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domingo, 13 de abril de 2014

13 de abril: San Hermenegildo

Mártir
(† 585)

Hay algo de cómico en aquella actitud admirativa de los reyes bárbaros ante la cultura y las instituciones del Imperio romano: se esfuerzan por comprenderlas, las estudian, las recogen, las adoptan con mejor buena voluntad que éxito. No podemos ver la corte de Teodorico el Grande sin pensar en la de Justiniano. Imitador de Teodorico fue en España Leovigildo, que, entendiendo el Imperio a la manera de Constantino o de Teodosio, intenta reproducirle en el manto de púrpura, en la corona de oro, en la jerarquía palaciega, en las pompas cortesanas y en aquel título de Flavio con que se adornarán todos los reyes toledanos. Toledo había quedado convertido en una pequeña Bizancio.

Todo esto, sin embargo, no era más que un barniz exterior. Más importancia tenía la cuestión religiosa, pero en este punto los visigodos seguían fieles a las doctrinas de sus mayores. Arriano y bárbaro eran todavía dos términos sinónimos. Precisamente fue Leovigildo el que dirigió en España la última lucha entre el arrianismo y la ortodoxia. Hábil político, guerrero afortunado, hombre de altos pensamientos y de voluntad firme, aspiraba tenazmente a la unidad. Preparó la unidad política, sometiendo a los vascones y destruyendo el reino de los suevos; favoreció la unidad de razas en su obra legislativa y puso todo su empeño para conseguir la unidad religiosa. El fin era bueno, pero se equivocó de camino. Empeñóse en imponer a todos sus súbditos el arrianismo de su casa. A pesar de su penetración natural, no supo ver que arrianismo era lo mismo que división, desunión, individualismo; que ese sistema estaba desprovisto de aquella fuerza educadora y civilizadora, propia de la Iglesia católica, que por un milagro incesante renueva los individuos y los pueblos. Quería unión, quería cultura, y se proponía conseguirlas por medio de la barbarie.

La oposición se manifestó en aquel mismo palacio toledano, orgulloso con las magnificencias. Vivía en él una princesa, llamada Ingunda, que, como hija de los reyes francos, estaba firmemente unida a la religión católica. Ingunda era esposa de Hermenegildo, el hijo mayor del rey, mancebo afable y valiente, en quien se concentraba la esperanza de los pueblos. Pero en el palacio había, además, otra mujer, una vieja de aire altanero, de genio avinagrado y de espíritu intransigente. Era Gosvinda, la mujer del rey, suegra y madrastra a la vez: suegra de Ingunda y madrastra de Hermenegildo. Arriana hasta el fanatismo; envidiosa, además, de la Juventud y la belleza de su nuera, Gosvinda se ponía furiosa ante la actitud de la princesa franca. Las discusiones eran diarias en el palacio. De las palabras se pasó a la violencia: hubo amenazas, injurias y golpes. Se intentó rebautizar a Ingunda por la fuerza; pero ella permanecía firme como la roca, repitiendo una y otra vez «que le bastaba haber sido lavada una vez del pecado original en las aguas regeneradoras del bautismo, y que confesaba a la Santísima Trinidad en igualdad indivisa». Esta respuesta irritó de tal modo a la vieja, que, arrojándose sobre Ingunda, la asió de los cabellos, la arrojó en tierra, la golpeó hasta hacerle sangre, y habiéndola despojado de sus vestidos, mandó que la sumergiesen en una piscina arriana.

Leovigildo, que, por naturaleza, no era tiano, ni opresor, ni fanático, presenciaba con dolor aquella tragedia doméstica, y para acabar con ella dio a su hijo el gobierno de Sevilla, con el título de rey. Tal vez en esta decisión influyó el temor de un conflicto armado con los francos; pero es un hecho que en la primavera del año 579 los jóvenes esposos residían ya en la capital de la Botica. Allí les espiaba la gracia, que venía ahora envuelta en la palabra elocuente de un gran obispo, San Leandro. Esposo amante y corazón recto, Hermenegildo abjuró la herejía, y como si quisiese borrar hasta el sello de su bárbaro linaje, tomó el nombre de Juan.

Cunde en Toledo la alarma; Gosvinda grita furiosa; Leovigildo, viendo su corona en peligro, se dispone para la lucha. Carácter tenaz, se niega a desistir de su campaña religiosa. Reúne en Toledo un concilio de obispos arrianos (580) y hace decretar que en adelante no será necesaria la rebautización para pasar al arrianismo. Como esto no bastaba para atraer a los católicos, redactóse una nueva profesión de fe, que creyó propia para unir a los dos partidos. Él mismo dio ejemplo de la civilización, presentándose, juntamente con las gentes del pueblo, a venerar las reliquias de los mártires. Todo fue inútil. Los hispanorromanos resistían heroicamente: unos sufrieron el tormento, otros la cárcel, y los obispos más egregios fueron arrojados de sus sedes. Entre tanto, Hermenegildo se preparaba a la defensa; muchas ciudades y castillos se habían declarado en su favor; dos ejércitos de Toledo habían sido derrotados, y los embajadores del príncipe negociaban en las cortes de los suevos, de los francos y de los bizantinos. También Leovigildo se preparaba para combatir. A fines del año 582 reunía su gente, sitiaba y ganaba a Cáceres y Mérida, separaba de la alianza de Hermenegildo a los suevos y los imperiales, y se presentaba delante de Sevilla. Los sevillanos amaban al joven rey, y se le amaba en toda la Botica. El epígrafe de un templo de Alcalá de Guadaira nos ha transmitido la inquietud de los católicos en aquellos días y el eco del amor que a Hermenegildo profesaban. Dice así: «Cristo. En el nombre del Señor. En el año felizmente segundo del reinado de nuestro señor Hermenegildo rey, a quien persigue su padre el rey Leovigildo en la ciudad de Sevilla.» Fue una defensa heroica que duró cerca de dos años, hasta que el pan empezó a faltar, los defensores se quedaron sin armas y el Betis se alejó de la ciudad, cambiado su curso por los sitiadores. Entonces Hermenegildo tuvo un gesto hermoso: puso en salvo a su mujer en territorio bizantino, y se dirigió a Córdoba, dispuesto a defender su causa hasta el fin. Allí se le presentó su hermano Recaredo, ofreciéndole perdón y olvido: «Acércate, hermano mío —le decía—; póstrate a los pies de nuestro padre y te perdonará todo.» Poco después llegaba Leovigildo también. «¡Padre, padre, padre!», clama el príncipe al verle venir; luego, arrojándose a sus pies, se los regaba con las lágrimas.

Leovigildo le alzó del suelo, le besó en el rostro y con palabras cariñosas le condujo al campamento. El pobre príncipe había caído en el lazo. Poco después le despojaban de las vestiduras reales, le cubrían con un saco de infamia y le cargaban de cadenas. Lleváronle de Córdoba a Toledo, de Toledo a Valencia y de Valencia a Tarragona. Vivía hundido en un mísero calabozo, atado de pies y manos, bajo la custodia de un carcelero cruel, digno emisario de la vengativa Gosvinda. Se hicieron esfuerzos inauditos para obligarle a apostatar; pero el permanecía inmóvil en su fe. Una noche—era la noche que precedía a la Pascua—apareció en la prisión un obispo arriano que venía a darle la comunión y a ofrecerle la gracia paterna. Hermenegildo le rechazó indignado, rehusando comunicar con los herejes. Unos días después el verdugo segaba su cabeza.

Así murió aquel príncipe desgraciado, y, ¡caso extraño!, ningún escritor español de aquel tiempo tuvo una palabra de conmiseración para él. Los mismos perseguidos de su padre le trataron con crueldad. Juan Biclarense le llama tirano y rebelde; San Isidoro dice que tiranizó a su patria, y Gregorio de Tours, que nos describe el gesto magnífico del mártir en la prisión, llega a llamarle miserable. Ni en el tercer Concilio de Toledo, donde triunfaban las ideas por las cuales había derramado su sangre, hubo para él el menor recuerdo. Pero tal vez no era éste el sentir del pueblo: unos peregrinos que llegaron por aquellos días a Roma contaron los sucesos a San Gregorio Magno, le hablaron de la arrogancia, del valor, del heroísmo del príncipe, y el gran Pontífice nos dejó de él un elogio entusiasta.

(fuente: www.divvol.org)

otros santos 13 de abril:

- Beata Margherita da Città di Castello

“Hosanna ¡Bendito el que viene como rey, en nombre del Señor! Bendito sea el reino que viene” (Mc 11,9s)

Lectura del Santo Evangelio según San Mateo
(Mt. 26,3-5.14-75.27,1-66.)
Gloria a ti, Señor.

