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martes, 14 de enero de 2014

14 de enero: San Félix de Nola

Nola es una pequeña y antiquísima ciudad, situada a unos 20 kilómetros de Nápoles. Allí vio la luz san Félix, cuyo nombre significa "feliz", en el siglo III. Su padre Hermias era sirio, de profesión militar. Nuestro santo, en cambio, prefirió ser soldado de Cristo.

Poco sabemos de su infancia y juventud. Padeció las terribles persecuciones desatadas por Decio y por Valeriano. Por estas circunstancias carecemos de actas que hubieran podido proporcionar noticias precisas. Los rasgos más exactos que conocemos a través de san Paulino, poeta y obispo de Nola, quien escribió su biografía a fines del siglo IV y lo tuvo como santo protector. También escribieron sobre él Beda, san Agustín y Gregorio Turonense. El papa san Dámaso le dedicó un poema.

Para destruir la Iglesia, el emperador Decio ordenó prender y procesar principalmente a los obispos, presbíteros y diáconos. Gobernaba entonces la grey de Nola el obispo Máximo, cargado de años, quien se refugió en las montañas de los Apeninos. Félix, que era presbítero, se quedó en la ciudad para vigilar y proteger a los fieles.

No duró mucho tiempo la seguridad de Félix, pues Nola era una pequeña ciudad donde todos se conocían y él no disimuló su condición de cristiano. Arrestado y conducido a la cárcel, lo ataron con cadenas, y así permaneció durante meses. Por su parte, en las montañas, el obispo Máximo padecía hambre, frío, tristeza y dolor.

Félix fue un ejemplo de devoción al obispo. Socorrió a Máximo corriendo gravísimos riesgos y compartió con él la dura experiencia de la persecución.

Habiendo escapado de la furia desatada por Decio, Félix se vio nuevamente amenazado, junto con toda su comunidad, por las disposiciones que contra los cristianos dictó el emperador Valeriano, entre los años 256 y 257.

Al morir Máximo quisieron forzar a Félix a ocupar la silla episcopal, pero él rehusó tal dignidad, prefiriendo continuar como presbítero su misión evangelizadora. Murió el 14 de enero, se cree que del año 260. Fue enterrado en Nola y su sepulcro se convirtió en lugar de peregrinación. En Roma le fue consagrada una basílica.

Los campesinos de su tierra invocan a san Félix de Nola como protector de los ganados. San Gregorio de Tours ha escrito sobre los numerosos milagros operados junto a su tumba.


ORACIÓN

Señor Dios, Rey Omnipotente: tú que le permitiste a tu mártir
San Félix conseguir favores tan maravillosos para sí y
para sus devotos, haz que nuestra fe sea también
tan grande que consigamos maravillosas intervenciones tuyas
en favor nuestro y en favor de los que necesitan
la ayuda de nuestra oración. Amén.

(fuente: www.ewtn.com)

lunes, 13 de enero de 2014

13 de enero: Beata Verónica de Binasco

Verónica nació en Binasco, cerca de Milán, en 1445, era hija de humildes campesinos.

Se crió en medio del riguroso trabajo campesino; no fue a la escuela.

A los veintidós años entró al convento agustino de Santa María en Milán, y en él pasó treinta años de vida religiosa en el humilde oficio de Hermana mendicante.

En el convento, con grandes esfuerzos, apenas aprendió a leer y escribir. Sin embargo la Virgen le reveló en una visión cuál era el camino a seguir para aprender la ciencia divina que lleva a Dios:

1) La pureza del corazón.
2) La paciencia para con el prójimo, que no nos hace escandalizar de las culpas, sino que nos lleva a orar por los que las cometen.
3) La meditación diaria sobre la Pasión de Jesús.

Estos tres puntos, resumen la santidad porque llevan al alma a:

1-Ser toda para Dios (pureza)
2-Amar al prójimo
3-Amar a Dios

Para que se le grabara en la memoria esta enseñanza, la Virgen se las tradujo con simbolismo de colores: el blanco de la pureza, el negro de la paciencia y el rojo de la Pasión.

Aprendió la sabiduría divina sin haber abierto ningún libro de teología. Sor Verónica maravillaba a cuantos se le acercaban por la audacia de su doctrina. También tenía una clara intuición de las aflicciones de los demás. Sor Verónica, estaba en contacto permanente con la gente por el oficio que tenía de pedir limosna de puerta en puerta, pero ella daba más de lo que recibía: el pan que alimenta el alma.

Por petición de la Virgen, viajó a Roma a llevarle un mensaje al Papa, Alejandro Vl. El Papa (un gran devoto de la Virgen) la recibió amablemente y la escuchó con atención porque comprendió que se encontraba ante un alma privilegiada.

La beata Verónica gozó del don de la profecía. Anunció el día y la hora de su muerte. Expiró serenamente, el 13 de enero de 1497.

A los diez años de la muerte, León X le concedió el culto privado.

El Papa León X confirmó su culto en 1517.

(fuente: www.catolicos.org)

domingo, 12 de enero de 2014

12 de enero: Santa Margarita Bourgeoys

Originaria de Troyes, Francia, donde nació en 1620. Se trasladó al Canadá donde fundó la Congregación de las Hermanas de Nuestra Señora de Montreal, con la finalidad de asistir y enseñar a los niños de la incipiente ciudad de Montreal.

Santa Margarita Bourgeoys, que nació en Troyes (Francia), el año 1620, dedicó totalmente su vida a los más necesitados, a partir de la edad de 20 años. Su campo de acción fueron las familias pobres de la ciudad natal. Pero luego fue a Montreal (Canadá), entonces posesión francesa y allí durante largos años se entregó, juntamente con sus primeras hermanas, a impartir una instrucción humana y cristiana tanto en las escuelas como en las parroquias, hasta su muerte, que tuvo lugar en 1700.

 De modo especial cooperó a la edificación de aquel nuevo país, intuyendo el papel determinante de las mujeres, y se afanó con asiduidad en su formación con un espíritu profundamente cristiano.

En una época en donde no se concebía religiosas que vivieran fuera de la clausura de los conventos, Margarita, animada por la certeza del llamado de Dios, fundó en Canadá la primera Congregación Femenina sin clausura de la historia de la Iglesia.

En 1652, Margarita se entera de que el gobernador de Montreal estaba buscando una maestra de escuela para su pequeña colonia, y ella interpretó esto como un signo de Dios, embarcándose rumbo a esta joven colonia americana para servir como maestra.

En 1657 inauguró la primera escuela de Montreal, que poco a poco va recibiendo más alumnos. Como ya no podía darse abasto y le preocupara también la educación de los niños indígenas, regresa a Francia por ayuda. Un año más tarde retorna con cuatro jóvenes y comienza a pensar en fundar una nueva congregación religiosa que recibe el aliento del Rey de Francia, al que visita en un nuevo viaje en busca de más jóvenes que quisieran vivir su llamado.

En 1676, el primer obispo de Quebec, Mons. Laval, quiere orientar a la nueva comunidad según sus ideas; en 1683, el convento se incendia y dos hermanas mueren carbonizadas, entre ellas su sobrina.

El nuevo obispo decide deshacer la comunidad e integrarla a las ursulinas que vivían en claustro. Margarita lucha y reza para que se manifieste la voluntad de Dios y finalmente, en 1698, las veinticuatro primeras hermanas pudieron hacer la profesión de votos simples, en la nueva Congregación.

