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martes, 4 de marzo de 2014

04 de marzo: Beata Plácida Viel

Superiora General de la Congregación de las Escuelas Cristianas de la Misericordia

Martirologio Romano: En el cenobio de Saint-Sauveur-le-Vicomte, de Normandía, en Francia, beata Plácida (Eulalia) Viel, virgen, que brilló por su celo y humildad, dirigiendo la Congregación de las Escuelas Cristianas de la Misericordia (1877).

Etimológicamente: Plácida = Aquella que posee un carácter tranquilo, viene del latín.

Fecha de beatificación: el 6 de mayo 1951 por el Papa Pío XII.

Victoria Eulalia Jacqueline Viel, que un día sería superiora general de las Hermanas de las Escuelas Cristianas de la Misericordia, nació en el pueblecito normando de Val-Vacher. Era la octava hija de un agricultor y su instrucción se redujo a siete años de escuela primaria, en la ciudad de Quettehou. La beata era seria y tímida por temperamento. Hasta los diecisiete años, vivió la existencia tranquila y ordenada de una hija de agricultor, encargada de hacer casa a su hermano. A esa edad fue a visitar a una tía suya, que era religiosa en el convento de Santa María Magdalena Postel, en Saint-Sauveur-le- Vicomte. La visita impresionó tanto a la joven, que decidió ingresar en la comunidad. Fue admitida y tomó el nombre de Plácida.

La madre Postel, que tenía ya ochenta años, vio en la joven religiosa a una sucesora ideal para el gobierno de la congregación. Así pues, cuando Plácida terminó sus dos años de noviciado, asistió a unos cursos intensivos en la escuela normal de Argentan y después fue nombrada profesora en un pensionado. Al mismo tiempo, la santa fundadora la iba iniciando en los deberes y responsabilidades de la administración y aun la mandó a abrir algunas nuevas casas. A los cinco años de vida religiosa, Plácida fue nombrada maestra de novicias, pero bien pronto tuvo que dejar el cargo para ir a París a reunir fondos para la restauración de la iglesia en la abadía de Saint-Sauveur y a arreglar otros asuntos de importancia.

Santa María Magdalena Postel murió el 16 de julio de 1846. El capítulo general de las Hermanas de las Escuelas Cristianas escogió a Plácida para sucederla. La hermana María, su tía, esperaba ser elegida y, aunque la nueva superiora le dio mucha autoridad y responsabilidades, la hermana María, que ya desde antes se había mostrado hostil a su sobrina, obstaculizó mucho el gobierno de la madre Plácida durante los diez años siguientes. Para evitar esa dificultad, la beata residía el menor tiempo posible en la casa matriz y, mientras vivió su tía, gobernó la congregación "desde los abruptos y tortuosos caminos y senderos del centro y el oeste de Francia." En efecto, durante esa época, beata viajó mucho por Francia para recoger fondos y visitar los conventos de la congregación, que crecía rápidamente. Trabajó con particular empeño por obtener la aprobación oficial de la congregación. Las negociaciones fueron muy laboriosas y en una ocasión, la beata tuvo que hacer un viaje secreto a Viena para ver al conde de Chambord.

La madre Plácida fue superiora general durante treinta años y la congregación prosperó mucho bajo su gobierno; se multiplicaron los orfanatos, las casas de cuna, los talleres y las escuelas primarias gratuitas. Una de las más famosas fundaciones fue el orfanato del Sagrado Corazón de María, en París, donde en 1877, había ya 500 niños. La beata pudo también llevar felizmente a término la reconstrucción de la gran iglesia de la casa matriz, emprendida por la fundadora. El cardenal Guibert, arzobispo de Burdeos, hablando de la situación de Francia en 1870, aplicó a la madre Plácida lo que se había dicho de la Beata Ana Javouhey: "Sólo conozco a una persona capaz de restablecer el orden en Francia: la madre Plácida, del convento de Saint-Sauveur-le-Vicomte". La impresión que dejan la vida y las realizaciones de la beata es la de que fue una religiosa de gran encanto personal y buen humor, serenamente decidida a hacer por las niñas lo que San Juan Bautista de la Salle había hecho por los niños. Durante su gobierno, se abrieron en Normandía treinta y seis colegios para niñas pobres y se suprimió como libro de lectura "Les ordonnances de Louis XIV."

La vida de la beata fue muy sencilla en todos sentidos. No tuvo pruebas espirituales especiales ni gracias místicas. Sin embargo, no faltaron algunos hechos milagrosos, que ella atribuía a la intercesión de la madre Postel por cuya beatificación trabajó mucho. Su muerte ocurrió el 4 de marzo de 1877, cuando tenía sesenta y dos años de edad.

Bajo su gobierno, el número de conventos de la congregación aumentó de treinta y siete a ciento cinco y el número de religiosas, de ciento cincuenta a más de mil.

Si usted tiene información relevante para la canonización de la Beata Plácida escriba a:

Abbaye de Ste-Marie-Madeleine-Postel
50390 Saint-Sauveur-le-Vicomte, FRANCIA

VIDAS DE LOS SANTOS Edición 1965
Autor: Alban Butler (†)
Traductor: Wilfredo Guinea, S.J.
Editorial: COLLIER´S INTERNATIONAL - JOHN W. CLUTE, S. A.

(fuente: catholic.net)

otros santos 04 de marzo:

- San Casimiro de Polonia 
- Beato Juan Antonio Farina

lunes, 3 de marzo de 2014

03 de marzo: San Gwennolé

SAN GWENNOLÉ o WINWALEO o VINVALEO
Abad
(Siglo VII)
Primer abad de Landevenec

Cuando vino al mundo, su cuerpecito apareció blanco como la nieve, y, al verlo, dijo su padre: «Gwenn-ol-é», que quiere decir: «¡ Oh, qué blanco!» Desde entonces le llamaron Gwennolé. Su padre, Fragán, era uno de los jefes bretones que, saliendo de su isla, había llegado a la nueva Bretaña del otro lado del mar y fundado en ella un brillante señorío. Pero el niño no miraba con buenos ojos ni el ruidoso botín de las cacerías, ni el fulgor de las espadas, ni el relincho de los caballos. En medio del panorama imponente de los bosques, sus sueños eran sueños de paz. Amaba el silencio más que el círculo de oro de los jefes y sus túnicas amplias y deslumbrantes. Un día se declaró a su padre y le dijo que quería ir a donde estaba el santo cenobita Budoc, que vivía a corta distancia con sus discípulos, en el peñón desnudo de Lavré.

Quiso Fragán ir en compañía de su hijo. Llegaron al peñón después de pasar un brazo de mar. Luego atravesaron un muro de piedra, precedido de un foso. Vieron una iglesia, hecha con grandes bloques de granito, y en torno muchas celdas, cavadas en la roca, que ofrecían el aspecto de una colmena. La del abad se abría en una colina, dominando las demás. A ella llegaron los dos viajeros, dejando atrás herrerías y talleres, donde los monjes trabajaban con los brazos desnudos hasta los hombros.

Rodilla en tierra, extendidas las manos, el abad hacía oración, apoyando en el suelo la punta de su barba patriarcal.

—Levántate dijo al niño, que se había postrado ante él para exponer su petición—. Yo te enseñaré las siete artes, las ciencias sagradas y las letras de los antiguos; pero no has de envanecerte, porque todo es dádiva de Dios. Leo en tus ojos una gran sabiduría: que el Señor te dé su bendición.

