 5 de marzo de 2013
05 de marzo: San José de Oriol
Nació en Barcelona (España) y pasó casi toda su vida en esta ciudad.
Quedó huérfano de padre siendo todavía muy pequeñito.
Jovencito fue admitido como monaguillo y cantor en una iglesia, y viendo los sacerdotes su gran piedad y devoción se propusieron costearle los estudios de seminario. Pasaba muchas horas rezando ante el Santísimo Sacramento en el templo.
Ordenado sacerdote, y habiendo recibido en la universidad el grado de doctor, se dedicó a la educación de la juventud.
Era sumamente estimado por las gentes y muy alabado por su gran virtud y por sus modos tan amables que tenía en el trato con todos, pero Dios le dejó ver el estado de su alma (como lo hizo también con toros santos) y desde ese día ya no tuvo José ningún sentimiento de vanidad ni de orgullo. Se dio cuenta de que lo que ante los ojos de la gente brilla como santidad, ante los ojos de Dios no es sino miseria y debilidad.
Desde el día en que Dios le permitió ver el estado de su alma, José Oriol se propuso nunca más volver a comer carne en su vida y ayunar todos los días. Y así lo cumplió. (Ayuno es tomar un desayuno muy pequeño, un almuerzo ordinario y una cena muy leve también, y no comer ni beber nada entre una comida y otra comida). También como penitencia pasaba muchas horas de rodillas rezando (y a veces con los brazos en cruz) y usaba vestidos tan viejos y desteñidos que las gentes se burlaron de él muchas veces por las calles de Barcelona.
Fue en peregrinación a Roma y desde allá el Sumo Pontífice ordenó que lo encargaran de un templo en Barcelona. Y en su nueva iglesia se dedicó totalmente a tratar de salvar las almas y hacer amar más a Dios. Su habitación (una pieza en arriendo en una azotea) era totalmente pobre: una mesita, un crucifijo, una silla y unos libros. Cama no tuvo nunca, porque las pocas horas que dormía las pasaba en una estera en el duro suelo.
A San José Oriol le concedió Dios el don de la dirección espiritual. Las gentes que iban a consultarlo volvían a sus casas y a sus oficios con el alma en paz y el espíritu lleno de confianza y alegría. Muchos llegaban a su despacho con el rostro triste y sin saludar a nadie, y después de oír por unos minutos a este santo sacerdote hablarles del cielo y de los premiso y ayudas que Dios tiene reservados para los que lo aman, salían de allí sonrientes y saludando a todo el que encontraban. A las personas que dirigía les insistía en que su santidad no fuera sólo superficial y externa, sino sobre todo interior y sobrenatural. No aceptaba dirigir espiritualmente a quien no se comprometía a leer libros espirituales o escuchar sermones, y a hacer su examen de conciencia cada día y algún Retiro Espiritual de vez en cuando.
Acusaron al Padre José de que era demasiado rígido en el confesionario. Que ponía a los penitentes pequeños trabajos espirituales para hacer, y que a los que no se esforzaban por hacerlos (por ejemplo callar algo en momentos de cólera, etc.) los enviaba donde otros sacerdotes porque él no se comprometía a seguir confesando a los que no hacían nada por enmendarse. Que a los que no iban a misa los domingos no les daba la absolución mientras no hubieran ido siquiera tres domingos a misa (porque no quería ser alcahuete de los que no cumplan el tercer mandamiento, que manda santificar las fiestas), etc., etc. El superior entonces le prohibió confesar durante un año. Pero a los pocos días murió el superior y el que lo reemplazó le volvió a conceder otra vez el permiso de confesar. Los que iban a confesarse con él sabían que era muy amable, bondadoso, muy bien educado, pero que no aceptaba que la confesión fuera un simple rito para poder comulgar y para seguir cometiendo siempre lo mismo sin enmendarse. Eso sí que no lo aceptaba nunca.
Le encantaba enseñar catecismo a los niños, especialmente para prepararlos a la Primera Comunión. Tenía una especial cualidad para predicar y enseñar catecismo a los soldados y le gustaba mucho hablarles a los militares.
Empezó a sentir un gran deseo de ser martirizado por defender su religión. Y aunque las gentes de Barcelona que tanto lo amaban y estimaban, le rogaron mucho que no se fuera a otro país, sin embargo él se fue para Roma a pedir que la Santa Sede lo enviara de misionero a un país de salvajes.
Pero en Marsella cayó enfermo y en medio de su enfermedad se le apareció la Sma. Virgen y le comunicó que Dios le aceptaba su deseo de morir mártir por Cristo, pero que lo que le pedía era que volviera a su ciudad a seguir ganando almas para Nuestro Señor. Y se volvió a Barcelona.
Su regreso fue aclamado con grandes demostraciones de júbilo en Barcelona.
Y su fama de obrador de milagros empezó a extenderse por la ciudad y por muchas partes más. De varios pueblos de alrededor llegaban enfermos a que él los curara, y eran tan grandes los tumultos que se formaban en las iglesias, queriendo todos que les impusiera las manos, que su confesor tuvo que prohibirle que hiciera curaciones dentro del templo. El santo nunca se atribuía a él mismo ninguno de los prodigios que obraba. Decía que todo se debía a que sus penitentes se confesaban con mucho arrepentimiento y que por eso Dios los curaba.
En sus últimos años obtuvo de Dios el don de profecía y anunciaba muchas cosas que iban a suceder en el futuro. Y hasta anunció cuando iba a suceder su propia muerte. En un día del mes de marzo del año 1702, mientras cantaba en su lecho de enfermo un himno a la Virgen María, murió santamente. Tenía apenas 53 años.
Enormes multitudes se congregaron alrededor de su féretro el día de su entierro. Los devotos se repartieron sus pocas pertenencias para guardarlas como reliquias, y después consiguieron formidables milagros por su intercesión y el Papa San Pío Décimo lo declaró santo.
San José Oriol, consíguenos de Dios muchos y muy santos directores espirituales, y muy buenos y celosos confesores.
(fuente: www.ewtn.com)
Quedó huérfano de padre siendo todavía muy pequeñito.
Jovencito fue admitido como monaguillo y cantor en una iglesia, y viendo los sacerdotes su gran piedad y devoción se propusieron costearle los estudios de seminario. Pasaba muchas horas rezando ante el Santísimo Sacramento en el templo.
Ordenado sacerdote, y habiendo recibido en la universidad el grado de doctor, se dedicó a la educación de la juventud.