Había fundado la primera escuela para indios en 1676. En 1679, había ya dos jóvenes iroquesas en la congregación. En 1685, fueron invitadas a Quebec, y allí fundaron la segunda de las más de doscientas casas que tendrán más tarde.

Murió el 12 de enero de 1700 en Montreal, Canadá. Fue beatificada por Pío XII en 1950 y canonizada en 1982 por Juan Pablo II.

(fuente: www.aciprensa.com)

sábado, 11 de enero de 2014

11 de enero: San Paulino de Aquileya

SAN PAULINO DE AQUILEYA
Obispo
(726-802)

Una vez, al terminar de leer un capítulo de La ciudad de Dios, había dicho Carlomagno: «¡Ah, si tuviese en torno mío doce sabios como San Agustín!» Alcuino, que le oía, respondió: «El Creador del cielo y de la tierra no hizo otro hombre semejante a el! ¿Y tú quisieras tener una docena?»

Sin embargo, aquel bárbaro, que apenas había aprendido a escribir, tuvo la suerte de encontrar los hombres más sabios de su tiempo, y de crear con su ayuda un gran renacimiento de las letras. Su palacio aquisgranense era una universidad, donde aprendían las letras una muchedumbre de jóvenes y niños, venidos de todas las provincias del imperio. Los maestros formaban en torno del emperador un grupo escogido, que se llamaba la Academia palatina. Rara vez han sentido los hombres un ansia tan grande de saber como la que sentían aquellos extraños académicos del siglo VIII. Dios los había juntado de todas las partes del mundo. Estaban el inglés Alcuino, el lombardo Warnefrido, el español Teodulfo, el godo Benito de Aniano, el franco Eginardo... Como en la época del Renacimiento, todos tenían un nombre literario, famoso en la antigüedad. Uno se llamaba Homero, otro Píndaro, otros Flacco, Agustín, Beseleel o Menalcas.

El nombre de Pablo correspondía a un italiano de Friul, venerado de todos por su seriedad y amado por su dulzura. En la pila le habían llamado Paulino; pero con aquel apodo literario sus compañeros quisieron expresar la profundidad de sus conocimientos teológicos, y acaso también su escasa prestancia exterior. Ante la estatura procer del emperador, parecía un niño. Menudo de cuerpo, pero de espíritu fino y delicado. Alcuino lo comparaba al nardo, y decía: «Ya se ha abierto mi nardito y esparce su perfecto aroma.»

Era un nardo campesino. Hasta entrar en la adolescencia. su vida había sido ayudar a sus padres en el cultivo del pequeño campo familiar y apacentar el hato de ovejas en los verdes prados que se extienden al pie de los Alpes. Ahora bien: un buen día se cansa de la aguijada y del cayado, y se pone a estudiar, con tan buen provecho, que unos años más tarde es un gramático renombrado en todos los pueblos de las costas del Adriático, en Treviso y en Friul, en Triste y en Venecia. Cuando, en 776, el rey de los francos atraviesa aquella tierra apagando revueltas y colgando rebeldes, llega a sus oídos la fama del ilustre profesor, y en premio a su enseñanza le da una finca con su casa, sus siervos, sus viñas, sus bosques y sus prados. Un año más tarde, «el venerable maestro», como Carlomagno le llama, es sublimado a la silla patriarcal de Aquilea.

Patriarca de Aquilea, Paulino se presenta sólo de cuando en cuando a las reuniones literarias de la corte; lo cual, para Alcuino, significaba una gran contrariedad, pues una amistad profunda unía aquellos dos corazones. Tenían, sin embargo, el consuelo de las cartas. Aguardábalas Alcuino con impaciencia, y cuando al fin llegaba una, cogía el cálamo y empezaba a hacer versos cantando su felicidad: «¡Oh caridad!—exclama—, moja tu pluma en el corazón de Cristo, y llena mi pecho de celestes armonías, para que pueda dignamente agradecer a Paulino el favor de sus saludos. ¡Qué día más alegre ha sido para mí el que me ha traído el pergamino escrito por su mano! Cada palabra me parecía un chorro melSan Paulino de Aquileya, obispoifluo de amor; cada movimiento de mis ojos al recorrer aquellas líneas era un nuevo júbilo para mí. ¡Oh luz de la tierra itálica, honor de nuestra edad, escritor insigne, defensor de la justicia y amigo de la piedad sagrada!: por ti se abrasa mi alma, atada con santas cadenas; te ama, te busca, te desea, te abraza, te atrae, anhelando tenerte metido eternamente en el arca del corazón.» Pero Paulino tenía muchas cosas que hacer, y además las cartas Tardaban muchos días en pasar los Alpes, y por eso las tristezas eran más frecuentes que las alegrías. «¿Cuándo—preguntaba el sabio anglosajón—me hablará el correo de Italia de la felicidad del amigo deseado? Tengo ansias por saber si nuestra amistad, federada en Cristo, sigue grabada en la página de su corazón; si el nombre de su Alcuino permanece perpetuamente en su alma, como el de Paulino en la mía.»

También Paulino era poeta, y testigos de su inspiración son los himnos que canta la liturgia en las fiestas de San Pedro; pero es la suya una poesía solemne y austera. Su amigo se ocupa más de la forma; él prefiere fijar su atención en la idea. Es un espíritu desengañado de la vanidad de la vida; no tiene el ceno de un censor, pero sí la seriedad de un moralista. A un duque le decía: «Dime, hermano, ¿qué provecho se saca de la hermosura de la carne? ¿Acaso no se marchita y pierde su encanto, como el heno que abrasa el ardor del verano? Y cuando llega la muerte, ¿qué queda en el cuerpo de su antigua lozanía? Entonces, cuando veas hincharse los miembros y despedir un hedor insoportable, te taparás las narices y reconocerás cuan vano es todo lo que antes amabas.» Así hablaba Paulino en su amable Libro de la Exhortación a Enrique de Friul, que nos recuerda, por la suavidad y la naturalidad, algunos tratados de San Francisco de Sales. Y era, efectivamente, el manual del alma devota, el guía solícito de Filotea, lo que Paulino quería ofrecer con esta obra a sus contemporáneos. Aludiendo a ella, decía Alcuino en carta al duque de Friul: «No me permitiré deciros nada acerca de la perfección cristiana, teniendo a vuestro lado al ilustre doctor y habilísimo maestro de la espiritualidad. Paulino, cuyo corazón es como una fuente de aguas que saltan hasta la vida eterna.»

Aquí el estilo de Paulino es sencillo, claro, noble, muy distinto del de sus escritos polémicos, llenos de violencia, confusos y atormentados. Diríase que aquellos doctores de Carlomagno tenían, manejando la pluma; el mismo ímpetu que sus guerreros blandiendo la espada. Paulino combate contra Elipando y contra Félix de Urgel, los dos fautores del adopcionismo. Es el mismo Alcuino quien le pide su ayuda, diciéndole: «En las rocas, de España, en las cavernas donde por tanto tiempo se vio obligada a esconder su cabeza, aplastada, no por la maza de Hércules, sino por la predicación evangélica, la antigua serpiente vuelve de nuevo a aparecer, con una mezcla de venenos antiguos y nuevos para matar las almas. A ti te toca defender el rebaño de Cristo, a ti, pastor escogido, centinela de las puertas de la ciudad de Dios, cuya mano poderosa está armada con la llave de la ciencia. El Universo tiene fijos en ti los ojos, aguardando tu palabra elocuente y divinamente inspirada, pues tú eres la verdadera «antorcha que arde e ilumina», cuya claridad debe alumbrar nuestros pasos.»