Unos días antes de la fiesta de Pascua, los sumos sacerdotes y los ancianos del pueblo se reunieron en el palacio del Sumo Sacerdote, llamado Caifás, y se pusieron de acuerdo para detener a Jesús con astucia y darle muerte.
Pero decían: "No lo hagamos durante la fiesta, para que no se produzca un tumulto en el pueblo".
Entonces uno de los Doce, llamado Judas Iscariote, fue a ver a los sumos sacerdotes y les dijo: "¿Cuánto me darán si se lo entrego?". Y resolvieron darle treinta monedas de plata.
Desde ese momento, Judas buscaba una ocasión favorable para entregarlo.
El primer día de los Acimos, los discípulos fueron a preguntar a Jesús: "¿Dónde quieres que te preparemos la comida pascual?". El respondió: "Vayan a la ciudad, a la casa de tal persona, y díganle: 'El Maestro dice: Se acerca mi hora, voy a celebrar la Pascua en tu casa con mis discípulos'".
Ellos hicieron como Jesús les había ordenado y prepararon la Pascua.
Al atardecer, estaba a la mesa con los Doce y, mientras comían, Jesús les dijo: "Les aseguro que uno de ustedes me entregará". Profundamente apenados, ellos empezaron a preguntarle uno por uno: "¿Seré yo, Señor?". El respondió: "El que acaba de servirse de la misma fuente que yo, ese me va a entregar. El Hijo del hombre se va, como está escrito de él, pero ¡ay de aquel por quien el Hijo del hombre será entregado: más le valdría no haber nacido!". Judas, el que lo iba a entregar, le preguntó: "¿Seré yo, Maestro?". "Tú lo has dicho", le respondió Jesús.
Mientras comían, Jesús tomó el pan, pronunció la bendición, lo partió y lo dio a sus discípulos, diciendo: "Tomen y coman, esto es mi Cuerpo". Después tomó una copa, dio gracias y se la entregó, diciendo: "Beban todos de ella, porque esta es mi Sangre, la Sangre de la Alianza, que se derrama por muchos para la remisión de los pecados. Les aseguro que desde ahora no beberé más de este fruto de la vid, hasta el día en que beba con ustedes el vino nuevo en el Reino de mi Padre".
Después del canto de los Salmos, salieron hacia el monte de los Olivos. Entonces Jesús les dijo: "Esta misma noche, ustedes se van a escandalizar a causa de mí. Porque dice la Escritura: Heriré al pastor, y se dispersarán las ovejas del rebaño. Pero después que yo resucite, iré antes que ustedes a Galilea". Pedro, tomando la palabra, le dijo: "Aunque todos se escandalicen por tu causa, yo no me escandalizaré jamás". Jesús le respondió: "Te aseguro que esta misma noche, antes que cante el gallo, me habrás negado tres veces". Pedro le dijo: "Aunque tenga que morir contigo, jamás te negaré". Y todos los discípulos dijeron lo mismo.
Cuando Jesús llegó con sus discípulos a una propiedad llamada Getsemaní, les dijo: "Quédense aquí, mientras yo voy allí a orar". Y llevando con él a Pedro y a los dos hijos de Zebedeo, comenzó a entristecerse y a angustiarse. Entonces les dijo: "Mi alma siente una tristeza de muerte. Quédense aquí, velando conmigo". Y adelantándose un poco, cayó con el rostro en tierra, orando así: "Padre mío, si es posible, que pase lejos de mí este cáliz, pero no se haga mi voluntad, sino la tuya". Después volvió junto a sus discípulos y los encontró durmiendo. Jesús dijo a Pedro: "¿Es posible que no hayan podido quedarse despiertos conmigo, ni siquiera una hora? Estén prevenidos y oren para no caer en la tentación, porque el espíritu está dispuesto, pero la carne es débil".
Se alejó por segunda vez y suplicó: "Padre mío, si no puede pasar este cáliz sin que yo lo beba, que se haga tu voluntad". Al regresar los encontró otra vez durmiendo, porque sus ojos se cerraban de sueño. Nuevamente se alejó de ellos y oró por tercera vez, repitiendo las mismas palabras. Luego volvió junto a sus discípulos y les dijo: "Ahora pueden dormir y descansar: ha llegado la hora en que el Hijo del hombre va a ser entregado en manos de los pecadores. ¡Levántense! ¡Vamos! Ya se acerca el que me va a entregar".
Jesús estaba hablando todavía, cuando llegó Judas, uno de los Doce, acompañado de una multitud con espadas y palos, enviada por los sumos sacerdotes y los ancianos del pueblo. El traidor les había dado esta señal: "Es aquel a quien voy a besar. Deténganlo". Inmediatamente se acercó a Jesús, diciéndole: "Salud, Maestro", y lo besó. Jesús le dijo: "Amigo, ¡cumple tu cometido!". Entonces se abalanzaron sobre él y lo detuvieron.
Uno de los que estaban con Jesús sacó su espada e hirió al servidor del Sumo Sacerdote, cortándole la oreja. Jesús le dijo: "Guarda tu espada, porque el que a hierro mata a hierro muere. ¿O piensas que no puedo recurrir a mi Padre? El pondría inmediatamente a mi disposición más de doce legiones de ángeles. Pero entonces, ¿cómo se cumplirían las Escrituras, según las cuales debe suceder así?".
Y en ese momento dijo Jesús a la multitud: "¿Soy acaso un ladrón, para que salgan a arrestarme con espadas y palos? Todos los días me sentaba a enseñar en el Templo, y ustedes no me detuvieron". Todo esto sucedió para que se cumpliera lo que escribieron los profetas. Entonces todos los discípulos lo abandonaron y huyeron.
Los que habían arrestado a Jesús lo condujeron a la casa del Sumo Sacerdote Caifás, donde se habían reunido los escribas y los ancianos. Pedro lo seguía de lejos hasta el palacio del Sumo Sacerdote; entró y se sentó con los servidores, para ver cómo terminaba todo.
Los sumos sacerdotes y todo el Sanedrín buscaban un falso testimonio contra Jesús para poder condenarlo a muerte; pero no lo encontraron, a pesar de haberse presentado numerosos testigos falsos. Finalmente, se presentaron dos que declararon: "Este hombre dijo: 'Yo puedo destruir el Templo de Dios y reconstruirlo en tres días'". El Sumo Sacerdote, poniéndose de pie, dijo a Jesús: "¿No respondes nada? ¿Qué es lo que estos declaran contra ti?". Pero Jesús callaba. El Sumo Sacerdote insistió: "Te conjuro por el Dios vivo a que me digas si tú eres el Mesías, el Hijo de Dios". Jesús le respondió: "Tú lo has dicho. Además, les aseguro que de ahora en adelante verán al Hijo del hombre sentarse a la derecha del Todopoderoso y venir sobre las nubes del cielo".
Entonces el Sumo Sacerdote rasgó sus vestiduras, diciendo: "Ha blasfemado, ¿Qué necesidad tenemos ya de testigos? Ustedes acaban de oír la blasfemia. ¿Qué les parece?". Ellos respondieron: "Merece la muerte". Luego lo escupieron en la cara y lo abofetearon. Otros lo golpeaban, diciéndole: "Tú, que eres el Mesías, profetiza, dinos quién te golpeó".
Mientras tanto, Pedro estaba sentado afuera, en el patio. Una sirvienta se acercó y le dijo: "Tú también estabas con Jesús, el Galileo". Pero él lo negó delante de todos, diciendo: "No sé lo que quieres decir". Al retirarse hacia la puerta, lo vio otra sirvienta y dijo a los que estaban allí: "Este es uno de los que acompañaban a Jesús, el Nazareno". Y nuevamente Pedro negó con juramento: "Yo no conozco a ese hombre". Un poco más tarde, los que estaban allí se acercaron a Pedro y le dijeron: "Seguro que tú también eres uno de ellos; hasta tu acento te traiciona". Entonces Pedro se puso a maldecir y a jurar que no conocía a ese hombre. En seguida cantó el gallo, y Pedro recordó las palabras que Jesús había dicho: "Antes que cante el gallo, me negarás tres veces". Y saliendo, lloró amargamente.
Cuando amaneció, todos los sumos sacerdotes y ancianos del pueblo deliberaron sobre la manera de hacer ejecutar a Jesús. Después de haberlo atado, lo llevaron ante Pilato, el gobernador, y se lo entregaron. Judas, el que lo entregó, viendo que Jesús había sido condenado, lleno de remordimiento, devolvió las treinta monedas de plata a los sumos sacerdotes y a los ancianos, diciendo: "He pecado, entregando sangre inocente". Ellos respondieron: "¿Qué nos importa? Es asunto tuyo". Entonces él, arrojando las monedas en el Templo, salió y se ahorcó.
Los sumos sacerdotes, juntando el dinero, dijeron: "No está permitido ponerlo en el tesoro, porque es precio de sangre". Después de deliberar, compraron con él un campo, llamado "del alfarero", para sepultar a los extranjeros. Por esta razón se lo llama hasta el día de hoy "Campo de sangre".
Así se cumplió lo anunciado por el profeta Jeremías: Y ellos recogieron las treinta monedas de plata, cantidad en que fue tasado aquel a quien pusieron precio los israelitas. Con el dinero se compró el "Campo del alfarero", como el Señor me lo había ordenado.
Jesús compareció ante el gobernador, y este le preguntó: "¿Tú eres el rey de los judíos?". El respondió: "Tú lo dices". Al ser acusado por los sumos sacerdotes y los ancianos, no respondió nada. Pilato le dijo: "¿No oyes todo lo que declaran contra ti?". Jesús no respondió a ninguna de sus preguntas, y esto dejó muy admirado al gobernador.
En cada Fiesta, el gobernador acostumbraba a poner en libertad a un preso, a elección del pueblo. Había entonces uno famoso, llamado Barrabás. Pilato preguntó al pueblo que estaba reunido: "¿A quién quieren que ponga en libertad, a Barrabás o a Jesús, llamado el Mesías?". El sabía bien que lo habían entregado por envidia. Mientras estaba sentado en el tribunal, su mujer le mandó decir: "No te mezcles en el asunto de ese justo, porque hoy, por su causa, tuve un sueño que me hizo sufrir mucho". Mientras tanto, los sumos sacerdotes y los ancianos convencieron a la multitud que pidiera la libertad de Barrabás y la muerte de Jesús. Tomando de nuevo la palabra, el gobernador les preguntó: "¿A cuál de los dos quieren que ponga en libertad?". Ellos respondieron: "A Barrabás". Pilato continuó: "¿Y qué haré con Jesús, llamado el Mesías?". Todos respondieron: "¡Que sea crucificado!". El insistió: "¿Qué mal ha hecho?". Pero ellos gritaban cada vez más fuerte: "¡Que sea crucificado!". Al ver que no se llegaba a nada, sino que aumentaba el tumulto, Pilato hizo traer agua y se lavó las manos delante de la multitud, diciendo: "Yo soy inocente de esta sangre. Es asunto de ustedes". Y todo el pueblo respondió: "Que su sangre caiga sobre nosotros y sobre nuestros hijos". Entonces, Pilato puso en libertad a Barrabás; y a Jesús, después de haberlo hecho azotar, lo entregó para que fuera crucificado.
Los soldados del gobernador llevaron a Jesús al pretorio y reunieron a toda la guardia alrededor de él. Entonces lo desvistieron y le pusieron un manto rojo. Luego tejieron una corona de espinas y la colocaron sobre su cabeza, pusieron una caña en su mano derecha y, doblando la rodilla delante de él, se burlaban, diciendo: "Salud, rey de los judíos". Y escupiéndolo, le quitaron la caña y con ella le golpeaban la cabeza. Después de haberse burlado de él, le quitaron el manto, le pusieron de nuevo sus vestiduras y lo llevaron a crucificar.
Al salir, se encontraron con un hombre de Cirene, llamado Simón, y lo obligaron a llevar la cruz. Cuando llegaron al lugar llamado Gólgota, que significa "lugar del Cráneo", le dieron de beber vino con hiel. El lo probó, pero no quiso tomarlo. Después de crucificarlo, los soldados sortearon sus vestiduras y se las repartieron; y sentándose allí, se quedaron para custodiarlo.
Colocaron sobre su cabeza una inscripción con el motivo de su condena: "Este es Jesús, el rey de los judíos". Al mismo tiempo, fueron crucificados con él dos ladrones, uno a su derecha y el otro a su izquierda. Los que pasaban, lo insultaban y, moviendo la cabeza, decían: "Tú, que destruyes el Templo y en tres días lo vuelves a edificar, ¡sálvate a ti mismo, si eres Hijo de Dios, y baja de la cruz!". De la misma manera, los sumos sacerdotes, junto con los escribas y los ancianos, se burlaban, diciendo: "¡Ha salvado a otros y no puede salvarse a sí mismo! Es rey de Israel: que baje ahora de la cruz y creeremos en él. Ha confiado en Dios; que él lo libre ahora si lo ama, ya que él dijo: "Yo soy Hijo de Dios". También lo insultaban los ladrones crucificados con él. Desde el mediodía hasta las tres de la tarde, las tinieblas cubrieron toda la región.
Hacia las tres de la tarde, Jesús exclamó en alta voz: "Elí, Elí, lemá sabactani", que significa: "Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has abandonado?". Algunos de los que se encontraban allí, al oírlo, dijeron: "Está llamando a Elías". En seguida, uno de ellos corrió a tomar una esponja, la empapó en vinagre y, poniéndola en la punta de una caña, le dio de beber. Pero los otros le decían: "Espera, veamos si Elías viene a salvarlo". Entonces Jesús, clamando otra vez con voz potente, entregó su espíritu.
Inmediatamente, el velo del Templo se rasgó en dos, de arriba abajo, la tierra tembló, las rocas se partieron y las tumbas se abrieron. Muchos cuerpos de santos que habían muerto resucitaron y, saliendo de las tumbas después que Jesús resucitó, entraron en la Ciudad santa y se aparecieron a mucha gente.
El centurión y los hombres que custodiaban a Jesús, al ver el terremoto y todo lo que pasaba, se llenaron de miedo y dijeron: "¡Verdaderamente, este era el Hijo de Dios!". Había allí muchas mujeres que miraban de lejos: eran las mismas que habían seguido a Jesús desde Galilea para servirlo. Entre ellas estaban María Magdalena, María -la madre de Santiago y de José- y la madre de los hijos de Zebedeo.
Al atardecer, llegó un hombre rico de Arimatea, llamado José, que también se había hecho discípulo de Jesús, y fue a ver a Pilato para pedirle el cuerpo de Jesús. Pilato ordenó que se lo entregaran. Entonces José tomó el cuerpo, lo envolvió en una sábana limpia y lo depositó en un sepulcro nuevo que se había hecho cavar en la roca. Después hizo rodar una gran piedra a la entrada del sepulcro, y se fue.
María Magdalena y la otra María estaban sentadas frente al sepulcro.
A la mañana siguiente, es decir, después del día de la Preparación, los sumos sacerdotes y los fariseos se reunieron y se presentaron ante Pilato, diciéndole: "Señor, nosotros nos hemos acordado de que ese impostor, cuando aún vivía, dijo: 'A los tres días resucitaré'. Ordena que el sepulcro sea custodiado hasta el tercer día, no sea que sus discípulos roben el cuerpo y luego digan al pueblo: '¡Ha resucitado!'. Este último engaño sería peor que el primero". Pilato les respondió: "Ahí tienen la guardia, vayan y aseguren la vigilancia como lo crean conveniente". Ellos fueron y aseguraron la vigilancia del sepulcro, sellando la piedra y dejando allí la guardia.


