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lunes, 7 de abril de 2014

07 de abril: San Enrique Walpole

Niñez y juventud

Enrique nace en Docking de Norfolk, en Inglaterra, en octubre de 1558. En esos años toca a su fin el reinado de María Tudor quien ha restablecido la fe católica, abandonada por su padre.

Enrique es el hijo mayor de Cristóbal Walpole, persona muy importante en Norfolk. La familia tiene tierras agrícolas y buena fortuna. Incluso un antepasado, Calibut Walpole, fue Primer Ministro de Inglaterra. Enrique es bautizado en la Iglesia católica y en esta fe sus padres pretenden educarlo.

A la edad de ocho años es enviado a la escuela de gramática de Norwich. Allí la educación es clásica. Enrique en esta primera formación recibe los inicios del latín, griego y literatura grecolatina. Enrique es considerado un buen alumno.


Cambridge

A los diecisiete años de edad, en 1575, Enrique Walpole es matriculado en el Colegio de San Pedro, Saint Peterhouse, en la Universidad de Cambridge. Allí se entusiasma con la poesía.

El presidente del Colegio de San Pedro había aceptado en 1555 los estatutos católicos de la reina María. Restableció la autoridad de la antigua Iglesia. Cuando la reina Isabel en 1562 determina la vuelta a la fe reformada, el presidente reanuda los servicios protestantes en la capilla de su Colegio. Sin embargo, cierra los ojos ante la fe católica de muchos alumnos. Es un tolerante, y lo tiene a honra. Debido a ello Enrique Walpole termina bien los estudios del Colegio, sin ser molestado por su fe.


Londres

Para obtener el grado académico los estatutos de la Universidad de Cambridge exigen el Juramento de Supremacía. Por él se debe reconocer que la reina Isabel es la cabeza de la Iglesia de Inglaterra.

Enrique Walpole decide no jurar. Deja la Universidad sin recibir el grado. Se traslada entonces a Londres, a Grays Inn, para iniciar la carrera de abogacía.

Esta institución es una de las cuatro que tienen en Inglaterra el privilegio de preparar y otorgar las licencias oficiales para ejercer la profesión. Grays Inn, en Londres, es el refugio de muchos simpatizantes del catolicismo. Es el año 1579 y Enrique Walpole tiene 21 años.


El encuentro con Edmundo Campion

Al año siguiente ingresa a Inglaterra el jesuita San Edmundo Campion. Muy pronto este fogoso inglés se pone en contacto con los jóvenes de Grays Inn.

Enrique Walpole lo conoce y empieza a admirarlo por su lucha audaz en la mantención de la fe católica. Trata profundamente con ‚l. Conversa todos los problemas de su fe. La edición del libro de Campion sobre Las Diez Razones lo confirma en la fe católica.

Enrique se impresiona terriblemente con la detención de su amigo. No puede menos de asistir al público debate en Westminster Hall entre San Edmundo Campion y los deanes de San Pablo y de Windsor.


El martirio de San Edmundo

El 1 de diciembre de 1581 Enrique Walpole asiste en Tyburn al martirio de San Edmundo Campion. San Alexander Briant, jesuita, y San Ralph Sherwin también están condenados.

Ese día está lloviendo en Londres. A pesar del tiempo una enorme multitud asiste a la ejecución. Enrique Walpole est en primera fila. Conmovido contempla cada uno de los pasos. Ve cuando ahorcan a Edmundo Campion y cuando lo bajan ya muerto. Con profunda pena contempla al verdugo que descuartiza los miembros. Cuando son arrojados al caldero de agua hirviendo, unas gotas de sangre salpican el abrigo de Enrique.

Queda profundamente conmovido. Siente que su vida cambia del todo. No puede seguir viviendo entre dos aguas. Debe decidirse.

En su casa escribe un hermoso poema. Estas son dos de las estrofas.

“Vino por obediencia. A conquistar al pecador.
Su arma es la oración. La palabra es saeta y escudo.

El cielo es el refugio. El trofeo son las almas.
El demonio, su enemigo. El mundo es su campo.
Su triunfo es la alegría. Su salario, el éxito.
Su capitán es Cristo que vive para siempre.
Bendito sea Dios quien le dio tanta gracia.
Agradecemos a Cristo que bendijo su martirio.
Él es feliz, pues mostró la cara del Señor.
Infelices son los que pensaron hacerle mal.
Nos unimos para agradecer con eterna oración
al Nombre de Jesús, que nos dio a este hombre”.

La imprenta de los católicos edita el poema. De inmediato tiene gran demanda. Las autoridades inglesas lo prohiben. Ponen fuertes multas a quienes lo posean.


Primera detención

En Grays Inn, Enrique es muy claro en su alabanza a San Edmundo Campion. Varios de sus compañeros pasan a la fe católica.

Por esta razón Enrique Walpole cae bajo las sospechas del Consejo de la reina. Para evitar el arresto Enrique se dirige a su casa paterna de Norfolk. Los cazadores lo siguen. Lo detienen. Por un tiempo lo dejan en una prisión escondida.

Apenas puede, aprovecha una oportunidad y escapa. Va Newcastle, oculto de día en el bosque y viajando de noche.


En Francia

Desde Newcastle toma un barco. Atraviesa el Canal de la Mancha y se dirige a Francia, a la ciudad de Reims. Allí está ahora el Colegio de Douai del cardenal Sir William Allen.

A Reims llega el 7 de julio de 1582. Tiene 24 años y está decidido a ser sacerdote y continuar la tarea de Edmundo Campion en Inglaterra. El cardenal le da la más cariñosa bienvenida.

En el Colegio de Douai estudia teología durante ocho meses. El 2 de marzo de 1583 es destinado al Colegio Inglés de Roma.


Ingreso a la Compañía de Jesús

En Roma estudia otro año de teología y hace el discernimiento definitivo. Él quiere seguir los pasos de San Edmundo Campion. La Compañía de Jesús es su norte. Tiene la experiencia de los Ejercicios. Solicita el ingreso. El 2 de febrero de 1584 es recibido en el Noviciado de San Andrés del Quirinal.

Durante las experiencias del noviciado su salud se resiente. Tal vez ha tomado las cosas con demasiado apuro. Los superiores, preocupados deciden trasladarlo a Verdun en busca de un mejor clima. Allí termina el noviciado y pronuncia los votos religiosos.

No es necesario hacer filosofía. Los estudios de Cambridge y de Londres son reconocidos.

El magisterio lo hace en el Colegio de Pont-à-Mousson.

Terminados los estudios de teología, Enrique Walpole es ordenado sacerdote en París el 17 de diciembre de 1588 a los 30 años de edad.


Capellán militar

Al año siguiente su destino es Bélgica. Allí vive una colonia de habla inglesa muy numerosa. La forman católicos que han buscado un refugio para la fe. Algunos son oficiales del ejército que prepara la invasión al país de Irlanda. España gobierna el país de Flandes y organiza las fuerzas invasoras. La tropa incluye mercenarios. Está compuesta por irlandeses, italianos, franceses, flamencos y españoles.

El príncipe de Parma, regente de España en Flandes, pide a la Compañía de Jesús capellanes militares. Enrique Walpole es designado en 1589 pues él habla bien inglés, francés, italiano y castellano. Además es simpático.

Pasa a vivir en la ciudad de Brujas. Por sus cartas sabemos que el trabajo fue de su agrado.


Segunda detención

En una escaramuza de la guerra, el ejército inglés que ayuda a los protestantes holandeses detiene a un grupo de la tropa católica. Entre los prisioneros cae el capellán Enrique Walpole.

Es llevado a Vlissingen, en la actual Holanda, y encerrado en la cárcel común. Sufre molestias. No tiene ropa para cambiarse. Sólo, un jergón de paja sucia para pasar la noche. Un oficial inglés, un compatriota de Norfolk, le alivia las penurias y envía a Inglaterra noticias sobre el cautiverio.

De inmediato, Miguel Walpole, su hermano sale de Inglaterra. Sin licencia. Llega a Holanda, paga un rescate y obtiene la libertad. Los ingleses no se han dado cuenta de que tenían a un sacerdote.

Enrique vuelve a su cargo de capellán en enero de 1590. “Aprendí a conocer mejor a Dios, al mundo y a mí mismo”.

Al P. José Creswell, rector del Colegio Inglés de Roma, le escribe: “Espero muy pronto enviarle a mi hermano, para que Ud. cuide de él”. De hecho tres de sus cinco hermanos, m s un primo, pasaron al Colegio de Roma. Miguel, el del rescate, y el primo Eduardo se hicieron m s tarde jesuitas.


Ministerios en Bélgica

Después de la liberación Enrique continúa con sus ministerios como capellán militar, con entusiasmo. Atiende a los heridos de la guerra, sepulta a sus muertos. Oye confesiones, predica. Reconcilia a muchos a la fe. Soluciona peleas y da consejos. Es querido por los hombres de la tropa. Por lo menos uno se hace Hermano religioso.

Al término de dos años, Enrique deja el ejército. Es destinado a Tournai a la experiencia jesuita de Tercera probación.


España.

Durante la Tercera Probación piensa y vuelve a discernir. Especialmente, en el mes de Ejercicios. Siente que el Señor lo llama a Inglaterra. Su misión de santidad está allí. Con calma lo conversa todo con los superiores.

Inglaterra es una misión difícil. En ella bien puede perder la vida. Le piden prepararse. Entretanto puede ir a España, a Valladolid, al Colegio Inglés, fundado por la Compañía de Jesús.

En Valladolid, primero es Ministro. Pronuncia los Ultimos Votos de la Compañía. Después es el Rector del Colegio.

En junio de 1593 los Superiores de la Compañía lo llaman a Madrid y lo aceptan para pasar a Inglaterra e incorporarse a la Provincia inglesa. Enrique Walpole se siente profundamente realizado.