Budoc sacó un plato de frutas silvestres, otro de hierbas y otro de peces, que un novicio había cogido el día anterior. Después de la comida, Fragán abrazó a su hijo y emprendió la vuelta hacia su castillo. Entre tanto, Gwennolé se hacía un modelo de estudiantes. Sus compañeros le querían mucho, porque era muy caritativo, y en su caridad hacía cosas verdaderamente prodigiosas. Un día, Budoc tuvo que ausentarse, y los niños, aprovechando aquella inesperada libertad, salieron al campo y empezaron a correr como locos. Uno de ellos se cayó de un risco y se rompió una pierna, causando miedo y tristeza a los demás. Al oír los gritos, corrió Gwennolé, puso las manos sobre el herido, y le dejó curado. Otro día los jóvenes de la región se divertían en las carreras de caballos. Maglo, el más valiente, había tocado la meta, pero no pudo contener su corcel y vino a dar contra los acantilados del mar, cayendo inerte y con el cráneo destrozado. Cuando menos se esperaba, el hijo de Fragán apareció entre la multitud aterrada, llegó al lugar donde el joven yacía entre charcos de sangre, le dijo al oído unas palabras misteriosas, y luego salió, llevándole del brazo.

Algún tiempo después, un ángel vino a decirle: «Ve corriendo a tu casa, porque tu hermana Clewia necesita tus consuelos.» Un caso muv doloroso había sucedido a la pobre niña. Estaba jugando con sus amigas en un patio del castillo, cuando un ganso, salido de las aguas pantanosas que cerca había, le saltó a la cara, le sacó un ojo y se lo tragó. Clewia fue llorando al lado de su madre. Fragán lavó sus párpados con agua de hierbas medicinales y se entristeció mucho al ver para siempre perdida la hermosura del rostro de su hija. Mas he aquí a Gwennolé delante de la puerta. Saluda sonriente, manda reunir en una habitación todos los gansos, y, cogiendo al culpable, le abre la blanca pechuga, encuentra el ojo garzo de su hermana y se lo coloca en el rostro. Después le da un beso en la frente y se vuelve a su isla de Lavré.

Muchos años había vivido ya en ella, cuando una noche se le apareció San Patricio y le mandó que fuese a predicar a los paganos. «Que se haga la voluntad divina», dijo Budoc cuando lo supo. Y le dio doce monjes para que fuesen en su compañía.

Bautizando y predicando, los misioneros se dirigieron hacia el sur de la Armórica, bebiendo el agua de las fuentes claras y durmiendo bajo el brillo de las estrellas azules. Una mañana, Gwennolé se detuvo enfrente de una islita que parecía una esmeralda flotando sobre el zafiro del mar. El paisaje lo atraía. Mandó echar por tierra el tronco del árbol más corpulento, hizo una barca, y, entrando en ella con sus companeros, toma la dirección de la isla. Lo que le había parecido un paraíso, era una tierra rocosa, expuesta a los vientos y cubierta de landas y urces miserables. Tres años lucharon los misioneros contra la infecundidad del suelo, alimentándose de los huevos que ponían en la playa las aves marinas y de las conchas que las mareas dejaban en la orilla. «Marchemos de aquí», dijo el abad a sus monjes; y cuando estaban ya lejos, no pudo menos de exclamar, viendo aquel trozo de tierra verde iluminado por el sol: «Así sois vosotros, falaces espejismos de la vida. Aprended, hermanos míos; las vanas apariencias de la tierra nos deslumbran; al grito del placer cede nuestra flaqueza, sin escuchar las voces interiores, y después los pesares nos atormentan.»

Como las abejas diligentes se esparcen para buscar el botín dorado con que han de fabricar su casa, así los monjes se derraman por la selva, abatiendo los pinos con que habían de construir su monasterio. Unos arrancan las zarzas y los arbustos, otros levantan la muralla que los ha de defenSan Gwennolé o Winwaleoder contra las bestias salvajes, otros echan los cimientos de la iglesia. En poco tiempo la obra estaba terminada. Sabio con la experiencia, el fundador puso su casa al abrigo de los vientos; por eso le dio el nombre de Lanndevenec, que significa «bien abrigada». Por un lado, la mancha de oro de la playa; por otro, un alto monte cubierto de pinos, y por los demás, la selva espesa, que el abad mostraba a sus discípulos, diciendo: «El mal se multiplica en torno nuestro; pero no os asustéis ni de las malezas del terreno ni de las malas hierbas de las almas. Cultivad sin descanso las almas y la tierra.» Y lo mismo que las zarzas, los discípulos desarraigaban la mentira y el error.

El mismo rey de la tierra se acercó un día al siervo de Dios y le dijo:

—Yo soy Cradlón, rey de Kemper. Tengo arcas llenas de oro y un gran ejército. Pídeme lo que quieras y te lo daré.

— ¡ Oh rey! —respondió el abad sonriendo—, si las riquezas de la tierra tuviesen algún valor para mí, ¿hubiera yo abandonado los dominios de mi padre? Duermo sobre un lecho de ceniza, una cabaña mal construida es mi morada, con poca cosa estoy contento, y te aseguro que soy más rico que tú.

Aquel lenguaje dejó admirado al rey, que desde entonces obedeció como un cordero las palabras del abad de Lanndevenec. Por su parte, el abad iba con frecuencia a visitar a su amigo en la ciudad de Is. Is, la ciudad real, era una pequeña metrópoli bretona que desafiaba las iras del océano con sus muros de granito y la construcción maciza de sus altas torres. Dentro de la triple muralla vivía un pueblo vicioso y desenfrenado. Dahut, la hija del rey, mujer de maravillosa belleza y de malicia satánica, daba el ejemplo de la orgía y el escándalo, sin que Cradión se atreviese a decirle nada, por el carino que le tenía. El abad quedó aterrado de la belleza fascinadora de aquella criatura, y trató de convertir a sus adoradores; pero los hechizos de la princesa tenían más fuerza que la palabra del monje.

Una noche, estando en oración, oyó una voz que le decía: «Aléjate de aquí; ya ha llegado la hora del castigo.» Inmediatamente comunicó al rey el aviso del Cielo. Ensillaron los caballos y huyeron a favor de la oscuridad. Dahut quiso salvarse a la grupa del caballo de su padre. Apenas había atravesado la triple muralla, cuando la oscuridad se vio repentinamente iluminada, y un trueno espantoso resonó tras ellos. Cradión, abrazado al cuello del noble bruto, que se encabritaba de espanto, volvió los ojos, y a la luz de un relámpago vio la mar espumosa y mugiente que se lanzaba al asalto de su capital. Poco después, las olas llegaron a los pies del caballo, y luego a la cintura, y estaban ya a punto de perecer los tres fugitivos, cuando el rey oyó esta orden del abad: «Arrojad ese demonio al agua.» Cradión se arrancó de los brazos de su hija, y en el mismo instante se detuvo el mar. Aquellas aguas iban en busca de Dahut, la fornicaria.

El abad volvió a entrar en su monasterio, donde el Cielo premiaba de una manera prodigiosa los trabajos de sus discípulos. Los años se sucedían a los años, las canas florecían en sus cabezas, y la muerte se olvidaba de ellos. Gwennolé decía, algo triste: «¿Por qué, después de tantos ayunos y de tan costoso renunciamiento, se nos dilata la hora de ascensión?» Encima de la abadía veíanse con frecuencia coros de ángeles, y músicas invisibles resonaban en las horas de la noche. Los monjes creyeron que aquel lugar estaba encantado, y se pusieron en oración. Entonces se presentó un ángel brillante como el sol, y dijo: «El labrador que arroja el grano en el surco, nada sabe de la futura mies; pero que trabaje hasta el día en que el trigo sea separado de la paja, y entonces su gozo será pleno.»