Era sumamente estimado por las gentes y muy alabado por su gran virtud y por sus modos tan amables que tenía en el trato con todos, pero Dios le dejó ver el estado de su alma (como lo hizo también con toros santos) y desde ese día ya no tuvo José ningún sentimiento de vanidad ni de orgullo. Se dio cuenta de que lo que ante los ojos de la gente brilla como santidad, ante los ojos de Dios no es sino miseria y debilidad.
Desde el día en que Dios le permitió ver el estado de su alma, José Oriol se propuso nunca más volver a comer carne en su vida y ayunar todos los días. Y así lo cumplió. (Ayuno es tomar un desayuno muy pequeño, un almuerzo ordinario y una cena muy leve también, y no comer ni beber nada entre una comida y otra comida). También como penitencia pasaba muchas horas de rodillas rezando (y a veces con los brazos en cruz) y usaba vestidos tan viejos y desteñidos que las gentes se burlaron de él muchas veces por las calles de Barcelona.
Fue en peregrinación a Roma y desde allá el Sumo Pontífice ordenó que lo encargaran de un templo en Barcelona. Y en su nueva iglesia se dedicó totalmente a tratar de salvar las almas y hacer amar más a Dios. Su habitación (una pieza en arriendo en una azotea) era totalmente pobre: una mesita, un crucifijo, una silla y unos libros. Cama no tuvo nunca, porque las pocas horas que dormía las pasaba en una estera en el duro suelo.
A San José Oriol le concedió Dios el don de la dirección espiritual. Las gentes que iban a consultarlo volvían a sus casas y a sus oficios con el alma en paz y el espíritu lleno de confianza y alegría. Muchos llegaban a su despacho con el rostro triste y sin saludar a nadie, y después de oír por unos minutos a este santo sacerdote hablarles del cielo y de los premiso y ayudas que Dios tiene reservados para los que lo aman, salían de allí sonrientes y saludando a todo el que encontraban. A las personas que dirigía les insistía en que su santidad no fuera sólo superficial y externa, sino sobre todo interior y sobrenatural. No aceptaba dirigir espiritualmente a quien no se comprometía a leer libros espirituales o escuchar sermones, y a hacer su examen de conciencia cada día y algún Retiro Espiritual de vez en cuando.
Acusaron al Padre José de que era demasiado rígido en el confesionario. Que ponía a los penitentes pequeños trabajos espirituales para hacer, y que a los que no se esforzaban por hacerlos (por ejemplo callar algo en momentos de cólera, etc.) los enviaba donde otros sacerdotes porque él no se comprometía a seguir confesando a los que no hacían nada por enmendarse. Que a los que no iban a misa los domingos no les daba la absolución mientras no hubieran ido siquiera tres domingos a misa (porque no quería ser alcahuete de los que no cumplan el tercer mandamiento, que manda santificar las fiestas), etc., etc. El superior entonces le prohibió confesar durante un año. Pero a los pocos días murió el superior y el que lo reemplazó le volvió a conceder otra vez el permiso de confesar. Los que iban a confesarse con él sabían que era muy amable, bondadoso, muy bien educado, pero que no aceptaba que la confesión fuera un simple rito para poder comulgar y para seguir cometiendo siempre lo mismo sin enmendarse. Eso sí que no lo aceptaba nunca.
Le encantaba enseñar catecismo a los niños, especialmente para prepararlos a la Primera Comunión. Tenía una especial cualidad para predicar y enseñar catecismo a los soldados y le gustaba mucho hablarles a los militares.
Empezó a sentir un gran deseo de ser martirizado por defender su religión. Y aunque las gentes de Barcelona que tanto lo amaban y estimaban, le rogaron mucho que no se fuera a otro país, sin embargo él se fue para Roma a pedir que la Santa Sede lo enviara de misionero a un país de salvajes.
Pero en Marsella cayó enfermo y en medio de su enfermedad se le apareció la Sma. Virgen y le comunicó que Dios le aceptaba su deseo de morir mártir por Cristo, pero que lo que le pedía era que volviera a su ciudad a seguir ganando almas para Nuestro Señor. Y se volvió a Barcelona.
Su regreso fue aclamado con grandes demostraciones de júbilo en Barcelona.
Y su fama de obrador de milagros empezó a extenderse por la ciudad y por muchas partes más. De varios pueblos de alrededor llegaban enfermos a que él los curara, y eran tan grandes los tumultos que se formaban en las iglesias, queriendo todos que les impusiera las manos, que su confesor tuvo que prohibirle que hiciera curaciones dentro del templo. El santo nunca se atribuía a él mismo ninguno de los prodigios que obraba. Decía que todo se debía a que sus penitentes se confesaban con mucho arrepentimiento y que por eso Dios los curaba.
En sus últimos años obtuvo de Dios el don de profecía y anunciaba muchas cosas que iban a suceder en el futuro. Y hasta anunció cuando iba a suceder su propia muerte. En un día del mes de marzo del año 1702, mientras cantaba en su lecho de enfermo un himno a la Virgen María, murió santamente. Tenía apenas 53 años.
Enormes multitudes se congregaron alrededor de su féretro el día de su entierro. Los devotos se repartieron sus pocas pertenencias para guardarlas como reliquias, y después consiguieron formidables milagros por su intercesión y el Papa San Pío Décimo lo declaró santo.
San José Oriol, consíguenos de Dios muchos y muy santos directores espirituales, y muy buenos y celosos confesores.
(fuente: www.ewtn.com)
lunes, 4 de marzo de 2013
04 de marzo: San Casimiro de Polonia
Etimológicamente significa “el que impone la paz”. Viene de la lengua polaca.
Además de los padres, es muy importante que el chico encuentre a educadores como modelos de referencia. Casimiro tuvo ambas cosas.
Ya se sabe por la historia que era hijo de los reyes polacos que tenían su sede en Cracovia. La madre, Isabel, era hija del emperador de Austria, le encomendó la educación al sacerdote Juan y al profesor Calímaco.
Cada uno le enseñó lo que sabían: el primero, el camino hacia la santidad y el segundo la ciencia.
El profesor decía de él:" Casimiro es un joven adolescente santo". . Y el sacerdote:< Se propuso en su vida un ideal que lo cumplió a rajatabla: Hay que agradar siempre a Dios.
Para alcanzar este grado de santidad, tuvo que luchar contra sus inclinaciones y con toda la clase de lujo que suele haber en las cortes reales.
Su profunda meditación la centraba en la Pasión de Cristo y en la vivencia de la Eucaristía. Hasta de noche, tras ayudar a su padre a gobernar Polonia y Lituania, se iba a echar un rato prolongado de oración en los templos.