En Madrid se prepara a la misión con toda el alma. Mientras espera la llegada de sus compañeros hace nuevamente ocho días de Ejercicios. Con gran gozo conversa largamente con el P. Roberto Persons, el antiguo y primer Superior en Inglaterra. En el continente Persons es incansable. A ‚l se deben en gran medida las fundaciones de los Colegios ingleses de Valladolid y de Sevilla.

El P. Persons lo lleva al Escorial, a la corte. El casi anciano rey Felipe II le concede una audiencia cariñosa.

“Aquí en la corte he recibido grandes muestras de favor entre los nobles de la corte. El mismo rey, con quien he hablado, me manifestó su aprecio y afecto, a mí y a nuestro país”.

Enrique Walpole sale de Madrid el 4 de agosto y desde las costas españolas navega hasta el puerto de Calais.


El paso a Inglaterra.

Al Colegio Inglés de Douai llega en el mes de septiembre. Realiza las gestiones encargadas por el P. Roberto Persons en el Colegio jesuita de San Omer. En noviembre est listo para salir a Inglaterra.

En Londres hay peste. Ningún navío hace viajes a través del canal. En el puerto de Dunkird hay tres veleros corsarios que a buen precio podrán llevarlos. Enrique contrata el pasaje y estipula que el desembarco deber ser en Essex, Suffolk o Norfolk.

Se embarca con un buen disfraz. Con él viaja un oficial del ejército inglés destacado en Holanda a quien ha conocido en Flandes y de quien puede fiarse. También viaja su hermano Tomás que igualmente ha servido en las guerras holandesas.

En la travesía los corsarios asaltan a un barco y navegan m s al norte. El 4 de diciembre llegan a las cercanías de Flamborough Head. Enrique insiste en el contrato y pide ser desembarcado en Bridlington.

Un espía que viaja en otro de los veleros, da la información a las autoridades de York.


En Inglaterra

Cuando desembarcan, los tres hombres esconden de inmediato un paquete de cartas, en la arena bajo una piedra. No quieren comprometerse. Pasan la noche escondidos en el bosque.

De día caminan diez kilómetros hasta el pueblo de Kilham y entran a la posada, porque tienen hambre y frío. El rumor ha corrido rápido. Tres forasteros est n en el condado. Uno los delata al alcalde de Huntingdon. De inmediato el alcalde los interroga.

Enrique admite que es sacerdote y también jesuita. Pero nada dice respecto a sus proyectos ni de los de sus compañeros. Tomás se quiebra y revela lo que sabe. Incluso indica el lugar del escondite de las cartas. Gracias a ello obtiene la libertad.


Tercera detención

Enrique es enviado a York, como prisionero. Topcliffe, el célebre cazador de sacerdotes lo interroga. Pero no obtiene informaciones de parte del detenido.

“Cuando Topcliffe me amenazó que él me haría responder en Bridewell o en la Torre, yo le dije que Nuestro Señor no permitiría que por miedo o por tormentos yo dijera algo contra Su Divina Majestad o mi conciencia”.

Algunos amigos forman un plan para obtener la huida. Enrique logra hacer llegar una carta al P. Richard Holtby, jesuita misionero clandestino en el condado de York, preguntando una opinión. La respuesta es clara. Enrique no debe comprometer la situación de los otros jesuitas prisioneros.


La torre de Londres

Al no obtener respuestas en los interrogatorios, las autoridades envían a Enrique Walpole a la Torre de Londres, a disposición del Consejo privado de la reina. Es el 24 de febrero de 1594.

En la Torre est también prisionero San Roberto Southwell, pero Enrique es dejado en celda aparte.

Durante dos meses permanece incomunicado, con un jergón de paja para dormir y con escasa comida. Gasta el tiempo en la oración. Con un pequeño utensilio graba en la dura piedra su propio nombre y el IHS que es el signo de la Compañía. También, el nombre de María, las manos y los pies heridos de Jesús, y un Corazón de Cristo traspasado. Estos grabados se conservan hasta el día de hoy en la Torre. Todos pueden verlos.


Interrogatorios y torturas

El 3 de mayo es interrogado bajo tortura por Topcliffe. Interesa saber los nombres de los católicos que amparan a los sacerdotes. ¿Cuál es el nombre de los dueños de casa en Lincoln Inn adonde Ud. debía dirigirse?. ¿Con quiénes Ud. iba a vivir en Essex?. ¿Es el nombre de Spiller uno de los que a Ud. le recomendaron?. A pesar de las torturas Enrique Walpole se niega a responder.

El 18 de mayo es colgado de las muñecas, con los pies sin poder tocar el suelo. De nuevo se le preguntan nombres. Y de nuevo no hay respuestas.

El 13 de junio, bajo tortura, admite que el capitán Jacques, segundo del ejército inglés en Holanda, le consultó una vez sobre la legalidad del asesinato de la reina Isabel. “Yo contesté que, ni por todo el oro del mundo, podía dar un consejo en esa línea”. Admitió también que había tenido una conversación con el P. Roberto Persons sobre el mismo tema. Trasmitió las afirmaciones de Persons. “Nosotros los católicos y especialmente los religiosos podemos sufrir violencia, pero de ninguna manera la ocasionamos a nadie. Por supuesto incluimos a los príncipes”.

Enrique agregó: “Respecto a mí mismo, protesto delante de Dios, como lo he hecho siempre, que aborrezco ese pensamiento y que nunca induje a alguno. No lo haría ni por todas las riquezas del universo. Jesús es mi testigo”.


Las grandes torturas

San Enrique Walpole fue torturado catorce veces durante el año de prisión en la Torre de Londres.

Muy dolorosas son las agujas que los verdugos hincan bajo las uñas, en los dedos de las manos y los pies. Aprieta los dientes, derrama l grimas, pero los labios no pronuncian las respuestas que podrían liberarlo.

Después, en el potro, uno a uno sus miembros son descoyuntados. Las manos y los pies est n atados con fuertes cuerdas, unidas a un torniquete. En cada vuelta de la rueda Enrique parece morir.

También es sometido al tormento llamado la Hija del Buitre. Es un arco de hierro dividido en dos mitades, unidas por una bisagra. Enrique debe arrodillarse y poner la cabeza entre las piernas. Una parte del arco es colocada abajo, y la otra por encima de la espalda. El verdugo aprieta para cerrar las mitades. La sangre empieza a brotar, primero por la boca y la nariz, después por las manos y los pies. Cada sesión de este tormento dura una hora y media. Varias veces es sometido a la misma tortura.

El guantelete es especialmente doloroso para un hombre torturado. Enrique es obligado a caminar, apenas puede, entre dos filas de verdugos que descargan sobre ‚l los golpes de sus bastones. Vacilante y sangrando llega hasta el extremo. A veces se desmaya y no alcanza a llegar.


Un informe del Superior

Se conserva una carta del 23 de octubre de 1595, escrita por el P. Enrique Garnet, el Superior de los jesuitas de Inglaterra.

“El Bienaventurado Padre Walpole estuvo en la Torre en la mayor miseria y pobreza. Tanto que el mismo Jefe de la prisión, un hombre de muy duro corazón, se movió a hablar a los amigos del Padre. Les dijo que el preso estaba en extrema necesidad, sin cama, sin ropa, sin nada para cubrirse. Debido al intenso y penetrante frío él, aunque enemigo, por pura compasión le había dado un poco de paja para dormir.

Además de esto, el mismo Padre afirmó en la corte del juicio que había sido torturado catorce veces. Nosotros sabemos qué crueldad existe en cada una de las torturas que se aplican. Es muy común que se cuelgue por las manos al preso, seis o siete horas. Los alambres de hierro cercenan las carnes y se derrama mucha sangre. La fuerza de este tormento quedó probada en la última cuaresma con lo sucedido al laico James Atkinson. Después de esta cruel tortura, para obligarlo a denunciar a sacerdotes y católicos, murió a las dos horas”.


El primer interrogatorio en juicio

Después de quince meses de prisión en la Torre, el Consejo decide que Enrique Walpole deba ser procesado y ejecutado en York. Es la primavera de 1595.

En York el tribunal es presidido por el alcalde de Huntingdon y los jueces son Francisco Beaumont y Mateo Ewens.

En su defensa, Enrique Walpole dice:

“Mis Lores, he sido condenado por tres motivos. Porque soy sacerdote, ordenado por autoridad de la Santa Sede de Roma. Porque soy jesuita, o miembro de la Compañía de Jesús. Porque he vuelto a Inglaterra a ejercer los ministerios de mi vocación, que son los de ganar personas para Dios. Demostraré que ninguna de estas cosas es traición. Ser sacerdote es una dignidad y un oficio instituido por Nuestro Señor Jesucristo. Fue dado por Él a los Apóstoles, quienes fueron sacerdotes. También fue dado a los santos Padres y a los Doctores de la Iglesia que convirtieron e instruyeron al mundo. Los primeros que trajeron a la nación inglesa a la luz del Evangelio fueron todos sacerdotes. Por lo tanto, ser sacerdote no es una traición”.

El juez Beaumont replica: “Es verdad, el solo hecho de ser sacerdote o jesuita no es una traición. Lo que hace al traidor es venir a Inglaterra contra sus leyes”.

De inmediato Walpole contesta: “Si el ser sacerdote no es traición, el ejercer el oficio de sacerdote y sus ministerios no puede tampoco constituir traición”.

El juez dice: “Pero si un sacerdote conspira contra la persona del príncipe, ¿no es esto una traición?.

Enrique contesta: “Sí. Pero entonces no es traidor por ser sacerdote ni por ejercer los ministerios, sino por cometer un crimen contrario al sacerdocio. Pero éste no es mi caso”.

Beaumont arguye: “Ud. ha estado con el rey de España, ha tratado y conversado con el P. Persons y otros traidores al reino. Ud. ha regresado al país violando las leyes. Y sin embargo, Ud. dice no ser traidor”.