Al día siguiente, la muerte se llevó al más viejo de los hermanos; y después a otros, por orden de edad; así que todos sabían, aproximadamente, su última hora. Viendo el abad que la disciplina de los jóvenes se resentía de aquella certidumbre de un futuro lejano, pidió a Dios que llamase a sus monjes lo mismo en la edad de los floridos sueños que en el tiempo de los sueños marchitos. Desde entonces, la Parca bienhechora volvió, como antaño, a recoger su mies en todas las estaciones de la vida. Pero no se atrevía a deshojar la sonrisa indulgente del abad, hasta que él la llamó, deseoso de juntarse a su antiguo amigo, el monarca de Is, la maldita.

Como la vid se abraza al olmo, así la leyenda se injerta en su historia, iluminándola, embelleciéndola. Es lo propio de todos estos santos celtas. Gwennolé pertenece a la raza de Columba, el bardo encapuchado que enciende la guerra a causa de un libro, y canta salmos mientras los soldados se matan; de Columbano, que escribe la Regla más estrecha que se ha visto jamás y no puede vivir sin disputar con los obispos y los príncipes; de Cadoc, el que, partiendo de su tierra con cincuenta monjes, armados todos ellos de un arpa, se enfrenta con los tiranos y los bandidos, y sólo cesa de cantar cuando los opresores le prometen dejar libres a los oprimidos; de Brendomo, cuyas peregrinaciones fantásticas por el vasto océano, en busca del paraíso terrestre, de regiones que explorar y de almas que convertir, han tomado la forma de visiones admirablemente penetradas del espíritu de Dios y de la verdad teológica; de Mokuda, el pastor de rostro gracioso y talla procer, que dejó el amor de treinta doncellas y las promesas de su rey, por emprender el canto de los santos de Dios, oído entre el misterio de los bosques; de Dega, el monje copista y escultor, que fabricó trescientas campanas, cinceló trescientas cruces y transcribió trescientos evangeliarios, y que se despidió de los monjes de Bangor con estas bellas palabras: «Doy gracias a Dios de haber conocido en vosotros los tres órdenes de monjes que he visto en otras partes: los que son ángeles por la pureza, los que son apóstoles por la actividad, y los que serían mártires si Dios los llamase a derramar su sangre por la fe.»

(fuente: www.divvol.org)

otros santos 03 de marzo:

- Santos Marino y Asterio, mártires 
- Santa Catalina Drexel

domingo, 2 de marzo de 2014

02 de marzo: Santa Inés de Praga (o de Bohemia)

Virgen clarisa de la Segunda Orden (1205‑1282).
Canonizada por Juan Pablo II el 12 de noviembre de 1989.

Inés vivió y murió en Praga, pero la fama de sus virtudes se difundió aún durante su vida, por toda Europa. Desde siglos atrás viene siendo invocada por los praguenses y checos como patrona ante Dios, exaltada como una de las figuras más nobles de Checoslovaquia. La vida de Inés fue extraordinaria, como lo fue también su personalidad. Hija del rey de Bohemia Premysl Otokar I y Constanza de Hungría, nació hacia 1205, emparentada con las principales familias reales de Europa central y de Dinamarca. Por parte de su padre descendía del célebre matrimonio de los santos bohemios Ludmila y Wenceslao, Santa Edwiges de Silesia era tía suya, Santa Isabel de (Turingia) Hungría era prima suya, y Santa Margarita de Hungría su sobrina. Por algunos años vivió entre las monjas cistercienses de Trebnica, donde Santa Edwiges le enseñó las verdades fundamentales de la fe, las primeras oraciones, y la formó en la vida cristiana. Luego fue enviada a la corte de Viena, donde habría de recibir una educación digna de una futura emperatriz. Pero Inés no se sintió a gusto. Hacía muchas limosnas, se mortificaba con ayunos y se consagró a la Santísima Virgen con voto de conservar intacta su virginidad. Rehusó comprometerse con el emperador Federico II y con Enrique rey de Sicilia y Alemania, decidida a vivir solamente el ideal del Evangelio.

Habiendo escuchado noticias sobre san Francisco y la nueva Orden de Santa Clara, también ella quiso seguir en total pobreza a Cristo pobre. Se deshizo de todas sus riquezas y distribuyó el dinero entre los pobres. Construyó un hospital, que confió al cuidado de los crucíferos de la Estrella roja, fundados por ella. Luego hizo construir en Praga un convento para los Hermanos Menores franciscanos y un monasterio para las clarisas y con otras cinco jóvenes, hijas de las principales familias de Praga, dio comienzo a la Segunda Orden Franciscana en su patria. Se le unieron cinco clarisas provenientes de Trento, enviadas por Santa Clara y San Francisco.

Gracias al ejemplo de Inés, el monasterio de las clarisas de Praga se convirtió en un foco que dio origen a otros monasterios de la misma Orden en Bohemia, en Polonia y en otros países. Asistía a las hermanas enfermas, curaba leprosos y afligidos por enfermedades contagiosas, lavaba y remendaba sus vestidos, de modo que vino a ser la madre de los indigentes.

Santa Clara le escribió cuatro bellísimas cartas, le envió una cruz de madera, un velo de lino y una vasija de terracota. El Señor favoreció a Inés con carismas: éxtasis, profecía, intuición de los corazones y varios milagros. Siguiendo el estilo de vida austera de San Francisco y de Santa Clara, vivió en el monasterio 40 años. Rodeada de una luz celestial, a la edad de casi 80 años, el 6 de marzo de 1282 expiró serenamente en el Señor. A sus funerales solemnísimos asistió el Ministro General de los Hermanos Menores, Padre Bonagrazia. Sus restos, objeto de veneración de los fieles, fueron sepultados en la iglesia del monasterio.

(fuente: www.franciscanos.net)

Otros santos 02 de marzo:

- Santa Ángela de la Cruz

sábado, 1 de marzo de 2014

01 de marzo: San Rosendo (o Rudesindo)

Obispo y Abad
(902-977)
Patriarca de los monjes del noroeste de España

Era oriundo de Asturias, aunque fueron tierras gallegas el escenario de toda su vida. El primer documento que de él nos habla es de 916. El mundo fue pródigo con él: le dio sangre real, riquezas, favores cortesanos, dignidades. Su padre, Gutierre, era uno de los condes más poderosos que rodeaban a Alfonso el Magno: guerrero intrépido, político afortunado, y además un gran cristiano, bienhechor de iglesias y reformador de monasterios. El niño aprende latín en la escuela episcopal de Mondonedo. Corazón manso y bueno, dejó gustoso la espada, con que Gutierre había ensanchado el pequeño reino leonés. Era un predestinado. Antes de darle a luz su madre, la condesa Ilduara, había recibido la visita de un ángel, que le dijo estas palabras: «El fruto que llevas en tus entrañas será santo delante de Dios y grande delante de los hombres.» El presagio se iba cumpliendo. Las gentes admiraban su sabiduría y le amaban por su bondad. En 929 era ya obispo de Dumio, y poco después de Mondonedo; un obispo de dieciocho años, que por su gravedad y virtud parece un Pontífice de cincuenta.

Más que el bullicio cortesano, Rosendo amaba la soledad. Cuando, niño aún, caminaba al lado de su padre por sus vastas posesiones de Galicia, Coimbra y Zamora, solía deleitarse hablando y conviviendo con los santos varones que hacían penitencia entre las gargantas del Sil o cerca de las orillas del Miño. Luego, en sus correrías apostólicas, había encontrado muchos monasteriores destruídos por las guerras, los había restaurado y reformado, y había vivido en ellos largas temporadas. Pero soñaba siempre con el monasterio ideal, un monasterio cuyos habitantes, libres de toda ocupación terrena, sólo pensasen en celebrar las grandezas de Dios.