Lo bueno y atractivo de este chico es que no se lo tenía creído. No llamaba la atención por su forma de vestir, ni de hablar ni de comportarse como es debido con todo el mundo.
Le encantaba el trato y la ayuda con los más pobres. Estaba en la más pura línea del Evangelio.
Llegó el tiempo de casarse. El padre le había buscado a la hija del emperador Federico. Casimiro le dijo al padre que le había prometido a la Virgen su castidad.
Enfermó de tuberculosis y al poco tiempo murió en el año 1484 tal día como hoy. Contaba con 26 años. Su gran trabajo apostólico consistió en extender la religión católica por Polonia y Lituania.
¡Felicidades a quienes lleven este nombre!
(fuente: www.donbosco.es)
Además de los padres, es muy importante que el chico encuentre a educadores como modelos de referencia. Casimiro tuvo ambas cosas.
Ya se sabe por la historia que era hijo de los reyes polacos que tenían su sede en Cracovia. La madre, Isabel, era hija del emperador de Austria, le encomendó la educación al sacerdote Juan y al profesor Calímaco.
Cada uno le enseñó lo que sabían: el primero, el camino hacia la santidad y el segundo la ciencia.
El profesor decía de él:" Casimiro es un joven adolescente santo". . Y el sacerdote:< Se propuso en su vida un ideal que lo cumplió a rajatabla: Hay que agradar siempre a Dios.
Para alcanzar este grado de santidad, tuvo que luchar contra sus inclinaciones y con toda la clase de lujo que suele haber en las cortes reales.
Su profunda meditación la centraba en la Pasión de Cristo y en la vivencia de la Eucaristía. Hasta de noche, tras ayudar a su padre a gobernar Polonia y Lituania, se iba a echar un rato prolongado de oración en los templos.
Lo bueno y atractivo de este chico es que no se lo tenía creído. No llamaba la atención por su forma de vestir, ni de hablar ni de comportarse como es debido con todo el mundo.
Le encantaba el trato y la ayuda con los más pobres. Estaba en la más pura línea del Evangelio.
Llegó el tiempo de casarse. El padre le había buscado a la hija del emperador Federico. Casimiro le dijo al padre que le había prometido a la Virgen su castidad.
Enfermó de tuberculosis y al poco tiempo murió en el año 1484 tal día como hoy. Contaba con 26 años. Su gran trabajo apostólico consistió en extender la religión católica por Polonia y Lituania.
¡Felicidades a quienes lleven este nombre!
(fuente: www.donbosco.es)
domingo, 3 de marzo de 2013
03 de marzo: Santa Catalina Drexel
Madrid, 03 de marzo de 2013 (Zenit.org) La importancia de la educación de los hijos nunca será suficientemente ponderada. Lo que los padres transmiten, aunque existen múltiples condicionantes internos y externos que influyen en la conducta, tiene un peso capital en sus vidas. Ellos son los principales educadores. La Gaudium et spes recuerda que «la fecundidad del amor conyugal se extiende a los frutos de la vida moral, espiritual y sobrenatural que los padres transmiten a sus hijos por medio de la educación» (Cfr. GS 47-52). Incluso hasta en los casos de rebeldía más refinada, el poso del buen ejemplo recibido, si éste se dio, puede quebrarla en un momento dado. Catalina tuvo la suerte de haber venido al mundo en un hogar conformado por personas generosísimas, y la extraordinaria pedagogía que recibió en él, no solo teórica sino práctica, con especial énfasis en la virtud del desprendimiento, marcó su existencia.
Nació en Filadelfia, Pennsylvania, Estados Unidos, el 26 de noviembre de 1858. Era la segunda hija de un filántropo, el conocido financiero Francis Anthony Drexel. Perdió a su madre Hannah Jane Langstroth al mes de nacer. Francis contrajo nuevo matrimonio con Emma Bouvier, y ambos educaron a las niñas –dos habidas en el primer matrimonio del banquero– para que compartiesen sus posesiones, inculcándoles la idea de que sus cuantiosos bienes eran un simple préstamo que habían recibido. Catalina llevó a rajatabla esta enseñanza. En su casa se abrían las puertas constantemente a los necesitados. Además, su padre ejercía un mecenazgo sobre ellos con el cariz evangélico del anonimato: dar sin que nadie lo sepa. En ese amplio abanico de receptores, el Sr. Drexel incluía a los sacerdotes que ejercían su admirable labor pastoral entre los desfavorecidos. Junto a estas acciones caritativas, oraban y asistían a misa comunitariamente. Las tres hermanas recibieron una espléndida formación. La gran visión de Emma propició la inclusión de otras enseñanzas útiles y prácticas para la vida cotidiana de las jóvenes: confección y cocina, complementarias al eficaz aprendizaje que les proporcionaba la labor asistencial que llevaban a cabo. De este modo se acostumbraron a apreciar el valor del esfuerzo y a ser agradecidas por lo que tenían, entre otras virtudes que adquirieron como la sencillez y la humildad.
Durante unos años, la familia gozó de la situación ventajosa que tenía, viajando en completa armonía por distintos países de Europa que abrieron los ojos de Catalina a un mundo nuevo, desconocido, lleno de rica tradición espiritual en su cultura. Cuando tenía 21 años ese paradisíaco hogar se quebró por la súbita enfermedad de Emma. Y durante tres años ella se convirtió en su ángel tutelar. La cubrió de atenciones con exquisita ternura, y constató las crudas aristas del dolor. Ningún bien de este mundo pudo devolverle la salud y la vida a Emma. Catalina entendió de golpe, y de manera definitiva, la futilidad de las riquezas. En enero de 1883 Emma fallecía, y en noviembre de ese año el resto de la familia fue a Venecia. Allí una imagen de María en la Basílica de San Marcos se hizo notar para Catalina recordándole el gratis data evangélico. Quedaba marcado su acontecer.
Dos años más tarde moría su padre y heredaba una gran fortuna. Pero quedó destrozada, y buscando otros aires viajó a Europa nuevamente. Poco antes había recorrido con su familia el oeste de los Estados Unidos y estaba impactada por las carencias que detectó. En Alemania buscó misioneros para paliarlas, y desde allí se trasladó a Roma con la misma idea. En la audiencia mantenida con León XIII, esta laica solicitó que le enviara personas entregadas para las misiones que financiaba. El pontífice hizo notar que ella misma podía ser misionera, una propuesta que Catalina acogió con visible sorpresa ya que no había pensando en esa opción vital. Conoció a los indios americanos y a los afro-americanos viendo in situ las pésimas condiciones de vida. Y en 1887 estableció la escuela St. Catherine Indian School en Santa Fe, Nuevo México. Trece nuevos centros fundados en cuatro años dan idea de su ardor apostólico. En su ánimo pesaba desde hacía mucho tiempo su anhelo de ser religiosa, aunque su director espiritual, el obispo James O’Connor no lo tenía tan claro. Pensaba más en las dificultades que le esperaban y le sugirió orar.