Walpole vuelve a contestar: “Hablar o tratar con personas del exterior, no me hace un traidor, mientras no se tengan pruebas de que los temas tratados fueron propios de traición. Regresar a mi país no constituye delito, a no ser que eso sea un daño para la reina o el reino”.

El juez dice: “Nuestras leyes indican que un sacerdote que regresa desde el otro lado del mar y no se presenta a la justicia dentro de tres días para pronunciar el juramento de sumisión a Su Majestad en asuntos religiosos, es considerado un traidor”.

Walpole contesta: “Ese no es mi caso. Yo fui detenido el mismo día en que pisé la tierra inglesa”.


El segundo juicio

El juez Mateo Ewens toma entonces la palabra. Pregunta si est listo a pronunciar el juramento de obediencia que las leyes reconocen a la reina en materia religiosa. Debe reconocer la supremacía de la reina y abjurar del Papa.

Enrique contesta que él no puede saber qué leyes se han dictado en Inglaterra, pues él ha estado en el extranjero tanto tiempo. Tampoco sabe qué clase de sumisión exigen esas leyes. Dice, eso sí, que él conoce bien que ninguna norma puede estar contra la ley de Dios. La sujeción que se debe prestar a los príncipes debe estar siempre sometida a la ordenación del gran Rey de cielos y tierra. Después agregó: “Mis Lores, Uds. se sientan ahora como jueces de hombres y determinan lo que es un error, pero saben muy bien que es el Soberano Juez el que dicta las sentencias rectas. Solamente a Él debemos obedecer en todo y nuestros príncipes deben seguir también su ley”.


El tercer juicio

Entonces el Lord presidente, el alcalde de Huntingdon, se dirige a San Enrique Walpole. “Nosotros queremos ser favorables. No queremos considerar las conversaciones, traiciones y conspiraciones con personas extranjeras. Le ofrecemos el beneficio de la ley si Ud. acepta voluntariamente someterse a ella. Si no lo hace, ser castigado conforme a esa misma ley”.

Walpole dice: “Mi Lord, no hay nada en lo que yo no quisiera someterme libremente, con tal que no sea contra Dios. Que el Señor no permita que yo pueda deshonrarlo. Yo, eso no lo quiero. En cuanto a la reina, digo que todos los días ruego por ella para que Nuestro Señor la bendiga con su Santo Espíritu y le dé Su gracia, para que pueda cumplir todos sus deberes en el mundo y que al fin pueda gozar de la gloria eterna. Dios es mi testigo, ante todos los presentes y especialmente ante los acusadores que buscan mi muerte. Yo deseo mi salvación y la de ellos. Deseo que vivan en la verdadera fe católica, el único camino de felicidad”.


Condenación a muerte

El fiscal, Sir John Savile, pronuncia el discurso ante el jurado. Lo denuncia como traidor. Enrique Walpole es sacerdote y jesuita. Ha tratado con el rey de España y el P. Roberto Persons. Regresó a Inglaterra y pretende pervertir las leyes religiosas de Su Majestad y reconciliar a los ingleses con Roma. Pide al jurado que Enrique Walpole sea declarado culpable de traición.

Cuando el jurado sale a deliberar, Enrique Walpole les dice: “Caballeros del jurado, yo confieso libremente que soy sacerdote y que pertenezco a la Compañía de Jesús. Vine a Inglaterra para convertir a mi país a la fe católica, a perdonar pecados. Nunca lo he negado. Esta es mi vocación. Si Uds. encuentran que he hecho algo indigno de mi sacerdocio, por favor díganlo y no lo perdonen. Actúen conforme a sus conciencias. Recuerden que todos debemos dar, algún día, cuenta a Dios”.

El jurado regresa casi de inmediato. No parece que los miembros han deliberado. La sentencia es unánime. Culpable.


Una última carta

En la prisión escribe al P. Richard Holtby. No sabemos cómo hace llegar la carta.

“Mañana voy a ser ejecutado. Me encomiendo en sus oraciones, en la de los Padres y los Hermanos. No dudo que el Espíritu Santo le ha sugerido a Ud. y a todos los cristianos que están en comunión conmigo el rogar a nuestro Dios, Creador, Redentor y Santificador. No le cuento nada de lo que he pasado en mi año de detención en la Torre de Londres. Ud. lo va a conocer en el Cielo donde nos encontraremos”.


Continúa el informe del Superior

“Un tiempo después las autoridades lo hicieron regresar a York, para ser juzgado allí. En todo el viaje nunca tuvo una cama, ni siquiera donde tenderse después de la fatiga del día. Cuando necesitó dormir, lo hizo en el suelo.

En York, fue puesto en prisión. Debió esperar muchos días, hasta la llegada de los jueces. En la celda no tuvo nada, sólo una estera de setenta centímetros. En ella hizo su oración siempre de rodillas, gran parte de la noche. Se dormía, a veces. Cuando despertaba, estaba en la misma posición, en la pobre estera. Completaba el tiempo del día haciendo versos, para lo cual tenía particular talento”.


La muerte

El 7 de abril de 1595 es arrastrado en una rampla de maderos, desde York Castle hasta Knavesmire. Va junto a Alexander Rawlins, un sacerdote del Colegio de Douai. La cabeza de uno toca los pies del otro. Ni siquiera tienen el consuelo de decirse unas palabras.

Alexander Rawlins es ajusticiado primero, ahorcado y descuartizado. Walpole debe mirar. Todavía hay esperanzas de una posible apostasía.

Cuando lo suben al cadalso se le ofrece la vida si se conforma a la religión de la reina. Enrique Walpole rechaza. Se le pregunta qué piensa de la supremacía espiritual de Isabel. El contesta: “Ella puede proclamarla, pero yo no soy capaz de garantizar nada”. Los jueces dicen que eso es traición. San Enrique comienza entonces a rezar por los que le ocasionan la muerte. Recita el Padrenuestro. No logra terminar el Avemaría. Retiran la base y queda colgado.

Ya muerto, lo bajan y lo destrozan. Su cabeza es colocada en una pica y exhibida en Micklegate Bar.


Calumnias después de muerto

Cuando los Archivos Públicos de Inglaterra son abiertos, en el siglo diecinueve, aparecen diez confesiones escritas y firmadas por San Enrique Walpole y anotadas por Richard Topcliffe. En ellas el santo aparece declarando que renuncia a la fe católica y se somete a la religión protestante.

“Con humildad pido perdón a Su Majestad por todas mis ofensas, cometidas contra las leyes. Colocado a sus sagrados pies, prometo servirla todos los días de mi vida. No me someteré jamás a la ambición del Papa y sus secuaces. Jamás volveré al Papado. Prometo predicar en las iglesias. No encuentro diferencias respecto a la fe”.

La Sagrada Congregación para las Causas de los Santos las analizó profundamente. Si estas confesiones son genuinas, ¿por qué el gobierno no hizo uso de ellas?, ¿por qué torturaron catorce veces? Si tiene los dedos destrozados, ¿por qué firma con hermosa letra? En las confesiones hay errores que Enrique Walpole jamás pudo haber cometido. ¿Por qué atribuye a Sir Francis Englefield el haber escrito el libro Philopater, cuando Enrique Walpole sabe que fue escrito por el P. Roberto Persons?.

¿Cuál fue el motivo para escribir estas confesiones falsas? En los relatos del P. John Gerard, igualmente preso en la Torre de Londres en los días de San Enrique Walpole y San Roberto Southwell, podría estar la clave. A él para ablandarlo le dijeron que San Roberto Southwell había apostatado y que habría dejado la fe para vivir con una viuda. Ese era un medio para obligar a los presos a confesar. Lo mismo, tal vez, pensaron hacer con las “confesiones” de San Enrique Walpole.


La glorificación

San Enrique Walpole fue canonizado el 25 de octubre de 1970 conjuntamente con san Edmundo Campion y San Alexander Briant a cuyos martirios él mismo asistió. La sangre de San Edmundo Campion dio un excelente fruto.

(fuente: www.cpalsj.org)

otros santos 07 de abril:

- San Juan Bautista de La Salle

domingo, 6 de abril de 2014

06 de abril: San Eutiquio de Constantinopla

Obispo
(512-582)

Mientras sus generales conquistaban reinos y sus alarifes construían basílicas y sus artistas esculpían y pintaban iconos, el emperador Justiniano se pasaba las horas muertas en su biblioteca revolviendo códices de pastas de plata, pesando las fórmulas de los Padres antiguos, discutiendo con sus sabios y sus obispos. Y siempre, después dé estas laboriosas gestaciones, salía una larga definición dogmática empedrada de citas y llena de sutiles distinciones. Todos los habitantes del Imperio podían admirar la ciencia del sabio emperador; pero no les bastaba con admirar, era preciso acatar o estar dispuesto a vivir ignorado en las orillas del Mar Negro o entre los arenales egipcios. Puede decirse que Justiniano era un hombre feliz, no precisamente por sus conquistas ni por las obras de arte que dejó a la posteridad o porque tuvo una mujer imperiosa que sabía mandar rogando; sino porque tuvo la suerte de gobernar un Imperio que era un verdadero laberinto de doctrinas. En otro ambiente se hubiera aburrido de una manera soberana. Pero en aquella sociedad inquieta del Bajo Imperio, todo eran discusiones, conciliábulos, cismas, silogismos y excomuniones. Los monjes se apaleaban, los obispos se deponían, y los concilios se anatematizaban. En esto, aparecía el emperador limpiándose el polvo de las cejas, daba un grito, y todo el mundo enmudecía. Había hecho callar a los discípulos de San Sabas, que allá en el desierto de Judea, entre barrancos espantosos y peñascos desolados, sin agua y sin verdura, se acaloraban hasta la locura barajando el nombre de Orígenes y discutiendo sobre la metempsicosis y la restauración final. Un siglo hacía que los discípulos de Eutiques levantaban polvaredas de odio en las orillas del Nilo y del Orontes. Pues bien: habló el teólogo coronado, y aquellos solitarios, cuya existencia de cada día era tan terrible como un martirio, huyeron despavoridos a sus agujeros. Les quedaba un recurso: engañar al sutil razonador, Anatema a Eutiques, perfectamente; pero ¿por qué no anatematizar también a Ibas de Edesa, Teodoro de Mopsuesta y Teodoreto de Ciro, tan enemigos del autiquianismo, que parecían militar en el campo contrario de Nestorio? Si esto se lograba, quedaba en gran parte desvirtuado el Concilio de Calcedonia, que, al condenar la doctrina monofisita, había elogiado a aquellos tres adversarios de ella. Así nació aquella cuestión, muy bizantina, de los tres capitulas, que envenenó los espíritus, amargó los días de muchos obispos, hizo correr mucha tinta y quitó muchas horas de sueño al buen emperador. Otro decreto: todo el mundo tiene que anatematizar a Teodoro, a Teodoreto y a Ibas. Los monofisitas vengaban su anterior derrota. Vamos a ver, decían ahora frotándose las manos, cómo salen del paso los partidarios de Calcedonia.