Algún tiempo después Paulino colocaba su refutación del adopcionismo «a los pies del grande y católico rey, señor del mundo», sometiéndola al mismo tiempo a la aprobación de Alcuino, «el príncipe de los oradores y de los teólogos de nuestros días». «Todo en ella es admirable—decía éste—: la elocuencia, la elegancia, la solidez de los argumentos y la autoridad de los testimonios. ¡Dichosa la Iglesia, dichoso el pueblo que poseen a la vez un doctor como Paulino y un príncipe como Carlomagno.» Paulino terminó su obra en el concilio de Francfort, donde, a la cabeza de trescientos Padres, condenó la herejía y consiguió la retractación del obispo de Urgel (796).

No menos bella fue la victoria que alcanzó agregando al imperio de la fe y de la civilización las tribus de los avaros, descendientes de los hunos de Atila, que seguían acantonados entre los límites de Austria y Yugoeslavia. Los occidentales temblaban todavía a la vista de aquellos centauros disformes, de cráneo aplastado, de ojos hundidos, de figura espeluznante, como la de aquellos dioses groseros de madera que ellos colocaban a la entrada de los puentes. Paulino llegó hasta sus tiendas sucias, subió a sus carros, donde se amontonaban en una promiscuidad repugnante; comió sus alimentos de leche y carne cruda, les habló con dulzura y con bondad, y fue tal el fruto de su apostolado, que aquellos hombres feroces le pidieron el Bautismo en masa, y su jefe vino a ponerse bajo la obediencia del emperador de los francos. El celo del apostolado devoraba aquel corazón generoso e intrépido, que se lanzaba a extender las fronteras de la Iglesia y del imperio. En el capítulo cincuenta y cinco del Libro de la Exhortación leemos estas bellas frases, que nos reflejan la vehemencia de aquel ardor apostólico: «¡Oh hermano mío! ¿Acaso son de hierro nuestras carnes para no estremecerse, o nuestra sensibilidad de diamante para ver tranquilamente cómo mueren cada día tantas almas de cristianos? ¿Cómo no se hacen fuentes de lágrimas nuestros ojos? ¿Cómo no clamamos con el profeta: Quién dará agua a nuestra cabeza para llorar a los heridos de nuestro pueblo? ¿Puede haber llanto más puro? ¿Puede haber luto más noble? Aprendamos del Apóstol a compadecernos de nuestros hermanos; de aquel gran corazón, que se ofrecía a ser anatema porque se salvasen los demás; recordemos la inmensa caridad de Dios, que no perdonó a su propio Hijo, sino que le entregó por todos nosotros.»

(fuente: divvol.org)

viernes, 10 de enero de 2014

10 de enero: Beata María Dolores Rodriguez Sopeña

Fundadora del Movimiento de Laicos Sopeña, del Instituto Catequista Dolores Sopeña y de la Obra Social y Cultural Sopeña «OSCUS»

 Dolores Rodríguez Sopeña nace en Vélez Rubio (Almería), el 30 de diciembre de 1848, cuarta entre siete hermanos. Sus padres, Tomás Rodríguez Sopeña y Nicolasa Ortega Salomón, castellanos, se habían trasladado desde Madrid a esa localidad por motivos de trabajo. Don Tomás había terminado su carrera judicial demasiado joven, por lo que no podía ejercer y consigue un empleo como administrador de las fincas de los marqueses de Vélez.

Su infancia y adolescencia transcurren en distintos pueblos de las Alpujarras pues, cuando su padre empieza a ejercer como magistrado sufre a lo largo de su carrera diversos traslados. Con todo, ella define esta etapa de su vida como un «lago de tranquilidad». En 1866, su padre es nombrado Fiscal de la Audiencia de Almería. Dolores tiene 17 años. Allí empieza a frecuentar la sociedad, pero a ella no le llamaban la atención las fiestas ni la vida social; su interés es hacer bien a los demás. En Almería tiene sus primeras experiencias apostólicas: atiende, material y espiritualmente, a dos hermanas enfermas de tifus y a un leproso, todo ello a escondidas por miedo a que se lo prohibiesen sus padres. También visita a los pobres de las Conferencia de San Vicente de Paúl con su madre. Tres años más tarde, su padre es trasladado a la Audiencia de Puerto Rico, donde viaja con uno de sus hijos mientras el resto de la familia se instala en Madrid. En la capital Dolores ordena mejor su vida: elige un director espiritual y colabora enseñando la doctrina en la cárcel de mujeres, en el hospital de la Princesa y en las Escuelas Dominicales.

En 1872, la familia se reúne en Puerto Rico. Dolores tiene 23 años y permanecerá en América hasta los 28. Empieza su contacto con los jesuítas. El P. Goicoechea fue su primer director espiritual. Allí funda la Asociación de Hijas de María y Escuelas para las personas de color donde se alfabetiza y enseña el catecismo.

En 1873, su padre es nombrado Fiscal de la Audiencia de Santiago de Cuba. Son tiempos difíciles, pues estalla un cisma religioso en la isla. Por este motivo, su acción se reduce a visitar a los enfermos del hospital militar. Pide la admisión en las Hermanas de la Caridad, pero no lo consigue por su falta de vista. A la edad de 8 años había sido operada de los ojos y esta dolencia la acompañará toda la vida.

Al terminar el cisma empieza a trabajar en los barrios marginales y funda lo que ella denomina «Centros de Instrucción», pues en ellos no sólo se enseñaba el catecismo sino cultura general e incluso se prestaba asistencia médica. Para esta obra consigue muchas colaboradoras y la establece en tres barrios distintos.

En Cuba muere su madre, su padre pide el retiro y vuelven a Madrid en 1877. En Madrid organiza su vida en tres frentes: el cuidado de la casa y de su padre, el apostolado, el mismo que hacía antes de dejar la Península, y su vida espiritual: elige director espiritual y empieza a hacer anualmente los Ejercicios Espirituales de san Ignacio. En 1883 muere su padre y se reavivan sus luchas vocacionales.

Por indicación de su director, el P. López Soldado sj, ingresa en el convento de las Salesas, pese a que nunca se había planteado una vida enteramente contemplativa. A los diez días deja el convento pues comprobó no ser su vocación. Al salir se dedica con más intensidad al apostolado.

Abre una «Casa Social» donde se tramitan los diversos asuntos que salen en sus visitas al hospital y a la cárcel. En una de sus visitas a una de las presas que acababa de quedar en libertad, conoce el Barrio de las Injurias. Corre el año 1885. Dolores tiene 36 años.

Al ver la situación moral, material y espiritual de la gente, empieza a visitar el barrio todas las semanas e invita a muchas de sus amigas. Ahí empezará la que luego se denominará «Obra de las Doctrinas», antecedente de sus «Centros Obreros».