Como en 1888 seguía experimentando el anhelo de consagrarse, el prelado la animó a fundar una Institución, hasta entonces desconocida, que tuviera entre sus fines la asistencia de indios y negros. «La responsabilidad de semejante llamada me abruma, porque soy infinitamente pobre en las virtudes necesarias», dijo ella humildemente. Pero el 19 de marzo, bajo el amparo de san José, dio el paso. El obispo murió sin ver materializada la Obra que finalmente surgió con la ayuda del arzobispo de Filadelfia que alentó a Catalina. Emitió los votos en febrero de 1891 y fundó la Congregación de las Hermanas del Santísimo Sacramento. Donó toda su herencia reservándose lo imprescindible para su mantenimiento, y poco a poco puso en marcha casi 60 escuelas y misiones extendidas por el oeste y sudoeste de Estados Unidos. Creó la institución de educación superior Xavier University en Louisiana y se manifestó contra la injusticia y la discriminación racial. El camino no fue fácil, pero en la contrariedad entrevió la riqueza de un itinerario único que conduce a la vida eterna: «Cada prueba que sufrimos, manifestó, es un acto de misericordia de Dios, para que podamos desatarnos de la tierra y aproximarnos a Dios». Sufrió una grave enfermedad que la mantuvo prácticamente inmóvil durante 18 años. Entonces pudo dedicarse por completo a una vida de adoración y contemplación. Encarnó lo que había expresado en otro tiempo: «La aceptación humilde y paciente de la cruz, sea cual fuera su naturaleza, es la obra más elevada que podamos hacer». Murió el 3 de marzo de 1955. Juan Pablo II la beatificó el 20 de noviembre de 1980. Y él mismo la canonizó el 1 de octubre de 2000.
(03 de marzo de 2013) © Innovative Media Inc.
Nació en Filadelfia, Pennsylvania, Estados Unidos, el 26 de noviembre de 1858. Era la segunda hija de un filántropo, el conocido financiero Francis Anthony Drexel. Perdió a su madre Hannah Jane Langstroth al mes de nacer. Francis contrajo nuevo matrimonio con Emma Bouvier, y ambos educaron a las niñas –dos habidas en el primer matrimonio del banquero– para que compartiesen sus posesiones, inculcándoles la idea de que sus cuantiosos bienes eran un simple préstamo que habían recibido. Catalina llevó a rajatabla esta enseñanza. En su casa se abrían las puertas constantemente a los necesitados. Además, su padre ejercía un mecenazgo sobre ellos con el cariz evangélico del anonimato: dar sin que nadie lo sepa. En ese amplio abanico de receptores, el Sr. Drexel incluía a los sacerdotes que ejercían su admirable labor pastoral entre los desfavorecidos. Junto a estas acciones caritativas, oraban y asistían a misa comunitariamente. Las tres hermanas recibieron una espléndida formación. La gran visión de Emma propició la inclusión de otras enseñanzas útiles y prácticas para la vida cotidiana de las jóvenes: confección y cocina, complementarias al eficaz aprendizaje que les proporcionaba la labor asistencial que llevaban a cabo. De este modo se acostumbraron a apreciar el valor del esfuerzo y a ser agradecidas por lo que tenían, entre otras virtudes que adquirieron como la sencillez y la humildad.
Durante unos años, la familia gozó de la situación ventajosa que tenía, viajando en completa armonía por distintos países de Europa que abrieron los ojos de Catalina a un mundo nuevo, desconocido, lleno de rica tradición espiritual en su cultura. Cuando tenía 21 años ese paradisíaco hogar se quebró por la súbita enfermedad de Emma. Y durante tres años ella se convirtió en su ángel tutelar. La cubrió de atenciones con exquisita ternura, y constató las crudas aristas del dolor. Ningún bien de este mundo pudo devolverle la salud y la vida a Emma. Catalina entendió de golpe, y de manera definitiva, la futilidad de las riquezas. En enero de 1883 Emma fallecía, y en noviembre de ese año el resto de la familia fue a Venecia. Allí una imagen de María en la Basílica de San Marcos se hizo notar para Catalina recordándole el gratis data evangélico. Quedaba marcado su acontecer.
Dos años más tarde moría su padre y heredaba una gran fortuna. Pero quedó destrozada, y buscando otros aires viajó a Europa nuevamente. Poco antes había recorrido con su familia el oeste de los Estados Unidos y estaba impactada por las carencias que detectó. En Alemania buscó misioneros para paliarlas, y desde allí se trasladó a Roma con la misma idea. En la audiencia mantenida con León XIII, esta laica solicitó que le enviara personas entregadas para las misiones que financiaba. El pontífice hizo notar que ella misma podía ser misionera, una propuesta que Catalina acogió con visible sorpresa ya que no había pensando en esa opción vital. Conoció a los indios americanos y a los afro-americanos viendo in situ las pésimas condiciones de vida. Y en 1887 estableció la escuela St. Catherine Indian School en Santa Fe, Nuevo México. Trece nuevos centros fundados en cuatro años dan idea de su ardor apostólico. En su ánimo pesaba desde hacía mucho tiempo su anhelo de ser religiosa, aunque su director espiritual, el obispo James O’Connor no lo tenía tan claro. Pensaba más en las dificultades que le esperaban y le sugirió orar.
Como en 1888 seguía experimentando el anhelo de consagrarse, el prelado la animó a fundar una Institución, hasta entonces desconocida, que tuviera entre sus fines la asistencia de indios y negros. «La responsabilidad de semejante llamada me abruma, porque soy infinitamente pobre en las virtudes necesarias», dijo ella humildemente. Pero el 19 de marzo, bajo el amparo de san José, dio el paso. El obispo murió sin ver materializada la Obra que finalmente surgió con la ayuda del arzobispo de Filadelfia que alentó a Catalina. Emitió los votos en febrero de 1891 y fundó la Congregación de las Hermanas del Santísimo Sacramento. Donó toda su herencia reservándose lo imprescindible para su mantenimiento, y poco a poco puso en marcha casi 60 escuelas y misiones extendidas por el oeste y sudoeste de Estados Unidos. Creó la institución de educación superior Xavier University en Louisiana y se manifestó contra la injusticia y la discriminación racial. El camino no fue fácil, pero en la contrariedad entrevió la riqueza de un itinerario único que conduce a la vida eterna: «Cada prueba que sufrimos, manifestó, es un acto de misericordia de Dios, para que podamos desatarnos de la tierra y aproximarnos a Dios». Sufrió una grave enfermedad que la mantuvo prácticamente inmóvil durante 18 años. Entonces pudo dedicarse por completo a una vida de adoración y contemplación. Encarnó lo que había expresado en otro tiempo: «La aceptación humilde y paciente de la cruz, sea cual fuera su naturaleza, es la obra más elevada que podamos hacer». Murió el 3 de marzo de 1955. Juan Pablo II la beatificó el 20 de noviembre de 1980. Y él mismo la canonizó el 1 de octubre de 2000.