En la provincia de Orense halló cierto día un valle circundado de bosques, bosques de pinos, de murtas y de encinas. Bajando de la altura, cantaba un riachuelo, y claras fuentes brotaban en diversos lugares. Una voz interior le dijo: «Este es el sitio que buscas.» Ocho años trabajaron sus siervos para levantar la abadía, que se llamó de San Salvador de Celanova. La dotación fue espléndida: cotos, prados, villas, iglesias, monasterios, manadas de ganado, seda, oro, marfil, joyas, todo el botín amontonado en tres generaciones de luchas afortunadas contra los moros. Para el mobiliario de la iglesia, una cruz fundida en oro, otra de plata adornada de piedras preciosas, dos candelabros de plata y uno de bronce, dos coronas de plata y una de oro adornada de pedrería, un turíbulo de oro con su bandeja correspondiente, dos arquetas de plata doradas, dípticos de plata nielados y esculpidos, siete cálices de plata, uno de ellos francés, con sus patenas; una copa de marfil, tres campanas pequeñas y dos grandes, dos cíngulos de oro con gemas, otros dos de plata, dorados y adornados de piedras preciosas, diez albas y diez casullas de lino, otras trece de seda, de lana, de brocado o de una tela rameada de Oriente; planetas y estolas bordadas en oro y plata. «Añadimos—continúa el fundador, deslumbrando nuestros ojos con la exhibición de una riqueza casi fabulosa—todo lo que se necesita para el ajuar doméstico: ropa de cama, siete cobertores de pluma forrados de tapicería, ocho más pequeños, diez colchones más, excelentes; ocho de menos valor; cinco colchas de pluma de ave, seis mantas bordadas, dos copas doradas con sus cubiertas, nueve tazas, seis escudillas doradas, tres jarros dorados, un vaso de oro y pedrería, otro de colmillo de elefante, dos soperas de concha, cubiertos de plata para la mesa, cuatro hidrias, cinco figuras de ciervo para colocar luces, dos palmatorias, siete cuencos con figuras, diferentes vasos de vidrio y de bronce, nueve redomas y veinte manteles de mesa.»

Todo estaba dispuesto con el mayor arte y grandeza, con el mayor lujo y suntuosidad. Los monjes no tenían más que una obligación, «permanecer día y noche en las batallas del espíritu», o, como decía Rosendo en otra parte, «caminar por la senda de la Regla, militar para Dios, e instruirse en los documentos divinos, de suerte que la paz redunde en sus corazones para que se hagan vasos limpísimos, en los cuales Tú, Señor, te deleites habitar, y habitando los santifiques, como quienes han dejado el mundo con sus pompas para seguirte a Ti, dador de todos los bienes, y sea esta casa la casa de Dios y puerta del Cielo, donde encuentre refugio el pecador en cualquier hora que se convirtiere a Tí de todo corazón, para que desates todos los nudos de sus pecados.» Para atender a las cosas materiales, estaban los colonos que cultivaban las posesiones de la abadía, los pastores encargados de guardar sus rebaños de ovejas, de vacas, de ánades y puercos, y las familias de los cautivos moros, destinadas a servir perpetuamente a los monjes en calidad de panaderos, cocineros, olleros, carpinteros de fraga, lanceros, herreros y alarifes para hacer los baños en que los monjes lavaban su cuerpo. Lejos de manumitir a los musulmanes que su padre había cautivado al otro lado del Miño y del Duero, Rosendo quiso formar con ellos una segunda comunidad destinada al servicio de la comunidad monástica, sin que su conversión pudiese eximirlos de este destino. Hubo algunos que se hicieron cristianos, como cierto Salvador Rudesindiz, que quiso tomar los nombres de sus dos señores, el del Cielo y el de la tierra. Conocemos, además, un caso de ingenuación que hizo San Rosendo a favor de una mora llamada Muzalha, a la cual dota «y da el privilegio de los ciudadanos romanos, poniendo sobre su cabeza el brillo de la ingenuidad». A cambio de este favor, la liberta debe todos los años dar una limosna a los pobres y encender una luz en la iglesia por su libertador.

Un día Rosendo, aterrado por el peso de la dignidad episcopal, cayó a los pies del abad Frankila, pidiéndole el hábito, y se quedó definitivamente en Celanova. TrSan Rosendo o Rudesindoabajaba y hacía la cocina y servía a la mesa como el último de los monjes. Era tan santo, que los ángeles bajaban a cantar con él, y resucitaba a los muertos y anunciaba las cosas futuras. Su emblema era una cruz semejante a la de los ángeles de Oviedo, de cuyos brazos colgaba un compás y un espejo. Cuando los monjes le preguntaban qué significaba aquello, solía responder: «Hijitos, ¿no sabéis que la cruz es compás de nuestra vida y espejo de nuestras almas?»

Otro día recibió esta carta: «Ordoño, rey, al Padre y señor Rosendo: Salud en el Señor. Por el mandato serenísimo de este nuestro decreto te encargamos el gobierno de la provincia que mandó tu padre, y terrenos adyacentes hasta el mar, de suerte que todos allí concurran a obedecerte en las cosas de nuestro servicio, y cuanto dispongas lo cumplan sin excusa ninguna. Dado el 19 de mayo del año 955.»

Los santos no son ambiciosos ni egoístas, pero les sucede una cosa curiosa: que lo que es para los demás un objeto de ambición, para ellos es un gran sacrificio. Rosendo lo hizo porque se lo pedía la patria. Se necesitaba un brazo firme para apaciguar revueltas, atajar invasiones y deshacer injusticias. En poco tiempo, el monje gobernador humilló a los revoltosos, escarmentó a los musulmanes, desbarató a los normandos, que habían intentado un desembarco, y cuando vio en orden la provincia, se volvió a la soledad del cenobio. Poco después le sacaban de ella nuevamente para gobernar la diócesis de Santiago, cuyo obispo Sisenando estaba preso en castigo de sus desmanes. Pero Sisenando se fugó de la cárcel, entró violentamente en Compostela, y con el puñal en la mano intimó a Rosendo que se retirase. No necesitaba tanto.

Durante tres años vieron todavía los monjes de Celanova la figura menudita y sonriente del bondadoso fundador. Su presencia en el coro les llenaba de fervor, y por toda la casa derramaba una atmósfera de paz y dulzura. Pero al empezar el año 977 ya no pudo asistir, como solía, a la salmodia de los hermanos. Viendo que se acercaba la muerte, firmó su testamento, confesión de fe y efusión de amor, que nos revela la suave fisonomía de su alma piadosa y llena de fe. «¡Oh Salvador y Redentor de los hombres—dice—, por quien se alegra el mundo redimido con el precio de tu sangre, a quien alaban todas las cosas con el Padre y el Espíritu Santo! ¡Oh Señor, que penetras cuanto existe, circundándolo y rodeándolo, lo sostienes, y de esta manera posees todas las cosas divinamente, y divinamente las vivificas; Trinidad santa e inescrutable que reinas en todas partes y por siglos que no se han de acabar, que prometes dar la gracia a los hombres de todos los tiempos; que resistes con dureza a los soberbios; que cada día y en cada momento mandas a las hechuras humanas venir a la luz y volver al polvo; que, como padre amoroso, prestas oído favorable a todos los que te ruegan, y como dador piadoso, concedes magnánima y maravillosamente, de todo corazón, cosas mayores que las que te piden! Ruégote que recibas la oración de tu indigno esclavo Rosendo. Pon en mi pecho deseos que vayan a Ti, en mi boca palabras que llenes Tú de vida, y en mis manos obras que, aprobadas por Ti, pueden alcanzarme la justificación. Concede el perdón a mis pecados, sé indulgente con mis iniquidades, y, destruyendo cuanto encadena mi alma a la vida presente, dame valor para seguir tus pisadas con ánimo generoso y asiduo vencimiento.»