En este momento aparece en escena el patriarca. Eutiquio era un archimandrita del Asia Menor, que se había distinguido por su austeridad, si alguien podía distinguirse por la austeridad en un tiempo en que había miles y miles de hombres, entre los eutiquianos y los nestorianos, entre los origenistas y los ortodoxos, que se quedaban semanas enteras sin comer, y llegaban casi a suprimir el sueño, se pasaban en pie una Cuaresma entera, o vivían todo el invierno a la intemperie. Pero el archimandrita asiático era además, un hombre sencillo y poco habituado a sutilezas teológicas. De joven había estudiado en las escuelas de Constantinopla, «aunque mirando con desdén aquellas disciplinas que el mundo admira». Así dice su biógrafo, y añade: «Nada cogió de la fétida, espinosa y egipcíaca disciplina de los necios filósofos, pues sabía que la ciencia de este mundo no baja de arriba, sino que es terrena, animal, diabólica; mientras que la sabiduría celeste es casta, pacífica, modesta, amable, llena de piedad y de frutos de buenas obras.» Tal era el hombre en quien el emperador Justiniano se imaginó encontrar un dócil discípulo de sus oráculos. Eutiques fue elegido patriarca de Constantinopla en 552. Era el momento en que el Imperio ardía en disensiones, y en los templos, las sacristías y los palacios no se oían más que los nombres de Teodoro, Ibeas y Teodoreto. Estos tres obispos, que descansaban en paz desde un siglo antes, traían ahora revueltos a todos sus colegas. El Oriente los condenaba, el Occidente los defendía. Por primera vez en las encíclicas del emperador tropezaban con la resistencia. Allí, cerca de él, junto al sagrado palacio; Virgilio, obispo de Roma, que era su hechura, y además un hombre sin carácter, desafiaba con una rebeldía inaudita su poder, su bondad y su ciencia patrística. Fue preciso el hambre, la sed, la reclusión, la violencia, la amenaza del destierro, para arrancarle la condenación de aquellos tres dichosos capítulos, a los cuales se estaba dando una importancia excesiva. Después de todo, bien condenados estaban. El Concilio de Calcedonia había elogiado su actitud frente a Eutiques; ahora se podían censurar sus preferencias por Nestorio. No obstante, el gesto del patriarca fue entonces demasiado complaciente. Hubo prelados exquisitamente escrupulosos que dudaban condenar a personas que ya no estaban en este mundo, y Eutiquio disipó sus vacilaciones con un argumento de aquella su celeste sabiduría, que el hagiógrafo no cesa de admirar: «Se puede condenar a un hereje muerto —dijo a los Padres reunidos—, porque también el rey Joás mandó desenterrar y quemar los cuerpos de los que habían sacrificado a los ídolos.»

Una vez más, el emperador había triunfado con el silogismo de la espada. Su ojo vigilante acechaba por todas partes una nueva cuestión que solucionar, un nuevo dogma que definir. Seguía revolviendo su biblioteca y esforzándose por poner paz entre los corifeos de las sectas. Narsés y Belisario, los guerreros que habían engrandecido el Imperio y arrastrado reyes en sus carros de triunfo, eran ahora los agentes de estas negociaciones. Iban y venían del palacio de Hormisdas al de Placidia; del templo de Santa Sofía, al de Santa Eufemia de Calcedonia. En aquel confuso vocerío apenas oímos una sola vez la voz de Eutiquio. El era un hombre de paz. Que le dejasen guiar a su pueblo por el camino de la ortodoxia, y no pedía más. Atravesaba los salones del palacio con paso menudo y faz sonriente, haciendo el menor ruido posible, y se volvía a su iglesia para orar y predicar la verdad desnuda, sin atavíos diabólicos ni egipcíacas sutilezas. Y así pasaron doce años. Hasta que, un día, un gran dignatario de la corte entra en la morada episcopal preguntando por el patriarca, le presenta un pergamino y le pide, en nombre del emperador, que ponga su nombre al pie del documento. Eutiquio lee, frunce el ceño, medita un instante, y dice al cortesano, devolviéndole el pergamino:

—Iré a conferenciar con el basileus.

Se trataba de un nuevo decreto dogmático, de una emboscada más de los monofisitas. No atreviéndose a negar de frente las dos naturalezas, buscaron un rodeo para prolongar con él la contienda. Y el rodeo consistía en afirmar que la carne de Cristo había sido incorruptible. «Esto—dijeron al viejo emperador, cada día más devoto y más ávido de teología—es más digno de Cristo, más hermoso para Él y más respetuoso por nuestra parte.» La consecuencia de estas reflexiones fue la publicación de una nueva encíclica, la última del sabio emperador, pues un año después bajaba al sepulcro. Y este documento era el que debía ser firmado por el patriarca. Eutiquio resistió. «Eso—decía—es destruir el Concilio de Calcedonia, es disminuir a Cristo, es socavar la realidad de nuestra redención. Justiniano está como atónito. En treinta años de reinado, jamás había encontrado una rebeldía semejante. Ningún fanático había osado afrontar sus iras; ningún obispo había resistido a sus argumentos imperiales. Y ahora, en el cénit de su gloria, aquel asiático, hechura suya, tenía el atrevimiento de resistir.

Al día siguiente, 22 de enero de 565, estaba Eutiques diciendo misa en la iglesia del palacio de Hormisdas, cuando vinieron a anunciarle que su casa había sido allanada por la Policía y sus servidores encarcelados. Recibió la noticia sin extrañeza, despidió al pueblo sin dar muestras de turbación, y seguro de que lo que buscaban era su persona, permaneció en la basílica rezando con los brazos extendidos. Al amanecer se presentaron algunos de sus clérigos con un poco de alimento, y poco después llegó el prefecto del palacio seguido de un pelotón de soldados. El patriarca fue arrancado del altar y encerrado en uno de los setenta y siete monasterios que, como una muralla celeste, ceñían la ciudad imperial. Y vino el concilábulo de siempre. En Bizancio no faltaba nunca un concilio para servir a un emperador y condenar a una víctima. Las acusaciones fueron sumamente curiosas. Todo tenía un carácter muy bizantino, aun en los mejores días de aquel Imperio. «Este hombre—dijo un acusador—unge su cuerpo.» «¡Horror!», chillaron los venerables prelados. «Este hombre—dijo otro—ha comido carne de tordo.» Otro gesto de asombro en todos los circunstantes. Hubo esta acusación inaudita: «El patriarca se pasaba largas horas rezando de rodillas.» Y toda la asamblea, dirigida por el astuto Teodoro Askidas, obispo de Cesárea, pronunció la palabra sacramental: «¡Anatema, anatema a Eutiquio, patriarca indigno de la reina de las ciudades!»

Se repetía la comedia del tiempo de San Juan Crisóstomo. Eutiquio no tenía su genio, pero estaba dando muestras de tener su energía. Lleváronlo de monasterio en monasterio, lo abandonaron en una isla rocosa de la costa asiática, y de allí, atravesando las provincias de Galacia y de Bitinia, le llevaron hasta Amasia, cerca de la frontera persa, para recluirle en el monasterio donde antaño había sido feliz. Nuevamente volvió a presidir el coro cenobítico, sin acordarse de los esplendores cortesanos ni de las pomposas funciones de Santa Sofía. Podía rezar tranquilamente dos días enteros de rodillas. Nadie le espiaba, nadie le envidiaba. Esto era la realidad auténtica: lo demás había sido un sueño. Lo que importaba era rezar, perdonar, olvidar, servir a los hermanos con amor, derramar el consuelo entre las gentes, luchar contra la soberbia de la vida y adornarse con las joyas de la virtud.

Esto fue lo que hizo Eutiquio durante doce años, en los cuales la Historia le esconde en un fecundo silencio. Hasta que un día una brillante embajada se detuvo a las puertas del monasterio. Se apoderaron del patriarca, le montaron en un jumento y, atravesando la Anatolia, se encaminaron con él hacia el Bósforo. La fortuna, caprichosa, volvía a acordarse de él para devolverle los antiguos honores. La muchedumbre de la capital, donde aún no se había borrado el recuerdo de su bondad y de sus limosnas, salió a recibirle alborozada. Fue un recibimiento apoteósico, como no se había visto hacía mucho tiempo en Constantinopla: cantos de muchachas, iluminaciones públicas, nubes de incienso, lluvias de flores otoñales—era el 3 de octubre del año 577—, resonar de trompetas, procesiones magníficas, gala en la corte, regocijo en la ciudad, y, en el estrecho, centenares de embarcaciones empavesadas y miles de manos que agitaban en el aire lienzos multicolores. Luego, en Santa Sofía, el saludo al pueblo, los sollozos, las melodías litúrgicas, «y finalmente, la calígine divina cubrió el santo altar; celebróse el santo sacrificio, y desde las nueve de la mañana hasta las tres de la tarde, Eutiquio distribuyó la comunión a la concurrencia, pues todos querían recibirla de sus manos, desde los augustos emperadores Justino y Tiberio, hasta los humildes pescadores de Calcedonia».