(03 de marzo de 2013) © Innovative Media Inc.
sábado, 2 de marzo de 2013
02 de marzo: Santa Ángela de la Cruz, pobre entre los pobres
Madrid, 02 de marzo de 2013 (Zenit.org) Ángela Guerrero González nació en la espléndida ciudad de Sevilla, España el 30 de enero de 1846. Su padre era cocinero en el convento de los PP. Trinitarios y su esposa trabajaba también para los religiosos. En el hogar nacieron catorce hijos, de los cuales sobrevivieron seis. Su madre llegó a conocer su fundación.
Angela era humilde, sencilla, muy alegre, devota y gran trabajadora; tenía un buen ejemplo en sus progenitores. Uno de los primeros recuerdos de su infancia, bien conocidos, fue su repentina desaparición –cosa de niños–, pero no se debió a una travesura ordinaria, como supuso enseguida Josefa, su madre. Así que apuntó al lugar donde pensaba que había podido ir: la Iglesia. Y, efectivamente, allí estaba orando, recorriendo los altares. Recordando el hecho, cuando ya era fundadora, decía: «Yo, todo el tiempo que podía, lo pasaba en la Iglesia, echándome bendiciones de altar como hacen las chiquillas».
Para ayudar a los suyos comenzó a trabajar a los 12 años en el taller de una zapatería. Su formación fue muy precaria debido a la falta de recursos de su familia. Apenas pudo aprender a leer y escribir, pero su finura espiritual se hizo patente en ese cercano círculo. Así, mostraba rotundo desagrado ante conversaciones poco delicadas, teñidas por descalificaciones y blasfemias. Y, al menos en su presencia, sus compañeros se abstenían de proferir palabras malsonantes e improperios. Es otra característica de los santos quienes con su autoridad moral trazan caminos de bien comenzando por su entorno. Además de poner coto a la afilada lengua de los empleados, la santa les convencía para que rezasen el Rosario. Éstos y otros rasgos de su virtud llegaron a oídos del P. Torres Padilla, quien le ayudó a dilucidar su vocación y a madurarla, orientándola hacia la vida apostólica. Tenía entonces 16 años.
Al salir del trabajo visitaba hogares sumidos en la pobreza, frecuentaba iglesias y rezaba en sus altares. Los menesterosos de su barrio recibían sus limosnas. Cuando en 1865 Sevilla fue abatida por el cólera, diezmando a las familias que vivían en los «corrales de vecindad», Ángela, que ya tenía 19 años, se desvivió para asistir a todos. Entonces abrió su corazón al P. Torres diciéndole que quería hacerse monja. Pero esta mujer audaz tenía un cuerpo menudo y era de complexión débil, así que cuando tocó la puerta de las Carmelitas Descalzas del barrio de Santa Cruz no fue admitida. Se temió que no pudiera soportar los rigores de la vida de clausura. Más tarde, fue postulante con las Hermanas de la Caridad. Sin embargo, su mala salud la obligó a salir del convento, pese a que las religiosas hicieron todo lo posible para que permaneciera junto a ellas buscándole destino en otros lugares, confiadas en una eventual mejoría. De modo que, en la calle nuevamente, Ángela partió con esta convicción: «Seré monja en el mundo». Y ante los pies del Crucificado hizo privada consagración el 1 de noviembre de 1871.
Los dos años siguientes maduró su anhelo de vivir clavada –y subrayó esta expresión– junto a la cruz de Cristo, llamándose Ángela de la Cruz.
En 1873 formuló los votos perpetuos fuera del claustro, uniéndose por voto de obediencia a las indicaciones del P. Torres. En su corazón ya bullía el anhelo de «hacerse pobre con los pobres» (los llamaba sus señores), y formar la «Compañía de la Cruz».
Con toda su confianza puesta en Cristo, en enero de 1875 comenzó a dar forma a este sueño. Se unieron a ella tres mujeres que se distinguían por su bondad y sencillez, y compartían el espíritu de pobreza. Una aportó los medios para alquilar un cuarto con «derecho a cocina», como entonces se decía. Y ese fue su «primer convento», austero, como los que irían surgiendo. Desplegaron una ingente labor asistencial realizada a tiempo completo, de día y de noche, que tenía como objetivo a los necesitados pobres y enfermos; limpiaban sus casas y les daban consuelo. Luego se mudaron a otra calle. Su acción ya había obtenido reconocimiento en estamentos religiosos. Vistieron un hábito y a Ángela pronto empezaron a llamarla «Madre». En medio de la labor pastoral realizaba duras penitencias y mortificaciones.
En 1876 el cardenal Spinola les dio la bendición. Y en 1894 ella mantuvo un encuentro con León XIII que aceptó su obra, aprobada después por Pío X en 1904. Sevilla y toda Andalucía acogió con gratitud y cariño a esta pobre «zapaterita, negrita, y tontita», como ella misma se definía, a la que acompañaba fama de santidad por sus virtudes y prodigios.
Su forma de vida austera y mortificada suscitó numerosas vocaciones entre las jóvenes. Abría los brazos no solo a los pobres, sino también a potentados que solicitaban su atención, consejo y apoyo. Su amor por los necesitados le instó a realizar un gesto que otros santos tuvieron, como Catalina de Siena: succionar la supuración de las llagas de una enferma que se hallaba a punto de morir, y que sanó poco tiempo después.
Fue agraciada con visiones. Su itinerario espiritual estuvo marcado por grandes purificaciones que la condujeron a las más altas cimas de la mística, coronada por el desposorio espiritual. Fue reelegida cuatro veces madre general hasta sus 82 años. Cesó a instancias superiores eclesiales, y acogió con gran alegría volver a convertirse en una religiosa sin más responsabilidades.
Una trombosis cerebral que se presentó el 7 de julio de 1931 la dejó casi paralizada. Y el 2 de marzo de 1932 voló al cielo. Lo último que se le había oído decir antes de perder el habla, fue: «No ser, no querer ser; pisotear el yo, enterrarlo si posible fuera...».