A sugerencia del obispo de Madrid, D. Ciríaco Sancha, en 1892 funda una Asociación de Apostolado Seglar hoy denominado «Movimiento de Laicos Sopeña». Al año siguiente recibe la aprobación civil. La Obra se extiende en 8 barrios de la capital.

En 1896 empieza su actividad fuera de Madrid. Pese a la oposición de la Asociación, acepta fundar la Obra en Sevilla. Fruto de muchos malos entendidos, dimite como Presidenta en Madrid al año siguiente y se establece en Sevilla. En sólo cuatro años realiza 199 viajes por toda España para establecer y consolidar la Obra de las Doctrinas. A su vez, acompaña al P. Tarín, sj, en algunas misiones por Andalucía.

En el año 1900 participa en una peregrinación a Roma por el Año Santo. Hace un día de retiro en el sepulcro de San Pedro y allí recibe la confirmación de fundar un Instituto Religioso que diera continuidad a la Obra de las Doctrinas y que ayudara a sostener espiritualmente a la Asociación laical. El Card. Sancha, entonces ya arzobispo de Toledo, le propone fundar allí.

El 24 de septiembre de 1901, en Loyola, después de unos Ejercicios Espirituales realizados junto con 8 compañeras, se levanta acta de fundación del «Instituto de Damas Catequistas» (hoy «Instituto Catequista Dolores Sopeña»), aunque la fundación oficial fue el 31 de octubre en Toledo.

Una de sus grandes intuiciones fue fundar, al mismo tiempo, una Asociación civil, hoy llamada «Obra Social y Cultural Sopeña - OSCUS», que, en 1902, consigue el reconocimiento del gobierno. En 1905 recibe de la Santa Sede el Decretum laudis y, dos años más tarde, el 21 de noviembre de 1907, la aprobación de las Constituciones concedida directamente por S.S. Pío X.

Durante estos años, sus «Doctrinas» se fueron transformando en «Centros Obreros de Instrucción», pues a ellos asistían obreros fuertemente influenciados por el anticlericalismo y no podía pretenderse la enseñanza de la religión directamente. Esto también determina que las religiosas de este Instituto no lleven hábito y ni siquiera un signo religioso externo. Cambia sus medios y sus métodos para poder conseguir el fin: acercarse a los obreros «alejados de la Iglesia», que no habían podido recibir instrucción cultural, moral ni religiosa y unir a los «distanciados socialmente», entonces, «la clase obrera y del pueblo» con la «alta y acomodada». Esto lo resume en dos líneas de acción: dignificar al trabajador y crear fraternidad.

Detrás de su entrega al servicio de los demás está una fe profunda y auténtica, una rica espiritualidad. Su compromiso por la dignidad de la persona brota de su experiencia de un Dios Padre de todos, que nos ama con una ternura infinita y desea que vivamos como hijos y hermanos. De allí su gran deseo de «Hacer de todos una sola familia en Cristo Jesús.» Su gran unión con Dios le permite descubrirlo presente en todo y en todos, especialmente en los más necesitados de dignidad y afecto.

Salir al encuentro de cada persona en su situación, introducirse en los barrios marginales de la época, era inconcebible para una mujer a finales del siglo XIX. El secreto de su audacia es su fe, esa confianza sin límites, que ella reconoce como su mayor tesoro y que la hace sentirse instrumento en manos de Dios, instrumento al servicio de la fraternidad, del amor, de la misericordia, de la igualdad, de la dignidad, de la justicia, de la paz...

En pocos años, establece comunidades y Centros en las ciudades más industrializadas de entonces. En 1910 se celebra el primer Capítulo General y es reelegida Superiora General. En 1914 funda en Roma y en 1917 viajan las primeras Catequistas para abrir la primera casa en América, concretamente en Chile.

Al año siguiente, el 10 de enero de 1918, Dolores Sopeña muere en Madrid con fama de santidad.

El día 11 de julio de 1992, Juan Pablo II declara heroicas sus virtudes y el 23 de abril de 2002 se promulgó el Decreto de Aprobación del milagro que ha dado paso a su Beatificación.

Actualmente la Familia Sopeña, formada por las tres instituciones que dejó fundadas, es decir, el Instituto Catequistas Dolores Sopeña, el Movimiento de la Laicos Sopeña y la Obra Social y Cultural Sopeña, está presente en España, Italia, Argentina, Colombia, Cuba, Chile, Ecuador, México y República Dominicana.


Rasgos de su espiritualidad

La espiritualidad de Dolores Sopeña tiene cuatro rasgos especialmente relevantes: es una espiritualidad cristocéntrica, eucarística, mariana e ignaciana.

Su experiencia cristológica destaca en Jesús dos rasgos fundamentales: Jesús como Dios encarnado y Jesús redentor. Dios ha asumido la condición humana y sale al encuentro de cada persona en sus penas y alegrías, necesidades y búsquedas, ofreciéndole de manera gratuita su amor incondicional y su propia vida. Él es el centro de su vida y de su corazón.

Dialoga con Jesús a lo largo de toda la jornada, pero reconoce una presencia especial en la forma consagrada. Entre sus prácticas habituales sobresalen: las visitas al Santísimo, la Hora Santa, el Manifiesto diario. Llama al Jueves Santo el día del Instituto, porque ese día es la fiesta del Amor y en él se instituyó la Eucaristía. Ante el sagrario toma las grandes decisiones; ante él cada mañana al levantarse «arregla los asuntos del día», recibe consuelo, fortaleza, inspiración.

Su relación con Dios se expresa en una actitud filial llena de confianza.

Reconoce la presencia de la Virgen en su camino, en su corazón, en los grandes acontecimientos personales y del Instituto.

El contacto con la espiritualidad ignaciana desde muy joven, sea a través de sus directores espirituales como por la práctica anual de los Ejercicios Espirituales, dan a toda su espiritualidad y a la de la Familia Sopeña una impronta claramente ignaciana, en la que destaca:

Una fuerte espiritualidad apostólica. Toda su vida está animada por el deseo de recorrer el mundo entero para dar a conocer a Dios.

Una síntesis dialéctica entre acción y contemplación, alcanzando la gracia de ver a Dios presente en todo y en todos, especialmente en el rostro del hombre y la mujer del trabajo, necesitados de promoción y a quienes nadie les había hecho descubrir el rostro amable de Dios que los ama con infinita ternura.

Una búsqueda continua de la voluntad de Dios. Y, una vez que la conocía, tenía un gran tesón, voluntad y capacidad de entrega y sacrificio para cumplirla, costase lo que costase.

Su vida es un «hacer constante», pero es un hacer de quien tiene viva la conciencia de ser un instrumento en manos de Dios. Esta experiencia desarrolla en ella una confianza tal que la hace ser muy audaz, capaz de allanar obstáculos y desarrollar un apostolado sumamente arriesgado para una mujer de su tiempo.