Sigue el enfermo exhalando sus místicos anhelos, hilvanando sus bellos conceptos teológicos y repasando brevemente las acciones de su vida. Recuerda su fundación monástica, y la organización de una comunidad numerosa, «para que sirva piadosa, casta y religiosamente al Redentor de los hombres, viviendo según la Regla de los Padres antiguos y los caminos evangélicos»; y añade: «Después, habiendo observado la disciplina monástica por espacio de muchos años, juntamente con otros siervos de Cristo, viendo que los días de mi vida corren inexorablemente, que se debilitan las fuerzas de mi cuerpo, y que mi último momento se acerca ya, empecé a considerar en el interior de mi corazón las cosas en que anduve desde mi primera edad, y encontrando materia para humillarme más que para ensoberbecerme, me hice pesado a mí mismo en gran manera. El terror se apoderó de mí, y el oleaje de mis iniquidades me llenaba de espanto.»

Al ver a su Padre y fundador en tal angustia, los hermanos todos se acercaron a él llorando, y después de consolarle le dijeron: «Mira, Padre y señor nuestro, qué vas a hacer de tantas escuadras de monjes como reuniste, alimentaste y educaste; en cuyas manos los vas a dejar; quién va a ser su padre; quién el defensor de esta iglesia. Bien sabes, señor, que todo lo trastornan los años y todo los destruyen los hombres.»

«Movido por estas palabras y sollozos—continúa diciendo el santo—, instruido por la doctrina evangélica, y conociendo los decretos de los cánones, les respondí, llorando yo también: «Confiad, ¡oh hijos y señores míos! ; poned en el Señor vuestra esperanza, porque no os dejará huérfanos Por mi parte, os encomiendo a mi Creador y Señor, Jesucristo, para quien os he adquirido, y por cuyo amor he construido este lugar. Os dejo también encomendados al rey, cualquiera que fuere ungido en la ciudad de León, más para protegeros que para dominaros.»

Termina San Rosendo su testamento con estas profundas palabras: «Bajo la providencia de Dios.» Y la providencia de Dios conservó su obra. Cerca de mil años continuaron sus monjes viviendo piadosa, casta y religiosamente en su casa. Aún están en pie los suntuosos edificios: torres, claustros, basílicas y habitaciones monacales, veinte veces renovados y transformados. A su sombra sobrevive la capilla de San Miguel, miniatura de iglesia, brinco graciosísimo, como decía Yepes, joya del arte mozárabe y recuerdo milenario del glorioso fundador. Fue, efectivamente, San Rosendo el que la levantó en memoria de su hermano Froila, como lo dice el epigrama de la puerta: «Tú, ¡ oh Cristo!, que eres el verdadero autor de esta obra, borra los pecados de todos los que aquí entren a orar. Este edificio recomienda la memoria de Froila, tu indigno siervo. Mi abuelo es, ¡oh bien amado que esto leyeres!, y por ello te conjuro al Señor, que te acuerdes de mí, pecador, en la oración sagrada.»

(fuente: www.divvol.org)

otros santos 01 de marzo:

viernes, 28 de febrero de 2014

28 de febrero: Beato Daniel Alejo Brottier

«Este religioso conocido como el comerciante del cielo era un ardiente misionero, pero su mala salud le obligó a abandonar su misión en África. Su arte e ingenio, junto a la gracia, revertió en una fecunda acción apostólica»

Madrid, 28 de febrero de 2014 (Zenit.org) Nació en la localidad francesa de La Ferté Saint-Cyr el 7 de septiembre de 1876. Sus padres, Jean y Bertha, humildes y creyentes, le educaron en la fe, y en 1893 se dispuso a entregar su vida como sacerdote. El seminario de Blois fue el escenario donde cursó sus estudios eclesiásticos que culminaron con su soñada ordenación en 1899. Una de las primeras misiones que le encomendó el prelado fue la docencia. De modo que, por indicación suya, durante algunos cursos impartió clases en el colegio de Pontlevoy, centro dependiente de la diócesis. Pero en su corazón se abrió paso el espíritu misionero y convencido de que se trataba de un directo llamamiento de Dios, se vinculó a los religiosos de la Congregación del Espíritu Santo en 1902.

La certeza de haber sido elegido por Él no minimizó su sacrificio. Dio el paso contrariándose a sí mismo, como revela el escrito que dirigió el 6 de julio de ese mismo año al padre Genoud, que sería el responsable de su formación:«No pensé que sería tan dificil dejar el mundo atrás. Cuando se compara este sacrificio con lo que otras personas tienen que hacer, parece poca cosa, o casi nada, pero cuando te toca directamente se convierte en algo enteramente diferente. Sin embargo, me consuela que en la profundidad de mi ser, experimento el mismo entusiasmo que me motivó durante el retiro del año pasado». Era honesto y sincero. Su determinación irrevocable ponía de relieve la autenticidad de su vocación.

El Padre celestial, que todo lo conoce, no dilató el cumplimiento de ese anhelo evangelizador de Daniel. Valeroso, audaz, había sido motivo de descanso para su superior general haciéndole saber de primera mano, a través de la carta que le envió en septiembre de 1903, su plena disposición:«No quiero presumir nada, pero si tienes una misión muy peligrosa, en donde mi vida estaría en riesgo, con toda franqueza, estoy listo para ello». Efectuada su profesión, un més más tarde fue trasladado a Senegal y comenzó su labor en Dakar en noviembre.

Con gran ardor apostólico dio a conocer a Cristo entre las gentes de este país, con las que permaneció siete años, transmitiendo la fe en su propio idioma que se había ocupado de aprender, hasta que la dureza del clima afectó a su salud y tuvo que regresar a su país. Esta iba a ser la tónica de su labor misionera. Ese país africano, que ya llevaba grabado en sus entrañas, se le resistiría a causa de su endeble organismo. Los continuos ataques de migraña, remedando el flujo incesante de las olas marinas, le devolvían a su país hasta que definitivamente tuvo que entregar a Dios su misión. El proceso había sido harto doloroso. Obligado a regresar a Francia por vez primera en 1906, a indicación de sus superiores preocupados por la intensa y persistente afección, los cuidados médicos le permitieron regresar en 1907. Pero prácticamente no hizo más que llegar, y de nuevo surgió el tormentoso dolor de cabeza, con lo cual determinaron que Francia sería su lugar de destino permanente. Entonces, se dedicó a educar y asistir a la infancia y juventud abandonada. En junio de 1911, al ver disipada la opción de regresar a Senegal, hizo notar: «He prometido dejar todo en manos de la Providencia y no tomar ningún paso a favor ni en contra. Esa es la única manera para un religioso cumplir su deber».

Era un hombre de oración, sencillo y humilde, que se dejó llevar en todo momento por su confianza en la divina Providencia. Estaba adornado de muchas cualidades que, unidas a su celo apostólico, le permitieron realizar grandes gestas para Cristo: iniciativa, gran creatividad así como visión y dotes para la administración. África corría por sus venas de apóstol, y pensando en nuevas vías de asistencia que pudiera llevar a cabo desde el lugar en el que se hallaba, creó «Recuerdo Africano», un instrumento que le reportó los recursos suficientes para erigir la catedral de Dakar.

En medio de la labor apostólica educativa que signaba su acontecer le sorprendió la Primera Guerra Mundial. «¿Qué puedo hacer frente a esta barbarie que arrasa con la salud, la vida y la civilización?», se preguntó. Y se convirtió en capellán de los militares, lo cual le permitió atender a los soldados y a los moribundos durante cuatro años en los que recorrió distintos frentes con grave riesgo de su vida. Por su abnegada labor ejercida entre tantas víctimas de la ferocidad humana, que se habían visto arrastradas por la sinrazón de las armas, a las que consoló, animó y confortó, además de dar cristiana sepultura a los caídos en el campo de batalla, le galardonaron con la Legión de Honor y la Cruz de Guerra.