Juan Pablo II la beatificó en Sevilla el 5 de noviembre de 1982 entre el delirio de las gentes que no ocultan su devoción por esta «madre de los pobres» como es conocida. Y el mismo pontífice la canonizó en Madrid el 4 de mayo de 2003.
(02 de marzo de 2013) © Innovative Media Inc.
Angela era humilde, sencilla, muy alegre, devota y gran trabajadora; tenía un buen ejemplo en sus progenitores. Uno de los primeros recuerdos de su infancia, bien conocidos, fue su repentina desaparición –cosa de niños–, pero no se debió a una travesura ordinaria, como supuso enseguida Josefa, su madre. Así que apuntó al lugar donde pensaba que había podido ir: la Iglesia. Y, efectivamente, allí estaba orando, recorriendo los altares. Recordando el hecho, cuando ya era fundadora, decía: «Yo, todo el tiempo que podía, lo pasaba en la Iglesia, echándome bendiciones de altar como hacen las chiquillas».
Para ayudar a los suyos comenzó a trabajar a los 12 años en el taller de una zapatería. Su formación fue muy precaria debido a la falta de recursos de su familia. Apenas pudo aprender a leer y escribir, pero su finura espiritual se hizo patente en ese cercano círculo. Así, mostraba rotundo desagrado ante conversaciones poco delicadas, teñidas por descalificaciones y blasfemias. Y, al menos en su presencia, sus compañeros se abstenían de proferir palabras malsonantes e improperios. Es otra característica de los santos quienes con su autoridad moral trazan caminos de bien comenzando por su entorno. Además de poner coto a la afilada lengua de los empleados, la santa les convencía para que rezasen el Rosario. Éstos y otros rasgos de su virtud llegaron a oídos del P. Torres Padilla, quien le ayudó a dilucidar su vocación y a madurarla, orientándola hacia la vida apostólica. Tenía entonces 16 años.
Al salir del trabajo visitaba hogares sumidos en la pobreza, frecuentaba iglesias y rezaba en sus altares. Los menesterosos de su barrio recibían sus limosnas. Cuando en 1865 Sevilla fue abatida por el cólera, diezmando a las familias que vivían en los «corrales de vecindad», Ángela, que ya tenía 19 años, se desvivió para asistir a todos. Entonces abrió su corazón al P. Torres diciéndole que quería hacerse monja. Pero esta mujer audaz tenía un cuerpo menudo y era de complexión débil, así que cuando tocó la puerta de las Carmelitas Descalzas del barrio de Santa Cruz no fue admitida. Se temió que no pudiera soportar los rigores de la vida de clausura. Más tarde, fue postulante con las Hermanas de la Caridad. Sin embargo, su mala salud la obligó a salir del convento, pese a que las religiosas hicieron todo lo posible para que permaneciera junto a ellas buscándole destino en otros lugares, confiadas en una eventual mejoría. De modo que, en la calle nuevamente, Ángela partió con esta convicción: «Seré monja en el mundo». Y ante los pies del Crucificado hizo privada consagración el 1 de noviembre de 1871.
Los dos años siguientes maduró su anhelo de vivir clavada –y subrayó esta expresión– junto a la cruz de Cristo, llamándose Ángela de la Cruz.
En 1873 formuló los votos perpetuos fuera del claustro, uniéndose por voto de obediencia a las indicaciones del P. Torres. En su corazón ya bullía el anhelo de «hacerse pobre con los pobres» (los llamaba sus señores), y formar la «Compañía de la Cruz».
Con toda su confianza puesta en Cristo, en enero de 1875 comenzó a dar forma a este sueño. Se unieron a ella tres mujeres que se distinguían por su bondad y sencillez, y compartían el espíritu de pobreza. Una aportó los medios para alquilar un cuarto con «derecho a cocina», como entonces se decía. Y ese fue su «primer convento», austero, como los que irían surgiendo. Desplegaron una ingente labor asistencial realizada a tiempo completo, de día y de noche, que tenía como objetivo a los necesitados pobres y enfermos; limpiaban sus casas y les daban consuelo. Luego se mudaron a otra calle. Su acción ya había obtenido reconocimiento en estamentos religiosos. Vistieron un hábito y a Ángela pronto empezaron a llamarla «Madre». En medio de la labor pastoral realizaba duras penitencias y mortificaciones.
En 1876 el cardenal Spinola les dio la bendición. Y en 1894 ella mantuvo un encuentro con León XIII que aceptó su obra, aprobada después por Pío X en 1904. Sevilla y toda Andalucía acogió con gratitud y cariño a esta pobre «zapaterita, negrita, y tontita», como ella misma se definía, a la que acompañaba fama de santidad por sus virtudes y prodigios.
Su forma de vida austera y mortificada suscitó numerosas vocaciones entre las jóvenes. Abría los brazos no solo a los pobres, sino también a potentados que solicitaban su atención, consejo y apoyo. Su amor por los necesitados le instó a realizar un gesto que otros santos tuvieron, como Catalina de Siena: succionar la supuración de las llagas de una enferma que se hallaba a punto de morir, y que sanó poco tiempo después.
Fue agraciada con visiones. Su itinerario espiritual estuvo marcado por grandes purificaciones que la condujeron a las más altas cimas de la mística, coronada por el desposorio espiritual. Fue reelegida cuatro veces madre general hasta sus 82 años. Cesó a instancias superiores eclesiales, y acogió con gran alegría volver a convertirse en una religiosa sin más responsabilidades.
Una trombosis cerebral que se presentó el 7 de julio de 1931 la dejó casi paralizada. Y el 2 de marzo de 1932 voló al cielo. Lo último que se le había oído decir antes de perder el habla, fue: «No ser, no querer ser; pisotear el yo, enterrarlo si posible fuera...».
Juan Pablo II la beatificó en Sevilla el 5 de noviembre de 1982 entre el delirio de las gentes que no ocultan su devoción por esta «madre de los pobres» como es conocida. Y el mismo pontífice la canonizó en Madrid el 4 de mayo de 2003.
(02 de marzo de 2013) © Innovative Media Inc.
viernes, 1 de marzo de 2013
01 de marzo: Beata Giovanna Maria Bonomo, fidelidad en la tribulación
Madrid, 01 de marzo de 2013 (Zenit.org) Precocidad en su entrega a Dios e incomprensiones ante sus numerosas experiencias místicas y favores celestiales, fueron, entre otros, los signos que marcaron el acontecer de esta abadesa benedictina. Vino al mundo en Asiago, Italia, el 15 de agosto de 1606, en una familia acomodada y socialmente reconocida. Su padre Giovanni era un terrateniente dedicado al comercio, y su madre Virginia pertenecía a la rama de los Ceschi di Borgo Valsugana.