Palabra del Señor. 
Gloria a ti, Señor Jesús.

Homilía del Papa Francisco en Misa por Domingo de Ramos 2013

VATICANO, 25 Mar. 13 / 09:44 am (ACI).- 1. Jesús entra en Jerusalén. La muchedumbre de los discípulos lo acompañan festivamente, se extienden los mantos ante él, se habla de los prodigios que ha hecho, se eleva un grito de alabanza: «¡Bendito el que viene como rey, en nombre del Señor! Paz en el cielo y gloria en lo alto» (Lc 19,38).

Gentío, fiesta, alabanza, bendición, paz. Se respira un clima de alegría. Jesús ha despertado en el corazón tantas esperanzas, sobre todo entre la gente humilde, simple, pobre, olvidada, esa que no cuenta a los ojos del mundo.

Él ha sabido comprender las miserias humanas, ha mostrado el rostro de misericordia de Dios y se ha inclinado para curar el cuerpo y el alma.

Este es Jesús. Este es su corazón atento a todos nosotros, que ve nuestras debilidades, nuestros pecados. El amor de Jesús es grande. Y, así, entra en Jerusalén con este amor, y nos mira a todos nosotros.

Es una bella escena, llena de luz – la luz del amor de Jesús, de su corazón –, de alegría, de fiesta.

Al comienzo de la Misa, también nosotros la hemos repetido. Hemos agitado nuestras palmas.

También nosotros hemos acogido al Señor; también nosotros hemos expresado la alegría de acompañarlo, de saber que nos es cercano, presente en nosotros y en medio de nosotros como un amigo, como un hermano, también como rey, es decir, como faro luminoso de nuestra vida.

Jesús es Dios, pero se ha abajado a caminar con nosotros. Es nuestro amigo, nuestro hermano. El que nos ilumina en nuestro camino. Y así lo hemos acogido hoy. Y esta es la primera palabra que quisiera deciros: alegría. No seáis nunca hombres y mujeres tristes: un cristiano jamás puede serlo.

Nunca os dejéis vencer por el desánimo. Nuestra alegría no es algo que nace de tener tantas cosas, sino de haber encontrado a una persona, Jesús; que está entre nosotros; nace del saber que, con él, nunca estamos solos, incluso en los momentos difíciles, aun cuando el camino de la vida tropieza con problemas y obstáculos que parecen insuperables, y ¡hay tantos!

Y en este momento viene el enemigo, viene el diablo, tantas veces disfrazado de ángel, e insidiosamente nos dice su palabra. No le escuchéis. Sigamos a Jesús. Nosotros acompañamos, seguimos a Jesús, pero sobre todo sabemos que él nos acompaña y nos carga sobre sus hombros: en esto reside nuestra alegría, la esperanza que hemos de llevar en este mundo nuestro.

Y, por favor, no os dejéis robar la esperanza, no dejéis robar la esperanza. Esa que nos da Jesús.

2. Segunda palabra: ¿Por qué Jesús entra en Jerusalén? O, tal vez mejor, ¿cómo entra Jesús en Jerusalén? La multitud lo aclama como rey. Y él no se opone, no la hace callar (cf. Lc 19,39-40). Pero, ¿qué tipo de rey es Jesús?

Mirémoslo: montado en un pollino, no tiene una corte que lo sigue, no está rodeado por un ejército, símbolo de fuerza. Quien lo acoge es gente humilde, sencilla, que tiene el sentido de ver en Jesús algo más; tiene ese sentido de la fe, que dice: Éste es el Salvador.

Jesús no entra en la Ciudad Santa para recibir los honores reservados a los reyes de la tierra, a quien tiene poder, a quien domina; entra para ser azotado, insultado y ultrajado, como anuncia Isaías en la Primera Lectura (cf. Is 50,6); entra para recibir una corona de espinas, una caña, un manto de púrpura: su realeza será objeto de burla; entra para subir al Calvario cargando un madero.

Y, entonces, he aquí la segunda palabra: cruz. Jesús entra en Jerusalén para morir en la cruz. Y es precisamente aquí donde resplandece su ser rey según Dios: su trono regio es el madero de la cruz. Pienso en lo que decía Benedicto XVI a los Cardenales: Vosotros sois príncipes, pero de un rey crucificado.

Ese es trono de Jesús. Jesús toma sobre sí... ¿Por qué la cruz? Porque Jesús toma sobre sí el mal, la suciedad, el pecado del mundo, también el nuestro, el de todos nosotros, y lo lava, lo lava con su sangre, con la misericordia, con el amor de Dios.

Miremos a nuestro alrededor: ¡cuántas heridas inflige el mal a la humanidad! Guerras, violencias, conflictos económicos que se abaten sobre los más débiles, la sed de dinero, que nadie puede llevárselo consigo, lo debe dejar.

Mi abuela nos decía a los niños: El sudario no tiene bolsillos. Amor al dinero, al poder, la corrupción, las divisiones, los crímenes contra la vida humana y contra la creación. Y también –cada uno lo sabe y lo conoce– nuestros pecados personales: las faltas de amor y de respeto a Dios, al prójimo y a toda la creación.

Y Jesús en la cruz siente todo el peso del mal, y con la fuerza del amor de Dios lo vence, lo derrota en su resurrección. Este es el bien que Jesús nos hace a todos en el trono de la cruz. La cruz de Cristo, abrazada con amor, nunca conduce a la tristeza, sino a la alegría, a la alegría de ser salvados y de hacer un poquito eso que ha hecho él aquel día de su muerte.

3. Hoy están en esta plaza tantos jóvenes: desde hace 28 años, el Domingo de Ramos es la Jornada de la Juventud. Y esta es la tercera palabra: jóvenes.

Queridos jóvenes, os he visto en la procesión cuando entrabais; os imagino haciendo fiesta en torno a Jesús, agitando ramos de olivo; os imagino mientras aclamáis su nombre y expresáis la alegría de estar con él.

Vosotros tenéis una parte importante en la celebración de la fe. Nos traéis la alegría de la fe y nos decís que tenemos que vivir la fe con un corazón joven, siempre: un corazón joven incluso a los setenta, ochenta años. Corazón joven. Con Cristo el corazón nunca envejece. Pero todos sabemos, y vosotros lo sabéis bien, que el Rey a quien seguimos y nos acompaña es un Rey muy especial: es un Rey que ama hasta la cruz y que nos enseña a servir, a amar.

Y vosotros no os avergonzáis de su cruz. Más aún, la abrazáis porque habéis comprendido que la verdadera alegría está en el don de sí mismo, en el don de sí, en salir de uno mismo, y en que él ha triunfado sobre el mal con el amor de Dios.

Lleváis la cruz peregrina a través de todos los continentes, por las vías del mundo. La lleváis respondiendo a la invitación de Jesús: «Id y haced discípulos de todos los pueblos» (Mt 28,19), que es el tema de la Jornada Mundial de la Juventud de este año. La lleváis para decir a todos que, en la cruz, Jesús ha derribado el muro de la enemistad, que separa a los hombres y a los pueblos, y ha traído la reconciliación y la paz.