El ejemplo de Teresa de Lisieux alumbró su vida, y bajo su intercesión impulsó la casa de huérfanos de Auteuil, un magnífico proyecto que ya estaba materializado, pero que pusieron bajo su responsabilidad en 1923. Le dio un impulso decisivo. Tanto es así, que una decena de años más tarde dio como resultado la atención de un millar y medio de jóvenes. A su entusiasta labor se debe la construcción de una basílica dedicada a la santa de Lisieux también en Auteuil, bendecida en 1930. Otra de las acciones sociales en las que se implicó fue la Unión Nacional de Excombatientes, de carácter benéfico, que aglutinó nada menos que a dos millones de personas.

Es verdad que tenía arte e ingenio para despertar la solidaridad de la gente que promovía con innegable capacidad inventiva. Por ello se le ha denominado «comerciante del cielo». Pero en realidad su fecundidad apostólica se explica fundamentalmente por su insistente oración y fidelísima entrega. Consumido por el amor y extenuado por el esfuerzo continuo que había realizado, falleció en París el 28 de febrero de 1936. Fue beatificado por Juan Pablo II el 25 de noviembre de 1984.

(28 de febrero de 2014) © Innovative Media Inc.

otros santos 28 de febrero:

- San Román, abad

jueves, 27 de febrero de 2014

27 de febrero: Beat María Caridad Brader

Fundadora de las Franciscanas de María Inmaculada.

La madre Caridad Brader nació en Suiza donde, en plena juventud, ingresó en una comunidad de religiosas franciscanas dedicadas a la contemplación y la enseñanza. Junto con otras religiosas marchó como misionera a Ecuador y, años más tarde, a Colombia, donde pasó el resto de su larga vida. Para mejor responder a las numerosas y urgentes necesidades de sus gentes, fundó las Franciscanas de María Inmaculada, congregación que gobernó muchos años con sabiduría y prudencia, inculcando a sus religiosas tanto la dimensión contemplativa de sus vidas como su entrega a la acción evangelizadora.

María Caridad Brader, hija de Joseph Sebastián Brader y de María Carolina Zahner, nació el 14 de agosto de 1860 en Kaltbrunn, St. Gallen (Suiza). Fue bautizada al día siguiente con el nombre de María Josefa Carolina.

Dotada de una inteligencia poco común y guiada por las sendas del saber y la virtud por una madre tierna y solícita, la pequeña Carolina moldeaba su corazón mediante una sólida formación cristiana, un intenso amor a Jesucristo y una tierna devoción a la Virgen María.

Conocedora del talento y aptitudes de su hija, su madre procuró darle una esmerada educación. En la escuela de Kaltbrunn hizo, con gran aprovechamiento, los estudios de la enseñanza primaria; y en el instituto de María Hilf de Altstätten, dirigido por una comunidad de religiosas de la Tercera Orden Regular de san Francisco, los de enseñanza media. Luego, su madre la envió a Friburgo para perfeccionar sus conocimientos y recibió el diploma oficial de maestra.

Cuando el mundo se abría ante ella atrayéndola con todos sus halagos, la voz de Cristo resonó en su corazón, y decidió abrazar la vida consagrada. Esta elección de vida, como era previsible, provocó al inicio la oposición de su madre, pues era viuda y Carolina era su única hija.

El 1 de octubre de 1880 ingresó en el convento franciscano de clausura «María Hilf», en Altstätten, que regentaba un colegio como servicio necesario a la Iglesia católica de Suiza.

El primero de marzo de 1881 vistió el hábito de franciscana, recibiendo el nombre de María Caridad del Amor del Espíritu Santo. El 22 de agosto del año siguiente emitió los votos religiosos. Dada su preparación pedagógica, fue destinada a la enseñanza en el colegio anexo al monasterio.

Abierta la posibilidad para que las religiosas de clausura pudieran dejar el monasterio y colaborar en la extensión del Reino de Dios, los obispos misioneros, a finales del siglo XIX, se acercaron a los conventos en busca de monjas dispuestas a trabajar en los territorios de misión.

Monseñor Pedro Schumacher, celoso misionero de san Vicente de Paúl y Obispo de Portoviejo (Ecuador), escribió una carta a las religiosas de María Hilf, pidiendo voluntarias para trabajar como misioneras en su diócesis.

Las religiosas respondieron con entusiasmo a esta invitación. Una de las más entusiastas para marchar a las misiones era la madre Caridad Brader. La beata María Bernarda Bütler, superiora del convento, la cual encabezó el grupo de las seis misioneras, la eligió entre las voluntarias diciendo: «A la fundación misionera va la madre Caridad, generosa en sumo grado, que no retrocede ante ningún sacrificio y, con su extraordinario don de gentes y su pedagogía, podrá prestar a la misión grandes servicios».

El 19 de junio de 1888 la madre Caridad y sus compañeras emprendieron el viaje hacia Chone, Ecuador. En 1893, después de duro trabajo en Chone y de haber catequizado a innumerables grupos de niños, la madre Caridad fue destinada para una fundación en Túquerres, Colombia.

Allí desplegó su celo misionero: amaba a los indígenas y no escatimaba esfuerzo alguno para llegar hasta ellos, desafiando las embravecidas olas del océano, las intrincadas selvas y el frío intenso de los páramos. Su celo no conocía descanso. Le preocupaban sobre todo los más pobres, los marginados, los que no conocían todavía el Evangelio.

Ante la urgente necesidad de encontrar más misioneras para tan vasto campo de apostolado, apoyada por el padre alemán Reinaldo Herbrand, fundó en 1894 la congregación de Franciscanas de María Inmaculada. La Congregación estuvo compuesta al inicio de jóvenes suizas que, llevadas por el celo misionero, seguían el ejemplo de la madre Caridad. A ellas se unieron pronto las vocaciones autóctonas, sobre todo de Colombia, que hicieron crecer la naciente Congregación y se extendieron por varios países.

La madre Caridad, en su actividad apostólica, supo compaginar muy bien la contemplación y la acción. Exhortaba a sus hijas a una preparación académica eficiente pero «sin que se apague el espíritu de la santa oración y devoción». «No olviden -les decía- que cuanto más instrucción y capacidad tenga la educadora, tanto más podrá hacer a favor de la santa religión y gloria de Dios, sobre todo cuando la virtud va por delante del saber. Cuanto más intensa y visible es la actividad externa, más profunda y fervorosa debe ser la vida interior».

Encauzó su apostolado principalmente hacia la educación, sobre todo en ambientes pobres y marginados. Las fundaciones se sucedían donde quiera que la necesidad lo requería. Cuando se trataba de cubrir una necesidad o de sembrar la semilla de la Buena Nueva, no existían para ella fronteras ni obstáculo alguno.

Alma eucarística por excelencia, halló en Jesús sacramentado los valores espirituales que dieron calor y sentido a su vida. Llevada por ese amor a Jesús Eucaristía, puso todo su empeño en obtener el privilegio de la Adoración Perpetua diurna y nocturna, que dejó como el patrimonio más estimado a su comunidad, junto con el amor y veneración a los sacerdotes como ministro de Dios.

Amante de la vida interior, vivía en continua presencia de Dios. Por eso veía en todos los acontecimientos su mano providente y misericordiosa, y exhortaba a los demás a «ver en todo la permisión de Dios, y por amor a Él, cumplir gustosamente su voluntad». De ahí su lema: «Él lo quiere», que fue el programa de su vida.