En 1612, cuando tenía alrededor de 6 años, quedó huérfana de madre, y su padre consideró oportuno encomendar su educación a las Hermanas Pobres de santa Clara en Trento, donde ingresó en 1615. Con las religiosas obtuvo una interesante formación que le permitió adquirir destrezas en tareas propias de la época que eran de gran utilidad, como las labores de punto. Además, tenía una sensibilidad artística que cultivó por medio de la literatura, la música y la danza, todo ello complementario a lo esencial para su vida: la educación religiosa. Tenía auténtica pasión por Cristo. Y llevada por ella obtuvo una gracia insólita en la época: tomar la primera comunión a sus 9 años. Como han hecho otras insignes discípulas de Jesús, con esa edad ya le consagró su virginidad. Y en aras de esta promesa efectuada libremente, a los 12 años intentó que su padre le permitiera ingresar en la vida religiosa.
Había elegido ser clarisa y pasar el resto de la existencia en la clausura de Trento donde estaba siendo formada. Sin embargo, su deseo contravenía los planes de su progenitor que había previsto que contrajera matrimonio, y con tal finalidad se la llevó consigo a Asiago, a la espera de que llegase el momento. En un principio se vio obligada a seguirle, pero fue tan insistente que logró torcer su voluntad. Lo que no pudo impedir es que recayese en él la elección del convento y de la orden en la que consumaría su ofrenda. Así pues, con 15 años, como su padre autorizó su ingresó en el monasterio benedictino de san Jerónimo de Bassano, inició su vida religiosa. Es de suponer que Giovanni no fue consciente del trasfondo espiritual que conllevaba la presión a la que había sometido a su hija. Pero Dios se valía de su terquedad y actitud impositiva para conducir a la beata por el sendero previsto por Él.
Al profesar el 8 de septiembre de 1622 tomó el nombre de Giovanna Maria. Su primer éxtasis se produjo precisamente ese día. Con posterioridad, durante siete años continuaría siendo acreedora de numerosas y frecuentes gracias, que en su mayor parte venían unidas a la Eucaristía. Además, forma parte del selecto elenco de místicos que recibieron en su cuerpo los estigmas de la Pasión que eran manifiestos desde el jueves por la tarde hasta el sábado por la mañana. Oró fervorosamente para que desaparecieran, y en un momento dado obtuvo lo que pedía, pudiendo llevar vida normal como el resto de las religiosas. De todos modos, la presencia sobrenatural de Dios era particularmente manifiesta para ella en el instante de recibir la Sagrada Comunión. Como los signos extraordinarios con los que era agraciada no pudieron permanecer ocultos, atrajeron la atención de muchas personas que comenzaron a difundirlos juzgándolos una prueba de su santidad, lo cual le apenaba sobremanera. También suscitaron numerosos resquemores. El signo de la contradicción acompaña siempre a los hijos de Dios; es una garantía de su autenticidad. A veces las controversias no vienen de fuera; tienen su origen en los más cercanos. Es la experiencia que ella tuvo que afrontar. Entre sus hermanas de comunidad hubo gran disparidad de opiniones. Algunas se negaban a aceptar la legitimidad de los favores, y se inclinaban a juzgarlos como fruto de sus debilidades. Vanidad, superchería, herejía…, a Giovanna le perseguían las tribulaciones, y las consecuencias de la acepción divina hacia su persona fueron muy dolorosas humana y espiritualmente. Era la cruz a la que debía abrazarse, los momentos de prueba que han de afrontar los discípulos de Cristo, cada uno con las características particulares. En su caso vinieron acompañados de amargura, soledad, incomprensión, dudas y hasta aceradas críticas que iban más lejos. Su propio confesor la tildó como demente y le prohibió tomar la comunión. Además, tenía vedado comparecer en el locutorio y le impidieron escribir cartas.
Siete años duraron estas penalidades, que no vinieron solas. A ellas se unieron males físicos: ciática y fiebres, entre otros. Tenía en contra a todo el clero de Vicenza. Lo que se dice una corona de sufrimientos. Aislada en el convento, Cristo se hizo notar dándole consuelo. Extraía de su divino costado la Sagrada Forma y se la ofrecía con estas palabras: «Toma, esposa mía». Otras veces era un ángel el que tomaba de la patena la Hostia que el sacerdote distribuía y se la llevaba a ella. Cuando se aceptó la veracidad de sus experiencias místicas, revocaron las prohibiciones. Y en 1652 fue elegida abadesa. Tres años más tarde fue priora, y nuevamente reelegida abadesa en 1664. Durante veinte años formó a sus hermanas en lo que ella conocía por experiencia: sobrenaturalizar lo ordinario, enseñándoles que no buscasen grandes gestas, sino la fidelidad evangélica a las pequeñas cosas de cada día. Sus sabios consejos eran demandados por muchas personas, incluso las pertenecientes a altos estamentos sociales. En todos dejó la huella de su paciencia, humildad y caridad. Socorrió a los pobres y a los marginados. Tuvo el don de bilocación y el de milagros. Murió en Bassano el 1 de marzo de 1670 con fama de santidad. Fue beatificada por Pío VI el 9 de junio de 1783.
(01 de marzo de 2013) © Innovative Media Inc.
En 1612, cuando tenía alrededor de 6 años, quedó huérfana de madre, y su padre consideró oportuno encomendar su educación a las Hermanas Pobres de santa Clara en Trento, donde ingresó en 1615. Con las religiosas obtuvo una interesante formación que le permitió adquirir destrezas en tareas propias de la época que eran de gran utilidad, como las labores de punto. Además, tenía una sensibilidad artística que cultivó por medio de la literatura, la música y la danza, todo ello complementario a lo esencial para su vida: la educación religiosa. Tenía auténtica pasión por Cristo. Y llevada por ella obtuvo una gracia insólita en la época: tomar la primera comunión a sus 9 años. Como han hecho otras insignes discípulas de Jesús, con esa edad ya le consagró su virginidad. Y en aras de esta promesa efectuada libremente, a los 12 años intentó que su padre le permitiera ingresar en la vida religiosa.