Queridos amigos, también yo me pongo en camino con vosotros, desde hoy, sobre las huellas del beato Juan Pablo II y Benedicto XVI. Ahora estamos ya cerca de la próxima etapa de esta gran peregrinación de la cruz de Cristo. Aguardo con alegría el próximo mes de julio, en Río de Janeiro.

Os doy cita en aquella gran ciudad de Brasil. Preparaos bien, sobre todo espiritualmente en vuestras comunidades, para que este encuentro sea un signo de fe para el mundo entero.

Los jóvenes deben decir al mundo: Es bueno seguir a Jesús; es bueno ir con Jesús; es bueno el mensaje de Jesús; es bueno salir de uno mismo, a las periferias del mundo y de la existencia, para llevar a Jesús. Tres palabras: alegría, cruz, jóvenes.

Pidamos la intercesión de la Virgen María. Ella nos enseña el gozo del encuentro con Cristo, el amor con el que debemos mirarlo al pie de la cruz, el entusiasmo del corazón joven con el que hemos de seguirlo en esta Semana Santa y durante toda nuestra vida. Que así sea.

sábado, 12 de abril de 2014

12 de abril: San Julio I

(337-352)

El sucesor inmediato del Papa San Silvestre I, el Papa San Marcos, rigió la Iglesia Romana durante un breve periodo de tiempo---del 18 de enero al 7 de octubre del 336 – y después de su muerte el trono papal permaneció vacante durante cuatro meses. Se desconoce qué ocasionó esta comparativamente larga vacante. El 6 de febrero de 337, Julio, hijo de Rústico y nativo de Roma, fue elegido Papa. Su pontificado es recordado principalmente por su firme y juiciosa intervención en las controversias arrianas, sobre las que tenemos abundantes fuentes de información. Después de la muerte de Constantino el Grande (22 de mayo de 337), su hijo Constantino II, Gobernador de Galia, permitió al exiliado San Atanasio regresar a su sede de Alejandría. Sin embargo, los arrianos en Egipto nombraron un obispo rival en la persona de Pisto y enviaron una embajada al Papa Julio pidiéndole que admitiera a Pisto a la comunión con Roma, y enviaron al Papa las decisiones del Concilio de Tiro (335) para probar que la destitución de Atanasio había sido válida. Atanasio, por su parte, envió mensajeros a Roma para entregar a Julio una carta sinodal de los obispos de Egipto, la cual contenía una completa justificación de su patriarca. A la llegada de los enviados de Atanasio a Roma, Macario, el jefe de los representantes arrianos, se marchó de la ciudad; los dos restantes delegados arrianos, junto con los diputados de Atanasio, fueron convocados por el Papa Julio. La delegación arriana entonces suplicó al Papa que convocase la reunión de un gran sínodo, ante el cual ambas partes presentarían sus respectivos casos para una solución.

Julio convocó al sínodo en Roma y envió a dos mensajeros a llevar una carta de invitación a los obispos de Oriente. Bajo el liderazgo de Eusebio de Nicomedia, quien había sido elevado desde Nicomedia a la Sede de Constantinopla, los obispos arrianos habían celebrado mientras tanto un concilio en Antioquia y eligieron a Jorge de Capadocia como obispo de Alejandría en lugar de Pisto. A Jorge se le introdujo forzadamente en su sede y Atanasio, estando de nuevo en el exilio, se puso en camino a Roma. Muchos otros obispos orientales que habían sido removidos por el partido arriano, entre ellos Marcelo de Ancira, también llegaron a Roma. En una carta redactada en términos muy altivos, los obispos arrianos del partido de Eusebio rechazaron asistir al sínodo convocado por Julio. El sínodo se celebró en el otoño del 340 ó 341, bajo la presidencia del Papa en la iglesia titular del presbítero Vito. Después de un detallado examen de los documentos, Atanasio y Marcelo de Ancira, quienes habían hecho una satisfactoria profesión de fe, fueron exonerados y restablecidos a sus derechos episcopales. El Papa Julio comunicó esta decisión en una carta muy notable y hábil a los obispos del partido de Eusebio En esta carta él justifica su proceder en este caso, defiende en detalle la reinstauración de Atanasio y censura fuertemente la ausencia de los obispos orientales al Concilio, cuya convocación habían sugerido ellos mismos. Incluso si Atanasio y sus compañeros fueron de alguna manera culpables, continúa la carta, la Iglesia de Alejandría debía haber escrito primero al Papa. “Podéis ser ignorantes” escribe el Papa “de que esta es la costumbre, que nos debían haber escrito primero primero, así que desde ahora se debe definir lo que es justo.” (Julii ep. Ad Antiochenos, c. XXII).

Después de la victoria sobre su hermano Constantino II, el Emperador Constante gobernó sobre gran parte del Imperio. Era enteramente ortodoxo en sus puntos de vista y a petición del Papa y de otros obispos occidentales, intercedió ante su hermano Constantino, emperador de Oriente, a favor de los obispos que habían sido depuestos y perseguidos por el partido arriano. Ambos gobernantes acordaron que debía ser convocado un concilio general de los obispos occidentales y orientales en Sárdica (v. Concilio de Sárdica), la ciudad principal de la provincia de la Dacia Mediterránea (la moderna Sofía), un concilio general de los obispos de Oriente y Occidente. Este tuvo lugar en el otoño del 342 o 343, Julio envió como sus representantes a los sacerdotes Arquidamo y Filóxeno y al diácono León. A pesar de que los obispos orientales del partido arriano no se unieron al concilio, mantuvieron su propia reunión por separado y luego se marcharon, a pesar de todo, el concilio cumplió su objetivo. A través de los importantes cánones III, IV y V (VII en el texto en latín) de este concilio, se reguló más exactamente el procedimiento a seguir en caso de acusación contra los obispos acusados, y se estableció definitivamente la forma de la intervención Papal en la condenación de obispos.

Al cierre de sus trabajos el sínodo comunicó sus decisiones al Papa mediante una carta respetuosa. A pesar de la reafirmación de su inocencia por el Concilio de Sárdica, San Atanasio no fue restaurado a su sede por el Emperador Constancio hasta después de la muerte de Jorge, el obispo rival de Alejandría, en el 346. El Papa Julio aprovechó la ocasión para escribir una carta, la cual todavía existe, a los sacerdotes, diáconos y a todos los fieles de Alejandría para felicitarles por el regreso de su gran pastor. Los dos obispos Ursacio de Singidunum y Valens de Mursia, quienes debido a su arrianismo habían sido depuestos por el Concilio de Sárdica, hicieron una retractación formal de su error ante Julio, quien, habiéndoles citado a una audiencia y después de recibir una confesión de fe firmada, los restauró a sedes episcopales. Carecemos de información exacta sobre el funcionamiento interno de la Iglesia Romana durante el pontificado de Julio; no obstante, todos están de acuerdo de que hubo un rápido incremento del número de creyentes en Roma, donde Julio mandó a erigir dos nuevas basílicas: la iglesia titular de Julio (actualmente Santa María en Trastevere) y la Basílica Julia (actualmente la Iglesia de los Doce Apóstoles). Además de éstas, construyó tres iglesias sobre cementerios fuera de las murallas de Roma: una en la carretera a Porto, una segunda en la Vía Aurelia y una tercera en la Vía Flaminia en la tumba del mártir San Valentín. Se han descubierto las ruinas de esta última. La veneración de los fieles por las tumbas de los mártires continuó extendiéndose rápidamente. Bajo el pontificado de Julio, si no antes, se comenzó a usar los catálogos de las festividades de los [[Comunión de los Santos|santos, el Santoral Romano de Filócalo data del año 336.

A través de San Atanasio, quien permaneció en Roma varios años después del 339, la vida monástica egipcia obtuvo renombre en la capital, y el ejemplo de los ermitaños de los desiertos egipcios encontró muchos imitadores en la Iglesia Romana. Julio murió el 12 de abril de 352 y fue enterrado en las catacumbas de Calepodio en la Vía Aurelia y muy poco después de su muerte fue venerado como santo. Su cuerpo fue más tarde trasladado a Santa María en el Trastevere, la iglesia que él había construido. Su fiesta se celebra el 12 de abril.

Bibliografía: Liber Pontificalis, ed. DUCHESNE, I, 205: P.L., VIII, 858 sqq.; JAFFE, Regesta Rom. Pont., I (2nd ed.), 30 sqq.: RIVINGTON, The primitive church and the see of St. Peter, 173 sqq., 407 sqq.; DUCHESNE, Hist. ancienne de l'Eglise, II (Paris, 1907), 197 sqq.; GRISAR, Gesch. Roms und der Paepste, I, 150 sqq., 253 sqq.: LANGEN, Gesch. der roemischen Kirche, I, 424-59; HEFELE, Konziliengesch., I (2nd ed.), 499 sqq., 553 sqq.; FUNCK, Die Echtheit der Kanones von Sardika in Kirchengesch. Abhandl. u. Untersuch., III (Paderborn, 1907), 159-217.

Fuente: Kirsch, Johann Peter. "Pope St. Julius I." The Catholic Encyclopedia. Vol. 8. New York: Robert Appleton Company, 1910. .
Traducido por Alicia Fernández Jarrín. L H M
(fuente: ec.aciprensa.com)

otros santos 12 de abril:

- Santa Teresa de Jesús de los Andes

viernes, 11 de abril de 2014

11 de abril: San Estanislao de Cracovia

Obispo y mártir
(1036-1079)
Patrono de Polonia 

Desde que la Iglesia existe, no han faltado nunca voces generosas para hacer resonar el lenguaje de la justicia en presencia de los tiranos. El siglo XI de nuestra era nos ofrece ejemplos famosos: San Gregorio VII, frente al emperador Enrique IV; frente a Guillermo el Rojo de Inglaterra, Lanfranco y San Anselmo; frente a Boleslao II de Polonia, el obispo Estanislao Szepanouski.

Boleslao era un príncipe ambicioso y valiente. Gran guerrero, jinete incansable, galopó victorioso a través de las llanuras de Hungría, por las estepas rusas y por los campos pantanosos de Pomerania. Nadie, dice el hagiógrafo, más atrevido que él en el combate, más ágil en la carrera, más diestro en el manejo de la lanza y más sufridor del hambre y del frío. Pero este afortunado conductor de ejércitos era un monstruo. Su palacio se había convertido en un harén. La vida, la hacienda y la honra de sus vasallos eran pasto y juguete de la voracidad insaciable de sus apetitos y de sus instintos sanguinarios. Nadie en Polonia se atrevía a resistir a sus caprichos. Los obispos, pesarosos, callaban; los magnates, amedrentados, sufrían en silencio los ultrajes; el pueblo, explotado por la rapacidad de los exactores reales, doblaba su cuello al yugo de la tiranía. Sólo un hombre tuvo valor para levantarse frente a la oleada de sangre y concupiscencia que manchaba las gradas del trono. Fue Estanislao.