(fuente: www.vatican.va)

jueves, 9 de enero de 2014

09 de enero: San Eulogio de Córdoba

SAN EULOGIO DE CÓRDOBA
Presbítero y mártir
(† 859)

Vástago de una familia de rancia estirpe, que en otros tiempos había disfrutado las altas magistraturas de la ciudad patricia, Eulogio nació cuando el poder muslímico se consolidaba en su tierra andaluza. Las apostasías eran innumerables; pero en su casa, mermada materialmente por la dominación extranjera, se conservaba intacto el tesoro espiritual del pasado. Su abuelo, el viejo Eulogio, olvida leyendo la Biblia la malicia de los tiempos. Pero cuando el almuédano, desde la torre de la mezquita cercana, lanza su grito estentóreo invitando a los muslimes a rezar, este descendiente de condes y senadores se echa a temblar, y llorando amargamente y dejando escapar de sus ojos una mirada en que se mezclan el odio y la resignación, pronuncia las palabras del salmo: «Dios mío, ¿quién puede compararse a Ti? No calles ni enmudezcas. He aquí que ha sonado la voz de tus enemigos, y los que te aborrecen han levantado la cabeza.» Al lado de este anciano terrible creció el futuro campeón de la mozarabía. Él fue su primer maestro. También el niño, cuando oiga la voz del muecín en el alminar, hará en su frente la señal de la cruz y pronunciará estos dos versos, más expresivos que los de Eulogio el viejo: «Sálvanos, Señor, del mal sonido ahora y para siempre. Sean confundidos todos cuantos adoran la ficción y se glorían en sus simulacros.»)

Se junta luego la influencia del abad Esperaindeo. Es el más famoso de todos los maestros cristianos de Córdoba. Experiencia de anciano, virtud anacorética, erudición patrística, entusiasmo juvenil por la fe y la vieja cultura, odio entrañable a todo lo que habían traído los conquistadores: esto es lo que Eulogio encontró en el venerable abad.)

Encontró más: encontró un amigo y un colaborador en todas las empresas de su vida. Fue Paulo Alvaro, apasionado, como él, de la ciencia isidoriana, y, como él, inquebrantablemente asido a la vieja religión. En su amigo ha visto Alvaro la cifra de todas las perfecciones: un alma grande en un cuerpo pequeño; un encanto irresistible en el trato, una suave claridad en el semblante; el brillo del abolengo, la agudeza del ingenio, y en las costumbres, tesoros de gracia y de inocencia. Pero lo que no puede olvidar son aquellos ojos hermosísimos bañados de un fulgor ultraterreno.)

Los dos amigos se completan. Alvaro es el hombre impulsivo; Eulogio tiene una naturaleza inclinada al reposo de la contemplación. Un ansia profunda de paz penetra todo su ser. En su cuerpo menudo, como el de San Eugenio, se encerraba la exquisita sensibilidad del arzobispo toledano. Las más delicadas impresiones hallaban eco en su corazón, semejante a una copa de cristal; pero esa resonancia se romperá siempre, ahogada por los ecos del combate. Un día consagrará a la virgen Flora la más conmovedora de las amistades. Es imposible juntar más estrechamente lo humano con lo santo en el corazón del hombre. Y, sin embargo, cumpliendo con los deberes sagrados de la religión, Eulogio no dudará en tronchar aquella flor que brotará en su camino. Y lo hizo con alegría. Por muy firmes que fuesen sus anhelos de paz, más firme estuvo su sentido del deber, que parecía haber renunciado a toda satisfacción, para conseguir el completo desprendimiento de todos los lazos terrenos.)

A los veinticinco años, su vida se encauza hacia la actividad sacerdotal. El sentimiento de su indignidad le aterra, haciéndole prorrumpir en lamentaciones que nos conmueven todavía. «Señor—decía más tarde—; yo tenía miedo de mis obras; mis crímenes me atormentaban; veía su monstruosidad, meditaba el juicio futuro y sentía de antemano el merecido castigo. Apenas me atrevía a mirar al cielo, abrumado por el peso de mi conciencia.» ¿Qué pecados serían los suyos? Paulo Alvaro, que penetró en todas las intimidades de su vida, los desconoce; sólo sabe «que todas las obras de su vida estaban llenas de luz; que de su bondad, de su humildad y de su caridad podía dar testimonio el amor que todos le profesaban; que su afán de cada día era acercarse más al Cielo, y que gemía constantemente porque le pesaba mucho el fardillo de su cuerpo.» Noches enteras se pasaba en oración regando con sus lágrimas el pavimento de la iglesia de San Zoilo. Al estudio sucedían largas y encendidas meditaciones; a las meditaciones, ayunos austeros y severas penitencias, cumpliendo así aquel aforismo espiritual de su maestro: «Si quieres que tu oración vuele hasta Dios, ponía dos alas: el ayuno y la limosna.» Esto no le bastaba. En su cuerpo sentía los ardores de la juventud; y el recuerdo de algunas ligerezas pasadas vino a turbar su memoria. Para domar el primero y borrar las segundas, pensó tomar el báculo de peregrino y hacer a pie el viaje a Roma. Ir de Andalucía a Roma era entonces poco menos que imposible. Pronto verá Eulogio cuan difícil es pasar los Pirineos. Con vivos colores le pintaron ahora los suyos la dificultad de la empresa, pero sin hacerle vacilar. Su madre lloró y le llamó mal hijo; sus hermanas se colgaron a su cuello; Alvaro calificó de locura aquella resolución. Fue casi preciso acudir a la violencia. «Todos—dice—resistimos aquella tentativa, y al fin logramos detenerle, pero no persuadirle.»)

Eulogio se vengó de aquella derrota, ausentándose de casa largas temporadas. La nostalgia de la soledad le perseguía siempre, y cada día sentía con más fuerza su voz misteriosa y sutil. Eran todos los síntomas de esa inquietud sagrada y deleitosa que sobreviene con frecuencia a los grandes espíritus. Dos fuerzas contrarias le arrastraban, y de ahí procedía su tormento. Hubiera deseado estar en la parroquia y en el monasterio, salvar almas y vivir a solas con Dios. Al fin, logró combinarlas misteriosamente, gozando de las glorias divinas de la una sin apagar las santas ambiciones de la otra. Recorría los monasterios que entonces rodeaban a Córdoba como un cinturón sagrado, hablaba con los santos anacoretas, imitaba sus penitencias, vivía su misma vida, y después de algún tiempo volvía a aparecer «para adornar la iglesia con la doctrina de su boca». Pisaba el camino del siglo «doliente y ansioso», pero volvía de nuevo a emprender su vida de amores sacerdotales y triunfos apostólicos. En la montaña se le veía derramando lágrimas de penitencia; en la ciudad se oponía como un muro de bronce a la relajación y a la apostasía. «No callaré—exclamaba—; seré como un perro, que nunca se cansa de defender los intereses de su señor, y tanto más ladra y acomete cuanto más le hieren y atormentan.»)

En 845 emprende un viaje famoso en busca de sus hermanos, a quienes los azares de la vida comercial habían llevado hasta las regiones del Rin. Eulogio no pudo pasar los Pirineos. Llegó primero a Cataluña, maltratada entonces por una guerra feroz. Quiso luego atravesar por el paso de Roncesvalles, pero también allí encontró el tropiezo de la confusión política y las bandas guerreras. Mientras volvía la paz, recorrió los principales santuarios de Navarra, dejando amigos en todas partes. Los grandes monasterios, las escuelas más florecientes, los centros donde florecían los hombres ilustres por su sabiduría y su virtud, ocuparon durante varios meses la atención del piadoso viajero, sin olvidarse tampoco de preguntar por sus hermanos a los peregrinos que cruzaban por las gargantas de Valcarlos. Supo, al fin, de ellos, y con noticias consoladoras dio la vuelta a su patria. «La familia abandonada—nos dice él mismo—recibió a su peregrino y a su señor, después de tan larga ausencia, alegrándose como si saliese del sepulcro.»)