Cinco años más de cuidados pastorales. Las gentes no se cansaban de mirar, en las grandes solemnidades, el rostro angélico del hombre sin hiel, ni de escuchar aquella voz, que. si no era elocuente, salía chorreando dulzura y mansedumbre, ni de admirar la belleza de aquella vida inmaculada. «¿Quién podrá describir—exclama el hagiógrafo—la gracia de su andar, la elegancia de todos sus movimientos; la suave palidez de su rostro y la alegría que, brotando de su corazón, se escapaba de sus ojos? Sus dientes, blancos como la leche, eran indicio de su pureza celestial; sus labios encendidos hablaban, sin moverse, del fuego de su corazón; sus cabellos y su barba de nieve, que nos recordaban la imagen misma de Aarón, reflejaban la limpieza y esplendor de su vida.» Cuando murió, vióse claramente la fuerza de aquella simpatía irresistible. Todos los habitantes de la ciudad se disputaban la dicha de ver por última vez aquel rostro bello todavía en la muerte. La multitud se apiñaba en las calles, en los pórticos, en las terrazas y en los balcones. En torno caminaban ejércitos de sacerdotes, de monjes y de soldadas. El prefecto de la ciudad presidía el duelo; el emperador vigilaba el orden; los cantos se juntaban con los sollozos. Ya antes de expirar fueron innumerables los que pasaron por la alcoba del moribundo para despedirse de él y besar su mano. «También yo—termina el monje que escribió su vida—besé aquella faz angélica; bésela una, dos y tres veces, y nunca me hubiera cansado de besarla. —¿Por qué ese arrebato?—murmuró el viejo. —Porque éste es el último día—respondí—. Y empecé a errar de una parte a otra, sin consuelo, pensando que el mundo perdía su mejor tesoro.»

(fuente: www.divvol.org)

otros santos 06 de abril:

sábado, 5 de abril de 2014

05 de abril: San Geraldo de Corbie

Martirologio Romano: En el monasterio de Sauve-Majeure, en Aquitania, ahora en Francia, san Geraldo, abad, que desde el monasterio de Corbie fue elegido abad de Laon, pero, pasado un tiempo, tras varias peregrinaciones santas, se retiró a la espesura del bosque. († 1095)

También es conocido como: San Geraldo de Corbie,
También es conocido como: San Gerardo de Sauve-Majeure, oTambién es conocido como:es conocido como: San Geraud

Fecha de canonización: En el año 1197 por el Papa Celestino III.

San Geraldo nació en Corbie , Picardía, y fue educado en la abadía existente en su pueblo local, donde más tarde se convertiría en monje y ocuparía el puesto de bodeguera. Sufría mucho de violentos dolores de cabeza lo que le impedía llevar a cabo sus actos de piedad. En un esfuerzo para curarse hizo una peregrinación a Roma, junto a su abad, en el viaje pasaron por el Monte Gargano y Monte Cassino, donde oraron pidiendo la intercesión de San Miguel Arcángel y San Benito, respectivamente. Durante su estancia en Roma fue ordenado sacerdote por el Papa León IX . A su regreso, luego de orar pidiendo ayuda a San Adelardo, antiguo abad de Corbie, su salud mejoraría de manera impresionante. Geraldo es autor de una hagiografía de San Adelardo.

Más tarde hizo una peregrinación a Palestina, tras lo cual fue elegido abad de la Abadía de San Vicente en Laon , pero los monjes terminaron rechazando la interpretación severa de como debía llevarse correctamente la vida monacal, por lo que lugo de cinco años se retiró de Laon. Posteriormente llegó a ser abad en la Abadía de San Medardo en Soissons, pero fue expulsado por un usurpador.

Entonces se puso a la búsqueda de un lugar para fundar un nuevo monasterio benedictino, el Duque Guillermo VIII de Aquitania le ofreció una enorme extensión de bosque en Gironde, cerca de Burdeos, para que pudiera hacer la construcción, y fue allí en donde, con ayuda de otros monjes fundó la abadía de la Sauve-Majeure, de la que además fue el primer abad. Esta abadía se convirtió en una poderosa comunidad para el progreso de la regla y el modo de vida benedictino, además tenía una significativa influencia de las costumbres de la región.

Geraldo comenzó la práctica de celebrar la misa y la Oficio de Difuntos 30 días después de la muerte de un miembro de la comunidad. Murió en la abadía de la Sauve-Majeure el 5 de abril de 1095.

(fuente: catholic.net)

otros santos 05 de abril:

- San Vicente Ferrer

viernes, 4 de abril de 2014

04 de abril: San Cayetano Catanoso

(1879-1963)

Nació en Chorio di San Lorenzo, archidiócesis de Reggio Calabria, en una familia de agricultores profundamente cristianos, el 14 de febrero de 1879. Ese mismo día fue bautizado. En 1882 recibió el sacramento de la Confirmación.

A los diez años sintió la vocación al sacerdocio y entró en el seminario arzobispal de Reggio.

Fue ordenado sacerdote el 20 de septiembre de 1902. Durante dos años fue prefecto de disciplina en el seminario. Luego, en 1904, fue nombrado párroco en una aldea, donde reinaba la pobreza, el analfabetismo, la ignorancia religiosa. Allí compartió las privaciones y sufrimientos de la gente. Fue celoso en el anuncio de la palabra de Dios y en la enseñanza de la doctrina cristiana, edificante en la celebración de los misterios divinos, asiduo en el ministerio de la Confesión, generoso con las familias necesitadas, y solícito con los enfermos. Para los jóvenes que no podían frecuentar las escuelas públicas abrió una escuela vespertina gratuita, en la que él era el maestro.

Colaboraba con los párrocos de las aldeas vecinas en la predicación y en la administración del sacramento de la Penitencia.

Era muy devoto de la santa faz de Cristo y difundió con celo esa devoción entre el pueblo, implicando a sacerdotes y laicos en el apostolado de la reparación por los pecados, especialmente de la blasfemia y la profanación de las fiestas religiosas. Con feliz intuición, unió esta devoción a la piedad eucarística: el rostro real de Cristo lo encontramos en la Eucaristía, donde se oculta bajo el blanco velo de la Hostia. En 1918 fundó la Pía unión de la Santa Faz.

Para ayudar a los jóvenes que querían ser sacerdotes pero no tenían recursos, instituyó la "Obra de los clérigos pobres".

Desde 1921 hasta 1940 fue párroco, en la ciudad de Reggio, de la iglesia de Santa María de la Purificación. Allí desempeñó una actividad aún más intensa y más amplia. Se dedicaba en especial a la catequesis, las misiones populares, el ministerio de la Confesión, la asistencia a los pobres, a los enfermos y a los perseguidos por asociaciones criminales. Fomentaba con empeño el culto a la Eucaristía y promovía las vocaciones sacerdotales. Además, fue director espiritual en el seminario arzobispal, capellán de hospitales, confesor en casas religiosas y en cárceles, y canónigo penitenciario de la catedral.

En 1934 fundó las religiosas Verónicas de la Santa Faz, para propagar la devoción que constituía el fulcro de su espiritualidad y para ayudar a los sacerdotes más necesitados en las parroquias más perdidas y abandonadas. En 1953 la congregación recibió la aprobación canónica.

La misa, celebrada diariamente, y la adoración frecuente del santísimo Sacramento fueron el alma de su sacerdocio y el apoyo de su apostolado. Cultivó una devoción filial a la Virgen María, que irradió a sus religiosas y al pueblo fiel. Desde niño aprendió a rezar el rosario todos los días y lo siguió haciendo hasta su muerte.

Practicó el sacrificio, la mortificación y la penitencia. Aceptó con paciencia las enfermedades y la ceguera que lo afligió en la última etapa de su vida. En 1929 se había ofrecido como víctima al Corazón de Cristo, anhelando completar en su carne lo que faltaba a los padecimientos de Cristo en favor de su cuerpo, que es la Iglesia.

Se preparó con gran serenidad al encuentro definitivo con el Señor, que tuvo lugar el 4 de abril de 1963, en Reggio, en la casa madre de la congregación que había fundado.

Fue beatificado por el Papa Juan Pablo II el 4 de mayo de 1987.

SOLEMNE CONCLUSIÓN
DE LA XI ASAMBLEA GENERAL ORDINARIA DEL SÍNODO DE LOS OBISPOS,
DEL AÑO DE LA EUCARISTÍA Y CANONIZACIÓN DE LOS BEATOS:

JÓZEF BILCZEWSKI
CAYETANO CATANOSO
SEGISMUNDO GORAZDOWSKI
ALBERTO HURTADO CRUCHAGA;
FÉLIX DE NICOSIA

HOMILÍA DE SU SANTIDAD BENEDICTO XVI 
Plaza de San Pedro Jornada mundial de las misiones 
Domingo 23 de octubre de 2005

Venerados hermanos en el episcopado y en el sacerdocio; queridos hermanos y hermanas:

En este XXX domingo del tiempo ordinario, nuestra celebración eucarística se enriquece con diversos motivos de acción de gracias y de súplica a Dios. Se concluyen simultáneamente el Año de la Eucaristía y la Asamblea ordinaria del Sínodo de los obispos, dedicada precisamente al misterio eucarístico en la vida y en la misión de la Iglesia, y acaban de ser proclamados santos cinco beatos: el obispo José Bilczewski, los presbíteros Cayetano Catanoso, Segismundo Gorazdowski y Alberto Hurtado, y el religioso capuchino Félix de Nicosia. Además, se celebra hoy la Jornada mundial de las misiones, cita anual que despierta en la comunidad eclesial el impulso a la misión.