Nacido de noble familia en un pueblo cercano a Cracovia, Estanislao había viajado en su juventud por las regiones occidentales de Europa, había escuchado a los maestros de Chartres y París, precursores de Abelardo, y había observado el renacimiento religioso y literario que alentaba entonces en la cristiandad. Rico de conocimientos y de experiencias, volvió a su patria, distribuyó sus bienes a los pobres y se hizo clérigo de la comunidad catedralicia de Cracovia. A los treinta y seis años era ya obispo de esta ciudad, un obispo austero, limosnero, celoso y enamorado del programa de reforma que el Pontífice romano acababa de lanzar por todos los países de la catolicidad. Pero era inútil hablar de reforma en aquella tierra, donde la corte apestaba de putrefacción moral. Un último escándalo había acabado de irritar los ánimos. Había en Cracovia un caballero cuya esposa pasaba por la mujer más hermosa del reino. Largo tiempo la asedió el rey con solicitaciones, promesas y regalos de joyas y vestidos: mas como nada pudiese conseguir, envió a sus gentes con encargo de apoderarse de la dama y llevársela al palacio. El caso se hizo público, pero nadie se atrevió a condenarle. Y he aquí que cuando todos callaban, Estanislao se presenta delante del rey, le habla respetuoso y enérgico, le afea su conducta y se retira sereno, después de haber amenazado con la sentencia de la excomunión. El rey no supo qué decir. Aquello le pareció tan extraño, que quedó como petrificado, sin fuerza siquiera para estallar en una de aquellas sus cóleras salvajes.

Fue un paso inútil. En realidad, el rey era un pobre desgraciado, un juguete de sus pasiones de hombre primitivo y, al mismo tiempo, refinado. Los vicios más nefandos iban apoderándose de su vida de una manera irremediable. Ya no le bastaba su harén; del adulterio había caído en la sodomía; de la sodomía, en la bestialidad. Nuevamente apareció delante de él la figura del obispo. Era en una asamblea plenaria de magnates y prelados. El vasallo tenía ahora el aspecto de un profeta. Habló de los juicios de Dios, de la perdición de las almas, de los eternos castigos; recordó las leyes santas de la continencia y del deber e hizo brillar ante los ojos del rey los rayos de Roma, que sacuden y derrumban los tronos. Pálido de ira, el rey descargó sobre él un torrente de injurias. Los cortesanos temblaban; la escena iba tomando un aspecto trágico; y el obispo se disponía a contestar, cuando algunos guardias se apoderaron de él y le arrastraron a la calle. Poco después, un cortejo extraño se detenía delante del palacio episcopal. Al frente de él marchaba el rey; junto a él, su jumento favorito, adornado de joyeles de plata, cubierto de púrpura y de seda, enguirnaldado de flores y cubierto de perfumes; detrás, una muchedumbre de cortesanos y cortesanas que danzaban y reían ruidosamente; y al fin, un coro que cantaba versos obscenos. Era la respuesta de Boleslao a la exhortación episcopal.

Pero esta respuesta tuvo también su réplica: y fue que al día siguiente el animal apareció mutilado: las narices cortadas, afeada la boca, los morros, sangrientos. El dolor del rey no tenía límites. « ¿Dónde está ese perro?—gritaba, agitado por convulsiones de locura—. Tengo que acabar con él; tengo que cortar sus labios, su boca, sus orejas, sus mejillas, sus manos y sus piernas» En aquel momento decía misa Estanislao en una capilla dedicada a San Miguel que había en las afueras de la ciudad. No tardó en observar que en el exterior se alzaban choques de armas y gritos de gentes. Se dio cuenta del peligro, pero continuó la misa sin inmutarse. Como tardaba en salir, el rey mandó a algunos de sus caballeros que entrasen a perpetrar el crimen. Nadie se atrevió a obedecerle. Entonces, desenvainando su espada y profiriendo alaridos frenéticos, desapareció en el interior, dispuesto a realizar su venganza. Al poco tiempo volvió arrastrando de las piernas a su enemigo. « ¡Aquí le tenéis, cobardes!», dijo secamente. Estanislao era ya cadáver; su rostro estaba desfigurado, traspasado su corazón y sus narices mutiladas.


CARTA APOSTÓLICA "RUTILANS AGMEN" 
DEL SUMO PONTÍFICE JUAN PABLO II
CON OCASIÓN DEL IX CENTENARIO DE LA MUERTE DE SAN ESTANISLAO

A los venerables hermanos Stefan Wyszynski,
cardenal de la Santa Iglesia Romana,
arzobispo metropolitano de Gniezno y Varsovia;
Fanciszek Macharski, arzobispo metropolitano de Cracovia;
a los demás obispos y a toda la Iglesia de Polonia:

1. El brillante ejército de quienes sufrieron tormentos por la fe y por las virtudes cristianas, y fueron valientemente al encuentro de la muerte, solió infundir vigor y fortaleza a la Iglesia desde sus comienzos y durante el correr admirable de los siglos. Dice muy bien San Agustín: "Los mártires han llenado la tierra con la semilla de su sangre, y de esa semilla surgió la mies de la Iglesia. Dieron testimonio de Cristo con su muerte más que en vida. Hoy dan testimonio, hoy predican: calla la lengua, hablan los hechos" (Serm. 286, 4; PL 38, 1298). Parece que estas expresiones se pueden aplicar ahora con toda razón a la Iglesia de Polonia, puesto que también ella creció con sangre de mártires; entre los cuales ocupa el primer lugar San Estanislao, cuya vida y muerte gloriosa parecen hablar de modo apremiante.

En el mismo año, pues, en que la Iglesia allí establecida celebra el IX siglo, desde que el mismo San Estanislao, obispo de Cracovia, fue coronado con el martirio, no es posible que falte la palabra del Obispo de Roma y Sucesor de San Pedro. Ciertamente este Jubileo es de suma importancia y está estrechamente vinculado a la historia de la Iglesia y de la nación polaca; pueblo que, durante más de mil años, tenía y cultivaba una relación íntima con esa misma Iglesia. Repetimos que no puede faltar la palabra del Papa, tanto más cuanto que, por arcano designio de Dios, ha sido elevado, como Supremo Pastor de la Iglesia, a la Cátedra de Pedro quien, hasta poca antes, había sido sucesor de San Estanislao en la sede episcopal de Cracovia. Es realmente admirable la oportunidad que se nos ofrece, al cumplirse el IX siglo de la muerte de San Estanislao, de escribir esta Carta que Nos mismo habíamos pedido a nuestro predecesor de gran renombre, Pablo VI, y después a su inmediato sucesor Juan Pablo I, que sólo ejerció el ministerio pontificio durante 33 días. Así, pues, hoy no sólo realizamos lo que, desempeñando el ministerio de arzobispo de Cracovia, pedimos insistentemente a nuestros dos predecesores en la Cátedra de Pedro, sino que también satisfacemos el peculiar deseo tan anhelado por nuestro corazón. ¿Quién podría haber pensado que, al acercarse ya las solemnidades indicadas para este Jubileo de San Estanislao, Nos mismo dejaríamos la sede episcopal de Cracovia, que ocupara este santo y, mediante el voto de los padres cardenales reunidos en Cónclave, pasáramos a la sede de Roma? ¿Quién podría haber imaginado que Nos actuaríamos, en los solemnes días de este jubileo, no como pater familias que dirigiese tales celebraciones, sino como huésped, que se traslada a la tierra de nuestros antepasados como primer Pontífice Romano originario de Polonia, y como primer Papa, en la historia, que visita esa misma tierra?

2. Según el calendario litúrgico de la Iglesia en Polonia, la festividad de San Estanislao, desde hace siglos, se conmemora el 8 de mayo. Pero la solemnidad externa en Cracovia se traslada al domingo próximo siguiente al día 8. Ese día sale la sagrada procesión del templo catedralicio, situado en la colina "Wavel", y se dirige a la iglesia de San Miguel en "Rupella", lugar en que, según la tradición, el obispo Estanislao fue martirizado en el pueblo de Szczepanow, por Boleslao el Audaz, durante la celebración eucarística.

Se ha determinado que este año las principales solemnidades en honor de San Estanislao, que al mismo tiempo revisten forma de jubileo, se aplazaran del primer domingo que sigue al 8 de mayo al espacio de tiempo comprendido entre los domingos de Pentecostés y de la Santísima Trinidad. Porque es muy grande la fuerza de este día de Pentecostés, en el que la Iglesia conmemora su origen en el Cenáculo de Jerusalén. Pues desde allí los Apóstoles, reunidos antes en oración con María Madre de Jesús (cf. Act 1, 14), salieron llenos de la fuerza que fue infundida en sus espíritus como don peculiar del Espíritu Santo. De allí salieron y fueron por el mundo para cumplir el mandato de Cristo: "Id, pues; enseñad a todas las gentes, bautizándolas en el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo, enseñándoles a observar cuanto yo os he mandado" (Mt 28, 19-20).

Del Cenáculo pentecostal salieron, pues, los Apóstoles. Igualmente salen de él, durante los siglos, sus sucesores. De allí salió también, en su época, San Estanislao del pueblo de Szczepanow, llevando también en su corazón el don de la fortaleza, para dar testimonio de la verdad del Evangelio hasta la efusión de su sangre. Aquella generación ciertamente, separada de nosotros por nueve siglos, fue la generación de nuestros mayores, que, como San Estanislao, su obispo en la sede de Cracovia, son huesos de nuestros huesos y sangre de nuestra sangre. Fue breve el tiempo en que ejerció su ministerio pastoral: desde 1072 a 1079, o sea, circunscrito a 7 años; pero sus frutos permanecen todavía. Realmente se cumplieron en él las palabras que Cristo dijo a los Apóstoles: "Os he destinado para que vayáis y deis fruto, y vuestro fruto permanezca" (Jn 15, 16).

3. Las solemnidades organizadas en honor de San Estanislao, a las que, después de nueve siglos, hemos comparado con el "Cenáculo pentecostal", gozan de un significado muy profundo. Pues del Cenáculo salieron los que, según el mandato de Cristo, fueron por todo el mundo "enseñando a todas las gentes, bautizándolas en el nombre del Padre v del Hijo y del Espíritu Santo" (cf. Mt 28, 19). En verdad la nación polaca fue lavada con el agua bautismal en nombre de la Santísima Trinidad el año 966. Así, pues, no mucho más de mil años se han cumplido desde que comenzó simultáneamente la historia de la Iglesia en Polonia y la de la misma nación.