Como superiora general, fue la guía espiritual de su Congregación desde 1893 hasta el 1919, y de 1928 hasta el 1940, año en que manifestó, en forma irrevocable, su decisión de no aceptar una nueva reelección. A la superiora general elegida le prometió filial obediencia y veneración. En 1933 tuvo la alegría de recibir la aprobación pontificia de su Congregación.

A los 82 años de vida, presintiendo su muerte, exhortaba a sus hijas: «Me voy; no dejen las buenas obras que tiene entre manos la Congregación, la limosna y mucha caridad con los pobres, grandísima caridad entre las hermanas, la adhesión a los obispos y sacerdotes».

El 27 de febrero de 1943, en Pasto (Colombia), de repente dijo a la enfermera: «Jesús, me muero». Fueron las últimas palabras, con las que entregó su alma al Señor.

Apenas se divulgó la noticia de su fallecimiento, comenzó a pasar ante sus restos mortales una interminable procesión de devotos que pedían reliquias y se encomendaban a su intercesión.

Los funerales tuvieron lugar el 2 de marzo de 1943, con la asistencia de autoridades eclesiásticas y civiles y de una gran multitud de fieles, que decían: «ha muerto una santa». Después de su muerte, su tumba ha sido meta constante de devotos que la invocan en sus necesidades.

Las virtudes que practicó se conjugan admirablemente con las características que su Santidad Juan Pablo II destaca en su Encíclica «Redemptoris Missio» y que deben identificar al auténtico misionero. Entre ellas, como decía Jesús a sus apóstoles: «la pobreza, la mansedumbre y la aceptación de los sufrimientos».

La madre Caridad practicó la pobreza según el espíritu de san Francisco y mantuvo durante toda la vida un desprendimiento total. Como misionera en Chone, experimentó el consuelo de sentirse auténticamente pobre, al nivel de la gente que había ido a instruir y evangelizar. Entre los valores evangélicos que como fundadora se esforzó por mantener en la Congregación, la pobreza ocupaba un lugar destacado.

La aceptación de los sufrimientos, según el Papa, es un distintivo del verdadero misionero. ¡Qué bien realizado encontramos este aspecto en la vida espiritual de la madre Caridad! Su vida se deslizó día tras día bajo la austera sombra de la cruz. El sufrimiento fue su inseparable compañero y lo soportó con admirable paciencia hasta la muerte.

Otro aspecto de la vida misionera que destaca el Papa es la alegría interior que nace de la fe. También la madre Caridad vivió intensamente esa alegría en medio de su vida austera. Era alegre de ánimo y quería que todas su hijas estuvieran contentas y confiaran en el Señor.

Estas y muchas otras virtudes fueron reconocidas por la Congregación de las Causas de los Santos y aprobadas como primer paso para llegar a la Beatificación. Se diría que Dios ha querido ratificar la santidad de la madre Caridad con un admirable milagro concedido por su intercesión en favor de la niña Johana Mercedes Melo Díaz. Una encefalitis aguda había producido un daño cerebral que le impedía el habla y la deambulación. Al término de una novena que hizo su madre con fe viva y profunda devoción, la niña pronunció las primeras palabras llamando a su madre y comenzó a caminar espontáneamente, adquiriendo en poco tiempo la normalidad. Hoy, está aquí, en Roma, para agradecer a la madre Caridad en su solemne Beatificación.

[L´Osservatore Romano, edición semanal en lengua española, del 21-III-03; y servicio informático de la Santa Sede]

* * *

De la homilía de Juan Pablo II en la misa de beatificación (23-III-2003)

A lo largo de la historia, innumerables hombres y mujeres han anunciado el reino de Dios en todo el mundo. Entre estos se encuentra la madre Caridad Brader, fundadora de las Misioneras Franciscanas de María Inmaculada.

De la intensa vida contemplativa en el convento de María Hilf, en Suiza, su patria, partió un día la nueva beata para dedicarse completamente a la misión ad gentes, primero en Ecuador y después en Colombia. Con ilimitada confianza en la divina Providencia fundó escuelas y asilos, sobre todo en barrios pobres, y difundió en ellos una profunda devoción eucarística.

A punto de morir, decía a sus hermanas: «No abandonéis las buenas obras de la Congregación, las limosnas y mucha caridad con los pobres, mucha caridad entre las hermanas, adhesión a los obispos y sacerdotes». ¡Hermosa lección de una vida misionera al servicio de Dios y de los hombres!

[L´Osservatore Romano, edición semanal en lengua española, del 28-III-03]

(fuente: www.franciscanos.org)

miércoles, 26 de febrero de 2014

26 de febrero: Santa Paula de San José de Calasanz Montal Fórnes

Paula Nació el 11 de octubre de 1799 en un pequeño pueblo de pescadores y constructores de barcos de la provincia de Cataluña, Arenys de Mar. Paula miraba al mar y soñaba. Soñaba con los ojos abiertos cosas que según algunos, eran imposibles...

Sus padres se llamaban Ramón Montal y Vicenta Fornés; su padre éra cordelero y su madre hacía bordados y encajes de bolillos. Paula era la mayor de sus hermanos de padre y madre, la seguían Benito, María y Joaquín; Salvador el más pequeño, falleció antes de cumplir un año. El hogar de Paula era sencillo y cristiano, de trabajo y alegría.

Mientras la pequeña Paula iba creciendo, trabajaba en casa para ayudar a su madre económicamente, y cuidando de sus hermanos, ya que a los 10 años se quedó sin padre. ¡Paula llego a ser una estupenda puntaire...! Pero los sueños de Paula seguían, dos amores se iban destacando: los niños y la Virgen. Ella era la mejor catequista que tenía el Párroco de Arenys. Los niños de la catequesis la adoraban: jugaba con ellos, les enseñaba a rezar... El sueño de Paula se iba perfilando... con sus ojos soñadores descubría en los niños grandes posibilidades, grandes capacidades que solo necesitaban de alguien que los acompañase, les ayudase a que descubrieran sus propios sueños. Paula en su edad joven tenia gran devoción a María y así se lo enseñaba y trasmitía a los niños: “María os ayudara a descubrir el sueño de Dios sobre vosotros”.

Cuando Paula tenía 23 años sintió que Dios le pedía algo y no sabía todavía bien qué era. Lo que sí sabía era que se sentía feliz en medio de los niños. Paula seguía dedicando parte de su tiempo a los niños, colaborando en el apostolado parroquial, ayudando en casa... y así con el paso del tiempo, y la ayuda de alguna persona para clarificar su inquietud interior, decidió consagrar toda su vida a la educación de las niñas pobres y marginadas.

Paula acoge esta llamada de Dios con total disponibilidad y así en 1829 marcha a Figueras, donde abre una escuela para niñas. Lleva una compañera Inés Busquet y a estas dos se le unieron en estos primeros inicios algunas más. Paula tiene un ideal “Salvar a las familias educando a la niñas en el Santo Temor de Dios ”.

Se ha dado cuenta Paula, que la familia es algo fundamental en la sociedad, que la base de la familia es la mujer y por ella Paula “ofrece” todos sus desvelos.

Bajo la guía de los Padres escolapios, Paula estructura definitivamente el grupo con espiritualidad y reglas calasancias. Ella junto con tres compañeras, hace su profesión religiosa el 2 de febrero de 1847 en Sabadell, a los tres votos: castidad, pobreza y obediencia, Paula añadió un cuarto voto, el de enseñanza. Eran las primeras Hijas de María Escolapias. Al mes siguiente, el 14 de marzo, se celebró el Capítulo en el que no se eligió a Paula como Madre General, ni como consultora... así empezó su camino de humildad y dedicación plena y escondida a la Congregación.