No fue mucho lo que ese viaje enseñó a Eulogio acerca de la verdadera situación política y religiosa de España. Los cordobeses no sabían a punto fijo lo que pasaba en el Norte, y a juzgar por lo que nos dicen las historias árabes, debían creer que se trataba únicamente de unos cuantos grupos de malhechores salvajes y rebeldes a toda autoridad. La realidad era más seria y de mejor agüero para los defensores de la tradición española. En Toledo, en Pamplona y en Zaragoza, Eulogio conoció a muchos hombres de buena voluntad, que vivían en la esperanza de días mejores. Si antes se había distinguido ya como uno de los más ilustres representantes de la España antigua, ahora se consagró con nuevos bríos a restaurar todas las formas de la cultura isidoriana, amenazadas de muerte: lengua, literatura, religión, vida monástica, espíritu y costumbres. Junto a la basílica de San Zoilo creó una escuela que no tardó en convertirse en un centro de españolismo mirado con desconfianza por las autoridades musulmanas y con entusiasmo por toda la juventud andaluza, que no podía plegarse a la dominación extranjera.)

Fuera de las aulas continuaba su obra renovadora, consagrando el tiempo que le dejaba libre el ministerio a restaurar el haber literario de la época visigoda, olvidado, adulterado, disperso y, en gran parte, perdido. Quería resucitar el pasado, formar una biblioteca como la que Isidoro había reunido en Sevilla. Empezó a buscar manuscritos por todas partes, a comprarlos, a copiarlos y a hacerlos copiar. De Navarra vino cargado de libros: obras de Porfirio, de Avieno, de Horacio, de Juvenal, de San Agustín. «Cada día—dice Alvaro—nos daba a conocer nuevos tesoros y cosas admirables desconocidas. Diríase que las encontraba entre las viejas ruinas o cavando en las entrañas de la tierra. Muchos de aquellos códices se hallaban en un estado lamentable; unos, ajados por el tiempo e incompletos; otros, corroídos por la humedad; otros, lastimosamente viciados y adulterados.» Para volverlos a su primer estado, Eulogio «corregía las cosas viciadas, reformaba lo que estaba roto y deteriorado, remozaba lo viejo y caduco, y todo lo que a él llegaba de los antiguos varones lo volvía a nueva vida. No hay sabio alguno que pueda ponderar aquel afán incansable, aquella sed de aprender y enseñar que adornaba su alma. ¿Qué volúmenes no conoció? ¿Qué ingenios permanecieron para él ocultos, bien fuesen católicos o herejes, filósofos o poetas gentiles? ¿Qué versos hay cuya armonía él ignorase ¿Dónde están los himnos o peregrinos opúsculos que no recorriese su hermosísima mirada? Y ¡oh admirable suavidad de su alma!—continúa diciendo Alvaro—, nunca quiso saber cosa alguna para sí solo, sino que todo nos lo entregaba a nosotros. A todos los que con él vivíamos nos comunicaba la luz de sus obras y el resplandor de su ingenio; y se lo ha comunicado también a los venideros. Para todos derramaba su luz el siervo coronado de Cristo, luminoso en todos sus caminos: luminoso cuando andaba, luminoso cuando volvía, límpido, nectáreo y lleno de dulcedumbre».)

En aquel ardor febril había una generosa tendencia nacionalista. El maestro de San Zoilo se había constituido en jefe de un partido que reunía a los más sanos y fervorosos partidarios de la religión cristiana, y cuyas intenciones no eran revolucionarias ni violentas. Los espíritus se hallaban en un grado de exaltación que sólo era la reacción contra la opresión de los musulmanes. No había persecución propiamente dicha, pero la misma ley hacía la vida insoportable para un cristiano; y a la ley se juntaban las consecuencias del fanatismo popular, más intolerante aún tratándose de monjes o sacerdotes. Su presencia en la calle daba lugar ordinariamente a alguna escena desagradable. Los niños gritaban contra ellos toda suerte de injurias; los jóvenes cantaban canciones satíricas; las personas mayores movían la cabeza lanzando miradas burlonas o coléricas y murmurando palabras ininteligibles, y desde las ventanas les arrojaban cascos, piedras e inmundicias.)

El fanatismo se exacerbó al fin del reinado de Abderramán II, colmando la medida de los sufrimientos atesorados en medio siglo. En los primeros meses del año 850 fue martirizado un sacerdote; algunos meses después, un comerciante cristiano fue llevado ante el cadí por algunos compañeros envidiosos de la suerte que tenía en los negocios. Las violencias se sucedían sin cesar; hasta que vino la protesta inevitable. Fue una rebelión, pero una rebelión de un carácter especial. Tratábase de rebeldes pacíficos; no querían poder, sino sufrir; no querían matar, sino morir. La dignidad, antes que la vileza; antes que la esclavitud, la muerte, declarando la verdad a los opresores. Es aquella era de martirios voluntarios que constituye uno de los momentos más dramáticos de la historia de España. Jóvenes doncellas, vírgenes admirables educadas desde la niñez en los monasterios, anacoretas encanecidos en la penitencia, soldados y gentes del pueblo, matronas ilustres y aristócratas opulentas se presentaban delante del cadí, confesaban el nombre de Cristo, maldecían de Mahoma y eran torturados y degollados.)

El pueblo musulmán estaba perplejo y estupefacto. En la corte reinaba la indecisión, y el sultán no sabía qué medidas tomar contra unos hombres que se reían de los tormentos. De sus dudas vino a sacarle Recafredo, arzobispo de Sevilla, hombre digno de la confianza del emir, que es quien le había dado la mitra. Recafredo no tuvo ninguna dificultad en anatematizar a los mártires, y deseando acabar con los que él llamaba fanáticos y perturbadores de la Iglesia y de la sociedad, se presentó en Córdoba con la violencia del torbellino, según la comparación de Alvaro. Su venida llenó de consternación a la cristiandad cordobesa. «Aterrados por la cólera del tirano—escribe el mismo Eulogio—, todos cambiaron de parecer con una volubilidad inaudita y empezaron a maldecir a los mártires.» No obstante, había todavía un grupo numeroso que rechazaba todo pacto con la infidelidad, y al frente de él estaba Eulogio, orgulloso de haber preparado aquel movimiento. «Permitidme, carísimos hermanos y hermanas bienaventuradas —decía a los habitantes de los monasterios—, que entre a tomar parte en vuestros júbilos. Son vuestros hermanos, ciertamente, estos hombres que pasaron por las pruebas de los tormentos; pero yo soy quien a muchos de ellos les he preparado para el combate, y si yo no he combatido, les di las armas para luchar.»)