Con alegría dirijo mi saludo a todos los presentes, en primer lugar a los padres sinodales, y después a los peregrinos que han venido de varias naciones, juntamente con sus pastores, para festejar a los nuevos santos. La liturgia de hoy nos invita a contemplar la Eucaristía como fuente de santidad y alimento espiritual para nuestra misión en el mundo: este supremo "don y misterio" nos manifiesta y comunica la plenitud del amor de Dios.

La palabra del Señor, que acaba de proclamarse en el Evangelio, nos ha recordado que toda la ley divina se resume en el amor. El doble mandamiento del amor a Dios y al prójimo encierra los dos aspectos de un único dinamismo del corazón y de la vida. Así, Jesús cumple la revelación antigua, sin añadir un mandamiento inédito, sino realizando en sí mismo y en su acción salvífica la síntesis viva de los dos grandes mandamientos de la antigua alianza: "Amarás al Señor tu Dios con todo tu corazón..." y "Amarás a tu prójimo como a ti mismo" (cf. Dt 6, 5; Lv 19, 18).

En la Eucaristía contemplamos el Sacramento de esta síntesis viva de la ley: Cristo nos entrega en sí mismo la plena realización del amor a Dios y del amor a los hermanos. Nos comunica este amor suyo cuando nos alimentamos de su Cuerpo y de su Sangre. Entonces puede realizarse en nosotros lo que san Pablo escribe a los Tesalonicenses en la segunda lectura de hoy: "Abandonando los ídolos, os habéis convertido, para servir al Dios vivo y verdadero" (1 Ts 1, 9). Esta conversión es el principio del camino de santidad que el cristiano está llamado a realizar en su existencia. El santo es aquel que está tan fascinado por la belleza de Dios y por su verdad perfecta, que es progresivamente transformado. Por esta belleza y esta verdad está dispuesto a renunciar a todo, incluso a sí mismo. Le basta el amor de Dios, que experimenta en el servicio humilde y desinteresado al prójimo, especialmente a quienes no están en condiciones de corresponder. Desde esta perspectiva, ¡cuán providencial es que hoy la Iglesia indique a todos sus miembros a cinco nuevos santos que, alimentados de Cristo, Pan vivo, se convirtieron al amor y en él centraron toda su existencia! En diversas situaciones y con diversos carismas, amaron al Señor con todo su corazón y al prójimo como a sí mismos, y "así llegaron a ser un modelo para todos los creyentes" (1 Ts 1, 6-7).

San José Bilczewski fue un hombre de oración. La santa misa, la liturgia de las Horas, la meditación, el rosario y las otras prácticas de piedad articulaban sus jornadas. Dedicaba un tiempo particularmente largo a la adoración eucarística.

San Segismundo Gorazdowski destacó también por su devoción fundada en la celebración y en la adoración de la Eucaristía. Vivir la ofrenda de Cristo lo impulsó hacia los enfermos, los pobres y los necesitados.

El profundo conocimiento de la teología, la fe y la devoción eucarística de José Bilczewski lo han convertido en un ejemplo para los sacerdotes y en un testigo para todos los fieles.

Segismundo Gorazdowski, al fundar la Asociación de sacerdotes, la congregación de las Religiosas de San José y tantas otras instituciones caritativas, se dejó guiar siempre por el espíritu de comunión, que se revela plenamente en la Eucaristía.

"Amarás al Señor tu Dios con todo tu corazón... y a tu prójimo como a ti mismo" (Mt 22, 37. 39). Este sería el programa de vida de san Alberto Hurtado, que quiso identificarse con el Señor y amar con su mismo amor a los pobres. La formación recibida en la Compañía de Jesús, consolidada por la oración y la adoración de la Eucaristía, le llevó a dejarse conquistar por Cristo, siendo un verdadero contemplativo en la acción. En el amor y entrega total a la voluntad de Dios encontraba la fuerza para el apostolado. Fundó El Hogar de Cristo para los más necesitados y los sin techo, ofreciéndoles un ambiente familiar lleno de calor humano. En su ministerio sacerdotal destacaba por su sencillez y disponibilidad hacia los demás, siendo una imagen viva del Maestro, "manso y humilde de corazón". Al final de sus días, entre los fuertes dolores de la enfermedad, aún tenía fuerzas para repetir: "Contento, Señor, contento", expresando así la alegría con la que siempre vivió.

San Cayetano Catanoso fue devoto y apóstol de la Santa Faz de Cristo. "La Santa Faz —afirmaba— es mi vida; es mi fuerza". Con una feliz intuición, conjugó esta devoción con la piedad eucarística. Lo explicó así: "Si queremos adorar el rostro real de Jesús..., lo encontramos en la divina Eucaristía, donde, con el Cuerpo y la Sangre de Jesucristo, bajo el blanco velo de la Hostia se esconde el rostro de nuestro Señor". La misa diaria y la adoración frecuente del Sacramento del altar fueron el alma de su sacerdocio: con ardiente e incansable caridad pastoral se dedicó a la predicación, a la catequesis, al ministerio de la Confesión, a los pobres, a los enfermos, al cultivo de las vocaciones sacerdotales. A las religiosas Verónicas de la Santa Faz, que fundó, les transmitió el espíritu de caridad, de humildad y de sacrificio que animó toda su existencia.

San Félix de Nicosia solía repetir en todas las circunstancias, alegres o tristes: "Sea por amor de Dios". Así podemos comprender bien cuán intensa y concreta era en él la experiencia del amor de Dios revelado a los hombres en Cristo. Este humilde fraile capuchino, hijo ilustre de la tierra de Sicilia, austero y penitente, fiel a las expresiones más auténticas de la tradición franciscana, fue plasmado y transformado gradualmente por el amor de Dios, vivido y actualizado en el amor al prójimo. Fray Félix nos ayuda a descubrir el valor de las pequeñas cosas que enriquecen la vida, y nos enseña a captar el sentido de la familia y del servicio a los hermanos, mostrándonos que la alegría verdadera y duradera, que anhela el corazón de todo ser humano, es fruto del amor.

Queridos y venerados padres sinodales, durante tres semanas hemos vivido juntos un clima de renovado fervor eucarístico. Ahora, juntamente con vosotros y en nombre de todo el Episcopado, quisiera enviar un saludo fraterno a los obispos de la Iglesia en China. Con profunda pena hemos sentido la falta de sus representantes. Sin embargo, quiero asegurar a todos los prelados chinos que, con la oración, estamos cerca de ellos y de sus sacerdotes y fieles. El doloroso camino de las comunidades confiadas a su cuidado pastoral está presente en nuestro corazón: no quedará sin fruto, porque es una participación en el Misterio pascual, para gloria del Padre.

Los trabajos sinodales nos han permitido profundizar en los aspectos más importantes de este misterio dado a la Iglesia desde el inicio. La contemplación de la Eucaristía debe impulsar a todos los miembros de la Iglesia, en primer lugar a los sacerdotes, ministros de la Eucaristía, a renovar su compromiso de fidelidad. En el misterio eucarístico, celebrado y adorado, se funda el celibato, que los presbíteros han recibido como don valioso y signo del amor indiviso a Dios y al prójimo.

También para los laicos la espiritualidad eucarística debe ser el motor interior de toda actividad, y no se puede admitir ninguna dicotomía entre la fe y la vida en su misión de animación cristiana del mundo. Mientras se concluye el Año de la Eucaristía, ¡cómo no dar gracias a Dios por los numerosos dones concedidos a la Iglesia en este tiempo! Y ¡cómo no recoger la invitación del amado Papa Juan Pablo II a "recomenzar desde Cristo"! Como los discípulos de Emaús, que, con el corazón ardiendo por la palabra del Resucitado e iluminados por su presencia viva, reconocida en la fracción del pan, volvieron de inmediato a Jerusalén y se convirtieron en anunciadores de la resurrección de Cristo, también nosotros reanudemos nuestro camino animados por el vivo deseo de testimoniar el misterio de este amor que da esperanza al mundo.

En esta perspectiva eucarística se sitúa bien la Jornada mundial de las misiones, que celebramos hoy y a la que el venerado siervo de Dios Juan Pablo II había dado como tema de reflexión: "Misión: Pan partido para la vida del mundo". La comunidad eclesial, cuando celebra la Eucaristía, especialmente en el día del Señor, toma cada vez mayor conciencia de que el sacrificio de Cristo es "por todos" (Mt 26, 28), y la Eucaristía impulsa al cristiano a ser "pan partido" para los demás, a trabajar por un mundo más justo y fraterno. También hoy, ante las multitudes, Cristo sigue exhortando a sus discípulos: "Dadles vosotros de comer" (Mt 14, 16), y, en su nombre, los misioneros anuncian y testimonian el Evangelio, a veces incluso con el sacrificio de su vida.

Queridos amigos, todos debemos recomenzar desde la Eucaristía. Que María, Mujer eucarística, nos ayude a estar enamorados de ella y a "permanecer" en el amor de Cristo, para que él nos renueve íntimamente. Así, dócil a la acción del Espíritu y atenta a las necesidades de los hombres, la Iglesia será cada vez más faro de luz, de verdadera alegría y de esperanza, realizando plenamente su misión de "signo e instrumento de unidad de todo el género humano" (Lumen gentium, 1).

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jueves, 3 de abril de 2014

03 de abril: Beato Salvador Huerta Gutiérrez

Nació en Magdalena, Jalisco, el 17 de marzo de 1880. Fue el penúltimo de cinco hijos; recibió el sacramento del bautismo el 22 de marzo siguiente, en la iglesia parroquial, por el presbítero José María Rojas, con el nombre de J. Salvador.

 Su temperamento desde niño fue singular. Afrontaba las situaciones adversas con estoicismo que incitaba a su madre a duplicar con él la disciplina. Ciertamente poseía algo del carácter de su padre, callado, ocupado todo el tiempo en sus faenas.