“Olesa de Montserrat fue como el granito de trigo q ue tiene que ocultarse y morir para comunicar vida. Paula fue como un soplo del Espíritu de amor, que dejó en todos los rincones la huella de una vida gastada por Cristo para el bien de todas las personas. En el “anonimato” ... en todas partes se puede hacer bien a los demás, se puede amar, se puede orar...” (Espiritualidad Escolapia nº 1 página 6)

En Sabadell, Madre Paula, como maestra de novicias, enseño a orar para aprender a amar y a dedicarse a la educación de las niñas. Todo el día debía de ser, “ estar en el amor de Dios”, porque lo que importa es amar, devolviendo amor al Amor escondido en los niños, en la naturaleza, en las personas...” (Espiritualidad Escolapia nº 1 página 16)

Después de 13 años en Figueras, Paula abre una segunda escuela en Arenys de mar y una tercera en Sabadell. Por encargo de lo Superiora General Paula irá fundando e impulsando nuevos colegios, Igualada, Vendrell, Masnou, Gerona, Blanes, Barcelona, Sóller , Olesa de Montserrat, y siempre con la misma entrega, el mismo entusiasmo, el mismo esfuerzo, y sobre, todo la misma confianza en Dios.

Paula estuvo sus 30 últimos años en la casa de Oles a de Montserrat, casa que fundo ella misma. Esta fundación costó sacrificios indecibles y tuvo que superar muchos obstáculos, la vida “oculta” de Madre Paula se expresó siempre, en todo momento y circunstancia, del mismo modo. Su vida se resumía en “un amor callado” . Así se iban pasando sus últimos años, sin dejarse sentir... Ella sabía la misión que Dios le había encomendado y a esta tarea consagró su vida como suave brisa y con la mirada puesta en Jesús.

El querer de Dios se hace real en la disponibilidad de Paula, en su Sí a la invitación de Dios para seguirle y para hacer surgir en la Iglesia un nuevo carisma. “Ser maestra y escolapia, nada más y nada menos.” De la educación de los niños depende el futuro de la humanidad, por ello Paula empeña y entrega su vida a ello. Sus escuelas serán profundamente cristianas, la educación en la fe tendrá un lugar destacado, así como el amor a María, todo esto sin dejar de lado una enseñanza cualificada y rigurosa para sus alumnas. Ser verdaderas escolapias, era asegurar la calidad de educación que Paula quería, transformar la tarea educativa no en un trabajo o dedicación, sino en ministerio que exige la consagración de la vida entera ... “De los niños es el reino de los cielos”. Hacerse como niños es sintonizar con el corazón de Dios mismo.

Paula Montal “le apremia” hablar de Cristo y por ello consagró su vida a la misión evangelizadora de la Iglesia, concretada en la educación integral cristiana de niñas y jóvenes, en la promoción de la mujer. El amor de Dios que llenaba su corazón le hizo apóstol del mensaje de Jesús “en la escuela”. Paula es la fundadora de la primera congregación femenina española del siglo XIX, dedicada exclusivamente a l a educación.

Paula Montal necesitó, creó el grupo, y vivió en comunidad. Hay testimonios abundantes del vivir y del hacer comunitario de Paula, siendo supriora de la comunidad y sin serlo. Y siempre en comunión fraterna con sus hermanas escolapias. Su vida proclamó que el amor y el perdón, la verdad y la justicia, la libertad y la ternura son posibles para crear una Nueva Humanidad. (Espiritualidad Escolapia nº 3 página 39) En Sabadell como maestra de novicias enseño a las novicias la importancia de la vida de comunidad y ella era vivo ejemplo de ello.

La actuación de Paula Montal con respecto a la marcha de la Congregación fue disminuyendo poco a poco a partir de 1857. Las circunstancias se imponían y ella supo aceptar y vivir con alegría esta realidad. En Olesa de Montserrat procuró para su colegio un ambiente familiar, donde se integraba ilusión y trabajo. Dedico sus esfuerzos en el bien de las familias, de las alumnas más necesitadas y en las hermanas de comunidad. En estos últimos años de Olesa destaca su vida de oración, su humildad y su amor a los pobres.

La serenidad de Madre Paula, que sembraba en todas partes alegría y paz, era fruto de un itinerario de humildad y amor. Nunca se sintió sola. Ella sentía siempre y en toda circunstancia la compañía del Señor compartiendo con ella dificultades, los sufrimientos... Madre Paula sabía muy bien que la providencia amorosa de Dios hablaba por medio de detalles sencillos. (Espiritualidad Escolapia nº 1 página 24)

Hay testimonios que nos dicen que los últimos años de vida de madre Paula en Olesa fueron los de una vida entregada a Dios y a los demás, no sólo a las alumnas y exalumnas, sino también a cualquiera que se acercara a ella. Todos los testimonios recalcan su absoluta entrega a la misión. “Su acción educadora se basaba en hacer conocer y amar a Jesús.” Paula se dejo transformar por Dios en una “criatura ” nueva y así lo quiso transmitir a sus alumnas.

Paula ha vivido sus treinta primeros años en su pueblo natal, Arenys de Mar. Los otros treinta, desplegando una actividad intensa, fundando colegios. Los últimos treinta años en su última fundación Olesa de Montserrat. Últimos treinta años en los que poco a poco le fueron despojando de sus cargos (Consejera, Superiora, Pro vincial). Años de anonadamiento y humildad, de sufrimiento y vida silenciosa ...

Paula muere en Olesa de Montserrat, el 26 de febrero de 1889, gozando de fama de santidad. Su vida puede definirse: vocación de amor y servicio a la niñez y juventud femeninas, a través de la educación cristiana y promoción integral y humana de las mismas. La actividad educativa era la expresión práctica de su amor a Di os, de su caridad. Paula es mujer digna de ser alabada, dio en su tiem po insigne testimonio de piedad; fue un bello testigo del Reino para la Iglesia Universa s, y desarrolló un magnífico apostolado. Que su ejemplo admirable sea un poderoso aviso para los hombres y mujeres de hoy, y un firme3 apoyo con el que más fácilmente soporten las dificu ltades, y con más certeza, caminen hacia Jesús. (Espiritualidad Escolapia nº 20 página 39 )

La vida de Paula fue de servicio total para Dios y los hombres, tuvo fama de santidad, sobre todo en Olesa de Monstserrat. A su muerte est a fama no se apagó, sino todo lo contrario, se extendió y consolidó en la congregación de Hijas de María Escolapias. El 28 de noviembre de 1988, madre Paula Montal es proclamada Venerable por el Papa Juan Pablo II, al reconocer la heroicidad de sus vi rtudes. El 18 de abril de 1993, fue beatificada por Juan Pablo II en Roma y 25 del mes de noviembre , del año 2001 Paula Montal es proclamada Santa en la Basílica de San Pedro en Roma por el Pa pa Juan Pablo II.

Las última palabras de madre Paula fueron “Mare, Mare meva” “Madre, Madre mía”. La devoción de Madre Paula a María, es desde su más tierna infancia y así lo enseña siendo catequista de la pa rroquia de Arenys... Su primer colegio en Figueras la dedica y lo pone bajo la protección de María ”Nuestra Señora de la Providencia”... Ella quiso que su obra estuviera también al amparo y protección de María, por ello l a congregación que fundo quiso que se llamara “Hijas de María religiosas Esc olapias”. Esta devoción a María de Paula Montal, se le reforz ó desde la espiritualidad calasancia, Calasanz también fue un gran devoto de María Esta espiritualidad y devoción mariana esta refleja da en todas las escuelas de Madre Paula y así se lo transmitía a sus hermanas escolap ias, a las familias y por supuesto a las niñas.

(fuente: escolapias.org)
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