Al mismo tiempo empieza Eulogio a escribir su Memorial de los mártires, que a la vez debía ser una historia de la persecución y una defensa de las víctimas. Ya le tenía casi terminado, cuando un día de otoño de 851 se presentó en su casa la policía, y entre los gritos desolados de su madre y sus hermanas lo llevaron a la cárcel. En la cárcel se le juntaron poco después el obispo de Córdoba, algunos sacerdotes, varios abades de los monasterios vecinos y un gran número de cristianos. Una noche de tristeza invadía ahora el alma del noble luchador. «En otro tiempo—escribe desde el calabozo—todo era para mí tranquilidad y sosiego; en mi casa había paz y amor y yo era feliz en ella. Pero, de repente, la alarma ensombreció todos los corazones, nos turbamos todos, y la ciudad entera se estremeció.» No obstante, era tal su valor, que desde la cárcel misma, desafiando las iras del emir y las del metropolitano, publicó su Memorial.)

Estos meses de su encierro fueron de una actividad increíble. «Mientras los demás se entregaban al ocio y al descanso—dice su amigo—, él leía y rezaba, sin acordarse de las cadenas, recogiendo siempre la miel de los buenos libros y paladeándola con la boca y con el corazón.» Lo que ahora le preocupaba era la restauración de la prosodia latina. Tal vez es éste uno de los momentos más bellos de su vida; tiene la espada sobre la cabeza, y todavía se acuerda del porvenir de la cultura hispanolatina. «Los sabios de España—nos dice Alvaro—habían perdido la noción del verso clásico; Eulogio la va a resucitar, aprovechando las largas horas de la prisión, propicias para esta labor de paciencia y observación menuda.» En la semioscuridad de su encierro, el prisionero leía y releía los poemas de la antigüedad, y al poco tiempo ya podía comunicar a sus discípulos las leyes del hexámetro, del yambo y del sáfico, despertando entre sus discípulos un renacimiento de la poesía. Al mismo tiempo alienta a los que vacilan, cansados de las molestias de la prisión, escribe una larga carta a su amigo el obispo de Pamplona, y redacta el Documento Martirial, que, destinado a sostener en un momento de debilidad a las dos vírgenes Flora y María, tuvo el éxito más completo.)

Diez años duró aquella lucha épica. Durante ellos, la existencia de Eulogio es un heroísmo continuo, tenso y jovial. Ya no enseña en San Zoilo; su escuela ha sido disuelta, pero sigue siendo el doctor de los mozárabes, el oráculo de la religión perseguida. Resiste a los secretarios del emir, hace enmudecer en un concilio a los obispos comprados por Abderramán, sufre las persecuciones y las contumelias, anda huido por la ciudad, se esconde entre las encrucijadas de la sierra, y vuelve a aparecer inesperadamente para alentar a los pusilánimes, para mantener el fervor de los entusiastas, para acompañar a los mártires hasta el patíbulo y recoger los detalles de sus martirios. Hace una nueva edición del Memorial y escribe el Apologético, siempre con el mismo estilo vibrante, espontáneo, cristalino y lleno de sinceridad y elegancia. Todas sus obras son ricas de vida, de nervio y de colorido; en todas ellas palpita la pasión y se reflejan las torturas y desprecios del calabozo. Alvaro comparaba el Memorial a un poema. Al contar las hazañas de los mártires, Eulogio se acuerda de los héroes de Virgilio, pone en sus narraciones un profundo interés dramático, y al mismo tiempo que nos retrata su alma, trae hasta nosotros los ecos triunfales de aquella gesta gloriosa del cristianismo.)

No obstante, la corona parecía alejarse de él, y su peregrinación se prolongaba. Habían pasado los combates y él continuaba en pie. Estaba pesaroso y casi avergonzado. «Desde los días de su juventud—dice el biógrafo—, caminaba Eulogio con tristeza por los caminos del mundo. Acuciábale diariamente el deseo de volar hacia arriba, y el cuerpo era para él una carga mortal.» Bellamente decía él mismo en aquella tregua que precedió a la lucha suprema: «Soy como el caminante que, agotadas las fuerzas, se sienta una y otra vez a la orilla del camino, y más siente el cansancio cuanto más frecuentes son sus paradas. Tal vez ha creído que estaba ya terminado el viaje, y su corazón se ha llenado de alegría; pero el camino se prolonga delante de él, y la decepción le tortura fieramente.» Y añadía, llevado de un sentimiento pesimista: «Heme aquí obligado a soltar nuevamente las amarras. El viento es contrario y tengo miedo a las marejadas de alta mar.»)

En 858 no hubo martirios. Era la primera vez que eso sucedía después de dos lustros. Eulogio se encontraba de nuevo en su iglesia de San Zoilo; tal vez había vuelto a reunir a los discípulos que había perdonado la siega de la persecución. De pronto, vinieron a anunciarle que había sido nombrado arzobispo de Toledo. Toledo había sacudido por aquellos días su dependencia de Córdoba, y así, aquella elección tenía todo el carácter de un desafío al emir. Claro está que el emir tenía muchos medios para impedir que su enemigo tomase posesión de la primera sede de España, y no se descuidó en utilizarlos; pero en Toledo dijeron que mientras Eulogio viviese no querían otro metropolitano. «Pero Dios—dice Alvaro—no tardó en poner sobre su frente el ornamento del episcopado celestial; porque si es verdad—añade maliciosamente—que no todos los obispos son santos, bien puede decirse que todos los santos son obispos.»)

Sucedió que una joven convertida, de la buena sociedad musulmana, llamada Lucrecia, en quien parecía haber germinado toda la gracia y el valor de Flora, vino a buscar consejo e instrucción en casa de Eulogio, huyendo de la venganza de sus parientes. Eulogio la recibió, sin temor a las leyes, que le condenaban a ella a perder la vida por su apostasía, y a él al tormento por el crimen de proselitismo. De pronto, un pelotón de soldados rodeó la casa. Lucrecia se presentó a ellos, y el maestro cayó también en su poder. Entonces recibió los primeros golpes y derramó la primera sangre. Cuando llegaron ante el juez, le vieron con el rostro desencajado por la ira. Era un hombre colérico y de temperamento avinagrado. Los que asistían a la curia aguardaban sus resoluciones con terror, y bastaba que alguien le dijese una palabra menos correcta, para que le metiese en la cárcel. Llamábase Ahmed-ben-Ziad. Eulogio había dicho de él que el diablo le había armado con un instinto de ferocidad, y que sus crueldades tenían amendrentada a la ciudad de Córdoba.)

Cuando Eulogio llegó a su presencia, tuvo Ahmed uno de aquellos ataques de cólera tan frecuentes en él. Algo repuesto, le preguntó con voz de trueno:)

—¿Qué tienes tú que ver con esta joven para ocultarla en tu casa?)

La respuesta de Eulogio fue apacible y pacientísima. «En ella—dice Alvaro—brillaban la suavidad y la claridad, que eran la característica de su lenguaje.»)

—Juez—dijo—, tengo un deber sagrado, y ese deber me obliga a dar la luz de la fe a los que me la piden. A nadie puedo negársela si de veras busca los caminos de la vida que son santos. Es la misión del sacerdote, es una exigencia de la religión verdadera, es el mandato de mi Señor Jesucristo. Esta joven vino a que la instruyese en la fe, y francamente te digo que la he instruido, como te instruiría a ti de muy buena gana si me lo pidieses.)

Ahmed miró, hizo una señal a los sayones y mandó traer las varas.)

—¿Para qué quieres eso?—preguntó Eulogio al verlas.)

—Para sacarte el alma—respondió el cadí.)