Había elegido ser clarisa y pasar el resto de la existencia en la clausura de Trento donde estaba siendo formada. Sin embargo, su deseo contravenía los planes de su progenitor que había previsto que contrajera matrimonio, y con tal finalidad se la llevó consigo a Asiago, a la espera de que llegase el momento. En un principio se vio obligada a seguirle, pero fue tan insistente que logró torcer su voluntad. Lo que no pudo impedir es que recayese en él la elección del convento y de la orden en la que consumaría su ofrenda. Así pues, con 15 años, como su padre autorizó su ingresó en el monasterio benedictino de san Jerónimo de Bassano, inició su vida religiosa. Es de suponer que Giovanni no fue consciente del trasfondo espiritual que conllevaba la presión a la que había sometido a su hija. Pero Dios se valía de su terquedad y actitud impositiva para conducir a la beata por el sendero previsto por Él.
Al profesar el 8 de septiembre de 1622 tomó el nombre de Giovanna Maria. Su primer éxtasis se produjo precisamente ese día. Con posterioridad, durante siete años continuaría siendo acreedora de numerosas y frecuentes gracias, que en su mayor parte venían unidas a la Eucaristía. Además, forma parte del selecto elenco de místicos que recibieron en su cuerpo los estigmas de la Pasión que eran manifiestos desde el jueves por la tarde hasta el sábado por la mañana. Oró fervorosamente para que desaparecieran, y en un momento dado obtuvo lo que pedía, pudiendo llevar vida normal como el resto de las religiosas. De todos modos, la presencia sobrenatural de Dios era particularmente manifiesta para ella en el instante de recibir la Sagrada Comunión. Como los signos extraordinarios con los que era agraciada no pudieron permanecer ocultos, atrajeron la atención de muchas personas que comenzaron a difundirlos juzgándolos una prueba de su santidad, lo cual le apenaba sobremanera. También suscitaron numerosos resquemores. El signo de la contradicción acompaña siempre a los hijos de Dios; es una garantía de su autenticidad. A veces las controversias no vienen de fuera; tienen su origen en los más cercanos. Es la experiencia que ella tuvo que afrontar. Entre sus hermanas de comunidad hubo gran disparidad de opiniones. Algunas se negaban a aceptar la legitimidad de los favores, y se inclinaban a juzgarlos como fruto de sus debilidades. Vanidad, superchería, herejía…, a Giovanna le perseguían las tribulaciones, y las consecuencias de la acepción divina hacia su persona fueron muy dolorosas humana y espiritualmente. Era la cruz a la que debía abrazarse, los momentos de prueba que han de afrontar los discípulos de Cristo, cada uno con las características particulares. En su caso vinieron acompañados de amargura, soledad, incomprensión, dudas y hasta aceradas críticas que iban más lejos. Su propio confesor la tildó como demente y le prohibió tomar la comunión. Además, tenía vedado comparecer en el locutorio y le impidieron escribir cartas.
Siete años duraron estas penalidades, que no vinieron solas. A ellas se unieron males físicos: ciática y fiebres, entre otros. Tenía en contra a todo el clero de Vicenza. Lo que se dice una corona de sufrimientos. Aislada en el convento, Cristo se hizo notar dándole consuelo. Extraía de su divino costado la Sagrada Forma y se la ofrecía con estas palabras: «Toma, esposa mía». Otras veces era un ángel el que tomaba de la patena la Hostia que el sacerdote distribuía y se la llevaba a ella. Cuando se aceptó la veracidad de sus experiencias místicas, revocaron las prohibiciones. Y en 1652 fue elegida abadesa. Tres años más tarde fue priora, y nuevamente reelegida abadesa en 1664. Durante veinte años formó a sus hermanas en lo que ella conocía por experiencia: sobrenaturalizar lo ordinario, enseñándoles que no buscasen grandes gestas, sino la fidelidad evangélica a las pequeñas cosas de cada día. Sus sabios consejos eran demandados por muchas personas, incluso las pertenecientes a altos estamentos sociales. En todos dejó la huella de su paciencia, humildad y caridad. Socorrió a los pobres y a los marginados. Tuvo el don de bilocación y el de milagros. Murió en Bassano el 1 de marzo de 1670 con fama de santidad. Fue beatificada por Pío VI el 9 de junio de 1783.
(01 de marzo de 2013) © Innovative Media Inc.
Medios para llegar a ser santo
La oración humilde, un plan de vida y la frecuencia en los sacramentos es un buen comienzo
- La oración humilde: A estas alturas ya sabes cuán importante es la oración en la vida de un cristiano, pero justamente porque ya lo sabes y estás trabajando por ser mejor cada día, puede ser que caigas en la oración del fariseo, que daba gracias a Dios por no ser tan malo como los otros. No hacía mas que jactarse de sus avances ante Dios. Este tipo de oración no sirve para alcanzar la santidad. La oración útil es aquella en la que reconoces que sin Dios no puedes hacer nada y pones toda tu confianza en Él.
- El plan de vida: Consiste en trazar un plan concreto de acción para vencer tu defecto dominante. En él tendrás que incluir metas a corto y largo plazos, así como los medios que utilizarás para alcanzarlas.
- La frecuencia en los sacramentos: Como seguirás teniendo caídas, debes estar siempre cerca del sacramento de la confesión para levantarte inmediatamente. De la misma manera, necesitarás fuerzas sobrenaturales para vencer todos los obstáculos que se te presenten y sólo las encontrarás en la Eucaristía. Recuerda que la fuerza está en Dios, que tú puedes conseguir cinco panes, pero Dios, con ellos, puede alimentar a 5,000 hombres.
- La oración humilde: A estas alturas ya sabes cuán importante es la oración en la vida de un cristiano, pero justamente porque ya lo sabes y estás trabajando por ser mejor cada día, puede ser que caigas en la oración del fariseo, que daba gracias a Dios por no ser tan malo como los otros. No hacía mas que jactarse de sus avances ante Dios. Este tipo de oración no sirve para alcanzar la santidad. La oración útil es aquella en la que reconoces que sin Dios no puedes hacer nada y pones toda tu confianza en Él.
- El plan de vida: Consiste en trazar un plan concreto de acción para vencer tu defecto dominante. En él tendrás que incluir metas a corto y largo plazos, así como los medios que utilizarás para alcanzarlas.
- La frecuencia en los sacramentos: Como seguirás teniendo caídas, debes estar siempre cerca del sacramento de la confesión para levantarte inmediatamente. De la misma manera, necesitarás fuerzas sobrenaturales para vencer todos los obstáculos que se te presenten y sólo las encontrarás en la Eucaristía. Recuerda que la fuerza está en Dios, que tú puedes conseguir cinco panes, pero Dios, con ellos, puede alimentar a 5,000 hombres.
escrito por Lucrecia Rego de Planas
(fuente: Catholic.net)
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