Se ha de ensalzar ciertamente la fuerza que hay en el bautismo, es decir, en el sacramento por el que somos sepultados en la muerte de Cristo (cf. Col 2, 12), para ser hechos partícipes de su resurrección, de esa vida que el Hijo de Dios, hecho hombre, quiso que fuera la vida de nuestras almas. El comienzo de esta vida se contiene en el bautismo que, conferido en nombre de la Santísima Trinidad, da a los hijos del hombre "el poder de venir a ser hijos de Dios" (Jn 1, 12) en el Espíritu Santo.

El milenario de aquel bautismo, que se celebró con gran solemnidad en Polonia el año 1966, como año dedicado a glorificar a la Santísima Trinidad, abarca también este Jubileo de San Estanislao. Pues, en realidad, los mismos santos que con su vida y su muerte se convirtieron en "ofrenda permanente" para Dios (cf. Plegaria eucarística III), se han de considerar como frutos más copiosos de este sacramento por el que cada hombre se consagra a Dios de manera peculiar (cf. Conc. Vat. II, Const. dogm. Lumen gentium, 44).

Al celebrar, pues, este año del Señor 1979, en la solemnidad de la Santísima Trinidad, la memoria del martirio de San Estanislao con fiestas solemnes, recordaremos también el bautismo, dado en nombre de la Santísima Trinidad, del que San Estanislao vino a ser como el primer fruto maduro de santidad. Después que Polonia fue impregnada por el baño salvífico de los cristianos, toda la nación deseó muchísimo y reconoció con gratitud en este santo de su mismo linaje el fruto de la nueva vida da la que él mismo fue hecho partícipe.

Todo esto nos impulsa como a insertar con veneración el cumplimiento del IX siglo del martirio de San Estanislao en el milenario del bautismo, que recibieron nuestros antepasados en el nombre del Padre y del Hija y del Espíritu Santo.

Para dar mayor importancia a esta veneración —por deseo de los obispos de Polonia— determinamos que la memoria de San Estanislao sea elevada al grado de memoria obligatoria en el calendario litúrgico de la Iglesia universal.

4. El culto que se ha dado a San Estanislao durante 9 siglos echó profundas raíces en la tierra polaca. Contribuyó mucho a aumentar esta veneración la canonización con la que nuestro predecesor el Papa Inocencio IV, decretó los honores de los santos para este egregio varón, en Asís, junto al sepulcro de San Francisco, el 8 de septiembre de 1253. ¡En profundas raíces, pues, se apoya su culto! Estas penetran toda la historia de la Iglesia en Polonia, aparecen en la vida misma de la nación y están unidas a su destino. No sólo las solemnes fiestas anuales testifican el culto a San Estanislao, sino también muchas diócesis, iglesias y parroquias dedicadas a él, dentro de la nación y más allá de sus fronteras. Pues adonde llegaban los hijos de la tierra polaca, allá llevaban el culto de su gran Patrono. Durante muchos siglos, San Estanislao habla sido el Patrono principal de Polonia, pero, por concesión de nuestro predecesor Juan XXIII, San Estanislao, juntamente con la Santísima Virgen María, Reina de Polonia y San Wojtecho Adalberto protege a esta nación con su celeste patrocinio. Por lo cual sucede que, en el corriente año, en que se celebra exactamente el IX siglo del martirio de San Estanislao, sus fiestas solemnes corresponden no sólo a Cracovia, sino también a Gniezno y a Monte Claro. Pues, durante casi mil años, al lado de San Estanislao, obispo de Cracovia, se colocaba a San Wojtecho Adalberto, cuyo cuerpo, destrozado por el martirio, siendo Rey Boleslao Magno, llamado Chrobry, fue sepultado en Gniezno. Ambos santos. Estanislao y Wojtecho Adalberto, juntamente con la Santísima Virgen María, Reina de Polonia y Madre de la Iglesia, protegen a la patria.

Los lugares relacionados con la vida y muerte de San Estanislao se veneran religiosamente: a este santo se le tributa piadoso culto principalmente en la iglesia catedral de Cracovia, sita en la colina "Wavel", y donde está su sepulcro, así como en el templo del lugar "Rupella" y en su pueblo natal Szczepanow, que actualmente pertenece a la diócesis de Tarnów. Son veneradas sus reliquias, especialmente la cabeza, que aún ahora presenta las huellas preclaras de las heridas mortales, infligidas hace nueve siglos. Los habitantes de la real ciudad y peregrinos piadosos de toda Polonia afluyen a venerar estas reliquias de la cabeza todos los años, para acompañarlas en solemne procesión por las calles de la ciudad de Cracovia. A esta sagrada procesión asistían, en siglos pasados, los Reyes de Polonia, sucesores de Boleslao el Audaz, que en el año 1079, como ya se ha dicho, quitó la vida a San Estanislao, y que, según la tradición, reconciliado con Dios, encontró la muerte fuera de la patria.

¿Acaso no encierra esto un peculiar significado? ¿Acaso no es prueba de que San Estanislao fue, durante siglos, fautor de la reconciliación por la que los ciudadanos de su misma nación, tanto los que ostentaban autoridad como los súbditos, alcanzasen el favor de Dios? ¿Acaso no insinúa esa unión espiritual de la que —gracias a su martirio— todos fueron hechos y continúan siendo partícipes? Esta es realmente la fuerza de la muerte, que, en virtud del sacramento del bautismo, se inserta profundamente en la resurrección de Cristo, en su verdad, en su amor: "Nadie tiene amor mayor que éste de dar uno la vida por sus amigos" (Jn 15, 13).

5. ¡San Estanislao, Patrono de los polacos! ¡Con cuánta emoción pronuncia estas palabras el Romano Pontífice, que estaba unido durante tantos años de su vida y ministerio episcopal a este Patrono y a toda la tradición de este Santo! Que, además, le interesaron tanto todos los estudios que, en este siglo y en el siglo pasado, no cesaron de ocupar talentos sobre el tema de los sucesos y circunstancias que, 900 años antes, movieron a perpetrar aquel crimen. Estos estudios presentan el hecho en sí, que recoge la historia, y al mismo varón preclarísimo que es todavía como una fuente de hechos, experiencias, verdades, que tienen vigencia perpetua y gran trascendencia para la vida del hombre, de la nación, de la Iglesia.

Por lo tanto, apoyados en esta peculiar "vitalidad" de San Estanislao, Patrono de los polacos —al recordar el IX siglo del testimonio que dio con su vida y con su muerte—, es necesario que presentemos a Dios uno en la Trinidad, por medio de la Madre de Cristo y de la Iglesia, cuanto constituyó y constituye continuamente la magnífica herencia, que la historia de la salvación unió al año 1079 en la tierra polaca. Esta es evidentemente herencia de fe, esperanza y caridad, que da razón plena y propia a la vida del hombre y de la sociedad. Es herencia de firmeza y fortaleza para confesar la verdad, que manifiesta la grandeza del espíritu humano. Es herencia de solicitud por la salvación y el bien espiritual y temporal del prójimo, o sea, de los ciudadanos de la misma nación y de todos, a quienes debemos servir con perseverancia firme. Es también herencia de libertad que se pone de manifiesto en el mismo servicio y entrega, hecha por amor. Es, finalmente, la admirable tradición de unión y de unidad, para cuya realización en la historia de los polacos —como demuestran los hechos— tanto contribuyeron San Estanislao, su muerte, su culto y sobre todo su canonización.

La Iglesia en Polonia conmemora anualmente esta herencia. Recuerda todos los años a la excelsa tradición de San Estanislao, que viene a ser un patrimonio singular del alma polaca. En este año del Señor 1979, la Iglesia en Polonia, por circunstancias especiales, quiere evocar de nuevo esta herencia; desea profundizar en ella y después sacar las consecuencias para la vida cotidiana; desea prepararse una ayuda para luchar contra los abatimientos, vicios, pecados, principalmente contra los que obstaculizan más el bien de los polacos y de Polonia; desea vehementemente robustecer con nuevas defensas la fe y la esperanza del destino futuro, para cumplir su misión, y del servicio para dedicarse a la salvación de cada uno y de todos.

Nos, Juan Pablo II, oriundo de Polonia, nos asociamos de corazón a estos deseos, a estas ardientes peticiones de los corazones, que nos llegan de la patria; y mientras la gran importancia de este jubileo hace vibrar nuestro espíritu, os darnos la bendición apostólica a vosotros venerables hermanos, a los demás obispos de Polonia, sacerdotes, religiosos y fieles con todo amor.

Dado en Roma, junto a San Pedro, el 8 de mayo de 1979, primer año de nuestro pontificado.

JOANNES PAULUS PP. II

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otros santos 11 de abril:

-  Santa Gemma Galgani

jueves, 10 de abril de 2014

10 de abril: San Miguel de los Santos

(† 1625)

Los santos van delante. Son ejemplo y espuela para caminar. Viven en todos los climas y florecen en todos los siglos. Los santos son muchos. Cada tarde el santoral trae una brazada de espigas doradas, sin agotar con el año sus reservas. En el día 6 de julio la Iglesia ha abierto una hornacina para destacar las virtudes heroicas de San Miguel de los Santos, el "Extático".

Vich, una de las más antiguas y célebres ciudades de Cataluña, le vio nacer el 29 de septiembre de 1591, fiesta de San Miguel Arcángel. De él tomó su nombre. En la alborada del 10 de abril de 1625 dormía su último sueño en Valladolid, de cuyo convento era superior. En treinta y tres años tendió la escala y subió raudo de la tierra al cielo. Barcelona, Zaragoza, Pamplona, Madrid, Sevilla, Baeza, Salamanca, Valladolid son los puntos claves de su itinerario. Baeza y Valladolid fueron principalmente el campo de sus actividades apostólicas. En todas partes por donde pasó dejó, sin embargo, algo de Dios, como dejan los santos.

Digamos que a San Miguel, preclaro hijo de la Orden de la Santísima Trinidad, se le puede admirar pero no se le puede seguir. Su marcha es vuelo, no andadura. Los modestos peatones no lograremos darle alcance.

Digamos también que es hijo de su siglo, el Siglo de Oro de la mística. Le resultan familiares las cimas de la contemplación sin adherencias iluministas y asienta la perfección sobre el cumplimiento del deber y el servicio de la caridad. Sus escritos: Breve tratado de la tranquilidad del alma y El alma en la vida unitiva (octavas), no desmerecen de la Subida del Monte o Las Moradas.