Ya instalada en Guadalajara la familia Huerta Gutiérrez, inscritos los hermanos mayores en el Seminario Conciliar y Ezequiel con sus clases de canto, Salvador, terminada la formación secundaria, manifestó que sus aptitudes no lo inclinaban por las cuestiones académicas. Sus padres pensaron que un tiempo en el campo asentaría su elección, y así fue, pero sólo para confirmar lo que antes había decidido. De nuevo en la ciudad, se aplicó con empeño y destreza poco común a las cosas prácticas.

En efecto, pocos secretos dejó sin resolver en lo que sería su oficio, el manejo del torno mecánico en la modalidad automotriz. Aprovechó al máximo su estancia, como operario, en una compañía de origen alemán; fue también técnico de bombas en las minas de Zacatecas y oficial en los talleres de los Ferrocarriles Nacionales, en Aguascalientes.

De estos tiempos datan sucesos aparentemente accidentales pero que, vistos en conjunto, confirman su predestinación al martirio: una piedra aplastó a una persona que lo reemplazó en el manejo de cierta máquina; al reventarse el cable del elevador de la mina donde trabajaba, murieron todos los ocupantes menos él; se libró de una devastadora epidemia. Sufrió, además, otros accidentes que le provocaron lesiones gravísimas.

Viviendo en Aguascalientes, visita con regularidad a su madre, domiciliada en Atotonilco el Alto, donde el padre José del Refugio presta sus servicios. En ese pueblo, conoce y admira a Adelina Jiménez, huérfana de madre, con quien terminará casándose, tras vencer algunos inconve­nientes, como fueron la oposición de la familia de ella por la condición social de Salvador y la diferencia de edades -diez años- entre ambos.

Los veinte años que duró el matrimonio, verificado el 20 de abril de 1907, en la capilla del Calvario de Atotonilco, ante la presencia de sus hermanos sacerdotes, José Refugio y Eduardo, serán una luna de miel continua.

Engendraron, con cariño, los siguientes hijos: Salvador (1908), María (1909), Guadalupe (1911), Gabriel (1913), Dolores (1914), Isabel (1917), Antonio (1919), Francisco (1921), José Luis (1924), Isaac (1924), a cada uno de los cuales se esforzaron por dotarlos con lo necesario para su desarrollo físico y moral.

Los nuevos esposos se radicaron en Aguascalientes, donde nacieron los dos primeros hijos; poco después el amor materno lo atrajo a la capital de Jalisco. Dejó lo que tenía y se estableció, de nuevo, en Guadalajara. Muy pronto, pudo montar un taller de mecánica automotriz, que llegó a ser considerado el mejor de la ciudad. Se ganó, por este motivo, el sobrenombre de “mago de los carros”, pues se las ingeniaba para reproducir cualquier refacción necesaria, o para resolver el más intrincado desperfecto. Solicitan sus servicios por igual particulares y dependencias del gobierno. Por otra parte, no se limitaba a utilizar el servicio de sus operarios, sino que los instruía y adiestraba. Eso le ganó la estima de clientes y trabajadores. Sólo una cosa no toleraba, el lenguaje blasfemo o soez. Alguien ha dicho, por esto, que su taller era escuela y templo.

Sus hijos no se cansan de recordar al padre solícito, que se desvivía por atender a su sensible y delicada esposa y a sus hijos; que amaba a Dios por encima de todo y recibía con verdadera piedad los sacramentos. Con la frecuencia que podía, dedicaba largos espacios de adoración eucarística.

Durante la ocupación de Guadalajara por las facciones villistas y carrancistas, durante los tiroteos, en más de una vez arriesgó la vida con tal de obtener alimentos para sus hijos.

Sufría las adversidades con particular fortaleza: una mujer lo arrolló con su automóvil, sufrió quemaduras y heridas graves, todo sin quejarse, ofreciendo sus padecimientos por los de su esposa: “Adelina, yo le pido a Dios que me dé todos los sufrimientos, pero que a ti te devuelva la salud”, comentó alguna vez a su esposa.

Dedicaba el domingo a la convivencia familiar, organizando almuerzos en el campo y paseos. Gustaba de la ópera y del cine. Con su esposa, era atento y delicado; con sus hijos, cariñoso y enérgico.

Todos los días asistía a Misa y comulgaba en la capilla del Calvario, donde más tarde fue levantado el monumental templo Expiatorio. Para aumento de su devoción eucarística, el 8 de agosto de 1921 fue aceptado como socio activo de la Adoración Nocturna del Santísimo Sacramento. Por las tardes, se reunía con su familia para rezar el rosario, y en las fiestas litúrgicas se empeñaba en hacerlos participar en las prácticas recomendadas por la Iglesia. Tras la muerte de su madre, en 1926, que mucho lo entristeció, recogió en su hogar a su anciano padre.

Como muchos católicos, le indignaba la persecución sistemática ejercida por el poder civil en contra de la Iglesia. Como muchos padres, también, ve partir a su hijo mayor, Salvador y a sus sobrinos Manuel y José de Jesús, al frente de combate. No le parece que las armas puedan traducir la verdad del Evangelio, pero, considerándolo un mal menor y un caso de legítima defensa, tolera el medio elegido. La víspera de su martirio lo asalta una corazonada: “Presiento que algo va a pasar”.

El 1º de abril de 1927, trágicos nubarrones ensombrecen las expectativas de los Huerta Jiménez y de muchísimos hogares más. Han matado a Anacleto González Flores, a Luis Padilla, y a los hermanos Jorge y Ramón Vargas. Ese día, por la tarde, recibe a su hermano Ezequiel. Al notarlo preocupado por la inseguridad que impera y que a todos afecta, le increpa: “No te apures, si nos quieren matar, pues que nos maten”. Un poco en broma especula sobre la posibilidad de morir por ser católico. Momentos después, los dos hermanos visitan las capillas ardientes de los mártires.

Entre tanto, se planea una estrategia para salvar la vida de Manuel, hijo de su hermano Ezequiel, que partirá en el coche de Salvador, muy de mañana, rumbo a la estación La Quemada, para que pueda abordar el tren Sud Pacífico, que lo llevará a la frontera con Estados Unidos. Lo acompañará la esposa de Salvador para evitar las sospechas de los retenes.

Las cosas se realizaron conforme a lo planeado. Por la madrugada marchó el contingente y Salvador dispuso de su tiempo como solía hacerlo todos los días. Ya en su taller, como a las nueve de la mañana algunos agentes de la Inspección General de Policía, como tenían por costumbre hacerlo, lo buscaron para “solicitarle un servicio”, sólo que esta vez sus verdaderas intenciones eran otras. Salvador les había creído porque ya otras veces habían solicitado sus servicios mecánicos. Cuando llegó al cuartel militar, allí lo detuvieron sin explicaciones y ya no vería más a ninguno de su familia. Mientras tanto, la policía había invadido su casa sin ningún mandato judicial y la había cateado.

Una vez encerrado en un lúgubre calabozo del cuartel de la policía, Salvador se encontró con la inmensa sorpresa de ver que allí se encontraba preso su hermano Ezequiel. Fue una sorpresa pero también un motivo de inmenso bienestar. Dios que había saldado una fuerte amistad entre ellos en vida, la fortalecerá en momentos supremos del testimonio con su sangre. Juntos habían crecido, juntos habían sudado para abrirse camino en la vida, juntos habían luchado por su fe católica y ahora juntos iban a sellar su testimonio con su sangre. En las breves horas que les quedaron de vida los dos hermanos iban a ser sostenedores mutuos de aquel testimonio.

Al igual que Ezequiel, Salvador fue torturado. El general Jesús M. Ferreira quería saber del paradero de sus hermanos sacerdotes y del Sr. Obispo Orozco y Jiménez. También a él lo dejaron medio muerto por los golpes y torturas. De ello dio testimonio el joven seminarista Bernal que había sido apresado junto con Ezequiel. (El seminarista fue liberado después).

Los fusilaron en el panteón de Mezquitán el 3 de abril de 1927, como a la una de la mañana, para no despertar sospechas y evitar manifestaciones del pueblo. En el muro derecho del panteón y recargados sobre la misma barda, ahí los colocaron. Primero mataron a Ezequiel, Salvador, se quitó el sombrero y dijo: “Me descubro ante ti, hermano, porque ya eres un mártir”. Después se colocó de espaldas al muro y viendo que el velador del panteón traía una vela encendida se la pidió, se rasgó la camisa y dirigiéndose a los soldados les dijo: “Les pongo esta vela en mi corazón para que no fallen ante este corazón que tanto ha amado a Cristo, su Rey, su Dios”. Una descarga de fusiles se oyó y Salvador cayó muerto. Después el capitán del pelotón se acercó a darle el tiro de gracia.

(fuente: www.santuariodelosmartiresdecristo.org)

otros santos 03 de abril:

- San Luis Scrosoppi

miércoles, 2 de abril de 2014

02 de abril: San Juan Payne

Presbítero y Mártir

Martirologio Romano: En Chelmsford, en Inglaterra, san Juan Payne, presbítero y mártir, que en tiempo de la reina Isabel I fue ahorcado, acusado falsamente de sedición (1582).

Etimológicamente: Juan = Dios es misericordia, es de origen hebreo.

Fecha de canonización: 25 de octubre de 1970 por el Papa Pablo VI como parte del grupo de 40 Mártires de Inglaterra y Gales. Según parece, el San Juan Payne nació en Peterborough. Lo único que sabemos de su familia es que uno de sus hermanos era un protestante muy fervoroso, lo cual permite conjeturar que tal vez Juan Payne se había convertido del protestantismo.