—No—replicó valientemente el sacerdote—. No creas que vas a destrozar mis miembros con los azotes. Si quieres devolver mi alma al que la crió, es mejor que afiles la espada. Mira, soy cristiano y lo he sido siempre. Confieso que Cristo, Hijo de María, es verdadero Hijo de Dios, y vuestro profeta un impostor, un adúltero, un endemoniado, que os lleva por el camino de la perdición.)

Repentinamente, Eulogio había tomado su partido, el de morir sellando con su sangre los principios de toda su vida. Su proselitismo no era suficiente para merecer la pena capital. El juez quería imponerle un castigo ignominioso; mas para él, el último hispanorromano, el descendiente ilustre de una familia senatorial, era preferible la muerte. Y ahora era ya reo de muerte por haber blasfemado de Mahoma. Sin embargo, Aben Ziad no se atrevió a cargar con una responsabilidad como aquélla. Eulogio era el primado electo de España y el sacerdote más respetado de los cordobeses y su ejecución podía ocasionar complicaciones en Córdoba, en Toledo y hasta en los países del Norte. Se le llevó al alcázar, y allí se improvisó un tribunal, formado por los más altos personajes del gobierno: visires, eunucos; secretarios y oficiales de la guardia real. Uno de ellos, íntimo de Eulogio, llenóse de compasión al verle, y le habló con todo el afecto de un amigo:)

—Comprendo—le dijo—que los idiotas y los tontos vayan a entregar inútilmente su cabeza al verdugo; pero tú, que eres respetado por todo el mundo a causa de tu virtud y tu sabiduría, ¿es posible que cometas ese disparate? Escúchame, te lo ruego; cede un solo momento a la necesidad irremediable, pronuncia una sola palabra, y después piensa lo que más te convenga; nosotros te prometemos, mis colegas y yo, que jamás te hemos de buscar ni molestar.)

Eulogio dejó escapar una sonrisa de indulgencia y de agradecimiento, pero su respuesta fue firme:)

—¡Oh, si supieses lo que nos espera a los adoradores de Cristo! ¡Si yo pudiese trasladar a tu pecho lo que siento en el mío! Entonces no me hablarías como me hablas, sino que te apresurarías a dejar alegremente esos honores mundanos.)

Y continuó disertando sobre las promesas del Evangelio, sobre la paz de los servidores de Dios, sobre los goces del reino celeste y sobre la vanidad de las cosas mundanas.)

—¡Oh príncipes!—decía—, despreciad los placeres de una vida impía; creed en Cristo, verdadero Rey del Cielo y de la tierra; rechazad al profeta, que tantos pueblos ha arrojado en el fuego del infierno.)

Irritados por estas palabras, los visires confirmaron la sentencia de muerte. Al salir de la sala del consejo, un eunuco dio al mártir una bofetada, y él, acordándose de las palabras evangélicas, le presentó la otra mejilla. Una patrulla de esclavos le llevó al lugar del suplicio. Iba sereno. La luz del más allá inundaba su ser y envolvía su cuerpo transfigurado. Ya en el cadalso, se arrodilló, extendió las manos al Cielo, pronunció en voz baja una breve oración, y después de hacer la señal de la cruz en el pecho, presentó tranquilamente la cabeza; «y así, despreciando el mundo, encontró la vida».)

«Éste—dice Alvaro—fue el combate hermosísimo del doctor Eulogio; éste su glorioso fin, éste su tránsito admirable. Eran las tres de la tarde del 11 de marzo.»)

(fuente: www.divvol.org)

miércoles, 8 de enero de 2014

08 de enero: Beata Eurosia Fabris

(1866-1932)

Nació en Quinto Vicentino, pequeña localidad situada cerca de la ciudad de Vicenza (Italia), el 27 de septiembre de 1866; sus padres eran campesinos.

En 1870 la familia se trasladó a Marola, otro pueblo de la provincia de Vicenza, donde Eurosia pasó toda su vida. Sólo pudo ir dos años a la escuela, entre 1872 y 1874, pues tuvo que ayudar a su padre en los trabajos del campo y a su madre en los quehaceres domésticos. En la escuela aprendió al menos a leer y escribir. Eso le permitió leer la sagrada Escritura y algunos textos de contenido religioso, como el Catecismo y la historia sagrada.

Ayudaba a su madre en el oficio de costurera, en el que llegó a ser experta. Dotada de grandes cualidades humanas y religiosas, siempre estuvo atenta a las exigencias de su familia.

A los doce años recibió la primera Comunión. Desde ese día comulgaba en todas las fiestas religiosas, pues en ese tiempo no estaba permitida la Comunión diaria.

Se inscribió en la asociación de Hijas de María, en la parroquia de Marola. Asistía con asiduidad a las reuniones periódicas del grupo y cumplía sus estatutos con diligencia.

Cultivó una ferviente devoción al Espíritu Santo, a Cristo crucificado, a la Virgen María y a las almas del Purgatorio. Su amor a María se vio favorecido por la cercanía del santuario de la Virgen de Monte Berico, que se divisaba desde su pueblo.

Fue apóstol en su familia, entre sus amigas y en la parroquia; enseñaba el catecismo a las niñas y a las adolescentes que acudían a su casa para aprender el arte del corte y confección.

A los dieciocho años era una joven responsable, piadosa y laboriosa. Estas virtudes y su belleza no pasaron desapercibidas, y recibió varias propuestas de matrimonio, que no tomó en consideración.

En 1885 vivió una dolorosa experiencia que marcó su vida: una vecina, joven esposa, murió dejando tres hijas muy pequeñas, la primera de las cuales murió poco después; la segunda tenía veinte meses y, la tercera, cuatro. Con Carlos, el padre de las dos huérfanas, vivían un tío y el abuelo, enfermo crónico: tres hombres de carácter diverso y a menudo en conflicto entre sí.

Durante seis meses, Eurosia acudía todas las mañanas para cuidar de las niñas y arreglar la casa. Luego, siguiendo el consejo de los parientes y del párroco, después de orar intensamente, aceptó casarse con Carlos, aunque era consciente de los sacrificios que debería afrontar. Consideró ese matrimonio como voluntad de Dios, que la llamaba a una nueva misión. El párroco diría después: "Fue realmente un acto heroico de caridad con el prójimo".

El matrimonio se celebró el 5 de mayo de 1886 y se vio coronado con nueve hijos.

Cumplió con la máxima fidelidad sus deberes de esposa y madre: profunda comunión con su marido, del que se hizo consejera y consoladora; tierno amor a todos sus hijos; laboriosidad incansable; intensa vida de oración, amor a Dios y devoción a la Eucaristía y a la Virgen María.

Entró en la Tercera Orden Franciscana —hoy llamada Orden Franciscana Seglar—, y vivió su espíritu de pobreza y alegría en el trabajo y en la oración, en la alabanza a Dios creador, fuente de todo bien y de toda nuestra esperanza.

Convirtió su familia en una auténtica iglesia doméstica, donde supo educar a sus hijos en la oración, la obediencia, el temor de Dios, el sacrificio, la laboriosidad y las demás virtudes cristianas.

Así se sacrificó y consumó, día a día, como una lámpara en el altar de la caridad.

Murió el 8 de enero de 1932.

(fuente: www.vatican.va)
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