Digamos, por fin, que nació ya disparado hacia las cumbres. "El Beato Miguel de los Santos —leemos en el decreto de canonización— fue uno de aquellos verdaderos amantes de la virginidad que, a semejanza de Elías, Eliseo y Juan, como afirma el Crisóstomo, solamente se diferencian de los ángeles en que tienen un cuerpo mortal." Cálido elogio otorgado por la Iglesia en el momento de auparle al supremo honor de los altares.

La virginidad brota encantadora en el huerto de la familia cristiana. Enrique Argemir, por dos veces consejero de la ciudad, y Montserrat Margarita Mitjana, padres de Miguel, supieron labrar un hogar reciamente cristiano y ejemplar. Al aire de la salmodia mariana con la recitación del oficio parvo y el rosario en familia, y el canto solemne de las Completas los sábados en la iglesia de la Rotonda, donde padre e hijo reemplazaban a los sacerdotes cuando el rigor de la estación o los achaques de la edad les impedían asistir, nació en el niño un amor entrañable a la Madre de Dios y a la virginidad. La estima de la castidad se adelantó a la razón, pues, sin contar los seis años, en el convento de madres dominicas hace voto a los pies de la Virgen de guardarla siempre. Voto que renovará poco después ante la imagen de Nuestra Señora de la Guía. Y como rúbrica de la sinceridad de sus deseos, antes que despierten los estímulos de la concupiscencia, desgarra sus carnes tiernas en un zarzal, aprovechando el descuido de sus deudos y queriendo emular —dice— el gesto de San Francisco de Asís.

Miguel es un eremita frustrado. Por dos veces huyó de la ciudad. ¿Hacia dónde y para qué? Como a tres leguas del lugar se alza el Monseny, montaña solitaria santificada según se dice por San Segismundo, rey de Borgoña, cuya historia posiblemente oyó contar a sus mismos padres. Con soledad, penitencia, oración y silencio piensa levantar una muralla que defienda su virginidad. Alma contemplativa, sabe interpretar el lenguaje de Dios en el campo callado, en la torrentera clamorosa, en la cresta bañada de luz. Con una vida austera y penitente "acompañará mejor al Señor en su Pasión y expiará los excesos de los pecadores". De los pecadores, por los que, desde niño —depone su hermana Magdalena en el proceso—, "rezaba diariamente una oración y no podía terminar sin llorar copiosamente". Le falló el golpe las dos veces, y hubo de reintegrarse a la casa paterna, conservando como recuerdo de aquella travesura ingenua y fervorosa un amor acrecentado a la penitencia y maceración. Desde entonces se dará maña para usar y esconder un manojo de sarmientos y una piedra que utiliza cada noche como jergón y cabezal.

Dios llamaba. Miguel, escapándose, no acertó a descifrar la llamada. Rectifica. Ahora mendiga asilo en todos los conventos de Vich. Demasiado niño, atrae, pero no convence. Prefieren esperar. El Pobrecillo de Asís recibirá las quejas porque no quiso admitirle entre sus hijos. Por fin, a los doce años, ingresa en el convento de Barcelona de los trinitarios calzados. La vida la encuentra excesivamente blanda para su carácter rigorista, y se iluminan sus ojos cuando un fraile, de paso en la casa, le habla de la reforma que está en sus comienzos. Solicita y obtiene licencia, y en Pamplona recibe el hábito de la rama de los descalzos. Se encuentra centrado y a gusto. Va más allá de lo que las reglas piden. La celda apenas la necesita. Cuando la campana levanta a los frailes de sus lechos, a Miguel le sorprende en el coro. Allí ha dormitado ligeramente en los descansos de la oración. Es el fraile observante y fervoroso. Vive lo que más tarde escribirá: "Sin sosiego, en quietud andar procure". Frecuentemente la oración le sube tanto que le deja suspendido en éxtasis: el "Extático". Y para encenderle en fuego de amor todo sirve: la conversación, el estudio, el trato con Dios, la contemplación de la naturaleza...

Estudiaba en la universidad de Salamanca. El maestro Antolínez explicaba el tratado de la Encarnación, y el comentario teológico recaía sobre la gratitud que debemos los hombres a la sangre de Cristo. Fray Miguel da tres saltos y se mantiene como un cuarto de hora elevado en el aula. Se hace un silencio denso, impresionante. El maestro, cruzando los brazos, comenta: "Cuando un alma está muy llena del amor de Dios difícilmente puede esconderlo". Dios traicionó la humildad de su siervo, pues desde aquel día profesores y alumnos acuden a él con problemas de espíritu.

Ruidoso también, y en Salamanca, el éxtasis de Carnaval. Dolorido por los excesos de tales fiestas, improvisó una procesión que, saliendo del convento de los trinitarios, se concentró en la plaza de San Juan. Allí el padre Marcos predicó sobre la vanidad del mundo. Fray Miguel cayó en éxtasis, que impresionó y entusiasmó tanto a la muchedumbre, que le llevó en brazos a la próxima iglesia, sintiéndose tocados los oyentes de compunción y prometiendo hacer confesión general de sus pecados. Fray Miguel, tan honrado por Dios y por los hombres, se mantiene, sin embargo, comprensivo y no pierde de vista la tierra y los prójimos. En carta a sus hermanos les suplica "que no se olviden, por amor de Dios, de Jacinto (el hermano menor) y miren mucho por él, porque, según he entendido, han mirado poco, de lo cual he tenido harta pena". ¡Cómo se revela el corazón fresco de los años de la infancia!

Durante su estancia en Baeza dos religiosos poco edificantes se dieron maña para hacer llegar al provincial de la Orden una acusación tan grave como falsa. La maniobra triunfó y a fray Miguel le costó diez meses de prisión. Los amigos le rogaban que se defendiera. "Eso toca a Dios —respondía—. A mí toca conformarme con su voluntad". Al fin se hizo la luz y fray Miguel fue el mejor defensor de sus acusadores.

Hábilmente sabía esconder su talento nada común entre los pliegues de una modestia y sencillez encantadoras. Durante mucho tiempo se le creyó útil para orar, pero no para gobernar. A voces se proclamaba él "ignorante, incapaz y pecador". Y con la misma humildad con que se refugiaba en la celda o cruzaba avergonzado entre la muchedumbre después de los éxtasis, como delincuente que hubiera sido sorprendido en plena fechoría, con el mismo gesto rechazaba cualquier insinuación de puestos o cargos. En 1622 el padre vicario general, en el Capítulo general de la Orden, le propone para superior del convento de Valladolid. Los cuatro definidores se oponen, y sólo ante la insistencia del padre vicario transigen con una fórmula de compromiso: al superior se le dará un vicario que, prácticamente, lleve el peso del gobierno. Los hechos demostraron que se bastaba el superior y le sobraba el vicario, acreditando sus dotes de gobierno nada comunes: delicadeza exquisita, suavidad en el mandato, comprensión, sentido sobrenatural, entrega total a la casa y a los súbditos, talento práctico, celoso defensor con la palabra y la conducta de la exacta observancia y de la puntualidad, conciencia de la propia responsabilidad..., todas estas cualidades hacían amable la obediencia y el cumplimiento de la ley. El superior era la norma viva de pobreza, abstinencia, vigilia, equilibrio interior y dominio exterior, sin que el fracaso ni el éxito pudieran quebrar la sonrisa de sus labios y la fortaleza de su espíritu.

No menos ejemplar a la hora del sacrificio. La misa de San Miguel llegaba después de una doble preparación: espiritual, por la oración, y corporal, por el ayuno y penitencia. No solía gastar menos de una hora. Los oyentes se enfervorizaban. Aquellos momentos largos, morosos, con los brazos extendidos, terminaban frecuentemente arrancando su cuerpo de la tierra y dejando entrever en el rostro la alegría del espíritu. Al volver en sí, las acometidas del amor eran en ocasiones tan fuertes que, víctima de la misma enfermedad, gemía con la esposa del Cantar: "Confortadme con pasas, recreadme con manzanas, que desfallezco de amor". Otro tanto sucedía orando ante el Santísimo u oyendo hablar del amor de Dios.

Por eso brilla más su virtud. A quienes le estimulaban al ministerio de la predicación, ordenado sacerdote, respondía "que no empezaría a predicar hasta los treinta años, y que a los treinta y tres, como el Señor, se iría al cielo". Efectivamente, así fue. A la predicación no se consagró de manera habitual hasta los treinta años. Y siempre fue para él ministerio difícil y enojoso. El retraso obedeció, quizá, a que sus éxtasis no siempre arrancaban comentarios laudatorios en ambientes eclesiásticos y seglares. Y como se producían igual en el altar que en el púlpito, que en la conversación y en la visita, por prudencia convendría no forzarle a manifestarse en público. La dificultad nacía de la concentración y abstracción de sentidos, que entorpecían el manejo de la anécdota, el dato, los argumentos, y, más que nada, la memoria frágil, que le obligaba a encorvarse sobre los manuscritos horas y aun días y noches enteras. Pero, convencido que era voluntad de Dios, predicaba y cosechaba fruto copioso. Su oratoria era sólida, conmovedora y muy llana, Y los sermones seguían una doble orientación: el temor y el amor. Para despertar el primero volvía porfiadamente sobre los novísimos. Para acrecentar el amor predicaba con suavidad perfumada sobre la Eucaristía, la gloria del cielo y el amor de Dios. Las conversaciones pregonaban la fuerza de sus razonamientos. Otro tanto sucedía en el confesonario o a la cabecera de los enfermos. Los acontecimientos hicieron el mejor panegírico de su competencia como superior, de su prudencia como consejero y su acierto como director de almas.

Y si con San Buenaventura creemos que Dios no suele otorgar tan altos carismas sino a los que recorrieron el camino en jornadas apretadas de oración, austeridad y humildad, ya que la unión extática bordea las cumbres adonde se puede llegar sin dejar la tierra, tendremos que concluir que San Miguel de los Santos vivió muy pronto en las cimas de la contemplación, y que, pese a su juventud, nuestra Santa Teresa de Jesús no habría dudado poner en su mano la llave de la séptima y octava mansión.