La primera noticia cierta que tenemos sobre Juan es que llegó a Douai, en 1574, a estudiar teología en el seminario. Menos de tres semanas después de su ordenación, partió a la misión inglesa. Su sitio de destino era Essex, en tanto que su compañero, San Cutberto Mayne, se dirigía a Devonshire. El P. Juan se alojó en Ingatestone, en casa de lady Petre, como si fuera uno de los criados que estaban a su servicio; pero tenía también un cuarto en Londres. Parece que el San Juan era muy activo; a diferencia de tantos otros mártires, el éxito coronó sensiblemente sus esfuerzos. En una de sus cartas escribe: "En todas partes y cada día más se multiplican las reconciliaciones con la Iglesia católica, con gran asombro de los herejes." A continuación, explica que eso exige que el seminario de Douai envíe más sacerdotes. Menos de un año después de su llegada, fue hecho prisionero en casa de lady Petre; pero cuatro semanas más tarde, le pusieron en libertad. A los nueve meses salió de Inglaterra, aunque ignoramos por qué razón y por cuánto tiempo. Lo cierto es que en la Navidad de 1579 estaba ya de vuelta en Essex, pues el hombre que le traicionó afirmó que le había visto por primera vez, en esa fecha, en casa de lady Petre y no hay razón para dudar de ello. En la casa de lady Petre, llamada "Ingatestone Hall", se refugiaban con frecuencia los sacerdotes que pasaban por el lugar; en 1855 se redescubrió casualmente la covacha en que se ocultaban, que tenía unos cuatro metros de largo por sesenta centímetros de ancho y tres metros de alto.

El P. Payne fue arrestado por segunda y última vez en Warwckshire. Aunque estaba acusado de conspiración, el juez Waslsingham, después de interrogarle, declaró a Burleigh que la acusación carecía de fundamento. Pero, como era sacerdote, no pareció prudente dejarle en libertad, aunque todavía no existía ley que consideraba como traición el hecho de recibir la ordenación sacerdotal en el extranjero. Así pues, el hombre que había denunciado a Payne hubo de declarar que éste había tratado de enredarle en una conspiración para asesinar a la reina, al tesorero y a Walsingham. Dicho testigo se llamaba Juan Eliot (más tarde conocido con el sobrenombre de "Judas Eliot"), quien había ocupado puestos de confianza en casa de lady Petre y de otras familias católicas y demostró ser un bribón y un asesino. Para escapar del castigo y ganar dinero, denunció a más de treinta sacerdotes, entre los que se contaba Edmundo Campion. La simple acusación de un testigo tan dudoso, costó al P. Payne ocho meses de prisión en la Torre de Londres, antes de ser juzgado. Fue torturado varias veces. El 31 de agosto se lee en el diario de la Torre de Londres: "Juan Payne, sacerdote, fue sometido a terrible tortura en el potro."

La noche del 20 de marzo de 1582, los verdugos despertaron al P. Payne y le condujeron inmediatamente a la prisión de Chelmsford, sin darle tiempo de vestirse y tomar su cartera. Lady Hopton recuperó más tarde la cartera. Ante los jueces, Eliot repitió la acusación. No había ningún otro testigo, cosa que importo bien poco a los jueces. El mártir se declaró inocente y protestó que era contrario a todas las leyes divinas y humanas condenarle por el testimonio de un solo testigo, por añadidura muy sospechoso. A pesar de ello, los jueces le condenarn a muerte. La sentencia se ejecutó el 2 de abril. La multitud, compadecida del mártir, impidió que el verdugo le descuartizase y desentrañase antes de morir. La fiesta del San Juan Payne se celebra en las diócesis de Northampton y Brentwood el 3 de abril.

Fue beatificado en 1886 y canonizado por el Papa Pablo VI el año 1970.

(fuentes: misa_tridentina.t35.com; catholic.net)

martes, 1 de abril de 2014

01 de abril: Beato Ludovico Pavoni

«Conocido como el cura de los chicos pobres les ayudó espiritualmente y les propocionó una digna salida laboral con un interesante abanico de profesiones. Es el fundador de la Congregación de los Hijos de María Inmaculada»

Madrid, 01 de abril de 2014 (Zenit.org) Pío XII calificó a Ludovico como «otro Felipe Neri... precursor de san Juan Bosco... perfecto emulador de san José Cottolengo». Nació en Brescia, Italia, el 11 de septiembre de 1784. Su ilustre familia, los Poncarali, pertenecía a la nobleza. Eran dueños de grandes posesiones. Pero los utópicos ideales de la Revolución Francesa, portando aires triunfales, penetraron en la ciudad y arrasaron los derechos de muchos ciudadanos. En 1797 miembros del ejército tomaron bajo su mando el palacio Poncarali y firmaron el manifiesto «Juramos vivir libres o morir».

Sin darse ínfulas de nada, ni comprometerse con idílicos principios, únicamente con la sencillez de la verdad por bandera, Ludovico se había adentrado en el drama de los pobres. Ya conocía el asfixiante ambiente de las fábricas y lo que cuesta el aserto bíblico de ganarse el pan con el sudor de la frente. Había sido el primogénito de cinco hermanos, y todos los ojos estaban puestos en él, sin adivinar entonces lo que iba a depararle la vida. A lo largo de los años, otras personas tendrían en cuenta sus cualidades y virtudes al punto de encomendarle altas misiones eclesiásticas. En esa época abastecía su alma cada mañana en la iglesia de San Lorenzo con el más excelente manjar: la Eucaristía. Mientras tanto, los que proclamaron la libertad esclavizaron al pueblo. Les privaron de bienes gratuitos que movimientos eclesiales proporcionaban a los desamparados, suprimieron escuelas, centros benéficos e incluso el seminario.

En una de las posesiones familiares Ludovico realizaba obras de misericordia. Compartía los conocimientos que tenía con los chavales de su edad que no pudieron costearse estudios. Además, les enseñaba el catecismo. Su sensibilidad por estos jóvenes desamparados fue aumentando. Y con ella su amor al sacerdocio. En 1805 perdió a su padre, que falleció profundamente apenado por las desavenencias con uno de los hijos. Cuando Ludovico ofició su primera misa en 1807 percibió con aflicción la ausencia de este díscolo hermano, que estaba casado. La lectura de un libro hizo que Ludovico tomase el sendero que guiaría el resto de su existencia: ‘Sobre las influencias morales’ escrito por Schedoni. Fue providencial. Con lucidez su autor ponía de relieve lo ya conocido: si a los chicos se les deja a su aire, no se les exige la escolarización, y se ponen a su alcance puertas abiertas a la indisciplina y a la inmoralidad, el camino hacia el delito está en marcha. Lo dice el refrán: «quien siembra vientos, cosecha tempestades». Así que Ludovico tomó la resolución de implicarse por completo en la tarea de restaurarlos.

En noviembre de 1809 murió su madre dejándole gran pesar. Sin tiempo que perder, impulsó un centro parroquial para los muchachos del entorno. A otros los rescató de las calles conquistándolos con una simple limosna y el gozo reflejado en su semblante. Les allanó el camino disponiendo un hogar donde acogerlos, un «Oratorio». Los pilares de su capacitación en prácticos oficios (carpintería e imprenta) comenzó en Brescia. Su iniciativa fue bendecida por el prelado Gabrio María Nava, que tenía gran debilidad por este colectivo marginal. Conocía la trayectoria del beato, que ya era popularmente denominado «el cura de los chicos pobres». En 1812 lo designó secretario suyo. Seis años más tarde le nombró canónigo confiándole la rectoría de la Basílica de San Bernabé. Además, le encargó la fundación del «Instituto privado de beneficencia». Era una «Escuela de Oficios» de carácter gratuito. En 1821 recibió el nombre de «Pío Instituto de San Bernabé». Sus destinatarios eran jóvenes sin hogar ni recursos que, desde el punto de vista profesional, saldrían de sus aulas bien preparados para entrar en el mundo laboral. Y, desde la perspectiva espiritual, listos para lidiar con un ambiente poco sano y, por tanto, cristiano.

Otra de las obras emprendidas por Ludovico fue la «Escuela Tipográfica», una novedad en Italia al tratarse de la primera escuela gráfica que se abría, convertida después en editorial. Fue ampliada en 1841 para otro grupo de sordomudos. Y como su entusiasmo y creatividad no tenían fronteras, en diez años logró que los jóvenes pudieran elegir entre un interesante abanico de profesiones: tipografía, encuadernación de libros, papelería, etc. Los oficios a los que podrían aspirar serían igualmente extensos: plateros, cerrajeros, carpinteros, torneros, zapateros... Era un gran logro, sin duda, por el cual en 1844 fue condecorado por el emperador de Austria, quien le concedió el título de Caballero de la Corona de Hierro. Su destino fue un cajón; hubiera preferido ayuda para sus chicos.

Para que subsistiera esta formidable labor caritativo-social precisaba personas generosas, entregadas, con empuje. Sobre todo, que tuviesen entre sus objetivos altos ideales espirituales. Ludovico pensaba en esa opción cuando eligió entre los muchachos a los que juzgaba cumplían esos requisitos, y fundó con ellos la Congregación de los Hijos de María Inmaculada, erigida canónicamente en 1847. Comenzaban a verse los frutos de su religioso tesón: «debemos sembrar con confianza; no importa si los frutos no se ven». Ese mismo año emitió los votos perpetuos. Su incesante entrega prosiguió hasta el fin de sus días. Aunque sus chicos le sugerían que descansase alguna vez, su invariable respuesta era «descansaremos en el cielo».

A pesar de su delicado estado de salud había acudido a Saiano, lugar cercano a Brescia para liberar a sus muchachos de los atropellos provocados por los austriacos insurrectos que integraban la revuelta «de los Diez Días». Llegó el 24 de marzo de 1849 y murió el 1 de abril diciendo: «Queridos míos... adiós». Era Domingo de Ramos. Poco antes pudo transmitirles esta consigna: «Tened fe, no os desaniméis. Dios, desde el cielo, rige y dispone el destino de los hombres. Haced siempre el bien a todos y amad a Jesús y a nuestra madre, la Virgen Inmaculada». Juan Pablo II lo beatificó el 14 de abril de 2002.

(01 de abril de 2014) © Innovative Media Inc.

otros santos 01 de abril:

- San Hugo
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