San Miguel de los Santos hizo suyo aquel principio paulino: "Nuestra vida está escondida con Cristo en Dios".

escrito por Librado Callejo 
(fuente: www.mercaba.org)

otros santos 10 de abril:

- Santa Magdalena de Canossa

miércoles, 9 de abril de 2014

09 de abril: Beato Antonio Pavoni

Presbítero y Mártir

Martirologio Romano: En Bricherasio, cerca de Pinerolo, en el Piamonte, Italia, beato Antonio Pavoni, presbítero de la Orden de Predicadores y mártir, que fue apuñalado al salir de la iglesia, después de predicar contra la herejía († 1374).

Etimológicamente: Antonio = Aquel que es digno de estima, es de origen latino.

Fecha de beatificación: 4 de diciembre de 1856 por el Papa Pío IX.

Nacido en Savigliano, provincia de Cuneo, Italia en el año 1326.

Joven inteligente y pío, fue monje con apenas 15 años, y sacerdote a los 25.

En 1360, el Papa Urbano V lo nombró Inquisidor General para luchar contra las herejías en Lombardy y Genoa, siendo uno de los más jóvenes en ocupar ese cargo. Un trabajo duro y difícil, y casi una sentencia de muerte al tener que enfrentar a los herejes.

Su apostolado duró 14 años.

En 1368 fue elegido prior de Savigliano, construyó la nueva abadía, misma que fue hecha sin ningún lujo, mientras, los herejes esperaban cualquier oportunidad para atacar y usar cualquier obstentación como arma para desacreditarlo.

Antonio era amigo de la pobreza, llevaba una vida simple y sencilla, lo que encolerizaba a los herejes por no poder desacreditarlo, entonces deciden matarlo.

El Domingo de Pascua, después de que él predicara contra la herejía en Brichera, siete herejes lo apuñalaron. Era el 9 de abril de 1374.

Fue enterrado en Savigliano, lugar que se convirtió en sitio de peregrinasiones hasta 1827, año en que los restos fueron trasladados a la iglesia dominica de Racconigi.

(fuente: catholic.net)

otros santos 09 de abril

- Santa Casilda de Toledo

martes, 8 de abril de 2014

08 de abril: Beato Augusto Czartoryski

(1858-1893)
sacerdote salesiano

Augusto Czartoryski nació en París el 2 de agosto de 1858, en el exilio. Desde hacía unos treinta años su noble estirpe, ligada a la historia y los intereses dinásticos de Polonia, había emigrado a Francia, y desde el Palacio Lambert, en la rivera del Sena, dirigía una vasta acción entre los connacionales y ante las Cancillerías europeas, con el fin de restaurar la unidad de la patria, desmembrada y repartida desde el 1795 entre las grandes potencias.

El príncipe Adán Czartoryski, guerrero y hombre político, había cedido las riendas de la estirpe, así como de la actividad patriótica, al príncipe Ladislao, unido en matrimonio con la princesa María Amparo, hija de la reina de España María Cristina y del duque Rianzárez. Son éstos los padres de nuestro Augusto. Él, primogénito de la familia, fue visto como el punto de referencia de todos los que, después del tercer desmembramiento de Polonia, soñaban con su renacimiento. Pero los designios de Dios eran otros.

Cuando él tiene seis años muere su mamá, enferma de tuberculosis: una herencia que transmitirá al hijo. Cuando el mal manifestó en él sus primeros síntomas, comenzó para Augusto una larga y forzosa peregrinación en busca de la salud, que nunca recuperará: Italia, Suiza, Egipto, España fueron las principales estaciones de su vagar. Pero no era la salud el principal objetivo de su búsqueda: coexistía en su ánimo juvenil otra búsqueda mucho más preciosa, la de su vocación.

Él no había tardado mucho en darse cuenta de que no estaba hecho para la vida de la corte. A los veinte años, escribiendo a su padre, le decía entre otras cosas, aludiendo a las fiestas mundanas, a las que se veía obligado a tomar parte: “Le confieso que estoy cansado de todo esto. Son diversiones inútiles que me angustian. Me molesta estar obligado a hacer conocimientos en tantos banquetes”.

Mucho influyó sobre el joven príncipe su preceptor José Kalinowski. Éste – canonizado por Juan Pablo II en 1991 – había sufrido diez años de trabajos forzados en Siberia, y se hará después Carmelita. Fue preceptor de Czartoryski sólo por tres años (1874-1877), pero dejó en él su huella. Es él quien nos hace saber que quienes orientaron al príncipe en su búsqueda vocacional fueron sobre todo las figuras de san Luis Gonzaga y de su compatriota san Stanislao Kostka. Estaba entusiasmado del lema de este último: “Ad maiora natus sum”. “La vida de san Luis del P. Cepari que me mandaron de Italia – escribe después Kalinowski – tuvo eficacia resolutiva en el progreso espiritual de Augusto y le abrió el camino a una más fácil unión con Dios”.

Cuando Kalinowski entró entre los Carmelitas, el padre de Augusto, aceptando su propuesta, puso al lado de su hijo como nuevo preceptor a un sacerdote, don Stanislao Kubowicz. Esto fue para el joven un posterior auxilio espiritual.

Pero el acontecimiento decisivo fue el encuentro con don Bosco.

Augusto tenía 25 años, cuando lo conoció. Esto sucedió en París, precisamente en el palacio Lambert, donde el Fundador de los Salesianos celebró la Mesa en el Oratorio de la familia. Ayudaban en el altar el príncipe Ladislao y Augusto. “¡Desde hace mucho tiempo deseaba conocerlo!”, le dijo don Bosco a Augusto. Desde aquel día Augusto vio en el santo educador al padre de su alma y al árbitro de su porvenir.

En el joven la vocación a la vida religiosa se había ido aclarando cada vez más. Que él no mostrase inclinación a formarse una familia, a pesar de su calidad de primer heredero, aparecía siempre más explícitamente. Ante precisas propuestas de matrimonio, Augusto, si por una parte por respeto a su padre y según la etiqueta de la nobleza no había opuesto un neto rechazo, por otra parte sin embargo jamás había mostrado interés por las personas indicadas.

Ahora, después del encuentro con don Bosco, Augusto no sólo sintió que se reforzaba su vocación al estado religioso, sino que tuvo la clara convicción de ser llamado a ser salesiano. Y en efecto de ahora en adelante “en cuanto su padre se lo permitía – escribe don Ceria – Augusto iba a Turín para encontrarse con don Bosco y recibir sus consejos. Hizo también varios cursos de Ejercicios Espirituales bajo la dirección del Santo, tomando habitación en el Oratorio, con gran molestia para él por la falta de comodidad”.

Don Bosco había llegado a ser pues el punto de referencia para el discernimiento vocacional del joven. El Santo sin embargo tuvo siempre una actitud de gran cautela sobre la aceptación del príncipe en la Congregación. Será en cambio el Papa León XIII en persona, quien resolverá toda duda. Reconociendo la voluntad de Augusto, el Papa concluyó: “Decid a don Bosco que es voluntad del Papa que os reciba entre los Salesianos”. “Muy bien, mi amigo”, respondió inmediatamente don Bosco, “yo lo acepto. Desde este instante, usted forma parte de nuestra Sociedad y deseo que pertenezca a ella hasta la muerte”.

A finales de junio de 1887, después haber renunciado a todos sus derechos en favor de los hermanos, el joven fue mandado a San Benigno Canavese para un breve aspirantado, antes del noviciado, que comenzó en ese mismo año bajo la guía del Maestro don Giulio Barberis. Augusto debe cambiar muchas costumbres: el horario, la comida, la vida común... Debe también luchar contra los tentativos de la familia, que no se resigna a esta elección. Su padre va a visitarlo y trata de disuadirlo. Pero Augusto no se deja vencer. El 24 de noviembre de 1887 hace la vestición en la Basílica de María Auxiliadora por manos de don Bosco. “Ánimo, mi príncipe - le susurra el Santo al oído -. Hoy hemos alcanzado una magnífica victoria. Pero puedo también decirle, con gran alegría, que vendrá un día en el que usted será sacerdote y por voluntad de Dios hará mucho bien a su patria”.

Don Bosco muere después de dos meses, y sobre su tumba en Valsálice el príncipe Czartoryski llega a ser salesiano emitiendo los votos religiosos.

La enfermedad hace que él sea enviado a la costa lígure, y aquí se enfrenta a los estudios de teología. El decurso de su enfermedad hace que la familia emprenda con mayor insistencia los tentativos (de alejarlo de la vocación), acudiendo aún a la (obra persuasiva) de los médicos. Al cardenal Parocchi, a quien le ruegan que use su influencia para arrancarlo de la vida salesiana, él le escribe: “En plena libertad he querido emitir los votos, y lo hice con grande alegría de mi corazón. Desde aquel día gozo, viviendo en la Congregación, una grande paz de espíritu, y doy gracias al Señor que me ha hecho conocer la Sociedad Salesiana y me ha llamado a vivir en ella”.

Preparado por el sufrimiento, el 2 de abril de 1892 es ordenado sacerdote en San Remo por Mons. Tommaso Reggio, obispo de Ventimiglia. El príncipe Ladislao y la tía Isa no participaron a la Ordenación. Toda la familia se reunió después en Mentone el 3 de mayo. Fue una tácita reconciliación, que le imponía al príncipe Ladislao la renuncia definitiva a sueños obstinadamente acariciados.

La vida sacerdotal del padre Augusto duró apenas un año, que él pasó en Alassio, en una habitación que daba al patio de los muchachos.

El cardenal Cagliero resume así esté último período de su vida: “¡Él ya no era de este mundo! Su unión con Dios, la conformidad perfecta con el divino querer en la agravada enfermedad, el deseo de conformarse a Jesucristo en los sufrimientos y en las aflicciones, lo hacían heroico en la paciencia, calmo en el espíritu, e invencible, más que en el dolor, en el amor de Dios”.

Se apagó en Alassio la tarde del sábado 8 de abril de 1893, en la octava de Pascua, sentado en el sillón que había usado don Bosco. “¡Qué hermosa Pascua!”, había dicho el lunes al hermano que lo asistía, sin imaginar que el último día de la octava lo habría celebrado en el paraíso. Tenía treinta y cinco años de edad y cinco de vida salesiana. En su estampita de Primera Misa había escrito: “Para mí un día en tus atrios vale más que mil fuera. Bienaventurado quien vive en tu casa: siempre canta tus alabanzas” (Salmo 83).

Sus restos fueron trasportados a Polonia y sepultados en la cripta parroquial de Sieniawa, junto a las tumbas de familia, donde un día Augusto había hecho su primera comunión. Sucesivamente sus despojos fueron trasladados a la iglesia salesiana de Przemysl, donde se encuentran aún hoy.

(fuente: www.vatican.va)

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